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EL ROL DEL ESTADO CONSTITUCIONAL DE DERECHO EN EL MUNDO

DE HOY EN DÍA.

INTRODUCCIÓN

El estado de derecho ha sido objeto de estudio a través de dos enfoques: como aspiración
política y como pretensión de seguridad jurídica; ambas bajo tintes de una visión ideológica cuya
finalidad es la de legitimar y justificar la existencia del estado en términos jurídicos. El
Neoconstitucionalismo alude a una nueva visión del estado de derecho que parte del
constitucionalismo, cuya característica primordial es la primacía de la constitución sobre las
demás normas jurídicas y que vienen a hacer la distinción entre reglas como normas legalistas
y principios como normas constitucionales. Según la monografía o trabajo de investigación lo
demostramos que se ve implicado la evolución del término estado de derecho que inicialmente
se desprende de la concepción liberal en la cual el estado solo funge como mero guardián del
cumplimiento de la ley. Viendo la ambigüedad del término resulta casi imposible dar un concepto
único o exclusivo, por lo que para términos de este artículo se abordará en una expresión técnico-
jurídico, entendida como aquellas condiciones jurídicas indispensables para el funcionamiento
del estado; bajo la cual, se considera como modelo ideal aquel en que se vislumbre el
cumplimiento formal de la ley como fin del estado de derecho.
CONCEPTO:

Según la investigación debemos analizar y controlar las leyes fundamentales que rigen al Estado
se conoce como derecho constitucional. Su objeto de estudio es la forma de gobierno y la
regulación de los poderes públicos, tanto en su relación con los ciudadanos como entre sus
distintos órganos Actualmente en nuestro país y en el mundo entero se vive una situación
económica, política y social muy difícil. Sucesos como la globalización han producido grandes
cambios en las economías mundiales y desafortunadamente esos cambios han sido afortunados,
pero también desafortunados para otras naciones. Este fenómeno ha producido que nos
tengamos que adaptar a nuevas ideologías y sistemas de mercados, pues se propicia la libre
circulación de bienes, productos y personas. Otro de los hechos que afecta gravemente a la
sociedad es la actual crisis económica que se vive y que viene a repercutir en nuestra vida
cotidiana. Pero el derecho también se ve afectado por este y otros fenómenos y es por ello que
necesita mantenerse actualizado y a la vanguardia para poder competir con las nuevas
ideologías políticas que vayan surgiendo; y además, para poder crear los cuerpos normativos
necesarios para que dichos fenómenos no causen un impacto tan grande y negativo a nivel
internacional. Desafortunadamente nuestro país no se salva de estos acontecimientos y también
requiere ponerse a la vanguardia. Y es que nuestro país, lamentablemente, no goza de una
economía fuerte como la de otras.

TENIENDO EN CUENTA LAS INCERTIDUMBRES QUE SE TIENEN A LA HORA DE


ESCOGER O DEFENDER UN MODELO DE ESTADO:

Que incluya la estabilidad jurídica y social, que reconozca y proteja los derechos humanos de
todos los ciudadanos y que propenda a un desarrollo económico provechoso para todos los
sectores socio-culturales, es decir, un modelo incluyente y no excluyente, nos encontramos ante
los paradigmas del Estado Liberal (laissez faire) o el Estado de Bienestar (estado paternalista),
según los cuales, se asume un rol o misión distinta para que desarrolle el Estado, como
institución que controla o plantea las pautas para el desarrollo del derecho, la economía y la
sociedad dentro de un territorio y una población determinada.

Sin embargo, establecer cuál es el modelo de Estado adecuado para alcanzar los fines
constitucionales no es tarea fácil, máxime cuando los dos modelos enunciados anteriormente,
representaron momentos históricos diferentes, con necesidades diferentes, y poco a poco han
sido revaluados, y actualmente nos encontramos ante la necesidad de encontrar o estructurar
un nuevo modelo estatal que respete los derechos que los ciudadanos han conquistado frente al
Estado, en los términos de Ronald Dworkin, e igualmente genere espacios de interacción y
crecimiento económico ante una nueva era de globalización y tecnología.

Ante este escenario, quizás nos damos cuenta de que no es fácil encasillar la labor del Estado,
en una tarea de árbitro externo que no se involucra con las necesidades de sus ciudadanos y
que simplemente plantea reglas mínimas de juego, sin importar las condiciones de igualdad,
libertad, capacidades o acceso a bienes y servicios que tienen las personas que representa. Pero
tampoco, añoramos un Estado acaparador, que interviene como actor principal en todas las
áreas de la vida jurídica, social y económica de una sociedad. Siendo eminente la creación de
una tercera concepción de modelo estatal, que sin pretender ser totalmente diferente a las
anteriores, en realidad es una hibridación o armonización de los planteamientos radicales de los
dos modelos esbozados anteriormente.

EN LA ACTUALIDAD, EL ROL O LA LABOR DEL ESTADO ESTÁ CENTRADA EN LA


GARANTÍA Y REAL DISFRUTE DE LOS DERECHOS HUMANOS:

Los ciudadanos, incluyendo derechos de libertad (derechos civiles) como los derechos a la
subsistencia y a la supervivencia (derechos sociales), acompañado por un desarrollo económico
y social del Estado, cuyas pautas establece directamente la Constitución, como norma de
normas o marco normativo que irradia todo el ordenamiento jurídico, lo que se ha denominado
Estado Constitucional de Derecho. Consecuentemente, el Estado genera espacios de diálogo e
intervención activa de sus ciudadanos e inversión y crecimiento económico, para garantizar
mayor cantidad y disfrute de derechos, pues de lo contrario se pueden reconocer derechos (carta
constitucional), pero no garantizarlos por falta de voluntad política o de recursos económicos, lo
cual conlleva a una utopía de los derechos fundamentales. En otro contexto, se puede generar
crecimiento económico, que no es necesariamente sinónimo de desarrollo, en el entendido de
Amartya Sen, pero no se genera espacios de desarrollo y bienestar para todos, entonces nos
preguntamos ¿Crecimiento económico para qué? O ¿para quienes?

En este entendido, “el desarrollo puede concebirse […] como un proceso de expansión de las
libertades reales de que disfrutan los individuos. El hecho de que centremos la atención en las
libertades humanas contrasta con las visiones más estrictas de desarrollo, como su identificación
con el crecimiento del producto nacional bruto, con el aumento de las rentas personales, con la
industrialización, con los avances tecnológicos o con la modernización social. El crecimiento del
PNB o de las rentas personales puede ser, desde luego, un medio muy importante para expandir
las libertades de que disfrutan los miembros de la sociedad. Pero las libertades también
dependen de otros determinantes, como las instituciones sociales y económicas (por ejemplo,
los servicios de educación y de atención médica), así como de los derechos políticos y humanos
(entre ellos, la libertad para participar en debates y escrutinios públicos).” Y es aquí, donde surge
el Estado Constitucional de Derecho, que tiene la gran misión de proteger y garantizar un real
disfrute de los derechos humanos a todos los ciudadanos y, asimismo de armonizar los intereses
económicos del Estado para generar escenarios de estabilidad jurídica y económica donde esos
derechos y libertades se puedan materializar.

Pero, como sabemos no existen fórmulas mágicas que resuelvan transcendentalmente los
problemas jurídicos, sociales y económicos que se presentan en una sociedad. Por el contrario,
la historia nos ha demostrado que existen procesos, incorporación de determinadas políticas o
estructura estatal que van cambiando el rumbo o destino de los países. De esta forma, el modelo
de Estado Constitucional, per se, no generaría los cambios estructurales deseados de inclusión
social, garantía de derechos humanos y crecimiento económico, necesita complementarse con
otras herramientas o prerrogativas que le van a permitir desempeñar adecuadamente su labor.
Dichas prerrogativas, considero que podría centrarse en dos, las cuales son: La democracia y el
fortalecimiento de las instituciones estatales, no sin antes aclarar que podría realizarse una lista
más extensa, pero para objeto del presente análisis me centraré únicamente en estas dos.

LA DEMOCRACIA COMO EL FORTALECIMIENTO:

De instituciones estatales son conceptos ampliamente utilizados, no obstante, su definición no


deja de ser ambigua, por tal razón, voy a utilizar el siguiente concepto de democracia, como un
sistema político que “implica, primero, elecciones periódicas, libres y limpias de los
representantes a través del sufragio universal e igualitario; segundo, la responsabilidad del
aparato estatal con respecto al parlamento electo […] y tercero, las libertades de expresión y de
asociación, así como la protección de los derechos individuales contra la acción arbitraria del
estado”.

Esta definición desarrolla diferentes aspectos de la democracia, entre ellos; la participación


política de los ciudadanos, representada en el derecho de elegir y ser elegidos, la responsabilidad
de los funcionarios públicos por sus acciones u omisiones que puedan lesionar los intereses
públicos, además de la existencia de diferentes actores o partidos políticos que compiten por
acceder al poder. Por lo tanto, podría afirmar que la democracia es un sistema político y de
gobierno que incluye una pluralidad de intereses e ideologías representadas por los partidos
políticos, en el cual los ciudadanos cumplen un rol fundamental, pues tienen la doble connotación
de elegir mediante el voto a sus representantes y de ser elegidos como funcionarios públicos,
sistema que lleva implícito el respeto a los derechos de los ciudadanos como límite frente a la
acción del Estado, entre ellos los más notorios son: el derecho a la igualdad, el acceso de todos
los ciudadanos (incluyendo a las minorías), libertad de información, libertad de participación y
asociación.

Podríamos preguntarnos ¿si la democracia no incluye un modelo económico determinado? O


quizás ¿implica eficiencia administrativa? Pero lo cierto es que al concepto de democracia se le
han atribuido características o consecuencias que no son necesariamente intrínsecas a un
gobierno democrático, que se han venido utilizando como paradigmas de la democracia, que
aunque pueden convivir plenamente con un gobierno democrático no son indispensables para
su existencia. Para analizar con mayor profundidad el argumento enunciado, voy a utilizar cuatro
conceptos de lo que no es democracia, desarrollados por los profesores Philippe Schmitter y
Terry Lynn Karl.

Los referidos autores señalan que, primero, las democracias no son necesariamente más
eficientes económicamente que otras formas de gobierno, pues su objetivo está focalizado en el
reconocimiento de derechos, no específicamente en obtener más recursos económicos.
Segundo, las democracias no son necesariamente más eficientes administrativamente, pues la
capacidad del gobierno para tomar decisiones es un proceso más lento, porque participan y se
consultan más actores que en otros sistemas de gobierno, pensemos en una dictadura o
autocracia. Tercero, las democracias probablemente no son más ordenadas, estables o
gobernables que las dictaduras que reemplazan, debido al reconocimiento de la libertad de
expresión, lo que implica llegar a consensos, escuchar voces disidentes o en desacuerdo
constante con las reglas e instituciones. Y finalmente, las democracias tendrán sociedades y
políticas más abiertas, pero no necesariamente economías más abiertas, lo cual implica que los
derechos humanos reconocidos para todos los ciudadanos son un límite o control frente a la
libertad económica, lo que no significa que sean incompatibles, pero sí que tienen que
armonizarse, pues libertad política no significa libertad económica. Expresamente estos autores
señalan:

“La democratización no necesariamente traerá crecimiento económico, paz social, eficiencia


administrativa, armonía política, mercados libres o el fin de la ideología, mucho menos traerá el
fin de la historia. No hay duda que algunas de éstas cualidades podrían hacer más fácil la
consolidación democrática, pero no son prerrequisitos ni productos inmediatos de la democracia.

En vez de eso, lo que deberíamos estar deseando es la formación de instituciones políticas que
puedan competir pacíficamente para formar gobiernos y para influir en la política pública, que
puedan canalizar los conflictos sociales y económicos a través de procedimientos regulares y
que tengan suficiente contacto con la sociedad civil para representar a sus asociaciones y que
las comprometan en cursos colectivos de acción.” De esta forma, podemos concluir que la
finalidad de la democracia es crear un escenario donde concurran todas las voces presentes en
una sociedad para llegar a un consenso pacífico, donde se puedan canalizar los conflictos
sociales y económicos a través de procedimientos regulares que incluyan tanto a la sociedad
civil como a las instituciones estatales para implementar acciones que solucionen de forma
definitiva el conflicto en cuestión. Es decir, que los canales de participación e interacción de los
ciudadanos con el gobierno son mucho más amplios y complejos, y no se agota en la
participación en las contiendas electorales.

De esta forma, incluso los jueces participan y tienen un rol activo dentro de la interacción de los
intereses o necesidades de los ciudadanos, pues los jueces conocen de fuente directa un
conflicto social o una vulneración de derechos, y en diversas oportunidades se percatan que la
simple resolución judicial inter pares no es suficiente para solucionar un problema más complejo,
y es en estos casos, en los cuales los jueces constitucionales utilizan mecanismos que generan
cambios sociales como son las sentencias interpretativas, manipulativas o estructurales,
convocan a audiencias públicas o realizan seguimiento a la implementación de determinadas
políticas públicas, lo que el profesor Cesar Rodríguez Garavito ha denominado democracia
deliberativa.

Por otro lado, respecto al fortalecimiento de las instituciones del Estado, que se constituye en un
prerrequisito indispensable para el éxito de un Estado Constitucional y Democrático, es necesario
resaltar que la tradicional tridivisión de poderes – Legislativo, Ejecutivo y Judicial-, apoya en la
elaboración de la concepción institucional y especializada del Estado, que si bien no agota la
cantidad de funciones que cumple el Estado, sí enmarca las principales funcionales estatales,
como son; elaborar las leyes, ejecutarlas, elaborar políticas públicas, velar por la garantía y
reconocimiento de los derechos de todos los ciudadanos, así como solucionar los conflictos de
los ciudadanos de forma definitiva impartiendo justicia, entre otras. División de poderes que
representa una función específica y fundamental en el desarrollo de las tareas encomendadas al
Estado, donde ninguna de las ramas del poder es jerárquicamente más importante que la otra,
por el contrario conviven en una relación armónica de check and balance o frenos y contrapesos,
según la cual ellas mismas se controlan mutuamente, evitando excesos de poder en las otras
ramas del poder.

Cuando se rompe esa armonía y control mutuo, porque existe un poder superior de una de las
ramas (v. gr. El Ejecutivo o Presidente) sobre las otras ramas del poder (Congreso, Poder Judicial
o Tribunal Constitucional), se van debilitando las instituciones, generando subordinación a los
intereses particulares del Gobierno o autoridades de turno, generando corrupción, limitando la
independencia y autonomía en la toma de decisiones en sus respectivos ámbitos de función, lo
cual implica que los canales de comunicación y acción entre los funcionarios públicos y la
ciudadanía se vean truncados, afectando el normal funcionamiento del sistema de gobierno o
modelo de Estado, por ello, contar con instituciones sólidas, independientes, respetuosas de los
derechos humanos de los ciudadanos y del ordenamiento jurídico, es lo único que garantiza el
normal funcionamiento de un Estado Constitucional y Democrático.

Adicionalmente, encontramos que otra causa del debilitamiento institucional, es producto de la


confusión entre el concepto de restricción en las actividades económicas que desempeña el
Estado y la capacidad institucional del Estado. Es decir, que cuando en los años 80´s y 90´s se
planteó reducir las actividades económicas en las que intervenía el Estado, se asimiló
erróneamente a un debilitamiento en la capacidad del Estado en la elaboración de políticas
públicas, garantía de derechos y facultad para hacer cumplir las leyes, lo cual llevo,
indudablemente, en algunos países de América Latina y África a crisis más agudas que las que
inicialmente se querían solucionar, tal es el caso de Kenia en África, como señala el estudio
desarrollado por Francis Fukuyama:

“Como consecuencia de la doble naturaleza de ese Estado africano, los programas de


estabilización y adaptación estructural impuestos por los países donantes en las décadas de los
ochentas y los noventas tuvieron un efecto contraproducente y distinto al deseado. […] los
regímenes neopatrimoniales tenían la última palabra, la condicionalidad externa fue finalmente
usada como pretexto para llevar a cabo recortes en sectores del Estado moderno y a la vez
proteger, e incluso ampliar, el alcance del Estado neopatrimonial. Así pues, las inversiones en
infraestructuras básicas como carreteras o salud pública cayeron de forma drástica a lo largo de
un periodo de veinte años y lo mismo sucedió con las inversiones en educación y agricultura.
Paralelamente, la inversión en los llamados gastos de soberanía como fuerzas militares,
servicios diplomáticos y puestos vinculados a la Presidencia incrementaron de forma radical (en
Kenia, por ejemplo, los funcionarios del ministerio de la Presidencia ascendieron de 18.213 en
1971 a 43.230 en 1990).

A pesar de que muchos de los defensores del consenso de Washington ahora no dudan en
afirmar que habían comprendido la importancia de las instituciones, el marco legal y el orden
concreto de aplicación de las reformas, lo cierto es que, desde finales de los ochenta hasta
principio de los noventa, las cuestiones del eje Y referentes a la capacidad del Estado y a la
construcción del mismo brillaron por su ausencia en el debate político. Hubo muy pocas
advertencias por parte de quienes elaboraron esa política desde Washington acerca de los
peligros que suponía impulsar la liberalización sin las instituciones adecuadas.”

El análisis realizado en los países africanos es totalmente aplicable a la realidad latinoamericana,


pues si no existen instituciones fuertes que realicen contrapeso a los intereses individuales,
económicos y de poder de los gobernantes, los límites se van difuminando, dando paso a la
corrupción y al exceso de burocracia estatal dentro de las instituciones más importantes y
representativas de una sociedad. Las instituciones deben seguir cumpliendo su rol legítimo de
proteger los intereses y derechos de los ciudadanos, además, de continuar con la facultad o
capacidad institucional de elaborar e invertir en políticas públicas que representen un desarrollo
integral (reconocimiento de derechos, incremento económico y de libertades) para todos los
ciudadanos.

Por lo tanto, es indispensable “distinguir entre el alcance de las actividades estatales, que
consisten en las diferentes funciones y objetivos que asumen los gobiernos, y la fuerza del poder
del Estado o la capacidad de los Estados para programar y elaborar políticas públicas y aplicar
las leyes con rigor y transparencia, que equivale a lo que se denomina hoy en día capacidad
estatal o institucional.” De esta manera, independientemente del modelo económico adoptado
por una sociedad, lo importante es contar con instituciones estatales fuertes, impermeables a la
corrupción y otros males que aquejan a la administración pública. Así, como mantener clara la
función y capacidades que cumplen las instituciones dentro del Estado, pues contar con
instituciones fortalecidas coadyuva al desarrollo de los fines del Estado Constitucional de
Derecho, los cuales son en últimas armonizar los presupuestos normativos de reconocimiento
de derechos con el desarrollo económico y social, para alcanzar un real disfrute de las garantías
constitucionales.
CONCLUSIONES

Considero que el Estado Constitucional de Derecho, es un modelo indicado para afrontar los
retos que presentan los Estados Modernos, los cuales se encuentran en la encrucijada del
reconocimiento constitucional de los derechos humanos, el crecimiento económico, el desarrollo
socio-cultural, la globalización y la tecnología, y garantizar el real disfrute de los derechos civiles,
políticos y sociales de todos los ciudadanos parte de una misma sociedad. Pues si bien, la tarea
no es fácil, uno de los objetivos o fines del Estado Constitucional es crear espacios de inclusión
y armonización de los intereses contrapuestos presentes en una sociedad, así, como garantizar
la protección efectiva de los derechos fundamentales de todos los ciudadanos.

Este modelo estatal es acorde con el concepto de desarrollo de libertades desarrollado por
Amartya Sen, según el cual, el crecimiento y desarrollo económico no puede estar medido
únicamente por el incremento del Producto Nacional Bruto o el aumento en las rentas personales,
sino que debe incluirse otros factores determinantes que influyen en los grados o capacidad de
libertad que tienen los miembros de una comunidad, como son; las instituciones sociales y
económicas y el disfrute de los derechos humanos. Escenario en el cual, el PNB y las rentas
individuales son uno de los medios para expandir libertades de los ciudadanos, pero no los únicos
ni determinantes.

Adicionalmente, para el desarrollo de un modelo de Estado Constitucional de Derecho se


necesitan dos prerrequisitos, como son: primero, la democracia, entendida como el sistema
político que permite el desarrollo del rol dual de los ciudadanos, elegir y ser elegido, y además
promueve y respeta los derechos humanos como límite frente a las acciones del Estado.
Segundo, el fortalecimiento de las instituciones estatales, concebida como la capacidad del
Estado para desarrollar políticas públicas, garantizar los derechos de los ciudadanos y hacer
cumplir el ordenamiento jurídico, pues de lo contrario cuando se rompe la armonía entre las
diferentes ramas del poder, se genera un debilitamiento institucional sensible a los problemas de
corrupción y exceso de burocracia estatal.
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