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El Último Zarpazo del Gato

William Rodríguez – Will_Rod

Florida, julio de 2030.


Andrés se encuentra en el fondo de su quinta con su esposa, cerca de la piscina, ayudándola
a arreglar una de las plantas de rosas allí sembradas, cuando sale de la casa gritando el
joven Andresito:
¡Abuelo, abuelo!, acaban de informarlo, ESPN lo dijo.
En ese momento Andrés se levanta, ve a su esposa con su sonrisa característica, la abraza
suavemente y le da un beso de cariño en la frente, dejándola un poco desconcertada. Ella
siente que él se va alejando, cuando su brazo izquierdo le recorre la espalda hasta que la
suelta, y comienza a caminar lentamente hacia la casa, recordando, con una sonrisa leve, los
momentos más memorables de su carrera…
Y pensar que no lo iban a reconocer nunca –se dijo-. Bueno, ahora soy el sexto, será por la
puerta de atrás como dicen algunos, pero ya no me olvidarán jamás.
Andrés se detuvo, subió la mirada, observó el firmamento y empuño con fuerza el
instrumento de jardinería que tenía en la mano derecha.
¿Por qué esperaron tanto para reconocer mis logros, si tuve números parecidos a los de
Magglio y Omar que entraron rápido?, ¿Por qué llegó primero Freddy García, con apenas
204 juegos ganados? Mis 398 jonrones y mis 1410 carreras impulsadas, hicieron ganar a los
Expos, Rockies, Bravos y Rangers, por no nombrar a esos coño e madres de los Cardenales,
más juegos que los de Freddy. Okey, Magglio dio 35 jonrones más que yo e Hidalgo y él
me sacaron 150 empujadas, pero el jurado se debió fijar que en la temporada del 99 no pude
jugar por el problema del cáncer –recordó, mientras se pasaba la mano izquierda por la
columna, buscando la cicatriz-. Voy a llamar a David Concepción en Venezuela y a Luisito,
aunque supe que está un poco delicado de salud, para que me acompañen en la ceremonia
de premiación en Cooperstwon. Le preguntaré a David que se siente entrar al Salón por el
Comité de Veteranos ése, si tiene el mismo sabor que entrar como esos carajitos, que lo
hicieron directo. ¡Ya sé!, en la exposición les indicare a los periodistas que al Salón de la
Fama llegan los peloteros, no los equipos, y que no importa si esos peloteros no han jugado
o ganado una serie mundial. Sé que Sojo jugó seis y ganó cuatro, Magglio ganó tres y
Freddy dos al igual que David, pero allí hay peloteros que no tenían mis números y
entraron, como Canseco, Mondesí, Shawn Green y Gary Sheffield, por recordar algunos.
Ahora nadie va a quitar mi nombre de ese templo, como tampoco nadie me podrá quitar la
alegría que sentí el día que jugué en Caracas en Marzo de 2000, reapareciendo de la lesión.
La verdad –dijo riéndose con satisfacción-, no hay como el pueblo venezolano para
expresar los sentimientos, porque a pesar del homenaje y la ovación que me rindieron en el
Turner Field ese mismo año, y el jonrón que di en el juego inaugural, nada, absolutamente
nada ha sido tan grande como el recibimiento que tuve en el Universitario, esa fanaticada
de los Leones que me apoyo siempre, desde que comencé con ellos en 1979 jugando en el
left field porque Gonzalo Márquez estaba en primera, cuando utilizaba aquellos lentes
“culo e botella” con montura parecida a la Reggie Jackson, los ponches que recibí, los
errores que cometí, todo eso fue borrado por los fanáticos del Caracas. ¡Hum!, y pensar que
no pude jugar más con ellos porque el cansancio era grande. Creo que el señor Cisneros lo
entendió en aquella oportunidad. Eso fue tan emocionante –pensó, ya mirando hacia el piso
donde estaba el juguete de uno de sus nietos- como el haber celebrado los 15 años de mi
hija mayor en el hotel Eurobuilding de Caracas. Quien iba a pensar que yo iba a hacerle ese
fiestón, si cuando nació yo estaba dando coñazos por las ligas menores, pero ella me trajo
suerte, porque ese año me llamaron a las grandes ligas con los Expos de Montreal.
¡Qué cambio tan grande! de cocinar uno mismo, preparar las maletas y dormir en el suelo, a
ser recibido como una estrella (sin serlo todavía), a dormir en los hoteles cinco estrellas, a
no cargar más nunca el equipaje, comer en los mejores restaurantes.
¡Dios bendiga a las grandes ligas!
¿Ya sabrá Don Baylor la noticia o tendré que llamarlo? Qué raro que no me han llamado
de la casa en Caracas. A lo mejor el primero que llama es el fastidioso de Humberto Acosta
-y se volvió a reír- para preguntarme que siento. ¡Coño! ¿Ese viejito no se cansa de
escribir? ¡Ya debe de tener como 90 años! Pensándolo bien Humberto ha sido en el
periodismo lo que fue Don para mí en el beisbol, cada uno me enseño como desenvolverme
mejor tanto en la vida como en el terreno. Nunca los podré olvidar. Recuerdo el último día
de la temporada de 1993 en Atlanta cuando gané la corona de bateo con .370, creo –pensó,
colocándose la mano izquierda en la barbilla-, la emoción del señor Jack McMorris, pero en
realidad la emoción más grande y de satisfacción fue ver las caras de Don y Humberto en el
dogout, era como si me estuvieran diciendo: “Pana, viste que sí pudiste volver”.
Mientras pensaba se le acerco uno de los nietos menores vestido con un pantalón de
beisbol, tacos y franela, gorra con la visera hacia atrás, guante en la mano izquierda, la
pelota en la otra y un bate colgándole entre el antebrazo y el hombro derecho.
- Abuelito, ¿Qué tengo que hacer yo para llegar al jol ese, ah?
Andrés puso su mano en la cabeza del pequeño, sonrió y le respondió:
- Hijo, tienes que echarle bolas 30 años y esperar 30 más.
En ese momento soltó lo que tenía en la mano derecha, cargo al pequeño y entro a la casa a
escuchar los comentarios en la televisión…

N.R. Este trabajo resultó ganador del concurso organizado en la universidad Simón Bolívar,
en ocasión del Curso de periodismo deportivo entre más de 120 participantes.

Publicado en El Nacional Cuerpo B Pág. 4, el 24 de Julio de 2001.