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Los valores en las explicaciones en psicología.

Ana María Talak


Universidad Nacional de La Plata
Universidad de Buenos Aires

Dentro de la diversidad de corrientes de la psicología, aquellas que forman


parte de lo que se ha llamado la corriente principal (mainstream psychology) suelen
sostener que el conocimiento que producen es objetivo, es neutro valorativamente
y se basa en métodos de investigación reconocidos, tales como la experimentación
y el análisis estadístico cuantitativo. Estas características parecen fundamentar y
legitimar su cientificidad. No obstante, el ideal de una ciencia libre de valores ha
sido cuestionado en los últimos años, desde diferentes disciplinas, la filosofía y la
historia de la ciencia, la sociología de la ciencia, los estudios postcoloniales, el
feminismo, y los estudios genealógicos y críticos. En este capítulo se abordará el
tema del rol que los valores cumplen en las explicaciones de la psicología. Se
argumentará la tesis de que los valores están presentes en la formulación de los
problemas, en la adopción del marco teórico, en la elección del método de
investigación y su implementación, así como en sus posibles usos tecnológicos en
diferentes campos aplicados de la psicología. Se parte de la idea de que los valores
no son algo externo a la producción de conocimiento, y solo presente en la
dimensión práctica, o en alguna dimensión ética que se reconoce en algunas
investigaciones, sino que son inherentes a la producción del conocimiento
psicológico sobre los seres humanos. Se argumentará que es necesario identificar
estos valores, no para eliminarlos y producir un conocimiento más empírico y
objetivo, sino para tematizarlos críticamente, analizar alternativas y optar por
aquellos que puedan ser sostenidos por mejores razones.
Se revisarán brevemente las características de la psicología entendida como
ciencia neutra y objetiva, y su relación con la distinción histórica hecho-valor que
está en la base de la idea de neutralidad. Luego se revisarán las distintas líneas de
crítica de la distinción hecho-valor que se plantearon desde mediados del siglo XX.
Entre estas líneas, se encuentra la epistemología feminista, la cual ha tematizado
explícitamente la cuestión de los valores epistémicos y no epistémicos en la
producción del conocimiento. Se retoman los conceptos de la Standpoint Theory, y
de la bidireccionalidad en la relación entre ciencia y valores sociales, por ejemplo,
así como la noción de objetividad fuerte. A continuación, se analizan ciertas
herramientas conceptuales de la psicología crítica, que permiten pensar las
valoraciones presentes en la adopción de ciertos marcos teóricos de la psicología,
en la forma de definir los problemas y de investigarlos. El concepto de violencia
epistémica de Thomas Teo resulta importante para entender la ligazón entre valores
epistémicos y no epistémicos. Finalmente, se examinan los tipos de explicaciones
prevalecientes en dos temas de la psicología, la inteligencia y el desarrollo
psicológico, y las valoraciones que guían las explicaciones y su legitimación en la
sociedad.

La psicología como ciencia neutra y objetiva.

El ideal de ciencia libre de valores, supone que es posible la producción de


un conocimiento descontextualizado, gracias a la aplicación de un método de
investigación y una justificación lógica que otorga al conocimiento producido una
validez universal. En tal sentido, está implícita la idea de un progreso en el
conocimiento científico según un modelo único, que se va mejorando por la
detección y corrección de errores, gracias a nuevos descubrimientos empíricos,
innovaciones tecnológicas que permiten mejores registros de la experiencia, y una
sofisticación en el aparato de análisis lógico que posibilitaría argumentaciones más
sólidas y complejas. Este modelo así construido se impondría finalmente como el
mejor y todos terminarían por implementar.
En este modelo de ciencia descontextualizada, se reconoce la presencia de
valores políticos y éticos, pero solo en el momento de la aplicación de los
conocimientos, y/o en la implementación de las políticas científicas o públicas. Esos
valores no intervendrían en el contenido mismo de la ciencia. Trabajosamente se
fueron reconociendo ciertos límites éticos en la investigación con seres humanos y
animales. Basta recordar como ejemplo, los planteos sobre las “investigaciones”
realizadas por los Nazis con los prisioneros de los campos de
concentración/exterminio durante la Segunda Guerra Mundial (Richards, 1997), o
posteriormente, los debates a partir del experimento sobre la obediencia a órdenes
criminales de Milgram (Milgram, 1963, 1964, 1974; Baumrind, 1964; Pigden & Gillet,
1996; Nicholson, 2011), que siguen reactualizándose hasta nuestros días y
promueve debates sobre la ética de algunas formas de investigación en psicología
social que usan el engaño, o bien, por la participación de psicólogos en sesiones de
tortura para obtener información de sospechosos de ser terroristas (Steinitz &
Mishler, 2012; Soldz, 2008; Zimbardo, 2007; Summers, 2007). Sin embargo, lo
extremo de estos casos parece dejar la conciencia tranquila de los psicólogos,
quienes los consideran solo situaciones excepcionales, alejadas de la práctica
cotidiana de la psicología científica. De esa idea global de neutralidad valorativa,
aún con los recaudos éticos mencionados, se infiere que la responsabilidad del
científico termina en las paredes de su laboratorio o de su institución, y que él no
sería responsable de lo que luego se hace fuera de esas paredes con el
conocimiento o la tecnología producidos.
Hugh Lacey (2010: 2-3) sostiene que esta concepción tradicional acepta
valores en el contenido de la ciencia, pero estos serían valores epistémicos,
entendidos como objetividad, neutralidad y autonomía. La objetividad hace
referencia a que una hipótesis llegaría a aceptarse como conocimiento científico
solo si se juzga que está bien avalada por la evidencia empírica disponible, a la luz
de criterios cognitivos estrictos (por ejemplo, adecuación empírica) que no
reflejarían valores éticos o políticos particulares. La neutralidad se refiere a que los
resultados científicos, considerados como un todo, no apoyan ninguna concepción
de valores éticos o sociales a expensas de otros, ya sea por medio de sus
implicaciones lógicas o de sus consecuencias en la aplicación. Y la autonomía hace
referencia a: 1) que las cuestiones sobre el propio método científico y los criterios
para evaluar el conocimiento no pueden ser establecidos apelando a concepciones
éticas o preferencias personales; 2) que las prioridades de la investigación, para la
empresa científica como un todo, no debería estar dominadas por los intereses de
una perspectiva ética particular; y 3) que las instituciones científicas deberían estar
constituidas de tal manera de ser capaces de resistir la interferencia externa.
Esta concepción de la ciencia neutra pero que sostendría esos valores
epistémicos, rechaza en general el pluralismo de abordajes metodológicos.
Restringe los criterios sobre lo que son las teorías admisibles, los datos empíricos
son seleccionados e informados usando categorías descriptivas que son en general
cuantitativas, y aplicables en virtud de mediciones, operaciones instrumentales y
experimentales. Lacey señala (2010: 3):
Representar los fenómenos de esta manera los descontextualiza, disociándolos de
cualquier lugar en los que puedan relacionarse con acuerdos sociales, vidas y
experiencias humanas, con cualquier vínculo con la agencia humana, valores o
cualidades sensibles, y de cualquier posibilidad que ellos puedan ganar en virtud de
sus ubicaciones en contextos sociales, humanos y ecológicos particulares.

Reconociendo aún los valores epistémicos mencionados, el ideal de ciencia


libre de valores (no epistémicos), en su versión más fuerte, podría establecerse con
las siguientes tres afirmaciones (Kincaid, Dupré & Wylie, 2007: 13):
1) La ciencia objetiva, bien confirmada, nunca presupone esencialmente valores no
epistémicos en la determinación de qué es la evidencia y cuán sólida ella es.
2) La ciencia objetiva, bien confirmada, nunca presupone esencialmente valores no
epistémicos en ofrecer y evaluar el estatus epistémico de la explicación.
3) La ciencia objetiva, bien confirmada, nunca presupone esencialmente valores no
epistémicos en la determinación de los problemas de los cuales se ocupan los
científicos.

La corriente principal de la psicología, ha adoptado en general estas ideas.


La distinción hecho-valor.

El ideal de la ciencia libre de valores se vincula a la idea de que los valores


son subjetivos e inmanejables con argumentos racionales. El actual debate sobre
los valores en la ciencia se origina en una reacción a esta idea.
Es necesario recordar que la separación entre los valores y los hechos que
supone el ideal de la ciencia libre de valores, tiene su origen para nuestro debate
moderno en los planteos de Hume. No se pueden deducir afirmaciones morales (el
debe) de afirmaciones fácticas (del es). Según Hume, las verdades solo pueden ser
verdades de razón o verdades de hechos. Los juicios éticos no entran en ninguna
de esas categorías. Tienen que ver con los sentimientos humanos. Esta distinción
se mantuvo en los tratamientos posteriores (que no vamos a detallar acá) de Kant,
y del positivismo lógico (por ejemplo, la formulación de Ayer), que, con
fundamentaciones diferentes sostuvieron la afirmación de que los juicios éticos se
diferencian del conocimiento de los hechos.
A partir de la década de 1950, y desde fuentes diversas, comenzaron a
enunciarse los problemas en torno a la distinción hecho-valor.
Por un lado, la crítica a la interpretación emotivista de los juicios de valor,
mostró que las afirmaciones morales son usadas en argumentos como lo son las
afirmaciones fácticas. La gente da razones por sus juicios morales y esas razones
pueden tomar la forma de argumentos morales. Por ejemplo, se puede argumentar
que: “Si la pena capital es aplicada desigualmente, entonces es injusta. La pena
capital es aplicada desigualmente, por raza, sexo y estatus económico. Por
consiguiente, la pena capital es injusta.” (Cfr. Kincaid, Dupré & Wylie, 2007: 7)
Por otro lado, el análisis del lenguaje ordinario durante las décadas de 1950
y 1960, mostró que hay muchos casos en donde no se pueden separar claramente
lo fáctico y lo valorativo. Por ejemplo, calificar a un restaurante como de “1° calidad”,
o a un profesional como “buen profesional”, etc.
En tercer lugar, el holismo planteado por Quine también contribuyó a las
dudas sobre la distinción hecho-valor. Argumentó que nuestras creencias
constituyen una red, donde cada creencia está al menos indirectamente conectada
con todas las otras por conexiones lógicas y otras conexiones de evidencia. Esto
significa que no hay un modo tajante de separar nuestras creencias entre aquellas
que son verdades de hecho y valoraciones. En la ciencia y otros ámbitos, la revisión
de una creencia no está dictada por reglas algorítmicas de la razón, sino que es un
proceso guiado en parte por factores pragmáticos.
Estas ideas de Quine tuvieron muchas implicancias para la distinción hecho-
valor. 1) Permitieron profundizar la significación de los casos híbridos (significado
holista). No sería extraño que un término tenga conexiones con juicios fácticos y
juicios de valor. El análisis de categorías raciales o de sexo, en las ciencias sociales
o biomédicas, por ejemplo, mostraría ambos componentes valorativos y fácticos. 2)
Motivaron una mirada más cuidadosa de la práctica real de la ciencia. Comenzó a
considerarse importante observar cómo los científicos razonan y llevan a cabo una
investigación, a fin de analizar la red científica de creencias, y si intervienen
consideraciones extralógicas, abriendo así el paso a consideraciones valorativas y
pragmáticas.
Uno de los más grandes impactos de las ideas de Quine se manifestó en la
publicación en 1962 de La estructura de las revoluciones científicas, de Thomas
Kuhn. Sostiene que la ciencia estaría guiada por paradigmas, dentro de los cuales
las teorías, los métodos y los datos estarían interconectados en una red muy
estrecha. Los cambios más importantes surgirían cuando ciertos problemas no
podrían resolverse, hasta que se formule un nuevo paradigma que prometa las
soluciones y gane suficientes adherentes para dominar las universidades, las
revistas y otras instituciones científicas. Los procesos sociológicos son parte del
cambio científico. (Kuhn 1985 [1970], Pérez Ransanz, 1999; Guillaumin, 2012)
Luego de Kuhn, muchos estudios en historia, filosofía y sociología de la
ciencia mostraron cómo los intereses, los valores, los ideales culturales, y otros
influencian incluso lo más duro de la ciencia.

Quienes defienden la idea de una ciencia cargada de valores, formulan en


general tres tipos de argumentos:
1) Argumentos que parten de la negación de la distinción hecho-valor.
Hay varios modos de atacar esta distinción. Una estrategia es ofrecer
contraejemplos directos: encontrar casos de investigación científica en los cuales
las afirmaciones hechas sean a la vez fácticas y valorativas (recordar los ejemplos
de terminología híbrida). Otra estrategia más sistemática es ofrecer razones teóricas
de que hechos y valores no son independientes. Los argumentos relacionados con
el holismo del significado siguen esta estrategia.
2) Argumentos que se basan en la subdeterminación.
La subdeterminación puede ser de dos tipos:
a. Subdeterminación de la teoría por los datos:
Una vez que tenemos todos los datos, puede haber múltiples hipótesis compatibles
con los datos. Algunos argumentaron que esto se debía al holismo de la puesta a
prueba: siempre se pueden revisar distintas partes de la red de creencias a la luz
de nueva evidencia.
b. Subdeterminación de la teoría de la decisión a partir de los valores epistémicos.
Se refiere a la situación descripta por Kuhn de que dos científicos con diferentes
teorías pueden acordar en los valores epistémicos que una teoría debe tener y en
los datos disponibles, pero pueden sin embargo no acordar en cuál teoría es la
mejor fundada, porque podrían jerarquizar de diferentes maneras los valores
epistémicos (por ejemplo, privilegiar el alcance sobre la precisión). Kuhn expuso
esta idea en una conferencia dictada en 1973: Objetividad, juicios de valor y elección
de teorías (Kuhn, 1987 [1977]: 348).
Ambos tipos de subdeterminación parecen apoyar la idea de una ciencia
cargada de valores. La evidencia empírica sola o la evidencia más los valores
epistémicos no nos dicen qué creer en forma infalible. Por lo tanto, los valores
pueden o deben estar involucrados.
3) Argumentos que se basan en los estudios sociales de la ciencia.
Estos enfoques identifican la carga valorativa presente en los procesos sociales de
la ciencia. Estudios postkuhnianos detallan cómo los individuos interactúan para
producir resultados científicos y cómo intereses y valores están involucrados en
esos procesos. Se puede recordar la división de tareas que supone el trabajo en
equipo en una experimentación o investigación. Además, al interpretar y evaluar la
evidencia, los científicos deben formular juicios de valor sobre el carácter de los
demás miembros del equipo.
Los argumentos que enfatizan que la ciencia es ante todo una empresa social
no consideran que los valores estén involucrados contingentemente, porque los
procesos sociales conllevan inevitablemente intereses y decisiones sobre cómo se
toman las decisiones colectivas.

Los aportes de la epistemología feminista.

El enfoque feminista en la filosofía de las ciencias ha realizado en las últimas


dos décadas contribuciones decisivas para la reconsideración del papel de los
valores no epistémicos (éticos, políticos, por ejemplo) en la producción científica. En
términos generales, las filósofas feministas plantean que la actividad científica está
atravesada por valores no epistémicos a todo nivel. Para abordar este tema, han
desarrollado herramientas conceptuales como la Standpoint Theory (ST) (Hartsock,
1998). Este concepto permite un análisis centrado en la situación sociopolítica de
los científicos y los compromisos intelectuales y materiales que esa posición supone
y fuerza a los agentes productores de saberes científicos. En ese punto, todo
científico, al no poder producir saber de manera descontextualizada, utiliza los
recursos materiales e intelectuales de su medio y con ello toma una serie de
decisiones basadas en criterios no epistémicos que posibilitan y a la vez determinan
y limitan el tipo de conocimiento que puede generarse. En este punto, la Standpoint
Theory (ST) afirma que los valores no epistémicos son constitutivos y habilitantes
del saber científico, y que intervienen a cada momento que el científico toma una
decisión respecto de la justificación y el uso de sus saberes. Elizabeth Potter (2006:
131-132) dice que:
Un standpoint es un logro, el resultado de un análisis realizado por más de
una persona, que ocupan, en primera instancia, una ubicación particular en un orden
político. En esta perspectiva, la organización política/social de las sociedades
incluye relaciones de género, relaciones étnicas y de raza, relaciones de clase y
muchas otras relaciones entre las personas. Y, de hecho, en la mayoría de las
sociedades contemporáneas, esas relaciones son jerárquicas. (…)
Un standpoint no es lo mismo que un punto de vista o una perspectiva,
porque todo grupo de personas que ocupa una ubicación social común (por ejemplo,
los inmigrantes portorriqueños en Estados Unidos) puede tener un punto de vista o
perspectiva no reflexiva. Esa perspectiva puede ser típica de las personas que
ocupan esa ubicación pero la perspectiva no es un standpoint. Un standpoint surge
cuando la gente que ocupa una ubicación social subordinada se compromete en una
lucha política para cambiar las condiciones de sus vidas y en consecuencia se
compromete con un análisis de esas condiciones para cambiarlas. Así, un
standpoint es un logro “por el cual se ha luchado”. (La traducción es de la autora de
este capítulo.)

Según Sandra Harding, las teorías del standpoint han sido especialmente
útiles en el análisis de patrones de conocimiento e ignorancia creados por relaciones
políticas. En esas relaciones, los grupos dominantes producen marcos
conceptuales en políticas públicas y en disciplinas de investigación que valorizan
ciertos tipos de conocimientos que sus propias actividades e intereses hacen
razonables para ellos. A la vez, desvalorizan y suprimen conceptualmente los
patrones de conocimiento y marcos conceptuales en competencia que emergen de
las actividades e intereses de los grupos en desventaja por el poder de los grupos
dominantes.
A partir de lo anterior, Sandra Harding (2006) considera que la ciencia ha
demostrado ser instrumental en pos de objetivos socio-políticos, y que el avance de
la ciencia ha estado sujeto a múltiples disputas de poder, aunque no por ello la
ciencia se reduce al puro ejercicio político. A partir de esto, uno de los objetivos
básicos de la epistemología feminista es intentar definir qué tipo de políticas
permiten el avance del crecimiento del conocimiento científico teniendo en cuenta
para quiénes tales políticas significan un avance. Según esta autora, la Standpoint
Theory no se asimila a perspectivas externalistas de la ciencia, en las cuales los
argumentos políticos reemplazan a los científicos y minimizan o niegan el papel
significativo que el orden natural tiene en la producción y legitimación del
conocimiento. Tal postura propone que la inclusión de las discusiones políticas en
el seno de la ciencia permitiría producir, teórica y empíricamente investigaciones
científicas más rigurosas y exitosas, en tanto que no cualquier objetivo político sería
condición de conocimiento aceptable. En este punto, todo conocimiento científico
supone una política, pero no puede reducirse a ella, ni cualquier política permite
generar saberes científicos sostenibles. Esta perspectiva permite introducir criterios
para analizar qué valores no epistémicos constituyen, guían y justifican las prácticas
científicas, y cómo esos valores se relacionan con la situación sociohistórica del
científico.
Alison Wylie y Lyn Hankinson Nelson (2007) asumen que los valores no
epistémicos juegan un rol instrumental en la definición de prioridades de
investigación, en el mejoramiento de la investigación empírica, tanto en la revisión
de los datos existentes como en la obtención de nuevas evidencias, así como de
los marcos teóricos, al ofrecer nuevos criterios de análisis y permitir la revisión de
los supuestos que guían una investigación. En estos términos, la presencia de
valores no implica un déficit en la rigurosidad u objetividad de la investigación. La
explicitación y discusión de valores en la ciencia contribuyen a mejorar la
investigación y a hacer más rigurosa la objetividad científica, e incluso contribuyen
a redefinir las dinámicas intra e interdisciplinares. Para estas autoras, se requiere
de investigaciones contextualizadas y sistemáticas de las relaciones entre valores
epistémicos y no epistémicos para cada disciplina científica o programa de
investigación. Esto exige que los estándares y los objetivos científicos estén abiertos
al cambio y la negociación, lo cual remite al metaprincipio de provisionalidad
epistémica: la objetividad científica es un resultado contingente a la relación
específica de valores epistémicos y no epistémicos para cada investigación. Esta
perspectiva habilita un análisis de las explicaciones en psicología que explicite esta
dimensión valorativa y su papel en la construcción de las explicaciones.

Los aportes de la psicología crítica.

La psicología crítica abarca un conjunto de corrientes diferentes que tienen


en común proponer alternativas de abordajes para superar problemas que
encuentran en la llamada corriente principal de la psicología. Principalmente,
consideran que esa corriente principal, que se define como apolítica, neutra,
objetiva, y científica, ha promovido un campo muy restringido en la forma de
entender el bienestar humano y social, y de ahí sus limitaciones en la producción
de conocimiento y en las intervenciones profesionales que sustenta. Algunas
cuestiones fundamentales de la corriente principal de la psicología, que resultan
problemáticas para la perspectiva crítica son (Fox, Prilleltensky & Austin, 2012: 4):
. Se centra en el individuo más que en los grupos o en la sociedad. De esta manera,
sobredimensiona los valores individualistas, dificulta los valores que promueven la
reciprocidad y la comunidad, y refuerza las instituciones injustas.
. Sostiene suposiciones y alianzas institucionales que dañan a los miembros de los
grupos marginales y menos poderosos, facilitando el mantenimiento de la inequidad
y la opresión.
. Estos resultados inaceptables ocurren independientemente de las buenas
intenciones individuales o colectivas que puedan tener los psicólogos.
Principalmente, interesa destacar aquí para los fines de este trabajo, que
estos problemas mencionados se manifiestan en la corriente principal de la
psicología, según los autores de la psicología crítica (Fox, Prilleltensky & Austin,
2012; Teo, 2012), en el nivel de análisis restringido al individuo, en la comprensión
de los problemas como problemas individuales, en la falsa afirmación de objetividad
científica supuestamente asociada a una neutralidad política y al uso de métodos
objetivos (metodologismo o metodolatría), a la falta de reflexividad de los psicólogos
de la corriente principal.
Para tematizar el rol de los valores en las explicaciones de la psicología, es
importante tener en cuenta que estas perspectivas (ya sea de la corriente principal
o de la psicología crítica) orientan la forma de identificar y definir los problemas que
son relevantes investigar y cómo hacerlo. Las explicaciones en psicología dependen
en gran parte de cómo se define el problema y de cómo se cree que debe ser
investigado y solucionado. Si la perspectiva es fundamentalmente individualista, y
lo social y lo cultural se interpreta como algo externo al individuo que interactúa con
él, y se lo organiza como un conjunto de variables externas, se terminan
naturalizando muchos aspectos de la situación de los individuos considerándolos
como rasgos individuales, que requieren ajustes adaptativos al medio. De esta
forma, también se naturaliza el medio, ya que no se busca cambiarlo, solo se apunta
a que el individuo cambie. Es así que, independientemente de las buenas
intenciones que los psicólogos puedan tener de ayudar a las personas que tienen
problemas, terminan reforzando el orden social vigente con sus inequidades y con
los problemas que este orden puede generar.
La corriente principal de la psicología todavía no ha adoptado la reflexividad
-una exploración consciente de cómo nuestros valores y suposiciones afectan
nuestras metas teóricas, nuestra metodología y actividades, y las interpretaciones
que realizamos-, lo cual se fomenta en cambio en prácticas de investigación de otras
corrientes de la psicología y de otras ciencias sociales. Por el contrario, los
psicólogos de esta corriente internalizan en su formación las normas profesionales,
y se apropian de la idea de la psicología como una ciencia objetiva, neutra
valorativamente, apolítica. El énfasis en los datos en vez de en el análisis de los
valores y el poder (lo cual también es una preferencia valorativa) conduce a
direcciones convencionales, en vez de proponer desafíos al sistema vigente, en vez
de ver el medio como construido socialmente, que se caracteriza por ciertas
relaciones económicas y políticas. Esta orientación adaptativa de la psicología es
requerida en distintos campos profesionales en los que trabaja, como la educación,
el trabajo, el sistema jurídico-penitenciario y la medicina.
Las normas reflejan en general los valores, las suposiciones y los intereses
de las clases medias y altas de los profesionales. El entrenamiento académico y
profesional produce psicólogos profesionales que han internalizado los límites
políticos y sociales del campo de la psicología. La enseñanza de lo que es legítimo
y de lo que no lo es restringe también los ideales más amplios, o más profundos,
que se podrían formular. Conduce a los estudiantes a ver como problemas
individuales problemas que son sistémicos, y a proponer proyectos de investigación
que son en general, variaciones de trabajos anteriores que difícilmente conducen a
conocimiento científico significativo o a una transformación del orden social en el
sentido de la justicia y la igualdad.
A diferencia de otras ciencias sociales, no predomina en la psicología la
conciencia de que la ciencia social no es neutral, libre de valores. Los cursos de
psicología de esta corriente principal, muestran el avance de la psicología como una
cuestión de respuestas puramente lógicas a los problemas planteados. No se tiene
en cuenta que sesgos personales, profesionales y políticos afectan las preguntas
que plantean los psicólogos, la metodología que eligen usar, las conclusiones a las
que llegan y las recomendaciones que sugieren. Esas elecciones y su relación con
los sesgos permanecen ocultas, para reforzar la idea de que se está realizando una
ciencia objetiva y neutra. (Stainton Rogers, 2012)
Por otro lado, la forma de entender el método a usar en la solución de los
problemas también es relevante en cuanto a la forma de la construcción de la
explicación. La corriente principal tiende a dar primacía al método legítimo
(metodología experimental-estadística o empírica-estadística) y pone en segundo
lugar la naturaleza del objeto de estudio y del problema a investigar. El problema no
es el método en sí mismo, sino el imperativo de que ese método debe usarse para
investigar todos los problemas. Por lo tanto, en vez de tratar de buscar la mejor
forma de investigar un problema dado, el problema y el objeto de estudio deben ser
adaptados al método predeterminado. Pero, como ya desde fines del siglo XIX
Wundt había planteado, solo algunos tipos de problemas y de objetos de estudio de
la psicología se adecuan a los marcos teóricos que suponen los experimentos. En
este contexto, Teo señala que hay un déficit hermenéutico en la corriente principal
(Teo, 2012: 45), por el cual los psicólogos no son conscientes de las operaciones
de interpretación (con sus valoraciones y supuestos) que emplean en el proceso de
investigación y de intervención profesional. Este déficit interpretativo se manifiesta
claramente en el contexto de las interpretaciones de las diferencias de grupo (por
ejemplo, diferencias de género, de clase, de raza, etc.). De ahí la formulación del
concepto de violencia epistemológica (ibídem), que se entiende como la
interpretación de los datos (no los datos mismos) que conduce a afirmaciones que
construyen a los grupos marginados como inferiores, restringen las oportunidades
de los grupos marginados y conducen hacia consejos/recomendaciones adversas
para los grupos marginados.

Los valores en las explicaciones de la psicología.

Los análisis críticos previos brindan marcos y herramientas conceptuales


para revisar las explicaciones que la psicología ha dado a muchos tópicos con
importantes consecuencias para las vidas de las personas. La identificación de los
valores epistémicos y no epistémicos, siempre presentes en la formulación de los
problemas, en la investigación y en el uso de ciertas tecnologías en campos de
aplicación, permitirá entender desde una nueva perspectiva por qué ciertas
explicaciones son aceptadas y legitimadas. Su validez entonces no se trata solo de
una cuestión de aplicación correcta del método científico y de la construcción lógica
de una argumentación impecable (aunque la elección de esa metodología implica
la lección de ciertas valoraciones epistémicas y políticas también). El concepto de
violencia epistemológica puede ser útil para detectar la dimensión valorativa y sus
consecuencias para las personas. Si bien hay muchos ejemplos en las prácticas de
la psicología a lo largo de su historia y en la actualidad (en la psicoterapia, en el
campo de la psicología educacional, en la psicología de las organizaciones, en la
psicología forense, etc.) en los que se podría abordar los tipos de explicación
presentes, se analizarán aquí las explicaciones en torno a dos temas: la inteligencia
y el desarrollo psicológico.

A.La explicación de la inteligencia: valores, tecnología y orden social.


El estudio de la inteligencia y de las aptitudes intelectuales, y la explicación
de las diferencias y constantes detectadas, desde concepciones que enfatizan la
base biológica y la estabilidad de ese bagaje a lo largo de la vida (cuya máxima
expresión es la noción de Cociente Intelectual, CI), ha tenido consecuencias
adversas para los grupos o individuos más desfavorecidos en los ámbitos en donde
se utilizaron tecnologías de medición de esas capacidades: los inmigrantes que no
se querían dejar entrar al país; la expansión o limitación de las oportunidades
educativas; la ubicación de niños en clases especiales; la justificación de la
contratación y despido de empleados. Las mediciones del CI se utilizan para culpar
a los individuos al atribuir a su “bagaje genético” las causas de su falta de éxito y de
su pobreza. Cernovsky (1997) señala que si bien hay muy poca base para realizar
esas mediciones con validez, los psicólogos las siguen realizando. Individuos y
grupos son estigmatizados como inferiores por medio de los tests de inteligencia,
que reciben más credibilidad de la que merecen. Las etiquetas que se otorgan a las
personas a partir de estos tests, actúan muchas veces como profecías auto-
cumplidas, perpetuando estereotipos negativos. Los psicólogos podrían tematizar
las repercusiones morales y las bases políticas del uso de esas herramientas
tecnológicas y de las categorías psicológicas utilizadas, y la violencia
epistemológica que ellas promueven. Son numerosos los estudios históricos y sobre
las prácticas actuales que han tematizado estos problemas, aunque sin embargo,
en la práctica sigue predominando en ciertos ámbitos esta concepción y sus
consecuencias adversas. Es importante destacar, que la utilización de estos tests y
su interpretación se relaciona con ciertos resultados que son esperados a nivel
público, y que, como se señaló previamente, refuerzan el punto de partida, la
interpretación individualista de las capacidades, la interpretación esencialista de
ciertas diferencias encontradas entre los grupos sociales, y la justificación de las
desigualdades en el orden social vigente como producto de las diferencias naturales
entre los individuos y los grupos. Este valor individualista en el punto de partida,
guía la elaboración de los tests y la interpretación misma de los datos, con lo cual
se produce un proceso circular en donde se inventan instrumentos para medir
aquello que confirme las ideas previamente sostenidas (Kamin, 1974; Gould, 1981;
Geary, 2005).
Una ilustración actual y dramática a la vez, son las recientes discusiones en
American Psychologist acerca de cómo precisar las mediciones del CI, y cómo
interpretar la diferencia detectada entre los jóvenes norteamericanos blancos y
negros (entre 13 y 17 años) de tres años de edad, a favor de los jóvenes blancos,
diferencia que se registraría prácticamente invariable desde los años ´50. Esta
constatación tiene como tema central analizar qué papel podrían cumplir las
políticas públicas para modificar esos resultados. Esos esfuerzos públicos y
colectivos no tendrían razón de ser si la diferencia se explica fundamentalmente a
partir de la genética, como se muestra en el debate. (cfr. Nisbett, 2012; Rushton,
2012)

B. Las explicaciones del desarrollo psicológico: el orden social como orden


natural.
El estudio del desarrollo psicológico generalmente se ha asociado al estudio
del niño, y el adolescente. Esta perspectiva favoreció un enfoque más individualista,
centrado en procesos internos, madurativos, del niño, que parecían independientes
del contexto social y político. La historia del estudio del desarrollo psicológico
humano constituye un ejemplo paradigmático de la presencia de valoraciones de
diferentes tipos en la producción de su conocimiento. Las corrientes de psicología
que llegaron a ser principales en diferentes ámbitos académicos, proclamaron un
tipo de conocimiento sobre las diferencias psicológicas humanas a lo largo del
desarrollo desde un marco naturalista y evolucionista. Esta forma peculiar de
naturalización del conocimiento recortó como uno de sus problemas fundamentales
el de identificar las diferencias psicológicas atribuibles a la naturaleza biológica del
ser humano. Esa naturaleza incluía la transmisión hereditaria, los factores de
maduración, y la influencia del ambiente (tanto “social” como “natural”) en el
desarrollo de las funciones psicológicas. Los problemas acerca de a qué se debían
y cómo se formaban las diferencias psicológicas entre los seres humanos a lo largo
del desarrollo, así como qué era lo esperable, se abordaron desde un supuesto
inamovible que atribuía un papel determinante a la herencia, o a las diferencias
biológicas constitucionales de base, mientras que el papel del ambiente quedaba
relegado al de un factor que favorecía u obstaculizaba el despliegue de lo que ya
estaba determinado biológicamente. El resultado de este enfoque fue que las
investigaciones empíricas en psicología que buscaban identificar diferencias
cuantitativas significativas entre grupos humanos –clasificados por edades, por
razas o nacionalidades, por sexo, por grupos sociales–, tendieron a interpretar esas
diferencias como producto de la biología de los individuos. La constancia de ciertas
características en los diversos grupos clasificados se interpretaba en términos de
transmisión hereditaria, y no por ejemplo, en términos de condiciones de vida, de
los recursos educativos disponibles, etc. Se ve también aquí cómo en este tipo de
investigaciones psicológicas los supuestos previos guían tanto la formulación de los
problemas y las interpretaciones de los resultados obtenidos en la aplicación de
técnicas de medición de las funciones o aptitudes psicológicas. Esos resultados así
obtenidos, tendían a confirmar los puntos de partida y actuaban como obstáculo
para pensar y poner a prueba interpretaciones alternativas de los cambios que
surgían en el desarrollo psicológico. En un trabajo anterior (Talak, 2013) he
analizado cómo las psicologías del desarrollo que tienden a reducir los factores
fundamentales del cambio evolutivo a los factores de maduración biológica,
suponen el despliegue y la realización de un orden natural que se identificaría con
el orden social vigente valorado, que estaría representado en el estado final del
adulto que se integra en la sociedad. Frente a esta concepción, los problemas del
desarrollo abarcarían todas las dificultades para lograr reproducir internamente el
orden social.
Algunos autores, sin embargo, abordaron más matizada o innovadoramente
estos problemas en el contexto de la época. Por ejemplo, el psicólogo
norteamericano James Mark Baldwin mostró el papel constitutivo de las
interacciones sociales en la formación de reacciones circulares, en la imitación y en
la génesis de las novedades en el desarrollo psicológico humano (Baldwin, 1896;
Valsiner y Van der Veer, 2000: 138-176). Sin embargo, estas aportaciones teóricas
permanecieron al margen de las corrientes principales de investigación en
psicología, desarrolladas en las universidades. Las investigaciones de Piaget y de
Vigostsky, a partir de la década de 1920, aunque desde perspectivas diferentes,
contribuyeron a pensar el desarrollo psicológico humano a partir de las interacciones
y desde una concepción más relacional, que superaba el clásico individualismo
metodológico. El impacto de estos autores ha sido enorme pero desigual en los
años siguientes de la psicología, y constituyen hoy en día referentes indispensables
para la investigación sobre el desarrollo psicológico humano, y para abordar los
problemas de lo universal y las variaciones, lo construido y las restricciones, y las
valoraciones mismas de los desarrollos posibles.
En las primeras décadas de desenvolvimiento de la psicología, lo más
problemático entonces fue la forma de considerar las interacciones sociales y la
transmisión cultural en el estudio del desarrollo psicológico. El análisis de qué se
hacía con las anomalías detectadas (cfr. Talak, 2013) muestra, para el caso de la
psicología, la dificultad de cuestionar los aspectos más básicos del marco teórico
que guiaba la investigación, tanto en sus postulados teóricos como en las
valoraciones sobre las diferencias humanas estudiadas. Numerosos trabajos de
carácter teórico, epistemológico e histórico han mostrado los problemas del
etnocentrismo presente en la psicología a lo largo de toda su historia hasta la
actualidad y las implicancias en las prácticas de investigación, incluyendo los
problemas de las investigaciones transculturales (véase por ejemplo, Weisstein,
1992; Richards, 1997; Teo y Febbraro, 2003; Winston, 2004; Clarke & Braun, 2012).
Esas valoraciones no tematizadas sobre el desarrollo psicológico, que
incluye la consideración de diferencias entre mujeres y varones, y entre grupos
sociales, son tanto de carácter ético como político. Ese desconocimiento de los
supuestos valorativos contribuye a no detectar la dirección sesgada que toman las
propias indagaciones y el carácter confirmatorio que la evidencia empírica cumple
en relación a los propios supuestos. Por otro lado, el problema no es que haya
valores en la producción del conocimiento, sino el tipo de valores éticos y políticos
con los que se producen investigaciones y afirmaciones con carácter de
conocimiento científico sobre el ser humano. En ese sentido, los enfoques críticos
y feministas antes mencionados, intentan pensar alternativas plausibles de
desarrollo de las prácticas de investigación y de las teorías psicológicas, que tengan
en cuenta el carácter social, cultural e histórico de la construcción de las identidades
y de las diferencias humanas (para el tema del desarrollo, véase por ejemplo,
Burman, 1997).

Consideraciones finales: las explicaciones en psicología, subjetividad y orden


social.
Los aportes analizados de las corrientes críticas de la psicología muestran,
por un lado, que la dimensión ética y política de la psicología no está presente solo
en la aplicación de los conocimientos psicológicos. En segundo lugar, sostienen el
carácter social, cultural y político de los procesos de subjetivación, de los procesos
de construcción de las identidades. De allí que hagan hincapié en que las
explicaciones de la psicología tienen impacto en las propias vidas de las personas,
y deben incluir el papel de lo social y lo político como algo que también puede ser
modificado, a fin de no naturalizar el orden social vigente. Desde esta perspectiva,
las explicaciones en psicología tendrían que tener como supuesto la posibilidad de
pensar contextos alternativos para crear nuevas identidades y diferencias acordes
con valoraciones éticas y políticas deseables, previamente examinadas
críticamente. En tercer lugar, constituyen una crítica implacable a las explicaciones
psicológicas que fijan identidades inmodificables, reproduciendo relaciones
sociales, políticas y económicas establecidas históricamente. Por último, plantea el
desafío para todo psicólogo teórico y profesional de reflexionar sobre las
explicaciones que guían sus prácticas profesionales, sobre el tipo de desarrollo
futuro del ser humano al que está contribuyendo, dentro de una historia más amplia.