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Johnson

Respuesta 4
Los colonos a partir de 1580 entraran en su primer gran ciclo económico que se basaba en la
expansión de la industria azucarera con el consiguiente crecimiento de la población, así como del
desarrollo social y administrativo. En un cuadro comparativo sobre cifras de la población muestra
que, de las 8 capitanías, sólo 3 (Pernambuco, Bahía y Río de Janeiro) crecían, mientras que el resto
estaban en descenso. Porto Seguro, Itamaracá y Sao Vicente, bastante rápidamente; Ilhéus y
Espírito Santo gradualmente, y el resto de las capitanías fueron abandonadas.

Espírito Santo había sido concedida a Vasco Fernandes Coutinho, un antiguo mozo y camarada de
Duarte Coelho en la India, que había prosperado, poniendo en funcionamiento cuatro ingenios de
azúcar en 1540. Pero luego, el donatario decidió volver a Portugal, dejando su colonia a cargo de
sus subordinados que fueron incapaces de sacarla adelante después de ataques indios que estallaron
a mediados de la década de 1540 (los nativos tupí que ya habían destruido Sao Tomé). Cuando
Coutinho decidió regresar, se encontró con una pequeña colonia de supervivientes, la colonia llevó
una precaria existencia hasta 1560, cuando Mem de Sá, el nuevo gobernador, decidió enviar a su
hijo Fernáo, con seis barcos y 200 hombres a someter a los indios e incorporar la capitanía a la
corona. Aunque la colonia nunca pareció capaz de atraer a muchos colonos, su industria azucarera
se expandía rápidamente, y en los años 1580, los colonos que se quedaron disfrutaron de una de
las rentas per cápita más altas en Brasil.

La capitanía de Porto Seguro, comenzó de manera prometedora, pero también cayó en la crisis
general de la década de 1540. Tourinho, por su parte era impopular entre los colonos, y fue acusado
de herejía y blasfemia por un cabildo de clérigos, siendo expulsado a Lisboa en 1546 para
someterse a proceso ante la Inquisición. Desde entonces su colonia fue administrada por agentes
reales. Ilhéus, situada entre Porto Seguro y Bahía, también comenzó felizmente, aunque el
donatario, Jorge de Figuereido Correia, secretario de la Hacienda (escriváo da fazendá), nunca
visitaba su concesión personalmente. Se limitó a llevarla a través de un agente castellano,
Francisco Romero quien estableció relaciones con los tupíes e incluso obtuvo su ayuda en la
construcción de numerosos ingenios de azúcar. Tras la muerte de Correia en 1552, sus herederos
vendieron la capitanía (1561) a un comerciante capitalista de Lisboa, Lucas Giraldi, que ya poseía
una concesión de terreno en la colonia.

Sao Vicente, logró escapar de la crisis de 1540 prácticamente ilesa, la colonia progresó bajo la
administración de una serie de lugartenientes competentes. Sao Vicente era la más lejana de todas
las colonias europeas y estaba situada en una región de clima duro, menos adecuado para el cultivo
del azúcar. Es por esto, que su economía se fue orientando cada vez más hacia las colonias del
interior de Sao Paulo, el centro de un territorio de trigo, cebada y viñedos que pronto se convirtió
en la base principal de expediciones de esclavos hacia el interior.

Respecto a Pernambuco y Bahía, sus primeros logros no se manifestaron hasta 1570, y pasados los
años, su población había descendido casi a la mitad y el valor de sus rentas a la corona no era
mayor que el de la joven colonia de Río de Janeiro, que después de la expulsión de los franceses
en 1565, floreció bajo la atención real y una serie de competentes capitanes de la familia Sá. A
diferencia de estas zonas de colonización las cuales, excepto Río de Janeiro, estaban en decadencia,
se sostenían a sí mismas, el último cuarto de siglo fue para Bahía y Pernambuco un período de
éxito: estas capitanías se convertirían en los puntos centrales de Brasil durante el siglo siguiente.
Bahía fue colonizada en 1535 por Francisco Pereira Coutinho, un viejo soldado que había luchado
en Oriente.

Con la organización y el apoyo real, Bahía se reconstruyó; hacia el 1585 tenía ya suficiente
población (12.000 blancos) para mantener 9 parroquias y 36 molinos de azúcar. Más impresionante
aún que la resurrección de Bahía, era el caso de Pernambuco. Junto con sus colonias satélites de
Itamaracá, marcó el límite norte de la colonización efectiva portuguesa antes de 1580. Paraíba no
se ocupó hasta 1580, Río Grande do Norte en los 1590: la costa norte permaneció sin conquistar
hasta principios del siglo xvi. Duarte Coelho llegó a Pernambuco personalmente en marzo de 1535
con una multitud de seguidores, con gran optimismo, debido a su concesión de Nueva Lusitania y
levantó su primera colonia muy cerca de la anterior factoría real. Exploró posteriormente su
territorio en busca de un lugar más céntrico, que encontró en Olinda en 1537 donde construyó una
torre para defensa en caso de asedio, junto con otros edificios fundamentales, y después realizó un
viaje de inspección por su capitanía para expulsar a cualquier intruso francés que pudiera encontrar
y para pacificar a los indios caeté de la zona. Su política hacia los indios fue de firmeza, ejerciendo
un control absoluto sobre ellos. Se supone que lo que hizo que su política funcionara fue el dominio
igualmente firme sobre los colonos portugueses, la otra faceta de su destacado éxito político.

La crisis de la década de 1540 no perjudicó a Pernambuco, y esto fue decisivo para su pervivencia
y prosperidad. Hacia 1546, se habían creado cinco molinos de azúcar y había otros en construcción.
En 1570 Pernambuco rivalizaba con Bahía como la colonia más avanzada; hacia 1585 la había
superado claramente, por lo menos en lo económico, doblando la renta per cápita a la de la plaza
del gobernador. Indudablemente, la riqueza de la sociedad de Pernambuco era una leyenda: cuando
los señores de los molinos de azúcar iban a la ciudad estaban acompañados por una multitud de
criados, tanto indios como africanos. Se alimentaban de productos importados de Portugal (pan de
trigo, aceite de oliva y vino) en vez de mandioca, aceite de palma y ron, que constituía la ración
de un colono común, sin hacer mención de los espectaculares vestidos de sus mujeres.

La mayoría de los inmigrantes eran naturalmente portugueses, pero también podían encontrarse
en Brasil otros europeos, italianos en su mayoría. Estos inmigrantes, se agruparon en 16 o 17
colonias consolidadas que se esparcían a lo largo de la costa del este de Brasil. Cada capitanía
tenía al menos una ciudad principal, y algunas incluían varias comunidades satélites, aunque en
las capitanías en decadencia estaban disminuyendo. Por ejemplo, Santa Cruz y Santo Amaro en
Porto Seguro. La mayor parte de estas ciudades las había fundado el primer donatario, como se
estipulaba en la cédula real. El capitán normalmente tenía el poder de nombrar a los miembros del
concejo municipal, por lo menos al principio; después, de acuerdo con las ordenanzas reales, los
concejales debían ser elegidos por los ciudadanos propietarios, aunque el derecho del capitán a
supervisar el proceso probablemente significaba que su influencia todavía predominaba. En las
capitanías de la corona (Bahía, Río de Janeiro) los funcionarios municipales eran nombrados casi
siempre directamente por la corona.

Los colonos que no vivían con carácter permanente en las ciudades se encontraban en las haciendas
azucareras, pequeñas comunidades en sí mismas, donde el señor del molino estaba rodeado y regía
sobre sus trabajadores, libres o esclavos, indios o negros que habían sido importados de África en
número creciente. Como centros productivos de la colonia, estas haciendas eran más importantes
que las ciudades. Es revelador, por ejemplo, que los clérigos pertenecientes a la capilla de una
hacienda estaban mejor pagados que los que servían en las iglesias de la ciudad. El crecimiento en
el número de haciendas azucareras en una capitanía es probablemente un buen indicador de sus
éxitos incluso más que el crecimiento de población en las ciudades, porque sin los engenhos no
había razón para que los colonos vivieran y se quedaran. Desde 1570 a 1585 la población blanca
pasó aproximadamente de 20.760 a unos 29.400 con una tasa bruta del 2,7 % al año,
aproximadamente. Durante el mismo período, el número de ingenios se duplicó, pasando de 60 a
120, incrementándose así con una tasa del 6,6% anual. Así comenzó el último auge azucarero de
finales del siglo XVI y el crecimiento rápido de la renta per cápita de los blancos en Brasil. La
principal fuente de ingresos de la corona, los diezmos reales, un 10% de tributo sobre todo lo que
la tierra produjera azúcar, mandioca, plátanos, patatas, ovejas, cerdos, gallinas, etc. y destinado
teóricamente, aunque no siempre en la práctica al mantenimiento de la iglesia.

Todos los relatos contemporáneos de la colonia describen a Pernambuco como la más rica de las
capitanías, mientras colocan a Sao Vicente en último lugar, debido al bajo promedio de ingresos
de la población en la colonia de Sao Paulo, en el interior. En contraste con el rápido crecimiento
de ingresos efectivos experimentado por muchos de los colonos en el último cuarto del siglo XVI,
la corona portuguesa parece haber participado mucho menos en el desarrollo de Brasil.

El costo del mantenimiento del control sobre la costa brasileña, así como los gastos necesarios
para someter a los indios y expulsar a los franceses, tiene que haber habido déficit durante largos
períodos de tiempo. El compromiso de la corona con Brasil durante el siglo XVI, o por su
progresión a través de las 4 fases de un compromiso continuo y creciente: desde el arrendamiento
de la tierra (1502-1505), a su explotación directa por medio de factorías comerciales reales (1506-
1534), a las concesiones otorgadas a señores propietarios para colonizar (1534), culminando
finalmente con la creación de una administración real consumada (1549). En cambio, estas fases
son más convincentes vistas sólo como respuestas muy necesarias para enfrentar las amenazas de
la pérdida territorial. Una vez que Brasil se incorporó a la corona portuguesa, ya nunca se abandonó
fácilmente, a pesar de la carga enorme que podía suponer.