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MÁS SOBRE MUJERES Y MADRES…

Lucía Salcedo Quevedo - Directora Operativa ReDemos

En un campo mediático plagado de obstáculos … ¿cómo defender nuestros intereses fundamentales


de mujeres y madres, sin reconocer suficientemente, su razón e importancia trascendental?

De ahí, que para nada es superfluo seguir indagando e insistiendo, sobre lo extenso que resulta el
superar con argumentos superiores, los debates parciales de los derechos particulares de la mujer,
de la maniquea guerra de géneros en el contexto de las guerras actuales del Capitalismo en sus
diferentes formas; contexto en donde finalmente se inscriben las contradicciones de fondo que
impiden el despliegue pleno de la condición humana y femenina.

Vital y aleccionador proceder a identificar y confrontar los diversos campos donde se expresa la
explotación y humillación de la condición femenina; de la dominación ideológica, política y sobre
todo económica de trasfondo, que deberán ser enfrentadas por nosotras y por ellos, para poder
poner en la cima del reconocimiento y dignificación ciudadanas, las cuestiones centrales de los
temas de género.

Lo que se temería más para la mujer y madres, con el aumento exponencial de la población y la
limitación de recursos y ambientes sanos para la sobrevivencia y las complejidades de la auto-
realización personal, la pavorosa continuación, de nunca acabar, de ser consideradas apenas como
fuente matriz y creadoras de proles.
La época y las Naciones donde la mujer se liberé justamente de su condición genérica de mujer,
apenas centrada en la reproducción natural y el cuidado doméstico de la sociedad, y donde se
superponga la condición superior de personalidad libre y autónoma, consciente de la condición
común de ser sociales e igualmente éticos y felices, será la señal inequívoca de la caída de los
regímenes opresores y autocráticos. Con su potencia socio-biológica, al emanciparse de su
condición justamente genérica parcial de ser creadora de proles, podría liberar al resto de
humanidad y naturaleza de la segregación y la esclavitud personal; al centrar la atención en la
función social y política de la reproducción, develaría la utilización maniquea y explotación de la
maternidad por los enemigos de la vida y la felicidad de la humanidad: esos que atornillan el modelo
de explotación de la tierra y de las sociedades, representantes de la hidra del capitalismo expoliador
y deformador de la personalidad libre de la población.

Entonces todas (todos) tendremos derecho legítimo y aspiraciones éticas y estéticas de auténtica
plenitud y gratificación; inclusive, si vivimos rodeados de dificultades del entorno.

• LO QUE “REINA” …

Porque lo que “reina” es una estructura social de explotación múltiple de la mujer; no solo la
explotación de género: el régimen patriarcal subordina, sicológica, sociocultural y económicamente
más a las mujeres y los transgénero que a los hombres; pero también a los hombres. Hasta en las
supuestas sociedades modernas de democracia “liberales” donde se suponen libres muchos
individuos, aparecen versiones cada vez más variadas de segregación socioeconómica y cultural de
la mujer; poco que hacer con el sunami que convierte la vida cotidiana de la población en mercancías
y trueques sin la menor “discriminación”.

Las mujeres, las que creamos proles, sobre todo, llevamos la peor parte. Dado el rol de reproducción
de las poblaciones, se vulneran los derechos universales al libre ejercicio de la personalidad civil y
política de las mujeres como ciudadanas y caracteres independientes y autónomas. Vulneración por
siglos que han privilegiado a los hombres por sobre las mujeres, independiente de las buenas
voluntades, y de las cuales paradójicamente muchas contribuiríamos a sostener. Tradiciones
perniciosas que nos fuerzan a hacer parte de ese machismo 1 funcional al poder y statu quo –de
mujeres y hombres- que caracteriza el actual mundo de la vida pero al que se puede, empezando
por nosotras, dar vuelta.

Toda riqueza generada, incluso en países de orientación comunista, está soportada en el generoso
papel del trabajo de millones de personas, que fueron prole infantil y juvenil y estuvieron a nuestro
cargo. Sin población no hay humanidad ni poder alguno que valga. Ese es el único valor que
históricamente se le ha querido dar a las mujeres, el de reproductoras de mano de obra y
consumidores a granel; y pare de contar. Los demás derechos al goce, libre decisión y respeto por
las diferencias las cuales quiera que se antojen, solo han sido ganados a codazos y aún siguen siendo
excepcionales.

1
Machismo, entendido como la deformación del carácter integral de la condición humana genérica, en su
versión autoritaria de imposición de por sí, incluso subjetiva e inconsciente, del macho frente a la hembra,
en las actividades de la vida cotidiana, incluidas, la decisión erótica, individual o ideológica.
Ya se mencionó, hace poco menos de cincuenta años tenemos derecho a votar; un poco más de
tiempo, a tener propiedad particular y derecho jurídicos; pero aún, no tenemos ni derecho frente a
nuestros cuerpos y la decisión privada de tener o no tener hijos; y de morir por autodecisión, cuando
se considere necesario.

Son razones de lo complejo que sigue siendo la emancipación de la condición parcial de género
femenino y la preeminencia de la personalidad moral e individual soberana como personas
específicas, frente a los hombres y los demás. La mujer desde la antigüedad, ha estado
instrumentalizada culturalmente y socioeconómicamente hacia la procreación y sostenimiento
perentorio de más progenie; independiente de la buena voluntad de los padres.

Delicado por ello que ayer y hoy, las nuevas generaciones de jóvenes, sobre todo las mujeres por
supuesto, sigan destinados históricamente, si no llega a ocurrir algo radical de cambio, al destino
manifiesto de sometimiento y la destrucción sistemática de la potencia creativa de lo humano.
Independiente de razas y geografía, de tecnologías y sistemas de producción.

La sociedad segrega lo que teme cambie radicalmente la estructura de poder por formas
horizontales y solidarias; confronta que la procreación, y sobre todo, el cuidado, sean compartidos
como en ciertas culturas por la colectividad y el gobierno común, más que por esa forma artificial e
individualista de la familia nuclear o familia micro nuclear de madres solteras; entre más aisladas las
personas, más individualizadas, más fácil controlarlas.

Es por esto que fuera de romanticismos inoficiosos y con una clara responsabilidad de objetividad,
se debe aceptar el drama general y la fuerte violencia de los géneros, no solo el femenino; igual a
transgéneros y cualquier forma de identidad alternativa. Cuando nacemos, hombre, mujer o
cualquier otra definición, no tenemos la probabilidad de decidir con anticipación el destino que nos
llega; ni el lugar de nacimiento ni la calidad de existencia; pero, independiente del género, llegamos
a un mundo de muy pocas oportunidades de superación el cual independiente del género, tenemos
derecho de reprochar y transformar para bien de todos.

Se sabe por las ciencias económicas y humanas, por las naturales, por los datos históricos
disponibles, que cada vez son más precarias las condiciones de vida existentes y la falta de garantías
de felicidad pública para la población mundial y colombiana. Un indicador suficiente es el aumento
de la ansiedad, la depresión y el suicidio crecientes, sobre todo, femenino y de jóvenes.

Tenemos pues miles de justificaciones para pensar, en tal contexto de tensión y estrés generalizado,
sobre qué rol deberíamos honrosamente cumplir las mujeres. Legítimo desde el rol de madres, por
ejemplo, responsable directa de una de las tantas funciones básicas que cumplimos, el repensar las
cuestiones del poder y del conflicto socioeconómico nacional que afecta la sanidad nuestra y de los
hijos; incluso de la pareja, hombre o mujer o cualquiera que sea.

Tenemos el sagrado derecho a propugnar mayor decencia y pulcritud de la vida; de practicar y


recomendar la abstención de procrear si es del caso, sobre todo si seguimos solas y agredidas por
una maternidad sin sociedad o de una sociedad ajena a la obligación de cuidado y política social de
protección. Tenemos el sagrado deber de centrarnos en resolver las dificultades particulares de esa
dura existencia que nos está tocando por destino individual y colectivamente, que parece tener
menos que ver con la condición genérica de lo que nos señalan.
La mercantilización de la vida, que no deja nicho sin meter en la lógica del consumo y del capital, tal
vez se deberían tener hijos apenas para la resistencia y la negación de la situación; pues además de
estar proletarizadas (precariado) y mal pagadas laboralmente como cualquier otro paisano del
común, la realización personal estaría en la consolidación de la dignidad humana mínima,
cambiando los sistemas de reproducción socioeconómica y regímenes políticos existentes.

Sea la dominación en el ámbito personal, familiar o sociocultural existente, el fondo del problema
de la marginalidad de la mujer está en la marginalidad predominante del resto de congéneres: el
destino de la mayoría de mujeres madres, parcialmente asistidos por los padres biológicos y familias,
resulta finalmente en mantener hasta la mayoría de edad a hijos e hijas. Prole que por la presión
del entorno y sus condiciones lamentables y socialmente inequitativas, resultan parcialmente
relegados a al servicio como soldados y civiles de guerras que no son suyas; de mano de obra barata,
desempleados incluso altamente calificados, y patéticamente, potenciales consumidores
compulsivos.

El mercado en las sociedades como la nuestra, aparentemente neutral, en realidad para la mujer
como para los demás resulta ser un intercambio violento, disfrazado por la publicidad como de libre
albedrio y que erotiza artificialmente a la mujer y subyuga al hombre. En realidad, nuevas formas
de esclavización de tanta humanidad indefensa, dolida y necesitada, deber ser por los cuales por sí
misma sería legítima una revolución femenina.

Pero para mayores desgracias, se están volviendo cada vez más frecuentes, dadas las enormes
brechas para el sobrevivir, que en las sociedades pudientes y con parejas de ricos que no quieren o
pueden tener embarazos, se eche mano del mercado abominable de la adopción forzosa y la
contratación de los vientres de alquiler. 2

Podría ser otra cosa el mercado y la reproducción de la población; tal cual hacen algunas
comunidades étnicas y grupos autogestionarios en varios lugares del planeta; que confrontan la
desnaturalización que propugna la globalización; que colocan como prioritario la autonomía y
respeto por la libertad común; que erigen formas conscientemente organizadas y proyectos
políticos e ideológicos alternativos antiglobalización y anticapitalistas, para sintetizar.

Con prácticas de bajo consumo y de cooperación; con relaciones pacíficas y afables entre mujeres y
hombres como cualquier otra forma de identidad personal, donde la condición femenina se erige
en un elemento de soporte, estímulo de la identidad colectiva y no de diferenciación o segregación.
Bien distinto, tales posibilidades, ciertamente excepcionales; pero solo por tal senda de auténtico
respecto de la libertad personal es probable avanzar en la emancipación de la condición femenina;
porque hay grupos y territorios alternativos reactivos a la homogenización y trivialización de la vida;
que pueden tener mayores razones para explicar a los hijos –respuesta siempre incompleta y
dudosa- del porqué fueron traídos al mundo. Diferente tener el poder y la sabiduría para habitar
territorios libres de tan perniciosas explotaciones del hombre por el hombre, de la mujer por la
mujer, de unos contra otros, en defensa de la paz y las libertades solidarias. Utopía, en tanto posible,
real.

2
Llamada eufemísticamente “maternidad subrogada o gestación por sustitución” es el contrato de que una
mujer quede embarazada, para dar a luz a un niño que será “legal y moralmente” entregada a otra mujer o
pareja quienes se convierten en los padres del recién nacido.
Tales los procesos de liberación de la mujer y congéneres lo han marcado mujeres memorables en
el país y en el mundo; de cuyas biografías se trata mediáticamente y con fines políticos claros, de
esconder o boicotear; como si la historia mundial no estuviere llena de miles de eventos y
personalidades de todo género, con vidas significativas y aleccionadoras.

La cultura libera y eleva; y por ello, es fundamental contrastar nuestras prácticas con lo que conlleva
tras de sí la civilización global y las nobles experiencias. La cultura no es solo la truculenta
materialización espuria de cosas y dinero, que siempre faltaran; sino la luz de la historia universal,
construida con notables inteligencias de dignidad y carácter, hasta en épocas de crisis y guerras
como la nuestra. ¡Son tantas las grandes y nobles mujeres en diferentes épocas y lugares, que han
nutrido el mundo!

Ahora, además, tenemos más probabilidad de pensar y debatir por nuestra cuenta; en algo
avanzaron los derechos civiles modernos; para intentar limpiar tanta esclerosis y basuras en
nuestras cabezas; las facilidades de educación e información veraz sobre como gobernar con
dignidad íntegra, nuestros cuerpos y vidas, para desplegarnos como personalidades morales y
dignas sin tener que seguir el camino forzoso de la subordinación y el maltrato; o de la sumisión a
las costumbres. Tal amplitud de perspectivas, fuentes y experiencias nos abren el radio de nuestra
acción autónoma.

Podemos ser tan universales como aquellos dignos ejemplos de libertad y autonomía personal de
mujeres que tuvieron que padecer, más que ahora, su caro carácter; la cultura y el contraste con
nuestras formas particulares, está para ser revaluado. Sería superar los clichés y los eufemismos;
colocar lo mejor de nuestra legítima dignidad personal en la punta de la ola; con más visión al mirar
en paz las estrellas, justo por tener más brillo propio.

Revisar la historia de vida de las mujeres en la historia y de la idea misma de creación de vida; el
cultivo de un carácter trascendente de nuestra condición cotidiana y prohijar vidas dignadas y
honradas en nosotros, para que sean más fáciles en la de los nuestros hijos, si es que decidimos
tenerlos.

Deberemos empero empezar por depurar el deber ético de nuestras propias responsabilidades; de
tener autoridad y libre albedrío para asociarnos con los demás; pues no tiene ningún sentido ser
proclives con esta marginalidad despreciable que coloca a la mayoría de mujeres y de hombres a
ser irremediablemente, caricaturas de su potencial estético y moral, e incluso, sensorial.

De conversar y conversar; de leer y leer; de la curiosidad y la duda sistemática sobre cómo ser el
deber de cualquier ciudadano sin reparo alguno, en país cualquiera; de relievar las virtudes de
nuestra condición femenina y sobre todo, humano solidarias; de saber a conciencia con qué
argumentos válidos decidimos procrear y socializar.

Es decir, deberíamos prestar más atención al construir de nuestra propia personalidad libre y
creativa, para salvar de alguna forma la responsabilidad en el futuro de nuestra progenie. De
reconocer los riesgos y las oportunidades de hacerlo; de colocar asuntos tan gratificantes como el
erotismo y el sexo, por fuera de la mano dura de la procreación, encontrando aquello que se nos
había escondido educativa y culturalmente por un régimen patriarcal y machista de no acabar.
No es justificable ni ética ni intelectualmente, con esa facultad excepcional de pensar por cuenta
propia común a todo el género humano, mantenernos en la autoexclusión y no tener la facultad de
decidir por nuestra cuenta y riesgo, como sujetos (sujetas) con derechos políticos inalienables, en
estos escenarios de un patriarcado perenne que ha vivido, literalmente amamantado, de la ausencia
de libertades y derechos universales como democráticos.

Necesario develar estos juegos con cartas marcadas que nos compele una subordinación
estructural, en las cuales, sin saberlo suficientemente, contribuimos. Juego, que pasa algunas veces
por romántico y feliz, pero que traba la terapéutica de la libertad y el sano afecto por los demás;
juego, finalmente perverso, que obstaculiza nuestra obligación de ser merecedoras como cualquier
persona generosa y buena, de respeto y amor. A propósito, razón hay en la etimología venerada
pero no siempre practicada palabra amor: la raíz del nombre viene del mamar de los mamíferos, de
las madres.

Resulta necesario entonces, en el pedregoso camino de la vida, siendo mujeres y madres, no tolerar
la vergüenza del desprecio que las aparentes buenas personas innobles, de los ejércitos de infelices
y engañados que siguen tal cual, como si nada sucediera de anormal; como si la injusticia e inequidad
fueran inexistentes.

¿En qué medida, sin saberlo y relativamente inocentes en nuestra ignorancia, contribuimos, como
mujeres y madres, en perpetuar el desprecio y el desamor por los congéneres? Otra cosa significa
la existencia humana y la decencia democráticas, independiente de credos, razas o sexos.

Resulta pues obligado y reconfortante, un imperativo consecuente con nuestra condición de


mujeres y madres, el preguntarnos con insistencia sobre las cosas del mundo y de nuestro país; un
acto genérico de amor y de vida, resultaría el borrar la niebla que ciega nuestros ojos y limita la
medición ponderada de nuestros actos.

Ciertamente estúpido mantener la “degeneración” de los términos desvalorizando la inmensa


potencialidad ética de la condición humana y de sus múltiples derechos inalienables e intangibles.
Las publicidades deliberadamente confusas, impertinentes y nocivas que cunden como educación
masiva de la opinión pública, persuasivas y frenéticas, nos colocan ante los ojos distraídos, la
morbosidad y la banalidad.

En el mar de incoherencias y discursos de todo “género”, apenas algunos reclaman justamente


indignados por la equidad y la justicia moral generalizada sobre las mayorías de población sin
discriminación de géneros. La supuesta alternativa de la “perspectiva de género” o la “guerra de los
géneros” es solo un paso parcial por dar y resulta de vanguardia defender radicalmente el derecho
a decidir en tanto ciudadanas mujeres con autoresponsabilidad y libre albedrio, la concepción o a la
interrupción del embarazo.

Si nuestra obligación vital consiste en crear, no deberíamos colocar más potenciales víctimas en las
fauces de los verdaderos enemigos de la vida, los que roban el trabajo ajeno de mil formas y
maneras o los conducen a la desesperación del consumismo banal. En esos que por su propia
“naturaleza” están en el mundo para imponer la corrupción de la economía y el yugo a media
humanidad; que vive satisfactoriamente de la mala salud pública de las mayorías y sobre todo de
las mujeres.
Resumiendo, siendo cualquier ciudadano -hombre, mujer o cualquier pertenencia antropocultural
o ideológica - en tanto sujetos morales con obligaciones con nosotros y con los demás, resulta
imperdonable caer en la idiotez mediática y la manipulación ideológica en cuanto a deberes ser que
no ponen como prioridad el mundo de la vida y sus potencialidades y que resultan castigando aún
más la emancipación de la mujer.

Los debates legítimos sobre el género, por supuesto, deberían de servir como escalón y no como
llegada; la meta de mejorar material y espiritualmente la dignidad de vivir como sujetos del mundo
es mucho más trascendente. A pesar del asedio del “mundo de muerte”, vale decir que los asuntos
del ámbito privado no dependen exclusivamente de nuestra buena voluntad y están en
correspondencia con los demás.

Pero con una inteligencia común como las que nos socorre la cultura moderna, sin ser
excepcionales, siendo mujer, hombre o cualquier diferencia alternativa que queramos, tenemos el
derecho superior ético y por tanto político a resistirnos en búsqueda de escenarios más justos para
honrar la vida que nos dé sosiego y dignidad, y alguna suerte de paz espiritual.

Dada la situación reinante, vivir significa el predominio de la fealdad y la muerte; deberemos pues
confrontar, incluso vociferar de hastío y reprobación en su contra. Por la vida, habremos que seguir
manifestándonos libremente hasta donde nuestra educación y nuestras fuerzas nos den, por una
razón de vivir defensable y valiente.

Estamos por naturaleza a favor de la magnificencia de la vida humana y la belleza ambiental que nos
rodea; y quienes requieren para su desvarío individualista como neurótico, estar en contra, es
porque esa es su razón de ser, por lo cual deberán ser considerados enemigos de la vida.
Tales ciudadanos de la muerte, en tanto “viven” del privilegio del poder sobre los demás y de la
economía del conflicto y la guerra, del egoísmo hecho economía, tienen intereses que no son del
género ni femenino ni humano. Discursos del mal como principio moral que pasan por bondad
dogmática; que nos fuerzan contra viento y marea, a considerar normal y deseable la resignación y
el sufrimiento y el no importarnos sino por nosotros individualmente considerados, como si fueran
valores espirituales y patrióticos.

El predominio de tantos discursos disfrazados de buena moral, pero arteramente reprimiendo la


diversidad de pensamientos y procederes, se ensañan sobre todo contra la mujer; no hay por
ejemplo religiones que consideren lo femenino la piedra angular de la vida; los fundamentalismos
ideológicos y conservadores, señalan lo que es el barbarismo patriarcal y enfermizo que fuerzan el
sacrificio literal a sangre y fuego como destino manifiesto para la humanidad aquí y allá.

Por el contrario, defendemos en razón de nuestra modesta educación entre otras cosas, la decencia
y dignidad humana más elemental, en tanto, interpretamos y acordamos voluntariamente más que
nos obligamos a obedecer. Emancipadas de nuestra aparente culpa de ser mujeres, con nueva
higiene moral e intelectual –todos tenemos una inteligencia por educar- podemos seguir sin prohijar
nubarrones en las visiones del porvenir de las nuevas generaciones. Una mujer y madre emancipada,
tiene mayor probabilidad de promocionar progenie emancipada y libre.

Sin duda, tenemos pleno derecho a la alegría de vivir; aunque siga reinando el miedo y el crimen
por doquier. De no vivir a medias o en la ignominia, aceptando el embrutecimiento y las penurias
como ineludibles; podemos enaltecer, entre penurias, el inmenso placer de estar felices. La alegría,
cierto, diferencia los sistemas de vida existentes; se vive entre la amenaza y la felicidad, pero
podemos conscientemente quedarnos de este lado.

De tal forma que sin restarle mérito a lo duro de las dificultades, es posible hacernos más
inteligentes y menos subordinadas a los acontecimientos; empezando por seguir leyendo sobre el
presente, incluso, sobre el pasado, pero pensando en el futuro, sin resignación u abandono;
responsables por saber más y más del mundo que nos rodea.

La vida no es como se pensaba en épocas remotas cuando se han conformado los grandes sistemas
de creencias, filosofías y religiones; aún siguen grandes incógnitas vigentes. Pero entre mitos,
leyendas y un mar de dudas, también avanza la ciencia y la razón para no permanecer un mar de
incertidumbres perpetuas; ya es cada vez más sencillo, dedicar nuestro tiempo libre en comprender
la magnificencia exuberante que nos hace y rodea.
Cierto, lo que llamamos Naturaleza tiene aún muchos misterios por revelar; como sobre las
cuestiones de la vida humana, propiamente, pero ello no resta el avance considerable en su
esclarecimiento. Y sobre lo que llamamos Humanidad, cada vez tenemos más certezas de sobre lo
que está bien o mal y en relación con el entorno como con nosotros mismos. Ya tenemos más
elementos de juicio disponible, para perder el miedo a lo insondable y tratar de dar respuesta a las
grandes preguntas humanas por resolver; sobre de dónde se viene, el por qué y el para qué de a
dónde se dirige tan infinita peripecia de vida.

Siendo mujeres y hombres, de cualquier naturaleza antropológica e interés ideológico, debemos


entonces colocar la prioridad en la vida por sobre la muerte. Contemporáneos, de nuevas y “viejas”
generaciones, tenemos obligaciones colectivas como en toda sociedad; pero también la potestad
de los derechos legítimos frente a la adversidad. Sin dejar de lado, que nos afectan las dificultades
también para educarnos; pues quiénes no tienen suficientes medios para atender las necesidades
de educarse y deben trabajar en exceso para sobrevivir o atender sus demandas de salud y la
protección de los suyos; pero contra tales enormes limitaciones, se puede contrariando el modelo
de la distracción frenética, sacar tiempo libre para recabar en nuestra situación crítica y asociarnos
a quienes parecen proponer soluciones reales.
Siendo mujeres y hombres, de cualquier naturaleza antropológica e interés ideológico, debemos
colocar la prioridad en la vida por sobre la muerte. Todos los ciudadanos de las nuevas y “viejas”
generaciones, en defensa de la salud mental y material de nuestros hijos y congéneres; aliarnos para
confrontar el caos reinante, en tanto ahora estamos cada vez más autorizadas a hablar y decidir por
voz propia. Y porque al informarnos más, sabremos más sobre de cómo van todos esos lodos al río
de la paz en el territorio nacional.

En fin, hacemos bien, en repensar la justicia de loar por la vida, sin complejos; en seguir insistiendo
en nuestra independencia y asociación común para resistirnos a la muerte desgraciada y en vano;
de contrariar los fatalismos que ayudan a perder el sentido y razón feliz de haber nacido y que
castigan como un pecado, el nacer mujeres.

Debemos pensar por voz propia, para empezar; y darnos la oportunidad de ver por nuestros propios
y autodidactas medios, la forma de invertir los escenarios que deforman la verdadera potencia
liberadora y creativa en lo femenino en mutualidad con los demás géneros, masculino o de cualquier
otra identidad liberadora. Lo verdadero humano de la humanidad es por lo demás, la vida con
comunión y por supuesto democrática y solidaria.
-o-