Vous êtes sur la page 1sur 4

LAS FUERZAS QUE MUEVEN EL UNIVERSO

En muchas de las formas que constituyen el Universo, y que se repiten también en otros
fenómenos físicos, como los huracanes, observamos dos fuerzas aparentemente opuestas,
pero mutuamente complementarias. Una fuerza centrípeta que atrae todo hacia sí, que
pareciera intentar compactar el Universo. Esta fuerza evita la dispersión de todos los cuerpos
que lo componen. Al mismo tiempo podemos observar una fuerza centrífuga, de dispersión y
cambio, que hace que el Universo se expanda de manera permanente. Sin la primera, éste
sería un caos absoluto, sin ningún orden que evitase el choque continuo de sus cuerpos. Sin
la segunda, sería cada vez más compacto y pequeño.

Estas dos fuerzas construyen equilibrios momentáneos, a través de la aparente


neutralización de la fuerza contraria; ello da una apariencia de ausencia de movimiento.
Pero no es así, allí están ellas operando de forma permanente y casi imperceptible. En el
centro de estas formas celestes, la fuerza centrípeta ejerce una atracción sobre los cuerpos
que la rodean, haciendo que todos ellos dependan de él, de alguna forma. En la periferia de
las mismas, la fuerza centrífuga impulsa a los cuerpos que la componen hacia fuera,
pareciendo fugarse de la influencia del centro. De alguna forma, las fuerzas de conservación
y de cambio que observamos en la evolución, responden a las fuerzas centrípeta y centrífuga
que observamos en el Universo, respectivamente.

El sistema solar es un ejemplo de equilibrio entre estas dos fuerzas: Ni la fuerza centrípeta
del sol es suficientemente fuerte para tragarse el primer planeta, ni la centrífuga del último
planeta es suficiente para escapar a la influencia del sol. Pero los equilibrios están
cambiando de forma permanente, de manera casi imperceptible, y construyendo nuevos.
Puede llegar un momento en que el sol, en la medida en que transforma su masa en energía,
reduzca su masa y con ello su capacidad de atracción y no pueda sostener en su órbita al
último de sus planetas; o que el más cercano desgaste su masa en su movimiento orbital y
sea tragado por el sol. Permanentemente los equilibrios están cambiando y se están
construyendo nuevos, para cambiar nuevamente, en un movimiento constante pero, al
tiempo, lento e imperceptible.

Con los conflictos sucede algo parecido. La fuerza del cambio los insta a transformarse y la
fuerza de conservación ayuda a recuperar el equilibrio que vuelve a tener una tendencia al
cambio. Es por lo anterior que los conflictos no se resuelven, se transforman. La dificultad se
plantea cuando nuestra pretensión con respecto a ellos se centra en recuperar el equilibrio
perdido. No es posible; el nuevo equilibrio será diferente. Esta dificultad se ejemplifica bien
en las relaciones afectivas entre los seres humanos. Ellas se están transformando
permanentemente producto de los conflictos. Cuando el deseo se centra en recuperar el
equilibrio perdido se siente la frustración que resulta de que las fuerzas que componen el
equilibrio nuevo ya no están en la misma relación. Decimos: “ya no es como antes”,
añorando lo que no puede volver a ser de la misma forma. Por esto es que es tan importante
entender que los conflictos se transforman, se tratan, pero no se solucionan en un sentido
estricto.

La fuerza centrípeta del Universo es la que mantiene el orden, controla y regula la fuerza
centrífuga, contiene el cambio que está provocando continuamente esta última. De la misma
forma, la fuerza centrífuga controla o limita la fuerza de concentración que está ejerciendo la
fuerza centrípeta. De nuevo dos fuerzas opuestas que no se anulan, sino que se
complementan.

Los poderes de centro

De nuevo volvemos a nuestra hipótesis básica: los seres humanos somos resultado de las
fuerzas del Universo y, por lo tanto, tenemos comportamientos que responden a dichas
fuerzas. Acorde con la fuerza centrípeta componemos formas de poder que pretenden el
orden, la estabilidad, la seguridad, la obediencia, la supeditación, entre otras. A los poderes
que responden a esta lógica vamos a llamarlos poderes de centro. Ellos son, por definición,
controladores, pretenden que la vida gire en torno suyo, que nada suceda sin su
consentimiento expreso. En respuesta al sometimiento voluntario ofrecen seguridad y
protección. Así como en el Universo, los cuerpos que se encuentran más cerca al centro
tienen más dependencia del mismo por que en ellos la fuerza centrípeta es mayor que la
centrífuga. En general, este poder tiene un gran reconocimiento y aceptación social y es
percibido como “bueno”. Como consecuencia de ello, construimos sociedades
profundamente conservadoras, no en el sentido político-partidista, sino cultural.

Los poderes de periferia

Responden a la fuerza centrífuga, es decir, a la lógica de cambio. Transcurren en el campo


de lo incierto, del cuestionamiento a todo tipo de norma, del caos, de las transformaciones,
de la desobediencia a lo establecido. Son la expresión de la autonomía y la libertad y el
espacio en el que se construye la legitimidad. Crecen en la medida en que toman distancia
de los centros. Por las características culturales, este tipo de poderes produce desconfianza
y es calificado como “malo” o, al menos, “inconveniente”. Por lo anterior, nos cuesta mucho
trabajo asumir con tranquilidad el reto de la autonomía y no nos es nada fácil disfrutar el
cambio y, en consecuencia, los conflictos.

Es importante resaltar que los dos poderes se complementan y no se dan químicamente


puros. En general todas las personas tenemos interiorizadas lógicas de centro y lógicas de
periferia y, por lo tanto, podemos ejercer las dos formas de poder, dependiendo del rol social
que desempeñemos en un espacio o en otro.

Algunos ejemplos:

En el hogar, el poder de centro es ejercido por el padre y la madre. En la medida en que los
hijos e hijas son más pequeños su dependencia del centro es mayor. La autonomía, que es
una expresión de la fuerza centrífuga es apenas perceptible, pero existe; incluso un bebé,
cuya vida depende del centro, toma pequeñas decisiones en la búsqueda de sentirse bien.
Son ellos los que deciden si tienen hambre o no y cuándo. Hay padres que intentan manejar
estas pequeñas expresiones de autonomía y determinan la hora en que el bebé debe comer,
el momento de cambiarlos de pañales y no permiten estas pequeñas manifestaciones de
independencia, para que “sepan desde el principio quién es la persona que manda”. En la
medida en que el niño crece va disminuyendo su dependencia del centro y va desarrollando
sus propios criterios, su fuerza centrífuga, hasta el punto de ser capaz de tomar sus propias
decisiones. Pero ni aún cuando esto sucede, la fuerza centrípeta desaparece del todo. Ya
adultos siguen contando con sus padres de alguna manera. El papá autoritario intentará
mantener la dependencia el mayor tiempo posible: “mientras usted viva en esta casa, aquí se
hace lo que a mí me da la gana y si no, bien pueda, la puerta está abierta”. Este mismo papá,
que ejerce con rigor su poder de centro, puede ser poder de periferia en la iglesia o en su
empresa. Dicho de otro modo, puede tener al tiempo formas de pensar profundamente
conservadoras, fruto de ejercer poder de centro, e ideas de autonomía y libertad como
consecuencia de su poder de periferia. El problema está en que levantamos un muro entre lo
privado y lo público y estas dos percepciones no logran dialogar y complementarse, sino que
se viven como si fueran dos personalidades distintas.

Los poderes de centro tienen un fácil reconocimiento en sociedades tan reguladas por el
autoritarismo permitido, aceptado y, en ocasiones, incluso buscado y deseado. Si le
preguntamos a la gente quién tiene el poder en la familia, en el colegio, en la iglesia, en la
empresa, en el gobierno la respuesta es siempre inmediata: los papás, el maestro, el cura o
el pastor, el gerente, el presidente.

Sin embargo, a pesar de que es evidente, en nuestras sociedades, la supeditación de los


poderes de periferia a los poderes de centro, estos últimos son, en esencia, poderes
delegados, es decir, dependen de que sean reconocidos y aceptados por la periferia para
poder existir: no hay papás sin hijos, maestros sin estudiantes, curas sin feligreses, gerentes
sin empleados, presidentes sin ciudadanos. Los primeros dependen de que los segundos les
reconozcan su poder porque, de lo contrario, éste desaparece. La autoridad y el poder de un
papá dependen de que los hijos se los reconozcan. ¿Dónde quedan ellos el día que los hijos
decidan no volver a obedecerle? Desaparecen. Y de la misma forma en los otros casos. En
consecuencia, los poderes de centro necesitan mantener la necesaria supeditación ya sea a
través de la legitimidad, o a través del uso de la fuerza y el miedo, como reguladores
sociales.

En una pareja que mantienen relaciones de género tradicionales, el hombre buscará que la
mujer no sea consciente del poder que tiene y lo delegue en él, o hará uso de la fuerza física,
buscando la supeditación a través del miedo. Éste puede expresarse de muchas formas:
miedo a ser maltratada, pero también puede jugar el miedo a la soledad, el miedo al repudio
social, el miedo a enfrentar la vida, el miedo a la falta del respaldo masculino.
Fomentar la conciencia del poder de periferia puede tener dos posibles salidas: una de ellas
en lógica de confrontación de poderes, donde será la fuerza la que decida una solución; otra
será a través de la búsqueda de relaciones entre pares que permita salidas creativas a partir
de la construcción colectiva de la verdad, una verdad que cuenta con aportes de las
diferentes partes.

Las relaciones entre pares están basadas en el reconocimiento del poder del otro y
cuestionan de fondo las estructuras jerarquizadas, que viven del miedo que provocan en el
opuesto. El develar el propio poder cataliza dicho miedo y posibilita nuevas formas de
interacción. Volviendo al ejemplo de las relaciones de género, hay muchas mujeres que han
descubierto su propio poder y han ido cambiando lenta e imperceptiblemente las relaciones
con sus parejas, a partir de la afirmación de sí mismas. El fin del poder de periferia no es
volverse poder de centro, sino ejercer dicho poder con el fin de construir una relación más
equilibrada.

Aquí es importante puntualizar de nuevo que no es posible vivir en una sola de las lógicas.
Dependiendo del momento y la situación, una de ellas puede manifestarse de forma
hegemónica y, por tanto, la otra estaría en una posición subordinada. Entender la existencia
de las dos, aunque no se hallen en una relación de equilibrio, nos plantea siempre la
posibilidad construir empatías que nos permitan encontrar salidas a las confrontaciones,
superando la tentación de las polarizaciones y los unanimismos.

Concluyendo

A pesar del esfuerzo por perpetuar las lógicas del poder tradicional, ya sea a través del uso
de la fuerza y la violencia o a través de lograr la supeditación voluntaria, hay otras formas de
poder que nos plantean la posibilidad de hacer del conflicto un espacio de crecimiento y
aprendizajes. No nos es fácil superar el camino de la confrontación de posiciones opuestas,
pero comprender que estas tienen elementos de cercanía nos ayudará a facilitar el diálogo
par entre poderes de distintas características.

Centres d'intérêt liés