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FILOSOFÍA

Textos
Venid, mofémonos del grande
que tenía tantas dificultades en mente
y trabajaba tanto y hasta tan tarde
para dejar atrás un monumento,
que no pensó en el viento que arrasa.
Venid, mofémonos del sabio;
con todos aquellos calendarios
donde fijar los ojos fatigados,
nunca vio cómo corrían las estaciones
y ahora se halla boquiabierto ante el sol.
Venid, mofémonos del bueno
que imaginó que la bondad sería alegre,
y que enfermo de soledad
podría proclamar un día festivo:
El viento sopló - ¿y dónde están?
Luego, mofémonos de los que se mofan,
que no moverían ni una mano
para ayudar al bueno, al sabio o al grande
para cerrar el paso a la vil tormenta, pues nosotros
traficamos en mofas.
(William Yeats: V)

MAQUIAVELO

El príncipe

VIII
De los que llegaron al principado por medio de maldades

7. Podría alguien preguntarse por qué Agatocles y otros como él, después
de infinitas traiciones y crueldades, pudieron vivir por mucho tiempo seguros en su
patria y defenderse de los enemigos exteriores, y por qué sus conciudadanos no
conspiraron nunca contra ellos, mientras que muchos otros, mediante la crueldad,
no pudieron conservar el Estado, ni en tiempo de paz. Ni en tiempo de guerra.
Creo que esto dimana del uso bueno o malo de las crueldades y la traición.
Podemos llamar bien empleadas (si es lícito hablar bien del mal) a aquellas que se
ejercen de una vez, por la necesidad de proveer a la propia seguridad, y en las
que después no se insiste, sino que se convierten cuanto es posible en mayor
utilidad de los súbditos; mal empleadas son aquellas que, aunque al principio sean
pocas, con el tiempo aumentan rápidamente en vez de disminuir. Los que
observan el primer método, pueden, con la ayuda de dios y de los hombres, poner
remedio a su situación, como le ocurrió a Agatocles; los demás es imposible que
se mantengan.
8. Por ello es de notar que, al conquistar un estado, debe el ocupador
pensar en todos los actos de rigor que le es necesario hacer, y hacerlos todos de
una sola vez, para no tener que renovarlos todos los días, y poder, no
renovándolos, tranquilizar a los hombres y ganárselos haciéndoles bien. El que
actúa de otro modo por timidez o por malos consejos, se ve obligado a tener
siempre la cuchilla en la mano; y no puede contar nunca con sus súbditos, al no
poder éstos, a causa de sus recientes y continuas ofensas, fiarse de él. Os actos
de rigor se deben hacer todos juntos, a fin de que, habiendo menos distancia entre
ellos, ofendan menos; en cambio los beneficios se deben hacer poco a poco, a fin
de que se saboreen mejor.

XV
De las cosas por las que los hombres, y especialmente los príncipes, son
alabados o censurados

1. (…) siendo mi intención escribir una cosa útil para quien la comprende,
me ha parecido más conveniente seguir la verdad real de la materia que los
desvaríos de la imaginación en lo concerniente a ella. Muchos han imaginado
Repúblicas y principados que nunca vieron ni existieron en realidad. Hay tanta
distancia de cómo se vive a cómo se debería vivir, que el que deja el estudio de lo
que se hace para estudiar lo que se debería hacer aprende más bien lo que debe
obrar su ruina que lo que debe preservarle de ella: porque un hombre que en
todas las cosas quiera hacer profesión de bueno, entre tantos que no lo son, no
puede llegar más que al desastre. Por ello es necesario que un príncipe que
quiere mantenerse aprenda a poder no ser bueno, y a servirse de ello o no
servirse según las circunstancias.

XXV
Cuánto dominio tiene la fortuna en las cosas humanas y de qué modo
podemos resistirla

1. No me es desconocido que muchos tenían y tienen la opinión de que las


cosas del mundo son gobernadas de tal modo por la fortuna y por Dios, que los
hombres con su prudencia no pueden corregirlas, e incluso que no tienen ningún
remedio; por esto podrían juzgar que no vale la pena fatigarse mucho en tales
ocasiones, sino que hay que dejarse gobernar por la suerte. Esta opinión está más
acreditada en nuestro tiempo a causa de las grandes mudanzas de las cosas que
se vieron y se ven todos los días, fuera de toda conjetura humana. Pensando yo
alguna vez en ello, me incliné en cierto modo hacia esta opinión.
2. Sin embargo, como nuestro libre albedrío no está anonadado, juzgo que
puede ser verdad que la fortuna sea el árbitro de la mitad de nuestras acciones,
pero que también ellas nos dejan gobernar la otra mitad, aproximadamente, a
nosotros. La comparo con uno de esos ríos fatales que, cuando se embravecen,
inundan las llanuras, derriban los árboles y los edificios, quitan terreno a un paraje
y lo llevan a otro: todos huyen en cuanto le ven, todos ceden a su ímpetu sin poder
resistirle. Y, a pesar de que estén hechos de esta manera, no por ello sucede
menos que los hombres, cuando están serenos los temporales, pueden tomar
precauciones con diques y exclusas, de modo que, cuando crece de nuevo, o
correrá por un canal, o su ímpetu no será tan licencioso ni perjudicial.

3. Sucede lo mismo con respecto a la fortuna, la cual demuestra su dominio


cuando no encuentra una virtud que se le resista, porque entonces vuelve su
ímpetu hacia donde sabe que no ha diques ni otras defensas capaces de
mantenerlo.

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