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TEMA 7 EL PODER COMO ELEMENTO DEL ESTADO

1. EL ESTUDIO DEL PODER

Doble componente del poder político:


1. De una parte, (papel autoritario del poder político) tiene posibilidades de imponer un
agobiante dominio, el Estado puede ser un instrumento al servicio de los que
disfrutan de los privilegios económicos y sociales o el artefacto de confiscación de
bienes al servicio de los más osados.
2. De otra, (papel racionalizador, frenar el abuso del poder) un papel racionalizador asegurando la
vigencia de un orden social, integrando a los distintos componentes de la sociedad
y transformando el estado de guerra por la convivencia y el progreso social.
El poder mantiene siempre ambas caras.
Tiene gran importancia conocer la posición de los ciudadanos, unos tratarán de
participar en él. Otros, generarán escepticismo desconfianza y cinismo desprecio.
Explicación de la idea de poder y las causas de su eficacia. En su caracterización
más simple podemos entender el poder como la capacidad de imponer obediencia, a
favor de unas circunstancias de orden material o ideológico. El primado (Primer lugar, grado,
superioridad o ventaja que algo tiene respecto de otras cosas de su especie) de las circunstancias ideológicas y
el hilo conductor, el consentimiento, nos permite hablar de poder en sentido estricto,
de “autoridad”, del pouvoir, en contraste con puissance la potestad, cuando la ventaja
es para las circunstancias materiales. La fuerza desnuda, por potente que resulte,
nunca acaba de ser suficiente para alcanzar la obediencia de un modo duradero e
institucionalizado. Obligarán siempre, unos mínimos de coacción material si se quiere
asegurar la vigencia real de un poder.
AUTORITAS/CONSENTIMIENTO: legitimidad, que te respeta la gente

POTESTAS/FUERZA: tienes unos instrumentos a tu servicio, heredados o en el gobierno

2. LOS ELEMENTOS MATERIALES

I. LA COACCIÓN FÍSICA: que puede empezar en el arresto domiciliario y acabar


en la pena capital. Los instrumentos administrativos del Estado (policía, judicatura,
prisiones, ejército…) nos recuerdan la posibilidad del recurso a esta coacción. Su
eficacia no está ligada al despliegue de su fuerza, basta su existencia, su
potencial utilización, para que la gran mayoría de las personas deduzcan lo
conveniente de la obediencia.

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II. LOS RECURSOS ECONÓMICOS, la administración de los bienes y servicios,
es un elemento de presión. Las recompensas o castigos económicos
condicionan el comportamiento de los hombres.

III. Algunos grupos sociales son muy sensibles al reparto del PRESTIGIO U
HONOR SOCIAL, la administración de estos bienes inmateriales se convertirá
en un arma para el ejercicio del poder y conseguir sus aspiraciones. Los
modelos de organización social facilitan o dificultan la consecución de la
obediencia. El profesor que quiera ejercer su autoridad en un aula universitaria, el agente municipal que
regula el tráfico, el capitán que da órdenes a su compañía.

IV. LAS TÉCNICAS PUBLICITARIAS, Se trata de saltar por encima del juicio
crítico del receptor, de su inteligencia, para llegar al subconsciente del
individuo. La publicidad es un mal generalizado en la vida política de occidente.
Porque sustituye el lugar de la discusión y el debate por la importancia de la
sonrisa y el lema. Sus efectos negativos quedan debilitados por el torrente de
publicidad al que están sometidos los ciudadanos, limitador de la eficacia de
los mensajes y de las leyes de la competencia que, juegan en el mercado
político. Resultado modesto en una sociedad pluralista. La cuestión es distinta
cuando esa publicidad se desarrolla en un sistema político totalitario.

3. ELEMENTOS IDEOLÓGICOS

La obediencia basada en el consentimiento. MAX WEBER trató de definir unos


tipos ideales de legitimidad como son la tradicional, la carismática y la racional. Por
lejana que nos parezca hoy la legitimidad teocrática, no podemos ignorar su
significación en el pasado, el antiguo Egipto, el Israel bíblico o la Monarquía absoluta
europea. Tb las pesetas en tiempo de Franco “Caudillo por la gracia de Dios”.
La legitimidad tradicional (la más poderosa) descansa en la creencia cotidiana en la
santidad de las tradiciones que rigieron desde lejanos tiempos en las sociedades
agrarias atrasadas. Las grandes cuestiones son resueltas por las tradiciones. La
legitimación carismática y su componente caudillista “descansa en la entrega a la
santidad, heroísmo o ejemplaridad de una persona”. Una legitimación a plazo, el
tiempo someterá a ese carisma a un proceso de rutinización que terminará con la
transformación de legitimación carismática en legitimación tradicional o teocrática. La
legitimación racional según WEBER “es la creencia en la legalidad de organizaciones
establecidas y de los derechos de mando de las autoridades”.
Junto a estos grandes tipos habría que señalar otros factores.
I. En provecho de la fidelidad al grupo.

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II. La capacidad para dar solución a los problemas del grupo. La eficacia y la
misma existencia de un poder que tiende a perpetuarse en el tiempo consigue
por sí misma esos efectos. La gran tragedia de un poder legítimo por su origen
desplazado por otro poder basado en la fuerza es constatar cómo el paso del
tiempo va vaciando su legitimidad a favor del poder intruso. Ej. el caso español
a partir de 1939

III. No muy distante de la legitimidad tradicional, está la dimensión histórica del


poder. La sucesión ininterrumpida de los gobernantes crea en el ciudadano una
actitud favorable a la obediencia a quienes lo ejercen. A esto favorece, la
concentración del poder en un este despersonalizado como es el Estado y el
ejercicio del mismo a través del derecho.
IV. Legitimidad democrática, subsumible (parte de un conjunto más amplio) dentro
de la legitimidad racional de Weber. La insistencia con que regímenes
dictatoriales se aferran a la utilización de formas democráticas, por
desprovistas que se encuentren de sinceridad, es una manifestación de este
tipo de legitimación.
Es conveniente preguntarse por las razones que, desde la perspectiva del
ciudadano, conducen a esa obediencia. Más allá de argumentos fundados en la
prudencia.
De todas las teorías, parece la más conveniente, la que hace de la obligación
política una derivación de la obligación más general de buscar la justicia y el bien
común. Si aceptamos que el poder político es un instrumento necesario en la
búsqueda de esa justicia y bien común, resulta obligada nuestra obediencia al poder.
Si sus decisiones se ajustan a nuestra voluntad, la obediencia se producirá de modo
espontáneo. Pero si esas decisiones son contrarias a nuestros deseos, será
suficiente saber que han sido tomadas mediante un procedimiento democrático. No
en balde nuestra participación en la vida política equivale a una aceptación de las
decisiones adoptadas en un juego político legitimado por nuestra propia presencia en
él.

4. LAS SINGULARIDADES DEL PODER POLÍTICO. LAS ACTITUDES ANTE EL


ESTADO

La característica elemental de la que hemos partido- poder equivalente a la


capacidad de imponer obediencia- no diferencia la idea de poder político de otras
manifestaciones del poder, como las económicas, religiosas, familiares, sociales o
culturales. Un primer rasgo específico del poder político sería su capacidad de hablar
en nombre de toda la comunidad. Por grande que sea el poder de cualquier otra
instancia extra política, el ciudadano puede sustraerse porque carece de ese carácter
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omnipresente que caracteriza al poder político institucionalizado en el Estado. Puede
imponer reconocimiento, expreso o tácito, a otras manifestaciones de poder que no
podrán hacer lo mismo con él. El poder político se reserva el monopolio de la fuerza
física que escapa a cualquier otro agente social.
La institucionalización legalización del poder político en el Estado es resultado de un
largo proceso histórico, arranca con la sustitución de la poliarquía medieval por el
Estado moderno emergente. El poder individualizado, ofrece siempre gran
inestabilidad. La demanda de orden y racionalidad afianza la necesidad de una
instancia objetiva de poder al margen de su titular circunstancial. El Estado, eficaz
instrumento legitimador: Burdeau, la autoridad de los gobernantes residirá en una
idea exterior a ellos, que los sobrevive y los traspasa, va más allá con toda la grandeza
que caracteriza a la institución.
La aceptación del poder político y, posteriormente, su institucionalización en el
Estado es una cuestión conflictiva. Según Platón y Aristóteles, se niegan a reconocer
una diferenciación entre el individuo y el ciudadano.
Edad Media, el agustinismo político marcará una línea hostil hacia el poder
político, capaz de animar tanto un conformismo total como una activa oposición hacia
él. El tomismo y el iusnaturalismo preparan la gestación de una filosofía liberal en
torno al poder político. La supremacía de la sociedad civil, personas con derechos y
libertades anteriores al Estado, deja clara la condición de mero artefacto al servicio
de los intereses individuales. La visión liberal defiende un Estado mínimo, limitado a
asegurar unas reglas de juego que garanticen el libre desarrollo de la iniciativa de los
ciudadanos. Este discurso se oscurece y convierte en idealización, cuando los
intereses económicos y sociales dominantes se vean obligados a utilizar ese Estado
en su provecho. Solamente la transformación del liberalismo y el paso a las
democracias actuales permitirá articular otra justificación del poder político de
acuerdo con la realidad del Estado Social de Derecho.
La gran impugnación oposición del Estado se produce desde los más débiles de la
sociedad, excluidos del mismo hasta entrado en s. XX. El anarquismo, Estado como
elemento parasitario y mal disimulado instrumento de dominación. Marxismo,
necesidad de auto-extinción del Estado. Paradoja, el movimiento socialista,
contribuye decisivamente a la configuración del nuevo Estado Social de Derecho.
(Ojo). El revisionismo socialista nunca aceptó la visión marxista más estricta en torno
al Estado.

5. PARTICIPACIÓN Y APATÍA POLÍTICAS

La participación política puede ser definida como “aquellas actividades voluntarias


mediante las cuales los miembros de una sociedad intervienen en la selección de los
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gobernantes y, directa o indirectamente, en la transformación de la política
gubernamental” McClosky. Podemos clasificarlas en: Actividades de “contendientes”
(ocupación de cargos públicos y de partido, candidatos) actividades de “transición”
(mítines y manifestaciones) y de “espectador” (voto, influencia de terceros).
Son sectores reducidos de la población los que se interesan directamente en
política y manifiestan un nivel de información aceptable. Explicaciones para este
fenómeno: un amplio número de ciudadanos creen en la inutilidad de una
participación, la apatía y el cinismo políticos estaría relacionada con factores como el
desbordamiento del Ejecutivo, la significación creciente de los grupos de presión y la
tendencia al neocorporativismo o la manipulación de las campañas electorales.
Desde perspectivas conservadoras, se ha visto con optimismo el estancamiento de
la participación. Evidenciaría satisfacción con el sistema político y evitaría la invasión
en la arena política de quienes, llevados de su ignorancia política, aportarían
autoritarismo e intolerancia.
No es de recibo, aceptar resignadamente esta situación. La participación es
necesaria, porque sin ella no hay posibilidad de establecer frenos razonables a
quienes controlan instancias de decisión política. A través de la participación se
produce la más eficaz integración de la población. La participación política debe
aumentar porque solamente a través de ella el individuo encuentra un lugar digno en
la vida del sistema, trascendiendo de la condición de persona individual a la de
auténtico ciudadano.
Factores condicionantes de la participación. Lipset, consideraba junto a la
estratificación social, factores como el contacto de los ciudadanos con la política
gubernamental, el acceso a la información, las presiones de los grupos sociales, las
presiones múltiples, etc. La movilidad social, factores religiosos y étnicos, el sexo y la
edad, el medio urbano y rural, las motivaciones psicológicas y los factores
estrictamente políticos. Las peculiaridades de la socialización y cultura políticas y la
tradición asociativa de una sociedad terminan de perfilar la explicación. Una
participación insatisfactoria en términos cuantitativos aún podría ser peor en términos
cualitativos; tendencia a una participación acumulativa (participan pocos y tienden a
ser los mismos) o inclinación a centrar la participación en torno a cuestiones que no
serán las cuestiones decisivas con que se enfrente la sociedad. Famosa cortina de humo

6. LA IDEA DE SOBERANÍA, PERSPECTIVA HISTÓRICA

La soberanía es una idea política que se ha concretado en un concepto jurídico.


Bodino, delimita por 1ª vez el concepto de SOBERANÍA: “la soberanía es el poder
absoluto y perpetuo de una república”. Es perpetuo porque se mantiene mientras no
se extinga la vida de quien lo disfruta; es absoluto en cuanto no existen cargas,

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limitaciones o condiciones de leyes distintas a las divinas o naturales. Puesto que “el
carácter principal es dar ley a los súbditos sin su consentimiento”.
El poder soberano para dar las leyes tiene la posibilidad de anular las
costumbres, las cuales pueden equipararse a las leyes únicamente por decisión del
soberano. Le corresponde el derecho a declarar la guerra y negociar la paz, el poder
de nombrar a los funcionarios principales, la confirmación de los demás
nombramientos, el derecho de gracia, el derecho de acuñar moneda, controlar los
pesos y medidas y gravar a los súbditos con contribuciones e impuestos, así como
de librar de ellos a algunos súbditos.
I. La limitación del poder soberano por las leyes divinas y naturales; la fuerza de los
contratos o el respeto a la propiedad de sus súbditos, son límites infranqueables
para el soberano. No hay garantías respecto de un posible abuso de poder.

II. Una 2ª limitación a la idea de soberanía, que el soberano respete las leyes
fundamentales del reino, las leyes de sucesión monárquica y el respeto de la
integridad territorial.

Para Hobbes, el poder soberano se encuentra depositado en un hombre o en una


asamblea y está dotado de unas facultades y de una libertad que van más allá del
planteamiento de Bodino. Se caracteriza por:

I. No puede ser revisado por sus súbditos. Estos, sin su permiso, no pueden
realizar ningún nuevo pacto de obediencia.

II. El poder soberano no puede cometer injusticias “puesto que todo súbdito es
autor de todas las acciones y juicios del soberano instituido creado, nada de lo
hecho por él podrá ser injuria ofensa, ni debe ser acusado de injusticia, no está
sujeto a responsabilidad ante sus súbditos.

III. El soberano es el supremo legislador y juez, dispone del derecho de hacer la


guerra y la paz, de nombrar a sus funcionarios y de conceder recompensas y
castigos.
El poder soberano, indivisible e irrenunciable, está libre de limitaciones de orden
histórico, natural o divino.

7. LA CRISIS DE LA IDEA DE SOBERANÍA

La pretensión del poder soberano de hacer sentir su fuerza hacia dentro (eliminando
las resistencias de la nobleza, la Iglesia y las ciudades) y hacia afuera (negando cualquier pretensión imperial en el

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se enfrentaba, tras la etapa del absolutismo, al
contexto de un orden de Estados independientes)
despliegue histórico del liberalismo, que defendía la división del poder poco coherente
en principio con el mantenimiento de la idea de soberanía poder unitario. Se origina una
tensión entre la teoría y la práctica de este concepto llamada a tener una larga vida,
al fin y al cabo, es el liberalismo el que consagra la práctica de unos Estados
soberanos, hacia dentro y hacia fuera. Resaltamos el federalismo, que manifiesta una
nueva forma de división del poder, y pretende un reparto de la soberanía entre los
Estados miembros y los órganos federales. Solamente la confederación unión o alianza de
estados se resistirá al poder soberano concentrado.

La práctica de una democracia pluralista parecía un marco poco adecuado para la


persistencia de la idea de soberanía. Esa democracia pluralista debe convivir con un
Estado Social de Derecho, no es fácil imaginar el debilitamiento del Estado y su
condición soberana. Es necesario aceptar el concepto de soberanía, “la existencia de
una autoridad política final y absoluta dentro de la comunidad política” Hinsley ,que
zanje en última instancia los conflictos que en otro caso llevarían al enfrentamiento
extra político, la soberanía es necesaria mientras persista el Estado como fórmula de
organización política.
En la sociedad internacional se plantean hoy los problemas más significativos. Las
organizaciones supranacionales suponen limitaciones indudables a la soberanía de
los Estados, aunque sean esos Estados y no otros sujetos políticos los protagonistas
de esas organizaciones. Y una creciente influyente opinión pública internacional, que
condiciona las decisiones políticas de la soberanía interna.
Debilitando la soberanía de los Estados actúan otros factores de la política
internacional. Las conciencias democráticas estuvieron de acuerdo en ceder parte de
la soberanía en provecho de una garantía de paz internacional; surgiendo la Sociedad
de Naciones después de la Primera Guerra Mundial, prolongándose hasta el
nacimiento de las Naciones Unidas. En la guerra fría las dos superpotencias imponían
la existencia de unos bloques militares que, teóricamente, respetaban la libre voluntad
de los Estados, pero prácticamente se imponían como consecuencia de los
instrumentos económicos y políticos a que esas potencias podían recurrir. La
importancia de un mercado económico internacional y de unos protagonistas que
pueden ignorar las divisiones tradicionales entre Estados, las empresas
multinacionales, es otra manifestación del debilitamiento de la soberanía estatal.
Esta situación apunta hacia la crisis misma del Estado como forma de
organización política, que tiene que ver más con factores de política exterior que
interior. Esa crisis y superación del Estado es perfectamente asumible dentro de un
futuro a largo plazo. El camino hacia la integración supraestatal es difícil, los Estados
son instrumentos indispensables en el camino hacia esa integración.

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8. EL PODER Y LOS PRINCIPIOS LIBERALES

Defensa del liberalismo de la división de poderes. Se trata de conseguir con esa


división una garantía de la libertad individual y la defensa de una esfera de acción
autónoma de la sociedad civil, libre de la invasión de los poderes públicos.
Las revoluciones norteamericana y francesa, aspectos básicos de la división de
poderes son la primacía del Poder Legislativo, la independencia del Poder Judicial y
el principio de legalidad en la acción del Ejecutivo. Los riesgos de una expansión del
Poder Legislativo estarían limitados por la Constitución, expresión de un poder
constituyente situado por encima del legislativo, y defendida por un conjunto de
instrumentos jurídicos considerado en otro lugar; otros instrumentos políticos (la
oposición política, la prensa, la opinión pública, los partidos y las elecciones periódicas) completan esta tarea.

Este esquema básico, va a verse afectado por condicionantes políticos y sociales.


La división de poderes se parece mucho a una transacción entre la burguesía liberal,
la Corona y la nobleza; los protagonistas sociales de la nueva situación se reservan
el Legislativo, la Corona sigue atrincherada en el Ejecutivo y una nobleza en las
Cámaras altas del Legislativo. Las transformaciones de la división de poderes siguen
muy de cerca las transformaciones del equilibrio social y político apuntado. Cuando
la ampliación del sufragio y la mayor conciencia política de las clases trabajadoras
suponen el acceso de los partidos obreros a los órganos legislativos, la solución será
el reforzamiento del papel del Ejecutivo.
La crítica a la teoría de la división de poderes tiene una larga tradición. No hay que
extrañarse por ello de que, se insista en subrayar aspectos que no son ajenos, a los
planteamientos iniciales. Mejor que una división en sentido estricto, la teoría propugna
una especialización de funciones. Si la pauta es que el Legislativo se concentre en la
elaboración de las normas, el Ejecutivo en su cumplimiento y el Judicial en resolver
los conflictos derivados de la relación entre esos dos poderes, nada puede impedir
que, cada uno realice en algún momento funciones propias de los restantes. Por otro
lado, la división no puede ser obstáculo para una coordinación de los trabajos del
Legislativo, Ejecutivo y Judicial y otras funciones de la vida política (poder constituyente,
poder moderador, poder de gobierno en sentido estricto) que no tienen acomodo en los planteamientos
tradicionales.

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