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La justicia terapéutica en procesos de

ruptura de pareja: el papel del psicólogo

Franr-isca Fnriñn Rivera. Ramón Arce Fernández,


JIcJ'C'cc!es XOYO Pérez y Dolores ::-leijoJLutÍl1ez

Introducción

El divorcio sigue siendo un tema de gran interés académico (Amato, 2010), desper-
tando enorme atención en la comunidad científica y en las asociaciones profesio-
nales de diferentes campos del saber: psicología, psiquiatría, pediatría, educación,
sociología y economía, entre otras; esto no es vano, pues puede afectar a los indivi-
duos y a la sociedad en un nivel sanitario, educativo, e incluso a la convivencia ciuda-
dana y a la economía. De manera reciente, Fagan y Churchill (2012) afirmaban que
el divorcio consume capital social y humano; incrementa de manera significativa el
gasto del contribuyente y provoca una disminución en la aportación a la sociedad,
Además precisan otros ámbitos en los que incide este proceso: a) educación, dismi-
nuyendo la capacidad de aprendizaje de los niños y los logros educativos; b) salud y
bienestar; debilitando la fortaleza del niño y su longevidad, acrecentando los riesgos
conductuales, emocionales y psiquiátricos, inclusive el suicidio; c) administración,
aumentando de modo significativo la delincuencia, el abuso y la negligencia, el uso
de drogas, y los costes de los servicios públicos de compensación; d) economía, mer-
mando la capacidad de ingresos en nivel personal y familiar, y e) la práctica religiosa,
reduciendo la religiosidad.
No obstante, las consecuencias del divorcio no son las mismas para todos los casos
ni presentan la misma magnitud (Affi & Hamrick, 2006; Braver, Shapiro & Goodman,
2006; Cheng & George, 2005; Ge, Natsuaki & Conger, 2006; Greef & van Der Merwe,
2004; Keily & Emery, 2003; Overbeek et al., 2006), dado que el divorcio o la separa-
ción no es lo que desencadena las consecuencias nocivas, sino otros factores, como
las circunstancias previas al divorcio, la manera en que el proceso se afronta por los
adultos y el nivel de conflicto que exista entre los progenitores, así como su persisten-
cia (Amato, 1993, 2010; Cosgaya,Nolte, Martínez-Pampliega, Sanz& Iraurgi, 2008; Da-
vies & Cummings, 1994; Overbeek et al., 2006; Pérez & Zermeño, 2008; Seijo, Novo,
Aportaciones el la psicología jurídica y forense desde Ibcroamói-ica

Carracedo & Fariña, 2010; Wallerstein & Kelly, 1980). En este sentido, Yárnoz, Comino
y Garmendia (2012) señalan que la investigación científica revela que la adaptación al
divorcio de los hijos se encuentra determinada, en buena parte, por la adaptación al
mismo de sus progenitores y por el ejercicio de la coparentalidad.
Así, aunque la ruptura conyugal siempre resulta dolorosa, difícil de afrontar y con
frecuencia estresante, la pareja debe encauzarla de una manera constructiva, con
objeto de que las potenciales implicaciones negativas puedan controlarse. Cuando
existen hijos, el esfuerzo ha de ser mayor, dada la necesidad de lograr, por el me-
jor interés de la prole, una labor de coparentalidad positiva, para protegerla de las
perversas y nocivas consecuencias que la disolución conyugal de sus progenitores
les puede acarrear. Sin embargo, este proceder resulta muy complejo en una ruptu-
ra de pareja, en especial si se opta por un procedimiento contencioso, ya que éste
aumenta el estrés en la familia, así como el enfrentamiento familiar y la posibilidad
de que las emociones y las cogniciones deletéreas se disparen. Como refiere Allan
(2001), la vía contenciosa promueve la tendencia de las personas a atribuir el buen
comportamiento de los demás a los factores externos, y el mal comportamiento a
factores internos; a la vez que a magnificar el comportamiento negativo de los otros
y minimizar el positivo. De este modo, el sistema judicial "es probable que fomen-
te la percepción negativa de las partes entre sí, en lugar de una evaluación realista"
(Allan, 2001, p. 2). Además, el que un progenitor, de manera personal o a través del
abogado o testigos, exponga de forma pública las características y comportamientos
negativos del otro, y con frecuencia ampliados y agrandados, provoca en éste senti-
mientos de vergüenza, ira y hostilidad. La hostilidad entre los progenitores transfiere
hostilidad, ira y tensión en las interacciones entre padres e hijos (Gerard, Krishnaku-
mar & Buehler, 2006). De esta manera, el conflicto se va incrementando, los com-
portamientos nocivos creciendo y la situación personal de todos los miembros de la
familia, empeorando. Al mismo tiempo, el conflicto parental desvía la atención del
niño y lleva a la crianza ineficaz (Gerard et al., 2006). Todo lo cual conduce de mane-
ra indefectible a una disfuncionalidad severa de la familia.
Bajo estas consideraciones, los procedimientos de ruptura de pareja deberían ser
tratados con perspectiva de justicia terapéutica (TJ),la cual asume, entre otras cuestio-
nes de interés, que los procesos judiciales de familia requieren, por parte de todos los
agentes jurídicos, un abordaje sensible al estado psicoemocional en el que se encuen-
tran los progenitores, para que el proceso sea lo más terapéutico posible. Con esta pre-
misa, la TJ dirige los procesos de divorcio a procedimientos de mediación, y apuesta
porque vaya acompañada con programas de apoyo psicoeducativo específicos para es-
tas familias, en la línea del programa "Ruptura de Pareja, No de Familia" (Fariña, Novo,
Arce & Seijo, 2002a). Esto se debe a que la mediación, lejos de las intervenciones iatro-
génicas de los procesos contenciosos, propicia el bienestar emocional de los progeni-
tores y de los restantes miembros de la familia; pacificando el conflicto y facilitando la
coparentalidad positiva. Por su parte, los programas de apoyo crean conciencia en los
progenitores en cuanto a la necesidad de respetar los derechos de sus hijos, y les ense-
ñan a responsabilizarse de sus obligaciones, para alcanzar una labor coparental armóni-
ca y equilibrada, centrada en el mejor interés de las personas menores de edad.
En este capítulo se abordarán las consecuencias de la separación de los pro-
genitores en la familia, así como la mediación familiar y los programas de ayuda
La justicia terapéutica en procesos de ruptura de pareja. el papel del psicólogo

psicoeducativos, como procedimientos de apoyo en la reconstrucción de la familia


tras la ruptura de pareja.

Consecuencias de la ruptura de la pareja en la familia

En la mayoría de los casos, la ruptura de la pareja provoca en ambos, de forma gené-


rica, dos tipos de problemas: el ajuste personal al divorcio, y la adaptación al nuevo
y diferente papel de progenitor divorciado (Fagan & Rector, 2000). El ajuste personal
supone superar las repercusiones psicoemocionales asociadas con este evento vital,
que suele conllevar estrés, ansiedad, depresión y pérdida de autoestima (Bank, For-
gatch, Patterson & Fetrow, 1993; Forgatch, Patterson & Ray, 1995; Hetherington &
Stanley-Hagan, 1997; Jackson, Gyamfi, Brooks-Gunn & Blake, 1998; Lorenz, Simons
& Chao, 1996), así como acomodarse a las nuevas condiciones socioeconómicas.
Las reacciones ante el divorcio van a depender de diferentes variables, entre
ellas, las propias capacidades y habilidades de las personas para enfrentarse a los
problemas personales, así como al papel que hayan tenido en la separación. En este
sentido, aunque ambos pueden presentar confusión y labilidad emocional, estrés,
cólera, impulsividad, ansiedad y depresión, soledad, sensación de estar sintiendo
controlados desde el exterior (Hetherington, 1993), quien ha tomado la decisión de
separarse, suele experimentar emociones como culpa y vergüenza, en especial si la
pareja tiene hijos; además, tiende a experimentar mayor estrés y ansiedad antes de
tomar la decisión firme de terminar la relación de pareja (Braver et al., 2006). Mien-
tras que la persona que no ha tomado la decisión suele sentirse sorprendida, he-
rida, rechazada y abandonada, avergonzada, traicionada y devastada, furiosa, con
sentimientos de rabia, dolor y pérdida; experimenta una gran confusión emocional
(Braver et al., 2006; McKay, Rogers, Blades & Gosses, 2000), en particular cuando la
ruptura está provocada por la existencia de una tercera persona. En estos casos, el
estrés es de mayor intensidad y resulta más difícil superarlo (Lorenz et al., 1996).
Otra circunstancia relevante es la situación económica de la pareja. El rompimiento
supone una disminución significativa de los recursos económicos disponibles (Adán et
al., 2007; Bank et al., 1993; Fagan& Churchill, 2012; Forgatch et al., 1995; Lorenz et al.,
e 1996; Ross& Mirowsky, 1999), que traslada a la familia con bastante frecuencia a un es-
.¡¡;
tado de pobreza, afectando con mayor intensidad al progenitor custodio, por lo general
la madre. Estacontingencia suele obligar, en la mayoría de los casos,a realizar cambios
sustanciales en el estilo de vida, como iniciar la actividad laboral o retornaría, o ampliar
el horario de trabajo, lo cual provoca una disminución del contacto con los hijos y una
menor supervisión de éstos, lo que afecta las pautas educativas (Kelly & Emery, 2003).
Sin embargo, ha de asumir en solitario responsabilidades antes compartidas con el otro
progenitor, como ocuparse de la prole en cuanto a cuidados, educación y formación, así
como el apoyo y acompañamiento físico y emocional. Todo ello produce una sobrecar-
ga que facilita o refuerza los problemas psicoemocionales mencionados con anteriori-
dad, en especial el estrés. Éste, unido al caos propio de estas situaciones, enturbian la
relación del progenitor con sus hijos, lo que afecta de forma directa sus conductas edu-
cativas (Braver et al., 2006). En concreto, las investigaciones apuntan a que la ruptura
deteriora las estrategias educacionales positivas -control y responsabilidad- e incre-
menta las negativas -inconsistencia y severidad- (Harold & Conger, 1997).

us
.\pOJ't¡-l(·jOlll'Sa la psj('ología jUJ'klica y forellse (lesde Iheroamórica

Por su parte, el progenitor no custodio, casi siempre el padre, ve reducidos de


manera severa los contactos con sus hijos (Adán et al., 2007; Braver et al., 2006), y
percibe que disminuye su capacidad de intervenir en diferentes aspectos del desa-
rrollo de éstos (Greif, 1979); tal situación puede provocarle síntomas de ansiedad,
depresión y estrés. A menudo, esto conlleva a que actúe a la defensiva, se resigne
o incluso manifieste sentimientos de indefensión, todo lo cual incide en que se
implique menos con los hijos (Wall & Amadio, 1994), si bien estos efectos no son ex-
trapolables a todos los casos. Así, Rosenthal y Keshet (1981) determinan que la cali-
dad y cantidad de contacto entre el progenitor no custodio y los hijos puede incluso
aumentar después del divorcio, lo cual ocurre cuando existe un bajo o nulo nivel de
hostilidad entre los progenitores, y cuando la percepción del padre sobre la calidad
de sus relaciones con los niños es positiva (Wall, 1992). Para Heath (1981), el proge-
nitor no custodio tiende a implicarse en la vida de sus hijos cuando se encuentra sa-
tisfecho con la decisión de la custodia.
Todo lo expuesto dirige de forma directa a la justicia terapéutica, incluso sin te-
ner en cuenta los hallazgos sobre el conflicto permanente tras la ruptura y su rela-
ción con el estrés y las alteraciones de tipo etiológico relacionadas con él. En este
caso, se debe destacar el efecto negativo en la salud mental de ambos cónyuges
(Parlin & Johnson, 1977; Shor, Roelfs, Bugyi & Schwartz, 2012; Williams, Sassier &
Nicholson, 2008) y en la salud física, mediante el deterioro del sistema inmunológi-
co. Esta contingencia favorece la posibilidad de padecer problemas de salud (McKay
et al., 2000), en especial en los dos años posteriores a la ruptura (Hetherington &
Kelly, 2005), hasta tal punto que se considera el divorcio y la separación factores de
riesgo de fallecimiento, lo cual despierta un gran interés en los científicos sociales
(Shor et al., 2012). La salud de los ascendientes, como es bien sabido, la psicológica
en particular, repercute en el bienestar de los hijos; por ello, cuanto más afectados
se encuentren los progenitores, mayor riesgo para su descendencia.

La ruptura de los progenitores y su afectación en su


descendencia

La familia, como primer agente de socialización y elemento más importante en la


vida de los niños (American Academy of Pediatrics, 2003), influye en su desarro-
llo y estado general, incluyendo el de salud-enfermedad (Guzmán et al., 2008). La
American Academy of Pediatrics (2012) advierte que la funcionalidad familiar pue-
de repercutir en la salud física y psicológica de los niños y adolescentes, así como
en su desarrollo cognitivo y social. Es por ello que el divorcio -como proceso que
comprende transformaciones sustanciales en la familia y evento de alto estrés para
todos sus miembros- con bastante frecuencia resulta dañino para los hijos. Así, és-
tos muestran una mayor vulnerabilidad a sufrir ciertos problemas de carácter físi-
co, psicoemocional y social, determinados de manera principal por el estrés tóxico
al que suelen ser expuestos (Fariña, Arce, Novo & Seijo, 2012), y por la falta de un
apoyo parental positivo, como consecuencia de una inadecuada gestión de la rup-
tura (Troxel & Mathews, 2004). Algunos autores (p. ej., Arce, Seijo, Novo & Fariña,
2002; Fariña, Arce, Seijo & Novo, 2013; Tejedor, 2006) incluso han denunciado que
la separación y el divorcio se pueden convertir en un proceso de maltrato a los hijos.

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La justicia terapéutica en procesos de ruptura de pareja: el papel del psicólogo

En cuanto a la salud física, Larson y Halfon (2012) señalan que los niños de padres
divorciados presentan un mayor riesgo de padecer problemas de este tipo, como
obesidad, asma, cáncer, así como enfermedad general, crónica y aguda (Hemmin-
ki & Chen 2006; Lorenz, Wickrama, Conger & Elder 2006; Maier & Lachman 2000;
Troxel & Matthews 2004; Yannakoulia et al., 2008). Otros autores también han evi-
denciado la vulnerabilidad a presentar afectación de hipertensión, asma, yenferme-
dades de tipo coronario (Guzmán et al., 2008; Krantz & Manuck, 1984; Seijo et al.,
2010; Standing Comittee on Legal Constitutional Affaire, 1998). De igual forma, se
han encontrado alteraciones psicosomáticas, como dolores de cabeza y estómago
(Orgilés, Amorós, Espada & Méndez, 2008).
Por otra parte, en jóvenes menores de edad, la separación de los padres se pre-
senta como una de las causas más frecuentes de suicidio y tentativa de suicidio, con
frecuencia por sentimientos de rechazo o detrimento del interés de sus progenito-
res hacia ellos (Lester & Abe, 1993; McCa11& Land, 1994; Woderski & Harris, 1987).
Diversos estudios informan de una mayor tasa de suicidios en aquellos menores cu-
yos padres se habían separado, e incidencia mayor en varones que en mujeres (Bre-
zo et al., 2006; D'Onofrio et al., 2006; Fariña et al., 2012; Fuller-Thompson & Dalton,
2011; Lizardi, Thompson, Keyes, & Hasin, 2009).
En esta misma línea, algunos investigadores alertan que la separación de los
progenitores, antes de la edad adulta, minimiza la esperanza de vida de sus hijos
(p. ej., Brown et al., 2010; Ge et al., 2006; Larson & Halfon, 2012; Martin, Friedman,
Clark & Tucker, 2005; Weitoft, Hjern, Haglund & Rosén, 2003; Schwartz et al., 1995;
Singh & Yu, 1996). Sin embargo, las consecuencias más significativas de la separa-
ción y el divorcio son de índole psicoemocional (Ackerman, 1995; Cherlin, Chase-
Lansdale & McRae, 1998; Garnefscki & Diekstra, 1997; Wallerstein & Kelly, 1980).
En este sentido, Ellis (2000) informó que el divorcio duplica la proporción de pro-
blemas de ajuste emocional y también conductuales en los hijos. De este modo,
pueden experimentar problemas de conducta internalizantes, siendo los más fre-
cuentes ansiedad, depresión y baja autoestima, así como dificultades de conducta
externalizantes, en especial comportamientos disruptivos, consumo de sustancias
y alcohol, y conductas delictivas (Allison & Furstenberg, 1989; Amato, 2000, 2010;
Arce & Fariña, 2007; Averdijk, Malti, Eisner & Ribeaud, 2012; Hetherington & Kelly,
2005; Landsford et al., 2006; Méndez, Inglés, Hidalgo, García-Fernández & Quiles,
2003; Orgilés et al., 2008; Wallerstein & Kelly, 1980). Los efectos psicoemocionales
pueden acompañar a los hijos a lo largo de la vida, provocando que padezcan un
mayor número de problemas mentales en la edad adulta (Amato, 2000; Mardomin-
o
..::: go, 1994; Nunes-Costa, Lamela & Figueiredo, 2009; Ross & Mirowsky, 1999; Wate-
rickx, Gouwy & Bracke, 2006).
~
s.•. Es importante volver a recalcar que los efectos del divorcio en los hijos no son
los mismos ni tienen igual alcance para todos, sino que van a depender de factores
== externos e internos de los menores, en especial de la manera en que el proceso se
j afronta por los adultos, la existencia de conflicto entre ellos versus coparentalidad
.•.::: positiva, y la propia resiliencia de los hijos. De esta manera, el papel de los profesio-

....
nales que intervengan con estas familias puede resultar determinante, en particu-
o lar si realizan intervenciones con perspectiva de justicia terapéutica, las cuales, en
su conjunto, pueden transformar los factores de riesgo en elementos de protección
Aportaciones a In psicología juridir-a y forcnsc desde Iberoamóriea

no sólo para la prole, sino también para los progenitores, y robustecer los factores
protectores existentes. Como señalan Babb (1997) y Wexler (1993) en el derecho de
familia, la aplicación de la justicia terapéutica es de suma importancia (Babb, 1997;
Wexler, 1993) para proteger las familias y los niños de las consecuencias negativas
que la ruptura conyugal pueda tener en el presente y en el futuro, y reducir la confu-
sión emocional, para preservar o promover la armonía familiar (Town, 1994). En esta
línea, Babb (1997) asevera que la función del tribunal se debe centrar en facilitar re-
laciones familiares más positivas y fortalecer el funcionamiento normalizado de la
familia. En nuestra opinión, la de los psicólogos y abogados no debería ser diferen-
te. Para Amendola (2010), la justicia terapéutica ayuda a los abogados a representar
a sus clientes con mayor eficacia, proporcionándoles una experiencia más satisfac-
toria y un servicio eficiente, que alcanza resoluciones más adecuadas y duraderas
para su conflicto; para los abogados también es beneficioso, al disminuir el estrés y
obtener mayor satisfacción laboral, y prestigio profesional y social, lo cual se puede
trasladar también a los abogados y psicólogos que siguen la corriente "Derecho en
colaboración" (Collaborative Law), psicólogos jurídicos y mediadores.
Desde el paradigma de justicia terapéutica, en los procesos de ruptura de pareja,
los programas de mediación y los psicoeducativos de ayuda a estas familias son muy
necesarios y en ocasiones imprescindibles. Como asevera Fariña (2010): "La media-
ción familiar acompañada de programas de intervención específicos, se presentan
como los métodos más adecuados para ayudar a estas familias a superar satisfac-
toriamente ese período de sus vidas, enriqueciéndolas y haciéndolas más fuertes
como personas." (p. 202).

Mediación familiar

El proceso judicial, como señala Ortuño (2005a) "no sólo resulta frío para abordar
de forma completa la solución de determinados conflictos, sino notoriamente insu-
ficiente. Por esta razón se viene introduciendo en los últimos años la utilización de
la mediación como instrumento auxiliar de la justicia, sobre la base de la práctica
en otros países de nuestro entorno que muestra la mayor adaptación de esta me-
todología para dar una mejor respuesta a los intereses en juego que subyacen en
determinados tipos de conflictos en los que las partes implicadas necesitan mante-
ner una relación posterior viable" (pp. 2-3), en este caso, la de progenitores tras la
ruptura de pareja. Más allá de la frialdad se encuentra el hecho, ya comentado, del
incremento del conflicto, la crispación y el estrés, que suelen acompañar a los pro-
cesos contenciosos. Es por ello que si bien las parejas pueden acudir a la mediación
en cualquier momento del proceso, incluso después de haber emitido sentencia el
tribunal, lo más acertado es hacerlo antes de iniciar el proceso judicial. Así, la media-
ción extrajudicial al inicio de la ruptura de pareja evita el recrudecimiento del con-
flicto, propio de los procesos contenciosos, y facilita los acuerdos. Sólo un 11% de las
parejas que utilizan la mediación antes de iniciar el proceso judicial acaban ponien-
do la demanda (Emery, Sbarra & Grover, 2005). No obstante, también la mediación
intrajudicial, aunque en menor medida, ha demostrado ser efectiva (Luquin, 2007).
De forma general, se puede señalar que la mediación familiar es un procedimien-
to voluntario al que acuden las partes, si bien en algunos estados este principio no

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siempre se cumple, por ejemplo, en Carolina, en los Estados Unidos, o en el Rei-


no Unido. Para los casos que solicitan justicia gratuita, la mediación se lleva a cabo
por una tercera persona o equipo, siempre neutral e imparcial, que ayuda a identi-
ficar y clarificar los problemas existentes en la familia, así como a establecer acuer-
dos en relación con todos o alguno de ellos. En los procesos de ruptura de pareja,
en especial aquellos relacionados con la custodia y la forma en que los hijos van a
compartir el tiempo con sus padres (Irving, 1981), debe de intentarse, si las partes
así lo desean, consensuar todo el convenio regulador del divorcio. Pero, además
de estas cuestiones, facilita un espacio a los progenitores para hablar de sus expe-
riencias, cogniciones, emociones y conductas en un contexto adecuado, lo cual es
de beneficio para ellos (Pennebaker, 1993), pues les permite desahogar emociones,
y aprender a separarse de una manera positiva, así como a mantener su responsa-
bilidad como progenitores. Como señalan García-López (2011) y Holtzworth-Mun-
roe (2011), la mediación encauza la pacificación de los conflictos y la resolución de
la controversia, permitiendo gestionarlos de forma positiva y encontrar soluciones
efectivas a los mismos (Pastor & Iglesias, 2011). Inclusive posibilita adquirir habilida-
des relacionadas con la resolución de conflictos (Gutiérrez & Corzón, 2012), dentro
y fuera del ámbito familiar.
De igual manera, aunque no se trata de una intervención de carácter terapéuti-
co, conlleva efectos de ese tipo (Parkinson, 2005), incidiendo de modo positivo so-
bre la estabilidad emocional de los progenitores (Bernal, 2012), pero también con
efectos indiscutibles sobre el bienestar emocional de los restantes miembros de la
familia; al mismo tiempo que hace viable la cooperación parental (Barbero, Peña,
Gaja & Galán, 2005; Fariña, 2010; Fariña, Seijo, Arce & Novo, 2002b) y el manteni-
miento de adecuadas relaciones familiares. A su vez, las soluciones a la controver-
sia y la toma de decisiones no recaen en extraños, sino en la pareja. De este modo,
los acuerdos alcanzados resultan más satisfactorios para todos, y el nivel de cumpli-
miento de los mismos son muy superiores a los mandatos que se deben acatar por
orden judicial (Arch, 2003; Haynes, 2000). A todo ello se debe añadir el hecho de
que respeta la privacidad de los usuarios; así, aunque en el transcurso de la media-
ción se revele información muy íntima, el mediador y las partes han de mantener
la confidencialidad de la misma. Por el contrario, un proceso contencioso tiende a
evidenciar de manera pública cuestiones de índole muy personal, inclusive aque-
llas más soeces e indignas. También desde una perspectiva económica resulta más
rentable, al ser un procedimiento más barato y rápido. En suma, la mediación se ha
mostrado útil para llevar a cabo la disolución de las parejas (p. ej., Coy, 1989; Emery
et al., 2005; Soto, 2009); siendo para muchos autores (p. ej., Bernal, 2002; Fariña &
Arce, 2006; Fariña et al., 2002; Kelly, 1991; Pearson & Thoennes, 1984; Pierce, Pruitt
& (zaja 1993), la modalidad más eficaz.
En cuanto al papel del mediador en estos procesos, se sostiene que, de manera im-
parcial, ha de ayudar a las partes a llegar a acuerdos justos y duraderos, en especial en
lo que atañe al bienestar de los hijos (Moore, 1998; Saposnek, 1983). Ortuño (2005b)
precisa que el mediador no ha de orientar y menos imponer a las partes su propia es-
cala axiológica, y ha de prescindir, en todo momento, de plantear alternativas que se
ajusten a su propia escala de valores, y que ignoren o contradigan la de las partes. Pero
también señala que ser un mediador neutral no significa ser un profesional pasivo, por

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~\port(\(·iones (\ la psicología jurídica :-'forense desde Iberoamérica

el contrario, ha de mantener una actitud activa en la procura de tres objetivos: "que


las partes encuentren en el entorno o ámbito de la mediación un espacio en el que
estén seguros y un clima en el que se sientan cómodos; que se garantice una igualdad
real y sólida para afrontar la negociación ... y que se impugne desde el principio una di-
námica sana de respeto de una parte hacia otra" (p. 5).
En lo referente a la protección de la infancia y la búsqueda de su bienestar, algu-
nas legislaciones, como la que regula la mediación del estado de Wisconsin, en Es-
tados Unidos, requiere que el mediador certifique si los acuerdos logrados respetan
el mejor interés del menor (Milne, Folberg & Salem, 2004). Por su parte, la directiva
2008/52/CE del Parlamento Europeo señala que la confidencialidad no tendrá lugar
"cuando sea necesario por razones imperiosas de orden público en el Estado miem-
bro de que se trate, en particular cuando así lo requiera la protección del interés su-
perior del menor o la prevención de daños a la integridad física o psicológica de una
persona". En esta línea, en el Reino Unido, "cuando la mediación familiar se refiere a
los hijos, no es posible ofrecer una garantía absoluta de confidencialidad, ya que la
mediación puede revelar información sobre aspectos de la protección del niño que
requieran la adopción de medidas concretas. En este caso el mediador tiene que
asegurarse de que la policía y los servicios sociales son avisados" (Soto, 2009, p. 4).
En España, la recién aprobada Ley de Mediación en Asuntos Civiles y Mercantiles Ley
5/2012, no resulta tan explícita, pero concreta que la obligación de confidencialidad
no procede cuando "La infracción del deber de confidencialidad generará responsa-
bilidad en los términos previstos en el ordenamiento jurídico".
En nuestra opinión, la mediación debería ser un recurso al que pudieran tener
acceso todas aquellas que quieran romper su relación de convivencia, o mantengan
algún problema o controversia tras la misma, en especial cuando tienen hijos me-
nores de edad. En este supuesto debería ser preceptiva, tal y como ocurre en otros
países, como Noruega. Además, en estos casos, los mediadores, de manera irrenun-
ciable, deberían ayudar, desde la imparcialidad y neutralidad, a que los progenitores
tomen decisiones que respeten los derechos de su descendencia.

Programas psicoeducativos de ayuda a familias con progeni-


tores separados

En la década de los años setenta, en Estados Unidos, surgen los programas psico-
educativos para ayudar a la familia a superar de manera eficaz la ruptura y prevenir
comportamientos en los progenitores que impidan a los hijos adaptarse al divorcio
(Deutsch, 2008). De forma genérica, tienen por objetivo formar a las parejas con
descendencia a separarse, centrándose en el mejor interés de ésta, conduciéndo-
las a una relación de cooperación parental ajena al conflicto. Para Kirby (1988), de
manera ineludible han de enseñar los beneficios de la colaboración parental y las
responsabilidades del padre custodio; las reacciones de los hijos al divorcio; las con-
secuencias del conflicto; la alienación parental, y el fomento de sentimientos ne-
gativos hacia el otro progenitor (Arce & Fariña, 2007). La necesidad social de estos
programas, junto con su demostrada eficacia para disminuir el conflicto e incremen-
tar el bienestar de todos los miembros de la familia (p. ej., Alpert-Gillis, Pedro-Ca-
rroll & Cowen, 1989; Arbuthnot & Gordon, 1996; Durkin & Mesie, 1994; Fariña et

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La justicia terapéutica en procesos de ruptura de panda: el papel del psicólogo

al., 2002; Farmer & Galaris, 1993; Kalter & Schreier, 1993; Kramer & Kowal, 1990;
Loveridge, 1995), provocaron en el ámbito anglosajón la generalización de los mis-
mos a lo largo de los años ochenta y noventa (p. ej., Achtem & Hett, 1988; Bornstein,
Bornstein & Valters, 1985; Pedro-Carroll & Cowen, 1985; Roseby & Deutsch, 1985;
Stolberg & Garrison, 1985). En la actualidad, se encuentran muy extendidos yacep-
tados; por el contrario, en Latinoamérica existe un amplio desconocimiento sobre
los mismos, siendo su implantación escasa, y en algunos países simplemente inexis-
tentes. En España, de forma pionera, se creó en el año 2001 el programa "Ruptu-
ra de Pareja, No de Familia", el cual se describirá a continuación de forma somera.

Programa Ruptura de Pareja, No de Familia

El Programa Ruptura de Pareja se desarrolló de forma esencial en dos subprogra-


mas: el "Programa Breve Ruptura de Pareja, No de Familia"; y el "Programa Largo
Ruptura de Pareja, No de Familia". Sus objetivos generales son: a) eliminar o mini-
mizar las repercusiones negativas que la separación ocasiona a los menores y a los
adultos, tanto a los progenitores como a cualquier otra persona vinculada con es-
tos, en particular abuelos y nuevas parejas; y b) incrementar el ajuste a la nueva
situación familiar, por lo que se instruye a los padres para que puedan compartir
la necesaria labor educativa y formativa de manera responsable, desjudicializada y
asentada sobre la base de la protección y salvaguarda de los intereses y necesidades
de los menores (Fariña & Arce, 2008). En su propuesta se han asumido principios
básicos de la ciencia psicológica actual: a) la adversidad puede provocar crecimien-
to personal; b) los procesos cognitivos se pueden modificar, con objeto de cambiar
percepciones distorsionadas por otras adaptativas de uno mismo, los demás y el
mundo; e) la inteligencia emocional puede potenciarse; d) los comportamientos se
aprenden; d) las actitudes, valores y prejuicios son adquiridos; d) la modificación de
la cognición puede cambiar emoción y conducta; e) el control de la emoción puede
incidir en la cognición y en la conducta; f) la conducta produce modificaciones cog-
nitivas y emocionales.
Este capítulo se centrará de modo exclusivo en el Programa Largo, el cual se lleva
a cabo a lo largo de 16 sesiones grupales, de entre 90 y 120 minutos de duración. Se
interviene (en grupos diferentes) con los adultos (progenitores y personas significa-
tivas) y con los hijos, teniendo en cuenta su edad para formar los grupos.

Intervención con adultos


En la intervención con adultos se emplean diferentes técnicas con base en los
principios de modificación de conducta (role-playing, modelado, instrucciones, re-
fuerzo), adaptándose siempre a las situaciones que se quieren trabajar. Antes de
iniciar el programa, se entrevista y evalúa a los adultos, para detectar posibles pro-
blemas significativos de carácter psico-emocional, que impida su participación en
el grupo. Cuando esto ocurre, se pospone su aceptación en el programa, y se deri-
van a un profesional de la salud mental, para que posibilite la recuperación de su
estado psicológico. El programa se compone de 16 sesiones grupa les que se esbo-
zan a continuación.

121
Aportacioues a la psicología juríclica y forcnsc dosdc Iberoamérica

1. Presentación del programa. En esta primera sesión, los miembros del grupo
se presentan, aportando algunos datos sobre su familia (estado civil, número
de hijos y edades de éstos, relación que mantienen con ellos). Es importan-
te que se logre cohesión en el grupo y que todos se sientan cómodos e inte-
grados, para el adecuado desarrollo del programa. A lo largo de la sesión se
presentan los contenidos básicos que van a conformar toda la intervención.
De forma específica, se plantean los diferentes tipos de custodias que exis-
ten, analizando los inconvenientes y ventajas de cada una, dejando siempre
establecido que a no ser que exista una causa que lo impida o desaconseje, la
custodia ideal para todos los miembros de la familia (en especial para los hi-
jos) es la compartida (Fariña, Arce, Vázquez, Novo & Seijo, 2013). Asimismo,
se exponen los modos de resolución del conflicto, creando conciencia de que
la mediación familiar es siempre la vía óptima para estos caso, y que con in-
dependencia del momento y el estado del proceso deberían optar por esta
fórmula. Antes de finalizar la sesión han de formalizar el compromiso de asis-
tencia a cada una de las reuniones, salvo la existencia de causa que justifique
la ausencia.
2. Importancia de la estabilidad psicológica de los progenitores separados. Se les
transmite la importancia de promover y mantener un adecuado ajuste psico-
lógico en todos los miembros de la familia y la necesidad de conservar una
estabilidad psicológica para ejercer de manera eficaz la función parental. Se
abordan las etapas del divorcio y las reacciones más comunes, a fin de que
puedan identificar y expresar las conductas y emociones que han tenido o tie-
nen en cada una de ellas, y se les facilitan estrategias de afrontamiento.
3. Redefinición de la relación como padres. Beneficio de la colaboración parental. .~
La sesión tiene el fin de favorecer la relación de coparentalidad positiva, utili- ID
-o
zando para ello un símil entre familia y empresa, y exponiendo los beneficios e
:J
en
que acarrea una relación de colaboración y cooperación entre los progenitores. al
e
4 y 5. Desarrollo evolutivo, y consecuencias y reacciones posdivorcio en los hi- '0
'(3
jos. Se tratan los aspectos que caracterizan la etapa del desarrollo en que se .~
.9
encuentran sus hijos, así como las reacciones y conductas que éstos suelen :J
ro
presentar ante la separación de los padres. Esto les ayuda a comprender las e
.¡¡;
actitudes y comportamientos de sus hijos ante la nueva situación familiar; e ti;
'0.
incluso pueden detectar algún trastorno, retraso o estancamiento del desa-
8
rrollo psicosocial y cognitivo en sus descendientes.
6. Importancia de la comunicación y consecuencias negativas del conflicto. Se ~
O
trabaja la importancia de eliminar el conflicto familiar y de instaurar una co-
E
municación óptima, abierta y asertiva; se practican estrategias adecuadas de co- ~
municación interparental tanto en el rol de emisores como en el de receptores.
~
7, 8 Y 9. Fenómenos asociados con el proceso de separación y divorcio: interfe-
rencias parentales, sobrecarga e ilusión de reconciliación. A lo largo de estas
tres sesiones se describen tales manifestaciones y las consecuencias nocivas
que acarrean en los hijos, con el objetivo general de que asuman la importan-
cia de inhibir las actitudes y conductas que las provocan o refuerzan. Además,
se practican estrategias y se fomentan habilidades para evitar o corregir los
comportamientos que los fomentan.

l22
La justicia terapéutica en procesos de ruptura do pareja: el papel del psicólogo

10. Importancia del contacto de ambos progenitores con los hijos. Se pone en va-
lor la corresponsabilidad en la crianza de los hijos y se analizan fórmulas para
que quienes mantienen una custodia en solitario puedan avanzar hacia fór-
mulas más próximas a la custodia compartida.
11. Importancia de la comunicación padres-hijos. Se analiza la relevancia de la co-
municación padres-hijos, asumiendo que es esencial una comunicación óptima
tanto paterno-filial como materno-filial, para lograr el ajuste a la nueva situa-
ción familiar y el adecuado desarrollo de las personas menores de edad. Se pre-
tende que los progenitores logren robustecer las relaciones y comunicación con
sus hijos, y que el tiempo que dediquen a éstos resulte enriquecedor.
12. Cómo ayudar a adaptar a los hijos a la nueva situación. Esta sesión tiene
como meta exponer el papel principal que desempeñan ambos progenitores
para una adaptación óptima de los hijos a la nueva situación familiar. Para ello
se retoman algunos aspectos tratados en sesiones precedentes, lo cual sirve
además para afianzar lo trabajado en sesiones previas.
13. Técnicas educativas y de comunicación entre padres e hijos. Práctica de mé-
todos de disciplina adecuados. Se complementa lo aprendido en la déci-
moprimera sesión, reforzando el uso de un adecuado estilo comunicativo,
estrategias de resolución de problemas y profundizando en el empleo de
estilos educativos efectivos. A los participantes se les aportan una serie de
destrezas y habilidades educativas, que les permitan modificar aquellos com-
portamientos anómalos de los menores tanto los relacionados de forma ex-
presa con la nueva situación posdivorcio como los ajenos a ella, a la vez que
propicia comportamientos positivos.
14. Responsabilidad de cada progenitor y derechos de los hijos. A esta altura del
programa, los participantes tendrán que tener bien procesado que en la rela-
ción coparental y paterno-filial se ha de priorizar a los hijos. No obstante, para
consolidar los conocimientos adquiridos, se abordan los derechos de los me-
nores y los deberes de los padres cuando la familia experimenta la separación
conyugal de los progenitores. Para lo primero se toma como base los dere-
chos establecidos en una sentencia dictada por la Corte Suprema de Wiscon-
sin y que después otros autores han asumido (p. ej., Blanch & Shelton, 1997;
Arce & Fariña, 2007). De igual manera, los deberes de los progenitores se ana-
lizan con el apoyo de la propuesta de Arce y Fariña (2007).
15. Evaluación posintervención. Con esta sesión se pretende comprobar en qué
medida el programa ha resultado efectivo para los participantes. En este sen-
tido, se lleva a cabo una evaluación, en las variables y constructos trabajados
durante la intervención, a través de la "Entrevista para padres, posinterven-
ción". Esta valoración servirá, asimismo, para proporcionar la necesaria re-
troalimentación acerca de los aspectos que pueden mejorarse o modificarse
de la intervención, así como los aspectos a reforzar en la siguiente y última
sesión grupa!
16. Cierre del programa. Mantenimiento y refuerzo de los contenidos adquiri-

....
'¡ dos y generalización. Tal y como se ha venido exponiendo, los contenidos del
o programa se han ido engranando a lo largo de las sesiones, de modo que el
'ti avance de las mismas supusiese un refuerzo de lo adquirido en las anteriores.

l23
Aportaciones a la psicología jurídica ,\' forense desde Ibcroamérica

En esta línea, la última sesión pretende ensamblar todas las previas, a través
de un repaso de los contenidos principales del programa, de cara a su gene-
ralización, labor que se lleva a cabo, de manera principal, para que puedan
abordar, de forma más eficaz, los avatares que la nueva organización familiar
origine, pero también para que los apliquen en otros ámbitos de sus vidas.

Intervención con los hijos

En la intervención con los hijos uno de los objetivos básicos es proporcionarles un


grupo de apoyo. El contacto con otros niños que han vivido los mismos aconteci-
mientos les ayuda a reducir el sentimiento de ser un caso diferente o singular, y les
transmite una sensación de confianza. Los grupos de intervención se forman aten-
diendo a la edad de los participantes, lo que determina en gran medida los proce-
dimientos y técnicas a utilizar. Así, con los más pequeños la intervención se realiza
de forma esencial a través del juego, el relato en formato cuento y fichas de trabajo;
con los de más edad, se introducen técnicas de modificación de conducta (resolu-
ción de problemas, modelado, reestructuración cognitiva, técnicas operantes, etc.).
De forma complementaria, para todos ellos se ha desarrollado material educativo
especializado, como el libro Pobi tiene dos casas (Fariña, Arce, Real, Seijo & Novo,
2001), protagonizado por personajes que permiten abordar contenidos específicos
a lo largo de las sesiones (Fariña et al., 2012).

1. Presentación del grupo. En la primera sesión se establece un ambiente de


aceptación y seguridad para obtener una cohesión grupal, donde todos se
encuentren a gusto. Se lleva a cabo una presentación de los miembros del
grupo, en la que se trata de resaltar los elementos comunes a todos; como un
aspecto enriquecedor, se da cabida a las posibles diferencias existentes entre
ellos. Además, se indican las normas que funcionarán como controladoras y
reguladoras de las conductas del grupo. Por otro lado, se crea un símbolo que
represente al grupo y que actúe como elemento unificador a lo largo de todas
las sesiones. Se establece una serie de objetivos comunes que fomenten el
trabajo en equipo. Por último, se presenta al personaje principal del material
psicopedagógico Pobi ten dúas casas (Fariña et al., 2001).
2. Flexibilización del concepto de familia. En esta sesión se busca incrementar
la autoestima familiar y normalizar la separación de los progenitores, como
una categoría más dentro de los distintos modelos familiares, resaltando
sus ventajas.
3, 4 Y 5. Comprensión de la separación y exposición de las reacciones más co-
munes. A lo largo de estas sesiones se les explican y aclaran las concepciones
erróneas y reacciones más comunes que suelen sufrir: sentimientos de culpa-
bilidad, miedo a ser abandonados, emociones negativas como la ira. Duran-
te las sesiones se trabaja la expresión e identificación de emociones, y se les
anima a que expresen las asociadas a la separación de sus padres. Asimismo,
se introduce el entrenamiento en técnicas para relajarse, que permite redu-
cir el nivel de activación y alcanzar un estado de ánimo adecuado para expre-
sar los sentimientos sin hacer daño a los demás. Se llevan a cabo ejercicios de

124
La justicia terapéutica en procesos de ruptura (le pareja: ~·Ipapel del psicólogo

reestructuración cognitiva, facilitando las situaciones de cambio, mostrando


una perspectiva positiva que ayude a aceptar la separación parental.
6. Refuerzo del autoconcepto. Se potencia el desarrollo del autoconcepto a través
del reforzamiento social. Se sigue potenciando el autoconcepto familiar.
7 y 8. Ilusión de reconciliación y aceptación de la nueva situación. Se trabaja la
ilusión de reconciliación, para que admitan la nueva situación familiar, asu-
miendo la separación parental de forma normalizada y constructiva, adoptan-
do, al mismo tiempo, una estrategia de afrontamiento positiva. En la séptima
sesión se persiguen analizar, cuestionar y rebatir los pensamientos irracio-
nales vinculados con el sentimiento de reunificación parental. En la octava
sesión, partiendo de lo trabajado en las sesiones anteriores, se ayuda a los
menores a que puedan disfrutar cuando están con ambos progenitores.
9 y 10. Entrenamiento en habilidades de comunicación. Se enseña a expresar de
forma asertiva ideas y sentimientos, confrontando las conductas adecuadas e
inadecuadas, abordando tanto los componentes cognitivos y afectivos como
los conductuales y fisiológicos. Además, se plantean actividades para desarro-
llar habilidades sociales (hacer un cumplido, iniciar, mantener y finalizar una
conversación, y aceptar las críticas, entre otras). Asimismo, se refuerza la escu-
cha activa y el procesamiento de la comunicación no verbal.
11, 12 Y 13. Entrenamiento en resolución de problemas. En estas sesiones se pre-
tende mejorar las habilidades de competencia de los niños, mostrándoles la
manera de resolver los problemas y conflictos. En la sesión décima primera se
explican las dos primeras fases del modelo de solución de problemas, que abor-
da la orientación general hacia el problema, y la definición y formulación del
problema (D'Zurilla, 1986). Además, se trabaja la atribución causal y el locus
de control, ya que ambas variables van a influir en el significado que el menor
otorgue al problema y, por tanto, a la forma de resolverlo, así como a la reper-
cusión psicoemocional que éste va a tener en él. La sesión duodécima se cen-
tra en la búsqueda de alternativas, la elección de la mejor, la aplicación de ésta
y la valoración de la implementación. En la sesión décimo tercera entrena lo
aprendido en las dos anteriores a la resolución de problemas paterno-filiales,
tanto ajenos como relacionados; para formar los grupos se tiene en cuenta so-
bre todo la edad.
14. Previsión de cambios. Desde una perspectiva positiva, se exponen y analizan los
cambios que la separación parental conlleva, así como los que pudieran aconte-
cer en el futuro (nuevas parejas de sus progenitores, nuevos hermanos). Asimis-
mo, se les crea la conciencia de que la mayoría de ellos está fuera de su control y,
por tanto, no pueden hacer nada para modificarlos.
15. Evaluación posintervención. En la penúltima sesión se presenta la propuesta
psicoeducativa "Yo como Pobi soy feliz", donde se valora si los menores han
adquirido las destrezas básicas entrenadas a lo largo del programa. También
se realiza una revaluación individual de los menores a través de la entrevista
y de pruebas psicométricas, para contrastar la consecución de los objetivos
generales del programa (Fariña et al., 2002b).
16. Cierre del programa. Se formaliza una fiesta, a modo de celebración, donde se
lleva a cabo la despedida de los miembros del grupo, menores y técnicos.

125
Aportaciones a la psir-ologia juridicav forense desde Iberoamérica

Comentario final

La justicia terapéutica tiene por objeto abordar los asuntos legales de una forma más
comprensiva, humana y psicológicamente óptima, con consecuencias positivas para la
vida emocional y el bienestar psicológico de los usuarios del sistema legal (Wexler & Wi-
nick, 1996), bajo esta consideración, no se puede dudar en afirmar que debe haber un
compromiso para favorecer y potenciar una justicia terapéutica en todos los ámbitos ju-
rídicos (Fariña, Tortosa & Arce, 2005), entre ellos, incluso de forma especial, en el de la
familia. En procesos de separación y divorcio, la perspectiva de TJ, no sólo puede facilitar
la pacificación de los conflictos y el control de la violencia emocional que suele acompa-
ñarlos, cuando no física, sino que también tiene capacidad para potenciar el crecimiento
personal de los miembros de esas familias.
Así, la promoción de la mediación familiar, como medio para resolver la contro-
versia y el conflicto en los procesos de separación de pareja se muestra ineludible,
en particular en aquellas que tengan descendencia, si se pretende mantener una
corresponsabilidad en la crianza de los hijos. También es preciso ofrecer y desarro-
llar programas específicos de ayuda para estas familias, centrados en la recupera-
ción del bienestar psicoemocional y en su reorganización, así como en la eliminación
del conflicto y el control de los comportamientos de carácter violento. Todas las fa-
milias que sufren un proceso de separación/divorcio deberían disponer de recursos
educativos, legales y terapéuticos ajustados a sus necesidades (Pedro-Carroll, Sand-
ler & Wolchik, 2005). Sin embargo, en España y Latinoamérica, la justicia terapéutica
no es una corriente dominante en la justicia de familia, ni la mediación familiar un
procedimiento común, y todavía menos extendidas se encuentran las intervencio-
nes en la línea del programa "Ruptura de Pareja, No de Familia". De manera indefec-
tible, esta realidad lleva a concluir que todavía queda un largo camino por recorrer y
mucha pedagogía que realizar, con legisladores y operadores jurídicos, hasta lograr
que la ruptura de la pareja, en España y Latinoamérica, sea una oportunidad para el
empoderamiento de todos los miembros de esas familias.

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