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Ejemplos de cuentos góticos

Vampiro, cuento gótico de Emilia Pardo Bazán

Vampiros, fantasmas, espectros, magia negra… aparecen en esta cuidada recopilación de cuentos ilustrados de la mejor
novelista española del siglo XIX, Emilia Pardo Bazán. La editorial Uve Books publica Cuentos góticos, once relatos oscuros,
sorprendentes y bellos que exploran el mundo sobrenatural. El libro está ilustrado con imágenes del siglo XIX y principios del
siglo XX de Édouard de Beaumont, Charles Dana Gibson, Émile Bayard y William John Hennessy. Zenda adelanta de este
libro, segundo en la colección Tenebre, el cuento “Vampiro”.

No se hablaba en el país de otra cosa. ¡Y qué milagro! ¿Sucede todos los días que un setentón vaya al altar con una niña de
quince? Así, al pie de la letra: quince y dos meses acababa de cumplir Inesiña, la sobrina del cura de Gondelle, cuando su
propio tío, en la iglesia del santuario de Nuestra Señora del Plomo —distante tres leguas de Vilamorta—, bendijo su unión con
el señor don Fortunato Gayoso, de setenta y siete y medio, según rezaba su partida de bautismo.

La única exigencia de Inesiña había sido casarse en el santuario; era devota de aquella Virgen y usaba siempre el escapulario
del Plomo, de franela blanca y seda azul. Y como el novio no podía, ¡qué había de poder, malpocadiño!, subir por su pie la
escarpada cuesta que conduce al Plomo desde la carretera entre Cebre y Vilamorta, ni tampoco sostenerse a caballo, se
discurrió que dos fornidos mocetones de Gondelle, hechos a cargar el enorme cestón de uvas en las vendimias, llevasen a don
Fortunato a la silla de la reina hasta el templo. ¡Buen paso de risa!

Sin embargo, en los casinos, boticas y demás círculos, digá- moslo así, de Vilamorta y Cebre, como también en los atrios y
sacristías de las parroquiales, se hubo de convenir en que Gondelle cazaba muy largo, y en que a Inesiña le había caído el
premio mayor. ¿Quién era, vamos a ver, Inesiña? Una chiquilla fresca, llena de vida, de ojos brillantes, de carrillos como
rosas; pero qué demonio, ¡hay tantas así desde el Sil al Avieiro! En cambio, caudal como el de don Fortunato no se encuentra
otro en toda la provincia. Él sería bien ganado o mal ganado, porque esos que vuelven del otro mundo con tantísimos miles de
duros, sabe Dios qué historia ocultan entre las dos tapas de la maleta; solo que… ¡pchs!, ¿quién se mete a investigar el origen
de un fortunón? Los fortunones son como el buen tiempo: se disfrutan y no se preguntan sus causas.

Que el señor Gayoso se había traído un platal, constaba por referencias muy auténticas y fidedignas; solo en la sucursal del
Banco de Auriabella dejaba depositados, esperando ocasión de invertirlos, cerca de dos millones de reales (en Cebre y
Vilamorta se cuenta por reales aún). Cuantos pedazos de tierra se vendían en el país, sin regatear los compraba Gayoso; en la
misma plaza de la Constitución de Vilamorta había adquirido un grupo de tres casas, derribándolas y alzando sobre los solares
nuevo y suntuoso edificio.

—¿No le bastarían a ese viejo chocho siete pies de tierra? —preguntaban entre burlones e indignos los concurrentes al
casino.

Júzguese lo que añadirían al difundirse la extraña noticia de la boda y al saberse que don Fortunato no solo dotaba
espléndidamente a la sobrina del cura, sino que la instituía heredera universal. Los berridos de los parientes, más o menos
próximos, del ricachón, llegaron al cielo: hablose de tribunales, de locura senil, de encierro en el manicomio. Mas como don
Fortunato, aunque muy acabadito y hecho una pasa seca, conservaba íntegras sus facultades y discurría y gobernaba
perfectamente, fue preciso dejarle, encomendando su castigo a su propia locura.

Lo que no se evitó fue la cencerrada monstruo. Ante la casa nueva, decorada y amueblada sin reparar en gastos, donde se
habían recogido ya los esposos, juntáronse, armados de sartenes, cazos, trípodes, latas, cuernos y pitos, más de quinientos
bárbaros. Alborotaron cuanto quisieron sin que nadie les pusiese coto; en el edificio no se entreabrió una ventana, no se
filtró luz por las rendijas: cansados y desilusionados, los cencerreadores se retiraron a dormir ellos también. Aun cuando
estaban conchabados para cencerrar una semana entera, es lo cierto que la noche de boda ya dejaron en paz a los cónyuges y
en soledad la plaza.

Entre tanto, allá dentro de la hermosa mansión, abarrotada de ricos muebles y de cuanto pueden exigir la comodidad y el
regalo, la novia creía soñar; por poco, y a sus solas, capaz se sentía de bailar de gusto. El temor, más instintivo que razonado,
con que fue al altar de Nuestra Señora del Plomo se había disipado ante los dulces y paternales razonamientos del anciano
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marido, el cual solo pedía a la tierna esposa un poco de cariño y de calor, los incesantes cuidados que necesita la extrema
vejez.

Ahora se explicaba Inesiña los reiterados «No tengas miedo, boba»; los «Cásate tranquila», de su tío el abad de Gondelle.
Era un oficio piadoso, era un papel de enferme y de hija el que le tocaba desempeñar por algún tiempo…, acaso por muy poco.
La prueba de que seguiría siendo chiquilla eran las dos muñecas enormes, vestidas de sedas y encajes, que encontró en su
tocador, muy graves, con caras de tontas, sentadas en el confidente de raso. Allí no se concebía, ni en hipótesis, ni por
soñación, que pudiesen venir otras criaturas más que aquellas de fina porcelana.

¡Asistir al viejecito! Vaya: eso sí que lo haría de muy buen grado Inés. Día y noche —la noche sobre todo, porque era cuando
necesitaba a su lado, pegado a su cuerpo, un abrigo dulce— se comprometía a atenderlo, a no abandonarlo un minuto. ¡Pobre
señor! ¡Era tan simpático y tenía ya tan metido el pie derecho en la sepultura! El corazón de Inesiña se conmovió: no habiendo
conocido padre, se figuró que Dios le deparaba uno. Se portaría como hija, y aún más, porque las hijas no prestan cuidados
tan íntimos, no ofrecen su calor juvenil, los tibios efluvios de su cuerpo; y en eso justamente creía don Fortunato encontrar
algún remedio a la decrepitud. «Lo que tengo es frío —repetía—, mucho frío, querida; la nieve de tantos años cuajada ya en
las venas. Te he buscado como se busca el sol; me arrimo a ti como si me arrimase a la llama bienhechora en mitad del
invierno. Acércate, échame los brazos; si no, tiritaré y me quedaré helado inmediatamente. Por Dios, abrígame; no te pido
más.»

Lo que se callaba el viejo, lo que se mantenía secreto entre él y el especialista curandero inglés a quien ya como en último
recurso había consultado, era el convencimiento de que, puesta en contacto su ancianidad con la fresca primavera de Inesiña,
se verificaría un misterioso trueque. Si las energías vitales de la muchacha, la flor de su robustez, su intacta provisión de
fuerzas, debían reanimar a don Fortunato, la decrepitud y el agotamiento de este se comunicarían a aquella, transmitidos por
la mezcla y cambio de los alientos, recogiendo el anciano un aura viva, ardiente y pura y absorbiendo la doncella un vaho
sepulcral. Sabía Gayoso que Inesiña era la víctima, la oveja traída al matadero; y con el feroz egoísmo de los últimos años de
la existencia, en que todo se sacrifica al afán de prolongarla, aunque solo sea horas, no sentía ni rastro de compasión.

Agarrábase a Inés, absorbiendo su respiración sana, su hálito perfumado, delicioso, preso en la urna de cristal de los blancos
dientes; aquel era el postrer licor generoso, caro, que compraba y que bebía para sostenerse; y si creyese que haciendo una
incisión en el cuello de la niña y chupando la sangre en la misma vena se remozaba, sentíase capaz de realizarlo. ¿No había
pagado? Pues Inés era suya.

Grande fue el asombro de Vilamorta —mayor que el causado por la boda aún— cuando notaron que don Fortunato, a quien
tenían pronosticada a los ocho días la sepultura, daba indicios de mejorar, hasta de rejuvenecerse. Ya salía a pie un ratito,
apoyado primero en el brazo de su mujer, después en un bastón, a cada paso más derecho, con menos temblequeteo de
piernas. A los dos o tres meses de casado se permitió ir al casino, y al medio año, ¡oh maravilla!, jugó su partida de billar,
quitándose la levita, hecho un hombre. Diríase que le soplaban la piel, que le inyectaban jugos: sus mejillas perdían las hondas
arrugas, su cabeza se erguía, sus ojos no eran ya los muertos ojos que se sumen hacia el cráneo. Y el médico de Vilamorta, el
célebre Tropiezo, repetía con una especie de cómico terror:

—Mala rabia me coma si no tenemos aquí un centenario de esos de quienes hablan los periódicos.

El mismo Tropiezo hubo de asistir en su larga y lenta enfermedad a Inesiña, la cual murió —¡lástima de muchacha!— antes de
cumplir los veinte. Consunción, fiebre hética, algo que expresaba del modo más significativo la ruina de un organismo que
había regalado a otro su capital.

Buen entierro y buen mausoleo no le faltaron a la sobrina del cura; pero don Fortunato busca novia. De esta vez, o se marcha
del pueblo, o la cencerrada termina en quemarle la casa y sacarlo arrastrando para matarlo de una paliza tremenda. ¡Estas
cosas no se toleran dos veces! Y don Fortunato sonríe, mascando con los dientes postizos el rabo de un puro.
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Ejemplo de cuento breve de Edgar A. POE Cuentos góticos

Silencio
[Cuento - Texto completo.]
Edgar Allan Poe

ΕÞδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες


Πρώονες τε καˆ χαράδραι
Las crestas montañosas duermen; los valles, los riscos
y las grutas están en silencio.
(Alcmán [60(10),646])

Escúchame -dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza-. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas
del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio.
Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre
bajo el ojo purpúreo del sol, con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del
legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y tienden
hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se
levanta de ellos, como el correr del agua subterránea. Y suspiran entre sí.
Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí, como las olas en las Hébridas, la
maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado
a otro con un potente resonar. Y de sus altas copas se filtran, gota a gota, rocíos eternos. Y en sus raíces se retuercen, en un
inquieto sueño, extrañas flores venenosas. Y en lo alto, con un agudo sonido susurrante, las nubes grises corren por siempre
hacia el oeste, hasta rodar en cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las
orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio.
Era de noche y llovía, y al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. Y yo estaba en la marisma entre los altos
nenúfares, y la lluvia caía en mi cabeza, y los nenúfares suspiraban entre sí en la solemnidad de su desolación.
Y de improviso levantóse la luna a través de la fina niebla espectral y su color era carmesí. Y mis ojos se posaron en una
enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río, iluminada por la luz de la luna. Y la roca era gris, y espectral, y alta; y la roca
era gris. En su faz había caracteres grabados en la piedra, y yo anduve por la marisma de nenúfares hasta acercarme a la
orilla, para leer los caracteres en la piedra. Pero no pude descifrarlos. Y me volvía a la marisma cuando la luna brilló con un
rojo más intenso, y al volverme y mirar otra vez hacia la roca y los caracteres vi que los caracteres decían DESOLACIÓN.
Y miré hacia arriba y en lo alto de la roca había un hombre, y me oculté entre los nenúfares para observar lo que hacía aquel
hombre. Y el hombre era alto y majestuoso y estaba cubierto desde los hombros a los pies con la toga de la antigua Roma. Y
su silueta era indistinta, pero sus facciones eran las facciones de una deidad, porque el palio de la noche, y la luna, y la niebla,
y el rocío, habían dejado al descubierto las facciones de su cara. Y su frente era alta y pensativa, y sus ojos brillaban de
preocupación; y en las escasas arrugas de sus mejillas leí las fábulas de la tristeza, del cansancio, del disgusto de la
humanidad, y el anhelo de estar solo.
Y el hombre se sentó en la roca, apoyó la cabeza en la mano y contempló la desolación. Miró los inquietos matorrales, y los
altos árboles primitivos, y más arriba el susurrante cielo, y la luna carmesí. Y yo me mantuve al abrigo de los nenúfares,
observando las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad, pero la noche transcurría, y él continuaba
sentado en la roca.
Y el hombre distrajo su atención del cielo y miró hacia el melancólico río Zaire y las amarillas, siniestras aguas y las pálidas
legiones de nenúfares. Y el hombre escuchó los suspiros de los nenúfares y el murmullo que nacía de ellos. Y yo me mantenía
oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba
sentado en la roca.
Entonces me sumí en las profundidades de la marisma, vadeando a través de la soledad de los nenúfares, y llamé a los
hipopótamos que moran entre los pantanos en las profundidades de la marisma. Y los hipopótamos oyeron mi llamada y
vinieron con los behemot al pie de la roca y rugieron sonora y terriblemente bajo la luna. Y yo me mantenía oculto y
observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado
en la roca.
Entonces maldije los elementos con la maldición del tumulto, y una espantosa tempestad se congregó en el cielo, donde antes
no había viento. Y el cielo se tornó lívido con la violencia de la tempestad, y la lluvia azotó la cabeza del hombre, y las aguas
del río se desbordaron, y el río atormentado se cubría de espuma, y los nenúfares alzaban clamores, y la floresta se
desmoronaba ante el viento, y rodaba el trueno, y caía el rayo, y la roca vacilaba en sus cimientos. Y yo me mantenía oculto y
observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado.
Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el
trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno
murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los
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árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor
sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres
decían: SILENCIO.
Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en
la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los
caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto
que cesé de verlo.
Pues bien, hay muy hermosos relatos en los libros de los Magos, en los melancólicos libros de los Magos, encuadernados en
hierro. Allí, digo, hay admirables historias del cielo y de la tierra, y del potente mar, y de los Genios que gobiernan el mar, y
la tierra, y el majestuoso cielo. También había mucho saber en las palabras que pronunciaban las Sibilas, y santas, santas
cosas fueron oídas antaño por las sombrías hojas que temblaban en torno a Dodona. Pero, tan cierto como que Alá vive, digo
que la fábula que me contó el Demonio, que se sentaba a mi lado a la sombra de la tumba, es la más asombrosa de todas. Y
cuando el Demonio concluyó su historia, se dejó caer, en la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reírme con él, y me maldijo
porque no reía. Y el lince que eternamente mora en la tumba salió de ella y se tendió a los pies del Demonio, y lo miró
fijamente a la cara.
Sombra
[Cuento - Texto completo.]
Edgar Allan Poe

Sí, aunque marcho por el valle de la Sombra.


(Salmo de David, XXIII)
Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las
sombras. Pues en verdad ocurrirán muchas cosas, y se sabrán cosas secretas, y pasarán muchos siglos antes de que los
hombres vean este escrito. Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no crean en él, y otros dudarán, mas unos pocos habrá que
encuentren razones para meditar frente a los caracteres aquí grabados con un estilo de hierro.
El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay nombre sobre la
tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes, sobre el mar y la tierra, se cernían las
negras alas de la peste. Para aquellos versados en la ciencia de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para mí,
el griego Oinos, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternación de aquel año 794, en el cual, a la entrada de
Aries, el planeta Júpiter queda en conjunción con el anillo rojo del terrible Saturno. Si mucho no me equivoco, el especial
espíritu del cielo no sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas, en la imaginación y en las
meditaciones de la humanidad.
En una sombría ciudad llamada Ptolemáis, en un noble palacio, nos hallábamos una noche siete de nosotros frente a los
frascos del rojo vino de Chíos. Y no había otra entrada a nuestra cámara que una alta puerta de bronce; y aquella puerta
había sido fundida por el artesano Corinnos, y, por ser de raro mérito, se la aseguraba desde dentro. En el sombrío aposento,
negras colgaduras alejaban de nuestra vista la luna, las cárdenas estrellas y las desiertas calles; pero el presagio y el
recuerdo del Mal no podían ser excluidos. Estábamos rodeados por cosas que no logro explicar distintamente; cosas
materiales y espirituales, la pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad; y por, sobre todo, ese
terrible estado de la existencia que alcanzan los seres nerviosos cuando los sentidos están agudamente vivos y despiertos,
mientras las facultades yacen amodorradas. Un peso muerto nos agobiaba. Caía sobre los cuerpos, los muebles, los vasos en
que bebíamos; todo lo que nos rodeaba cedía a la depresión y se hundía; todo menos las llamas de las siete lámparas de hierro
que iluminaban nuestra orgía. Alzándose en altas y esbeltas líneas de luz, continuaban ardiendo, pálidas e inmóviles; y en el
espejo que su brillo engendraba en la redonda mesa de ébano a la cual nos sentábamos, cada uno veía la palidez de su propio
rostro y el inquieto resplandor en las abatidas miradas de sus compañeros. Y, sin embargo, reíamos y nos alegrábamos a
nuestro modo -lleno de histeria-, y cantábamos las canciones de Anacreonte -llenas de locura-, y bebíamos copiosamente,
aunque el purpúreo vino nos recordaba la sangre. Porque en aquella cámara había otro de nosotros en la persona del joven
Zoilo. Muerto y amortajado yacía tendido cuan largo era, genio y demonio de la escena. ¡Ay, no participaba de nuestro
regocijo! Pero su rostro, convulsionado por la plaga, y sus ojos, donde la muerte sólo había apagado a medias el fuego de la
pestilencia, parecían interesarse en nuestra alegría, como quizá los muertos se interesan en la alegría de los que van a morir.
Mas aunque yo, Oinos, sentía que los ojos del muerto estaban fijos en mí, me obligaba a no percibir la amargura de su
expresión, y mientras contemplaba fijamente las profundidades del espejo de ébano, cantaba en voz alta y sonora las
canciones del hijo de Teos.
Poco a poco, sin embargo, mis canciones fueron callando y sus ecos, perdiéndose entre las tenebrosas colgaduras de la
cámara, se debilitaron hasta volverse inaudibles y se apagaron del todo. Y he aquí que de aquellas tenebrosas colgaduras,
donde se perdían los sonidos de la canción, se desprendió una profunda e indefinida sombra, una sombra como la que la luna,
cuando está baja, podría extraer del cuerpo de un hombre; pero ésta no era la sombra de un hombre o de un dios, ni de
ninguna cosa familiar. Y, después de temblar un instante, entre las colgaduras del aposento, quedó, por fin, a plena vista
sobre la superficie de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era la sombra de un hombre o
de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y la sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo
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el arco del entablamento de la puerta, y sin moverse, sin decir una palabra, permaneció inmóvil. Y la puerta donde estaba la
sombra, si recuerdo bien, se alzaba frente a los pies del joven Zoilo amortajado. Mas nosotros, los siete allí congregados, al
ver cómo la sombra avanzaba desde las colgaduras, no nos atrevimos a contemplarla de lleno, sino que bajamos los ojos y
miramos fijamente las profundidades del espejo de ébano. Y al final yo, Oinos, hablando en voz muy baja, pregunté a la
sombra cuál era su morada y su nombre. Y la sombra contestó: «Yo soy SOMBRA, y mi morada está al lado de las catacumbas
de Ptolemáis, y cerca de las oscuras planicies de Clíseo, que bordean el impuro canal de Caronte.»
Y entonces los siete nos levantamos llenos de horror y permanecimos de pie temblando, estremecidos, pálidos; porque el tono
de la voz de la sombra no era el tono de un solo ser, sino el de una multitud de seres, y, variando en sus cadencias de una
sílaba a otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos con los acentos familiares y harto recordados de mil y mil amigos
muertos.
FIN

Cómo crear un cuento gótica


1.-Escoge el tiempo en el que la historia se desarrollará. Decide si tu historia sucederá en el pasado o el presente. Muchas historias de
ficción gótica suceden en un siglo pasado o en una época más antigua.

Una historia del pasado puede hacer que los eventos super naturales y los personajes extraños parezcan más genuinos ante los

lectores.

De igual forma, puedes escribir en el presente, pero incluir muchos elementos que hagan recordar a un tiempo pasado. El novelista

Bram Stoker incluye la tecnología moderna y las cosas antiguas en Drácula. Él describe a las máquinas de escribir y los trenes, pero también

incluye a los vampiros y un castillo antiguo. [1]


2.-Escoge un ambiente. Escoger uno es importante porque crea una atmósfera aterradora para los personajes. Los edificios que se
desmoronan, las casas embrujadas y los castillos antiguos son ambientes buenos para una ficción gótica. El ambiente debe ser un lugar que
alguna vez fue próspero, pero que después cayó en decadencia. [2]

El Hotel Overlook de la novela El resplandor de Stephen King es un buen ejemplo de este tipo de lugar. Este hotel fue una vez un

lugar vacacional reluciente y lleno de vida al que iban muchas personas, pero en esta oportunidad solo Jack y su familia lo ocupan. [3]
3.-Crea los personajes. Ellos son tan importantes como el ambiente, así que pasa mucho tiempo desarrollándolos. Las ficciones góticas
suelen presentar ciertos tipos de personajes que pueden ayudarte a desarrollar los tuyos.

Héroe o antihéroe. Debe haber al menos un personaje en tu ficción gótica que sea del agrado de los lectores, incluso si tiene

tendencias oscuras. Víctor Frankenstein de Mary Shelley es un buen ejemplo de un héroe que es bueno, a pesar de que crea un monstruo. [4]

Villano. Este personaje suele representar el rol de un seductor que lleva al héroe al camino oscuro. Un buen villano debe ser maligno

y divertido de leer. El personaje Drácula en Drácula de Bram Stoker es un buen ejemplo de un villano interesante pero maligno. Hace cosas

terribles (como asesinar personas) y se muestra como una representación perfecta de la corrupción extranjera que amenazaba a la sociedad

británica en aquel entonces. Debido a que el miedo de invasión era común en ese tiempo, Drácula se publicó y fue una novela gótica muy

popular.[5]

Mujer de blanco. Muchas novelas de ficción gótica presentan un personaje de novia condenada que nunca obtiene un final feliz.

Elizabeth en Frankenstein de Mary Shelley es un buen ejemplo de una mujer de blanco. [6]

Mujer de negro. Otras ficciones góticas incluyen a un personaje de mujer de negro, como una viuda. Miss Jessel en Otra vuelta de

tuerca de Henry James es un ejemplo de una mujer de negro. [7]


4.-Desarrolla un argumento. Cuando hayas fijado el ambiente y los personajes para la historia de ficción gótica, tendrás que descifrar lo
que les pasará a estos personajes. Al igual que el ambiente, el argumento debe demostrar un declive en el mundo, las relaciones o la cordura
del héroe. Normalmente, las ficciones góticas concluyen cuando el héroe se redime con la ayuda de un ser querido. [8]

 Por ejemplo, Mina en Drácula de Bram Stoker se redime con la ayuda de sus amistades.

 PARTE 2

Hacer que tu ficción gótica sea única


1.-Incluye un elemento supernatural. Con frecuencia, la ficción gótica presenta algo o alguien supernatural. Haz que uno de tus personajes
sea un fantasma, un vampiro o un hombre lobo, u otra criatura supernatural. De igual forma, podrías utilizar el ambiente para crear una
atmósfera escalofriante que sugiera que hay algo paranormal en progreso. Un castillo o una casa escalofriante pueden añadir un elemento
supernatural a la historia.
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2.-Incluye niños en la historia. Con frecuencia, suelen aparecer en la ficción gótica y normalmente están en peligro o bajo el cuidado de
tutores poco capaces. El hecho de que haya niños en la historia y que estén bajo un tipo de peligro enriquecerá a la historia con una mayor
tensión.[10]

Por ejemplo, el joven William Frankenstein divaga y el monstruo de Frankenstein lo mata. [11]
3.-Incluye una profecía o una maldición. Añádele intriga a la historia al incluir una profecía que guarde relación con el personaje o el
ambiente (la casa, el castillo, etc.). Normalmente, las profecías en la ficción gótica son incompletas y confusas. Una buena profecía debe
causar que los lectores se intriguen y quieran saber más. [12] Algunas veces, las historias de ficción gótica muestran una maldición o un secreto
familiar que agobia a la familia. De igual forma, una maldición puede dirigir las acciones del héroe e incluso explicar algunos de sus
comportamientos.[13]

Por ejemplo, una profecía agobia a la familia en El castillo de Otranto de Horace Walpole. Esta indica que el castillo no pasará a la

descendencia de Manfred, lo que parece volverse realidad cuando su hijo muere. [14]
4.-Incluye una damisela en peligro. Con frecuencia, las historias de ficción gótica incluyen a una mujer joven que está en peligro. Esta
mujer joven puede ser el personaje central o el interés amoroso del personaje central. Puedes utilizar a este personaje como una manera
para influenciar en las emociones de los lectores, como sentir pena, tristeza y miedo. Describe las reacciones de la damisela ante su
situación al contarles a los lectores cómo se siente, cómo actúa y qué dice. [15]

Matilda está enamorada de un hombre, pero otro hombre la desea, lo que la pone en peligro durante la historia. [16]
5.-Considera utilizar un material encontrado o un dispositivo estructurante verdadero. Muchas novelas góticas proponen la historia
contada como verdadera o encontrada en un diario. Esta manera de estructurar la historia añade misterio, ya que invita al lector a que
imagine los eventos de la historia ocurrida. [17]

 Por ejemplo, Mary Shelley y Bram Stoker utilizan un material encontrado para estructurar sus historia. Ellos las presentan por

medio de las cartas y los escritos del diario del personaje.


Escribir tu historia de ficción gótica

1.-Presenta la historia. Al principio de la historia, ocúpate de describir el ambiente y los personajes que están presentes al principio de la
historia. Asegúrate de no revelar mucha información al principio. Deja algunas cosas para describirlas luego, como el villano y otros
elementos misteriosos de la historia. Puedes sugerirlas al principio de la historia, pero no cedas ante las ganas de compartir demasiada
información tan pronto.[18]
2.-Mantén un aire de penumbra y horror durante la historia. Puedes asegurarte de que la historia tenga un alto nivel de sobresalto al
incorporar muchos detalles inquietantes. Describe la luna, el viento aullador o un corredor oscuro para mantener el aire de tenebrosidad y
horror durante la historia. De igual forma, puedes describir la manera en que tus personajes se sienten o actúan, además de sus expresiones
faciales.[19]
3.-Mantén el suspenso y el misterio durante la historia. Tienta a los lectores con tan solo ofrecerles un vislumbre rápido del villano o del
fantasma. Alude la maldición familiar, pero resístete a explicarla hasta en otro momento en la historia. [20]
4.-Incorpora descripciones de emociones intensificadas durante la historia.Describe emociones exageradas, como aullidos, risas
estridentes, desmayos y sollozos. Estos momentos de histeria atraerán a los lectores a la historia y serán útiles para mantenerlos
entretenidos.

5.-Incorpora temas de locura. Describe cosas escalofriantes desde la perspectiva de un personaje que ha enloquecido. Este aborde
intrigará a los lectores y hará que cuestionen lo que sucede. [22]

Por ejemplo, Roderick cae en la locura en La caída de la Casa Usher de Edgar Allen Poe. Su declive intensifica la historia y hace que

sea más espeluznante.[23]


6.-Mata a algunos de los personajes. Por más que ames a tus personajes, los buenos cuentos de ficción gótica suelen presentar la muerte
de uno o más personajes principales. Las muertes de los personajes no tienen que ser muy sangrientas (aunque pueden serlo), pero deben ser
aterradoras. Utiliza muchos detalles para describir el escenario y la acción en las escenas de muerte. [24]

Por ejemplo, un yelmo enorme aplasta a Conrad en El castillo de Otranto de Horace Walpole. Conrad estaba en camino a casarse. [25]
7.-Concluye con un giro. Con frecuencia, las historias buenas de ficción gótica terminan con un giro que causa que los lectores se pregunten
por los eventos y los personajes de la historia. La reaparición de alguien que ha muerto es una manera de incluir un giro, pero también puedes
experimentar con otros tipos de giros. [26]

Edgar Allen Poe incluye giros al final de sus historias que conducen a los lectores a cuestionar la irrevocabilidad de la muerte. Poe

incluye uno de estos giros en La caída de la Casa Usher cuando Madeline aparece en la puerta y cae encima de Roderick, quien creía que ella

estaba muerta.[27]

ACTIVIDAD

Lee cada cuento y determina las características de la literatura gótica está presente