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Irrupción en el campo de la narrativa breve

Depresiones nórdicas

El poeta Claudio Burguez (Santa Lucía, 1965) acaba de publicar su primer libro de

narrativa Las cosas que quiero no se quieren entre sí en una muy cuidada edición de

Pez en el hielo, que lleva un collage en la tapa a cargo de Juan Fielitz y fotos del

propio Burguez.

A las cuatro de la mañana, en un cuarto de hotel, alguien escucha el llanto de un

bebé. El sonido es para este hombre la constatación de que afuera, alrededor de su cama,

late la ciudad. De repente pasa un avión y el estruendo deja todo en silencio. Luego el

llanto vuelve. Hubo una sutil conexión en ese “triángulo con un vértice móvil”, casi una

epifanía; “Siempre se llora en el mismo idioma”, dice el último verso. Estoy

parafraseando “Londres”, un poema en prosa de Claudio Burguez (Santa Lucía, 1965)

que apareció en Perros de aeropuerto hace algunos años.

El título de su primer libro de cuentos, Las cosas que quiero no se quieren entre

sí, sale de una canción de Exilio psíquico, la banda de Maximiliano Angelieri, y parece

un guiño a la movida contracultural y performática de mediados de los noventa, en la

que el autor participó formando parte de diferentes colectivos artísticos. Además,

Burguez fue cofundador de la disco Amarillo y antes había publicado en revistas del

under montevideano (en“La Oreja Cortada”, por ejemplo). Sin embargo, en su libro no

hay más que guiños, lejanos ecos de esos años, pues su foco se corre de manera

deliberada de la idea de“voz generacional” que, con mayor o menor acento, eligieron

algunos de sus coetáneos.

“(…) Cuando te salís un poquito de las cosas que ves todos los días, o si las ves

corriéndote dos grados, pueden llegar a ser bastante monstruosas, o pueden llegar a

ser muy cómicas, por ejemplo, o muy irónicas, o muy trágicas. Me interesa mucho ese

corrimiento”, decía casi en clave cortazariana el escritor y artista visual en una

entrevista con motivo del Mundial Poético de Montevideo (2017). El cuento que abre

Las cosas que quiero… trata precisamente de eso: una mujer en un apartamento, a la
madrugada, fumando y escribiendo. Todo está igual, pero algo se movió en la mirada

que ella tiene de lo circundante. Como miasmas de un sopor inexplicable, “Los mellizos

están bien” –así se llama el relato- ostenta una hábil construcción de atmósfera que, con

altibajos, se sostendrá a lo largo del libro, siendo el anzuelo que llevará al lector a

transitar las 126 páginas en no más dos sentadas. En muchas de estas historias el aire se

espesa cada vez más y amenaza con hacer saltar las tuercas de la narración o de la

psiquis de los personajes. Burguez, que en varias oportunidades elige la tensión del

tiempo presente para narrar, no deja asomar los hilos ominosos con los que teje el

mundo interior de sus criaturas. “Algo pasa en este edificio”, dice la narradora, y el

lector va a cifrar en esa indefinición sus propios miedos. “Los mellizos están bien”

aborda el tema de la locura y la imposibilidad de estar solo (que es también la

imposibilidad de estar acompañado).

Cuentos, entonces, en los que la realidad presenta contornos muy inciertos. Un

poco a la usanza del maestro Carver, se podría decir que la fuerza de esta prosa se

mantiene en la expectativa dramática de lo que no está dicho y siempre está a punto de

suceder. O, mejor, en un tono hecho de elipsis, densas capas de silencio y certeros

puntos de vista (las muestras más acabadas de esto son “La maldad intrínseca de los

objetos inanimados” y “Avenida de los Cosmonautas”, esta última una narración con un

cierto aire a Perec).

Aunque no se verbalice, en Las cosas que quiero no se quieren entre sí hay una

soledad que estrangula a los personajes. Desde Finlandia (2006), su ópera prima, el

escritor irrumpió en la escena literaria local con una dicción propia que, además de

apuntar en lo cotidiano su poética comunicante, hacía de la referencia geográfica del

título una clave de lectura: “Finlandia” no es un país, es la falta absoluta de coordenadas

del ser en los tiempos que corren. Una literatura en la que se respira esa sensación de

extranjería cuya mejor encarnación son los hoteles y aeropuertos (literales y figurados)

que pululan aquí y allá; “espacios del anonimato”, en palabras del antropólogo Marc

Augé.
En esta nueva publicación, Burguez ―para quien moverse de género es más un

deslizamiento que una contorsión‒ también pasea al lector por distintos enclaves:

Barcelona, Buenos Aires, Santa Lucía, Halstad (Minnesota), Montevideo. Y cabe pensar

que dichos espacios son, en realidad, uno solo: el de la tristeza, sentimiento al que

muchos de sus personajes se entregan como si se tratara de una droga. En una entrevista

para un sitio de Internet realizada por Guillermo Baltar, el autor expresaba a propósito

de su primer libro: “(…) siempre tuve la fantasía de que las depresiones nórdicas

podían llegar a ser estéticamente muy parecidas a las depresiones uruguayas”

(www.45rpm.com.uy). En Las cosas que quiero… hay una tristeza subterránea que es,

al mismo tiempo, una estética desplegada en múltiples relatos.

Al igual que el primer cuento, “Desert Eagle” es una pequeña pieza narrativa muy

bien escrita. Sin detenerse en detalles, cuenta la historia de una joven pareja de

youtubers que vive en un paraje perdido “en la mitad de los Estados Unidos”. El cuento

dibuja la tragedia de no poder conciliar la vida sin su exhibición pública. Al estilo de los

mejores capítulos de la serie Black Mirror, lo que empieza siendo un juego termina

adoptando un aire sombrío, pues el relato logra correr y descorrer ese filo siniestro que

existe en la manera en que la tecnología se adueña de nuestra experiencia cotidiana.

“La noche del martes”, por su parte, esboza con tintes góticos una escena

protagonizada por un sujeto o una criatura que, en una noche helada de La Comercial,

acecha como una fiera hambrienta el hormigueo de la capital insomne. Junto a “Hotel

Centro Naval”, son las dos piezas en las que mejor resuena el siseo envenenado de

Felipe Polleri, autor del comentario de la contratapa. Masculla el protagonista de “Hotel

Centro Naval” al comienzo: “Hay mucha gente moviéndose rápido allá abajo, puedo

sentir el tembleque que provocan sus pies, hay una coreografía idiota de miles de

zapatos dando un paso exactamente al mismo tiempo. Puedo olfatear sus miedos” (40-

41).

Este volumen coloca a Claudio Burguez como un interesante exponente de la

narración breve en el panorama actual de nuestras letras. Y en este sentido


“Purga”―quizá por sus trasluces autobiográficos, que funcionan como una potente

descarga emocional‒ es un ejemplo de lo dicho. Allí se narra el viaje de un hombre en

su Peugeot 205 llevando las cenizas de su padre al cementerio del pueblo natal (lo

acompañan en este trance su madre y su hermano). La trama recuerda en algún punto a

“Las cenizas del padre” (El silencio de los pájaros, 2013), de Horacio Cavallo, ya que

en ambos casos la pérdida familiar y el desplazamiento ritual que conlleva supone un

viaje –otro- por los silencios que urden los lazos afectivos y las ruinas del pasado. Pero

mientras que la narración de Cavallo se carga de saltos temporales, “Purga” pinta una

situación y deja el resto para que lo complete quien está del otro lado.

Como poeta, Burguez se define por sus vetas de humor (que se debaten entre lo

absurdo y una actitud lúdica frente al lenguaje), el cultivo de una forma que tiende al

epigrama y el alcance de una antena capaz de recibir las señales, sutilísimas, que emite

la ciudad en su neurosis diaria. En Las cosas que quiero… el registro se adensa,

mostrando dimensiones nuevas de una búsqueda literaria sin prisas y sin relleno. Ahora,

la escritura descubre grietas y fisuras en la realidad por donde supuran líquidos

extraños. Se trata de un artefacto verbal de programación precisa, que con cambios de

intensidad y asimilando elementos del relato de misterio, la ciencia ficción, el policial,

la crónica y el discurso autobiográfico, acierta con un decir personal.

Mathías Iguiniz

Las cosas que quiero no se quieren entre sí, Claudio Burguez, Pez en el hielo,
Montevideo, 2019, 126 págs.

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