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La globalización como se quiere que se entienda se define como una tendencia general de los

mercados y las empresas a extenderse alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las
fronteras nacionales. Nada más pueril y mal intencionado.

En este proceso en el cual no participa ninguno de los países pobres en su diseño, arquitectura
y funcionalidad, sino los países que ya han pasado por etapas primarias, secundarias y
terciarias del capitalismo (entendiendo a la manufactura, fábrica e industria con su
correspondiente comercialización) y que hoy están representados por los que han alcanzado
niveles de crecimiento y desarrollo autosostenibles. Lo anterior se refiere a aquellos países
cuya base productiva o infraestructura ya caminan solos, no requieren de presiones ni
estímulos para su funcionamiento, digamos que sistémicamente han alcanzado su razón de ser
y solo requieren del respaldo del Estado como su facilitador y no como su gestor o protector.

Las organizaciones a nivel supranacional como el Fondo Monetario Internacional (FMI) no


aportan nada nuevo en este sentido y es claro que un organismo de este tipo pues esté del
lado del crecimiento y fortalecimiento del capital y en contra –una vez disimulada y otras
completamente obvias- de organismo emanados en otro ámbito socio-político ajeno al visto
bueno de los “buenos”.

Se ha señalado también que la globalización surgió desde hace cientos de años,


concretamente en uno de los descubrimientos de América: en la formación de la acumulación
originaria del capital, en la explotación de los recursos naturales o tal vez también, en la
expansión de los mercados; sin embargo, falta un ingrediente especial que es la explotación de
la fuerza humana de trabajo.

Como categoría que funciona dialécticamente la fuerza humana de trabajo posee


características especiales que solo pueden ser detectadas bajo un sistema que coloca a unos
del lado de la posesión de los medios de producción, las formas jurídicas que amparan
determinadas relaciones de producción, formas de apropiación de la riqueza, reproducción de
todas estas relaciones por sí mismas gracias a un Estado benefactor para la “sociedad” y no
para el pueblo, etc. y del otro lado a los “más”, a los parias, los desposeídos que no son parte
de una sagrada familia ni cuentan con un apellido honorable ni extranjero. Su capacidad física
y mental con la que cuentan se ve reducida a un trabajo rutinario, especializado, que lo aleja de
cualquier tipo de creatividad para sí (alienación u objetivación del sujeto) y que incluso sin
saberlo muchas veces elige su propio yugo y hasta le hace sentir importante porque obtiene
cierto dinero para gastar, para consumir.