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Cultura popular y modelos de mujer

por María Jesús Ruiz


Santas
Hace unos pocos meses Inmaculada Montalbán (Magistrada del Tribunal Superior de Justicia de
Andalucía) publicaba en El País un artículo titulado “Violencia de género en la Constitución”.
Lamentaba en él que quizás el mayor obstáculo con el que tropezaba la Ley Integral de Género
para su correcta aplicación eran ciertos hábitos sociales que aún hacían esperar de las mujeres la
acomodación a estereotipos tradicionalmente consolidados.
Esas conductas tozudas empantanan efectivamente la reivindicación de situaciones relacionadas
con la autonomía, con la libertad de elección, con el derecho a la vida pública, e incluso con la
desobediencia, adscritas al ideario feminista básico y en claro conflicto con los valores de
sumisión o reclusión instalados en esos estereotipos.
La documentación ingente que, desde hace por lo menos ocho siglos, nos informa sobre la
gestación y la transmisión de los arquetipos femeninos básicos en la cultura popular no deja
lugar a dudas: la literatura oral, los ritos y prácticas folklóricas, la iconografía, y los usos
tradicionales en general materializan unos modelos de mujer que –seamos o no conscientes-
están grabados en nuestra memoria de manera indeleble. En tanto estamos hechos en buena
parte de memoria colectiva y secular, actuamos no pocas veces arrastrados por esos modelos y
nos relacionamos conforme a ellos cada vez que el olvido del aquí y del ahora gana la partida.
Probablemente uno de los arquetipos más nocivos para la auténtica comprensión social de la
igualdad entre sexos sea el de la Virgen. Su figura irrumpe en la cultura popular hispánica con
seducción desmedida en los últimos siglos de la Edad Media, y se convierte muy pronto en icono
central de la religiosidad de a pie, la de todos, campeando a sus anchas en una multiplicidad de
imágenes, de objetos y de ritos que no conoce fronteras.
Las mujeres hemos tenido en ella una referencia inalcanzable, frustrante por lo tanto, y en
consecuencia perversa. Como paradigma, representa muy bien la vinculación de la perfección
femenina al inmovilismo, dejando en manos del arquetipo masculino (su hijo) la ejemplaridad de
una vida itinerante y de unas habilidades públicas de las que ella voluntariamente se priva.
La Virgen, como la madre de Buda, la madre de Confucio o la madre de muchos antiguos héroes
caballerescos, concibe al hijo sin intervención alguna de varón, da a luz sin dolor y dedica su
anónima vida a la nutrición y protección del vástago. Se configura así como mujer en la que la
virtud está indisolublemente unida a la negación del sexo, lo que lleva a una tajante
identificación entre lo femenino y la castidad.
Con una asombrosa capacidad para adaptarse en la diacronía y en la diversidad de medios, la
Virgen ha generado suplentes de enorme atractivo. En la literatura laica, la suplanta la donna
angelicata, que en la tradición renacentista del amor cortés diviniza hasta la utopía el sueño de
castidad. En el último cine, sin ir más lejos, la madre de Anakin Skywalker toma el relevo como
calco de la mujer virtuosa que, inmóvil, contempla con orgullo cómo su hijo y los demás varones
se encaminan a la heroica aventura.El eterno femenino, en fin, está prendido en las entretelas de
nuestra memoria, del alma misma, haciendo todo lo posible por perpetuarse como causa de
nuestras conductas. Y en parte consiguiéndolo.

Publicado en La Voz de Cádiz, el 4 de marzo de 2006

Salvajes
En la orilla opuesta de la mujer santa a la que –como arquetipo- describía la semana pasada, está
la mujer salvaje. Investida de soledad y de aislamiento, habitante de un espacio no civilizado, y
ajena a las más mínimas reglas de socialización, la mujer salvaje aparece en la cultura popular,
antes que nada, como peligro. En tal sentido, sus antecedentes más definidos son las antiguas
sirenas. En ellas se convocan dos o tres rasgos esenciales: un espacio ignoto y escondido (el
fondo del mar) en el que puede quedar atrapado para siempre el navegante, una seducción
irracional de tintes demoníacos y una fisiología híbrida (mitad pez mitad mujer) que, más que
contra natura, juega contra cualquier posibilidad de aceptación social.
Más allá de su condición mitológica, las sirenas y sus congéneres han ido representando a través
de los siglos un modelo de mujer inaceptable, y sobre todo han encarnado la amenaza de un
castigo implacable para todas aquellas mortales que osaren desviarse del rol tradicional asignado
por su condición femenina. Así, los cuentos, las leyendas, los romances, la iconografía popular y
el folklore abundan en mujeres cuya desobediencia se corporeiza en una fisiología desmesurada
o, en todo caso, vertida a la masculinidad más feroz.
Apoyando el consejo quevedesco de que el hombre debe elegir mujer pequeña como esposa
(“porque del mal lo menos”), la Giganta Andandona, importada por las novelas de caballerías del
folklore europeo, ofrece un retrato exacto del arquetipo: “Tenía todos los cabellos blancos y tan
crespos, que no los podía peinar; era muy fea de rostro, que no semejaba sino diablo. Su
grandeza era demasiada, y su ligereza. No había caballo, por bravo que fuese, ni otra bestia
cualquiera en que no cabalgase, y las amansaba. Tiraba con arco y con dardos tan recio y cierto,
que mataba muchos osos y leones y puercos, y de las pieles de ellos andaba vestida. Todo lo más
del tiempo albergaba en aquellas montañas por cazar las bestias fieras. Era muy enemiga de los
cristianos y hacíales mucho mal”. Igual que ella, las serranas feas y montaraces de las que huía el
Arcipreste de Hita, o las irredentas bandoleras que –según circuló en leyendas de nuestra última
Posguerra- formaban parte del Maquis, portaban armas y se dedicaban a la caza (de hombres o
de animales) menos compasiva.
Alentándolas –y advirtiendo a las demás del descalabro- ha estado siempre Lilith, la nocturna,
que para la tradición hebrea surgió al mismo tiempo que Adán, y que fue descartada para su plan
de creación por un Dios que la sustituyó inmediatamente por Eva, más adecuada a las
dependencias por depender en sí misma de una costilla. Pero incluso a Eva no deberíamos
imaginarla con los trazos que Durero o El Bosco le asignaron, porque su pecado, su transgresión y
su renuncia a la familia nos remiten a lo femenino salvaje, y no a esa blanda mujer de cabellos
dorados que la Iglesia –por convertirla en madre- ha querido presentar.

Publicado en La Voz de Cádiz, el 11 de marzo de 2006


Adúlteras
El silencio sepulcral que la literatura popular mantiene sobre el adulterio masculino no hay más
remedio que interpretarlo como prueba del consenso mayoritario acerca de este asunto, que a
todas luces no reviste para nuestro colectivo cultural índice alguno de conflicto. En claro
contraste, nuestra memoria tradicional abunda en casos de adúlteras que, solícitas al pecado
infame, arruinan familias, abandonan a los hijos y llevan a la desgracia a maridos bondadosos e
inocentes, los cuales, en arrebatos justificados hasta la saciedad, se ven en la trágica obligación
de castigar a sus esposas con la muerte. En todos lo casos, el perverso adulterio de la mujer se
contempla como el desencadenante de la desestabilización de la familia y, por ende, del pacífico
orden social.
La adúltera es la versión hogareña de la mujer salvaje, demostrando con ello que los peligros de
la maldad femenina no sólo se esconden en cuevas misteriosas, en riscos inaccesibles o en el
remoto fondo del mar, sino que pueden albergarse en la propia alcoba. Como las salvajes, las
adúlteras son seres no domesticados que palian su amenazante soledad entregándose a sus
instintos más ínfimos, para cuya satisfacción descuidan los sagrados deberes de la maternidad y
del sostenimiento del hogar. A diferencia, sin embargo, de las salvajes, las adúlteras son
extremadamente precavidas, mentirosas, astutas y formadas, aptitudes que ponen al servicio de
ocultar su trasgresión pero que, en último término, agravan la dimensión del pecado cuando éste
es descubierto. A diferencia también de las salvajes, las adúlteras son culpables de una
inmoderada coquetería, debilidad que con frecuencia ciega la astucia y las encamina al
inexorable castigo.
El romance de Albaniña, una de las adúlteras más venerables de la tradición oral hispánica, relata
cuánto de arriesgado hay en que el marido no mantenga una vigilancia firme de su honra.
Mientras éste sale de caza, Alba se exhibe impúdicamente en su balcón (“muy peinada, muy
lavada, / su poquito de arrebol”) y consiente de inmediato a las insinuaciones del caballero que
por allí pasea (“-Suba, suba, caballero, / una nochecita o dos, / mi marido está cazando / en los
Montes de León”), expresando “salvajemente” su desprecio al esposo (“ para que no vuelva más
/ le echaré una maldición: / cuervos le saquen los ojos, / águilas el corazón…”). El regreso
inesperado de éste desata el ingenio de la adúltera, que aduce mil y una excusas para justificar
las prendas del amante (la espada, el sombrero, la capa) esparcidas por la casa: “- Tuyo, tuyo,
dueño mío, / mi padre te lo mandó / pa que fueras a la boda / de mi hermana la mayor”.
Agotadas, sin embargo, las disculpas, Alba reconoce al final su pecado y pide su ejecución:
“Mátame, marido mío, / que te he jugado a traición”.
La ecuación perversa soledad + sabiduría avisa en muchos textos populares de lo peligroso que
resulta que la casada tenga acceso a algún tipo de formación. Saber leer y escribir, por ejemplo,
sólo sirve para intensificar la malvada astucia de la mujer que, dotada de ciertos recursos
intelectuales, encuentra vías más sofisticadas para el engaño. La popular balada de Los presagios
del labrador presenta a un honrado campesino que abandona las tareas del campo para
apresurarse a volver a su casa, ya que su corazón présago le avisa de que allí su mujer le está
traicionando. La escena de los amantes en la cama que presencia con espanto el labrador lo
enfurece lo suficiente como para acuchillar a los adúlteros de inmediato, no sin antes recriminar
a la esposa, ya envuelta en su propia sangre: “Ven acá, villana, perra. / Si lo hacías por comer, /
ahí tenías mis haciendas; / si lo hacías por beber, / ahí tenías mis bodegas; / si lo hacías por
marido, / haberme escrito unas letras, / que bien sabes escribir, / ojalá, Dios, no supieras”.
La coquetería, en fin, puede nublar el ingenio de muchas adúlteras que, ensimismadas en su
propio atractivo, descuidan el disimulo necesario para librarse del castigo marital. En España,
América, y en las comunidades sefardíes repartidas por el Mediterráneo pervive con cierta
popularidad el romance de Landarico. En él, la reina protagonista, distraída ante el espejo con su
belleza, no advierte que quien se acerca por detrás para obsequiarla no es su amante, sino el rey,
a quien dirige con arrobo estas palabras: “Tate, tate, Landarico, / mi pulido enamorado; tres hijos
tuve contigo / y uno con el rey son cuatro; / si el del rey viste de seda, / los tuyos seda y brocado;
/ si el del rey monta la mula, / los tuyos mula y caballo; / si el del rey bebe del tinto, / los tuyos
del tinto y claro”. Esta adúltera pone en entredicho de forma explícita, ni más ni menos, que la
virilidad del esposo, elemento que al fin y al cabo es el cuestionado, a ojos del varón, por el
propio hecho del adulterio. La reacción del rey, por tanto, ni se hace esperar ni encuentra
paliativos a su crudeza: “- Dios te perdone, la reina, / que yo no te he perdonado.- / La cabeza
entre los hombros / al suelo se la ha arrojado”.

Publicado en La Voz de Cádiz, el 18 de marzo de 2006


© María Jesús Ruiz (Universidad de Cádiz

Disponible en la web en la siguiente dirección:

http://weblitoral.com/estudios/cultura-popular-y-modelos-de-mujer/cultura-popular-y-modelos-de-
mujer/?searchterm=Santas,%20salvajes%20y%20ad%C3%BAlteras