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Han pasado ya algunas semanas desde que comenzó la Pascua, este período tan

importante para todo cristiano. Tal vez empezamos este período llenos de alegría,
después de haber vivido intensamente la Semana Santa. Se han acabado las
vacaciones, las misiones, hemos regresado al ritmo de todos los días, y esa alegría
inicial quizá se ha ido enfriando. Revivamos una vez más la experiencia de Cristo
vivo, como la revivieron los apóstoles en el lago de Tiberíades.

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 21,1-19

SEÑOR, TU LO SABES TODO, TU SABES QUE TE QUIERO.

El Santo Evangelio que hemos escuchado está lleno de símbolos, nos centraremos
en dos partes diferenciadas pero relacionadas entre sí: La pesca milagrosa, y el
Diálogo entre Jesús y San Pedro.

Al inicio podemos notar la situación de incertidumbre y falta de esperanza del


apóstol San Pedro y los demás discípulos. Apostaron su vida al Señor y este ha
muerto y se terminó todo. A pesar de que Jesús Resucitado se les ha aparecido,
todavía siguen las dudas y las incertidumbres. Hasta tal punto es la angustia de
San Pedro que decide volver atrás, Vuelve a pescar que era la tarea que realizaba
antes de que el Señor lo llamara. Y los demás van con él. Los arrastra atrás, a una
vida sin Cristo el Señor.

Parece que su vida no ha cambiado. ¿Dónde han quedado los tres años con el
Maestro? ¿Qué ha sido de tantas horas de escuchar y conversar con Jesucristo?
¿Para qué han servido esos tres años de profunda experiencia? Más aún, ¿qué ha
sido de la pasión, que contemplaron a cierta distancia, pero que sufrieron
profundamente en su corazón? ¿Ya se les ha olvidado también la resurrección? Así
es el hombre, así somos cada uno de nosotros: Dios nos da una inmensa cantidad
de gracias, y de vez en cuando parece que tanto amor no ha servido de nada.
Seguimos en nuestro lago, con nuestras redes, buscando pececitos.

¿Cuantas veces nos hemos sentido identificados con San Pedro? le entregamos
nuestra vida a cristo, pero ¿cuantas veces le hemos fallado? en cuantas ocasiones
hemos sido nosotros quienes hemos retomado las riendas de nuestra vida que una
vez llevamos y nos equivocamos de camino.... le hemos dado la espalda a Dios,
cuando decimos ya no voy a seguir, para qué, mi vida sigue igual o peor.

Le hemos negado con nuestros actos, con nuestras palabras y ¿cuántas veces
hemos querido pasar desapercibidos para que nadie sepa que somos cristianos? y
no nos veamos en el compromiso de tener que hablar y enfrentarnos a un mundo
que camina contracorriente.

Cuantas promesas hechas a cristo, que no han sido cumplidas. Cuantas


decepciones en nuestra vida. Cuantas buenas intenciones, que solo quedaron en
eso, en intenciones, pero jamás se llevaron a cabo o que se empezaron, pero
fueron abandonadas a medio camino.
Cuántas veces hemos girado la cabeza para no involucrarnos en ayudar a alguien
que nos necesitaba, hemos sucumbido a la tentación y hemos negado a cristo,
permitiendo el pecado en nuestra vida.

Cuantas veces, lo mismo que San Pedro, hemos tenido que salir a llorar
amargamente por haberle fallado a Dios, y entonces, una voz interior, la voz del
Espíritu Santo nos hace volver a la realidad y hemos tenido que sufrir por no ser
capaces de permanecer sujetos al espíritu.

Demasiadas veces nos desviamos, desobedecemos, y entristecemos al espíritu que


vive en nosotros, la vida del cristiano, es una vida de lucha constante, Pues seguir
a cristo implica negación, lucha y tomar cada día la cruz. No es una vida fácil. Si
nuestra lucha es honesta, Él sabe que lo amamos con todo nuestro corazón, a
pesar de nuestras debilidades podemos decirle, SEÑOR, TU LO SABES TODO,
SABES QUE TE AMO.

En estas circunstancias de desesperanza de los discípulos, el Maestro está cerca.


Se acerca silencioso, sin llamar la atención, pero con una estrategia muy bien
pensada. No le gusta actuar con rayos y truenos, como lo haría un famoso en esta
tierra, sino que está presente en la suave brisa, como nos narra el profeta Isaías.

En esta ocasión, se cruza en el camino de los apóstoles con una inocente


pregunta: ¿Tenéis pescado? Nada más normal que preguntar a unos pescadores si
habían pescado algo. San Pedro y los suyos estaban desanimados: habían pasado
toda la noche pescando, y ellos, expertos pescadores, no habían conseguido nada
de nada. Responden con un seco “No“, y el desconocido actúa: “Echad las redes a
la derecha y hallaréis“. Así lo hacen y la respuesta es maravillosa: tal es la
cantidad de peces que no podían sacar la red. Esto nos da a entender que es sólo
Jesús es quien le da sentido a nuestra vida, sin Él no somos nada, no podemos
hacer nada, pero todo lo podemos en Cristo que nos fortalece.

Juan, el discípulo más joven y de corazón más limpio, reconoce rápido al


desconocido: “Es el Señor“. Y San Pedro, tan impulsivo como siempre, se tira al
agua para llegar lo antes posible junto a Él, pero no dice nada, traen la gran pesca
que han conseguido y junto al Maestro empiezan a desayunar porque Él los estaba
esperando en la orilla con un “desayuno” muy bien preparado. Les da el pan y el
pescado, les da de comer, los alimenta y no se atreven a preguntarle nada.
Simplemente disfrutan de su compañía, se alegran de estar nuevamente junto al
Señor.

En la segunda parte del relato del evangelio vemos como Jesús viene a fortalecer a
sus discípulos sobre todo a San Pedro. El Señor lo “encara” directamente y le
pregunta tres veces si realmente lo ama. : “¿Me amas?”. ¡Vaya pregunta! Pedro
titubea al responder: San Pedro ama sinceramente al Señor, desde lo más hondo
de su corazón, pero a la vez recuerda que le ha negado tres veces.

Es interesante esta triple pregunta dado que permitirá sanar en el corazón de San
Pedro la triple negación. San Pedro ha madurado, se ha arrepentido y se ha hecho
cargo de su pecado. Ahora el Señor le da la posibilidad de ratificar tres veces que
realmente lo ama. La respuesta positiva de San Pedro lleva a una reflexión clara
de Jesús que le vaticina cuál va a ser su suerte: San Pedro va a morir por Cristo y
honrando a Dios. En esta renovación de su propuesta, Jesús lo vuelve a invitar a
su seguimiento y a apacentar a sus ovejas.

¡Cuántas veces nos sucede lo mismo! Si alguien nos pregunta, si Amamos a Jesús,
no dudamos en contestar que SI, pero nuestro testimonio de vida dice lo contrario

Cuando tuvimos ese encuentro personal con Jesús, sentíamos arder nuestro
corazón de emoción y de gozo, al igual que al apóstol San Pedro en un momento
le dijo a Jesús, YO DARÉ MI VIDA POR TI, Y LO NEGÓ TRES VECES.

Con el paso del tiempo nos hemos ido apagando, como el enamorado que va
perdiendo su pasión por la persona amada. Tal vez la monotonía o rutina se han
convertido en algo constante, que ha roto la verdadera comunión con Dios, donde
todo era hermoso y el gozo prevalecía por encima de cualquier otro sentimiento.

Hermanos y hermanas si de verdad amamos al Señor, en nuestros grupos y


comunidades no debe haber divisionismo, Jesús nos ama tal y como somos y así
debemos amarnos los unos a los otros. Hermanos y hermanas si tenemos algún
resentimiento con alguien debemos buscar la reconciliación si de verdad amamos a
Jesús.

Gracias a Dios, él comprende nuestra naturaleza y no nos juzga solo por las veces
que le fallamos, porque él ya sabe qué le vamos a fallar. Nosotros no somos
precisamente un ejemplo de fidelidad. Estamos llenos de faltas, y fallamos una y
otra vez.

Pero esto no debe servirnos de excusa para abandonarnos al azar y caer en el


error de que siempre vamos a fallar, y aceptarlo como algo normal. Porque Dios
no espera eso de nosotros. Él quiere que busquemos su rostro, que tengamos
comunión con él. Él sabe que en lo más profundo de nuestro corazón le amamos,
por eso con confianza como el apóstol san Pedro digámosle “Señor, tú lo sabes
todo, tu sabes que te quiero”

Jesús no le recrimina a San Pedro sus negaciones, sino que le pregunta ahora sí,
“¿me amas?” esta pregunta va dirigida también a nosotros, Jesús nos pregunta
hoy ¿me amas? Es una pregunta que interpela, que no puede quedar sin
respuesta, no valen evasivas ni dudas.

Es una pregunta que nos debe hacer pensar en nosotros mismos, que nos puede
ayudar a repasar nuestra vida y observar aquellos momentos en que si hemos
querido a Jesús, cuando amamos a los demás. En el evangelio Jesús se les
aparece a sus discípulos cuando están pescando, es decir en el trabajo cotidiano,
Jesús Resucitado se nos aparece en los ambientes, en los lugares que
frecuentamos, en el pobre que encontramos en la calle, en aquel necesitado que
nos pide ayuda, lo encontramos en la Santa Eucaristía, son algunos de los lugares
en donde Jesús Resucitado sale a nuestro encuentro, en donde se no hace vivo.