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Alienación y Separación

Lacan distinguirá dos tipos de alienación, la recién descrita como alienación imaginaria, y
otra alienación que, en pareja con la separación, da cuenta de su teoría de la constitución
del sujeto

Alienación imaginaria: condiciones sociales del mundo humano, manifestadas en que la


imago es un efecto de alienación del yo, ya que es en el otro donde el sujeto localiza el
sentimiento de sí.

Para Lacan, la alienación es una de las operaciones que da cuenta de la relación del sujeto
(S) y el Otro (A), entendido este último como la estructura del lenguaje y definida como
“nueva y fundamental operación lógica” (Seminario 11, pág. 223), en la medida en que
concibe los efectos sobre el sujeto debido a su nacimiento en un mundo de lenguaje
constituido por su estructura, otros sujetos hablantes y cadenas significantes.

La alineación para Lacan posee la misma estructura de un “vel (o) alienante”, que debe ser
distinguida de los otros dos tipos de ‘o’ estudiados por la lógica, a saber: a) el ‘o’ exclusivo,
o la disyunción exclusiva (“hoy a las 22 horas iremos al cine ‘o’ al teatro”), que implica lo
uno o lo otro, pero no ambos, y b) el ‘o’ inclusivo, o disyunción inclusiva (“se tomará como
secretaria a alguna señorita que sepa inglés o francés”), que no impide que sean ambos a la
vez. El tercer ‘o’, el ‘o’ alienante, no es un invento de Lacan, es un agregado a la lógica
simbólica proveniente de la gramática; es aquel utilizado en frases tan significativas como:

“La bolsa o la vida”

“La libertad o la muerte”

En el primer caso, si se elige la bolsa se pierden la vida y la bolsa, y si se elige la vida, ella
será sin la bolsa y la subsistencia quedará connotada por la pérdida y la miseria. En la
segunda frase, desde la perspectiva autorizada por esta elección, solo se garantiza la
libertad de morir. Como se desprende de estos ejemplos, se trata de un vel que implica una
elección con una pérdida ineliminable, articulable en el ser hablante a las dimensiones más
íntimas de la vida y de la muerte simbólica que, siendo causadas por el orden significante,
no tienen, entonces, nada de biológicas.

Este vel necesario para la concepción lógica del sujeto tiene la estructura de la reunión o,
como más habitualmente se la designa en castellano, la “unión” de conjuntos, de la teoría
matemática de conjuntos. Esta articulación entre psicoanálisis y teoría de conjuntos no es
una extrapolación. La teoría de conjuntos es una teoría profundamente articulable a
cuestiones del psicoanálisis y provee de formalizaciones sumamente útiles y adecuadas a
las concepciones de cuestiones relativas al sujeto y por ello es utilizada tantas veces por
Lacan. Especialmente es útil en la medida en que opera con entidades caracterizadas por la
mera enunciación (los conjuntos y sus elementos), que excluye la noción de conjunto
universal (paradojas de Cantor y de Russell), requerida para dar cuenta de la estructura del

lenguaje, y que cuenta con la noción de conjunto vacío (Φ) como inherente a todo conjunto,

que se relaciona de una forma directa, con el sujeto del inconsciente y el objeto a.

Mejorar lo anterior.

El inconsciente, dentro de estas articulaciones lógicas de Lacan, queda totalmente vaciado.


No contendrá significaciones ni significantes, será un borde, el borde entre S1 y S2. Un
borde funcionando con la lógica del vel alienante, que implica una elección sin garantías y
con pérdida inherente.

La separación como intersección surge de la superposición de dos faltas. La primera,


lógicamente hablando, es la de la alienación, operatoria del intervalo. En ese mismo
intervalo se manifiesta ahora, para el sujeto, además de su afánisis, el más allá de lo que el
Otro dice, el más allá de la demanda del Otro, Otro encarnado que recién aparece en la
separación. Allí se esboza, para él, el deseo del Otro. El sujeto, contando con su propia
falta, la pone a operar para responder a la falta en el Otro, proponiéndose como objeto para
esa falta, pero él como objeto en tanto que falta en sí mismo. Así, una falta se articula con
otra falta, y la pregunta que representa esta intersección es “¿Puedes perderme?”25, en
lugar de “¿Puedes o quieres tenerme?”. La separación consiste en operar con la propia
desaparición en relación a la falta en el Otro.
Mejorar lo anterior.

A la introducción de la falta mediante la alienación, la separación responde proponiendo


que tal falta (volviendo a llevar la dialéctica al punto de partida), operando como objeto,
sirve para responder a otra falta. No se trata sencillamente de la falta, sino de cómo
mediante una falta se hace algo frente a otra falta, cómo se opera con la falta en el Otro
mediante la propia falta y viceversa. No se trata, en la dirección de la cura, de arribar a la
falta o a la pérdida (en la neurosis todo el tiempo se está en ella), ni tampoco de la
separación o libertad respecto del Otro. Todo lo contrario; se trata de la operación del deseo
que implica hacer algo con la falta en relación a la falta del Otro; así cobra valor clínico el
aforismo de Lacan: “El deseo del hombre es el deseo del Otro” (Seminario 11, pág. 46).

La separación, en su dimensión más radical, implica la puesta en funcionamiento de la parte


perdida en el advenimiento de la vida del hablanteser, es decir, de la libido.

La parte perdida convirtiéndose o funcionando como objeto será la articulación lógica entre
deseo y pulsión, pulsión que, por estas razones, no será sino pulsión parcial.

La relación alienación-separación es lo que permite dar cuenta de la profunda articulación


con la estructura del sujeto del inconsciente.

Si consideramos los mecanismos de alienación y separación es necesario partir da la


perspectiva que Lacan sostiene a la altura del seminario 11, donde considera que el Otro
preexiste al sujeto.

La cuestión que indagamos allí entonces es pensar cómo aparece el sujeto en el campo del
Otro, atendiendo a que el Otro es algo dado, mientras que el sujeto es algo que debe
advenir. La operación de alienación intenta responder cómo es que en el campo del Otro se
produce el sujeto.

El sujeto nace en tanto que en el campo del Otro surge el significante. Es decir, el
significante le viene desde el campo del Otro.

Esta perspectiva introduce una segunda operación concomitante para el advenimiento del
sujeto, la separación.
Lacan en el seminario XI plantea que el sujeto hace de su desaparición el objeto del Otro.
“El primer objeto que propone a ese deseo parental, cuyo objeto no conoce, es su propia
pérdida. Junto con ello surge la pregunta: ¿Puedes perderme?” (Seminario 11, pág. 222)
Y según cómo responda el Otro a dicha pregunta, diferentes serán las consecuencias para el
sujeto. Existe una elección de identificación del sujeto frente a estas operaciones lógicas. Se
plantea que en la psicosis si bien se realiza la operación de alienación, no opera la
separación, no se inscribe en el sujeto, volviéndose inoperante la extracción del objeto a.

Para Miller, el sujeto busca ser representado en lo simbólico e introducido en la cadena


significante. Solo podemos hacer definitivamente de la imagen un elemento del registro
imaginario, si hacemos de ella un significante. Las imágenes se significatizan, pueden
transformase en significantes y pueden ser tomadas como significantes. Aunque más no sea
porque las imágenes, como las cosas mismas, solo son nombrables por las palabras. Las
imágenes pueden volverse significantes, significantes imaginarios.

Avanzada la clase XVI, del seminario 11, dirá de esta operación que es circular pero no
esférica al modo planteado por Aristófanes y asimétrica y no recíproca, la no reciprocidad
está articulada por la torsión en el retorno.

De ese primer significante que aparece como sentido del Otro, el efecto es la afánisis, el
desfallecimiento, del sujeto. Esa operación es llamada por Lacan separación. Este primer
significante es el que queda reprimido y es así que en la caída, el sujeto queda del lado del
significante binario. En esa reunión algo queda en un borde, en una hiancia, abertura,
intervalo, lúnula.
Es conveniente tener presente que el cociente de la división subjetiva forjado en El
Seminario 10 como formalización lógica que le resulta adecuada a Lacan para calificar al
sujeto como efecto del significante producido en el campo del Otro.

Al comienzo de la clase XVI es utilizado por Lacan como brújula orientadora para la
lectura de las operaciones de alienación y separación:

“Puse el acento en la repartición que constituyo al oponer […] los dos campos del sujeto y
del Otro. El Otro es el lugar donde se sitúa la cadena del significante que rige todo lo que,
del sujeto, podrá hacerse presente, es el campo de ese ser viviente [el parlêtre en tanto ser
vivo vinculado con un cuerpo biológico no determinante] donde el sujeto tiene que
aparecer.” (Seminario 11, páginas: 211-212)

Es en esta relación del sujeto con el Otro que se articulan la alienación y la separación.

En las clases XVI y XVII de El Seminario 11 Lacan trabaja con estos conceptos entendidos
como las operaciones lógicas que dan cuenta de la causación del sujeto.

Con la primera operación se indica que el sujeto se constituye, “nace en el campo del
Otro” (Seminario 11, pág. 216).

La alienación es el “vel de la primera operación esencial que funda al sujeto” (Seminario


11, pág. 218).

Esta segunda operación está basada según Lacan ya no en la lógica de la reunión, propia de
la alienación, sino en la de la intersección o producto, que supone que la intersección de dos
conjuntos es el conjunto de elementos comunes que pertenecen a esos dos conjuntos.

La separación, según Lacan (Seminario 11, pág. 222) “surge de la superposición de dos
faltas”. Es el resultado de la intersección de la falta del conjunto del sujeto con la falta del
conjunto del Otro (S1-S2), vale decir: el objeto a, ese resto del organismo que no se
transforma en cuerpo, que no es apresado en el proceso de significantización -demostración
efectuada en El Seminario 10 a partir del cociente de la división subjetiva- y que en el
Seminario 11 se define como el producto de la superposición de ambas faltas.
Esa pérdida que es el objeto a devendrá causa. Momento lógico de constitución del deseo
como deseo del Otro puesto que se produce en la articulación del sujeto con el intervalo en
la cadena significante del Otro donde Lacan localiza el enigma de su deseo. De allí la
producción del a como resto, perdido. En este sentido, la separación implica la entrada de la
estructura del deseo como deseo del Otro, que rescata al sujeto del efecto letal del
significante porque adviene como posible objeto del deseo.

Es en la separación donde se produce la realización del sujeto del deseo en su relación con
el deseo del Otro, en tanto lo decisivo es el enigma del deseo del Otro, interpelado por los
“¿por qué?” infantiles que apuntan a demostrar que le es imposible responder a todo:

“El sujeto aprehende el deseo del Otro en lo que no encaja, en las fallas del discurso del
Otro, y todos los por qué del niño no surgen de una avidez por la razón de las cosas –más
bien constituyen una puesta a prueba del adulto, un ¿por qué me dices eso? re-suscitado
siempre de lo más hondo -que es el enigma del deseo del adulto.” (Seminario 11, pág. 222)

Para las conclusiones: Melancolía

Los reproches destinados al objeto se vuelven contra el yo y el acto suicida es el


resultado de la vuelta sobre el sujeto del impulso asesino dirigido contra el objeto.

En el Seminario sobre La angustia (Harari,1993) Lacan se interesa por dar precisión


a la relación del narcisismo con el objeto, a lo que forma parte de la estructura del
fantasma ($<>a): "Como este objeto está habitualmente enmascarado tras la imagen
narcisista, el melancólico necesita pasar a través de su propia imagen para alcanzar
dicho objeto (...) cuya caída lo conducirá a la precipitación suicida." Se trata pues de la
representación del mito de Narciso.

En este punto podemos encontrar allí una relación con "la muerte de la Cosa
originaria", esa simbolización primera, así como la del sujeto, que desaparece en el
instante de su nominación significante, "constituyendo la eternización de su deseo"
(Op.cit., p.307). Si se trata del sacrificio de la parte narcisista del sujeto subordinado
al sacrificio simbólico mismo, es en todo caso el rechazo de esa muerte, al mismo
tiempo que el rechazo de la simbolización del objeto lo que sólo deja por resto esa
parte narcisista del hoy. Hay rechazo del objeto pero sin simbolización y, en el lugar
del objeto del fantasma que produce lógicamente la operación simbólica, sólo queda
una imagen que el sujeto melancólico intentará atravesar en el acto suicida para
alcanzar su ser, a. (Harari, R., 1993).

El objeto abandonado por el sujeto en la melancolía, aquél cuya sombra puede caer
sobre el yo, viene en lugar del das Ding, la Cosa siempre perdida, aquella que lo
alienaba. Ese sujeto se identifica con el odio hacia esa Cosa, mejor dicho, la vertiente
narcisista de su yo se identifica con la mismísima Cosa perdida. Sin embargo, Laurent
(1988) recuerda que la melancolía implica también una segunda condición, la del
destino de "la identificación con el padre muerto en la psicosis", identificación de la
cual, según Freud, el superyo es heredero, la forclusión del Nombre del Padre,
condición de retomo del goce propio de la Cosa sobre el yo. Entonces, en ausencia del
goce fálico que falta, la identidad sexual y la relación entre los sexos, surge este goce
devastador.

Así, el sujeto que siente el dolor engendrado por la separación del objeto, para él
imposible, intenta develar ese objeto tratando de reunirse con él en el acto suicida.