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1. Las virtudes cardinales.

La excelencia al alcance de todos. La semana anterior estudiamos cuáles son los componentes
de la personalidad y cómo se cultiva un buen carácter. Ya dijimos que el verdadero desafío de
la personalidad no está en el temperamento (involuntario e innato), sino en la formación de
nuestro carácter (voluntario y libre) mediante la práctica de las virtudes. La felicidad o plenitud
se logra ejerciendo bien la libertad, es decir, practicando las virtudes. Hay diferentes tipos de
virtudes, un grupo son las cardinales y otras son las teologales. En esta ocasión nos detendremos
en el estudio de las cardinales, pues son propias de este curso. Las virtudes cardinales son
naturales, esto significa que tenemos las capacidades (inteligencia, voluntad y libertad) para
adquirirlas, sin embargo, para hacerlas “realidad” se requiere practicarlas.

Volvamos a las virtudes cardinales o fundamentales. Se llaman cardinales porque son el quicio
(cardo, en latín) sobre el cual gira toda la vida moral del hombre, cumplen la misma función de
un gozne o bisagra de una puerta en la cual ésta se apoya. Se les llama también fundamentales,
pues en ellas se realizan perfectamente los cuatro modos generales del actuar humano: la
determinación práctica del bien (prudencia); su realización en la sociedad (justicia); la firmeza
para defenderlo o conquistarlo (fortaleza); y la moderación para no confundirlo con el placer
(templanza) .

Las virtudes cardinales o fundamentales son entonces: la prudencia, la fortaleza, la templanza y


la justicia. Las tres primeras son virtudes individuales, pero que de todos modos repercuten en
las demás personas. En tanto, la virtud de la justicia es una virtud eminentemente social, ya que
se relaciona directamente con los demás. No hay que olvidar que las virtudes son hábitos, en
ese sentido, no basta con hacer una acción aislada o esporádica, sino que requiere una práctica
constante y que, en todos los casos, son acciones conforme a la recta razón. La recta razón es el
dictamen obtenido cuando la razón procede de modo correcto, sin error de razonamiento.
Comencemos el estudio de las virtudes. En esta semana veremos la prudencia y la fortaleza.

2. Hacer bien lo que se ha de hacer. La prudencia.

Bien sabemos que no basta con tener la intención de querer obrar bien, sino que hay que saber
y aprender a hacerlo. Probablemente más de alguna vez habrás estado en problemas por no
haber pensado antes de actuar o por haber elegido un camino equivocado para realizar una
acción. Ya estarás recordando alguna acción de la que seguramente estás arrepentido y que
ciertamente no la volverías a hacer. Supongamos que estás ante una situación en que se está
faltando a la verdad y te corresponde aclarar las cosas. Ciertamente, no bastará con que digas
la verdad, sino que te convendrá evaluar muy bien cómo decirla, en qué momento y
circunstancia: el no y el sí son breves de decir, pero a veces se debe pensar mucho para saber
cómo decirlos. En otras palabras, para poder decidir bien, se hace fundamental ser una persona
prudente, vale decir, que tenga en cuenta la situación concreta y todas las circunstancias5 y sea
capaz de deliberar rectamente sobre lo que es bueno. Es una virtud que se requiere no solo para
situaciones particulares, sino para toda la vida en genera. La virtud de la prudencia es la que
facilita una reflexión adecuada antes de enjuiciar cada situación y, en consecuencia, tomar una
decisión acertada de acuerdo con criterios que entrega la recta razón ¿Qué significa deliberar?
Consiste en analizar las distintas alternativas antes de decidir; y luego la inteligencia práctica
ilumina la voluntad para elegir el mejor camino. En efecto, la prudencia es un modo de ser
racional y práctico, respecto de lo que es malo y bueno. Nos ayuda a establecer un “puente”
adecuado entre lo teórico y lo práctico. Es decir, es una virtud especial, pues pertenece a la
inteligencia y a la voluntad. La prudencia se denomina como inteligencia práctica. Si la
inteligencia tiene como finalidad desvelar la verdad de las cosas, que sea práctica implica que
esa verdad ahora se realiza en la acción misma del ser humano. La prudencia te hace capaz de
repensar acciones realizadas en el pasado con el fin de sacar provecho de las situaciones vividas;
también te ayudará a analizar el presente; y además proyectar el futuro anticipándote a ciertos
hechos que puedan ocurrir si es que tomas una u otra decisión. La prudencia se dice que
perfecciona el acto del entendimiento práctico. Esto quiere decir que te hace saber cómo
actuar: aquí, ahora, en lo concreto. En este sentido, el sabio no es el que tiene más información
o sabe mucho sobre el mundo o la historia, sino el que sabe hacer bien el bien. La persona
prudente es la persona que ha adquirido habitualmente la capacidad de discernir los modos y
medios adecuados para realizar un acto, conforme a la verdad. Ya te estarás dando cuenta, con
todo lo que hemos dicho, de que la prudencia tiene un papel primordial en nuestras vidas y no
por nada ha llegado a ser denominada como la “madre” de todas las virtudes. Si la prudencia
nos permite saber cómo hacer el bien, eso significa que nos ayudará a saber cómo ser fuertes,
templados y justos. Las tres [virtudes] son mediante la prudencia. Así, la virtud de la prudencia
nos permite “hacer vida” las demás virtudes.

3. El dominio de sí mismo. La templanza.

Tal como lo estudiamos en Antropología, el hombre es una unidad de cuerpo y de espíritu. En


este sentido, el hombre, por su naturaleza, piensa y siente; razona y busca lo que desea. No
existen personas que no estimen los placeres, porque tal insensibilidad no es humana.
Ciertamente sentir placer por algunas cosas no es en sí mismo malo. Pero tampoco podríamos
decir que es bueno en sí mismo, pues vemos con frecuencia cómo la búsqueda desenfrenada
del placer lleva a las personas a una verdadera esclavitud. La vida buena es la vida virtuosa.
Controlar u ordenar los placeres no significa dejar de sentirlos, sino que deben ser mediados
por la razón, de tal manera de hacer las cosas con placer y no por placer. Ya que, lo propiamente
humano es buscar la verdad y conducir nuestra vida por medio de la razón para lograr una vida
buena: “sería absurdo no elegir la vida de uno mismo”. El hedonismo (del griego hedoné que
signifca placer) es precisamente lo contrario: hacer todo por el placer, es decir, “la buena vida y
la poca vergüenza”, dice el dicho popular. En algunos casos tenemos que luchar por un bien que
no es placentero, por ejemplo, el esfuerzo en los estudios o en el trabajo; pero también es
verdad que hay placeres que no necesariamente se identifican con el bien, por ejemplo la
pornografía. Luego, el placer no es el fin del ser humano, incluso siendo natural sentir el gusto
por algunas cosas. Con todo lo anteriormente señalado, podemos decir entonces, que la
templanza es un hábito que permite moderar y ordenar los placeres por medio de acciones
repetidas en el tiempo. De esta manera vamos conduciendo nuestra vida a una vida buena.
Educar el placer es propiamente humano. Tal como lo estudiamos en Antropología, educar los
sentimientos no es reprimirlos, sino dirigirlos ordenadamente, por medio de la razón hacia
objetos adecuados14. Ser virtuosos implica educar las pasiones y los placeres mediante acciones
repetidas en el tiempo (hábitos). Si comparamos, por ejemplo, a una persona que vive sólo para
los placeres de la comida o de las bebidas alcohólicas con una persona que ha adquirido la
templanza, ciertamente la primera se convierte en un esclavo de sus propios deseos, mientras
que la segunda es libre. El autoconocimiento es el primer paso para practicar la virtud de la
templanza, y el dominio de uno mismo es fruto del esfuerzo de una persona templada. Hemos
visto, entonces, la necesidad de integrar inteligentemente esos dos elementos que conforman
nuestra naturaleza humana: el placer y la razón. Todos sabemos qué cosas son las que nos
producen más placer, por tanto, en éstas conviene poner más atención, pues podría ser que el
placer nos termine conduciendo nuestra voluntad si es que no practicamos la virtud de la
templanza, por ejemplo, en el uso desmedido del celular o de alguna bebida alcohólica. Cabe
destacar que, una vida virtuosa no está acompañada solo de disgustos y sufrimientos. A medida
en que se van adquiriendo las virtudes, la acción se acompaña paulatinamente de más placer;
es el placer profundo y estable que otorga el trabajo serio y esforzado, el ponerse metas e ir
lográndolas, en definitiva, el placer de tener una vida lograda y plena. Cuando se adquiere la
virtud la acción es fácil, rápida y agradable. Por ejemplo, cuando uno tiene que reconocer un
error por primera vez (honestidad), puede ser difícil, vergonzoso, etc. La persona honesta, es la
que dice la verdad casi espontáneamente, no tiene que deliberar tanto, se siente bien diciendo
la verdad y tiene cargo de conciencia al mentir. Señalamos que la virtud más importante es
precisamente la prudencia; en efecto, no puede haber templanza si no hay prudencia, pues ésta
nos permite saber cómo ser templados en una situación particular. No basta con saber qué es
la templanza, sino que es necesario saber cómo serlo en “esta” circunstancia particular: ello es
lo que posibilita la virtud de la prudencia. En suma, la virtud de la templanza unida a la prudencia
nos permite hacer las cosas con placer y no por placer; conducir u controlar nuestros impulsos
y dirigirlos al bien. Resumamos lo visto en esta clase. Vemos la importancia de las virtudes
cardinales, pues nos permiten ir formando nuestro modo de ser para lograr la felicidad. La
prudencia nos permite establecer un puente entre lo teórico y lo práctico, nos permite
establecer los medios para practicar las demás virtudes. La templanza nos permite ir moderando
y controlando el placer, así también diferenciar el bien del placer. Además, la prudencia es
considerada la “madre” de todas las virtudes, la que nos permite saber cómo vivirlas en el
momento que corresponde, incluyendo la de la templanza.

4. Resistir a la dificultad. La fortaleza.

La semana pasada vimos la importancia de las virtudes cardinales. Éstas nos permiten ir
formando nuestro modo de ser para lograr la felicidad. La prudencia es la virtud que nos permite
establecer un puente entre lo teórico y lo práctico, nos permite establecer los medios para
practicar las demás virtudes. La templanza es la capacidad y el modo de ser habitual que nos
permite moderar y controlar los placeres. Nos permite distinguir entre lo que es placentero y lo
que es bueno realmente. Esta semana seguiremos con el estudio de las virtudes. En nuestra vida
tendremos dificultades ¡qué duda cabe! Ya sea en nuestros estudios, en nuestro trabajo o en la
familia. Las influencias perjudiciales, el desánimo, las injusticias, las enfermedades pueden
afectarnos hasta el punto de desviarnos de nuestro fin natural: la felicidad. Para enfrentar estas
situaciones hace falta la virtud de la fortaleza: conjunto de disposiciones estables y permanentes
en el tiempo que permiten resistir y superar las dificultades. Recordemos que una acción será
más fácil de hacer si es que se ha convertido 2 en hábito. La virtud de la fortaleza nos permite
la práctica del bien; resistir a las tentaciones de realizar acciones malas y controlar el apetito
irascible. Por ejemplo, ante la posibilidad de ser coimeados por una persona que necesita la
revisión técnica de su automóvil, la virtud de la fortaleza nos permite estar firmes ante la
tentación de ceder por dinero. Haber llegado a la enseñanza superior, sin duda, es un gran paso,
pero eso no significa que esté exento de dificultades. En este sentido, si suponemos que una de
esas dificultades es la complejidad de los estudios, habrá que tener la fortaleza para, en un
primer momento resistir al desánimo. Pero, además, en un segundo momento, habrá que
superar esa dificultad, por ejemplo, adquiriendo hábitos de estudio. La voluntad es una de las
facultades del ser humano y una de sus finalidades es querer el bien y amar. Por lo mismo, y sin
perjuicio de lo señalado anteriormente sobre esta virtud, podemos mirarla también desde otra
perspectiva: la fortaleza es el amor que soporta todo fácilmente por aquello que ama. En este
sentido, el fin de la fortaleza no es solo superar o resistir los problemas, sino que seguir amando
lo que hacemos pese a los obstáculos y las dificultades. La fortaleza nos permite lograr objetivos
y metas con valentía. Si la esencia de la virtud de la fortaleza consiste en aceptar el riesgo de ser
herido en el combate por la realización del bien, se está dando por supuesto que el que es fuerte
o valiente sabe qué es el bien y que él es el valiente por su expresa voluntad del bien. Lo que
constituye la esencia de la fortaleza no es el exponerse de cualquier forma a cualquier riesgo,
sino solo una entrega de sí mismo que es conforme a la razón. En efecto, la virtud de la fortaleza
no tiene nada que ver con una actitud impulsiva y ciega. Para que aquello no ocurra es necesario
ser prudente. En suma, solo el prudente puede ser valiente, pues sabe afrontar libremente los
riesgos, después de haber pensado mucho lo que hay que hacer […].

5. A cada cual lo que le corresponde. La justicia.

Supongamos que estás en busca de tu primer trabajo. Con esfuerzo, tus padres te han dado la
educación y están orgullosos de tener, quizás, al primer profesional de la familia. Después de
haber pasado todas las etapas del proceso de selección te encuentras junto a otro postulante
en la etapa final, pero por el solo hecho de vivir en una población de bajos recursos y
estigmatizada por la delincuencia, los dueños de la empresa deciden seleccionar a tu
competidor. Ciertamente, estamos ante una situación de injusticia. La justicia es una virtud
social, eso quiere decir que siempre afecta a los demás, en otras palabras, está referida a las
diferentes relaciones que establece la persona en su diario vivir. En rigor, nadie puede hacer
justicia con uno mismo. Por lo mismo, el objeto de la virtud de la justicia son las demás personas,
pues somos seres sociales por naturaleza. La convivencia humana se ordena mediante actos
externos, es por eso que la justicia es parte esencial de las relaciones humanas y con todo lo
que rodea al ser humano, también con las leyes. Es muy probable que en alguna ocasión
hayamos calificado un hecho como justo o injusto, por ejemplo, si recibimos una mala atención
en un hospital o nos hacen trampa en un negocio, con toda razón podemos decir que ahí hay
una falta de justicia, pues no nos han dado lo que nos correspondía. Por otro lado, decimos justo
que un niño reciba cariño, cuidados y una buena educación por parte de sus padres. La justicia
hace que respetemos mutuamente nuestros derechos fundamentales, y tiene dos aspectos: el
exigir los propios derechos y el deber de respetar y procurar los ajenos. Lo vemos en el diario
vivir, por ejemplo, exigimos que se nos pague un sueldo justo, de acuerdo a nuestro aporte a la
empresa, a nuestra preparación y situación personal, pero, por otro lado, tenemos el deber de
cumplir con el contrato de trabajo, lo que implica cumplir el horario, ser leal con la empresa y
trabajar con seriedad. En este sentido, podemos decir que la virtud de la justicia nos permite
derribar los obstáculos para cultivar una sociedad en paz. Ya que hemos hecho una introducción,
nos encontramos en condiciones de enunciar la definición de esta virtud. La justicia es el hábito
según el cual se da a cada uno lo que le corresponde. La definición se ve muy sencilla, pero ¿será
fácil su aplicación? Ciertamente no. Para ser justos es necesario conocer cada situación con
objetividad, implica la verdad. Hay diferentes tipos de justicia y todas comparten el mismo
principio: dar a cada uno lo suyo. La justicia conmutativa consiste en dar a cada uno lo que le
corresponde entre las personas. Por ejemplo, un acto justo entre personas sería atender de
manera adecuada a un enfermo o cobrar lo que corresponde a la hora de prestar un servicio. La
justicia distributiva es dar, por parte de la sociedad, lo que le corresponde a cada persona. Por
ejemplo, la distribución proporcional de los bienes o un bono para ayudar a familias de escasos
recursos. Mientras que la justicia legal es dar lo que corresponde por parte de las personas a la
sociedad, por ejemplo, cumplir con las leyes básicas de convivencia. Una mirada reducida de la
virtud de la justicia conlleva peligros. Hay que dejar claro que la justicia no se puede reducir a
una cuestión meramente material o al simple cumplimiento de la ley, pues ante todo es un
principio moral. Reducir la justicia al cumplimiento de la ley es lo que se llama ética legalista,
este modelo ético tiene complejidades, pues algunas veces las leyes son injustas. Por ejemplo,
en algún momento de la historia la esclavitud fue legal, pero objetivamente era una injusticia.
De la misma manera, acotar la justicia a cuestiones meramente materiales, podría tener
consecuencias peligrosas para la sociedad, pues las relaciones interpersonales se pueden ver
reducidas a lo material y todos sabemos que las cosas materiales valen lo que valen, pero a las
personas no les podemos asignar un precio. La virtud de la justicia ante todo es un principio
moral al que estamos llamados a practicar diariamente, en nuestro trabajo, en nuestra casa, en
el club deportivo, etc. ¿Reconozco los derechos de las personas con quienes me relaciono? ¿Nos
informamos respecto a nuestras obligaciones y derechos que tenemos que respetar? Para
responder esas preguntas y saber cómo y con quién ser justos, la virtud de la prudencia es vital,
sin ella es imposible de poder hacer bien la justicia. Sin prudencia, un acto que en su intención
es recto, puede terminar siendo injusto si es que no tomamos en cuenta los modos ni los
medios. En suma, solo hay virtud de la justicia si es que se ha adquirido la prudencia.

6. La excelencia moral y las virtudes.

El espíritu de la ética, ya lo hemos señalado, no se limita solo a trazar una línea entre lo bueno
y lo malo, ni nos interpela solo al cumplimiento de normas, sino que logremos, mediante
nuestros actos, ser felices. En efecto, la excelencia moral mucho tiene que ver con este logro de
la felicidad. Así la excelencia moral, no es el típico mediocre, sino el que es virtuoso, eso implica
hacer siempre todo el bien que está a nuestro alcance. Pero no solo saber qué es lo bueno, sino
hacerlo, es decir, practicar el bien. El modo habitual y que nos van configurando nuestro ser son
precisamente las virtudes. Es decir, las virtudes, nos permiten el logro de la excelencia moral y,
por tanto, la plenitud y perfección de la naturaleza humana. Resumamos lo visto en esta clase:
la virtud de la fortaleza nos permite perseverar en el bien pese a las dificultades. Mientras que
la justicia es una virtud social que nos permite relacionarnos de manera adecuada con las
personas, con las leyes y la sociedad. La virtud de la justicia ante todo es un principio moral y no
se puede reducir a una cuestión meramente legal o material. Una sociedad justa permite la paz
en la sociedad y armonía en sus relaciones. Así los conjuntos de virtudes nos permitirán el logro
de la excelencia moral.