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“Nuevos enfoques en la investigación histórica” Ezequiel Meler

Profesor Tulio Halperín Donghi UTDT

Melón Pirro, Julio César: El peronismo después del peronismo. Resistencia, sindicalismo y
política luego del 55, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2009, 281 páginas.

1.

Recurriendo a fuentes clásicas, como la correspondencia epistolar, la prensa gráfica,


y a testimonios procedentes de la historia oral, Julio César Melón Pirro ensaya una historia
política del peronismo entre los años 1955 - 1957. El libro integra de ese modo, no sin
alguna nota disonante, una producción historiográfica que, en los últimos veinte años, ha
adquirido un status y una agenda de problemas netamente definidos. La pieza central de
dicha literatura ha sido la obra de Daniel James.1

Recordemos que, en una perspectiva temporalmente más larga, James analizaba el


conjunto de procesos vinculados a la resistencia peronista a través del lente del movimiento
obrero organizado, y especialmente de la conciencia política que había adquirido en los
años peronistas. En Resistencia e integración, James atendía al modo en que los
trabajadores habían integrado parcialmente en su experiencia distintos elementos
ideológicos y prácticas sociales que actualizaban el carácter herético y plebeyo del
peronismo, a la vez que abrían el camino para disposiciones eventualmente más
pragmáticas, según las circunstancias. La investigación de James sirvió como base para el
análisis de casos específicos, como el conocido movimiento huelguístico iniciado en torno
del frigorífico municipal de Buenos Aires en 1959.2

Sin embargo, la tesis principal de James para la etapa que se abre en 1955 –esto es,
el vínculo profundo que existía entre protesta social y política, unificadas por la centralidad
otorgada a la experiencia de lucha acumulada por los trabajadores- no fue, en lo esencial,
cuestionada. El protagonismo del movimiento obrero en el tiempo de la proscripción
parecía un argumento inevitable, fruto del propio grado de institucionalización que el
sindicalismo había desarrollado al interior del régimen peronista.

1
James, Daniel: Resistencia e integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina, 1946 – 1976,
Buenos Aires, Sudamericana, 1990.
2
Salas, Ernesto: La resistencia peronista. La toma del frigorífico Lisandro de la Torre, Buenos Aires, Retórica
/ Altamira, 2006.

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2.

Aquí se inserta la contribución de Melón Pirro. El autor describe, en el contexto


inmediatamente posterior a la caída del peronismo, un panorama complejo caracterizado
por la coexistencia de una pluralidad de redes de poder de distinto calibre, que evolucionan
al calor de las circunstancias. Estas redes resisten cualquier intento de reducción a una
estructura unitaria, sin que emerja tampoco un ámbito de coordinación eventualmente
hegemónico. El resultado se parece más a un conjunto de “peronismos paralelos”, ninguno
de los cuales retiene la capacidad de conducir a los otros. A partir de ese diagnóstico básico,
Melón Pirro decide descentrar la historia de la resistencia del actor sindical que, como
vimos, otros historiadores consideraron prioritario:

“Una desarrollada bibliografía sobre el sindicalismo argentino tiende a confirmarlo


como el principal actor histórico del peronismo en la proscripción. Sin embargo, el
sindicalismo no es tal cosa en nuestro contexto, en la medida en que no logra establecer una
relación de hegemonía sobre el conjunto de las redes de poder reconocibles dentro del
movimiento, y si es peronista, lo es fundamentalmente más en relación con el
reconocimiento de una identidad extendida en el conjunto del colectivo obrero que respecto
de la posibilidad o el interés de interpelar en el mismo sentido identitario al conjunto de los
peronistas.”3

Puntualmente, Melón Pirro sostiene que, después de una fuerte vinculación inicial,
los caminos de la militancia sindical y de la resistencia en tanto movimiento clandestino se
bifurcaron crecientemente desde mediados de 1956, luego de la fallida tentativa de golpe
protagonizada por Valle. De hecho, cuando a fines de ese año reaparece el terrorismo
político, ya no tiene por objetivos privilegiados los ámbitos de producción, ni se limita a
acompañar los conflictos laborales, sino que se concentra en objetivos y efemérides de
sentido estrictamente político.4 En sí misma, la diferenciación aludida tenía su lógica para
3
Melón Pirro, Julio César: El peronismo después del peronismo. Resistencia, sindicalismo y política después
del 55, Buenos Aires, Siglo XXI, 2009, p. 241.
4
“Sostenemos que la afirmación de la resistencia política coincide con el progresivo abandono de las
prácticas subrepticias que afectaban la producción y el trabajo en general, por lo que se impone justamente la
imagen de una segunda época signada por el terrorismo político en remplazo de una primera caracterizada por
el sabotaje y la participación de viejos dirigentes sindicales en distintas conspiraciones militares”. Ibídem, p.

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los militantes sindicales, para quienes, en la medida en que el gobierno provisional abría
espacios crecientes de actuación semilegal, la recuperación de los sindicatos y de la CGT
generaba mejores expectativas dentro del conjunto del movimiento. Para esos militantes,
asegura Melón Pirro, el terrorismo era un medio de rendimientos decrecientes.

3.

¿Quiénes protagonizaron la resistencia, y cómo entender su conducta? Para Melón


Pirro, esta respuesta no puede limitarse a la acción de los trabajadores, en tanto que “si la
historia del peronismo y la del movimiento obrero después de 1955 se superponen, también
se exceden recíprocamente.”5 Para el autor, el movimiento clandestino no se organizaba
principalmente en torno de solidaridades forjadas en torno del lugar de trabajo, sino en
“adscripciones político – identitarias mutuamente reconocidas a partir de la residencia
común […] La emergencia de estos grupos se vio favorecida por su constitución a partir del
barrio y aún de la familia.”6

Este componente barrial explicaría, además, las dificultades insalvables que


tuvieron los diversos referentes de la resistencia nacional para dar forma a una organización
capaz de responder de manera relativamente clara a un mando definido. También se
explicaría la autolimitación que tuvieron estos grupos en los primeros años a la hora de
planificar atentados, el extremo celo con que intentaron limitar o aún anular el saldo mortal
de sus actos, en la medida en que esas expresiones de índole familiar y barrial, surgidas por
la necesidad de “hacer algo” y completamente desconectadas, ora entre sí, ora de planes de
mayor alcance, tendrían corta vida y escaso apoyo de haber tomado un rumbo distinto. En

83.
5
Ibídem, p. 87 – 88.
6
Ibídem, p. 88. Más adelante, Melón Pirro precisa que “el auge del caño en particular no fue el eco de un
sindicalismo terrorista ni la prolongación en la clandestinidad de la acción de agrupaciones políticas
prexistentes o el resultado de las constituidas al efecto de acuerdo con modelo alguno de guerrilla urbana. Fue
el fruto de la actividad de asociaciones de personas, por lo general jóvenes, que compartían experiencias
propias de un ámbito definido por lo barrial (aunque esto frecuentemente connotara también una identidad de
pertenencia social y a la vez política) más que por el lugar de trabajo”. Ibídem, pp. 238 – 239.

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suma, para Melón Pirro, “la resistencia en sentido estricto constituyó un fenómeno en
buena medida desvinculado de las luchas sindicales”7

¿Qué lugar asignar a Perón en este esquema? Como mínimo, uno marginal y a la
zaga de los acontecimientos. Alejado del país y en tránsito entre distintos exilios, Perón
ostentó un control nulo y una influencia relativamente baja sobre lo que se hacía, aun
cuando se hiciera en su nombre. Como máximo, podía “cabalgar” la coyuntura extendiendo
autorizaciones ex post sobre aquellas conductas, y aquellos actores, que no representasen
una amenaza inmediata a su ascendiente. Su reiterado énfasis en conceptos relativamente
vagos como “resistencia civil”, que decantaría eventualmente en una insurrección general
capaz de garantizar su retorno, deben ser leídos, según Melón Pirro, en un sentido menos
lineal. En definitiva, la intransigencia que reclamaba el expresidente, a la vez que brindaba
a los peronistas de base la confianza de saber que cumplían con el plan de su líder, limitaba
las posibilidades de negociación de los sectores políticos establecidos, y minaba de
antemano cualquier posibilidad de constituir un liderazgo político para el peronismo sobre
el terreno. Es esa misma lógica la que preside tanto su oposición a las aventuras golpistas
propugnadas por sectores de oficiales desplazados con apoyo de dirigentes sindicales como
su rechazo respecto de los dirigentes que, como Bramuglia, Mercante o Saadi, trataban de
negociar con el gobierno provisional un lugar en el nuevo escenario.

La alternativa de un golpe militar, planteada desde un comienzo, se materializó


finalmente en el levantamiento castrense del 9 de junio de 1956, incorporado luego a la
memoria de la resistencia como uno de sus hitos centrales. Sin embargo, como muestra
Melón Pirro, los sublevados no encabezaban una mera restauración por imperio de la
fuerza. Al contrario, como muestra la proclama que habían planeado difundir una vez
tomadas las radios, el programa de la rebelión se agotaba en el llamado a elecciones.
Aunque se enarbolaba un discurso netamente nacionalista, no había referencia a Perón ni al
peronismo, “circunstancia que sólo parcialmente puede explicarse a la luz de ampliar el
consenso entre los nacionalistas reluctantes a la presencia del presidente derrocado”, por
cuanto eran pocos los militares de ese signo que participaron finalmente del fallido conato
de golpe.8 Melón Pirro encuentra aquí algunas de las razones por las cuales Perón se mostró
7
Ibídem, p. 94.
8
Ibídem, p. 76.

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extremadamente hostil a la aventura, al punto de reconocerle un mérito póstumo sólo de


manera tardía, cuando, un año después de la sangrienta represión que desencadenó el
gobierno provisional, su recuerdo quedó plasmado en una marcha del silencio organizada
por sectores de la resistencia.9

Tampoco guardaba Perón excesiva simpatía por los dirigentes sindicales, que como
hemos visto abandonaron rápidamente las prácticas más espontáneas de resistencia y se
dedicaron a la empresa de recuperar los sindicatos. En un período de creciente
conflictividad laboral, los nuevos dirigentes gremiales, surgidos como relevo de aquellos
que poblaban las prisiones del gobierno militar, lograron refrendar el apoyo de las bases,
reafirmando el ascendiente del peronismo. Hacia 1957, cuando el interventor de la CGT, el
capitán de navío Patrón Laplacette, inició gestiones encaminadas a normalizar la central
bajo dominio del sindicalismo “democrático”, peronistas y comunistas, agrupados en la
Comisión Intersindical, lograron bloquear la iniciativa. Como resultado de lo cual fundaron
las 62 Organizaciones, pronto liberadas del lastre de su asociación táctica con el
comunismo.

Aquí, cabe marcarlo, Melón Pirro se muestra ambiguo, puesto que si bien la
periodización elegida le permite mantener la idea de una resistencia “descentrada” de todo
protagonismo sindical, las propias evidencias le presentan claramente una impresión
distinta. Como él mismo reconoce, “la constitución de las 62 Organizaciones en septiembre
de 1957 fue un hecho que trascendió la importancia de disponer de una organización capaz
de plantearse la meta de consolidar su control sobre la futura CGT y resultó clave para la
reaparición de un discurso netamente peronista en la esfera pública. Convertidos
rápidamente en punto de referencia para coordinar las acciones del movimiento obrero en
defensa de sus demandas, los principales dirigentes de las 62 contribuyeron a la vez a
amplificar la voz del peronismo en la sociedad argentina.” 10 De hecho, como se desprende
del análisis de la correspondencia entre Perón y su delegado, John William Cooke, la
conquista de posiciones por parte del sindicalismo, en un contexto de declive de la
actividad clandestina y de creciente cercanía de una prueba electoral puede haber actuado

9
Ibídem, p. 162.
10
Ibídem, pp. 108 – 109.

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como uno de los factores que inclinaron la balanza en favor de la colusión táctica con el
frondicismo.

Pero los mayores anatemas que se encuentran en la correspondencia eran reservados


para los distintos experimentos políticos que recibieron la designación de neoperonistas.
Desde el primer momento, dirigentes del peronismo histórico como Bramuglia y Mercante,
y ex gobernadores como Maya, Saadi y Alvarado especularon con la posibilidad concreta
de una salida electoral. Aunque las restricciones jurídicas decretadas por la Revolución
Libertadora en función de la campaña desperonizadora ciertamente alcanzaban a todo
funcionario, electo o designado, desde febrero de 1946 en adelante, ello no obstó para
impedir que algunos de ellos lanzaran sus propios sellos políticos, aceptando tácitamente la
competencia electoral en un contexto de proscripción del Partido Peronista.

Aunque algunas de estas denominaciones, junto a otras que resultaban de la escisión


de los partidos tradicionales, tuvieron ocasión de presentarse en elecciones locales,
ciertamente su impacto fue restringido, al menos en esta etapa. Según Melón Pirro, ello se
debe a dos razones. En primer lugar, primaba en el seno del gobierno provisional una
disputa de poder, encarnada en las figuras alternativas de Aramburu y Rojas, que impedía
dar forma a una ingeniería electoral capaz de propender a integraciones parciales, que
eventualmente pudiesen debilitar el potencial arbitral del electorado peronista.

En segundo término, por imperio de una elemental lógica política, la necesidad de


atraer a dicho electorado se vio plasmada, de diversos modos, en la mayoría de las
estructuras partidarias, que hacia mediados de ese año apelaban ya de manera cada vez
menos disimulada al voto peronista. Las difíciles circunstancias jurídicas en que se
encontraban la mayoría de los dirigentes del peronismo histórico en caso de presentarse
como candidatos, así como el constante veto de Perón a cualquier candidatura
independiente de su bendición estratégica los colocaron en una situación cada vez más
compleja. Finalmente, el pacto del líder exiliado con Frondizi terminaría con sus
expectativas, al menos en este período.

4.

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Tanto para Melón Pirro como para James, el fracaso en el levantamiento de Valle
marca un punto de inflexión que incide sobre sus objetos de estudio. Pero, mientras que en
el primer caso asistimos a una mayor diferenciación entre los sectores intransigentes y
aquellos que, como los nuevos dirigentes gremiales, pugnaban por recuperar los sindicatos,
en el segundo se trata sobre todo de la reacción de los referentes hacia una inminente
apertura electoral.11 El gobierno había decidido proponer una normalización institucional en
dos etapas: reforma constitucional y elecciones generales. En el caso de la primera, ella
serviría principalmente a los fines, confesados por un reconocido dirigente socialista, de
efectuar un “recuento globular” capaz de medir con precisión la fuerza relativa que retenía
el movimiento peronista.

Melón Pirro describe claramente los fines de la normativa que regiría las compulsas
electorales. El estatuto correspondiente a los partidos políticos plasmó un piso electoral
inusualmente bajo, con el fin de garantizar la presencia de muchos actores en la futura
convención. El sistema de representación proporcional servía como resguardo a la hora de
prevenir mayorías muy holgadas, como las que normalmente generaba aquel sistema
previsto en la ley Sáenz Peña. Mientras tanto, una sorda disputa continuaba al interior de la
UCR, partido que, en virtud de la proscripción del peronismo, se asumía como ganador
inevitable de la próxima contienda presidencial. Esta disputa culminaría, como sabemos, en
una ruptura entre la UCR del Pueblo, que se referenciaba en Ricardo Balbín, y la UCR
Intransigente, acaudillada por Arturo Frondizi, quien mostraba ya voluntad de despegarse
de un gobierno provisional que aparecía como desgastado, buscando en el electorado
peronista los medios políticos para alcanzar el poder.

Los resultados del “recuento” fueron implacables para las expectativas de todos los
actores. El voto en blanco, en consonancia relativa con las “instrucciones” de Perón,
alcanzó los 2.115.861 votos, superando ligeramente a la UCRP, con 2.106.524 sufragios, y
a la UCRI, que obtuvo 1.847.603 adhesiones.12 Varios elementos habían favorecido ese

11
Véase James, Daniel: Resistencia e integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina, 1946 –
1976, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1990, pp. 117 – 125, y Melón Pirro, Julio César: El peronismo
después del peronismo…, ibídem, pp. 125 y ss.
12
Véase Melón Pirro, ibídem, p. 195. En rigor, Perón había ordenado la abstención, que tuvo un desempeño
general pobre. La asistencia electoral fue muy alta, superando ligeramente el 90%.

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panorama que desde todo punto de vista resultaba sombrío para las fuerzas ligadas al
gobierno. En primer lugar, la confianza en la desperonización había impedido percibir con
claridad las señales en ese sentido que brindaba la dinámica política, sobre todo en los
medios obreros, donde el peronismo recuperaba raudo su primacía de la mano de nuevos
dirigentes. En segundo lugar, la división del campo antiperonista comenzaba a hacerse
sentir en la ausencia de una ingeniería electoral capaz de integrar a sectores sociales ligados
al partido proscrito. El ejemplo más evidente era la exclusión de los candidatos
neoperonistas, que ante la permanencia de la legislación inhibitoria, declinaron
presentarse.13 En cualquier caso, una vez conocidos los resultados, según Melón Pirro,
quedaban claras dos cosas: “el neoperonismo había fracasado como intento y Perón
revaluaba tempranamente –si tenemos en cuenta menos los resultados de la elección que los
diagnósticos de un año antes- su importancia política en la Argentina del siglo XX.”14

5.

Llegada la hora de evaluar el libro como conjunto, nos encontramos con un texto
desparejo, reiterativo y por momentos confuso en su estrategia expositiva. Sus rasgos más
interesantes residen en los interrogantes que deja planteados, antes que en las respuestas
que propone. Como mínimo, cabe señalar dos cosas respecto del libro de Melón Pirro:
primero, que su tesis se sostiene exclusivamente sobre la base de una periodización y de un
recorte que, aunque legítimos, no parecen sustentar un camino nuevo desde el punto de
vista historiográfico. Segundo, queda en el lector la sensación de que no se ha tomado en
cuenta la posibilidad de identificar a los actores de base al mismo tiempo como obreros y
como vecinos, y de leer su actuación como una combinación de diversas militancias
simultáneas. Finalmente, pese a la abundante cita de fuentes, la estrategia expositiva de
Melón Pirro descansa finalmente en los textos de lectura militante, que, como la
correspondencia Perón – Cooke, son ya tradicionales en las bibliotecas peronistas.

Si bien es indudable que textos como éste aportan a nuestro conocimiento de la


historia política de un período todavía dominado por los especialistas en Ciencias Sociales,
pareciera que aún queda mucho por conocer respecto de los años en que el peronismo, un

13
Ibídem, p. 239.
14
Ibídem, p. 213.

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movimiento político surgido desde y para el Estado, supo darse un nuevo rostro,
redefiniendo su identidad como fenómeno político de masas.

Ezequiel Meler

DNI: 27.084.658.

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