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MAL DE ESCUELA

Daniel Pennac
26/04/2019

Castaño;Recchi;Geri;Queirolo
INTRODUCCIÓN
En educación, ¿El docente solo se ciñe a enseñar?; el mal estudiante, ¿es
responsable exclusivo de su fracaso escolar?. Mal de Escuela ofrece una
reflexión profunda sobre éstas y otras cuestiones. Su autor, Daniel Pennac,
docente de profesión y ex zoquete en su pasado estudiantil, realiza una crítica
realista pero a la vez optimista del entramado educativo en el que se ve
envuelta la escuela.
Casi siempre se analiza el sistema desde la visión del profesional, pero este
libro propone un nuevo planteamiento, la educación observada desde los ojos
del mal educando, incapaz de comprender las materias, impotente por estar
obligado a cumplir como estudiante. La cuestión que uno se hace es: Para el
alumno que no rinde, la educación ¿es un premio o un castigo?
Los Derechos Humanos establecen el acceso a la educación como un derecho
universal para todos los niños y niñas, pero por mucho acceso que haya, si
ésta no es de calidad, ese derecho pierde poder, deja de ser válido.
Este documento propone una reflexión crítica sobre los pensamientos y
afirmaciones presentes en “Mal de Escuela”. En él se ahondan sobre las
temáticas más representativas y las que han influido personalmente durante la
lectura.

REFLEXIÓN CRÍTICA:
Mal de escuela, un virus al que muchos no pueden hacer frente en la infancia,
esos años en los que la reputación, la dignidad de uno casi siempre radican en
el éxito en clase de matemáticas, de lengua, de ciencias naturales,… y es que
innegablemente se nos inculca desde que tenemos uso de razón, esa deuda
con la sociedad, esa responsabilidad social de formar parte del paquete, aquel
en el que no caben los errores, las acciones se realizan rápida y eficazmente, y
sea cual sea la opción del sujeto, entrar o no dentro de ese paquete social,
habrá consecuencias, se obtendrá el aplauso y la palmadita en la espalda, o
por el contrario, el gran castigo: rechazo y exclusión social. Como decía
Pennac, “Para mis compañeros yo solo existía en el recreo, en clase me sentía
comprometedor”.
Tras la lectura, una se pregunta qué significa realmente FRACASO ESCOLAR.
Las connotaciones invisibles del término hacen reflexionar sobre las carencias
pedagógicas que el concepto en sí mismo transmite, parece una etiqueta que
predispone por sí sola a la derrota del alumno, que cuando lo definen “fracaso
escolar” ya no tiene probabilidades de dar marcha atrás (“Lo sentimos, el
coche es siniestro total, sólo queda llevarlo al desguace”). La mancha de ese
supuesto fracaso academicista, no deja ver el éxito en otros aspectos de la
vida. No rendir significa no cubrir las expectativas sociales, y ese hecho
parece imperdonable en la sociedad occidental, que implacable clasifica en
suficientes, insuficientes, a los futuros adultos.
Las tan temidas consecuencias afectan no solo en el ámbito académico, todo el
entorno se ve influenciado por ese fracaso, podríamos decir que se produce
un efecto huracanado de causa-efecto, que a veces perdura toda la vida
(¿cuantos adultos han quedado marcados para siempre por el miedo y la
vergüenza que experimentaron en la escuela, por el efecto que produjo en su
entorno familiar ese fracaso? Seguramente muchos). Basta recordar, muchos

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se sentirían identificados si leyeran estas líneas, esa escena frente a papá y
mamá, pálidos con el boletín en las manos, temerosos de mostrar las notas,
esas asquerosas I (Insuficiente) que iban a determinar qué verano íbamos a
pasar ese año.

Según el Ministerio de Educación,se habla de fracaso escolar


cuando “un alumno no consigue los objetivos propuestos para su nivel y edad y
existe un desaprovechamiento real de sus recursos intelectuales. Es decir, en
principio, el sistema se plantea unos objetivos determinados para los
individuos de una cierta edad y en el momento que esos objetivos no se
cumplen, hablamos de fracaso”. La definición parece interesante, quizás una
más, pero nosotras preferimos la siguiente: “El fracaso escolar es una
operación global de la mayor complejidad a partir de una situación que es
exactamente como un rico tesoro encerrado en un cofre hermético, ubicado en
el fondo de un mar muy profundo” (BUTINOF,2008)
Detrás del alumno incapaz existe alguien capaz, siempre y cuando se le sepa
orientar adecuadamente, y al mismo tiempo se deje orientar. Es posible que el
problema real se halle en la insistencia del sistema educativo por enseñar lo
mismo y de la misma manera a todos los alumnos de una misma clase, en
todas las escuelas del barrio, en todas las de la comunidad autónoma, en todas
las del país. Todos somos modelados a gusto y semejanza de ese arquetipo
deseable que exige la sociedad, en definitiva, ser productivos y no dar
problemas, o los menos posible.

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Si observamos detenidamente, entendemos que este modelo está dando al
mundo generaciones cada vez más “aburridas”, que participan poco en la
producción de cambios. Parece que la escuela ha conseguido lo que se
propuso: sacar al mercado cromos repes.
A nuestro entender, el origen de este modelo de homogeneización es el miedo
a la diferencia, a la diversidad, sin olvidar que diferencia y desigualdad suelen ir
de la mano. En una sociedad que aprueba y reafirma determinados
comportamientos y capacidades culturalmente aceptados, los que no las
cumplen muchas veces quedan relegados a un segundo plano, sufriendo
situaciones de exclusión social.
A nosotras nos gusta pensar, por muy idealista que parezca, que la persona
que fracasa es en realidad alguien que amasa una enorme fortuna, pero que
por razones varias, nadie reconoce la utilidad de esa riqueza, a veces ni el
mismo que la posee. Podríamos decir que esa fortuna es en pesetas, una
moneda que en la actualidad ni se valora ni sirve para manejarse socialmente.
Entonces, ¿de qué te sirve ser un as en el mundo cibernético, que se te de bien
el deporte o seas muy amigo de tus amigos?
Los valores que predominan en la escuela están enfocados a satisfacer las
demandas del mercado, por tanto, encaradas a alcanzar éxito académico en
las materias curriculares. De ahí, la enorme importancia de la educación
transversal que trabaja aspectos implícitos diferentes, tan o más importantes
para la vida, que la materia en sí misma. La palabra clave podría encontrarse
en TRANSVERSALIDAD para ayudar a despertar la MOTIVACIÓN.
Pennac parece ser muy consciente de ello. Su concepto de enseñanza
constructivista se combina a la perfección con sistemas de aprendizaje de
carácter más academicista. Juegos de palabras, bromas, competiciones entre
alumnos para recitar textos, actividades de reflexión, conversaciones en el aula
para introspeccionar y preguntarse a uno mismo sobre aquello que nunca se
ha cuestionado,… todas ellas estrategias educativas que despertaban a través
del juego, no solo respeto hacia el tutor, también respeto hacia la lengua
francesa (materia que Pennac impartía), y lo más importante, sin juicios de
valor hacia los alumnos, fuese cual fuese su origen sociocultural, económico,
historia de vida,...

“El juego es la respiración del esfuerzo, el otro latido del corazón, no perjudica la
seriedad del aprendizaje, es su contrapunto. Y además, jugar con la materia es también
entrenarnos a dominarla” (PENNAC,D. 1994: 139)

Las tareas que el autor propone a sus alumnos/as, parecen conformar el


conjunto de ingredientes necesarios para preparar un pastel, que aunque a
veces resultara soso, casi siempre estaba cocido. Pastel capaz de despertar
esa motivación tan necesaria para atravesar el viacrucis de la escuela, en
aquellos alumnos que decidieron comer un pedazo.
En sus clases, el autor defiende la memorización de textos de autores
inmortales. Según él la memoria es una capacidad que hay que cultivar,
cuando afirma “¿Y por qué no aprender de memoria esos textos? ¿Solo porque
los profesores de antaño tenían fama de hacernos recitar de memoria poesías
a menudo idiotas, y que al modo de ver de algunos viejos chochos la memoria
era un músculo que debía entrenarse y no una biblioteca que debía
enriquecerse?”

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“aprendiendo de memoria, no suplo nada, añado algo al todo” (PENNAC,D.1994: 130
131).

Desde esta perspectiva la memorización sí aporta al individuo. Todos


necesitamos de la memoria para desenvolvernos, si no, ¿qué sería de nosotros
si no recordásemos el alfabeto, la calle en la que vivimos, nuestro número de
teléfono o el portal de casa?. Si omitimos la aportación que nuestra memoria
hace, estamos negando la importancia de esa cultura general que todos
habríamos de poseer para llegar a ser profesionales, independientemente de la
especialización o puesto de trabajo que desempeñásemos.
Parece imposible, pero muchos estudiantes universitarios carecemos de esa
base cultural elemental, que se enraíza, en gran parte, gracias a la memoria.

Hablar sobre la memorización nos traslada a la Pedagogía del Oprimido de


Freire, cuando afirma que la educación que rige el mundo tiene carácter
bancario, es decir, se basa en la superioridad del educador, el único que sabe y
ofrece conocimientos al educando, y lo hace a través de la memorización y la
acumulación de conocimientos, pero sin enseñar la forma de construir con
ellos. ”la narración, cuyo sujeto es el educador, conduce a los educandos a la
memorización mecaniza del contenido narrado. Más aún, la narración los transformas
en “vasijas”, en recipientes que deben ser “llenados” por el educador. Cuando más vaya
llenando los recipientes con sus “depósitos”, tanto mejor educador será. Cuanto más se
dejen “llenar” dócilmente, tanto mejor educandos serán.” (FREIRE,P. 1969: 51)

Freire da en el clavo, Pennac dice lo mismo pero de otra forma, la


memorización no es negativa en sí misma, es la forma con que se utiliza. Si los
alumnos ignoramos información cultural “elemental”, es porque el sistema
sigue basando la enseñanza en el modelo tradicional, mejores estudiantes
seremos cuanta más nota obtengamos a final de curso, y es que el sistema
valora en función de un resultado numérico que poco o nada puede decir de
quien está detrás de la nota.

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Pennac lo confirma cuando dice: ”al escuchar el zumbido de nuestra colmena
pedagógica, en cuanto nos desalentamos, nuestra pasión nos impulsa primero
a buscar culpables. El sistema educativo parece, por otra parte, estructurado
para que cada cual elija el suyo”.
Algo que se echa en falta en “Mal de Escuela” es una mención a la educación
fuera del aula. Sabemos que parece absurdo, pero una tiene la sensación de
que el sistema solo cree posible la educación dentro del centro escolar.
Vivimos en un entorno cada vez más desnaturalizado, en el que niños y niñas
sólo saben que las gallinas ponen huevos gracias a los libros de texto o a un
documental en la televisión, y eso si hay suerte.
Se desprecia la cultura popular, la de nuestros abuelos, esa que aporta mucho
más que a, b, c y d, pero seguimos empeñados en que nuestro mundo gire
alrededor de la tecnología, el supuesto futuro para el debemos prepararnos si
no queremos ser analfabetos tecnológicos. El escepticismo nos impide
observar las ventajas que aporta lo que nos es más cercano, y el resultado es
que el analfabetismo que evitábamos en las TIC, lo ganamos a pulso cuando
se trata de conocer nuestro entorno inmediato.

Por otro lado, la lectura hace constante referencia a un fenómeno implícito en


la enseñanza, el Efecto Pigmaleón, es decir, los demás nos definen, nos dan
un rol y con ello nos dicen qué somos, qué debemos ser, y al final,
inconscientemente, acabamos creyéndolo, convirtiéndonos en lo que se ha
esperado que seamos. Cuando las expectativas de los demás son negativas, el
efecto es totalmente destructivo, porque lo que se consigue es que uno se
adapte de tal forma al rol que le han encasquetado (mediocre, inútil, mal
alumno, etc.) que acaba cerrándose él mismo las puertas para conseguir metas
mejores. Este efecto está presente en todos y cada una de los relatos de
Pennac, sobretodo cuando habla de esos alumnos que por suerte o por
desgracia, han nacido en un medio sociocultural y económico empobrecido.

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Para dar la espalda , dentro de lo posible, a esos intereses sociales que
moldean el modo en que uno se ve a sí mismo, es preciso tomar consciencia
de esa influencia inconsciente. Pennac, de alguna manera defiende esta idea,
cuando frente a las palabras de un joven zoquete, “los profesores nos comen el
tarro”, le informa que el tarro se lo han comido antes, no los profesores (el en el
que se basa es la influencia que ejercen las multinacionales por medio de la
publicidad).
Se han realizado centenares de investigaciones sobre el efecto Pigmaleón en
clase, y todas ellas confirman la influencia de las expectativas del profesor en
el rendimiento y conducta general de los alumnos.Transformar su carácter
destructivo en constructivo es tarea social, pero dentro de la escuela, el principal responsable
es el profesor. Pennac dice: “Una sola certeza: la presencia de mis alumnos depende
estrechamente de la mía: de mi presencia en la clase entera y en cada individuo en
particular, de mi presencia también en mi materia, de mi presencia física, intelectual y
mental, durante los cincuenta y cinco minutos que durará mi clase." (PENNAC, D: 1994:
114).

Entrar al aula con una actitud positiva y neutral no siempre es fácil, pero el
esfuerzo vale la pena. Cuando salgamos al mercado laboral como pedagogos,
no habríamos de caer en afirmaciones triviales: “Claro, no se saca la primaria
porque es gitano”, “Con que aprenda a leer y a escribir, ya es suficiente”, todas
ellas claras demostraciones de cómo los profesionales podemos caer en las
redes de ese efecto del que muchos nos creemos indemnes.
Tanto educar como aprender no es tarea fácil. Cualquier profesor desearía
tener en clase alumnos 10 que estuvieran motivados hora tras hora frente a sus
lecciones, pero eso no existe, porque el niño prefiere descubrir y explorar el
mundo de otra forma, jugando, no detrás de una mesa y una silla en la que
debe estar sentado día tras día entre 4 y 5 horas (la verdad, parece un hecho
antinatural). De ahí que el profesor caiga en la desmotivación al observar que
su alumno se aburre en clase. Sea como sea, el sistema seguirá exigiendo al
niño que acuda a la escuela, y al profesor que imparta la lección, pero como
dice Pennac, el único salvavidas para esta situación es el AMOR, una medicina
capaz de curar la desgana del educador, la idiotez del alumno. Ahí se
encuentra el gran reto, difícil pero posible.

El amor es lo único que crece cuando se reparte (Sant-Exupery)