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UNIDAD

III
CLASE 7

LA NARRATIVA DE LA
REVOLUCIÓN MEXICANA 1

UNIDAD III

Introducción

Esta séptima clase girará en torno al fenómeno literario del ciclo de la Revolución
Mexicana. La Revolución Mexicana fue el acontecimiento sociopolítico que conmocionó
la conciencia colectiva de un pueblo y proporcionó a sus artistas e intelectuales el
material vivo de inspiración, reflexión y autoconocimiento. Los cambios en la sociedad
civil, en ese período, 1910-1917, de la lucha armada, son tan importantes como los
militares, y de ellos deriva la actual sociedad mexicana, su estatus político y ¡todavía! la
actitud crítica de muchos pensadores y novelistas que se vuelven, como referencia
iniciática, al pasado revolucionario para encontrar en él, recreándolos, los ideales que
suponen han sido traicionados o incumplidos.

Dr. Ramiro Esteban Zó


La Revolución Mexicana proporcionó a los escritores de oficio y a narradores
improvisados el argumento, la expresión y la justificación ética que los obligaron a
escribir sobre los acontecimientos nacionales, en un período literario en que el realismo
y el costumbrismo naturalista todavía pretendían explicar la vida.
Este capítulo de la literatura Hispanoamericana que se conoce con el nombre de 2
“Novela de la Revolución Mexicana” es un fenómeno literario cuyas derivaciones no se
han agotado y podemos rastrear en novelas contemporáneas, tan alejadas del realismo
y tan diferentes entre sí como: La muerte de Artemio Cruz, José Trigo o Los relámpagos
de agosto la “antinovela” de la Revolución.

La Revolución mexicana
Uno de los movimientos políticos, económicos y sociales ocurridos en América entre
1910 y 1920 es, sin lugar a duda, la revolución mexicana. El ideal para los jóvenes era
desplazar la dictadura porfiriana de 30 años. Los obreros soñaban con una legislación
que les ofreciera un mínimo de protección contra el abuso de los poderosos. Los
campesinos querían tierras. Si hubiera tenido una ideología bien definida pudo ser de
igual trascendencia que la Revolución Francesa o Rusa y servir de pauta para la
liberación de muchos pueblos que en el resto del vasto continente se encontraban en
similar estado.

1. Causas

Varias son las causas que desencadenaron el estallido de la Revolución Mexicana.


Se agrupan estas en económicas, sociales y políticas.

Dr. Ramiro Esteban Zó


1.1. Causas económicas

A. La Cuestión agraria

Durante el gobierno de Porfirio Díaz, el 40 por ciento del territorio azteca era 3
propiedad tan sólo de 840 hacendados. El latifundio era tan desmedido que, a veces,
una sola persona era dueña de una extensión de terreno mayor que la superficie de
varios países europeos. Así, el general Terrazas, poseía en el Norte de México un predio
de 24 millones de hectáreas, o sea, equivalente al área de Holanda, Bélgica, Dinamarca,
Hungría y Suiza juntas. Otro gran propietario era la iglesia católica mexicana, integrada
en su mayoría, por un clero conservador y adicto al orden represivo imperante, lo que
explica, en parte, porqué la revolución fue anticlerical. Las consecuencias de este
enorme latifundismo, sin precedentes en la historia mundial, fueron graves para los
mexicanos. Provocó la decadencia de la agricultura, porque el gran propietario se
encontraba desvinculado de la tierra. Lo dejaban en manos de brutales e ineptos
administradores, que mandaban a latigazos al campesino y abusaban de las mujeres e
hijas de los peones.

Dr. Ramiro Esteban Zó


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Vendimia en la revolución mexicana

Porfirio Díaz

Porfirio Díaz llegó al poder por primera vez en 1876, alcanzando la bandera de la no
reelección. En el transcurso de los años hizo caso omiso de esta promesa electoral y
busco una y otra vez su reelección presidencial. Con astucia, sagacidad y menosprecio
de las aspiraciones ciudadanas logro gobernar durante 7 periodos, un caso realmente
insólito e intolerable. La base de estas sucesivas reelecciones no fue el derecho, sino la
fuerza; no fue la prosperidad de los 15 millones de habitantes, sino de un pequeño grupo
de privilegiados, en nombre del significativo y engañoso lema: “Paz, orden y progreso”.

Dr. Ramiro Esteban Zó


En más de 30 años de tiranía y centralismo porfirista los poderes legislativo y judicial
estuvieron subordinados al ejecutivo. La división de los poderes, la soberanía de los
estados, la libertad de los ayuntamientos y los derechos de ciudadano solo existían
escritos en la carta magna. Imperaba la ley marcial. La justicia, lejos de proteger al débil,
servía para legalizar los despojos del más fuerte. Los jueces, en vez de encarnar la 5
justicia se convertían en agentes del Ejecutivo. Las cámaras legislativas no tenían otra
voluntad que la del dictador. Los gobernantes de los estados, nombrados por él,
designaban e imponían a las autoridades municipales.

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Porfirio Díaz

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B. Oposición al dictador

La oposición a la prolongada dictadura estuvo representada por diversos sectores


descontentos, los que anhelaban inquietudes de renovación social, como el incipiente
movimiento anarquista “Regeneración” que atacaba al régimen; los círculos liberales que 6
realizaron un congreso y evolucionaron al comunismo anárquico y llevaron a cabo varias
tentativas insurreccionales que luego fracasaron; y el Partido Liberal Mexicano, cuyo
programa clandestino, lanzado en 1906, incitaba al pueblo a revelarse contra la
dictadura, abogaba por la libertad de sufragio y la no reelección continuada.

2. La Revolución

2.1. La caída del dictador

Porfirio Díaz había manifestado la inauguración de un gobierno democrático en 1910


y que el dejaría el poder. Sin embargo, contradiciendo esta promesa, sus partidarios le
propusieron como candidato a la presidencia. Fue entonces cuando Francisco I. Madero
decidió salir al frente, para contener las ambiciones del dictador. Madero era un
terrateniente de Coahuila, de espíritu progresista. Anteriormente hizo mucho a favor de
los trabajadores y del pueblo de San Pedro de las Colonias, estableciendo escuelas,
colegios, comedores y hospitales gratuitos. Francisco Madero empezó a recorrer el país,
alentando al pueblo a luchar contra la tiranía. Organizo el partido Antireelecionista y, en
la convención de Eliseo, de la ciudad de México, se aprobó su candidatura a la
presidencia de la República, para competir con el general Díaz. Ya candidato, inicio una
triunfal gira política; fue arrestado en Monterrey, acusado de “conato de rebelión y ultraje
a las autoridades”. De este modo, en las elecciones del 26 de junio, 1910 se hizo elegir a
Porfirio Díaz, por sétima vez. Poco después Madero obtenía su libertad y lanzo el plan
de San Luís de Potosí donde declaraba nulas las elecciones, desconocía el gobierno del
General Díaz, enarbolaba el principio de no reelección del presidente de la República y

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llamaba al pueblo a una rebelión nacional, para arrojar del poder a las autoridades
gobernantes. El pueblo, apoyando este llamado, se levantó en varios puntos del país, el
20 de noviembre de 1910. Lo respaldaba Francisco “Pancho” Villa (seudónimo de
Doroteo Arango, el “Centauro del Norte”) en nombre de los aldeanos; Emilio Zapata, en
representación de los campesinos y otros líderes populares. Díaz, mientras tanto, se 7
disponía a defender su puesto. Sin embargo, convencido de que su poder se
desmoronaba inevitablemente y contemplando que todo el pueblo estaba levantado en
armas, se resignó a dimitir el mando, el 25 de mayo de 1911, firmando un pacto con
Madero en la ciudad de Juárez. Luego salió furtivamente y se embarcó en un tren a
Veracruz y, posteriormente, viajo a Europa, muriendo en París, en 1915.

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2. El movimiento agrarista
Triunfante, Madero pretendió cambiar el rumbo de la nación mexicana: restauro la
constitución de 1857, estableció el sufragio popular, prohibió la reelección, etc. No
bastaban estas reformas, meramente políticas. El pueblo tenía hambre y quería un
cambio de régimen, de estructura. En estas circunstancias Emiliano Zapata, jefe
guerrillero del Sur, propuso el plan Ayala, dando la idea de distribuir la tierra entre los
campesinos y él mismo se apropió de algunas haciendas y los distribuyo entre los
trabajadores. Su lema era: “La tierra es para quien la trabaja”. Un simpatizante suyo,
Francisco “Pancho” Villa, organizo un ejército popular de mineros, peones, vaqueros y

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bandidos y repartido dinero entre los campesinos, ganándose el respaldo de este vasto
sector. Contra Madero se unieron: conservadores, latifundistas, el clero y su ministro de
Guerra, el traidor Victoriano Huerta, quien fue enviado a reprimir una rebelión
conservadora y no vaciló en hacerlo asesinar, en 1913.
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2.3. El caudillaje

Asesinado Madero sucedió una lucha terrible y sin rumbos, en la que participaron
facciones maderistas contra carrancistas y constitucionalistas contra convencionistas,
zapatistas, villistas, orozquistas, obregonistas, callistas, etc. En esta etapa los marinos
norteamericanos invadieron el Puerto de Veracruz ante el intento de estrechar relaciones
con los ingleses (1914); se inició la gran huelga de los Obreros, en la ciudad de México
(1916); la proclamación de la constitución de Querétaro (1917), que puso las bases para
consagrar los ideales de la revolución: jornada de 8 horas de trabajo, el salario mínimo,
la indemnización por accidentes de trabajo, la reforma agraria, la nacionalización del
petróleo, etc. Finalmente, asesinan a traición al líder campesino Emiliano Zapata (1920),
en Puebla en la Hacienda de Chinameca perteneciente al municipio de Ayala en el
estado de Morelos.

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El caudillaje en la Revolución mexicana

3. Lázaro Cárdenas: La explotación del petróleo


Desaparecido Venustiano Carranza, gobernaron México 4 presidentes. El
responsable de la marcha del movimiento renovador fue el Partido Nacional
Revolucionario o PRI (Partido Revolucionario Institucional), a partir de 1940. Una de sus
grandes figuras fue Lázaro Cárdenas (1934 – 1940). Cárdenas, teniendo como pilares
de su gobierno a la clase trabajadora, los campesinos y el ejército, llevo adelante el
programa de la revolución con una rapidez sin precedentes. Algunas de las obras
emprendidas por Lázaro Cárdenas fueron, las siguientes:
a. Fomentó la distribución de tierras. Unos 18 millones de hectáreas fueron
distribuidas (dos veces más que todos los gobiernos anteriores), a 750 mil familias.

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Asimismo, fueron organizadas grandes granjas cooperativas para la producción de
productos comerciales.
b. Amparó la organización de sindicatos, con el propósito de buscar las
reivindicaciones sociales de los obreros. De acuerdo con su plan Sexenal tendía a
unificar la organización de los trabajadores de todo el país, fortalecerla y dignificarla. 11
c. Expropió los yacimientos petrolíferos, acto que fue la más sensacional del gobierno
de cárdenas, en 1938, en cumplimiento de lo prescrito en la constitución de 1937;
reivindicó la propiedad del estado sobre las fuentes petroleras, desalojando a 17
compañías imperialistas compensándolos con 400 millones de dólares. Las compañías
expropiadas, organizaron en respuesta, un boicot en contra del petróleo mexicano y
pusieron obstáculos para la adquisición de buques petroleros. El gobierno de Cárdenas
llevó acuerdos de intercambio con Alemania, Italia y Japón por medio del cual el petróleo
se cambió por maquinarias.

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Lázaro Cárdenas

4. Logros de la Revolución
Varios son los resultados positivos de la revolución mexicana. Destacan entre ellos:
a. El cambio de la propiedad de la tierra. A principios de la década del 40, más de la
mitad de la población rural pertenecía a los ejidos (aldeas) y poseía más de la mitad, de
la totalidad de las tierras cultivables. También hubo un considerable aumento en el
número de pequeños granjeros independientes.

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b. Las conquistas sociales. Se estableció, en 1915, el descanso dominical obligatorio,
y la jornada máxima de 8 horas de trabajo. En 1916, se reconoció el derecho de huelga
y se fijaron las nuevas relaciones de trabajo, entre patrones y obreros. En su época,
estas disposiciones eran las más avanzadas del mundo. La constitución de 1917
estipulo la jornada de trabajo de 8 horas, como máximo. Quedaban prohibidas las 13
labores insalubres o peligrosas para las mujeres en general y para los jóvenes, menores
de 16 años. Quedo también prohibido el trabajo el trabajo nocturno industrial. Los
establecimientos comerciales no podían laborar después de las 10 de la noche.
c. La expropiación de las compañías petroleras puede haber tenido poca justificación
económica, pero fue de una gran importancia sicológica para ayudar a eliminar el
sentido de inferioridad nacional.
d. Produjo un cambio profundo y vigorizante en la conciencia nacional. Los mexicanos
prerrevolucionarios habían encontrado sus valores en los elementos culturales
europeos. Los conservadores habían peleado por preservar las actitudes e instituciones
del imperio español y los reformadores habían tratado de introducir los del liberalismo
occidental.
e. La nueva conciencia nacional encontró expresión en la obra de artistas y
escritores. México fue la escena de un renacimiento que tenía algo en común con el
gran Renacimiento europeo. Sobresalieron particularmente en las artes visuales, la
arquitectura y pintura de mayor importancia en el hemisferio occidental. Tres figuras
sobresalen en pintura: David Alfaro Sequeiros, Diego Rivera y José Clemente Orozco.
Estos artistas infunden una fe positiva en el futuro de México, pues, describieron un
mundo ideal en el que los campesinos araban su propia tierra y en el que los sueños de
Morelos y de Zapata se hacen realidad. Igual ocurre en el compositor Carlos Chávez, en
el que la melodía tradicional indígena se convierte en la base de la música nacional; y,
por último, la novela de la revolución saca sus temas de las hazañas de villa y Zapata,
así como de la vida indígena campesina.

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De interés. ¿Quiénes gobernaron México desde la Revolución hasta la
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actualidad?

FASE INSTITUCIONALIZADA (1924-1940)


FASE ARMADA (1910-1917)
1. Revolución maderista (1910-1911)
PLAN DE SAN LUIS POTOSÍ
2. Gobierno de Madero (1911-1913)
Sublevación de Emiliano Zapata
PLAN DE AYALA
GOLPE DE ESTADO de Adolfo Huerta
3. Revolución constitucionalista (1913-1914)
Convención de Aguascalientes
4. Triunfo de Venustiano Carranza (1914-1919)
Constitución de los Estados Unidos Mexicanos. 1917
Plutarco Elías Calles (1924-1928)
GUERRA CRISTERA
Emilio Portes Gil
Luis Rubio Ortiz
Abelardo Rodríguez
LÁZARO CÁRDENAS (1934-1940)
Manuel Ávila Camacho
Miguel Alamán
Adolfo Ruiz Cortines
Adolfo López Mateos

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Gustavo Díaz Ordaz
Luis Echeverría
José López Portillo
Miguel de la Madrid
Carlos Salinas de Gortari 15
Ernesto Zedillo Ponce
Vicente Fox
Felipe Calderón
Enrique Peña Nieto

La narrativa de la Revolución mexicana


Hay que tener en cuenta que Revolución Mexicana es la primera revolución del siglo
XX, anterior a la rusa, y el movimiento social más importante de América, por lo menos
hasta el año 60. La Revolución Mexicana es un movimiento confuso en sus orígenes, si
exceptuamos como causas germinantes la madurez histórica de un pueblo que
dice ¡Basta! a la injusticia y a la corrupción del caciquismo, y que siente la asfixia de un
orden mantenido por la represión. Un pueblo en el que se había ido configurando una
nueva clase media (¡por el orden y el progreso porfirianos!!!) que no veía perspectiva de
cambio ni posibilidad de acceso a la participación, ni mucho menos a la responsabilidad
de gobernar, y se sentía ahogada en la inmovilidad social de la dictadura que había
propiciado el liberalismo.
Un grupo de jóvenes intelectuales, unidos en “El Ateneo de la Juventud”, fueron en
ese momento “el alma de México -al decir de Samuel Ramos- [...] pero un alma sin
cuerpo”.
En aquel mundo social en que los valores de la clase preeminente eran importados de
Europa, surge la Revolución como un cambio cualitativo. La Revolución es el tiempo

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dinámico que va a hacer posible los cambios de fortuna, los encuentros azarosos, los
heroísmos y las brutalidades. Hay trasvase de gentes de Norte a Sur del país; todo ello
da al pueblo una conciencia nacional. Así surge la literatura mexicana verdaderamente
independiente. Si la literatura es la conciencia de un pueblo, tampoco ella puede nacer
sin convivencia en común: la Revolución Mexicana es el drama en que participan todos 16
los mexicanos y que propiciará el nacimiento de una novelística que, a manera de la
épica, da su mayoría de edad literaria a las letras mexicanas.
Casi todos los temas de la novela de la Revolución Mexicana serán propuestas de
reflexiones filosóficas posteriores. Toda novela es una pregunta lanzada al azar. La
novela de la Revolución Mexicana inquiere sobre el sentido de esa existencia y
convivencia en común que ha puesto al descubierto ese trasvase humano que supuso
la R. La novela de la R. M. es el medio y la expresión de un proceso colectivo de doble
vertiente, que Brushwood llama “proceso simultáneo de introversión y extroversión”. Es
un interrogante hacia adentro y una pregunta también hacia el exterior.
-¿Quién soy? ¿Qué vamos a proponernos ser?
-¿Qué somos para los demás?
La Novela de Revolución Mexicana es también el medio por el que las nuevas
generaciones, hablando de ella (o mejor, leyéndola), acceden al proceso general.
Al hablar de la novela de la Revolución Mexicana son ya referencia obligada los
nombres de Azuela, Martín Luis Guzmán, López y Fuentes, José Rubén Romero... Los
dos primeros tienen una significación auroral en este capítulo novelístico. Azuela, porque
fue el iniciador del género, más con Andrés Pérez, maderista, 1911, que con Los de
abajo, 1916. Descubierta ésta última en 1925, cuando Azuela ya había desistido de
seguir explorando la veta revolucionaria. Los de abajo fue publicada en El Universal
Ilustrado, por entregas, en cinco cuadernos semanales, anunciándola como “la única
novela de la Revolución”. Y Martín Luis Guzmán, desde España, envió al mismo
periódico, en 1926, sus recuerdos revolucionarios novelados, que habrían de recogerse
en el libro, El águila y la serpiente, publicado en Madrid en 1928, por Aguilar. Esta
novela obtuvo resonancia y éxito inmediatos y suele considerarse esta obra como la

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segunda gran novela revolucionaria después de Los de abajo. A la vez impulsora de esa
temática que habría de monopolizar durante casi dos décadas el interés y la atención de
los narradores mexicanos.
A pesar de esta contigüidad de la atención lectora y crítica de las dos grandes
novelas, cerca de treinta novelas de la Revolución Mexicana selecciona John 17
Ruttherfford, escritas antes de 1925, comenzando la selección en el año 1911,
con Andrés Pérez, maderista, novela que no fue, ni siquiera en tan temprana época
ni sola ni única.
Entre las obras curiosas, por poco mencionadas o por poco conocidas y comentadas,
de este período revolucionario, se destacan las del periodista reaccionario y
contrarrevolucionario Alfonso López Ituarte, El Atila del sur (1913) y Satanás (1914). La
fecha 1915/16 nos trae, no solo Los de abajo sino, además una aportación española al
capítulo novelesco, La tórtola de Ajusco, del profesor español Julio Sesto, que noveló
una historia de amor con el panorama de la Revolución como telón de fondo, y tuvo un
éxito extraordinario, el único éxito de esa etapa, quizá por el sentimentalismo de la
anécdota, sentimentalismo que tanto escaseaba en la dramática y caótica situación por
la que México atravesaba.
De los años 18 al 24 se inicia una novela que se conoce con el nombre
de neocolonialista, cultivada por los jóvenes de los círculos literarios de la capital. El
iniciador es Francisco Monterde. Julio Jiménez Rueda, Genaro Estrada, Artemio de Valle
Arizpe, Ermilo Abréu Gómez, fueron los mejores representantes de esta primera
tendencia posrevolucionaria, en que los escritores se volvían hacia anécdotas del
pasado colonial.
A finales de esta década en que la Revolución fue el tema monolítico de novelística
mexicana aparece una obra que se ha considerado indigenista, El resplandor (1937), de
Mauricio Magdaleno, pero que a mí me parece tiene un más amplio significado:
introduce en el relato un tratamiento más complejo de la realidad; va en busca de un
pasado histórico en que insertar como principio de causalidad parte de las explotaciones
e injusticias del presente, que abocarán a los ciclos encadenados de explotaciones,

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hasta llegar a la más cruel y desesperanzada: la que ejerce el de la propia clase, la de la
propia raza.
De este inicio de cala psicológica que supone El resplandor nos encontramos ya
plenamente inmersos en un nuevo período narrativo en que la oposición, mundo =
estructura objetiva-protagonista = estructura subjetiva, va a darse en un contexto de 18
complejidades psicológicas y formales. En el 43 escribe José Revueltas El luto
humano de predominantes dimensiones subjetivas, en que la relación con lo exterior es
un dolor, un desengaño, una trampa, una explotación, -que revierte en la conciencia de
los protagonistas- como un sinsentido de toda su existencia. Han participado en la
Revolución, en las huelgas, en todo lo que les han pedido, y no saben por qué. La
religión tampoco les da ningún saber: solo saben que mueren. Revueltas es un
revolucionario marxista y, en ocasiones consigue que su compromiso político no
traicione el arte. Sus obras son irregulares. Tienen momentos de vigoroso acento
poético, otros, de excesos y, de propaganda panfletaria. Pero no puede olvidarse la
amargura, la soledad y la hiriente desesperanza que destilan. En El luto humano los
buitres zopilotes parecen ganar; aguardan a que perezca el grupo de hombres y mujeres
que agonizan en las últimas páginas y que un minuto antes de morir tienen una vaga
conciencia lúcida de que mueren redimiendo algo, pero sin saber qué. Para mí,
Revueltas se me presenta en su obra como un intérprete del existencialismo opaco; sus
personajes son Sísifos ciegos.

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Prohibido ser campesino

Mientras Pancho Villa, eufórico cuatrero, incendiaba el norte de México, Emiliano


Zapata, melancólico arriero, encabezaba la revolución del sur.
En todo el país, los campesinos se alzaban en armas:
—La justicia se subió al cielo. Aquí ya no está —decían.
Para bajarla, peleaban.
Qué más remedio.
Al sur, el azúcar reinaba, tras las murallas de sus castillos, y el maíz malvivía en los
pedregales. El mercado mundial humillaba al mercadito local, y los usurpadores de la
tierra y del agua aconsejaban a sus despojados:
—Siembren en macetas.
Los alzados eran gente de la tierra, no de la guerra, que suspendían la revolución por
siembra o por cosecha.
Sentado entre los vecinos que charlaban de gallos y caballos a la sombra de los
laureles, Zapata escuchaba mucho y poco decía. Pero este callado logró que la buena
nueva de su reforma agraria alborotara las comarcas más lejanas.
Nunca la nación mexicana fue tan cambiada.
Nunca la nación mexicana fue tan castigada por cambiar.
Un millón de muertos. Todos, o casi todos, campesinos, aunque algunos vistieran
uniforme militar.
EDUARDO GALEANO. Espejos

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Pancho Villa
En el 47 se publicará la novela de Yáñez, Al filo del agua, novela situada
cronológicamente al filo de la Revolución, pero en la que la Revolución tiene un valor
dialéctico y no necesario como en el primer ciclo de esta novelística. De Yáñez, se ha
dicho, que inicia “la otra novela de la Revolución Mexicana”, aunque a mi entender ya
estaban los nuevos modos esbozados en obras anteriores. Aquí, la oposición sociedad-
sujeto se transforma en fuerte contradicción: “La visión moderna del pasado reciente”, el
deseo y las apariencias, la vida comunal y los insomnios inconfesables; la culpa y el
“auto-castigo”; el instinto sexual y la represión cuaresmal; el doble juicio público -el “qué
dirán” y la “confesión pública”- y la obsesión solitaria; lo colectivo y lo individual. Para
Paz el tema central, insoluble, de la obra, es el combate y la complicidad de religión y
erotismo que mutuamente se abrazan, se alimentan y se autodevoran. La novela de
Yáñez ofrece igualmente la característica que apunté en M. Magdaleno, una mirada
retrospectiva al suceso anterior revolucionario, buscándole antecedentes sociológicos y
enraizarla en la historia anterior, buceando en los fondos y no solo espumando el
borbotón que se derrama.

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Esta complejidad narrativa y análisis más sutil de la realidad que llevan a cabo estos
novelistas de la década de los 40, va a alcanzar su máxima expresión en la obra breve
de Juan Rulfo, El llano en llamas (53) y Pedro Páramo (55). En Rulfo se produce una
condensación del lenguaje y una mitificación de situaciones y tipos. La obra de Rulfo,
para emplear sus propias palabras, camina más de lo que lleva andado, y es que la 21
extensión literal de su prosa contiene sobriedad poética. El tema central puede ser
también la culpa y el castigo (o la condenación), pero la culpa y la condenación en
planos diferentes a los acostumbrados; en un plano intemporal, y en un tiempo acrónico
simultáneo. Los personajes -tardamos algo en darnos cuenta- viven ya en un purgatorio:
la culpa es la memoria -el recuerdo de la culpa-; son almas en pena que no encuentran
el descanso eterno, y que viven «en pena» en los mismos lugares que habitaron en
pecado (la mitología azteca dice que las almas no se mudan). La acción gira en tres
tiempos simbólicos: el tiempo dinámico en que la comunidad gira alrededor del cacique:
Pedro Páramo. El cacique, alrededor de una loca: Susana San Juan. La loca en sus
giros propios, convulsionada por los recuerdos de sus amores con un hombre que murió
antes que ella. El tiempo estático en que muere la loca, el cacique -por represalia y falto
de ilusión- se cruza de brazos, las tierras se agostan, la comunidad muere de hambre o
huye, y el pueblo deviene un lugar calcinado y desolado. El tiempo de la muerte o en
muerte, es en el que se vienen a insertar, como recuerdo, los dos anteriores, pero tiene
su propia identidad y características físicas: se ríe, se habla, se trajina, ¿Qué hace
trajinar sin descanso las almas de los muertos?
Un rencor vivo: Pedro Páramo. Todo el libro es la representación de El rencor de los
muertos, la posmuerte que estaría arraigada en el subconsciente mexicano.
También hay, en esta novela irreal, una realidad cronológica posible: la de
las condiciones históricas objetivas en las cuales la anécdota biográfica existencial de
Pedro Páramo hubiera podido realizarse. Es la historia de un pueblo jalisciense,
dominado por un cacique, al que llegan los rumores de la Revolución Rulfo mitifica las
conductas: a Pedro Páramo le avisan de que vienen unos revolucionarios a desposeerlo
de sus tierras. Los sienta a la mesa, los compra con abundante dinero, les da trescientos

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hombres más para que “hagan la Revolución”, pero les dice que no se alejen
demasiado, no sea que vengan otros. Organiza su propia Revolución para defenderse
de la Revolución. Los veinte forajidos a su mesa, inquiere del cabecilla por qué se han
levantado en armas. La respuesta es históricamente posible: “Aguárdenos un tantico a
que nos lleguen las instrucciones y entonces le averiguaremos la causa”. 22
Rulfo incorpora la temática del campo y de la Revolución mexicanos a un contexto
universal. A partir de este momento puede decirse que la novela en México ha llegado a
una completa maduración. En el 58 se publica La región más transparente, de Carlos
Fuentes, obra muy ambiciosa y compleja, en la que en forma de un gran mural trata el
autor de dejar plasmadas todas las capas sociales que componen el censo de la capital
de México. En el centro de este mural un personaje revolucionario, Federico Robles,
enriquecido en los negocios de la posrevolución. Fuentes intenta desnudar los mitos,
descubrir los falsos valores, desenmascarar el falso lenguaje, y utiliza todos los
procedimientos expresivos a su alcance, a veces prestados de las literaturas extranjeras
(norteamericana, principalmente), instrumentándolos en un intento de narración
totalizadora. Hay un agente del narrador, el personaje Ixca Cienfuegos, mitad simbólico,
mitad ente individual, que para mí encarna el espíritu colectivo objetivado y que
logra sonsacar la intimidad del personaje con quien coloquia. Técnicamente muy
discutido por los críticos.
En el 62 escribirá Fuentes La muerte de Artemio Cruz1, desde la revolución cubana.
Esta obra, profunda, intimista, simbólica acaso (?), metafísica, -en el sentido de esfuerzo
por abarcar por dentro la condición humana-. La anécdota es la agonía de Artemio C., la
dialéctica de la obra: La Revolución y el neocapitalismo que propiciaron los gobiernos
posrevolucionarios. También el tema de las generaciones: el hijo de Artemio, se va de la
comodidad y bienestar económico que le proporciona la fortuna de su padre, “al único
frente que queda”, al frente republicano de la guerra civil española.
En este momento de los años primeros de la década de los sesenta hay una gran
admiración en los jóvenes novelistas por la revolución cubana que, dicen, está
cumpliendo las aspiraciones que no satisfizo la mexicana. En las últimas creaciones

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literarias de los novelistas se advierten dos tendencias: la universalista, común a toda la
narrativa latinoamericana, y a la cual no se le pueden achacar influencias foráneas, sino
hablar de interinfluencias, como dice Cortázar, ya que si la novela latinoamericana
recibió de las técnicas europea y norteamericana, también aportó sus propias
innovaciones. Esta tendencia universalista suele situar la acción en las grandes 23
ciudades, enfrentando las situaciones ciudadanas de los modelos de desarrollo
conocido, al hombre, amenazado más que nunca de soledad y sometido a los
neocolonialismos de la técnica y la masificación, o inmerso aún en el subdesarrollo y
amenazado ya por la muerte espiritual y el deterioro físico, que, por el despilfarro de
recursos no reciclables, pueden suponer los paraísos del superdesarrollo. En esos años
primeros de la revolución cubana, Cuba fue el epicentro literario del grupo de escritores
latinoamericanos que apoyaron a Castro. La revista Casa de las Américas publicó
estudios profundos, artículos críticos y difundió esta narrativa. Es significativo que una
novela mexicana, que podríamos llamar la antinovela de la Revolución, Los relámpagos
de agosto, de Jorge Ibargüengoitia, sátira cruel y despiadada de «la novela de la R.»,
haya obtenido el premio “Casa de las Américas” que otorgaba anualmente Cuba, en
1964. (Y por cierto, catorce años más tarde, otro joven narrador mexicano obtuvo el
mismo galardón con su libro de relatos El miedo ambiente (78)).
(Ejemplo de esta novela urbana sería Los albañiles (1964), de Vicente Leñero, en la
que queda patente la degradación de las vidas humanas en la ciudad (hay más de un
personaje con suficientes motivaciones para haber cometido el crimen), la distorsión de
las relaciones sexuales es el tema, y en ella subyacen problemas filosóficos como la
relatividad de la culpa, la ética de la justicia, y la imposibilidad de conocer la pura
verdad.)
Pero, en México, aparte de esta novela del hombre y sobre el hombre en una
circunstancia universal, se sigue escribiendo la novela del hombre enraizado en la
circunstancia mexicana, la novela que sigue explorando esta realidad social, nacional, y
en ella está presente la Revolución, porque la circunstancia actual sociopolítica de
México es heredera de la Revolución y esta circunstancia está entrañada al vivir social

Dr. Ramiro Esteban Zó


de México. En estas nuevas generaciones de narradores la actitud respecto al pasado
reciente histórico es
pesimista, traicionada, incumplida, demagogizada, mitificada, aburguesada, vienen a
decir la Revolución.
Elena Garro, en el 63, trae la Revolución a las páginas de su excelente novela Los 24
recuerdos del porvenir. Agustín Yáñez reincide en el tema revolucionario o en sus
consecuencias, La creación (1959), Las tierras flacas (1962), Las vueltas del
tiempo (1973) obra escrita a continuación de Al filo... y que el autor no quiso publicar, en
la que se entretejen vivencias del pasado político de México, rememoradas por varios
personajes en la tarde del entierro de Calles (en 1945). Ibargüengoitia, en el 64, la mira
con ojos burlones y la esperpentiza; es la novela de la contra-revolución o la antinovela
de la R.... Fernando del Paso escribe, acaso, la mejor obra de los últimos tiempos, José
Trigo (66) recreación del ambiente ferrocarrilero de México en un momento determinado,
una huelga de ferrocarriles, reprimida con los procedimientos usuales: arrestos,
violaciones, militarización de los servicios. En la anécdota se busca un personaje
imposible, el que da título al libro, la encarnación momentánea del espíritu objetivo.
Cada accidente, cada personaje, cada instante, están referidos a una inconmensurable
dimensión histórica. La novela es difícil de leer, de estructura piramidal 1-9-9-1, tiene
también una nueva reestructuración del lenguaje: se intenta dar, en paralelo con el
movimiento histórico diacrónico de la lengua, la total v posible sincronía del habla. La
lengua desde la fundación de Tlatelolc y el habla en el presente de la anécdota.
Y en ese intento de historia total de México, naturalmente hay crónica de
la Revolución, el tema del indigenismo es también un derivado de la novela de
la Revolución, o bien, del sentido nacionalista que despertó entre los escritores y de la
propuesta de reivindicación que asumieron los escritores como justificación a su
situación de privilegio. Los más próximos al indígena trataron de dárselo a conocer a sus
compatriotas citadinos. Posiblemente la obra más objetiva sea Juan Pérez Jolote (48),
que describe antropológicamente el mundo de los tzotziles.

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En el 62 Rosario Castellanos escribirá acaso la mejor novela indigenista, Oficio de
tinieblas, en la que conviven el mundo religioso y mágico de los indígenas de la
comunidad de San Cristóbal de las Casas y los ladinos, blancos o mestizos,
explotadores tradicionales de la pasividad indígena. Confabulada con el clero, hay una
sofocada rebelión indígena y la comunidad vuelve a insertarse en el tiempo de la 25
conformidad, en el siempre de la derrota y la persecución.
Hay, por fin, una obra más reciente de este período novelístico (en el filo de los 70)
que intento analizar, la de la escritora Elena Poniatowska, Hasta no verte Jesús
mío (69). En que se recoge la voz de una mujer de pueblo que a punto de morirse
recuerda su vida, y en ella, naturalmente, su propia parte en los acontecimientos
revolucionarios y en la historia reciente de México.

De interés

Fotos: El trono

Ciudad de México, Palacio Nacional, diciembre de 1914.

El campo, alzado en revolución, invade el planeta urbano. El norte y el sur, Pancho


Villa y Emiliano Zapata, conquistan la ciudad de México.

Mientras sus soldados, perdidos como ciego en tiroteo, dan vueltas por las calles
pidiendo comida y esquivando máquinas jamás vistas, Villa y Zapata entran al palacio de
gobierno.

Y Villa ofrece a Zapata la dorada silla presidencial.

Zapata no la acepta.

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—Deberíamos quemarla —dice—. Está embrujada. Cuando un hombre bueno se
sienta aquí, se vuelve malo.

Villa se ríe, como si fuera chiste, desparrama sobre la silla su grande humanidad y
posa ante la cámara de Agustín Víctor Casasola.
26

A su lado, Zapata se ve ajeno, ausente, pero mira la cámara como si disparara


balas, no flashes, y con los ojos dice:

—Lindo lugar para irse.

Y al rato nomás, el jefe del sur se vuelve al pueblo de Anenecuilco, su cuna, su


santuario, para seguir rescatando, desde allá, las tierras robadas.

Villa no demora en imitarlo:

—Este rancho está muy grande para nosotros.

Los que después se sientan en la codiciada silla, la de los dorados oropeles,


presiden las matanzas que restablecen el orden.

Zapata y Villa caen, asesinados a traición.

EDUARDO GALEANO

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27

Pancho Villa y Emiliano Zapata en el Palacio Nacional, diciembre de 1914.

El indigenismo, el ruralismo, el tema ferrocarrilero, el urbano, la interiorización


psicológica, y otros muchos más son temas derivados de la Revolución y el cambio de
estructuras que supuso el movimiento revolucionario. La Revolución, ha sido un trauma
en la mentalidad colectiva mexicana y la novela ha proporcionado al intelectual el
instrumento crítico de diagnóstico-pronóstico de una realidad que se intenta cambiar. Si
la literatura de la Revolución ha dado la carta de nacionalidad a México, la Revolución,
podemos decir ha dado la legalidad crítica a la novelística como soporte específico de
protestas y posturas. En la primera etapa, de la novela, primordialmente documental, el

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novelista que hace la Revolución, se desilusiona y se desahoga en sus escritos
mostrando sin tapujos su decepción “discursiva”. En la segunda etapa, de realismo
crítico, el escritor, que ya no ha hecho la Revolución, considera el movimiento y sus
resultados sociales, va en busca de la génesis histórica que haya provocado el
movimiento, traicionándolo después, y su crítica no se inserta en párrafos declamatorios 28
de censura, sino que la crítica se desprende de la conciencia de fracaso, de injusticia, de
soledad, o de traición, de los propios personajes, y de las causas generadoras de esta
situación que sutilmente se nos desvelan a los lectores. Los más jóvenes narradores no
quieren reproducir la crítica panfletaria de la primera etapa ni la interiorizada de los de la
segunda, ni siquiera la crítica realista y social de alguna de sus primeras narraciones
(como es el caso de Fuentes), porque piensan que la crítica consigue acaso cambios
periféricos y lleva luego a la conformidad y la satisfacción. Ellos dicen que representan la
superación de la Revolución, criticarla es seguir haciéndola, y no les interesa ayudar a
los políticos a conservarla, aunque sea en la referencia crítica. La Revolución
Mexicana ha resultado ser una revolución burguesa y ellos quisieran anunciar otra
revolución... No quieren mostrar al indígena, ni al hombre elemental mexicano, quieren
decir del hombre en una circunstancia de insuficiencia, en el contexto universal, o ir
mucho más lejos, a un pasado más prestigioso, a buscar los orígenes, como si el escritor
a medida que piensa y escribe, se autosubyugase y temiera seguir traicionando el propio
espíritu revolucionario primero.

Cierre

El drama de los novelistas mexicanos tan disconformes con su Revolución y sin


poder olvidarla es el drama de todas las revoluciones y de la propia creación literaria -
que es una Revolución traicionada-; la Revolución pretende acabar con la Historia. Hay
un momento en que parece conseguirlo, pero el hombre, poseído de un instinto religioso,

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necesitado de lo sagrado, convierte las ideas en creencias, y las creencias en ritos y
mitos. La rebelión revolucionaria se vuelve tradición revolucionaria; con sus hábitos y su
lenguaje, se hace demagogia. El escritor cree, en cada obra, poder salvarse a esta ley.
Los novelistas mexicanos, viendo y padeciendo la institucionalización de las ideas
revolucionarias por el poder, quisieran seguir siendo fieles en su obra al impulso 29
generoso primero que provocó el movimiento y el espíritu revolucionarios, pero, en cierto
modo, seguir siendo fieles a ese espíritu, en forma ortodoxa, es hacer el juego a los
políticos, porque alejado en el espacio y el tiempo que lo originaron, se ha vuelto contra
su propia esencia: cambio, rebeldía, novedad.
La crítica cruel (y justa) al mundo de la posrevolución de los novelistas engendra la
creación de un mito: remitifican la Revolución en su estallido popular y sus ideales
primeros. A la vez, este método de denuncia de la ruptura del ideal por la gestión política
posterior, entraña una mitificación subsidiaria: ellos, los novelistas, se reservan -desde la
buena fe- el papel de críticos, de censores de la mala configuración del ideal
revolucionario. Se ven a sí mismos como protagonistas-antagonistas de la ideología
política en el poder -hoy príista. Es decir, oposicionistas, y pueden llegar a crear una
conciencia mítica de su propia vocación crítica.

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