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ACANIA

SANTIAGO BURELO FERRER


Título original: Acania

Autor: Santiago Burelo Ferrer


Diseño de portada: Flakura Design
Diseño de interiores: Adriana Grajales

© 2016, Santiago Burelo Ferrer

Derechos exclusivos de Santiago Burelo Ferrer

Primera edición: Mayo 2016

No se permite la reproducción total o parcial de este libro ni su incorporación a un sistema


informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio mecánico, por
fotocopia, por grabación u otros medios sin permiso previo y escrito del titular del copyright
La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la
propiedad intelectual (Arts. 229 y siguientes de la Ley Federal de Derechos de Autor y Arts.
424 y siguiendes del Código Penal).

ÍNDICE
Prólogo
Boston, 2001
Boston, 2002
Boston, 2008
Boston, 2009
Boston, 2010
Boston, 2012
Manhattan, 2012
Centroamérica, -4678
Aguascalientes, 2012
Frontera con México, 2012
Valle Logürth, 8798
Cuzco, 2012
Tuxtla Gutiérrez, 2012
Valle Logürth, 6267
Palenque, 2012
Centroamérica, inmersión 20
Gran Pirámide, 2012
Valle Logürth, 67 Oxkutzcab, 2012
Ruinas, 2012
Epílogo

PRÓLOGO
E n una imagen nada está vivo. Todo permanece inmóvil, sin
tiempo, la antítesis de la naturaleza del universo. Sin embargo, es el
sueño del hombre, apegado a que nada se mueva, a que todo quede
en el pasado, perdido en el tiempo, sin tiempo. Tan fuerte fue su
resistencia al cambio, que el hombre decidió diseñar un artefacto
para poder capturar el movimiento imparable de su entorno, la
incapacidad para recordar mínimos detalles. El cerebro no puede
aparcarse y se mueve a la misma velocidad que los planetas, las
estrellas y las galaxias. Al no poder comprender esto, nació la
esencia del tiempo; para poder “medir” aquello que no cabe en las
ideas, pero que es igual de vasto. Entonces, quedé encantado de
poder contemplar en una fotografía al aliento paralizado, al espíritu
congelado. La fotografía es una versión sintetizada de la máquina
del tiempo, el primer intento mecánico de regresar al pasado. Para
violar las leyes universales, escribir nuevas y de esta manera
respetar la ley del cambio, la evolución invisible y lenta de la cual
somos cautivos y creadores pasivos-activos. Si tenemos la llave
para un momento, tenemos la llave para la eternidad. No para ir en
contra del tiempo, solo para entender que no existe.

BOSTON | 2001

M i auto estaba estacionado y presencié justo el instante en


que lo golpeaba con el suyo. Tuve esa sensación de pesadez y asco
en el estómago, una parte de mí era lastimada. Conforme lo
procesaba en mi cerebro, la emoción se transformó en enojo y
después en ira. Quería gritar, explotar violentamente en todas las
palabras que pudiese recordar en ese instante. Todo mi cuerpo
temblaba y no recuerdo haber respirado.
—Hola, ¿cómo estás?, ¿todo bien? —Al ver sus ojos, di una
profunda respiración, que llegó a un lugar dentro de mí con el cual
no estaba familiarizado o llevaba mucho tiempo sin atender. Mi
cuerpo se destrabó, sentí paz y calma.
—Pues con este pequeño percance —respondió de manera áspera.
—Eso veo. Pero tiene solución. ¿Cómo te llamas?
—Sí. Debo ponerme en contacto con el dueño, también con mi
aseguradora. Jazmín. —Sacó dos tarjetas de presentación, una me
la dió a mí y puso la otra en el limpiaparabrisas del auto.
Ya se alistaba para dejar una nota, pero la detuve.
—Mi nombre es James, yo soy el dueño del auto.
Ahora podía percibir que la atmósfera del momento era embarazosa.
Ella se sonrojó, se quedó sin habla.
—¿Gustas un café? —Rompí el silencio.
Aceptó sin decir palabra alguna; estacionó su auto, cruzamos la calle
y entramos al café. Una vez que la situación se relajó, me miró
directamente a los ojos y comenzó a reírse. Me sentía extraño, en
vez de estar enfadado, me sentía como en una primera cita. Estaba
nervioso, sonreía sin razón aparente, su belleza y sus expresiones
me hacían sentir emocionado de una buena manera.
—Me da miedo y risa al mismo tiempo tu reacción. Jamás pensé que
tú fueras el dueño, cualquiera en tu lugar habría enfurecido, “maldita
vieja estúpida”, es lo común —dijo, en un tono sarcástico. —Yo
tampoco encuentro explicación alguna, pero sentí compasión...
Alguna extraña conexión. Percibí algo familiar en ti.
—¿Familiar? ¿A quién te recuerdo?
—No lo sé, pero sentí que debía tratarte así, sin importar la
circunstancia...
Atendió su teléfono, que estaba sonando, se disculpó conmigo y
partió hacia una cita donde era requerida. Me quedé sentado,
terminando mi bebida. Miré su tarjeta, que sostenía entre los dedos
de mi mano derecha: era quiropráctica. Revisé mi lista de
pendientes, metí la tarjeta en un bolsillo de mi blazer y continué mi
jornada.
En la noche reflexioné sobre lo que Jazmín me había dicho. No
encontraba explicación de porqué no había sentido enojo o ira; mi
auto no era nuevo, pero un evento de estos puede alterarnos y
podríamos reaccionar de una manera incivilizada. Busqué su tarjeta
en todos los bolsillos, incluso en bolsillos que no formaban parte de
este episodio, solo encontré basura, servilletas usadas y un botón
perdido. La tarjeta había desaparecido. Me arrepentí entonces de no
haberle proporcionado mis datos. A la par que veía un documental
sobre la posible relación entre ovnis y civilizaciones prehispánicas,
como si fuera el frío de una noche de invierno —que está presente
mientras vas en el metro, mientras te das una ducha o mientras
tomas una taza de café—, así, de esa manera, estaba presente la
sonrisa de aquella mujer que había golpeado mi vehículo. Era como
si algo en mi interior se despertara o se moviera. Apenas estaba
adentrándome en aquella emoción cuando simultáneamente, en el
televisor, una imagen despertaba otra emoción de similar magnitud,
con la misma profundidad misteriosa, y entonces ese momento
presente tuvo mayor peso, debido a su temporalidad. Mi mente se
conectó con otro lugar, donde nuevas ideas y cuestionamientos
emergían como burbujas desde lo más profundo del océano:
¿Habían tenido los mayas contacto con los extraterrestres?, ¿de
dónde venían los extraterrestres?, ¿para qué venían a este planeta?,
¿qué aprendieron los mayas de ellos?, ¿es posible que en la
actualidad continúen viniendo? Poco a poco, conforme el programa
seguía su curso, mi cuerpo pedía descanso y lentamente fui
cayendo en un sueño profundo: todo era muy opaco, no alcanzaba a
ver las cosas con mucho detalle, los colores se combinaban unos
con otros, las formas entremezclaban sus bordes. Pero era diferente
a cualquier sueño anterior, tenía la sensación de estar viviéndolo,
encarnándolo realmente: me encontraba acompañado de mi papá,
de la recién conocida Jazmín, pero había otros personajes
desconocidos para mí, de los que, extrañamente, recuerdo sus
nombres, Peter, Daniel, Manuel, Michael... Y otro personaje que se
llamaba “ “Öngara”, así, con diéresis sobre la “O”. No sabía por qué
había recordado un nombre tan complejo y extraño, este personaje
no solo tenía un nombre raro, sino también el físico, era como si
viniera de otro planeta. No conseguía identificar si era un amigo o
alguien oscuro. Me desperté bruscamente, debido a que en el sueño
ocurría una gran explosión, que retumbó desde la realidad de mi
subconsciente hasta la realidad que se vivía en la ciudad de Nueva
York esa mañana. Me sorprendió el sueño, el atentado y que
percibía olor a quemado sin tener nada a mi alrededor que estuviera
en proceso de combustión. Mi papá entró en mi cuarto, alterado —él
ya había visto las noticias—, y nos sentamos frente al televisor con
un café en la mano. Estábamos perplejos, ninguno decía una
palabra, sin embargo, dentro de mi cabeza había una revolución,
pensaba que aún podía estar soñando, todo era irreal y al mismo
tiempo real, no podía comprenderlo, mucho menos tratar de
explicarlo. Yo sabía por lo que estaban pasando las personas que
tenían familiares en los edificios y en los aviones, de tal modo que
mi empatía se mostraba más acentuada, no sería nada fácil
reponerse de un evento así. Comencé a llorar al ver a mi padre
hacerlo, desenterrando un sentimiento oculto, que lastimaba a
ambos por igual, sin piedad alguna. —¿Crees que tuve la culpa de lo
que le pasó a mamá?

—James, ya hemos hablado de esto antes, ese sueño lo pude tener


yo, de ninguna manera pudiste haberlo detenido.
—Hoy tuve otro sueño.
La extrañeza del sueño fue secando las lágrimas, cambió de sintonía
el momento. Le expliqué a mi padre que alcanzaba a ver una
conexión singular entre el sueño y el evento de esa mañana en la
ciudad de New York. Eran edificios, eran explosiones, la muerte y la
catástrofe estaban involucradas.
—Hijo, ¿qué te parecería ver a un psicólogo? Yo no sé qué signifique
ese sueño, pero quizás esta persona pueda ayudarte a hacerlo,
puede también apoyarte en muchas otras cosas. No sé de qué
manera, pero mi papá rompió ese tabú de que los psicólogos son
para atender a gente que está mal de la cabeza. Al principio me
sentí ofendido, muy extraño. —Sí, pá, lo pensaré — acepté, sin estar
totalmente convencido. Regresar a terapia era regresar al episodio
de la muerte de mi madre, a mis sueños trastornados, al dolor que
solo estaba cubierto con una sábana delgada, se removía un poco y
despertaba. Sin embargo, confiaba en que la terapia era un buen
apoyo; concluí que la intención de mi padre era mi bienestar.
El día continuó, pero no hubo actividad, escuela ni trabajo, un “día
de asueto” obligado. Resolvimos visitar la tumba de mi madre. Le
compramos jazmines, su flor favorita, un símbolo que respondía a su
amor por la jardinería. Fue sanador para los dos, entendimos que
ella se encontraba bien... Entonces, a esa altura del día, metí la
mano en el bolso de mi pantalón y retiré la tarjeta de presentación
que llevaba el nombre de la mujer que había chocado conmigo. Su
nombre sacudió mis pensamientos, me quedé helado y a la vez tuve
mucha paz. ¿Cómo había llegado la tarjeta allí? El nombre de las
flores y el nombre de ella... ¿Por qué el sueño, tan real y extraño?
Quería respuestas para estos sucesos, pero no sabía dónde
buscarlas. Tal vez tomando la sugerencia de mi padre. Y creo que no
estaba preparado para manejar sus porqués.

BOSTON | 2002
S alí de mi primera sesión con el psicólogo que me había
recomendado mi padre, después de meses de estar buscando alguno
con el cual me sintiera con mucha confianza, alguien que no me fuera
a juzgar o a cuestionar, como aquel “terapeuta” al que me obligaron a
ir meses después de la muerte de mi madre. Por ese entonces lo que
yo menos quería era una terapia, así que la saboteé y dejé de asistir.
Ahora era distinto, pues me encontraba buscando un psicólogo, y mi
padre, coincidentemente, me lo sugirió, justo en el momento en que
comenzaba a frustrarme. Al terminar la consulta, me había quedado
con una sensación de vacío, me sentía insatisfecho, me encontraba
inundado de preguntas, de cuestionamientos vagos. Mi cabeza
estaba atormentada, aún más que antes de que entrara a la sesión.
El mismo motivo por el cual había ido era tan fuerte como las ganas
de negarlo, y ambos eran lo mismo: la muerte de mi madre. El
psicólogo no me dio una respuesta satisfactoria sobre la premonición
que había tenido años atrás acerca del evento, esa ocasión en que de
niño me había enfermado tanto que había faltado al colegio por tres
días; entre sueños y delirios me hundía más en mi malestar, pues
visualizaba a mi madre en un accidente. La camioneta volcaba, giraba
muchas veces fuera de la carretera bajo una lluvia torrencial, y
terminaba volteada de cabeza en un charco inmenso, donde se
hundía poco a poco. Cuando la ayuda llegaba, ya era demasiado
tarde: sacaban del auto solo el cuerpo de mi madre, pero su espíritu
ya no se encontraba allí. Tenía apenas seis años cuando lo soñé, no
conocía bien el concepto de muerte, nadie cercano había fallecido
aún, pero el sueño era muy real, vivía la angustia con mucho
sufrimiento. Tanto mi papá como mi mamá resolvieron que debido a
la dosis fuerte de medicamentos, yo presentaba delirios y pesadillas,
hasta cierto punto les parecía algo “normal”. Una vez que ya me
encontraba sano y en mis cinco sentidos, me acerqué a mi madre una
noche, antes de dormir, le comenté del sueño, le dije que tenía mucho
miedo, lloré. Ella me abrazó fuerte. Antes de quedarme dormido, me
dijo:
—No siempre estaré aquí. Tampoco tu padre. La vida es un proceso y
dentro de ese proceso hay cambios constantes, nada en esta vida o
en el universo es permanente, llega el momento en que la evolución
trae consigo a la muerte, no se puede evitar, es la inevitable
naturaleza del proceso. Y cuando suceda, recuerda que dolerá, pues
en esta vida queremos detener el tiempo, pretender que todo
permanezca como está. Eso es lo que nos hará sufrir. Simplemente
recuerda: “aceptar y dejar ir”.
A los dos días de aquella plática, un domingo amaneció lloviendo,
justo como en mi sueño. Mi madre había salido de la casa temprano,
antes que yo me despertara, ni siquiera sé dónde se había
dirigido. No volvería a ver a mi madre con vida, no volvería a besarla,
ella no volvería a cargarme en sus brazos, no volveríamos a escuchar
nuestras voces...
El dolor había sido tan grande que no recordé aquello que me pidió
que recordara, aunque es probable que si lo hubiera recordado no
hubiera sido capaz de aplicarlo. Me habían quitado un gran amor. Por
ese entonces —y en los años siguientes— culpaba a Dios por
semejante barbaridad, era apenas un niño de seis años, que tenía la
intención de comprender la vida, y la misma muerte me orillaba a
comprender que no sería lo más sencillo continuar sin ese gran
apoyo. “¿Por qué Dios no fue más claro conmigo con esa señal?, yo
sabía del accidente, yo pude haberlo evitado, pude evitar tanto
sufrimiento y desgracia, ¿la culpa era mía o de Dios?, ¡maldita sea!,
pude haberla salvado, fue culpa mía...” lloraba. Hasta ese momento,
nadie me daba una respuesta que sustentara el evento.
El psicólogo solo había repetido lo que muchos me decían, “todo tiene
un principio y un fin, así es la vida, la muerte es lo único seguro que
hay”, aquellas palabras recicladas, nada nuevo, nada que me
consolara, nada que desvaneciera por completo ese dolor; un dolor
que dormía dentro de mí. Yo seguía mi vida adelante, asistiendo al
colegio, divirtiéndome, disfrutando de mi padre, apoyándonos y
acompañándonos el uno al otro. Sin embargo, de vez en cuando, ese
dolor se despertaba, y cuando eso sucedía, dolía tanto como una
herida reciente, incluso a veces más; dependía del tipo de
circunstancias por la que estuviera pasando, si había mucho estrés
en la escuela, si discutía con mi pareja, si discutía con mi padre o
cuando tenía sueños premonitorios, sueños sin explicación y sueños
repetidos, sueños donde dominaba lo consciente, diferentes
versiones del accidente de mi madre, pero todas con el mismo
resultado.
“Conducía el 4x4, una nave de acero bien confeccionada, con un
corazón de doscientos caballos, la carretera lubricada por la lluvia, el
agua poderosa que no se detiene, mi madre ubicada en el asiento de
atrás, con sus ojos cerrados, dormida, su respiración, el antagónico
del caos que existía afuera, todo gris; quería despertarla, platicar con
ella, tan solo escuchar su voz, reconocer sus palabras... Los caballos
metálicos estaban sin control, desquiciados, con prisa, sedientos de
velocidad... El freno no funcionaba, comenzaba a alterarme y a
gritarle a mi madre, ¡despierta!, ¡despierta!, la carretera se volvía un
agujero de gusano, curva y vuelta continua e incansable, infinita...
¡Madre, despierta!, quiero decirte que te amo, necesito que tus oídos
me escuchen, que tu sonrisa se dibuje en esa fotografía que tanto he
perseguido por años, a través del tiempo; quiero detenerme, detener
el auto, detener el tiempo... Las curvas en alta velocidad devoran a
los caballos, que tropiezan y no soy capaz de controlarlos, el volante
se resbala de mis manos, no hay manera de controlar la curva de la
carretera, la curva que marca el camino de mi vida está de frente,
inocente y hermosa al mismo tiempo, nos devora y nos engulle en su
naturaleza centrípeta... El vehículo termina fuera del camino, en
arenas movedizas que transportan al todoterreno hacia los confines
internos de la madre tierra, transmutando la vida misma de mi madre
en sueños, trauma, impronta; en conflictos de una mente que se
despierta, de la conciencia haciéndose consciente de sí misma...
Probablemente el único modo de despertar... No despierto de ese
sueño individual breve, despierto a la complejidad de la vida, llámese
dura o difícil, injusta, en la versión de la conciencia espiritual que
todos compartimos, pero que solo pocos advierten... Esa muerte, la
muerte de mi madre sirve de escapatoria para ambos, ella se dirige a
otro lugar para descansar, evolucionar, aprender nuevos idiomas y
conocer nuevos sentidos, y a mí me conduce a mi propia muerte
lenta, para volvernos a encontrar, por siempre, una vez más...”
Despierto de un sueño más en el que no puedo salvar a mi madre...
Las lágrimas revientan al golpear mis manos, revientan estallando
como latidos del corazón, con la misma energía expansiva con que se
destruye cualquier estrella en el universo, nostálgicamente, y como
ocurre en cualquier parte del espacio y del tiempo. Cada vez que me
enfermaba, el sabor de la medicina presentaba un sabor a muerte. En
mi mente ya estaba registrado el evento de esa manera. Muchas
veces volví a soñar el mismo sueño, en ocasiones difuso, en otras,
muy claro y detallado. Siempre la misma pregunta: “¿Por qué tuve
ese sueño?” No me sirvió de nada hasta ahora, solo para
atormentarme, para desquiciarme con cada sueño que tenía,
creyendo que cada vez que soñaba con alguna catástrofe, esta
sucedería. Los días subsecuentes me volvía paranoico e inseguro, y
en muchas ocasiones la paranoia inundaba otros sucesos naturales e
inofensivos. En otras, le tomaba cariño y permanecía por mucho
tiempo pensando que “algo” podía suceder.
Me sentía solo, incomprendido, vacío, nada me daba paz, me sentía
incompleto. Aunque la fotografía me servía como terapia, como
distracción; todo el proceso de revelado, el aroma de los líquidos, que
me parecía totalmente distinto al de los medicamentos —tal vez sí lo
era—, las imágenes, que se mostraban al sumergirlas, eran como
sueños que cobraban vida pero que a la vez quedaban petrificados en
el papel, donde podía perderme por largos ratos, contemplándolos.

BOSTON | 2008
E n ese año tuve mi primer roce con la muerte y, así también,
la fortuna de continuar vivo. Fueron tiempos oscuros, de rebeldía, de
buscar respuestas en lugares poco convencionales, en el alcohol, en
las drogas, en lugares donde la energía era muy baja y pesada,
donde las sombras no dejaban ni ver las malas intenciones de los
humanos, y esas sombras eran el telón tras el cual se encontraba la
muerte. Pero más lejos de mi madre ya no podía estar. En el periodo
de un año y dos meses, tuve dos accidentes en auto y me apresaron
una. El día 22 de agosto —era un viernes— llegué a mi departamento
después de una larga semana de trabajo, puse rock alternativo a un
volumen bastante fuerte mientras me preparaba de comer, a la par,
registré mi cava —tenía unas diez cervezas— y paralelamente
encendí un cigarrillo de cannabis. Sentía que me lo merecía, todo. No
tenía pensado salir a ningún lugar, sino quedarme en mi
departamento para ver películas, tratar de componer una canción y
pintar cualquier figura que me viniera a la mente, entretenerme con
libros de fotografía, lugares que nunca había visitado y que tal vez
jamás lo hiciera, emociones de personas en momentos gloriosos,
catastróficos, únicos, irrepetibles; edificios, arquitectura que aún no
existía, así también pirámides, monumentos que capturaban mi
atención y provocaban que me perdiera en el tiempo; cualquier cosa
que mantuviera a la mente entretenida, para dejar en sus
profundidades los recuerdos dolorosos intactos como el sedimento
venenoso de un cenote. Alterar un poco el sedimento traería angustia,
desesperación, ceguera, dolor y muerte. Cuando me di cuenta, ya
casi me había terminado las cervezas de mi cava y la noche había
llegado. Pero no había problema, me sentía bien, era viernes y al día
siguiente no trabajaba, quería celebrar una semana exitosa. Una vez
que se me terminó la cerveza, quise más, de modo que fui a un bar,
para alcanzar a unos amigos. Tomé mi auto y me fui. Nada podía
pasarme, “a la gente buena no le suceden cosas malas”. Apenas esa
semana había comenzado a brindar servicio en un asilo, también
había conseguido capturar la atención de la crítica, y el elogio y el
reconocimiento de colegas, al haber regresado de Suiza con fotos
sorprendentes del colisionador de hadrones, dos de ellas utilizadas en
un número de una revista muy popular. La oportunidad que muchos
anhelan. Así también, había tomado un seminario de metafísica, que
me tenía sorprendido, con ganas de aprender mucho más. Un
momento de mi vida en el que había puras cosas positivas. Me sentía
con derecho de festejar y no tenía límite alguno, todo era una
montaña que se sostenía en una depresión en su base; en cualquier
momento podía derrumbarse. Y ese momento ocurrió a las 3:33 a. m.,
ya era 23 de agosto, cuando de regreso a mi departamento me quedé
dormido. Choqué con una camioneta que estaba estacionada, mi
llanta delantera derecha se ponchó, reaccioné y me di a la fuga. No
sé cómo controlé el vehículo, en el estado de ebriedad en el que me
encontraba, en las condiciones mismas del auto y a velocidades entre
los ochenta y los cien kilómetros por hora. Tres patrullas me
detuvieron, bajé del auto muy lentamente, más de diez armas me
apuntaban, y yo solo quería quitarme la ropa y acostarme en mi
cama. Pero estaba muy lejos de que eso ocurriera. Me esposaron y
me llevaron a la delegación. Ya estando allá, me comuniqué con mi
abogado y con un amigo. Ellos se pusieron en marcha para sacarme
del embrollo en el que me había metido. Les agradecí mucho y aún
hoy estoy muy agradecido con ellos, sin embargo, estoy muy
agradecido con los policías que detuvieron al delincuente —o sea, a
mí—. De no haber sido así, habría muerto.
A los dos días del incidente, recorrí el sitio a pie. Entonces noté que el
carril por el que había conducido estaba cerrado por un muro de
contención, ya que estaban haciendo composturas en la calle. Solo
habían faltado cincuenta metros para que impactara, pero había sido
salvado. Me senté a llorar, me acerqué al muro de contención, lo
toqué con mis manos, me parecía tan sólido y pesado que ni un
tanque podría moverlo. Mi auto hubiera quedado reducido, como una
lata aplastada. Y yo —prácticamente desintegrado—, estaría junto a
mi madre al fin. Pero una fuerza enorme quería mantenerme con vida.
¿Para qué?, ¿por qué? Estaba allí sentado, sin un solo rasguño,
entero, sentado junto a la muerte, observando el fin de mi vida que no
sucedió. Sonreí. Una nueva oportunidad tenía frente a mis pies.
Mi padre se preocupó, creía que andaba en malos pasos, temía que
la depresión recurrente por la muerte de mi madre pusiera en riesgo
mi vida. Para mi padre, todo —los reconocimientos o lo bien que me
estuviera yendo en otras áreas de mi vida— se veía opacado por ese
evento, todo lo que había construido con tanto esfuerzo se había
derrumbado, y debía comenzar de nuevo.
Estaba vivo, eso era lo que importaba. La lección había sido
aprendida y podía continuar con mi vida de la manera más normal.
Seis meses después me aventuré a hacer la cosa más disparatada
que jamás se me pudo haber ocurrido, pero comprendía que era una
locura bien sustentada, con un fin muy noble, quizás era la única
manera de salvar a mi padre.
Fue el 23 de febrero del 2009 el día en que puse en riesgo mi vida a
propósito. Una manera de sacrificarse. Todo esto provenía de un
sueño que había tenido una semana antes: mi padre se encontraba
en una embarcación, acompañado de tres amigos. No recuerdo bien
el sitio, pero sí recuerdo el mar, gris enfurecido, frustrado, con ganas
de nada y de destruirlo todo. Es difícil concebir que en esas
circunstancias exista vida dentro de él, en sus profundidades; solo
demonios, criaturas terroríficas, miedos y amargura. Un oleaje
extraño y un viento enfurecido e inesperado los tomaba por sorpresa,
era imposible controlar la embarcación, que terminaba siendo
estrellada contra unas rocas. Las profundidades se adueñaban de las
vidas de todos los tripulantes, incluyendo a la de mi padre.
Me desperté llorando, hundido en la misma angustia que sentí cuando
soñé la muerte de mi madre. Me sentí enfermo y vacío. Supe,
entonces, que era el anuncio de la muerte de mi padre. ¿Cómo evitar
que se fuera a ese viaje?, ¿cómo evitar su muerte? Le llamé por
teléfono, para vernos. Fuimos a un restaurante de mariscos. No era
tan común que nos viéramos. Quizá, una vez al mes; y no tenía ni
diez días nuestro encuentro más reciente.
—Pá, ¿qué día se van?
—El jueves, de madrugada. Ya te había dicho.
—Sí... Es que ese viaje me tiene intranquilo, ¿no habría alguna
manera de que lo pospusieran? —No tienes por qué preocuparte, ya
lo hemos hecho varias veces. ¿Qué has pensado al respecto? No me
digas que soñaste algo.
—No, es solo una sensación.
Revelarle el sueño a mi padre no cambiaría nada, desde que le conté
el sueño sobre mi madre, mi padre nunca tuvo afición por mis
visiones. No le caían bien, y ahora no esperaba una buena reacción.
Estaba de más contarlo.
Después de la cena, cada quien se fue a su casa. Tenía un nudo en
mi garganta, nada podía hacer para cambiar esto, toda la noche
estuve dando vueltas al asunto sin poder dormir y solo pensaba en
dormir, quizá dentro de mi sueño encontrara la respuesta para evitar
que mi padre fuera a ese viaje y muriera, pero era tan grande la
preocupación que no conseguía relajarme. Cuando salió el sol fue
cuando pude dormirme... “Me encontraba en una calle, en mi auto,
era de noche, a pesar de que la calle no estaba en pendiente mi auto
comenzaba a avanzar, presionaba el freno, lo ponía en ‘parking’,
usaba el freno de mano, y aún así el auto avanzaba hacia un costado
de la calle, donde había una enorme caída; la dirección estaba
trabada, nada podía hacer para evitar que el auto se fuera al
barranco”. Antes que el auto se estrellara en el suelo me desperté,
tenía una sensación de total vulnerabilidad, en mí no estaba el poder
para controlar las cosas que sucederían, solo me quedaba aceptarlas
y trabajar desde mí para que no me afectaran. Me sentía vacío por
dentro, nada me confortaba, nada había que me hiciera sentir
completo y a gusto. Todo estaba en silencio, no podía escuchar
música, pues no la sentía. Intenté comer, pero la comida no me sabía.
Me encontraba hundido en el sillón de mi departamento, sin
moverme. El televisor estaba encendido, pero ni siquiera recuerdo lo
que se estaba transmitiendo. Respiraba solo para mantenerme con
vida. Mi mente trabajaba, aunque considero que no de manera
óptima, se encontraba atorada en un solo evento, atrapada en un
laberinto donde las emociones y el misterio disfrazaban toda claridad
con un espejismo casi tangible. Para mi sorpresa, fue el cuerpo quien
ayudó a encontrar la salida; necesitaba moverlo, activarlo, entonces
decidí salir a dar una caminata por el parque. La actividad física
despertó nuevos canales en la mente, la mente cambió mi estado de
ánimo y pude encontrar equilibrio en todo, tuve el presentimiento de
que algo bueno sucedería. De regreso en mi departamento me
encontraba con más ánimo. Me preparé de cenar, prácticamente fue
lo único que comí en todo el día. Seguido de eso, el cansancio me
venció.

El tiempo se me agotaba, ya estábamos a miércoles, a la mañana


siguiente mi padre se iría a su viaje, a su muerte; no podía quitarme
esa idea de mi cabeza. Tuve más ánimos que el día anterior, pude
dormir mejor y el día andaba con normalidad, fui a casa de unos
amigos a tomar unas cervezas mientras disfrutábamos de un partido
de béisbol. Después de unas horas la historia se repitió, era la misma
fecha, choqué nuevamente con mi vehículo, el mismo costado, todo
igual. No me pasó nada, al afectado tampoco. De nuevo en un día 23.
¿Qué me estaba diciendo la vida y quién me mantenía en ella, y para
qué?, ¿había estado haciendo las cosas bien?, ¿por qué este
tropezón?, ¿por qué esta caída?, me levanté, recapacité y observé
que de nuevo ponía mi vida en riesgo, y a la vez, no iba más allá de
ser solo un riesgo, pues me encontraba sano, salvo y con la
afirmación: “alguien me necesita con vida”. Entre esas líneas se
entendía: “mi madre aún no me quiere a su lado”. Entonces agradecí
estar con vida y sin ningún rasguño. Ahora, a descubrir, a encontrar
para qué estaba en esta vida; entonces, de golpe, supe la razón por
la cual me había sucedido esto, mi papá se preocupó tanto que no fue
a su viaje. Esa noche me quedé a dormir en su casa.
—James, hijo, ¿cómo vas con tu terapia?, ¿continúas asistiendo?
—Me he sentido muy bien, he dejado de despertarme por las noches,
he conseguido dormir de corrido. Te pido perdón, pá, no se que me
sucedió, me desconcentré. Sé lo mucho que querías ir a tu viaje y
ahora lo he estropeado.
—Pienso alcanzarlos, solo quería saber si te encontrabas bien,
estable. Si tú me lo permites, partiré mañana a primera hora.
Accedí. Al parecer nada podía hacer yo para evitar que fuera a ese
viaje, quizá tampoco pudiera evitar su muerte, de la misma manera en
que soñaba las distintas versiones del accidente de mi madre y todas
con el mismo resultado.
De nuevo me sentí vacío, pero la decisión estaba tomada; comprendí
que el destino no se puede manipular, lo que tiene que suceder, tiene
que suceder, no hay más; yo estaba vivo, a pesar de dos accidentes
en los que la muerte estaba al alcance de la mano, pero la muerte me
rechazaba y no alcanzaba a comprender porqué, por más conjeturas
y vueltas que le daba al asunto.
Al día siguiente, mi papá se despertó temprano, me dio unas
indicaciones sobre su casa y partió. Por mi parte, tenía una reunión
con un cliente, que quería que fotografiara su colección de autos en
una exposición que comenzaba ese día. Me prepare un café y tomé
un taxi hacia mi casa. Debía recoger mi equipo y tomar el tren a
Melrose, mi cliente había prestado una de sus propiedades para llevar
a cabo la exposición. Llegué unos minutos antes que la inauguración
diera comienzo, conseguí mi gafete; enfrente de mí tenia cientos de
autos, y pensé en los restos del mío, que en esta ocasión había
quedado destrozado. Ahora no sabía qué iba a suceder con ese
tema, muy probablemente debería comprarme uno. A través del lente,
capturé incluso autos fuera de la colección de mi cliente, por gusto
propio, aunque para mi situación me venía bien cualquier auto o
medio de transporte. Estaba a media plática con mi cliente
escuchando sus requerimientos, sus bromas, que no eran malas,
pero que no me causaban absoluta gracia, menos al ver que en el
celular tenia tres llamadas perdidas de mi padre y de nuevo entraba
otra. Tuve un mal presentimiento, me disculpé con mi cliente y atendí
la llamada.
—Hijo, perdón por no escucharte. —Mi padre sonaba triste,
deprimido, estaba llorando, así como cuando llorábamos juntos por mi
madre; la atmósfera se percibía igual que cuando íbamos a visitar su
tumba.
—¿Papá, estás bien?, ¿qué pasó?
—Ellos están desaparecidos, fueron de pesca para tener comida con
que recibirme; no han podido localizar la embarcación, lo que sí se
sabe es que pidieron auxilio hace cinco horas. Al parecer, una
tormenta que se salió de curso los sorprendió.
—Papá, respira, trata de tranquilizarte, terminando el evento tomo un
camión para allá.
Me alteré, de repente me sentí en el mar agitado de mi sueño, me
alteraba el murmullo de la gente, el sol no ayudaba con mi trabajo,
pues se reflejaba en las superficies pulidas de los vehículos, no era
buena hora para las fotos. Mi mente trabajaba el doble, pensando en
mi padre y enfocando el lente de la cámara. Aún con todo, conseguí
concentrarme para realizar bien mi trabajo. Una vez terminado fui a
mi departamento para dejar mi equipo y luego alcanzar a mi padre.
Ahora comenzaba a pensar en su muerte; si yo no me hubiera
accidentado, él hubiera estado en esa embarcación. Así como en mi
sueño, el destino había sido modificado. Fijado en el asiento del
autobús comencé a llorar, recordé el sueño de mi madre, recordé el
sueño de mi padre. Cuando soñé con mi madre no tuve herramientas
para afrontar lo que sucedía, era apenas un niño, mi voz no tenía
valor, mucho menos mis sueños, eso terminó en su muerte; ahora
todo era distinto y al mismo tiempo, igual; mi voz no era escuchada,
pero, poniendo en riesgo mi vida, cambiaba el rumbo de las cosas, de
las circunstancias. No conseguía identificar el motivo o la pieza clave;
ahora había salvado a mi padre, no podía saber por cuánto tiempo,
pero la realidad es que no había muerto junto con sus amigos en el
accidente, como en el sueño. Colisionaban las emociones, los
sentimientos, tal como en el CERN; podía imaginarlos chocando a
velocidades descomunales, desfragmentándose en muchas
sensaciones más, un supuesto caos emocional, pero seguramente
tenía su organización; podía sentirme alterado por mi accidente, pero
este tenía una causa, la causa noble, la causa de total amor
incondicional, apostar mi vida por la del otro, el único que me
quedaba. De repente me sentí mal, pensaba que era egoísta retener
a mi padre con vida, siendo que mi madre también lo necesitaba o
quería estar a su lado. Peleaba su custodia y de momento la tenía
ganada, mi madre nos rechazaba o debería esperar más tiempo para
que nos pudiéramos reunir. Las antiguas preguntas:
¿Para qué?, ¿por qué?, ¿con qué fin? Ahora tenía herramientas,
elementos para comprender un poco más aquel cuadro abstracto, la
fotografía mal tomada con un significado definido, con una realidad
precisa; no alcanzaba a saber con claridad la verdad, pero esta se
revelaría en su momento.
En el trayecto, mientras pensaba en todas las cosas, me venció el
sueño.
“Había destrucción, enojo, miedo, frustración, veía a la humanidad
entera estallar de rabia, aunque ignorando la finalidad de sus
acciones; pero el resultado sería el mismo, ya se había comprobado
en las dos guerras anteriores; arrepentimiento, más acumulación de
ira y una nueva máscara de la paz. Me sentí aplastado por una
avalancha de nieve, sin poder resguardarme en ningún sitio, e
imposible escapar del infalible desastre; ¿quién era yo para evitar el
caos mundial?, probablemente ni los gobernantes, con todo su poder,
hubieran podido evitarlo”.
Me desperté con un sentimiento de frustración, pero con la emoción
latente de reunirme con mi padre; cuando ya estuve al lado de él, me
relató el accidente; tuve la sensación de un déjà vu, pues yo había
visto ya cómo había sucedido todo. Aunado a esto, tenía una
sensación de mucha satisfacción, una buena razón para estar vivo;
cada uno sentía su agradecimiento desde una realidad distinta, desde
un evento distinto, pero unidos en el pensamiento de poder afirmar
que el otro estaba vivo. Sin embargo, él sumaba las pérdidas de
amigos cercanos, pudiera decirse de familiares.
—¿Es por eso que no querías que viniera?
Por un momento pensé contarle el sueño, pero me arrepentí. —No
estoy seguro, pá, pero me llena de alegría. —Lo abracé y se me
salieron un par de lágrimas y tuve la dicha de sentir que a él también.
—Estamos juntos. Muchas gracias por venir, necesitaba compañía, y
no pudo ser mejor compañía. —Me tomó de los hombros, me vio de
frente y miró directamente a mis ojos. Sonrió.
Caminamos por la costa, el mar estaba gris, agitado —aunque no
tanto como en mi sueño—, el cielo también; soplaba el aire
fuertemente, estaba frío. Recordé que a mis diez años había
caminado por ese mismo lugar, pintado con los mismos colores, de la
mano de mi padre; quizá desde ese entonces la fotografía comenzó a
gustarme. Observaba cada ola que reventaba en las escolleras,
ningún navío en el horizonte, solo algunas aves desafiando el aire o
quizá disfrutando de su gran poder. Entonces comenzó a llover y nos
dirigimos al hotel. Esa noche, cuando ya estaba en cama, preparado
para dormir, caí en cuenta de que la tormenta que habíamos
experimentado sentimentalmente mi padre y yo, ahora se encontraba
en las calles, en el mar, fuera de nosotros.

***

—Abuelo, ¿cómo hiciste para tener noventa y seis años y no


envejecer? —Karen, mi nieta hermosa, de seis años, con la
percepción y la magia de un espíritu libre, neutral, limpio y puro.
Sentada en mi regazo observaba mi cara y mis ojos con mucha
curiosidad, tocando mis mejillas, mi boca, reconociendo aquel espíritu
que residía en el interior del cuerpo de noventa y seis años o 1.183,68
lunas, que es lo mismo.
—Mantente libre. El planeta querrá que envejezcas con el sol de cada
día, con la lluvia y el viento que lo erosiona todo; las palabras que te
rodean te dirán que prácticamente todo eso te llevará a la muerte, no
importa lo que hagas. Así es que mantente libre, cuestiónalo todo,
cuestiona incluso esto que te estoy diciendo, pues ni siquiera es una
pizca de la realidad absoluta...
Me di cuenta que me dirigía a una niña de seis años pues estaba
demasiado inmerso en el discurso que daría en pocas horas.
—Angelito, me refiero a que aprendas a escuchar y obedecer a tu
corazón; si realmente entiendes y haces lo que te pide, no importa
cuanto tiempo vivas, habrá valido la pena.
Entre tanto pensar y querer responder de la mejor manera, no me fijé
en que Karen se había distraído y que ninguna de mis palabras había
sido comprendida o escuchada; miré sus ojos, y confié en que ella
encontraría su propio camino. Lo que mejor pude hacer, en ese
momento, fue ponerle atención y besarla.
—Buenas noches tengan todos ustedes, gracias por estar aquí.
Relaté el evento de la tarde con mi nieta Karen. Después continué:
—Una parte de la naturaleza del ser humano o su condición
antropológica, es creer que el futuro existe, darle más importancia
que al presente. En muchas ocasiones o la mayor parte del tiempo,
crearlo, a pesar de que eso signifique la muerte del hoy, su
autodestrucción. Hemos buscado vida extraterrestre por lustros. “Si
creemos que existe, que sería un desperdicio de espacio si no hay”,
podemos entonces ponernos en sus zapatos y observar cómo ellos
nos perciben: como una raza, sin color, sin religión, sin estatus
económico, sin nivel de inteligencia. Simplemente como un solo
organismo, un solo tipo de vida confabulándose, colaborando
consciente o inconscientemente para el final, para su propia
destrucción. Pues en algún momento de la historia perdimos la
sensibilidad para reconocernos como parte de un todo, ocasionando
diferencias, niveles, estatus, discusiones, desacuerdos, guerras.
Estoy recibiendo este premio y no lo rechazo, no lo niego, pues
negaría mi existir. Así también mi ego se siente existente, pero ¿en
qué sentido beneficia esto a los demás? Hoy solo hay un ego feliz, y
los demás enfurecidos y frustrados; es una diferencia, y ella misma
excluye las capacidades naturales de los demás que contribuyen a la
estabilidad del universo. Reconozco a todos mis colegas, pues
forman parte del rollo de negativos que le dan cierta validez a mi
trabajo, pues sin ellos sería la fotografía aislada que nadie puede
llegar a admirar o aquel tipo de vida que creemos que está allá
afuera, cuando nosotros somos el tipo de vida, de conciencia, que le
da existencia a la otra, sin poder reconocerse ella misma; comparto y
extiendo el reconocimiento a la humanidad entera.

Por un breve instante, la audiencia no supo si aplaudir o enojarse,


comprendí que era el ego que pasaba desapercibido, pero el espíritu
dentro de todos se hizo presente en sonrisas, aplausos, silbidos,
gloria y éxtasis, y toda esa energía recorrió mi cuerpo, sentí que
brillaba como una estrella en el espacio.
Vi de frente en la audiencia una paradoja. Ahí, entre el público,
reconocí una mirada, un ser que atraía mi atención. No concebía
cómo él era yo y podía estar fuera de mí, mirarnos de frente,
sabiendo que constituíamos una misma esencia, un mismo ser
experimentando la misma realidad desde dos percepciones distintas.
Probablemente lo mismo que sucedía cuando capturaba imágenes
desde la cámara fotográfica, una percepción conseguía oler el
entorno y la otra conservaba detalles mínimos congelados en un
breve instante. Al mirar sus ojos, supe que eso debía de cambiar, es
lo que él había ido a hacerme saber...

BOSTON | 2009
A l salir de terapia, me encontré con aquella mujer, que
llevaba años sin ver, a quien solo había visto una vez en mi vida, pero
que con esa vez había bastado para recordarla con un sentimiento
especial. —¿Cómo has estado? Ya casi se va a cumplir un año desde
el accidente.
—Qué vergüenza, nunca nos pusimos en contacto para cubrir los
daños de tu vehículo, he regresado ocasionalmente a esa cafetería
para encontrarte... —Jazmín no pudo recordar mi nombre, se sintió
apenada por ambas razones.
—James. No te preocupes, antes que le hiciera esa compostura volví
a chocar, así que no fue necesaria. —Sonreí.
—Comprendo. De cualquier forma, no dejo de sentirme responsable.
—Yo pude llamarte, pero no lo creí necesario. ¿Vienes a terapia con
Trudy?
—Sí, llevo algunos meses.
La extrañeza de nuestros encuentros —dos, hasta la fecha— y no
encuentros, me causaba una sensación de asombro e incertidumbre.
¿Cómo era posible que no nos hubiéramos vuelto a encontrar? Pero
más me asombraba volver a vernos. Por mi mente había pasado que
jamás volvería a ver a esa mujer, y ahora nos encontrábamos
charlando, como si aquella tarde en que nos tomamos medio café
hubiera sido la semana pasada. La plática fluía, recordé entonces
aquella extraña conexión que había sentido cuando la conocí. El
tiempo dejó de transcurrir, nos perdimos en una plática de terapias,
cuándo habíamos comenzado a asistir, cuál era el motivo que nos
llevó a asistir, entonces, de modo muy superficial, comenzamos a
platicar de los sueños, ese misterioso mundo que comienza cuando
dejamos de pensar. Grosso modo, le comenté que en mi vida había
tenido sueños premonitorios, pero que no les encontraba explicación,
si bien mi padre seguía con vida gracias a uno de ellos. Entonces me
hizo una recomendación: en una semana iba a llegar un chamán
proveniente de México, para dar un taller y sesiones individuales.
Esto atrapó mi atención, sentí que no podía dejar pasar una
oportunidad así. Antes que ella entrara a la sesión, le pedí los datos y
de inmediato agendé una cita con el extranjero.
Caminé a la estación de metro más cercana. El encuentro con Jazmín
me había dejado emocionado, nos habíamos reencontrado en
circunstancias similares, ahora encontraría una respuesta más
atinada a mis sueños extraños, esas visiones a las que no les
encontraba explicación.
Llegué con el chamán, Manuel. Su aspecto me dio un poco de
desconfianza. Me sentí un poco estúpido de estar ahí, tomando una
de las sesiones más raras que había experimentado: me acosté boca
arriba y cerré mis ojos. Primero me hizo una limpieza con hierbas, un
huevo y humo que no conseguí identificar de qué planta provenía.
Eso me hizo sentir mucho más extraño, me llevó a
pensar que solo estaba perdiendo mi tiempo. Mi mente no quería
ceder territorio por ningún motivo, pensaba cada vez más. Pero todo
se tornó muy serio cuando me pidió que respirara profundamente. Mi
cuerpo se encontraba en la misma posición, pero mi mente “viajó” no
sé adónde. Estaba volando, veía la jungla y los ríos por debajo de mí,
muy pequeños. Llegué a un estado en el que me sentía muy feliz,
pleno, una sensación que me recordaba a mis años de infante, antes
de aquella visión, de aquel sueño, antes de que mi madre muriera.
Entonces miré sus ojos, comencé a llorar, nunca había visto con tal
claridad a mi madre desde su muerte. Nos abrazamos, pude olerla,
ese aroma se mantenía con la misma intensidad, sin que el tiempo lo
erosionara. Nos miramos fijamente a los ojos; sus ojos, la pura
esencia de la ternura, del amor, llenos de paz, la misma que me fue
inundando hasta que dejé de llorar. Puedo decir que mi madre estaba
radiante, la muerte le había sentado magníficamente. El tono de su
voz me arrulló para continuar despierto: “estamos tan acostumbrados
a la vida, tan apegados a ella, que nos parece la mayor pérdida dejar
de tenerla. No es una pérdida, es el trascender, es crecer, es elevarse
al plano superior. Sin embargo, es como si el sol dejase de
iluminarnos, nos parece el fin, como la afirmación que no hemos
aprendido, que minuto a minuto y segundo a segundo las cosas
cambian, y dentro de esos cambios hay regeneración, y la
regeneración abre paso a una nueva generación. Estas palabras,
pareciera que no te van a servir de nada, pues no harán que yo
regrese contigo; de momento, no vamos a estar juntos, para eso falta
mucho tiempo aún, así es que deja de preguntarte el para qué de tu
sueño donde viste mi muerte, eso ya no va a cambiar...” Dejó de
hablar, solo me miró fijamente y sonrió. Fue su manera de
despedirse. Después, me elevé al universo, formaba parte de las
estrellas, formaba parte de todo, no extrañaba nada, no pensaba en
nada, solo existía.
Poco a poco escuché la voz del chamán —o la hice consciente, creo
que nunca dejó de hablar—, fui moviendo mi cuerpo lentamente, los
dedos de mis manos, mis pies, las piernas, los brazos, mi cabeza.
Después, abrí los ojos.
—¿Cómo te fue?, ¿cómo te sentiste?
—Fue extraño y a la vez, no. Pero me sentí muy bien.
—Eres un alma muy vieja. Su sabiduría perdura hoy, después de
miles de años.
No sabia qué o cómo responder a eso, jamás me lo habían dicho y
evidentemente no tenía ni idea, me debatí entre aceptar esa
afirmación o no. Solamente asentí con la cabeza, acompañando con
un murmullo.
—Puedes conectar fácilmente con niveles superiores, incluso de otras
vidas.
Me había leído el pensamiento. Justamente, acababa de ver, de
escuchar a mi madre, y sin contárselo, él ya lo sabía. A partir de ese
momento tomé con total seriedad lo que me decía. Entonces, tuve
confianza.

—A lo largo de mi vida he tenido sueños extraños a los que no


encuentro explicación alguna o coherencia.
—Los sueños pueden provenir del subconsciente, es lo más común.
Pero en ocasiones son producidos, originados en lugares a los que no
tenemos acceso, que son totalmente desconocidos. Son información
que puede venir de otra vida y no estamos acostumbrados a aceptar
esa posibilidad. Usted, joven, parece que tiene facilidad para conectar
con eso. —¿Cuánto tiempo más va a estar por acá? Me gustaría
tener otra sesión con usted. —Quise asegurar más tiempo, había
mucho por hablar.
—Tres días más. Bueno, prácticamente dos, el tercer día es mi vuelo
de regreso. No recomiendo tener sesiones muy juntas, pero dadas las
circunstancias y percibiendo tu energía, haré una excepción. Aunque
debo advertir que es probable que no pase o no veas nada, estas
cosas no se pueden obligar, son como la felicidad, ja, ja. —Sonrió.
De todos modos, acepté las condiciones. En dos días volvería a
tomar otra sesión. Las circunstancias lo obligaban, no podía dejarlo
pasar. Me sentí muy bien, tenía una paz dentro de mí que se extendía
por donde caminaba, a donde miraba no había circunstancia o
situación que me hiciera sentir agobiado. Nunca había experimentado
algo similar.

***

Llegué temprano a mi cita con Manuel. Tenía unas inmensas ansias


de ver a mi madre, al menos por un breve momento; quería sentir esa
paz enorme dentro de mí, ese júbilo implacable. Me recordó esa
sensación, ese choque de emociones, cuando de niño esperaba
Navidad, adornar el árbol, los regalos, la nieve, la comida, cuando
todo era armonía. Ahora tenía la sensación de abrir un regalo. Quería
abrir mi mente, destapar esa realidad que se encontraba en mi interior
y que alcanzaba a conectar con mi madre.
—Buenas tardes, ¿cómo te has sentido en estos días?
—Muy bien, gracias. He experimentado una paz que no había tenido
en años.
—Muy bien. Y dime, ¿en qué te puedo ayudar el día de hoy?
—Quiero volver a sentir lo que hace dos días, espero poder ver lo
mismo.
—No esperes nada, no ansíes, eso solamente bloqueará el trabajo
que puedas hacer. El espíritu sabe por dónde guiarnos, lo único que
podemos hacer es relajarnos, confiar y dejarnos llevar, nuestra mente
suele ser... (pausa misteriosa, sagaz, depredadora y transparente
como agua de montaña), no tan sabia como nosotros creemos.
Esto no me gustaba. Yo quería ver a mi madre, preguntarle acerca
del sueño que tuve antes de su accidente, del sueño de mi padre, del
extraño sueño con Öngara, qué significaba eso, si volveríamos a
estar juntos algún día... Sin embargo, yo era nuevo en esto, debía
hacer caso a lo que este guía espiritual me decía. —Sí, está bien.

Seguí paso a paso lo que me iba diciendo, respirar profundamente y


soltar cualquier preocupación o ansiedad, relajar mi cuerpo; conforme
avanzaba, comenzaron a llegar imágenes a mi cabeza, no era mi
madre.
—¿Puedes decirme qué es lo que ves? —preguntó Manuel.
—Veo a dos personas iguales, son hermanos gemelos, están casi
desnudos, solo traen algo de ropa en la cintura para cubrir sus partes
íntimas. —Me sentía extraño mientras relataba, me preguntaba para
qué quería saber él lo que pasaba por mi mente.
—¿Qué más ves?
—Están en un lugar extraño, no veo edificios, solo una jungla
interminable. Esto me da la impresión que está en otro tiempo, que
ocurrió hace muchos años. Estamos platicando, no alcanzo a
escuchar ni a ver con claridad lo que ocurre.
—Respira y relájate.
—Algo está pasando con la población, hay peligro y tenemos que
actuar rápido. Escucho la palabra “drin”, pero no sé qué significa o a
qué se refieren con eso. Uno de ellos parte deprisa, el otro se queda
conmigo. De pronto estamos en la entrada de una gran cueva, se ve
una profunda oscuridad interminable, aplastante. Ingresamos. Yo
traigo una lámpara; es extraño, pero me da la impresión de que en la
época en que nos encontramos no se ha inventado el foco siquiera.
Ahora hay menos aire, el calor es insoportable, es como estar adentro
de la tierra, se respira olor a muchos años de estancamiento, nuestro
aliento brinda un poco de aire traído de la superficie. Ahora, este
gemelo está pintando algo en una de las paredes de la enorme
cueva. Parece ser algo importante, un mensaje, pero no alcanza a
saber a quién va dirigido. Extrañamente, yo lo sé. Yo me encuentro
auxiliando a este personaje para redactarlo. De pronto aparece un ser
extraño, es un alienígena, tiene como base el aspecto de un
humanoide, dos piernas, dos brazos, dos pies, dos manos —con
cinco dedos en cada una—, tórax, cabeza; lampiño en cada
centímetro cuadrado de su piel; sus ojos enormes, negros en su
totalidad, su color de piel, bastante decolorado, nada parecido a los
colores de los terrícolas. Un albino tendría más color. Su estatura: no
parece muy alto, un metro con veinte centímetros cuanto mucho.
Delgado, muy delgado, el cuerpo de un niño desnutrido.
Contradictoriamente, se le ve vitalidad y fortaleza. Es aterrador,
¿quién es este ser?, ¿de dónde viene?, ¿qué es lo que hace aquí?,
¿cuáles son sus intenciones? “Drin, ¿qué pasa?, ¿estás bien?,
regresemos, creo que te hace falta más el aire que a mí”, palabras del
gemelo, cuando pienso en decirle que voltee para ver al
extraterrestre, este ya no está... Miro mis manos, son de ese color sin
color, manos delgadas. “Drin, Drin Acania”, repite el gemelo,
sosteniendo mi cuerpo, mi cuerpo liviano, delgado, muy delgado, sin
color, sin cabello, de ojos grandes, de un negro profundo... Ese
extraterrestre era yo...
—James, ¿te encuentras bien? Te quedaste profundamente dormido,
de repente comenzaste a decir un par de palabras. —Poco a poco
reconocí en dónde me encontraba y qué era lo que estaba haciendo.
—Sí, estoy bien, ¿qué palabras?
—”Drin”, “Acania”.
Tuve miedo, me levanté de golpe, acto que me ocasionó un mareo
tan fuerte que comencé a ver luces y después oscuridad, me
desmayé.
Volví en mí más tranquilo. Manuel me ofreció agua, me pidió que
respirara profundamente. —¿Te encuentras bien? —repitió.
—Sí, ya mejor. —Era cierto, me sentía muy bien, tenía esa paz infinita
dentro de mí, la misma sensación que cuando mi madre me habló.
¿Qué era todo eso que había visto?, ¿quién era Drin Acania? Le
relaté cuanto más pude a Manuel. Me explicó que eso sucede cuando
la mente deja de controlar. Sucede una reconexión con el alma, con
el espíritu puro, que nos transporta a otros planos, a otras vidas, con
el origen, la fuente donde es creado todo, ahí donde el tiempo no
existe, no hay sabores, sonidos, calor ni colores, una dimensión
incomprensible para la mente que procesa lo que el cuerpo terrenal
percibe, la breve versión de la realidad. No pudo darme una
interpretación, coherente o válida para mis necesidades, pero me
sugirió que si había alcanzado a tener una visión así, debía continuar
con prácticas de meditación, haciendo especial énfasis en las
técnicas de respiración, técnicas para relajar la mente, rituales con
plantas medicinales. Me dijo, con base en los sueños premonitorios
que había tenido a lo largo de mi vida, que tenía facilidad para
conectarme con mi alma. Me dejó sus datos personales, cualquier
cosa en la que pudiera ayudarme, podía ponerme en contacto con él.
Para despedirse, me dijo estas últimas palabras:
—No es común encontrar a personas como tú en estas regiones del
planeta, es decir, en zonas donde no hubo asentamientos humanos
con un legado trascendente; es decir, para que me entiendas, no hay
pirámides aquí cerca. Tú eres un ser muy especial, James. Sonrió y
me abrazó como si fuéramos viejos amigos. Le agradecí mucho por
todo, y le dije que seguramente iba a estar en contacto con él, al
menos por correo electrónico, para contarle todas aquellas cosas
extrañas que me sucedían y posiblemente encontrarles una
explicación coherente. Tenía sed de conocimientos, una inmensidad
de preguntas, cada sueño, cada visión, eran tan solo una pizca
diminuta de un rompecabezas inmenso y desconocido. No existía la
imagen o fotografía para guiarme. Recordaba las primeras veces que
me desperté a las congeladas tres y media de la madrugada para
fotografiar el cielo estrellado. Era difícil conseguir el encuadre.
Aparentemente eran fotografías de nada. A través del lente todo era
negro. Sí, acaso, tres estrellas con buena luz para tener referencia,
pero después de veinte segundos con el obturador abierto, se hacía
visible el uno por ciento subjetivo del universo, colores que mis ojos
no conseguían entender. Entonces, no tenía más que continuar con
las sugerencias de Manuel, cada inmersión o visión eran la fotografía
revelada del mínimo porcentaje de mi misión en esta vida.

***

A los quince días, volví a encontrarme con Jazmín en el consultorio


de la doctora Trudy. Mi corazón se exaltaba, algo extraño le ocurría,
no era la misma sensación que tenía cuando una mujer me gustaba o
me sentía atraído por ella, era una complejidad de emociones y
sensaciones que no estaban grabadas en la memoria de mi corazón.
—¿Cómo te fue con Manuel? Muy interesante su trabajo, ¿no?
—Sí, gracias por la recomendación. Sin duda una experiencia
inigualable.
—Es raro que un joven de tu edad se interese por este tipo de cosas,
¿qué te ha llevado a venir aquí? —En realidad parezco más joven de
lo que soy —sonreí—. Pues han sido muchas circunstancias, pero
creo que es más bien una cuestión misteriosa, es una curiosidad
profunda que no puedo controlar.
—Sí, te entiendo, es el espíritu que quiere expresarse. Entonces, te
interesará conocer el Renacimiento (Rebirthing), la próxima semana
darán una charla introductoria sobre esa técnica. Acepté, no supe el
porqué, pero quería conocer más en relación con estos temas.
Recuerdo que Manuel me había sugerido que aprendiera y conociera
más, había hecho énfasis en la respiración, parecía que alguien me
ponía las posibilidades en el camino y esto lo hacía todo más
misterioso, más llamativo.
—¿A ti qué te ha hecho tomar terapias?
—En el 2001 explotó todo —dijo de manera muy dramática—. A partir
de ese año nada volvió a ser normal en mi vida. Mi vida cambió
súbitamente, me vi en la obligación de escuchar a mi espíritu, de
conocerlo —sonrió.
“Espíritu”. Esa palabra me llegaba cada vez más seguido en distintas
formas, “espíritus”, “espiritualidad”, a veces se disfrazaba de “alma”;
lo cierto es que podía ver que era muy recurrente y coincidentemente,
tenía un interés muy fuerte que provenía de lo más profundo de mi
ser. Estaba en una especie de “segunda niñez”, reconectando el
espíritu, cuestionando cualquier cosa y absorbiendo como esponja
cualquier información que aparecía en mi vida día a día, mientras
dormía, mientras trabajaba, cuando revelaba una foto, cuando
buscaba el encuadre, al respirar y al meditar. Ahora entendía que
aquello que llegaba a mi vida tenía un para qué. En ocasiones lo
entendía en primera instancia y en otras, me mantenía paciente,
esperando. Ejemplo de esto: la aparición de Jazmín en mi vida.
Llegué a la sesión de mi nueva terapia, el renacimiento. Después de
una breve charla de introducción con el facilitador, en la que me
preguntó lo básico, como mi profesión, edad, qué circunstancia me
había llevado ahí y porqué, me pidió que me relajara, que me olvidara
del tiempo y de los pendientes que tuviera que hacer, que me
desconectara de la rutina y me concentrara solo en ese preciso
momento; que me hiciera presente. Luego, me explicó cómo debía
respirar, es decir, el ritmo, la intensidad y la intención con que debía
hacerlo. Me pidió, haciendo mucho hincapié, que anulara cualquier
expectativa, que de ser posible olvidara toda experiencia de cualquier
terapia que hubiera tenido. Por fortuna —aunque no puedo asegurar
que sea por fortuna— no llevaba muchas, y como tomaba lo que
fuera que me recomendaran, eso me ayudaba a darle a cada técnica
su lugar y no mezclar una con otra. Cerré mis ojos, dispuesto a
dejarme llevar por mi facilitador y esperando nada... “Fue como si una
estrella me hubiera golpeado —o creo que eso debe sentirse—, sentir
la luz sin verla, vibrar dentro de una concentración de energía
gigantesca... Sigo concentrado en la respiración... El cuerpo
comienza a entumecerse poco a poco hasta quedar completamente
dormido. Comienzo a estallar, siento mucho calor, soy una masa de
energía...” Sin que yo lo pida mis manos comienzan a elevarse
lentamente, hasta quedar completamente estirado. Es la energía
divina, me siento parte de todo, estoy presente en esta vida pero
estoy conectado con el universo, estoy conectado con la fuente,
puedo sentir el gran poder... Es la primera vez que experimento algo
así, permanezco un rato así, no lo sé, estoy perdido en el tiempo, el
tiempo ha dejado de existir. Vuelvo a ser Drin Acania, reconozco su
cuerpo, esa sensación de estar habitándolo.
Ahora, todo era real, lastimarme era real, beber agua era real, hablar
con alguien era real, sentir calor era real, el tiempo era real, y
observar el Valle Logürth —en el año 6267— era real. Me costaba
comprender el hecho de habitar otro cuerpo. Aunque era un cuerpo
muy evolucionado conservaba dos brazos, manos, cabeza, tórax, dos
piernas. Poco a poco me fui acostumbrando a la visión. Eso sí era
todo un tema. Completamente distinto; al igual que el idioma, mi voz
incluso. De cualquier modo, podía comunicarme sin dificultad alguna.
—Drin, Drin, ¿estás bien? —Escuché claramente que se dirigían a mí
en un idioma raro pero entendible, para mi extrañeza—. ¡Drin! —Me
sacudió Öngara de los hombros.
—Sí, bien, disculpa... disculpen, creo que tengo un poco de “traptea”.
—Comprendía lo que significaba esta palabra, aunque era
completamente ajena para mí.
—¿Quieres irte a descansar y continuamos después? —preguntó
Filxen.
—No, estoy bien, gracias, solo dame un minuto. —Salí de la
habitación en la que estábamos.
Frente a mis ojos se dibujaba un mundo completamente nuevo, pero
contradictoriamente no lo era, pues era el mismo planeta —la tierra—,
percudido, oxidado, con los años que se le habían venido encima,
afectado y alterado por los humanos; estaba descolorido, solo grises
y ocres, múltiples contrastes de una sola base de color, interminable
polvo que se encontraba en todas partes. Frente a mí se alzó una
gigantesca ola de polvo que me obligó a reingresar al edificio para
mantenerme a salvo. Regresé a la sala.

—Vete a descansar, Drin. En dos días debemos regresar a la


prehistoria —dijo Öngara con entusiasmo y jovialidad.
—¿Te refieres a ir al pasado? —Mi pregunta sonó estúpida.
—Pasado, prehistoria, como tú quieras llamarle. Tú eres el experto en
el tema, amigo.
Me despedí de todos amablemente. Antes de salir, Öngara se me
acercó. —Drin, te veo desorientado, ¿estás seguro de que esos
rituales que te han enseñado aquellos seres del pasado, esos que tú
llamas humanos, son para tu mayor beneficio?
—Öngara, es solo respiración, no te preocupes.
—Tú, y tu mundo extraño de meditación —Comenzó a retirarse—.
Descansa Drin, va a ser un viaje muy largo.
Öngara sabía de mis investigaciones e interés en el tema de la
meditación, respiración, inmersión y contacto con el espíritu. Aunque
no sabía con precisión la profundidad de su conocimiento, era
momento de poner en práctica lo aprendido, terminar de integrar la
exploración número “19” y comenzar la “19.1”.
Viajamos 10.945 años al pasado —a Centroamérica, año -4678—.
Öngara tenía razón, el viaje era cansador, muy cansador y
desorientador, para lo cual existía una fase de integración que duraba
aproximadamente 50 horas dentro de una cápsula que aislaba todo el
entorno. De ese modo, poco a poco se fueron integrando sonidos,
olores, colores, aromas y temperaturas. Hasta ese momento era la
manera más efectiva y rápida para que el alma y el cuerpo se
adaptaran a la nueva atmósfera, que en realidad era vieja... “Viajar al
pasado generaba una de las tantas paradojas posibles, algo antiguo y
arcaico se convertía en algo nuevo para seres del futuro con una
conciencia que simplemente ignoraba otra realidad...” Un tiempo que
ya había ocurrido, como el recuerdo ordenado de una mente en la
plenitud de su juventud... “Todos nos respetaban, aquello que
nosotros decíamos era ejecutado, éramos mandatarios en los que
había quedado la espiritualidad; ellos, por el contrario, eran una
especie muy virgen, no existían prejuicios o contaminación del miedo
vestido de ego. ‘Seres libres’ sin maldad, conectados más con la
divinidad, conectados entre sí, toda una unidad, un organismo que
funciona al unísono, como un cardumen, como una parvada, todos
por el bien común, la democracia en su viva esencia. Sin embargo,
llegamos los Ügaros...” Siento que se hace de noche y de día, siento
como si llevara tres días o más en esta inmersión, pero una parte de
mí me dice que no puedo llevar tanto tiempo, no pude pasar tanto
tiempo aquí.
El facilitador me indica que cambie el ritmo de la respiración;
lentamente mis manos van regresando a su lugar, con cada
exhalación, lenta y muy suavemente regresan a la posición en la que
estaban al principio; pero aún siento un hormigueo en las manos y los
pies (me doy cuenta que también tenía la cara entumecida cuando
muevo mi boca y mis cachetes). Trato de estar presente, pero no
puedo, me siento mareado, abro los ojos y me siento entre dos
mundos, estoy desorientado.

Tardo varios minutos en ponerme de pie, pero aún así no conecto con
mi cuerpo. Me doy cuenta que las manos me tiemblan, todo me
tiembla. No sé si mi facilitador se da cuenta de lo que me pasa, me
siento extraño, muy extraño. Sonrío. Me invade una felicidad que
nunca había sentido antes, me siento completamente pleno, en paz y
parte de todo, conectado con la energía que mueve planetas,
alimenta estrellas, destruye galaxias y vuelve a regenerarse...
—¿Cómo estás?, ¿cómo te sientes?
—Muy bien, ¿qué hora es? —En realidad quería preguntar: “¿Qué día
es?”
—Las 18:22. Continúa respirando profundamente —me indicó
suavemente.
¿Qué? Tan solo había pasado alrededor de una hora y yo había
experimentado muchas más, el tiempo se había deformado, se había
expandido y al mismo tiempo, había dejado de existir. Demasiada
información para procesar en un solo instante.
—Esto fue sorprendente.
—Conforme te vayas sintiendo, puedes comenzar a incorporarte.
—Creí que habían transcurrido horas. —Me incorporé y un súbito
mareo me invadió.
—Tienes buen ritmo para respirar, y buena capacidad también.
Conforme transcurrían los minutos fui sintiéndome mejor, aunque las
manos me temblaban horas después de la sesión. Claro que agendé
otra sesión para la siguiente semana.
BOSTON | 2010
L levaba casi trece meses de mi último accidente, en el que
casi pierdo la vida, evento que me había encaminado adonde me
encontraba, teniendo visiones de lo más disparatadas, visiones
increíbles. ¿Quién me creería si las contase? Todos encontrarían
plena justificación para anular aquello que estaba dentro de mi mente.
Sentía una enorme ansiedad por entrar en mi cuarto oscuro y
destapar mi cráneo para extraer los negativos de todo aquello que
había visto, sería el único modo en que las demás personas podrían
creerme, el único modo para evitar el hospital psiquiátrico... Solo
existía una persona que podía escuchar estos relatos, solamente con
esa persona existía una posibilidad de que todo esto fuese real:
Manuel, el chamán.
Entonces recordé aquella sesión de años atrás, en la cual había
resaltado el nombre de Öngara. Ahora sabía con perfecta exactitud
de quién se trataba. Era amigo mío, trabajábamos juntos
escudriñando el tiempo. Decidí entonces, después de meses sin tener
contacto con Manuel, enviarle un mail con la información de mi diario,
donde plasmaba cada relato de las visiones que tenía. No sabía lo
que me contestaría. Me daba vergüenza, pero debía tener alguna
prueba de que no estaba loco, necesitaba tener el reconocimiento de
alguien, saber lo que otra persona pensaba respecto de lo que me
sucedía. Él era la persona ideal, pues se encontraba a miles de
kilómetros. Si creyera que yo estaba loco, la fuerza de la palabra se
vería extendida en esos miles de kilómetros hasta desintegrarse.
Pasaron días sin una respuesta de su parte. Por esos días aumentó
mi paranoia. Pensaba que al leer mis relatos, él creería que eran
inventos, que era una simple historia para impresionar a cualquiera,
charlatanería.
Y es que era increíble pensar que estábamos solos en el universo,
pero aquellos seres a los que denominábamos extraterrestres —por
no pertenecer a este planeta— resultaba que eran lo contrario, en
realidad eran terrestres. Quizá sería más correcto llamarlos
“extratemporales”. Hasta cierto punto me parecía igual de increíble
creer que esos seres venían de un lugar muy lejano del universo,
como si provenían de un lugar muy lejano en el tiempo. Ellos se
hacían llamar Ügaros, así como nosotros nos hacemos llamar
humanos. No eran extraterrestres, no era más que nuestra propia
raza evolucionada, miles de años en el futuro. Conforme cambió
nuestro entorno, así también se fue moldeando nuestro cuerpo...
Puedo decir entonces que la raza humana como tal, no dejó de
existir. Es cierto que cambió mucho, tal vez más de lo que cambió del
homo erectus al homo sapiens, pues todo el entorno era mucho más
distinto. Nuestra capa de ozono se encontraba muy deteriorada. Eso
repercutía en la flora, en la fauna, en los fenómenos naturales.
Entonces, la alimentación, nuestra respiración, incluso el mismo
tiempo se vio modificado. El día ya no duraba 24 horas, el modo de
vida como tal estaba completamente transformado.
Junto con Öngara regresábamos de uno de los viajes más
impactantes —decimoséptima exploración— que lleváramos hasta la
fecha. Habíamos encontrado el instante preciso en que aconteció la
catástrofe que cambiaría la vida del planeta, la tercera guerra
mundial. Debido a ese bautizo, podía concluir que existían dos
guerras anteriores que aún desconocíamos.
Sin duda, la edad menos evolucionada con respecto al amor. Lo que
dominaba era el miedo y por desgracia los que dirigían a las
multitudes eran personas llenas de temor, que querían dominar el
mundo por sobre la vida de millones de personas. Comencé a
cuestionarme ¿qué los llevó a actuar de esa manera?, ¿por qué no se
hablaba de esta guerra en el futuro?
—¡Drin, debemos marcharnos antes que una explosión nos alcance!
—Öngara me sacudió. Escapamos de en medio de una batalla
gobernada por el odio y encontramos resguardo inmersos en un
bosque helado.
—¡Wow, esta raza tiene serios problemas! —gritó Öngara,
emocionado y excitado, mientras la tierra temblaba a nuestros pies.
—Lo sé, es una locura, no estoy convencido de que estemos seguros
aquí tampoco. —Estoy de acuerdo contigo, no sabemos con qué
armamento potencialmente destructivo cuente esta raza, pero tienen
ganas de acabar con absolutamente todo.
Entramos a la nave de nuevo. Nuestro siguiente movimiento era evitar
a toda costa la guerra, por lo que decidimos hacer una
subexploración, ajustar el TT-710 y trasladarnos diez años al pasado.
Continuaba haciendo frío, pero ahora todo estaba calmado. Había
nuevos seres, forrados de pelo, seres diminutos que volaban; nos
extrañábamos de cada cosa que descubríamos a cada paso que
dábamos, teníamos miedo, pero a la vez, estábamos maravillados.
—Drin, ¿qué son estas criaturas? No podemos salir de la nave,
correríamos mucho peligro. —Movámonos a un sitio más seguro.
Viajamos lentamente sin disturbar a esos nuevos seres. Encontramos
una playa junto a un lago, ocultamos la nave y exploramos los
alrededores a pie. Nunca habíamos visto un sitio tan hermoso, en el
ambiente se podía respirar armonía.
Öngara me abrazó y nos aventamos al suelo. —¡Cuidado! —En el
cielo veíamos aproximadamente treinta seres con alas, que después
aterrizaron en el lago.
—¿Qué es todo esto?, Drin, debemos regresar a nuestro tiempo, creo
que corremos muchos riesgos aquí.
—Espera un momento, esos seres no están pensando en atacarnos,
¿ya viste aquel gigante que camina en cuatro piernas en aquella orilla
del lago? —Señalé a un enorme ser, gordo, cubierto de pelo, que
acercaba su cara por el suelo, que rascaba con su mano como
buscando algo que se le había perdido.

—¡Drin! —Öngara me tomó del hombro y señaló a dos pequeños


seres del mismo color que se revolcaban sobre una alfombra verde.
¡Cuántas tonalidades de colores, el cielo limpio y puro, todo lleno de
texturas! Y nosotros, dos Ügaros sin color, sin pelaje, flacos,
inofensivos, admirando un nuevo mundo.
—No quiero irme de aquí, necesito investigar, necesito saber qué
ocasionó esa guerra, por qué en nuestro tiempo esto ya no existe, por
qué en nuestro tiempo no hay colores tan chillones, por qué solo hay
seres en el agua, por qué hay tanto polvo.
—Drin, no podemos quedarnos aquí solos, sobre todo, porque ya
vimos que estos Ügaros del pasado son bélicos, se destruyen, no les
importa nada.
—Es por eso que debemos quedarnos, debemos saber qué está
pasando aquí, ahora, eso que los llevará a su destrucción.
—Volveremos, aún no estamos preparados para esto.
Lo entendí. Podíamos regresar cuando quisiéramos. Este lugar, en
este espacio del tiempo, aquí, permanecería intacto. Subimos a la
nave. Me prometí que regresaría. —¡Espera! —grité asombrado.
Afuera de la nave dos seres muy similares a nuestra raza nos
miraban. Percibí que tenían el mismo asombro que nosotros teníamos
ante este entorno, solo que el asombro de ellos era hacia nosotros,
hacia nuestra nave específicamente. Nos señalaban, nos apuntaban
con aparatos que traían en sus bolsillos. No creíamos lo que
estábamos viendo, era algo revelador, el futuro y el pasado
colisionaban. Öngara puso en marcha la nave. Cuando abrí los ojos
nuevamente, ya estaba de regreso en mi hogar sin color ni olor.
Ahora entendía el propósito de mi vida, que no era salvar a mi madre,
salvar a mi padre o salvarme a mí, era salvar al planeta, evitar esa
terrible guerra que ocurriría en poco más de 50 años. Era una guerra
que me tocaría vivir. Esa era la respuesta a todos los nudos de mi
vida, a todas las preguntas sin respuesta. Todos los enigmas tenían
un “para qué”, el porqué yo estaba vivo después de tantos riesgos y
peligros. Aunque todavía no sabía de qué manera conseguiría
hacerlo, necesitaba tomar más sesiones de respiración, meditación,
cualquier ritual que despertara en mí esa conciencia proveniente de
otro sitio. Aunque aprendí que en eso no podía correr, como yo lo
deseaba, en muchas ocasiones era tanto mi deseo y mi anhelo, que
simplemente me bloqueaba y no alcanzaba a tener las regresiones,
incluso a veces me quedaba dormido y no ocurría nada relevante.
BOSTON | 2012
L legó entonces un día inolvidable para mi padre y para mí.
Tenía poco más de dos años de saber quién en realidad era yo, un
viajero del tiempo. Entonces, una vez que estaba cien por ciento —un
cien por ciento relativo— convencido de esto, le pedí a mi papá que
me hiciera un favor. Resulta que habría una exposición de la parte
complementaria del códice de Dresde en el MET; yo podía investigar
acerca de este documento sin necesidad de tener el original en mis
manos, a través de internet o algún artículo, pero era requerido que
mi padre lo robara para mí, o al menos mi subconsciente me lo había
señalado en dos ocasiones.
Acordamos vernos para cenar mariscos. Era un gusto que
compartíamos y le teníamos el mismo afecto. Esto me daba el punto
de partida para introducirlo en esta nueva locura. No estaba seguro
de poder convencerlo, pero él, sin que le mencionara algo, dio la
pauta.
—Cómo extraño ir de pesca a Salisbury, todo el ritual de preparar
maletas, comprar víveres, cargar el bote, zarpar de madrugada al
inmenso mar, detenerse allá donde solo el viento habla, extraer una
criatura de las profundidades, refrigerarlo, llegar a tierra firme,
destapar unas cervezas, platicar de la serie mundial, desescamar...
Suspiró.
—¿No han regresado desde el accidente?
—No. George no se siente cómodo, aún le falta tiempo.
Pensé en las terapias que yo había tomado, le serían de ayuda, pero
no estaba convencido de que él accediera a tomarlas, tal vez formaba
parte de la fobia a las terapias que se vive en la actualidad. —
¿Recuerdas por qué te quedaste?
—Claro que lo recuerdo, no es algo que se olvide en una vida.
—Tengo que contarte algo.
Me miró a los ojos con esa mirada de cuando aún me sentaba en sus
piernas, cuando quería preguntarle algo o cuando le contaba alguno
de mis sueños. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Pienso que
a él también.
—Me accidenté a propósito. No quería que te fueras, porque había
tenido un sueño, un sueño... —¿Qué me estás diciendo, James? —
Su mirada cambió súbitamente, me sentí confrontado.
—Papá, soñé que tenían un accidente, soñé el accidente tal como
sucedió, tal cual soñé la muerte de mamá.
—James, por favor. —Cerró sus ojos, me tomó de la mano y la
apretó. Claro, a él esa herida le continuaba doliendo, pues nunca
había tenido siquiera un intento de sanación, simplemente estaba
oculta bajo una suave venda dolorosa.
—Papá, necesito un favor. Sí, tiene que ver con sueños premonitorios
—él no entendería mis visiones, eran increíbles—, necesito que robes
el MET en julio.
—¿Te has vuelto loco? Hijo, ¿por qué ninguna terapia, o más bien,
nada ha funcionado contigo?, ¿qué es lo que te pasa?, ¿qué sentido
tiene que yo robe?, lo que me estas pidiendo es descabellado. Por
favor, sé sincero conmigo, ¿qué es lo que te sucede?
—Papá, no puedo ser más sincero. —Respiré profundamente y
cambié mi tono de voz por uno más sereno—. La única prueba para
que me creas es la siguiente: primero, investiga acerca del códice
Dresde, investiga todo lo que puedas, hasta la última instancia, pues
esa es la base para que me creas. Segundo, en cinco semanas
saldrá a la luz una noticia, esto nadie lo sabe, es solo una visión que
tuve, pero es solo el comienzo, es para que me creas que estoy
diciendo la verdad; la noticia dará la vuelta al mundo, es el
complemento del códice Dresde. Tercero, en julio lo expondrán en el
MET, es justo ahí cuando...
—James, esto va más allá de todo aquello que... ¿Para qué quieres
que robe esas reliquias?, no creo que este sea un caso de vida o
muerte como en aquellas ocasiones, al contrario, terminaré en la
prisión; dime, ¿para qué quieres que yo quede en prisión? ¡Por Dios!
¡Soy tu padre! —Lo sé, papá, sé que esta parece otra más de mis
locuras; entiendo que tengas miedo, puesto que eres tú quien estaría
en riesgo si algo llegara a salir mal. Yo voy a estar allí para solucionar
cualquier resultado imprevisto.
—¿Y qué pasa si no los robo? ¿Por qué no mejor me pides permiso,
y los robas tú? Yo pagaré tu fianza.
—No pueden detenerme a mí. Si me detienen, todo habrá terminado.
—¿Todo qué?, ¿qué pasará si esas reliquias no son robadas?, o ¿tú,
para qué las quieres? —Esas reliquias pondrán fin a nuestro mundo.
Solo te pido, no se lo comentes a nadie, si tú no me crees, no tiene
sentido.
La cena transcurrió en silencio, como si se tratara de un funeral; la
comida, sin sabor —aunque no tenía nada de malo—, la música,
hueca —que tampoco estaba mala— y el frío, que no estaba más allá
del calor soportable.
Ahora me cuestionaba qué haría, debía pensar en un segundo plan,
quién podría ayudarme en semejante locura; porque si bien... no
dejaba de serlo para quien fuera que se lo pidiera.
Pasaron seis semanas de aquella conversación. No podía encontrar
alguien que se atreviera a tan descabellada aventura, necesitaba
encontrar a quien tuviera el mismo nivel de conciencia que el mío. Sin
embargo, no era fácil; por mucho que mis terapeutas me entendieran,
nadie se comprometería con esto. Hacía una semana había salido la
noticia que habían encontrado y restaurado unos escritos mayas. En
breve, sería anunciado mundialmente que se trataba de una parte
complementaria del códice Dresde. Tenía la seguridad de que dicha
noticia llegaría a oídos de mi padre. Entonces, mi predicción sería
correcta, mi credibilidad se volvería incorruptible; tenía la esperanza
de que eso convenciera a mi padre.
MANHATTAN | 2012
L a espera llegó a su fin, pero, a la par de esta, llegó la
revelación: quizá, después de todo, mi padre no tenía que
involucrarse en todo este asunto. Tuve un sueño profundo, nada de
meditación, respiración o cualquier otra técnica, este fue un sueño
“común y corriente”, probablemente el cansancio excesivo me había
llevado a relajar el cuerpo obligadamente, entonces la mente, que
nunca descansaba, corrió información precisa y complementaria. Me
encontraba en el barrio de Chelsea, era de noche, el zumbido de
cualquier tipo de transporte era filtrado por las paredes que me
rodeaban. Percibí que era una sensación muy similar a estar
sumergido en agua y escuchar con toda atención lo que está afuera.
Sobre una mesa de cálida madera, debajo de dos lámparas de
escritorio, tenía mi boleto a Cuzco, Perú, con fecha 17 de julio del
2012. Pasaporte, dibujos, muchos croquis de planos arquitectónicos
específicos —demasiado legibles y entendibles para un fotógrafo—;
así también, había fotografías de rostros de personas (guardias de
seguridad), más arquitectura, pasillos, puertas, ventanas, claramente
resaltaba una fachada monumental, el museo metropolitano de arte.
Un perfecto rompecabezas, y el resultado de completar su resolución,
conseguir la continuación del códice Dresde sin ser detectado, como
un perfecto fantasma que solo distorsiona una foto, un ente que no es
reconocible, que no se alcanza a ver, imperceptible para el ojo
humano, pero detectable para el alma; ahí, en aquella habitación, con
la confianza de que todo saldría conforme lo estudiado. Un plan
diseñado por alguien que conoce el futuro no puede fallar. Nervios, sí,
son inevitables; es el preludio de un evento trascendental, como
cuando estás por aventarte a la helada agua del mar, como cuando
dejas de respirar antes de apretar el disparador de una cámara
fotográfica y capturar el momento preciso. En el sueño veo todo con
claridad, datos, medidas, nombres, horas y minutos. Con todo tan
claro, podía llevarlo a cabo solo, la logística estaba en mi cerebro,
nada podía fallar. De improviso, llaman a la puerta del departamento.
Es mi papá; trato de abrir, pero no puedo, parece que el picaporte no
funciona, continúa tocando hasta que me despierto y aventado a la
realidad, el teléfono suena y es mi padre, consigo contestar.
—Buen día James, ¿cómo estás?
—Buen día. Bien, gracias. —Mientras me adapto a la realidad, en el
fondo de la razón se debaten pensamientos a altas velocidades, para
descartar que seguimos en un sueño o ya estamos despiertos. —Ya
vi las noticias. Voy a ayudarte.
La razón, la esperanza, la lógica, la ironía, ahora todas tienen que
llegar a un veredicto, ¿es esta la realidad o es aquella realidad
intangible? Y aún estando en la realidad, las palabras de mi padre
suenan a pura fantasía.
—James, ¿me escuchaste?
—Sí, perdona, el teléfono me despertó y esta noticia no era lo primero
que pensaba escuchar. Necesitamos vernos.
Y entonces, días después, llegó el momento en el que ocurrió mi
sueño. Estaba en esa habitación, en Manhattan, con esa mesa llena
de información para cometer un crimen; llamaron a la puerta, era mi
padre, en esta ocasión pude abrir la puerta sin ninguna complicación,
fue cuando me di cuenta que el sueño había sido muy real, la llamada
de mi padre me había despertado y de todas maneras, por teléfono o
llamando a la puerta, él estaba ahí, era una extraña conexión tan
común, que ahora solo me hacía sonreír. Agregamos a aquella mesa
café y unas donas, repasamos una y otra vez el plan y después
fuimos a descansar; a la mañana siguiente, habría que llevarlo a la
realidad tangible, que nos aterrorizaba, a pesar de tener una ventaja
inigualable, conocer el futuro.
Pero el futuro no siempre es bien digerido, no cuando ves a tu padre
siendo sometido por la policía, impotente, sin poder hacer algo. Ése
no era un sueño premonitorio, para mí era una pesadilla premonitoria,
ahí dentro del inconsciente me cuestionaba si hacer esta locura era lo
correcto. A fin de cuentas, pagaría la fianza de mi padre, era lo
acordado. Él no oponía resistencia. Después de ver cómo se retiraba
la patrulla, se metía en mi sueño una imagen de alguien familiar, era
Öngara. La extrañeza de encontrarlo en el sueño me llevó a
despertarme de golpe. Estaba alterado y confundido, ¿qué tenía que
ver Öngara con este sueño? Miré a mi padre acostado,
profundamente dormido. Sabía que él no estaba teniendo el mismo
sueño, probablemente ni siquiera estaba soñando; no traía mi cámara
fotográfica, pero apreté el disparador con mi dedo índice y guardé la
imagen de mi padre en mis recuerdos. Ahora, era mi turno de ir por
algo para desayunar. Era muy temprano, el sol no se alcanzaba a ver
aún, pero ya comenzaba a iluminar las calles, donde muchas
personas comenzaban a realizar sus actividades. Caminé tres
cuadras, hasta una cafetería; me sentía extraño, pero no lograba
identificar el porqué. No fue sino cuando iba de regreso que sentí que
alguien me perseguía. Sin embargo, no había nadie, era el tiempo
que hacía implosión, la preocupación por un evento futuro, irreal por
naturaleza, colisionaba con recuerdos del pasado, inmutables por
naturaleza, causándome una sensación de incomodidad. Lo que
estaba por suceder horas después me tenía alterado; entonces,
recapacité sobre la situación en la que estaba involucrando a mi
padre. Si yo me encontraba así, él debía estar peor aún. Entré al
departamento, mi padre estaba tomando una ducha. Recogí los
papeles de la mesa y los metí en mi maleta.
El Museo Metropolitano de Arte abría sus instalaciones a partir de las
nueve de la mañana; a dicha hora ya comenzaba a haber una gran
concurrencia de gente: algunos turistas, grupos de excursiones
estudiantiles y otro tanto de personas que se habían despertado con
la curiosidad por saber de los antepasados de las civilizaciones
alrededor del planeta.

Es aquí donde me despido de mi padre, sube las escaleras e ingresa


al edificio; yo me introduzco en el parque. Me preocupa, pero pienso
que después de todo, no pasará más allá de pagar una fianza; me
acuesto en el pasto, cierro los ojos y me concentro en mi respiración,
inhalo y exhalo, no se me ocurre mejor solución para desestresarme
que esta, poco a poco alcanzo a ver los pasos de mi padre... “Distingo
poca gente, acaban de abrir las instalaciones. Veo un grupo de niños
proveniente de alguna escuela, se empujan, se ríen, gritan, la
maestra pone orden e ingresan debidamente ordenados; me pregunto
cuánto tiempo podrán continuar en orden. Detrás de ellos, una pareja
recién casada, que parece estar de luna de miel, son extranjeros y se
demuestran cariño de manera recalcada y fresca. Todo parece muy
real, percibo el aire fresco artificial guardado en el edificio, escucho
los pasos y murmullos de las personas, la luz del sol reflejada por
todos lados, creando formas y colores, la textura del piso a los pies de
mi padre reflejando el entorno, incluyendo su silueta. Observo los
maniquíes con armaduras, a mi parecer, de alguna civilización
europea; se ven pesados, incómodos, me pregunto cómo hacían para
montarse en el caballo, para luchar, para levantarse si es que caían al
suelo, para ir al baño; todos contratiempos, pero eran por estar
seguros y a salvo. Ahora veo la exposición de la civilización Egipcia;
es más confortable que la anterior, pero no parece enfocarse en
cuestiones de seguridad, es más ornamental, más expresiva, de
jerarquía, de realeza, distintas intenciones. La visión continúa y fluyo
con ella, me lleva al momento clave de esta locura. Mi padre está por
cometer algo que en la vida real jamás haría: leo un letrero de zona
restringida pero no lo respeta, sabe perfectamente en qué segundo
los vigilantes estarán distraídos, sabe perfectamente en que instante
darán un paso hacia atrás, a la izquierda, en qué preciso momento se
rascarán la sien, lo sabe todo, y con esto se convierte en un perfecto
fantasma. Imposible que noten su presencia, no tienen oportunidad.
Se cuela, hasta estar enfrente de un mueble que tiene arena muy
fina, sobre esta hay un documento antiguo, parece original, tiene
muchos colores, muchas figuras, se ve desgastado, los años, el
tiempo le han percudido su naturaleza, es como ver un pedazo de
metal oxidado. Se detiene, y haciendo uso de la invisibilidad, toma el
documento con sus manos temblorosas. Parece que se le va a
deshacer, pero no; lo enrolla cuidadosamente y lo coloca bajo su
camisa, sin que los vigilantes puedan siquiera notar su aroma; se
esfuma de toda posibilidad de ser descubierto, se dirige al mostrador
guardaobjetos para requerir sus pertenencias, y con toda la frialdad y
nerviosismo sale del edificio, caminando con paso calmo y quebrado”.
Doy una respiración profunda y abro los ojos, pero no veo a mi padre
por ningun lado como yo lo esperaba, pienso que tal vez la visión fue
en tiempo real y que debo esperar a que me marque o llegue donde
estoy. Entonces, sentí cómo el tiempo se expandía, un segundo
duraba medio minuto, la ansiedad y la preocupación hacían amargo el
momento. Fuera de mí el tiempo transcurría con normalidad, pero en
mi mente, los pensamientos estaban alborotados como cuando la
energía se transforma en galaxias. Escuché unas sirenas a lo lejos,
pude ver a mi padre dentro de una patrulla, dejé de respirar, esto no
me gustaba nada.
—James, hijo, ¿estás bien? —Mi padre me sacudió.
—Sí, perdona, estaba preocupado por ti, qué bueno verte.
Él estaba menos nervioso que yo, aunque todavía estaba tembloroso.
Sacó las reliquias de su ropa, y las guardé en mi mochila. Ahora, el
tiempo fuera de mí avanzaba tan rápido como hace unos minutos
dentro de mi cabeza, los papeles se habían invertido, ahora quería
que el tiempo fuera más lento, pero con la misma rapidez con que me
dio los documentos, con esa misma prisa, nos despedimos. Fue tan
rápido que sentía que algo me hacía falta, ¿dinero?, ¿el pergamino?,
¿ropa?, ¿mis identificaciones? Nada; todo lo llevaba conmigo, aquello
que sentía era una enorme nostalgia, un completo vacío que me
había dejado la despedida de mi padre. “Ahora no te detengas por
nada, James, ni siquiera por mí, sigue adelante. Yo estaré bien, hablé
con Alexander; en caso de que se requiera, él pagará mi fianza.
Siéntete libre, continúa tu viaje, cuando las cosas estén más
tranquilas, iré a visitarte; descubre aquello que necesitas en tu
interior, no vuelvas hasta que lo hayas encontrado, hasta que lo
hayas completado, hasta que no haya más dudas e inquietudes
dentro de ti, cuando veas todo con claridad”. Recordaba las palabras
de mi padre. No recuerdo que alguna vez me hubiera hablado con tal
sentimiento, con tanta certeza; palabras cálidas y reconfortantes,
palabras que me permitieron volar y sentirme libre como nunca antes
había sentido.

***

Tomé el tren con destino al sur del país. Me tomaría tres conexiones,
que comprendían un periodo de cuatro días, llegar a la frontera.
Había acordado ver al contacto que me ayudaría a cruzar la frontera
de manera ilegal; dicha persona se había extrañado al saber de mi
petición, no estaba acostumbrado a hacer ese tipo de negociaciones,
lo más común era que hispanoamericanos cruzaran al país.
Llevaba conmigo equipaje muy ligero, un equipaje que anunciaba que
no regresaría, o, al menos, no en una fecha fija; me había comprado
unos anteojos y me había dejado la barba para que mi apariencia fuera
totalmente distinta. De ninguna manera me encontrarían, hasta el
momento, mediante los datos de mi vuelo. Me encontraría en Perú.
Solo una persona conocía mi destino, pero no era mi papá, él ni
siquiera sabía lo que sucedería en Perú. El balanceo del vagón me
arrulló hasta que quedé dormido.
Mi padre había sido perseguido y capturado, no tenía derecho a fianza
hasta que el documento robado apareciera; el agente Michael llegó a
la comisaría para transferir a mi padre al Departamento de Asuntos
Especiales, donde él estaba a cargo. Este robo no era normal, debía
existir un motivo coherente para haberlo llevado a cabo.

—Buenas tardes, señor Steven. Yo soy el agente Michael, estoy


encargado de su asunto. Espero que pueda contar con su
cooperación, así podemos irnos todos a nuestras casas lo más pronto
posible. Mi papá miró a los ojos al agente con un temor profundo, las
cosas se habían salido del plan, no tenía permitido pagar fianza.
Caminaron fuera del edificio y subieron al auto del agente.
—Sí. Comprendo, señor.
—¿Por qué robó esas reliquias? Usted no tiene registro alguno de
delitos o cualquier cosa que se le asemeje, se puede decir que lleva
una vida de lo más normal. —El agente miraba a mi padre, que no
sabía qué responder, a través del retrovisor. Incluso decir la verdad
semejaba una mentira, una invención, una excusa barata para salir
del problema. El silencio frío se hizo presente, no había más
preguntas, solo el sonido del auto, las llantas sobre el asfalto—.
¿Cómo lo hizo?, era algo imposible. —Mi padre comenzó a ponerse
mucho más nervioso al ver que cruzaban hacia New Jersey y se
introducían en los astilleros hasta llegar a un edificio abandonado, ahí
no había oficinas, eso no era nada normal.
—El trabajo me fue encargado a mí, no sé cual sea el objetivo de
robar esas reliquias.
—Y se puede saber, ¿quién es esa persona?
—No tengo muchas opciones. Si hablo, me matarán. A estas alturas
me da igual lo que vaya a suceder. —El agente montó todo un teatro
para convencer a mi padre de que estaría protegido y saldría limpio
de todo este asunto—. Nicolai. —Uno de los capos de la mafia rusa
más buscados y peligrosos. Desafortunadamente, mi padre creía que
estaba en una película de acción dónde una mentira apresurada y
mal fundamentada podía funcionar.
—Al señor Nicolai dudo mucho que le interesen unos dibujos
ancestrales. Yo he trabajado para él, se interesa más por el arte del
siglo XV. Muchos, como usted, dicen trabajar para él cuando ni
siquiera tienen el gusto de conocerlo, presiento que...
El celular del agente sonó. Dejó a mi padre en una habitación llena de
polvo. Ahí, solo, comenzó a cuestionarse; todo el evento del MET
había salido como se esperaba, nadie lo había visto, había sido
demasiado fácil. Lo que le sorprendía es que mi visión había
funcionado, justo lo que había soñado, así como el sueño de la
muerte de mi madre, de su misma muerte, había sucedido al pie de la
letra. Ahora le preocupaba que no había guión escrito, ahora
cualquier cosa podía suceder. — Usted sabía en qué preciso instante
podía entrar y salir sin ser visto, parece una coincidencia fuera de
cualquier naturaleza; usted se volvió invisible ante los ojos de todos,
con excepción de las cámaras de seguridad, que ahora nos revelan
que usted tomó esos pergaminos, y también nos revelan su
maravillosa habilidad para escurrirse frente a todos sin ser visto.
Cualquiera diría que predijo el futuro, pero eso no es posible,
¿verdad?
La estocada a la esperanza de mi padre. ¿Por qué había mencionado
la palabra “futuro”?, acaso esta persona sabía algo al respecto...

—Dígame, ¿usted cree que es posible viajar en el tiempo y saber


cosas del futuro?
Mi padre sintió que la sangre le hervía, sudaba, aquellos
pensamientos que estaban generándose en su cabeza a la velocidad
de una explosión nuclear, tenían sus repercusiones en su cuerpo, en
su lenguaje corporal.
—¿Y si le dijera que necesitamos de esos pergaminos para asegurar
el futuro de la humanidad?
Lo comprendo, estaba acorralado; no tenía otra salida, su conciencia
no podía con información nueva y probable, pero mi padre estaba
mudo.
El agente Michael hizo entrar a Öngara a la habitación. Naturalmente
mi padre se desmayó, su cerebro hizo cortocircuito. Justo en ese
momento, me desperté del sueño.
Öngara me estaba buscando, y no descansaría hasta encontrarme.
Necesitaba tener más información acerca de lo que sucedería,
aunque tenía ventaja, ahora yo era el fantasma en el mundo.
Necesitaba ver más allá, estar cuanto menos cinco pasos delante de
Öngara y este nuevo agente. Fue entonces cuando desarrollé mi
propia técnica, una mezcla entre respiración, quietud de la mente,
presencia del cuerpo energético y, ahora, lo que yo le llamaba el
“campo energético de la mente”. A través de las otras técnicas, pude
sentir una canica que se balanceaba dentro de mi cabeza, del
hemisferio derecho al izquierdo y luego de vuelta. Era un movimiento
muy suave, como si metieras una canica en una caja y la balancearas
suavemente para que fuera de un lado hacia el otro. Después, el
movimiento saltaba a la próxima dimensión, dos dimensiones, ahora
sentía que dibujaba un circulo que traspasaba por mi oído derecho,
luego hacia la parte posterior de mi cabeza, después al oído
izquierdo, pasando por dentro de mi frente y de nuevo al oído
derecho; un movimiento suave que comenzaba a acelerarse cada vez
más, y junto con el aumento de la velocidad, también pasaba a una
tercera dimensión, como si esa canica, la metieras en un globo y lo
agitaras; la canica tomaba cualquier rumbo, me causaba mareo y
vértigo, pero a la vez se sentía muy bien controlar la respiración,
sentir mi cuerpo flotando. Entonces esa canica, que era como un
punto de energía brillante, se estabilizaba en un movimiento que iba
de mi nuca a la parte posterior de mi cabeza, después a mi coronilla,
pasaba por mi frente, nariz, boca, barbilla, garganta y repetía el ciclo.
De repente perdía la concentración y se desestabilizaba, pero volvía a
sentir su presencia, así como en el plano “X”, pero, ahora, en el plano
“Y”; tomaba velocidad, tanta velocidad como cuando observas el rin
de un auto deportivo, el efecto visual te hace creer que va muy suave
y en sentido contrario a la lógica; súbitamente, ya no es una canica,
ahora es como una masa de energía que continúa girando
velozmente. Comienzo a sentir el tiempo, los años transcurren como
los segundos de un reloj digital.
Öngara esperaba un evento como el robo del MET, él sabía que Drin
haría un movimiento como ése; de esa manera, mi padre lo miraba
con sus propios ojos, en la “realidad” que todos conocemos, en la que
todos nos sabemos conectados. Muy diferente de ver a un Ügaro en
un sueño, al menos te despiertas sabiendo que ese terrorífico ser se
quedará atrapado en el subconsciente, que continúas viviendo la
realidad creada por los cinco sentidos, pero ahora mi padre tenía que
lidiar con ello. Posiblemente, era mucho más impactante y
traumatizante percibir en el plano consciente a Öngara, más aún
cuando la humanidad llevaba cientos de años creyendo que dichos
seres provenían de otro planeta. Ahí estaba mi padre, en una
habitación de verdes y grises, en silencio, tratando de comprender lo
que el agente Michael le explicaba. A las 4:13 de la madrugada, hora
en que había recobrado el conocimiento, Öngara mostró un pequeño
grupo de imágenes de Ügaros.
—No sabemos con quién contactó usted, pero aquí tenemos
fotografías de los terroristas más buscados y que ponen en peligro la
vida de todos.
A los ojos de mi padre y de cualquier otra persona contemporánea a
él, los sujetos que aparecían en las fotos eran muy similares, casi
iguales, incluso les encontraba semejanza con el mismo Öngara. Mi
padre se quedó sin palabras, comenzó a recordar todo lo que yo le
había contado y explicado. Ahora no sabía a quién creerle, ¿quién
decía la verdad?, ¿quiénes eran los “buenos” de lo que estaba
sucediendo? Se preocupó por mí. Por su mente pasaba que hubiese
debido internarme en un manicomio o tratarme a esos niveles cuando
estaba a tiempo, pero no lo había hecho, porque creía profundamente
en mi sueño, el sueño que pudo salvar la vida de mi madre. Ahora,
por creer en eso, tanto él como yo estábamos pagando un precio muy
caro.
—¿Logra identificar a alguien?
—Michael, creo que este hombre nunca ha visto a un Ügaro de frente.
—Öngara vio la expresión temerosa de mi padre en sus ojos—. ¿Por
qué robó los pergaminos?, ¿quién se lo ordenó, si no fue un Ügaro?
—¿Usted es un Ügaro?, ¿de que planeta viene?
—La pregunta correcta es: ¿De cuándo vengo? Yo, mi raza, los
Ügaros, somos viajeros del tiempo. Mi padre se quedó callado
nuevamente, tratando de asimilar y entender qué estaba pasando. Si
bien los pergaminos encajaban con la cuestión de viajar en el tiempo,
pues eran reliquias del pasado. —¿Dónde están los pergaminos? —
preguntó el agente Michael un poco alterado.
—Se los entregué a... —Mi padre estaba siendo sometido a un
bombardeo poco común, o al menos él no estaba acostumbrado, era
como si la corriente de un río le arrastrara y no tuviese de dónde
sujetarse. El río tenía el control, él decidía cuando calmarse y cuando
ahogar a mi padre— mi hijo. James los tiene.
El agente ya sabía que yo me encontraba en Perú, antes de recoger a
Steven había pedido a su equipo que investigara a sus familiares y la
primera información que había saltado era que yo había aterrizado en
Perú.
—Öngara, debemos ir a Perú —susurró Michael al Ügaro. Mi padre
alcanzó a escuchar. Estas personas, o al menos Michael, ya sabían
que yo me encontraba en Perú, supuestamente; esto representaba
otra corriente rápida en el río en que se encontraba mi padre, en sus
pensamientos concluía que me tenían detenido en una habitación
similar a la de él, que probablemente me estaban torturando, que muy
probablemente yo había sido capturado primero y que yo había
revelado la ubicación de él para su captura.
—¿Para qué se los diste a él?, ¿cuál es su objetivo?
—Debemos irnos, lo importante es localizar a James, nada de lo que
nos diga su padre puede ayudarnos.
—James está enfermo, sufre de alucinaciones desde pequeño,
siempre tuvo sueños extraños; jamás llegué a pensar que esos
sueños o alucinaciones pudieran hacerle daño a alguien, mucho
menos a él. —Mi padre develó un secreto devastador para mí.
—¿Por qué nunca le dio el tratamiento requerido?, ¿por qué aceptó
robar los pergaminos? —No estoy seguro, fue algo que su madre me
pidió, que por nada del mundo dejara que lo internaran, porque ella
nunca confió en los procedimientos de la psiquiatría. Después, James
tomó terapias, varias, y parecieron ayudarle, nunca creí necesario
internarlo o tomar otras medidas. Su última alucinación fue
comprobable, por eso accedí a apoyarlo. Necesito ir con ustedes,
cuando lo encuentren me necesitará a su lado. Mencionó algo acerca
de un mensaje. —¿Cuál mensaje? —preguntó Michael.
—Debemos irnos, en el trayecto nos comenta todo lo que sabe y
aquellos sueños y alucinaciones, me interesan —sugirió Öngara, y
partieron.
Cuando yo regresé a la normalidad, al mundo físico, al camarote tres
del vagón tres, me cuestioné, tuve una sensación de vacío profundo,
como si fuera el último día de la humanidad. Existía la posibilidad de
que estuviera confundido con respecto a la identidad de Drin Acania,
qué tal si los papeles estaban invertidos, qué tal si yo formaba parte
de un movimiento terrorista; me sentí estúpido, me sentí como un
niño engañado, un niño que se había dejado llevar por su intuición y
ahora enfrentaba las consecuencias de apostarlo todo y con la carta
cerrada y equivocada; mi padre detenido y yo casi a punto de arribar
a Chicago, ¿cómo lo iba a solucionar?, ¿cómo iba a regresar a mi
vida después de todo esto?, ahora el manicomio no sonaba una idea
descabellada, más descabellado que en lo que estaba metido no
podía haber, el manicomio me daba la seguridad de estar protegido,
de aceptar que todas esas visiones eran parte de alguien que está
enfermo. Quería que me fundieran el cerebro, las memorias, los
recuerdos, con tal de no volver a experimentar esas visiones.
Necesitaba entonces todo tipo de drogas, medicinas para
mantenerme alejado de mi realidad, castrar mi realidad, ¿que pasaría
entonces conmigo? Ya era demasiado tarde para arrepentirme, pero
mi argumento no era tan increíble después de todo, yo estaba
demente y había involucrado a ciertas personas, me haría
responsable de todo y de todos, evitaría la cárcel, es decir, el
reclusorio... Aunque ya me encontraba recluido en mis sueños, no
tenía salida. Había venido entonces a esta vida para estar
encarcelado en mis pensamientos, en mis sueños, en la prisión o en
un hospital para enfermos mentales, donde estaría privado del mundo
y al mismo tiempo, encarcelado en tratamientos y en mi inevitable
naturaleza, las alucinaciones.
Comencé a llorar. Ahora veía mi celda, no era una celda con barrotes
y muros, la celda estaba formada, construida por historias que me
contaba; ninguna era cierta, solo coincidencias. Acepté lo más
doloroso en mi vida, después de la muerte de mi madre, mi condición
de demencia. Estaba loco, todas esas alucinaciones estaban dentro
de mi cabeza. Alguien que está tan cerca de la muerte de manera
repetida no puede ser normal, es evidente que no alcanza a ver el
mundo como es, con riesgos, con peligros, y si no los puedes ver,
eres presa constante de ellos. No tenía un diagnostico médico, pero
comencé a leer acerca del tema, acerca de aquello con que se
enfrentan los autistas o casi cualquier síndrome que afecte la
percepción de la realidad; nunca había intentado probar con
medicamentos, tal vez era la única manera de bloquear las
alucinaciones y llevar una vida normal. Lo único real en mi vida era la
fotografía, aquello que mis ojos miraban podía ser capturado y
comprobado con las personas que las contemplaban.
Ahora, todas esas visiones me llevaban a otro país; la primera parada
fue en Chicago. Tenía años de no visitar esa ciudad. La última vez
que había estado ahí fue un abril, no recuerdo bien de qué año; lo
que sí recuerdo es que el frío no había terminado aún, se había
extendido. Y todo para seguir a los Medias Rojas. Por ese entonces,
junto con dos amigos más, vimos todos los juegos en Boston, más
diez en otras ciudades, entre ellas Chicago. Era el partido obligado
fuera de casa. Ahora estaba solo y en una aventura totalmente
distinta. Ni siquiera visité la ciudad, solo tenía cuatro horas para partir
a San Antonio; después, cruzar a México. Tenía miedo, un miedo
capaz de paralizarme, pero por otro lado, había algo dentro de mí,
una especie de curiosidad, un sentimiento extraño y puro que me
impulsaba a continuar. Observaba a través de la ventana mucha
gente en movimiento, amigos, familiares, colegas, despidiéndose; el
tren partía nuevamente. Del mismo modo, eso que estaba dentro de
mí se puso en actividad.

CENTROAMÉRICA | -4678
Öngara continuaba en la fase de integración, esta ocasión le
había sido un tanto pesada, tal vez por el intenso calor y la humedad,
no era fácil. Caminé por los alrededores y entonces fue cuando
conocí a dos niños gemelos —Hunahpú e Ixbalanqué—, tenían unos
ocho años, parecía que estaban extraviados y a pesar de que nunca
habían visto a un Ügaro, no se extrañaron para nada, les pareció de
lo más normal, como si sus mentes estuvieran limpias de cualquier
miedo. Estaban jugando con un gato, riéndose, saltando,
aventándose al suelo; querían incluirme, me empujaban, uno de ellos
se me colgó del cuello, el gato mordió mi pie y caí al suelo. Hizo un
sonido, y caí en la cuenta de que no era un gato, era un cachorro de
leopardo. Supe que su madre volvería pronto y que probablemente no
entendería este juego de niños; sentí una ola de calor, debíamos
partir cuanto antes. Con lo poco que sabía de su dialecto, les hice
saber que debíamos irnos antes que llegara la madre del felino. Los
gemelos continuaron de lo más tranquilos, entendí que su padre
había sacrificado al animal en un ritual y que ahora ellos estaban a
cargo del cachorro. Me tranquilicé, pero a la vez me llamó la atención
la naturalidad con que ellos se hacían responsables de su nueva
tarea.
Regresé al campamento, Öngara ya había terminado de integrarse. —
¿Dónde estabas? —No sabía cuándo despertarías, di una vuelta de
reconocimiento. Debemos estar cerca de una aldea, encontré a dos
infantes.
—Bien, pues, en marcha.
Subimos a la nave, sobrevolamos por encima de los árboles
lentamente, encontramos la población y aterrizamos entre ella. Todos
estaban asombrados, espantados, admirados, se comunicaban entre
ellos, estaban al borde del pánico, nunca habían visto una nave, en
las otras ocasiones en que tuvimos contacto con otras poblaciones,
nunca nos presentamos en algún vehículo, pero esta ocasión era
especial, tenía una intención definida y estaba funcionando.
Debíamos hacer una impronta en la psique de estos seres, nosotros
debíamos estar cercanos a una versión de la divinidad, que tuvieran
algo en qué creer, algo que adorar. Después de unos minutos,
llegamos a la conclusión que estábamos seguros, no había señal de
algún ataque, de tal modo que salimos de la nave. Se sintieron aún
más en confianza al vernos. Con algunos trucos tecnológicos, nos
ganamos sus caras de asombro, sentimos una aceptación original y
cálida.
Vi a los pequeños gemelos, me reconocieron y se acercaron; de entre
un montón de gente, se abrió paso el sabio, traía puesta encima la
piel del jaguar, este era el padre de los gemelos, el observador de
estrellas. Öngara y yo nos separamos, yo me fui con el sabio adonde
había una laguna, las estrellas comenzaban a reflejarse en la
superficie del agua, que semejaba un enorme espejo.
Miramos las estrellas juntos, él me hizo una reverencia, decía que
nosotros proveníamos de “arriba”, éramos sagrados para ellos.
Al día siguiente el sabio hizo saber a la población que nosotros
proveníamos de uno de esos puntos luminosos del cielo nocturno. Me
sentía culpable, eso no era cierto. Pero por otro lado, eso era parte
del plan, y el reconocimiento elevaba una parte dentro de mí que
nunca antes había experimentado. Öngara estaba encargado de la
construcción, les mostró y enseñó conocimientos básicos de física,
pero que para ellos eran casi como brujería.
Transcurrieron dos lunas, la exploración estaba por concluir. Esa
última noche, el sabio me pidió que lo acompañara. Llegamos a un
sitio abierto en lo alto de una colina, ya era de noche, encendió una
fogata, y me pidió que me acostara en un círculo formado por rocas.
Me recosté, y comenzó unos cánticos, que alternaba con una especie
de tronco hueco, con el cual generaba unos sonidos armónicos y
profundos como el universo. Me concentré en las estrellas, brillaban
intensamente, me relajé y me dejé llevar por los sonidos. De pronto
las estrellas se movían, se acercaban, pero me di cuenta que era yo
quien estaba en movimiento, estaba flotando por el espacio, miré el
sol en la lejanía, miré, atrás, al planeta tierra con su luna. No tenía
cuerpo, era solo un ser, aquello que habitaba en mi cuerpo, en la
tierra. Continué avanzando, hasta escuchar una voz, no, no la
escuché, es difícil de explicar, solo sabía. Llegué a mi casa, a la
constelación de la que provenía, a ese conjunto de estrellas de donde
había emergido mi espíritu. Sentí cómo formaba parte de las estrellas,
era la sexta dimensión —supongo—, ahora podía sentir el universo
en todos los sentidos, “iluminaba” en todas direcciones, formando
parte de todo el universo, moviéndome lentamente, de manera
monumental. Experimenté una paz absoluta, no necesitaba nada, no
esperaba nada, solo existía. Pude ver entonces el planeta Tierra, un
pequeño punto luminoso lejano, tan lejano que no podía medirlo. Fue
entonces cuando me hice consciente de mi versión terrenal, un
diminuto ser, cubierto de piel, encerrado en un cuerpo, en una mente
que contenía la inmensidad misma del universo entero.
Poco a poco, comencé a escuchar los cánticos del sabio, su
instrumento, sentí mi cuerpo, y ya estaba de vuelta acostado en el
circulo de piedras, el sabio concluyó el ritual. Sonrió al ver mi cara, y
puso mis manos en su pecho. Me encontraba atrapado entre la
mentira y una verdad pura y honesta, me había regalado un viaje a
mis orígenes. Yo seguía las órdenes de personas, trabajando en algo
en lo que ni siquiera creía.
—¿Dónde estuviste?, pensé que querrías quedarte aquí. —Öngara
dijo a modo de burla. Le conté la increíble experiencia que había
tenido. No me creyó. Desde la soberbia, me dijo que muy
probablemente me habían drogado. Me aclaró que estos seres no
podían tener tal evolución, y dentro de esa afirmación me perdí. Era
cierto, no habían evolucionado tanto, estaban recien llegados al
planeta, y gracias a eso aún conservaban esa divina conexión con el
origen; con el pasar de las generaciones y épocas, se perdería.
Desperté. Eran casi las nueve de la noche, así que fui al vagón donde
se encontraba el restaurante, quería tomar un té y algún alimento
consistente. Simplemente, sentía ese antojo.

AGUASCALIENTES | 2012
G randes riscos y profundos acantilados conformaban el
paisaje, mi padre estaba asombrado con lo que veía, las nubes eran
el marco de una ventana a través de la cual se apreciaba la intensa
luz de las estrellas del universo. Él y Michael descendieron de la nave
y avanzaron hasta el camino que los llevaba a la población de Aguas
Calientes. Öngara se retiró de la escena, no podía ser visto, aunque a
las cuatro de la mañana el sitio estaba completamente desierto.
Caminaron algunos kilómetros hasta llegar al primer hotel que vieron,
ya casi eran las cinco de la mañana, comenzaba a aclarar la luz del
día, aunque la humedad provocada por el río y la altura del lugar,
tenían como resultado un frío penetrante del cual no se podía
escapar. Dentro del hotel las cosas no cambiaban mucho.
Preguntaron por habitación disponible, pero les dijeron que no tenían
y les dieron la mala noticia que los hoteles de ahí eran todos con
reservación previa, sería muy difícil encontrar disponibilidad; aún así,
probaron suerte en otros tres hoteles, pero no resultó positivo.
—La población más cercana es Cuzco, tendremos que reservar allá.
Yo prefería que fuera aquí, su hijo vino, aterrizó en Cuzco, pero no
creo que se haya quedado allá, habrá venido a estas ruinas, es casi
obligado. Y si usted dice que James no sabe nada de simbología, es
aquí donde encontrará a alguien que le ayude.
—El lugar no es muy grande y no hay muchos hoteles, podemos
preguntar si lo han visto o si está hospedado en alguno. —Mi padre
mostró interés, estaba preocupado.
—Está bien, pero tendremos que esperar.
Estaban cansados, no habían dormido casi nada, el trayecto había
sido demasiado pesado para los dos, por la ergonomía de la nave de
Öngara. Esperaron a que amaneciera y que hubiera servicio de
restaurante para poder tomar un desayuno que, para ambos, era
extraño y también era prioridad en esos momentos. Se sentaron en el
lobby y tomaron una siesta de casi tres horas. Después tomaron el
desayuno anhelado, el que les recuperó las energías,
específicamente por el delicioso y sobresaliente café. Ya a esas horas
había un movimiento de gente no previsto, sería extremadamente
complicado encontrarme, había más turistas que gente local. Michael
reservó una habitación en Cuzco. Seguido de esto, se separaron,
para avanzar más rápido en la búsqueda.
Ahí estaba mi padre intentando encontrar un pez en el sitio
equivocado. Preguntó en las recepciones de cuatro hoteles, pero
ninguna señal. Le faltó la respiración, pero al menos sabía que esta
empresa no era cuestión de vida o muerte, y se alivió con pensar que
me encontraba bien, donde fuera que estuviese; mi padre había
adquirido especial paciencia de la pesca, se tranquilizó y continuó
buscando hasta perderse en el tiempo. Casi al concluir tres horas de
dividirse el trabajo, Michael comenzaba a sospechar que mi padre y
yo habíamos huido; habían quedado en reunirse en la estación del
tren en dos horas, y mi padre llevaba de retraso casi una. Aguas
Calientes no era lo suficientemente grande ni complicado para
perderse. Se comunicó con sus asistentes, para que le dieran aviso a
las autoridades locales y los apoyaran en la búsqueda de Steven y
James Patcher, pero antes de concluir la llamada, mi padre lo
interrumpió.
—Michael, disculpa, no me fijé en la hora, creo que sigo desorientado
por el viaje. Michael canceló la orden.
—Tomemos el próximo tren a Cuzco, necesitamos descansar. Tu hijo
puede pasarnos por enfrente y no lo veremos.
Durante el trayecto, mi padre le preguntó a Michael cómo había
conocido a Öngara. Esto me interesaba mucho, podía servir como
brújula para saber qué acción tomar. Öngara realizó expediciones
buscando las huellas de su viejo amigo Drin Acania. Sabía la fecha
exacta a la que había viajado, pero desconocía la profundidad y
extensión de las subexploraciones. No sabía el momento en que
ocasionaría un cambio, algún evento que saboteara la misión “planeta
verde”, entonces, al revisar los datos de las bitácoras, decide instalar
un equipo de investigación en eventos paranormales, con un sustento
científico, un grupo formado principalmente de detectives, doctores,
historiadores, expolicias, físicos y un piloto astronauta que nunca viajó
fuera de la estratosfera; con el tiempo adquirieron mucha importancia,
al grado de ser financiados por el Gobierno de los Estados Unidos. Su
fundador, y el primero en tener contacto con el futuro, es decir, con un
Ügaro, fue Michael Numan. Éste, un expolicía que siempre quiso ser
detective —pero el sueño había sido frustrado, por cuestiones
políticas y otras que estaban fuera de su alcance— al final de cuentas
lo había conseguido, pues se encargaba de investigar aquellos
fenómenos paranormales; quizá fue una mezcla entre delirio y
frustración lo que llevó al expolicía Michael a tener experiencias “poco
creíbles”. Öngara requería de alguien que no descansara hasta
encontrar la verdad, donde se ocultara o se camuflara ante cualquiera
que no tuviera la curiosidad necesaria y la sensibilidad bien calibrada.
Entonces, decidió seducir a Michael a través de sucesos poco
comunes, antes de hacer cualquier aparición física, cuatro años antes
de encontrarse cara a cara, justo en el momento en que Michael
pasaba por un periodo de depresión debido a las expectativas
frustradas de realizar su propósito de ser “el detective” de la ciudad
de New York. Lo primero que hizo Öngara fue robar el automóvil de
una amiga muy cercana a Michael, la policía no resolvió nada y él
tampoco pudo. A los diez meses de ese suceso, otro robo más, en
esta ocasión una mascota de un amigo muy cercano, un gato, ¿quien
robaba una mascota?, no tenía mucho sentido; nuevamente la policía
no pudo encontrar nada, él tampoco. Un año después, exactamente
en la misma fecha del robo de la mascota, otro robo más, ahora una
tienda de relojes de un conocido de la que era su pareja en ese
entonces. Por último, un año después, y en la misma fecha, entraron
a robar al departamento de su mamá mientras ella estaba dando
consulta; solamente robaron un único objeto, una joya de la familia,
un reloj suizo; era tan antiguo que ya no servía, necesitaba servicio, el
valor sentimental que Michael tenía por ese objeto no podía ser
igualado con ninguna cantidad monetaria, se frustró al saber que la
policía no tenía pista alguna. Así también, al él no tener idea sobre
algún sospechoso, sintió enojo, frustración, y por último, coraje,
emoción que lo transportó a una revelación, el tiempo. Toda esta
serie de eventos que no tenían pista a seguir, ahora era revelada, el
tiempo; en todos los eventos, la constante era el tiempo. Quizá de
manera simbólica. En el suceso del automóvil, lo que lamentaba su
amiga era que el automóvil le ahorraba tiempo en las actividades a lo
largo de su día. Después, aquella mascota tenía como nombre
Cronos. Seguido de este, la tienda de relojes, y rematando con el reloj
de su padre, el trasfondo de todos los eventos era el “tiempo”. Era la
única pista, la única constante, pero hasta el momento era tan vaga
como su propia naturaleza. Un año después recibió un e-mail de parte
del autor de todos los eventos, Öngara. El nombre no le dio ninguna
pista, se leía extraño y muy probablemente su pronunciación era aún
más complicada. Parecía el montaje de un juego, una vacilada. Tal
vez, alguno de sus compañeros, que sabían de los objetivos
frustrados de Michael, había preparado el teatro; en el mail había
datos precisos y algunos que ni habían sido tomados en cuenta en las
investigaciones. Una frase, específicamente, sacudió el ego del
pseudodetective: “tiempo, lo podemos llevar en nuestra pulsera,
podemos manipular sus manecillas, sin embargo, el tiempo no se
verá afectado. Tiempo para una conversación es muy fundamental, y
es determinante. El tiempo es 18:30 horas, 6 de agosto, carretera
206, kilometro 78. Si no te presentas solo, no te devolveré el medidor
de tiempo, pues tiempo es lo que nos faltará... Trae ropa
impermeable, está lloviendo demasiado”.
Michael no lo podía creer, le costaba mucho trabajo, la fecha
coincidía con la de los robos, todo había sucedido el mismo día pero
en distinto año, sin embargo, lo que más le llamó la atención y
terminó por convencerlo, fue que la fecha con que estaba marcado el
envío del email aún no sucedía, aún faltaba un año para el 6 de
agosto del 2000. Michael se enfrentó solo a esta encrucijada, no
quería ser el hazmerreir del departamento de policía, era probable
que alguien hubiera alterado la fecha del mail. Decidió esperar un año
y asistir a la cita, aunque también pensó en que eso podía formar
parte del humor estúpido de un puñado de compañeros. En el lapso
de ese año, se prometió asistir a la cita tantas veces como se dijo a sí
mismo que era una estupidez. Esperó a que llegara otro mail, a que
sucediera otro robo, a que el autor de toda esta farsa se mostrara.
Usó toda su discreción para indagar en posibles responsables, soñó
con el encuentro, y así transcurrieron trescientos sesenta días. El
primero de agosto aún se cuestionó, aún dudó en asistir. La mañana
del día de la cita recordó los años anteriores, cómo habían sucedido,
qué había hecho antes de los robos, lo que había comido, la hora en
que habían ocurrido. Nunca había llovido como aquel día. Revisó el
mail como por sesentava ocasión, “trae ropa impermeable, está
lloviendo demasiado”; efectivamente estaba lloviendo demasiado, se
alistó y partió a la ubicación indicada. Al llegar, la escena se tornó
tétrica, la lluvia, incesante. El sitio estaba desértico, con excepción de
un niño parado al lado de la carretera, que le hizo una señal para que
lo siguiera. Lo siguió lentamente en su auto por un camino que
conectaba con la carretera; estaba aún más aislado, la completa
soledad, nadie pasaría por ahí; el camino no tenía asfalto y terminó por
atascarse en el lodo, miró la figura del niño. Entre la lluvia y su
vestimenta no alcanzaba a ver el rostro, tuvo que bajarse del auto y
seguir a pie.
—¿A dónde vamos?
—Ya casi llegamos. —La voz develó para Michael que no se trataba
de un niño, el físico lo había engañado.
Llegaron a una construcción abandonada que los protegió de la lluvia,
la luz del día casi se había ido por completo y Michael comenzaba a
arrepentirse, pero tenía su seguridad confiada a su Beretta 45, que
sacó para amenazar a Öngara al momento en que se descubrió el
rostro, alienígena para sus ojos, inentendible a primera instancia.
—Soy Öngara.
—¿Qué eres?, ¿de dónde vienes? —Durante mucho tiempo Michael
había repasado las preguntas que le haría al responsable una vez
que lo tuviera de frente: ¿Por qué robaste siempre el mismo día?
¿Por qué todo estaba relacionado con el tiempo?, ¿Por qué a mí?
Ahora, súbitamente, las había olvidado y la espontaneidad había
formulado las requeridas para ese preciso instante.
—Nos llamamos Ügaros. De muy lejos. —Öngara respondía con
precisión, no se extendía, no profundizaba, su posición no lo permitía
y no había necesidad.
—¿Ügaro? ¿De qué lugar de la galaxia? —Ahora, los nervios ponían
a Michael vulnerable en sus cuestionamientos. En realidad, no se
quería referir a la galaxia, sino al universo entero.
—Sí. Así como ustedes se hacen llamar humanos, nosotros llamamos
a nuestra especie Ügaros. Es lejos, en relación con el tiempo, no con
el espacio. Michael, baja el arma, no pretendo hacerte daño y
tampoco pretendo que tú me lastimes a mí. —Öngara comenzaba a
tomar el control de la situación. Michael bajó el arma, no existía
necesidad de esta.
Así, la lluvia también calmó su ímpetu. Öngara continuó toda una
explicación preparada con anticipación. Michael fue absorbido por los
argumentos precisos, las ideas fantásticas y la realidad
incuestionable.
FRONTERA CON MÉXICO | 2012
L legué a San Antonio. Ahí me reuniría con una persona, que
me conectaría con otra, que me ayudaría a cruzar la frontera esa
misma noche.
—Buenas noches, ¿cómo se encuentra?
Su pronunciación me pareció cómica, me recordó a Manuel. Aún no
estaba en suelo mexicano y ya me había encontrado con el primero.
De momento, él era el extranjero, pero ya no faltaba mucho para que
se invirtieran los papeles.
—Bien, gracias, ¿nos vamos?
La situación era tensa, pero no esperaba nada más, nada tranquilo; si
bien yo traía ya la inercia de la ilegalidad —llevaba tres días huyendo
— a esas alturas cruzar la frontera no me parecía nada del otro
mundo, aunque realmente no estaba consciente de lo que decía.
Cuando crucé y me quedé solo, fue entonces cuando sentí la
adrenalina, esa misma sensación que tuve en mis dos choques
automovilísticos. Me preocupé, me cuestioné nuevamente mi
situación mental. Ahí, a mitad de la noche, en plena oscuridad, con el
frío que pintaba la escena tétrica, miré unas luces que pasaban a
unos cincuenta metros de mí. Eran “la migra”, así había dicho la
persona que me había dejado allí. Guardé silencio y me oculté un
poco más. Al mismo tiempo que las luces comenzaron a alejarse,
escuché unos chasquidos. —¡Venga, venga, por acá!
Seguí a la voz, en la casi absoluta oscuridad.
—Aquí, aquí. —Lo miré de frente.
—Hola. —Lo poco y casi único que sabía de español al menos
ayudaba a que lo comprendiera, aunque no supiera casi nada de
vocabulario. Él presentaba la misma situación; fue suficiente para
entendernos lo básico. Caminamos hasta una camioneta, y después,
una hora más de camino de terracería. No ubicaba con exactitud en
dónde me encontraba, pero me sentía a salvo. Llegamos a una
cabaña que estaba apartada de toda civilización, como una isla en
medio del océano. No se escuchaba nada más que los murmullos de
la noche.
—¿Comer?
—Agua.
—Buenas noches.
—Muchas gracias.

VALLE LÖGURTH | 8798


N os encontrábamos presenciando un instante que cambiaría
por completo todos los demás instantes de la historia del planeta.
Filxen, a sus doscientos cincuenta y cinco años de edad, ha
desarrollado uno de los inventos más remarcables, solo un instante
más dentro de un conjunto de instantes trascendentales en toda la
historia del planeta.
—¿Puedes creerlo, Drin? Tú que te has dedicado a estudiar la
historia de toda la “humanidad”, saltos evolutivos, catástrofes,
triunfos... Ahora, ¿qué puedes decirme de este acontecimiento? —
Öngara siempre ponía a prueba mis conocimientos.
—Bueno, no puedes hacerme responsable por llamarle “humanidad”,
no sabemos hasta cuando el término “Ügaro” estará vigente; somos
solamente otro paso evolutivo de los primates. Lo podemos ver con
un poco de humildad, algún día el siguiente “paso evolutivo” nos
llamará así.
—Ja ja ja, siempre armas tus frases demasiado elaboradas. Vamos,
hoy hay que celebrar, puedo ver que estás entusiasmado con este
logro, con nuestro “paso evolutivo”.
—Por supuesto, Öngara, te conozco desde que tenía sesenta y tres
años, me conoces bien, no puedo estar más emocionado con esto,
sabes lo que significará para mí poder ver con mis ojos todo aquello
que he investigado y estudiado durante casi cincuenta años, es todo
un sueño.
—Querido amigo, yo también me encuentro emocionado, lo único que
sé de historia es lo que me has contado a lo largo de todos estos
años, cuando nuestras pláticas llegaban a un callejón sin salida.
—Bueno, algún interés tuve que despertar en ti para que ahora estés
incluido en el proyecto. —Tienes razón. Aunque sabes que necesitan
a un piloto experto y maestro en tácticas de combate, no sabemos
exactamente a lo que nos enfrentaremos en el pasado.
Öngara. Su ego, a veces más grande que su genialidad para resolver
conflictos. Nuestra conversación se vio interrumpida por las palabras
de quien presentaba el trabajo que dirigía Filxen. —Han pasado casi
ciento diez y siete años desde que comenzamos a desarrollar este
gran proyecto. Mucho trabajo de estudio e investigación, un gran
esfuerzo de mucha gente, gente que ni siquiera está hoy en día con
nosotros, a quienes precisamente se podría ir a visitar y mostrarles
que su trabajo tiene éxito en este futuro que vivimos nosotros. Para
demostrar que el TT-710 funciona, voy a responder a todas sus
preguntas sin que tengan la necesidad de hablar.
—Sí —se dirigió a Pangro, que sin decir nada, hizo un gesto de
extrañeza—, usamos como base la teletransportación. Hemos
desarrollado un híbrido entre un convencional E-710 (vehículo que
nos ha llevado a explorar planetas fuera de nuestro sistema solar), y
el WARPT (cabina de teletransportacion).
Seguido de eso, sin que nadie pudiera hablar aún, se dirigió a Longür,
capitán de varias exploraciones a Júpiter. —Analizamos todos los
riesgos posibles de colisión, es por eso que hicimos una modificación
sobre el sistema de propulsión del E-710. Ahora, su mayor velocidad
es lograda en sentido vertical; con esto reducimos en un 99,3% la
posibilidad de colisionar con cualquier objeto que nos encontremos en
el tiempo pasado al que vayamos.
Filxen contestaba preguntas que solo él podía escuchar, nadie más
las escuchaba. Pero a la vez las evidenciaba, para que todo el público
supiera de qué estaba hablando. Todos nos volteábamos para ver a
los ojos desconcertados.
—No... sí, Consejero Primordial, el doctor Drin puede apoyar la
afirmación de que no se puede leer la mente de las demás personas.
Me vi obligado a ser el único en hablar, para confirmar la petición de
Filxen. ¿Pero cómo podía saber anticipadamente lo que todos los
presentes en el laboratorio preguntarían? Antes que le hiciera esta
pregunta a Öngara, a quien tenía a mi derecha, continuó: —Doctor
Drin, y a todos los presentes, que están formulándose la misma
pregunta en sus cabezas, esto no es magia, es ciencia, es el
resultado de años de trabajo, y esta es la prueba de que el invento
funciona —con sus manos se señaló a él mismo—. Yo soy la prueba,
sé lo que cada uno de ustedes preguntaría, no lo que estaban
pensando en el presente, vengo del futuro. En ese momento, a
espaldas de Filxen, se hizo presente otro Filxen, idéntico, que
permaneció atrás.
—Él es el pasado, es decir, es contemporáneo de ustedes. Apenas
hoy en la madrugada se apareció mi yo del futuro en mi habitación
para confirmarme, antes que a todos ustedes, que la máquina para
viajar al pasado funcionaba a la perfección. Ustedes vinieron aquí el
día de hoy esperando una demostración, claro que esta demostración
está mostrada ya sin siquiera encender la máquina.
El momento fue de éxtasis total, todos nos mirábamos a los ojos,
absortos con lo que veíamos. Nadie hablaba, estábamos pasmados,
sonriendo. Comenzó una lluvia de aplausos, que parecía no tener fin.
No había preguntas, todo estaba demostrado.
“Filxen del futuro” volvió a su tiempo frente a nuestros ojos, tan
natural como quien se teletransportaba del otro lado del mundo frente
a uno mismo.
No sé si los demás presentes quedaron tan maravillados como yo.
Definitivamente, era el invento que marcaría un nuevo salto evolutivo
en la historia de la vida.
Al amanecer, experimenté una paz que no sentía desde mucho
tiempo atrás. Tuve un sueño, aparte de la visión, en el cual estaba
lloviendo de manera furiosa. Creo que nunca había visto llover así, tal
vez en el sueño de la muerte de mi madre. Recuerdo un nombre,
Peter Vuglé, recuerdo que en las primeras visiones soñé con ese
mismo nombre, más otros. Necesitaba consultar en internet ese
nombre, ¿quién era esa persona?, ¿por qué había soñado ya dos
veces con ella?, eso comprobaría si debía ingresar en un manicomio
o continuar con esta locura.

—Buenos días, ¿durmió usted bien?


Solo entendí los “buenos días”. —Necesito ir al poblado más cercano
para tomar un autobús a Chiapas.
Después de un rato de señas e ideas frustradas, pudimos
entendernos y partimos. Ahora, entre el polvo y el pasar del tiempo,
comenzaba a sentirse un calor irritante del cual no podías escaparte,
no había lugar dónde esconderse, o al menos yo no tenía uno. Cómo
extrañaba en esos momentos la nieve pálida, crujiente y gélida.
Llegamos a Monterrey, era mi manera más rápida de llegar a
Chiapas. P, por lo que le entendí a la persona que me estaba
ayudando, debía hacer una conexión y transbordar de autobús. Eso
me ponía nervioso, pero no tenía opción, no existía transporte directo.
Le agradecí por toda su atención. Tuve que darle una propina,
aunque no estaba seguro si en esos ámbitos estaba permitido. Antes
de que saliera mi autobús, busqué un lugar donde pudiera acceder a
internet. La conexión fallaba mucho, lo primero que busqué, antes del
nombre, fueron todas las noticias relacionadas con el robo del MET,
necesitaba saber qué estaba ocurriendo y más que nada saber si
mencionaban algo de mi padre.
Quizá debí empezar al revés. Otra buena persona que había
conocido vino a avisarme que mi autobús estaba a punto de partir. Ya
no alcancé a googlear el nombre de Peter; no confiaba aún
totalmente en mis visiones, siempre podía escapárseme algún dato
importante. Esta era la prueba más clara, pues en mis visiones yo
sabía que mi padre estaba bien, pero aún así quise confirmar en la
red, y como no pude buscar el nombre soñado, me estresé. El camión
comenzó a avanzar. Me sentía en el punto sin regreso, ahora viajaba
a las entrañas de un país desconocido para mí, sin conocer a nadie,
un idioma que medio entendía, un calor que me desagradaba y por
sobre todo, aún no sabía con exactitud qué me encontraba haciendo
allí; comencé a respirar, necesitaba saber más de mi papá o de Drin
Acania.
CUZCO | 2012
-¿ Q uién es esa mujer con la que estuvo? —preguntó
Michael a mi padre.
—Ella se llama Andrea, es arqueóloga, conoció a James hace tiempo
en una exposición de fotografía de civilizaciones prehispánicas...
—¡Sabe dónde está James!, ¿te dijo en qué hotel? —El agente
Michael se exaltó, él quería ir a buscarme en ese preciso instante,
terminar con todo este asunto cuanto antes.
—No, no sabe dónde está, pero mañana por la tarde se reunirán en
las ruinas. Me comentó que James tiene que ir al museo inca por la
mañana.
—¿Y cómo supo que usted es padre de James?, ¿usted también la
conocía?
—Nos topamos por casualidad en la plazoleta y en la conversación se
develó toda la información. —Perfecto, me comunicaré con Öngara
para hacérselo saber y para que mañana, cuando tengamos a James,
se reúna con nosotros. No se preocupe, esta pesadilla terminará
pronto —consoló a mi padre. Después de comunicarse con el Ügaro,
el agente se dirigió a mi padre—. Para nosotros es más conveniente
atraparlo cuanto antes, mañana a primera hora me dirigiré al museo
para interceptar a su hijo, nos conviene atraparlo cuanto antes.
—Yo quiero estar presente.
—Le voy a pedir que regrese a la plazoleta, por si llega a encontrarse
con Andrea, si ella ahora está involucrada en esto, será conveniente
tenerla cerca.
Mi padre se quedó pensativo. Algo no lo tenía tranquilo, estaba
nervioso, ansioso. Yo quería saber de qué mujer se trataba, no me
venía nadie con ese nombre a la cabeza. Ahí mismo, dentro de la
inmersión, quise llevar mi mente hacia mis recuerdos, pero me
costaba mucho trabajo, es como si los recuerdos estuvieran
bloqueados, no tenía acceso a ellos; era la prueba de que la mente es
una cosa totalmente distinta del espíritu, aunque podía afirmar que la
conciencia funcionaba como un portal para acceder a esa “realidad”,
una dimensión tan desconocida e inexplorada como el tiempo mismo.
Ninguno de los dos podía conciliar el sueño, estaban ansiosos,
seguramente la siesta reciente y el movimiento del reloj biológico les
frustraron la noche.
Mi padre llegó a la puerta color beige con el número 33 ubicado en la
calle Coquimbo. Cuando abrieron la puerta pude ver al fin a la mujer
llamada Andrea, y al ver su rostro, la reconocí. No era Andrea, era
Jazmín. La conmoción que experimenté me sacó de golpe a la
realidad. ¿Qué hacía Jazmín en Perú con mi padre?, ¿ya se conocían
de antes?, ¿ella le había sugerido que fuera con la psicóloga?, ¿con
Trudy?, ¿fue de ahí que mi padre me lo propuso?, ¿era toda una
trama perfectamente planeada? Me exalté, toda esta aventura había
sido manipulada, yo formaba parte un plan diseñado por alguien
superior a mí. Ahora, más que nunca, cuestioné todos aquellos
sucesos de mi vida a los que no encontraba explicación, ya que la
suma de todos ellos me había puesto en el lugar en el que me
encontraba, ahora, llegando a Poza Rica. Entonces estaba loco o
demente, o ¿no lo estaba? Seguía los pasos de la intención de
alguien más, pero todo esto era tan maquiavélico que me habían
hecho creer que la intención era individualmente mía; no era cierto.
Esto para mí fue una revelación fundamental. Era por eso que nunca,
en ningun sueño, en ninguna terapia, en ninguna inmersión había
logrado visualizar aquello que ya estaba planeado, por mi padre, por
el agente Michael, por Öngara o por la misma Jazmín; esto para mí
fue un impulso, era el combustible que me alimentaba a seguir.
Ahora, con este conocimiento, yo tenía una ventaja sobre los demás,
o sobre aquel que me manipulaba, pues él no sabía que —ahora— yo
sabía.
Tomé mi conexión a Tuxtla Gutierrez, Chiapas. Un viaje de trece
largas horas. A estas alturas, la suma de todas aquellas que llevaba
comenzaba a tener efectos en mi cuerpo, sobre todo en mi espalda.
Pero ahora, este impulso por saber cuál era el resultado de lo que
estaba haciendo lo hacía soportable. Ya comenzaba a dejar de
importarme si estaba loco o si, solamente, me estaban manipulando.
Al final, creía que en el momento en que yo lo dispusiera, lo
abandonaría todo y haría cualquier cosa espontánea que surgiera.
Conforme el autobús avanzaba, me di cuenta de que no me había
tomado el tiempo para ingresar a internet y buscar lo planeado
anteriormente. Comencé a respirar, pero sin intención de buscar
nada, solo respirar para oxigenar mi mente, mis pensamientos
necesitaban una inyección de oxigeno para expandirse, distanciarse,
flotar y ver todo con calma, incluso olvidar todo por al menos unos
minutos. Fue así como encontré el camino que me reconectó con un
gusto, una pasión, la fotografía. En lo que llevaba del trayecto en este
país —alrededor de la mitad de su extensión— me había perdido de
sus olores, de sus texturas, de sus maravillosos colores, una cámara
fotográfica era el modo diplomático para que los demás entendieran
lo que alcanzaba a percibir partiendo de mi vista. Pero ahora lo había
perdido todo, pues solo había visto al interior, a un futuro posible y a
un pasado nuevo. Ahora puse atención, me dejé arrullar por la lluvia
torrencial que ocurría afuera, por el paisaje inundado de verde, de
líneas que se elevaban apuntando al cielo y luego caían con fuerza,
golpeando el horizonte, para darle armonía y personalidad a la tierra
que ahora honraba, admirándola.
TUXTLA GUTIERREZ | 2012
E staban por dar las tres de la mañana. Un viaje que debió
durar alrededor de doce horas y media, se había extendido a casi
dieciocho horas. Del centro al sur del país estaban presentes las
lluvias, había desbordamiento de ríos, inundaciones en carreteras y
poblaciones. No sé en qué punto del trayecto desviaron la ruta.
Debido a esto, muchas personas, más de la mitad de los pasajeros,
se quedaron en la parada obligada del transporte, decidieron no
continuar. Pero al ver que al menos algunos no descendieron en esa
estación, yo me les uní. Con dificultad, y con ayuda de un pasajero,
entendí que el conductor decía que tomaríamos una ruta mucho más
tardada y riesgosa, pero como yo no tenía nada que perder y mi
objetivo era llegar a Chiapas, continué. No quería retrasarme más de
lo que ya me estaba obligando el temporal. El chofer me despertó
cuando anunció que ya estábamos llegando a nuestro destino.
Enseguida conseguí un taxi que me llevara a un hotel, pero el
panorama era complicado, era como si una fuerza mucho mayor a mí
no quisiera que estuviera allí, había calles y avenidas inundadas,
tuvimos que tomar una ruta desviada. Y eso no fue todo, el hotel al
que llegué no tenía habitaciones disponibles. Recordé, en ese preciso
momento, a mi padre; de algún modo nos había tocado la misma
suerte. Me urgía una cama, un baño, reposar. Mi cuerpo lo pedía, lo
necesitaba. Fue recién en el tercer hotel donde pude entrar en una
habitación. En el momento en que pude poner mi cuerpo de manera
horizontal, en la cama, me desconecté; no estoy seguro si caí en un
sueño profundo o si me desmayé, pero abrí paso a la cuarta
dimensión.
—Drin, ¿te sientes mejor? —Una persona me pregunta, está muy
oscuro y siento que me falta el aire, hace demasiado calor. Conforme
caminamos, comienza a haber más luz, más aire y entonces me doy
cuenta que estoy encarnando una experiencia de Drin Acania. No
cualquiera, es la continuación de aquella visión que tuve en mi
segunda cita con Manuel, en la que vi a los gemelos. Caigo en la
cuenta de que estos gemelos son aquellos niños que alguna vez
encontré cuidando de un jaguar cachorro. Son otros tiempos, ahora
están grandes, aquellos cuerpos pequeños y débiles han
evolucionado, ahora, con fortaleza de príncipes, con habilidades
sobresalientes y resistentes a situaciones extremas.
Poco a poco tomo conciencia de mi realidad, tomé sin aviso ni
permiso la nave para viajar al pasado y sabotear el plan de Öngara.
La etapa de edificación había sido concluida casi treinta años atrás,
donde se enseñaron técnicas de construcción, conceptualismo visual,
urbanismo, respondiendo a un diagrama de funciones básicas y
adecuadas a las necesidades de una sociedad pura y definida. Ahora
hay ciudades enormes, con edificios de figuras básicas y pregnantes,
que expresan la conexión con el cielo apuntando hacia algo superior,
hacia ese lugar de donde los dioses provienen —de donde los Ügaros
provienen, pues siempre nos han visto llegar desde arriba—, mirando
hacia las estrellas y al universo entero. Y bien es cierto que en la
escalera evolutiva venimos de un peldaño más alto, por simple ley
universal. Ahora, nos encontramos en los comienzos de una nueva
fase, fase en la cual no estoy menos de acuerdo que en otras. En sí,
todo este circo no me parece nada sensato; menos, siendo tejido por
un escalón evolutivo más alto. Es como ir en contra de la naturaleza
espiritual. Por eso fui expulsado, fui señalado por pensar diferente,
por encariñarme con el pasado. Pero de acuerdo con todas las
exploraciones que realicé cuando aún era miembro activo del IEP —
Instituto de Eventos Pasados— , “la especie”, incluyendo toda su
evolución, partiendo del Homo Erectus hasta los Ügaros, siempre se
había apegado al pasado, a permanecer, siendo que el universo
nunca es permanente; entonces y solo entonces podía creer, por al
menos un instante, en el plan del planeta verde.
Hay una crisis que inunda los pensamientos de cada individuo de la
población. Esto genera pánico, el elemento clave y fundamental para
la destrucción, para el Armagedón. Entonces, como un virus invisible
que domina a todos los continentes, en los lugares donde se
construyeron ciudades o monumentos, todo se ve cubierto por una
crisis oscura, resultado de un miedo constante y presente en
cualquier “versión del ser humano”. La muerte es la alternativa de
moda, disfrazada de sacrificio, que anula o contrarresta el caos.
Anuncia que es el único portal para salvar el alma, para descansar y
encontrar el camino eterno. Un sol rojo complementa los colores de
una imagen donde lo último que se consigue apreciar es la paz y la
tranquilidad. En una sola ciudad se encuentra un mensaje que
perdurará por cientos de años más en el futuro, el mensaje que sería
descubierto y analizado, el mensaje que sería interpretado en el año
2012 para hacer creer a aquella generación algo que tanto anhelaba,
la antítesis de su realidad, alcanzar la eternidad en esta dimensión.
Pero solo es una máscara. Detrás de esta idea “inocente”, está
escondida una intención inversamente proporcional a la eternidad
permanente (aunque sí a una eternidad espiritual). Se evitará
entonces la tercera guerra mundial, la misma que destruirá
ecosistemas, y provocará una reacción en cadena que consumirá el
94% de las especies del reino animal y el 97% del reino vegetal.
Recuerdo bien el discurso que dio Öngara, una vez que se aprobó el
plan:
“Nosotros los Ügaros no tenemos la culpa de que los humanos no
hayan podido o sabido cuidar al planeta y mantenerlo. Lo pagaron
caro, perdiéndolo todo, castigándose, regresando a una especie en
pañales que tuvo que luchar por perdurar. Pero las demás especies
animales y vegetales y la Madre Tierra no tienen la culpa de las malas
decisiones, de vivir atemorizados, de aniquilarse. Esa suerte de los
humanos no la cambiaremos, no es ni menos ni más que lo que se
merecen. Pero podemos salvar los otros tipos de vida, la vida del
planeta en sí. Él merece perdurar tanto como nosotros disfrutar de él.
Hemos diseñado la vacuna para salvar al planeta de su enfermedad,
del cáncer que lo llevará a la muerte. Dicha fórmula estará disfrazada
como la fórmula de la ‘eterna juventud’. La especie humana no se
resistirá ante semejante oportunidad, su situación caótica los orillará,
de ese modo aseguraremos la evolución de los Ügaros, nuestra
integridad permanecerá intacta y podremos vivir en un planeta nuevo,
una nueva oportunidad para la vida...”
Miles de muertes, cientos de sacrificios, reducir la especie a su
mínima expresión y el mensaje grabado que permanecerá oculto
durante generaciones y miles de años, esperando a ser activado y
acatado. No sé si tendré oportunidad de volver, en algún momento
alguien se va a dar cuenta de que he estado ocupando la máquina del
tiempo a escondidas, de manera ilícita. Entonces lo único que se me
ocurre es dejar otro mensaje, un mensaje que anule al mensaje
original. Debe estar igual de oculto que el otro, pero nadie puede
saberlo. Si esto es sabido por Öngara, habré fracasado en mi misión
de aceptar la realidad como es, cruda, polvosa, incolora y solitaria.
Por lo cual hago un apéndice del mensaje original, inmerso en la
oscuridad, esperando ser acatado en el tiempo preciso. —Drin —
Hunahpú toca mi hombro—. El mensaje está concluido, lamento
mucho que no hayas llegado antes, que no sea a mi familia a la que
salvas, a mi generación, pero estoy inmensamente agradecido por
todo aquello que nos enseñaste, por tu cariño.
Me sentí inútil, tenía la máquina del tiempo y no podía salvar a estos
seres, parecía que era tan inevitable como la extinción de la raza
humana, pero bien lo podía llamar simple evolución. —Siento mucho
no poder hacerlo, me frustra la idea de no poder hacer nada; al
contrario, yo me siento agradecido porque me mostraron todo su
conocimiento, su pureza, y es cierto decir que es por ustedes que
estoy haciendo esto, ustedes son la motivación, cambiaron mi manera
de ver las cosas, de pensar y de sentir.
Antes de regresar a mi tiempo me reuní con su padre, regresamos a
aquel sitio donde me compartió durante mucho tiempo sus
conocimientos, siempre de noche, siempre el mismo cielo despejado.
Cuando había nubes, señalaban que no era momento adecuado; me
acostaba mirando a las estrellas —o ellas me miraban a mí—, viendo
el origen de todo o cuando menos, un paso antes de esta vida. Me
pidió que me acostara en la posición habitual. Comencé a respirar. Él
hizo sus danzas. A esas alturas, ya conseguía sentir su energía
girando alrededor de mí, guiándome o limpiándome en caso
necesario. Me enseñó cómo viajar en el tiempo sin necesidad de
artefactos, aparatos o cualquier “cosa”. Comenzó por desmantelar la
concepción del tiempo, pues el tiempo es inexistente.
“Todo es, el tiempo no existe, porque ¿a qué hora es la hora de la
comida en la constelación de Orión? Es una idea inventada por la
mente humana, para comprimirse, para tener un límite y poder
materializarse; la mente siempre va a tener el control, es para eso
que concibió al tiempo, porque se encontraba vaga, porque estaba
dispersa, pero falló en la propia naturaleza de su concepción, pues
tiene control del pasado, difícilmente del presente y casi imposible del
futuro. El universo no tiene tiempo, todo es”.
Entonces, estando ahí, con mi conciencia calmada, pude ver escenas
congeladas, todo a la vez. Estaba con el pensamiento expandido, era
como ver una pintura, una fotografía de todo a la vez, todo sin tiempo,
un ser, James Patcher.
Cambié mi consciencia, era coherente lo que acababa de argumentar
y esta visión, este nombre salido de la nada que me extrañaba
totalmente. Abrí los ojos, el papá de los gemelos me dio a entender a
través de una sonrisa, que esta era la despedida, era la última de sus
enseñanzas, no volveríamos a vernos en los mismos cuerpos, pero
seguiríamos conectados en otra dimensión.

***

Desperté a las siete de la mañana. Estaba desorientado, no sabía


dónde me encontraba, ¿era parte de una visión?, ¿de mi padre?, ¿de
Drin?... Poco a poco reconocí y recordé que estaba en Mexico,
prácticamente al final de mi viaje. Intenté ponerme de pie pero no
podía, mi cuerpo era pesado como un costal de arena, mis músculos
estaban tan relajados que lo único que conseguí fue acomodar la
almohada. En ese momento comprendí cómo se experimentaba en mi
cuerpo el resultado de un viaje en el tiempo. Ya lo había sentido en el
cuerpo de Drin, entonces, supe que pasaría al menos cuatro horas
más acostado. Pero tenía un hambre descomunal, acompañada de
una necesidad de agua que no podía esperar. Como pude, alcancé la
botella de agua que estaba en el baño, me senté en el piso a beber.
Estaba frío e incómodo, pero aún no podía ponerme de pie. Cada vez
que bebía, el agua se me regaba, mi mano temblaba como si
estuviera cargando una garrafa de un galón. Tomé suficiente, para
después acostarme y rodarme hacia la alfombra. Ya estando ahí me
concentré en respirar. Aproximadamente una hora después, conseguí
ponerme de pie pero un mareo me obligó a sentarme en la orilla de la
cama. Alcancé el teléfono y pedí algo de comer, mi organismo ya no
aguantaba más, temía que me desmayara y que despertara
sospechas en el hotel, o peor aún, que me quedara inconsciente y
terminara en la cama de un hospital. Eso pondría fin a toda la
aventura, mi identidad sería descubierta. Además, mi conciencia tenía
necesidad de buscar el nombre de Peter en la computadora, así es
que tenía que sentirme estable lo antes posible. En ese momento
recordé uno de mis sueños, aquel en el que pude memorizar los
nombres de las personas con las que me encontraba, mi padre,
Jazmín, Daniel, Peter e incluso Öngara. Me había despertado por una
explosión en el sueño, la misma había ocurrido en el WTC, ¿sería
acaso ese Peter, el Peter que estaba por buscar?
Peter Vuglé, nacido el 17 de julio de 1967, en Menfis, Tenn.,
antropólogo, egresado de la Illinois Wesleyan University; doy una
repasada rápida y sin atención a algunas de sus publicaciones. En los
enlaces sugeridos aparece Daniel, pero no le doy importancia, lo
importante es que existe, es real. Me sentí feliz, tranquilo, como si
acabara de salir de una de mis sesiones con Trudy. Entonces, no
estaba loco ni enfermo, y si existía alguna posibilidad, era una locura
ideal, el desorden perfectamente acomodado, la fotografía en blanco
y negro que hacía coherente la captura; este personaje no solamente
era real, sino que tenía un hermano gemelo, Daniel. Recordé
entonces a Hunahpú e Ixbalanqué, aquella inmersión en la que
encarné a Drin. Para mí, este detalle era aún más irreal que mi
cordura, pero a su vez único, como mi locura. Del mismo modo en
que Drin había compartido una experiencia con los mielgos en la que
estaba de por medio un mensaje, ahora, en este tiempo, en esta
dimensión, yo me encontraba con dos gemelos tratando de develar el
mensaje. Era como si el universo repitiera los personajes, el sitio y el
motivo; una segunda oportunidad, los espíritus se habían vuelto a
encontrar, envueltos en una apariencia distinta. En esta ocasión haría
todo por proteger a los gemelos. Ahora tenía una sensación dentro de
mí incontenible, quería salir a encontrarlo, unas ganas de continuar
con toda esta locura, alivio en mi alma pues todo había valido la pena,
mi vida ya había valido la pena, no importaba lo que sucediera, sabía
que me encontraba haciendo lo correcto y no me detendría hasta
completar el objetivo.
Necesito ponerme en contacto con Manuel, tengo que contarle todo lo
que he vivido, las visiones que he tenido, que me encuentro a unas
horas de su ciudad, él podrá ayudarme a encontrar a los gemelos, a
concluir mi tarea. Le envío un correo, esperando que cuando llegue al
hotel de Palenque ya tenga respuesta.
Tomé mis cosas y continué. Serían alrededor de siete horas de viaje
(si es que el mal tiempo no dictaba otra cosa). Por mucho que había
descansado, ya no quería saber nada de transportes, estaba llegando
a un límite que aún no conocía. Pero mi necesidad de saber, de
continuar, de no quedarme con un fracaso que tiene su solución a la
vuelta de la hoja, me dio un último empujón al final del camino y una
de las visualizaciones con mayor impacto para mi persona.
VALLE LÖGURTH | 6267
A hora ya había aprendido a respirar y calmar la mente para
integrar más rápido, para ubicar dónde me encontraba y a quién
estaba encarnando.
Sentí el cuerpo energético y el cuerpo físico. En cinco minutos
aproximadamente abrí los ojos, me encontré en una habitación fría,
desolada, cansado y agotado. Mi cuerpo, sin color, pequeño en
tamaño respecto del último que había encarnado, por un momento
creí que era un cuerpo débil, pero reconocí que tenía la fuerza
necesaria para conducir el cuerpo en el que me encontraba.
Comencé a respirar de la misma manera que me había enseñado el
papá de los gemelos, no tenía otra cosa que hacer, pues no había
nada en aquella celda. Lo único que podía hacer, era escapar por la
ventana, que me habían dejado abierta sin darse cuenta. Continué
respirando, atravesando las barreras del cuerpo, las barreras del
pensamiento. Comenzaba a flotar, a desconectarme de esa realidad,
pero regresaba cuando escuchaba que el guardia que me custodiaba
se asomaba. La mente quería, entonces, regresar, pero en aquella
habitación no había nada, al contrario de lo que había dentro de mí,
todo un universo por explorar. Pasaron horas y horas hasta que me
quedé dormido. Me despertó la voz conocida de Öngara. Había ido a
verme porque le habían comentado que llevaba días acostado en la
misma posición, sin comer, sin moverme, solo respirando.
—¿Estás bien, Drin? —Sabía que en el interior de Öngara existía
dolor al ver a un viejo amigo pasar por algo así. Nuestra raza no
acostumbraba actuar así con un similar, nadie se merecía estar en
esa situación, pero yo era el primero, el conejillo de indias. La
mentalidad de los Ügaros había cambiado con los viajes al pasado,
era como si se hubieran contaminado. Ahora era más similar al
pensamiento bestial de los humanos, todo aquello que nacía del
miedo estaba vivo, avaricia, odio, sufrimiento, ira, enojo, frustración,
etc., me había convertido en el primer prisionero en miles de años.
—Pues, extraño, débil... pero aún respiro.
—El comité te exonerará si nos dices para qué tomaste la máquina
del tiempo, tu sufrimiento terminará.
—Ya se los he dicho antes, solo quería ver al papá y a los gemelos
una última vez, tú sabes lo encariñado que estaba con ellos.
—Sí, eso lo entiendo, y creo en ti, pero el último registro es hacia el
2012, ¿qué fuiste a hacer a ese tiempo?, tú sabes que ese tiempo es
el momento en que el mensaje es divulgado.
Ahora ya sabían de todas las exploraciones que había hecho sin
permiso.
—Intenté sabotear el plan, ponerle fin a esta locura, tú sabes lo que
pienso al respecto, los demás también, es por eso que fui expulsado.
—¿Cómo pudiste saltar la fase de integración?, ¿cómo lograbas
recuperarte antes que nosotros? Permanecí en silencio y volví a
recostarme.
—Drin, no puedo ayudarte si tú no nos ayudas, si no respondes a lo
que te pregunto.
Cerré los ojos. A los pocos minutos escuché que Öngara se
marchaba del lugar, no le di importancia y comencé otra respiración.
En mi interior me encontraba sereno y calmo, no sabía si me dejarían
encerrado hasta que muriera de hambre y con esa sentencia
indefinida ya no me importó nada, haría un viaje a mi interior, un viaje
tan largo y profundo como viajar a la galaxia más cercana. Sabía del
riesgo que corría. Mientras más lejos me encontraba, para cuando
regresara ya nada de mi realidad actual estaría igual a como era
ahora. Estaba consciente de que era un viaje sin regreso, pero ya
nada quedaba aquí. Creí que esa conclusión no era la primera vez
que era meditada, muy probablemente algún humano pensó lo mismo
al ver a su planeta destruido y decidió aventurarse al exterior, al
infinito y misterioso universo.
El acto de respirar se volvió todo, como el aire que rodea los planetas,
el aire que absorbía un agujero negro, una esencia escurridiza hacia
perpetuidad, que había existido desde siempre; ahora se había
introducido en mi cuerpo, rodeando cada célula, cada átomo,
inflándolo, separando cada parte de mí lentamente. Mi mente explotó,
se expandió tanto que una neurona era como una estrella en una
noche oscura, pero todas vivas, millones y millones, conscientes de
toda una inmensidad capturada en la misma dimensión donde fue
creada. Vi planetas nacer como nuevas ideas, agujeros negros como
recuerdos dolorosos, galaxias como anhelos enormes, estrellas como
los ojos de la conciencia, y regresé al planeta en el momento justo
cuando tomaban la fotografía de Agnes con el premio Nobel de la paz
en sus manos, ahí fue el nuevo comienzo.
PALENQUE | 2012
C ompleté siete horas y media de viaje. Llegué a la habitación
de mi nuevo hotel. No le encontraba diferencia con las demás, ya
había perdido su identidad o su sentido, para mí solo era un refugio.
No podía recordar si mi cama era cómoda, mi cuerpo se había
acostumbrado a una variable constante de asientos y camas
diferentes. Por fortuna, esta habitación tenía una tina en el baño,
elemento que no pensaba desperdiciar y dejarlo olvidado. La llené
con agua caliente, me introduje y comencé a respirar. La sesión, a la
cual me había vuelto adicto, impensable, increíble, una rutina
extravagante a grado tal de caer en la demencia. Muy pocas
personas podrían comprender un tipo de comportamiento tal,
“cualquiera” pensaría que no era lo correcto. Pero no Jazmín, si bien
ella me había involucrado en todo este tema. En ese momento pensé
mucho en ella, más que lo habitual; desde que la conocí, su belleza
irreprochable, el modo de expresarse, coherente, puro, divertido y
hechizante, cualquiera podía dejar de escuchar sus pensamientos
para hacerle caso al corazón, rendirse ante el embrujo del amor.
Solamente me habían mirado de esa manera en una ocasión. Esa
mirada y esos ojos, que reconocí desde la primera vez que me
miraron, ya me habían visto antes, en otra vida. Pero en ese entonces
aún no lo sabía. Es como cuando reconoces a alguien en la calle pero
no recuerdas su nombre, ni de dónde lo conoces. Así me había
sucedido con Jazmín, reconocía algo en ella que no lograba
comprender.
Continué respirando. El calor del agua relajó mi cuerpo. Lo
necesitaba, necesitaba resetear mi organismo. Los músculos se
reacomodaron. Fue un poco doloroso, pero reconfortante. Conforme
respiraba, la mente también se relajó, poco a poco los pensamientos
se espaciaron tanto que identificaba el espacio entre ellos. No había
nada. Pero esa nada era un todo que me llenaba de tranquilidad. No
había prisas, tampoco ansias, tenía presente que al amanecer iría a
encontrarme con Peter, de tal modo que solo me quedaba
concentrarme en el ahora. De entre ese espacio cada vez más
grande de los pensamientos, emergió la imagen de mi madre. Me
emocionó tanto que se disturbó un poco, pero regresé a la calma y se
fue aclarando. Se veía hermosa, sonriente, feliz, radiante,
deslumbrante, nunca había visto a un ángel, pero estoy seguro que si
tuviera que definirlo, sería con esas palabras. Era un momento único,
lleno de gozo, júbilo, felicidad, amor, lo sabía porque yo estaba allí.
Sentí un éxtasis descomunal. Ahora comprendía a los adictos a la
heroína: cómo renunciar a tal experiencia pseudocelestial. La abracé,
miré en sus ojos la paz materializada. No existían palabras o algún
idioma fonético, esto iba más allá, o simplemente era diferente, una
nueva forma de comunicarse, la palpitación pura del corazón sin
obligación de suministrar sangre a todo el cuerpo, solo por amor, la
energía que no tenía compromisos ni asuntos pendientes, existiendo,
vibrando, intercambiando sensaciones que yo solo podía interpretar
como celestiales, o bien, el recuerdo de estar en sus brazos. Fue una
experiencia única, que sabía se volvería a repetir, cuando me
encontrara en aquella dimensión extraña e inexplorada.
Al amanecer me desperté —renovado— de un sueño reparador, lleno
de energía. Me alisté y bajé a la recepción. Revisé mi correo, pero no
había respuesta de Manuel.
Pedí indicaciones para llegar al Parque Nacional de Palenque. No fue
difícil. El recepcionista, al ver que yo era extranjero, se me adelantó y
me preguntó si quería un taxi. Yo sólo accedí. Antes de que llegara el
taxi, me vi en la placentera necesidad de ir a la tienda del hotel a
comprar una cámara fotográfica desechable, no podía seguir más
tiempo sin mi herramienta favorita.
Soplaba mucho viento, el cielo estaba cubierto de nubes grises, casi
del mismo color de los enormes monumentos; para mí, el clima
estaba ideal, sabía que allí los calores podían ser insoportables. Todo
estaba a mi favor, en el sitio me encontré en una isla dentro del
territorio mexicano, había extranjeros de todos lados, incluyendo
compatriotas. En todo el tiempo que llevaba en México no había
encontrado rastro de algún paisano. Me sentí acompañado, pero a su
vez tuve que guardar distancia, debía mantener el compromiso de
pasar desapercibido, entre menos contacto tuviera con los demás
sería más difícil que me encontraran.
Con la ayuda de un mapa di un recorrido rápido de reconocimiento,
quería ubicarme bien en el sitio. No logré detectar alguna zona
posible donde estuviera Peter, todo el lugar se percibía completo
como área de investigación. Lo tomé con calma, fui a comprar algo
para comer y descansé unos minutos. De un momento a otro el viento
comenzó a soplar con mayor intensidad, después con una brisa
tenue, y de inmediato vi gente buscando refugio de una lluvia
aplastante. Los árboles, que habían estado murmurando, ahora se
agitaban tanto que parecían aplaudir el fenómeno. El cielo tronaba,
crujían las enormes nubes colosales al encontrarse en el cielo.
Mientras se pasaba la lluvia escuché de una familia canadiense algo
que me sacudió, que tuvo más presencia que los truenos y llamó toda
mi atención.
—¿Era un astronauta...? —Me acerqué, quería corroborar lo que
había escuchado—. Entonces, papá, ¿de dónde venía?, ¿los mayas
conocieron a los extraterrestres? —Recordé el día que vi el programa
de televisión en el que se proponía la misma hipótesis, aquel día que
conocí a Jazmín. —Se llama Pakal, es conocido como el astronauta,
porque parece que va montado en una especie de nave. —El señor
señaló la playera del niño, que tenía la imagen del mencionado Pakal.
De inmediato me dirigí a la tienda dónde estaban los souvenirs. Dicha
imagen era la más repetida en ropa, postales, figuras diminutas y
cualquier otro artículo. Yo tomé un cartel y una postal. Pregunté a la
señora que cobraba en qué edificio se encontraba dicho vestigio para
ir a visitarlo, pero me dijo que ya no dejaban entrar al público, debido
a que se estaba deteriorando mucho.
—¿En dónde está? —insistí.

—En el templo de las inscripciones. Hay que subir por la parte


exterior y después descender por las escalinatas internas que llevan
hasta la tumba, pero le repito que no dejan entrar a nadie, solo a
investigadores.
Arqueólogos. Entonces supe que ahí dentro se encontraba Peter.
Todo encajaba, este astronauta que en realidad estaba montado en la
representación de una máquina del tiempo, las inscripciones, ahí
debía estar el mensaje. Recordé aquella visión de Drin Acania en que
descendía al interior de una cueva acompañado por uno de los
gemelos para plasmar el mensaje. Ahora, en mi realidad, uno de los
gemelos Vuglé estaba en el interior, y nuevamente yo —aunque
ahora en mi cuerpo— acompañaría al gemelo para descifrar el
mensaje. Los turistas comenzaron a retirarse del sitio, al ver que la
lluvia estaba empeñada en seguir — parecía que continuaría por
horas— hasta que cerraran el parque. Entonces supe que era mi
momento de actuar, debía infiltrarme hasta aquella tumba. Regresé a
la tienda, para conseguir una linterna y un impermeable. Ahora
caminaba sin guión, no había tenido ninguna visualización o
premonición que me indicara por dónde ir, la oscuridad actuaba como
aliado y enemigo, me protegía de que algún vigilante me encontrara,
pero del mismo modo protegía el edificio que estaba buscando. La
lluvia había bajado su ritmo, pero aún así era un obstáculo más, no
tenía cómo proteger el mapa, así es que lo metí en la bolsa dónde
tenía el pergamino extraído del MET. Comencé a subir a un edificio,
probablemente desde lo alto me sería más fácil ubicarme, pero no fue
así; lo que sí encontré fue una cornisa en la cual pude refugiarme y
estudiar el mapa. Con cada relámpago, las caras húmedas de los
edificios se iluminaban. Era el flash que iluminaba la fotografía que
duraba un par de segundos en mi mente, para después velarse
lentamente como espuma de mar. De nada me servía la cámara que
había adquirido, todas las fotos que había tomado estaban en el rollo,
por lo que me concentré en revisar el mapa, observé las grandes
explanadas, los edificios dentro del cuadrante del ojo de la cámara,
era una habilidad que tenía desde que recuerdo, con cada fotograma
fui armando un gran rompecabezas en mi cabeza hasta que pude
concebir cómo se veían las figuras desde arriba, después lo corroboré
con el mapa y parecía tener coherencia. Descendí del edificio y me
dirigí hacia donde mi intuición lo indicaba. Crucé por ríos de agua,
lagunas, estaba como si me hubiera dado un chapuzón en una
piscina, alcanzaba a proteger el documento y el mapa, la linterna, la
cámara, mi cartera, pasaporte, etcétera, con ayuda del impermeable;
me escondía cada vez que podía, presentía que alguien me
perseguía, que alguien tenía puestos sus ojos en mí, pero no era la
sensación de que fuera un guardia de seguridad, eran los dioses de la
antigüedad, las figuras ornamentales, los espíritus que merodeaban el
sitio. Incluso, me cruzó por la mente Öngara.
Ahora estaba a los pies de un enorme edificio. Comencé a subir lo
que prácticamente era una cascada. Corría con suerte, el suministro
de energía del lugar se había cortado accidentalmente por el mal
tiempo, la oscuridad me acompañaba. Ahora estaba en el edificio
indicado, el Templo de las Inscripciones, el sitio perfecto donde podría
estar el mensaje que se había dejado grabado por órdenes de
Öngara miles de años atrás. Leí el letrero que indicaba “no entrar”,
pero ya había violado suficientes reglas como para detenerme ante
una simple cadena. La brinqué, y ahora, con ayuda de mi linterna,
alumbré el camino hacia abajo. Hacía mucho frío, por lo que me quité
la ropa y la exprimí lo más que pude, de algo debía ayudar. Las
escaleras eran demasiado incómodas, pero no imposibles. Entonces,
antes de llegar al fondo, supe que Peter no se encontraría en esos
momentos allí, sin luz, con la tempestad. Muy probablemente se
encontrase en la habitación de su hotel, disfrutando de un baño que
por el momento yo le envidiaba. Sin embargo, ya me encontraba allí.
Vi la enorme lápida de siete toneladas, fue impresionante imaginar
cómo la introdujeron allí. Pero lo que también me impresionó fue
encontrar pertenencias de alguien que había estado allí
recientemente. Revisé la mochila, tenía escrito: “P. Vuglé”.
Pude escuchar que alguien bajaba por las escaleras. El espacio era
reducido, no tenía a dónde escapar. —¿Peter Vuglé...? ¿Peter Vuglé?
—repetí, con más intensidad.
Respondieron en español, y casi de inmediato vi a un hombre de
estatura mediana originario del lugar. En segundos pensé que todo
había terminado, me llevarían con las autoridades, no tendría
oportunidad de completar las visiones y todo aquello que había
planeado; pero a la velocidad de un relámpago y de la nada surgió
una idea, le hice saber que me encontraba buscando a Peter Vuglé,
probablemente él sabía en dónde se encontraba. Él decía dos
palabras en mi idioma, “montaña- edificio”, “él-allá”, “montaña-
edificio”; no entendía bien, pero al menos él creyó que yo formaba
parte del equipo de investigación de Peter. Seguido de esto, entendí
que había sido enviado por Peter para recoger su mochila que tenía
allí y debía llevársela. Después de algunos minutos tratando de
entendernos, llegamos a la conclusión que le llevaría las
pertenencias, ya que yo debía también encontrarlo. Lo único que
quería el sujeto era ir a bañarse en su casa, pues estaba en la misma
situación, con la ropa empapada. Como pudo darse a entender, me
explicó cómo llegar adonde Peter se encontraba y nuevamente dijo
“edificio-montaña”. Al hacerle saber que había entendido, subimos a
la superficie, le entregué mi linterna y mi impermeable, y yo tomé
prestada una mejor linterna y otro poncho de la mochila de Peter. Al
despedirse, el sujeto repitió: “edificio-montaña”, estas dos palabras,
siempre en un inglés adaptado. Con esta linterna mi visibilidad mejoró
casi en un cien por ciento. Comencé a avanzar por el camino que me
había sido indicado. En escasos treinta pasos ya estaba rodeado de
jungla espesa, árboles enormes, plantas, enredaderas, troncos
derribados. El camino estaba recién trazado, podía ver a mi derecha
una pendiente que bajaba y a mi izquierda su continuación en
descenso, entonces comprendí el porqué de la insistencia del sujeto:
montaña. Pero ¿por qué también decía “edificio”?, ¿no sería que en
su inglés, ambas significaban lo mismo?, o tal vez se intentó despedir
de mí, no lo sabía. El camino comenzó a ponerse difícil conforme
avanzaba, crucé dos arroyos que llevaban bastante fuerza, la
suficiente como para no mantenerme en pie. Entre la lluvia, la
oscuridad, el cansancio y el desorden de la naturaleza, el camino
comenzaba a desaparecer. Por momentos no parecía ya un camino,
pues no había vereda, no se veía un trazo definido como metros
atrás. Justo en ese momento, giré sobre mis espaldas y me encontré
perdido. El camino por el cual había avanzado había desaparecido,
solo veía la inmensidad de la jungla, la lluvia que caía a plomo. Me
faltó el aliento y me inundé de miedo, estuve a punto de intentar
regresar, pero el camino no existía, era inútil. Apunté la linterna al
suelo, donde me llamó la atención una enorme piedra. Sus formas no
eran naturales, le puse más atención aún, tenía algo grabado en sus
caras. Le quité algunas plantas con las manos, era un monolito
enorme. Un trueno ensordecedor me hizo saltar, estremeció mi
cuerpo de pies a cabeza. Justo entonces, entendí: “edificio-montaña”,
la montaña por la que estaba caminando, en donde me encontraba
parado, no era una montaña, era un edificio, una pirámide de
enormes dimensiones. Continué avanzando, por muy grande que
estuviera la montaña o edificio, daba igual, en algún momento
regresaría al punto en que había partido, la rodearía, le daría la
vuelta. Después de unos metros más, el camino presentó una clara
división, a mi izquierda, una pendiente que subía, y de frente, más y
más selva. Traté de ver sobre el camino de la izquierda. La subida no
estaba lejos. Dejé una marca con unos troncos y comencé a subir.
Con los pasos notaba los perfiles de escalones desgastados que se
asomaban de entre la tierra y la hierba y entonces, frente a mí, a unos
veinticinco metros, hasta donde alcanzaba a alumbrar, vi claramente
la entrada de una cueva o en este caso, lo que sería la entrada del
edificio.
Entré en una habitación tapizada de glifos. Se podía decir que nadie
había puesto un dedo en aquel lugar en miles de años, todo estaba
lleno de polvo y telarañas. En el edificio del que venía, por el
contrario, se veía la intervención de la mano del hombre moderno; el
plan de Öngara marchaba como lo había planeado, el mensaje había
sido encontrado, solo faltaba traducirlo y entonces la pesadilla que
trataba de evitar Drin a través de mí se haría realidad.
No vi ningún rastro de Peter, por lo que seguí mi recorrido a través de
un pasillo que tenía raíces de árboles que caían del techo, escombros
y más dibujos antiguos de ambos lados, semejando las fotografías de
momentos sobresalientes de aquellas épocas, alientos encapsulados
a través del tiempo. Muchos escalones estaban destruidos, peldaños
extraviados descompletando la intención original, pero alcancé a ver
al final del descenso los pequeños y delgados rayos de luz que se
asomaban por el vano de la entrada a otra cámara.
—¿Peter? —grité.
—Sí, por acá abajo.
Ajusté las líneas que diría al momento de estar frente a Peter, él no
se esperaba mi llegada.

—Juan, ¿trajiste todo lo que te pedí? —Peter estaba de espaldas


alumbrando con una vela uno de los muros donde no faltaban más
símbolos. Había hablado en español.
—Él se fue a descansar a su casa, mi nombre es James. —Peter se
giró para verme, pude ver su extrañeza en los ojos.
—Traje lo que le pediste.
—Muchas gracias, ¿que hace usted aquí?, es muy noche, no
esperaba a nadie más y menos en esta zona.
Me vi en la obligación de elaborar una mentira basada en la verdad, le
comenté que era fotógrafo y que me encontraba haciendo un trabajo
para un libro, desafortunadamente mi equipaje lo había extraviado la
aerolínea, momentáneamente me encontraba desarmado, debía
esperar que apareciera mi equipaje, aunque no tenía muchas
esperanzas. Aún no sabía cómo pedirle que me compartiera su
trabajo, cómo acercarme al mensaje, a aquello que estaba detrás de
las escrituras.
—¿No tienes permiso para estar aquí?
—No, de alguna manera la naturaleza de este sitio me envolvió y me
trajo hasta aquí. —Esto podía ser la excusa perfecta, yo tenía un
conocimiento exclusivo y poderoso—. Este lugar es enigmático, la
curiosidad es la que me ha traído hasta aquí y me ha llevado a violar
las leyes. Pero vale la pena, al menos por un momento, disfrutar de la
grandiosidad de una civilización tan avanzada. —Tenía que seguir mi
ataque, enredar a Peter en el juego que lo llevaría a tenerme
consideración, si es que todo salía bien—. Pareciera que fueron
ayudados por alguien más. Peter se quedó callado por unos
segundos, su silencio me parecía positivo, lo había hecho pensar. —
No es fácil conseguir permiso para trabajar en este lugar, todos
quieren preservar intactas estas maravillas. Contradictoriamente,
adentro de la selva hay saqueadores de fragmentos de historia,
pedazos de rompecabezas que son esenciales para el trabajo de
nosotros. Entiendo que tú no seas un saqueador, también sé por lo
que estás pasando al tener extraviadas tus pertenencias. Puedo
evitarte un problema diciendo que formas parte de mi equipo. Espero
que después, en el futuro, cuando tengas tus instrumentos
necesarios, me apoyes con las imágenes. —Se lo agradezco mucho,
Peter, cuente con ello.
—Esta tormenta no se detendrá esta noche, pero al menos tenemos
resguardo aquí. Sugiero que descansemos, pues regresar ahorita
puede ser muy riesgoso, aún no me aprendo el camino. Espero que
estés acostumbrado a dormir en el suelo.
En ese momento me supe en el sitio adecuado, pues mi cuerpo había
tenido un entrenamiento de sitios incómodos. —Creo que no será
mucho inconveniente, prefiero esta opción a aventurarme de regreso,
fue muy difícil encontrarte.

Continuamos la charla no más de una hora, ambos estábamos


cansados y fuimos vencidos por el sueño, arrullados por los crujidos
del cielo enfurecido. Los truenos traspasaron la barrera de su
dimensión y se hicieron presentes también en mi sueño.
CENTROAMÉRICA | INMERSIÓN
20
M ientras Öngara y Drin Acania estaban en su fase de
integración, Pakal, al saber de antemano esto, entró en la TT-710. No
era su primera vez, muchas otras veces lo había hecho. Entraba
desnudo, seguía el ejemplo de sus dueños que no usaban ningun tipo
de ropa. Así también, tenía la creencia de que era un ser sagrado y
merecía un respeto. Tomó asiento dentro de la nave, observó la luz
que entraba por un panel traslúcido, cubría todo el tablero de
controles, incomprensible para él, como incomprensible era para mí
toda la simbología grabada en las ruinas. Sintió miedo de tocar
cualquier cosa, sabía que estaba sin permiso ahí y no quería
traicionar a sus nuevos dioses, pero entonces sintió coraje, ¿por qué
no era digno de usar el artefacto?, ¿qué era lo que lo diferenciaba de
los dioses?, ¿conocimiento?, ¿pureza?, ¿divinidad?, ¿iluminación?,
¿o acaso algún atributo celestial? En su caso, el coraje fue lo
necesario para accionar la máquina. Pakal el grande viajó al año
2012, aterrizó en una planicie y se vio abordado por una nostalgia
interminable. La ciudad, vacía, callada, en silencio. La gloria era solo
un buen recuerdo. El cielo estaba despejado, se alcanzaban a ver
algunas estrellas, el sol de la noche dominaba con su luz blanca,
dotando de una atmósfera única a la ciudad. No se asemejaba en
nada a toda la gama de colores que alguna vez tuvo. En la escena del
momento todo era blanco y negro, como una película de cine mudo.
Caminó por los edificios, los jardines, hasta que llegó a la pirámide
donde estábamos durmiendo. Cuando entró en la habitación en la
que nos encontrábamos, me desperté y miré de inmediato hacia el
acceso. Me sorprendí al ver los ojos de un jaguar, que, al mirarme,
salió de la habitación para no regresar. Había sido un sueño común y
corriente, así como soñar con mares agitados o volar, no como soñar
con la paz del mundo, ni tampoco como todas aquellas alucinaciones
que había tenido con mayor intensidad en los últimos años; y si esto
había sido una alucinación, ¿con qué objetivo había tomado Pakal la
nave?, ¿sólo para visitarnos y retirarse?, ¿había viajado a otro
tiempo?, ¿al tiempo de Drin Acania?, ¿había subido simplemente por
satisfacer al ego y tomarse una fotografía (entiéndase por fotografía el
grabado bajorrelieve), para lucirla en su tumba? Ego inmortal,
polémico, perseverante, inmutable, destructivo, orgulloso y antiguo
como la existencia misma del hombre.
No pude retomar mi sueño, me quedé pensando en cómo integraría a
Peter en la empresa. Sería más difícil que a mi padre, necesitaba el
apoyo de la respiración, una inmersión que me guiara, qué decir,
cómo actuar, qué señalar; antes de que Peter despertara, comencé a
respirar, concentrándome con cada inhalación y exhalación. Estuve
así por más de una hora, hasta que entendí que no podía obligar a
despertar a mi espíritu, a decodificar aquello que estaba en el
subconsciente. Ya había amanecido, pero la habitación continuaba
igual de oscura. Salí a tomar aire fresco y a aprovechar los rayos de
sol que se colaban entre el follaje de los árboles.
—Por fin dejó de llover.
—Parecía que no iba a parar.
—Necesito un favor, espero que entiendas que mi trabajo me
apasiona demasiado y no quiero separarme ni un segundo de este
sitio, ten la llave de mi habitación y tráeme una muda de ropa nueva,
carga mi celular y tráeme de comer. —Peter confiaba en mí, por
alguna extraña razón, o tal vez estaba a prueba. Sea lo que fuera me
daba ventaja.
—Sí, claro, regresaré tan pronto como pueda.
No tardé casi nada en su hotel, solo recogí las cosas y me dirigí a mi
habitación, donde lo primero fue poner a cargar el celular. A
continuación, bajé a la sala de computación para revisar mi correo,
pero fui interceptado por Manuel. Me extrañó tanto como me llenó de
entusiasmo el escuchar su voz. No entendí, ni me metí a investigar
porqué no había contestado los correos anteriores, simplemente nos
saludamos con mucho afecto, como si el tiempo hubiera actuado en
beneficio de la amistad. Después de una breve conversación, para
ponernos al corriente, le comenté que esa misma madrugada había
intentado despertar el inconsciente pero no lo había conseguido,
probablemente con su ayuda podría lograrlo. —No puedes presionar
al inconsciente o al espíritu para que te muestren aquello que es
imperceptible a los ojos, es como si trataras de agarrar arena fina
empuñando tu mano; deben ser seducidos por la indiferencia, la paz,
la tranquilidad, la delgada línea del presente que divide al inmenso
pasado y al supuesto inmenso futuro. Cuando no esperas nada,
cualquier cosa, pensamiento o sensación se vuelven la sorpresa más
sabia, si es que tienes la paz y la tranquilidad para notarlas.
Se me había olvidado la manera especial que tenía de expresarse; de
un modo coherente, seducía a mi inconsciente o me hacía pensar de
un modo mucho más analítico. —Te invito una cerveza en el
restaurante, eso te tranquilizará, te hará indiferente y te mantendrá
presente. —Me miró sonriente. —Me pondrás bien al corriente de tus
visiones y lo que más me da curiosidad, ¿qué te trajo aquí?
Resolví que tenía una hora mientras se recargaba el móvil, por lo que
acepté la invitación. Le conté entonces todas las visiones —o al
menos, las más sobresalientes—, las nuevas terapias, el mensaje, el
fin de la humanidad, la identidad de Drin Acania, hasta mi encuentro
con Peter y la búsqueda del mensaje. La plática no pudo concluirse
pues necesitaba volver a las ruinas. Manuel tenía toda la intención de
apoyarme para involucrar a Peter, pues dependíamos de sus
conocimientos. Recogí todo lo necesario y nos dirigimos al encuentro
con Vuglé. La verdad cruda, pura y poderosa interesó y atrapó al
aficionado a las vidas pasadas, investigador nato de la magia de los
mayas. Su ego abogó por el reconocimiento, el descubrimiento de
una nueva pirámide, una nueva tumba, un mensaje dirigido a la
humanidad, que cambiaría el destino y su vida por completo. Así
también su inquietud por desnudar la verdad, por llegar hasta aquello
que se encontraba oculto y resguardado en las telarañas del tiempo,
esa misma sensación emotiva al quitarle la envoltura a su regalo de
cumpleaños, ¿qué había allá dónde sus ojos no podían mirar?, era un
ímpetu por saberlo, que lo podía llevar a no dormir por la ansiedad de
armar el rompecabezas y poder gozar de su totalidad coherente.
Ahora Peter no se detendría, no saldría de aquella pirámide por
ningún motivo, si podía satisfacer sus necesidades básicas. Con eso
le bastaba, y su necesidad básica era descifrar el mensaje.
Me sentí inútil por un momento, estaba allí acompañado de dos
personas con conocimientos honorables a mi parecer, genios en su
materia respectiva. Manuel sabía mucho de la cultura, un poco del
dialecto, muy probablemente sus sesiones tenían algo de parecido
con las que hacían aquellos antepasados, quizás el mismo Pakal, por
lo que casi se codeaba con los Dioses. Peter, diestro también en la
cultura, quizás con datos más precisos que los del mismo Manuel,
pero nada de dialecto, tal vez un poco de español. Con todos sus
estudios, reconocimientos y condecoraciones, me hacía acordar mis
años en la primaria, donde siempre había algún alumno que sacaba
diez en todo y era premiado. Me sentía exactamente igual que en
aquel entonces e incluso en mi mismo papel, con locuras dentro de mi
cabeza, cosas que parecían no encajar con la realidad. Pero en esta
ocasión, las pirámides eran reales, los personajes eran reales y la
existencia del mensaje sentenciaría mi cordura y el lamentable fin de
la humanidad. Aunque después de todo, mi ego rescató un poco de
terreno al afirmar que era por mi locura que estos dos genios estaban
reunidos. ¿Qué pensarían ellos de todo esto? Persiguiendo sueños
de alguien como yo, cómplices de mi locura al querer rescatarme de
ella. —Vuglé, regresamos en un momento —Manuel se dirigió a
Peter.
—Ven, acompáñame. —Me dirigió la mirada.
Afuera, el sol se asomaba entre nubes enormes que lo cubrían por
largos segundos. Esto hacía permanecer el entorno a una
temperatura agradable. Subimos a la parte alta de la montaña. Se
apreciaba un paisaje hermoso, me temblaba el dedo índice de mi
mano derecha, como extrañando su habitual desempeño al
registrarse la información proporcionada por la vista, el encuadre
perfecto, la composición adecuada y presionar el botón una y otra
vez, después vendría la postproducción y una soñada perpetuidad.
—¿Te sientes más tranquilo?, ¿despejado?
—Sí, siento una extraña tranquilidad en este sitio.
—Antes no, ahora sí; así como tú, así como dentro de tu mente.
¿Puedes hacer una respiración ahora?
—Ahora entiendo lo que me mencionaste por la mañana. Sí, estoy
listo.

GRAN PIRÁMIDE | 2012


M i padre conducía un 4x4, tenía crecida la barba, su ropa
era la misma que cuando estaba con Michael en Perú. Su aspecto me
recordó al mío cuando iba llegando a Chiapas, después de horas y
horas de viaje. El agotamiento y la fatiga en su papel más natural,
complicando que los sentidos se mantuvieran alerta. En el asiento de
atrás, recostada, con sus ojos cerrados, respirando tan suavemente,
en pleno sueño, la hermosa mujer de cabello oscuro, quebrado, y por
el momento, un poco maltratado, tal vez por el viaje y muchas horas
de no darle el tratamiento adecuado, deshidratado, representaba en
Jazmín la marca de un viaje largo, muy largo. Hasta el momento no
había señal de Michael o de Öngara; entonces observé la carretera,
el paisaje que la contenía, el cielo gris amenazando con una tormenta
que yo ya conocía.
Mientras esto pasaba por mi cabeza, sentía el aire intenso que
caminaba por mi cuerpo distendido sobre la cima de aquella montaña,
el viento y el clima eran la conexión con estas dos realidades que
estaba experimentando paralelamente. Ese mismo viento que sopló
en mi rostro viajó con la rapidez de un impulso sensorial al cerebro,
hasta llegar a la ventanilla del auto que conducía mi padre; reconocí
la calle donde estaban, los vehículos, la gente, los olores, los colores,
el idioma —que aún no dominaba, aunque sí reconocí el nombre del
hotel—. Era el hotel donde se estaba hospedando Peter. Jazmín y mi
padre estaban en Palenque. Comencé a desesperarme, la ansiedad
me sacaba de la inmersión lentamente, como enrollando el carrete de
una caña de pescar mientras me resistía a lo inevitable. Escuché la
voz de Manuel pero no le presté mucha atención, aún quería saber
más. Manuel tocó mi hombro, vi a Michael y Öngara en una jungla
donde soplaba un viento fuerte y llovía simulando una ducha
agradable, abrí los ojos, motivado por las gotas de lluvia que
terminaban por traerme de vuelta al presente.
—¿Estás bien?, respira. —Manuel me acompañaba.
—Necesitamos irnos, mi padre y Jazmín están en el hotel de Peter, o
estarán. Michael y Öngara también están cerca, puedo suponer que
los han seguido sin que lo sepan. Interrumpimos a Peter, que parecía
estar en un trance parecido a lo que me sucedía en las inmersiones,
le expliqué lo sucedido.
—No sé que es más importante, si es cierto que Öngara está cerca o
la comprobación de que no estás demente. Lo que he descifrado aquí
encaja perfectamente en lo que me has relatado con anterioridad. Sé
que no tienes conocimientos de simbología, y aunque los tuvieras,
nadie ha estado en este lugar antes, es un hallazgo que he hecho
recientemente; gracias a que se encuentran en perfecto estado me ha
sido más fácil comprenderlos. Aquello que no alcanzo a comprender
es la extraña habilidad que tienes para tener estas visualizaciones. Si
tienes que marcharte ahora, está bien por mí, pero me gustaría saber
todo aquello que has visto.
Era cierto. Después de todo, ese reconocimiento que Peter acababa
de hacerme, me ponía a su nivel; no tenía una habilidad como la de
ellos, pero era la pieza clave en todo el rompecabezas. Sería
interesante charlar con él acerca de todo aquello que ocurría en mi
inconsciente, era alguien ante quien tenía credibilidad. Sin embargo,
algo me decía que esa charla no sucedería, quizá porque no había
tenido visiones de Peter, más que solo su nombre en aquel sueño de
la explosión.
Había conseguido traducir donde se confirmaba la existencia de
dioses que llegaban en artefactos que volaban por los cielos,
trayendo conocimiento y prosperidad a las poblaciones. También
comenzó a traducir el fragmento donde comenzaban la decadencia,
enfermedades, guerras. Pero el mensaje aún no aparecía, me temía
que el mensaje no estuviera escrito como tal y que viniera en modo
de acertijo, con simbolismos disfrazados de jaguares, de
constelaciones, ideas de Dioses y Dioses Ideáticos. Lo cierto es que
el mensaje podía también presentarse de manera simple y concreta
—en glifos mayas, claro—. Si en mis visualizaciones hubiera
alcanzado a ver con exactitud en dónde se encontraba, me habría
hecho cargo y ya estaría en mi camino de regreso a casa, pero por
algo Peter estaba dentro del juego, requería de su talento para
completar la misión. Manuel y Peter intercambiaron sus números de
celular, para poder estar en contacto. Habíamos acordado que lo
mejor era mantenernos alejados de Palenque, ya que en caso de que
estuviera acertado en la ubicación de Öngara, con seguridad
visitarían las ruinas y el encuentro entre ellos y nosotros no era lo
más adecuado.
Manuel me dejó en su casa y se dirigió al hotel para interceptar a
Jazmín y a mi padre. Me quedé ansioso, inquieto, sin poder hacer
otra cosa más que esperar. Probablemente yo era el que más
escondido debía permanecer, porque que estuvieran todos cerca
quería decir que me estaban buscando, aunque no sabía cómo
habían definido que yo me encontraba aquí, si bien nada de esto era
coincidencia.
Instrumentos musicales endémicos, flautas, tambores, guitarras
extrañas, pieles de animales diversos, felinos, plumas de aves de
todos los tamaños y colores, algunas estructuras óseas, cráneos,
velas, inciensos, plantas, hierbas; todo un folclore que aparentemente
no tenía nada que ver, pero analizándolo tal vez tuviera coherencia;
también al oler aquella habitación se percibía una mezcla de esencias
que culminaban en un solo aroma, único, jamás antes había percibido
algo así. Similar, sí. Cuando recibí las dos sesiones en Boston,
llevaba algunas hierbas, suponía que era parte de su ritual; todo el
escenario me distrajo el pensamiento, ya no estaba preocupado o
inquieto, me encontraba sentado, en calma, cualquier cosa que
sucediera, sucedería, yo había hecho lo que estaba en mis manos y a
mi alcance.
Cerré los ojos y me concentré en la respiración. El aire que ingresaba
a mis pulmones y después a todas las células de mi cuerpo. Tal vez,
de alguna manera, ese aire que inhalaba era tan antiguo como la
civilización Maya. Existía la posibilidad de que ese aire hubiera sido
respirado por Hunapú e Ixbalanqué, pero entonces también quería
decir que lo había respirado Toureson, Öngara y Drin Acania. Ahora
lo respiraba yo. Con esto podía comprobar que el tiempo era un
invento creado por los humanos —en cualquiera de sus versiones
conscientes— para los humanos. Una ley que nos regía del mismo
modo que la ley de gravedad, el espacio, y por dentro de nosotros
muchas leyes más, invisibles al afirmar que así funciona el cuerpo.
Funciona así porque así queremos que funcione, porque en esta
dimensión así debe ser, somos “dados a luz”, somos seres que
comen luz, iluminados, y esa luz es generada en el sol, a 149.597.871
kilómetros de distancia aproximadamente. Al concebirlo en una
medida de tiempo y de luz —porque así le llamamos a esa energía—,
se puede afirmar que el sol no “está allá”, la luz está dentro de
nosotros, nos constituye, todo es energía, somos energía. Dentro de
mi cabeza se dibujó un cuadro artístico hiperealista, a tal grado que
rozaba con la calidad de una fotografía. Una silla de madera, de
formas simples, ortogonales, incómoda, creada por una mente que
buscaba solucionar, pero que terminó por crear una necesidad;
colocada en una terraza mirando al Central Park. La imagen cobró
vida, su sombra danzaba a sus pies, mostrando un movimiento
repetitivo. Esta era generada por la luz del sol. La sombra danzaba
con tanta prisa y gozo, que sedujo al pasto, quien inundó y alfombró
el pavimento donde la sombra llevaba a cabo su ritual, la misma que
ahora tenía otra textura, al proyectarse sobre las hojas del pasto. En
breve se vio acompañada por otra sombra, que danzaba al mismo
ritmo, pero que comenzaba a crecer en su tamaño. Rápidamente su
sombra era más grande y estorbosa, un árbol enorme era integrado a
la imagen, el pasto y la hierba junto con él, destruían la terraza y la
silla caía saliendo así del encuadre. El sol destruiría todo el mobiliario,
todo lo creado por la mano del hombre, pero mantendría al pasto vivo,
a la “naturaleza” que simplemente había evolucionado para
comprender a la perfección a la energía. El hiperealismo de la imagen
traspasó las barreras de la comprensión y el entendimiento humano,
esa imagen ocurría siempre en nuestro entorno, en la vida misma.
Nosotros los humanos estamos a mitad de la realidad, somos la línea
delgada entre el pasado y el futuro, somos el presente. Aquello que
nace naturalmente, proveniente de la naturaleza, es capaz de
soportar el origen, de, incluso, ser eterno a través de la luz; pero los
humanos, estamos o creamos una dimensión quizá menos cercana a
la luz. Aquello que es creado en la consciencia terrenal no es
duradero, obstruye la luz verdadera, la energía divina termina por
“destruirlo”, por darle un fin. En el escenario planteado, plantas
crecerán y la silla se verá destruída por la luz y consumida por ella
misma, para dar paso a un tipo de consciencia incomprensible para
nosotros, un tipo de vida incomprensible para nosotros. Demasiado
inteligente, inteligente más allá de lo que podamos llegar a concebir,
que ha sabido vivir en armonía, que sabe regenerarse y respetarse,
que ha perdurado por millones de años más que la existencia del ser
humano. De él, su alimento, el que lo limpia, lo purifica y pretende
exterminarlo, pues es la esencia de la vida eliminar al ser más débil.
No es coincidencia que del reino vegetal sean originarias las drogas
más “dañinas”, pero también, las más cercanas a la luz que no
comprendemos, las que alcanzan a iluminar nuestra imaginación,
nuestros pensamientos, que generan nuevos neurotransmisores o
echan a funcionar los que están empolvados, que nos dan una
probadita de la “luz”, pero en realidad son el preludio de la energía
que termina transformándose en otras formas y trasciende cualquier
dimensión, aquella a la que hemos bautizado pero que ese concepto
no tiene nada que ver con lo que en realidad es. Es por eso que los
humanos se ven atraídos por la luz, al no entenderla y prohibirla, se
vuelve enigmática y seductora.
Dicha energía ya consiguió su propósito con las ciudades ancestrales,
chinos, egipcios, fenicios, mayas, sus ciudades fueron devoradas por
“la naturaleza”. Yo era testigo de ello. Aquello que fue un edificio, se
había convertido en una montaña, elemento natural. El ser más débil
había sido el hombre, y eso se mantenía hasta hoy en día, se
conservaba igual. Todos los estudios realizados por el mismo hombre
acabarían en un triunfo fulminante del reino vegetal, el ser de luz más
hábil, que no se definió por “el tiempo”.
Se podía decir que el sol era el enemigo que estaba detrás de todo el
plan de destrucción, pero a su vez daba “vida” a todo aquello que nos
rodeaba, de algún modo el hombre quería que sus creaciones fueran
tan perfectas y que perduraran tanto o más de lo concebido, edificios,
objetos, fortunas, leyes, herencias. Sin embargo, aún no lo
conseguía. Ejemplo de ello eran los mayas, sus edificios aún estaban
de pie y sus pertenencias aún podían funcionar, la ambición de Pakal
fue más grande que su vida misma, había conseguido perdurar
expuesto a la luz; y su legado no era lo mejor logrado, pues era un
lenguaje incomprensible para la gente del futuro, toda la fortuna
regada y sin dueño. Quedaba entonces una hipótesis abierta, los
mayas, dueños de una considerable parte del continente, habían
descubierto el desapego, pieza clave para su trascendencia y detrás
de todo, la idea de un Ügaro.
No comprendía exactamente cómo había llegado a imaginar
semejante conclusión, quizá la mezcla de aromas en la habitación.
Me sentía iluminado por dentro, tal vez eso explicaba todas las
visiones, no era que algo estuviera mal dentro de mí, que existiera
algún tipo de locura. Esto era algo que nadie comprendía porque
nadie había hablado de ello antes, porque yo había conseguido
silenciar al ego y aceptar otras realidades, un campo de posibilidades
infinitas, donde una posibilidad era que algo que nos define como
especie humana, el tiempo, en realidad no existía. Llegué a suponer
que Manuel había hecho esto a propósito, que había dejado
encendida determinada vela o incienso, para que tuviera una
revelación como tal. Sea como fuere, me encontraba en una paz que
nacía de mi pecho y se extendía hasta donde mi vista alcanzaba a
divisar, hasta donde mis oídos lograban escuchar, hasta donde mi
mente podía imaginar. Toda la atmósfera era de quietud. El silencio
se extendió por todo el lugar, apaciguando cualquier sonido que
estuviera a su paso. Solo una cosa percibía, mi respiración, que era la
expresión viva de la paz. Sin embargo, la llave que entró en el
picaporte y abrió la puerta de entrada atrajo toda mi atención, la paz
se desvaneció en una sola exhalación. Aunque más bien fue como
una transmutación, pues al mirar a mi padre me sentí en paz. Él se
encontraba bien, aunque algo cansado; y tuve un recuerdo que se
sentó en la realidad, aquella misma sensación que alguna vez tuve de
niño, mirar entrar a mi padre a la casa y la seguridad de que detrás de
él cruzaría el umbral de la puerta mi madre. Entonces vi a Jazmín, a
quien por primera vez, le encontraba parecido con mi madre. Quizá
físicamente solo en sus ojos, pero algo tenía su presencia que me
hacía recordarla aún más, sentirla; abracé a mi padre con el mismo
abrazo que nos dimos cuando ocurrió la desgracia de sus amigos, el
mismo de cuando me accidenté por primera y por segunda vez, el
mismo que cuando murió mi madre, cálido, restaurador, poderoso,
sanador, con el mismo aroma, los mismos brazos y el mismo corazón.
Ahora tenía de frente a Jazmín, con los ojos que ya conocía, pero que
ahora reconocía de otros tiempos y otras épocas. Nos abrazamos y
se repitió la sensación que experimenté con mi padre. Nunca la había
abrazado así. Hubo una emoción que venía de otra dimensión, la
misma que ocasionó que me brotaran lágrimas a las que no les
encontraba explicación alguna, pero me sentía muy bien, feliz y en
paz.
—Es bueno verlos, me da mucho gusto. Pero ¿cómo es que llegaron
aquí?, nunca te mencioné que vendría a este sitio.
—Jazmín sí. —Mi papá se extrañó.
—James, recibí tu carta, —confirmó Jazmín.
—¿Qué carta? —¿Mi carta?, yo no había tenido contacto con Jazmín
en varios meses; me parecía muy extraño, yo esperaba que esta
conversación se diera con Manuel, por los correos que le había
enviado.
—Me enviaste una carta en otro tiempo, o al menos así lo
especificaste en el recado. Me dijiste que cuando estuviera de visita
en Perú para el seminario espiritual, me encontraría con tu padre. No
conseguía comprender lo que me decía, ¿cuál seminario espiritual?
Volví a hacer memoria, sin éxito alguno. Todo era muy extraño, pero
a la vez tenía coherencia, en el sentido de que en la carta le había
pedido que no me contactara, que no respondiera o me llamara, pero
que en algún momento le harían una invitación para un ritual inca que
formaba parte de un seminario de veintiún días en las montañas de
Perú. Una vez recibida, esa invitación era prueba de la veracidad de
mi petición, la cual era encontrarse con mi padre en Cuzco para
después reunirse conmigo en Chiapas, justo en el hotel Maya
Tulipanes de Palenque; todo me parecía muy extraño, ya que no
tenía conocimiento de nada de esa información. Ahora los papeles se
habían invertido, me estaban contando una historia fuera de esta
realidad, fuera de mi realidad. Algo dentro de mí me decía que tenía
que confiar, como todos aquellos que habían confiado en mis locuras,
que después se convirtieron en una locura colectiva y ahora
simplemente eran un suceso “real”. Se me ocurrió pensar que Drin
Acania había organizado este encuentro en alguno de sus últimos
viajes, que realizó sin el consentimiento de los dirigentes del TTP.
—Bueno, entonces, todo lo que te dije en esa carta ha sido cierto, el
que estemos aquí lo comprueba. Cuéntame, ¿qué más decía en esa
carta? —Para mis adentros pensé: “otro mensaje dentro de toda esta
empresa”.
—No hay más, pero sucedió algo que no esperábamos.
—El agente Michael está aquí —interrumpió mi papá—. Supongo que
también Öngara. De no haber sido por Manuel, nos hubieran
capturado. Michael estaba en la recepción cuando Manuel nos ayudó
a escapar. Estuvo muy cerca.
—¿Conociste a Öngara?
—¿Quién es Öngara? —preguntó Jazmín.
—Cuando me detuvieron en New York, Michael me trasladó a New
Jersey, ahí lo conocí. Mi padre era la única persona que había visto
de frente a un Ügaro, nos relató a todos su experiencia, para que
Jazmín entendiera lo que es, para que Manuel se asombrara con la
descripción y para que yo comprobara que no estaba loco, y si lo
estaba, probablemente era la genética de mi padre.
La plática se extendió hasta que cayó la noche. Con el cansancio
todos nos dormimos, Manuel ofreció su recámara a Jazmín, los
demás nos acomodamos en su sala hasta el día siguiente.
VALLE LÖGURTH | 67
A l dormirme y despertarse el inconsciente pude observar a
Öngara y Michael que se encontraban inmersos en la jungla,
consternados, preguntándose por qué mi papá y Jazmín habían
escapado, cómo sabían que los estaban siguiendo.
—Debo regresar a mi tiempo, me da la impresión de que Drin tiene
que ver con esto, puede haber escapado de su celda y usado el TT-
710, lo cual significaría que está aquí. Volveré exactamente en diez
minutos. Espérame aquí para que me vigiles en la fase de
integración.
Öngara llegó a su tiempo y se recostó durante casi veinte horas, para
poder sentirse presente y así buscar a Drin. Recordó que no había
tenido conversación con él desde hacía cinco días. En dicha ocasión
había llegado a sentir lástima por su amigo, pero esta había quedado
opacada por la búsqueda de una razón. Por haberse empeñado en
completar su objetivo, Drin se había quedado callado, sin decir una
sola palabra. No volvería a escuchar más de su amigo, lo que ahora
había frente a sus ojos era una estatua, el cuerpo de Drin estaba
vacío, seco por dentro como un árbol ancestral, sin “vida” como
cualquier planeta del sistema solar. Öngara repitió en voz alta el
nombre de su amigo mientras sacudía su cuerpo, mas no hubo
respuesta, ninguna reacción. Pidió que dejaran el cuerpo tal y como
estaba, sin cubrirlo, sin cambiarlo de lugar, respetando así su
naturaleza. Öngara subió a la cima del monte Rärthw, Drin estaba
dentro de su cabeza generando mucha actividad, totalmente lo
opuesto a lo que su cuerpo expresaba. Su corazón estaba
atormentado, se sentía responsable por el hecho de que la amistad
se viera destruida, todo por luchar, por no aceptar el punto de vista
del otro. Regresó al CVT y viajó cinco días al pasado, donde su amigo
aún estaba despierto.
Se sentó junto a donde estaba acostado respirando. —Drin, olvida las
exploraciones, el plan Planeta Verde, no quiero saber a cuándo fuiste,
ni para qué utilizaste el TT-710, dejemos eso atrás —Drin abrió los
ojos—. Vengo de cinco días en el futuro, el plan aún no da resultados,
ni positivos ni negativos... —Öngara suspiró con sinceridad—. Creo
que después de todo tú tienes la razón.
—Yo no estaba buscando tener la razón. —Drin se incorporó y miró a
los ojos a su amigo. —¿De qué sirve un mundo perfecto, hermoso,
cálido, con aroma, “verde”, si lo importante y lo esencial está
ausente? Si mi familia no está a mi lado para respirar el polvo de mi
planeta, todo pierde sentido y sabor...
A Drin le pareció de lo más extraño el modo de pensar de su amigo,
es probable que nunca lo hubiera escuchado tan cabizbajo, no tenía
más de diez minutos que el otro Öngara —su contemporáneo— había
estado platicando con él, exigiéndole que le dijera a dónde había
viajado y con qué objetivo, pero los ojos del Öngara que tenía frente a
él no mentían. —Habla con tu yo del pasado antes que termine con la
última fase, convéncelo de que es algo sin
sentido, una idea hueca; es decir, no hay nadie mejor que tú para
poderte hacer entrar en razón. Yo perdí esa esperanza hace mucho,
por eso hice lo que debía y terminé aquí. Öngara del futuro se retiró
sabiendo que las cosas estarían bien siempre y cuando hiciera
entender a su “yo” del pasado. Esperó el momento adecuado en que
se encontrase solo, no importaba si estaba alterado o en paz. El
verse a sí mismo de frente sería una situación que transformaría
cualquier estado de ánimo de cualquier persona, de cualquier ser
humano, la mente no está preparada para ver en “un espejo” al
espíritu.
—Öngara —Se miraron fijamente a los ojos. Pasado y futuro
contemplándose en un solo instante, sin un mañana y sin un ayer, la
precisa mirada de la muerte; Öngara del pasado escuchó a su yo que
no se escuchaba en absoluto similar a él mismo, ni en su tono de voz,
tampoco en su manera de pensar. Un perfecto extraño que conocía
perfectamente. Él tenía bien definido su objetivo, concentrado en lo
que quería. ¿Qué pudo haberlo hecho cambiar de opinión?, ¿quién?
Las palabras y los argumentos eran insuficientes y bastante difusos
para Öngara, quien era incapaz de entrar en razón. Ocurrió entonces
lo que ocurre normalmente en la vida misma, un pasado, bueno o
malo, terminó por destruir cualquier posibilidad de un futuro con
razón, noble, coherente y sabio. La imagen se vio bañada de rojos,
negros y grises, de rabia, desesperación, angustia y miedo, de
lágrimas y sangre, como cualquier ilusión que muere por el
desaliento, como el miedo canceroso que fulmina a una esperanza, el
futuro estaba destruido.

***

Al transcurrir una hora, Michael se protegía de la lluvia y no era ella


quien inundaba su cabeza con pensamientos existencialistas,
“¿Dónde está Öngara?, ¿qué habrá pasado?” Justo era ahí donde la
naturaleza del tiempo se desmantelaba. Por muchas cosas y viajes
que hubiera realizado el Ügaro, tendría ya que estar de vuelta, no
existía la pregunta “¿Por qué ha tardado tanto?”, sino más bien “¿Por
qué no regresó?”, Michael se dio cuenta de que ahora estaba solo, ya
no contaba con el apoyo de Öngara. Caminó hasta la población para
comunicarse con su equipo y que lo notificaran en cuanto
reapareciera su “jefe”, así también pidió apoyo al representante de la
organización en el país, necesitaba alguien que hablara el idioma y
conociera la zona. Después se dirigió a Palenque, acompañado de
una pena similar al color del cielo, que lo mantenía sumergido en un
enorme interrogante. Sin saber qué hacer caminó con su rostro
babeante de éxito, de reconocimiento, para poder alardear, formar
parte de un episodio en la historia, como pocos han existido, y que su
presencia son la referencia de la evolución de la especie humana;
buscó en los rostros familiares a su raza, paisanos, mis ojos, la silueta
de mi padre, el control de la situación. Su olfato (al final de cuentas
fino) supo qué huellas perseguir, qué camino tomar. Así, en pocos
metros, observó la vereda que conducía al traspatio recién
descubierto de la ciudad; después de dar un buen descanso y un
segundo recorrido por la zona turística, regresó al comienzo de
aquella vereda, donde se vio seducido por su intrigante naturaleza, el
camino con ergonomía incómoda, pero transitable para un humano,
del mismo modo que un pez se ve atraído por un objeto luminoso. El
agente estuvo envuelto en la misma situación. Conforme avanzaba, el
bullicio de la gente desaparecía y en la misma medida, la luz del sol
era cubierta por una nube enorme llena de agua, un nuevo diluvio
estaba por comenzar. Apenas pasaba de mediodía, esto hacía más
factible avanzar, el camino lograba apreciarse en su totalidad.
Consiguió llegar hasta el acceso a la pirámide que estaba sepultada;
se interesó aún más e ingresó. Le fue muy difícil avanzar, pues no
llevaba linterna, pero poco a poco fue adaptando sus ojos a la
oscuridad. Aunque no alcanzaba a ver todo con claridad, consiguió
identificar las escalinatas que bajaban a su encuentro con Peter.
—Buenas tardes, ¿quién es usted?.
—Soy George —El agente Michael procuró aventajarse, aún sin tener
la seguridad de que yo hubiera estado allí—. Soy amigo de James.
Peter cayó en el juego, se dio cuenta de que su móvil no tenía señal y
al fracasar en el intento por comunicarnos con él, habríamos enviado
a alguien desconocido. —¿En dónde está James?, ¿se reunió con su
papá?
—Sí, están escondidos cerca.
—Tengo que hablar con él o con Manuel, he descubierto una nueva
parte del mensaje.
De inmediato el talento de Michael se activó, determinó que Manuel
era un conocido mexicano que nos estaba apoyando con todo el
teatro. Necesitaba información de lugares, números de teléfono,
cualquier cosa que le sirviera para dar con nosotros. Me alteré y
rápidamente salí de concentración, desperté del sueño, pero Manuel
se encargó de interrumpir mi regreso a la realidad. —James, tienes
que continuar respirando, concéntrate en la respiración, el aire que
entra en tu cuerpo, las partículas de oxigeno que están en tu cuerpo.
Le hice caso a Manuel, me concentré en el aire que entraba a mi
cuerpo, el aire que soplaba afuera de la habitación, el aire que
alcanzaba a entrar a la habitación con furia y fuerza, que agitaba todo
lo que podía soportar, papeles, muebles, ropas; Michael entró con
otras tres personas, las mismas que se llevaban a mi papá, a Jazmín
y a Manuel. Les preguntaban en dónde me encontraba, pero no
sabían, era como si me hubiera desvanecido. Continué
concentrándome en la respiración, siendo el aire que toca y observa
todo, pero que no se puede ver, revoloteando la casa, el aire que
respiraba la casa de Manuel. Ahora había comprendido el objetivo de
esta inmersión, la invisibilidad.
Al no encontrar rastro alguno de mi persona se retiraron. Entonces,
regresé a la conciencia material, donde ahora me encontraba solo.
Comencé a sentirme alterado, a cuestionarme, con información nueva
de Öngara que solo yo sabía. También sabía la única cosa que podía
hacer, ir a Palenque. Pero eso implicaba mi captura, cosa que Manuel
había conseguido evitar por la razón que fuera. En mi cabeza los
pensamientos revoloteaban de la misma manera que el aire había
violentado la casa.

Después de varios minutos de análisis valorativo, pude relajarme.


Nada más podía hacer que permanecer allí y hacer otra inmersión.
Pero no pude, mi cerebro se encontraba en ebullición y “no se puede
obligar al espíritu a hablar”, recordé.
OXKUTZCAB | 2012
D espués de un viaje de más de diez horas, llegué a la ciudad
de Oxkutzcab, una población muy pequeña cerca de Loltún, donde
esperaba encontrar a Daniel Vuglé. A través de él podría entonces
saber qué sucedía en Palenque, qué había pasado con Peter y si él
sabía algo de mi padre, de Jazmín o de Manuel. Yo había fracasado
en una y otra ocasión a hacerlo a través de la inmersión. Llegué
exhausto a mi nueva habitación en el hotel, no contaba con aire
acondicionado y el calor era aplastante, asfixiante. No estaba
preparado para eso, extrañé el clima tormentoso de Palenque, bebí y
bebí agua, temía que me deshidrataría, estuve dando vueltas y
vueltas en la cama sin poder dormirme, ni siquiera intenté hacer una
inmersión, pues me era demasiado incómodo respirar el aire caliente,
el mismo que comparaba con el vapor resultante de agua hirviendo o
el aire desoxigenado del fondo de la tierra...
—Drin, ¿te encuentras mejor? —Ixbalanqué me miró a los ojos.
Respiré, el aire fresco y puro entró a mi organismo, poco a poco me
recuperé, mi cerebro recuperó oxígeno para conseguir armar ideas,
pensamientos.
—¿Terminaste de escribir el mensaje?, ¿está completo? —El gemelo
me mira seriamente y repite: “todo puede ser modificado, basta con
llevar a la acción una intención. De los resultados nos haremos
responsables, aceptando si no son como esperábamos. Podemos
predecir el futuro inmediato, difícilmente el futuro mediato y el futuro
lejano no es perceptible para nuestros ojos ni para nuestra mente. El
mensaje ubicado en Palenque significa el fin de la humanidad, pero la
permanencia de la demás vida en este planeta. Debe ser destruído y
el que tenga conocimiento, sacrificado”.
Desperté, me había quedado dormido por tan solo unos minutos, un
breve sueño, pero una profunda revelación, el mensaje de Loltún, la
conclusión de aquella visión que había percibido fragmentada, la
conclusión de una locura de dimensiones planetarias, astrales, donde
me había perdido en su inmensidad desconocida y totalmente
extraña, ahí sentado en la orilla del colchón, transpirando en la
oscuridad de mi habitación donde las sombras me acompañaban,
donde también las sombras en mi cabeza no me permitían descansar,
existía un anhelo persistente de respirar el aire fresco del sueño de
cinco minutos que acababa de tener. Esperaba impacientemente que
la luz del amanecer barriera por completo las sombras de la
habitación, como también las de mis adentros. Conforme la
madrugada maduró hubo una tregua de sensación térmica y pude
caer en un sueño profundo sin imágenes, ni olores, un breve
momento en el que el silencio significaba el descanso natural del
espíritu. Mi despertador fue el prematuro calor del día, no era mi
circunstancia favorita, pero sí gratificante, pues me urgía ponerme en
actividad.
Reconocí el lugar, la puerta de acceso a la oscuridad eterna, justo
donde la noche anterior, o miles de años atrás, había encarnado a
Drin Acania. En alguna parte del interior de este sistema cavernoso
se encontraba el mensaje y también el gemelo que lo interpretaría,
quien espiritualmente para mí, era el mismo ser que lo había
plasmado.
Recordé el cuarto de revelado de la universidad, pequeño, sin
ventilación, caluroso y oscuro. Entre parpadeos alcanzaba a ver todo
en rojos claustrofóbicos, el color que representaba la atmósfera sin
aire de Marte. El cambio de cuerpo —antes el de un Ügaro— no
hacía más fácil la tarea. Caminar en la oscuridad sofocante se volvía
tedioso. Por una buena razón se decía que era la entrada al
inframundo, el mundo de los muertos, pero así también, el sitio
perfecto para colocar el mensaje necesario para completar la misión
de Drin Acania, el escondite ideal que Öngara jamás pensaría en
visitar, no así los turistas que me encontraba sentados en el camino
recuperando fuerzas. —Daniel... —Miré sus ojos. El rostro
perfectamente calcado de Peter, aunque su presencia me recordaba
a Ixbalanqué, muy probablemente por la visión que tuve en la
madrugada— Necesito de tu ayuda.
Después de aclarar todas las preguntas correspondientes, Daniel me
mostró el mensaje de Palenque. Su mielgo le había enviado
imágenes a su móvil, pidiéndole auxilio. Michael lo tenía prisionero,
todo el plan de Öngara estaba al descubierto, lo único que aún
permanecía oculto, invisible para los ojos de Michael y de los demás,
era el significado del mensaje. La verdad final aún no era revelada;
estaba seguro que dentro de mí se encontraba la información
decodificada, pero aún no conseguía verla, del mismo modo en que
en muchas ocasiones tuve rollos fotográficos en mis manos llenos de
imágenes, pero debía esperar a estar en el cuarto oscuro para
revelarlos, sin que se estropearan con la luz del sol y elegir la mejor
toma. Debía ser paciente y transmitir esa paciencia a los demás, yo
era quien estaba al frente de toda esta empresa, aunque por dentro
estaba asustado, no sabía dónde estaba Jazmín, mi padre y Manuel,
si se encontraban bien. Debía relajarme y confiar en que lo que
estaba dentro de mí sería revelado en el momento indicado para el
bien de todos.
Daniel debía reunirse con su hermano ese mismo día, había
convencido a Michael de que con su ayuda podría descifrar el
mensaje en mucho menos tiempo del esperado. Antes de marcharse,
decidió fotografiar las inscripciones, que parecían tener conexión con
las que le habían sido enviadas. No tuve mejor opción que ir de
regreso a Palenque con él. Podía presentir que todo esto estaba por
llegar a su destinada conclusión.
En el viaje de regreso a Palenque, el agotamiento me hizo caer en la
profundidad de un sueño revelador. La intención pura de Öngara,
vender futuro seguro. Algo inmaterial, intangible, pero en medio del
caos, el sueño de la mayoría. La fórmula para la eterna juventud, la
perfecta seducción para el hombre de la actualidad, vivir más allá de
lo que la mente puede llegar a concebir, el escape del miedo más
común, “la muerte”. No más sufrimiento, no más dolor, al asegurar
una vida eterna se acabarían los problemas; una especie que
esperaba con ansias y miedo el fin del mundo, que un meteorito nos
fulminara o que en el cambio de siglo ocurriera el apocalipsis, pero
como no ocurría de ninguna de esas maneras, entonces, había que
hacerlo por nuestra propia cuenta, destruyendo el medio ambiente o
con una guerra, pero había que esperar por el 2012, donde
precisamente se había llegado a la conclusión de que los mayas
predecían el fin del mundo, siendo que el mensaje en realidad
promocionaba lo contrario. El humano, al descubrir que no
anunciaban eso, seguiría al “pie de la letra” lo indicado, solo para
comprobar que estaban en lo correcto, la humanidad llegaría a su fin.
Y el fin de algo, o de todo, representa un nuevo comienzo, un nuevo
inicio, así como la trascendencia de un espermatozoide, ese milagro
de la vida, es ocasionado por el milagro de la muerte. Limitados a no
poder ver más allá de una breve extension del presente, ciegos a no
saber, o más bien a no aceptar que el cambio es la constante del
universo, y que dentro de ese cambio existen muchas más
circunstancias que solo cambiar, el seguro de un futuro estaba
confiado a nuestra visión, a repetir y repetir eternamente las mismas
alegrías, atrapados en el mismo color de la felicidad, encarcelados
realmente en el pasado seguro y fiable, condenados así a no
trascender, a continuar haciendo lo mismo, con sus correspondientes
resultados perfectos e inmutables, atados a los recuerdos. Entonces
el verdadero futuro estaba en una cuarta o quinta dimensión
inalcanzable para nuestro entendimiento y comprensión, inmesurable
e incomprensible por los sentidos y que nada tenía que ver con “el
tiempo”.
RUINAS | 2012
S abía los riesgos que corría al encontrarme de nuevo en
Palenque, pero no podía regresar a casa de Manuel. Imaginaba que
en los hoteles —y prácticamente en cualquier sitio público— tenían
aviso de reportar en caso de verme, aparte de que ya casi no tenía
dinero. Recordé la sensación que experimenté en la realidad de Drin
cuando lo expulsaron de la misión, cuando se sintió solo, cuando fue
capturado y encarcelado. Pensar en esto me llevó a actuar. No había
manera de obtener la fotografía perfecta de un paisaje desde casa, se
tenía que llegar con dos horas de anticipación al sitio, a las tres y
media de la tarde, comer un emparedado y entre bocados sembrar el
equipo, mirar y observar, buscar el encuadre perfecto, tomar agua,
mover la cámara de sitio, otro bocadillo, esperar a que el sol se
posicione en la inclinación precisa, para que sus rayos abracen y
resalten los bordes, alimenten los colores, mirar detrás del lente de la
cámara una y otra vez, accionar el obturador en repetidas ocasiones
conforme lo dicta la intuición, cuando en cada disparo la respiración
se detiene, se entrecorta y es capturada.
Me dirigí sin miedo, pero sí con muchos cuestionamientos, a la ciudad
antigua de Palenque, corriendo los riesgos medidos e inevitables de
la aventura. Yo sabía que ahí estaba el encuadre ideal para la
“fotografía”. Llegué hasta el templo de las inscripciones sin ser visto
—aunque tal vez me estaban siguiendo sin darme cuenta—. Había
mucha gente, el sol alimentaba a las plantas, a los edificios, el mismo
sol que había sido testigo de su construcción, que durante miles de
años los secó de las diferentes lluvias que lavaban sus superficies,
cada escalón, sus columnas y muros, mientras los restos de Pakal
permanecían resguardados en las entrañas del edificio donde el sol
no podía verlos.
Me senté en un escalón y observé a la gente que subía y a la que
bajaba, admirados, encantados, fascinados —sobre todo con “el
viajero del tiempo”— como si entendieran un lenguaje que estaba
más allá de las escrituras o cualquier comprensión de los glifos. En la
atmósfera estaba impreso un mensaje mágico que alimentaba
directamente al espíritu, y esa conexión extraña se veía reflejada en
los ojos de niños, extranjeros, ancianos, doctores, músicos, el
lenguaje universal que no hacía diferencia alguna. Sin cerrar los ojos,
comencé a concentrarme en la respiración, cómo se expandía mi
cuerpo cada vez que inhalaba la energía invisible y poderosa.
Continué así por varios minutos; la respiración comenzó a tener
voluntad propia, el ritmo era perfecto, fluído, mis manos temblaban,
vibraban y sudaban. Empecé a ver pequeñas luces, como gusanos
diminutos que se hacían visibles en un cuarto de segundo, pude
imaginar que era la energía invisible que nos mantiene unidos en el
espacio que creemos vacío. Como si fueran los negativos de un rollo
fotográfico, en esos mismos tonos psicodélicos, identifiqué
escenarios, personajes, sonidos, voces; mi padre y Jazmín se
encontraban bien, en un velero recorriendo las aguas cálidas y
turquesas del caribe, estaban felices
de estar juntos, al conectarse sus miradas los campos energéticos de
ambos se fusionaban. Esto removía mis memorias de niño, cuando mi
padre abrazaba a mi madre y sus caras se iluminaban con una
sonrisa simultánea y única; los gemelos Vuglé daban explicaciones a
la comunidad científica por un derrumbe imprevisto dentro de una de
las pirámides, la misma explicación que darían a puertas abiertas a
las cadenas de televisión a nivel mundial; Manuel, en comunión con el
fuego, sereno, impasible, permanente; él era el fuego y el fuego era
él, entre pensamientos y meditaciones. Un poco de mi energía se
hacía presente en forma de recuerdos y fotografías dentro de su
mente.
Me tomaron. Sentí que me movían de lugar. Entonces hubo oscuridad
y en medio de la penumbra una luz que tenía la voz de mi madre, que
me abrazaba, me daba calma y seguridad, plenitud y alivio. Después
miré los glifos, los comprendía con la misma facilidad que entendía
los iconos de mi cámara fotográfica, así como el músico entiende sus
notas. La oscuridad continuaba pero ya no me encontraba dentro de
la inmersión, estaba de regreso en la realidad, en la pirámide donde
encontré a Peter, quien seguía ahí, discutiendo con Michael y con su
hermano.
—Él sabe todo, Öngara me lo advirtió. Debe ser eliminado,
sacrificado, si este mensaje sabotea el plan, debe ser borrado de la
piedra y de la memoria. —Michael planeaba volar la habitación.
Los gemelos estaban a mi favor, habían invertido los mensajes, no
físicamente, pero la mente del Michael había sido burlada, su falta de
conocimiento le impedía ver que el mensaje que tenía frente a sus
ojos, en la habitación que él mismo había ordenado dinamitar, era el
producto sintetizado de toda la operación que dirigió Öngara durante
años, el mensaje que había perdurado por miles de años oculto, sin
ver la luz del sol, sin ser bañado por un diluvio, aunque si bien la
piedra dónde fue grabado muy probablemente provenía de otro
planeta, el mensaje que destruiría al 98% de la humanidad estaba por
ser explotado y la intención del agente era que yo me borrara junto
con él. —Michael, espere. —Peter trataba de evitar que eso
sucediera, pero sin desapegarse a lo acordado conmigo— Aún no
hemos terminado de traducir todo lo que se encuentra aquí. —
¿Cuánto tardarán?, ¿entonces, por qué me aseguró que este sitio
debía y podía desaparecer? Peter me miró a los ojos, pidiéndome
disculpas, pero antes de que revelara el porqué, por mi cabeza
viajaron dos ideas fugazmente, la primera era que la disculpa era
ofrecida por salvar mi vida y desapegarse de lo acordado, y segundo,
lo contrario; cualquiera de las dos tenía algo positivo pues al existir un
final, algo más daría comienzo.
—No veo razón por la cual se tenga que privar de la vida a James —
agregó Daniel—. Si lo que Öngara quiere es que el mensaje sea
divulgado y seguido al pie de la letra, mi hermano y yo nos
encargaremos de eso, además, la credibilidad de una persona que
tiene que asistir a terapia pierde valor basándose en el status quo de
la población y si no existe tal mensaje, se vuelven palabras al aire sin
dirección alguna.
—James es lo de menos, lo que le preocupa a Öngara es Drin
Acania, y mientras James siga con vida, así también el Ügaro, así
también la amenaza. Como verás, no son decisiones mías, son
órdenes que vienen del futuro para bienestar del presente. —Michael
me miró a los ojos, con la misma mirada de Peter. En el fondo de su
ser, Michael no pretendía acabar con mi vida, pero sus miedos tenían
tan devorado al corazón que no tenía ni voz, ni voto. —Öngara no
regresó, ni regresará, porque se autodestruyó —interrumpí—. Su
miedo y su enojo fueron tan profundos y arraigados que hicieron que
desconfiara de él mismo, tan grandes que nublaron su corazón y un
pasado no resuelto destruyó cualquier posibilidad de futuro.
Michael ordenó a sus dos ayudantes que retiraran a los gemelos de la
escena para quedarnos a solas. Ahí estábamos dos individuos del
presente oportuno, manipulados por dos seres del futuro inseguro y
pavorizado. Las historias calcadas y duplicadas, donde su repetición
desintegraba cualquier esencia del tiempo que se quisiera apreciar,
solo la existencia sin tiempo.
—Es muy distinto ver a un Ügaro de frente que encarnarlo, ¿no te
parece más real aquello que tus ojos pueden comprobar? —Michael
retó con su mirada— La mente puede engañar. —La vista también —
ladré.
—Soy un cazador, confío en lo que mi vista me dice, un fotógrafo
debería hacer lo mismo, si la vista lo engaña o no confía en ella, ¿qué
resultado podemos esperar de alguien que captura lo que ve por
medio del sentir?
No quería caer envuelto por sus ideas aunque tuvieran sustento y
veneno. Toda mi vida confié mis fotografías a mi vista, y ahora sabía
que ese sentido terrenal que formaba parte de la tercera dimensión
era detonado desde otro planeta, otro plano existencial, otra
dimensión, un tipo de vida reciente, la conciencia evolucionada y
renacida de la especie, o desde aquel punto de las dimensiones, la
conciencia materializada en tres dimensiones. Nada existía, pero todo
era lo mismo y se encontraba conectado, es por eso que la fotografía
se había convertido en la pasión de mi vida, porque cada vez que
miraba las fotografías de mi madre, convergían las dos dimensiones y
las dos percepciones que hacían posible mi existencia, la emoción y
el sentimiento. —Öngara se perdió en su ego, si no tenía la razón no
estaría satisfecho, es por eso que la comprobó o fue engañado por
los supuestos, sin pensar en los resultados. He visto el futuro, he
conocido el pasado y hoy decido, aquí donde convergen todas las
expresiones y versiones del tiempo, dejar de vivir bajo su yugo. —
Arrojé a Michael por los suelos y nuevamente, como el flash de mi
cámara fotográfica, entendí en un solo instante el concepto de
sacrificio, el sacrificio de mi madre, de los gemelos Ixbalanqué y
Hunahpú, de Drin Acania, de las personas en la constante guerra de
la vida, de mi vida. Fue el momento clave en el que se mezclaron
sentimientos, emociones, pensamientos, recuerdos del pasado,
recuerdos del futuro, la vida de Drin Acania y mi vida (James
Patcher). Me asenté en el presente, dejó de existir el futuro y el
pasado, era un pequeño grano de arena blanca en

la inmensidad de un lienzo cubierto de nieve, de naturaleza diferente.


La fotografía perfecta. Apreté el disparador de mi cámara fotográfica
miles de veces, era el pequeño instante que se inmortalizaba, el
momento perfecto, el segundo ideal, el portal en que se fundían dos
mundos. Oprimí el detonador que accionaba el explosivo, el mismo
botón con la misma mecánica, hecho del mismo material, el mismo
resultado. Vi fotografías, todas las que tal vez tomé en esta vida; dos
mundos, dos dimensiones hacían conexión como dendritas. Después
me expandí tanto que el pensamiento se desintegró y pasé a formar
parte de otra dimensión, el rollo fotográfico de mi vida se fue velando,
dominado por un intenso resplandor. Las imágenes fueron perdiendo
color, perdieron su contorno, se vaciaron en una eterna luz.

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