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Hageo 1:1-3

Continuamos hoy, amigo oyente, el recorrido que iniciamos en


nuestro programa anterior por este breve libro de Hageo, y como
dijimos al principio, usted va a encontrar que este es un libro
diferente a cualquiera de los otros que hemos estudiado, y que
han sido escritos por los profetas. Hageo le dio mucho énfasis a
la Palabra del Señor. Vamos a leer el versículo 1 que ya leímos
anteriormente, de este capítulo 1 de Hageo, que dice:
"En el año segundo del rey Darío, en el mes sexto, en el primer
día del mes, vino palabra de Jehová por medio del profeta Hageo
a Zorobabel hijo de Salatiel, gobernador de Judá, y a Josué hijo
de Josadac, sumo sacerdote, diciendo"
En el año segundo del rey Darío, en el mes sexto, en el primer
día del mes. El profeta nos dio la fecha precisa de esta profecía,
que fue el 1 de Septiembre del año 520 AC, en el calendario judío.
Este libro del profeta Hageo nos facilita su comprensión al
comentar esas fechas exactas. Como mencionamos en la
introducción, las fechas están relacionadas con el gobernante no
judío llamado Darío. Las fechas no estaban relacionadas con el
rey de Israel o de Judea porque Hageo las escribió durante "el
tiempo de los Gentiles"(o de las naciones), que comenzó con la
cautividad en Babilonia y continúa hasta el día de hoy. El Señor
Jesucristo dijo, siglos más tarde, y hablando sobre los israelitas:
"Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las
naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los
tiempos de los gentiles se cumplan".
Hageo continuó y escribió: Vino palabra del Señor por medio del
profeta Hageo. A medida que estudiemos este breve libro nos
encontraremos reiteradamente con esta frase que hace referencia
a la Palabra de Dios. Hageo aclaró y explicó que él no comunicaba
sus propios pensamientos si no que anunciaba la Palabra de Dios
para su pueblo.
Vino palabra del Señor por medio del profeta Hageo a Zorobabel,
hijo de Salatiel. El nombre Zorobabel significa "sembrado en
Babilonia". Zorobabel nació en la cautividad, en Babilonia. Su
nombre no era hebreo sino pagano. Él pertenecía al linaje de
David, el nieto de Joacim (1 Crónicas 3:17, 19), y fue nombrado
por Ciro como gobernador de Judea (Esdras 5:14).
Y continuó Hageo: Hijo de Salatiel, gobernador de Judá y a Josué
hijo de Josadac, sumo sacerdote. Josadac era el Sumo Sacerdote
durante el tiempo de la invasión babilónica (1 Crónicas 6:15).
Éste sacerdote era el personaje religioso más relevante, y como
podemos observar, Dios envío su mensaje primeramente a los
líderes, a los gobernantes civiles y a los religiosos.
Cuando los Israelitas por fin regresaron de la cautividad en
Babilonia a su propia tierra, regresaron con gran entusiasmo, con
grandes planes para reedificar el templo. Pero se encontraron con
obstáculos gigantes que requerían esfuerzos y sacrificios
enormes. Después de haber sufrido ese tiempo de privación, de
arduo y esforzado trabajo, el pueblo comenzó a sentirse muy
desanimado al intentar reedificar el templo. Las dificultades
aumentaban y parecían insalvables. Por lo tanto, comenzaron a
analizar y racionalizar su situación hasta decidir que no era el
tiempo de reedificación. En otras palabras, el pueblo judío trató
de consolarse pensando que por las dificultades que enfrentaban,
evidentemente no era Dios quien deseaba que realizasen esa
tarea. Había llegado a colocar los fundamentos del templo, pero
la oposición de los Samaritanos era tan fuerte que simplemente
pararon todas las obras con la siguiente excusa "bueno, todavía
no ha llegado el tiempo apropiado". Continuemos nuestra lectura
con el versículo 2 de este primer capítulo del libro del profeta
Hageo:
"Así ha hablado el Señor de los ejércitos, diciendo: Este pueblo
dice: No ha llegado aún el tiempo, el tiempo de que la casa del
Señor sea reedificada."
Si usted lee el libro de Nehemías, verá que cuando los israelitas
estaban reconstruyendo las murallas de Jerusalén, se enfrentaron
con una oposición tremenda. Bueno, pues ellos tuvieron la misma
clase de oposición cuando se encontraban reedificando el templo,
hasta tal extremo que el pueblo llegó a pensar que ese no era el
tiempo ni el momento adecuado para emprender esta gran tarea.
Observemos que Dios dijo: Este pueblo dice. Generalmente Dios
se refería a Su pueblo como Mi pueblo, pero en esta ocasión no
lo hizo así. Con este cambio de actitud El quiso dar a entender
que El desconocía a aquella gente, que no se estaban
comportando como si fueran Su pueblo, y que estaba disgustado
con ellos. Estaban viviendo fuera de la esfera de Su Voluntad, y
estaban encubriendo su desobediencia con una excusa que
pretendía ser piadosa, diciendo que ese no era el momento
conveniente para reedificar la casa del Señor.
Lo que el profeta Hageo iba a comunicarles indudablemente les
molestaría. Iba a colocar el bisturí divino en la llaga, en ese lugar
sensible en el cual El tocó sus vidas, así como toca hoy la Palabra
de Dios las vidas de muchos creyentes. ¿Por casualidad no habrá
usted oído decir a algún creyente que ha abandonado una tarea
o que desistió de ir a un determinado lugar porque no era la
voluntad de Dios? Generalmente algunos creyentes alegan que el
Señor los guió a hacer alguna otra cosa que no habían previsto
hacer. Algunas veces este tipo de razonamiento oculta una
excusa que cubre muchas omisiones y abandono de
responsabilidades. De esta manera resulta fácil evadirse de
realizar cierta tarea cuando al realizarla aparecen dificultades. En
algunos proyectos, a veces, algunos comienzan a racionalizar la
situación, llegando a la conclusión de que son partidarios de no
hacer nada, y que tanto el esfuerzo como el dinero deberían
invertirse de otra manera. En el relato Bíblico que nos ocupa,
cuando el pueblo comenzó a reedificar el templo y los trabajos se
complicaron, llegando a ser muy arduos, lo primero que se les
ocurrió decir fue: "este no es tiempo del Señor para llevar a cabo
esta reedificación."
El pueblo al cual se estaba dirigiendo el profeta Hageo racionalizó
la situación de la misma manera. Fue como si Dios hubiera
quitado el vendaje para dejar al descubierto la llaga que allí se
encontraba. Y usted puede estar seguro de que dicho vendaje no
era una de esas tiritas que se despegan fácilmente de una herida,
sin causar dolor. Él lo arrancó de la herida, y les debió doler
mucho.
Ahora, aquí tenemos el mensaje número 1, entregado el 1 de
Septiembre del año 520 A.C. (en el orden en el que lo incluimos
en nuestro Bosquejo General, presentado en nuestro programa
anterior.) Escuchemos lo que el profeta les respondió aquí en los
versículos 3 y 4:
"Entonces vino palabra del Señor por medio del profeta Hageo,
diciendo: ¿Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en
vuestras casas artesonadas, y esta casa está desierta?"
Todos los miembros de este pueblo que habían dicho que aquel
no era el momento para reedificar la casa del Señor, habían
construido sus propias casas. O sea, que para sus propias
necesidades de vivienda, sí, era el momento de construir. Y
además, el Señor destacó que sus casas eran artesonadas, es
decir, que estaban hermosamente decoradas, y que ofrecían un
aspecto lujoso. Así que durante 15 años, mientras estaban
edificando sus cómodas y bien construidas casas, la casa del
Señor había permanecido en ruinas. El contraste era demasiado
evidente, pero a aquel pueblo debió parecerle la cosa más
natural.
Lo que aquí nos resulta sorprendente leer acerca de aquella
paradójica situación, es algo bastante generalizado en la
actualidad. Hay personas que se comprometen a realizar diversas
tareas o a apoyar diversos esfuerzos de desarrollo de la obra
cristiana, pero apenas comienzan a aparecer dificultades,
rápidamente se plantean dudas sobre la viabilidad de un proyecto
o simplemente deciden que aquello a lo cual se habían
comprometido no constituía la voluntad del Señor. Ahora bien,
cuando hay promesa o un proyecto que beneficia a los intereses
propios, de una persona o de una familia, aunque aparezcan
dificultades y no se vean claras las implicaciones económicas, los
creyentes continúan adelante llevando a cabo lo que se habían
propuesto originalmente.
Por otra parte, y teniendo en cuenta la precariedad del entorno y
la escasez de medios adecuados en la zona en que se
encontraban, nos preguntamos cómo en los tiempos del profeta
Hageo los israelitas pudieron construir casas tan lujosamente
decoradas. Seguramente se enfrentaron con grandes dificultades
de suministro de materiales, y de mano de obra, etc., pero quedó
claro que no estaban dispuestos a hacer frente a los mismos
problemas para edificar la casa del Señor. Por ello y como dijimos
anteriormente, la excusa que manifestaron fue que tal empresa,
en aquel momento, no formaba parte de la voluntad del Señor.
Por todo ello produce cierto cansancio escuchar este tipo de
excusas para no realizar acciones que constituyen la voluntad de
Dios. A veces se interpreta que porque algo es duro y difícil,
porque nos va a costar algo de nuestro esfuerzo, tiempo y
recursos, entonces no puede ser la expresión de la voluntad de
Dios. Con toda seguridad, esa no es la forma de interpretar la
voluntad divina para nuestras vidas. En algunas ocasiones, la
voluntad del Señor implica problemas y dificultades. Solo
tenemos que leer un poco de historia y repasar la vida de grandes
siervos de Dios de la historia Bíblica y de los siglos de historia del
cristianismo, para comprobar que algunos líderes elegidos por
Dios no tuvieron ciertamente una vida libre de decepciones,
privaciones y no pocas aflicciones.
Nos preguntamos, qué diría Abraham a las personas de nuestra
generación, por cuyas mentes cruza el siguiente pensamiento:
"no, no es posible que ésta sea la voluntad de Dios para mi vida".
El patriarca Abraham vivía en la ciudad de Ur de los Caldeos. Este
hombre, que iba a ser el padre de los israelitas tenía una posición
económica próspera, y por lo tanto cómoda, en aquella sociedad.
En aquellos tiempos aquella sociedad, caracterizada por un
progreso constante y en la cual las personas de grandes recursos
podían disfrutar de los mejores lujos de esa época. Un día Dios le
dijo que saliera de aquella ciudad. Para el patriarca habría sido
fácil racionalizar la situación, pensando en las siguientes
posibilidades: que él no había interpretado correctamente el
mensaje del Señor; que El no le pediría que dejara ese lugar de
residencia; que no le había permitido prosperar y desarrollar una
familia en una sociedad de tanta abundancia para después,
repentinamente, ordenarle que abandonara todo lo que no se
pudiera llevar.
Pero amigo oyente, en este sentido, los ejemplos se multiplican,
y hay miles de misioneros que dejaron sus propios países de
origen, en los cuales vivían una vida digna. Muchos de ellos con
títulos académicos o que se destacaron en las áreas de la
teología, la filosofía, la ciencia y la enseñanza Bíblica. Y en la
actualidad se encuentran por los campos misioneros de la casi
totalidad de los países de la tierra. Muchos de ellos viven en zonas
eminentemente conflictivas, cuyos pueblos experimentan
grandes convulsiones sociales, y en donde existen graves
problemas de orden público o de seguridad. En muchos casos las
condiciones ambientales o climáticas, o las tragedias de la
pobreza, no garantizan ni la buena salud ni la supervivencia. Así
es que hombres y mujeres están realizando grandes sacrificios.
Están llevando a cabo pequeños y grandes proyectos, con escasez
de colaboradores, de medios humanos, de recursos, muchas
veces en precarias condiciones de salud, y en zonas donde son
incluso vigilados o perseguidos por proclamar su fe ¿Por qué
persisten ellos denodadamente en tareas que, humanamente
hablando, parecen imposibles de lograr? Porque un día sintieron
el llamado de Dios a la obra misionera y creyeron que esa era la
voluntad del Señor para sus vidas, es decir, que proclamaran el
mensaje de salvación y las verdades del Evangelio en diversas
naciones del mundo. Pero en muchas ocasiones, el llamado a una
vida dedicada a Dios no requiere el trasladarse a otros pueblos
del mundo sino que consiste en simplemente consagrar nuestro
tiempo dentro de los ministerios de una iglesia o congregación, o
en obras y proyectos de toda índole que manifiesten a las
personas el amor de Dios por la humanidad. Nos preguntamos si
no habrá muchos cristianos que habrán desoído ese mandato de
Jesucristo, optando por una vida cómoda, que no requiriera
enormes esfuerzos o sacrificios, ni enfrentarse con oposición o la
persecución.
En los versículos 3 y 4 que ya hemos leído, podemos observar
que el profeta Hageo estaba dejando en claro que éstas no eran
sus propias palabras, sino que eran las Palabras de Dios. Quizás
estas palabras del profeta deberían conducirnos a formularnos
una pregunta crítica sobre nuestra propia vida: ¿cuánto de
nuestros recursos y tiempo estamos gastando o dedicando para
nosotros mismos, y cuánto estamos haciendo para Dios y Su
obra? Como vemos, este mensaje del profeta, que es realmente
el mensaje de Dios, y que expresa Su Voluntad para los Suyos,
contiene una apelación a la responsabilidad de cada uno de los
creyentes.
Una vez más hacemos referencia a la excusa expresada por los
israelitas: "este no es precisamente el momento apropiada para
reedificar la casa del Señor". Pero como leemos en este relato
Bíblico, Dios les respondió: "¿Entonces, cómo tenéis tiempo para
arreglar vuestras propias casas?" En aquellos días, y después de
ellos a través de la historia de la iglesia, ha habido mucha
hipocresía en casos similares. La paradójica actitud de aquellos
israelitas del tiempo de Hageo se ha vista reproducida en todas
las generaciones de cristianos desde aquellos tiempos sin excluir,
por supuesta a la generación actual.
Ya habíamos afirmado que el mensaje de Hageo molestaría y
crearía desagrado entre sus oyentes. Aquel profeta nunca buscó
los halagos ni la popularidad, Su llamado de atención debió dejar
la sensación que produce en nosotros el sonido de un
despertador, que nos transmite urgencia y nos despierta de la
comodidad del sueño. Resulta interesante comprobar que cada
vez fabrican estos aparatos de manera que emitan los sonidos
más agradables, e incluso graciosos, para mitigar el impacto
desagradable que nos producen. Vivimos en una sociedad que no
desea ser despertada de su letargo espiritual, y a la que
desagrada que molesten con consejos, mensajes de advertencia
o alarmas de peligros. Un famoso personaje Bíblico, Juan el
Bautista, perdió su cabeza por intentar despertar la conciencia de
una sociedad y por las calamidades que les anunció. Porque su
mensaje trastocaba el estado de inmoralidad y corrupción en que
estaba sumida aquella sociedad.
En los tiempos de Hageo el pueblo acababa de salir del cautiverio
de Babilonia y el mensaje del profeta les perturbaba la
tranquilidad que, después de años de esclavitud, creían tener
derecho a disfrutar. El profeta entonces se encontraba en una
situación difícil: como diríamos popularmente, estaba entre la
espada y la pared. Sin embargo, y con elocuencia, intentó
despertar y motivar a su pueblo para que llevara a cabo una
empresa que honraría el nombre de Dios, y su método fue muy
peculiar, aunque no fue original en absoluto. Tal método no se
utiliza en nuestros días, pero es innegable que sus principios son
efectivos para todos los tiempos, incluso en nuestros días.
Bien, amigo oyente, vamos a detenernos aquí por hoy. Dios
mediante, en nuestro próximo programa veremos cómo el profeta
llevó a cabo sus propósitos y continuaremos nuestro estudio de
este breve libro de Hageo. Mientras tanto, le sugerimos que usted
lea todo este capítulo 1 de Hageo para familiarizarse con su
contenido y comprender mejor el alcance de las reformas que
aquel siervo de Dios quiso impulsar, transmitiendo con valentía
un mensaje de difícil aceptación, impopular e inquietante, pero
que aun hoy señala importantes carencias de nuestra vida
cristiana práctica. Y reiteramos nuestro deseo de mantener un
contacto fluido con nuestros oyentes. Nuestro tiempo disponible
no nos permite contestar preguntas concretas en el tiempo de
emisión del programa. Así que le animamos a ponerse en
contacto con nosotros en las direcciones y teléfono que se
indicarán al final del programa. Si surgen dudas, tendremos la
oportunidad de aclararlas. Y si algo que hayamos dicho al exponer
las Sagradas Escrituras ha producido un efecto positivo en su
vida, proveyéndole consuelo y ayuda espiritual, nos alegrará
tener noticias suyas, Continuaremos, pues, juntos, esta etapa en
la cual nos encontramos de este extenso viaje que estamos
realizando "a través de la Biblia", esperando que estos estudios
sean de inspiración, estímulo y fortaleza en su vida diaria.