Vous êtes sur la page 1sur 3

MATERIAL COMPLEMENTARIO.

Desde la literatura se propone la lectura del libro “Solo tres segundos” de Paula
Bombara.

Estos dramas, protagonizados a diario por jóvenes de distintos sectores sociales,


son una cuestión que cualquier educador debe poner sobre la mesa cuando trata
con jóvenes. Hablar de estas cosas, comunicarse con los jóvenes sobre estos
asuntos problemáticos, quizás sea la mejor red para poner debajo de esa cuerda
vital por la cual pasan los adolescentes haciendo equilibrio, con la inestabilidad
propia de esas edades, con los riesgos inevitables que esas edades implican…

Si un libro destinado a los jóvenes favorece esa comunicación, y si lo hace desde


lo mejor de la literatura juvenil y no desde el oportunismo didáctico, pues
bienvenido sea. Ese es el caso del libro “Solo tres segundos”, de PAULA
BOMBARA.

Solo tres segundos: novela de Paula Bombara

Este libro, hay que decirlo desde el principio, no pretende, y ni cerca está de caer
en ello, convertirse en un recetario para la promoción de una campaña de
seguridad vial. Y quizás por eso es que puede ser muy efectivo como mediador
entre el joven que lo lea y el adulto que lo recomiende: porque no pretende ser
didáctico ni aleccionador. Lo que hace es contar una historia apoyándose tan solo
en el arte narrativo que concibe dos personajes centrales y su drama: el drama de
morir en un accidente y el drama de sobrevivirlo.

1
Paula Bombara aborda la historia de un accidente de tránsito protagonizado por
siete adolescentes en el que tres de ellos mueren, dos quedan gravemente
heridos y otros dos salen casi ilesos. La novela está dividida en dos partes de
igual extensión. La primera es narrada desde el punto de vista de un varón, que a
sus diecisiete años, si bien no sabe muy bien qué hacer con su vida, sabe sí qué
es lo que le gusta: el es un biker y en ese deporte de riesgo encuentra la forma de
ponerle color a su recorrida por el mundo que lo circunda con toda la grisura de
cemento urbano:

En la plaza del centro por todas partes hay explanadas, rampas y escaleritas de
dos o tres escalones. Es una plaza de cemento. Por lo tanto, es una plaza gris.
Andar con la bicicleta, sobre los picos, con una rueda girando libre, concentrado
en mantener el equilibrio mientras rota el cuadro, hasta acercarse a una escalerita
y bajarla rozando, apenas, el filo de los peldaños, como ha visto hacer a tantos
otros bikers, es encontrar colores puros en medio de una ciudad contaminada.

(p.19)

La novela acompaña a este personaje durante casi un semestre. Ausculta sus


dudas, sus temores, sus dificultades de comunicación, sus amores, su relación
familiar, su pasión por las bicicletas, los vínculos con sus pares, sus dificultades
para establecer una identidad biográfica. La novela lo acompaña hasta que sufre
un accidente de tránsito.

La segunda parte se inicia luego del accidente de tránsito. Cambia allí el punto
de vista narrativo. Quien continúa narrando la historia es una de las sobrevivientes
del accidente, Felicitas, una chica de la misma edad de Nicolás, compañera de la
secundaria de él, que va en el auto en el que muere su mejor amiga, Zoe. La
historia está narrada en primera persona, al modo de un diario, en el que la chica
relata cómo tiene que procesar la muerte y cómo tiene que sobreponerse al
accidente, a la pérdida, a los sentimientos de culpa.

No hay lecciones morales. No hay consejos. La muerte es algo que no tiene


consuelo. Los sobrevivientes sufren el duelo como mejor o peor pueden. Y ese
tránsito doloroso es algo sobre lo que solo cabe hacerse una cantidad de
“preguntas en la oscuridad“, preguntas que apenas se cierran cuando el personaje
llega a pensar en el accidente como mero accidente:

Y lo que estoy pensando es que los accidentes existen, así como existen los
nacimientos y las muertes. Que nos haya tocado a nosotras… ¿y por qué pensar
que no podía tocarnos vivir un accidente?

2
Cuando vino Gaby me dijo algo que me quedó resonando y que ahora entiendo
un poco mejor. Me dijo que a todos se nos mueren seres queridos, porque la vida
se trata de eso: de vivir y de morir.

(p.169)

Para el lector adolescente, en definitiva, no habrá en esta novela un sermón


ejemplar, más allá de que Felicitas sepa, al repasarlo, que el accidente que
protagonizaron “calza en las estadísticas como si fuéramos los zapatitos de cristal
de una muerte Cenicienta“.

No habrá sermones didácticos, no. Pero sí habrá, para los jóvenes lectores, la
posibilidad de introducirse en la vida de unos personajes que, a la par de ellos,
viven (y mueren) en ese límite de una siniestralidad que puede suceder en “solo
tres segundos”. Hacerse conscientes de esa vivencia, compartirla en la ficción, no
será una prevención frente a los riesgos que estar vivo conlleva: claro que no.

Pero acercarse a estas formas ficticias de la muerte que la autora nos presenta
con calidad y calidez, con una prosa limpia y ágil, poética por momentos, que
atrapa siempre, que empatiza con el sentir de sus personajes jóvenes, que no
hace concesiones fáciles a la estupidez del mundo adulto en el que se mueven,
que vibra, que late: todo ello, será para el joven lector un modo de acercarse a la
realidad de la vida, y sopesarla: para buscarse, para encontrarse… “para apretar
los párpados / y, aun así, verse“.