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17/5/2019 Venezuela: la literatura del caos | Babelia | EL PAÍS

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Venezuela: la literatura del caos


La descomposición política y social que atraviesa el país inspira una
narrativa poderosa que, paradójicamente, solo puede publicarse y
conseguirse en el extranjero

Ilustración de Diego Quijano con fotografía de Getty Images.

JAVIER LAFUENTE

17 MAY 2019 - 17:48 CEST

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Las calles de Caracas son, en su mayoría, escenarios de una vida que ya no es. No hace
falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que, en muchos lugares en los que ahora se
sobrevive, no hace tanto se gozó. De que la decadencia que atrapa el paisaje urbano no es
sino un manto de la ostentación de un pasado próximo. Y así, el dolor, la dificultad, la
descomposición, la falta de aliento se convirtieron en relato. Desde la novela, el cuento, la
poesía, cada vez más autores confrontan una realidad oscura, violenta. Todos se acercan a
un mundo que se vino abajo: Venezuela.

Un grupo de mujeres que emprende un club de lectura en una ciudad sin nombre sacudida
por la violencia, gobernada por el Alto Mando; el miedo de una hija a que roben a su madre
pese a que esta está ya enterrada; el amor entre una espía de la CIA y uno de la inteligencia
cubana; un barrio caraqueño donde aparece un hombre cuyo apellido coincide con uno de
los máximos exponentes de la poesía rusa, al que Stalin confinó en Siberia. Los escenarios,
los personajes, las tramas son innumerables, pero los rasgos en común entre las obras que
proliferan apenas varían. Ni la lejanía de los que viven fuera del país ni la cercanía de los que
lo sufren son obstáculo para que la cotidianidad sea ajena a los autores. “Desde hace años,
Venezuela es una emergencia permanente. No lo digo en plan metafísico. Se trata de una
angustia concreta que va desde conseguir medicinas o comida hasta regresar a casa en
una ciudad sin luz. Es casi imposible que todo esto no toque la escritura. Creo que, para
muchos de nosotros, la realidad se ha vuelto una herida incomprensible. Tratar de
escribirla es una forma de ordenar esa locura, de organizar incertidumbre y el dolor que
produce”, explica Alberto Barrera Tyszka, que tiene los pies en México, donde reside desde
hace años, pero a quien le cuesta despegar la cabeza de Venezuela, su país, al que está
permanentemente conectado.

Desde la novela, el cuento, la poesía, cada vez más autores confrontan


en sus obras la oscura realidad del país

Barrera publicó a finales del pasado año Mujeres que matan (Literatura Random House),
“una novela sobre el contagio veloz e irracional de la violencia”, en palabras del autor,
donde un grupo de mujeres se enfrentan a distintas formas de agresión oficial. Las páginas

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de Mujeres que matan ahondan en la descomposición que ya describió en Patria o muerte


(Premio Tusquets 2015), y que, en cierta manera, tuvieron su preludio hace 14 años en
Hugo Chávez sin uniforme. Una historia personal (DeBolsillo), escrito junto a Cristina
Marcano, acaso la biografía definitiva del mandatario fallecido; el tótem de la revolución
bolivariana, del denominado socialismo del siglo XXI, a quien no pocos ven como el origen
de la descomposición, que se ha perpetuado con su sucesor, Nicolás Maduro, en el poder.
“Todo se vino abajo en el momento en que estalló la ilusión de modernidad, que era un
espejismo, y entramos en barrera en este cuento del socialismo inclusivo y soberano, que
ha sido la mayor estafa de un grupo de corruptos que llegaron tarde al saqueo de la corona.
Le debemos este sainete a la izquierda de los años sesenta que se quedó resentida porque
se dejó pacificar con dinero. Y a unos políticos de la Cuarta [República] que no estuvieron a
la altura de la deuda social que arrastraba el país”, describe el editor y periodista
venezolano Sergio Dahbar.

Chávez aún vivía cuando Karina Sainz Borgo decidió dejar Venezuela, donde nació en 1982,
para instalarse en Madrid hace 13 años. Antes de eso ya tenía intención de escribir sobre un
país que, dice, ya no existe y al que después de lidiar durante años con el desarraigo ha
escrito una suerte de carta de amor en La hija de la española (Lumen), su primera novela,
uno de los fenómenos literarios del año, publicada en 22 países. “Yo no reconozco al país y
el país no me reconoce a mí”, dice Sainz Borgo. La novela es el retrato de una mujer de 38
años tras la muerte de su madre, de cómo se enfrenta sola a una ciudad donde la violencia,
otra vez la violencia, lo marca todo. “La destrucción ha sido tal que disolvió el relato. Para
que haya una catarsis tiene que quedar por escrito”, explica la autora.

No todos los autores abarcan Venezuela desde fuera. El poeta Igor Barreto sigue viviendo
en Venezuela, desde donde ha reflexionado sobre la pobreza en su apabullante El muro de
Mandelshtam (Bartleby). Lejos de espantar la crisis de su país, Barreto ha tratado de
aprender de ella, como un método quizás de supervivencia. “Es una circunstancia para
conocer mejor al ser humano. Es imposible conocer el carácter de una persona o un país si
no entra en crisis. He podido conocer mejor a Venezuela”, afirma, cuando trata de explicar
lo que denomina una “relación íntima con este proceso de marginalización”. “Yo creo,
siento, que tengo una gran fortuna al poseer un lugar. El lugar es el templo. Yo no me iría
nunca de Venezuela porque es el lugar del que puedo hablar muy bien, donde ser testigo de
las cosas que ocurren y pensar en ellas”, apostilla el poeta.

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Varios venezolanos acarrean agua ante una pintada en una calle de Caracas que pregunta: “¿La normalidad es un
privilegio?”.  FEDERICO PARRA (AFP / GETTY IMAGES)

Barrera Tyszka, Sainz Borgo, Barreto, también Moisés Naím, que ha publicado Dos espías
en Caracas (Ediciones B), son apenas algunos de los nombres que afloran en una lista que
se termina por volver ingente. “Pienso en Victoria de Stefano, en Ana Teresa Torres, en
Eduardo Liendo, Israel Centeno, Juan Carlos Méndez Guédez, en Fedosy Santaella. En
gente más joven como Rodrigo Blanco, Eduardo Sánchez…, y por supuesto quedan
muchísimos nombres por fuera”, aporta Barrera: “Es un proceso irremediable, en cierta
forma vallejiano: “Un hombre pasa con un pan al hombro / ¿Voy a escribir, después, sobre
mi doble?”.

La novedad, si así pudiera llamarse, radica en que la narrativa ha cobrado fuerza en los
últimos años. Tradicionalmente no ha sido el género más aventajado si se compara con el
cuento o la poesía, de mayor raigambre, con exponentes fuera y dentro de Venezuela como
el eterno Rafael Cadenas. “Siempre he sentido que en el país ha habido, y hay, enormes
poetas y pintores. Y que la narrativa debía esperar. Pareciera que le ha llegado el tiempo”,
considera Sergio Dahbar. “Es muy difícil que surja una narrativa que no exprese lo que pasa
en el país. Si lees un cuento de un joven que vive en un barrio horrible donde matan a la
gente y ese joven trabaja en un canal de televisión como escenógrafo y le piden que diseñe
un barrio bonito porque la televisión debe mostrar el lado chévere de Venezuela, te das
cuenta de que finalmente la literatura termina por registrar el horror múltiple de esta
sociedad. Pareciera que la gravedad los ha convocado. Comienzan a aparecer autores que

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pegan duro en el exterior con libros que tienen público y de alguna manera han encontrado
la voz de la tribu. Semejante hipótesis, de confirmarse, es una gran noticia”.

Cauta a la hora de hablar de una narrativa venezolana como género en sí mismo se muestra
Karina Saiz Borgo: “Antes de identificar un fenómeno necesitamos un periodo más largo,
es un proceso que apenas comienza”. Un recorrido que, si depende de los acontecimientos
que se suceden vertiginosamente, tiene visos de prolongarse en el tiempo, al menos hasta
ver un país reconstruido.

Los grandes sellos se han ido y muchos escritores, correctores,


diseñadores, traductores e impresores han emigrado

Venezuela, país cuya cotidianidad no cesa de aportar paradojas, encuentra en la literatura


una de las más dolorosas. La eclosión de una narrativa poderosa coincide con un momento
en el que prácticamente solo puede publicarse y conseguirse fuera de Venezuela. Dentro
del país, la industria editorial casi ha desaparecido. Las grandes firmas se han ido. Muchos
escritores, correctores, diseñadores, traductores, dueños de imprentas… se han ido. “Es un
sentimiento extraño, de alguien que se va quedando solo en una casa donde antes había
mucha gente, actividad, emoción, sana competencia, profesionalismo… Editar en
Venezuela es hoy por hoy un atrevimiento, una osadía, un gesto de fe”, asegura Sergio
Dahbar. No quiere que sus palabras suenen a victimización. “No es ese el caso. Pero hay
algo de impresionante en la idea de que sigues aferrado a un oficio artesanal y de alguna
manera prehistórico, pero que al mismo tiempo sabes que es muy valioso y que apunta a
darle valor a los otros que se han quedado contigo y que están como tú luchando contra las
adversidades”.

Cualquiera que llegue ahora a Caracas y pregunte por una librería será observado,
probablemente, con resignación por su interlocutor, que le hablará con orgullo, eso sí, de
las librerías de Sabana Grande, de que no hace tanto podía haber pasado por Suma,
Alejandría, Noctua, de que las sucursales de las grandes cadenas —Nacho, Tecniciencia—,
de las que ahora o no quedan nada o son actos de resistencia, se contaban por decenas. Y

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le dirán que ya no es cuestión de cómo costear el alquiler del local, ni de lo imposible que
resulta meter libros, no ya distribuirlos. Que quién puede comprarlos. El salario mínimo de
un venezolano es de 40.000 bolívares, unos siete dólares, la mitad o un tercio de lo que
puede costar un libro. “Esto te habla de un aislamiento importante”, asegura Karina Sainz
Borgo: “El autoritarismo, en todas las partes del mundo, achica tu mundo, te obliga a
renunciar a las preguntas más complejas”.

LECTURAS
Mujeres que matan
Alberto Barreda Tyszka

Literatura Random House, 2018

240 páginas. 16 euros

La hija de la española
Lumen, 2019

Karina Sainz Borgo

224 páginas. 19,90 euros

El muro de Mandelshtam
Igor Barreto

Bartleby Editores, 2017

140 páginas. 15 euros

Dos espías en Caracas


Moisés Naím

Ediciones B, 2019

384 páginas. 19,90 euros

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