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CAPÍTULO X: IDEAS SOCIALISTAS EN LA EDUCACIÓN

I. INTRODUCCIÓN: ORIGEN Y MARCO HISTÓRICO DE LA PEDAGOGÍA SOCIALISTA


El pensamiento pedagógico socialista, es el resultado de una corriente filosófica que se inicia con Platón, pasa
por las utopías del Renacimiento y la Ilustración y alcanza su forma más elaborada y coherente en la obra de
Marx y Engels, enriquecida con las aportaciones posteriores de los teóricos marxistas. Esta línea de reflexión
tiene dos constantes comunes, que son la consideración del hombre fundamentalmente como un ser social y
la primacía de la colectividad sobre el individuo.
Desde una perspectiva histórica, el socialismo es una consecuencia directa de la forma en la que se desarrolló
la Revolución industrial durante la segunda mitad del siglo XVIII. Esta experiencia, que en la actualidad se
define como modernización, conllevó una serie de transformaciones que, significaron el paso de la sociedad
agraria a la sociedad urbana e industrializada. El auge del liberalismo económico y del capitalismo propició
el florecimiento de un individualismo y tuvo unos efectos desastrosos en una nueva clase social, cada vez más
numerosa, la de los trabajadores industriales. Las familias obreras tuvieron que poner a trabajar a sus hijos a
partir de los 4 o 5 años. El agotamiento, la falta de sueño, la explotación, las carencias higiénicas y alimenticias
y la ausencia de escolarización eran las realidades cotidianas a las que se enfrentaban los niños y niñas de la
clase obrera en el siglo XIX.
Esta situación fue tempranamente criticada por algunos reformistas quienes formularon propuestas
impregnadas del optimismo ilustrado, para construir sociedades ideales a través de la educación. Nacidos casi
todos ellos de Francia o Gran Bretaña y conocidos como socialistas utópicos, dibujaron comunidades
igualitarias y autosuficientes, sin divisiones clasistas ni propiedad privada, en las que los trabajadores
recibieran una formación general y especializada, acorde con su vocación y capacidades. Siguiendo a los
filósofos ilustrados y a los revolucionarios franceses del siglo XVIII, abogaron por una instrucción universal,
completa y gratuita.
Entre estos socialistas utópicos destacaremos especialmente a Robert Owen y a Charles Fourier, pues su
pensamiento sirvió de fuente de inspiración para Marx. Robert Owen con una posición económica que le
situaba en el grupo de los capitalistas, fue, sin embargo, un gran reformador social.
Para Owen, el hombre es producto de “las circunstancias externas” de su ambiente. Y ésta fue la tarea que
acometió Owen: cambiar las circunstancias de su entorno laboral. En 1816 abrió una escuela en el recinto de
su fábrica, para los niños, y niñas menores de diez años, a los cuales no se les permitía trabajar. La organización
de la enseñanza era verdaderamente novedosa, pues abarcaba un primer nivel para párvulos de 2 a 6 años – el
origen de las actuales escuelas infantiles- y un segundo nivel de 6 a 14 años, en el que recibían una formación
intelectual combinada con trabajos manuales agrícolas y domésticos. A partir de los 10 años los alumnos
compaginaban su asistencia a la escuela con el trabajo remunerado en la fábrica. Este modelo educativo
presentaba las innovaciones: en primer lugar, la combinación de la enseñanza con el trabajo productivo; en
segundo, término la preparación profesional amplia que se impartía. Ambas ideas fueron retomadas y
reformuladas en la teoría pedagógica marxista.
Fourier, al igual que Owen, desarrolló la idea de reconstrucción social a través de comunidades cooperativas
ideales que se implantarían en medio de la sociedad ya existente, a las que llamó falansterios o falanges, en
las que la educación ocuparía un papel fundamental. El gran objetivo educativo sería el desarrollo de los
instintos naturales, muy en la línea del pensamiento rousseniano, al que sin embargo criticaba su excesivo
individualismo que Fourier sustituía por una integración en la vida en comuna. Fourier fue más allá que Owen
y se acercó a Marx con su definición de “educación industrial” pues pretendió que la infancia, desde los tres
años y en su etapa de educación escolar, se introdujera progresivamente en el conjunto de las distintas
actividades sociales y laborales.

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Estas utopías arrastraron a muchos trabajadores que se agruparon a cada uno de sus autores. Alrededor de
1840 comenzó a crecer en Europa occidental un movimiento de trabajadores mucho más fuerte y coordinado,
que veía en la unión y la lucha de la clase obrera el método ideal para mejorar las condiciones de trabajo y
conseguir una sociedad más justa. A este movimiento se afiliaron los inseparables Marx y Engels, a quienes
se encargó la redacción de un programa político, publicado en 1848 con el título de Manifiesto Comunista.
II. CONSTITUCIÓN DE LA PEDAGOGÍA SOCIALISTA: LAS IDEAS
Frente al socialismo utópico imperante en las primeras décadas del siglo XIX, Marx y Engels inauguraron una
nueva corriente de pensamiento conocida como socialismo científico. El fundamento de su concepción
materialista de la historia estriba en la idea de que el “modo de producción” o la estructura económica de una
sociedad determinan la “superestructura” de otras instituciones y prácticas sociales. La base económica de la
sociedad tiene dos componentes: las fuerzas de producción (herramientas, máquinas…) y que presentan el
nivel de desarrollo tecnológico de dicha sociedad; y las relaciones de producción que se identifican con las
relaciones entre las clases sociales. El momento histórico en el que vivían Marx y Engels es caracterizado por
ellos como una etapa de lucha de clases, propiciada por la división de la sociedad en burgueses y proletarios.
El proletariado llevará a cabo la revolución que inaugurará una nueva época, con una sociedad sin clases,
comunista.
El marxismo sueña y anhela la llegada del “hombre nuevo” que sólo será posible en una “sociedad nueva”
Todos los teóricos marxistas, en general, destruyeron el mito rousseauniano del hombre puro en estado natural,
y lo destrozaron con argumentos científicos procedentes de las investigaciones científicas psicogenéticas,
concluyendo que un niño al margen de la sociedad permanecería en estado animal, pues la humanización tiene
que producirse dentro de la sociedad y está ligado al trabajo. El marxismo propone el “hombre nuevo”, el
hombre apto para participar activamente en todas las fases del trabajo productivo con capacidad creadora.
Según el marxismo ortodoxo, esto es, el de Marx-Engels, creer que la educación puede transformar la sociedad
por sí sola no deja de ser una tesis romántica, propia del socialismo utópico. La sociedad comunista sólo podrá
ser factible por la vía revolucionaria, pero para ello se requiere la cooperación de las masas, que previamente
han de ser educadas.
La educación es un parte fundamental de la dialéctica marxista, ya que a través de ella se formará el “hombre
nuevo” que traerá la Sociedad nueva. Y este proceso comenzará en el período histórico capitalista. Para
entender la teoría educativa marxista hay que ubicarla en el contexto social en el que se escribió, la Inglaterra
de mediados del siglo XIX, inmersa en un proceso de industrialización que favorecía la explotación infantil y
el trabajo a tiempo completo de los niños en las fábricas.
El núcleo básico de la teoría educativa marxista es el concepto de educación politécnica, expresado por Marx
en el Manifiesto comunista o expuesto por Engels un año antes (1847), en sus Principios del comunismo:
enseñanza y trabajo de fábrica juntos. Para ello, ambos autores recurren a los logros del sistema educativo
capitalista que, básicamente, consistían en la creación de escuelas dentro de las fábricas. Marx y Engels ligaron
indisolublemente la educación al trabajo productivo, ya desde la infancia, y en ello vieron “uno de los más
poderosos medios de transformación de la sociedad actual.”
El concepto de educación politécnica tiene un significado mucho más amplio, y en el que radica la originalidad
de la teoría marxista. El modelo de Marx y Engels de la educación politécnica dirigía al hombre hacia una
“formación polivalente”, a la preparación para cualquier oficio o cualquier trabajo dentro del sistema
productivo. Con ello se evitaría la explotación y la deshumanización del régimen capitalista, pues el hombre
se sentiría más completo y consciente de sus posibilidades.
¿Cómo se conseguiría el “hombre total” a través de la educación? Marx nos propone un modelo, diseñado
someramente en las “Instrucciones a los delegados (1866), que entregó a los miembros del comité londinense
que asistirían al I Congreso de la Asociación Internacional de Trabajadores en Ginebra.

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Marx apunta que, a partir de los 9 años, cada niño debe convertirse en un obrero productivo, para lo que se
subdividirían en grupos de edad trabajando en la fábrica. Simultáneamente, recibirán una enseñanza integral
con tres direcciones -física, intelectual y tecnológica-. Marx introduce un tercer factor -enseñanza tecnológica-
. La idea que el marxismo tiene de la enseñanza tecnológica conecta directamente con su concepto de
“formación polivalente” y su ideal de “hombre total”. La enseñanza tecnológica parece aludir al contenido
pedagógico que tendrá la educación politécnica. O, siguiendo a Manacorda, podemos entender que el término
tecnología hace referencia a la unidad entre teoría y práctica de esta enseñanza, que aunará los fundamentos
científicos de todos los procesos de producción con sus aspectos técnicos y con sus aplicaciones prácticas,
suprimiendo así la separación entre trabajo manual e intelectual propia de la industrialización; mientras que
el concepto “politecnicismo” subraya el resultado de esa enseñanza tecnológica, que será la “disponibilidad”
del obrero para los diversos trabajos, su preparación pluriprofesional, contrapuesta a la división especializada
característica de la Revolución industrial.
III. IMPLANTACIÓN DE LA PEDAGOGÍA SOCIALISTA: LA INSTITUCIÓN ESCOLAR
Marx y Engels apenas hablaron de la aplicación práctica de su teoría educativa. A medida que los partidos
políticos obreros fueron creciendo y consolidándose elaboraron unos programas de actuación en los que la
educación estaba presente en mayor o menor grado. Pero no se recogía el principio de la educación politécnica
tal y como fue elaborado en la teoría marxista.
El triunfo de la Revolución rusa, en 1917, hizo de este país el primer campo mundial de experiencias de los
principios marxistas y planteó la necesidad de consolidar el modelo socialista a través de la escuela. Por otra,
el optimismo pedagógico imperante en el mundo impulsó que se presentara la institución escolar, al menos en
los círculos de maestros reformistas y radicales, más o menos próximos a los partidos socialistas nacionales,
como alternativa a la lucha de clases y medio de conseguir la igualdad social y la reconstrucción de una
sociedad más justa.
III. I. LA ESCUELA ÚNICA DEL TRABAJO: DISEÑO TEÓRICO
En la configuración de la escuela socialista dibujada tras la Revolución rusa de 1917 intervienen dos factores
principales y aparentemente contradictorios. En primer lugar, la teoría marxista de la educación politécnica,
totalmente asumida por Lenin quien ya había dicho en 1897 ” que no se puede concebir el ideal de una sociedad
futura sin unir la enseñanza con el trabajo productivo de la joven generación”. En segundo término, el concepto
de escuela única o unificada acuñado por algunos de los pedagogos más avanzados del movimiento de la
Escuela Nueva, el cual explicitaba el ideal de una escuela que asegurase la igualdad entre todas las clases
sociales. La aparente contradicción de este planteamiento viene dada por las fuentes que intervinieron en su
configuración: la teoría educativa marxista y el movimiento de la Escuela Nueva. En los escritos del propio
Marx encontramos argumentos adecuados para la superación de esta contradicción, pues afirmó que el
socialismo podía apropiarse de los instrumentos y medios propios de la sociedad capitalista y adaptarlos
críticamente, con el fin de conseguir ese reino de la libertad que sería la soñada sociedad comunista.
De la integración de estos dos conceptos (educación politécnica y escuela única) surgió la Escuela única del
Trabajo. Fue establecida en 1918 como la base del sistema escolar ruso. La Escuela Única del Trabajo quería
proporcionar el mismo tipo de educación para todos, unificando la enseñanza primaria y la secundaria,
haciéndola obligatoria, gratuita, mixta y laica y convirtiendo la escuela en un modelo de la futura sociedad sin
clases. Apelaba a la utilización de métodos activos de enseñanza y, se estimuló la experimentación de gran
parte de los procedimientos propios de la Escuela Nueva, especialmente el plan Dalton y el método de
proyectos. Este modelo de Escuela Única del Trabajo pretendía sintetizar los postulados pedagógicos
enunciados teóricamente por el marxismo con los avances metodológicos ensayados prácticamente por la
Escuela Nueva.
El pedagogo ruso Blonskij, en su libro, “La Escuela del Trabajo”, publicado originariamente en 1919, intentó
diseñar teóricamente la estructura y curriculum que habría de tener dicha institución. Para Blonskij solo se
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puede lograr una educación polivalente si se convierte la institución escolar en una escuela industrial, lo cual
implica “una nueva organización de toda la estructura de la escuela”.
La “Escuela del Trabajo”, según este pedagogo ruso, debe reflejar la realidad social de la humanidad, que se
rige por el gran principio organizador del trabajo. Por ello la institución escolar habría de convertirse en una
comunidad infantil de trabajo, en la que éste sirviera como medio de educación social. Sólo el trabajo
socialmente útil, aquel que proporciona beneficios a la sociedad, tiene un valor formativo. A partir de esta
idea, Blonskij diseñó una escuela, a la que también caracterizaba como única, con tres niveles educativos
iguales y comunes para todos los niños:
a) La guardería infantil, obligatoria, para párvulos de tres a siete años, en la que éstos se introducirían en el
mundo del trabajo mediante la observación y los juegos de imitación de las tareas adultas.
b) La escuela elemental del trabajo, para alumnos de ocho a trece años de ambos sexos, que se correspondería
con la vida en la comuna. (Un hogar en familia) Realizarían las actividades domésticas habituales, trabajarían
en las tierras de labor o en los talleres, viviendo un experimento de sociedad sin clases.
c) La escuela del trabajo para adolescentes, de los catorce a los dieciocho años, que se integraría en la fábrica.
Allí el joven aprendería, no solamente el manejo de todas las herramientas y máquinas y los principios
científicos y técnicos, sino también el complejo mundo de relaciones que rodea la producción material. Y
estudiaría una serie de ciencias, que culminarían con la Historia social y la Filosofía.
Blonskij también ofreció una metodología específica de enseñanza, el método de complejos, que se presentó
como el procedimiento de formación del hombre comunista, si bien dicha metodología recuerda en muchos
aspectos a algunas de la Escuela Nueva, y muy concretamente al método de proyectos. Blonskij sustituyó la
tradicional división de materias por unidades de vida o complejos. El método de complejos inspiró las
reformas curriculares llevadas a cabo por el Gobierno bolchevique entre 1923 y 1925.
La aplicación de este modelo de educación socialista no pudo hacerse con carácter general, sobre todo porque
Rusia era un país que aún estaba en las primeras fases de la industrialización y resultaba verdaderamente difícil
encontrar industrias suficientemente desarrolladas, además de la escasa participación de los maestros. Ahora
bien, la primera década de Gobierno bolchevique tras la Revolución de 1917 fue una etapa abierta a la
experimentación, en la que la educación se vía como la vía más adecuada para crear el “hombre nuevo”
socialista, si bien la carencia de una elaborada teoría pedagógica hizo que se adoptaran los modelos imperantes
en aquel momento, esto es, los propios de la Escuela Nueva.
III. II. LA ESCUELA DEL TRABAJO EN LA PRÁCTICA: EXPERIENCIAS DE MAKARENKO
Esta contradicción aparece muy claramente en las reflexiones y experiencias del pedagogo ruso más famoso,
Makarenko. Este educador, profundo conocedor de los escritos de Marx, intentó poner en práctica, a través de
su propia interpretación personal, las ideas marxistas de la unión entre educación y trabajo productivo. Desde
1920 dirigió la colonia Gorki para niños y jóvenes delincuentes. En esa década, su actuación pedagógica le
llevó a un permanente conflicto con inspectores y supervisores, a los que veía instalados “en las cumbres del
Olimpo pedagógico” y sin ningún contacto con la vida real. Sin embargo, en los años 30 con Stalin en el
poder, se produjo un revisionismo de la etapa anterior y se inició la búsqueda de una verdadera pedagogía
soviética, basada en el orden, la disciplina, el rigor y la conformación ideológica del “nuevo hombre
soviético”. A Makarenko se le elevó a las alturas de genuino educador soviético.
La institución educativa que describe él, es la comuna, en la cual viven, trabajan y estudian los alumnos,
aunque muy pocas son las referencias que ofrece sobre la escuela: reconoce que, si bien “es obligatorio asistir
a las clases”, en los primeros años tres años de vida de la colonia Gorki el centro “arrastró una existencia
bastante precaria, sin fuerzas para vencer la repulsión por el estudio de nuestros colonos”. Sin embargo, a
medida que el sistema de trabajo productivo quedó organizado, en algunos alumnos se despertó el afán por
estudiar- algo que parecían hacer de manera autónoma y a través de lecturas en las veladas vespertinas- y
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varios de ellos aprobaron las pruebas para cursar enseñanza superior. Esta “nueva actitud de los colonos en la
escuela cambió la fisionomía de la colonia. La colonia se hizo más culta y más próxima a una sociedad escolar
normal.
Cuatro preocupaciones marcan la actuación pedagógica de Makarenko. En primer lugar, la convicción
absoluta de que a través de la educación habría de formarse el “nuevo hombre comunista”, pero el modo de
hacerlo no se encontraba en una teoría pedagógica, sino aprendiendo de la propia práctica.
La segunda idea crucial de Makarenko es su consideración de que el “nuevo hombre comunista” es el “hombre
colectivo”. Por lo tanto, rechaza las pretensiones rousseaunianas sobre el libre desarrollo de la individualidad
infantil. Para él, toda la educación debe realizarse dentro y para la colectividad. El individuo se disuelve de
tal modo en la colectividad que asume plena y voluntariamente la defensa de sus intereses.
La tercera aportación de Makarenko es su aplicación a la práctica educativa cotidiana de la concepción
marxista sobre el valor educativo del trabajo productivo. El elemento fundamental de la colectividad es el
trabajo socialmente útil, el que se realiza dentro de la comuna y para garantizar su supervivencia y vitalidad.
Makarenko está muy lejos de alcanzar el ideal de la educación politécnica tal y como la definió Marx. La
colonia Gorki representaba un ejemplo de la formación artesanal tan denostada por el marxismo: se trabajaba
en labores agrícolas o ganaderas, con herramientas tradicionales, y los talleres estaban destinados al
autoabastecimiento y reparaciones de instrumentos. Los colonos no recibían conocimientos teóricos, técnicos
o científicos paralelos a esta formación instrumental.
Y el cuarto elemento presente en las experiencias educativas de Makarenko es la importancia que concede a
la autoridad y a la disciplina. Una pedagoga escéptica de sus métodos calificó su modelo de “pedagogía de
lucha”. Y, efectivamente, él consideraba de importancia capital el papel de maestro para organizar la
colectividad, utilizando todos los medios a su alcance, incluido el castigo físico.
La presencia de la disciplina era plenamente visible en la colonia Gorki. Makarenko organizó un sistema de
destacamentos y jefes, de corte militarista. Se realizaban ejercicios militares, los horarios eran muy estrictos,
y se permitió la emulación entre los diferentes destacamentos, como forma de aumentar la productividad de
la colonia.
Makarenko afirmaba que “debemos despertar en nuestros alumnos una actividad comunista” y esto se
conseguía introduciendo en la escuela contenidos de fuerte carga político-ideológica. En este aspecto coincidió
totalmente con los postulados pedagógicos stanlinistas imperantes en los años 30 del siglo XX. Nunca llegó a
hacer realidad el ideal polivalente soñado por Marx y Engels. Después de la Segunda Guerra Mundial, los
países socialistas mantuvieron el principio marxista de unir la enseñanza con el trabajo productivo de muy
diferentes maneras. Pero la utopía del “hombre total” atisbada por los primeros socialistas ha seguido siendo
hasta el día de hoy una utopía.