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Masculinidad y medios de comunicación

Edgar Vega Suriaga35


La sentencia masculina¿Qué encierra la frase/sentencia “¿quieres ver cómo se
mata a una putita?”36 proferida por D. Piña cuando se disponía a terminar con la
vida de Karina del Pozo? De las múltiples connotaciones que se pueden encontrar a
esta funesta frase, quiero ensayar una línea de interpretación articulada a la
configuración normativa de la masculinidad, para luego vincular a ésta con la
naturalización de la violencia machista expresada en el manejo inapropiado de la
violencia de género en los medios de comunicación, y finalizar luego con las
implicaciones que reportan para la humanidad de los varones y de las
masculinidades la no criticidad y pervivencia de la violencia sexual como uno de
los principios rectores de la sexualidad masculina. Empecemos pues
deconstruyendo la frase “¿quieres ver cómo se mata a una putita?”.En primer
lugar, la expresión “¿quieres ver?” nos remite al carácter visual y “agórico” de la
virilidad. Por “agórico”, forzando el español, me refiero a la dimensión teatral de la
virilidad, la misma que debe ser probada utilizando todos los recursos disponibles,
puesto que ella misma encierra los límites y carencias del proyecto masculinista.
Efectivamente, la masculinidad es un sistema de organización de la sexualidad y el
género que, además de requerir del control y subordinación de lo femenino,
necesita de la confirmación pública, de la validación entre pares, y si todo esto es
visual mucho mejor. Desde los deportes de competencia, hasta la sujeción total de
las mujeres, la virilidad requiere mostrarse, tanto como debe la masculinidad
normativa hacer público el control de lo femenino. Y D. Piña, ocupando su lugar
teatral en el ágora, despliega su potencia/carencia viril disponiendo de la vida
“insignificante” de una mujer: el ritual de la virilidad se ha cumplido, el orden
masculino alterado por una mujer que desafía las exigencias sexuales de la
masculinidad ha vuelto a su lugar; y ha vuelto a su lugar frente a testigos
masculinos que así se confirman como tales.En segundo lugar, la expresión “cómo
se mata”, alineada con la prueba viril, revela la experticia requerida para ejercer la
condición más lamentable de la masculinidad, cual es el uso y disposición de los
cuerpos y vidas de las mujeres, de lo femenino y de los cuerpos feminizados. Ser
masculino, en términos normativos, implica una serie de exigencias y protocolos
de cumplimiento obligatorio. Y en el extremo de esa cadena de requerimientos, lo
que se exige de la masculinidad normativa es eficacia en el control total de aquello
que la puede poner en riesgo. Ser “mandarina”37 no solo supone dejar entrever
una flexibilización o alteración de los roles de dominación entre hombres y
mujeres; implica la incapacidad de mostración pública del ejercicio de la
masculinidad, y esa incapacidad se condena con la sanción simbólica que puede ir
desde una asociación con lo débil y lo frágil hasta con el mote de “maricón”, contra
el cual todas las reglas del orden sexual se ponen en juego.
Finalmente, la expresión “a una putita”, revela toda la descalificación a la mujer
que es capaz de decidir y administrar su propia sexualidad. En el relato
periodístico,38 Karina del Pozo habría tenido relaciones sexuales con el dueño del
departamento la noche de la fiesta que precedió al femicidio. En cierta jerga
masculina y serrana, la palabra “chullona” describe a la “mujer fácil” y “disponible”,
que escoge a sus parejas sexuales. Esta expresión de sanción moral no está muy
lejana a la de ninfómana, con la cual el saber mítico/patriarcal juzgaba la
autonomía sexual, escondido detrás del cientificismo psicológico (Laqueur, 1994).
Y es que Karina del Pozo desafía la regla masculina, por la cual la “chullona” está a
disposición de todos los masculinos. El relato periodístico nos dice que Karina,
dentro del auto, se resistió a los manoseos de sus futuros asesinos, y ese rechazo le
valió los improperios y descalificaciones que, como toda violencia psicológica,
escala hasta llegar al punto de la extinción de la vida.El placer en el control y en la
disposición de la vidaPor todo lo dicho hasta ahora, el femicidio de Karina del
Pozo, como el de todas las mujeres, y el de todos los cuerpos femeninos y
feminizados, es un ágora en el que, a la voz de “¿quieres ver cómo se mata a una
putita?”, la masculinidad se erige como rectora de la vida, y en donde la existencia
de los cuerpos de las mujeres, los cuerpos femeninos, e incluso los de las
masculinidades disidentes como los trans e intersex, entran en una precariedad
total. En ese sentido, “¿quieres ver cómo se mata a una putita?” revela dos de los
rasgos más perturbadores y entrelazados de la masculinidad normativa. El
primero tiene que ver con el surgimiento mismo de la masculinidad como proyecto
angustioso, no acabado, que requiere de una serie de constantes artilugios para
validarse. Horowitz (1989), siguiendo a la interpretación freudiana de la
sexualidad, ha planteado que tanto la masculinidad como la feminidad contienen
un principio de represión básica por el cual el cuerpo y su polisexualidad se
encuentran sublimados/reprimidos en la heterosexuación y en las políticas
binarias del deseo. Sobre esta represión básica el mismo autor, en diálogo con
Marcuse (1969), señala que opera la represión excedente, que es la que
obligatorio. Y en el extremo de esa cadena de requerimientos, lo que se exige de la
masculinidad normativa es eficacia en el control total de aquello que la puede
poner en riesgo. Ser “mandarina”37 no solo supone dejar entrever una
flexibilización o alteración de los roles de dominación entre hombres y mujeres;
implica la incapacidad de mostración pública del ejercicio de la masculinidad, y esa
incapacidad se condena con la sanción simbólica que puede ir desde una
asociación con lo débil y lo frágil hasta con el mote de “maricón”, contra el cual
todas las reglas del orden sexual se ponen en juego.
Finalmente, la expresión “a una putita”, revela toda la descalificación a la mujer
que es capaz de decidir y administrar su propia sexualidad. En el relato
periodístico,38 Karina del Pozo habría tenido relaciones sexuales con el dueño del
departamento la noche de la fiesta que precedió al femicidio. En cierta jerga
masculina y serrana, la palabra “chullona” describe a la “mujer fácil” y “disponible”,
que escoge a sus parejas sexuales. Esta expresión de sanción moral no está muy
lejana a la de ninfómana, con la cual el saber mítico/patriarcal juzgaba la
autonomía sexual, escondido detrás del cientificismo psicológico (Laqueur, 1994).
Y es que Karina del Pozo desafía la regla masculina, por la cual la “chullona” está a
disposición de todos los masculinos. El relato periodístico nos dice que Karina,
dentro del auto, se resistió a los manoseos de sus futuros asesinos, y ese rechazo le
valió los improperios y descalificaciones que, como toda violencia psicológica,
escala hasta llegar al punto de la extinción de la vida.El placer en el control y en la
disposición de la vidaPor todo lo dicho hasta ahora, el femicidio de Karina del
Pozo, como el de todas las mujeres, y el de todos los cuerpos femeninos y
feminizados, es un ágora en el que, a la voz de “¿quieres ver cómo se mata a una
putita?”, la masculinidad se erige como rectora de la vida, y en donde la existencia
de los cuerpos de las mujeres, los cuerpos femeninos, e incluso los de las
masculinidades disidentes como los trans e intersex, entran en una precariedad
total. En ese sentido, “¿quieres ver cómo se mata a una putita?” revela dos de los
rasgos más perturbadores y entrelazados de la masculinidad normativa. El
primero tiene que ver con el surgimiento mismo de la masculinidad como proyecto
angustioso, no acabado, que requiere de una serie de constantes artilugios para
validarse. Horowitz (1989), siguiendo a la interpretación freudiana de la
sexualidad, ha planteado que tanto la masculinidad como la feminidad contienen
un principio de represión básica por el cual el cuerpo y su polisexualidad se
encuentran sublimados/reprimidos en la heterosexuación y en las políticas
binarias del deseo. Sobre esta represión básica el mismo autor, en diálogo con
Marcuse (1969), señala que opera la represión excedente, que es la que
obligatorio. Y en el extremo de esa cadena de requerimientos, lo que se exige de la
masculinidad normativa es eficacia en el control total de aquello que la puede
poner en riesgo. Ser “mandarina”37 no solo supone dejar entrever una
flexibilización o alteración de los roles de dominación entre hombres y mujeres;
implica la incapacidad de mostración pública del ejercicio de la masculinidad, y esa
incapacidad se condena con la sanción simbólica que puede ir desde una
asociación con lo débil y lo frágil hasta con el mote de “maricón”, contra el cual
todas las reglas del orden sexual se ponen en juego.
Finalmente, la expresión “a una putita”, revela toda la descalificación a la mujer
que es capaz de decidir y administrar su propia sexualidad. En el relato
periodístico,38 Karina del Pozo habría tenido relaciones sexuales con el dueño del
departamento la noche de la fiesta que precedió al femicidio. En cierta jerga
masculina y serrana, la palabra “chullona” describe a la “mujer fácil” y “disponible”,
que escoge a sus parejas sexuales. Esta expresión de sanción moral no está muy
lejana a la de ninfómana, con la cual el saber mítico/patriarcal juzgaba la
autonomía sexual, escondido detrás del cientificismo psicológico (Laqueur, 1994).
Y es que Karina del Pozo desafía la regla masculina, por la cual la “chullona” está a
disposición de todos los masculinos. El relato periodístico nos dice que Karina,
dentro del auto, se resistió a los manoseos de sus futuros asesinos, y ese rechazo le
valió los improperios y descalificaciones que, como toda violencia psicológica,
escala hasta llegar al punto de la extinción de la vida.El placer en el control y en la
disposición de la vidaPor todo lo dicho hasta ahora, el femicidio de Karina del
Pozo, como el de todas las mujeres, y el de todos los cuerpos femeninos y
feminizados, es un ágora en el que, a la voz de “¿quieres ver cómo se mata a una
putita?”, la masculinidad se erige como rectora de la vida, y en donde la existencia
de los cuerpos de las mujeres, los cuerpos femeninos, e incluso los de las
masculinidades disidentes como los trans e intersex, entran en una precariedad
total. En ese sentido, “¿quieres ver cómo se mata a una putita?” revela dos de los
rasgos más perturbadores y entrelazados de la masculinidad normativa. El
primero tiene que ver con el surgimiento mismo de la masculinidad como proyecto
angustioso, no acabado, que requiere de una serie de constantes artilugios para
validarse. Horowitz (1989), siguiendo a la interpretación freudiana de la
sexualidad, ha planteado que tanto la masculinidad como la feminidad contienen
un principio de represión básica por el cual el cuerpo y su polisexualidad se
encuentran sublimados/reprimidos en la heterosexuación y en las políticas
binarias del deseo. Sobre esta represión básica el mismo autor, en diálogo con
Marcuse (1969), señala que opera la represión excedente, que es la que
propiamente permite emerger a la masculinidad como negación de lo
nutricio/materno y como opuesto a lo femenino y al deseo homosexual. Pero los
“sentimientos que se reprimen perduran” (Horowitz y Kaufman, 1989: 75), y el
sujeto masculino, que tanto reprime a la feminidad por saberla tan próxima a su
cuerpo, no puede soportar convivir con un riesgo tan cercano de destitución de su
esencia masculina (Zizek, 2001), esencia que finalmente es una condición
privilegiada de poder. Pero este riesgo es constitutivo a la masculinidad normativa
puesto que ésta no puede existir como tal por fuera de la relación especular y
asimétrica de poder frente a lo femenino. Las resoluciones a este riesgo y el
carácter perentorio de las mismas también son constitutivos de la masculinidad. Y
la principal resolución opera en la prueba viril y en la consecuente violencia
machista. De hecho, según Michael Kaufman (1989: 20-21), la violencia de género
se explica en la “represión excedente” y en los subsiguientes dispositivos
biopolíticos que promueven y ratifican la agresión excedente. La agresión
excedente se encontraría transmutada en deseo y erotización y se encapsularían
en la prueba viril como expresión de cómo la violencia machista totaliza la
experiencia humana, es decir, en el ser y el conocer.
Precisamente esto último es el segundo rasgo constitutivo de la masculinidad
normativa que destaco: históricamente, al menos en lo que a Occidente se refiere,
la sexualidad masculina ha estado asociada a “poseer y destruir” (Michel, 2000). Y
esta asociación es la expresión de la tensión más importante en la masculinidad: la
relación entre placer y poder. Gozar, disfrutar, disponer del cuerpo de otra
persona, es lo que más ata a la masculinidad con relaciones de poder que se
naturalizan placenteramente en los cuerpos, tanto de hombres como de mujeres.
La sola escalofriante frase del femicida de Karina del Pozo “¿Quieres ver cómo se
mata a una putita?” revela el carácter extremo de la relación entre placer y poder.
Y es que la prerrogativa patriarcal por la cual el masculino dispone de la vida de las
mujeres, de lo femenino y de los infantes, implica que la sexualidad masculina,
concentrada en lo visual, en lo genital, y en lo fetichista, siempre ha estado
asociada a la posesión y a la destrucción. El carácter erótico de la dominación, muy
recreado en la pornografía, alcanza su punto más alto en el asesinato. Poseer y
destruir, como una fatalidad y premisa de la subordinación, organiza la erótica
heterosexuada y legitima en el placer el carácter de dominación de la
masculinidad.El femicidio como un ágoraAhora bien, retomando la figura del
ágora, el femicidio de Karina del Pozo recrea, de manera trágicamente teatral, la
condición hegemónica masculina asociada a la prueba viril como garantía absoluta
de la masculinidad.En dicha ágora los protagonistas no son hombres
extraordinarios, con alguna condición sicológica que los hace proclives al
asesinato. Este punto es importante destacarlo, puesto que uno de los atenuantes
muy recurridos para eludir la responsabilidad en el delito suele ser una
perturbación sicológica, resultado de una depresión o una condición familiar
lamentable.39 Pues no; los femicidas fueron tres hombres jóvenes comunes y
corrientes, que repotenciaban su masculinidad –el proyecto masculino siempre
está en déficit– en la ocupación total del cuerpo de Karina del Pozo. Y lo hicieron
frente a sí mismos, como pares, para corroborar el terror placentero de portar y
ejercer la versión más absoluta y disoluta de la masculinidad normativa. Y entre
los actuantes, destaco el rol del cómplice, del observador, del fetichista, que
contempla erótica y homoróticamente –al fin y al cabo, el cultivo de la
masculinidad tiene una fuerte carga homo– el despliegue viril. Este expectante, que
como tal pretendió ser exculpado, ocupa el lugar de complicidad en el que este tipo
de masculinidad se mueve y se legitima. Dicha complicidad se compacta, con la
violencia del asesinato, en varios niveles: en el primero, el expectante azuza el
ambiente de dominación, incluso con su posible mutismo previo al asesinato, pero
el ambiente se carga de aprobación compartida. Esto, porque la virilidad nunca se
resuelve en la soledad, aun en los casos muy individuales o de contemplación
pública de los signos de la virilidad –como en el culto a la musculatura hiperbólica–
la mirada atenta de la cultura y la de los grupos sociales inmediatos conducen la
organización de la masculinidad hacia la consecución de la virilidad.
En un segundo nivel, y reiterando en lo enunciado líneas arriba, la complicidad en
el altísimo acto erótico que sella el poseer al destruir, es una complicidad
contemplativa y homoerótica. Las alegorías a la mostración fálica implican desde la
ansiedad por la observación del pene, hasta la constatación de la capacidad del
control del cuerpo femenino. Y este es un escenario teatral en el que las miradas
entre los protagonistas se entrecruzan en la búsqueda de la prueba viril. El tercer
nivel de la complicidad tiene que ver con el silencio. El tejido social masculino está
urdido de una suerte de alianzas secretas, asociaciones inauditas y secretos
inexpugnables. Tanto si hablamos de la casual asociación entre hombres jóvenes
que comparten un evento social, hasta las cualificadas e históricas asociaciones
masculinas como los ejércitos, las logias, los clubes o los seminarios.
Efectivamente, este tipo de asociatividad, activada histórica e institucionalmente
para proteger y detentar cierto tipo de propiedad, conocimiento y poder, no es
lejana de la que se produce cuando dos o más hombres se encuentran para mostrar
y demostrar su virilidad. Es decir, en ambos tipos de tejido social, el control y
distancia a lo femenino organizan y legitiman todos los silencios que pudiesen
encubrir la ocupación y dominación de lo femenino. Este silencio es tan fuerte en la
construcción discursiva, que carga de doble sociedades revelan cuán reprimidas
están en ese plano, y cuán subordinado sigue estando el rol de lo femenino. En este
contexto, el silencio del expectante es un silencio cómplice, no solamente aterrado
puesto que él acompaña todo el proceso de vejación de Karina; por lo tanto, no hay
atenuante en un posible shock producido por el asesinato; y no hay atenuante
debido a que este tipo de masculinidad hegemónica se solaza en la fijación
compartida por la destrucción.
El ágora pública: los medios de comunicaciónEl caso de Karina del Pozo fue un
ágora en el que el personaje principal que debatía su perpetuidad absoluta era la
virilidad. Y fue un ágora pública en el momento en que, por efectos de la
perseverancia de la familia, el caso rebasó los límites de la discreción de la
investigación policial, la misma que reaccionó favorablemente ante la presión de
los familiares, y ante la acción de los colectivos de mujeres y activistas feministas,
para quienes el caso de Karina –como el de tantas mujeres víctimas– es una
desgraciada oportunidad para denunciar al régimen patriarcal y machista, bajo
cuyo gobierno se despoja de vida a los cuerpos de las mujeres, y a los cuerpos
femeninos y feminizados. Además fue un ágora pública que permitió registrar las
estrategias discursivas que los medios de comunicación adoptan para abordar este
tema, tal como lo ha registrado con pertinencia el observatorio “Los derechos de
las mujeres en la mira”, de la Corporación Humanas Ecuador.Pero no sólo en los
medios tradicionales de comunicación encontramos estos registros. Semanas
previas al femicidio de Karina del Pozo, el Gobierno difundió un spot televisivo
que, reapropiándose de la frase fuerza de la campaña contra el machismo del 2010,
“Reacciona Ecuador, el machismo es violencia”,40 la reutilizaba para combatir la
drogadicción y el alcoholismo. En este spot, los rasgos de una mujer joven que
bebía alcohol en exceso, que vestía una minifalda y una blusa escotada, eran
presentados como expresiones de una conducta personal desenfrenada propicia
para el abuso, que en este caso iba a provenir de un par de hombres jóvenes que,
con una expresión de lasciva en sus rostros, la invitan a que ingrese en su auto.
Algunos meses después, en septiembre del 2013, el exitoso programa ecuatoriano
“Enchufe TV”, difundido por el canal de video YouTube, promocionó el sketch
Viendo como chica en fiesta de salchichas.41 En esta pieza audiovisual, de 5’44’’ de
duración, una mujer joven llega a una fiesta en la que sólo se encuentran hombres
jóvenes; al llegar, las consideraciones y adulaciones de los varones para con la
mujer gradualmente devienen en un ambiente asfixiante que a ella le llevan a
refugiarse en el baño del departamento. Allí descubre a su amiga, que la había
invitado a esa fiesta, sumida en el terror y el miedo que le producía ese grupo de
hombres cuyas intenciones de encantarle y agradarle pasaron a asustarle. Ambas,
en acto de valentía, logran huir del departamento, y en carrera al ascensor
muestran sus rostros aterrados, mientras ellos las persiguen al tiempo que se van
desvistiendo. Al llegar al ascensor, una de las mujeres constata que se olvidó su
cartera: el desenlace es una disyuntiva para el espectador entre suponer que las
mujeres dejarán olvidada su cartera y se librarán del acoso o, si víctimas de su
vanidad y descuido, regresarán a por la cartera, símbolo de su feminidad y, en este
caso, de torpeza. Este sketch recibió críticas muy puntuales en la página de
YouTube, pero fueron más las expresiones verbales violentas que descalificaban la
alerta hecha sobre la victimización a las mujeres y su cosificación. Todo esto a
pocos meses de haber sucedido el femicidio de Karina del Pozo. Este sketch hasta
la fecha ha recibido 4’563.817 visitas y no parecería que vaya a ser retirado,
mientras el spot de la campaña de Estado finalmente fue sacado del aire, aunque
en carta enviada por el entonces Secretario Nacional de Comunicación, Fernando
Alvarado Espinel, se mostraba una sensibilidad ante la demanda de activistas por
los derechos de las mujeres, “llamándolas la atención” por no protestar ante otros
productos comunicacionales –como las telenovelas– que también incurren en
estereotipos sobre las mujeres.
Más allá de la polémica que puede haber despertado la reacción del funcionario de
Estado, hay que destacar la fuerza de la opinión pública, básicamente mujeres y
activistas feministas que a través de las redes sociales se activaron para exigir, en
el contexto del femicidio de Karina del Pozo, respeto a la dignidad de las mujeres, y
atención de los poderes públicos y de la sociedad en general, hacia los casos de
violencia de género y de asesinato de mujeres por el hecho de ser mujeres. En este
contexto la sociedad civil logra que el Estado incorpore en el Código Integral Penal
–en ese momento en debate– la figura del femicidio en estos términos: “La persona
que, como resultado de relaciones de poder manifestadas en cualquier tipo de
violencia, dé muerte a una mujer por el hecho de serlo o por su condición de
género, será sancionada con pena privativa de libertad de 22 a 26
años”.43Masculinidad, medios de comunicación y naturalización de la
violenciaHacia inicios del año 2000, Pierre Bourdieu (2000) destacaba un hecho
cultural atávico para la masculinidad: ésta, al igual que la dominación que le es
consustancial, se encuentra tan naturalizada que en las relaciones más cotidianas
nos resulta inaudito –o casi imposible– considerar que sea un dispositivo
cultural/ideológico/político que hunde sus raíces en la heterosexuación de los
cuerpos y, más allá, en la distribución asimétrica de las relaciones de poder.Y es
que esta naturalización se recrea constantemente, y las instituciones que crean las
sociedades se ocupan con denuedo de cuidar que los cuerpos transiten y existan
sólo dentro de los márgenes de esas políticas heterosexuadas. En términos
contemporáneos, una de las instituciones que se ha ocupado de fijar el sentido
heteronormado en los procesos de información y comunicación masivos, la
conforman precisamente los medios de comunicación. Estos, en su
42 Ver http://fernandoalvaradoespinel.com/reacciona-ecuador.
43 Ver Código Orgánico Integral Penal (COIP), Art. 141.
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gran mayoría y de manera canónica, recrean en prensa, radio, televisión y medios
digitales estereotipos de un tipo de masculinidad hegemónica a partir de la cual se
organiza el entramado social, cultural e ideológico. Telenovelas, filmes de acción,
publicidades o revistas semanales, por ejemplo, insisten en la difusión de un tipo
de masculinidad que, aunque matizada en sus roles tradicionales de procreadora,
proveedora y protectora (Gilmore, 1997), se recrea en la mostración viril como eje
de organización simbólica. La publicidad sobre todo ha sido extremadamente hábil
para metamorfosear la centralidad fálica en los objetos más disímiles como
cosméticos, desodorantes, brochas de pintura o tuberías, por ejemplo (González
Requena, 1999). Y aunque la centralidad fálica esté difuminada, con frecuencia la
narración mediática tiende a reforzar el vínculo entre imagen masculina, control y
poder. Hasta antihéroes como Homero Simpson, que con frecuencia aparece como
un hombre emasculado por motivos físicos, intelectuales o psicológicos, organizan
y completan el espacio visual y narrativo a partir de su sola presencia y
enfatizando con frecuencia la negación de toda posibilidad de “contaminación” con
lo femenino.
Esa negación de lo femenino es consustancial al principio activo/pasivo, por el cual
lo masculino/activo tiene todas las prerrogativas, mientras que lo
femenino/pasivo es una fatalidad destinada al servicio. En esas condiciones
estructurales de la masculinidad, ser masculino es de suyo una prerrogativa que
habilita al sujeto que la porta a decidir sobre el destino y la vida de lo femenino y
de los infantes.Ya John Berger (2000) indagó cómo las representaciones de la
masculinidad y la feminidad en la tradición artística occidental se extendían a los
medios de comunicación contemporáneos, al posicionar a la feminidad como el
cuerpo y lugar obligado a la belleza, al servicio y a ser ocupada, mientras que para
la masculinidad, belleza y servicio son opciones en tanto que la ocupación es un
destino ineludible. Para Berger, el principio fálico de la representación visual en
los medios de comunicación reside en que lo masculino ocupa todo el espacio de la
representación, mientras que lo femenino requiere ser completado, ocupado,
sitiado por la mirada masculinizante.En ese sentido, Carlos Lomas y Miguel
Arconada (2003) realizan una investigación detallada y potente de cómo se
construyen y reproducen los modelos masculinos hegemónicos en los medios de
comunicación. Parten del principio de que el lenguaje juega un papel importante
en la regulación de las conductas humanas, y que los textos culturales y las
políticas de representación en los medios utilizan el lenguaje para ratificar los
lugares de supremacía de lo masculino y de subordinación de lo femenino. De esta
manera, los autores señalan que en la publicidad lo que menos importa es el objeto
publicitario cuanto las circunstancias, evocaciones y pulsiones que se vinculan al
objeto. Así, el valor de uso práctico no es tan importante como el valor de cambio
simbólico. En esa lógica, la jerarquía y asimetría de los géneros se naturaliza, del
mismo modo como se encuentra naturalizada y narrativizada la dominación
masculina en los supuestos ideológicos del progreso de la civilización, como
dominación sobre la naturaleza –que histórica y culturalmente se ha construido
como lo
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femenino y lo pasivo–; por tanto, como preeminencia –y destino– de lo activo
sobre lo pasivo, de lo masculino sobre lo femenino (Bourdieu, 2010).Y es que los
medios de comunicación, al insistir en el sexismo, naturalizan el fetichismo y la
cosificación de todos los cuerpos, pero sobre todo los de las mujeres: la parte
representa el todo que debe ser troceado y devorado. De hecho, la primacía de lo
genital en esas representaciones de la sexualidad devalúa la totalidad del cuerpo.
Esto deviene en que lo femenino se consolida como una dupla innegociable entre
lo reproductor y lo placentero –madre/puta–. Esta fijación se abstrae y se mistifica
(Lomas y Arconada, 2003).Es así cómo de esta dupla se generan dos mecanismos
presentes en la gestación de la pornografía, que es un dispositivo de control
contenido en la enunciación de la palabra “puta”, por parte del femicida. De hecho,
cuando el femicida anuncia “¿quieren ver cómo se mata a una putita?”, su gesto
viril se encuentra dentro de los límites del discurso pornográfico. En dicho
discurso, dos mecanismos recrean la lógica masculina normativa de apropiación de
los cuerpos de las mujeres. El primer mecanismo tiene que ver con la fijación; ésta
atiende a la preocupación y concentración en ciertas partes del cuerpo.
Preocupación y concentración que tienen que ver con la fascinación hacia el
cuerpo femenino en tanto anhelo y melancolía ocultos del objeto de amor, de
placer y nutricio; y con la ansiedad de castración que exige la reafirmación de la
dupla activo/pasivo (Mulvey, 2001). El segundo mecanismo tiene que ver con el
fetiche, en tanto forma privilegiada de la fijación, que afecta más a los hombres;
evoca el terror a la castración; fantasea, en suposición, con la represión de la
pasividad y la consolidación de la actividad y de lo activo (Mulvey, 2001). Estos dos
mecanismos devienen en la cosificación del cuerpo de las mujeres que, en los
medios de comunicación, se expresa como el amor de los hombres a la mujer
cosificada; la fascinación por lo reprimido –la pasividad–; la intrusión de la
estimulación erótica en la cotidianidad, y la degradación de la mujer y la reducción
de su totalidad a las partes erótico/genitales (Mulvey, 2001).En ese sentido,
“¿quieren ver cómo se mata a una putita?” reclama el lugar predominante y
violento de lo visual en el discurso fetichista y pornográfico de la masculinidad.
Dicha frase es una expresión extrema del vínculo entre la cosificación de la mujer y
el discurso pornográfico: fijación del objeto de deseo sexual como objeto de temor
y de deseo; ansiedad por la castración y fascinación ansiosa por la sexualidad
coital; fascinación por el tabú –por lo reprimido– y por la represión excedente;
resolución ilusoria de la inseguridad masculina, y latencia de la agresividad
excedente –muerte y desmembramiento– en tanto, calma la ansiedad y aumenta la
autoestima (Horowitz y Kaufman, 1989). Por lo tanto, en esta línea son pertinentes
las afirmaciones de Horowitz y Kaufman, cuando señalan que la sociedad es
fetichista, de represión excedente, de comercialización, patriarcal, capitalista y de
excedente represivo: “Ésta es la fuente primordial de degradación sexual de la
mujer y de la represión excedente de toda la humanidad” (Horowitz y Kaufman,
1989: 98). Y es aún más pertinente esta afirmación cuando recordamos que, vía los
medios de comunicación, no sólo aprendemos a ser masculinos, sino que nos
formamos como parte de la
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misma masculinidad, que luego nos ata y nos obliga.Lo que apunta Bourdieu, en la
misma frecuencia que los teóricos de las masculinidades desde los años 90 (Carabí
y Armengol, 2008), es que no historizar la masculinidad implica, por un lado,
seguir desproveyendo al conocimiento científico y al análisis social y cultural de
elementos de criticidad relevantes; y por otro, dicha negación naturaliza las
relaciones de poder entre géneros perpetuando la subordinación de las mujeres y
de lo femenino (Bourdieu, 2010). Por el contrario, historizar la masculinidad
supone reconocer que la misma presión normativa fragmenta a la masculinidad
hegemónica generando distintas masculinidades, o que por razones antropológicas
o como consecuencia del impacto de las luchas de las mujeres existen formas
variadas de ser masculino (Gutmann, 1998); pero que aun en las masculinidades
más emasculadas, los privilegios subsisten, y la mirada histórica y crítica debería
permitir reconocer que tales privilegios no están por fuera de relaciones de poder
entre los géneros que se han construido histórica y culturalmente.Enfrentar estas
condiciones atávicas de la masculinidad exige el desarrollo de códigos de ética, y
de pactos éticos en el manejo de la información por parte de informadores,
periodistas, comunicadores y medios de comunicación. Sobre la falta de esos
códigos y pactos éticos, el observatorio “Los derechos de las mujeres en la mira” da
buena cuenta. Su trabajo en periódicos de alcance nacional revela que la falta de
información documentada, el recurso a adjetivaciones fáciles y clichés, o aun el
manejo sensacionalista sobre la violencia de género, son condiciones estructurales
también de una sociedad que ha naturalizado la violencia machista como forma
ideológica de relación entre los géneros. Los datos que arroja el observatorio bien
podrían servir para emprender estudios de la representación de la masculinidad
en los medios. Y quizá la hipótesis casi tautológica que utilizaríamos sería la de
entender que el problema más importante con la violencia de género es su
legitimación, y que los medios de comunicación no sólo juegan un papel
importante en la difusión y ratificación de estereotipos sexistas y machistas, sino
que, concomitante a lo anterior, los legitiman naturalizando así una cultura
machista, basada en la subordinación de la mujer, los cuerpos femeninos y los
cuerpos feminizados.De crimen pasional a violencia de género: la impunidad
masculina en los medios de comunicaciónA propósito del femicidio de Karina del
Pozo, los medios volvieron a recurrir, directa o indirectamente, a la figura del
“crimen pasional”. Esta construcción discursiva subyacía en los relatos de los
medios de comunicación para describir un escenario de ensañamiento, en el que
confluyen la convivencia íntima, la sexualidad y la desproporción de las reacciones
personales y subjetivas. Las figuras “conviviente”, “joven modelo”, “celoso/a”, o
“estados alterados”, han sido muy utilizadas por los medios de comunicación para
recrear ambientes en los cuales suceden los “abismos más oscuros del alma”.44
Incluso en los actuales
44 Ver http://www.hoy.com.ec/noticias-ecuador/caso-karina-del-pozo-todas-las-
versiones-hablan-de-horror-577262.html.
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relatos periodísticos, el calificativo de “presunto” –una vez juzgado y sentenciado
un culpable– revela un encubrimiento sostenido no sólo del mismo hecho violento,
sino de las condiciones de subordinación de la víctima y de las prerrogativas más
perniciosas del agresor. Justamente, es sobre esto último que se construye el relato
periodístico más canónico. La expresión “crimen pasional” esconde la legitimidad
violenta en la que se mueve este tipo de masculinidad. Es más, “crimen pasional”
parecería legitimar la reacción del varón ante el deshonor, el abandono o la
traición proferida por la protagonista femenina, o por el cuerpo feminizado.
En ese sentido, “crimen pasional” es una expresión de la impunidad consustancial
a la masculinidad. La impunidad es un largo y ancho velo que no tanto opera como
veladura entre el sujeto masculino y su entorno, sino como un filtro que permite
medir cuándo se es responsable sin afectar el núcleo activo/pasivo de la
masculinidad. Impunidad por la cual la masculinidad se autoriza a despreocuparse
tanto por la responsabilidad con la vida más cotidiana como con los efectos del
ejercicio violento de la misma masculinidad. Los atenuantes que los abogados de
los femicidas proponen en el caso de Karina del Pozo, no están tan alejados de esa
política del irrespeto y descuido de la vida cotidiana, o del consentimiento de las
pequeñas y grandes irresponsabilidades e inhabilitaciones de los sujetos
masculinos, por el sólo hecho de serlo.Es en ese contexto de impunidad que se
explica la expresión “crimen pasional”: “no es mi culpa”, “no quise hacerlo, estaba
fuera de mí”, “ella me condujo a hacerlo”, son recursos
discursivos/ideológicos/políticos que, con todas las distancias y variaciones, se
aproximan a la irresponsabilidad con el cuidado y legitiman a un masculino que,
para las tareas más pequeñas y domésticas, es un inepto, pero que para los actos
del despliegue viril está altamente cualificado. Así se naturaliza la dominación
masculina. De ahí que el paso de la figura de “crimen pasional” a la de violencia de
género y/o femicidio, permita desarrollar elementos críticos que asignen a los
hombres y a sus masculinidades las responsabilidades debidas en la subordinación
de lo femenino, y permitan ubicar límites a la masculinidad. De lo contrario, los
hombres y sus masculinidades hacen uso de uno de sus prerrogativas más
punzantemente generalizadas: no darse cuenta, no tomar conciencia, no reconocer
responsabilidades con lo cotidiano. Y es que el uso de la frase “crimen pasional”
justamente invisibiliza el grado de responsabilidad de la masculinidad, mientras
que las expresiones “violencia de género” o “femicidio” podrían convocar a una
mirada más atenta sobre la participación protagónica de la masculinidad en la
cultura de la violación.45Posibilidades de crítica a la masculinidad
normativaKarina del Pozo muere por negarse a brindar placer, es decir, por
negarse a ser una mujer “disponible”. Ella es ejecutada por hombres que asumen
que la vida de esos cuerpos y que el destino de esas vidas reposan en la voluntad
masculina. La ejecución de ese destino perenniza la prueba viril. Para Kaufman
(1989), este tipo de violencia se despliega inevitablemente en una tríada: contra
las mujeres, contra otros hombres y contra uno mismo. En el primer momento, la
violencia contra las mujeres expresa la fragilidad, la impotencia, y la inseguridad
masculinas frente a la mujer. Para la masculinidad normativa, la mujer es la zona
obscura, lo indecible, lo imposible de asir, el ser misterioso que tanto seduce como
amenaza.
La violencia contra otros hombres puede expresarse, por ejemplo, en la mostración
viril que desplegaron los femicidas. La competencia, la agresión, la violencia,
circulan entre los femicidas como un pacto homosocial (Kosofsky, 1998) que
excluye a lo femenino y que lo condena a la sujeción total. En ese sentido, la
violencia contra las mujeres demanda la complicidad y la correspondencia hacia la
prueba viril. Complicidad y correspondencia que exigen que los hombres se
deshumanicen al compensar el horror de la violencia en el placer del poder.La
violencia contra sí mismos, como en el caso de los femicidas, expresa que estos
hombres despliegan un ego masculino como único marco de referencia vital; que
han eliminado el diálogo, la paciencia y el respeto como canales de entendimiento
de su violencia; que han entronizado al pene como eje de poder físico y simbólico;
y que han aprendido a controlar o reprimir todo lo asociado a lo pasivo y a lo
femenino (Kaufman, 1989; Kimmel, 1997, 2001). Sólo la conciencia de lo
empobrecedor de esta forma de ser masculino puede generar dinámicas críticas
hacia las mismas masculinidades. De hecho, no todas las masculinidades son
iguales (Gutmann, 1998); desgraciadamente, la masculinidad normativa en sí
misma es un principio de organización de la sexualidad y el género, que
operativiza la heterosexualidad en términos de una mayor o total subordinación
de los cuerpos femeninos y feminizados. Esto es así aún en el caso de la
multiplicidad de masculinidades. Las así llamadas nuevas masculinidades, o
masculinidades disidentes, son proyectos políticos y de vida que para cualificar su
novedad deben considerar su compromiso con el desmontaje o cuestionamiento
del principio activo/pasivo y, por tanto, de la subordinación de lo femenino y de la
eternización de los privilegios de lo masculino. En ese sentido, este nuevo tipo de
masculinidades sólo será posible en la medida que se comprometa con el
desmontaje de la “cultura de la violación”, y de todas y cada una de las formas de
violencia de género. De lo contrario, asistimos a un reposicionamiento de la
masculinidad hegemónica, a una sutura en falso de aquellos quiebres de la
masculinidad, ocasionados justamente por el avance de las luchas de las mujeres y
por la conciencia de las limitaciones permanentes de la masculinidad para lograr
una vida realmente digna para todos los seres humanos.
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ConclusiónEl manejo informativo avanza muy lentamente hacia un cambio en el
tratamiento de los asuntos que comprometen la vida y las decisiones de las
mujeres, y de los cuerpos femeninos y feminizados. El observatorio “Los derechos
de las mujeres en la mira” da cuenta de la lentitud y casi parálisis en ese avance.De
todas formas, la muerte de Karina del Pozo, a partir del concierto informativo,
provocó el duelo y la solidaridad y, en ese sentido, los medios tuvieron que
ajustarse al reclamo público. Pero, como señala Judith Butler (2006), hay otras
circunstancias y condiciones, tan estructurales como la pobreza o la discriminación
por motivos étnico/raciales o de género, que hacen que otros femicidios y muertes
no merezcan el duelo, no importen, y sólo sirvan, cuando ese fuere el caso, para
engrosar las cifras del registro oficial y periodístico.