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JUAN MANUEL DE ROSAS .

IGNACIO B. ANZÓATEGUI

Cuando los hombres llegan a viejos suelen dedicarse a ser viejos rezongones o a
ser viejos reblandecidos o a ser viejos fumadores o a ser viejos comodones o a ser
viejos patricios. Cuando las mujeres llegan a viejas se dedican generalmente a ser
viejas charlatanas.
La historia de Rosas ha sido escrita por los nietos tontos de las viejas charlatanas.
Aparentemente una vieja charlatana es un trasto viejo; pero los trastos viejos pueden
tener nietos tontos y los nietos tontos pueden sentirse historiadores.
Todos los enemigos de Rosas dicen que los mazorqueros llevaban unas canastas
muy grandes llenas de cabezas de unitarios y que gritaban: «¡Sandías frescas! ¡Sandías
frescas!». Pero, cuando alguno les pregunta: «¿De dónde ha sacado usted eso?», ellos
contestan: «Hombre, ¡yo mismo se lo he oído contar a mi abuela!». Ninguno dice: «Se lo
he oído contar a mi abuelo».
Esto quiere decir que las viejas son mucho más metidas y mentirosas que los viejos.
Cuando Rosas tenía doce o trece años, oyó decir que los ingleses habían
desembarcado cerca de Buenos Aires. Entonces habló con su padre y le dijo: «Yo le
pido su permiso y su bendición para ir a meter fierro a esos herejes». Y el padre le dijo
que sí y se lo mandó con una carta a Santiago de Liniers que decía más o menos
esto: «Mi querido amigo, le confío a este mozo para que pelee bajo sus órdenes. Tiene
muchas ganas de demostrar que es un hombre. Devuélvamelo vivo si puede y si no
devuélvamelo muerto, pero que sea con honor». Después que los ingleses salieron
disparando, Rosas se volvió al campo y se quedó allí, sin meterse en las cosas de la
Revolución, porque no quería saber nada con los abogaditos liberales.
Pero un día vio que la patria se venía abajo y entonces pensó: «Hace falta tomar el
gobierno y ponerse a mandar». Y se vino a Buenos Aires y les dijo a los porteños: «Aquí
mando yo». Y empezó a arreglar las cosas y cuando alguno lo fastidiaba mucho le
hacía pegar cuatro tiros para que no fuera zonzo y no diera mal ejemplo. Al princi-
pio, los liberales se contentaban con irse a Montevideo o con escribir versos muy
pavos. Pero, como pasa siempre, cuando vieron que Rosas era muy condescendiente
y educado, les dio por tomar alas y por hablar con los franceses y con traicionar a la
patria. Entonces Rosas se enojó mucho y dijo: «Grandísimos hijos de una gran perra, los
he aguantado todo lo que he podido, pero esto se acabó. Ustedes son unos traidores
y yo les voy a enseñar a ser gente». Y se puso a matar cipayos que daba gusto.
Así salvó a la patria este general que no les tenía miedo a los hombres ni a las
habladurías de las viejas. Así pudo hacer frente a Francia y a Inglaterra juntas, que
le declararon la guerra, y pudo hacerles pedir perdón y hacerles prometer que no
volverán a molestamos. Después de eso parecía que todo iba a salir bien para
nosotros; pero, al poco tiempo los masones y los extranjeros consiguieron hacerlo
voltear a Rosas, y, tratado va y gerente viene, los ingleses nos trajeron unos tren-
citos y nos dejaron con una mano atrás y otra adelante.
Juan Manuel de Rosas no tiene una estatua en el país, donde a cualquier
personajito sin importancia le hacen una. Pero, no hay que perder por eso las
esperanzas. Llegará el día en que a Rosas le hagamos la estatua que se merece, con
el hierro -por ejemplo- de un tranvía inglés casualmente incendiado por un grupo
de niños que se pusieron a jugar con fósforos.