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Hageo 1:9 - 12

Continuamos hoy, estimado amigo oyente, nuestro viaje por este


breve libro del profeta Hageo, que se encuentra en el Antiguo
Testamento de Las Sagradas Escrituras, la Biblia. Es un libro que
incita y empuja a la acción, más que a la contemplación. Podemos
observar que las circunstancias que el profeta relató en estas
páginas, nos demuestran que nuestra vida muchas veces se
complica, porque no enfrentamos los problemas como
deberíamos. Este pequeño libro, que sólo consta de dos capítulos,
es muy realista y eminentemente práctico, y nos pone los pies
sobre la tierra. El profeta Hageo, por orden de Dios, y guiado por
el Espíritu Santo, analizó los problemas que el pueblo israelita
estaba padeciendo. Con la ayuda de Dios habían regresado de
una larga cautividad, pero no estaban aprovechando su recién
estrenada libertad, cumpliendo sus promesas hechas a Dios, sino
que estaban actuando en provecho propio. Ésta es la situación
que el profeta estaba denunciando, pero al mismo tiempo,
también le comunicaba al pueblo que Dios no era indiferente, sino
que esperaba que cambiaran su actitud, y recapacitaran.
Finalizábamos nuestro último programa preguntándonos si
estábamos seguros de encontrarnos en el camino correcto, en el
camino que Dios había diseñado para nuestra vida. También
hablamos de que Dios está siempre "en acción", y que Dios
espera que Sus hijos no sean perezosos, buscando sólo su propio
bienestar. Dios trabaja, y espera que Sus hijos hagan lo mismo.
Ahora, hemos visto en primer lugar que en este libro de Hageo
se presentó un desafío, un reto de parte de Dios para su pueblo;
eso lo encontramos en los primeros 11 versículos. Ellos, el pueblo
israelita, recién liberado, habían regresado a su tierra, que estaba
devastada y sus casas destruidas. El pueblo disfrutaba de su
libertad y el comienzo de una vida estable, y ese bienestar llevó
a la gente a edificar y embellecer sus casas. El pueblo se estaba
auto-engañando pensando que esa era la voluntad de Dios para
sus vidas. Pero, la verdadera razón por la cual no habían
comenzado a construir el templo era en realidad que esa tarea
implicaba un esfuerzo añadido, que iba a costarles trabajo y
tiempo. Su gran excusa se resumió en las siguientes palabras no
ha llegado aún el tiempo para reedificar la casa del Señor. No es
aún la voluntad del Señor hacer eso".
Dios, por medio de Hageo les dijo que dejaran de ser tan
perezosos, que se levantaran y comenzaran a trabajar. Hageo les
hizo saber que Dios los estaba juzgando; que sus quejas sobre
las malas cosechas y las nefastas consecuencias de hambre y
escasez no eran una casualidad; les dijo claramente que se
habían apartado de la voluntad de Dios y que Dios estaba molesto
y contristado por su comportamiento egoísta. Dios deseaba
despertarles de su letargo, de su pereza e indolencia, y esa era
la verdadera causa de los males que estaban padeciendo.
Hageo, como tantos otros profetas, fue un instrumento que Dios
usó para mover y conmover a Su pueblo. Ese tipo de mensaje no
podía ser del agrado de todos, pero era necesario que alguien los
inquietara y les hiciera reflexionar. Por ello, con mucha paciencia
Dios les dijo, a través de Hageo: "meditad muy bien vuestros
caminos, es hora de levantarse del sueño complaciente; es hora
de poner manos a la obra y comenzar a edificar mi casa, el templo
que me habéis prometido".
En nuestro programa anterior estudiamos las tres acciones que
Dios esperaba que comenzaran a realizar, y que se detallan en el
versículo 4: Subid al monte y traed madera. Como los troncos de
los árboles no iban a rodar por la ladera de la montaña por si
solos, monte abajo; ellos tenían que hacer el esfuerzo de subir a
la montaña, cortar los trancos, preparar las maderas, y bajarlas
al lugar donde se iba a construir el templo de Dios.
Es cierto que Dios es el mismo hoy, como lo fue hace siglos, en
el principio de los tiempos, y lo será mañana y en los tiempos
venideros. Su poder no ha variado, ni menguado, Él es el mismo.
Él tiene poder para obrar milagros, pero no es la manera más
frecuente en la que Dios se manifiesta a las personas. Aquí, en
este caso, como en muchos otros, Dios podría haberles facilitado
la labor, pero no lo hizo. Dios les dijo: Subid al monte, y traed
madera. No hay ninguna clase de atajos que podamos tomar para
eludir la responsabilidad que como hijos de Dios tenemos.
Uno de los motivos por el cual los cristianos no tienen mayor
victoria en su vida personal, y fracasan en su crecimiento
espiritual, es la pereza. La pereza y la indolencia nos paralizan,
nos vuelve cómodos, conformistas y perezosos. No creemos que
el Espíritu Santo pueda bendecir a un creyente perezoso.
En cierta ocasión, un estudiante le comentó a su profesor:
"Doctor, este libro que usted me dio para leer es un verdadero
fuego". El profesor le miró fijamente y le respondió: "Bueno, lo
que usted tiene que hacer es apagarlo con el sudor de su frente".
Y así es como hay que hacer las cosas. No podemos esperar que
la vida cristiana nos la ofrezcan en una bandeja. Hay que
trabajarla todos los días, para no quedarnos estancados en
nuestra experiencia espiritual. Subid al monte, y traed madera, y
reedificad la casa. Ese era el motivo, la razón, y el sentir de Dios.
El pueblo vivía en un conflicto de intereses, al invertir las
prioridades, es decir, al construir sus propias casas, en primer
lugar, y cuando estuvieran listas, quizá habrían pensado en
cumplir con su promesa a Dios en edificarle también a Él, Su casa,
el Templo soñado en la cautividad. Ahora, alguien pudiera quizá
pensar: " Bueno, si la casa de Dios, la obra de Dios, debe ser lo
primero, ¿acaso no es también importante considerar la casa de
un hombre?" Sí, amigo oyente, claro que así es, pero todo se
reduce a las prioridades que tenemos en nuestra vida.
De modo que, Dios les llamó la atención para que meditaran.
Luego le dio al pueblo un mandamiento; les dijo que quería que
fueran a trabajar. Y aquí tenemos lo que el Doctor Frank Morgan
ha calificado, primeramente, como un "llamado a la mente". El
profeta les hizo una observación muy concreta: "¿Decís que no
ha llegado el tiempo de edificar la casa del Señor? Quiero que
penséis en este argumento, porque todos vosotros estáis viviendo
en casas muy buenas". Es un pensamiento que la mente puede
evaluar, por eso se le calificó como "un llamado a la mente". En
segundo lugar, fue un llamado para "meditar". Este era un
llamado al corazón. Cuando les dijo: Meditad bien sobre vuestros
caminos. Este era el reto, el desafío que Dios puso delante de Su
pueblo.
A continuación les dio un mandamiento, y un mandamiento es un
llamado a "la voluntad". Subid al monte, y traed madera, y
reedificad la casa. Tan sencillo, y tan importante. Simplemente
hay que arremangarse y ponerse a trabajar por Dios en el
presente. Hay tantas personas que están sentadas en las gradas
observando la acción que ocurre en el campo del juego. A eso se
le llama "el deporte de los espectadores". Si usted es miembro de
alguna iglesia, no se conforme con mirar desde fuera la acción
que desde dentro se desarrolla. Involúcrese, colabore, arrime el
hombro, póngase a disposición de los responsables en el
ministerio.
El autor de estos estudios bíblicos, el Dr. J. Vernon McGee relató
que cuando él comenzó su tarea ministerial como pastor, por
primera vez, al animar a los miembros de su iglesia a involucrarse
en una tarea nueva, se le acercó un diácono de la iglesia. Este
hombre le dijo: "Vernon, yo no puedo orar en público. No sé por
qué, pero no puedo hacerlo. En realidad ni siquiera puedo hablar
en público. Así es que nunca me pidas a mí que yo me levante a
hablar o a orar. Eso me causaría mucha vergüenza y te crearía a
ti una situación embarazosa. Sencillamente no puedo hacerlo. No
puedo superar ese problema de timidez". Con lágrimas continuó:
"En cualquier oportunidad que haya necesidad de hacer algo aquí
en la iglesia, ya sea el cambiar una bombilla fundida, o colocar un
techo nuevo, en general, cualquier cosa que sea necesaria, yo la
haré con mucho gusto". Este hombre era el capataz en una
empresa muy grande, y estaba a cargo del mantenimiento del
equipo de la misma. A partir de ese momento, si fallaba alguna
cosa, se le llamaba a este hombre para que lo arreglara. El Dr.
McGee decía, que él aprendió que este hombre era una persona
muy valiosa para la iglesia. Era como el profeta Hageo, alguien
que sencillamente realizaba la tarea, la labor que era necesaria.
Cuando llegaban visitas a esa iglesia y se admiraban de lo
hermoso y cuidado que estaba todo, el Dr. McGee les comentaba
que todo se encontraba en perfecto estado, porque entre la
membresía había un hombre que no podía orar en público, pero
que tenía otros dones importantes. Es que se necesitan menos
espectadores y más colaboradores; la obra de Dios necesita
personas que se arremanguen, y se pongan a trabajar.
En realidad, estimado oyente, el libro del profeta Hageo es
sumamente sencillo. Continuamos con el siguiente versículo.
Leamos entonces el versículo 9 de este capítulo 1 de Hageo:
"Buscáis mucho, y halláis poco; y encerráis en casa, y yo lo
disiparé en un soplo. ¿Por qué? dice el Señor de los ejércitos. Por
cuanto mi casa está desierta, y cada uno de vosotros corre a su
propia casa."
El pueblo recibió esta amonestación, esta reprimenda de Dios a
través de su portavoz, el profeta Hageo. Dios les reprochó que
todos habían estado tan ocupados construyendo su propia casa,
cuidando de su propiedad, que habían dejado a un lado todos los
temas relacionados con Dios. El pueblo se preguntaba por qué le
estaba sucediendo tantos contratiempos, y muchas calamidades.
Ellos estaban convencidos que sólo eran "circunstancias
adversas". Habían tenido un año malo para la cosecha. Después
sufrieron una severa sequía. Pero, Dios les informó que era Él
quien estaba causándoles esos problemas. ¿Pero por qué quería
Dios que sufrieran hambre, sed y todo tipo de necesidades? Dios
les respondió esa pregunta, cuando dijo: Por cuanto mi casa está
desierta, y cada uno de vosotros corre hacia su propia casa. Esa
era la razón; ese era el motivo.
El Señor Jesucristo declaró este gran principio, que es un principio
para todas las personas de cualquier época, de cualquier lugar,
de cualquier edad. Y es sencillamente este: que cuando Dios es
colocado en el primer lugar, que es Su lugar, entonces todas las
demás cosas se cuidarán a sí mismas. El Señor Jesucristo dijo:
Buscad primeramente el reino de Dios, y su justicia, (o sea, la
justicia que está en Cristo), y todas estas cosas os serán
añadidas. (Mateo 6:33). ¡Qué mensaje profundo y esperanzador!
El versículo 10 de este primer capítulo de Hageo continúa
diciendo:
"Por eso se detuvo de los cielos sobre vosotros la lluvia, y la tierra
detuvo sus frutos."
Era una cadena de consecuencias: cuando no había lluvia, no
podía haber cosecha. El trigo y la cebada no crecían, y las viñas
tampoco producían su fruto. Dios decidió que iba a detener las
lluvias, y no les dio el agua necesaria para las esperadas
cosechas.
En el día de hoy, en el siglo 21, no interpretamos la vida de esa
manera, porque vivimos en una sociedad mecanizada, vivimos en
la era electrónica. El clima ya no es un factor tan determinante.
Y el problema en el presente tiene que ver más con el correcto
funcionamiento de una máquina, ya sea un satélite, un ordenador
o un microchip, y aun así, muchos problemas surgen por un fallo
humano, y no de un artilugio mecánico. Hoy en día, como antaño,
también se invierten las prioridades, y muchas cosas ocupan el
sitio que solamente le pertenece a Dios. Pero sí nos acordamos
de Dios cuando necesitamos acusar o echarle la culpa a alguien
de nuestros problemas. Creemos que Dios muchas veces quisiera
atravesar esa barrera que existe para decirnos: "¿Se os ha
ocurrido alguna vez que detrás de todos estos problemas que
estáis teniendo en el presente, estoy Yo? ¿No sabéis que Yo soy
Aquel que está tratando de llamarlos la atención, para que quitéis
las cosas que ocupan Mi lugar en vuestro corazón y mente?"
Tener las prioridades claras es de suma importancia. Dios no se
conforma con el segundo o tercer lugar, Él es el Primero y el
Único. Continuamos con el versículo 11 en donde el Señor asumió
todas las circunstancias como provocadas por Él mismo. Hageo,
como portavoz de Dios escribió:
"Y llamé la sequía sobre esta tierra, y sobre los montes, sobre el
trigo, sobre el vino, sobre el aceite, sobre todo lo que la tierra
produce, sobre los hombres y sobre las bestias, y sobre todo
trabajo de manos."
Dios les informó que todas esas cosas les habían sucedido, por
Su voluntad; que todas las bendiciones materiales habían sido
detenidas, porque Él determinó que se detuvieran. Dios se hizo
responsable. Él fue el causante de sus males, y así se lo confirmó
al profeta. Nosotros, los humanos, tenemos la tendencia de
echarle la culpa siempre a otras personas, a las que están a cargo
de la economía, la banca, la política, o a las leyes injustas y
obsoletas. Estimado amigo oyente, creemos que todos pudieran
ser culpables, pero ¿se le ha ocurrido alguna vez, que quizá usted
también es culpable? Estamos acusando a los hombres, y a las
máquinas, por las condiciones que prevalecen en el mundo actual.
¿Sabe usted por qué existen estas condiciones en el mundo?
Sencillamente porque Dios quiso y permitió que sucedieran.
Usted puede acusar a Dios, si quiere, y podría estar acertado.
¿Quiere acusarle a Él? Dios mismo dice que Él es el responsable
último. Le vamos a decir a usted por qué. Él dice que nosotros
somos culpables de negligencia hacía Él. Amigo oyente, la
solución de nuestros problemas es bastante sencilla, pero a la vez
también es muy complicada. Nosotros pensamos que si
implantamos algún método nuevo, o alguna máquina nueva, o
algún hombre nuevo, las cosas van a mejorar. Y entonces,
seremos capaces para poder resolver todos nuestros problemas.
Amigo oyente, ¿por qué no reconocemos que este es nuestro
problema? ¿Qué es lo que lo ha causado, y cómo puede ser
resuelto? La respuesta es muy sencilla, y muy común.
Leamos primero el versículo 12, y cuando veamos lo que se nos
quiere decir en este versículo, sabremos la respuesta al desafío
que Dios le había dado a esta gente. Este versículo 12 nos habla
sobre la construcción del templo. La gente, el pueblo, aceptó las
amonestaciones, y obedeció; más tarde, en los versículos 13 y
14, leeremos la confirmación de parte de Dios. Veamos este
versículo 12:
"Y oyó Zorobabel hijo de Salatiel, y Josué hijo de Josadac, sumo
sacerdote, y todo el resto del pueblo, la voz del Señor su Dios, y
las palabras del profeta Hageo, como le había enviado el Señor
su Dios; y temió el pueblo delante del Señor."
Lo que aquí se explicó en este versículo 12 es que oyeron la voz
de Dios los líderes del pueblo. Es cierto que la mayoría de las
naciones no han tenido ni tienen personas en las altas esferas
gubernamentales que conozcan realmente a Dios, que le
consulten en las grandes decisiones que deban tomar, y que sean
guiadas por Dios. Sería tan beneficioso para toda nación y país
que tuvieran a un mandatario temeroso de Dios, que buscara la
sabiduría necesaria de lo Alto, desde el Trono del Dios. Aquí, en
nuestro pasaje leemos que Zorobabel, el gobernador, y Josué, el
sumo sacerdote, y todo el pueblo escuchó lo que Hageo les
comunicaba de parte de Dios. Todo el pueblo se arrepintió,
regresó a Dios, y todos obedecieron a Dios. ¡Qué emocionante
debe haber sido para el profeta Hageo, y sobre todo, para Dios
mismo, ver que las amonestaciones, habían tocado el corazón y
el espíritu de todo el pueblo! Y cuando todo el pueblo regresó,
arrepentido y en disposición de obedecer a Dios, entonces vino
sobre ellos la bendición de Dios. Se abrieron las puertas de los
Cielos y las bendiciones se derramaron sobre ellos en gran
abundancia. Notemos lo que dijo Hageo en la segunda parte de
este versículo 12:
"La voz del Señor su Dios, y las palabras del profeta Hageo, como
le había enviado el Señor su Dios; y temió el pueblo delante del
Señor."
Ahora, este mensaje fue dado después del primer mensaje que
vimos en un programa anterior; así que, en realidad,
encontramos aquí el segundo mensaje del profeta Hageo. Como
ya hemos mencionado anteriormente, hay cinco mensajes en este
libro que tienen fechas muy exactas. Si observamos lo que dice
el versículo 15, o sea, el último versículo de este capítulo 1,
podemos descubrir la fecha precisa. Dice el versículo 15:
"En el día veinticuatro del mes sexto, en el segundo año del rey
Darío."
Así es que aquí tenemos un mensaje que fue dado el 24 de
septiembre del año 520 A.C. El primer mensaje fue proclamado
el primero de septiembre. Tan sólo 24 días más tarde, el pueblo
escuchó el segundo mensaje. En ese corto lapso de tiempo, el
pueblo respondió, meditó, se arrepintió y comenzó a actuar en
consecuencia. Ahora todo el pueblo cambió de actitud y
decidieron, en un acto de voluntad, obedecer a Dios. Comenzaron
los planes, organizaron un programa para bajar la madera del
monte, y se prepararon para edificar el templo, la casa de Dios.
Todo este relato ocurrió en sólo 24 días. Hageo fue un hombre
práctico, y de acción. Fue un hombre que pudo inspirar y
convencer a la gente. Fue un líder, un instrumento muy útil en
las manos de Dios. Hageo fue obediente en dar el mensaje de
Dios, aunque ese no fuese muy popular. Y Dios pudo usar a
Hageo.
El libro del profeta es un gran libro, pero a causa de lo limitado
de nuestro tiempo, vamos a detenernos aquí.
Amigo oyente, recuerde que puede ponerse en contacto con
nosotros, como se lo indicamos al final del programa. Le
animamos a que lea todo el siguiente y último capítulo de Hageo.
Le ayudará a comprender las siguientes lecciones. Y como
siempre le recordamos que estamos orando por usted, para que
la luz y la verdad de Dios iluminen su vida y corazón.