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1) Alberdi, en su afán por recrear las sociedades industrializadas europeas en el naciente

país argentino, consideraba que la prosperidad que traerían los capitales europeos solo
vendría aquí cuando el ambiente fuera propicio en la nación. Y por el momento, si bien no
lo era, aún podía encaminarse.

La fórmula que garantizaría esta bienaventuranza estaba protagonizada, para el legislador,


por el aparato estatal centralizado que se encargaría de mantener a raya a los poderes
locales de las provincias, proteger la propiedad privada, incentivar el comercio y el trabajo,
y promover las libertades civiles de todo tipo. Esto, según Alberdi, le serviría a la Argentina
“para tener población, para tener caminos de hierro, para ver navegados
nuestros ríos, para ver opulentos y ricos nuestros estados” [1] 62

Es en la conformación y composición de este aparato donde más se ve la influencia


anglosajona en los pensamientos del autor. Él establece la necesidad de una representación
en dos grados, los diputados como representantes “del pueblo”, y los senadores
representando con un número fijo (en este caso, dos) a las provincias.

Tanto como en el aparato norteamericano, era la figura del presidente la protagonista del
poder central. La figura, y no la persona, puesto que según el legislador, la figura era más
importante para el aparato estatal que las virtudes que pudiera tener el gobernante:

“ […] una vez elegido, sea quien fuere el desgraciado a quien el voto del
país coloque en la silla difícil de la presidencia, se le debe respetar con la
obstinación ciega de la honradez, no como a hombre, sino como a la persona
pública del Presidente de la Nación” [2] 62

Sin llegar por ello, claro, a detentar todo el poder para su persona y actuar de manera
despótica. Para evitar esto, Alberdi también recomendaba que el mismo hombre no
pudiera ser reelecto para el cargo.

Pero no todo eran libertades en la utopía republicana de Alberdi. Si había una libertad que
faltaba, era la de la participación política. Esta estaba severamente restringida, y esto a
propósito, puesto que se consideraba que los estratos pobres y faltos de educación, no
estaban aptos para ejercer la decisión política, y eran propensos a ser manipulados por la
demagogia. Mientras que Tocqueville buscaba alcanzar la igualdad democrática y política,
para Alberdi era requisito discriminar la participación, para “asegurar la calidad del voto”.

La fórmula tuvo una gran influencia durante los años previos al ascenso del PAN en la
política argentina, y la Constitución Nacional de 1853 se encargo de llevar la fórmula a la
realidad.

Pero, como suele pasar, difícilmente la teoría termina siendo muy parecida a la realidad.

La fórmula alberdiana, con todo el impulso que le significó la constitución, empezó a andar
por el empedrado camino de las viejas rivalidades y alianzas de las elites interprovinciales
que venían compitiendo desde el lejano tiempo de la independencia, puesto que desde
aquel entonces, nunca se había llegado a formar una autoridad nacional que las supeditara
a todas. Mientras que en los ya un poco más maduros Estados Unidos había partidos
políticos más o menos homogéneos y organizados en pugna, en la Argentina no había tal
cosa. El mismo PAN buscaba mantener la falta de organización política para evitar la
competencia interpartidaria y manejarse holgadamente:

“El PAN consistió en un sistema informal de vinculación de distintos


líderes provinciales y nacionales que los proveyó de una red de relaciones de
gran flexibilidad, y también de perdurabilidad, ya que podía fácilmente
adaptarse a las circunstancias cambiantes” [3] pa 30

Mientras que Alberdi imaginaba una competencia entre ideales, como en sus queridos
Estados Unidos, en la Argentina funcionaba una interminable cantidad de ligas aunadas
por el pago de voluntades, y por una enorme cadena de favores. Una auténtica
competencia “entre recursos”.

2) Quizás que referirse al ordenamiento de la época como “régimen conservador” sirva


para la nomenclatura de un manual de texto escolar, o para generalizar a la hora de hacer
un pantallazo general sobre historia argentina, y por eso es entendible que en “Jardines
secretos, legitimaciones públicas”, Paula Alonso no quiera referirse al PAN como “régimen
político”, puesto que un régimen es algo que se mantiene perdurable en el tiempo sin
mayores cambios que los superficiales, y en este caso, la arena política de aquella época no
fue totalmente inmutable a los acontecimientos económicos, como las grandes (y cíclicas)
crisis económicas, que causaron el surgimiento de los primeros partidos populares, ni
mucho menos inmune a los acontecimientos sociales, como las numerosas revoluciones
organizadas por la naciente Unión Cívica Radical.

El PAN, en su afán de mantenerse por encima, y más delante por sobrevivir, se encontró
con la necesidad de organizarse institucionalmente para reacomodar sus filas, y seguir
actuando lo más holgadamente posible a la luz de los constantes cambios.

Sin embargo, el ordenamiento político de la generación del '80 puede ser entendido como
régimen, siempre y cuando se lo considere como un gobierno ejercido por el estrato
oligárquico. Desde ese punto de vista, puede considerarse a todo el período del '80 hasta el
'16 como un gran régimen oligárquico desprovisto de toda competencia electoral, que
solamente encontraba cuñas entre sus propias ligas, que se disputaban las presidencias a
medida que se iban sucediendo.