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UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO

FACULTAD DE FILOSOFIA Y LETRAS

ASIGNATURA: TEXTOS FILOSOFICOS 5

DR. CHAVEZ TORTOLERO MARIO EDMUNDO.

TITULO DEL ENSAYO:

LA CONCEPCIÓN DE SUBSTANCIA EN TRES PENSADORES


MODERNOS: DESCARTES, SPINOZA Y LEIBNIZ.

NOMBRE: GUTIERREZ HERNANDEZ ASHLEY.


GUTIERREZ HERNANDEZ ASHLEY.

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LA CONCEPCIÓN DE SUBSTANCIA EN TRES PENSADORES MODERNOS:


DESCARTES, SPINOZA Y LEIBNIZ

Introducción

En el presente trabajo, se tratará de estudiar la concepción de


substancia en tres pensadores modernos: Descartes, Spinoza y Leibniz; Para ello
se efectúra un análisis comparativo entre las tres maneras de concebir dicha noción.
Y es por ello que analizaremos varios puntos de vista de dichos autores tratando de
comparar, como al mismo tiempo incorporar dichas nociones y así asimilar el punto
de vista de cada uno de ellos.

Como sabemos en el marco filosófico europeo del siglo XVII, y más concretamente
dentro de la corriente continental que se ha denominado racionalismo, y tres figuras
son las que llaman poderosamente la atención. Quienes son: Descartes, Leibniz y
Spinoza, ellos comenzaron a marcar un nuevo rumbo en el pensamiento occidental,
que tendría sus precedentes y sus reflejos más inmediatos en la nueva orientación
que tomaría la ciencia.

A pesar de la importancia radical de los tres personajes ya citados, la figura de


Descartes se alza, sin embargo, por encima de las de Leibniz y Spinoza.

Las razones de esta supremacía cartesiana son varias y también, por qué no,
perfectamente válidas y asumibles: la posición histórica de Descartes dentro del
racionalismo, que le sitúa prácticamente como su iniciador; la adaptabilidad del
sistema cartesiano a las ideas todavía imperantes y que marcaron el rumbo de la
filosofía renacentista, fundamentalmente ideas religiosas1, y que si bien fue
______________

1 Dentro de esta tendencia de la filosofía renacentista hay que excluir, naturalmente, a la figura de
Giordano Bruno. La concepción del cosmos y la naturaleza de Bruno, su idea de un Dios infinito,
cuya razón de su infinitud consiste en estar en todas las cosas formando parte de su esencia, le
conduce al panteísmo y, por supuesto, a la hoguera.
condenado y anatematizado como "ateo", también es de justicia admitir que es un
complejo intelectual mucho menos "peligroso" para la ortodoxia renacentista que el
sistema de Spinoza.

La razón de esta afirmación es evidente pues:

mientras que para Descartes la figura de Dios sigue siendo garante de la existencia
del resto de las substancias, en Spinoza, la unidad de la Substancia y su despliegue
en un conjunto de atributos y modos otorga a éstos una entidad y un peso ontológico
del que carecen las substancia extensa y pensante cartesiana.

EL RACIONALISMO Y EL CONCEPTO DE SUBSTANCIA.

Es así, que, estando la esencia de la substancia formando parte de la esencia de


los modos, la necesidad de existir de la substancia se transmite a los modos.
Mientras que en Descartes resulta insustituible y por lo tanto ineliminable, la
inmanencia de la Substancia spinoziana hace que ésta se difumine hasta su práctica
aniquilación.

Por otra parte, el sistema cartesiano es mucho más tranquilizador para la propia
conciencia del ser humano, desde el momento en que otorga una cierta autonomía
al hombre concebido como substancia pensante y, también, una cierta libertad, que
el sistema determinista de Spinoza, donde el hombre no es más que un modo de la
substancia mediado a través de los atributos, o la propia monadología leibniziana.

Se podrían dar otras muchas razones que hacen que Descartes sea considerado
como la figura predominante del racionalismo, pero siendo este un trabajo donde se
busca la relación existente entre los pensamientos de Descartes, Spinoza y Leibniz,
consideramos conveniente conformarnos con lo ya dicho. A pesar de su
preeminencia historiográfica, en lo que al racionalismo se refiere, considero a
Spinoza como un racionalista más puro y más coherente que Descartes.; Mi razón
es bien sencilla: sólo Spinoza llevó hasta sus últimas consecuencias el predomino
de la razón.

El estricto método cartesiano debería haber llevado a su creador a la afirmación


absoluta de la Razón por encima de Dios. Sin embargo, una vez descubierta la
substancia pensante como base de todo el sistema, una vez que tiene en sus manos
el poder absoluto de la razón frente a toda otra instancia ajena a ella, Descartes
recula y da marcha atrás, instaura una substancia infinita trascendente y a la vez
dos substancias finitas.

Es cuando podemos decir que; Spinoza da el paso que Descartes no se atreve a


dar: sólo hay una Substancia, inmanente en el mundo y estricta y radicalmente
racional.

Este hecho de que Spinoza considere el deseo como la esencia del ser humano no
resta al estricto racionalismo de su pensamiento, más bien al contrario, lo remarca
aún más.

EL DESEO COMO ESENCIA DEL HOMBRE

Entonces, si ponemos como punto fuerte de la idea de que el deseo es la esencia


del hombre; no habría que ponerlo en el deseo, sino precisamente en la esencia. Si
el ser humano es capaz de concebir el deseo, con todo lo que de infinitud y sobre
todo de eternidad de los modos conlleva, como esencia del hombre, eso es algo
que se hace posible sólo gracias a la razón, puesto que sólo desde la razón el
hombre es capaz de captar su esencia. Pero no sólo su esencia, sino
fundamentalmente la relación de su esencia con la esencia de la substancia, una
relación que en última instancia es de identidad, de ahí que el deseo como esencia
humana signifique la eternidad del hombre como modo en una potencia infinita de
existir.
Ahora bien, el deseo sólo cumple su función en el entendimiento o la razón que es
capaz de concebirlo en su esencia primigenia. El deseo es la esencia del hombre,
es cierto, pero sólo por la razón el hombre es consciente de esa su propia esencia
y sólo, por lo tanto, por la razón, el hombre puede desarrollar la eternidad que está
implícita en esa esencia como potencia infinita de existir.

Sin embargo, y a pesar de todas las discrepancias existentes entre los filósofos,
resulta evidente que gran parte, por no decir la totalidad, del aparato conceptual e
incluso intelectual de Spinoza procede del propio Descartes. Nociones como las de
substancia, tributo, modo, conatus, etc. aparecen ya en la obra de Descartes,
fundamentalmente en los Principios de Filosofía y las Meditaciones metafísicas. Es
esta asimilación de Descartes por parte de Spinoza y de las diferentes
significaciones que éste da a la obra de aquél y con la que desarrollare el ensayo.

También otro este concepto enormemente importante, está en el centro de la


filosofía de Leibniz, que es el concepto de mónada.

“LAS MÓNADAS NO TIENEN VENTANAS MÓNADA”.

La mónada es una palabra griega, monás, monadós, que quiere decir unidad. Y
llama mónadas justamente a los componentes de la realidad. Son precisamente lo
que llama substancias indivisibles, que no tienen partes. Y por tanto no pueden
proceder por agregación, porque no tienen partes, ni pueden desaparecer por
disgregación.

Aquí surge una imagen muy curiosa que "las mónadas no tienen ventanas”, pues
no se pueden comunicar entre sí, directamente no se comunican. La comunicación
que tienen es en Dios. Pues hay que recordar como aparecía la intervención de
Dios en la realidad en todo el pensamiento del siglo XVII: en Descartes; en
Malebranche, en forma de ocasionalismo; en Spinoza, etc.
En Leibniz la solución va a ser justamente que las mónadas por ser indivisibles, sin
ventanas, no pueden aparecer más que por creación y no se pueden destruir más
que por aniquilación.

Es eminente que este concepto capital en el cristianismo, el concepto de creación y


su reverso, el de aniquilación; tiene un carácter ontológico, y también un carácter
filosófico capital en el pensamiento de Leibniz.

En definitiva, diríamos que las ventanas de las mónadas dan a Dios; es decir, la
comunicación de las mónadas es con Dios, no es entre ellas. Y esto lo lleva a un
concepto que ha sido muy famoso: la armonía preestablecida.

Las mónadas que son, repito, incomunicantes, que no tienen ventanas, que no
tienen partes, sin embargo, componen un universo coherente: porque han sido
creadas por Dios justamente siguiendo la armonía preestablecida. Es decir, Dios ha
preestablecido la coherencia de las innumerables mónadas de tal manera que es
como si se comunicaran; no se comunican realmente, pero la armonía
preestablecida hace que estén concordes. Recuerden ustedes el problema
planteado por Descartes de cómo puede ser que la realidad física, extensa, afecte
a la res cogitans, a la substancia pensante o a la inversa: que el entendimiento o la
voluntad, que son espirituales, puedan actuar sobre lo físico: que yo pueda mover
mi brazo; como ejemplo también lo encontramos en Malebranche que atribuía a
Dios una intervención constante de tal manera que con ocasión de la existencia de
este tapiz rojo yo tengo la sensación de rojo; con ocasión de mi voluntad de levantar
el brazo, Dios hace ese acto. Pues bien, en el caso de Leibniz hay una armonía
preestablecida y por tanto hay una concordancia general en el universo porque Dios
justamente ha hecho que el mundo sea de esa manera.
LEIBNIZ, SPINOZA Y DESCARTES: CONCEPTO DE SUBSTANCIA

Entonces haciendo un resumen sobre el pensamiento en Leibniz y el concepto de


substancia, las mónadas son los componentes últimos de la realidad, son puntos
inextensos, es decir indivisibles, de naturaleza espiritual, cuyo número infinito, y
todos juntos forman el universo.

Están dotados de fuerza o energía, entre sí no se comunican, pero cada una refleja
todo el universo, dado que entre sus infinitos predicados están las relaciones con
los demás sujetos. La totalidad de las mónadas forman una unidad perfecta y su
diversidad es absoluta.

La mónada primitiva o sustancia simple es Dios, y todas las demás son fruto de esa
fuente. Cada mónada es una sustancia definitivamente realizada que cumple un
proyecto, un programa establecido por Dios. No existe causalidad entre las
sustancias, sino armonía preestablecida por Dios que garantiza el orden perfecto,
el mejor de los mundos posibles.

El pensamiento de Spinoza, es para algunos estudiosos de la Filosofía, una


reestructuración muy original del cartesianismo en la medida que continúa la
metodología racionalista cartesiana, renovándola al introducir nuevas temáticas que
lo conducen a establecer una nueva imagen del universo y del hombre; retorna de
Descartes el procedimiento matemático de la deducción filosófica, lo cual se hace
evidente en la Ética, la cual tiene el aspecto de un tratado de geometría, al separarla
en postulados, definiciones, teoremas, corolarios, etc. Sin embargo, Spinoza
concibe la Filosofía como religión racional, es decir, como ética, como problema de
vida y no como en Descartes, como pensamiento abstracto.
Descartes nos habla del conocimiento claro y distinto de la esencia de la substancia
gracias a su atributo principal. Spinoza sigue este planteamiento al definir el atributo
como: "lo que el entendimiento percibe de la substancia como constitutivo de su
esencia”. Para Spinoza, limitar una substancia a un solo atributo es limitar su
realidad. Por ejemplo, "Dios, el ser absolutamente infinito, tendrá, por tanto, una
infinidad de atributos, cada uno de los cuales expresa su infinitud, la extensión y el
pensamiento, infinitos ambos son dos de estos atributos de Dios."

La influencia del pensamiento cartesiano, no fue únicamente importante para


Spinoza, sino también para Leibniz. Podemos ver que la verdadera substancia, que
Leibniz denomina mónada, es real como los puntos matemáticos de Descartes.

Por otra parte, cuando Leibniz pretende demostrar la existencia de la substancia


pura (Dios) recurre, al igual que lo hizo Descartes, al argumento ontológico a priori
que encuentra su cuna en San Anselmo, donde posibilidad de existir y existencia
real se identifican, pues si Dios es posible, por consiguiente, debe de existir y existe.
Sin embargo, Leibniz se separa de Descartes y también de Spinoza, al concebir la
infinitud de las substancias. Leibniz, al hablamos de una única substancia que crea
las otras, no rompe con Descartes; su ruptura se da cuando establece que no son
dos las substancias procedentes de la substancia pura como concebía Descartes
(res-cogitans y res-extensa) sino más bien, una infinitud de substancias (mónadas)
provienen de Dios. Leibniz al igual que Spinoza nos habla de una única substancia,
con la diferencia de que la substancia de Spinoza no crea el mundo, porque es en
y con el mundo al mismo tiempo; Leibniz sostiene que la substancia pura crea el
mundo y el mundo es todo mónadas. En Leibniz hay infinitud de substancias
provenientes de una sola; en Spinoza hay infinitud de atributos desde la óptica de
Leibniz en la naturaleza. Dios y naturaleza, son en Spinoza una misma cosa.
CONCLUSIÓN

Cuando hablamos de estos tres filósofos, ilustres representantes del racionalismo,


vienen a mi mente dos ideas. La primera es la idea de que el ser humano es apenas
una casualidad en el universo, una cosa minúscula que no es más importante que
una hoja de un árbol, un granito de arena o un asteroide, y es una idea que no deja
de atormentarme. La segunda es la idea de tener todo el universo entero adentro
de mí, lo cual no deja de parecerme interesante. Parecen dos ideas extremas, pero
realmente están muy cercanas.

Pues para conocer algo o alguien es necesario que yo lo desarrollé adentro de mí,
que ese alguien o algo forme parte de lo que yo soy.
El mundo es entonces algo así como mi cuerpo externo o como mi alma Si lo
pensamos con cuidado, desligándonos un poco del texto de Leibniz, siempre
tenemos adentro de nosotros el universo entero y esto en diferentes modos. Por
ejemplo, tenemos la capacidad de conocerlo todo mediante nuestro entendimiento
y también cumplimos las leyes físicas y químicas que operan en cualquier lugar del
universo. Estamos compuestos por 26 elementos químicos, la mayoría de nuestros
átomos son de oxígeno (65%), carbono (18%), hidrógeno (10%) y nitrógeno entre
otros, y de ellos sabemos claramente que nunca cambian su comportamiento.
Todas las religiones nos informan de un camino a seguir, todas las personas saben
y se angustian por la única certeza que posee el ser humano: su propia muerte.
FUENTES BIBLIOGRÁFICAS

Leibniz, G. W. F. Monadología, Ed. Aguilar, Buenos Aires, 1975.

Spinoza, Baruch. Ética y tratado teológico-político, Editorial Porrúa, México, 1976

Descartes, Rene. (2005) Discurso del método y Meditaciones metafísicas, Gredos,


Madrid, 2005.

Descartes, Rene, Los principios de la filosofía, Alianza editorial, Barcelona, 1995.

Descartes, Rene, El mundo. Tratado de la luz, Anthropos, Madrid, 1989.