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La muerte de El Quijote; la muerte de Cervantes

Cultura 23 Abr 2016 - 11:53 AM José Luis Garcés González / Especial para El Espectador

Hace 400 años murió Miguel de Cervantes Saavedra. Así fue su agonía y su testamento.

de Cervantes Saavedra. Así fue su agonía y su testamento. El Quijote, acompañado por su fiel

El Quijote, acompañado por su fiel Sancho, tiene su versión inglesa en Falstaff, el caballero andante de Shakespeare, que tiene poco de heroico y mucho de bufón y pícaro.

1:

Como se sabe, don Quijote se retira de la caballería y luego muere, por cumplirle la palabra

empeñada al bachiller Sansón Carrasco, para las lides de fierros llamado el Caballero de la Blanca

Luna, quien lo había vencido en las playas de Barcelona. El precio de su derrota era abandonar por

un año sus andanzas de caballero, cuyo descansar era el pelear, y retornar a su aldea a recuperar su

hacienda y a cuidar de su alma. Como hidalgo debía cumplir el compromiso asumido; como

español de la época debía proteger su honra.

Sin embargo, la muerte del escritor y la de su personaje difieren en circunstancias. El ilustre lector

sabrá hallar las diferencias. Recordemos, entonces, el fallecimiento del hombre de la Triste Figura.

El fin físico de don Quijote, ya vencido y de regreso a su pueblo y a su casa, comenzó con una calentura que le demoró seis días. Lo visitaban o lo acompañaban el cura, el bachiller, el barbero, y, lógico, Sancho Panza. Al verlo melancólico, para estimularle su recuperación, sus amigos le recordaron que tenía el compromiso de volverse pastor, pero ningún efecto surtió eso. Carrasco le dijo que ya tenía comprados dos perros, Barcino y Butrón, para ayudar a cuidar el ganado, pero nada de eso lo sacó de su depresión. Inclusive, le comentó que ya le había compuesto una égloga para celebrar su nueva vida pastoril, pero todo fue inútil.

Estaba nuestro personaje metido en el charco sin fondo de una enorme tristeza.

Vino el médico, lo observó, le calibró el pulso y diagnosticó que era menester atender “la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro”. Don Quijote escuchó todo sin alterar su ánimo. Pidió que lo dejaran dormir y durmió seis horas corridas. Cuando se despertó lo primero que hizo fue hablar mal de los libros de caballería. No dejó a ninguno ileso. A todos los presentes les sorprendió ese inesperado viraje. Se creyó lúcido y se lamentó no haberse dado cuenta antes “de sus disparates y de sus embelecos”.

Frente al cura, el bachiller y el barbero, después de aceptar que ya no se sentía don Quijote sino Alonso Quijano el Bueno y de declararse enemigo de Amadís de Gaula “y de toda la infinita caterva de su linaje”, anuncia que desea confesarse y hacer su testamento. Cuando los tres amigos le escucharon pronunciar ese rechazo tan contundente, creyeron que le había entrado un nuevo rapto de locura y expresaron algunas burlas soterradas.

Don Quijote se mantuvo en sus quince, o en sus trece, que de ambas maneras vale.

Se confesó con el sacerdote que estaba en el recinto y luego solicitó la presencia de un escribano, quien fue traído por el bachiller Sansón Carrasco, su vencedor. En el testamento ordenó pagar todas sus deudas, y que si algo quedare se le diera a Sancho Panza; también le pidió perdón por hacerlo caer “en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo”. Sancho le ruega que no se muera y le da las excusas por haberle cinchado mal a Rocinante, lo cual permitió que lo derribara tan fácilmente el Caballero de la Blanca Luna. Don Quijote señala que le deja la hacienda a su sobrina Antonia Quijana, y ordena pagarle el salario al ama, que por tanto tiempo le ha servido y le agrega 20 ducados para un traje. Advierte en el documento que si la sobrina llega a

casarse con un hombre al que le gustaren los libros de caballerías, perdería de inmediato la herencia que le había dejado, la cual sería entregada a obras de caridad.

Suplicó al cura y al bachiller, que eran sus albaceas, que si lograban conocer al autor de la falsa segunda parte de El Quijote, le dijeran que perdonara la oportunidad que él le dio para que el apócrifo autor escribiera los disparates que en ella se encuentran.

Pasaron tres días después de haber dictado el testamento. Don Quijote se desmayaba con frecuencia. Su pabilo se fue apagando, hasta que todo fue oscuridad para la vida. Pero la sobrina, el ama y Sancho Panza sentían un toque de alegría porque en algo los favorecía la muerte del legendario personaje.

El escribano, que estaba presente en el día postrero, cavilaba sobre el hecho insólito de que un caballero andante muriera con tanta tranquilidad en su lecho de enfermo, lo cual nunca se había visto o leído en los libros de ese género. Hasta en eso fue singular el Caballero de los Leones. Vea usted: venir a morir de melancolía.

Dadas las circunstancias, el bachiller Sansón Carrasco escribió unos sentidos versos que sirvieron de epitafio. Estos son:

Yace aquí el hidalgo fuerte que a tanto extremo llegó de valiente, que se advierte que la muerte no triunfó de su vida con su muerte Tuvo a todo el mundo en poco, que el espantajo y el coco del mundo, en tal coyuntura, que acreditó su ventura morir cuerdo y vivir loco

Casi trescientos años después, Rubén Darío lo festeja e invoca en un largo poema titulado Letanía de nuestro señor don Quijote, cuya última estrofa dice: “Ora por nosotros, señor de los tristes,/ que

de fuerzas alientas y de ensueños vistes,/ coronado de áureo yelmo de ilusión;/ que nadie ha podido vencer todavía,/ por la adarga al brazo, toda fantasía,/ y la lanza en ristre, toda corazón”.

2:

En otra dimensión humana, cuando empieza 1616 Miguel de Cervantes adquiere la conciencia nítida de que pronto va a morir. Ya salió el segundo tomo de El Quijote, aunque desde la escritura de los últimos capítulos del magno libro, experimentaba una irresistible debilidad y una inmodificable hinchazón en ciertas partes de su cuerpo. Ya dejó estructurado Los trabajos de Persiles y Sigismunda, su obra póstuma. Tuvo entonces la precaución de solicitar su admisión a los Terciarios de San Francisco, con lo cual se evitaría pagar los gastos de su entierro. Sufría de lo que se cree era una hidropesía. Fantasioso para su escritura pero realista para sus males, Cervantes sabía que su enfermedad era terminal. Veía cómo se hinchaban su abdomen, sus extremidades, su cuello, y sentía que esa falsa obesidad le oprimía los riñones y el corazón y no lo dejaba respirar con normalidad. La hidropesía, según las enciclopedias médicas, no es en sí una enfermedad sino el reflejo o la consecuencia de patologías renales, cardíacas, diabéticas o del sistema circulatorio.

Vale recordar que de hidropesía murieron, entre otros, Heráclito de Éfeso, el filósofo, en el 478 a. C.; Honorio, emperador romano, en el 423 a. C.; Casandro, rey de Macedonia, en el 297 a. C.; y Manuel Belgrano, el creador de la bandera argentina, en 1820.

Ahora estamos en abril 18 de 1616, en Madrid. Ya el cura Martínez Marsilla había llegado para su visita postrera a Cervantes. El sacerdote era un viejo conocido de la familia, pues otra cosa no puede decirse de quien había asistido a las muertes de las dos hermanas del escritor. Hombre de la funebria era bien recibido, y bien temido, en esa casa. El religioso se acercó al lecho del enfermo y sacando los santos óleos empezó a untarlo en los pies, en las rodillas, en las manos y en la frente del enfermo. Solicita el arrepentimiento del moribundo, quien hace un gesto con la cabeza; luego de un lapso, comienza a rezar la Oración del Buen Morir. El novelista, en su camastro, escucha todo con los ojos cerrados. No está muerto. Está resignado. El cura, creyendo que ya acabó esa vida, se retira de la casa cervantina situada en la Calle de los Leones.

No obstante, Cervantes está consciente, y tiene deseos de hacer una carta y principia a escribirla. Su destinatario: el Conde de Lemos, ese noble cuasi indiferente, a quien él le había dedicado la segunda parte de El Quijote. Que se sepa, nunca el susodicho Conde le respondió o hizo en ese

momento un gesto para ayudarlo. Cervantes le planteaba en la misiva su situación económica, que no era boyante, e insistía en sus deseos de que se le hicieran méritos a su trabajo de literato, que ya había traspasado las fronteras de su patria. En la España de la época era norma que casi todos los escritores se postraran ante los poderosos, además de solicitar el permiso al rey para publicar sus libros. La clase dominante, toda parasitaria, siempre se creía de mayor linaje que los poetas o los artistas. Con ellos, inicialmente, un gesto de desdén era lo usual. Cervantes, en sus cartas o dedicatorias, ofrece casi siempre besarle los pies al Conde, que a la sazón se hallaba en Nápoles.

Es viernes 22 de abril de 1616, en Madrid. Cervantes está en las últimas y espera con ahínco la llegada de su hijastra Isabel, a la cual le profesaba comprobado afecto. Lo rodean su esposa, Catalina Salazar, y una sobrina. Pregunta por la ausente y le responden que está en camino. Cervantes le concede a su mujer una mirada triste. El enfermo respira con dificultad. Cada vez con más dificultad. Y se va quedando. Se va yendo. Su pecho no se mueve. Su respiración escasea. Solo persiste una débil línea en los ojos entrecerrados. Ya no respira. Es la muerte.

Su cadáver fue inhumado en la iglesia de las Trinitarias descalzas, ubicada en la esquina de la Calle de Cantarranas. En el ataúd llevaba puesto su hábito de franciscano y el perfil de su nariz se acusaba acentuado. Ninguna autoridad de jerarquía estuvo en su entierro, ninguno de los destacados portaliras de España escribió, en ese trance, una elegía a su nombre. Al parecer, en ese instante, a muy pocos le dolió su muerte. No tuvo siquiera un hijo que le lanzara en torno a su mortaja un aullido lastimero.

Pero también en este final hay algo de paradójico. Veamos. Cervantes fallece en su casa de la Calle de los Leones y es enterrado en la esquina de la Calle de Cantarranas, que hoy se llama Calle Lope de Vega, quien fue su contradictor más enconado; y el Museo Lope de Vega está situado algo más abajo de la que hoy se llama Calle de Cervantes. Ni el escritor ni el dramaturgo pudieron imaginar que la muerte los aproximaría tanto.

3:

La muerte del personaje y la muerte del escritor, como ha detectado el avisado lector, tienen sus diferencias que, a vuelo de desorden de pájaro, pueden empezar por la muerte consciente en la persona y la recuperación de la cordura en el personaje; también es viable incluir la causa de la muerte en ambos, la elaboración del testamento, la incomprensión de sus contemporáneos, la presencia continua de la soledad (mencionada con claridad por don Julián Marías), el desbarajuste

en don Quijote y el pragmatismo en Cervantes, hasta llegar a desembocar en la flacidez económica

y el ahorro en los gastos mortuorios. Con seguridad habrá muchas otras, pero mencionar estas bastan para empezar a establecer las disyunturas.

* Coordinador de El Túnel, de Montería, Colombia. Cuentos suyos han sido traducidos al eslovaco,

al inglés, al francés y al alemán. Su libro más reciente, Tanto mar en las entrañas, se presentó en Bogotá en la Feria del Libro 2016. Catedrático de la Universidad de Córdoba. E.: jlgarces2@yahoo.es

La Muerte de Don Quijote ADOLFO DE FRANCISCO ZEA, M.D

“WHEN A MAN´S LIFE IS OVER, IT REMAINS TRUE THAT HE HAS LIVED; IT REMAINS TRUE THAT HE HAS BEEN ONE SORT OF MAN AND NOT ANOTHER. IN THE INFINITE MOSAIC OF HISTORY THAT BIT HAS ITS UNFADING COLOUR AND ITS PERPETUAL FUNCTION AND EFFECT”.

GEORGE SANTAYANA, en “Realms of Being”,1942

I

En los últimos capítulos de la segunda parte de El Quijote, Cide Hamete Benengeli, el historiador

morisco que se inventó Cervantes para narrar las andanzas y peripecias de Don Quijote, relata el regreso a su aldea del ingenioso caballero y de Sancho Panza, su fiel escudero. Don Quijote había sido vencido en la playa de Barcelona por el Caballero de la Blanca Luna, que no era otro que el bachiller Sansón Carrasco armado de punta en blanco y cabalgando sobre brioso corcel, y provisto de reluciente armadura, yelmo y víscera, lanza y espada y una flamante adarga o escudo de cuero en el que estaba dibujada la luna que le daba su nombre.

Sansón Carrasco, que en ocasión anterior se había hecho pasar por el Caballero del Bosque (Quijote

I, 24), y había sido derribado y vencido por el ingenioso hidalgo, admiró en Don Quijote su noble

empeño de proclamar “la fama de la fermosura de la señora Dulcinea del Toboso”; y al derrotarlo en ese nuevo encuentro, le impuso como penitencia obligatoria volver a su aldea y retirarse del ejercicio de las armas durante un año, tiempo en el cual, pensaba el bachiller que Don Quijote habría de recobrar completamente la razón perdida. Sansón Carrasco no comprendía, por supuesto, que con el castigo que le infligía a Don Quijote al imponerle una condena tan dolorosa como inútil, se hacía responsable del empeoramiento de los trastornos de la mente del caballero andante y lo sentenciaba involuntariamente a morir de tristeza y de melancolía.

Don Quijote regresó a su aldea con “la pesadumbre de verse vencido” y de no haber podido realizar su infinito anhelo de ver libre a su señora Dulcinea del maligno encantamiento en el que se encontraba. Y a poco tiempo de llegar a su casa y entrar nuevamente en contacto con el ama, la sobrina, el cura y el barbero, recuperó rápidamente la razón. Transformado de nuevo en Alonso Quijano, aquel hidalgo a quien sus vecinos habían dado el afectuoso apelativo de “el Bueno”, tomó conciencia de estar otra vez en posesión de un “juicio libre y claro”; se dolió de las “sombras caliginosas de la ignorancia” con que nublaron su entendimiento las lecturas continuas de los “detestables libros de caballerías”, y lamentó no haber dedicado sus tiempos anteriores a la lectura de otros más provechosos, “que sean luz del alma” (Quijote II, 74).

Algún tiempo después, al sentirse ya próximo a la muerte y consecuente con los principios que había adoptado al hacerse caballero andante, el hidalgo manchego continuó manteniendo inconmovibles e invariables los valores éticos, estéticos y sociales del espíritu caballeresco que siempre, cuerdo o loco, fueron su mejor blasón y el motivo y el norte de todos sus actos.

Don Quijote explicó con mesura y serenidad a su sobrina y las gentes de su entorno las razones que motivaron su regreso a la aldea. Sus amigos, un tanto dudosos al comienzo, aceptaron sus explicaciones pero advirtieron bien pronto que el noble hidalgo se hallaba seriamente enfermo, más del espíritu que del cuerpo, y que habría de morir en corto tiempo. Una de las razones que les llevó a pensar de esa manera fue el hecho de que hubiera pasado con tanta facilidad de loco a cuerdo.

Don Quijote añadió a sus palabras iniciales otras muchas que terminaron por disipar todas las dudas, y logró que sus familiares y vecinos estuvieran plenamente seguros de que había recuperado

la cordura. El hidalgo terminó su parlamento diciendo con añoranza y tristeza: “Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco y ya soy cuerdo:

fui Don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía” (Quijote II, 74).

Con esas nobles y dolidas palabras, al decir de José Rubio Barcia (1989), Don Quijote aludía a que en su situación presente ya no existían los mismos estímulos de otras épocas; que había llegado el momento de que otros ocuparan con visiones y sentimientos nuevos los espacios que en adelante quedaban vacíos con su ausencia. Expresaba además en esa forma, la honda melancolía que le conducía inevitablemente al arrepentimiento por sus actos pasados y le impulsaba a recuperar el afecto de los demás que creía perdido.

Un médico, de cuyo nombre Cervantes no hizo mención alguna, pensó que “las melancolías y desabrimientos le acababan” y que se encontraba en verdad al borde de la muerte. Con tranquilidad y firmeza, Don Quijote requirió la presencia de un confesor para ponerse en paz con Dios y de un escribano para dictar su última voluntad que le habría de dejar en paz con los hombres.

Sancho Panza, que se mantenía al pie del lecho del enfermo y quería evitar que su amo cometiera la locura de dejarse morir, dijo entonces en magnífica súplica :“Ay señor, no se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire, no sea perezoso, levántese de esa cama y vámonos al campo vestidos de pastores como tenemos concertado; quizás tras una mata hallemos a la señora doña Dulcinea desencantada”; y añadió con generosidad: “Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy ser vencedor mañana” (Quijote II, 74).

Haciendo oídos sordos a las palabras llenas de afecto y de lealtad de su escudero, Don Quijote procedió a dictar su testamento. Ya no creía necesario como lo había pensado antes dedicarse a los

quehaceres del campo como Quijotiz, el pastor de ovejas, mientras transcurría el año de castigo que le había impuesto con crueldad infinita el Caballero de la Blanca Luna. Y sus amigos, persuadidos como estaban de su regreso a la cordura, dejaron de cavilar sobre otras formas de desvaríos y locuras que pudieran de nuevo afectarle, como la de cuidar rebaños de ovejas, ocupación que aunque más discreta que la de caballero andante no dejaba de ser otra locura.

“Cerró con esto el testamento”, dice Cide Hamete Benengeli, “y tomándole un desmayo se tendió de largo a largo en la cama. Alborotáronse todos y acudieron a su remedio, y en los tres días que vivió después…., se desmayaba muy a menudo. Andaba la casa alborotada, pero, con todo, comía la sobrina, brindaba el ama y se regocijaba Sancho Panza, que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena” (Quijote II, 74).

En los días anteriores a los penosos acontecimientos del final de la vida del ingenioso hidalgo, el bachiller Carrasco había relatado al virrey de Cataluña, don Antonio Moreno, la intención que había tenido en asocio del licenciado Pero Pérez, que así se llamaba el cura, y de maese Nicolás, el barbero, de obligarle a volver a su casa para buscar la recuperación de la salud de su cuerpo y de su espíritu. Y le había contado la forma maliciosa cómo había simulado ser el Caballero que por medio de argucias y perversa sutileza le había desafiado a singular combate, y le había derrotado, “por obra de encantamiento”, según Sancho.

De acuerdo al relato del narrador morisco, Don Quijote, molido y aturdido, sin alzar su víscera, con voz debilitada y enferma como si hablara desde el interior de una tumba, se dirigió tristemente al Caballero de la Blanca Luna para decirle: “Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra” (Quijote II,

65).

Al escuchar atento el inesperado relato del bachiller, don Antonio, sincero y conmovido, le habló así: “Oh señor: Dios os perdone el agravio que habéis hecho a todo el mundo en querer volver cuerdo al más gracioso loco que hay en él. ¿No veis, señor, que no podrá llegar el provecho que

causa la cordura de Don Quijote a lo que llega el gusto que da con sus desvaríos?…. Si no fuese contra caridad, diría que nunca sane Don Quijote, porque con su salud no solamente perdemos sus gracias sino las de Sancho Panza, su escudero, que cualquiera de ellas puede alegrar a la misma melancolía….” (Quijote II, 65).

Muere Alonso Quijano pasados sus cincuenta años en pleno uso de sus facultades mentales. El extraño extravío que había padecido mientras estuvo transformado en Don Quijote, se había desvanecido del todo, y la lucidez de sus últimos días no mostraba vestigio alguno de sus antiguos delirios de caballero andante. Como Don Quijote, su alter ego, había logrado conducir con orgullo la parte trashumante de su vida: una existencia gobernada de manera invariable por el noble y generoso espíritu que había adoptado como norma de conducta exaltando los ideales caballerescos que orientaron sus actos, no sólo en los momentos de felicidad y bienandanza sino también en los de pesadumbre e infortunio.

Cuando se trataba de deshacer entuertos, remediar agravios, proteger viudas y socorrer huérfanos abandonados como indiscutible y auténtico adalid de la justicia, Don Quijote no había vacilado un instante en calzar sus espuelas, embrazar su adarga, ceñir la espada y empuñar su lanza para lanzarse a lomo de Rocinante en pos del cumplimiento pleno de sus propósitos, de sus obligaciones de caballero andante y de sus sueños.

Mas al sentirse impedido para continuar encarnando los elevados fines de la caballería andante, cesaban inevitablemente los impulsos vitales que le habían sostenido; tan sólo le quedaba como último recurso el regreso a su aldea a cumplir el indigno castigo que le había sido impuesto y terminar su existencia en la tranquila paz de Alonso Quijano, humilladas ciertamente sus banderas en la atmósfera fría del sentido común.

Al aproximarse la muerte, aquellos que se habían sosegado y se sentían tranquilos de verle recuperado del extraño mal que le había llevado a convertirse en caballero de otras épocas, pretendían sin embargo revivirlo dirigiéndose a él como si aún fuera Don Quijote de La Mancha, el Caballero de la Triste Figura, lo que irónicamente no hacía otra cosa que aumentar su tristeza y su melancolía: “¡Ahora, señor Don Quijote, que tenemos nueva de que está desencantada la señora Dulcinea, le dice el bachiller tal vez con picardía, sale vuestra merced con eso? Y ahora que

estamos tan a pique de ser pastores para pasar cantando la vida, quiere vuesa merced hacerse ermitaño? Calle, por su vida, vuelva en sí y déjese de cuentos” (Quijote II, 74). Y Sancho Panza, haciendo coro a las palabras del bachiller Carrasco, se empeñaba también en hacerle vivir por más que fuera loco.

“Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa”, dice resignado y contrito Alonso Quijano al final de sus días. “Tras el vencimiento y la desilusión, dice Jorge Guillén (1989), Don Quijote muere para que renazca Alonso Quijano. Pero Alonso Quijano no dura mucho tiempo. Sesudo, cristiano, arrepentido, condena sus errores, pide perdón, hace testamento, cumple con sus deberes religiosos y se acaba”. Con el trágico giro de su vida sin tacha muere el noble hidalgo con el alma plenamente serena; muere el actor de un drama existencial, que se deja morir porque no quiere vivir. Y con su muerte, se desvanece del teatro de la vida y se extingue también la figura de Don Quijote de la Mancha.

Después de la muerte de Alonso Quijano y de su alter ego Don Quijote, sólo queda el silencio:

aquel “maravilloso silencio” de que hablara Cervantes algunas pocas veces y al que se refirió Kafka para afirmar que algunos hombres pueden sobrevivir al canto de las sirenas pero ninguno a su silencio.

En el pensamiento de Fernando Savater (1989), Don Quijote se muere “cuando deja de ser caballero andante, cuando se resigna a la muerte, cuando vuelve a ser don Alonso Quijano”. La desaparición del mundo fantástico de ilusiones y sentimientos del hidalgo y el aniquilamiento de su realidad interior. sólo podían conducirle a su propia extinción como persona, extinción impregnada de severa tristeza, inmensa soledad y nostalgia de los tiempos de caballero andante que había vivido con ardor, con honestidad y con altura.

Al terminar el periplo vital de Don Quijote y al desaparecer también de la escena Sancho Panza, se cumple definitivamente la parábola vital de esos dos auténticos arquetipos humanos. Pero a diferencia del personaje de la Sonata de Otoño de don Ramón de Valle Inclán (1938), que “lloró como un dios antiguo cuando se extingue su culto”, Don Quijote asume a partir de su muerte su destino final: la inmortalidad, reservada solamente a aquellos que han tenido el privilegio de ser en sus vidas héroes o santos.

Sobre la muerte de/en Don Quijote de la Mancha

Miguel Correa Mujica (*)

"El truco cervantino consiste en que Don Quijote no es el que muere en Alonso Quijano, sino éste, a menos que traslademos el hecho real de la muerte a la muerte de una metáfora" Fernando Rielo (Teoría del Quijote, 158)

Cervantes y su época

Mucho se ha escrito sobre la posición de Cervantes en vida y obra con respecto a la iglesia y a las ideas religiosas de su época. Sin embargo, la gran mayoría de los críticos concluyen que, en efecto, Cervantes no transgredió explícita o abiertamente los rígidos parámetros establecidos por el Concilio de Trento. En su libro Pensamiento de Cervantes, Américo Castro afirma que "Cervantes no se propuso exponer un sistema de ideas favorables o adversas a la teología católica" (245). En párrafo aparte, continúa diciendo Castro que Cervantes fue "un gran disimulador, que cubrió de ironía y habilidad opiniones e ideas contrarias a las usuales" (245). Y aunque estamos mayormente de acuerdo con Castro y con otros críticos que sustentan similares posiciones, no podemos dejar de comentar que la actitud de Cervantes no pudo haber sido de ninguna otra manera (al menos se tratara de un caso de manicomio) pues el autor vivía en un lugar y en una época donde oficialmente existía (y funcionaba) algo monstruoso que se llamaba la inquisición. No debemos pasar por alto el hecho de que, a mediados del siglo XVI, se inicia en Europa una gran ofensiva de la iglesia católica

contra el ideal erasmista, del cual Cervantes es un comprobado admirador y seguidor. Esa ofensiva se arraigó en España con más fuerza que en ninguno de los demás países católicos. Sus estragos se dejaron ver hasta bien entrado el siglo XVII.

En ese período, todo intelectual, artista, científico o sencillamente cualquier ser humano que profesara (expusiera o desplegara) no sólo un sistema de valores sino una expresión, una idea, un punto de vista contrario a los enunciados de la iglesia, podía convertirse, sin mayores trámites, en un candidato a la hoguera. Confesamos que, incluso en la actualidad, semejante daga colgando peligrosamente sobre nuestras cabezas y nuestras vidas sería suficiente pretexto para ni siquiera dar los buenos días. Y sin embargo, y a pesar de ello, y justo dentro de la quemazón, Cervantes escribió no uno sino dos tomos de una obra que podía prestarse a confusiones o por lo menos a distintas interpretaciones. Consideramos que la función primordial de un novelista lúcido, como lo fue Cervantes, es la de escribir bien; acaso también le corresponda la tarea de echar un poco de luz, aquí y allá, sobe algunos de los problemas del hombre y de su tragedia. Pero un escritor no tiene que ser un mártir ni uno de esos bulliciosos héroes nacionales que plagan nuestro siglo, dispuestos a ofrecer cabezas y vidas a cambio de una agenda social determinada. Pero si además Cervantes cubrió hábilmente su mensaje, como nos dice Américo Castro en el libro arriba citado, entonces la importancia de este autor se torna indudablemente superior.

La muerte y el olvido como recursos literarios

Estamos de acuerdo en que la muerte de los personajes en muchas obras de ficción es un recurso ideal con que el autor de ficción cuenta para eliminar o hacer callar a personajes que cumplieron ya su acometido dentro de la obra y cuya permanencia en el texto sería en detrimento de la obra misma cuando no un cabo suelto que restaría puntos a la estructura, calidad y hasta a la maestría literaria del autor. La muerte del personaje puede tener muchos y variados propósitos pero uno de los más evidentes es el de que el personaje desaparezca. Cervantes hace uso de este recurso con la muerte de Grisóstomo y Don Quijote aunque ambas muertes tienen intenciones literarias y extra-literarias distintas.

Hemos encontrado un interesante artículo escrito por José Fernández de Cano y Martín en el Boletín de la Sociedad Cervantes de América, titulado "La destrucción del personaje en la obra cervantina: andanzas y desventura del malogrado mozo de campo y plaza", en el que el crítico rebate la idea sustentada por numerosos cervantistas sobre un personaje que Cervantes menciona al principio de la novela, el mozo de campo y plaza, y que supuestamente Cervantes se olvida de él. Martín de Riquer en su libro El Quijote afirma que "Este mozo no vuelve a ser mencionado en el resto de la novela; tal vez porque Cervantes se olvidó de él" (Cano y Martín, 95) Según Cano y Martín, el personaje desaparece de la obra pero no así "su ausencia" (95). Nos parecen extremadamente subjetivas las ideas que expone Cano y Martín sobre las razones que pudo tener Cervantes para no olvidarse (énfasis mío) del personaje. Según Cano y Martín, el propósito de Cervantes era el de dar la idea de concupiscencia entre el mozo, la ama de llave y la sobrina, quienes permanecieron en la hacienda de Alonso Quijano cuando éste se marcha con Sancho en busca de aventuras caballerescas. Pero el texto físico de la obra ni siquiera sugiere que algo semejante pueda estar sucediendo en la hacienda de Don Quijote por lo que rechazamos la teoría expuesta por Cano y Martín y abrazamos la de Riquer y otros muchos cervantistas: el autor también se vale del olvido para eliminar personajes secundarios.

Muerte de Grisóstomo

No son muchos los personajes significativos que Cervantes hace morir en su obra cumbre El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha (Don Quijote, a partir de este momento). Haremos un análisis de la muerte de Grisóstomo, en la primera parte, para compararla con la más ilustre de todas las muertes, la del propio Don Quijote, en la segunda. A todas luces se ve que las dos muertes en cuestión (y a las que Cervantes dedica tiempo narrativo) le sirven de trampolín al autor para lograr otros propósitos, o sea, para abarcar temas generados a partir de la desaparición de determinado personaje.

Grisóstomo muere de amor, literalmente hablando, al no ser correspondido amorosamente por la pastora Marcela. Su muerte, en cambio, genera el discurso de Marcela, personaje femenino que se niega a aceptar la responsabilidad por la muerte de Grisóstomo. Su discurso es una encendida y apasionada defensa en favor de la liberación de la mujer, algo que en la actualidad podría tener un

equivalente en el vocablo feminismo, hoy día muy en boga. Escuchemos lo que dice Marcela al respecto:

"Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama" (Cervantes, 75)

Que un personaje femenino se exprese de este modo en la España del siglo XVI, donde la mujer no era sino una sombra casi inexistente del hombre, es ya para ponernos a reflexionar sobre las intenciones de este autor. Marcela concluye que Grisóstomo se habrá muerto pero no porque ella tuviera algo que ver en ello y rechaza de lleno todo intento por culparla. Marcela es uno de los personajes femeninos más liberadores dentro de la novela. Ella, como todo ser auténtico e independiente, parece decirnos que entre los planes que tenía con su vida no figuraba la vida del difunto Grisóstomo. Y si éste se murió porque ella no le correspondió, ése es única y exclusivamente su problema. La fuerza del discurso de Marcela sorprende incluso al lector del siglo XX. En época de Cervantes imaginamos que estas palabras hubieran producido una violenta sacudida.

Muerte de Don Quijote

La muerte de Don Quijote es tratada por Cervantes en la novela con intenciones completamente diferentes. Alonso Quijano muere confesado y sin grandes aspavientos y sin mucho ritual religioso. Su muerte es menos trágica que las promedio. Es evidente que se trata de una muerte de trascendencia literaria pero su importancia cae de lleno en otros planos. Literariamente hablando no creemos que las intenciones del autor al hacer morir a Quijano sean tan sólo las de inmortalizar a su personaje sino también la de hacerlo irrepetible para otros escritores epigonales, quienes, valiéndose de los plagios más burdos, ya empezaban a copiar la suprema creación de Cervantes: sus personajes humanizados. Pero entremos en un estudio más detallado no sólo de la muerte de Don Quijote sino de las razones y circunstancias que la rodearon.

Un viaje hacia la muerte

Algo que nos ha llamado poderosamente la atención desde el comienzo de esta novela, desde que Don Quijote sale por vez primera en busca de aventuras gallardas o caballerescas, lo ha sido la naturaleza violenta de los encuentros armados que Don Quijote sostiene con los enemigos que a su paso se encuentra. Don Quijote sale casi siempre tan físicamente maltratado de esos encuentros bélicos que el lector no se imagina cómo puede el personaje reponerse de esas golpizas brutales tan fácilmente. Y lo que es más doloroso: que Don Quijote no aprenda del dolor padecido lo que implica lanzarse con su lanza contra los múltiples desafíos. Veamos qué ocurre a Don Quijote en el famoso encuentro con los molinos de viento:

"(

volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al

caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo (

tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba" (I, VIII)

)

y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la

)

Y, ayudándole a levantar (Sancho),

No requiere grandes explicaciones concluir que Don Quijote salió molido de esta embestida contra los molinos de viento. Sin embargo, pocas líneas más abajo, Don Quijote se incorpora y prosigue el camino con su escudero rumbo al Puerto Lápice, como si no le hubiese ocurrido nada, lugar este donde Don Quijote asegura que tendrá nuevas y más gratificantes aventuras. Los ejemplos son variadísimos y múltiples. Las golpizas y magullamientos no detienen a nuestro héroe ni lo hacen flaquear en sus andanzas. Incluso más: apenas sí los siente. En su ensayo "Esplendor y miseria de la imaginación", el crítico Eduardo Camacho afirma que Cervantes fue no sólo excesivamente cruel con Don Quijote sino también sádico (énfasis mío) al propiciarle a su personaje todo tipo de golpizas y moleduras físicas que lo dejaban casi siempre al borde la muerte. Estamos en rotundo desacuerdo con Eduardo Camacho en lo que a este planteamiento se refiere. Don Quijote forja su personalidad precisamente como resultado de esas batallas de las que sale tan mal parado. Pero creemos más bien que el personaje se repone con tanta facilidad de tales golpizas porque Don Quijote es en realidad una creación mágica que, al igual que los comics de la pantalla norteamericana o como los personajes de las novelas del realismo mágico latinoamericano de nuestros días, puede ser desmembrado, descuartizado y hasta aniquilado para resurgir después con nuevos bríos o con nuevas vivencias. No nos podemos substraer a la tentación de mencionar el

mismísimo Nuevo Testamento, en el que Cristo es ejecutado en la cruz para resucitar después, iniciándose con ese acto mágico y místico la cristianización real de todo el mundo occidental. No vemos sadismo en el tratamiento que Cervantes da a Don Quijote en la novela sino magia. Sin embargo, sí consideramos que el derrotero violento, idealista y hermoso que Cervantes le asigna a Don Quijote parece estar encaminado hacia su muerte.

Teoría de Rielo

En su excelente libro Teoría del Quijote, Fernando Rielo afirma que "La causa de la muerte que

Cervantes atribuye a Don Quijote (

sostiene la tesis de que la muerte de Don Quijote significa también la muerte de Cervantes, y de cierto modo la muerte de España, teoría ésta interesantísima pero que desecharemos para el

presente estudio por caer esos razonamientos fuera del texto físico de la obra. Consideramos que las implicaciones extra-literarias de la muerte del Quijote (y que no aparecen en el texto mismo) se prestan fácilmente a interpretaciones subjetivas por lo que las mencionaremos simplemente sin adentrarnos en ellas. Por lo demás, el estudio de Rielo nos ha sido muy útil. Nos dice Rielo que "la

muerte de Don Quijote (

singular situación: la conversión de Sancho y la poesía como sacramento del arte" (171). Estamos

de pleno acuerdo con el crítico pero añadiríamos otra circunstancia que nos parece también muy importante: la transformación de Don Quijote en Alonso Quijano. Consideramos que esa transformación empieza a perfilarse gradual y lentamente desde el episodio de la cueva de Montesinos hasta el momento final de la obra. Esa transformación de Don Quijote en Alonso Quijano nos parece directamente proporcional a la quijotización de los demás personajes secundarios. Vayamos a la obra para encontrar argumentos.

),

fue, en verdad, la melancolía" (167). El crítico también

)

aparece rodeada de dos circunstancias que van a dar lugar a una

Don Quijote yace en su lecho de muerte durante seis días, presa de fiebres y desmayos. Su lucidez mental no se ve opacada ni siquiera con el avance del deterioro físico. Lo visitan (o le acompañan) el Cura, el Bachiller, el Barbero, Sancho, la ama de llaves y la sobrina. Don Quijote hace su testamento, se confiesa ante el Cura y reniega de su alarmante vida pasada cuando era El Caballero de la Triste Figura. Sancho le ruega que no se muera así, que no se deje morir de ese modo, etc. Don Quijote admite el error de haber creído en la existencia de los hombres de caballería. Pero los

personajes se han quijotizado y necesitan de ese héroe gracias al cual ya ellos no son los mismos. Mas nada le hace cambiar de opinión a Don Quijote, quien, consciente de sus locuras pasadas no quiere abandonar este mundo con el estigma de loco.

Para Rielo, Don Quijote representa un ideal, una metáfora, y por lo tanto considera que quien muere en la obra es Alonso Quijano el Bueno y no Don Quijote. Estamos de pleno acuerdo con Rielo en cuanto a estas observaciones.

Teoría de A.G. Lo Ré

A.G. Lo Ré nos dice en su brillante ensayo "The Three deaths of Don Quixote: Comments in Favor of the Romantic Critical Approach" que son tres las muertes de Don Quijote en la novela. La primera, ocurrida en la primera parte de la novela (capítulo 52) cuando Don Quijote es llevado en una jaula hasta su casa y tendido en su cama al cuidado de la sobrina y el ama de llaves. En este capítulo se encuentra una caja que contiene pergaminos escritos en letras góticas y que mencionan la sepultura del Quijote describiendo los elogios y epitafios que aparecen en ella. Pero la historia no está completa y el autor continúa la narración pidiéndole a los lectores que no le den crédito a semejantes habladurías. Esta es la primera muerte que en el texto sufre Don Quijote.

Nuestro crítico señala en su trabajo crítico que la segunda muerte de Don Quijote viene dada al comienzo de la Segunda Parte (capítulo 24). Después de las bodas de Camacho, viene el episodio

de la cueva de Montesinos. El autor del texto, supuestamente Cide Hamete, declara que "(

tiene por cierto que al tiempo de su fin y muerte (la de Don Quijote) dicen que se retrató della (

(II, 445). Estamos de acuerdo con Lo Ré en que "Cervantes evidently had in mind here an ending in which Don Quixote would admit to play-acting in this and perhaps in other insatances" (Lo Ré, 26). Don Quijote mismo confirma después lo dicho por Cide Hamete aunque más tarde lo niega. Nos

parece muy acertada la observación de Lo Ré cuando nos dice en el trabajo arriba citado que "His knight’s stance (Don Quijote’s)--his constancy, courage, wisdom, etc-- was beginning to leave no room for falsehood or pretense" (Lo Ré, 26). Por esta misma razón creemos que Cervantes no pudo hacer morir en este capítulo a su protagonista, porque hubiera arruinado toda la grandeza,

) se

)"

humanismo y belleza de su creación máxima al hacerlo quedar como un ente vacío y falso. Sin embargo, es evidente que Cervantes pareció haber concebido su muerte.

La tercera muerte del Quijote es la verdadera, la que transcurre en el capítulo 74 de la Segunda Parte. Según Lo Ré, Cervantes debió enterarse de la publicación del plagio del Quijote por Alonso Fernández de Avellaneda cuando escribía el capítulo 57 de la Segunda parte (a estas conclusiones llega el crítico al comparar las fechas en que Sancho y el Duque escriben sendas cartas). Lo Ré afirma que el falso Don Quijote de la Avellaneda debió hacer sentir a Cervantes "appalled and hurt" (Lo Ré, 28) no sólo por el plagio hecho a su obra sino por la vulgarización y distorsión que ha sufrido su protagonista. Para desmentir al falso Quijote, Cervantes cambia el itinerario del viaje del verdadero Quijote hacia Barcelona y no hacia Zaragoza como rezaba en el libro de Avellaneda. Al morir Don Quijote, el Cura pide al escribano que de testimonio de la muerte del personaje "para "

quitar la ocasión de que algún otro autor que Cide Hamete Berengeli le resucitase falsamente

672).

(II,

A.G. Lo Ré afirma en su ensayo que el único error que Alonso Quijano el Bueno admite en su lecho de muerte es el haber creído en la existencia de los héroes de caballería. Y a continuación nos dice que Don Quijote se ha entristecido al haber descubierto que los hombres de caballería no existían en su tiempo o que nunca existieron. En esta medida creemos que nos sigue hablando Don Quijote y no Alonso Quijano.

Lo Ré coincide con Rielo en que la muerte de Don Quijote apunta también hacia la muerte de Cervantes. El autor explica cómo Cervantes, tras su presidio en Argel, y tras la fría acogida en España, se desiluciona y se amarga. Y afirma Lo Ré refiriéndose al paulatino desencanto de Don

Quijote (a su desquijotización): "(

been doing. Something is bothering him, it seems, because something is bothering the author" (bastardillas mías) (Lo Ré, 27). Estamos de acuerdo con estos planteamientos en lo esencial.

)

Don Quijote expresses doubt and confusion about what he has

Conclusiones

Cervantes siempre pensó hacer morir a su protagonista, incluso antes de la aparición del falso Quijote de Avellaneda. La muerte de Don Quijote está rodeada de un realismo tan profundo que a veces adquiere un tono grave. Su muerte parece más real que el personaje mismo, logrando con ello que el personaje se revista de una convincente y nueva capa de realismo. El lector queda satisfecho y convencido de la muerte real de este personaje de ficción. Como en el episodio de la cueva de Montesinos, la muerte de Don Quijote agrega un nivel más a lo real dentro de la ficción, haciendo que Don Quijote se convierta, aún más, en un personaje extraordinariamente humanizado, extraordinariamente verosímil, o sea inmortal.

Bibliografía

Camacho, Eduardo. "Esplendor y miseria de la imaginación (En el Quijote de 1605).Anales Cervantinos. No. XXV-XXVI (1987-1988): 102-111.

Castro, Américo. Pensamiento de Cervantes. Barcelona: Editorial Noguer, 1980.

Fernando de Cano y Martín, José Ramón. "La destrucción del personaje en la obra cervantina:

Andanzas y desventura del malogrado mozo de campo y plaza". Boletín de la Sociedad Cervantes de América. Volumen XV, No. 1 (Primavera 1995): 94-104.

Hatzfeld, Helmut. El "Quijote" como obra de arte del lenguaje. Madrid: Gráficas Reunidas, 1972.

Lo Ré, A.G. "The three deaths of Don Quixote: Comments in Favor of the Romantic Critical Approach". Bulletin of the Cervantes Society of America. Volume 9, No. 2 (Fall 1989): 21-41.

Madariaga, Salvador de. Guía del lector del "Quijote". Buenos Aires: Editorial Sudamericana,

1961.

Rielo, Fernando. Teoría del Quijote. Madrid: Ediciones Porrúa, 1982.

Serrano Plaja, Arturo. Realismo "mágico" en Cervantes. Madrid: Editorial Gredos, 1967.

Torrente Ballester, Gonzalo. El Quijote como juego. Madrid: Ediciones Guadarrama, 1975.

(*) Miguel Correa Mujica es escritor cubano residente en Nueva York. Actualmente termina sus estudios doctorales en la City University of New York con una tesis sobre Reinaldo Arenas.

© Miguel Correa Mujica 1999 Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero11/muerte_q.html

¿Por qué don Quijote tenía qué morir?

Por Marcela Águila Rubín

ESTE CONTENIDO FUE PUBLICADO EL 7 DE JUNIO DE 2016 11:0007 DE JUNIO DE 2016 - 11:00

El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha entra a la vida eterna.

(akg-images)

Una de las más recurrentes preguntas que plantean los estudiantes de Letras Españolas en la Universidad de Berna concierne la decisión de Miguel de Cervantes de poner fin a la vida de su personaje principal. Las respuestas, explica la profesora Natalia Fernández, pueden ser muchas, cada uno tiene la suya. Empero, ¿podemos afirmar que “el ingenioso hidalgo” ha muerto…?

“Al final, a 400 años (de la muerte de Cervantes) estamos hablando de don Quijote, lo que significa que la profecía de Sancho finalmente se cumple y el Quijote sigue buscando aventuras”, analiza la catedrática. Pero si ‘el manco de Lepanto’ decidió que la figura universal exhalara en sus páginas un último suspiro tuvo razones más bien pragmáticas:

para que nadie continuase su obra.

Natalia Fernández, doctora en Filología Hispánica.

(unibe.ch)

Recuerda la doctora Natalia FernándezEnlace externo, especialista en Literatura del Siglo de Oro español, que tras la publicación en 1605 de la primera parte de la obra hubo un Quijote apócrifo, el de Alonso Fernández de Avellaneda. “Eso enfadó mucho a Cervantes que lo consideró un plagio. Entonces hizo la segunda parte, que se publicó en 1615, para cerrar un ciclo. Don Quijote muere porque tiene que morir”.

La suya es una muerte que en el plano simbólico representa la muerte de un ideal, de la ilusión, añade la profesora al evocar la lectura más habitual de ese episodio. Sin embargo, insiste, cada uno tiene su respuesta, por lo que en el aula invita a sus alumnos a plantearse y responder sus propias interrogantes.

Es lo que es y más aún

Entre los estudiantes de la carrera de Letras Españolas que imparte la Universidad de Berna hay jóvenes suizos, latinoamericanos y españoles (algunos binacionales) y a Natalia Fernández le sorprende que sin ser el español una lengua oficial de Suiza, despierte tanto interés. En 2012 y en 2015, asistió a sus cursos monográficos sobre El Quijote un promedio de 20 muchachos, lo que no es poco en un país tan pequeño y con cuatro idiomas propios.

El plan de estudios incluyó diversas temáticas: lo que significó la novela en su tiempo en relación con los géneros anteriores, lo que significa para la narrativa posterior, el punto de inflexión que supone para muchos la creación de la novela moderna. Aspectos sobre la teoría literaria de Cervantes y cuestiones específicas en torno a los personajes: la locura del Quijote, la cordura de Sancho, el papel de Dulcinea como no personaje. La idea de la ilusión y de esta frente a la realidad.

La profesora Fernández abordó igualmente aspectos de El Quijote relacionados con el Renacimiento y la forma en que esa creación cervantina abre las puertas al Barroco. Y, como corolario, la recepción de la novela en su época y en épocas posteriores. Y es que, como subraya nuestra interlocutora “el Quijote, aparte de lo que es el libro en sí, es todo lo que se ha dicho sobre él”.

Y de él se ha dicho mucho y se ha hecho mucho. A guisa de ejemplo, al triunfo de su Revolución, Cuba lanzó una edición millonaria del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha y en China es la obra básica del aprendizaje del español. La figura del noble caballero surge de una u otra manera en las obras de escritores de todos los tiempos y todos los confines. Y a su andar se asocian personajes de la talla del Che Guevara y del Comandante Marcos.

Cervantes y Colón

“El ‘quijotismo’, como principio, puede relacionarse con todas las experiencias utópicas que se hayan podido dar en el mundo”. Sin embargo, previene la catedrática, “el deseo de cambiar el mundo es tan universal que se puede aplicar a cualquier planteamiento, para bien o para mal”.

Sí, esa obra que resultó a Cervantes lo que América a Cristóbal Colón -el primero quería brillar en el teatro y sentó las bases de la novela moderna, mientras que el segundo quería ir a las Indias y descubrió un Nuevo Mundo-, se convirtió en una fuente universal de inspiración.

Como se suele decir -evoca la filóloga-, “si Cervantes levantara la cabeza, yo creo que quedaría abrumado. No entendería por qué tanto lío cuando él en realidad lo que quería era ser poeta o dramaturgo y terminó triunfando en lo que sería la novela”.

¿Y qué mensaje podríamos guardar del personaje central de esa novela?

“El Quijote tiene tantas lecturas que es difícil decantarse. Es imposible hablar de un solo mensaje porque si hubiera un mensaje único no estaríamos hablando de un clásico”, subraya la especialista para agregar que “la gracia del clásico es que hay muchos mensajes y ninguno es el único”.

¿Y cuál es la lectura de Natalia Fernández?

“La que más me gusta es cómo el Quijote nos enseña a enfrentarnos a la propia ilusión, a abordar los propios sueños, las ilusiones y el componente necesario de fantasía. No es todo razón, ni lo que dicen que es. No es todo norma, no es todo regla. Por un lado está el mundo como se supone que es. Esto es así porque nos lo han dicho, pero luego el ser humano también tiene un componente de fantasía, de sueño, de ilusión, de utopía, que al final es lo que tiene don Quijote. Es algo que nos habla del ser humano y nos permite comprender, porque al final de eso se trata el clásico, de que nos ayude a comprender un poco de qué va todo esto”.

Explica que se trata de una lectura más psicológica porque “idealizar en sí mismo no es malo si sabemos cómo gestionarlo, si no nos vuelve completamente locos. A veces es necesario idealizar cómo gestionar la desilusión, cómo gestionar el desengaño, la frustración, que son componentes propios de la vida”.

Y a usted querido lector, ¿qué reflexiones le provoca la figura de don Quijote?

Muerte y locura en el final del Quijote

de grisoadrian el marzo 2, 2012

Borges escribió alguna vez que todo el Quijote había sido escrito para la escena final de la novela, con la muerte del hidalgo. Incidía así en la importancia capital que tenía la decisión de cerrar las aventuras del caballero e hidalgo. En

tanto relato de aventuras y según la estructura global de la novela, el regreso a la aldea supone la vuelta al aburrimiento

y a la reducción de horizontes que precisamente da lugar a sus locas andanzas. Es un poco lo que pasa con I promessi

sposi de Manzoni: después de todas las desgracias encadenadas que tienen que sufrir Renzo y Lucía para lograr estar

juntos, cuando por fin lo consiguen se acaba el relato. Sencillamente, ya no interesa.

Ahora bien, la conclusión del Quijote no se construye ex nihilo, y puede relacionarse con tres géneros discursivos que Cervantes combina en el alambique de su ingenio: el fenómeno de las continuaciones con el apócrifo de Avellaneda al frente, la muerte en los libros de caballerías con el excepcional (en los dos sentidos) Tirante el Blanco, y las artes de bien morir que se ocupaban de la experiencia espiritual y los pasos que debía seguir el moribundo en el último trance.

Sobre esto dije algo en el I Coloquio Internacional de la Sociedad Cervantina de Madrid y Editorial Academia del Hispanismo, dedicado a «La locura en la literatura de Cervantes». El encuentro, celebrado en Madrid durante los días 29

y 30 de septiembre de 2011, acogió a un grupito de cervantistas en una sede inmejorable, la Sociedad Cervantina de Madrid, bajo la dirección de Jesús G. Maestro y Sonia Sebastián. Sus resultados se han publicado recientemente.

Ficha completa:

Sáez, A. J., «De muerte y locura: tres acotaciones sobre el final del Quijote», en La locura en la literatura de Cervantes, ed. J. G. Maestro y E. Urbina, Anuario de Estudios Cervantinos, 8, 2012, pp. 105-122.

Enlace al texto.

P.D. para el interesado: ya se ha convocado la segunda edición de estas reuniones. Con el título de «Cervantes y sus enemigos», se celebrará los días 27 y 28 de septiembre de 2012 a caballo entre la Sociedad Cervantina de Madrid y la Universidad San Pablo-CEU, toda vez que mi amigo Antonio Barnés Vázquez se ha subido al carro de la organización.

l último capítulo de don quijote

Un final como la vida misma

viernes, 18 diciembre 2015

El eterno femenino de una imaginativa pintora

El eterno femenino de una imaginativa pintora Don Quijote Al final de la fantástica historia narrada

Don Quijote

Al final de la fantástica historia narrada en Don Quijote de la Mancha, le espera a don Quijote la muerte. Es el destino común e inevitable que su autor, Miguel de Cervantes, pudo haber obviado para su héroe, el caballero de la esbelta figura. Pero no. Don Quijote vuelve a ser el hombre que todos somos, y la alegoría llega entonces a su fin. Cabe recordar que Cervantes escribe esta obra con sesenta años, en 1605. Hace casi veinte años que no publica ningún libro desde La Galatea. Es un escritor marcado por la decepción.

Cervantes debe haber imaginado varios finales posibles para su novela. Opta sin embargo por el final que será común a todos los mortales, el más simple, el más humano. Comenta Jorge Luis Borges que toda la obra anterior está escrita esperando este capítulo. No es así; lo anterior es la verdadera historia, la del hombre imaginario y real que habita en todos, la de los ideales inalcanzables, la del amor incondicional, la de los valores que son la conducta y la ética que deben primar, el doble carácter permanente. Llegado a este punto, cabe preguntar quién no ha sido un Quijote alguna vez en su vida. O lo es.

El Quijote no representa una burla a las novelas de caballería, ni una novela de caballería en sí misma. Detrás del velo burlesco satírico de la obra se refleja la verdadera comedia humana. Los personajes adquieren una doble condición de loco-cuerdo, tonto-listo, además de una permanente contraposición de vicios y virtudes en un mismo personaje. Esa doble condición se percibe incluso en el hecho de que quienes son caracterizados de forma negativa presentan también algún rasgo valorable. La idea subyacente, como en la vida misma, es que cada cosa tiene su haz y su envés. Las personas y las situaciones ofrecen siempre una parte positiva y otra que no lo es tanto.

Como dice don Quijote: “No hay historia humana en el mundo que no tenga sus altibajos”. Cervantes está hablando de todos los seres humanos. Dirá más adelante que las conductas arquetípicas no son enteramente verdaderas: “Que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le describe Homero”.

Todos, alguna vez, encarnaron al Quijote utópico. Pero todos, también en algún momento de la vida, buscaron redimir sus pecados, volver a la cordura. Esta vuelta a lo cuerdo realza el valor de toda la novela y, quizás más aún, el irrealizable deseo de don Quijote una vez que parta: que quede su recuerdo, la efímera memoria que inexorablemente apagará el tiempo. Y también su desgarrador anhelo: que el recuerdo que los hombres tengan de él sea el de un hombre bueno.

Al decir de Unamuno, mejor que investigar si son molinos o gigantes los que se nos muestran dañosos, seguir la voz del corazón y arremeterlos, que toda arremetida generosa trasciende el sueño de la vida.

Al final de su vida -y de la obra- don Quijote recuerda lo que le debe a los que han estado a su lado. Es por ello que a cada quien le deja algo en signo de gratitud y recompensa. “Andaba la casa alborotada; pero con todo comía la Sobrina, brindaba el Alma y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto”. Es posible anticipar la muerte de don Quijote en el olvido de estas personas que, sin embargo, tanto lo quieren. No ha muerto aún, y ya lo están olvidando. Deseará el Quijote no sólo que perdure su recuerdo sino que éste sea el del hombre justo y bondadoso que ha tratado de ser. Es que la verdadera muerte sólo ocurre cuando el olvido es permanente.

“Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres, y como la de don Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, llegó a su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba”

(Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. Capítulo LXXIV De Cómo don Quijote cayó malo y del testamento que hizo y su muerte).