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Escuela de Salerno
Hoy la idea del aprendizaje va indisolublemente unida a la de Universidad, como para otras ciencias,
técnicas y artes. Sin embargo, como es bien sabido, la Universidad es una institución que nace en el
tránsito entre la Alta y la Baja Edad Media, como espontánea evolución de los estudios generales o
círculos de enseñanza existentes al amparo de algunas grandes catedrales o monasterios
medievales. Universidad -universitas- es una palabra que hace referencia a la extensión de los
saberes a la comunidad de escolares y maestros, en que consistían aquellos primeros centros de
conocimiento. La Medicina fue precisamente una de las primeras ciencias, si no la primera de todas,
que instituyó para su estudio un régimen de enseñanza que más tarde devendría en auténtica
Universidad. Hacia el año 850 se constituyó la Escuela de Salerno, el primer centro laico de
enseñanza de la Medicina conocido en Occidente. Dr. José Ignacio de Arana Amurrio. Profesor de la
Facultad de Medicina.

A partir de la fundación por San Benito del Monasterio de Montecasino y de la Orden Benedictina
en el siglo V, los monjes se multiplicaron por toda Europa y especialmente, en los primeros tiempos,
por el centro y sur de Italia. En la Regla que Benito redactó tiene un importante papel la labor
asistencial, caritativa, para con los viajeros y los enfermos, y esto contribuyó a que en todos los
monasterios que se ajustaron a aquella Regla se dedicara una parte del tiempo de sus monjes y un
espacio en sus edificios para recoger y atender a esos menesterosos. De modo que a su alrededor
se fueron creando una especie de hospitales rudimentarios en los que la caridad y la buena intención
de sus servidores habrían de suplir la carencia de otras formas de curar.

Uno de esos monasterios con enfermería añadida para peregrinos existía ya a principios del siglo IX
en la ciudad de Salerno, situada en el golfo de su nombre, pocos kilómetros al sur del golfo de
Nápoles y separada de éste por una estrecha franja de tierra en la que se hallaban sepultadas las
ruinas de Pompeya. La ubicación no era casual. El clima de la zona, protegida de vientos y abierta al
mar Mediterráneo con sus brisas y su sol, fue ensalzada por los romanos que establecieron por allí
muchas de sus villas de recreo y descanso, y que hablaban de sus beneficios para la curación de
múltiples enfermedades y la convalecencia de otras.

En la ruta costera hacia Roma, Salerno era en la Edad Media escala casi obligada para los peregrinos
y lugar donde recomponer su maltrecha salud. A la estela de los enfermos hubieron de llegar hasta
allí algunos médicos de muy distinta procedencia y pronto comenzaron a ejercer su vieja profesión
en las calles de la ciudad y un tanto al margen del monasterio y de sus dependencias sanitarias.

En esa centuria, el sur de la península italiana era un conglomerado de razas, de culturas y de


religiones: latinos, griegos, árabes, normandos. católicos romanos, cristianos de otras obediencias,
musulmanes, judíos e incluso algún residuo de paganismo. En tales circunstancias se hacía obligada
la existencia de médicos de cada uno de los grupos o el hallazgo de una solución que satisfaciera a
todos y esto es precisamente lo que se logró con rotundo éxito y sentando las bases de un futuro
extraordinariamente prometedor.

Con el tiempo y el éxito se labró una leyenda según la cual hacia el año 850 se reunieron en Salerno
cuatro médicos: el griego Ponto, el latino Salernus, el sarraceno Adala y el judío Elino. Cada uno de
ellos informó a los demás en su propia lengua de los conocimientos que poseía por su formación en
su tierra de origen. Los cuatro decidieron crear allí mismo una escuela para enseñar el conjunto de
su saber a todo el que quisiera dedicar su vida a curar a sus semejantes. Es el nacimiento de la
Escuela de Salerno, el primer centro laico de enseñanza de la Medicina conocido en Occidente. Al
paso de los años fueron muchos los discípulos de aquella original escuela que luego retornaban a
sus naciones difundiendo lo aprendido y mejorando así el nivel asistencial de sus respectivos
pueblos.

Pero la Escuela salernitana iba a tener su auge y a ejercer su preponderancia mundial a partir del
siglo XI. En esa época se inicia la reconquista cristiana del sur de Italia dominado por los
musulmanes. Entonces hace su aparición en Salerno un personaje fundamental en toda esta
historia: Constantino Africano (1020-1087). Este hombre, nacido en el norte de África, quizá en Libia,
era droguero de profesión y comerciaba con sus productos por todo el mundo. Había recorrido
Oriente y la India y en cada uno de estos sitios aprendió todo cuanto estuvo a su alcance en lo
referente a drogas y también a la Medicina para la cual eran de aplicación esos productos. como es
natural dada su actividad viajera, conocía y hablaba perfectamente varios idiomas pero sobre todo
el latín y el árabe. Al llegar a Salerno entró en contacto con los médicos de aquella escuela para
venderles las más eficaces drogas que llevaba en su cargamento y pudo comprobar que los
conocimientos de esos hombres dejaban muchas lagunas por ignorancia de lo que se estaba
haciendo en el arte médico en naciones, tan lejanas geográficamente de Italia, como Persia, Siria o
la India.

Constantino tomó la determinación de ayudar a sus nuevos amigos salernitanos y pasó un tiempo
exponiendo ante ellos cuanto sabía. Pero aún hizo más. Emprendió nuevamente viaje a Oriente,
esta vez no sólo para aprender las últimas novedades sino, sobre todo, para adquirir libros en los
que toda esa sabiduría estuviese reflejada por escrito. En su mente estaba muy clara la idea de que
sólo el relato verbal no era suficiente para la creación de una auténtica escuela sino que se requería
el testimonio escrito de los maestros para trabajar y discutir sobre cada uno de sus puntos.
realmente esto iba a revolucionar el concepto de enseñanza médica y tras de ésta el de cualquier
otra ciencia.

A su regreso a Italia, varios años más tarde porque entonces los viajes eran odiseas que ocupaban
largos espacios de tiempo, Constantino Africano traía un buen lote de manuscritos médicos, en su
mayoría en lengua árabe, con las obras fundamentales de Ali-Abbas, Hipócrates o Galeno.
El sabio mercader se convirtió entonces al cristianismo -era antes de religión islámica- y entró como
hermano lego en el monasterio benedictino de Montecasino. En este cenobio pasó el resto de su
vida dedicado exhaustivamente a la labor de traducir al latín aquellos libros que de inmediato eran
acogidos con entusiasmo por los médicos de Salerno. Un historiador moderno de la Medicina ha
dicho con frase expresiva que las traducciones de Constantino Africano “soltaron la lengua” a esos
médicos.

Con la fragmentación del Imperio romano en un Imperio de Oriente y otros de Occidente el


aislamiento entre ambos llegó a ser en muchos aspectos abismal y de modo muy significativo en el
cultural. Esta situación se agudizó al máximo cuando la porción occidental desapareció como tal
Roma para dar paso a una serie de reinos independientes, por efecto de las sucesivas invasiones
bárbaras, más aislados todavía entre sí y con un casi total desconocimiento de lo que se vivía y
creaba en el otro extremo del continente y del Mediterráneo.

Los grandes focos culturales de la antigüedad clásica, Grecia, Siria, Alejandría, con sus importantes
fondos bibliográficos y documentales quedaron todos en el lado oriental y allí continuaron en su
mayoría en ferviente actividad creadora mientras que en Occidente se desencadenaba, entre
convulsiones bélicas, una época de oscurantismo con sólo algunas luminarias en España, Francia e
Inglaterra que no eran capaces de alumbrar más que a unos pocos de sus apesadumbrados
habitantes.

La rapidísima expansión del Islam a partir de las primeras décadas del siglo VII no hizo sino agravar
aún más si cabe el problema de la incomunicación entre unos puntos y otros de lo que hasta hacía
relativamente poco había sido la ecumene romana. Los musulmanes alcanzaron en el transcurso de
muy pocos años el dominio de amplias zonas geográficas pertenecientes al imperio de Oriente cuya
capital era Constantinopla. Entre las más importantes se encontraban Egipto con la gran ciudad de
Alejandría, Siria con Antioquía y buena parte de lo que hoy conocemos como Oriente próximo.