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EditorialAriel, S.A
Barcelona
D iseño cubierta: V icente M orales

1." edición: junio 1998

© 1998: Dolors Comas d ’Argemir

Derechos exclusivos de edición en español


reservados para todo el mundo:
© 1998: Editorial Ariel, S. A.
Córcega. 270 - 08008 Barcelona

ISBN: 84-344-2212-3

Depósito legal: B. 18.714- 1998

Impreso en España
PREFACIO

El térm ino globalización indica el proceso de internacionalización


de la econom ía, la tecnología, las finanzas, las com unicaciones o la
producción cultural; expresa, en definitiva y de form a m uy clarividen­
te, la escala m undial de m uchos fenóm enos. La globalización no im pi­
de, sino que p o r el contrarío propicia, que los ám bitos locales adquie­
ran un nuevo protagonism o y una gran vitalidad, com o tam poco im pi­
de la eclosión de m últiples form as de identidad y el surgim iento de
nuevos episodios y expresiones del nacionalism o. Hoy vivimos, pues,
en un sistem a global; sin em bargo, esto, que tiene m uchas ventajas e
inaugura nuevas potencialidades, no garantiza la igualdad entre las
personas, ya que continúan existiendo m ecanism os de exclusión y se
han agudizado incluso las diferencias y fracturas entre grupos socia­
les, países y zonas del planeta. H eterogeneidad y fragm entación son
com ponentes indisociables de la globalización. De ahí la necesidad de
reflexionar acerca de la naturaleza de un proceso con vertientes ap a­
rentem ente tan contrapuestas.
Ésta es la dim ensión genérica que guía los distintos tem as que
abordam os en las páginas siguientes desde la óptica de la antropolo­
gía económ ica. En térm inos específicam ente económ icos, la globali­
zación se corresponde con el proceso de expansión del m ercado, rela­
cionado con la im plantación hegem ónica del capitalism o com o siste­
m a económ ico y social. E n este texto analizarem os ju stam en te cóm o
la econom ía de m ercado penetra en distintos pueblos del m undo,
im pregna la lógica de diferentes form as de producción y m odifica, a
m enudo sustancialm ente, la vida de la gente. No se trata de un fenó­
meno homogeneizador, ya que si bien el m ercado es global y, por
tanto, de alcance m undial, la fuerza de trabajo no lo es, pues está divi­
dida en m últiples fragm entos en base a su adscripción a determ inados
países, origen cultural o racial, diferencias de sexo, clases sociales,
etcétera. No se trata tam poco de un proceso en una sola dirección,
sino que existe una gran variedad de respuestas locales, que suponen
una síntesis particular y distintiva entre las grandes corrientes econó­
micas y las propias tradiciones culturales existentes en cada lugar.
8 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

La expansión de la econom ía de m ercado supone, p o r otro lado,


m odificaciones im portantes en el uso de los recursos naturales; esto
com porta un im pacto am biental considerable, ya que el increm ento
del consum o y la lógica de la ganancia a corto plazo llevan a que
m uchos recursos se destruyan a un ritm o superior a su capacidad de
regeneración. Los problem as derivados de la contam inación am bien­
tal, la deforestación, el calentam iento del planeta o los accidentes
nucleares h an obligado en estos últim os años a cuestionar las bases
de un crecim iento económ ico ilim itado y a plantear la idea de susten­
tabilidad. De nuevo desde la antropología económ ica querem os anali­
zar las concreciones específicas de los fenómenos de degradación
am biental, cóm o afectan e incluso am enazan gravemente las formas
de producción y las condiciones de vida de distintos pueblos del pla­
neta y cóm o se relacionan con factores sociales y políticos.
La antropología económ ica se em pezó a plantear esta clase de
tem as ya en los años setenta, cuando se comenzó a hablar de la exis­
tencia de u na econom ía-m undo y estaba en plena efervescencia la dis­
cusión sobre las causas del subdesarrollo. A raíz de estas dimensiones
se planteó tam bién cóm o se producían las transform aciones de las
econom ías de subsistencia y la articulación de las econom ías locales y
de distintas form as de producción con el sistem a global. La preocupa­
ción p o r la form a de utilización de los recursos naturales y sus reper­
cusiones am bientales llegó algo m ás tarde, ya en los años ochenta,
vinculada con el desarrollo de la denom inada ecología política y con
el surgim iento de una conciencia de globalidad de los problemas
am bientales. Tanto en la vertiente m ás «económica» como en la más
«ecológica» debe reconocerse la im portancia de la política, en la
m edida en que condiciona el acceso y uso de los recursos por parte de
distintos grupos sociales, las form as de intercam bio y distribución
desigual de la riqueza y un sistem a de acum ulación que aboca a la
degradación am biental.
Éstos son los grandes ejes a p artir de los que me propongo presen­
tar en las páginas siguientes las principales aportaciones y desarrollo
de la antropología económ ica. No pretendo que tal presentación sea
exhaustiva, ni m ucho menos, pues la antropología económ ica abarca
u n cam po de contenidos muy amplio, tanto, que es prácticam ente
im posible ab arcar todas sus dim ensiones, por lo que he optado por
seleccionar los tem as que me parecen m ás sugerentes, temas que per­
m iten, adem ás, p resen tar distintos debates en el seno de la disciplina,
y que, finalm ente, inciden en aspectos que actualm ente son objeto de
preocupación social. De hecho, este texto es resultado directo de estar
im partiendo desde hace quince años en la Universitat Rovira i Virgili
los contenidos de la antropología económ ica, que he ido orientando
PREFACIO 9

hacia los temas y enfoques que aquí se presentan. Siem pre he huido
de los planteam ientos exclusivamente academ icistas y he procurado
aplicar las distintas aportaciones de autores y enfoques teóricos hacia
el análisis de algunas cuestiones nucleares de nuestro tiem po. Me
interesa de la antropología su visión crítica y reflexiva acerca de lo
que constituyen las grandes tendencias y los paradigm as dom inantes
de la intervención política y del pensam iento económ ico. Considero
que la antropología social tiene m uchas cosas que ap o rta r a las actu a­
les discusiones acerca del desarrollo, una gestión participativa de los
recursos que tenga en cuenta los conocim ientos y saberes locales, o de
cómo im pulsar «economías sostenibles» que hagan com patibles la
necesidad de crecim iento económ ico y de preservación am biental, p o r
poner algunos ejemplos.
En este punto, he de reconocer la gran ayuda y estím ulo que me
han prestado algunas personas. Una de ellas es M aurice Godelier, que
me hizo interesar por los planteam ientos teóricos m ás globales, rela­
cionados con la transición económ ica y social. Además de esta deuda
intelectual, he de agradecer a M aurice Godelier que m e confiara la
coordinación de un equipo de investigación que trabajó ju n to con
otros equipos en la com paración de distintos procesos de transición
social, a p artir de sus concreciones y expresiones locales. Esto era a
finales de los años ochenta y todavía recuerdo la vitalidad e interés de
las reuniones en que investigadores de distintos países poníam os en
com ún nuestras experiencias y resultados. E n un plano distinto he de
citar a Jesús Contreras, pionero en la docencia de la antropología eco­
nóm ica en la universidad española. Con Jesús he tenido la o p ortuni­
dad de colaborar en diversas ocasiones, especialm ente en tem as rela­
cionados con el análisis de la econom ía cam pesina y en su caso m e es
difícil separar su condición de colega de la cam aradería y am istad que
nos une desde hace ya m uchos años. Tam bién debo m encionar a
Eduardo Bedoya, que ha sido durante dos cursos profesor visitante en
nuestro departam ento de Tarragona y que m e ha ayudado de form a
muy sustancial a introducirm e en los tem as y literatu ra de la ecología
política m ás recientes. Ha sido una suerte tenerle tan cerca y poder
discutir con él m uchas cuestiones relativas a la relación entre econo­
mía y ecología, que a los dos nos interesan.
A Joan Prat debo agradecer la cuidadosa lectura que ha hecho de
este texto, cosa que valoro especialm ente p o r cuanto me consta que la
antropología económ ica no es lo que m ás le apasiona en la vida p reci­
samente. Los com entarios que m e hicieron tam bién en su m om ento
Luis Álvarez, Teresa San Román y Teresa del Valle m e h an sido muy
útiles y algunas de sus sugerencias han sido incorporadas en la ver­
sión final. Además de estas contribuciones, he recibido otros tipos de
10 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

ayuda, que debo reconocer tam bién. David Pujadas tuvo a su cargo la
bibliografía, lo que no es poco, y he de agradecer a Pedro M arta que
salvara el texto de la saña y desperfectos que causaron los virus infor­
m áticos, que, ya se sabe, siem pre aparecen en los m om entos m ás ino­
portunos. N úria Alberich, Carm e M artínez y Albert M oncusí me han
prestado tam bién u n a colaboración m uy valiosa aunque haya sido
indirecta. Y a p a rtir de aquí la lista de personas que de una form a u
o tra m e han ayudado, tanto en el ám bito de la universidad como fuera
de él, es dem asiado larga com o p ara citarlas individualmente. Reservo
en todo caso este últim o párrafo para los alum nos y alum nas de licen­
ciatura y de doctorado, porque aunque no lo sepan son los que me
han prestado una colaboración m ás sustancial y decisiva.

Tarragona, enero de 1998


C a p ít u l o 1

LA ANTROPOLOGÍA SOCIAL ESTUDIA LA ECONOMÍA

1.1. Un acercam iento a la antropología econ óm ica

El objeto de la antropología económ ica es m uy am plio y trascien­


de lo que habitualm ente se entiende com o económ ico en sentido
estricto. El enfoque holístico (o totalizador) de la antropología hace
que se consideren integrados los distintos dom inios de la cultura y
que, por consiguiente, se analice la econom ía en su relación con el
parentesco, la organización social, la política, la religión y los siste­
mas de representaciones. Además, la econom ía se considera «incrus­
tada» en la sociedad y esto im plica reconocer que las funciones econó­
micas pueden realizarse a través de diversos tipos de instituciones,
o, recíprocam ente, que lo económ ico se halla presente e im pregna
muchas otras dim ensiones de la vida social.
A la hora de establecer las conexiones entre econom ía y sociedad
no podemos obviar, p o r otro lado, la propia relación que se establece
entre las sociedades, los intercam bios que existen entre ellas y el p ro ­
ceso de cam bio que m odifica tales relaciones e intercam bios. N uestra
óptica de análisis se centrará justam ente en tales dim ensiones, ya que
nuestro objetivo en este texto es tratar sobre la transform ación de dis­
tintos sistemas económ icos y form as de producción com o resultado
de la progresiva expansión de la econom ía de m ercado. Abordarem os,
pues, una dim ensión concreta del denom inado proceso de globaliza­
ción, que pondrá en evidencia la diversidad de form as que adopta en
distintos pueblos del m undo y las m últiples form as de dom inación
que le acom pañan.
A partir de estos supuestos presentarem os la perspectiva de la eco­
nomía política y de la ecología política en la antropología económ ica.
Los procesos económ icos ponen en relación form as de organización
del trabajo y formas de control sobre los medios de producción y
sobre la distribución de bienes producidos. La óptica de la economía
12 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

política im plica analizar el acceso desigual a la riqueza y al poder tal


com o se concreta en los procesos de trabajo y con sus implicaciones
en la conform ación de jerarquías sociales. El proceso de producción
supone, adem ás, que los seres hum anos se relacionen con la naturale­
za y esta relación no depende m eram ente de la técnica o de los con­
dicionam ientos am bientales, sino que posee tam bién dimensiones
sociales y políticas. La óptica de la ecología política consiste en anali­
zar cóm o los distintos grupos sociales acceden de form a diferencial a
los recursos y cóm o este acceso diferencial condiciona sus estrategias
adaptativas y el m anejo de los recursos.
La influencia de la econom ía política y la ecología política en la
antropología económ ica deriva de los debates que tuvieron lugar acer­
ca de la m undialización de la econom ía (Wallerstein; Wolf; Godelier) y
los estudios sobre el Tercer M undo basados en la teoría de la depen­
dencia y el intercam bio desigual. H an supuesto un estímulo positivo
para la antropología económ ica por cuanto cuestionan de raíz algu­
nos de sus presupuestos metodológicos, aplican teorías de alcance
am plio sin perder el aporte del m étodo etnográfico y, además, entran
de lleno en el análisis de tem as objeto de preocupación social (los tra­
bajos sin salario, o la degradación am biental, por ejemplo).
Este tipo de aproxim ación implica discutir los principales elemen­
tos teóricos que aporta la antropología social como disciplina, y, den­
tro de ésta, la antropología económ ica. En nuestra presentación no
considerarem os aquellos enfoques que, a nuestro entender, han aisla­
do las culturas (o las sociedades, si se prefiere) como totalidades con
u n a lógica propia, obstaculizando así su com prensión como partes de
un sistem a m ás am plio que las engloba. Dejaremos de lado también
las aproxim aciones ahistóricas o particularistas, ya que im piden com­
prender la naturaleza de los sistem as globales que integran determ i­
nadas culturas, así com o las características de sus relaciones. Enten­
dem os que estos enfoques han motivado que la antropología económica
tuviera lim itaciones im portantes en su desarrollo.1
Desde que Melville J. Herskovits delim itara el cam po y la viabili­
dad de la subdisciplina y ésta se introdujera tam bién en la antropolo­
gía británica a través de la obra de Raymond Firth, la antropología
económ ica em pezó a desarrollarse en el m arco de los postulados teó­
ricos del culturalism o y el funcionalismo. Sin negar las aportaciones

1. Puesto que puede ser de interés tener en cuenta cóm o se concretaron las diversas
orientaciones surgidas en la antropología económ ica, nos remitimos a las visiones de síntesis
que pueden encontrarse en los artículos de Contreras (1981, 1995); Gladwin (1991); Gudeman
(1981); Sahlins (1969); Salisbury (1973); Valdés (1981), y Vayda y Mac Kay (1975); así com o a
los libros de Firth (1974); Godelier (1976); Gregory y Altman (1989); Llobera (1981); Martínez
Veiga (1978, 1985a, 1989a); Narotzky (1997); Netting (1977); Pouillon (1976); Plattner (1991);
Tentori (1996), y Valdés (1977).
LA ANTROPOLOGÍA SOCIAL ESTUDIA LA ECONOMÍA 13

que se hicieron desde estas visiones «clásicas» de la antropología, con­


sideramos que los tem as y controversias que se originaron fueron
poco más que discusiones metodológicas y tuvieron bastante pobreza
teórica.2 E n concreto, los debates entre form alistas y sustantivistas
constituyeron una especie de círculo cerrado que apenas trascendió
fuera del cam po de la antropología económ ica, que es donde se origi­
naron. Nos interesa, en cambio, ver lo que la antropología económ ica
puede decir a la antropología y consideramos que a partir de los enfo­
ques de la economía política se produce una aportación sustancial, ya
que los temas de debate que se originan en la antropología económ ica
contribuyen a renovar la antropología com o disciplina.
En esta línea se sitúa n uestra insistencia en la necesidad de enten­
der los sistem as económ icos en el m arco de sistem as globales y en
relación con los procesos históricos. A bordar el análisis del cam bio
social implica situ ar la antropología social en el corazón m ism o de la
com prensión de los factores explicativos del presente y el futuro de
nuestras sociedades. Decir que las sociedades cam bian es u n a m era
constatación fáctica, e, incluso, una obviedad; entender la naturaleza
de estos cam bios y hasta qué punto conducen hacia la conform ación
de nuevos sistem as sociales supone poner en juego instrum entos teó­
ricos y em píricos de prim era m agnitud. La antropología social tiene
instrum entos analíticos para la com prensión de la lógica del m ovi­
miento de las sociedades, así com o de su funcionam iento y reproduc­
ción. El m étodo etnográfico posibilita, adem ás, m o strar las variacio­
nes locales y la heterogeneidad de unos procesos que a m enudo se
consideran universales y hom ogeneizadores.

1.2. Sobre cam bios econ óm icos, sistem a global y culturas

Los cam bios que hoy tienen lugar en el m undo son de tal n atu rale­
za y extensión que alcanzan a todas las sociedades. La hegem onía del
capitalismo como sistem a económ ico, ju n to con el avance de las n u e­
vas tecnologías y de los medios de transporte y com unicación h an
hecho de nuestro planeta un solo m undo. Es com ún hoy en día utili­
zar términos com o «globalización» o «mundialización», que pueden
referirse tanto a las dim ensiones económ icas de este proceso com o a
las culturales. M cLuhan fue quien acuñó el térm ino de «aldea global»

2. La obra de Herskovits, publicada en 1952 con el título Econom ic Anthropology, es la


revisión de la obra que originariamente había publicado en 1940 con el título La vida económ i­
ca de los pueblos prim itivos y se considera que inaugura el cam po de la antropología económ i­
ca, al sistematizar los diversos temas que incluye y discutir datos etnográficos desde una
dimensión comparativa.
14 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

que expresa m uy nítidam ente un cam bio de escala en la conciencia de


cuál es el contexto en que vivimos. Más recientem ente se ha difundido
el concepto de «sociedad inform acional», que otorga un papel clave al
control y difusión de la inform ación m ediante los nuevos sistemas
tecnológicos.
Observemos que los térm inos «globalización», «mundialización»,
«aldea global» o «sociedad inform acional» evocan la unidad del siste­
m a global y dejan en un segundo plano las form as de poder y de desi­
gualdad existentes en él, a pesar de que, ellas también, cristalizan a
escala m undial. H ablar de «imperialismo» o, incluso, de «subdesarro-
11o» hoy parece anticuado. Sin em bargo, existen distintos mecanismos
de dom inación que subordinan sociedades, grupos sociales e indivi­
duos a la lógica de reproducción de un sistem a que por definición es
jerarquizado y basado en la desigualdad. Por otro lado, existe concien­
cia de esta desigualdad a escala m undial, com o denota la distinción
que constantem ente hacem os entre Prim er y Tercer o Cuarto Mundos.
Las grandes m igraciones desde los países pobres hacia los países ricos
han obligado a rep en sar las situaciones que crean tales diferencias y
hay que reconocer que las causas de la desigualdad a escala mundial
no son sólo económ icas sino tam bién políticas. No se trata sólo de
p roducir m ás o m enos cantidades, sino de cómo se distribuyen el tra­
bajo y la riqueza. Del m ism o m odo, las soluciones para frenar el pro­
ceso m igratorio no pueden ser únicam ente de tipo económ ico sino
tam bién políticas. La práctica social nos m uestra constantem ente que
la econom ía y la política no son dom inios separados, sino profunda­
m ente interpenetrados. Las disciplinas académ icas no deberían igno­
ra r esta interrelación y sep arar artificialm ente el análisis de uno y
otro ám bito.3
Observemos tam bién que tendem os a m agnificar los cambios que
acontecen actualm ente, tal vez porque estam os inm ersos en ellos. Es
evidente que m utaciones tanto o m ás drásticas han acontecido en
otros m om entos de n uestra historia y de la de otros pueblos. Lo que sí
es nuevo y sin precedentes es la am plísim a escala que posee la interco­
nexión entre sociedades, la inm ediatez de la com unicación a distancia,
así com o el aum ento exponencial de la rapidez de los medios de trans­
porte. Todo ello ha significado una ru p tu ra respecto a la forma de con­
cebir y de organizar el tiempo y el espacio. Hoy concedemos mayor
im portancia a lo efím ero que antaño porque todo evoluciona muy
deprisa; adem ás, se ha am pliado considerablem ente nuestro universo

3. La separación entre lo político y lo económ ico es producto de nuestra civilización


moderna y n o se produce en otras épocas históricas ni en otros contextos culturales. En su
libro Homo aequalis, Dumont (1982) analiza el surgimiento del pensam iento económ ico como
conjunto de conceptos y esquem as de interpretación diferenciados de lo político.
LA ANTROPOLOGÍA SOCIAL ESTUDIA LA ECONOMÍA 15

de experiencias, ya que en pocas horas podem os desplazarnos a cual­


quier rincón del m undo, en pocos m inutos podem os ver en nuestros
televisores sucesos ocurridos a miles de kilóm etros y en pocos instan­
tes podem os conectar con alguien situado en nuestras antípodas.
Hoy en día lo lejano está tan próxim o com o lo cercano, pero esto
no im plica su com prensión. M iram os las otras sociedades con unas
gafas que nos devuelven n uestra propia im agen, aunque sea por con­
traste, por lo que no somos. Fue Malinowski quien señaló que los «sal­
vajes», o los «primitivos» son el espejo en el que nos vemos reflejados
a nosotros mism os. Tal vez ésta es la razón p o r la que hem os visto y
seguimos viendo en otras sociedades el contrapunto de lo que consi­
deramos como evolución y progreso, sea porque m antienen rasgos
«primitivos», sea porque siguen a la zaga de la m odernidad y las con­
sideramos «tradicionales». Y haciendo esta transposición convertim os
el espejo en un espejismo, porque obtenem os una im agen ilusoria.
Unas gafas más respetuosas y fieles a la realidad nos m ostrarían un
panoram a más complejo y nos ayudarían a entender que cada socie­
dad no es un producto aislado, ni en el espacio ni en el tiem po, sino
que es fruto de la relación desigual y jerárquica entre sociedades. Y es
que el sistem a global hace que todo esté en relación.
Además, el sistem a global no es algo nuevo. Es la expansión de la
economía de m ercado lo que le ha dado un alcance m undial y son los
nuevos medios de com unicación y de transporte los que nos han hecho
adquirir conciencia de globalidad. En otros períodos históricos había
también sistem as globales, aunque a otra escala, es verdad, m ás red u ­
cida: pero hem os de adm itir que ha habido interconexión entre socie­
dades, relaciones de poder entre ellas y tam bién procesos de cambio.
Como tam bién ha habido m odificaciones en las form as de relacio­
narse con la naturaleza. La conciencia m undial sobre los problem as
ambientales es consecuencia de la globalización y ha puesto de m an i­
fiesto los límites ecológicos a una productividad ilimitada, la inexis­
tencia de fronteras cuando se trata de riesgos derivados de la contam i­
nación o la degradación am biental, así como, tam bién en este caso, las
jerarquías existentes entre sociedades. La relación de las poblaciones
con el medio am biente no se funda m eram ente ni en las constriccio­
nes que im pone la naturaleza, ni en las técnicas disponibles p ara obte­
ner recursos: los intentos por entender las causas de la degradación
ambiental han revelado el peso de los factores sociales y políticos. De
ahí que la econom ía deba integrar tam bién la perspectiva de la ecolo­
gía política.
La antropología social ha tendido a aislar a las sociedades que
estudiaba en el espacio y en el tiempo, contribuyendo así a d ar consis­
tencia a aquel espejismo ilusorio que em ana de nuestras gafas de occi­
16 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

dentales y a través de las que m iram os otras sociedades. Durante


años, los antropólogos han estudiado pueblos de áreas remotas, que
han descrito com o «culturas» y, por tanto, como categorías étnicas
delim itables y específicas. Los han clasificado según tipologías rela­
cionadas con su actividad productiva (cazadores-recolectores, pasto­
res nóm adas, agricultores itinerantes, etc.) o con su forma de organi­
zación sociopolítica (tribus, bandas, jefaturas, etc.), como si no hubie­
ra n cam biado en el tiem po. Aparecen así como una especie de fósiles
de la E dad de Piedra, que cam bian, se extinguen, entran en decaden­
cia o se diluyen en otras sociedades cuando entran en contacto con
ellas com o resultado de los procesos de colonización o de la economía
de m ercado.
E n su libro Europa y la gente sin historia, Eric Wolf (1987) m uestra
m agistralm ente cóm o la intersección de la econom ía política con el
análisis de los procesos históricos perm ite com prender el papel que
desem peñaron distintos pueblos del m undo en el desarrollo y expan­
sión de E u ropa y, consecuentem ente, en el desarrollo y expansión de
la econom ía de m ercado. Hoy sabem os, adem ás, que la existencia
m ism a de pueblos que calificam os como «primitivos», de sus formas
de organización, e, incluso, de su etiquetaje como una determ inada
configuración étnica, ha de entenderse tam bién en el contexto global,
com o fruto de la expansión o contracción del sistem a capitalista en
las distintas áreas del m undo y no sólo ahora, sino ya en sus fases más
tem pranas, e incluso antes de la existencia de un único sistem a global
(Friedm an, 1994c: 200). Roseberry, que prefiere hablar de pueblos «no
capitalistas» en lugar de «primitivos», dice al respecto:

Las relaciones no capitalistas modelan, y en m uchos casos conti­


nú an m odelando, la vida de m uchos pueblos que los antropólogos han
estudiado. Una de las paradojas de la historia del capitalism o ha sido su
desarrollo en m edios no capitalistas. Tales situaciones no están afecta­
das p o r el encuentro con el capitalism o y, en m uchos casos, las relacio­
nes Jto-capitalistas han sido creadas como resultado directo o indirecto
del desarrollo capitalista. Los antropólogos convierten estas situaciones
en imágenes de nuestro pasado, en relaciones pre-capitalistas, a expen­
sas de una com prensión histórica y política más profunda (Roseberry,
1989: 144).

Vale la pena detenerse en el análisis de algunos ejemplos que ilus­


tran esta interconexión entre sociedades y su relación con el sistema
global, incluso en el caso de pueblos de características tan «primiti­
vas», que aparentem ente parecen haber quedado al m argen de tales
procesos. En la literatura antropológica han sido descritos en base a
sus form as de organización internas en tanto culturas o entidades
LA ANTROPOLOGÍA SOCIAL ESTUDIA LA ECONOMÍA 17

étnicas delimitables, y el propio enfoque etnográfico ha contribuido a


destacar su supuesto aislam iento estructural e inm utabilidad tem po­
ral. Sin em bargo, no están separados de las principales luerzas que
conform an el sistem a global, ni existen al m argen de ellas, sino
incrustados en ellas.

Ejemplos
Un ejemplo de cazadores-recolectores que frecuentem ente aparece
en la literatura antropológica es el de los aínos, que originariam ente
habitaban en la isla de Hokkaido en Japón (W atanabe, 1973). Al tra ­
tarse de un grupo étnico diferenciado, con sus propias costum bres y
formas de vida, los aínos no son considerados japoneses. Hoy en día
el territorio en que viven los aínos es profusam ente visitado p o r turis­
tas, atraídos por el interés de poder observar directam ente a un grupo
aborigen y prim igenio, que tanto contrasta con el estilo de vida p redo­
minante. Investigaciones recientes sobre este pueblo han revelado que
los aínos fueron en otros tiempos una sociedad jerarquizada, que vivía
de una econom ía mixta, en que la agricultura tenía u n a presencia
im portante. La problem ática integración de Hokkaido al estado Meiji
fue la que provocó la m arginalización de los aínos, su consideración
como una m inoría étnica sin casta (no japonesa) y su em pobrecim ien­
to (Friedm an, 1994¿>: 109-110). A pesar de estos antecedentes, los
aínos han sido y continúan siendo uno de los ejemplos prototípicos de
cazadores-recolectores, com o si el proceso histórico no les hubiera
afectado y como si se hubieran quedado anclados en el pasado desde
tiempos inm emoriales.
Algo parecido se produce entre los pueblos indígenas de la cuenca
am azónica, que han sido descritos com o ejemplo de pueblos bien
adaptados a las características del ecosistem a de selva, que viven de la
agricultura de tala y quem a, tienen una baja dem ografía, h ab itan en
pequeños poblados itinerantes y poseen u n a organización social igua­
litaria, lo que se corresponde con su econom ía de subsistencia casi
autárquica (Meggers, 1976). Estas características se h an extrapolado
al período precolonial, y, sin em bargo, hay evidencias de que la situ a­
ción era bien distinta. Efectivamente, las crónicas de Carvajal y otros
exploradores dem uestran la existencia de asentam ientos perm anentes
m ucho más num erosos que los contem poráneos. En los años prece­
dentes a la conquista, los pueblos de la várzea practicaban u n a agri­
cultura intensiva, estaban organizados en form a de jefaturas y com er­
ciaban con los pueblos andinos. Las actuales form as de adaptación
son un claro ejemplo de involución, com o los aínos, que se vieron p e r­
judicados por el declive de los pueblos con los que com erciaban y p o r
18 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

su posterior relación desigual con los conquistadores que ocuparon su


territorio y fueron m arginando algunas de sus tribus hacia las regio­
nes de selva m ás cerradas (Viveiros de Castro, 1996).
Tam bién existen agricultores de subsistencia que viven en otras
partes de América Central y del Sur. G udem an (1978) y Stonich y
De Walt (1996) describen p ara Panam á y H onduras, respectivamente,
el caso de cam pesinos pobres que viven del cultivo del maíz, sorgo y
arroz en parcelas que cultivan durante un par de años m ediante el sis­
tem a de tala y quem a, lo que supone su posterior desplazamiento
hacia otras áreas, una vez se ha agotado la fertilidad de la tierra. Se
trata de pueblos indígenas, que fácilm ente podrían ser descritos como
aislados estructurales, con una cultura específica resultante de con­
servar antiguas costum bres y form as de producción y que parecen
h ab er quedado al m argen de los cam bios que en am bos países han
tenido lugar. Ambos autores m uestran, sin embargo, la conexión de
estas poblaciones con la lógica de la econom ía de mercado. Aunque
en uno y otro caso han tenido lugar procesos históricos distintos, hay
u n patrón com ún. Estos cam pesinos utilizan tierras del bosque tropi­
cal, que van roturando p ara poder cultivar y que cuando abandonan
se convierten en pastizales. Los grandes propietarios ganaderos, que
se fueron apoderando de antiguos territorios com unales y los destinan
a la producción de carne p ara su exportación hacia los Estados Uni­
dos, perm iten que las com unidades indígenas vayan abriendo parcelas
y en m uchos casos les obligan, a cambio, a sem brar hierba cuando
declina la fertilidad. Así pues, la econom ía de subsistencia que m an­
tienen las com unidades indígenas no es un rasgo prototípico de su
particu lar cultura, sino una expresión de su relación desigual con los
propietarios ganaderos, que son los que obtienen el máximo beneficio
a expensas de que los que viven com o indígenas se m antengan al lími­
te de la supervivencia.
El potlatch es, tal vez, uno de los cerem oniales m ás citados y some­
tidos a m ayor núm ero de análisis p o r parte de la antropología.4 El
potlatch era practicado p o r los pueblos del occidente de Canadá (kwa-
kiults, bella coolas, salish, tlingits, tsim sians, haidas, chinooks, noot-

4. El potlatch fue objeto de m inuciosas descripciones por parte de Franz Boas, a partir
de su participación en la Jesup North Pacific Expedition de 1897 y Marccl Mauss le otorgó un
papel protagonista en su «Ensayo sobre las donaciones». Benedict dedicó un capítulo a los
kwakiult en su Pattem s o f Culture (1934), que contribuyó a difundir la imagen de competitivi-
dad irracional de la celebración, que consideraba basada en un estilo de vida megalómano, en
que la gente se movía por el feroz impulso de obtener prestigio. El texto de Piddocke (1981),
que se basa especialm ente en los datos proporcionados por Boas y en las investigaciones que
posteriorm ente realizó Helen Codere, ha sido uno de los que de forma más decisiva ha contri­
buido a cambiar la interpretación sobre esta clase de ritual, subrayando sus implicaciones eco­
nóm icas y políticas y no meramente asociadas al deseo de obtener prestigio.
LA ANTROPOLOGÍA SOCIAL ESTUDIA LA ECONOMÍA 19

kas, etc.) y consistía en la realización de grandes fiestas en las que se


dispensaba una enorm e cantidad de regalos a los asistentes (la p ala­
bra potlatch procede del chinook y significa «dar»). Se realizaba cu an ­
do alguien accedía a un cargo o sucedía a otro en la jefatu ra local,
momento en que debía d em ostrar su ap titud para el cargo ofreciendo
obsequios a invitados procedentes de linajes afines. Se consideró que
estos pueblos, que vivían básicam ente de la pesca del salm ón, poseían
una economía de excedente que perm itía no sólo realizar esta clase de
celebraciones, sino que éstas se inscribieran en un sistem a de com pe­
tencia entre linajes que obligaba a increm entar cada vez m ás la m ag­
nificencia y cuantía de las donaciones.
Frente a las interpretaciones clásicas en la antropología, que desta­
caban el consum o desaforado o la destrucción de recursos y bienes,
así como la com petitividad irracional guiada por m otivaciones perso­
nales o por la obsesión de obtener prestigio, se contrapusieron las
interpretaciones que, como la de Piddocke (1981), consideran el
potlatch como un m ecanism o útil de adaptación cultural que reesta-
blecía el equilibrio de recursos, al redistribuir los excedentes entre
aquellos que no habían obtenido u n a productividad tan elevada. Esto
es especialm ente cierto en la «época aborigen», antes de que se in ten ­
sificara el contacto y relaciones com erciales con los colonos.
Ha podido com probarse que estas form as de rivalidad y de p resti­
gio no han form ado siem pre parte de la historia de estos pueblos del
litoral de la Colum bia B ritánica, sino que se adop taro n e in crem enta­
ron en el período com prendido entre 1849 y 1920 (que corresponde
justam ente al m om ento en que Franz Boas realizó sus observaciones).
La instalación de colonos blancos en Fort R upert y Fort Sim pson
supuso la aparición de nuevas form as de riqueza, asociadas al com er­
cio de pieles, m antas, artesanías y esclavos. Los jefes locales vieron
que este nuevo com ercio les perm itía consolidar su posición en sus
sociedades, y com o la obtención de un cargo no era algo autom ático,
el com ercio de pieles perm itía acum ular los productos que servirían
para organizar un potlatch y validar su posición. D urante estos años
se produjeron grandes cam bios en las sociedades de la costa norocci-
dental, se acum uló gran cantidad de riqueza com o fruto del com ercio,
se intensificó la rivalidad p o r los cargos y por el prestigio y los potlat-
ches se increm entaron en frecuencia y volum en. El potlatch, que se
había considerado como un rasgo específico de estos pueblos y práctica­
m ente consustancial a ellos, resultó ser producto directo del contacto
e integración en la econom ía de m ercado. La decadencia económ ica
que se produjo con posterioridad a 1920, ju n to con la prohibición del
gobierno canadiense de realizar potlatches llevó a la decadencia de
esta clase de celebraciones.
LA ANTROPOLOGÍA SOCIAL ESTUDIA LA ECONOMÍA 19

kas, etc.) y consistía en ia realización de grandes fiestas en las que se


dispensaba una enorm e cantidad de regalos a los asistentes (la p ala­
bra potlatch procede del chinook y significa «dar»). Se realizaba cu an ­
do alguien accedía a un cargo o sucedía a otro en la jefatu ra local,
m om ento en que debía dem ostrar su aptitud para el cargo ofreciendo
obsequios a invitados procedentes de linajes afines. Se consideró que
estos pueblos, que vivían básicam ente de la pesca del salm ón, poseían
una econom ía de excedente que perm itía no sólo realizar esta clase de
celebi'aciones, sino que éstas se inscribieran en un sistem a de com pe­
tencia entre linajes que obligaba a increm entar cada vez m ás la m ag­
nificencia y cuantía de las donaciones.
Frente a las interpretaciones clásicas en la antropología, que desta­
caban el consum o desaforado o la destrucción de recursos y bienes,
así como la com petitividad irracional guiada p o r m otivaciones perso­
nales o por la obsesión de obtener prestigio, se contrapusieron las
interpretaciones que, com o la de Piddocke (1981), consideran el
potlatch como un m ecanism o útil de adaptación cultural que reesta-
blecía el equilibrio de recursos, al redistribuir los excedentes entre
aquellos que no habían obtenido una productividad tan elevada. Esto
es especialm ente cierto en la «época aborigen», antes de que se in ten ­
sificara el contacto y relaciones com erciales con los colonos.
Ha podido com probarse que estas form as de rivalidad y de p resti­
gio no han form ado siem pre parte de la historia de estos pueblos del
litoral de la Colum bia Británica, sino que se adoptaron e in crem enta­
ron en el período com prendido entre 1849 y 1920 (que corresponde
justam ente al m om ento en que Franz Boas realizó sus observaciones).
La instalación de colonos blancos en Fort R upert y Fort Sim pson
supuso la aparición de nuevas form as de riqueza, asociadas al com er­
cio de pieles, m antas, artesanías y esclavos. Los jefes locales vieron
que este nuevo com ercio les perm itía consolidar su posición en sus
sociedades, y como la obtención de un cargo no era algo autom ático,
el comercio de pieles perm itía acum ular los productos que servirían
para organizar un potlatch y validar su posición. D urante estos años
se produjeron grandes cam bios en las sociedades de la costa norocci-
dental, se acum uló gran cantidad de riqueza com o fruto del com ercio,
se intensificó la rivalidad p o r los cargos y por el prestigio y los potlat-
ches se increm entaron en frecuencia y volumen. El potlatch, que se
había considerado como un rasgo específico de estos pueblos y práctica­
m ente consustancial a ellos, resultó ser producto directo del contacto
e integración en la econom ía de m ercado. La decadencia económ ica
que se produjo con posterioridad a 1920, ju n to con la prohibición del
gobierno canadiense de realizar potlatches llevó a la decadencia de
esta clase de celebraciones.
20 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

Un últim o ejemplo, que expondrem os a p artir de la síntesis reali­


zada por Wolf (1987: 218-224), perm ite m ostrar cómo m uchas de las
«naciones» y «tribus» indias conocidas por los antropólogos fueron
resultado de la interacción m utua entre poblaciones indígenas, por un
lado, y com erciantes, m isioneros o soldados, por otro. Unos y otros
tuvieron parte activa en la form ación de esta configuración étnica que
ha sido conocida com o los «indios de las Praderas» y que agrupa a
num erosos pueblos, de orígenes y características muy diferenciados:
dakotas, cheyennes, crows, blackfoots, comanches, kiowas, pawnes,
etcétera. Los dakotas (conocidos tam bién como sioux) llegaron a
d o m in ar las llanuras nororientales, en tanto que los blackfoot tuvieron
un papel sim ilar en la zona occidental, arrinconando o dom inando a
otros pueblos.
E stos pueblos se especializaron en la caza de búfalos en las exten­
sas praderas de N orteam érica. Algunos habían sido recolectores;
otros, agricultores y cazadores. La introducción del caballo (que se
conoce desde el siglo xvi, cuando los españoles conquistaron México)
hizo que se convirtieran en pastores y se especializaran en la caza del
búfalo. Los dakotas fueron los prim eros en aunar la caza a caballo
con el uso de arm as de fuego, que obtenían del comercio con los colo­
nos franceses, m ientras que otros pueblos rivales las conseguían de
los británicos. La facilidad con que se podía realizar la caza del búfalo
hizo que se abandonaran prácticam ente las demás actividades. Pero el
auge económ ico y político de estos pueblos procedió del comercio que
establecieron en el siglo xvm con los com erciantes de pieles blancos, a
los que sum inistraban carne. Elaboraban el pemmican, carne seca de
búfalo, m ezclada con grasa y otras sustancias y convertida en una
m asa que se com prim ía y em pacaba en sacos de cuero. E ra un ali­
m ento de gran valor nutritivo, fácilm ente transportable y duradero,
que se adecuaba a las necesidades de los viajeros que iban en busca de
pieles.
E sta clase de com ercio contribuyó a extender la caza del búfalo y
el pastoreo de caballos y acabó p o r hacer que las formas de vida de
los distintos pueblos que se dedicaron a estas actividades se pareciera
cada vez más, pues la cacería debía ajustarse a los ciclos de m igracio­
nes de los búfalos y los cam pam entos debían instalarse donde pudie­
ra h ab er pastos p ara los caballos. Otro elemento unificador fue la
conform ación de distintas asociaciones, cofradías y reuniones que
periódicam ente agrupaban a las bandas dispersas, m otivadas por la
necesidad de co o rd in ar la cacería anual y la distribución de pastos.
Además, se difundieron determ inados símbolos entre distintos gru­
pos (las flechas sagradas, la pipa, la rueda sagrada), entre los que
tuvo especial relevancia la celebración de la Danza del Sol, que se
LA ANTROPOLOGÍA SOCIAL ESTUDIA LA ECONOMÍA 21

propagó prácticam ente por todos los pueblos de las P raderas y con­
tribuyó a otorgarles un sentido de unidad. Así pues, el com ercio e
intercam bio con los europeos supuso la conform ación de identidades
étnicas de m ayor envergadura a las existentes previam ente, basadas
en alianzas entre pueblos e, incluso, en la organización de confedera­
ciones, con las que pudieron con tro lar nuevas tierras de caza o ru tas
com erciales y que supusieron el predom inio de determ inados p u e­
blos sobre los dem ás.
El proceso histórico perm ite m ostrar que las configuraciones étn i­
cas no sólo son m udables, sino que su existencia debe entenderse en
relación a factores económ icos y políticos y a contextos de alcance
m ás global que el de la propia cultura que se analiza. Por esto, la
em ergencia de pueblos particulares hay que entenderla en la conjun­
ción de las historias locales y globales, situando a las poblaciones
locales en las corrientes m ás am plias de la historia m undial. E sto es
algo que no puede ignorar la antropología económ ica a la hora de
analizar las características de econom ías locales o de form as de p ro ­
ducción concretas y su relación con la econom ía de m ercado.

1.3. Antropología económ ica y antropología social

En un artículo de síntesis sobre la antropología económ ica, Con­


treras (1981) señala la escasa atención que inicialm ente m erecieron
las cuestiones económ icas en la antropología social, que identifica
con las siguientes causas: 1) la negación de la existencia de «econo­
mía» en las sociedades prim itivas, p o r la ausencia en ellas de dinero,
com ercio o instituciones económ icas específicas; 2) la confusión entre
econom ía y tecnología, así com o el desinterés p o r las actividades eco­
nóm icas básicas, en contraste con el interés por los intercam bios dd
prestigio, y 3) el predom inio de las corrientes idealistas y del funcior
nalismo. Todo ello motivó que los datos económ icos fueran escasos y
dispersos, y estuvieran recogidos de form a poco sistem ática en la£
m onografías etnográficas (Contreras, 1981: 9-10).
El desarrollo de la antropología económ ica estuvo, pues, condicio­
nado por el predom inio en la antropología social de determ inados
paradigm as teóricos que otorgaban a las actividades económ icas poca
im portancia en el conjunto de los procesos culturales. Y cuando los
antropólogos em pezaron a analizar la econom ía continuaron estando
condicionados por unos paradigm as que tendían a aislar las «cultu­
ras» analizando su lógica interna, enfatizar la noción de equilibrio
entre los distintos com ponentes de cada cultura y aplicar el individua­
lismo metodológico. Más adelante m e referiré a cóm o esta concepción
22 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

de la cultura se corresponde con las dos grandes visiones que im pera­


ron du ran te unos años en la antropología económica, el formalismo y
fel sustantivísimo, posteriorm ente contestadas p o r el marxismo.
Si la antropología económ ica presenta un desarrollo tardío dentro
de la antropología, com o fruto de la form a de entender el concepto de
cultura y de la escasa im portancia que se otorgaba a los procesos eco­
nóm icos, a p artir de los años setenta se produce una inversión en esta
relación: la antropología económ ica convulsiona la antropología so­
cial y contribuye a su renovación, pues aporta un nuevo paradigm a
m etodológico basado en la necesidad de analizar las culturas particu­
lares com o parte de sistem as globales y no com o aislados.
El desarrollo de la econom ía política antropológica está im pregna­
do en buena parte p o r el m arxism o, aunque existen en su seno una
gran diversidad de ideas, proyectos y métodos. Serán decisivos los
debates en torno al sistem a m undial, las teorías del subdesarrollo, así
com o la articulación de modos de producción. Inicialm ente estas
aproxim aciones provocan bastante rechazo en la antropología, bien
porque se piensa que la teoría del sistem a m undial tiene poco que
ofrecer a los antropólogos, o bien porque se considera que se concede
dem asiado peso a las dim ensiones económ icas y m ateriales (Rose-
berry, 1988: 161-162). F irth (1977), con notable escepticism o y distan­
cia respecto a estas orientaciones, llega a distinguir lo que denomina
« m a ra sm o visceral» del «marxismo cerebral». Identifica el primero
con los antropólogos norteam ericanos de ideología radical, preocupa­
dos p o r el conflicto y críticos con las im plicaciones de la antropología
con el colonialism o o el im perialism o; la segunda denom inación la
aplica a los antropólogos franceses, que com binan marxismo y estruc-
turalism o y están m ás preocupados por cuestiones teóricas.
Con los años puede decirse que la econom ía política antropológica
ha contribuido, efectivam ente, a renovar la antropología. Es la discu­
sión acerca de la expansión del capitalism o y sus efectos sobre las eco­
nom ías regionales y locales lo que hace concebir la existencia de un
«sistem a m undial» y provoca el cam bio de perspectiva metodológica.
Más adelante se producirá un desplazam iento de interés desde lo eco­
nóm ico hacia las dim ensiones culturales e institucionales, lo que se
expresa m ediante el térm ino «globalización», pero el paradigm a meto­
dológico es el m ism o. Se pondrá el énfasis en la vinculación entre lo
local y lo global y esto supone p artir de una perspectiva integradora
que incluye la noción de sistem a global y de proceso. E n todo caso
varía el papel que se otorga a lo económ ico en esta conform ación de
un ecúm ene global, lo cual no es nada secundario, sino un im portante
factor de distinción entre enfoques teóricos. Pero lo que sí merece
destacarse es esta incidencia de la antropología económ ica en el
replanteam iento actual de la antropología.
LA ANTROPOLOGÍA SOCIAL ESTUDIA LA ECONOMÍA 23

De hecho, la antropología h a tenido siem pre en su horizonte com ­


parativo la dim ensión m undial, pero lo que se introduce com o nove­
dad ahora es el hecho de considerar que todas las personas y todas las
culturas se integran en un único sistem a económ ico m undial. E sta
noción de sistem a aplicada a todo el m undo constituye un paradigm a
nuevo que obliga a reconsiderar la form a de analizar el m aterial etno­
gráfico (Nash, 1981: 393). En un artículo sobre el cam pesinado y que
significativam ente se titula «Los cam pesinos y el m undo», Roseberry
sintetiza lo que significa p ara la antropología este enfoque:

La perspectiva del sistem a m undial representa un desafío funda­


m ental a la práctica antropológica tradicional. Nos obliga a una visión
de carácter histórico m ás profunda, a descubrir que los pueblos
supuestam ente aislados que estudiam os no están separados de las fuer­
zas sociales, económ icas y políticas globales del m undo m oderno com o
podría parecer a prim era vista. Ello nos obliga a repensar conceptos
privilegiados y a d o tar de nueva form a a nuestros procedim ientos
metodológicos favoritos. Tal perspectiva no m ina la antropología. Aun­
que los tem as antropológicos se han ido form ando dentro del contexto
histórico m undial, los procesos globales en los que se han aplicado en
ocasiones no tienen la m enor uniform idad, del m ism o m odo que las
reacciones de las poblaciones locales resultan desiguales y variadas
(Roseberry, 1991: 176).

A continuación, este au to r aboga p o r la necesidad de seguir apli­


cando el m étodo etnográfico, al considerar que se trata de u n a de las
aportaciones de la antropología. Y es que los estudios de casos co n ­
cretos, bien delim itados, localizados, perm iten establecer los elem en­
tos com unes y los diferenciales en los procesos de cam bio. P erm iten
tam bién entender la n atu raleza del vínculo en tre lo global y lo local,
entre la larga y la corta duración. La m undialización de la econom ía
es resultado de la expansión de la econom ía de m ercado, pero se
trata de un proceso heterogéneo y diverso, que im plica m uchas
variaciones locales, p o r la síntesis p articu lar que se produce en cada
lugar entre las nuevas y las viejas form as de producción. Así pues, no
hay necesariam ente una m era adaptación pasiva, ni tam poco h o m o ­
geneidad, y esto sólo puede constatarse p o r m edio de la etnografía,
analizando a gente real en lugares reales. P or ello, el m étodo etn o ­
gráfico constituye un correctivo a las visiones m arxistas y no m arxis­
tas de la historia económ ica que h an escrito la historia del capitalis­
mo com o una historia del capital, ya que, p o r sus propias caracterís­
ticas, la antropología p resta atención a las relaciones sociales y a las
formas culturales creadas p o r cada sociedad en el proceso de tran s­
formación.
24 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

Sin em bargo, el problem a es cóm o integrar el reconocim iento de


los sistem as globales al hacer etnografía. Es difícil que el etnógrafo
interesado en analizar los cam bios contem poráneos a escala local se
sitúe al m ism o tiem po en la perspectiva del sistem a m undial, o en el
proceso de larga duración que supone la transición al capitalismo.
Además, los térm inos global/local no son equivalentes, ya que las fuer­
zas que rigen lo global tienen sus propios orígenes y no derivan mimé-
ticam ente de lo local. Para vencer esta dificultad, M arcus (1995) pro­
pone ab an d o n ar la etnografía practicada en un solo lugar para hacer
una etnografía m ultilocal. H annerz (1989) opta claram ente por lo que
denom ina una «m acroantropología de la cultura», que obliga a reali­
zar u na selección estratégica de los lugares donde se investiga, de
m anera que sean significativos p ara m o strar la diversidad y la crea­
ción de nuevas form as culturales. S trathern (1995) insiste en focalizar
el análisis en las prácticas culturales concretas, pues, a nivel local, lo
global se recontextualiza, se transform a en nuevos elementos, adopta
u n a especificidad concreta.
La constatación de procesos de carácter global y de larga duración
ha im plicado, pues, una reflexión acerca del m étodo de la antropolo­
gía y de sus relaciones con otras ciencias sociales. Es necesario cono­
cer y entender la globalidad tanto espacial como temporal, pero resulta
m ás relevante entender el proceso al revés: entender lo global a partir
de sus concreciones locales, haciendo de la etnografía el instrum ento
básico de su com prensión. Se trata de «leer» el sistem a global y el
cam bio social a través de las etnografías localizadas. Y es que en lo
local convergen de form a sintética las principales fuerzas que contri­
buyen a la reproducción y la transform ación de las sociedades. Esta
doble naturaleza del proceso es lo que desvela la antropología.
U na últim a cuestión a destacar. La confrontación entre idealismo
y m aterialism o, que Contrei'as (1981: 14) señala como la dicotom ía
m ás relevante en la antropología económ ica, se superpone a otra
división dicotóm ica, resultante de los énfasis diferenciados que se
otorga a la econom ía. M ientras unos resaltan la relación entre eco­
nom ía y cultura, otros enfatizan la relación entre econom ía y natu ra­
leza. Los prim ero s describen los aspectos económ icos en relación a
instituciones y valores sociales; los segundos se interesan básicam en­
te por las condiciones técnicas y las estrategias adaptativas. Este
énfasis diferencial su p o n d rá la progresiva separación entre la «antro­
pología económ ica» y la «antropología ecológica», aunque a esta
últim a se la considere p arte integrante de la prim era. Sin embargo,
los tem as de interés y problem as relevantes son bien distintos para
cada orientación. Los antropólogos-económ icos apenas se interesan
p o r los procesos adaptativos, el análisis de flujos energéticos, o las
LA ANTROPOLOGÍA SOCIAL ESTUDIA LA ECONOMÍA 25

respuestas de las poblaciones hum anas a los cam bios am bientales.


Los antropólogos-ecólogos, p o r su parte, difícilm ente tratan cuestio­
nes com o la creación de valor, las transacciones m ateriales, la utilidad
m arginal o las condiciones de reproducción de la fuerza de trabajo,
por poner algunos ejemplos. De ahí que algunos autores —sin dem a­
siado éxito— hayan intentado realizar una síntesis entre am bas ap ro ­
ximaciones.
El vigor que continúa teniendo esta diferenciación entre an tro p ó ­
logos-económicos y antropólogos-ecólogos queda p atente en el hecho
de que se haya reproducido en el desarrollo reciente de la antropolo­
gía económ ica, que enfatiza la perspectiva globalizadora que antes
destacábam os, y cristaliza en la distinción entre «econom ía política» y
«ecología política». De ahí que los próxim os apartados los dedique­
mos a hacer una reflexión sobre estos énfasis diferenciales, que ponen
el acento en la relación entre econom ía y cultura, o bien entre econo­
mía y naturaleza.
P r im e r a parte

LA ECONOMÍA POLÍTICA
EN LA ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA
C a p ít u l o 2

ECONOMÍA, CULTURA Y CAMBIO SOCIAL1

La antropología social se ha basado en el concepto de cultura


como útil analítico p ara obtener y sistem atizar la inform ación. Las
nociones sobre la cultura reflejan las nociones sobre la historia. Y, sin
embargo, las concepciones respecto a la cultura y a la historia apenas
se han confrontado. En este capítulo haré una revisión general del
concepto de cultura, p ara establecer sus límites y relacionarlo con el
análisis del cam bio social. También revisaré el papel otorgado a la
economía en los procesos de cam bio social, lo que se relaciona con el
lugar que se otorga al dom inio de lo económ ico en la cultura. El eje
de análisis se centra en la com prensión del cam bio social en el contex­
to contem poráneo, que se corresponde con la form ación de una eco-
nom ía-m undo y con los procesos de globalización cultural.
Nuestro planteam iento es llegar a obtener una com prensión de la
cultura desde la econom ía política, que integra a la historia com o
parte sustantiva en su estrategia metodológica. Estas dim ensiones nos
llevan hacia la reflexión de cóm o se plantea la dialéctica entre estabili­
dad y cambio social, lo que im plica com prender los m ecanism os de
funcionam iento y de transform ación de las sociedades, la jerarquiza-
ción de funciones y de instituciones y la dialéctica entre las estru ctu ­
ras materiales, sociales e ideológicas. Significa, en definitiva, entender
las condiciones de reproducción de un sistem a social y las condiciones
de transformación. Se trata de situar el análisis del cam bio social en el
corazón mism o del análisis antropológico y de situ ar a la econom ía
política en el centro de com prensión de las relaciones entre cultura y
cambio social.

1. Este capítulo se basa en una revisión del artículo «Economía, cultura y cam bio
social», publicado en el libro de homenaje a Claudio Esteva-Fabregat, coordinado por J. Prat y
A. Martínez y del artículo «L’analyse du changement social: un enjeu pour l’anthropologie»,
actualmente en prensa. Véase Comas d'Argemir (1996 y en prensa).
30 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

2.1. Sobre el con cep to de cultura

El concepto de cultura tiene varias acepciones. Aparece profusa­


m ente utilizado en el lenguaje cotidiano y es, también, un instrum ento
académ ico que, com o tal, ha sido objeto de num erosas definiciones.
En un conocido texto publicado en 1952, A. L. Kroeber y C. Kluckhohn
recogieron 164 definiciones y tal vez ahora podrían añadirse algunas
más. Vale la pena recordarlo porque nos está indicando que se trata
de un concepto m uy am plio y abstracto, en el que, cuando se trata de
concretar, es inevitable proyectar la perspectiva teórica con que se
analiza el sistem a sociocultural.
E n su uso m ás generalizado, la cultura se entiende como el modo
de vida de un grupo hum ano e incluye su repertorio de creencias, cos­
tum bres, valores y símbolos. Cuando el concepto de cultura se con­
fronta con el concepto de sociedad se proyectan unas perspectivas
teóricas y m etodológicas m uy diversas. E n cada una de estas perspec­
tivas la relación entre cultura e historia se entiende tam bién de forma
distinta.
A grandes rasgos, puede decirse que en la antropología social se
pueden distinguir dos grandes m aneras de entender y delim itar el
concepto de cultura. En la tradición am ericana ha habido la tenden­
cia a sep arar conceptualm ente la cultura de las relaciones sociales.
La cu ltu ra es el concepto central del análisis antropológico. Se consi­
dera que form a p arte del com portam iento aprendido de la especie
hum ana, y, p o r tanto, es claram ente diferente de los factores biológi­
cos. Ya sea en la antigua acepción de Kroeber, que identificaba a la
cu ltu ra com o lo «supraorgánico», ya sea en su form ulación más
reciente (la que difunde Geertz, p o r ejemplo), como «sistema de sig­
nos y sím bolos», o com o «estructura de significados», la noción de
cultura se identifica con las dim ensiones ideacionales del com porta­
m iento hum ano y elim ina, o deja en un segundo plano, sus com po­
nentes m ateriales y sociales. En la tradición europea, en cambio, la
cultura se entiende com o el contenido de las relaciones sociales, por
lo que no puede concebirse al m argen de ellas. Jack Goody (1992)
insiste que sep arar este «contenido» (la cultura) del sistem a social, o
bien de las interacciones m ateriales con el entorno, em pobrece el
análisis y lo distorsiona. Lo «material» no puede separarse de lo
«ideal», nos dice tam bién Godelier (1989). Tanto en la antropología
social británica com o en la etnología francesa la noción de cultura
es, por definición, relacional respecto a lo biológico y lo m aterial. El
uso m ás difundido del concepto de «sociedad» no excluye el análisis
de las dim ensiones ideacionales y simbólicas, pues se consideran
integradas en él.
ECONOMÍA, CULTURA Y CAMBIO SOCIAL 31

Estas dos grandes orientaciones no se corresponden necesaria­


mente con el grado de im portancia que se otorga a la historia p ara
entender los fenóm enos sociales y culturales, ni tam poco con el peso
específico que se otorga a la econom ía en la sociedad, ya que am bas
dimensiones dependen de los paradigm as teóricos dom inantes. Pues­
to que nuestro objetivo es establecer cóm o se analiza el cam bio social,
lógicamente vamos a considerar las perspectivas que de una form a u
otra integran la dim ensión histórica. En este sentido sí hay que desta­
car que la m anera de entender la vinculación entre cultura y econo­
mía expresa, a su vez, una determ inada m anera de entender las rela­
ciones de la cultura con el proceso histórico. Esto lo caracterizarem os
a partir de la distinción de dos grandes concepciones diferenciadas e,
incluso, contrapuestas.

L a CULTURA COMO FORMA DE v id a y COMO CÓDIGO DE CONDUCTA

En la prim era concepción, la cultura se identifica com o la form a


de vida de un grupo hum ano. El énfasis es el de la especificidad, con­
siderando que se trata de algo delim itable y diferenciado!-. Así, cu an ­
do se describe a una com unidad hum ana puede constatarse que
posee unas características propias relacionadas con las form as de
obtener la subsistencia, las instituciones, la organización del p aren ­
tesco, los estilos de vida y los sistem as de representaciones (o cosmo-
visión). Desde esta perspectiva, la cultura es entendida com o un con­
junto de rasgos que le son propios, cuyos límites coinciden con los de
un grupo hum ano y se concretan en una determ inada área. Así, una
cultura resulta ser específica y definible en el espacio y en el tiempo,
siendo aquello que define e identifica a un grupo hum ano y lo dife­
rencia de otro.
Identificar y describir estos rasgos de form a m ás o m enos detalla­
da y exhaustiva ha sido una práctica co m en te en el trabajo etnográfi­
co realizado desde esta visión de la cultura. Su plasm ación en la m eto­
dología de análisis es clara: se trabaja (a m enudo de forma im plícita)
con la noción de área cultural, de com unidad o de grupo étnico (con
«culturas», en definitiva), que se caracterizan a p artir de seleccionar
los rasgos que le dan consistencia. E n la antropología am ericana esta
tradición se encuentra representada en los trabajos de K roeber o de
Wisler para la identificación de aéreas culturales, o bien en la consti­
tución del World Ethnografic Atlas em prendida p o r M urdock, cuyo
objetivo es justam ente inventariar los rasgos culturales en distintas
zonas del planeta.
32 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

Desde esta orientación, el cam bio social se entiende como el pro­


ceso que altera la unidad y especificidad de la cultura, al modificar
sus com ponentes o introducir rasgos externos a ella. Por ello, lo
genuino y específico de la cultura se identifica con lo «tradicional»,
con aquello que antecede a los cam bios, y la investigación etnográfica
se dirige o bien a buscar los rasgos del pasado, o bien a analizar su
sustitución por otros en el proceso de «modernización» o de «acultu-
ración».2
El análisis del cam bio social sólo tiene en cuenta, pues, sus dim en­
siones m ás concretas, puntuales y recientes, como aquello que altera
un determ inado ordenam iento cultural. Y debido al lim itado impacto
de la disciplina en el estudio de nuestra cultura y a una m ayor prácti­
ca en el estudio de los «otros» esto se concreta en una oposición radi­
cal entre la «tradición» (identificada con lo precapitalista e, incluso,
con lo prehistórico) y la «modernidad» (que es capitalista, por defini­
ción), lo que reproduce los discursos populares y científicos de nues­
tra época y niega, a su vez, la historia de los pueblos subordinados a
la lógica de la econom ía de m ercado (Comaroff y Comaroff, 1992: 44).
Las perspectivas de Clifford Geertz y de Marshall Sahlins introdu­
cen m atizaciones im portantes a esta visión de la historia. Se trata de
perspectivas que son bastante distintas entre sí, pero que com parten
la consideración de la cultura como eje central de análisis y ambas
entroncan, com o tendrem os ocasión de mostrar, con el particularismo
histórico boasiano (que no niega el análisis de áreas culturales o la
teoría de la m odernización, pero les relega a un segundo plano).
La cultura, dice Geertz en La interpretación de las culturas (publi­
cado originariam ente en 1973), es contexto: es el m arco en el que las
acciones de los seres hum anos tienen significado. Los rasgos cultura­
les no existen en abstracto: a escala local se recontextualizan, se trans­
form an en nuevos elem entos, adquieren una especificidad concreta.
Por esto la tarea de los antropólogos es reconstruir el conjunto de
sím bolos y significados en su contexto cultural. Los rasgos culturales
han de interpretarse en este contexto simbólico, que es particular y
concreto, y no tienen sentido fuera de él.
La cultura se define, pues, com o un sistem a de signos y símbolos,
y los com ponentes m ateriales y sociales son secundarios. Cada cultura
es específica en su concreción histórica, que es la que da form a y sen­
tido a sus com ponentes y los asocia a una determ inada área espacial.
Para G eertz no tiene sentido, pues, diferenciar «cultura» e «historia»:
para él son conceptos tan interrelacionados que prácticam ente los uti­

2. En un artículo sobre el cam bio social en el campesinado analizamos las perspectivas


de los enfoques sobre la modernización y aculturación aplicados a este sector social, que con­
trastamos con las teorías de carácter procesual (véase Comas d'Argemir y Contreras, 1990).
ECONOMÍA, CULTURA Y CAMBIO SOCIAL 33

liza como sinónim os.3 Considera que cada cultura es u n a totalidad,


algo único, producto de su propia historia. La historia que interesa,
pues, es la de cada cultura concreta, la que determ ina que cada con­
texto sea particular y diferente de otros. No es que se niegue la exis­
tencia de unos procesos económ icos o políticos de naturaleza m ás
amplia, sino que estos procesos no se consideran relevantes p ara
entender la estructura de significados tal com o se concreta en cada
contexto. Porque para Geertz, insistimos, la cultura es contexto.
Sahlins introduce una perspectiva parcialm ente diferente dentro
de una visión, que como la de Geertz, tam bién es em inentem ente cui-
turalista. Considera la cultura com o u n a especie de esquem a concep­
tual, que se asemeja al concepto de estructura de Lévi-Strauss y,
en Islas de historia (1988&) Sahlins utiliza los térm inos «cultura» y
«estructura» como sinónim os (Roseberry, 1989: 8). En esta obra de
Sahlins pueden distinguirse dos niveles de abstracción diferentes. Por
un lado un esquem a conceptual o estructura (la cultura) y, p o r otro,
las acciones individuales, así com o los acontecim ientos (la práctica).
Son dos niveles interrelacionados que se influyen m utuam ente, de
manera que uno m odifica al otro. Los cam bios en las prácticas que
derivan de la acción social pueden llegar a m odificar el esquem a con­
ceptual, de la m ism a m anera que la sum a de determ inados aconteci­
mientos pueden m odificar la estructura.4 La historia se entiende com o
el proceso en donde se producen tales modificaciones.
En su libro Anthropologies and Histories (1989), Roseberry consi­
dera que las perspectivas de Geertz y de Sahlins son m uy similares.
Para am bos autores, la referencia a la historia, com o la referencia a la
cultura, implica el reconocim iento de la diferencia hum ana, de la espe­
cificidad. Cada cultui'a es única y tiene su propia historia: éste es el
énfasis que am bos hacen, a pesar de la distinta m anera de entender la
naturaleza de la cultura. Ambos autores tam bién consideran la acción
individual como la dim ensión m ás relevante a tener en cuenta. Com­

3. Es significativa la definición de cultura que desde la orientación sim bolista proporcio­


nan Comaroff y Comaroff (1992: 27): «nosotros consideram os que la cultura es un espacio
semántico, el cam po de signos y prácticas en el que los seres humanos construyen y represen­
tan quiénes son ellos y los otros, as( com o sus sociedades e historias. No es meramente un
orden abstracto de signos o de relaciones entre signos. Tampoco es sólo la sum a de prácticas
cotidianas. Ni tampoco es pura lengua ni pura palabra, ya que nunca constituye un sistem a
cerrado o totalmente coherente. Es más bien lo contrario: la cultura siem pre contiene m ensa­
jes, imágenes y acciones polivalentes, parcialmente contestables. Es, en resumen, un conjunto
de significantes-en-acción, históricamente situados, históricamente desarrollados, significantes
que son a la vez materiales y sim bólicos, sociales y estéticos».
4. En Culture and Practical Reason (1976), Sahlins mantiene una posición parcialmente
diferente a la de su publicación posterior, Islands o f History (1985), pues en el primer texto el
esquema conceptual se considera anteriora la «praxis», de la que constituye su marco referen-
cial, sin que se plantee la transformación del esquem a conceptual mismo.
34 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

parten, pues, una verdadera «teoría de la práctica», aunque la entien­


dan tam bién de m an era distinta. A Geertz le interesa la dimensión
acum ulativa de las prácticas individuales, en la m edida en que expre­
san patrones estructurales o formales. Sahlins sitúa la práctica como
u n a categoría analítica, con valor explicativo.
No es fácil sintetizar el concepto de cultura cuando en la propia
tradición culturalista existen diversos ángulos de análisis que, ade­
más, han ido cam biando y adoptando formulaciones diferenciadas
respecto a los planteam ientos iniciales. Lo que une a las aproxim acio­
nes que hem os presentado a grandes rasgos es esta visión de la cultu­
ra com o algo único y com o totalidad: el particularism o histórico y el
individualism o metodológico. Si nos situam os ah o ra en el dominio de
la econom ía, hem os de incluir aquí las aproxim aciones del sustanti-
vism o y del form alism o, que durante m ás de un siglo se han hallado
en confrontación, pues difieren fuertem ente respecto a la considera­
ción del lugar de la econom ía en la sociedad, aunque participan de
unos paradigm as teóricos bastante parecidos.5
El form alism o parte de la noción de escasez de recursos, cuando,
p o r otro lado, las necesidades son infinitas. Por eso, la econom ía con­
siste propiam ente en «economizar», es decir, en adm inistrar recursos
escasos para aten d er finalidades alternativas. El sistem a de valores se
considera básico p ara entender cóm o se efectúa la necesaria jerarqui-
zación de las necesidades que se han de cubrir y la elección de recur­
sos que le corresponde. La acción individual, por tanto, pasa a ser el
elem ento básico del que deriva la acción social, en el sentido weberia-
no, siendo m odelada p o r los valores culturales existentes. La econo­
m ía se considera, pues, una m odalidad de la conducta, por lo que lo
que hay que analizar, desde esta perspectiva, es qué patrones de racio­
nalidad, elección o acción son los adecuados p ara las distintas orde­
naciones sociales o culturales. «No hay motivos económicos —nos
dice N ash (1977: 425)—, sólo motivos influyentes en la esfera econó­
mica.» La econom ía es un subsistem a de la sociedad que, para ser
com prendido, requiere analizar el sistem a de valores existente, que es
el que m odela los patrones de elección ante la necesidad ineludible de
«econom ización» y tom a form as distintas en contextos sociales y cul­
turales específicos.
La perspectiva form alista identifica la econom ía con su form a de
m ercado y considera que puede aplicarse de forma universal a todas
las culturas. Por ello, R. Firth señala que las distinciones entre las eco­
nom ías prim itivas y las dem ás son distinciones de grado y no cualitati­
vas (Firth, 1976). Es im portante tener en cuenta esta visión, porque

5. Véanse Contreras (1981); Gudeman (1981); Martínez Veiga (1989a); Valdés (1981).
ECONOMÍA. CULTURA Y CAMBIO SOCIAL 35

desde ella el cam bio social se entiende com o un cam bio de grado ta m ­
bién, en la m edida en que se incorporan a la sociedad nuevos valores,
nuevas técnicas, nuevas form as de producir bienes y servicios. E n el
contexto contem poráneo, el cam bio social se entiende, pues, com o
modernización (si se pone el énfasis en el im pacto de los cam bios tec­
nológicos), o como aculturación (si el énfasis recae en el cam bio de
sistemas de valores). Im plícitam ente, el punto de referencia com para­
tivo es la «sociedad occidental», que se erige en m otor de los cam bios
y en punto de llegada de otras sociedades. Por ello, y p o r definición, el
cambio social se origina por factores externos, que m odifican la confi­
guración de las culturas; la econom ía, com o parte del sistem a cultu­
ral, no origina los cam bios, sino que recibe sus repercusiones y ha de
adaptarse a ellos. El sentido lineal por el que se concibe la evolución
hace que el resultado inevitable sea la uniform ización cultural, a
pesar de las variaciones locales que puedan existir.
Karl Polanyi, uno de los m áxim os exponentes del sustantivism o,
pone el énfasis en la dependencia de las personas respecto a la n atu ra­
leza y de las personas respecto a otras personas p ara obtener su sus­
tento, puesto que la econom ía es el proceso por el que se satisfacen las
necesidades m ateriales, y, por tanto, consiste en la producción y dis­
tribución de bienes y servicios (Polanyi, 1994: 92). Eso im plica que la
actividad económ ica requiere, por encim a de todo, organización, y,
por ello, la econom ía es una actividad institucionalizada, que se reali­
za en el m arco de unas determ inadas condiciones sociales, que son las
que dan unidad y estabilidad al sistem a. No hay escasez p o r defini­
ción, como asegura el formalismo; hay form as diferentes en cada cul­
tura de distribuir los recursos y los bienes producidos. La econom ía
es, pues, una m odalidad de la cultura.
La institucionalización es el eje clave en el concepto sustantivo
de econom ía. Lo im p o rtan te es an alizar qué lugar ocupa la actividad
económ ica en cada sociedad, p orque las form as de organización e
institucionalización de los procesos económ icos varían de unas
sociedades a otras; tienen, p o r tanto, un carácter específico y con­
creto, no universal. D ependen de cada cultura, de la form a concreta
de resolver la interacción con el en to rn o p ara la satisfacción de
necesidades y de las form as de trabajo y organización, y éstos son
los elem entos que explican la existencia de determ inados valores,
motivaciones y actuaciones prácticas. Este énfasis en la necesidad
de analizar la interacción con el en to rn o p erm itirá d esarro llar la
corriente conocida com o «ecología cultural». El concepto de «estra­
tegias adaptativas», central en esta aproxim ación, encaja con el in d i­
vidualism o m etodológico, o con la teoría de la praxis, que hem os
com entado ya.
36 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

El cam bio social se entiende com o una modificación de las formas


de interacción con el entorno y de las pautas de institucionalización,
lo que se produce de form a concreta y específica en cada cultura. Y es
que, com o nos recuerda Sahlins (1976: 9), el m étodo formalista se
inclina a considerar a las econom ías primitivas como versiones subde-
sarrolladas de la nuestra, m ientras que el sustantivismo valora a las
diferentes sociedades p o r lo que son. Por ello no interesa tanto enten­
d er los procesos económ icos generales, como la forma específica de
concretarse en cada cultura.
E sta óptica de análisis guarda coherencia con la que, tomando
com o referencia la idea de globalización cultural, que abarca fenóme­
nos de alcance m undial, se interesa por la diversidad y heterogenei­
dad de form as que adopta este proceso en contextos locales, regiona­
les o nacionales (Robertson, 1992). El concepto de cultura continúa
concibiéndose com o un aislado estructural que, en este caso, se aplica
a escala m undial.

La c ultura c o m o e x p r e s ió n DE LAS FORMAS DE PODER

La segunda gran concepción de la cultura se opone a esta visión de


la cultura com o algo único y com o totalidad, pues considera que la
cultura sólo puede entenderse en su relación con procesos económi­
cos, políticos y sociales de carácter m ás amplio. Esto no niega la espe­
cificidad de cada cultura, pero sí niega que las culturas sean entidades
delim itables o totalidades independientes. Lo relevante es su cone­
xión, su articulación, suele decirse, con procesos históricos que no
son particulares, sino globales, que no son de corto alcance, sino de
larga duración. Porque se entiende que cada cultura no existe al m ar­
gen de tales procesos, ya que su funcionam iento y reproducción es
indisociable de ellos. Y se entiende que los símbolos y significados son
indisociables, a su vez, de los com ponentes m ateriales y de las relacio­
nes sociales.
E sta orientación integra la identidad como un elemento constituti­
vo en la definición de la cultura. Y es que los rasgos que definen una
cultura no son separables de la m anera en que son seleccionados pol­
los m iem bros de un grupo com o factores de diferenciación respecto a
otros grupos y, p o r tanto, de especificidad. De este modo, J. Friedman
considera que el concepto de cultura surge como fruto de la globaliza­
ción cultural y, por tanto, de la conciencia de diferencia en un contex­
to m ucho m ás amplio:
ECONOMÍA, CULTURA Y CAMBIO SOCIAL 37

La globalización cultural es un producto del sistem a global, por lo


que sugiero que el propio concepto de cultura es generado por la trans­
formación de los centros de tal sistema. Desde el punto de vista global,
la cultura es un producto típico de la m odernidad occidental que consis­
te en transform ar la diferencia en esencia. Su punto de partida es la
conciencia de especificidad, es decir, de diferencia, de la form a diferente
de hacer cosas similares. Cuando tales diferencias pueden ser atribuidas
a poblaciones concretas, entonces tenem os una cultura o culturas
(Friedman, 1994c: 206).

La cultura, por consiguiente, sintetiza los rasgos que com parten un


grupo y lo hacen diferir de otros, y puesto que lo relevante es afirm ar la
especificidad del grupo, la acepción del concepto de cultura tiende a
proyectar una imagen de unidad, basada en todo aquello que se com ­
parte: tiende a transm itir tam bién una imagen estática en un m undo
cambiante, ya que los elementos externos que el grupo incorpora se
entiende que alteran su unidad y hacen perder su especificidad.
La relación entre cultura e identidad no es unívoca ni exclusiva,
puesto que el individuo, como m iem bro de grupos de naturaleza muy
diversa, puede participar en m uchas y variadas «culturas» y sustentar
distintas formas de identidad. Así pues, cuando se utiliza el concepto de
cultura como útil analítico hay que ser conscientes de que puede refe­
rirse a diferentes niveles de abstracción. E n ocasiones puede pesar la
identidad local, la de género, la profesional o la nacional, por ejemplo.
Así pues, la identidad es un sentim iento subjetivo y variable, que
no se genera m ecánicam ente p o r el hecho de poseer com o denom ina­
dor común un m ism o m odo de vida y de actividad. Pero no se puede
prescindir de este factor subjetivo, porque el área a la que se asocia
una cultura expresa un espacio de identidad en el que cristalizan las
estrategias específicas de un colectivo p ara m arcar sus lím ites y su
diferenciación respecto a otros grupos (Friedm an, 1990). E sto explica
por qué el concepto de cultura suele vincularse m ás fácilm ente a uni­
dades políticas, o a unidades que desean tener un papel político
(Goody, 1992).
Además, la cultura no sólo sintetiza la m anera en que unos grupos
se distinguen de otros. Este concepto se utiliza tam bién p ara m arcar la
especificidad de un grupo respecto a otro dentro del propio grupo
(Wallerstein, 1990), lo que se expresa en la tendencia a asociar los
elementos que se consideran m ás puros y genuinos de la cultura con
determinados segmentos de población. Esto obliga a considerar la
estratificación social como un elemento constitutivo de la cultura. La
heterogeneidad interna de las culturas se m uestra tanto en el sistem a de
estratificación social que fragm enta a la población en distintos grupos y
clases como en las formas de poder y los m ecanism os de dom inación.
38 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

Si en la sociedad hay jerarquías y poder, ¿cómo puede existir una


identidad com ún? ¿Qué es lo que proporciona el sentido de unidad
cuando pueden encontrarse profundas desigualdades? La cultura, pre­
cisam ente, tiene el poder de resolver esta aparente contradicción.
Basándose en aquello que se com parte y enfatizando la idea de uni­
dad, el concepto de cultura no niega la desigualdad, sino que la reafir­
ma. Así pues, la oposición unidad/diversidad no es antinómica, sino
m ás bien com plem entaria, pues se trata de dos características indiso-
ciables y am bas se encuentran presentes en la realidad social. La defi­
nición de la cultura debe recoger, pues, estas dos dimensiones y no
quedarse sólo con una de ellas. Enfatizar sólo lo que se com parte y no
lo que fragm enta, por m ucho que quede subsum ido, implica dar una
im agen incom pleta e idealizada del sistem a social.
Hay que tener en cuenta, pues, que dentro de cada sociedad y tam­
bién en la relación entre sociedades existen la desigualdad económica
y la dom inación política, que no pueden entenderse en términos sólo
simbólicos y de identidad, sino considerando el conjunto social en su
globalidad y en su dinám ica histórica (Comaroff y Comaroff, 1992: 28).
En consecuencia, desde esta perspectiva la historia no se entiende
como la diferencia cultural, sino como un proceso social y material.
En este proceso tienen origen las desigualdades sociales y políticas, y
éstas influyen en las prácticas y cosmovisión de los actores sociales. No
hay, pues, sólo «cultura» (en su acepción restringida de símbolos e
ideas), com o no hay sólo «economía» (materialidad, relaciones socia­
les): hay tam bién «poder». Porque del poder derivan las formas de
desigualdad y de dom inación, y el poder determ ina qué signos y sím­
bolos son dom inantes y cuáles no, por qué determ inadas prácticas son
consensuadas y otras contestadas. De ahí que economía y política se
encuentren en estrecha relación y deban analizarse de form a conjunta.
Desde esta perspectiva la econom ía política se sitúa en el centro
m ism o de la com prensión de las relaciones entre cultura e historia.
E n ella podem os situ ar tanto la obra de Eric Wolf, especialmente su
texto Europe and the People Without History (1982), como el conocido
análisis de I. W allerstein sobre la «economía-mundo» (The Modem
World System , 1974). La teoría de la transición social, y su formula­
ción por parte de M aurice Godelier (Transitions et subordinations au
capitalisme, 1991), proporciona un esquem a teórico y conceptual
desde el que pueden analizarse los procesos de cam bio social y sus
concreciones históricas, tal com o afectan a sociedades concretas y a la
relación entre ellas.6

6. Una aportación importante, com o reflexión sobre esta forma de abordar el concepto
de cultura y su vinculación con la econom ía política, es el texto de W. Rosebcrry Anlhropologies
and Histories (1989).
ECONOMIA, CULTURA Y CAMBIO SOCIAL 39

Wallerstein desarrolló la teoría del sistem a m undial en los años


setenta, en un m om ento en que el m arxism o reflexionaba acerca de la
imposibilidad de que el socialism o se construyera en un solo país y en
que las teorías sobre el subdesarrollo se apoyaban en la noción de
dependencia. Rompiendo con los estrechos esquem as de la teoría de la
modernización y su referencia com parativa respecto a la sociedad
occidental, considera que cada sociedad debe analizarse com o parte
de un patrón sistem ático de relaciones entre sociedades. Así se entien­
de la expansión de la econom ía-m undo com o sistem a capitalista de
intercambio y así se entiende la m ercantilización de todas las cosas
como hegemonía del capitalism o en todos los ám bitos de la vida.
Wallerstein enfatiza los factores económ icos en la construcción de
una circunstancia m oderna global. E n su proceso de expansión, el
capitalismo se va haciendo fuerte y las distintas sociedades pasan a
tener un determ inado papel según su posición en el sistem a m undial.
Y esto determ ina los com ponentes políticos y culturales.
Wolf dio un im portante paso desde la antropología en la defensa de
la historia, una historia que debe entenderse a escala global, que dé
cuenta de las transform aciones m ás im portantes del m undo y que
permita trazar las conexiones entre com unidades, pueblos y naciones,
en lugar de seguirlos tratando com o unidades separadas. R ecupera
así una vieja tradición en la antropología, a la que el funcionalism o
renunció. Y m ientras la teoría de la econom ía-m undo dice m ucho
respecto a la expansión de la econom ía de m ercado, pero poco acerca
de las «periferias», el texto de Wolf consigue u n equilibrio entre las
dos dimensiones, atendiendo especialm ente a la historia de los p u e­
blos a los que se había negado la historia y destacando, adem ás,
cómo en determ inadas áreas del m undo ha sido esencial la co n trib u ­
ción de estos pueblos en la creación de las nuevas form as sociales y
culturales que surgieron en el contexto de los im perios com erciales
(Roseberry, 1989: 130).
Godelier hace una aportación teórica m ás que em pírica. Propone
retomar la teoría de la transición social form ulada por Marx y aplica­
da por los historiadores al análisis de la sucesión de etapas históricas,
planteando el interés por com prender tanto las dim ensiones globales
de la transición com o la heterogeneidad que presenta al concretarse
en ámbitos locales o regionales. Poner el acento en la transición social
significa analizar los cam bios que conducen al reem plazo de un siste­
ma social por otro, por lo que la óptica de análisis debe situarse en los
procesos de larga duración. Significa tam bién com prender los m eca­
nismos de funcionam iento y transform ación de las sociedades, la
jerarquización de funciones y de instituciones, así com o la dialéctica
40 ANTROPOLOGIA ECONÓMICA

entre las estructuras m ateriales, sociales e ideológicas. Significa, en


definitiva, an alizar las condiciones de reproducción de un sistema
social y las condiciones de cambio.
Para Godelier, las etapas de transición son de importancia crucial en
la historia de u n a sociedad, pues son el mom ento en que las maneras
de producir, de pensar y de com portarse individualmente se encuentran
confrontadas a determ inados límites internos o externos que impiden
su reproducción, por lo que em piezan a descomponerse o a subordinar­
se a las nuevas lógicas que las dom inan (Godelier, 1991a: 7). Siguiendo
el pensam iento de Marx, Godelier considera que en toda sociedad siem­
pre hay cambios, pero que la m ayor parte de ellos no contribuyen a
cam biar de sociedad, sino que perpetúan el sistema social existente. Lo
que se trata es identificar estos cambios y ver si las modificaciones que
provocan son tan sustanciales como p ara im plicar la desaparición de
una form a de sociedad y la aparición de otra nueva. La constitución
de una nueva sociedad radica en la conformación de una nueva articu­
lación entre las formas de producción y las formas de poder.
Estas aproxim aciones suponen poner en juego un planteam iento
teórico y m etodológico global, en el que antropología e historia son
inseparables. Y es que no se está abordando un aspecto parcial o con­
creto del análisis antropológico, sino un aspecto total. Toda sociedad
es parte inseparable de esta totalidad. Tan im portante es conocer sus
m ecanism os de funcionam iento com o los cam bios que conducen a
otras form as de sociedad. El papel que se otorga a la economía y a la
política en este proceso es básico y crucial. Así queda expresado en
esta cita que reproducim os a continuación:

En la actualidad, con m ayor claridad aún que ayer, se constata que


no todos los elem entos que com ponen la sociedad (el arte, el parentesco,
la religión, el poder, etc.) tienen el mismo peso en la evolución de las
sociedades y que dos dom inios parecen contener las fuerzas con mayor
peso, las cuales no sólo hacen cam biar las sociedades, sino que sobre
todo hacen cam biar de sociedad: las fuerzas económicas y las fuerzas
políticas. No la política en el sentido habitual de poder sobre las perso­
nas, sino en el sentido de la soberanía que una sociedad hum ana ejerce
sobre una porción de la naturaleza y sobre todo aquello que la habita,
luego, en p rim er lugar, sobre el propio hom bre (Godelier, 1989a: 14-15).

Además, con la expansión de la econom ía de mercado, el m undo


entero pasa a constituir un único sistem a. Las aportaciones de Wolf y
de G odelier perm iten pensar este sistem a no como un todo homogé­
neo, sino conform ado p o r una gran diversidad de situaciones, de con­
creciones diferentes, de m últiples especificidades. En la introducción
a Europa y la gente sin historia Wolf lo expresa así:
ECONOMÍA, CULTURA Y CAMBIO SOCIAL 41

La tesis central de esta obra es que el m undo de la hum anidad cons­


tituye un total de procesos múltiples interconectados y que los em peños
por descom poner en sus partes esta totalidad, que luego no pueden rear-
m aiia, falsean la realidad (Wolf, 1987: 15).

La idea de totalidad hace que al mism o tiempo que se enfatiza la


especificidad de los hechos sociales, se sitúe su análisis respecto a
la posición de la sociedad en el sistem a global. Así, el paradigm a del
sistema m undial hace que en los análisis del proceso de cam bio se
consideren como variables endógenas lo que previam ente (teoría de la
modernización) había sido tratado como variables exógenas (Vincent,
1986: 114).
Podemos com probar que desde esta aproxim ación se habla m ás de
«sociedades» que de «culturas». Y es que, como ya expresam os m ás
arriba, se considera que lo cultural es el contenido de lo social y, por
tanto, inseparable de él. Como señala Goody (1992: 30), lo cultural es
lo social visto en otra perspectiva, no una entidad analítica distinta. Y lo
cultural no puede disociarse de lo ecológico, lo económ ico y los dem ás
factores sociales. ¿Cómo se consideran entonces los cam bios que acon­
tecen en el sistem a cultural? ¿En qué m edida la expansión de la econo­
mía-mundo y la globalización afectan a la especificidad cultural?

2.2. Globalización econ óm ica y culturas

La expansión del capitalism o es un fenómeno económ ico, que


tiene efectos sobre las distintas sociedades. La hegem onía de la econo­
mía de m ercado es tal que ningún rincón del m undo queda fuera del
sistema y eso no sólo afecta a las econom ías locales, sino tam bién a la
organización social, a las form as de vida y a la identidad de los p u e­
blos. Así pues, la expansión del m ercado ha supuesto la form ación de
una econom ía-m undo, pero tam bién la globalización cultural. Ha
supuesto, pues, la existencia de un sistem a global, con dim ensiones
económico-políticas y culturales.
Podría discutirse hasta qué punto el capitalism o es u n fenóm eno
mundial, puesto que distintas sociedades construyeron sistem as eco­
nómicos y políticos al m argen de este sistem a. Worsley (1990) crítica
el concepto de «sistema m undial» acuñado p o r W allerstein (1974) y
reconstruye la genealogía del concepto «Tercer Mundo», recordando
que surgió para superar la dicotom ía entre países de O ccidente y el
bloque com unista. El capitalism o com o sistem a se hab ría desarrolla­
do en uno de estos bloques, pero no en los otros dos y, de acuerdo con
Worsley, esto dem ostraría que no hay una «econom ía-m undo». Estas
42 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

consideraciones pueden rebatirse a p artir de la constatación de que el


capitalism o absorbe p ara su propia lógica distintos sistemas económi­
cos y sociales. Es hegem ónico incluso p ara aquellos países con siste­
mas económ icos diferentes, ya que necesariam ente se confrontan con
él y no pueden prescindir de él. La reciente caída de los regímenes
políticos socialistas apoya esta idea.7
E sta preponderancia de la econom ía de m ercado no presupone
que el capitalism o sea un sistem a homogéneo. Su expansión se desa­
rrolla a p a rtir de uno o varios centros, en dirección a una o varias
periferias, que a su vez engloban distintos sistem as socioeconómicos.
Se trata, pues, de establecer cóm o se produce la relación entre centros
y periferias.8 Que el centro sea m otor de los cam bios no presupone
que las periferias sean m eras reliquias del pasado y que asum an de
form a pasiva los cam bios m ás recientes. Tal como advierte Ortner
(1984: 143), suponer esto im plica reducir otras realidades culturales a
la experiencia y a la historia de Occidente.
Desde la perspectiva de la econom ía política se rechaza la teoría
de la «m odernización» para describir los cam bios que acontecen en
las sociedades com o fruto de la expansión de la econom ía de m erca­
do. G odelier (1991¿>) prefiere hablar de «occidentalización», concepto
que se corresponde con su visión de la hegem onía del capitalismo y de
la subordinación de distintos sistem as económ icos a él. Wolf (1987)
introduce la visión de lo que puede denom inarse la «nueva historia
cultural», que enfatiza m ás bien la síntesis peculiar y distintiva que se
realiza en cada lugar del m undo entre las nuevas y viejas formas exis­
tentes. De hecho, esta m ism a visión es la que sustenta Godelier, aun­
que el térm ino «occidentalización» pudiera sugerir respuestas pasivas
a la influencia de los flujos económ icos y culturales de «Occidente».
Puede ser interesante ver cóm o esta perspectiva se concreta en el
análisis que Godelier realiza acerca de los baruya, y que implica poner
en relación los factores económ icos con los políticos y culturales. Para
Godelier, la occidentalización es un fenóm eno de alcance m uy gene­
ral, que incluye las dim ensiones económ icas, institucionales e ideacio­
nales del sistem a que se im pone com o hegem ónico y subordina a los
dem ás. Es un proceso iniciado con fuerza en el siglo xvi desde Europa

7. El socialism o no llegó a construir una base material propia, sino que se asienta en la
misma base material que posee el sistema capitalista (el maqumismo). Por ello no ha consegui­
do implantarse com o un sistem a histórico y la transición hacia el socialism o ha sido ilusoria
(Godelier. 1991c).
8. La perspectiva sobre estas cuestiones necesariamente ha de ser dinámica, pues en el
transcui-so histórico ciertas periferias han pasado a ser centrales (el caso de Estados Unidos,
por ejemplo, o el más reciente de Japón), y algunos centros han perdido la importancia que en
otros m om entos tuvieron (el caso de España o Portugal, con la pérdida de sus colonias). Estos
ejemplos muestran cóm o los flujos económ icos y culturales no circulan en una sola dirección.
ECONOMÍA, CULTURA Y CAMBIO SOCIAL 43

occidental, pero que actualm ente tom a nuevas form as y abarca países
de América, Asia o África. La caída del m uro de Berlín en 1989 m os­
traría su presencia tam bién en E uropa oriental (Godelier, 1993).

El Occidente es una mezcla de real y de im aginario, de hechos y de


normas, de form as de acción y de formas de pensam iento que com po­
nen hoy una especie de bola de energía que atrae y/o se asienta en tres
ejes, en tres bloques de instituciones que poseen su lógica, sus represen­
taciones, sus propios valores: el capitalism o, la dem ocracia parlam enta­
ria y el cristianism o (Godelier, 1991 ¿>: 380).

En el caso de los baruya, estos tres ejes se han concretado en la


raonetarización de su econom ía, la pérdida de soberanía política
sobre su territorio y la evangelización por parte de diversas iglesias
cristianas.
Los baruya fueron descubiertos por los blancos el año 1951, fue­
ron sometidos al orden colonial en 1960 y se integraron en el Estado
de Papuasia cuando se form ó en 1975. ¿Puede hablarse de transición
al capitalismo en este caso? Desde la lógica del sistem a capitalista sí,
aunque sea en m om ento tan reciente y, adem ás, este ejem plo m uestra
la discontinuidad y heterogeneidad del proceso de expansión del siste­
ma de mercado. Desde la lógica de los baruya, sin em bargo, se trata
de un cam bio brusco, de u n a integración forzada a un m undo nuevo,
no de una «transición». Afecta, adem ás, a la sociedad baruya de form a
total, a su econom ía, a sus relaciones sociales y a su cosmovisión.
El térm ino «occidentalización» se suele u tilizar com o sinónim o
de «modernización». No es así, sin em bargo, com o utiliza este con­
cepto Godelier. P ara él el proceso de occidentalización no im plica
sólo la adopción de nuevas costum bres y form as de vida, sino la
subordinación económ ica, política y cultural de los baruya a O cciden­
te. Los baruya no desaparecen com o sociedad, incluso au m en tan en
número y conservan p arte de sus rasgos culturales, pero, nos dice
Godelier (1991&), ya no dom inan los m ecanism os de su propia socie­
dad y, adem ás, pierden su autonom ía cultural. Son fuerzas exteriores
las que penetran, som eten y dirigen un proceso de cam bio que es
irreversible y que sitúa a los baruya en u n a relación de su b o rd in a­
ción. La reproducción de los baruya com o sociedad es u n a rep ro d u c­
ción dependiente.
Los baruya no se quedan pasivos ni indiferentes ante los cam bios
y hay que señalar que algunos de los cam bios incluso los propician
ellos mismos, lo cual no es contradictorio con que, al m ism o tiempo,
se refuercen los m ecanism os identitarios y hagan esfuerzos p o r m an ­
tener o recuperar costum bres ancestrales y rasgos distintivos de su
44 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

cultura. Lo que guardan, lo que conservan se com bina con las prácti­
cas e ideas venidas de Occidente, de m anera que el sistem a social y
cultural resultante es único y diferente del que acontece en otros pue­
blos y en otras partes del m undo. En este sentido, la perspectiva de
Godelier se asem eja notablem ente a la que sostiene Wolf.
Por consiguiente, no se puede considerar la transform ación de las
sociedades sólo en su sentido negativo, enfatizando todo lo que han
«perdido», porque esto nos im pide ver que la occidentalización, que
es un fenóm eno unitario y homogeneizador, genera también variedad
y diversidad. No podem os ignorar las com unidades preexistentes, los
valores y tradiciones que se reelaboran en una síntesis entre lo viejo
y lo nuevo y que generan sentido de com unidad, por fraccionada y
jerarquizada que ésta sea. Lo cual no niega el que prácticam ente nin­
guna sociedad en el m undo actual puede reproducirse sin incorporar
algún elem ento proveniente de Occidente: útiles, arm as, técnicas,
ideas o relaciones sociales, y esto es así incluso para aquellos pueblos
que defienden vigorosam ente su identidad (Godelier, 1993: 54).
Un térm ino utilizado hoy con m ucha frecuencia en las diferentes
ciencias sociales es el de globalización, que expresa la conciencia de
unidad del m undo com o consecuencia de la difusión a gran escala de
ideas y prácticas sociales. Este concepto se aplica tam bién al ám bito
de la econom ía, lo que dem uestra su carácter am biguo, generalista y
poco específico (M artínez Veiga, 1997). Constituye, adem ás, un con­
cepto que connota el sentido unitario de la econom ía, enm ascarando
el hecho de que sólo el m ercado es unitario, pero en cam bio la mano
de obra está fragm entada p o r m últiples factores de división: fronte­
ras nacionales, clases sociales, o jerarquías basadas en el sexo, la
raza, o el origen cultural. M uchos autores, sin embargo, utilizan el
térm ino globalización p ara enfatizar las dim ensiones culturales e ins­
titucionales, m ás que las económ icas, y buena parte de los debates
sobre esta dim ensión se han canalizado a través de la revista Theory,
Culture and Society, cuyo prim er núm ero apareció en 1984, y tratan
de la difusión de valores am ericanos, estilo de vida y bienes de consu­
mo, com o consecuencia de la creciente hegem onía de los Estados
Unidos y de la relación jerárq u ica entre sociedades. El énfasis actual
por la globalización se ve reforzado con la noción de sociedad infor-
m acional (Castells, 1996). Este concepto parle de la hipótesis del su r­
gim iento en el contexto capitalista de una nueva revolución técnica
con profundos efectos sociales, que sucede a la revolución industrial.
M ientras que los cam bios tecnológicos que hicieron posible el siste­
m a industrial se ciñeron a un sector concreto de la economía, el de la
industria, la revolución inform acional concierne a todas las ram as de
actividad de la sociedad e interviene tam bién en la esfera de la vida
ECONOMÍA, CULTURA Y CAMBIO SOCIAL 45

privada. Más que un cam bio tecnológico se trata, globalm ente, de


una revolución en el uso hum ano de la inform ación (Lojkine, 1992).
Esto tiende a reforzar la conciencia de globalidad y condiciona la
forma de participación en los circuitos económ icos (Golding y
Harris, 1997; Mowlana, 1986).
Robertson (1992: 8) considera que la globalización se refiere tanto
al conjunto de desarrollos que estructuran el m undo com o una totali­
dad como a la intensificación de la conciencia de unidad del m undo.
Critica el concepto de sistem a m undial porque enfatiza solam ente las
dimensiones económ icas del proceso y porque no considera la varie­
dad y diversidad de situaciones que surgen com o resultado de la arti­
culación entre lo global y lo local. Insiste en que hay dos procesos
interpenetrados: la universalización del particularism o (las naciones-
estado, por ejemplo) y la particularización del universalism o (las con­
creciones locales de procesos de carácter general).
Friedm an (1994a) hace una im portante aportación desde la pers­
pectiva de la antropología social. Introduce el concepto de sistema global,
que integra las form as institucionales globales y los procesos de carác­
ter cultural, usualm ente identificados con el térm ino globalización.
Aunque habla de «sistema», lo considera com o la conjunción de p ro ­
cesos de largo alcance, en el que se produce la articulación entre los
sectores centrales y las periferias, que no ha de entenderse com o una
relación perm anente, ya que tanto centros com o periferias pueden
estar en expansión o en contracción. Así pues, Friedm an no se intere­
sa tanto por la globalización como por los procesos sistém icos globa­
les; es decir, no trata de la difusión de ideas, form as de vestir u objetos
culturales, sino sobre la estructura de las condiciones en que tal difu­
sión ocurre (1994a: 1).
El sistem a global es el contexto en el que surge la conciencia de
diferencia, la identidad de grupos hum anos com o pueblo. Es el
marco, pues, en el que surge la configuración de lo que denom inam os
«culturas». La especificidad cultural, por tanto, nunca puede ser expli­
cada como un dom inio autónom o, o com o un conjunto de rasgos p ro ­
pios. Lo que podem os delim itar com o una configuración cultural
específica es, de hecho, un resultado de la articulación de determ in a­
dos grupos hum anos con el sistem a global. El propio proceso de glo­
balización conduce a la fragm entación de las identidades. De ahí que,
mientras se insiste en la hom ogeneización cultural que parece estar
produciéndose en el m undo, aparecen nuevos m ovim ientos que rei­
vindican la especificidad. La cultura no es fruto de una esencia, sino
de la práctica; no es fruto de una determ inada organización del com ­
portamiento, sino de las relaciones sociales que transfieren proposi­
ciones acerca del m undo (Friedm an, 1994c: 206-207).
46 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

Es interesante com entar aquí la aportación de Appadurai (1990),


quien sostiene u n a posición sim ilar a la de Friedm an, ya que parte de
la noción de sistem a global y entiende que dentro de él ocurren los
procesos culturales. A ppadurai divide el m undo en lo que denomina
«paisajes» étnicos, m ediáticos, tecnológicos, financieros e ideáticos.9
E n lugar de utilizar el concepto de cultura, utiliza la idea de una serie
de flujos o de lugares com unes que establecen relaciones y movimien­
to de gente, representaciones culturales, tecnología, dinero e identida­
des políticas p o r todo el m undo y que se concretan en determ inadas
estructuras nacionales, regionales o locales. Pone el acento sobre estas
estructuras fluidas o «paisajes» porque considera que la complejidad
de la m undialización económ ica ha provocado la disyuntura (o falta
de correspondencia) entre la econom ía, la cultura y la política (Appa­
durai, 1990: 6). E sta disyuntura es lo que hace inoperante tratar con
«culturas», puesto que predom inan otra clase de flujos y de relaciones
que, situándose a escala m undial, sobrepasan las configuraciones cul­
turales. H annerz (1992, 1997) concibe tam bién la cultura como flujos
de significados y se interesa p o r su form a de externalización y por su
distribución social.
Pero lo que A ppadurai ve com o «disyunturas», Friedm an lo ve
como u na descentralización de la acum ulación en el m undo y una
fragm entación de las identidades, lo cual no es fruto de la desorgani­
zación, sino de las propias características del sistem a global. Mientras
se produce una universalización de las instituciones políticas o de los
medios de com unicación, se m ultiplican los proyectos locales o las
estrategias localizadas (Friedm an, 1994c: 210-211). De ahí que resur­
ja n los nacionalism os, o que tom en nuevo auge los movimientos indi­
genistas, por ejemplo. Se calcula que hoy existen 5.000 «naciones» en
poco m ás de 200 Estados, y, en este contexto, los movimientos de pro­
m oción de derechos e identidades de los pueblos indígenas se sitúan
claram ente en el m arco de la globalización, ya que im plica reconocer
que sólo es posible la prom oción de derechos locales increm entando
las bases globales, y m uchos buscan apoyo en la opinión m undial
(Robertson, 1992: 171-172; Kearney, 1995: 560).
Desde esta perspectiva, la utilización del concepto de cultura iden­
tificado com o form a de vida resulta obsoleta. La noción de sistema
global pone de m anifiesto que la situación de un determ inado grupo

9. Los términos originales en inglés son, tal vez, más expresivos de esta idea de «paisaje»
en movimiento: ethnoscapes, medias capes, techiwscapes, finanscapes e ideoscapes. El sufijo
-scape permite caracterizar un tipo de conexión que es fluida, que no tiene contornos fijos ni
delimitados, com o sucede, por ejemplo, con el capital internacional o los estilos de vestir
(Appadurai, 1990: 7).
ECONOMÍA, CULTURA Y CAMBIO SOCIAL 47

humano no es una m era cuestión de características propias y de ini­


ciativas locales, sino de posición global. Y siem pre ha habido sistem as
globales y, por tanto, posiciones diferenciadas en el sistem a; es hoy
cuando este sistem a global alcanza dim ensiones m undiales y abarca a
todas las sociedades.
Tampoco tiene sentido identificar la especificidad de un grupo
humano con la tradición, ni la especificidad cultural com o esencia. Lo
que entendem os com o «tradicional» sólo adquiere significado en el
presente y es producto de él. Los rasgos que dotan de especificidad a
un determ inado grupo hum ano no son necesariam ente originarios de
éste: basta con que sean asum idos com o constitutivos de tal grupo.
Tampoco hay, pues, mezcla cultural, creolización, com o sostiene Han-
nerz (1987), pues esto sólo tendría sentido si existieran las culturas
como entidades autónom as y com o esencias puras: hay m ás bien
prácticas de identidad que im plican el reconocim iento de orígenes
separados y la incorporación de determ inados elem entos en lo que se
identifica com o poso cultural com ún. En definitiva, no hay culturas
«puras», sino configuraciones que son resultado de determ inadas
prácticas sociales y de la posición relativa en el sistem a global.

Ejemplos

Un buen ejemplo de la form ación de la identidad/cultura lo p ro ­


porciona el caso de los caboclos, cam pesinos de origen diverso que
viven en la Baja Amazonia brasileña (Nugent, 1997). El térm ino cabo-
clo expresa, en sentido negativo, lo que habitualm ente entendem os
como una «cultura», pues identifica lo que no es (ni la cultura india ni
la cultura nacional). En relación con las com unidades indígenas, los
caboclos son sociedades indígenas degradadas, los fragm entos que
quedan después de su destrucción. Desde la perspectiva de la nación
brasileña, los caboclos representan el proyecto inacabado de una cul­
tura nacional que ha conseguido rom per con sus antecedentes euro­
peos, africanos e indígenas y hacer una síntesis propia a p artir de
estos elementos. La im agen del caboclo ha sido durante años fuerte­
mente despectiva y negativa: es la del cauchero que, arm ado de una
motosierra, se adentra en la selva y causa la enorm e deforestación de
la Amazonia, y, debido al origen diverso de sus com ponentes, lo que
caracteriza a los caboclos es precisam ente la ausencia de un referente
cultural prim ordial, la falta de orígenes com unes y de continuidad
cultural. Tal vez ésta sea la razón por la que los caboclos fueron p rác­
ticamente ignorados com o sujetos antropológicos, a diferencia de las
comunidades indígenas, que han sido profusam ente estudiadas y
objeto de m inuciosos análisis etnográficos.
48 ANTROPOLOGIA ECONÓMICA

Los caboclos representan un ejemplo de la formación de una cul­


tura/identidad que no puede ser aislada ni reducida a la «otredad», a
m enos que se reconozca com o producto del im pacto europeo en la
región. La entrad a de los caboclos en el discurso antropológico se ha
producido cuando se han incorporado las preocupaciones ecológicas
y m edioam bientales en el análisis de la Amazonia. En la m edida en
que la sociedad de los caboclos está im plicada en el manejo de recur­
sos de la selva, en un contexto fuertem ente fetichizado (la Amazonia
com o pulm ón del planeta o com o alm acén genético), ha ido ocupando
un lugar en el análisis antropológico. Con ello se ha producido un
reconocim iento de sus aportaciones culturales en sentido positivo: la
im agen del hom bre que conoce y com bate la selva, su cocina, su
m úsica (el carimbó y la tambada), su repertorio folklórico, etc. Y esto
no se debe a que hoy en día la sociedad de los caboclos sea más inte­
resante, intacta o coherente que hace unos años, sino a la ascendencia
del discurso del ecologismo y a la valoración de los productos cultura­
les, que son resultado de las transform aciones socioeconómicas globa­
les (Nugenl, 1997: 45-46).
A diferencia de lo que sucede con los caboclos, la m ayor parte de
lo que consideram os específico o tradicional de una cultura procede
de su continuidad. Pero el origen prim ordial de determ inados rasgos
no es lo im portante, sino el hecho de que sean incorporados como
tales en el proceso de form ación de la identidad.
B uena parte de los platos de cocina que consideram os «tradiciona­
les» en E uropa y que identifican a determ inadas regiones, países o
pueblos, por ejemplo, contienen ingredientes procedentes de lugares
m uy lejanos y que, p o r tanto, no son de origen propio. En un artículo
que versa sobre los com ponentes culturales de la cocina, Pujadas
(1996: 3) introduce diversos ejemplos. ¿Cuántos italianos saben que la
pasta fue introducida en Italia p o r M arco Polo y que procede origina­
riam ente de China? ¿Podría elaborarse una pizza sin tomate, que es
de origen am ericano? El sofrito, preparación muy extendida en la
cuenca m editerránea, incorpora elem entos am ericanos. Y no olvide­
m os la im portancia de la patata, om nipresente en guisados de carne y
en hervidos, y que no se introduce en la dieta europea hasta ya bien
entrado el siglo xvm. El té, el café o el chocolate son tam bién produc­
tos totalm ente incorporados en los hábitos alim entarios de muchos
países europeos y todos ellos proceden de lugares remotos. ¿Y no ha
pasado a ser un tópico en el im aginario colectivo asociar a los británi­
cos con la costum bre de tom ar el té a determ inada hora? ¿No resulta
irrelevante que esté cultivado en Sri Lanka, en China o en un inverna­
dero del condado de York?
ECONOMÍA, CULTURA Y CAMBIO SOCIAL 49

Estos ejemplos m uestran que no sólo el origen de las «tradiciones»


culinarias es extraordinariam ente reciente si lo consideram os a escala
histórica, sino que, frecuentem ente, se ha olvidado el origen de
muchos de los productos integrados en la dieta, porque en la práctica
cotidiana y en la definición de la identidad resulta irrelevante y lo que
cuenta es la apropiación de un determ inado rasgo com o propio, con
independencia de cuál sea su origen.10 Lo m ism o podem os decir res­
pecto a la «invención» de tradiciones, sobre lo que insiste H obsbaw m
(1988). Lo relevante no es que determ inada «tradición» sea, en reali­
dad, algo inventado y reciente, sino que se incorpore com o un rasgo
que se considera propio en la práctica de la identidad. Así pues, no
hay falsas tradiciones, ni falsos arcaísm os, porque todos los elem entos
culturales tienen sentido com o portadores de significado en el contex­
to en que se encuentran.
Es la visión estática con que analizam os los com ponentes cu ltu ra­
les lo que nos im pide tener una com prensión adecuada de la form a y
significado que adoptan determ inados rasgos culturales. Veamos el
caso de los mekeo, un pueblo de Papua Nueva Guinea. Se trata, ap a­
rentemente, de una sociedad «tradicional» relativam ente autónom a,
que puede clasificarse como un sistem a de jefatura. Friedm an (1994a:
7-8), que es quien describe este ejemplo, señala lo im presionantes que
son sus casas, que tienen tejado de paja y están profusam ente decora­
das con motivos autóctonos. Pei'o la im agen del tradicionalism o de
este pueblo se rom pe al com probar la presencia de tractores, m otoci­
cletas e, incluso, m otores de aeroplano entre las casas. R esulta que los
mekeo dom inaban el m ercado de nueces de betel, que tran sp o rtab an
a Port Moresby con sus propios aeroplanos. Inicialm ente, recibieron
ayuda tecnológica de los australianos, pero después se las arreglaron
por su cuenta. Los ingresos obtenidos con el com ercio de las nueces
de betel eran suficientes p ara m antener sus bienes de consum o occi­
dentales, sus elegantes trajes y, sobre todo, su costosa arquitectura
tradicional. En cam bio, los mekeo que vivían m ás lejos y no tenían
contacto con el m ercado urbano cam biaron los techos de paja p o r
uralita. Paradójicam ente, la participación en la econom ía de m ercado
es lo que perm itía preservar los elem entos tradicionales, que en cam ­
bio habían desaparecido en las áreas más rem otas. Pero según la típi­
ca term inología evolucionista, estos últim os habían evolucionado (o
se habían m odernizado) m ás que los prim eros.

10. Es interesante remarcar la valoración que actualmente se otorga a los productos «de
la tierra», supuestamente originarios de un lugar determinado, al poseer connotaciones asocia­
das a la «tradición», la especificidad y la calidad. Este valor deriva del propio contraste que se
establece respecto a la producción hecha de forma masificada y que típicamente se compra en
supermercados. La revista Agricultura y Sociedad dedica un número monográfico a este tema,
compilado por Bérard, Contreras y Marchenay (1996).
50 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

Este ejemplo m e recuerda lo que yo m ism a he podido com probar


en Andorra. Se trata de un valle del Pirineo fuertem ente urbanizado y
hoy inserto en los circuitos comerciales y financieros de alcance m un­
dial. Su población ha aum entado exponencialmente en las últimas
décadas y ello ha supuesto la construcción de numerosos edificios
m odernos de apartam entos. En este proceso, muchas viviendas anti­
guas fueron destruidas, pero otras se han preservado y hoy constituyen
elementos inequívocos de la tradición, testimonios del sistem a de vida
de las generaciones precedentes, que vivían del pastoreo y la agricultu­
ra. Actualmente, m uy poca gente se dedica a estas actividades y, en
todo caso, nada tiene que ver con ello el interés por conservar las viejas
casas. Hoy en día, poseer una casa antigua, de las «de siempre», tiene
un valor simbólico, es un elemento de identificación y también un fac­
tor de distinción. R estaurar una de esas casas y adaptarla a las como­
didades actuales supone unos gastos considerables, que no todo el
m undo se puede permitir. Por otro lado, difícilmente alguien que no
sea «andorrano viejo» puede llegar a poseer tales edificaciones, ya que
su transm isión se efectúa a través de la línea familiar. La constitución
de una asociación específica que tiene como finalidad velar por la con­
servación de las casas tradicionales m uestra el considerable valor que
hoy poseen. Pero este valor de la tradición sólo puede interpretarse
desde la m odernidad y desde la profunda transform ación que ha expe­
rim entado la sociedad andorrana. Así, los que hoy poseen casas anti­
guas y salvaguardan la «tradición» son quienes más eficazmente han
podido aprovecharse de las oportunidades de la economía de mercado.
Si en lugar de fijarnos en rasgos culturales concretos pasamos a
«culturas» enteras, la lógica de interpretación es la misma. Por muy
«tradicionales», «primitivas» (o com o las queram os llam ar) que nos
parezcan determ inadas sociedades, su m ism a existencia sólo puede
com prenderse en base a su relación con el sistem a más amplio. El
hecho de que parezcan poseer sólo relación con su entorno natural y
estén alejadas de los circuitos de la econom ía de m ercado no implica
que estén al m argen del sistem a o fuera de él, sino que debe explicarse
p o r la form a de incorporación del área que ocupan al sistem a más
amplio. Y, recíprocam ente, p o r muy «modernizadas» que parezcan ser
determ inadas sociedades, siem pre son el resultado específico y único
de la síntesis que se produce en cada lugar entre los factores de alcan­
ce global y los com ponentes locales, y es tanto este proceso como su
resultado lo que produce nuevas configuraciones culturales y nuevas
form as de especificidad e identidad.
Esta óptica de análisis es justam ente la que aplicam os en nuestro
trabajo etnográfico sobre A ndorra (Comas d'Argemir y Pujadas, 1997).
Si hubiéram os partido de la idea de buscar la especificidad de la cul­
ECONOMÍA, CULTURA Y CAMBIO SOCIAL 51

tura andorrana (como parte de la cultura pirenaica) en la antigua


sociedad agropastoril y en el pasado, entonces deberíam os haber
adm itido que los andorranos han com etido una especie de suicidio
cultural y que se han diluido en una cultura de m asas hom ogeneiza-
dora e inespecífica por su universalidad m ucho m ás exageradam ente
que otros valles del Pirineo. N uestra perspectiva fue, sin em bargo,
bien distinta a ésta. Entendim os que debido a diversos motivos, rela­
cionados con el hecho de tratarse de un país de frontera y que vive de
la frontera, Andorra se había abocado hacia unos patrones de vida y
toda una serie de actividades relacionadas con el com ercio y el turis­
mo. Los andorranos venden m ercancías y tam bién paisaje; entran,
pues, en la «modernidad» sum iéndose totalm ente en el m ercantilis­
mo. Y aunque parezca paradójico, debido a que se sum ergen en estas
relaciones económ icas nuevas, externas y de alcance internacional,
pueden preservarse com o andorranos y ser identificados y reconoci­
dos como tales. La m ercantilización, lejos de negar la especificidad
cultural, forma parte del proceso por el que hoy se construye la identi­
dad. Y este proceso, único en el Pirineo, es el que proporciona a Ando­
rra su distintividad. Su especificidad no se encuentra tanto en el p asa­
do como en el proceso de transform ación económ ica y social p o r el
que se ha construido el presente.

2.3. De nuevo sobre el con cep to de cultura

Eric Wolf nos recuerda que el concepto de cultura surgió en un


m om ento en que algunos países europeos pugnaban p o r co n stru ir un
Estado que se correspondiera con una sociedad distintiva y con la
unidad cultural. Este proyecto político influyó en concebir las cultu­
ras como entidades integrales y separadas. Vale la pena p resen tar con
sus propias palabras cóm o las «culturas» son, en realidad, procesos
que se construyen y reconstruyen en relación a fuerzas económ icas y
políticas de m ás am plio alcance que las entidades que se analizan:

En cuanto ubicam os la realidad de la sociedad en alineam ientos


sociales históricam ente cam biantes, im perfectam ente unidos, m últiples
y ramificados, nos hallam os con que el concepto de una cultura fija,
unitaria y vinculada debe ceder el paso a un sentim iento de fluidez y
perm eabilidad de conjuntos culturales. Dentro de la rudeza de la in­
teracción social, los grupos explotan las ambigüedades de las formas here­
dadas y les dan nuevas evaluaciones y valencias; toman prestadas formas
que expresan mejor sus intereses, o bien crean formas totalmente nuevas.
Además, si suponem os que esta interacción no es causativa en sus pro­
52 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

pios térm inos, sino que responde a fuerzas económicas y políticas de


más fuste, entonces, la explicación de formas culturales debe tom ar en
cuenta este contexto m ás amplio, este campo de fuerzas más ancho
(Wolf, 1987: 467-468) (las cursivas son mías).

Así, no tiene sentido su sten tar una perspectiva esencialista y estáti­


ca del concepto de cuUura, que, adem ás, se puede rebatir fácilmente.
Es muy difícil sostener que los rasgos p o r los que se define una cultura
sean exclusivos de ella. Por el contrario, cada conjunto de rasgos,
cada práctica cultural, tiene unos límites variables. Así, la especifici­
dad de u na cultu ra no reside en el carácter único de sus componentes,
sino en la m anera de combinarse, y es esta especial combinación la
que perm ite diferenciar u n a cultura de otra. Además, la especificidad
no es sinónim o de inm utabilidad, sino de una determ inada reformula­
ción de sus com ponentes en los procesos de cambio. Las culturas son,
pues, el resultado provisionalmente estable de una determ inada combi­
nación de rasgos.
Pero el factor principal de diferenciación entre culturas se basa
m ás en factores de tipo «subjetivo» que «objetivo», ya que supone
seleccionar determ inados rasgos como m arcadores de especificidad.
Hay que tener en cuenta, sin embargo, que las evaluaciones subjetivas
acerca de la diferencia cultural dependen de las experiencias vividas y
de las relaciones existentes entre diversos colectivos, por lo que la dico­
tomía objetivo/subjetivo desaparece. De hecho, los límites de las cultu­
ras expresan un espacio de identidad en relación a la interacción com­
parativa de unos grupos respecto a otros, sobre cuya base se construye
la oposición nosotros/ellos. Junto a este factor contrastante es impor­
tante tam bién m o strar la continuidad de la cultura en el tiempo frente
a la discontinuidad que representa el cam bio social (Pujadas, 1993).
La m undialización económ ica y la globalización cultural han dado
nuevo sentido a estas oposiciones sociales y culturales particulares, ya
que crean en el grupo un sentido de com unidad en medio de un
m undo heterogéneo y cam biante. Es m uy probable que la experiencia
del pasado y del presente sean contradictorias, lo que determ ina una
conciencia contradictoria (Roseberry, 1989: 23). El pasado, que es ree-
laborado desde el presente, proporciona la m ateria prim a tanto para
la protesta com o para la acom odación, reforzando las oposiciones
básicas en que am bas se asientan. De ahí que entre los indígenas de
m uchos lugares del m undo, p o r ejemplo, surjan movimientos a favor
de nuestro pueblo, a favor de nuestra cultura y en contra de los intru­
sos, en contra de los que fueron colonizadores. Los valores y tradicio­
nes que se reivindican a tal efecto no son sino falsos arcaísmos y fal­
sos prim itivism os, pues se encuentran incrustados en los procesos
ECONOMÍA, CULTURA Y CAMBIO SOCIAL 53

globales, que es donde adquieren sentido. Los m ovim ientos contem ­


poráneos de prom oción de derechos e identidades de los pueblos indí­
genas se explican justam ente en el contexto de la globalización. La
diferencia y la diversidad son, insistimos, ingredientes sustanciales de
la globalización, de la m ism a m anera que la segm entación del m erca­
do de trabajo y la jerarquización de la m ano de ob ra son la otra cara
de la m oneda de la existencia de una econom ía m undial (o, m ejor
dicho, de un m ercado m undial).
La com prensión de la cultura se sitúa, por tanto, en la discusión de
las relaciones entre sociedades y de las relaciones de clase en una
misma sociedad, lo cual no puede desvincularse del proceso histórico
que da sentido a estas relaciones. Es entender la cultura desde la ópti­
ca de la econom ía política, alejándose de las visiones esencialistas y
ahistóricas. Desde esta perspectiva crítica de la cultura es posible
entender las aparentes dicotom ías entre estabilidad y cam bio, entre
unidad y diversidad. La m undialización de la econom ía ha puesto de
manifiesto, adem ás, que las culturas no son entidades aisladas, pues
forman parte de un sistem a global. Que este sistem a se corresponda
con el m undo entero o con universos m ás reducidos no im pide afir­
mar que las culturas son partes integrantes de totalidades y que los
cambios sociales son constitutivos de su propia existencia.
Los cam bios sociales son hoy de tal envergadura que no es fácil
polemizar con la idea de que se está produciendo el «fin de las socie­
dades tradicionales», porque arraiga plenam ente en n uestra visión
romántica del pasado que tiende a idealizarlo y a convertirlo en con­
trapunto (positivo o negativo) de nuestra propia existencia. Pero la
dicotomía «tradicional/m oderno», que tan frecuentem ente utilizam os,
no resiste un análisis riguroso. Se trata de térm inos relativos, que nie­
gan la historia, al considerar que los únicos cam bios relevantes son
los que se producen actualm ente. R upturas y continuidades son ra s­
gos comunes en todo proceso de cam bio social. Como señala Godelier
(1991a), refiriéndose a los procesos de transición, todo proceso de
cambio im plica la desaparición de antiguos elem entos, la aparición
de otros nuevos y una recom binación peculiar y distintiva de antiguas
y nuevas formas. Esto m ism o subraya H obsbawm (1988) cuando
insiste en que m uchos elem entos viejos son la base p ara construir
nuevas tradiciones, aunque no siem pre esto sea reconocible. Podem os
decir con ello que la situación de cada cultura no puede evaluarse sólo
en términos de lo que desaparece, sino tam bién de todo aquello que
permanece, se crea y se reform ula.
Claro que esto tiene el peligro de considerar los cam bios com o un
proceso lineal y cíclico. Hay que ser capaces de evaluar tam bién la
dimensión y alcance de las transform aciones, que pueden conducir,
54 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

efectivam ente, al fin de u n a determ inada sociedad y a la creación de


o tra m uy distinta. Hay que tener en cuenta tam bién que la incidencia
de los cam bios en la cultura se relaciona con su situación respecto a
las relaciones dom inantes. La expansión del capitalism o se ha hecho
a expensas de crear centros y periferias, dom inación y subordinación
entre sociedades. De ahí que en m uchos pueblos del m undo se hayan
producido procesos de desestructuración im portantes, que han afecta­
do a sus m edios de vida y de trabajo, así como a sus com ponentes
sociales, ideológicos e identitarios.
Respecto al resultado que los cam bios provocan, no puede soste­
nerse que la expansión de la econom ía de m ercado suponga m ecáni­
cam ente la hom ogeneización cultural, ya que cada cultura hace una
síntesis diferente y concreta de este proceso global. Las respuestas
pueden ser variadas y diversas y, en este sentido, son únicas e irrepe­
tibles (Wolf, 1987). La existencia de esta diversidad, que se corres­
ponde con el m antenim iento de las especificidades culturales, no es
contradictoria respecto a la hom ogeneización en los estilos de vida
que se producen com o consecuencia de la occidentalización del
m undo. P or el contrario, especificidad y uniform ización son una
pareja sim biótica, u n a característica constitutiva de la realidad social
(Friedm an, 1990).
Es cierto que estam os asistiendo a escala m undial a un gran mesti­
zaje de culturas, que las fronteras cada vez dividen menos y que todos
form am os parte de una gran «aldea global», que es un punto m i­
núsculo en la escala planetaria. Pero como todo es cuestión de pers­
pectiva, podem os afirm ar tam bién que esto no supone m ecánicam en­
te una hom ogeneización cultural. Com partim os un mism o mundo,
pero hay centros y periferias, hay un m ercado m undial y m icro-m er­
cados, hay procesos políticos de alcance internacional y hay movi­
m ientos indígenas que pugnan p o r m antener su especificidad. El ecú-
m ene global está estructurado, pues, de form a asim étrica, diversa y
plural. Parafraseando a H annerz (1990: 237) direm os que todos for­
m am os parte de una cultura m undial y que esto implica la existencia
de una m arcada organización de la diversidad y no una réplica de la
uniform idad.
C a p ít u l o 3

ECONOMÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

En los años sesenta cuajaron diversas tendencias que conducen a


una renovación de la antropología. Las décadas anteriores se h abían
caracterizado por el predom inio de los m odelos funcionalistas, que
enfatizaban el equilibrio interno y la estabilidad estructural de los sis­
temas sociales. Las preguntas acerca de cóm o se produce el cam bio
social abocan hacia la necesidad de relacionar cada sociedad con el
contexto m ás am plio del que form a parte y hacia la reflexión de cuá­
les son las principales fuerzas que posibilitan el cam bio. Los pueblos
que tradicionalm ente estudiaban los antropólogos em pezaron a anali­
zarse de otra m anera, tratando, por ejemplo, la influencia de la colo­
nización, o el im pacto de la industrialización. La denom inada escuela
de M anchester (con las decisivas aportaciones de Epstein o de Mit-
chell), por ejemplo, es representativa del interés que despiertan tem as
como el de la urbanización en contextos tribales, o el im pacto de acti­
vidades tales com o la m inería o, en general, los trabajos asalariados.
Todavía en el orden intelectual, hay que destacar que los años
sesenta suponen el resurgim iento del m arxism o. Se traduce Marx a
diversas lenguas, se hacen relecturas de sus textos y el m aterialism o
dialéctico se aplica al análisis de diversas ciencias sociales. E n el caso
de la antropología, los denom inados neo-m arxistas no conform an un
grupo homogéneo. Así, los antropólogos franceses com binan las ideas
de Marx con las teorías de la cultura de Lévi-Strauss y realizan u n a
síntesis peculiar entre estructuralism o y m arxism o. E n G ran B retaña
surgen diversos grupos, que m antienen estrecha relación con sus cole­
gas franceses, com o el que se constituye en la London School of Eco-
nomics en torno a M aurice Bloch, o los antropólogos que colaboran
en la revista Critique o f Anthropology. E n Estados Unidos es donde
más se expresa la diversidad de tendencias y enfoques, pues algunos
antropólogos se apropian de las ideas de Marx, en tanto que otros se
encuentran m ás cercanos a las teorías de la dependencia.
56 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

Son años, p o r otro lado, en los que se ha ido conform ando un


nuevo m apa político, com o resultado de la independización de las
antiguas colonias británicas, francesas, holandesas o belgas. Después
de la segunda guerra m undial, pocas colonias habían conseguido su
independencia, entre las que hay que destacar la India. Dos años des­
pués, y por la fuerza de las arm as, China conseguía su liberación.
Pero la m ayor parte de las colonias se independizaron en la década de
los cincuenta y los sesenta, en un movimiento de revoluciones que
alcanzó escala m undial. En sólo un año, el 1961, se form aron en
África diecisiete nuevos Estados. Fue, por tanto, un proceso rápido y
generalizado, que m odificó el orden m undial existente.
Los países que rom pieron los lazos con las m etrópolis pugnaban
por situarse en el m undo a p artir de su propio estatuto y pronto se
puso de m anifiesto la dificultad de hacerlo, pues las diferencias en
poder económ ico y político eran evidentes. La expresión Tercer
M undo, que originariam ente acuñó un dem ógrafo francés, Alfred
Sauvy, p ara ag ru p ar bajo un solo térm ino a los Estados que no perte­
necían ni al bloque com unista ni al capitalista, pronto fue asumido
p o r los propios países que recibieron tal denom inación y que querían
diferenciarse ju stam en te de tales bloques. El térm ino Tercer Mundo,
que inicialm ente tenía connotaciones políticas, fue adquiriendo un
contenido económ ico, que expresaba las dificultades para alcanzar
unos niveles de renta y de bienestar económ ico satisfactorios (Wors-
ley, 1990). La com paración entre países ponía en evidencia el abismo
existente entre unos y otros, y en este contexto no es de extrañar que
su rg ieran las reflexiones acerca de las causas del subdesarrollo. La
an tro p o lo g ía social no fue ajen a a tales reflexiones y el enfoque de
la econom ía p o lítica era el que m ás se adecuaba a la necesidad de
e n c o n tra r resp u estas que v in cu laran las situaciones que podían
describirse en los contextos etnográficos con las causas estructurales
que explicaban determ inado orden de cosas.
La introducción de la perspectiva de la econom ía política en la
antropología económ ica viene m otivada en buena m edida por la con­
vergencia de este nuevo contexto económ ico-político y de las nuevas
inquietudes intelectuales. Se introducen visiones radicales, que criti­
can el papel de la antropología en el proceso colonial, se constituyen
grupos alternativos en las grandes asociaciones profesionales y se
crean nuevas revistas, donde se critican los viejos conceptos y teorías
de la antropología y donde la discusión teórica tiene una gran vitali­
dad. El térm ino «econom ía política» em pieza a utilizarse, general­
m ente im pregnado de marxismo.
Como ejem plo de estas nuevas orientaciones puede m encionarse
la creación, en 1975, de la revista Dialectical Anthropology, cuyo edi­
ECONOMÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 57

tor es Stanley Diam ond, de la New School for Social R esearch de


Nueva Yoi'k. Las contribuciones son de orientación m arxista y cu en ­
tan con la colaboración de autores com o Eric Wolf, Sidney M intz,
M aurice Godelier, Paul Rabinow, Ju n e Nash, Rayna R app o Andre
G under Frank. Tan sólo un año antes, y con m edios m ucho m ás
modestos, se había creado en G ran B retaña la revista Critique o f
Anthropology, que se desarrolla en relación a la «antropología m a r­
xista francesa» y en la que colaboran autores com o William Rose-
berry, Law rence Krader, Josep R. Llobera, Olivia H arris, Jo n n ath an
Friedm an, Ignasi Terradas, Talal Asad, Im m anuel W allerstein, etc. El
hecho de que en 1978 se publique en la revista American Ethnologist
un núm ero especial dedicado a la econom ía política im plica la con­
sagración de esta perspectiva dentro de la antropología social am eri­
cana. Este reconocim iento se concretará en G ran B retaña con la
decisión del com ité organizador del congreso de la Asociación de
Antropólogos Sociales de incluir com o lem a la influencia de las teo­
rías m arxistas en la antropología, sim posio que coordinó Bloch y que
fue publicado en 1975 con el título Marxist Analyses and Social An­
thropology.

3.1. D ependencia, sistem a m undial y sistem a global

En los capítulos anteriores hem os citado varias veces la influencia


de la obra de W allerstein The M odem World System (1974) en la an tro ­
pología y, m ás en concreto, en la antropología económ ica. E sta
influencia se debe a que la noción de «sistem a m undial» propició la
adopción de una perspectiva global y perm itió o rd en ar la com ple­
ja etnografía que se había ido acum ulando desde los años cincuenta
(Vincent, 1986). Además, W allerstein contribuyó a p o p u larizar la
historia entre los científicos sociales, al vincular las investigaciones
históricas con las preocupaciones existentes en el m undo actu al.1 Es
significativo que sólo el p rim er volumen, el que se ciñe a los años
com prendidos entre 1450 y 1640, sea el único citado realm ente y es
probable, com o indica Nash (1981: 396), que los antropólogos se sien­
tan m enos vinculados con los análisis que integran períodos estudia­
dos por ellos también.

1. No tendrá el m ism o impacto, por ejemplo, la obra de Dobb, en que analiza igualm ente
el desarrollo del capitalismo. Publicada inicialmente en 1945 y con una segunda edición en
1962, tendrá mucha influencia en los debates de los historiadores sobre la transición social. En
los años en que se publicó este texto predominaban los planteam ientos funcionalistas en la
antropología, y tanto su carácter em inentem ente histórico com o su orientación marxista expli­
can su escasa repercusión en la disciplina.
58 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

La definición de W allerstein del sistem a m undial es la siguiente:

Un sistem a m undial es un sistem a social, un sistem a que posee lími­


tes, estructuras, grupos, m iem bros, reglas de legitimación y coherencia.
Su vida resulta de las fuerzas conflictivas que lo m antienen unido por
tensión y lo desgarran en la m edida en que cada uno de los grupos
busca eternam ente rem odelarlo para su beneficio. Tiene las característi­
cas de un organism o, en cuanto que tiene un tiempo de vida durante el
cual sus características cam bian en algunos aspectos y permanecen
estables en otros (Wallerstein, 1979: 489).

W allerstein argum enta que la m oderna econom ía-m undo sólo


puede ser una econom ía-m undo capitalista. Su peculiaridad es que se
trata de u na unidad económ ica que integra m últiples sistem as políti­
cos. Resalta tam bién el hecho de que haya durado m ás de quinientos
años, pues, antes de la época m oderna, las econom ías-m undo eran
altam en te inestables y tendían a convertirse en unidades políticas,
en im perios-m undo. No quiere decir eso que abarcaran todo el planeta,
sino que constituían verdaderos «mundos», o entidades económico-
m ateriales que integraban en su seno diversas culturas. El capitalis­
mo, en cam bio, llega a ab arcar toda la superficie del globo.
W allerstein considera el capitalism o como un sistem a social histó­
rico. Lo define como un «escenario integrado, concreto, limitado por
el tiem po y el espacio, de las actividades productivas dentro del cual
la incesante acum ulación del capital ha sido el objetivo o ley económica
que ha gobernado o prevalecido en la actividad económ ica fundam en­
tal» (1988: 7). Este escenario integrado se va conform ando a p artir de
la expansión europea a finales del siglo xv. El capitalism o es un siste­
m a en continua expansión y tiende a m ercantilizar todas las cosas,
todos los procesos que intervienen en el ciclo del capital e, incluso,
todas las relaciones sociales.
E n u n sistem a de esta clase existe una extensiva división del tra­
bajo, que no es m eram ente funcional, sino tam bién geográfica. Las
tareas económ icas no se distribuyen uniform em ente y esto conduce a
u n a jerarquización del espacio, al intercam bio desigual a través de la
fuerza del centro que se im pone sobre la periferia. E sta expansión
geográfica se realiza p o r m edio de la coerción política, la búsqueda
de m ercados y la búsqueda de m ano de obra barata, llegando a pro­
ducirse u n a verdadera polarización entre las distintas zonas del
m undo.
Un aspecto en el que insiste W allerstein es el de que, a menudo, la
ganancia es m ayor si todos los eslabones de la cadena no están mer-
cantilizados (1988: 4). Esto im plica que no toda la m ano de obra llega
a proletarizarse. Distintos pueblos del m undo son sometidos así a la
ECONOMÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 59

lógica del capital, sin que ello im plique necesariam ente cam biar sus
formas de trabajo y de organización. W allerstein se niega a conside­
rarlos «feudales», «precapitalistas» u otra clase de denom inación,
pues el capitalism o conform a para él u n sistem a único que se im pone
sobre todos los dem ás (1979: 494).
Wallerstein no fue el prim ero en considerar la existencia de un siste­
ma m undial. Si su obra tuvo tanto im pacto es porque se publicó en un
mom ento en que había un creciente descontento respecto a la teoría de
la modernización y a las formulaciones de la teoría de la dependencia.
De hecho, los estudios sobre la globalización se iniciaron en la
década de los sesenta, a p artir del interés despertado por el desarrollo
del Tercer Mundo, que se analizaba en base a la teoría de la m oderni­
zación. Se suponía que todas las sociedades, partiendo de distintas
situaciones y distintas velocidades, seguían el m ism o cam ino hacia la
«modernidad», y el debate era si había divergencia o convergencia en
los resultados del proceso. La obra de W allerstein rom pe con los estre­
chos esquem as de la m odernización. En lugar de considerar las socie­
dades com parativam ente, tom ando la sociedad occidental com o
punto de referencia principal, propone que existe un patró n sistem áti­
co de relaciones entre sociedades, y, en lugar de analizar los países del
Tercer M undo com o m arginales y recién llegados a la m odernidad
(que poseerían de form a incompleta), los considera parte sustancial
en la form ación de la econom ía-m undo com o totalidad, pasando a
estudiar cómo se insertan en ella.
Wallerstein se apoya en la teoría de la dependencia, que se había
popularizado a inicios de los años setenta entre los investigadores de
América Latina. Esta teoría se difundió básicam ente a través de la
obra de Frank (publicada en 1967), que considera que el subdesarro-
11o y el desarrollo están estructuralm ente ligados y que no es nad a evi­
dente que pueda pasarse de una situación a la otra, ya que los países
desarrollados nunca estuvieron subdesarrollados y, por tanto, no p a r­
tieron de las condiciones de dependencia económ ica, tecnológica y
financiera que padecen las regiones subdesarrolladas. Esta diferencia
estructural se fundam enta en el intercam bio desigual que se produce
en la esfera de la división del trabajo a escala m undial y en la esfera
de la circulación, lo que conlleva la reproducción dependiente de las
sociedades subdesarrolladas.2

2. De hecho, la influencia entre Wallerstein y Frank es recíproca. Si la teoría de la depen­


dencia es fundamental en la construcción del m odelo sobre el sistem a mundial, Frank se inspi­
ró a su vez en la obra de Wallerstein y cuatro años después de la publicación de The M odem
World System publicó un libro en el que analizaba el proceso histórico de acum ulación de capi­
tal, desde el período inmediatamente anterior al descubrim iento de América hasta la revolu­
ción industrial (Frank, 1979).
60 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

Aunque la teoría de la dependencia critica la de la m odernización


desde el neo-m arxism o, K earney (1986: 338) considera que, de
hecho, no se ap arta esencialm ente de ella. La teoría de la m oderniza­
ción analiza la historia desde la perspectiva de la vida u rbana y los
países ricos; en cam bio, la teoría de la dependencia vuelve su m irada
hacia las periferias (com unidades rurales, países pobres) y analiza
los flujos que actúan de form a inversa. Sea cual sea la óptica, el caso
es que se llega a un m ism o tipo de conclusiones: los centros im pulsan
el cam bio social, m ientras que las periferias han de adaptarse a tales
cam bios.
Uno de los ejemplos prototípicos de esta clase de perspectiva es el
análisis que realiza Stavenhagen (1969) sobre el colonialismo interno
en M esoam érica, que centra en la región de Chiapas (México) y en
G uatem ala. A p artir de m inuciosas investigaciones de cam po en dis­
tintas com unidades, Stavenhagen analiza la relación entre indios y
ladinos, que to m a la form a clásica de relación en tre las m etrópolis
y sus satélites. La elite u rb an a de los ladinos controla el mercado y
explota directam ente a los indígenas rurales, que proporcionan la
m ano de obra de la agricultura orientada a la exportación. Así, los
ladinos son equivalentes a las m etrópolis, se caracterizan p o r su afán
de lucro, dom inan los circuitos m ercantiles y consiguen una acum ula­
ción im portante de capital. Los indios, por su parte, son equivalentes
a los satélites: viven dispersos en com unidades «tradicionales», cerra­
das y subyugadas, son pobres y difícilm ente pueden salir de las condi­
ciones de subdesarrollo a que se ven sometidos.
La teoría de la dependencia no tiene, sin em bargo, un corpus
m onolítico. Cardoso, p o r ejemplo, introduce u n a visión más compleja,
al considerar que la dependencia puede adoptar distintas formas y
que, p o r tanto, no hay u n a única form a de relación entre m etrópolis
y satélites, y propone analizar las variaciones existentes a través de la
articulación entre los hechos económ icos y los políticos que interna­
m ente existen en cada país. Así, en sus trabajos sobre América Latina
(1965, 1971), Cardoso considera que existen dos modalidades distin­
tas de estructuras dependientes. La prim era atañe a aquellos países en
que los vínculos políticos y económ icos tanto externos como internos
están controlados por grupos locales, como sucede en Argentina,
Chile, Perú o México, por ejemplo. La segunda m odalidad viene repre­
sentada por los países en que las decisiones económ icas y políticas
vienen directam ente desde el exterior y la econom ía de exportación se
halla desvinculada de la econom ía local orientada a la subsistencia o
al m ercado interno. Es el caso de los países del Caribe y de América
Central, que ilustran lo que Cardoso denom ina «economías depen­
dientes de enclave».
ECONOMÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 61

Así pues, las diferencias sociopolíticas son fundam entales en la


existencia de distintas form as de ordenación de los vínculos entre el
centro y la periferia, y esto obliga a analizar las dinám icas específicas
que se desarrollan en cada lugar y no se puede d ar p o r supuesto, p o r
tanto, un único flujo de influencias y unos únicos resultados. Cardoso
lo expresa de esta m anera:

Concebida la dependencia en estos térm inos, se hace posible pro­


seguir con una problem ática de la dependencia que im plique, h asta
cierto punto, u n a dinám ica propia y por consiguiente la posibilidad de
un conocim iento que, incluso al perfilarse com o p artic u la r y derivado
de una estru ctura que es, por así decirlo, de segundo grado, porque
está referida en form a subordinada a otra que la condiciona, contiene,
de todas m aneras, cierto m argen de autonom ía histórica (Cardoso,
1971: 72).

Hay otros m uchos autores que, inspirándose directam ente en la


teoría de la dependencia y en la obra de W allerstein conducen su a n á ­
lisis hacia unos planteam ientos m ás complejos, que tom an en consi­
deración los procesos internos que tienen lugar en cada país y que
obligan a distinguir tanto las especifidades existentes en las periferias
como su dinam ism o o la particu lar form a de establecer relaciones con
los contextos m ás am plios de los que participan (véanse, p o r ejemplo,
Coley Wolf, 1974; Hansen, 1977; Nash, 1979; Silverman, 1979; Smith,
1978; Wolf, 1969). El trabajo de Schneider y Schneider (1976) puede
servir para ilustrar cóm o la teoría de la dependencia deriva hacia
planteam ientos distintos de los que inicialm ente se form ularon.
En su m onografía sobre Sicilia, Jane y Peter Schneider aplicaron
un tipo de m etodología que no era m uy com ún en co n trar en los textos
etnográficos de aquellos años. Reconstruyen el período colonial, espe­
cialmente la etapa que se inicia en el siglo xiv, cuando Sicilia se incor­
pora al dom inio de C ataluña y se orienta cada vez con m ás fuerza
hacia una econom ía de exportación, a través de dos productos bási­
cos: el trigo y el ganado. El otro gran m om ento que se analiza es la
etapa más reciente, el siglo XX, en que la exportación de m ano de obra
pasa a ser m ucho más im portante que la de trigo. El cam bio en el sis­
tema agrícola y el declive de la ganadería son producto de las m odifi­
caciones de las fuerzas económ icas y políticas exteriores y éste es el
contexto en que Schneider y Schneider analizan el desarrollo y auge
de la mafia, así com o los códigos culturales que caracterizan la región
(como el honor o la am istad, p o r ejemplo).
Aunque Schneider y Schneider parten de la teoría del sistem a
mundial de Wallerstein, ellos están m ás interesados en analizar la
62 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

articulación de las com unidades cam pesinas con la nación-Estado.


Pero el análisis de la fuerte em igración existente en la isla (hacia
A rgentina, Australia, Venezuela, C anadá y Estados Unidos) les obliga
a considerar tam bién cóm o los contextos locales están conectados con
el m ercado de trabajo internacional. Concluyen que la cultura sicilia­
na no es causa del subdesarrollo de la isla, sino, por el contrario, una
consecuencia de él, una form a de adaptarse a él. Y concluyen también
que la evolución no sigue un solo cam ino, sino que debe considerarse
tam bién cóm o se conjugan en cada lugar las presiones imperialistas y
las respuestas hacia ellas.
Observem os que en este caso no se trata de negar la influencia de
las grandes fuerzas económ icas que provienen de la economía-
m undo, sino de en fatizar la diversidad de concreciones locales, que
derivan tan to de la p articu lar com binación sociopolítica interna,
com o de los propios cam bios de la econom ía de m ercado global, que
tam poco es hom ogénea. Además, m uchos autores consideran que la
dependencia no procede básicam ente del m ercado (y, p o r tanto, de la
circulación de los productos), sino de las relaciones de producción.
Así lo m uestra, por ejemplo, S m ith (1978) en su análisis sobre Guate­
m ala. Antes de que se introdujera la producción de café en el si­
glo xix, G uatem ala no era un país desarrollado, pero no podía consi­
derarse subdesarrollado (dependiente). Aunque se producía para la
exportación (cacao, cochinilla, índigo) y los cam pesinos eran explota­
dos p o r las elites u rb an as, puede decirse que existía un cierto grado
de autonom ía y capacidad de decisión que se destruyó después. El
cultivo del café requiere m ucha m ás m ano de obra, supone la partici­
pación de capital foráneo y se utilizan m edios políticos para la extor­
sión. No puede decirse que ya en el siglo xvi G uatem ala fuera un país
dependiente p o r el m ero hecho de tener productos p ara la exporta­
ción; la dependencia se inicia, según Sm ith, cuando las relaciones de
producción pasan a ser de carácter capitalista y no sólo porque se
p articipe en el m ercado.
Al presen tar estas distintas perspectivas hemos intentado m ostrar
que los anti'opólogos que trabajan en el m arco de la teoría de la
dependencia no form an un grupo homogéneo. En el caso de autores
norteam ericanos predom ina la influencia de Frank y el esquema con­
ceptual es m ás rígido, pues se asum e que la relación entre desarrollo y
subdesarrollo no es m odificable y cualquier variación no afecta a la
estru ctu ra básica del sistem a capitalista. Otros autores, básicamente
latinoam ericanos, hacen m ayor énfasis en las variaciones y en los
cam bios y m uestran que existen distintas posibilidades de «desarrollo
dependiente». Además, de estas perspectivas deriva el trabajo de
m uchos otros autores, que introducen nuevos m atices y propuestas.
ECONOMÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 63

Lo cierto es que, a pesar de esta diversidad de planteam ientos, la


versión que m ás se difunde es la prim era (las tesis de Frank y las pos­
teriores de Wallerstein), que es justam ente la que produce m ayor insa­
tisfacción. Y es que el énfasis por m o strar la interconexión de los p ro ­
cesos económ icos en diversas partes del m undo acaba abocando hacia
una circularidad funcionalista, en que todo parece alim entar la rep ro ­
ducción de la econom ía m undial capitalista. Se supone que todo el
dinamismo está en los «centros» y que las «periferias» son pasivas por
definición, ignorando así la trem enda diversidad de iniciativas locales
y la heterogeneidad de situaciones existentes (Painter, 1995: 11; Rose-
berry, 1988: 167). Como reacción a este planteam iento, algunos autores
invierten la perspectiva y consideran que lo periférico es central. Las
reflexiones sobre las situaciones periféricas o sobre las actividades
marginalizadas han propiciado vigorosos debates acerca de las condi­
ciones de reproducción o cam bio del sistem a capitalista (Nugent,
1988; Nash, 1994).

3.2. M odos de producción y transición social

Un im portante grupo de antropólogos incorpora la perspectiva del


m arasm o y trabaja aplicando la teoría de los m odos de producción.
Sus énfasis difieren de los de W allerstein y la teoría de la dependencia
en tres aspectos básicos.
El prim er aspecto se refiere al m odelo teórico que se utiliza. El
modelo del sistem a m undial y de la teoría de la dependencia es de
carácter em pírico. Cuando W allerstein se refiere al capitalism o, reco r­
démoslo, utiliza la expresión de «sistem a social» y lo define com o un
«espacio integrado», pero estos conceptos dicen bien poco del cap ita­
lismo, pues en realidad no lo definen. Lo único que parece claro y
deñnitorio es la ley económ ica que dom ina el sistem a: la acum ulación
de capital. Pero la caracterización de una determ inada lógica no defi­
ne exactam ente nada, y este vacío teórico es el que se intenta resolver
mediante la utilización del concepto m arxista de «modo de produc­
ción», que W allerstein evita utilizar, com o tam poco habla nunca de
relaciones de producción para caracterizar el tipo de vínculo que se
establece entre los distintos segm entos que participan en el proceso
de trabajo.
La segunda diferencia se refiere a la noción de sistem a y a cóm o
las distintas parles que lo com ponen se integran en él. La teoría de la
dependencia entiende el capitalism o com o un sistem a único y
Wallerstein considera, adem ás, que toda form a de trabajo es capitalis­
ta por el m ero hecho de participar en el intercam bio desigual que
64 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

posibilita la acum ulación de capital. Frente a esta idea, otros autores


prefieren considerar el capitalism o como un sistem a hegemónico, que
coexiste con otros sistem as y los puede fagocitar al integrarlos en una
m ism a lógica económ ica. El térm ino «articulación» es el que se utiliza
p ara definir el vínculo que se establece entre distintos modos de pro­
ducción.
Finalm ente, la tercera diferencia atañe a la concepción del proceso
histórico. La teoría de la dependencia acaba haciendo énfasis en la
estabilidad estructural del sistem a m undial. Aunque Wallerstein se
rem o n ta al siglo xv y realiza análisis históricos, las historias son sor­
prendentem ente estáticas y todos los acontecim ientos se explican
com o funciones que contribuyen a m antener el sistem a como una
totalidad (Roseberry, 1988: 167). Frente a esta visión, algunos autores
analizan la transición de u n m odo de producción a otro y, por tanto,
las condiciones que posibilitan el cam bio histórico (en el sentido que
ap u n tab a Marx: en toda sociedad hay cam bios pero no todos condu­
cen a un cam bio de sociedad).
A unque ahora haya presentado las principales diferencias entre la
aproxim ación m arxista y la de la dependencia, am bas corrientes no se
confrontan inicialm ente entre sí, sino que surgen a p artir de desarro­
llos independientes.
En la década de los años sesenta se produjo un movimiento inte­
lectual de recuperación del marxismo, que se basó en una toma de
conciencia respecto a los problem as de dogm atism o que se habían
dado en la teoría y en la práctica. La «vuelta a Marx», como la deno­
m ina Godelier (1971: 7), im plicó releer a Marx, Engels o Lenin, redefi-
n ir los conceptos fundam entales del m arxism o y volver a plantear
determ inados problem as en función de estas definiciones. En Francia
cristalizó uno de estos m ovim ientos y tuvo gran vitalidad. La influen­
cia de la obra de A lthusser fue fundam ental y, a pesar de las críticas
que se hicieron posteriorm ente a las interpretaciones que este autor
hacía de Marx, propició la particular síntesis entre marxismo y estruc-
turalism o que caracterizaría lo que durante años se ha etiquetado
com o «antropología m arxista francesa». Los trabajos de Rey, Meillas-
soux, Terray, Bonte, Pouillon y, sobre todo, de Godelier tuvieron un
fuerte im pacto en la antropología, ya que trascendieron el ám bito aca­
dém ico francés y pen etraro n en otros ám bitos, especialm ente en la
antropología social británica.3

3. La revista Critique o f Anthropology dedicó en 1979 un número doble a la antropología


marxista francesa. En su editorial se reconocía que la revista se desarrolló originariamente en
relación al grupo francés: «a m uchos de nosotros nos pareció que era la única aproximación
alternativa seria en la disciplina, tanto a nivel teórico com o político» (1979: 3). En números
anteriores aparecen numerosas contribuciones de antropólogos franceses.
ECONOMÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 65

El breve texto de Marx «Formaciones económ icas precapitalistas»,


frecuentem ente citado com o Formen, pasa a ser traducido, discutido y
tomado como referencia en los debates acerca de la evolución históri­
ca y se buscan en él los elem entos que cuestionan las interpretaciones
unilineales del progreso. Los antropólogos se interesan especialm ente
por los textos etnológicos de Marx, y K rader (1972) edita los apuntes
dispersos que aquel au to r había hecho de sus lecturas de textos etn o ­
gráficos. Las sociedades prim itivas estudiadas por los antropólogos
sum inistran un m arco de reflexión acerca de las form as de transición
a las sociedades de clases y se analizan las form as de desigualdad
existentes en sociedades usualm ente etiquetadas com o igualitarias,
relacionando, p o r tanto, econom ía y política, contextos locales y con­
diciones globales.4
Uno de los debates que tuvo bastante extensión en la década de los
años setenta y principios de los ochenta se centró en torno al «modo de
producción asiático».5 El interés radicaba en que este concepto fue eli­
minado de las versiones «oficiales» del m arxism o en los años treinta,
tal vez porque no encajaba en la concepción unilineal de la evolución
que se im puso en aquellos años (com unism o primitivo, modos de p ro ­
ducción esclavista, feudal, capitalista y socialista) y porque contradecía
la particular evolución hacia el socialismo que se producía en Rusia.
Además, se trataba de una noción que fue recogida p o r Wittfogel (1966)
y usada por él contra el marxismo. Estos antecedentes son los que esti­
mulan la reflexión acerca del modo de producción asiático, porque:

[...] obligan a plantear de nuevo y de forma no dogmática la cues­


tión fundamental de las condiciones y de las formas de tránsito de las
sociedades sin clases a las sociedades de clases y de la evolución diferente
y desigual que desemboca en la formación de las sociedades contempo­
ráneas» (Godelier, 1971: 9).

Distintas form as de evolución, m últiples form as de com unidades


primitivas y tránsito: éstos son los principales énfasis. Las sociedades
que observa el antropólogo, ¿son sociedades no-capitalistas?, ¿o son
pre-capitalistas, en el sentido de que sus características hab ían existi­
do ya en la historia de Europa? ¿Cómo se produce el paso de un
modo de producción a otro? ¿Destruye el capitalism o otros m odos de
producción?

4. Véanse, por ejemplo, Asad (1978); Bloch (1977b); Friedman (1977); Godelier (1971,
1974, 1989); Kahn y Llobcra (1981); M eillassoux (1977, 1978, 1979); Rey (1973), y Terray
(1977).
5. Véase, por ejemplo, Godelier (1971), así com o la amplia cantidad de textos que se
recopilan en Bailey y Llobera (1981).
66 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

El concepto de m odo de producción y de form ación económ ica y


social pasan a ser los útiles metodológicos básicos en que se funda­
m entan los autores neo-marxistas. Más que en trar ahora en una discu­
sión acerca de la form a en que los utilizan, subrayarem os lo que Con-
treras (1995: 47) considera como principal aportación de estos autores
a la antropología económ ica, com o es el hecho de haber m ostrado que
en las sociedades pre-capitalistas las relaciones sociales de producción
pueden funcionar a través de relaciones extraeconómicas. El parentes­
co, la religión y la política, según los casos, pueden ser las relaciones a
través de las que se accede a los medios de producción, se organiza el
proceso de trabajo o se distribuye el producto obtenido. Esto no impli­
ca negar la im portancia de la econom ía, que se considera la instancia
m ás relevante del conjunto social, sino asum ir que en determ inadas
sociedades las funciones económ icas están vehiculadas a través de
vínculos extraeconóm icos que, por lo tanto, contribuyen también a
asegurar las condiciones de reproducción de tales sociedades.
El análisis de los com ponentes de un modo de producción o de su
concreción en una form ación social puede conducir a una perspectiva
estática, m ientras que el análisis de las condiciones de reproducción
define la dinám ica del sistem a. Una teoría de la reproducción implica
a su vez u n a teoría de la transición, de las condiciones que posibilitan
el cam bio de un m odo de producción a otro. No es de extrañar, pues,
que estos mism os autores acaben reflexionando sobre cómo se sitúan
las sociedades prim itivas en el contexto de la econom ía de mercado.
Frente a las tesis de W allerstein, que considera que el capitalismo es
un sistem a global que abarca todas las partes del mundo, estos auto­
res ven m ás bien una prolongada e inacabada «transición al capitalis­
mo». A pesar de la existencia del colonialismo y del imperialismo, las
leyes del capitalism o no se im ponen m ecánicam ente, ni destruyen de
form a autom ática otros m odos de producción. Así, se considera que el
capitalism o crece a expensas de la com unidad dom éstica (Meillas-
soux, 1977), o del sistem a de linajes (Rey, 1971, 1973), pero gracias a
la preservación de estos sistem as m antiene y acrecienta su dom ina­
ción. Desde esta perspectiva se rechaza, pues, que todas las relaciones
de producción se vuelvan capitalistas y se habla, en cambio, de «arti­
culación» entre modos de producción (Wolpe, 1980).
La articulación entre modos de producción pre-capitalistas y el capi­
talismo puede tener posibles concreciones, que Rey (1971) caracterizó en
forma de tres estadios de transición al capitalismo, en función del grado
de imposición de este último sistema. Este antropólogo considera que
los modos de producción no capitalistas deben analizarse en el marco de
la estructura más am plia que los engloba. Se acerca así a la perspectiva
de Wallerstein, aunque Rey enfatiza la necesidad de escribir una doble
ECONOMÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 67

historia y de tener en cuenta no sólo la estructura y lógica del capitalis­


mo, sino también de la de los modos de producción no capitalistas.
Otro de los antropólogos que trabaja sobre la transición social es
M aurice Godelier, quien se inspira directam ente en los debates de los
historiadores y se interesa sobre todo por com prender los m ecanism os
por los que un determ inado m odo de producción pasa a ser hegemó-
nico y se im pone sobre los dem ás. Su visión acerca de tales dim ensio­
nes queda bien sintetizada en el siguiente fragmento:

Analizar los procesos de transición im plica m esurar las partes de


azar y de necesidad que dan cuenta de la aparición y desaparición de las
diversas formas de sociedad que se suceden en el tiem po. Es suponer que
no todo es contingente en la naturaleza de las relaciones sociales que
coexisten en el seno de una sociedad en una época determ inada y le
im prim en una lógica original de funcionamiento, presente tam bién en las
conductas de los individuos y los grupos que com ponen esta sociedad,
así como en los efectos, locales o globales, a corto o a largo plazo que
entrañan estas acciones sobre su reproducción. Es suponer que en gran
parte el funcionam iento de las sociedades forma «sistemas» (Godelier,
1991a: 8. Las cursivas son mías).

Las dim ensiones teóricas y m elodológicas im plicadas en el estudio


de los procesos de transición social se encuentran bien sintetizadas
por el propio Godelier en la introducción al libro Transitions et subor-
dinations au capitalisme (1991). Pero hay que destacar que uno de los
hilos conductores de la obra de Godelier ha sido analizar la lógica de
transformación de las sociedades y que este interés es com plem enta­
rio a otro: la com prensión de la lógica de funcionam iento y re p ro ­
ducción de las sociedades; son las dos caras de la m oneda, las dos
dimensiones de una m ism a problem ática. Por eso, el análisis de la
transición social debe entenderse en el conjunto de los trabajos reali­
zados por Godelier y no sólo en los producidos en la etapa que dedicó
específicamente a este tema.
Un problem a de la teoría de la transición social es su énfasis econo-
micista, a pesar de la insistencia de Godelier de que todos los dominios
sociales están interrelacionados. En todo caso, es cierto que cuando se
habla de «capitalismo», por ejemplo, se evoca un determ inado m odo de
producción, más que las dimensiones ideacionales o sociales que lo
acompañan, pues éstas quedan en un segundo plano en el análisis.6

6. Al referirse a la transición social, Marx la analiza exclusivamente en relación a las


dimensiones económ icas del proceso, aunque no ignorara que los cam bios económ icos van
acompañados de cambios en las formas de poder, en las ideas o en las m anifestaciones cultura­
les (Godelier, 1991¿: 404-405). En todo caso, este énfasis econom icista impregna las elabora­
ciones posteriores sobre la transición social.
68 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

G odelier caracteriza la transición al capitalism o como un proceso


a gran escala, que abarca al m undo entero y afecta a todas las socie­
dades, incluso a aquellas que no poseen los rasgos de una economía
capitalista, ya que necesariam ente se confrontan con ella. Se trata,
pues, de un proceso de carácter global, tanto en sus dimensiones
espaciales com o tem porales, pero esto no significa que sea homogé­
neo en la form a de concretarse en cada sociedad, ni que sea continuo
en el tiempo.

Un proceso de transición es un fenómeno a la vez micro y macro-


sociológico que está hecho de una m ultitud de nacim ientos espontá­
neos, de desarrollos locales, m uchos de los cuales son efímeros, pero
que se adicionan poco a poco y cuyos efectos convergen bajo la forma
de estructuras globales nuevas que entran en conflicto con la reproduc­
ción de las estructuras globales del sistem a dom inante (Godelier,
1991a: 36).

Que hoy en día todas las sociedades form an parte de una econo­
m ía-m undo dom inada p o r la hegem onía del capitalism o es un hecho;
la cuestión está en conocer cóm o se ha producido esta vinculación.
En este sentido, Godelier distingue los procesos que han tenido lugar
en los «centros» respecto a los de las «periferias». En el prim er caso,
el capitalism o surge com o fruto de un proceso endógeno, espontá­
neo, que arran ca de las entrañas del feudalism o. Inicialm ente supone
la m odificación de la organización social de la producción y de las
condiciones de trabajo, hasta que se produce la creación de una base
m aterial nueva. La aparición del m aqum ism o y de la gran industria
supone la finalización de la etapa de transición, al hallarse ya consti­
tuida la form a capitalista de producción. Las periferias, en cambio,
son las zonas de expansión del m odo de producción capitalista y, por
tanto, este sistem a aparece p o r influencias externas, es im puesto
m ediante la violencia (conquista, colonización) o m ediante el dom i­
nio técnico o de mei'cado. En ocasiones, esto ha supuesto la destruc­
ción de pueblos enteros o su desestructuración cultural. ¿Se puede
h ab lar de «transición» cuando se trata de cam bios im puestos, brus­
cos, acelerados? Tal vez debido a esta dificultad, en su texto de 1991a
G odelier distingue la «transición al capitalism o» de la «subordina­
ción al capitalism o», aunque am bas situaciones form en parte de un
m ism o proceso.
ECONOMÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 69

Gr u p o s d o m é s t ic o s y c o m u n id a d e s l o c a l e s

EN LA TRANSICIÓN AL CAPITALISMO

Godelier constituyó en 1984 un grupo de investigación sobre las


«Formas y procesos de transición en sistem as económ icos y sociales».
Este grupo reunió, en una red internacional, a investigadores de F ran ­
cia, España, Portugal y Grecia. El grupo español estaba coordinado
por Dolors Comas d’Argemir; el g ru p o portugués por Raúl Iturra; el
grupo francés por Louis Assier-Andrieu, y el griego p o r M arie-Elisa-
beth H andm ann. E ntre los grupos se organizó la circulación de inves­
tigadores, las discusiones conjuntas de los trabajos realizados y la
publicación de resultados.7
El modelo sobre la transición social es útil p ara caracterizar la
naturaleza y com plejidad del cam bio social, pues proporciona la nece­
saria perspectiva holística para hacer preguntas adecuadas sobre los
procesos de cam bio y su interconexión con fenóm enos globales, pero,
como sucede con las teorías de largo alcance, presenta dificultades en
su aplicación em pírica. De ahí que en los trabajos com parativos que
se realizaron en el m arco de este grupo internacional de investigación
se acotara el análisis al estudio de los grupos dom ésticos y las com u­
nidades locales en la transición al capitalism o. Veremos m ás adelante
que, en esta mism a línea, se producirá un desplazam iento del análisis
de culturas totales o de modos de producción hacia form as específicas
de producción.
En el texto de Comas d'Argemir y Assier-Andrieu (1988), que in tro ­
duce una de las publicaciones generadas por el grupo de investiga­
ción, se considera que la aportación de la antropología a los debates
sobre la transición social consiste en la realización de m inuciosas
etnografías, que perm iten analizar cómo los procesos de transición
social se m anifiestan en ám bitos concretos y particulares, lo que p er­
mite establecer las ruptu ras y continuidades, los procesos recurrentes
y los divergentes, de form a que se pueden d eterm in ar las variables
diferenciales que concurren en cada contexto social. O tra de las ap o r­
taciones consiste en establecer el papel de las instituciones sociales y
culturales en los procesos de transición.

7. Las investigaciones realizadas en el marco de este grupo coordinado dieron lugar a


numerosas publicaciones. Véanse, por ejemplo, los números m onográficos de la Revista Inter­
nacional de Ciencias Sociales, 1987; Anchi d ’Etnografia de Catalunya, 1988; Social Science Infor­
mation, 1988; la recopilación de textos de Godelier (1991), así com o otras publicaciones indivi­
dualizadas. En el caso de España participaron en el proyecto Dolors Comas d’Argemir, Jesús
Contreras, Jordi Ferrús, Dolores Juliano, Pedro Molina, Isidoro Moreno, Susana Narotzky,
Pablo Palenzuela, Danielle Provansal, Juan J. Pujadas, Xavier Roigé, Gonzalo Sanz e Ignasi
Tetradas.
70 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

E n las investigaciones realizadas destaca claram ente cómo la per­


duración histórica de los grupos domésticos y las com unidades locales,
en el contexto de la expansión capitalista, se basa en su capacidad para
diversificar las bases de su existencia económica. Pero al mismo tiem­
po estos grupos se encuentran im posibilitados de reproducirse con sus
propias bases materiales, lo que los sitúa en una relación de dependen­
cia respecto a las relaciones capitalistas. En la transform ación de las
familias y las com unidades locales concurren distintos procesos, endó­
genos y exógenos, que inciden sobre las formas sociales no capitalistas
y las modifican, aunque continúen perdurando. No son, pues, meras
reliquias o supervivencias del pasado, sino formas vivas que asumen a
su m odo la evolución histórica y las transform aciones que acompañan
a los nuevos requerim ientos productivos: m onetarización de los inter­
cam bios, industrialización, cam bios demográficos, etc.
Un concepto básico en este análisis es el de la «pluralidad de
bases económ icas», por el que se define la articulación en una misma
persona, grupo dom éstico, unidad de trabajo o com unidad local de
diferentes tipos de actividades fundadas en relaciones de producción
de d istin ta naturaleza. Ello se debe a que la expansión del m ercanti­
lism o no siem pre se basa en form as capitalistas de organización de la
producción, sino que a m enudo se conservan antiguas form as socia­
les que se pueden consolidar e, incluso, desarrollar. Un ejemplo de
ello son ciertas form as contractuales que sirvieron de base para el
desarrollo capitalista de la agricultura en algunas regiones catalanas
(aparcería, masoveria, rabassa morta), así com o en Lenguadoc (méta-
yage, maitre-valetage) y que, paradójicam ente, presentaban rasgos no
capitalistas. Otro ejem plo es el de la agricultura a tiempo parcial, por
el que resulta que m uchos cam pesinos com binan el trabajo agrícola y
el asalariado, y de este m odo participan al m ism o tiempo de una
organización productiva no capitalista y de relaciones genuinam ente
capitalistas. Pero la pluralidad de bases no es un fenómeno exclusiva­
m ente rural: actualm ente han proliferado, p o r ejemplo, los pequeños
productores autónom os que utilizan su propia fuerza de trabajo y la
de su fam ilia en la denom inada «econom ía sumergida», a través de la
cual se han reorganizado recientem ente diferentes ram as de la pro­
ducción industrial.
Lo relevante de esta com binación no es en sí la diversidad de activi­
dades que pueden concurrir en un mism o grupo doméstico e, incluso,
en una m ism a persona, sino la lógica de coexistencia de relaciones de
producción aparentem ente contradictorias. Lo im portante es entender
las condiciones que crean la posibilidad de diversificación de activida­
des y cuáles son las repercusiones para la reproducción de las unidades
sociales implicadas y del conjunto social que las incluye.
ECONOMÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 71

La pluralidad de bases económ icas m uestra la capacidad de los


grupos dom ésticos y las com unidades locales de adaptarse a las nue­
vas condiciones creadas p o r la expansión de las relaciones m ercan ti­
les. Pero, al m ism o tiempo, constituye un síntom a de la im posibilidad
de reproducción de estos grupos apoyándose en sus propias bases, de
m anera que se institucionaliza la situación de dependencia respecto a
las relaciones dom inantes.

3.3. La in tersección entre centros y periferias, entre lo global


y lo local

No siem pre el capitalism o anuló otros modos de producción, pero sí


transform ó la vida de los pueblos (Wolf, 1987: 376).

En Europa y la gente sin historia, Eric Wolf aplica la teoría del sis­
tema global y la de los m odos de producción, pero, a diferencia de
Wallerstein, no considera el capitalism o com o un único sistem a que
se im pone de form a unilateral y anula a todos los dem ás y, a diferen­
cia de los m arxistas-estructuralistas, utiliza el concepto de m odo de
producción como instrum ento analítico sin pretender teorizar acerca
de su articulación. La obra de Wolf constituye una excelente síntesis
de la perspectiva que enfatiza la intersección entre centros y perife­
rias, entre lo global y lo local, entre las fuerzas estructurales y las que
derivan de la acción hum ana.
Hay que entender lo que supone la aportación de Wolf a p artir de
las reacciones que generaron las dos aproxim aciones que hem os p re­
sentado anteriorm ente: la teoría de la dependencia y la de los m odos
de producción. Tanto si se parte de la im plantación hegem ónica de la
economía de m ercado, com o si se enfatiza la persistencia de m odos
de producción no capitalistas, se acaban reduciendo todos los fenó­
menos a la lógica de funcionam iento del capitalism o. Y cuando se
siguen los debates de los m arxistas franceses, preocupados por las
características estructurales de los m odos de producción, la ab strac­
ción es tal que se tiene la im presión de que el propio debate pasa a ser
un fin en sí mismo. E n definitiva: se produce una cierta insatisfacción
por el fuerte énfasis en los determ inantes estructurales y p o r el escaso
o nulo m argen que se deja a la acción hum ana. Se discute tam bién la
reiterada insistencia en el im pacto de la econom ía de m ercado y en el
papel decisivo de los centros en im poner sus reglas del juego, com o si
las periferias no tuvieran su propia historia y com o si ellas m ism as no
hubieran influido en nada en la form a y características que ad o p ta­
rían los centros de donde surgieron.
72 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

Las prim eras reacciones dentro de la propia econom ía política


parten de quienes in ten tan incorporar el trabajo antropológico m ás
clásico, que usualm ente se desarrolla en lugares ubicados en las peri­
ferias del sistem a y que obliga a ab o rd ar el análisis de fenómenos
concretos, dinám icas de grupos sociales y particularidades locales.
M intz (1977), por ejemplo, basándose en su trabajo sobre las planta­
ciones del Caribe., la esclavitud, o la form ación del cam pesinado y del
proletariado rural, cuestiona el análisis de los modos de producción,
el olvido de lo que acontece en la periferia y tam bién de los valores
culturales, y m uestra la im portancia de las iniciativas y respuestas
locales a las grandes fuerzas estructurales. M intz había trabajado
años antes con Wolf en un proyecto sobre Puerto Rico, dirigido por
Julián H. Steward, y ya entonces am bos enfatizaron la especificidad
de los hechos sociales y la necesidad de interpretarlos a partir de su
posición en el sistem a global. Posteriorm ente continuaría trabajando
él solo allí m ism o y la publicación en 1960 de Worker in the Cañe
sería un precedente y un ejem plo paradigm ático de la inversión de
perspectiva m etodológica que se produciría de form a m ás generaliza­
da en la década de los setenta. Se trata de la autobiografía de un tra­
bajador de las plantaciones de caña de azúcar, Taso, cuyo itinerario
vital refleja no sólo la historia de un individuo concreto, sino la de
u na generación, la de un grupo social y la de una isla (Puerto Rico).
Las fuerzas económ icas y políticas se com binan con las existentes en
ese lugar y que derivan de su propia historia, otorgando una especifi­
cidad que diferencia a esta isla del Caribe de lo que sucede en otros
lugares del mundo.
El interés de los antropólogos se va desplazando hacia los grupos
sociales concretos (especialm ente el cam pesinado), la creación de
tradiciones culturales, las form as de resistencia económ ica o políti­
ca, las historias locales, o la persistencia de determ inadas institucio­
nes y form as culturales. Influye la teoría de la práctica de Bourdieu
(1972¿>, 1991), el trabajo de algunos historiadores británicos, como
es el caso de H obsbawn, de H ilton o de Thom pson, en especial la
obra de este últim o sobre el proletariado inglés y su concepto de
«econom ía moral» (1977), así com o la incorporación de la perspecti­
va de G ram sci y de su énfasis en la intersección entre clase, cultura y
política, que se difundirá básicam ente a través de la obra de Williams
(1977), y que d ará un carácter distintivo a los enfoques que surgen
en Italia, un país donde la antropología social había tenido escaso
desarrollo.
El rechazo del exceso de abstracción y del análisis de las grandes
estru ctu ras globales conducirá a una inversión de planteam ientos y a
que, p o r reacción, se caiga en el otro extremo. La etnografía y la des­
ECONOMÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 73

cripción de casos concretos se sitúan en u n prim er plano y, tal com o


señala Roseberry, acaba p o r haber «dem asiada acción individual y
muy poca estructura» (1988: 171). Y es que pasa a pred o m in ar el
individualismo metodológico, que pone excesivo énfasis en los casos
particulares y apenas p resta atención a las estructuras económ icas y
políticas que m odelan los com portam ientos individuales o las histo ­
rias locales.
La obra de Wolf (1987) contribuye a reeq u ilib rar estos dos extre­
mos. Él analiza la constitución de los sujetos antropológicos a p a rtir
de la intersección en tre centros y periferias, en tre lo global y lo
local, entre la estru ctu ra y la acción hum ana. Su texto está plagado
de estudios de caso que m u estran esta intersección y ponen al d es­
cubierto la historia de «la gente sin historia», la de aquellos grupos y
pueblos que habitualm ente han sido considerados m eros agentes
pasivos, víctim as y testigos silenciosos de la expansión del cap italis­
mo. M uestra que no sólo la expansión europea ha cam biado la vida
de m uchos pueblos del m undo, sino que ellos m ism os h an c o n trib u i­
do tam bién a forjar tales cam bios. La im posición de la econom ía de
m ercado no deriva de fuerzas unilaterales, sino que deben conside­
rarse las historias específicas de los grupos concretos p ara en ten d er
que existe, de hecho, u n a gran diversidad y m ultiplicidad de res­
puestas.
Su visión del capitalism o com o sistem a es bastante diferente de la
que presentaba Wallerstein. Éste lo identificaba con la expansión de
las relaciones de m ercado y recordem os que situaba su origen a fina­
les del siglo xv. Recuperando la perspectiva de Marx, Wolf utiliza el
concepto de m odo de producción y entiende que lo que define un
determinado sistem a deriva de las i-elaciones de producción y no de
las formas de intercam bio. Por eso para Wolf la riqueza no se convier­
te en capital hasta que controla los m edios de producción, com pra
fuerza de trabajo y extrae el excedente. La expansión del m ercado es
básica para la acum ulación de capital, pero el m ercado, por sí solo, no
define el sistem a capitalista. Dicho en sus propias palabras: «No hay
capitalismo mercantil; sólo hay riqueza m ercantil. Para que el cap ita­
lismo sea tal deberá ser capitalism o-en-la-producción» (Wolf, 1987:
104). Ello no se produce hasta entrado el siglo xvni, con la m ecaniza­
ción y el cam bio en las técnicas y organización del sistem a p roducti­
vo. La expansión europea crea un gran m ercado m undial, que incor­
pora las redes de m ercado preexistentes y los productos obtenidos a
partir de formas de organización diferentes a la capitalista. De esta
forma, en su proceso de desarrollo, que Wolf llam a de crisis y diferen­
ciación, el capitalism o jerarquiza el territorio, im pone un intercam bio
desigual y crea periferias incluso en el m ism o centro. E n las regiones
74 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

subsidiarias, el capitalism o se com bina con otros modos de produc­


ción, que se integran en un único sistem a de m ercado, controlado por
el m odo de producción capitalista.8
A p a rtir del análisis del m ovim iento de m ercancías, Wolf explora
las distintas especializaciones regionales y la form a en que distintos
pueblos se integran en el sistem a de m ercado. A finales del siglo xix se
produjo un im pulso im portante en la expansión europea, que se tra­
duciría en el reparto colonial de todos los rincones del m undo bajo la
fórm ula del im perialism o. Algunas zonas se especializaron en la pro­
ducción de alim entos o ganado; otras en m aterias prim as, piedras pre­
ciosas o m inerales. Regiones enteras del planeta se transform aron en
grandes plantaciones de té, café, azúcar, cacao, algodón o cereales y
con ello se m odificó sustancialm ente la vida de los habitantes de tales
regiones, sea porque cam biaron sus formas de trabajo y de organiza­
ción, sea porque la ocupación de nuevos territorios para su explota­
ción los m arginaba a áreas m ás inhóspitas o de difícil accesibilidad.
Lo interesante del análisis de Wolf es la form a en que dem uestra que
ningún pueblo del m undo pasa a ser ajeno al nuevo sistem a de pro­
ducción y de m ercado y que en cada lugar se produce una síntesis
peculiar y distintiva entre las antiguas formas culturales y las que sur­
gen a p a rtir de los nuevos requerim ientos del m ercado. Incluso los
pueblos que aparentem ente conservan sus formas culturales primige­
nias y no cam bian deben analizarse desde esta óptica y com prender
cóm o se sitúan en el contexto global.
Es el caso, p o r ejemplo, de los pueblos descendientes de los mayas
(tzoltziles y tzel tales), habitantes de las tierras altas de Chiapas en
México. En esta región se fue propagando la producción de café, y en
el siglo xix hubo un proceso de privatización de tierras, acom pañado
por la desposesión de los grupos indígenas que perdieron la mayor
parte de sus tierras com unales. Los plantadores de café increm enta­
ron su producción después de la prim era guerra m undial y contrata­
ban trabajadores provenientes de las poblaciones indígenas cercanas
a San Cristóbal de las Casas, especialm ente zinacantecos y chamulas.
Los indígenas eran contratados tem poralm ente y después volvían a
sus com unidades, donde cultivaban pequeñas parcelas de subsisten­
cia. Los grandes propietarios tam bién establecieron derechos de pro­
piedad sobre tierras indígenas y perm itieron que sus m oradores las

8. El concepto de modo de producción que utiliza W olf es distinto del que emplea Gode­
lier. Wolf considera un modo de producción com o una forma de organización del trabajo: «un
conjunto concreto, que ocurre históricamente, de relaciones sociales mediante las cuales se
despliega trabajo para exprimir energía de la naturaleza por m edio de utensilios, destrezas,
organización y conocim iento» (1987: 100). Para Godelier, en cambio, un modo de producción
es un concepto abstracto, que com bina relaciones de producción y fuerzas productivas.
ECONOMÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 75

cultivaran. De esta forma, las plantaciones que producen directam en­


te para el m ercado conviven con com unidades orientadas a la subsis­
tencia, de las que obtienen trabajadores baratos y una fuerza de trab a­
jo de reserva. Además, algunos indígenas se convierten en u n a especie
de interm ediarios que contratan cuadrillas de trabajadores de otras
com unidades para cultivar las tierras que ellos usufructúan.
El acceso al trabajo asalariado tem poral provoca form as de dife­
renciación social entre los indígenas, especialm ente en aquellas co­
m unidades que se benefician del trabajo de otras p ara el cultivo de
productos para el m ercado. Sin em bargo, estas nuevas diferencias
tienden a reequilibrarse m ediante el sistem a de «cargos». Es significa­
tivo que en esta etapa se increm ente la suntuosidad de los rituales y el
volumen de donaciones que las personas con algún cargo en la com u­
nidad están obligadas a hacer. Cuanto m ayor es la m agnanim idad,
mayor es el prestigio que se alcanza y, a su vez, acceder a un cargo
implica la obligación de corresponder con obsequios y grandes fiestas
en los días señalados. Todo ello tiene com o efecto la redistribución de
bienes entre toda la com unidad, pues los individuos que obtienen
mayores ingresos son los que acceden a los cargos y se ven obligados a
prestar y a regalar dinero, comida, bebida y obsequios a los dem ás. El
caso es que cuando los antropólogos estudiaron estos pueblos los con­
sideraron sobrevivientes «tribales» de los antiguos mayas, que conser­
vaban sus tradiciones gracias a su aislam iento relativo y que accedían
con retraso a la m odernización que se estaba produciendo en México.
Wolf m uestra, en cambio, que su perseverante identidad com o inte­
grantes de com unidades «indias» no es fruto de ninguna superviven­
cia, sino del conjunto de procesos interrelacionados p o r los que se ha
concretado la evolución capitalista en esta zona. El reforzam iento del
sistema de cargos es un ejemplo de ello (Wolf, 1987: 408-410).
Wolf introduce constantes ejemplos de pueblos estudiados por los
antropólogos y cuyos análisis deben ser reconsiderados a la luz de
esta perspectiva global. En anteriores capítulos hem os ilustrado ya
algunos casos a p artir de esta m ism a óptica.
O tra de las aportaciones de Wolf radica en su reform ulación de lo
que entendem os por historia. H asta entonces había predom inado una
perspectiva eurocéntrica o, com o m ínim o, que otorgaba todo el p ro ta­
gonismo a las áreas centrales, las im pulsoras del cam bio económ ico,
que irradian hacia las dem ás. La visión de la «historia cultural» de
Wolf m uestra que los distintos pueblos de la periferia hacen u n a con­
tribución esencial a la propia conform ación de los centros; m ejor
dicho, las áreas hegem ónicas no serían tales si no fuera por la propia
existencia de las periferias. De ahí que el análisis de las periferias no
sea «periférico» en la com prensión de la historia, sino esencial
76 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

(Nugent, 1988). Esta inversión de planteam ientos influirá en los deba­


tes que se producirán en la antropología económ ica y que no se limi­
tarán a la relación entre áreas geográficas, sino que se extenderán a la
relación entre grupos sociales e, incluso, entre conceptos y teorías.
N ash (1994) sostiene, p o r ejemplo, que p ara entender la expansión
de la econom ía de m ercado hay que analizar los sectores marginales,
periféricos y de subsistencia. P or la m ism a razón, para entender la
acum ulación de capital no es suficiente estudiar la explotación que se
produce en el lugar de trabajo o las form as de trabajo asalariado:
deben estudiarse tam bién las form as de trabajo no asalariado y las
actividades de subsistencia m arginalizadas que resurgen en épocas de
crisis. Incluso, dice Nash, las situaciones de m ayor m arginalidad y
dificultades p ara asegurar la subsistencia son la arena central para el
desarrollo de la conciencia y la acción que, reivindicando el derecho a
vivir, cuestionan las raíces m ism as del sistema.

3.4. Sobre el concepto de reproducción

E n los debates sobre articulación de m odos de producción y, espe­


cialm ente, sobre los procesos de transición social, se utiliza frecuen­
tem ente el concepto de rep ro d u cció n . En este caso, el significado ha
de entenderse por oposición al concepto de tra n sic ió n social, que
designa el proceso de cam bio de un m odo de producción a otro, en
tanto que la rep ro d u cció n so c ia l designa la reiteración de las condi­
ciones de existencia y funcionam iento de un determ inado m odo de
producción.
A p a rtir de las aportaciones de la antropología fem inista se plan­
tea el análisis en profundidad del concepto de reproducción, que en
este caso se confronta al de p ro d u c c ió n , aunque se integre dentro de
aquel significado más general que rem ite a todo el conjunto global.
La reflexión arran ca de la consideración de que las m ujeres se vincu­
lan m ayoritariam ente a las relaciones de reproducción (Beneria y
Sen, 1981; H arris y Young, 1981; Sacks, 1979; Tilly y Scott, 1980).
E sta aproxim ación considera la división del trabajo social como eje
central para explicar la subordinación de las m ujeres y pone en rela­
ción las esferas productivas con aquellas otras instituciones (la fami­
lia, especialm ente) en que se realiza la reproducción de los trabajado­
res. En otro lugar (Comas d’Argemir, 1995a) he expuesto el debate
que presento a continuación.
Es evidente que al binom io producción/reproducción se le pueden
aplicar las m ism as prevenciones que a cualquier otra categoría dicotó-
mica. Marx fue quien introdujo esta distinción, reflejando el esquema
ECONOMÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 77

conceptual del capitalism o, que instituye la separación entre el ám bi­


to laboral y el familiar, entre el trabajo (que se vende en el m ercado) y
la persona, y entre las funciones económ icas y otras esferas de la vida
social. No es que ello sea así, insistimos, es que se concibe así. Con
todo, en El capital (1975 [1873]) Marx considera el proceso de p ro d u c­
ción y de reproducción de form a unitaria, y entiende muy claram ente
que la reproducción tiene lugar tanto en el proceso de trabajo como
fuera de él. Más aún, la reproducción trasciende el ám bito económ ico,
pues interviene un «elemento histórico y moral» que obliga a conside­
rar la lógica social global en que se efectúa la producción y rep ro d u c­
ción del capital. Las siguientes palabras de Marx expresan nítidam ente
la im posibilidad de separar en la práctica la distinción analítica entre
producción y reproducción:

El capital que se entrega a cam bio de fuerza de trabajo se transfor­


ma en medios de subsistencia cuyo consum o sirve para reproducir los
músculos, huesos, nervios, el cerebro de los obreros existentes y para
engendrar nuevos obreros [...] Dicho consum o es, por consiguiente, pro­
ducción y reproducción del medio de producción m ás indispensable
para el capitalista: el obrero mismo. El consum o individual del obrero
sigue siendo, pues, un elemento de producción y reproducción de capital,
se efectúe dentro o fuera del taller o de la fábrica, dentro o fuera del proce­
so laboral; exactamente igual que ocurre con la limpieza de una m áquina,
ya se efectúe dicha limpieza durante el proceso de trabajo o en determ i­
nadas pausas del mismo (1975: 703-704, libro prim ero, cap. XXI).

No hay, pues, una «esfera reproductiva» separada, de la m ism a


m anera que no hay una «esfera productiva» autónom a, porque la p ro ­
pia existencia de la producción depende de que, a su vez, tenga lugar
el flujo constante de su renovación. El carácter unitario de la dicoto­
mía se rom pió precisam ente al ser aplicada al análisis de la situación
de las mujeres. En este caso se tomó com o referencia la obra de
Engels El origen de la familia, de la propiedad privada y del estado
(1972 [1884]), que se inspiró en los estudios antropológicos de Lewis
H. Morgan y en donde se relacionaban los cam bios en las condiciones
de existencia con los cam bios de familia y las relaciones de género. El
punto crucial es la insistencia de Engels de que no sólo se analicen las
relaciones de producción, sino también las de reproducción, enten­
diendo que la opresión de las m ujeres deriva de su asociación unívoca
a la esfera reproductiva y de la desvalorización de la m ism a p o r consi­
derarse fuera de la producción social. La oposición trabajo/fam ilia
pasa a ser la expresión de la separación de funciones y de institucio­
nes entre producción y reproducción, entendidas ah o ra en su form a
más restrictiva.
78 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

Éste es el origen de la elaboración de teorías sobre la reproducción.


La m ás conocida es la de Claude Meillassoux, que presenta en Mujeres,
graneros y capitales (1977). En este libro, Meillassoux se concentra en
la esfera dom éstica com o m arco de las relaciones sociales de repro­
ducción m ás im portantes e intenta relacionarla con la perpetuación de
los sistem as económicos. Toma com o referente las sociedades africa­
nas con agricultura de subsistencia, con sistem a de filiación patrilineal
y m atrim onio poligínico, y en las que el núcleo productivo básico es la
«com unidad doméstica». Dadas las condiciones productivas, la perpe­
tuación de la com unidad no se basa en el control de la tierra (la pro­
piedad es com unal), ni en el control de los instrum entos de trabajo
(son m uy simples y pueden ser obtenidos p o r cualquier persona), sino
en el control de la fuerza de trabajo. La riqueza proviene de tener lina­
jes m uy amplios, con m ucha gente trabajando para el conjunto del
grupo y eso se consigue m ediante el control de los matrim onios. Tener
m uchas m ujeres (base de la poliginia) no sólo posibilita apropiarse de
su trabajo sino, sobre todo, de sus capacidades reproductivas, de los
hijos com o fuente de trabajo. Una prim era consecuencia es la jerar­
quía de los m ayores sobre los jóvenes, pues éstos dependen de los p ri­
m eros tanto para acceder a los recursos com unitarios como para llegar
al m atrim onio. La segunda consecuencia es la jerarquía de los hom ­
bres sobre las mujeres, a las que intercam bian entre sí mediante las
alianzas y acuerdos entre linajes. El control de las m ujeres es, en defi­
nitiva, el control de las condiciones de existencia del grupo. La com u­
nidad dom éstica es la base de funcionam iento de la economía de sub­
sistencia, pero tam bién de la articulación de esta clase de economía
con el capitalism o en su proceso de expansión. Meillassoux no se plan­
tea, de hecho, las causas de la subordinación de las mujeres, sino que
las da por supuestas y contem pla a la m ujer solam ente en su dim en­
sión reproductora. Ésta es la crítica que más frecuentem ente se hace
de su obra; hay otras, pero prefiero rem itirm e al texto de Moore (1991:
69-72), quien las presenta de form a exhaustiva y razonada.
H arris y Young (1981) hacen la contribución más elaborada a la teo­
ría de las relaciones de reproducción. Proponen, en prim er lugar, la
deconstrucción de la categoría de «mujer», así como la de algunos tér­
m inos analíticos (m atrim onio, doméstico) por considerar que se trata
de categorías em píricas que contienen relaciones diferentes en distin­
tas sociedades. El objetivo es llegar a entender el problem a de la dife­
rencia en sí m ism o y p o r qué se desarrolla de determ inada m anera en
cada sociedad concreta. El concepto explicativo lo encuentran en el de
reproducción. Su aportación radica en la diferenciación de tres signi­
ficados distintos del térm ino: la reproducción hum ana o biológica, la
reproducción del trabajo y la reproducción social, o sistém ica. Estos
ECONOMÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 79

tres significados representan distintos niveles de abstracción, cada


uno de los cuales posee im plicaciones distintas para las relaciones de
género. Insisten en esta consideración, porque si bien es evidente que
las relaciones de género aparecen de form a visible en la reproducción
hum ana y en la reproducción de los individuos com o trabajadores, no
sucede así, en cambio, cuando se trata de la reproducción sistém ica,
en que las relaciones de género no se perciben fácilm ente y se dan por
presupuestas. É sta es la principal preocupación de las autoras:

El problem a m etodológico es cóm o pasar del análisis m ás am plio


del m odo de producción a entender form as y procesos específicos, en
unas condiciones históricas concretas. Esto es im portante para el análi­
sis del género, ya que para la discusión de un modo de producción en
general el género de los agentes particulares no es relevante, pero el
género puede tener significado cuando se analizan las condiciones de
reproducción de un sistem a productivo históricam ente determ inado. Así
se pueden poner cuestiones de cómo las relaciones de género difieren en
formaciones sociales distintas y cómo las formas de dominación y subor­
dinación entre hombres y mujeres, entre mujeres y mujeres, entre hombres
y hombres son condición de existencia de la peipetuación de relaciones de
producción particulares (Harris y Young, 1981: 117-118).

El uso de la dicotom ía producción/reproducción ha tenido com o


principal problem a el que se haya identificado a m enudo de form a
restringida con el binom io trabajo/fam ilia, asociando el prim ero a la
producción y la segunda a la reproducción.9 Tal com o señalan Yana­
gisako y Collier (1987: 20-25), eso origina o tro com plejo de bino­
mios, en que, po r una parte, aparecen cosas materiales-tecnología-
participación de am bos géneros-actividad remunerada-fábrica-dinero,
y, por otra, personas-biología-femenino-actividad sin salario-familia-
amor. Con ello no se consigue realizar un análisis objetivo, sino que
en el debate científico se proyecta el m odelo de representación sobre
trabajo y género que existe en nuestro sistem a cultural. Se utilizan
como categorías analíticas n u estra p ropia form a de conceptualizar el
conjunto de funciones e instituciones en que se fragm enta el proceso
social.
Yanagisako y Collier concretan su crítica, precisam ente, basándose
en el texto de H arris y Young (1981). Sus argum entos deben aceptarse
en algunos aspectos, especialm ente p o r lo que respecta a la identifica­
ción que H arris y Young efectúan entre m ujer y reproducción, y tam ­
bién por lo que respecta a la propia visión dual que sostienen. Sin

9. Véanse, por ejemplo, Comaroff (1990); Moore (1994); Narotzky (1995); Rapp (1978);
Yanagisako (1990).
80 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

em bargo, creo que si se incorporan estas críticas y se les da una


dim ensión positiva, el esfuerzo de conceptualización de H arris y
Young sobre la reproducción sigue siendo válido. Lo más relevante, a
m i entender, es que la relación entre género y división del trabajo se
concibe de form a bien distinta respecto a lo que habíam os visto hasta
el m om ento. Se considera que no es la división del trabajo lo que oca­
siona las asim etrías sexuales, sino que son las concepciones diferentes
y asim étricas respecto a hom bres y mujeres las que se incorporan
com o factor estructurante de la división del trabajo.
P or otro lado, aunque el binom io producción/reproducción puede
p resentar problem as de reificación, y a pesar de que sus com ponentes
se entiendan de form a segregada, tam bién puede decirse que se ha
avanzado bastante en su superación. Así, por ejemplo, las investiga­
ciones m ás recientes sobre el trabajo de las mujeres, la economía
inform al o las formas de autoabastecim iento han perm itido desvelar
la im portancia económ ica de actividades no rem uneradas, tales como
el trabajo dom éstico, el trabajo para el autoconsum o o el trabajo
voluntario para la colectividad, por ejemplo (véanse Collins y Gimé­
nez, 1990; Friedm ann, 1990; Pahl, 1991; Redclift y Mingione, 1985),
puesto que poseen un papel esencial en el sum inistro de los servicios y
productos de consum o que sufragan los costes de la fuerza de trabajo,
contribuyendo, pues, a su reproducción. El análisis de la reproduc­
ción, p o r otro lado, no se ubica exclusivamente en la familia, sino
tam bién en otros ám bitos y relaciones (red de parentesco, com unida­
des, estado, etc.). Se ha problem atizado, p o r otra parte, el que se tome
el grupo fam iliar como una unidad de análisis, en la m edida en que
contribuye a que se perciba la familia como un grupo natural y como
u na unidad de acción (H arris, 1981). Además, ha sido un gran avance
la consideración m ism a de que trabajo y familia no son ám bitos sepa­
rados m ás que ideológicam ente, ya que desde la lógica económ ica y
social se encuentran im bricados, articulando la producción y la repro­
ducción. Se recupera así la visión integradora que proponía Marx.
Señalarem os, finalmente, que no entendem os en absoluto la asocia­
ción entre producción y reproducción únicam ente en sus dimensiones
«económ icas». E n ella cristalizan relaciones que en el plano concep­
tual clasificam os en distintos «dominios» (parentesco, política, econo­
m ía, ideología) y que en el plano metodológico pueden considerarse
organizadas tam bién en distintos planos de abstracción.
C a p ít u l o 4

DEBATES.
¿MERCANTILIZACIÓN DE TODAS LAS COSAS?
LO QUE NO SE MERCANTILIZA

Si en la década de los sesenta predom inaban los estudios de com u­


nidad y en la de los setenta el análisis de los procesos regionales de
desarrollo de la econom ía de m ercado, en los años ochenta el debate
se desplazará hacia form as de producción concretas y los grupos
sociales que les corresponden (cam pesinado, proletariado, artesanos).
Tendrán tam bién notable relevancia las contribuciones de la an tro p o ­
logía feminista, que introduce el interés de relacionar la reproducción
con la producción, la im portancia económ ica y social de las activida­
des no rem uneradas y el papel de las m ujeres. O tro cam po que tendrá
un desarrollo im portantísim o, hasta el punto de configurar toda una
especialización propia dentro de la antropología económ ica, es el de
la antropología industrial, al que algunos autores han preferido orien­
tar de form a m ás genérica hacia una antropología del trabajo.
Esta nueva form a de enfocar los problem as respondía a diversos
motivos. Por u n lado, se había agotado lo que podían d ar de sí unos
debates progresivam ente circulares, y, en el caso de la teoría de los
modos de producción, excesivamente abstractos y alejados de los g ru ­
pos concretos y de las situaciones reales con las que se confrontaba el
análisis etnográfico. Además, la econom ía de m ercado no parecía
penetrar de form a hom ogénea en todos los lugares ni en todas las cul­
turas: las transiciones al capitalism o se m ostraban incom pletas, in a­
cabadas y con m últiples facetas, lo cual es lógico, puesto que el capi­
talismo se expande incorporando distintas form aciones sociales y
absorbiendo en su propio provecho form as técnicas y sociales de
organizar la producción m uy diversas. Más aún, los individuos, los
hogares, o las com unidades podían realizar actividades inscritas en
relaciones de producción de distinta naturaleza (es la pluralidad de
82 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

bases económicas, en térm inos de Godelier). A partir de estas consta­


taciones, ni la delim itación geográfica del objeto de estudio, ni tam po­
co la «cultural» tenían dem asiado sentido.
A bordar los m ecanism os de penetración del capitalism o obligaba,
en cam bio, a entender las posiciones estructurales ocupadas por los
distintos grupos sociales, así com o por unas actividades y formas de
producción concretas. También obligaba a entender cómo llega a pro­
ducirse la m ercantilización de todas las cosas, incluido el trabajo
hum ano.
La incorporación del trabajo de las personas a la cadena de m er­
cancías ha sido justam ente uno de los grandes principios organizado­
res de la sociedad contem poránea. Tema razón Polanyi (1989) cuando
afirm aba que el trabajo (así com o la tierra y el dinero) es una «mer­
cancía ficticia», por cuanto no es producido de forma finalista para su
venta y porque, adem ás, la sociedad tuvo que arb itrar mecanismos
institucionales (regulaciones laborales, convenios, m ínim os salariales,
etcétera) para evitar que el trabajo se viera som etido a la única ley del
m ercado, puesto que esto hubiera llevado a la aniquilación m ism a de
las personas. Pero la observación de Polanyi no resta que, aunque sea
im poniendo límites, el trabajo se convierta en m ercancía. Esto impli­
ca separar conceptualm ente a la «persona» de su trabajo, de m anera
que m ientras la persona es libre jurídicam ente y no puede ser tratada
com o u na m ercancía, en cam bio no ocurre lo m ism o con su trabajo,
que se ve asociado a u n a «cosa» de naturaleza particular que sí puede
com prarse o venderse com o cualquier otra m ercancía (Strathern,
1985): el trabajo se cam bia por un salario y este intercam bio define
ju stam en te la naturaleza de las relaciones de producción capitalistas y
constituye uno de los principales m ecanism os para la obtención de
riqueza por parte de los que poseen el capital.
Efectivam ente, la acum ulación capitalista no sólo se basa en la
m era posesión de capital, sino en el control y uso del trabajo humano,
y u na de las form as de obtenerlo es a través de la estratificación orga­
nizada del m ercado de trabajo, de m an era que no todo el trabajo tiene
el m ism o valor, ni se paga igual en el m ercado. En otro lugar he anali­
zado los factores que sitúan a los trabajadores en condiciones de desi­
gualdad respecto al m ercado de trabajo (Comas d’Argemir, 1995a).
Tres son las principales fuerzas que generan esta desigualdad: la pre­
paración profesional, las características locales del m ercado de traba­
jo y, p o r últim o, las divisiones basadas en el género, la raza o la etnia.
El prim er factor m arca diferencias entre las personas de acuerdo con
los niveles de preparación jerarquizados que éstas han podido alcan­
zar, y contribuye a la reproducción de las clases sociales. El m ercado
de trabajo local ofrece una estructura de oportunidades ocupacionales
DEBATES. ¿MERCANTILIZACIÓN DE TODAS LAS COSAS? 83

que facilita o dificulta la movilidad laboral, generando la emigración, o,


por el contrario, la aportación de m ano de obra externa. Por últim o,
las diferencias de género, de raza o etnia añaden nuevos criterios de
división entre los trabajadores, a través de los que se ejercen y legiti­
man prácticas discrim inatorias de carácter form al o inform al. A las
divisiones de clase se añaden, pues, otras categorías y patrones de
relación social que atraviesan las clases y las fragm entan, lo que con­
tribuye a reproducir las bases de funcionam iento de un m ercado de
trabajo jerarquizado. El m ercado de trabajo no es, pues, homogéneo,
sino que está segm entado. La construcción social de las diferencias
(de género, raciales, étnicas) se incorpora a la lógica laboral y consti­
tuye un elem ento im prescindible para com prender las variedades de
formas que asum e la m ercantilización de la fuerza de trabajo.
Al igual que sucede con el trabajo, el capitalism o im pone la lógica
mercantil en todos los ám bitos de la vida: todo puede llegar a tener pre­
cio, com prarse y venderse en el mercado. El proceso de m ercantiliza­
ción se expande a todas las cosas y a la m ayor parte de actividades que
realizan los seres humanos. Incluso la producción de ideas puede mer-
cantilizarse, los productos culturales también, así com o la m ism a cul­
tura, la cual, en determ inadas condiciones pasa a ser una m ercancía.
Pero preguntarse p o r qué todas las cosas se m ercantilizan im plica
también preguntarse por todo aquello que no lo hace. Hay form as de
trabajo que no se m ercantilizan, com o las que se dirigen hacia la pro­
pia subsistencia o las que contribuyen a la reproducción hum ana. ¿Por
qué determ inadas actividades no entran en el mercado? ¿Bajo qué cir­
cunstancias el capitalism o penetra en distintas formas de producción?
Las relaciones de producción capitalistas p o r antonom asia son las
que se basan en el trabajo asalariado, pero, com o hem os insistido ya
en distintos mom entos, no todo el trabajo se realiza bajo estas condi­
ciones. Existen diversas relaciones y formas de trabajo que no se
incluyen en la relación capital/trabajo asalariado, com o es el caso de
la economía cam pesina y del trabajo doméstico. Aunque se trata de for­
mas de trabajo muy diferentes, que se desarrollan, adem ás, en contex­
tos muy distintos tam bién, hay autores que intentan relacionarlas a
partir de preguntarse por el papel del trabajo no rem unerado (que no
entra, por tanto, en el m ercado) en el funcionam iento y desarrollo del
sistema capitalista. Así, el trabajo no m ercantilizado ¿contribuye a la
acumulación de capital? ¿Se inscribe en la lógica económ ica o es u n a
variable exógena? ¿Cómo interviene en la reproducción del sistem a
económico?
Presentarem os algunos de los debates que se producen en torno
a estas cuestiones: desde la m ercantilización de la producción de
subsistencia a la naturaleza y significado de las actividades que no
84 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

se m ercantilizan. Soy consciente de que al hacer esta selección dejo


de p resen ta r otros debates tam bién interesantes, pero si he optado
p o r estas dim ensiones es porque tienen m últiples puntos de cone­
xión con el contenido de los capítulos siguientes, en los que focaliza­
ré la atención hacia la relación de la sociedad hum ana con la n atu ­
raleza y hacia tem as que se incluyen en lo que se denom ina «ecolo­
gía política».

4.1. Producir m ercancías, trabajar en fam ilia. El cam pesinado


en la econom ía de m ercado

U n a c u e s t i ó n p r e v ia : s o b r e c a m p e s in o s , a r t e s a n o s - c a m p e s in o s

y p r o l e t a r ia d o r u r a l

E n la década de los ochenta, los estudios sobre el cam pesinado


adquirieron una gran vitalidad y canalizaron m uchos debates, que
arrancaban ya de años anteriores. Los cam pesinos dejaron de ser vis­
tos com o una especie de sistem a social que se m antenía apartado de
las corrientes m odem izadoras, y se exploraron su coherencia interna,
su lógica específica y su relación con el m odo capitalista. Influyó
especialm ente en el debate la obra de Chayanov y su particular con­
cepción de la econom ía cam pesina. Su texto La organización de la uni­
dad económica campesina fue rescatado del olvido al ser traducido al
inglés en 1966, y al español en 1974. Teodor Shanin, uno de los máxi­
mos difusores de la obra de A. V. Chayanov, considera que su valor
está en m ostrar que la explotación cam pesina se guía por una lógica
económ ica diferente de la capitalista, incluso aunque se incluya en un
contexto capitalista. Es u n a econom ía específica, dirá Shanin (1971,
1972). Desde el punto de vista teórico la obra de Chayanov sugería
nuevos cam pos para explorar, especialm ente relacionados con la
influencia de la organización fam iliar en la dinám ica de la explota­
ción agraria; y desde el punto de vista político representaba la contes­
tación al m arxism o ortodoxo, a p artir de una ideología populista que
se sustentaba científicam ente en la afirm ación de la especificidad del
cam pesinado.
Hay que destacar que los estudios sobre el cam pesinado concentra­
ron por prim era vez en muchos años el interés común de investigado­
res procedentes de distintas disciplinas. H istoriadores, antropólogos,
sociólogos, econom istas y geógrafos se congregaron en torno a la
revista Journal o f Peasant Studies, que em pezó a publicarse en 1973.
DEBATES. ¿MERCANTILIZACIÓN DE TODAS LAS COSAS? 85

Este nuevo interés no estaba sólo relacionado con m otivos estricta­


m ente académicos, sino tam bién con el contexto económ ico y político
de los años setenta, que contribuyó a otorgar una renovada im p o rtan ­
cia social al cam pesinado, que le había sido negada d u ran te m uchos
años. Efectivamente, los cam pesinos, que habían sido considerados
como un sector en retroceso y m arginal en el avance de la industriali­
zación y de la econom ía de m ercado, se revelaban ah o ra m ucho m ás
im portantes de lo que parecían. C ontrariam ente a lo que sucedía en
Europa y en los países occidentales, el cam pesinado aum entaba en el
resto del m undo y era un sector predom inante en los países m ás
populosos (India o China, por ejemplo). Millones de antiguos agricul­
tores de subsistencia, cazadores, recolectores o pastores pasaban a
incorporarse a la categoría de cam pesinos, al o rien tar su producción
hacia el m ercado. Y lejos de m ostrarse siem pre conservadores, com o
frecuentem ente se había argum entado, pasaron a encabezar conflic­
tos sociales e, incluso, revoluciones en distintos lugares del planeta
(Wolf, 1973; Shanin, 1983).
La noción de «economía cam pesina» pasará a ser debatida con
gran vigor, y el calor de las discusiones llevará a m enudo a p lan tea­
mientos m aniqueos, entre los que se pronuncian com o chayanovianos
o anti-chayanovianos (m arxistas en su mayoría). Tendrá especial inci­
dencia la argum entación de Chayanov acerca de que el tam año de la
familia y el núm ero de hijos influyen sobre la extensión del área culti­
vada, así como su teoría del balance entre trabajo y consum o. Así lo
resume Chayanov:

Podemos afirm ar con certeza que m ientras el tam año de la unidad


ag raria capitalista es teóricam ente ilim itada, la extensión de la u n i­
dad dom éstica de explotación agraria está naturalm ente determ inada
por la relación entre las necesidades de consum o de la familia y su fuer­
za de trabajo. Se establece en un nivel acorde con las condiciones de
producción en que se encuentra la familia que explota la unidad econó­
mica (Chayanov, 1974: 89).

La principal discrepancia entre Marx y Chayanov i-adica, ju s ta ­


mente, en la concepción de cada uno respecto a los m ecanism os de
desigualdad social. Chayanov considera que el cam pesinado persiste
como categoría social porque no tiende a sobrepasar el lím ite fijado
por sus necesidades, y eso le hace au m en tar o dism inuir la intensidad
de su trabajo, por lo que perm anece en un nivel social estable. En
cambio, Marx considera que en el m arco del capitalism o se increm en­
tan constantem ente las necesidades, y el cam pesino tiende a intensifi­
car su producción p ara poderlas abarcar. Para Chayanov, la econom ía
86 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

cam pesina es un modo de producción, equivalente a otros modos de


producción, com o el feudal o el capitalista. Para Marx, en cambio, no
lo es, puesto que la producción m ercantil simple puede desarrollarse
en cualquier m odo de producción.1
Desde la perspectiva m arxista se rechaza, pues, que la agricultura
fam iliar pueda ser considerada u n m odo de producción, especialm en­
te porque un m odo de producción no se define por la unidad de trabajo
y, adem ás, porque los cam pesinos no tienen una base material propia.2
Ello se m uestra especialm ente en su relación con el modo capitalista,
del que constituye un fragm ento, tina form a de producción concreta.
Pero com o tal form a de producción, hay que reconocer que sí tiene
sus especificidades diferenciales y formas de organización propias. De
ahí que las teorías de Chayanov puedan recuperarse a condición de
que el análisis sobre el cam pesinado se incluya en una perspectiva
de alcance global.
La integración de las aportaciones de Chayanov y de Marx implica
reconocer la especificidad de la form a de producción cam pesina basa­
d a en dos elem entos fundam entales: el uso de fuerza de trabajo fami­
liar y la falta de acum ulación de capital.3 Friedm ann (1978, 1980) ela­
bora su concepto de la lógica distinta y particular de la producción
m ercantil sim ple en un m edio capitalista, en el que coexisten activi­
dades que no están m ercantilizadas. Chevalier (1982, 1983), por su
parte, introduce la idea de que incluso lo que no se com ercializa está
m ercanlilizado, aunque la ideología im pide ver la conversión en valo­
res de cam bio de lo que denom ina «mercancías de subsistencia». El
debate sobre la m ercantilización arranca, justam ente, de estos su­
puestos y a él nos referirem os m ás adelante.
E stas m ism as consideraciones se aplican a la artesanía rural. La
actividad artesanal ha sido una estrategia com plem entaria a la agri­
cultura y al pastoreo y proporciona a los cam pesinos los productos
necesarios para su existencia sin que tales productos tengan que
p asar necesariam ente p o r los circuitos m ercantiles. En tal caso, la
producción artesanal tiene un valor de uso y es equivalente a la p ro ­

1. Llevando los argumentos de Chayanov al extremo, Sahlins (1977) llega a afirmar la


existencia de un m odo de producción dom éstico, desnaturalizando así el contenido del concep­
to marxista, ya que lo identifica sim plem ente con la unidad de producción.
2. Citaremos com o ejemplo de críticas a Chayanov los textos de Donham (1981) y de
Vilar (1979), porque m e parecen especialm ente clarificadores, aunque hay m uchos otros, pues
el debate acerca de estos temas se m antuvo vivo durante varios años.
3. La síntesis entre las perspectivas de Marx y de Chayanov origina reflexiones y análisis
muy fructíferos. Buena parte de ellos se verán reflejados en el debate acerca de la mercantiliza­
ción, que trataremos m ás adelante. Citaremos aquí a modo de ejemplo los textos de Archetti
(1974), Bedoya (1995£>), Collins (1985), Painter (1986a), Reinhardt (1988). Roseberry (1991) y
Sm ith (1984<3).
DEBATES. ¿MERCANTILIZACIÓN DE TODAS LAS COSAS? 87

ducción de subsistencia (Contreras, 1982). Pero tam bién puede tra ­


tarse de una producción orientada al m ercado, com o sucede con los
productos agrícolas, p o r lo que insistim os en que las características y
conceptualización de la artesanía rural son las m ism as que se aplican
a la agricultura.
Puesto que en el contexto europeo se ha tendido a sustituir la pro­
ducción artesanal por la producción fabril, la persistencia de las artesa­
nías rurales, especialmente en países del Tercer Mundo, se ha interpre­
tado como una «supervivencia» del pasado o de formas de producción
precapitalistas. E sta persistencia debe explicarse, sin em bargo, p o r
la dem anda de este tipo de producción en el m ercado global actual,
en que se valora ju stam en te lo «rústico» y lo «típico» de un d eterm i­
nado grupo hum ano. La producción artesanal participa, com o la
agricultura, de las características de la pequeña producción m ercan ­
til y debe analizarse su grado de integración en el m ercado y su sig­
nificado en el contexto de la lógica capitalista (Aguilar, 1995; Cook,
1984, 1990; Chevalier, 1983; Friedm ann, 1980; C. A. Sm ith, 1984a).
El análisis de la artesan ía ru ral debe situarse, p o r tanto, en el m ism o
debate acerca de la m ercantilización que abordarem os en el próxim o
apartado.
Un cam po de reflexión interesante ha sido tam bién el referido a la
proletarización rural. Este debate adoptó dos dim ensiones distintas.
Por un lado se relaciona con la definición del concepto de «cam pesi­
no» y con el análisis de la posición de este sector social en el contexto
de las relaciones capitalistas.4 Algunos autores sostienen, p o r ejem ­
plo, que los cam pesinos son, de hecho, una especie de proletarios,
pues a través de la venta de productos se extrae plusvalía de su trab a­
jo y la rem uneración que reciben puede considerarse de hecho com o
un salario encubierto. Así, la m ercantilización de la agricultura supo­
ne un progresivo proceso de proletarización (B artra, 1974; Brass,
1990; Deere y Janvry, 1979, 1981). P or otro lado, m uchos cam pesinos
son sem iproletarios, puesto que la principal fuente de ingresos p ro ­
viene de trabajos fuera de la agricultura. E n un breve pero interesan­
te artículo, Roseberry (1978) analiza el caso de los cultivadores de
café en Venezuela y considera que no son totalm ente cam pesinos ni
totalm ente proletarios, rebatiendo la idea de que los cam pesinos, sea
cual sea su grado de pobreza y su falta de poder, sean una especie de
«proletarios disfrazados».

4. Tanto Martínez Alier (1968) com o Sevilla-Guzmán (1979) consideran que los trabaja­
dores rurales asalariados deben ser incluidos en la definición del cam pesinado, cuando nor­
malmente se los ha excluido. Para una revisión sucinta pero de carácter general de esta clase de
definiciones, véanse Aguilar (1996), Cancian (1991) y Roberts (1990).
88 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

Pero la dim ensión m ás relevante la aportan los autores que anali­


zan los procesos de proletarización rural a p artir de los cambios en el
sistem a de plantaciones en contextos coloniales, incorporando la his­
toria com o parte esencial del análisis. Es el caso de la monografía de
Stolcke (1988), p o r ejemplo, que se centra en las plantaciones de café
cercanas a Sao Paulo y analiza los cam bios producidos con el paso
de la esclavitud a la aparcería y de la aparcería al trabajo asalariado.
C. A. Sm ilh (1984a: 63) insiste acertadam ente en que la creación de
trabajadores asalariados «libres» requiere siem pre la inteivención del
Estado, ya que las fuerzas del m ercado y la econom ía mercantil no
bastan para propiciar la diferenciación de clases, la concentración de
capital y la transform ación de las relaciones de producción. Así se
dem uestra en el caso del sistem a de enganche, que fue utilizado para
la colonización de tierras en Perú y que consiste en el adelanto de
sum as de dinero, que se descuentan de la rem uneración semanal y
crean u na relación laboral basada en la deuda (Bedoya, 1982¿>, 1997;
Scott, 1976). Especialm ente interesante es el artículo de Brass y
B ernstein (1992), donde puede encontrarse una síntesis de las discu­
siones teóricas y un análisis detallado de las distintas direcciones en
que se han m odificado las relaciones de producción rurales en diver­
sos países asiáticos.

E l PROCESO DE MERCANTILIZACIÓN EN LA AGRICULTURA

Los pequeños productores de alimentos, ganado o artesanías han


sido el centro de num erosos debates en relación a su papel en las
estructuras económ icas capitalistas. La adhesión a los postulados de
Chayanov ha hecho que algunos autores defendieran visiones esencia-
listas y afirm aran que los cam pesinos son los productores m ás efi­
cientes del sector rural debido a su form a de organización y especifici­
dad. R einhardt (1988), p o r ejemplo, estudió la dinám ica agraria en los
Andes de Colombia y m ostró en su m onografía que los agricultores
utilizaban trabajo asalariado, incorporaban nuevas tecnologías, adap­
taban sus cultivos a la dem anda del m ercado, generaban beneficios e
invertían en tierras y en otros medios de producción. Sin embargo, a
pesar de todas esas cosas, R einhardt los considera campesinos. Para
este autor, no se trata de u n sector capitalista, pero concurre con pro­
vecho en el m ercado e, incluso, con m anifiesta superioridad respecto
a la producción capitalista. La especificidad de los cam pesinos es,
pues, perfectam ente com patible con la eficacia productiva que proce­
de de la form a de organización y m étodos de trabajo de las explotacio­
nes fam iliares.
DEBATES. ¿MERCANTILIZACIÓN DE TODAS LAS COSAS? 89

En contra de esta visión destaca la de quienes han venido soste­


niendo que los cam pesinos son un sector dependiente, con baja p ro ­
ductividad y escaso desarrollo tecnológico. La penetración de la eco­
nomía de m ercado no hace m ás que acen tu ar las condiciones de
dependencia y de em pobrecim iento (Painter, 1984; Collins, 1988;
Roseberry, 1976) y los cam bios en este sector para adaptarse a las
relaciones de m ercado abocan hacia una progresiva «descam pesiniza-
ción», bien porque los cam pesinos se proletarizan, bien porque p asan
a organizarse com o em presas de corte capitalista. El m arxism o
estructuralista (Meillassoux, 1977; Rey, 1977) llega a conclusiones
similares a p artir de otras prem isas, pues sostiene que el m odo de
producción capitalista subordina a otros m odos de producción y los
mantiene en un estado de subdesarrollo. En cualquier caso, se supone
que la econom ía de m ercado im pone las reglas del juego e influye
poderosam ente sobre los sectores no capitalistas.
Estas dos formas contrapuestas de analizar a los cam pesinos, los
artesanos-rurales y el proletariado en el contexto rural proceden ya de
los debates surgidos en los años setenta (y que hem os presentado
sucintam ente en el apartado anterior) y continúan teniendo cuerpo en
el día de hoy. Sin em bargo, en la década de los ochenta surge un
nuevo énfasis, que puede situarse a caballo de las dos aproxim aciones
anteriores, pero que lleva las discusiones hacia otros planteam ientos.
Se abandona el análisis abstracto de los m odos de producción o del
concepto esencialista de «campesinado», para pasar a las «formas de
producción», es decir, a las unidades de organización productiva, a los
hogares cam pesinos (Friedm ann, 1978: 552). El foco de atención se
centra en la penetración de la econom ía de m ercado sobre las activi­
dades orientadas a la producción agrícola, ganadera o artesana y en
su repercusión sobre éstas. Este proceso, que se conoce com o «m er­
cantilización», originará un vigoroso debate en el m arco de la econo­
mía política antropológica.5
Los autores que m arcan los ejes de este debate son H enry Berns-
tein, H arriett Friedm ann y Jacques Chevalier, ya que cada uno de ellos
representa distintas posiciones teóricas, al tiem po que realizan las
aportaciones m ás im portantes que se hacen desde la antropología
social a este tema. Bernstein es m arcadam ente antichayanoviano, al
considerar que el cam pesinado no constituye una categoría económ i­
ca y que la producción m ercantil no puede entenderse a p a rtir de su
lógica interna, otorgando así el m áxim o valor a los factores estru ctu ­

5. Hay m uchos textos que resumen este debate, ya que cada posicionam iento implica
exponer las posturas de los autores que son el punto de referencia principal. Véanse, por ejem ­
plo, Bernstein (1986o, 1986/j), Blum (1995), Collins (1990), Kahn (1986), Sm ith (1984 a , I984¿?)
y Vandergeest (1988).
90 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

rales y al capitalism o com o sistem a. Friedm ann representa la opción


opuesta a la de Bernstein, pues en su análisis da m ayor im portancia a
la acción individual, así com o a la organización interna de cada forma
de producción, en un enfoque que se inspira fuertem ente en Chaya­
nov. Chevalier, p o r su parte, representa una perspectiva intermedia,
pues pone m ucho énfasis en el análisis de las prácticas sociales y sig­
nificados culturales que condicionan la acción individual, pero entien­
de que los cam pesinos sitúan sus m árgenes de elección dentro de la
lógica del sistem a de m ercado. Introduce, adem ás, otras consideracio­
nes im portantes en relación a la teoría del valor, que hacen que su
aportación sea extrem adam ente sugerente.
El concepto de «mercantilización» fue introducido por Bernstein
(1977), quien plantea, a su vez, los ejes principales del debate. Este
a u to r señala la im portancia que tienen las fuerzas del m ercado, pero
destaca tam bién la especificidad del cam pesinado y de la dinám ica
interna del hogar cam pesino. De ahí que, ante las constantes presio­
nes económ icas externas que inducen a aum entar la productividad y
el consum o y a m onetarizar la econom ía, el cam pesino genere formas
de resistencia. La movilidad de tierra, trabajo y capital no son pensa-
bles en el contexto cam pesino, porque la tierra no es una mercancía,
sino una condición de existencia, porque la fam ilia es la que sum inis­
tra la m ano de obra y porque la lógica productiva no se basa en la
acum ulación. Eso implica m an ten er la producción pai'a el propio con­
sum o y la red de relaciones basadas en el parentesco, en detrim ento
de obtener una m ayor productividad, de capitalizar las explotaciones
y de in tro d u cir innovaciones técnicas.
Pero quien introduce m ás elem entos para el debate y acaba siendo
un punto de referencia inevitable es H arriett Friedm ann (1978, 1980).
La au to ra parte del concepto de «forma de producción», que requiere
u n a doble especiñcación en la definición de las categorías analíticas:
las unidades de producción y la form ación social, que es la que pro­
porciona el contexto para la reproducción o el cam bio de determ inada
form a de producción.
Friedm ann observa que, a menudo, se designa con el mism o térm i­
no, «campesino», a distintos tipos de agricultores y que ello lleva a
confusión. Para ella, las distinciones no deben basarse en criterios
cuantitativos (cantidad de producción que se destina al m ercado o al
propio consum o), sino cualitativos (organización interna de la explota­
ción y dependencia, o no, del m ercado para la reproducción). Eso le
lleva a establecer una distinción entre la producción doméstica (PD), la
producción mercantil simple (PMS) y la producción capitalista (PC). Las
dos prim eras tienen en com ún la utilización de la m ano de obra fam i­
liar, pero difieren en cuanto la PD participa parcialm ente en mercados
DEBATES. ¿MERCANTILIZACIÓN DE TODAS LAS COSAS? 91

regionales o m undiales y, en cambio, la PMS está plenam ente integra­


da en ellos; desde el punto de vista de la reproducción, la PD depende
exclusivamente de las relaciones de parentesco y com unitarias y no de
las que im pone el mercado. Por otro lado, tanto la PMS com o la PC
están integradas en el m ercado y dependen de él para obtener los
medios de subsistencia y los insum os p ara la explotación. Pero la espe­
cificidad de la PMS radica en su «imperfecta» integración en el m erca­
do, ya que utiliza m ano de obra familiar, la unidad de producción coin­
cide con el hogar y destina parte de la producción al propio consumo:

En la producción m ercantil sim ple la propiedad de la em presa y el


aprovisionam iento de m ano de obra se com binan en el hogar. Como
resultado de ello hay sólo una clase directamente implicada en la produc­
ción y la distribución del producto. Producción y consum o se organizan a
través del parentesco en lugar de serlo a través de las relaciones de m er­
cado. La casa com pra los medios de producción, los utiliza conjunta­
m ente con el propio trabajo y posee el producto final. Éste es vendido
para renovar los elem entos del proceso productivo, que consiste exclusi­
vam ente en consum o productivo y personal. La condición básica para la
reproducción m ercantil simple, p o r tanto, es la continua recreación del
hogar como unidad de consum o productivo y personal (Friedm ann,
1978: 559) [la cursiva es mía].

Notem os dos aspectos de esta caracterización. En prim er lugar, la


producción mercantil simple no posibilita la acum ulación porque toda
la actividad productiva y la participación en el m ercado conducen a la
m era reproducción de las condiciones de existencia. Eso es lo que
lleva a considerar im plícitam ente la ausencia estructural de diferen­
ciación social en el m arco de la PMS. Por otro lado, observem os que
esto se debe, según Friedm ann, a que el parentesco y el género dom i­
nan las relaciones productivas y se im ponen sobre cualquier otra lógi­
ca. Esta conclusión es la que hace sostener la especificidad de la PMS
respecto al capitalism o, aunque no pueda existir al m argen de él.6
Friedm ann ha centrado sus trabajos de investigación en los cam ­
bios en la producción de trigo en los Estados Unidos antes de la
segunda guerra m undial. Intenta explicar p o r qué las explotaciones
agrarias que operan de acuei'do con la lógica típica de Chayanov pue­
den existir en un contexto dom inado plenam ente p o r la econom ía de

6. Friedmann (1986a) insiste en este punto cuando se refiere a las características genera­
les de la producción familiar (y no sólo a la PMS). Tanto la familia com o la pequeña propiedad
persisten en el capitalism o avanzado y el hogar patriarcal refuerza ambas dim ensiones, pues
forma parte de la lógica que subyace a las explotaciones agrarias estudiadas por ella en las pra­
deras de Estados Unidos y Canadá. Véase la crítica de Goodman y Redclift (1985) y la réplica
de Friedmann ( 1986b).
92 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

m ercado. Observa que los agricultores se ven forzados a aum entar su


productividad y lo hacen capitalizando sus medios de producción; sin
em bargo, no m odifican sus relaciones internas de producción, que
co ntinúan siendo familiares y no basadas en el trabajo asalariado. Sus
conclusiones le llevan a afirm ar que el surgim iento de la producción
m ercantil sim ple y su persistencia durante décadas m uestran su supe­
rioridad coyuntural frente a la producción capitalista. Ello se debe a
la ausencia de requerim ientos estructurales p ara la acum ulación, al
uso de m ano de obra fam iliar y a la flexibilidad en el nivel de consu­
mo. Pero esta ventaja com petitiva sólo puede darse a condición de
que se adopten los medios técnicos necesarios p ara que los requeri­
m ientos respecto de la productividad puedan m antenerse con la mano
de obra disponible (Friedm ann, 1980: 573). Hemos de concluir, pues,
que son determ inadas condiciones históricas y sociales las que posibi­
litan la existencia de la PMS en el contexto del capitalism o. Todo ello
crea u na articulación «imperfecta» de la PMS respecto al capitalismo
(por la ausencia de trabajo asalariado), pero se trata de una im perfec­
ción que puede generalizarse (C. A. Smith, 1984a: 82).
P ara com prender la óptica de Friedm ann y una parte del debate
sobre la m ercantilización hay que tener en cuenta la existencia de
toda una serie de actividades que no están m ercantilizadas. Es el caso
de la producción doméstica en su conjunto, o bien de la producción
que se orienta al consum o del hogar en el caso de la producción mer­
cantil simple. Estas actividades no m ercantilizadas son esenciales para
entender la existencia de las form as de producción no capitalistas en
un m edio capitalista, pues están cubriendo parte de los costes de
reproducción de la fuerza de trabajo y, como están fuera del mercado,
no crean valor. En definitiva, los cam pesinos y artesanos obtienen así
u n a m enor rem uneración por su trabajo de la que obtendrían si todas
las actividades que realizan se integraran en la lógica de m ercado. De
ah í la ausencia de acum ulación y que la reproducción de la PD y de la
PMS sea u n a reproducción simple.
En contraste con esta perspectiva, Chevalier (1982, 1983) conside­
ra que lo que no se com ercializa y se consum e directam ente tiene
tam bién u n valor de cambio, pero es la ideología lo que im pide verlo.
Por tanto, todas las actividades están m ercantilizadas desde el
m om ento en que se participa en el m ercado, lo que ocurre es que
algunas de ellas no tienen una rem uneración directa. Puede haber,
pues, m ercantilización sin m onetarización.
La contribución de Chevalier a este debate tiene tres vertientes
distintas. Por u n lado intenta explicar el rol de la PMS en el contexto
de la econom ía dom inada p o r la lógica del capital. Además, introduce
las dim ensiones culturales y sociales en el análisis, al considerar que
DEBATES. ¿MERCANTILIZACIÓN DE TODAS LAS COSAS? 93

los factores de diferenciación étnica, dom éstica y cultural juegan un


papel determ inante en la form ación de las relaciones de la PMS,
tanto si se trata de sociedades con capitalism o avanzado com o si se
ubican en los rincones más rem otos del m undo. Finalm ente, intenta
com patibilizar la «teoi'ía de la práctica» de B ourdieu con el peso de
factores estructurales, y en su análisis concede m ucha im portancia a
la acción hum ana y a las estrategias de elección. En definitiva, Che­
valier intenta com binar el análisis m aterialista con el culturalista, así
como las tesis de la econom ía política con las del individualism o
metodológico. No pretendem os exponer aquí la ob ra de Chevalier,
pero sí sus principales argum entos en relación con el debate sobre la
mercantilización.
Chevalier llevó a cabo su investigación de cam po en el valle del
Pachitea, al este de P en i y observó la coexistencia de distintas activi­
dades. En dicha zona hay gente que se dedicaba a la explotación
forestal y que pasa a trabajar para pequeñas industrias productoras de
caucho; otros practican una agricultura de roza, cuyos productos se
destinan en parte a la venta y en parte al consum o propio en p ropor­
ciones variables; tam bién hay quienes trabajan com o funcionarios en
instituciones gubernam entales. Puede que se utilice trabajo asalariado,
pero con salarios m uy reducidos. En lodo caso, todas las actividades
se influyen m utuam ente y han de considerarse com o u n todo.
Chevalier considera que las distintas actividades pueden analizarse
de acuerdo con cuatro formas de producción: producción no-mercan­
til, producción mercantil simple, capitalismo mercantil y capitalismo.
Las cuatro son interdependientes dentro de un único sistem a dom ina­
do por el capitalism o y, en este sentido, todas son capitalistas. Según
Chevalier, es una equivocación considerar que la PMS tiene unos a tri­
butos no-capitalistas propios, com o sostiene Friedm ann. Él in ten ta
explicar en qué condiciones la PMS está gobernada por la lógica del
capital sin ser transform ada en lo que se define estrictam ente com o
trabajo asalariado (Chevalier, 1983: 158).
Su com prensión de la PMS la realiza a p artir de m odificar la defi­
nición del proceso de creación de valor. Considera que puede hab er
una subsunción formal del trabajo al capital aunque no haya m oneta-
rización y aunque no haya una desposesión del trabajo hum ano. Eso
ocurre cuando los integrantes de la PMS producen bienes que utilizan
para la propia subsistencia. E n la decisión de destinar productos al
mercado o al propio consum o, los cam pesinos realizan un cálculo de
valor de acuerdo con los parám etros del m ercado. Por eso, lo que no
se comercializa tiene tam bién valor de cambio: es una «m ercancía de
subsistencia» y su valor se transfiere a aquellos bienes que se venden
en el mercado:
94 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

La posible producción de lo que podemos denom inar «mercancías


de subsistencia» tiene las siguientes implicaciones: por «mercancía» se
entiende no los valores m ateriales que son realm ente com prados o ven­
didos, sino los que son intercambiables por dinero y contienen una can­
tidad definida de valor. La peculiaridad de las «mercancías de subsisten­
cia» es que nunca entran en la esfera de circulación, no porque no sean
intercam biables, sino porque su valor «abstracto» se realiza m ejor a tra­
vés del consum o directo por parte de los propios productores (Chevalier,
1982 : 118 - 119 ).

Por consiguiente, el hecho de que una parte de la producción se


consum a directam ente no se debe a que sea un residuo de una «eco­
nom ía natural» que genera valores de uso, sino que responde a la
necesidad de m axim izar el valor de lo que se produce y de asegurar la
reproducción simple a p artir de los medios lim itados de que se dispo­
ne. Chevalier m uestra diversos ejemplos de cómo en determ inadas
circunstancias la gente opta p o r no vender su producción, decisión
que se tom a cuando el consum o propio confiere a los productos un
m ayor valor. Es lo que Chevalier denom ina «maximización de lo con­
creto» (1982: 124).
En la PMS hay, pues, racionalidad y estrategias que buscan obte­
n e r el m áxim o de rendim iento con el mínimo gasto de trabajo. La
gam a de productos que se cultivan responde a la dem anda del m erca­
do local y a las propias necesidades de consum o. La estrategia de ven­
der, o no, puede darse porque existen usos alternativos a la fuerza de
trabajo en el m arco de la econom ía general. En cambio, los producto­
res de subsistencia (producción no-m ercantil) producen simplemente
aquello que necesitan porque no pueden destinar su fuerza de trabajo
a otras actividades, o no perciben que puedan hacerlo.
Todo este contexto explica la ausencia de acum ulación y que, a
pesar de las estrategias de maximización, se produzca el efecto con­
tradictorio de subvalorar el trabajo y sus productos, que los ingresos
obtenidos sean, por tanto, m uy bajos y que la econom ía del valle del
Pachitea sea subdesarrollada. La lógica de la econom ía de mercado y
la desigualdad de clases se im ponen no sólo a partir de mecanismos
económ icos, sino tam bién m ediante valores asociados al com porta­
m iento que guía las decisiones y las estrategias asociadas a cada
form a de producción.
No es fácil caracterizar la continuación del debate, ya que se
en tra en la discusión de cuestiones muy específicas, que generan
réplicas y contra-réplicas m uy num erosas y dispersas. Hay quienes
discuten, p o r ejemplo, si la producción mercantil simple es una cate­
goría teórica o bien un fenóm eno histórico contingente (G oodm an y
DEBATES. ¿MERCANTILIZACIÓN DE TODAS LAS COSAS? 95

Redclift, 1985); hasta qué punto el capitalism o puede red u cirse a un


tipo ideal, cuando tom a diferentes form as en diferentes m om entos y
espacios (C. A. Sm ith, 1984¿>), o de qué n aturaleza son los obstáculos
a la dinám ica de la acum ulación (Vandergeest, 1988). Otros m ues­
tran que el análisis de Chevalier sólo puede aplicarse a la agricultura
y no a otras form as de producción m ercantil simple, ya que sólo en
el caso de la agricultura lo que se consum e es intercam biable y, a su
vez, lo que se vende tiene tam bién valor de uso, puede consum irse
(Blum, 1995).
Tal vez la m ayor insistencia, o aquella en la que coinciden m uchos
antropólogos de orientación marxista, sea la poca atención que se
presta en este debate a los factores políticos y culturales.7 Hay que
destacar en especial que el análisis se sitúa fuera de la problem ática
de la form ación de clases, puesto que se parte de la idea de que los
productores vinculados a la PMS no son una clase explotada y a
menudo se obvia tam bién que determ inados m ecanism os de dom ina­
ción se concretan en el interior m ism o de la familia, en form a de
patriarcado (Friedm ann, 1980). Dicho de otra m anera, en el debate
aparece m ucha «economía» y poca «política», hasta el punto que se
aleja del m arco general de la «economía política». Tal com o señala
Brass (1984: 115), afirm ar m eram ente que la PMS contribuye al p ro ­
ceso del desarrollo capitalista im plica com partir la visión liberal
según la cual las cuestiones políticas no son relevantes en el análisis
económico y, por tanto, no necesitan ser tenidas en cuenta. E n cam ­
bio, la perspectiva de la econom ía política supone entender que los
vínculos políticos y las líneas que unen o separan distintos grupos
sociales no son extras opcionales, sino com ponentes integrales en el
análisis.
A partir de este planteam iento surgen varias cuestiones relevantes:
¿hay procesos de diferenciación social cuando existe producción mer­
cantil sim ple? ¿Hay estrategias de lucha o form as de resistencia entre
los PMS? ¿Hay o no dependencia? ¿De qué form a la PMS se inserta en
el mercado m undial? ¿Cuál es el papel del Estado en la preservación
de la PMS? ¿Y el de las políticas agrarias? ¿Qué es lo que frena que los
campesinos abandonen sus hogares y se conviertan en p arte del prole­
tariado rural o urbano? ¿Cómo se crea un proletariado «libre»? ¿Es
sólo producto de la dinám ica económ ica? Estas preguntas resum en
muchas de las preocupaciones que aparecen en el debate y a las que
se intenta tam bién d ar respuesta.

7. Véanse por ejemplo las valoraciones críticas realizadas por Bernstein (1986a, 1986b),
Blum (1989), Brass (1984, 1990), Collins (1990), Painter (1984, 1986a), Smith (1984a, 1984b) y
Vandergeest (1988).
96 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

P e r s is t e n c ia y c r is is d e l a s e x p l o t a c io n e s a g r íc o l a s f a m il ia r e s

Sin pretender terciar en un debate que ha generado tantas aporta­


ciones y tam bién tantas controversias, sí quisiera presentar algunos
de ios elem entos que aparecen en el texto de Comas d'Argemir y Con-
treras (1990), en el que se analiza la situación de las explotaciones
agrarias en E spaña y que integra algunas de las perspectivas relacio­
nadas con la investigación sobre procesos de transición social, que
dirigió M aurice Godelier (que hem os presentado en el capítulo ante­
rior), y que se centró en el análisis de los grupos domésticos y las
com unidades locales en contextos rurales.
C onstatam os en este texto que la evolución reciente de la agricul­
tu ra en E spaña se caracteriza p o r la desaparición de num erosas
explotaciones agrarias, que viene acom pañada de un increm ento en
la dim ensión m edia de las existentes. C onstatam os tam bién que la
m ayor p arte de ellas son de tipo familiar, pero que m uchas de estas
explotaciones tienen com prom etido su futuro debido a la em igración
o la soltería de los com ponentes m ás jóvenes de la familia. Esta situa­
ción debe entenderse en el contexto de las políticas que favorecieron
el éxodo rural y de los problem as más recientes que genera la incor­
poración de E spaña a la U nión Europea. Así pues, en el predom inio
de las explotaciones fam iliares concurren dos procesos de signo apa­
rentem ente contradictorio: persistencia y crisis. En este doble proceso
hay algunos factores que son generalizables a la agricultura familiar,
m ientras que otros derivan de la evolución específica que ha tenido
la ag ricu ltu ra en E spaña en las últim as décadas y responde, por
tanto, a factores contextúales.
La persistencia de la producción fam iliar en la agricultura se debe
a varias razones. Hay que destacar, en prim er lugar, un factor estruc­
tural, relacionado con el hecho de que las grandes em presas capitalis­
tas vinculadas a la agricultura no tienen interés por la producción
directa y se han concentrado más bien en la fabricación de m aquina­
ria y productos fitosanitarios, en em presas transform adoras de ali­
m entos y en la com ercialización. Estas actividades generan más bene­
ficios que la producción directa, entre otros motivos porque los riesgos
inherentes a la actividad agrícola (derivados de la climatología o
desastres naturales, así como de la posible sobreproducción y exceso
de oferta) se transfieren al agricultor individual. La segunda razón
deriva, precisam ente, de los rasgos de la producción familiar, relacio­
nados con dim ensiones que anteriorm ente hem os com entado y que se
ajustan a lo que destacaba Chayanov. La producción familiar se carac­
teriza por la ausencia de necesidades estructurales para el beneficio y
p o r la flexibilidad del consum o personal en el marco de los modelos
DEBATES. ¿MERCANTILIZACIÓN DE TODAS LAS COSAS? 97

sociales prevalentes. Además, la posibilidad de au m en tar el tiem po de


trabajo (aunque sea a costa de dism inuir la rem uneración de cada
unidad de tiempo de trabajo) perm ite am ortiguar las situaciones des­
favorables respecto al m ercado (Jollivet, 1974; Painter, 1986a; Rose-
beriy, 1976). La institución dom éstica proporciona, en definitiva, la
resolución de problem as derivados del contexto socioeconóm ico,
actuando como una especie de colchón ante las situaciones de crisis.
Además, el intercam bio laboral está m ediatizado por las relaciones de
parentesco, de m anera que las jerarquías internas de sexo y de edad
quedan subsum idas p o r las relaciones basadas en la obligación m oral
y la intensidad afectiva que devienen así com ponentes esenciales en
los m ecanism os de dom inación interna y en el uso diferencial del tra­
bajo de los com ponentes de la familia.
Estos factores constituyen ventajas com petitivas p ara las explota­
ciones familiares, pero m uestran tam bién sus límites. Y es que, tal
como señalaba Friedm ann (1978: 563), las explotaciones fam iliares
persisten a condición de que se m odifiquen los m edios de producción
para adaptarse eficazm ente a las técnicas contem poráneas. Dicho en
otras palabras: si m enos gente ha de producir m ás alim entos, ello sólo
puede conseguirse aplicando innovaciones técnicas e increm entando
la superficie cultivada, lo que supone realizar constantes inversiones
en la explotación. Los medios de producción se capitalizan aunque la
fuerza de trabajo siga siendo familiar. E sta dinám ica m odifica el siste­
ma de clases sociales, pues genera procesos de diferenciación social
entre los agricultores.
Efectivamente, no todas las explotaciones agrarias están en condi­
ciones para em prender estos requerim ientos que im pone el m ercado,
precisamente porque aunque hablem os de explotaciones familiares,
no todas son iguales. Las m ejor provistas de capital y tierras (tam bién
cuenta el factor situacional) están en m ejores condiciones p ara reali­
zar inversiones y obtener beneficios. Pero tam bién hay explotaciones
que no llegan a obtener una renta suficiente y se ven abocadas a reali­
zar trabajos m arginales con rendim ientos m arginales. En estas condi­
ciones, los grupos dom ésticos no se lim itan exclusivam ente a la agri­
cultura y la pluriactividad acaba siendo el único medio p ara subsistir.
La agricultura a tiem po parcial no es un fenóm eno anecdótico, pues
cada vez es m enor en E spaña el núm ero de fam ilias que viven exclusi­
vamente de la agricultura y eso es extensible tam bién a m uchos países
europeos. La «pluralidad de bases económicas», utilizando el concep­
to acuñado por Godelier, parece constituir una de las condiciones de
reproducción de la actividad agrícola en el caso de explotaciones
familiares poco capitalizadas.
98 ANTROPOLOGIA ECONÓMICA

La segunda dim ensión que hem os planteado es la de la crisis de las


explotaciones agrícolas fam iliares y ya hemos apuntado algunos ele­
m entos de esta crisis, pues derivan del proceso de diferenciación
social y de la situación m arginal en que van quedando algunas explo­
taciones. Pero es que, adem ás, los agricultores no producen ellos
m ism os los elementos materiales de su existencia, por lo que las condi­
ciones de su reproducción se subordinan a la lógica capitalista. Efecti­
vam ente, no sólo dependen del m ercado para vender sus productos,
sino tam bién para producir. El acceso a nuevas técnicas agrícolas y
ganaderas, la necesidad de créditos y la falta de control sobre los pre­
cios origina relaciones de dependencia respecto al capital industrial,
financiero o comercial. Así pues, el capitalism o sum inistra a las explo­
taciones agrícolas las bases m ateriales necesarias para su existencia y
dom ina sus condiciones de reproducción (Godelier, 1987).
El desarrollo industrial español de la década de los sesenta no hizo
m ás que acelerar este proceso de subordinación y dependencia en las
transform aciones básicas acontecidas en la agricultura (Etxezarreta,
1984). Se ab andonaron las políticas de protección a la agricultura, se
optó p o r prom over planes de desarrollo y polos de industrialización y
se im pulsó el éxodo rural. Los jornaleros sin tierra, los campesinos
m ás pobres y los m ás jóvenes em igraron hacia los núcleos industria­
les, de m anera que hoy el reem plazo generacional no se asegura en
m uchos lugares. Los que se quedaron en el cam po se vieron obligados
a au m en tar la producción, en un m om ento en que dism inuía la fuerza
de trabajo. Esto im plicaba realizar inversiones im portantes, a menudo
bastante a ciegas, dada la desprotección en que quedaron los agricul­
tores y a la falta de políticas agrarias decididas. Las inversiones aca­
baron consistiendo en un increm ento de los medios de producción
em pleados, con los que se intentaba responder a una especie de nece­
sidad perm anente de reestru ctu rar las explotaciones en aras de una
supuesta m ayor eficiencia y racionalidad, lo que no siem pre redundó
en resultados proporcionales al esfuerzo realizado y a m enudo eran
m uy coyunturales.
Este es el contexto en que se concreta la crisis de las explotaciones
cam pesinas, la em igración m asiva y las dificultades de reproducción.
Los pequeños agricultores m arginales prefieren vender su ganado o
ab an d o n ar sus tierras p ara desplazarse allá donde las rentas son más
elevadas y las condiciones de vida m ás favorables, según los modelos
culturales dom inantes. Pero com o los modelos de maximización no se
aplican siem pre de form a m ecánica, existen Lambién cam pesinos que
se resisten a aban d o n ar su explotación, a pesar de los beneficios
m ediocres que de ella obtienen y a pesar de la falta de futuro que
supone la ausencia de las generaciones m ás jóvenes, que han em igra­
DEBATES. ¿MERCANTILIZACIÓN DE TODAS LAS COSAS? 99

do masivamente. La soltería afecta, adem ás, a m uchos de los que


optaron por quedarse en el cam po, alcanzando proporciones conside­
rables (Comas d’Argemir, 1987; Contreras, 1989).
También las diferencias de clases repercuten en los m ecanism os de
reproducción económ ica y social. El pequeño agricultor poco capitali­
zado, que practica adem ás la agricultura a tiempo parcial, es m ás vul­
nerable a la crisis de reproducción. A causa de la concurrencia está
obligado, o bien a quedarse al m argen de las innovaciones técnicas y a
proletarizarse (Sevilla-Guzmán, 1979), o bien a em prender una carre­
ra perdida de antem ano hacia la m ecanización, que pagará con un
endeudam iento perm anente (Gutelm an, 1971: 127). Difícilm ente p u e­
de acum ular capital, y la soltería y la em igración le afectan en m ayor
medida que a otras capas sociales del sector agrícola.
Factores estructurales y factores contextúales se com binan en la
explicación de la persistencia y crisis de las explotaciones agrarias
familiares. El análisis de las form as de producción ha de tener en
cuenta, adem ás, la dinám ica de form ación de clases y los m ecanis­
mos que inciden en los procesos de diferenciación social. La in co rp o ­
ración de E spaña a la Unión E uropea ha puesto de m anifiesto algo
que en los años precedentes aparecía de u n a form a m ás su b terrán ea
pero real: la internacionalización de la econom ía y el peso de las
decisiones políticas.

4.2. H acer fam ilias, producir personas. El trabajo d om éstico

Las actividades para el propio aprovisionam iento y todo lo que


genéricam ente se denom ina trabajo dom éstico se realizan fuera de las
relaciones trabajo/capital y fuera del m ercado. La m ayor parte de acti­
vidades no m ercantilizadas utilizan predom inantem ente la m ano de
obra familiar, aunque algunas pueden basarse en el trabajo com unita­
rio. Y tam bién la m ayor parte se realizan p ara la familia sin ningún
tipo de mediación, de m anera que los productos obtenidos revierten
directam ente en los com ponentes del grupo dom éstico, o bien se
intercam bian a p artir de la reciprocidad o la redistribución.8
Tal como se desprende del debate sobre m ercantilización, la
expansión de la econom ía de m ercado ha supuesto una pugna entre
las relaciones sociales en que se basa el autoaprovisionam iento
(domésticas, com unitarias) y las relaciones sociales de un m ercado de

8. Martínez Veiga (198% ) considera este tipo de actividades com o parte del trabajo
informal (no regulado por el Estado), que incluye también actividades asalariadas; pero así
com o la economía doméstica y comunal se rige por los principios de redistribución y reciproci­
dad, el trabajo informal asalariado se rige por las leyes puras del mercado.
100 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

trabajo y de bienes totalm ente m ercantil izado. Así pues, las relaciones
dom ésticas no pueden entenderse fuera del contexto de los im perati­
vos del trabajo asalariado (G. Sm ith, 1990). De la m ism a forma, el tra­
bajo asalariado y la producción m ercantil no pueden entenderse sin la
existencia de actividades no m ercantilizadas, tanto si se trata de las
tareas vinculadas a la reproducción realizadas en la familia o en insti­
tuciones sociales dependientes de la com unidad o el Estado, como si
se trata de formas de producción 110 m ercantil presentes en diversas
zonas del planeta. La expansión del capitalism o precisa de estas últi­
m as; su propio funcionam iento requiere de las prim eras.
Las investigaciones feministas, p o r su parte, h an m ostrado que las
form as de trabajo no rem unerado que se realizan en el hogar forman
p arte integral del sistem a capitalista y han proporcionado las bases
teóricas para analizarlas. Han cuestionado que el m ercado sea el
único están d ar de valor y han llam ado la atención respecto de la
im portancia del trabajo no-asalariado, las actividades de aprovisiona­
m iento y m antenim iento, los procesos de socialización y la transm i­
sión del conocim iento cultui'al (Collins, 1992: 34). En definitiva, han
abierto el análisis a esferas de actividad que son directam ente relevan­
tes p ara la existencia m ism a de la sociedad y han m ostrado que el
género, así com o otras divisiones sociales, están im bricados en la lógi­
ca de la producción y de la reproducción social. De esta forma consi­
deran com o variables endógenas lo que la econom ía trata como varia­
bles exógenas.
Finalm ente, y desde datos m eram ente empíricos, hay que resaltar
el increm ento progresivo del trabajo no-asalariado, contrariam ente a
lo que podría esperarse. Aunque el autoaprovisionam iento está dism i­
nuyendo en térm inos absolutos, en cambio, cada vez es m ayor la can­
tidad de grupos dom ésticos que han de realizar actividades orientadas
a la autosubsistencia p ara poder sobrevivir. Son respuestas defensivas
ante las situaciones de crisis, tanto si se trata de trabajadores asalaria­
dos com o de productores de m ercancías (Nash, 1994: 22). Del mismo
m odo, el desempleo creciente en los países de capitalism o avanzado,
la creciente privatización de servicios sociales y sanitarios y el declive
de los Estados del bienestar, increm enta la cantidad de trabajo que
debe realizarse en el hogar. Los debates actuales sobre el futuro del
em pleo y el futuro del Estado del bienestar contribuyen tam bién a
visualizar el conjunto de actividades que se realizan fuera del marco
de relaciones asalariadas.
H ay que decir que bajo el concepto de actividades no-mercantiliza-
das se incluyen de hecho cosas bastante distintas. El autoaprovisiona­
m iento y el trabajo doméstico no tienen el m ism o papel en la creación
de valor. Su presencia y su proporción respecto al conjunto de activi­
DEBATES. ¿MERCANTILIZACIÓN DE TODAS LAS COSAS? 101

dades económ icas y sociales es tam bién muy variable en distintas


sociedades y en distintos grupos sociales dentro de una m ism a socie­
dad. El género introduce otro factor de variación fundam ental. Veá-
moslo por partes.
El autoaprovisionamiento está configurado p o r el conjunto de
actividades orientadas a la propia subsistencia. Puede co n stitu ir la
totalidad de actividades realizadas por un grupo hum ano y, en tal
caso, éstas son diversas p o r definición, puesto que han de cu b rir la
gama com pleta de necesidades, y p o r sus propias características no
conducen a la acum ulación, sino a una reproducción sim ple. El auto-
aprovisionam iento puede com binarse tam bién con la producción
para el m ercado, com o sucede entre los cam pesinos y en este caso
cubre una parte de las necesidades, pues otros productos se obtienen
a través del m ercado. De form a m ás residual, el autoaprovisiona­
miento puede encontrarse tam bién entre trabajadores asalariados,
como com plem ento a los ingresos o com o form a de resistir a situ a­
ciones de crisis.
Los productos obtenidos a p artir del autoaprovisionam iento se
dirigen a la propia subsistencia y no en tran en las relaciones de m er­
cado. De acuerdo con la teoría de Marx, no contribuyen, pues, a
crear valor. Pero recordem os la apreciación que hacía Chevalier
(1982) al respecto, quien considera que, en el contexto de una econo­
mía m undial en que el m ercado dom ina todas las relaciones, todos
los productos son potencialm ente intercam biables. Que se consum an
directam ente o que se vendan es una decisión que tom a el p ro d u cto r
en función de las distintas oportunidades que tiene en su entorno.
Todos los productos obtenidos son, pues, m ercancías y todas las
mercancías contienen u n a cantidad definida de valor. Unas expresa­
rán este valor en el m ercado a través de los precios; otras serán
«mercancías de subsistencia», porque resulta m ás rentable al p ro ­
ductor consum irlas directam ente. En cualquier caso, estas activida­
des intervienen en la creación de valor. No insistirem os m ás sobre
ello, puesto que en buena p arte ya lo hem os expuesto en el debate
sobre m ercantilización.
En las regiones con capitalism o avanzado, el autoaprovisiona­
miento se da en muy escasas proporciones, ya que predom ina el tra ­
bajo asalariado y la producción de bienes y servicios p ara el m ercado.
En este caso, puede adoptar dos formas de significado y características
muy distintas, la producción defensiva y el «hágalo usted m ism o». La
producción defensiva se da en situaciones de precariedad. Im plica la
dificultad de adquirir servicios en el m ercado, lo que obliga a sustituir
el trabajo pagado p o r el propio esfuerzo o a realizar intercam bios
recíprocos con otras personas. Trabajar pequeños huertos, co n stru ir
102 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

la propia casa, o intercam biar servicios con parientes o vecinos son


form as de supervivencia en situaciones de crisis y dificultades. El
«hágalo usted mismo» supone tam bién realizar actividades en base al
trabajo propio y, por tanto, fuera de las relaciones de mercado, pero a
diferencia de la producción defensiva, no sirve tanto para ahorrar
com o p ara ocupar el ocio, poner en juego habilidades m anuales y dar
un acabado personal a los bienes que se producen para un consumo
inm ediato, ya sea cuidando el propio jardín, reparando el mobiliario
o sorprendiendo a las am istades con un postre casero. Son activida­
des que se han extendido entre las clases m edias y el hecho de reali­
zarlas im plica consum ir bienes que se venden en el m ercado y que no
son precisam ente baratos (productos de bricolaje, jardinería, recam ­
bios de autom óviles, p reparados alim enticios, etc.). El perfil de quie­
nes p ractican esta clase de ocio productivo corresponde típicam ente
al de hom bres adultos con una ocupación estable (Comas d’Argemir,
1995a: 117-121).
El segundo tipo de actividades no-m ercantilizadas está constituido
por el trabajo doméstico. Al igual que el autoaprovisionam iento, se
realiza fuera del mercado, pero su papel en el sistem a económico y
social es m uy diferente. A p artir de ahora lo denom inaré trabajo fam i­
liar, pues si el «domus» evoca la casa, la «familia» evoca a las perso­
nas y, por tanto, el térm ino trabajo fam iliar perm ite hacer más énfasis
en las actividades orientadas al cuidado de las personas (crianza, cui­
dado de enferm os y ancianos, alim entación) y no sólo a las activida­
des dom ésticas rutinarias (planchar, cocinar, lavar, etc.).
Desde el p u n to de vista de sus funciones, el trabajo fam iliar contri­
buye a la reproducción de la fuerza de trabajo y de la propia familia
com o institución, es decir, en la familia no sólo se producen indivi­
duos, sino tam bién personas sociales y socializadas en el m arco de la
estru ctu ra de clases existente en cada sociedad. Pero las diversas ta­
reas que com prende el trabajo fam iliar tienen un significado distinto
por lo que respecta a sus funciones sociales. De acuerdo con Collins
(1990: 17), estas tareas son las siguientes:

Una parte del trabajo cotidiano en la casa (com prar, organizar,


lim piar, cocinar o coser, p o r ejem plo) es responsable de la reproduc­
ción física diaria de los m iem bros del hogar. Otras tareas, como las
relacionadas con la crianza, reproducen el hogar generacionalmente y
tam bién reproducen la estructura de clases. Algunas tareas, como el
cultivo de huertos o jardines, están im plicadas en la producción direc­
ta. Sin em bargo, la m ayor parte son actividades de procesam iento
(tran sfo rm ar bienes com prados en form as utilizables) o de m anteni­
m iento (organizar, lim piar y re p ara r los recursos dom ésticos (la cursi­
va es m ía).
DEBATES. ¿MERCANTILIZACIÓN DE TODAS LAS COSAS? 103

Existe una enorm e cantidad de bibliografía en donde se intenta


evaluar la cantidad de tiempo que ocupa el trabajo familiar, así com o
su valor económico, cosa que se calcula en térm inos com parativos
respecto al valor que tienen estas m ism as actividades en el m ercado.
Pero las discusiones se han centrado, básicam ente, en si este tipo de
trabajo crea o no valor, en su papel en el funcionam iento y desarrollo
de la econom ía de m ercado y, en térm inos generales, en su papel en la
reproducción social. Sin en trar en los detalles del debate, considero
que es oportuno aquí hacer algunas m atizaciones im portantes.
El análisis del trabajo fam iliar y de su relación con la reproduc­
ción social corrobora la crítica (puesta ya de m anifiesto p o r la teoría
feminista y recogida hoy en día por autores muy diversos) de la (falsa)
dicotomía trabajo-familia. Tal com o m uestra M ingione (1991) y argu­
m entarem os m ás adelante, las estrategias de supervivencia en la
sociedad actual circulan por las zonas interm edias entre la fam ilia y el
mercado. Efectivamente, las prestaciones en rentas y servicios que la
familia proporciona a las personas consideradas dependientes y m ás
desprotegidas no son reconocidas com o m ercancías, porque institu­
cionalmente se definen com o derechos, pero son im prescindibles p ara
la reproducción de la sociedad de m ercado y tan constitutivas y m odi­
ficadoras de la estructura social com o las prestaciones m ás d irecta­
mente vinculadas con el trabajo asalariado.
A diferencia del autoaprovisionam iento, el trabajo fam iliar no
afecta al valor de la fuerza de trabajo, y ello no sólo porque se realiza
en relaciones sociales fuera del m ercado, sino porque no afecta al
tiempo de trabajo socialm ente necesario p ara producir los m edios de
subsistencia. Tal como señala Molyneaux (1979), no produce directa­
mente fuerza de trabajo m ercantilizada, sino que participa en el p ro ­
ceso de reproducción y m antenim iento de trabajadores; tam poco p ro ­
duce directam ente valores de uso, sino que los elabora y transform a.
Por tanto, no interviene directam ente en la creación de valor, sino en
el sum inistro de los servicios y productos de consum o que sufragan
los costes de la fuerza de trabajo (Redclift y Mingione, 1985). Por ello,
cuando estas actividades se realizan en el m ercado y se les asigna una
remuneración, se visualizan estos costes, ya que intervienen en la con­
tabilidad nacional: pasan de ser costes privados a costes sociales.
Quiero insistir en que el trabajo fam iliar no crea valor, sino que
asume buena parte de los costes de producción y reproducción de la
fuerza de trabajo y po r ello no puede aplicársele las m ism as conside­
raciones que hacía Chevalier (1982) respecto a la producción que se
dirige al propio consumo, pues, en este caso, recordém oslo, los p ro ­
ductos obtenidos son tam bién m ercancías y contienen valor, aunque
no se vendan, ya que el propio hecho de que sean intercam biables y
104 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

que se opte p o r consum irlas directam ente im plica que el productor


realiza determ inadas opciones respecto a lo que incorpora en el m er­
cado y a lo que no. Así pues, no puede aplicarse el mism o parám etro
al trabajo familiar, tal com o he intentado argumentar, y por eso no
puede analizarse subsum iéndolo en la teoría del valor, sino viendo
cóm o interacciona con las relaciones que crean valor.
El hecho de que el trabajo fam iliar no cree valor no impide, sin
em bargo, que tenga u n papel esencial p ara el funcionam iento del
capitalism o y para su reproducción com o sistem a de relaciones
sociales.9 E n este sentido, no sólo es im prescindible para la reproduc­
ción de la fuerza de trabajo, sino que la familia acoge el «ejército de
reserva» laboral, absorbiendo la en trad a y salida de las mujeres y
de determ in ad o s grupos de edad del m ercado de trabajo. De ahí que
el género sea una p arte sustantiva en la organización de esta clase de
relaciones.
El papel del li'abajo no m ercantilizado es m ás im portante en los
países de la «periferia», debido a la m enor presencia de trabajo asala­
riado y a la fuerte presencia de la producción m ercantil simple y de
agricultores de subsistencia. En los «centros» empezó antes el proceso
de proletarización, lo que ha com portado la reducción drástica del
trabajo de autoaprovisionam iento y que el trabajo familiar quede más
aislado estrucluralm ente, al desvincularse del contexto laboral y cir­
cunscribirse al ám bito doméstico. Estas diferencias entre «centros» y
«periferias» son de características sim ilares a las que diferencian
m om entos históricos en la evolución de la econom ía de mercado en
los países «centrales», donde se originó e inició su expansión, de
m anera que en las etapas precapitalistas hay tam bién una m ayor pre­
sencia de trabajo no m ercantilizado y cuando se difunde el trabajo
asalariado lo hace tam bién en detrim ento de este tipo de actividades.
Las form as de trabajo deben ser analizadas en contextos específi­
cos, p a ra ver cómo se com binan e interactúan y para conocer qué
efectos tienen para la división del trabajo. El grupo doméstico es uno
de los contextos posibles de análisis, pues los hogares perm iten obser­
var la com binación de prácticas de trabajo entre sus miembros, así
com o las estrategias de consum o para proveerse de los servicios que
se necesitan. Las prácticas de trabajo de las familias ofrecen un indi­

9. Algunas actividades del trabajo familiar de aparición reciente contribuyen directamen­


te a la creación de valor a partir de la transferencia de trabajo individual hecho para el hogar a
otras instancias. Es lo que Glazer (1990) denom ina «trabajo para el consumo», que se está
increm entando en las sociedades capitalistas avanzadas: parte del trabajo asociado a la venta
de productos de consum o e, incluso, la producción de mercancías especializadas, se transfiere
al consum idor. Es el caso del tipo de venta que se realiza en supermercados, hipermcrcados y
autoservicios, y también de algunas actividades de bricolaje, com o el montaje y acabado de
productos que se compran por piezas.
DEBATES. ¿MERCANTILIZACIÓN DE TODAS LAS COSAS? 105

cador de los cam bios y tendencias tecnológicos, políticos y económ i­


cos más am plias (Mingione, 1985; Morris, 1990; Pahl, 1991). Hay que
tener en cuenta que las estructuras fam iliares pueden ser muy diver­
sas y que sobre todo son dinám icas, es decir, varían con el tiempo. Por
ello, Pahl (1991) propone que se analicen las relaciones entre el ciclo
doméstico, las fuentes de trabajo y las estrategias de trabajo familiar.
En lo mismo insiste Saraceno (1986), destacando la diversidad inter­
na de las familias, así como la diversidad derivada de la estructura de
clases. Las necesidades de la familia son cam biantes, pues dependen
del núm ero y características de sus com ponentes y de los niveles de
consumo prevalentes. Por otro lado, las fuentes de trabajo dependen
de las posibilidades que ofrece el contexto local a p a rtir de la com bi­
nación de las formas de trabajo existentes. En las estrategias fam ilia­
res, por último, se concreta la división del trabajo, poniéndose en
juego los valores sociales, la construcción social del género y la eva­
luación en la tom a de decisiones de las prioridades que se definen en
cada m om ento.
Me parece m uy ilustrativa la caracterización que hace Enzo M in­
gione (1985) de los procesos de reproducción social. Tom ando com o
punto de referencia el hogar, este au to r analiza lo que denom ina
ciclos de reproducción, que establece a p artir de la com binación
entre el trabajo fam iliar y de autoconsum o y el trabajo que perm ite
obtener ingresos m onetarios. En este sentido confronta dos ám bitos:
el del hogar (en el que se realizan las actividades p ara el autoaprovi-
sionamiento y el trabajo fam iliar) y el del conjunto social. Éste es el
contexto que proporciona la gam a de recursos disponibles ajenos al
hogar: la estructura ocupacional, derivada del m ercado de trabajo, y
los bienes y servicios públicos y com unitarios, ya sea los prestados
por instituciones organizadas por el Estado (educación, sanidad, asis­
tencia social, subsidios, pensiones, etc.), ya sea los sum inistrados por
colectivos privados (voluntariado, caridad, solidaridad, ayuda infor­
mal, etc.) (Mingione, 1985: 24-25). Me parece im portante hacer esta
última distinción, porque si bien resulta habitual con fro n tar el trab a­
jo realizado en el hogar con el que se ubica en el m ercado de trabajo,
no lo es tanto establecer la relación de las actividades familiares con
los recursos institucionales que proporciona el Estado o la colectivi­
dad, cuando la existencia de estos recursos alivia el trabajo fam iliar y
contribuye tam bién a cu b rir los costes de reproducción de la fuerza
de trabajo.
La construcción de los Estados del bienestar en E uropa después de
la segunda guerra m undial supuso no sólo la creación de una estru c­
tura de servicios que perm itía solventar m uchas de las necesidades
que se generan en la familia, sino tam bién un increm ento en el em pleo
106 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

de las m ujeres, que ocupaban m uchos de los lugares de trabajo en ins­


tituciones educativas, sanitarias y asistenciales. De ahí que las políti­
cas sociales del Estado tengan una fuerte incidencia en la familia y en
las m ujeres.10 La fam ilia es la principal institución asistencial, donde
se realizan tareas asociadas a la reproducción hum ana, m antenim ien­
to y cuidado de personas. Que el Estado asum a parte de estas funcio­
nes a través de instituciones públicas o privadas tiene im portantes
repercusiones p ara la familia y, m ás en concreto, para las mujeres,
que son las encargadas tradicionalm ente de cuidar de los dem ás.11 Los
costes económ icos del cuidado y la asistencia se ponen de manifiesto
cuando no es la fam ilia la que los asum e. Pero en la familia se cuida
«por am or», p o r obligación m oral, o porque se considera que es el
m arco «natural» p ara hacerlo, y todo ello convierte estas actividades
en las m ás invisibles del trabajo familiar.
E n la página siguiente presentam os los gráficos p o r los que Min-
gione (1985: 22) caracteriza los ciclos de reproducción en diferentes
ám bitos históricos y sociales. El balance entre las form as de trabajo
no m ercantilizadas y las rem uneradas es de tipo cuantitativo y cuali­
tativo. El m ejor contraste es el que se establece entre el período prein-
dustrial (gráfico A) y los estadios iniciales de la industrialización (grá­
fico B), en donde el balance entre am bos tipos de trabajo se invierte.12
Unas largas jo m ad as laborales, la utilización de toda la m ano de obra
fam iliar (incluida la de los niños), los bajos salarios y unos niveles
m iserables de consum o caracterizan la situación de la clase obrera en
esta etapa paleo-industrial. Apenas hay tiem po p ara dedicarse al tra­
bajo fam iliar y, com o la proletarización se asocia al abandono de las
com unidades de origen, se anula cualquier posibilidad de autoabaste-
cim iento. Los costes de la reproducción del trabajo son muy bajos, en
tanto que la calidad del trabajo y el nivel de productividad son muy
bajos tam bién.
La regulación del trabajo de niños y mujeres, la dism inución pro­
gresiva de la jo rn ad a laboral y un increm ento de los salarios se corres­

10. La relación entre las políticas sociales del Estado y la familia han empezado a ser un
tema de interés creciente desde la perspectiva feminista, por la importante repercusión que tie­
nen tales políticas sobre las trayectorias de vida de las mujeres. Véanse, por ejemplo, Balbo
(1984), Bazo y Dom ínguez (1996), Comas d’Argemir (1994, 19956), Durán (1996), Finch y Gra­
ves (1983), M clntosh (1978, 1979), Orloff (1993), Saraceno (1994), Sassoon (1987), Ungerson
(1990, 1995) y W illiams (1995).
11. Las formas de cuidado y asistencia en la familia han sido las dim ensiones menos
estudiadas del trabajo familiar, excepto las actividades relacionadas con la maternidad. El libro
de Finch (1989) expone estas dim ensiones desde una perspectiva global.
12. La fuerte presencia del trabajo no mercantilizado en contextos agrarios hace que las
estrategias de reproducción se dirijan a la reproducción de la explotación agraria com o tal
(Bourdieu, 1972a, 1991; Comas d'Argemir, 1988; Contreras, 1991, 1997; Goody, 1976; Martínez
Veiga, 1985/;; Medick y Sabean, 1984).
DEBATES. ¿MERCANTILIZACIÓN DE TODAS LAS COSAS? 107

ponden con aum entos proporcionales en la productividad (gráfico C).


Decrece el empleo de las m ujeres y aparece el trabajo fam iliar en el
moderno sentido del térm ino. Aum enta el nivel de vida de las fam ilias
obreras y se dedica m ucha m ás proporción de tiem po y esfuerzo al
trabajo doméstico. Debe observarse que la fórm ula adoptada im plica
que las mujeres asum an una considerable cantidad de trabajo no
rem unerado en el hogar. E sta solución hace posible que el coste de
reproducción de la fuerza de trabajo sea m uy bajo, aunque im pone
una selectividad discrim inatoria en la dem anda de trabajadores en
función del sexo.
Ciclo de reproducción
rural y sobrepoblación
precapitalista
Ciclo de
reproducción
de las familias de
clase trabajadora
en el período
paleoindustrial

Ciclos de reproducción
de las familias urbanas
e industriales con bajo
empleo femenino

Fig. 4.1. Ciclos de reproducción en distintos momentos históricos


y ámbitos sociales (Mingione, 1985: 22).
108 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

El capitalism o avanzado con altas tasas de em pleo femenino se


corresponde con los ciclos de reproducción representados en los grá­
ficos D, y Dr La reducción del tiem po dedicado al trabajo fam iliar se
com pensa con la com pra de bienes y servicios y con la existencia de
servicios públicos. M ientras que en el caso de D, el tiem po dedicado
al trabajo fam iliar es elevado y dificulta la com binación de activida­
des, sobre todo en el caso de las m ujeres que asum en la m ayor parte
del trabajo familiar, la situación representada p o r D2 im plica la exis­
tencia de elevados ingresos y de un sector público eficiente, que es lo
que perm ite u n a reducción considerable del tiem po de trabajo en el
hogar y que hom bres y m ujeres se dediquen indistintam ente a la rea­
lización de trabajo rem unerado. E n am bos casos, el coste de repro­
ducción de la fuerza de trabajo es elevado, especialm ente en Dv
puesto que hay u n a m en o r cuota de trabajo fam iliar no rem unerado
y u n a m ayor p articipación del Estado en el sum inistro de servicios
personales.
M ingione señala que este últim o m odelo de reproducción es el que
se extiende en algunos países europeos después de la segunda guerra
m undial, con diferencias derivadas del ritm o de industrialización (por
ejemplo, los países del su r de E uropa perm anecen m ás tiempo en el
m odelo C) y diferencias regionales en cada país. A esto debemos aña­
dir tam bién las diferencias sociales. En el capitalism o avanzado el
em pleo fem enino se corresponde con niveles educativos elevados de
las m ujeres de capas m edias y altas; la clase obrera, en cambio, tiene
m enos posibilidades de aprovechar la estructura de oportunidades
ocupacionales, ha de o p tar a empleos peor rem unerados y las mujeres
tienden a quedarse en el hogar. Las divisiones del trabajo, que se fun­
dam entan en una determ inada construcción del género, deben rela­
cionarse, pues, con el sistem a de clases (Benería y Sen, 1982; Comas
d ’Argemir, 1995a; Giménez, 1990; Roldán, 1985).
La familia, com o m arco en el que se expresa la división del traba­
jo, es una institución contradictoria. Por un lado, puede hablarse de
estrategias dom ésticas, tal com o hem os dicho ya, que implican m eca­
nism os de com plem entariedad y solidaridad entre los m iem bros del
grupo. P or otro lado, estas m ism as relaciones son de naturaleza con­
flictiva y se basan en form as de jerarquía y de dom inio internas, y
com o la reproducción de la familia com o tal es una parte integral en
la reproducción de las clases sociales, no se puede insistir sólo en que
el trabajo fam iliar contribuye a la reproducción y desarrollo del capi­
talism o en una especie de aseveración funcionalista, sino que hay que
tener en cuenta tam bién que en la familia convergen la dom inación de
clase, la opresión de género y la subordinación intergeneracional
(Roldán, 1985: 256). Eso m ism o hace que la incorporación de las
DEBATES. ¿MERCANTILIZACIÓN D E TODAS LAS COSAS? 109

mujeres al m ercado de trabajo signifique una erosión de las norm as


tradicionales de com portam iento y contribuya a la creación de espa­
cios propios de autonom ía.13
¿Por qué son las mujeres las que predom inantem ente se ocupan del
trabajo familiar y se ven vinculadas directam ente al ám bito dom ésti­
co? Eso es lo que sucede en los países industrializados, pues ya hem os
indicado que la separación entre el ám bito dom éstico y el laboral se
institucionaliza con el proceso de proletarización, lo que tiene que ver
con el proceso histórico encam inado a reducir la presencia de m ujeres
y niños en la fuerza de trabajo (Morris, 1990: 6; Mingione, 1985: 24).
Así pues, las fuerzas que derivan del sistem a económ ico son esenciales
para entender los m om entos en que históricam ente se produce la
entrada o salida de las m ujeres del m ercado de trabajo (en su papel de
«ejército de reserva», según la expresión de Marx). Este proceso queda
perfectamente ilustrado en el caso que describe J. Sm ith (1990) para
los Estados Unidos en situaciones de fuerte crisis económica, com o las
que se produjeron en la década de los años treinta y en la de los seten­
ta. La necesidad creciente de las mujeres de en trar en el m ercado de
trabajo las convierte en una m ano de obra idónea en la expansión del
sector servicios, donde realizan m uchas actividades que se consideran
como una especie de prolongación de lo que realizan en el ám bito
familiar (salud, educación, seivicios personales). Esto contribuye a
categorizar tales actividades como parte de las tareas que de form a
«natural» realizan ya las m ujeres como tales y, por tanto, se les otorga
menos valor y menos mérito. Este papel «natural» que se atribuye a las
mujeres en la familia constituye un elemento básico en la construcción
de unas relaciones laborales que si túan a las m ujeres en una situación
secundaria. Es im portante constatar, pues, cómo un sector de fuerte
crecimiento en una econom ía de capitalism o avanzado (como es el
sector servicios) se nutre de factores extraeconómicos (la percepción
social del género) en la construcción de las relaciones de producción.
También es esencial entender el papel del Estado, como m áxim a
entidad política que establece determ inadas regulaciones laborales.
Martínez Veiga (1995) analiza las leyes reguladoras del trabajo que se
prom ulgaron en E spaña a principios de siglo. Se trata de leyes protec­
toras que inicialm ente se referían a m ujeres y a niños, pero que des­
pués se am pliaron a todos los trabajadores. Esta legislación tuvo un
im pacto decisivo en la definición de lo que pasó a considerarse como

13. Desde la antropología feminista se han realizado numerosas reflexiones acerca del
papel de la familia en la construcción social del género y en las relaciones internas de poder.
Véanse, por ejemplo, Beechey (1978), Benería y Stim pson (1987), Bimbi (1986), Benjamín y
Sullivan (1996), Collier y Yanagisako (1987), González de la Rocha (1995), Harris (1981), Hart-
mann (1981), Lamphere (1986), Rapp (1978) y Tilly y Scott (1978).
110 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

«trabajo», que sería el realizado p o r cuenta ajena, de forma depen­


diente y fuera del domicilio. Puesto que m uchas m ujeres realizaban
trabajo rem unerado dom iciliario, esta legislación, que pretendía ser
protectora, dejó sin regular, precisam ente, a la m ayor parte de las
m ujeres. Al m ism o tiempo, institucionalizó el hecho de considerar
«no trabajo» a las actividades que se realizaban en el hogar, por exclu­
sión de aquello que se regulaba, que era el «trabajo».14
El papel de la ideología se sum a al de las fuerzas económicas y
políticas. Ehrenreich y English (1990) destacan el papel de los exper­
tos (educadores, psicólogos, médicos, políticos) en la creación de la
ideología que se centra en la im portancia de la m aternidad, del cuida­
do de los niños y del hogar com o fundam entos básicos p ara asegurar
la salud y el crecim iento correctos, legitim ando «científicamente» la
conveniencia de que las m ujeres se ocupen de la casa y las tareas de
crianza. Roca (1996) trabaja sobre la E spaña de la posguerra y m ues­
tra la convergencia de las ideologías de la Iglesia y del Estado autori­
tario franquista en la configuración de una determ inada imagen de
mujer, acorde con el ideario religioso y político, que le asignan un
im portante papel en el hogar y la excluyen de otras actividades.
N arotzky (1988), p o r su parte, reflexiona acerca de cómo la idea de
que el trabajo de la m ujer es u n a «ayuda» incide en la discrim inación
laboral de las m ujeres al im pregnar las relaciones en que se basa el
intercam bio laboral.
No querem os restar im portancia al sustrato de representaciones
por el que se construyen socialm ente las características atribuidas a los
hom bres y a las mujeres. E n otro lugar (Comas d'Argemir, 1995a) he
insistido en que es un error considerar que la división del trabajo es lo
que crea la desigualdad entre hom bres y mujeres, ya que la división del
trabajo no crea relaciones sociales, sino que es al contrario: son las
relaciones sociales las que se incorporan a la organización del trabajo y
a la m anera de repartir las actividades. Por ello, lo que debe entenderse
es cóm o cada sociedad construye su representación de las diferencias
entre los sexos y cóm o a través del reconocimiento de las capacidades
y habilidades diferenciales de hom bres y mujeres se distribuyen las
actividades entre ambos. Así pues, es la construcción social del género
la que se incorpora com o factor estructurante en la división del traba­
jo. Por tanto, este sustrato es esencial, pero no determ inante, puesto
que las representaciones acerca de los atributos de cada género se
adaptan de form a variable a las circunstancias del contexto, cosa que
perm ite la propia multiplicidad de significados que pueden contener.

14. En este texto de Martínez Veiga puede encontrarse una buena síntesis del debate
acerca de las repercusiones del «salario familiar», que básicamente centralizaron Hartmann
(1976) y Hum phries (1977).
DEBATES. ¿MERCANTILIZACIÓN DE TODAS LAS COSAS? 111

Si hem os resaltado la im portancia de las fuerzas económ icas, las


del Estado, las de la ideología y las del sistem a de representaciones es
para insistir en que la división del trabajo, así com o el significado e
im portancia que tiene el trabajo familiar, deben analizarse en contex­
tos históricos concretos. Debido ju stam en te a que los conceptos de
trabajo fam iliar y de trabajo asalariado se han tratado como univer­
sales y se han aplicado acráticamente, se han hecho afii'maciones
erróneas respecto a la participación de las m ujeres en la econom ía
(Redclift, 1985: 106). Ya que las m ujeres realizan com únm ente un tra ­
bajo no pagado, su papel en la agricultura familiar, que en m uchos
países de la «periferia» es esencial, resulta invisible (Boserup, 1970).
Eso es así incluso en regiones donde existe una fuerte em igración
m asculina y donde el peso del trabajo (tanto rem unerado com o no)
recae básicam ente en las m ujeres, tal com o lo m uestran Young (1978)
en su análisis sobre Oaxaca, así com o González de la Rocha (1994) en
su estudio sobre la ciudad de G uadalajara (México), centrado en las
familias pobres.
La asociación de las m ujeres a la fam ilia ha servido com o base
para su discrim inación en el ám bito laboral. E n los países de cap ita­
lismo avanzado eso ha tom ado la form a de su vinculación al hogar y
las dificultades de participación en los ám bitos laboral, social y polí­
tico. E n otras situaciones, esta m ism a asociación ha servido p ara
conform ar una m ano de obra laboral predom inantem ente fem enina
y muy precaria. Benería (1991) dem uestra, p o r ejemplo, que las
empresas m ultinacionales que se instalan en las zonas francas de
divei'sos países del m undo em plean básicam ente a m ujeres. La prefe­
rencia por las m ujeres se debe a varios factores: a) m ayor control de
la fuerza laboral, ya que se les atribuye m ayor docilidad, sum isión y
obediencia, así com o m enor participación en las actividades sindica­
les; b) m ayor productividad, especialm ente cuando se trata de op era­
ciones que requieren cuidado y paciencia; c) m ayor flexibilidad labo­
ral, relacionada con su disposición a aceptar contratos tem porales o a
tiempo parcial, y d) m enores rem uneraciones.15
Una últim a cuestión. Actualmente las actividades no m ercantiliza-
das tienden a aum entar (Mingione, 1991; Nash, 1994; Offe y Heinze,
1992). La dism inución del empleo com o form a de relación laboral, así
como la deslocalización de industrias en los países del Prim er M undo
y su traslado hacia zonas de la periferia crean nuevas situaciones de

15. Véanse también Martínez Veiga (1997), Narotzky (1988) y Safa (1981). Escobar
(1993) y González de la Rocha y Escobar (1990) analizan la creciente presencia de mujeres en
la industria maquilera en México y muestran que las bajas rem uneraciones que reciben se
corresponde con un descenso en el salario de los hombres. Su hipótesis es que esta reducción
es posible debido al mayor número de trabajadores por hogar.
112 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

pobreza e inseguridad que se intentan paliar mediante las formas de


producción defensiva (autoaprovisionam iento), las redes de ayuda
m u tu a y el trabajo «informal». Pero no es sólo como resultado de la
evolución de la econom ía por lo que se produce el increm ento de las
actividades no m ercantilizadas. También está disminuyendo en m u­
chos países la cantidad de bienes y servicios proporcionados por el
Estado. El desm antelam iento de los llam ados Estados del bienestar
está suponiendo retransferir a la familia parte de sus funciones. Los
costes de la reproducción social, que se habían socializado como parte
de las conquistas conseguidas por la clase obrera, están siendo ahora
de nuevo privatizados. Esto implica un aum ento del trabajo familiar,
especialm ente de las tareas relacionadas con el cuidado y asistencia de
personas dependientes, que recaen básicam ente en las mujeres.
La asistencia y el cuidado en la fam ilia se fundam entan en un
«sentido de obligación» construido socialmente. Además, la capacidad
para cuidar tiene género, en el sentido que se atribuye a las mujeres
una m ayor «predisposición» para ejercer la m ayor parte de tareas que
se desarrollan en el ám bito familiar, entre las que destaca la del cuida­
do de los dem ás com o la m ás «natural» de todas (Comas d’Argemir,
1994). La dim ensión m oral que caracteriza el sentido de obligación
nace de los vínculos que se establecen entre los m iem bros de la familia
y del significado social que se les atribuye. Se trata, pues, de un com­
promiso negociado en el curso de la vida, que no se produce en el vacío
social, sino que tiene un com ponente dinám ico y cam biante en fun­
ción de las condiciones m ateriales y sociales existentes (Finch, 1989).
Este es el contexto que perm ite tener una visión crítica respecto a la
m anipulación que desde el espectro político se hace de la familia
com o ideal o im aginario, expresada en las políticas públicas y sociales,
pues éstas parten de la certeza de que la familia (y específicamente las
mujeres) es la principal sum inistradora de asistencia y bienestar.
Todo ello es una m uestra m ás de lo que hem os ido insistiendo a lo
largo de este apartado; es decir, que el trabajo no mercantilizado no
puede entenderse si no es en su relación con las formas que se inte­
gran en el m ercado, y viceversa. Si nos atenem os a las experiencias
directas de las personas y a su entorno inm ediato observaremos que
las fam ilias com binan salarios, trabajo fam iliar y servicios personales
y asistenciales p ara resolver sus necesidades cotidianas. Por ello, no es
posible com prender las relaciones privadas sin considerar las grandes
fuerzas que se derivan de la dim ám ica del m ercado de trabajo y de la
oferta de bienes y servicios p o r parte de la com unidad y el Estado. La
familia, a su vez, es parte constitutiva del sistem a económico y político
existente, no un elem ento «externo», como a m enudo se la considera.
S e g u n d a parte

LA ECOLOGÍA POLÍTICA
EN LA ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA
C a p ít u l o 5

ECOLOGÍA, NATURALEZA Y CAMBIO SOCIAL

5.1. La ecología com o sujeto político

La ecología política surge en la década de los años ochenta. Im pli­


ca am pliar el enfoque de la econom ía política hacia cuestiones deriva­
das de la interacción con el medio am biente, al considerarlo una
dimensión esencial, e im plica tam bién m odificar el enfoque de la vieja
ecología cultural, introduciendo las dim ensiones políticas en el análi­
sis. Las diferencias sociales en el acceso a los recursos, el papel de los
factores políticos en el uso y gestión de tales recursos, las dinám icas
de desarrollo y sus efectos sobre el medio am biente, así com o la arti­
culación entre los contextos locales y la globalidad p asan a ser los
principales temas de interés.
El térm ino ecología política es utilizado p o r prim era vez por Eric
Wolf (1972) en el texto de presentación de un sim posio que se centra
en el sistem a de propiedad en los Alpes. Hay quien prefiere encontrar
los antecedentes directos de la ecología política en la m onografía de
Clifford Geertz, Agricultural Involution (1963), o en el texto de Karl
Polanyi The Great Transfonnation, publicado por prim era vez en
Nueva York en 1944, pues am bos plantean la necesidad de analizar los
sistemas de producción en relación a variables políticas y am bos
hacen énfasis en la incidencia de estos factores en el uso de los recu r­
sos naturales. Sin negar la im portancia de estos antecedentes, que
más adelante presentarem os con m ás detalle, sí hay que decir que se
trata de aportaciones aisladas y es en la década de los años ochenta
cuando em pieza a haber una producción significativa de trabajos e
investigaciones que encajan en la orientación de la ecología política y
que se realizan desde una am plia variedad de disciplinas (geogi'afía,
economía, antropología, sociología, historia, ecología hum ana).
116 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

Lo que m otiva la aparición de este nuevo enfoque es la preocupa­


ción p o r la degradación am biental, la creciente deforestación, la con­
tam inación, la desertización, o el agotam iento de los recursos natura­
les. Al preguntarse p o r las causas sociales y políticas de la degrada­
ción am biental se intenta frenar este proceso y buscar soluciones,
pues se considera que es algo que no sólo concierne a las poblaciones
directam ente afectadas, sino al conjunto del planeta. Esta nueva
form a de ver las relaciones entre la sociedad y el entorno tiene mucho
que ver con el surgim iento de una conciencia m undial sobre los pro­
blem as am bientales. La idea de globalidad, que se había manifestado
años antes respecto al concepto de econom ía m undial, se expresa
ahora en relación al m edio am biente.
El p rim er referente de esta conciencia m undial sobre los proble­
m as am bientales se sitú a en 1972, con la celebración de la Conferen­
cia de Estocolm o sobre A m biente H um ano, organizada p o r las
N aciones Unidas. H asta el m om ento, apenas se había tenido en
cuenta el im pacto am biental de las actividades económ icas y p o r pri­
m era vez se da una voz de alerta al respecto y se propone desarrollar
una política am biental internacional. Los inform es del Club de
R om a sobre «los lím ites del crecim iento» hicieron ver la existencia
de «problem as globales» e insistían en que, si el m undo es un siste­
m a global, entonces la gestión de los recursos naturales debía hacer­
se tam bién desde la globalidad (Escobar, 1995: 8). La segunda confe­
rencia tuvo lugar veinte años después, en 1992, se celebró en Río de
Jan eiro y centró su atención en la relación entre m edio am biente y
desarrollo. Uno de los docum entos que m ás ha trascendido de esta
conferencia (denom inada tam bién «Cumbre de la Tierra») es el ap ro ­
bado y adoptado p o r los representantes de los gobiernos de distintos
E stados y que se conoce com o «Agenda 21»; se trata de un plan de
acción global que tiene com o finalidad servir de guía a las políticas
gubernam entales, m unicipales y privadas p ara favorecer estrategias
de desarrollo sostenible, de m anera que el crecim iento económ ico
no se haga en detrim en to de la necesaria protección del medio
a m b ien te .1
Después de cada u n a de estas conferencias se organizaron distin­
tos foros de debate y en todos ellos se insistió en la interacción com ­
pleja entre las dim ensiones económ icas, sociales, dem ográficas y
am bientales y en la necesidad de tenerlas en cuenta en los esfuerzos
orientados hacia el desarrollo. E n 1987 se publicó el Inform e Brunt-

1. Cinco años después de la celebración de la Cumbre de Río ha quedado patente que la


mayor parte de promesas para modificar las pautas de uso de la energía y de consum o se han
incumplido.
ECOLOGÍA, NATURALEZA Y CAMBIO SOCIAL 117

land, bajo el título Nuestro Futuro Común, en el que se difundía el


concepto de «desarrollo sostenible» y en el que se exam inaban las
causas más que los efectos del deterioro am biental.2 E ntre las reco­
mendaciones contenidas en el inform e figuraba la de integrar las
cuestiones am bientales en los program as de desarrollo, cam biando
así la concepción y aplicación de tales program as. Se recom endaba
tam bién que tales cam bios se efectuaran m ediante la acción política,
debido a la falta de consenso existente y a la escasa conciencia de la
población sobre los problem as am bientales. Se trataba, pues, de una
ecología política del desarrollo cuyas conclusiones influirían notable­
mente en los acuerdos de la Conferencia de Río de Janeiro (Stonich y
De Walt, 1996: 187-188). A p artir de este inform e y de otros que se rea­
lizan después (como el Global 2.000, o el inform e Meadows) se p ro ­
duce un debate en torno a las tesis de los lím ites físicos del creci­
miento económ ico y se achacan las causas de la degradación am bien­
tal a distintos factores: desigual distribución de los recursos; creci­
m iento demográfico; usos ineficaces e irracionales de los recursos;
dem andas del m ercado e intercam bio desigual, etc. Se trata de expli­
caciones muy diferenciadas, que tienen un fuerte com ponente políti­
co, pues de ellas em anan las orientaciones de los program as de desa­
rrollo. Hoy en día, este debate sigue vivo y, a pesar de sus expresiones
concretas, el concepto de sustentabilidad es uno de los que m ás pre­
dom inan en el ideario de los program as que inten tan com binar creci­
miento económ ico y preservación del medio am biente (Pearce y Tur-
ner, 1995). Más adelante nos referirem os a él.
No es de extrañar que en este contexto surja la ecología política,
como disciplina que intenta explicar las causas de los problem as
am bientales y sugerir prbpuestas para el desarrollo.3 No es de extra­
ñ ar tampoco que los program as que em anan desde los foros políticos
reflejen los distintos paradigm as Leóricos que en el m arco de la disci­
plina académ ica explican la degradación am biental: neoliberalism o,
culturalism o y ecosocialismo.

2. La com isión que realizó este informe era una de las que había organizado Naciones
Unidas y se denominaba World Com mission on Environment and Development. Trabajó bajo la
dirección de la primera ministra de Noruega Gro Harlem Bruntland, de manera que el informe
resultante de estos trabajos, titulado Oitr Common Futttre, ha pasado a conocerse com o Infor­
me Bnm dtland, a pesar de haber sido publicado con el nombre de la com isión.
3. La ecología política, al centrarse en las causas de la degradación ambiental y estable­
cer los factores sociales y políticos que inciden en ella, proporciona pautas importantes para
las políticas de desarrollo. Algunos textos se orientan específicam ente a realizar propuestas, en
una vertiente claramente aplicada. Véanse, por ejemplo, Bailey (1996), Bray (1994), Collins
(1986a), Guimaraes (1990), Holloway (1993), Horowitz (1996), Leff (1994), Moran (1996), Orlo-
ve y Brush (1996), Peet y Watts (1993), Schmink y Wood (1987) y Sponsel, Bailey y Headland
(1996).
118 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

La ecología política se ha desarrollado especialmente para analizar


las causas de la degradación am biental en países del Tercer Mundo. Es
cierto que hay una im portante reflexión que se origina en los países de
capitalism o avanzado a p artir de la preocupación p o r la contam ina­
ción am biental. Autores como Anthony Giddens, André Gortz, Jürgen
H aberm as o Ulrich Beck han hecho contribuciones im portantísim as a
la teoría social, que tienen como base las reflexiones acerca de la
industrialización, el desarrollo capitalista, el análisis de los movimien­
tos am bientalistas o la conciencia de riesgo como factor estructurante
de nuevas relaciones sociales. Todos ellos adoptan una perspectiva glo-
balizadora y destacan tam bién la im portancia de la reflexión social en
la adquisición de una conciencia m undial sobre los temas ambientales,
que incide en las posiciones e intervenciones políticas, así como en el
tipo de m ovimientos sociales que se desarrollan.4 Pero la degradación
am biental no es un atributo exclusivo del capitalismo avanzado occi­
dental, y en un contexto global las repercusiones de los procesos de
degradación son tam bién globales. Nos centrarem os a p artir de ahora
en la ecología política del Tercer Mundo, por ser donde los antropólo­
gos sociales han hecho sus contribuciones.
La ecología política del Tercer M undo considera cómo la interrela-
ción entre diversas fuerzas sociopolíticas y la relación entre estas fuer­
zas y el m edio am biente afecta a los países y regiones que p o r su débil
posición en el desigual sistem a de intercam bio padecen unos proble­
m as específicos de degradación am biental, pues se relacionan con la
pobreza, una elevada dem ografía y una fuerte presión sobre los recur­
sos. De acuerdo con B iyant (1992: 14), que prefiere hablar de cambio
am biental m ás que de degradación am biental, esta aproxim ación
tom a en cuenta las siguientes áreas de análisis:

1) Las causas contextúales del cam bio am biental: políticas esta­


tales, relaciones interestatales y capitalism o global. En un m undo en
el que se increm enta la interdependencia política y económ ica existe
un creciente im pacto de las fuerzas nacionales y transnacionales
sobre el entorno.
2) El conflicto p o r el acceso a los recursos: luchas específicas y
localizadas en relación al entorno. M uestra cómo los que carecen de
poder luchan por proteger los fundamentos ambientales de su existencia.
3) Las ram ificaciones políticas del cam bio am biental, es decir,

4. Véanse, por ejemplo, Beck (1992, 1995, 1996), Giddens (1990, 1994), Gortz (1980,
1994) y Habermas (1981). En el libro de Goldbiatt (1996) puede encontrarse una muy buena
síntesis de las teorías de estos autores. Son interesantes también las reflexiones sobre el surgi­
m iento de una conciencia ecológica mundial aportadas por Abram (1996), Eder (1996b) y
Wynne (1996).
ECOLOGÍA, NATURALEZA Y CAMBIO SOCIAL 119

los efectos de las m odificaciones am bientales en las relaciones políti­


cas y socioeconómicas.
En un excelente trabajo sobre el proceso de deforestación de la
Amazonia, Schm ink y Wood (1987) sugieren considerar seis elem en­
tos críticos en el análisis que exponen de acuerdo con el m étodo de
contextualización progresiva (Vayda, 1983) y que, por tanto, arranca
desde dim ensiones muy concretas p ara ir pasando a los factores de
alcance m ás global. Son los siguientes:

1) Las form as de producción de la región por parte de distintos


grupos y su orientación hacia form as de reproducción simple o
expandida.
2) E structura de clases sociales y conflictos p o r el acceso a los
recursos.
3) Form as de inserción en los circuitos m ercantiles y m ecanis­
mos por los que se increm enta la producción y se extrae plusvalía.
4) Rol del Estado y estructura de la sociedad civil: políticas que
favorecen determ inados intereses de clases.
5) Grado de interdependencia global, a p artir de los intereses de
inversores, em presas y agencias de alcance internacional.
6) Ideología que orienta el uso de los recursos y legitima las
actuaciones políticas que im pulsan determ inados planes de desarrollo.

Se trata, por consiguiente, de identificar las actividades hum anas


significativas en la interacción sociedad/m edio am biente y de recons­
truir el contexto social, político y económ ico en el que se producen las
causas y efectos de tales actividades. El enfoque de la ecología política
supone una am pliación del de la econom ía política, al añadir las
dimensiones relacionadas con el medio am biente. De hecho, y tal
como indican Stonich y De Walt (1996: 209-210), com bina los enfo­
ques de la ecología hum ana y la econom ía política, al considerar la
dialéctica entre la sociedad y los recursos naturales, y entre clases y
grupos dentro de la sociedad. También analiza los roles interrelacio-
nados que juegan las instituciones sociales (internacionales, nacionales,
regionales y locales), al proporcionar lím ites y posibilidades a la
acción hum ana, que a su vez afecta a las relaciones con el entorno.
Hemos dicho ya que en la ecología política convergen diversas dis­
ciplinas, que tienen como objetivo com ún establecer las causas y efec­
tos de la degradación am biental. Y cuando se pasa al terreno de lo
concreto es lógico que se hagan constantes referencias al papel de la
cultura, al sistem a de conocim iento de los grupos indígenas, al m ane­
jo de los recursos por parte de distintos grupos sociales, así com o a
las instituciones que regulan el acceso y uso de los recursos. Todos
120 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

ellos son conceptos que pertenecen a la investigación antropológica y,


sin em bargo, la antropología social se ha incorporado m ás tardía­
m ente a la ecología política que otras disciplinas. Eso se debe a
varias razones. Los antropólogos tienen una larga tradición en el
análisis de las relaciones de la sociedad con el entorno, pero no se
h an preguntado p o r la degradación am biental, seguram ente porque
han predom inado los m odelos de equilibrio funcional que no se inte­
resan p o r los cam bios que acontecen en las sociedades o en el medio
am biente. E n segundo lugar, estos m ism os enfoques han dado poca
im portancia al peso de los factores políticos en la interacción medio­
am biental. Incluso han dado poca im portancia a los factores econó­
m icos, de m anera que la antropología ecológica ha constituido una
especie de cam po ap arte dentro de la antropología económ ica y ha
focalizado su atención en tem as m uy específicos y concretados en la
relación sociedad-entorno.
Así pues, para entender la aparición y el desarrollo de la ecología
política hay que tener en cuenta no sólo los factores contextúales, sino
las propias aproxim aciones teóricas, ya que de ellas depende tratar, o
no, determ inados aspectos com o fundam entales. Por esto es im por­
tante entender cuál ha sido la form a de considerar la interacción de
las relaciones sociedad-entorno con el cam bio social. La Naturaleza,
com o categoría de análisis, refleja las distintas perspectivas teóricas
que pueden ponerse en juego.

5.2. La naturaleza com o categoría de análisis

Hoy casi nadie llam a a la naturaleza p o r su nombre, sino que se


utilizan térm inos tales com o m edio am biente, recursos naturales, eco­
sistem a o entorno natural. Estas denom inaciones proceden de la cien­
cia ecológica, se h an difundido a otras disciplinas, como la propia
antropología social, y hoy form an parte del lenguaje por el que se
expresan las actuales preocupaciones p o r la degradación ambiental.
No es que el térm ino «naturaleza» haya desaparecido de nuestro voca­
bulario, pero su contenido se ha reducido, y hoy se aplica a las porcio­
nes del planeta que parecen haber quedado inalteradas de las m uta­
ciones que son fruto de la industrialización y de una explotación
m asiva de los recursos.
Todas las sociedades m odifican de una m anera u otra la naturale­
za, puesto que viven en ella y extraen de ella los recursos necesarios
para subsistir; sin em bargo, la sociedad industrial ha llevado esta
m odificación hasta tales extrem os que está provocando su degrada­
ción progresiva y su destrucción. La sociedad industrial, por otro
ECOLOGÍA, NATURALEZA Y CAMBIO SOCIAL 121

lado, ha creado un am biente «construido» (y, p o r tanto, no «natural»)


de considerable magnitud: ciudades, carreteras, ferrocarriles, infraes­
tructuras, fábricas, m inas, centrales nucleares, vertederos, etc. Cada
vez queda m enos «naturaleza» desde u n punto de vista práctico pero
también conceptual, porque actualm ente se habla m ás bien de recu r­
sos y de am biente. La naturaleza incorpora así la lógica del m ercado y
el lenguaje de la economía:
El am biente representa una visión de la naturaleza de acuerdo con
el sistem a urbano-industrial. Todo io que es indispensable para el siste­
ma deviene en parte del am biente. Lo que circula no es la vida, sino
m aterias prim as, productos industriales, contam inantes, recursos. La
naturaleza es reducida a un ser inerte, a un mero apéndice del am bien­
te. Estam os asistiendo a la m uerte simbólica de la naturaleza al mismo
tiem po que presenciam os su degradación física (Escobar, 1995: 13).

Esta econom ización de la naturaleza se corresponde con la p er­


cepción hoy dom inante, que cosifica todas las dim ensiones de la vida
y las convierte en m ercancías potenciales o reales. Hoy existe una
creciente preocupación p o r los problem as am bientales, p o r cuanto
ponen en peligro la viabilidad del sistem a económico, de m anera que
se impone la necesidad de gestionar los recursos con precaución, ya
que no tienen un crecim iento ilimitado, es decir, se trata de «economi­
zarlos» porque son escasos y ponen en peligro que la tasa de benefi­
cios pueda sostenerse. La propia noción de sustentabilidad, que está
bastante consensuada como opción para el desarrollo, está totalm ente
impregnada del lenguaje económ ico (Jiménez, 1995; M. O'Connor,
1994). Las actitudes conservacionistas, a su vez, son un síntom a de
la m ercantilización de la naturaleza, la respuesta em ocional a las con­
secuencias de esta m ercantilización.5 Éste es el contexto en que el
concepto de «medio am biente» se separa del de «naturaleza» y conno­
ta significados diferentes. M ientras el prim ero procede del cam po
científico-técnico y nos evoca el m undo construido, el segundo es un
concepto que evoca un estadio primigenio, arm ónico, en donde la p re­
sencia de seres hum anos no altera significativam ente las leyes regula­
doras de los ciclos naturales.
Sucede con la naturaleza algo equivalente a lo que vimos con la
cultura. A la im agen del noble salvaje o de pueblos indígenas supues­
tamente no evolucionados y prim igenios se corresponde la im agen de
una naturaleza salvaje e intocada por la m ano hum ana, que en nues­

5. La mercantilización de la naturaleza no sólo se expresa en el aprovechamiento de sus


recursos para la producción, sino también en el valor añadido que se otorga a los productos
que se puede calificar de «naturales», así com o a los espacios que se consideran menos altera­
dos por la presencia humana (parques naturales, espacios protegidos) (N. Smith, 1996).
122 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

tro im aginario colectivo forma parte de un m undo que hemos perdi­


do, al que por este m ism o motivo valoramos altam ente y cuyos reta­
zos nos esforzam os en preservar. E n am bos casos se trata de unas
im ágenes rom ánticas que no se corresponden con lo que la historia, la
antropología y la ecología histórica han podido demostrar. Veíamos
en el capítulo 2 que incluso las culturas que hoy percibimos como las
m ás prim itivas son, en realidad, fruto de la convergencia de determ i­
nadas fuerzas económ icas y políticas que proceden tanto de su propio
acontecer histórico como del contexto global en que se hallan inm er­
sas. Consideraciones sim ilares podem os hacer respecto a la naturale­
za. H eadland (1994) insiste en que la idea de que ha existido en otros
tiem pos una naturaleza prístina y arm ónica es incorrecta y que la
m ayor parte de bosques que hoy consideram os salvajes son en reali­
dad antropogénicos, fruto de la acción hum ana o, como mínimo, de la
inhibición hum ana, pero que no existen al m argen de la humanidad.
De hecho, buena parte de la naturaleza que hoy querem os preservar
ha tom ado su form a debido a siglos de actividad hum ana y es produc­
to de u n a construcción social. Más aún, el paisaje natural es producto
de relaciones de clase, de género y raciales: no es nada neutro, ni nada
«natural» (Soper, 1996).
E sta invención de la n atu raleza puede ejem plificarse con el caso
de los Pirineos. Como fruto de los contactos con el exterior se ha
p ro d u cid o u na «reinvención» o una reinterp retació n de este lugar
de m o n tañ a desde u n a óptica externa, tanto de las características
que p arecían ser representativas de u n a sociedad tradicional como
del propio espacio piren aico y de sus com ponentes naturales. Este
m ovim iento de reinvención em pieza ya a finales del siglo xvm en la
vertiente norte, siguiendo el m odelo inglés y con clara relación con
el esp íritu del ro m an ticism o que se estaba gestando. El excursionis­
m o y el term alism o son las prim eras m anifestaciones de esta etapa
te m p ran a de descu b rim ien to del Pirineo desde el m undo urbano,
que en la vertiente su r se produce m ás tarde y se inicia especial­
m en te p o r im pulso del C entro E xcursionista de C ataluña. La p re­
sencia de refugios, pistas de esquí, teleféricos, senderos señalizados
y carreteras son resp u estas concretas a las nuevas dem andas de
consum o de alta m o n tañ a p o r p arte de los que no viven en ella.
La vida actual de los Pirineos es fruto de esta reinvención, y el
atractivo turístico de la zona tiene que ver con su imagen de naturaleza
intocada y con la presencia de pueblos tradicionales. Pero el propio
uso hum ano del Pirineo (tanto por sus propios habitantes como por
los que viven fuera de él) supone una constante construcción y recons­
trucción de este espacio natural y social, que se ha adaptado a las
necesidades y gustos de cada m om ento. Hay parajes naturales, muy
ECOLOGÍA, NATURALEZA Y CAMBIO SOCIAL 123

apreciados como tales, que han sido fuertem ente m odificados para
fines muy concretos: los lagos de Juclar y de Engolasters en Andorra, o
el de Sant Maurici en el parque natural de Aigüestortes, por ejemplo,
son, en realidad, lagos artificiales que se construyeron para contener el
agua canalizada. Hay parajes naturales que se adaptan para los nuevos
deportes de aventura: rafting, ala delta, barranquism o, etc. Hay parajes
artificiales que se crean im itando los naturales, para m ejor acceso y
disfrute de los urbanitas: el lago de Puigcerdá, el parque nuevo de Olot,
así como m uchos de los parques y jardines que rodean diversos hoteles
son ejemplo de lo que decimos. Hay neoarquitectura de m ontaña, que
intenta im itar el estilo tradicional, que enseña la piedra e im pone unas
formas uniform izadoras y foráneas. Los métodos artesanales de p ro ­
ducción son reivindicados y reinventados, intentando con ellos d ar una
idea de los productos tradicionales, como sucede con buena parte de la
artesanía alim entaria, que en el caso del Pirineo gira en torno a los
quesos y embutidos. Los productos «naturales» ganan adeptos en
general, pues tienen una garantía especial p ara los consum idores. Esto
produce en el Pirineo una sobrevaloración de las actividades predado­
ras, que por este mism o motivo se ven som etidas a control, como suce­
de con la pesca, la caza m ayor y m uy especialm ente con la recolección
de setas. Y así podríam os seguir con m uchas otras dimensiones con­
cretas de la invención de la naturaleza en el caso del Pirineo, que
puede aplicarse a otros m uchos lugares.
Estamos en un m om ento en el que las imágenes de la naturaleza se
están modificando con sum a rapidez, como fruto del im pacto de las
tecnologías de com putadoras, la informática, la biotecnología genética
y la biología molecular. Donna Haraway (1995) ha llamado a este fenó­
meno una «reinvención posm oderna de la naturaleza», cuyo principal
exponente es la figura de los cyborgs, m ezcla de m áquina y organismo,
que se incorporan a nuestro im aginario como posibilidad a través del
camino abierto por la ciencia y por la técnica. Los cyborgs se encuen­
tran hoy am pliam ente difundidos a través de los relatos de ciencia fic­
ción y de los nuevos cuentos infantiles; sin embargo, tienen una cierta
verosimilitud porque encajan con nuevas realidades y se corresponden
con los cambios que se están produciendo en nuestras nociones orgáni­
cas sobre la vida.6 Pensemos, por ejemplo, en las polémicas recientes

6. El imaginario del cyborg es lecno-cientffico, m asculino y altamente militarizado y nos


confronta con nuestras experiencias y nuestras expectativas de futuro (pensem os en el Tentii-
nalor protagonizado por Amold Schwarzenegger: ¿nos imaginamos a través de él un mundo
socialista, sensible, feminista?). ¿Qué posibilidades abre esta reinvención de la naturaleza,
hacia dónde conduce? Haraway insiste en que los logros de la ciencia no han de encam inarse
necesariamente hacia esta clase de situaciones y esto m ism o obliga a repensarlos y a recondu-
cirlos hacia un futuro con perspectivas más esperanzadoras.
124 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

m otivadas por los experimentos de clonación con animales debido al


tem or que genera la posibilidad de que lleguen a realizarse con seres
hum anos, o en todas las m inuciosas regulaciones sobre las técnicas de
procreación asistida, que buscan evitar los posibles abusos derivados
de la m anipulación de embriones. E n cualquier caso, las nuevas figuras
del bebé probeta o de los úteros de alquiler están cam biando nuestras
nociones acerca de lo «natural»: la técnica hace realidad algo que hace
años no era factible ni tan sólo im aginar y el discurso científico avala
esta posibilidad. Los cyborgs representan, justam ente, este ensamblaje
de elem entos orgánicos, tecnológicos y narrativos (científicos, cultura­
les). La frontera entre naturaleza y cultura se rompe, puesto que la dis­
tinción entre organism o y m áquina se diluye: am bos se confunden e
identifican. Estam os cam inando, pues, hacia la construcción de una
nueva categorización de la naturaleza, de unos nuevos contenidos.
Si nos atenem os ah o ra a las disciplinas académ icas y, m ás en con­
creto, a la antropología social, encontram os, tal com o hem os dicho
ya, que en ellas predom ina el uso de térm inos tales com o medio
am biente, ecosistem a o entorno. Sean cuales sean las denom inacio­
nes que utilicem os, el análisis de la naturaleza y de sus relaciones
con la cultura no es ajeno a los enfoques p o r los que es percibida y
categorizada. Así, la perspectiva neoliberal parte del concepto de
escasez, y las m ism as nociones que el form alism o aplica a la defini­
ción de econom ía (recordém osla: «relacionar medios escasos con
fines alternativos») las encontram os tam bién aplicadas a la naturale­
za: los recursos son escasos y, p o r tanto, hay que gestionarlos de
acuerdo con fines alternativos. La perspectiva culturalista enfatiza,
en cam bio, el papel de los sistem as cognitivos, de las norm as y de los
sím bolos en la relación que establecen los seres hum anos con la
n aturaleza y en este sentido cada cultura es particular y única. Para
seguir el paralelism o con la antropología económ ica, este enfoque se
correspondería con el sustantivism o, que huye de las concepciones
econom icistas y se interesa p o r los procesos vitales esenciales de
cada sociedad. El ecosocialismo considera la naturaleza como una
construcción social, históricam ente producida y reproducida, fruto
de determ inados sistem as de producción. Por tanto, los recursos no
son escasos por definición, sino en relación a las técnicas disponibles
y a las relaciones sociales que se im brican en la producción: a los
lím ites im puestos p o r la naturaleza hay que añadir los que se derivan
del nivel de las fuerzas productivas y del acceso desigual de las perso­
nas a los m edios de vida.
La relación entre cultura y naturaleza (o entre población y entorno,
si prefiere utilizarse el vocabulario ecológico-técnico) ha ocupado una
parte sustantiva del análisis antropológico, pero, evidentemente, el
ECOLOGÍA, NATURALEZA Y CAMBIO SOCIAL 125

papel que se otorga a la naturaleza o a la cultura varía de acuerdo con


ia perspectiva teórica utilizada. Así, la naturaleza puede considerarse
:omo un ente autónom o y pasivo, que es modificado por las actividades
humanas pero que existe con independencia de ellas, y en este caso
naturaleza y cultura son una especie de com partim ientos estancos, au n ­
que se relacionen entre sí. Como contrapunto, naturaleza y cultura pue­
den considerarse partes de un mism o sistema, y en este caso se trata de
analizar su interacción recíproca, sea cual sea el grado de dominio que
se establezca por cada uno de estos parám etros sobre el otro.

5.3. La naturaleza com o esp acio y com o entorno

D urante años han predom inado en la antropología los enfoques


que asignan a la naturaleza un rol pasivo, ya que todo el protagonis­
mo se otorga a la cultura. La crítica al determ inism o am biental (y
racial) es form ulada claram ente por Boas; no obstante, es A. L. Kroe-
ber quien convierte al posibilismo en la posición teórica «normal» de
la antropología. La cultura es «supraorgánica», afirm a K roeber
(1917), está m ás allá, fuera de lo orgánico (de los com ponentes bioló­
gicos del cuerpo y de la mism a naturaleza). La cultura se encuentra en
la naturaleza (localización), pero no está producida por la naturaleza.
Las causas inm ediatas de los fenómenos culturales son otros fenóm e­
nos culturales. De acuerdo con estos presupuestos, Kroeber analiza la
distribución espacial de los rasgos culturales y acuña el concepto de
área cultural. No es que se niegue la im portancia del entorno, sino que
se lo considera como un factor que lim ita ciertos desarrollos cultura­
les. Permite explicar, pues, por qué ciertos elem entos culturales no
aparecen, pero no, en cambio, p o r qué otros sí lo hacen. El entorno
posibilita la cultura, es su m arco físico, pero no tiene ninguna contri­
bución activa (Herskovits, 1952; Forde, 1934). Es el espacio en que se
encuentra una determ inada cultura y, p o r tanto, es susceptible de ser
dividido en regiones separadas y excluyentes. Éste es el fundam ento
de la idea de cultura como un aislado estructural form ado por un con­
junto de rasgos que se concretan en el espacio y que conform an aque­
lla vieja concepción de que a una etnia le corresponde una cultura. En
el apartado 2.2 hemos exam inado las lim itaciones que com porta esta
forma de entender la cultura p ara su com prensión.
La introducción de la perspectiva ecológica en la antropología hace
variar esta concepción, que se sustituye por otra de tipo interaccionis-
ta. Se reconoce la influencia que puede ejercer el entorno sobre las
actividades culturales, y a la inversa. Pero el supuesto interaccionism o
acaba no siendo tal, puesto que cultura y naturaleza se analizan com o
126 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

entidades separadas y luego se intenta ver cómo estas esferas externa­


m ente relacionadas se influyen entre sí (Vessuri, 1986: 205).
No pretendem os presentar aquí el conjunto de aportaciones que
constituyen el cam po de la antropología ecológica, como tampoco lo
hem os hecho en el caso de la antropología económica. Insistiremos
sólo en aquellos aspectos que suponen un cam bio de paradigm a o que
pueden considerarse los antecedentes de la perspectiva de la ecología
política.7 Y en este punto es obligado citar a Leslie White y a Julián
Stew ard. W hite (1949) introduce un énfasis que luego será recuperado
por los enfoques neoevolucionistas: la idea de que hay distintos gra­
dos de eficiencia tecnológica y de que la evolución hum ana puede
definirse en térm inos de la capacidad para capturar energía del entor­
no. Su enfoque, claram ente unidim ensional y determ inista (se trata de
m edir la cantidad de energía per cápita, sin considerar otras varia­
bles), es criticado p o r Stew ard (1955), quien insiste en la necesidad de
an alizar la relación entre ciertos rasgos del entorno y ciertos rasgos
de la cultura, y porque inaugura, justam ente, el m étodo de análisis
que denom inará «ecología cultural».

La ecología cultural difiere de la ecología hum ana y social en la bús­


queda p o r explicar el origen de modelos y características culturales que
caracterizan áreas diferentes m ás que en derivar principios aplicables a
cualquier situación cultural y am biental. Difiere de las concepciones
relativista y neoevolutiva de la historia cultural en que introduce el
entorno local com o factor extracultural en la infructuosa suposición de
que la cultura viene de la cultura. Así, la ecología cultural presenta un
problem a y un m étodo (Steward, 1992 [1955]: 339).

El problem a, nos sigue diciendo Steward, «es com probar si las


adaptaciones de las sociedades hum anas a sus entornos requieren
modos particulares de com portam iento o si dan libertad para varios
posibles modelos de com portam iento» (p. 39). Ésta es la base de la
«evolución multilineal». Los diferentes aspectos que componen una
cultura son interdependientes, pero no todos presentan el mismo grado
y tipo de interdependencia y, p o r tanto, no cam bian al mismo ritmo.
El «núcleo cultural» incluye los elementos de la cultura más estrecha­
m ente ligados a las actividades de subsistencia y a las formas de orga­
nización económica, incluyendo patrones sociales, políticos y religiosos.
Los restantes elem entos culturales están vinculados con la historia

7. Para una presentación global de la antropología ecológica nos remitimos por tanto a
los libros o artículos que sintetizan este enfoque. Véanse, por ejemplo, Contreras (1995), Har-
desty (1979), Martínez Veiga (1978, 1985a), Netting (1977), Orlove (1980), Vessuri (1986), Val-
dés (1977), Valdés y Valdés (1996) y Vayda y McKay (1975).
ECOLOGÍA, NATURALEZA Y CAMBIO SOCIAL 127

cultural, son m ás autónom os y dan la apariencia de diferenciación


externa a culturas que tienen núcleos similares. Por lo que respecta al
método, éste viene caracterizado por la necesidad de tener en cuenta
la complejidad y nivel de la cultura, que se expresa m ediante el con­
cepto de «nivel de integración sociocultural». Im plica analizar la in-
terrelación de la tecnología con el entorno, los m odelos de com porta­
miento asociados al uso de una tecnología particular y la relación de
la tecnología con otros aspectos de la cultura.
Estas dim ensiones son las que sitúan a Stew ard com o el au to r
que inaugura el estudio de la problem ática am biental en la an tro p o ­
logía. Él se interesa po r la form a en que se usa la tecnología p ara
explotar el entorno a través de la producción y se interesa tam bién
por los patrones de sociales que son posibilitados p o r la organización
de las técnicas de subsistencia. Fijém osnos en que Stew ard utiliza las
nociones de entorno y de am biente, inspirándose en la ciencia ecoló­
gica, y en que su perspectiva tendrá una gran influencia en el grupo
de antropólogos neoevolucionistas y funcionalistas que, de acuerdo
con Orlove (1980), conform an el segundo estadio de la antropología
ecológica.
Hacia la m itad de la década de los sesenta, el concepto de ecosiste­
ma pasará a ser fundam ental, y la sociedad hum ana se considera
como una población ecológica integrada en él. El énfasis se sitúa en la
comprensión de la adaptación de la sociedad al entorno y de los
mecanismos reguladores por el que se produce el ajuste. R appaport
tiene un artículo tem prano (1956) en el que introduce los conceptos
ecológicos m odernos en la antropología; asim ismo, es bien conocida
su monografía sobre los tsembaga m aring (Rappaport, 1968), en donde
analiza los flujos e intercambios energéticos y enfatiza el papel de las
imágenes culturales sobre la naturaleza en las actuaciones respecto al
medio am biente. Otra m onografía m uy ilustrativa de la perspectiva
neofuncionalista es la de Betty Meggers (1976), sobre la Amazonia,
que se basa en el concepto de adaptación. Parte de la diferenciación
en las características y potencial de subsistencia de las regiones de
várzea y las de tierra firme y considera las culturas com o respuestas
adaptativas a tales condiciones.8
A partir del método de la ecología cultural se estudian a los cazado-
res-recolectores, pastores nóm adas, agricultores de subsistencia y cam ­
pesinos, y, a pesar de las m inuciosas descripciones sobre las técnicas de
subsistencia, el énfasis se sitúa m ás en la cultura que en el am biente

8. En la Amazonia se han aplicado todos los enfoques y perspectivas de análisis posibles


de la antropología ecológica. Como visiones de síntesis valorativas de estas aportaciones son
interesantes los artículos de Johnson (1982), de Sponsel (1986) y de Viveiros de Castro (1996).
128 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

(Vessuri, 1986: 209). Uno de los conceptos m ás utilizados será el de


«capacidad sustentadora del territorio», por el que se intenta establecer
el volum en de población total que puede m antenerse en un territorio,
teniendo en cuenta los factores limitativos que derivan del entorno y
del nivel tecnológico disponible. Este concepto m uestra la falta de con­
sideración hacia la com plejidad de factores que condicionan los proce­
sos productivos, com o la diferenciación social interna de las comunida­
des, o las fuerzas económ icas y políticas de alcance más global.
La perspectiva de la ecología cultural se enriquecce con el análisis
de las estrategias adaptativas, que se inspira en los trabajos iniciales de
Frederik B arth (1956) y supone tener en cuenta la variedad de opcio­
nes que se pueden ado p tar en las pautas de subsistencia y de consu­
mo. La teoría de sistem as y la teoría de la com unicación inspiran el
análisis sobre los flujos de energía, los m ecanism os de regulación y los
m ecanism os de retroacción. Se trata, por tanto, de unos enfoques que
tienden a enfatizar el equilibrio en la relación entre población hum ana
y entorno, y, aunque el análisis de las estrategias adaptativas introduce
análisis procesuales, éstos son de corto alcance y refuerzan tam bién el
carácter funcional de las distintas opciones posibles. En todo caso, las
aportaciones de los ecólogos culturales serán muy fructíferas para la
antropología económ ica, puesto que introducen el análisis de muchas
dim ensiones nuevas y contribuyen a cam biar los presupuestos (o pre­
juicios) sobre los pueblos con econom ía de subsistencia.9
C om entario aparte m erece la obra de Marvin H arris, que se inscri­
be en la corriente que se denom inará como «materialismo cultural».
H arris otorga prioridad a los factores tecnológicos y tecnoeconómicos
(variables infraestructurales) com o m odeladores de la organización
social y de los com ponentes ideacionales de la cultura, y todos ellos
esenciales para entender las form as específicas de adaptación al
entorno. Desde el punto de vista metodológico, el m aterialism o cultu­
ral considera que deben analizarse las estructuras de producción y
reproducción (etic), pues éstas determ inan los modos ideacionales
y conductuales, em ic.'0 Dicho de otra forma: se parte del determinis-
m o infraestructural, com o principio que perm ite explicar las regulari­
dades sujetas a las leyes presentes en la naturaleza. Los seres hum a­
nos, sostiene H arris (1982: 72), no pueden cam biar las leyes que
im pone la naturaleza y lo m ás que pueden hacer es buscar un equili­

9. Serán especialm ente relevantes las investigaciones sobre grupos de cazadores-recolec­


tores y la publicación de los resultados de un sim posio que se recoge en el libro de Lee y De
Vore (1973). Véanse al respecto las valoraciones de Sahlins (1977) o de Valdés (1977).
10. Harris toma del lingüista Kenneth Pike la distinción elic/emic para diferenciar las
categorías y conceptos em pleados en los análisis científicos de aquellos que se generan en cada
cultura particular.
ECOLOGÍA, NATURALEZA Y CAMBIO SOCIAL 129

brio entre la reproducción y la producción y el consum o de la energía


necesaria para sobrevivir. El único factor que perm ite alterar esta
ecuación es la tecnología, aunque la evolución tecnológica (frecuente­
mente im pulsada por el crecim iento dem ográfico) se ve lim itada por
la capacidad de cada háb itat de ser m odificado sin que los cam bios
introducidos sean irreversibles. Así:

La infraestructura representa la principal zona interfacial entre natu­


raleza y cultura, la región fronteriza en la que se produce la interacción
de las restricciones ecológicas, químicas y físicas a que está sujeta la
acción hum ana con las principales prácticas socioculturales destinadas a
intentar superar o m odificar dichas restricciones (Harris, 1982: 73).

La perspectiva del m aterialism o cultural queda perfectam ente


plasmada en el análisis de H arris sobre los tabúes alim entarios
(Harris, 1978, 1980). El hecho de no consum ir determ inados alim en­
tos es explicado en térm inos de los condicionantes adaptativos y de la
compleja relación entre el entorno y el sistem a tecnoeconóm ico, en
tanto que los tabúes y los com ponentes ideacionales que conform an el
gusto o rechazo de ciertos alim entos vienen determ inados por aquella
relación. Las principales críticas a esta orientación vendrán form ula­
das por Sahlins (1969, 1988a), que frente a la «razón práctica» co n tra­
pone el «orden cultural» y tam bién p o r Godelier (1976), quien consi­
dera que se cae en un em pirism o exagerado que pervierte los postula­
dos de Marx, por lo que califica directam ente esta orientación de
«materialismo vulgar».11
En térm inos generales puede decirse que el enfoque de la ecología
cultural que inaugura Stew ard presenta serios límites, que sus segui­
dores reproducirán, y que, de acuerdo con Painter (1995: 2-4), se cen­
tran en dos aspectos: 1) Tratar la producción com o un proceso m era­
mente técnico, sin tener en cuenta sus dim ensiones sociales y sin
conectar los procesos locales con otros de m ás am plio alcance. 2)
Rechazar la contextualización histórica, de m anera que no puede p re­
guntarse por las causas que conducen a una determ inada situación
local. El resultado es que los modelos son descriptivos m ás que expli­
cativos, puesto que se enfatiza el equilibrio entre población y entorno
y los sistem as de producción se presentan siem pre en situación de
estabilidad. Además, el hecho de tom ar com o unidad de análisis a
poblaciones locales dificulta reconocer su diferenciación interna, así
como los lazos sociales, económ icos y políticos en que se integran.

11. Para un análisis de la confrontación entre las posturas del materialismo y del cultu-
ralismo y de los intentos de síntesis véase Contreras (1995: 55-67).
130 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

5.4. La naturaleza com o construcción social

E n un trabajo sobre los sistem as de pastoreo nóm ada en África,


H jort (1982) criticó los modelos de la ecología cultural, centrándose
especialm ente en el concepto «capacidad sustentadora del territorio»,
que no tiene en cuenta las dim ensiones sociales de la producción, ni
las condiciones históricas de su surgim iento, ni contextualiza tampo­
co los intereses en com petición sobre unos mism os recursos. Debido a
ello, y tam bién a la falta de consideración del contexto m ás amplio, se
ha difundido el tópico, p o r ejemplo, de que el pastoreo nóm ada con­
duce a la degradación am biental; no se han tenido en cuenta, en cam­
bio, las causas reales que provocan la debilidad de m uchos pueblos
pastores, com o es su m arginalización y falta de acceso a recursos crí­
ticos para su subsistencia. E n esto m ism o insiste Little (1992) en su
m onografía sobre el cam bio económ ico entre los baringo de Kenya.
La privatización de tierras com unales, los conflictos por la utilización
de la tierra, el rol del Estado en la regulación de los sistem as de tenen­
cia de la tierra y la creciente diferenciación interna son aspectos bási­
cos para com prender la evolución reciente de los pueblos pastores.
Esto obliga a rein terp retar la supuesta incapacidad de estos pueblos
para vencer la pobreza. Lo interesante del trabajo de Little es que
parte del fuerte desastre clim ático que se produjo en 1980 para
dem ostrar que la sequía es un estado «normal» en la zona, pero que la
respuesta de los baringo, inhibiéndose, no fue en absoluto normal.
P ara entenderlo debían incluirse en el análisis diversas variables, que
usualm ente la ecología cultural no ha tom ado en consideración: el
absentism o de los grandes propietarios ganaderos y su competencia
por los pastos; la realización de trabajo asalariado, que lim ita la dis­
ponibilidad de fuerza de trabajo, así como las formas de ganadería
sedentaria, que suponen la sobreexplotación de ciertas zonas de pasti­
zales y el desaprovecham iento de otras. La metodología utilizada
im plica analizar el proceso de producción, integrando tanto las varia­
bles estructurales económ ico-políticas como las derivadas de las estra­
tegias individuales.
El enfoque de la ecología política asum e la necesidad de vincular
ecología y econom ía a través del análisis del proceso de producción.
E n esta línea, Collins (1993: 180) propone: 1) redirigir la atención al
proceso de trabajo; 2) focalizar cóm o las fuerzas materiales y sociales
se com binan en el trabajo productivo, y 3) insistir en la necesidad de
historizar nuestra com prensión de las interacciones hum anas/m edio
am bientales. Desde estas coordenadas, la naturaleza se considera en
gran parte u n a construcción social y no algo independiente de la
acción hum ana:
ECOLOGÍA, NATURALEZA Y CAMBIO SOCIAL 131

E n lugar de tratar el entorno como una entidad pasiva que im pone


límites a la actividad hum ana, se trata de focalizar la relación dinám ica
entre actividad productiva hum ana y base de recursos física. La n atu ra­
leza de esta actividad está modelada por la determ inación social de cuáles
son los recursos naturales críticos en determ inado tiem po y lugai', la
distribución del acceso a tales recursos y la naturaleza de los arreglos
institucionales que m edian tal acceso (Painter, 1995: 7-8).

Distintos autores defienden, adem ás, la necesidad de incorporar


una perspectiva procesual, pues «los recursos naturales críticos en
cada tiempo y lugar» pueden variar en el devenir histórico. Headland
(1994) aboga incluso por la constitución de una especie de «ecología
histórica» que tenga en cuenta tanto la historia del entorno com o de
la cultura que se encuentra en él:

Cuando analizam os un sistem a ecológico ocupado p o r hum anos, no


sólo hemos de estudiar cóm o los com ponentes hum anos inducidos (eco­
nomía, religión, política, nuevas carreteras u hospitales) influyen sobre
el flujo de energía e inform ación, sino que tenem os que analizar el eco­
sistem a diacrónicam ente. Es decir, tenem os que indagar en la historia
del propio ecosistema, si querem os com prender su estructura y funcio­
nes, así com o la cultura de la gente que hay en él. Y cuando aquí digo
historia, no m e refiero únicam ente al estudio del pasado de la gente,
sino al que incluye un análisis de la dialéctica entre cam bio am biental y
cambio cultural (Headland, 1994: 5) (cursiva en el texto).

La incorporación de la historia constituye una reacción al neo-


funcionalism o que caracterizaba a la ecología cultural. Tam bién lo es
dejar de concentrarse en poblaciones locales y tener en cuenta uni­
dades m ás am plias (econom ía política) o m ás reducidas (acción indi­
vidual), lo que evita considerar tales poblaciones com o aislados
estructurales internam ente indiferenciadas. De acuerdo con Orlove
(1980: 261), la elim inación de la perspectiva funcionalista tiene com o
ventajas: 1) la focalización en los m ecanism os que vinculan m edio
am biente y com portam iento; 2) la capacidad para incorporar el con­
flicto, así como la cooperación, y 3) llevar a cabo estudios más preci­
sos de actividades productivas, patrones de asentam iento, etc., sin
partir del presupuesto de su equilibrio funcional.
La producción es un acto de apropiación de la n aturaleza e im ­
plica la transform ación de los recursos en productos utilizables
mediante instrum entos y trabajo. El entorno y la tecnología se cons­
truyen socialm ente a través de las relaciones sociales que se estable­
cen en la producción y que cristalizan en el proceso de trabajo. Así
pues, ecología, tecnología y trabajo están en estrecha relación (Con-
132 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

treras, 1991: 343). Diversos autores defienden la idea de que para


su p erar el debate sobre el predom inio de la naturaleza o de la cultu­
ra el análisis debería focalizarse en la producción, justam ente por­
que es lo que vincula el cam po tecnoecológico con el sistem a cultural
(Collins, 1993; Cook, 1973; Godelier, 1989a; Hjort, 1982; Painter,
1995; Rutz, 1977).12 Además, en la producción se ponen en juego las
necesidades e intereses conflictivos entre los m iem bros de una socie­
dad, así com o las distintas estrategias adoptadas p o r grupos particu­
lares. P or tanto, el análisis de la producción obliga a desarrollar una
perspectiva m ás com pleja, que va m ás allá de considerar la adapta­
ción m eram ente com o u n conjunto de respuestas técnicas de una
población indiferenciada a las condiciones del entorno físico. De esta
form a la producción deviene un concepto integrador entre los cam ­
pos de la antropología ecológica y la antropología económ ica (Cook,
1973: 35).
P artirem os de un fragm ento de un texto de Godelier p ara expre­
sar m ejor cóm o la producción vincula los ám bitos de la naturaleza y
de la cultura. E n su introducción al libro Lo ideal y lo material, Gode­
lier p lantea que la gran diferencia de los seres hum anos respecto a
otros seres sociales reside en que los prim eros producen sociedad y
cu ltu ra p ara vivir y, con ello, fabrican la historia. Los segundos, en
cam bio, tam bién son fruto de la historia, pero de una historia que
ellos no h an hecho: la historia de la naturáleza. Hay, pues, una espe­
cificidad de los seres hum anos en el seno de la naturaleza de la que
form an parte. Y p ara in terp retar esta evolución diferencial form ula la
siguiente hipótesis:

El hombre tiene historia porque transforma la naturaleza. Y asimismo


la naturaleza propia del hombre consiste en tener tal capacidad. La idea
es que, de todas las fuerzas que pone el hombre en movimiento y le
hacen inventar nuevas formas de sociedad, la más profunda es su propia
capacidad de transformar sus relaciones con la naturaleza, transforman­
do la misma naturaleza. Y es esta misma capacidad la que le aporta los
medios materiales para estabilizar tal movimiento, para fijarlo durante
un período más o menos largo en una nueva forma de sociedad, para
desarrollar y extender mucho más allá de sus lugares de origen determi­
nadas formas nuevas de vida social inventadas por él (Godelier, 1989a:
17-18) (cursiva en el texto).

12. Vale la pena citar especialm ente el artículo de Johnson (1982), que hace una revisión
crítica de los enfoques de la ecología cultural, que califica com o reduccionistas, analizando
cóm o se han aplicado en el caso de la Amazonia. Lo interesante es el debate que genera este
artículo y las respuestas de distintos autores, que introducen matices o muestran una oposición
abierta a las posturas de Johnson, al representar las distintas tendencias teóricas que se han
puesto en juego en el análisis de la Amazonia.
ECOLOGÍA, NATURALEZA Y CAMBIO SOCIAL 133

Al decir esto, G odelier se inspira en la idea de Marx de que los


seres hum anos h an de crear las condiciones m ateriales de su existen­
cia, ya que ello se realiza a nivel colectivo y no individual; Marx
hablaba de «producción social de la existencia» y añadía que com o
consecuencia de esta producción se en trab a en toda u n a serie de
relaciones (no sólo económ icas, sino tam bién políticas, sociales,
ideológicas, etc.) que venían a d eterm in ar y configurar la conciencia
individual.
Así pues, la especie hum ana es el resultado de dos variables: los
seres hum anos son seres de la naturaleza y son tam bién seres sociales.
No se trata, sin em bargo, de un resultado pasivo, puesto que los seres
hum anos transform an la naturaleza para su uso. Al cam biar la n atu ­
raleza, cam bian su propia naturaleza hum ana y crean técnicas y cul­
tura m aterial. Las relaciones sociedad-naturaleza siem pre son bidirec-
cionales y dialécticas. Con el trabajo se crean y recrean relaciones
sociales y, al mism o tiem po que se m odifica la realidad m aterial, se
crean tam bién universos simbólicos significativos. El trabajo o, m ejor
dicho, el «trabajo social», cristaliza en ám bitos de organización, en un
complejo entram ado de interacciones hum anas al que denom inam os
«sociedad» (Wolf, 1987).
Las formas de existencia hum ana son, pues, el resultado de una
producción social, colectiva, en que intervienen diversas variables: hay
un medio natural lim itante y condicionante que, a pesar de tener estas
características, es susceptible de ser transform ado y de que los seres
humanos se apropien de lo que ofrece (recursos reales o posibles), gra­
cias a su trabajo y a los diferentes modos (o actos) de apropiación
material de la naturaleza, es decir, diferentes factores de producción.
Los modos de producción son, desde este punto de vista, modos de
adaptación, y así los considera Godelier, quien, partiendo de este con­
cepto, determ ina una nueva significación (no unívoca) de lo que es
económ icamente racional (1989¿>). E n otras palabras, no se trata de
utilizar el concepto de racionalidad económ ica cualificándolo de
exclusivo y únicam ente aceptable para una lógica de mercado. Se
trata de considerarlo de otra manera: dejar de entender lo «racional»
como una búsqueda de máximos y pasar a entenderlo com o una con­
ducta intencional que perm ite la adaptación a un m edio que im pone
sus propias restricciones.
Del concepto de racionalidad son inseparables el de norm atividad
y el de intencionalidad. Los m iem bros de una sociedad desarrollan
roles en una estructura y su participación en la econom ía im plica
actos de apropiación, transform ación, transferencia y utilización de
los recursos (Cook, 1973: 30). E n este sentido, G odelier acepta la p ro ­
134 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

puesta form alista de racionalidad económ ica en la m edida en que


im plica u na optim ación de los recursos. Ahora bien, existen muchas
form as de conseguirlo, que dependen de la m anera de representarse
la realidad. Cada sociedad tiene una m anera diferente de entender el
buen o el mal uso de los recursos: hay, en definitiva, m uchas formas
de racionalidad económ ica. No todo es intencional, sin embargo,
porque los resultados de m uchos procesos son inintencionales y de
efectos no previstos. Las consecuencias no intencionales de acciones
racionales derivadas de las decisiones individuales son analizadas
p o r R utz (1977) en un trabajo sobre Fiji, en el que se dem uestra la
posibilidad de conjugar el análisis de la acción individual con el de
las fuerzas estructurales de m ás am plio alcance.
R acionalidad y adaptación son dos conceptos extrem adam ente
vinculados. Cada sociedad es un todo inm erso en una totalidad supe­
rio r que funciona según unos m ecanism os lim itantes y condicionan­
tes y que puede subsistir y desarrollarse m ientras no se alteren tales
m ecanism os.
Los diversos m odos de producción representan diversos modos de
adaptación que, en el lím ite, es decir, cuando entran en contradicción
con las condiciones de reproducción del propio sistem a, pueden con­
vertirse en form as inadaptadas de existencia, que exigirán la adop­
ción de nuevas estrategias adaptativas. Y ocurre que la m ayor parte
de las sociedades prim itivas, contrariam ente a lo que se podría pen­
sa r (y en oposición a las sociedades consum istas), no viven en los
lím ites de las posibilidades de su sistem a, sino por debajo de los fac­
tores lim itativos de su medio: dejan sin usar un gran núm ero de
recursos y en unas condiciones que, lejos de perm itirles la acum ula­
ción de riqueza y la evolución hacia una econom ía de mercado, les
facilita únicam ente la reproducción de las m ism as condiciones de
existencia a las que están adaptados. Pero tam bién hay desadapta­
ción e involución, y en esto insiste Godelier,- porque de lo que se trata
es de an alizar las condiciones de reproducción o transform ación de
las sociedades y no de insistir en las form as de equilibrio y de auto­
rregulación.
E n este punto hay que señalar una cuestión im portante: los seres
hum anos, por m ucho que actúen respecto a la naturaleza y la trans­
form en en su provecho, no dom inan totalm ente sus leyes ni la direc­
ción del proceso evolutivo. Esto es lo que Godelier denom ina raciona­
lidad no intencional, e insiste en que la historia de los seres humanos
es el producto de un encuentro entre dos lógicas, una intencional y
otra no intencional (1989¿>: 92-94). Las personas, a diferencia de otros
seres vivos, pueden tener conciencia de su destino y de las condicio­
ECOLOGÍA, NATURALEZA Y CAMBIO SOCIAL 135

nes de su existencia, pero esto no significa que puedan dominarlas,


porque no pueden dom inar por com pleto las leyes de la naturaleza.
Precisam ente se ha discutido m ucho acerca de hasta qué punto Marx
adm itía la existencia de leyes autónom as de la naturaleza, puesto que
tanto insistió en el carácter social de la interrelación que la hum ani­
dad tiene con ella. Si se adm ite que no todo en el entorno puede dom i­
narse (con independencia incluso de cuál sea el nivel de las fuerzas
productivas) y que las leyes de la naturaleza tienen cierto m argen de
autonom ía y de independencia, entonces debe reconocerse tam bién
que no todo en la naturaleza es construcción social.
Tal como hem os señalado m ás arriba, las personas para poder
sobrevivir establecen relaciones sociales entre ellas y lo hacen en u n a
forma que lógicam ente está relacionada con su interacción con la
naturaleza y los lím ites que ésta im pone. Pero tal com o indica Che-
valier (1982: 100), eso no quiere decir que las relaciones de p roduc­
ción puedan deducirse directam ente de las fuerzas productivas exis­
tentes, ni que estas últim as puedan reducirse a los efectos determ i­
nantes de las fuerzas naturales dom inantes. Chevalier explica esta
idea a través del análisis de la agricultura de tala y quem a, que usual­
mente se ha descrito com o la form a m ás ad ap tad a a las condiciones
de fragilidad y a la pobreza del suelo de los bosques tropicales y se
entiende que la diversificación de los cultivos es un corolario de esta
adaptación (Geertz, 1963; Meggers, 1976). En su trabajo sobre el valle
de Pachitea, en Peni, Chevalier m uestra que la agricultura de tala y
quema se ha orientando hacia cultivos especializados y que, adem ás,
los asentam ientos hum anos son m ucho m ás grandes y estables que los
que se encuentran en otras partes de la Amazonia. Y la agricultura
resultante puede considerarse bien adaptada, pues no se ha producido
una degradación am biental; eso es así p o r dos razones básicas: porque
buena parte de la producción se orienta al consum o propio y porque
el trabajo se realiza en base a relaciones sociales dom ésticas. Ni las
fuerzas del m ercado han supuesto cam bios im portantes en las rela­
ciones de producción, ni las form as de producción se han ap artad o
sustancialm ente de los lím ites que im pone el entorno. Así pues, com o
insiste Godelier, no toda la acción hum ana respecto a la naturaleza
tiene un carácter intencional y, p o r tanto, los seres hum anos no dom i­
nan las condiciones de su existencia y evolución. Y esto es pertinente
recordarlo hoy, cuando existe una confianza ilim itada en la ciencia a
pesar de los efectos no intencionales que derivan de la aplicación de
nuevas tecnologías.
Paralelam ente al enfoque de la ecología política se ha desarrolla­
do en estos últim os años el interés p o r analizar el cam po cognitivo
que se corresponde con los procesos específicos de adaptación de las
136 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

sociedades o poblaciones a m edios físicos determ inados. Esta pers­


pectiva, que en el cam po de la antropología ecológica se conoce
com o culturalism o, integra los conceptos y puntos de vista generales
de tipo biológico en la form a en que cada sociedad construye sus
ideas sobre la naturaleza, lo que m ediatiza la form a de interacción
que establece con ella. M ostrando cóm o la naturaleza es cultural­
m ente construid a y enfatizando las dim ensiones sim bólicas de esta
construcción, E der (1996a) critica la idea de apropiación m aterial de
la naturaleza acu ñ ad a p o r Marx, pues considera que cae en los mis­
m os presupuestos que el naturalism o, ya que el predom inio que otor­
ga a la cultura fagocita la naturaleza y se aplican al funcionam iento
de la cu ltu ra los m ism os principios que a los sistem as biológicos. El
culturalism o rein terp reta las relaciones entre sociedad, naturaleza y
cu ltu ra a p a rtir de rescatar el valor de la naturaleza como un ente
autónom o y com o fuente de vida, que no necesariam ente entra en
relación conflictiva con la cultura, ya que existen poblaciones su­
puestam ente respetuosas con las leyes reguladoras de los ciclos n atu ­
rales. La m oderna sociedad industrial, en cam bio, es crecientem ente
violenta y destructiva con la naturaleza y ello conduce hacia su pro­
pia destrucción. La perspectiva culturalista considera, pues, que la
construcción sim bólica de la naturaleza es un elem ento clave para
en ten d er las actuaciones hum anas respecto a ella y ha de ser un
punto de referencia en los debates sobre política am biental.
Como puede deducirse, este enfoque «mentalista» cam ina por una
senda bastante divergente del que enfatiza el análisis de las condicio­
nes de reproducción de los sistem as sociales e incorpora las premisas
de la econom ía política al relacionar las limitaciones im puestas por
las estructuras internas de la sociedad con las del medio ecológico. El
hecho de que la antropología ecológica desem boque en la ecología
política es una consecuencia lógica de este últim o tipo de aproxim a­
ción, aunque se está produciendo en el m ism o una incorporación de
este interés p o r dilucidar las dim ensiones simbólicas asociadas a la
percepción de la naturaleza. El propio Godelier (1989a) ha insistido
reiteradam ente en la im portancia de analizar las percepciones del
entorno p o r parte de las poblaciones que viven en él, ya que sum inis­
tra claves interpretativas p ara entender su propia lógica productiva.13

13. Son m uy ilustrativos los casos etnográficos por los que Godelier muestra estas dife­
rencias de x'epresentarse la realidad. Por ejemplo, los cazadores blancos y los indios naskapi de
la península del Labrador, o los pigm eos mbuti y los banlúes de la selva ecuatorial africana tie­
nen m ecanism os de subsistencia diferentes y se representan la realidad de manera diversa jus­
tamente porque la aprovechan de forma diferente. Cada una de estas maneras tiene su propia
lógica, su propia «racionalidad». Un inventario com pleto de esta variedad permitiría evitar caer
en la trampa etnocentrista del formalismo económ ico y en la trampa sustantivista de evitar a
toda costa la consideración económ ica que puede hallarse en los elem entos sociales.
ECOLOGÍA, NATURALEZA Y CAMBIO SOCIAL 137

E n los años recientes ha podido observarse un cam bio radical en


la clase de interacción existente entre la población hum ana y el
am biente natural com o consecuencia de la incorporación de socieda­
des con una econom ía de subsistencia a esquem as nacionales de
desarrollo. La ecología política surge en este contexto e intenta com ­
prender las causas y las consecuencias de la creciente degradación
am biental que com porta este proceso.
C a p ít u l o 6

ECOLOGÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA.


ENFOQUES, DEBATES

6.1. Precedentes de la ecología política en la antropología


económ ica

Hoy se puede hablar de la ecología política com o u n cam po espe­


cífico de interés y de investigación, pero se trata de algo m uy reciente,
puesto que el volumen de trabajos significativos se ha producido en
los últimos quince años. No es fácil, entonces, seleccionar los autores
que pueden considerarse como precedentes, especialm ente cuando
tales autores no sabían que lo eran y en tal caso su inclusión depende
del criterio de quien se em peña en buscar estos precedentes. Además,
como el cam po de la ecología política se está construyendo, no existe
unanim idad al respecto. E n todo caso, tres autores aparecen como los
más citados: Eric Wolf, Karl Polanyi y Clifford Geertz: Wolf p o r ser
quien por p rim era vez utiliza el térm ino «ecología política» y los otros
dos porque aplican en la práctica este tipo de enfoque en sus trabajos.
Es evidente que si consideram os com o precedentes a quienes han
relacionado ecología y política la lista podría am pliarse e incluir otros
muchos autores. Éste es el caso, p o r ejemplo, de Fredei'ick B arth y
Jonathan Friedm an. De Barth pueden destacarse sus tem pranos tra ­
bajos en la región de Swat, donde m uestra que las pautas de ocupa­
ción del territorio se vinculan estrecham ente a las form as de dom inio
político que los pataníes establecen sobre los otros grupos de la
región (kohistaníes y gujaratíes), o sus análisis sobre las pautas de u ti­
lización de la tierra y las adaptaciones políticas de las tribus nóm adas
de Persia m eridional (Barth, 1974, 1981). De Friedm an recuerdo m uy
especialmente un artículo que en su m om ento m e im presionó y m e
hizo replantear la m anera en que hasta entonces había visto tratados
los temas relativos a la ecología cultural. E n este artículo, Friedm an
(1977) analiza un grupo de sociedades situadas en la frontera cultural
140 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

del sureste de China, especialm ente la de los kachin, bien conocidos


en la antropología, y trata las transform aciones históricas de estos
grupos, relacionando los cam bios de su estructura política con las
condiciones ecológicas que condicionan el nivel de productividad que
se puede alcanzar y que im ponen límites a tales cambios. Añadiremos
tam bién a M aurice Godelier (1989), que hizo una im portante contri­
bución a p a rtir del concepto de racionalidad económ ica que analiza
en base a las relaciones entre sociedad y entorno, tom ando en consi­
deración las lógicas m ateriales y sociales que se ponen en juego en la
explotación de los recursos.
Pero volvamos a los tres autores señalados. En su obra La gran
transformación, publicada en 1944, Karl Polanyi se acerca mucho a los
actuales planteam ientos de la ecología política. Es un texto que curiosa­
m ente los antropólogos citan muy poco y que, en cambio, es invocado
como precedente por parte de la historia económica (Martínez Alier,
1992; J. O'Connor, 1991). Combatiendo los postulados de la economía
neoclásica, Polanyi plantea la com patibilidad entre los sistemas de pro­
ducción y la naturaleza y considera que el mercado capitalista, al impo­
ner su lógica, aniquila la naturaleza, pues la convierte en mercancía:

La producción es la interacción del hom bre y la naturaleza; si este


proceso debe ser organizado m ediante un mecanismo regulador de true­
que y de cambio, entonces es preciso que el hom bre y la naturaleza
entren en su órbita, es decir, que sean sometidos a la oferta y a la dem an­
da y tratados com o m ercancías, como bienes producidos para la venta.
Tal era precisam ente lo que ocurría en un sistema de mercado. Del
hom bre (bajo el nom bre de trabajo) y de la naturaleza (bajo el nom bre
de tierra) se hacían m ercancías disponibles, cosas listas para negociar,
que podían ser com pradas y vendidas en todas partes a un precio deno­
m inado salario, en el caso de la fuerza de trabajo, y a un precio denom i­
nado renta o arrendam iento, en lo que se refiere a la tierra. [...] Mientras
que la producción podía en teoría organizarse de este modo, la ficción
de la m ercancía im plicaba el olvido de que abandonar el destino del suelo
y de los hombres a las leyes del mercado equivalía a aniquilarlos (Polanyi
[1944], 1989: 216) (la cursiva es mía).

Observemos que Polanyi se centra en el m ercado capitalista y no en


las relaciones de producción y la explotación de la fuerza de trabajo, lo
cual se corresponde con todo el hilo conductor de su obra y le hace ser
uno de los máximos representantes del sustantivismo. Lo que se deba­
te a lo largo de su texto es el lugar de la econom ía en la sociedad y
m uestra cóm o el Homo oeconomicus es producto del capitalismo, una
invención reciente, que nace en el contexto de un tipo de sociedad
dom inada por la lógica del mercado, que subordina lo social, destruye
ECOLOGÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 141

las com unidades indígenas y las form as de vivir com unitarias, e im po­
ne la pobreza y el desarraigo en aras de la obtención del máximo bene­
ficio. Así deben interpretarse las situaciones de m iseria y de degrada­
ción ambiental: como resultado de un tipo de organización social y no
como producto de diferencias naturales o de castigos bíblicos. E n unos
años en que está en auge la ideología neoliberal, la obra de Polanyi es,
nos dice Jam es O’Connor, «una luz brillante en un cielo lleno de estre­
llas que decaen y de agujeros negros de naturalism o burgués, neomal-
thusianismo, tecnocratism o del Club de Roma, ecologismo profundo
romántico y "unim undialism o” de las Naciones Unidas» (1991: 114).
El libro de Geertz Involución agrícola, publicado en 1963, es otro
de los que frecuentem ente se citan com o precedente de la ecología
política. Este autor parte de la aproxim ación de la ecología cultural y,
más en concreto, de los conceptos introducidos p o r Stew ard p ara
analizar la evolución de los dos sistem as agrícolas predom inantes en
Indonesia, que se distribuyen de acuerdo con condiciones ecológicas
diferenciales. La agricultura intensiva (sawah) predom ina en la isla
de Java y se caracteriza p o r los cam pos abiertos, el m onocultivo, ele­
vada especialización, dependencia de nutrientes m inerales, necesidad
de infraestructuras y m antiene un equilibrio estable. La agricultura de
tala y quem a (swidden) predom ina en las islas Exteriores, donde hay
una gran abundancia de bosques tropicales, y se basa en la diversidad
de cultivos, ciclos de nutrientes con seres vivos, m anto vegetal de
cobertura y tiene un equilibrio delicado.
Geertz identifica sistem as agrícolas y ecosistemas. De hecho, des­
cribe los dos ecosistem as diferenciados a p artir de'cada uno de los sis­
temas agrícolas predom inantes en ellos, lo cual im plica enfatizar las
dimensiones tecnológicas e im pide profundizar en los factores socia­
les asociados a cada uno de estos sistem as. Pero lo que otorga im por­
tancia a la m onografía de Geertz es el concepto de involución agrícola
y el análisis de los factores políticos asociados a la evolución de los
sistemas agrícolas existentes.
El concepto de involución agrícola tendrá una fuerte repercusión
tanto en la antropología com o en las teorías sobre desarrollo. Geertz
constata que en el caso de Java se produce un proceso de progresiva
absorción de la población en el m arco del propio sistem a agrícola, de
m anera que cada vez m ás trabajadores trabajan en m inúsculas explo­
taciones de arroz, a m enudo com binadas con el cultivo de azúcar.
Toda la población adicional que crea indirectam ente la intrusión de
Occidente es absorbida p ara el cultivo del arroz, el cual consigue
m antener im portantes niveles de productividad de trabajo m arginal. Y
tomando como referente la estética, Geertz señala que «los sistem as
de propiedad se vuelven m ás intrincados, las relaciones más com pli­
142 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

cadas y los arreglos p ara el trabajo cooperativo m ás complejos, llegán­


dose a u na especie de sobreornam entación, a una elaboración gótica
del detalle técnico y organizativo». En esto consiste la involución agrí­
cola: en la consecución de elevados rendim ientos p o r unidad de tierra
a costa de u na enorm e intensificación del trabajo, de elaboraciones
costosas, de técnicas cada vez m ás sofisticadas (Geertz, 1963: 81-82).
Geertz califica a este fenóm eno de tragedia, porque no conduce hacia
nuevas alternativas, sino hacia una irritante estabilidad.

La tragedia real de la historia colonial de Java desde 1930 no está en


que los campesinos hayan sufrido. En otros sitios han sufrido mucho
m ás y, com parado con las miserias de las clases más pobres del siglo xix,
parece que incluso han gozado de cierto bienestar. La tragedia es que
han sufrido por nada (Geertz, 1963: 143).

Para entender este proceso de involución hay que buscar las claves
políticas: la historia de la colonización holandesa de las islas y su más
reciente independización. El texto de Geertz recorre los distintos perío­
dos p o r los que se puede dividir la historia de Indonesia: 1) el período
clásico es el anterior a la colonización y la distribución de los sistemas
agrícolas se corresponde con los distintos ecosistemas de las islas. 2)
El período colonial está m arcado por la presencia de determinados
organism os político-económicos (la com pañía de las Indias Occidenta­
les, el Sistem a de Cultivo y el Sistem a Corporado de Plantaciones), que
conform an una econom ía dual respecto a la casa campesina. 3) La his­
toria reciente, m arcada por la decadencia de los cultivos de exporta­
ción, el im pacto de las nuevas relaciones políticas que derivan de la
segunda guerra m undial, la entrada en la órbita de Japón y la procla­
m ación de la independencia en 1945. En tan sólo dos décadas hubo
depresión, guerra, ocupación y revolución y, a pesar de ello, las formas
de actividad económ ica apenas cam biaron. Java está sobrepoblada y, a
diferencia de Japón, no se ha industrializado hasta años m uy recientes.
La explicación está, según Geertz, en la inexistencia de una elite indí­
gena, ahogada por el largo período colonial, que no repercutió en el
desarrollo de Java y encam inó los beneficios obtenidos hacia el exte­
rior. El resultado es la constitución de una econom ía dual entre una
elite em presarial m odernizada y un cam pesinado empobrecido que
trabaja con m étodos tradicionales.
Finalm ente, citarem os a Eric Wolf. Este autor utiliza en el año
1972 p o r vez prim era el térm ino «ecología política» en su presenta­
ción de un congreso realizado sobre los Alpes titulada «Propiedad y
ecología política». Y no es sólo una cuestión de título, sino que los
ingredientes de la ecología política se encuentran tam bién presentes
ECOLOGÍA POLITICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 143

en su ponencia. Se plantea, m ás en concreto, las relaciones del siste­


ma de propiedad y de sus form as de transm isión con las form as de
aprovechamiento de los recursos, y este análisis im plica considerar
las fuerzas económ icas y políticas de carácter global que inciden en
los sistem as locales y les otorgan determ inadas características. Los
factores sociales atraviesan todas las dim ensiones del análisis y cons­
tituyen un elemento explicativo de las diferencias de acceso a los
recursos en cada contexto ecológico. Su aproxim ación queda bien
recogida en el siguiente fragmento:

La conexión de la propiedad en las sociedades complejas no es m era­


mente resultado de procesos ecológicos regionales o locales, sino una
batalla entre fuerzas en competencia que utilizan los patrones jurídicos
para m antener o reestructurar las relaciones económicas, sociales y políti­
cas de la sociedad. Así, el capitalismo progresa utilizando las norm as que
regulan la propiedad para desposeer a los trabajadores de sus medios de
producción y negarles el acceso al producto de su trabajo. Así, las reglas
locales de propiedad y de herencia no son sim plemente norm as para
repartir derechos y obligaciones entre una población determ inada, sino
mecanismos que median entre las presiones que em anan de la sociedad
más amplia y las exigencias de los ecosistemas locales (Wolf, 1972: 202).

Esta perspectiva es aplicada en una m onografía posterior publica­


da conjuntam ente por Colé y Wolf (1974), en la que analizan un valle
alpino del norte de Italia. E n este estudio m uestran cóm o en u n m edio
am biente sim ilar en cam bio existen diferencias entre los pueblos de
lengua alem ana y los de habla rom ance, que se corresponden con
diferencias en patrones hereditarios y culturales. En unos predom ina
la herencia indivisa, en tanto que en los otros es de tipo igualitario. A
pesar de que todos viven de la agricultura de m ontaña y de la ganade­
ría, los patrones de asentam iento y los sistem as de organización polí­
tica com unitaria son distintos. El peso de la historia de cada pobla­
ción y de los contactos con otros pueblos y unidades de tipo m ás
am plio es decisivo para entender tales diferencias. No son determ i­
nantes las características del entorno o de la tecnología utilizada p ara
explotarlo, sino los factores sociales y políticos, así como la conver­
gencia entre el contexto global y el local.
E n su obra posterior Europa y la gente sin historia, Wolf (1987)
desarrolla esta perspectiva, incorporando las reflexiones sobre el
im pacto de una econom ía m undial. Uno de sus énfasis se centra, p re­
cisamente, en los efectos de la explotación de determ inados recursos
(pieles, m etales preciosos, alimentos, estim ulantes, caucho, m ano de
obra) sobre el medio am biente y sobre la división del trabajo a escala
internacional, a p artir de que regiones enteras se especialicen en deter­
144 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

m inadas producciones. Pero de este texto hemos hablado ya en capí­


tulos anteriores, señalando su im portancia p ara el desarrollo de este
enfoque en la antropología, puesto que tiene en cuenta tanto las
dim ensiones globales com o los procesos históricos.
La ecología política no tiene un corpus homogéneo, por lo que
podem os en con trar reflejados en ella distintos enfoques teóricos. El
neoliberalism o insiste en los lím ites del crecimiento, en el agotam ien­
to de los recursos y en los efectos negativos del aum ento demográfico,
resucitando la perspectiva del m althusianism o. El culturalism o enfati­
za las dim ensiones sim bólicas y cognitivas en las relaciones entre los
seres hum anos y su entorno natural. Presentarem os este enfoque a
p artir de la perspectiva del ecofeminismo. El ecosocialismo pone el
acento en las causas sociales y políticas que conducen a la degrada­
ción am biental en el contexto del sistem a económ ico m undial.

6.2. Población, pobreza y entorno. N eom althusianism o


y n eoliberalism o
Cinco dólares invertidos contra el crecim iento de la población son
más eficaces que cien dólares invertidos en el crecim iento económico
(Lyndon B. Johnson).
Nuevas fábricas se instalan en los polos privilegiados de desarrollo
(Sao Paulo, Buenos Aires, la ciudad de México) pero menos m ano de
obra se necesita cada vez. El sistem a no ha previsto esta pequeña moles­
tia: lo que sobra es gente. Y la gente se reproduce. [...] Las misiones nor­
team ericanas esterilizan m asivam ente a m ujeres y siem bran píldoras,
diafragm as, espirales, preservativos y alm anaques marcados, pero cose­
chan niños; porfiadam ente, los niños latinoam ericanos continúan
naciendo, reivindicando su derecho natural a obtener un sitio bajo el sol
en estas tierras espléndidas que podrían brindar a todos lo que a casi
todos niegan (Galeano, 1971: 6).
¿Faltan recursos o sobra gente? Éste es el eterno debate y el dile­
m a de los planificadores del desarrollo, que claram ente se inclinan
p o r prom over el control de la natalidad y frenar el crecim iento dem o­
gráfico. Y es que se enfrentan a una aparente contradicción: nace más
gente donde hay m ás pobreza y eso causa más y más pobreza. Pero
los dos fragm entos con los que hem os iniciado este apartado hacen
com o m ínim o reflexionar. Quien fuera presidente del país m ás rico
del m undo aboga porque dism inuya la natalidad... de los otros. El his­
to riad o r latinoam ericano ofrece, en cambio, una visión bien distinta y
a lo largo de las páginas de Las venas abiertas de América Latina recla­
m a u na m ayor justicia distributiva y otra clase de soluciones al p ro ­
blem a acuciante de la m iseria.
ECOLOGÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 145

Partha S. Dasgupta (1995) rechaza p o r unilaterales tanto las visio­


nes que atribuyen al crecim iento dem ográfico las causas de la pobre­
za y de la degradación am biental, com o las que consideran que la
pobreza no es la consecuencia sino la causa de que aum ente el n úm e­
ro de habitantes, y propone considerar la interconexión entre pobre­
za, crecim iento dem ográfico y entorno local. Al hacer esta propuesta,
que resulta muy atractiva p ara los prom otores del desarrollo, adopta
una visión sincrónica que centra el análisis en la interrelación entre
las tres dim ensiones citadas, pero que no indaga en sus causas, lo que
conduce, de hecho, a una perspectiva neom althusiana: se tom a la
pobreza como algo dado y se insiste en com prender cuáles son las
decisiones que llevan a una fam ilia a tener m uchos hijos, en contra de
sus propios intereses y a pesar del elevado coste personal que supone
concretam ente para las mujeres. Así, los motivos estructurales p ara la
existencia de u n a fecundidad elevada son, según Dasgupta (1995:
9-10), los siguientes: 1) las norm as culturales y religiosas que conside­
ran los hijos como un valor y una finalidad; 2) la incertidum bre ante
el futuro, que hace ver en los hijos una especie de seguro ante la vejez,
y 3) la necesidad de m ano de obra abundante, que en las econom ías
de subsistencia es un im perativo que deriva de la cantidad y diversi­
dad de tareas que deben hacerse.
El neom althusianism o y el neoliberalism o (de hecho pueden con­
siderarse am bos com o un único enfoque) consideran que la elevada
fecundidad es el factor causal de dos grandes tipos de situaciones
negativas: la prim era es que provoca una creciente presión sobre los
recursos y conduce a la degradación am biental. La segunda es que
esto m ism o debilita los m ecanism os de control sobre los bienes com u­
nitarios, pues si el acceso a los recursos es abierto, la gente ve en ellos
una solución a su situación, procrea abundantem ente como m ecanis­
mo de defensa y se produce u n a sobreexplotación de los bienes com u­
nitarios (Dasgupta, 1995: 10-11). A continuación analizarem os cada
una de estas dim ensiones separadam ente.
Que la sobrepoblación es causa de la degradación am biental es la
conclusión de toda perspectiva neom althusiana. Recordemos que
Malthus (1984), en su Primer ensayo sobre la población, publicado en
1798, afirm aba, que m ientras la población crece en proporción geom é­
trica, la producción de alim entos no lo hace al mism o ritm o, a pesar
de las mejoras técnicas que puedan introducirse, pues existe un límite
por encim a del cual no puede aum entarse m ás la producción. Este
autor propone que el fomento de la agi'icultura se acom pañe de un
descenso de la natalidad. En las ediciones siguientes, M althus se esfor­
zó en dem ostrar la existencia de una ley de la población que se im pone
con independencia de la organización social y económica, según la
146 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

cual las clases bajas siem pre procrean m ucho m ás abundantem ente
que los ricos. No basta, pues, con m ejorar la situación de los más
pobres m ediante leyes e intervenciones concretas, sino que debe pro-
cederse a lim itar su núm ero. El neom althusianism o tiende a proyec­
ta r estas conclusiones hacia la situación de los países más pobres del
m undo, que son tam bién los dem ográficam ente más numerosos y
m antienen elevadas tasas de fecundidad.
El dram atism o de las situaciones de m iseria hace que exista un
elevado consenso respecto a la necesidad de políticas de control
dem ográfico, pues, com o nos recuerda Dasgupta, «el desastre no es
algo que los pobres hayan de aguardar: lo están sufriendo ya» (1995:
7). Eso no obvia que se destaquen im portantes limitaciones en el enfo­
que neom althusiano, pues ignorar las causas de la pobreza y centrarse
sólo en sus efectos conduce a políticas injustas porque reproducen las
situaciones de desigualdad. Las críticas al neom althusianism o son,
por consiguiente, tanto de orden teórico como de práctica política.
Es m uy significativo, por ejemplo, la doble m oral reproductiva
que se expresó en algunas de las actitudes y conclusiones de la Confe­
rencia sobre Población y Desarrollo que se celebró en El Cairo en el
m es de septiem bre de 1994. Ante el espectacular crecim iento dem o­
gráfico de las últim as décadas, y que hace prever un em peoram iento
de las situaciones de ham bre y de pobreza, la Conferencia im partió
toda u na serie de recom endaciones dirigidas a fom entar la educación
reproductiva, pero tam bién a im pulsar políticas sanitarias y sociales,
así com o estrategias de desarrollo económico. Frente a estas propues­
tas de carácter global, la reacción de los distintos fundam entalism os
religiosos (el católico incluido) fue oponerse a cualquier clase de con­
trol de la natalidad, hasta el punto de focalizar los debates hacia
aspectos tan concretos com o el aborto o la planificación familiar, y
desviando la atención respecto al verdadero problem a que estaba en
el trasfondo de la conferencia, es decir, la distribución desigual de la
riqueza y el desequilibrio entre población y desarrollo.
Hay un hecho en el que se insistió m uy poco en la conferencia de
El Cairo y que apenas surge en esta clase de debates, y es que mien­
tras en los países pobres se im pulsan políticas para lim itar el creci­
m iento de la población, en los países ricos se gastan, en cambio, ele-
vadísim as cantidades p ara luchar contra la esterilidad o para promo­
ver las técnicas de reproducción asistida (que, p o r cierto, contrarres­
tan m uy poco la escasa natalidad existente en ellos). ¿Qué es lo que
hace que exista esta doble m oral reproductiva? Tal vez el hecho de no
considerar que el problem a dem ográfico no es exclusivamente num é­
rico, sino que reside en los desequilibrios económ icos existentes, en
las políticas de cierre de fronteras ante la inm igración y en si se está
ECOLOGÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 147

dispuesto, o no, a crear un modelo de sociedad m ás igualitaria, en


donde haya condiciones para asum ir una m aternidad y una paternidad
libres y responsables.
No siem pre el aum ento dem ográfico conduce a la pobreza. En este
sentido es bien conocido el argum ento de Boserup (1967), que invier­
te las tesis m althusianas y sugiere que el aum ento de la población
condujo históricam ente a una intensificación de la agricultura y a la
búsqueda de técnicas m ás eficientes p ara asegurar el sustento. Por
tanto, hay que ubicar el crecim iento dem ográfico en las coordenadas
sociales en que tiene lugar. Y en esto insisten las perspectivas teóricas
que critican el neom althusianism o: consideran que concede m ucha
im portancia a la sobrepoblación en relación a los recursos y, en cam ­
bio, raram ente trata la cuestión de las desigualdades en el acceso y en
la distribución de tales recursos. Las causas históricas y sociales que­
dan así ocultas e im piden entender por qué el crecim iento dem ográfi­
co se produce en determ inadas condiciones y en otras no. Y de nuevo
hay que aludir a los desequilibrios económ icos y sociales entre las dis­
tintas áreas del m undo y entre distintos sectores de población.
A ctualm ente un 22 % de la población posee u n 85 % de la rique­
za. Y es significativo que la dem ografía no crezca en los países ricos,
sino en los m ás pobres. Donde hay b ien estar económ ico la gente
puede invertir en el futuro de los hijos y p o r esto m ism o tiende a res­
tringir su núm ero. Pero donde predom ina la pobreza, la lógica es
muy distinta: el presente es lo que cuenta, y tener m uchos hijos p er­
m ite increm entar la m ano de obra disponible en la familia: eso es lo
que genera el conocido círculo vicioso de la pobreza. Así, el creci­
m iento de la población puede estar estim ulado ju stam en te p o r las
condiciones de em pobrecim iento, que es lo que m otiva a las fam ilias
a increm entar el único factor de producción (el trabajo) que pueden
controlar (Collins, 1988).
Existen, además, toda una serie de tópicos am pliam ente difundi­
dos que enm ascaran la realidad. Por ejemplo, no es cierto que en las
áreas donde hay m ucho crecim iento dem ográfico haya necesariam en­
te una sobreabundancia de m ano de obra (que repercute en la presión
sobre el entorno y en su degradación). Precisam ente, en las áreas
empobrecidas existen elevadas tasas de em igración, lo que aleja a la
población de su lugar de origen y provoca, paradójicam ente, una
im portante escasez de m ano de obra (Collins, 1986a, 1987). Otro tópi­
co es el que atribuye a la sobrepoblación los procesos de desertización
de las zonas áridas, a pesar de dem ostrarse que las regiones atenaza­
das por la sequía no han experim entado un crecim iento dem ográfico
superior a otros lugares y que es m ucho m ás esencial tener en cuenta
cómo se distribuye la población en el conjunto del territorio (Little,
148 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

1994). E n el caso de las zonas húm edas, en cam bio, se insiste en el


potencial destructivo de la agricultura de tala y quem a cuando el
aum ento dem ográfico hace que se supere la «capacidad sustentadora
del territorio». Chevalier (1982: 100-101) m uestra, en cambio, que eso
no necesariam ente es así. E n el caso del valle peruano de Pachitea,
p o r ejemplo, la agricultura de tala y quem a está especializada y los
productos obtenidos se destinan a la exportación. Este tipo de agricul­
tura com binado, adem ás, con la caza y la pesca estacionales, perm ite
m an ten er una población relativam ente elevada y estable, que vive en
asentam ientos perm anentes.
La segunda dim ensión en la que pone el énfasis la perspectiva neo­
m althusiana es la de que el aum ento dem ográfico agrava los efectos
de la denom inada «tragedia de los comunes». Quisiera subrayar la
im portancia de esta dim ensión, pues los debates que suscitó trascien­
den el tem a aparentem ente restringido de la utilización de los espa­
cios colectivos y concentran los argum entos y visiones contrapuestos
acerca de los problem as ecológicos que hoy tiene la hum anidad y que
a m enudo se discuten en relación a los «comunes globales». El debate
se originó a p a rtir de un artículo de G arret H ardin titulado «La trage­
dia de los espacios colectivos» publicado originariam ente en 1968 en
la revista Science. El eje central del artículo es el «problema dem ográ­
fico» y el au to r considera que es algo que no se puede resolver de
form a técnica sino política, y parte de la premisa, expresada en el títu­
lo de uno de los apartados de este texto, de que «la libertad de procre­
a r es algo intolerable». La sobrepoblación lleva a una degradación de
los recursos e increm enta la contam inación. En térm inos generales: el
hecho de que un Estado benefactor (como representante de lo que es
com ún) asum a los problem as individuales y m antenga el derecho de
la libertad de p ro crear im plica «condenar al m undo a una trayectoria
trágica» (H ardin, 1989: 119).
Toda la argum en tació n de H ardin se basa en la consideración de
que la lib ertad de acceso a los espacios colectivos conduce hacia el
agotam iento de los recursos. Ejemplifica esta cuestión mediante el pas­
toreo, p retendien d o d em o strar la contradicción existente entre el
hecho de poseer rebaños privados y que la tierra sea com unal: la
lógica racional de cualquier ganadero que utiliza pastizales com unes
es la de ir añadien d o cabezas de ganado a su rebaño. De esta forma
m axim iza sus ganancias privadas pero, en cam bio, no asum e los
costes de la degradación que produce el sobrepastoreo, pues se
rep arten entre todos los usuarios (actuales y futuros). En resumen:
es totalm ente lógico que cada individuo sobreexplote el entorno,
au n q u e este com p o rtam ien to resulte en últim a instancia perjudicial
p a ra el grupo:
ECOLOGÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 149

[...] y precisam ente en esto reside la tragedia. Cada hom bre forma
parte de un sistem a que le obliga a increm entar su rebaño ilim itada­
mente, en un m undo que es limitado. La m in a es el destino al que todos
los hom bres se precipitan, cada quien persiguiendo sus óptimos intere­
ses en una sociedad que cree en la libertad de los espacios colectivos.
Esta libertad lleva a todos a la ruina (Hardin, 1989: 115).
H ardin concluye que es im posible pedir a la gente que se autorres-
trinja; por ello es inevitable utilizar la coerción, porque, con todo, es
m ejor la injusticia que la ruina total. Considera, p o r otro lado, que la
única vía para conseguir un uso racional de los recursos reside en su
total privatización, elim inando la propiedad colectiva, ya que de este
modo cada productor se autolim ita pues su actividad queda restringi­
da por los recursos que posee individualm ente.
Es cierto que el texto de H ardin llega a ser una caricatura de las
posiciones neoliberales, que habitualm ente no se expresan de form a
tan apocalíptica ni tan dictatorial. Pero lo significativo es el gran
revuelo que causó este texto y el propio hecho de que incide en uno de
los puntos cruciales de los debates sobre la degradación am biental: la
contradicción existente entre las ganancias privadas y los costos socia­
les de tales ganancias, que son a rep artir entre todo el mundo. El enfo­
que neoliberal sostiene la idea de que los recursos (comunes) son limi­
tados y que hay que poner freno a su utilización indiscrim inada. Y si el
problem a deriva de u n sistem a de propiedad inadecuado, la propuesta
es alterar tal sistema, introduciendo formas de propiedad más exclusi­
vas y elim inando la com unitaria. M uchas de las políticas de interven­
ción responden a esta lógica (Little, 1994: 216), que en absoluto consi­
dera que el problem a de la escasez tenga algo que ver con la distribu­
ción desigual de los recursos y que el beneficio ilim itado de unos pocos
es lo que conduce m ás fácilmente a su agotam iento o destrucción.
En oposición a esta visión, los trabajos hechos desde la antropolo­
gía dem uestran que los supuestos en que se basa H ardin son muy cues­
tionables y etnocéntricos. Para empezar, aunque no nos detendrem os
en ello, es bien conocido que los objetivos de la producción no siem pre
se orientan a la consecución del máximo beneficio: eso ha sido así en
la historia de la m ayor parte de pueblos del m undo. Pero es que, ade­
más, los espacios colectivos no suelen ser nunca de acceso abierto, sino
que existen m inuciosas regulaciones respecto a su acceso y utilización
(Acheson, 1991; Bretón, 1997; Chamoux y Contreras, 1996; Netting,
1993).' Más aún, se puede dem ostrar que en m uchos lugares la propie­
1. El libro de Chamoux y Contreras (1996) contiene abundantes ejemplos de regulacio­
nes en el acceso y uso de la propiedad com unal. En la península Ibérica, donde existe una fuer­
te tradición de la propiedad comunal, hay monografías interesantes sobre su uso. Destacamos
las de Behar (1986), Devillard (1993), Freeman (1970), Pais de Brito (1996), además del clásico
trabajo de Joaquín Costa (1898).
150 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

dad com unal es especialm ente conservadora del medio ambiente, por­
que regula el uso de los recursos y porque en muchos casos existen
prácticas asociadas a su regeneración (J. F. Eder, 1996; M artínez Alier,
1992; Peluso, 1996). E n el caso de la India, Alcorn y M olnar (1996)
m uestran, por ejemplo, cómo el Estado fue usurpando a las com unida­
des locales su derecho de utilización de los bosques y en nombre de
una gestión m oderna y del conservacionismo perm itió que se talara el
bosque, lo que provocó una enorm e deforestación. El Estado colonial
se contrapuso así a las com unidades cam pesinas y tribales como mani­
festación de dos grupos de interés contrapuestos: los comerciales y los
de subsistencia. Estos últimos habían perm itido que durante siglos se
m antuviera el equilibrio entre la población y los recursos que en pocos
años se rompió. Por tanto, la ru p tu ra respecto a los mecanismos tradi­
cionales de utilización de los bosques originó graves procesos de degra­
dación am biental. De ahí que actualm ente se hagan propuestas de
im plicar a las com unidades locales en las políticas de conservación y
desarrollo. No se trata, pues, de considerar a las poblaciones locales
com o un problem a a resolver, sino como la solución del mismo.2 Pers­
pectivas bien distintas éstas de las que defendía Hardin.

6.3. M ujeres y naturaleza. E cofem inism o

El m ovim iento chipko, de U ttar Pradesh en la India, se inició en


1972 y se prolongó hasta 1981, m om ento en que se consiguió que el
gobierno retirara el perm iso p ara talar árboles a la com pañía m ade­
rera que había obtenido la concesión. El lema chipko era «¿Qué nos
p roporciona el bosque?: tierra, agua y aire puro», y el vocabulario
con el que se expresó la protesta social se concretó en una técnica
idiosincrásica y efectiva que consistió en abrazarse a los árboles;
quienes lo hacían eran m ujeres. Así lucharon para preservar el bos­
que, elem ento esencial p ara su subsistencia, pues sum inistraba
m uchos recursos vitales: hierba p ara el ganado, combustible, madera,
abono vegetal y diversos productos silvestres. La im agen de mujeres
abrazadas a los árboles ha recorrido todo el m undo y se ha converti­
do en el sím bolo de m ovim ientos ecologistas de base popular. Pero,
adem ás, el m ovim iento chipko ha pasado a ser el paradigm a del eco-
fem inism o, porque en él convergen luchas de base popular en favor
de la naturaleza y quienes las llevan a cabo son mujeres. Veamos
estas dos dim ensiones.
2. Hay distintos autores que trabajan en la línea de propiciar la gestión participativa de
los recursos por parte de las poblaciones locales. Véanse, por ejemplo, Alcom y Molnar (1996),
Bailey (1996), Gabe (1995), Leff (1994), Orlove y Brush (1996) y Sponsel y otros (1996).
ECOLOGÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 151

Frecuentem ente se han identificado los m ovim ientos ecologistas


como algo propio de los países ricos, porque sus habitantes tienen
cubiertas las necesidades m ás básicas y pueden preocuparse de toda
una serie de cuestiones que son un lujo p ara quienes han de resolver
los tem as m ás acuciantes de la sobrevivencia cotidiana. Así lo expresó
Indira Gandhi en la Conferencia de Estocolmo: «nosotros som os
dem asiado pobres para ser verdes». Hoy, contradiciendo estas p ala­
bras de la insigne estadista, puede afirm arse que los pobres partici­
pan en luchas ecologistas, pero tales luchas tienen unas característi­
cas muy distintas de las que tienen lugar en los países donde surgie­
ron los «movimientos verdes».3 Los habitantes del Tercer M undo
experim entan los problem as del m edio am biente com o una crisis de
existencia, pues la erosión del suelo, la deforestación o los efectos del
agua contam inada se sufren directam ente, y p o r ello la gente se m ovi­
liza en acciones de protesta cuando está am enazada la propia subsis­
tencia. Las m ujeres del m ovim iento chipko no querían abrazar los
árboles porque fueran árboles, sino p ara usar sus productos p ara las
necesidades de la agricultura y sus hogares. El sentido utilitarista
aparece claram ente en esta frase de un activista de este m ovimiento:
«Pensábamos que después de la independencia podríam os usar nues­
tros bosques para construir industrias locales y generar em pleo local,
y nuestros recursos de agua para alum brarnos y m over nuestros m oli­
nos» (recogido por Guha, 1994: 148). En esto consiste el «ecologismo
de los pobres», como lo denom ina M artínez Alier (1992), en actitudes
y luchas para defender la sobrevivencia, que no necesariam ente utili­
zan un lenguaje ecológico, sino que a m enudo em plean lenguajes p ro ­
pios, populares, a veces trem endam ente efectistas, porque lo que se
pone en juego en este caso es la vida m ism a de las com unidades
hum anas.
Las m ujeres tienen un papel fundam ental en estos movim ientos
populares, porque ellas son quienes gestionan directam ente los recu r­
sos para la subsistencia y han de resolver las situaciones de falta de
agua o de alim entos, la enferm edad, la crianza de los hijos, la falta
de médicos, escuelas o servicios. Además, ellas están m ás relaciona­
das con la procreación: su falta de salud afecta a las criaturas que han
de alim entar y sufren en su propia carne la pérdida de los hijos que
traen al mundo. Por otro lado, ellas cultivan y preparan alimentos,
m antienen y limpian la casa, lavan, cosen la ropa, se ocupan de niños
y ancianos, tejen, etc. El ecofeminism o considera que las m ujeres

3. Para un análisis de los movim ientos ecologistas en los países de capitalismo avanzado
véanse Riechmann y Fernández Buey (1994). Respecto al «ecologismo de los pobres», véanse
Martínez Alier (1992), Guha (1994), Mires (1993), Nash (1994) y Rao (1990).
152 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

están m ás relacionadas con la naturaleza que los hombres debido a la


clase de actividades que desarrollan, tanto si se trata de am as de casa
en las sociedades capitalistas avanzadas com o si son m ujeres de pue­
blos indígenas del Tercer Mundo. Así lo expresaba una de las autoras
ecofem inistas:

M ujeres y naturaleza están íntim am ente relacionadas y su dom ina­


ción y liberación están vinculadas de forma muy similar. Los movimientos
de m ujeres y de la ecología son de hecho uno solo y prim ariam ente
co n trarrestan el desarrollo patriarcal (Shiva, 1989: 47).

A unque el térm ino «ecofeminismo» empezó a utilizarse en la déca­


da de los setenta, es en los años ochenta cuando com ienza a tener un
contenido m ás explícitam ente político, al reclam ar que la voz de las
m ujeres sea oída, com o parte de la lucha en defensa de la naturaleza
com o fuente de vida (Holland-Cunz, 1996; Kuletz, 1992; Salleh, 1994).
E sta postura es expresada p o r prim era vez de form a global por Karen
W arren (1987), quien la sustenta en los siguientes aspectos: 1) hay
puntos en com ún entre la represión hacia la naturaleza y la represión
hacia las mujeres; 2) es necesario entender el carácter de esta relación
para p o d er entender cada u n a de las dos opresiones; 3) la teoría y la
práctica fem inista han de integrar una perspectiva ecologista, y 4) la
solución a los problem as ecológicos ha de integrar una perspectiva
fem inista. En base a estas prem isas se considera que una alternativa
al actual sistem a sólo puede proceder de que las m ujeres modifiquen
con sus experiencias, sensibilidad y opiniones las actuales bases que
lo rigen. La consecución de una sustentabilidad global sólo puede
conseguirse a p artir de la elim inación del dom inio de los hombres
sobre otros hom bres y sobre las mujeres, y de una m ayor justicia
entre los géneros.4
El ecofem inism o asum e como un presupuesto básico que el dom i­
nio sobre las m ujeres es u n a condición previa y necesaria para que
haya explotación del trabajo por parte del capital. El patriarcado es,
pues, u n a condición de existencia del capitalism o. Las mujeres, lo
hem os indicado ya, realizan actividades que las hacen estar más cer­
canas a la naturaleza y actúan com o «mediadoras». Las mujeres pue­
den considerarse, incluso, com o una especie de recurso natural, pues­
to que ellas reproducen nuevas generaciones de trabajadores, llevan a
cabo trabajos relacionados con el cuidado de los dem ás y estos traba­
jos no están rem unerados ni valorados porque form an parte de sus

4. Como textos básicos del planteamiento ecofem inista pueden destacarse los de
Holland-Cunz (1996), Mies y Shiva (1993), Shiva (1989). Como planteamientos críticos a esta
posición véanse Collins (1992), Jackson (1994), Molyneux y Steinberg (1994) y Salleh (1994).
ECOLOGÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 153

características de mujeres. La lógica del patriarcado está relacionada


con la lógica del capitalismo: p o r eso u n a se considera condición de la
otra (Mies, 1986). El capitalism o, por otra parte, destruye la natu rale­
za en su proceso de expansión. La opresión de las m ujeres y la opre­
sión de la naturaleza form an parte tam bién de una m ism a lógica.
A p artir de estos supuestos, el ecofem inism o considera que el dis­
curso alternativo al actual sistem a sólo puede proceder de las mujeres,
porque los hom bres han perdido la visión de que form an parte de la
naturaleza e imponiendo su lógica patriarcal sustentan también la lógi­
ca del capitalism o como sistema. Las m ujeres, en cambio, no sólo
están m ás cercanas a la naturaleza porque su cuerpo es diferente del
de los hombres, sino porque sus actividades están íntim am ente rela­
cionadas con dar, m antener y reforzar la vida. Sus perspectivas y
experiencias son diferentes y, en la m edida en que su situación es m ás
m arginal, su voz es tam bién m ás crítica, pues se basa m ás en la m o ra­
lidad, el derecho a sobrevivir y la valoración del crecim iento hum ano,
que en la racionalidad económ ica y la m era explotación del trabajo
por el capital. Salleh (1994: 42-47) resum e las características de este
discurso alternativo, contrapuesto al discurso del capital como sigue:

— Se parte de la unidad m aterial entre «historia» y «naturaleza»


(frente a la distinción artificial que asum e el discurso del capital, a
p artir del que se legitim a la destrucción de la naturaleza).
— La naturaleza, las m ujeres y los hom bres son a la vez sujetos
activos y objetos pasivos (frente a la negación m asculina de la m ujer y
de la naturaleza y la consideración de que los hom bres son los sujetos
históricos).
— La clave del progreso histórico está en el m etabolism o mujer-
naturaleza (frente a la asunción de que la historia es progresiva, en
tanto que la vuelta a la naturaleza o síntesis con ella es algo regre­
sivo).
— Las tareas de reproducción son modelos válidos de sustentabi­
lidad (frente a su desvalorización sistem ática y a la valoración de la
producción, vinculada con los hombres).

El ecofeminism o puede identificarse como una de las expresiones


del enfoque culturalista que enfatiza la autonom ía propia de la n atu ­
raleza como fuente de vida y tiene interés por analizar la m anera en
que distintos pueblos se relacionan con el entorno. Se m uestra, así,
que no siem pre la relación de los seres hum anos con la naturaleza se
basa en la depredación, dom inio y destrucción sistem áticos. También
hay formas de simbiosis y de equilibrio, en las que no se alteran sus­
tancialm ente los ciclos naturales.
154 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

El ecofem inism o, p o r otro lado, se considera como la orientación


que sum inistra los elem entos de transform ación radical del sistema
en que vivimos, al p oner en cuestión las bases en que se fundam enta y
otorgar valor al crecim iento hum ano, la sensibilidad, la intuición y el
amor, y no tanto a la tecnología, la productividad y la competencia. La
utopía es la de un m undo en que hom bres y m ujeres trabajen juntos
en reciprocidad y en arm onía con la naturaleza, sin estar alienados
p o r la dom inación de un género sobre otro ni por la acum ulación
capitalista (Salleh, 1994: 47). Es pasar de las actitudes destructivas,
acaparadoras y poco respetuosas con la naturaleza y otros seres
hum anos a que se consiga la em ancipación de todo lo que es vivo, y,
puesto que las m ujeres están m ás cercanas a la naturaleza, sólo las
m ujeres pueden ap o rtar la sensibilidad y experiencia necesarias para
que este cam bio se produzca.
Las críticas que se hacen al ecofem inism o (com partiendo las que
se realizan respecto al enfoque culturalista) se centran en lo que se
considera u na excesiva idealización de la naturaleza, al olvidar que
ésta es una construcción social y que desde que existen seres hum a­
nos la naturaleza se ha visto alterada de una form a u otra. La idea de
que en el pasado existió una situación prístina en que todo era más
equilibrado y natural es fruto de la concepción rom ántica y nostálgica
de nuestro tiem po m ás que algo constatable (Headland, 1994; Soper,
1996). La deforestación, p o r ejemplo, uno de los problem as ecológicos
graves que hoy existen, no es algo nuevo: contrariam ente al tópico de
que las poblaciones antiguas vivían en arm onía con la naturaleza,
afectó a diversas sociedades preindustriales. En esta línea, Abrams y
otros (1996) sugieren que la deforestación contribuyó a la caída de
diversos Estados antiguos, com o el de Teotihuacán, en México central,
o el de H arrapan en el valle del Indo y aplican esta m ism a hipótesis
para explicar (junto con otras causas) el colapso de los mayas de la
época clásica.
El ecofem inism o parte del dualism o naturaleza/cultura y de su
correspondencia con el dualism o m ujeres/hom bres y lo invierte: la
naturaleza se considera superior y las m ujeres también. Las mismas
criticas que se h an vertido a las categorías dicotóm icas (que no son
universales, sino expresión de nuestro propio sistem a cultural de sig­
nificados) pueden aplicarse aquí tam bién (Comaroff, 1987; MacCo-
m arck, 1980; Moore, 1993). Pero es que, adem ás, el ecofeminismo
tiene u na fuerte dosis de determ inism o biológico y de esencialismo.
Como indica Jackson (1994: 123), se acaba feminizando la naturaleza
y naturalizando a las mujeres.
El ecofem inism o revaloriza el vínculo entre m ujeres y naturaleza,
lo celebra y propone destacar sus dim ensiones positivas. Las cuaÜda-
ECOLOGÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 155

des que aportan las m ujeres (intuición, espiritualidad, amor, aprecio a


la vida) se consideran superiores. Se naturaliza a las m ujeres y esto,
contrariam ente a lo que se pretende sustentar, no supone un desafío
real al sistem a de dom inación existente, sino su perpetuación, porque
invertir el planteam iento no supone modificarlo, sino reproducirlo
cam biando el lugar de cada entidad en la ecuación. Se considera la
naturaleza com o fuente de valores y de norm as sociales, lo que
im plica dar por supuesto que los sucesos y procesos naturales son
algo dado e inalterable. Las diferencias se conciben, así, como desi­
gualdades naturales, y, p o r tanto, no se ponen en cuestión (N. Sm ith,
1996; Moore, 1994; Stolcke, 1993). Tam bién la naturaleza se concibe
como algo biológico, pues no se considera su dimensión cultural, tal co­
mo hem os indicado ya. El determ inism o biológico im pregna el enfo­
que del ecofeminismo y esto impide, adem ás, explicar los cam bios en
las relaciones entre las m ujeres y la naturaleza (Jackson, 1994: 124).
La m ujer se concibe com o u n a categoría unitaria, con unas carac­
terísticas y valores universales asociados al hecho de procrear, cuidar
y nuti'ir. La naturaleza, a su vez, se entiende com o algo autónom o,
con sus propias leyes y su propia lógica. Ambas perspectivas son esen-
cialistas y fallan en reconocer la diversidad de relaciones con el medio
am biente y el contenido histórico de estas relaciones. Diferentes
sociedades y clases sociales operan de form a diferente respecto al
medio y aprovechan unos recursos u otros en función de las fuerzas
productivas existentes y no con independencia de ellas (Godelier,
1989¿>). Y tam poco el género es atem poral, pues, tal com o indica
Collins (1992: 36), las experiencias de las m ujeres varían según las
culturas, clases y sistem as de producción, y eso im plica variaciones
tanto en sus relaciones y negociación con los hom bres como en la
forma en que m anejan los recursos. Tam bién Jackson (1994: 129)
insiste en esta dim ensión, que supone una diversidad en las estructu­
ras de poder existentes, que se proyectan en las relaciones con la n atu ­
raleza y en la form a de representarse tales relaciones.
Otro aspecto a considerar es el supuesto carácter em ancipatorio
de la defensa a ultranza de la naturaleza y del m ism o vínculo entre
mujeres y naturaleza. La utopía ecofem inista aboga p o r un reto m o a
la naturaleza que se inspira en las culturas no occidentales que tienen
un sistem a de vida que no se basa en la acum ulación. ¿Es realm ente
em ancipador este retorno? ¿No se idealizan estas culturas que se
tom an como referencia? ¿La protección de la naturaleza como finali­
dad hace posible resolver las situaciones de pobreza existentes en el
mundo? Dicho en otras palabras, el gran reto de hacer com patible el
respeto a la naturaleza con un crecim iento económ ico y una justicia
distributiva no queda en absoluto resuelto.
156 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

H olland-C unz reconoce que el ecofem inism o es esencialista y lo


asum e en su dim ensión positiva, p o r cuanto ha contribuido a la
deconstrucción del androcentrism o y, con ello, al desarrollo del femi­
nism o, aunque entiende que debe ser com pensado p o r una concien­
cia epistem ológica. Propone sintetizar las perspectivas del esencialis-
m o y del m aterialism o histórico, pues la tensión entre am bas obliga
a reconocer que «somos y no som os naturaleza; estam os sumergidos
p o r igual en condiciones y relaciones naturales y sociales» (Holland-
Cunz, en Kuletz, 1992: 15).
E ste planteam ien to destaca la im portancia del m edio social
com o p rem isa necesaria p ara entender las relaciones entre los seres
hum anos y la naturaleza. Volvamos de nuevo al m ovim iento chipko,
con el que hem os em pezado este apartado. Las m ujeres que defendí­
an los árboles p ara evitar que fueran talados, ¿lo hacían porque eran
m ujeres o porque eran pobres? Ya hem os com entado, por otro lado,
el c ará cter u tilitarista de esta defensa y que no se trataba del m ero
hecho de proteger en abstracto. Pero, adem ás, ¿no defendían tam ­
bién un determ in ad o orden social de tipo tradicional ante los avan­
ces de la m odernización? Demos ya p o r supuestos los inconvenien­
tes de la m odernización y las form as de explotación que ésta supone,
pero preguntém osnos tam bién si el orden tradicional era a su vez
realm ente progresivo p ara las m ujeres. Insistim os de nuevo en la
necesidad de ten er en cuenta las dim ensiones de clase, sociales e
históricas en las que se ubican las relaciones de las m ujeres con la
naturaleza.
El enfoque ecofem inista adolece, por tanto, de los problem as deri­
vados del esencialism o, de una ausencia de perspectiva de clases en el
análisis de la desigualdad y de una idealización de los vínculos entre
las m ujeres y la naturaleza que se conciben a p artir de una base fuer­
tem ente naturalista. Hay que reconocer al ecofeminismo, sin em bar­
go, que integre com o núcleo central de su análisis y de sus propuestas
las aportaciones de los grupos sin voz, de esa am plísim a mayoría de
m ujeres en el m undo cuyos saberes, capacidades y sensibilidad son
sistem áticam ente negados. Es m uy lúcido tam bién su cuestionamien-
to de los valores del capitalism o a p artir de la identificación de los dis­
tintos m ecanism os de dom inación entre los que se incluyen los deri­
vados de la preem inencia m asculina. Estos factores deben tenerse en
cuenta en cualquier análisis del sistem a actual y en las propuestas y
proyectos de intervención.
ECOLOGÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 157

6.4. Causas sociales y políticas en la degradación am biental.


Ecosocialism o

¿Es la pobreza una causa de la degradación am biental? Así lo han


difundido determ inadas opciones de desarrollo, al m o strar la relación
entre la pobreza y el crecim iento dem ográfico exponencial y éste con
la presión sobre los recursos. Ya hem os com entado en el apartado 6.2.
cómo a partir de esta idea las intervenciones sociales se orientan
hacia la prom oción del control de la natalidad y de program as de
desarrollo para asegurar el crecim iento económico. Estas intervencio­
nes, m ás paliativas que efectivas, no reducen los desequilibrios socia­
les existentes en el mundo, ya que no inciden en el origen del proble­
ma sino en sus efectos. Porque si la pobreza es causa de la degrada­
ción am biental, cabe preguntarse entonces qué es lo que origina la
pobreza.
El enfoque del ecosocialismo (o del ecom arxismo) analiza el con­
texto social y político en que se enm arcan tanto la pobreza com o la
degradación am biental. Para ello considera que deben tenerse en
cuenta los procesos de carácter m ás global de acum ulación de capital,
que influyen en la acción de los Estados, em presas m ultinacionales y
financieras, que penetran en distintas zonas y sustituyen los sistem as
de producción originarios p o r otros orientados hacia el m ercado y la
exportación. Estos mism os procesos se vinculan a la desigualdad y a
la pobreza que, a su vez, causan la degradación am biental, porque los
campesinos pobres no poseen las condiciones económ icas ni los
medios técnicos para evitar el agotam iento de las parcelas que culti­
van, por ejemplo, y han de expandirse hacia nuevos territorios en los
que sobrevivir. Las dos dim ensiones deben interrelacionarse, porque
la elevada dem ografía y la pobreza no originan p o r sí solas u n a p re­
sión sobre los recursos: las dem andas externas o las desigualdades
internas se añaden e incluso exacerban esta presión, porque son, en
definitiva, las causas estructurales que se encuentran en la base de
todo el proceso (Collins, 1993: 179).
Llegar a esta clase de interpretación supone buscar explicaciones
globales y no sólo parciales a la relación entre pobreza y m edio
ambiente, y analizar, p o r otro lado, las variaciones locales de estos
procesos. La estructu ra agraria, el acceso al capital y a la m ano de
obra, el m ercado, la tecnología, el conocim iento productivo y otras
variables afectan a las decisiones sobre el uso de la tierra y la utiliza­
ción de los recursos de los pequeños productores (Collins, 1986£>:
138-139). Observemos que en este caso se otorga una im portancia
secundaria a los constreñim ientos que derivan de la naturaleza, así
como a los lím ites naturales o a la escasez, al enfatizarse más bien la
158 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

acción h u m a n a y las desigualdades en el acceso y distribución de los


recursos.
Es significativo en todo caso constatar que en el conjunto de traba­
jos sobre ecología política aparecen de conclusiones contrapuestas
respecto a la relación entre pobreza y medio am biente, que no derivan
exclusivam ente de enfoques teóricos distintos, sino de otra clase de
influencias. Así, las causas sociales (pobreza, presión demográfica) se
ponen en prim er plano cuando se tratan de explicar los procesos de
deforestación en regiones tropicales y zonas húm edas en general. En
las regiones secas, en cam bio, son las características medioam bienta­
les (la desertización) las que han sido destacadas como causas de
pobreza y subdesarrollo.
Efectivam ente, en los bosques de las zonas húm edas, donde ha
predom inado tradicionalm ente la agricultura de tala y quema, se con­
sidera que el aum ento en la deforestación proviene del paso de los
cultivos de autosubsistencia a los de mercado, así como del aumento
en la densidad de población. Bedoya (1995a) m uestra, por ejemplo,
que la A m azonia p eruana ha experim entado el im pacto de una cre­
ciente dem anda de alim entos, que ha venido acom pañada de una
fuerte inm igración de cam pesinos. El cultivo del m aíz y del arroz, que
son los productos predom inantes en esta zona, supone ro tu rar cada
año m ás de 350.000 ha de selva. De la superficie deforestada sólo un
20 % se em plea p ara cultivos o para el ganado, m ientras que el 80 %
se abandona o queda en barbecho. Sin em bargo, no todos los tipos de
agricultura de roza llevan a los m ism os efectos (Chevalier, 1982; Spon-
sel y otros, 1996); adem ás, hay que reconocer que a m enudo los cam­
pesinos no tienen otra elección para sobrevivir que ro tu rar más y más
tierras. Con independencia de que algunos investigadores pongan el
énfasis en la organización cam pesina mism a, o bien en las fuerzas
económ icas y políticas globales que la condicionan, el caso es que la
deforestación se atribuye a factores sociales y políticos.
No sucede así, en cam bio, en las zonas áridas, donde una especie
de determ inism o am biental ha guiado buena parte de los debates en
torno a la degradación am biental, denom inada norm alm ente como
«desertización». Las especulaciones sobre la prolongada sequía del
Sahel y sobre los efectos del sobrepastoreo condujeron a programas
para la rehabilitación del suelo, que incluían cam bios en la gestión de
las zonas de pasto, presididos p o r la noción alarm ista de que el desier­
to avanza irrem ediablem ente. El hecho de que este alarm ism o se
produzca en determ inados períodos (años veinte-treinta y sesenta-
setenta), coincidentes con épocas de sequía prolongada, ha puesto de
relieve la m ala com prensión de la ecología, el clim a y la economía
de las regiones secas (Little, 1994: 215).
ECOLOGÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 159

Peter Little (1994) entiende que la consideración de las regiones


secas com o áreas frágiles y problem áticas ha influido en que se p res­
te más atención a los tem as m edioam bientales que a las relaciones
económ icas y sociales que influyen en el uso de los recursos, y esto
ha condicionado los program as de intervención. Investigaciones
recientes han cuestionado esta percepción de las regiones secas, lle­
gando a la conclusión de que se trata de ecosistem as m ás elásticos y
variables de lo que tradicionalm ente se suponía. Se m uestra, incluso
que un cierto grado de erosión es necesario p ara sostener la p ro d u c­
tividad de las zonas áridas, pues vista en relación a espacios
am plios, provoca una redistribución de suelo de unos lugares a
otros. Desde una perspectiva am plia en el espacio y el tiem po, la
desertización es un fenóm eno localizado y p u n tu al y no algo in trín ­
seco a las regiones secas que inevitablem ente aboque a una d estru c­
ción del entorno. Little (1992, 1994) insiste en an alizar las diversas
causas sociales (distribución de la población, acceso desigual a los
recursos críticos, el m ercado, relación entre las regiones secas y
otras áreas) en la degradación am biental, pues son las que acen tú an
los procesos de desertización y los pueden hacer irreversibles. Los
factores económ ico-políticos de carácter estru ctu ral afectan a las
form as de desigualdad y a la pobreza, e influyen en la dirección de
los cam bios recientes y en los problem as surgidos en relación a la
utilización de la tierra y los recursos.
Es evidente que el m edio am biente condiciona los sistem as de
producción hum anos (tanto si se trata de regiones húm edas com o
secas) y que la naturaleza no tiene un m ero papel pasivo en la p ro ­
ducción. Partiendo de esta consideración, el ecosocialism o entiende
que en todo caso la n atu raleza no tiene siem pre el m ism o papel y
que éste tam poco es preponderante, puesto que los lím ites im pues­
tos por la naturaleza lo son dentro de un determ inado sistem a de
producción:

El medio am biente no im pone obstáculos universales y atem porales


a los esfuerzos hum anos, sino que opera qn el m arco de determ inadas
prácticas de producción, ofreciendo particulares posibilidades a particu­
lares tecnologías e instituciones sociales y soportando sus efectos en su
capacidad regenerativa (Collins, 1993: 185).

Poner el acento sobre la capacidad transform adora de los sistem as


de producción no im pide reconocer los límites de estos mism os siste­
mas y el hecho de que la destrucción sistem ática de la naturaleza lle­
gue a im posibilitar la reproducción de los sistem as sociales. Con este
problem a se confronta precisam ente el capitalism o com o sistem a eco­
160 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

nóm ico y social, basado en una expansión constante y que en este


proceso destruye los recursos naturales que intervienen en el sistema
de producción, p o r lo que tiene crecientes dificultades p ara recons­
tru ir o reem plazar sus propias condiciones básicas. Jam es O'Connor,
uno de los teóricos del ecosocialism o más citados en la actualidad,
considera que las crisis ecológicas suponen una de las contradicciones
fundam entales del capitalism o, pues dificulta su reproducción como
sistem a y propone integrar esta dim ensión ecológica como algo esen­
cial en el análisis de las condiciones de producción.5 E n el último
capítulo presentarem os esta perspectiva, que tiene dim ensiones más
generales de las que estam os tratando en este m om ento.
C entrém osnos de nuevo en las relaciones entre pobreza y medio
am biente y en su interpretación desde el enfoque del ecosocialismo.
William D urham (1995) hace una m uy buena síntesis de los distintos
factores que concurren en esta ecuación, y aunque él centra su análi­
sis en Latinoam érica, es generalizable a las situaciones de las regio­
nes y países del Tercer M undo (véanse tam bién Collins, 1986¿> y Pain­
ter, 1995).
D urham considera que el im pacto am biental de las poblaciones
hum anas está m ediatizado p o r fuerzas culturales y económico-políti-
cas. E ntre estas fuerzas se encuentran las relaciones sociales existen­
tes dentro de cada población y entre poblaciones. Dicho en otros tér­
minos: la degradación del m edio am biente procede de la desigualdad
básica originada p o r dos dim ensiones separadas: la acumulación de
capital y el empobrecimiento (D urham , 1995: 252). Para m ostrar cómo
intervienen estos dos grandes grupos de factores, D urham se ayuda de
un esquem a que reproducim os a continuación, porque es muy ilustra­
tivo y de una gran sim plicidad. El esquema, que explica la ecología
política de la deforestación, asum e la im plicación del m ercado y los
valores culturales de las poblaciones representadas (véase fig. 6.1.).
El prim er círculo representa los m ecanism os de acum ulación de
capital. E stim ulada p o r la dem anda propia o extranjera y ayudada por
las leyes sobre la tierra, la producción com ercial se expande a las
áreas forestales. E n condiciones favorables, la deforestación genera
unos ingresos lucrativos que estim ulan su expansión. Eso puede com ­
po rtar la concentración de tierras y el desplazam iento de antiguos
ocupantes hacia otras áreas.

5. La propuesta de O'Connor supone una síntesis entre el marxismo y la perspectiva eco­


lógica. Toma com o referente el concepto de Marx sobre las condiciones de producción (que
son las que el capital no puede producir com o mercancías, pero que son necesarias para su
existencia) y considera la naturaleza com o una de estas condiciones. Véanse O’Connor (1991,
1992), así com o los com entarios de Collins (1993) o de Peet y Watts (1993) y las críticas de
Recio (1992).
ECOLOGÍA POLÍTICA Y ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA 161

Demanda de
Acumulación mercado
de capital

Producción comercial
Aumento de . expansión
producción . intensificación
. dlverslficación

Deforestación
y concentración
de la tierra
Trabajo
barato

Desplazamiento y Incremento
escasez de tierras de población

Empobrecimiento. Migración

Valor económico
’ de las criaturas
Producción doméstica
Producción . expansión
reducida . intensificación
. diversificación

Deforestación '

Fig. 6.1. Ecología política de la deforestación (Durham, 1995: 253).

El em pobrecim iento está vinculado al bucle inferior, ya que éste se


acelera por la escasez de tierras para la producción agrícola, p o r el
desplazamiento de la gente o por la sum a de am bos factores. Como
mecanismos com pensatorios se producen nuevas expansiones hacia
otras tierras o áreas m ás marginales, la intensificación del trabajo y
de los procesos de producción y la introducción de nuevos cultivos
para poder venderlos. Todo ello conduce a la degradación am biental
porque im plica la pérdida de suelo fértil, la presencia de residuos con­
taminantes (procedentes de los pesticidas) y la deforestación.
Durham considera que los dos bucles (tanto la acum ulación de
capital como el em pobrecim iento) son responsables de la degradación
162 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

am biental, pues son las dos caras de una m ism a moneda, dos com po­
nentes de u n a m ism a estructura. El increm ento de la población, así
com o la tecnología, introducen variaciones im portantes en la m anera
de concretarse el proceso. C onsiderar sólo una de las dim ensiones sin
tener en cuenta la otra resulta sim plista e insuficiente.
Por otro lado, Michael Painter señala acertadam ente que en las
investigaciones sobre América Latina se ha prestado m ucha atención
a la destrucción am biental causada p o r los pequeños productores,
cuando la m ayor degradación procede de las grandes corporaciones y
de los propietarios m ás poderosos y ricos. Éstos tratan la tierra como
un input con bajo coste, y económ icam ente les es más rentable ocupar
nuevas tierras e ir degradando el entorno que preservarlo mediante
prácticas orientadas a ello. Esta clase de planteam iento supone a
m enudo para los m ás pobres la pérdida de sus tierras, o su sujeción
m ediante la violencia o la coerción y, en todo caso, acentúa las condi­
ciones de desigualdad en el acceso a los recursos (Painter, 1995: 8-9).
Estas consideraciones revelan que la pobreza no es causa por sí
sola de la degradación am biental. Es cierto que m uchos pueblos utili­
zan los recursos de form a inadecuada y que se producen daños
am bientales; en m uchos casos la gente tiene plena conciencia de que
esto revierte negativam ente contra ellos mismos, pero no pueden
hacer otra cosa y de esto son conscientes tam bién. Por otro lado, no
olvidemos que la riqueza es una m ayor am enaza p ara el am biente que
la pobreza, y que es la acum ulación de capital la que origina la inte­
gración desfavorable en el m ercado, los altos niveles de extracción de
excedente y las políticas de endeudam iento. En estas condiciones, los
cam pesinos han de adoptar estrategias para sobrevivir a corto plazo,
que a m enudo resultan incom patibles con el uso sostenido de la tierra
y con la preservación a largo plazo de sus propias condiciones de exis­
tencia (Collins, 1986¿>: 139). De ahí que no resuelva nada estim ular la
pequeña propiedad, com o sugieren los cam pesinistas o el neonarod-
nism o ecologista (véase Netting, 1993, por ejemplo), o quienes defien­
den la idea rom ántica de com unidades que viven en arm onía con el
entorno (Shiva, 1989), pues olvidan las circunstancias económicas glo­
bales en que los distintos pueblos deben producir y reproducirse.
É ste es el enfoque general que perm ite interpretar las expresiones
concretas de la interacción de procesos sociales y ecológicos. En el
próxim o capítulo analizarem os distintos escenarios políticos para
ejem plificar cóm o en cada caso las causas de la degradación am bien­
tal aparecen asociadas a aspectos específicos derivados de los dos
grandes tipos de procesos generales e interrelacionados que hemos
com entado: la acum ulación de capital y el em pobrecim iento.
C a p ít u l o 7

ESCENARIOS POLÍTICOS.
CAUSAS Y CONSECUENCIAS DE LA DEGRADACIÓN
AMBIENTAL EN AMÉRICA LATINA

La degradación am biental no es un atributo exclusivo de determ i­


nado tipo de sociedades, pues se produce tanto en el contexto de países
capitalistas avanzados como en econom ías de planificación centraliza­
da, en sociedades en proceso de desarrollo y tam bién en los países
más pobres. Sus formas de expresión son diversas: contam inación
atmosférica, lluvia ácida, problem as con los residuos, deforestación,
desertización, agotam iento de recursos no renovables, desecación de
zonas húmedas, etc. Se trata, p o r otro lado, de algo que trasciende a
cada sociedad concreta y afecta a la globalidad del planeta: la conta­
minación, por ejemplo, no respeta las fronteras entre países; la defo­
restación y la pérdida de zonas húm edas tienen efectos climáticos
nocivos y suponen una im portante dism inución de la biodiversidad; la
contam inación de los acuíferos repercute en zonas que pueden estar
muy alejadas del lugar concreto donde se producen vertidos o usos
inapropiados del agua. Esta globalidad de las cuestiones am bientales
contribuye a la existencia de una conciencia de riesgo que influye
fuertem ente en la configuración de las actitudes, movimientos sociales
y preocupaciones de las sociedades m odernas.1
Las transform aciones en la naturaleza son inherentes a la existen­
cia m ism a de los seres hum anos, que no sólo form an parte de esta
naturaleza, sino que la utilizan y la transform an en el proceso p roduc­
tivo. La expansión del m ercado que ha conducido a la conform ación
de un sistem a m undial ha conducido tam bién a una explotación
intensiva de los recursos hasta un grado tal que aquella conciencia de

1. Sobre la conciencia de riesgo en relación a la conciencia mundial de los problemas


ecológicos véanse Beck (1992, 1995), Douglas y Wildavsky (1982), Giddens (1996) y Lash,
Szerszynsky y Wynne (1996).
164 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

riesgo se traduce en el tem or de que las futuras generaciones no pue­


dan m antener el ritm o de crecim iento que hasta hoy se ha producido.
Un ritm o de crecim iento que, p o r otro lado, ha acentuado las diferen­
cias entre unos países y otros, entre unos grupos sociales y otros.
Los problem as am bientales no afectan por igual a todos los países
y regiones y, tal com o indicábam os en el capítulo anterior, en el Tercer
M undo la deforestación, la contam inación del agua, las malas condi­
ciones higiénicas de las viviendas y de las ciudades, o la falta de servi­
cios sanitarios no son problem as que afecten a largo plazo, sino que
repercuten de form a inm ediata en la sobrevivencia, la vida cotidiana y
la salud de la gente. La pobreza es causa y efecto de problemas
am bientales, pero el em pobrecim iento está directam ente causado por
las form as de acum ulación de capital y el intercam bio desigual (Dur­
ham , 1995; Painter, 1995). Teniendo en cuenta esta interrelación glo­
bal, podem os com prender las situaciones que im piden a los m ás
pobres tener m edios para actu ar en su propio interés a largo plazo, lo
que genera presiones ecológicas que llevan a una degradación de los
recursos (sobreexplotación de pastos, pérdida de fertilidad de los sue­
los, erosión) y presiones sobre la población que llevan a una degrada­
ción de las condiciones de vida.

7.1. La deforestación de lo s bosques tropicales

La deforestación es uno de los problem as que afecta a las regiones


tropicales, que contribuye a su em pobrecim iento y al de la gente que
depende directam ente del bosque para vivir. También tiene repercu­
siones im portantes p ara el conjunto del planeta y por tanto adquiere
una dim ensión global (recordem os que la Amazonia, por ejemplo, ha
sido frecuentem ente descrita m etafóricam ente como el pulm ón del
planeta). La creciente presión sobre los bosques tropicales está produ­
ciendo una alarm a im portante, puesto que se trata de suelos muy frá­
giles y sensibles a la interferencia hum ana y son de muy difícil y larga
regeneración. Sponsel y otros (1996: 3) señalan que en 1989 el ratio
anual de deforestación llegó a ser de 142.200 km2, lo que representa
un 1,8 % de la superficie forestal existente en el mundo. El ritm o de
deforestación es tan acelerado que actualm ente excede las 0,4 ha por
segundo y representa la extinción de unas 10.000 especies en un solo
año. Schm ink (1992) presenta algunos datos m ás detallados. La
superficie de bosque tropical ro tu rad a en un solo año en estas mismas
fechas fue de 56.000 km 2 en América Latina, 37.000 km2 en África y
20.000 km 2 en Asia. La deforestación m ás extrem a tiene lugar en Amé­
rica Central, en África Occidental y el Sahel y en el Sudeste de Asia. Si
ESCENARIOS POLÍTICOS 165

la deforestación continúa a un ritm o equivalente, en algunos países


todos los bosques desaparecerán en pocas décadas: Madagascar, Sie­
rra Leona, Nigeria, Costa de Marfil, Bangla-Desh, India, Sri Lanka,
Malaysia, Tailandia y Filipinas.
La deforestación puede entenderse (así lo hace la FAO, p o r ejem ­
plo) como una conversión total de las zonas de bosques en otros usos.
Pero tam bién puede entenderse com o deforestación (y así lo conside­
ran la m ayor parte de autores que trabajan sobre este tema) com o una
modificación significativa de los bosques, sin que ello im plique nece­
sariam ente su roturación com pleta (Schmink, 1992: 1). La deforesta­
ción de los bosques tropicales puede deberse a tres grandes tipos de
causas: 1) la extensión de la agricultura de tala y quem a, como resul­
tado de la presión dem ográfica o de las dem andas del mercado; 2) el
consumo extractivo, es decir, la tala de árboles p ara obtener m adera,
papel o leña que realizan grandes em presas para la exportación, y 3)
las estrategias políticas y m ilitares (Sponsel y otros, 1996). Cada una
de estas causas tiene sus agentes, lo que com porta la existencia de dis­
tintas «racionalidades» en la utilización de los bosques y tam bién con­
flictos entre los grupos im plicados (Schm ink y Wood, 1987). Además,
el manejo de los recursos varía, a su vez, según las características de
cada individuo o grupo social (clase social, etnicidad, género, edad) y
está condicionado por las estructuras socioeconóm icas de carácter
más general (sistem a de propiedad, relaciones de clase, sistem a de
mercado, políticas concretas). Hay, por consiguiente, distintas escalas
de análisis (doméstico, local, regional, nacional e internacional). El
enfoque de la ecología política supone interrelacionar estos distintos
niveles para d ar cuenta del conjunto de variables que com ponen la
«matriz de la deforestación» (Schmink, 1992), en la que deben tenerse
en cuenta los patrones m igratorios, la distribución de la tierra, los
patrones de asentam iento y las estrategias económ icas de los grupos
domésticos (Collins, 1986a).
La perspectiva de la ecología política supone analizar !a relación
entre los distintos niveles im plicados en la producción y expansión de
determinados productos y sus consecuencias para el entorno. Esto
incluye un exam en de «las interconexiones entre el modelo de desa­
rrollo dom inante, las políticas y acciones del Estado, la com petición
entre varias clases y grupos de interés y las estrategias de superviven­
cia de una población rural que em pobrece de form a creciente» (Sto­
nich y De Walt, 1996: 188). La deforestación no es sólo un problem a
ambiental, ni tam poco algo derivado de procesos exclusivamente eco­
nómicos, pues no puede ser entendida dejando a un lado los procesos
sociales asociados a ella. Así se considera desde el enfoque del ecoso-
cialismo, que expande la perspectiva de la econom ía política hacia el
166 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

análisis de la distribución y uso de los recursos naturales y las contra­


dicciones que surgen entre sociedad y entorno (Stonich, 1995: 64).
A nalizarem os a continuación diferentes escenarios políticos en
relación con procesos de deforestación im portantes, que derivan de
aquellos dos grandes grupos de causas interrelacionadas de carácter
general que ya hem os com entado (acum ulación de capital y em pobre­
cim iento), pero que en su concreción se acom pañan de factores espe­
cíficos que en cada caso inciden de u n a form a particular. Nos centra­
rem os en diversos países de América Latina, que están soportando la
carga de la acum ulación de capital y donde se produce una brutal
explotación de los m ás pobres entre los m ás pobres. En esta presenta­
ción descriptiva dedicarem os m ás espacio a la Amazonia, por su valor
altam ente representativo de los procesos de deforestación y porque
concentra u na elevada carga sim bólica respecto a lo que actualm ente
guía buena parte de las preocupaciones am bientales.

7.2. Brasil. Políticas de colonización y desarrollo en la Amazonia

La Amazonia m uere [...] La tasa de devastación sigue una progre­


sión geom étrica y, si no se tom an m edidas, es probable que la selva tro­
pical desaparezca en los próximos treinta años, excepto los enclaves que
se puedan preservar.
La supervivencia de los indios y la supervivencia de la selva son una
m ism a cosa. Hace unos decenios había tantos bosques que una cosa no
im plicaba a la otra. Ahora, una protege la otra. Ahora, en cierto modo,
todos som os hijos de la selva. Ella nos alim enta y nos protege. Y todos
tenem os la responsabilidad de conservar este jardín. Es un problema
universal y requiere soluciones universales.
H em os de convertim os todos en los guardianes de la selva (Sting).

La Am azonia es la región que concentra la m ayor cantidad de


m asa forestal del m undo. Cuando a finales de los años setenta surgie­
ron las preocupaciones conservacionistas, la Amazonia concentró
buena paxte de las m ovilizaciones que desde grupos ecologistas y
agencias internacionales se organizaron p ara frenar el rápido proceso
de deforestación, que parecía im parable. Un proceso que había sido
expresam ente propiciado p o r las políticas de colonización y desarrollo
im pulsadas po r el gobierno de Brasil y financiadas con fondos del
Banco M undial y del Banco Interam ericano de Desarrollo, con el
objetivo de au m en tar la producción de alim entos y de ocupar a masas
de cam pesinos y de indígenas em pobrecidos. Al cabo de unos pocos
años em pezaron a surgir las voces de alerta ante el increm ento expo­
nencial de la superficie de selva roturada: se destaca la destrucción
ESCENARIOS POLÍTICOS 167

irreparable de m últiples especies anim ales y vegetales, así com o los


efectos negativos sobre el clima m undial p o r la pérdida reguladora del
agua que proporcionan los bosques. Y se destacan adem ás las vertien­
tes hum anas: junto con la selva hay el peligro de que desaparezcan
también los pueblos indígenas que viven en ella, m uchos de los cuales
se encuentran al borde de la extinción.2
Bajo la presión de organizaciones no gubernam entales p ara la
defensa del medio am biente, así com o de agencias financieras nacio­
nales e internacionales, el gobierno brasileño em pezó a m odificar su
estrategia desarrollista y en 1988 el presidente José Sarney anunciaba
medidas para reducir la destrucción de la Amazonia y p ara reorientar
la política de «conquista» de la selva que se había iniciado veinte años
antes. Hoy se ha creado en Brasil el program a «Nuestra N aturaleza»
para establecer correctivos a la deforestación, con la colaboración de
distintas organizaciones no gubernam entales (M oran, 1996: 159).3
La deforestación a gran escala de la Amazonia se inició con la
decisión de situar la capital en la zona central de Brasil y de con stru ir
la autopista Belém-Brasília. Se pretendía así propiciar la ocupación
de las vastas regiones de selva hasta entonces sin explotar o habitadas
por pueblos indígenas. La autopista em pezó a construirse en 1958 y
en el período de unos veinte años se fueron asentando a lo largo de la
ruta m ás de dos millones de personas. Los colonos ro tu rab an el bos­
que para establecer granjas de vacunos y recibían subsidios para ello.
Para entonces la selva aparecía com o una especie de tierra prom etida,
con miles y miles de hectáreas para ocupar que parecían no acabar
nunca. La batalla por ganar espacio a la selva apenas había com enza­
do y ganaderos, m ineros, colonos, indígenas, caucheros y leñadores se
afanaron por ganar terreno en los nuevos frentes que se iban abriendo

2. En Brasil existe una «Fundación Nacional del Indio», que tiene com o finalidad evitar
la destrucción de las com unidades indígenas. Observemos lo que implica el surgimiento de fun­
daciones que paralelamente tienen com o objetivo preservar la naturaleza, con sus especies
vegetales y animales y también a las com unidades indígenas. Hoy es el «indio»; mañana, tal vez
sea toda la humanidad la que deba ser protegida. El ser humano ya no se enfrenta y dom ina el
entorno, sino que es parte de este entorno que se debe preservar (M. O'Connor, 1994).
3. Las movilizaciones para frenar el proceso de deforestación de la Amazonia son un
claro ejemplo del surgim iento de una conciencia mundial en tom o a los problemas am bienta­
les. La Amazonia ha sido calificada de «jardín de la humanidad» y de «pulmón del mundo» y
estos lemas han tenido una gran fuerza evocadora. El popular cantante Sting hizo una gira por
el mundo acom pañado por Raoni, un líder indígena kayapo, para sensibilizar acerca de los
peligros de la deforestación de la Amazonia, transmitiendo una visión idílica de la selva y de
los pueblos indígenas, fuertemente contrastada con la imagen apocalíptica del futuro: «La
desaparición de la selva —dice Sting— provoca el conocido efecto invernadero, terremotos,
huracanes, sequía, miseria» (1989: 7). Distintas ONG de carácter internacional han hecho
numerosas actuaciones y presiones sobre el gobierno brasileño para que frene la deforestación:
World Life Fundation, Nature Conservancy, Greenpeace, Envlromental Defense Foundation,
Cultural Survival, Survival International, Rainforest Action Network.
168 ANTROPOLOGIA ECONÓMICA

con el avance de la autopista. La tierra roturada se consideraba


«mejorada» y las nuevas actividades eran sinónim o de progreso y
desarrollo (M oran, 1996).
E n 1971 se propició el Program a de Integración Nacional, para
prom over la colonización de la Transam azonia y Rondónia. Para ello
se proyectó la construcción de dos nuevas autopistas, una de norte a
su r (de Cuibá a S antarém ) y otra de este a oeste (la Transamazónica),
previéndose que en cinco años m ás de 100.000 familias se desaplaza­
rían hacia estas zonas. El proyecto fracasó debido a la crisis del
petróleo de 1973, que debilitó considerablem ente las arcas del Esta­
do. No se pudieron con stru ir las carreteras de servicio previstas,
au m en taro n los costes del transporte y los cam pesinos tuvieron gran­
des dificultades p ara vender el m aíz y el arroz que producían. Esto
dio pie a que en 1974 se cam biara de política: se acusó a los cam pesi­
nos de ser ineficaces, depredadores con el entorno y retrasados y se
consideró que las grandes explotaciones alcanzarían una productivi­
dad m ás elevada. De esta form a se dejó de distribuir tierras entre
colonos y se dieron facilidades a grandes em presas ganaderas. Sólo
6.000 fam ilias llegaron a instalarse de las 100.000 que se había previs­
to. Años m ás tarde, y com o resultado de la presión poblacional se rea­
lizaron nuevos repartos de tierras: se trataba de pequeñas parcelas,
inviables por su tam año y su lejanía y que los más pobres no tenían
m ás rem edio que aceptar, pero que eran abandonadas a m edida que
agotaban su fertilidad, pues no estaban en condiciones de invertir en
fertilizantes o tecnología p ara intensificar el cultivo (M oran, 1996,
Schm ink y Wood, 1987).
El p atró n de ocupación de la selva am azónica responde así a las
características típicas de lo que ocurre en zonas de frontera: los cam ­
pesinos roturan parcelas en tierra de nadie, a m enudo siguiendo el
trazado de las nuevas carreteras, plantan cultivos de subsistencia y
abandonan el lugar a m edida que el suelo va perdiendo su fertilidad.
Estas m ism as tierras, convertidas en pastizales, son ocupadas poco
después por grandes ganaderos, que ni siquiera han de preocuparse
de hacer ellos m ism os el trabajo de ro tu rar el bosque (Schmink,
1992). E n este contexto no vale la pena invertir esfuerzos y dinei'O en
el recubrim iento de las parcelas roturadas, pues es m ás fácil convertir
en pastizales otras nuevas y los pequeños cam pesinos facilitan el
cam ino, pues ellos van abriendo nuevos frentes con su avance.
Además de la agricultura y la ganadería hay otras actividades que
tienen consecuencias im portantes para la deforestación: la m inería y
la tala de árboles para m adera. El resultado com binado de estos facto­
res hizo que se produjera en pocos años un increm ento exponencial
de la deforestación: 30.000 km2 roturados en 1975 (0,6 % de la Ama­
ESCENARIOS POLÍTICOS 169

zonia), 125.000 km 2 en 1980 y 600.000 km2 en 1988 (un 12 % de la


Amazonia, equivalente a la superficie de Francia) (M oran, 1996: 156).
Sólo un 4 % del total deforestado fue roturado por los pequeños agri­
cultores; sin embargo, a ellos se atribuye el ser los principales causantes
de la deforestación. Las im ágenes de caboclos portadores de m otosie-
rras talando sin piedad un árbol tras otro han contribuido a difundir
la idea de que los colonos son los responsables de lo que d u ran te
estos años ha ocurrido en el Amazonas (Nugent, 1977). Las políticas
de colonización y desarrollo, que propician la gran propiedad y o to r­
gan concesiones a com pañías m ineras o m adereras, quedan así en
segundo plano.
En un excelente artículo, Schm ink y Wood (1987) analizan las
actividades hum anas significativas en la interacción entre sociedad y
entorno, y reconstruyen los distintos ám bitos de las form as de p ro ­
ducción y extracción vinculadas a tales actividades. Siguiendo el
esquem a conceptual de H arriett Friedm ann (1978) clasifican estas
formas de producción en dos grandes grupos, según conduzcan a u n a
reproducción simple o bien am pliada.
La reproducción sim ple es la que guía las actividades de indíge­
nas, caboclos y cam pesinos. Los indígenas, hoy considerablem ente
diezm ados (son poco m ás de 200.000), no producen excedentes signi­
ficativos, pues su producción se orienta a la subsistencia, que en algu­
nos casos se com plem enta con la recolección y venta de caucho
(M urphy y Steward, 1981). Las form as de interacción am biental son
muy complejas, pues practican u n a gran variedad de técnicas y obtie­
nen recursos m uy diversificados. Esto, unido a su baja dem ografía y
al peso de las instituciones com unitarias, hace que el im pacto sobre
el medio am biente sea m uy lim itado. Los caboclos son u n conglom e­
rado de gentes de orígenes m uy diversos, que se introdujeron en la
región a través del boom cauchero y tam bién cultivan, cazan y pes­
can. Viven en pequeños asentam ientos muy dispersos y com parten
con los indígenas el hecho de m anejar recursos m uy diversificados.
Los campesinos son los llegados m ás recientem ente a la selva y traen
consigo abonos, herbicidas y técnicas pobrem ente adaptadas a las
condiciones de los trópicos. Son los que m antienen unos nexos m ás
fuertes con el m ercado, pero están fuertem ente lim itados p o r su
situación estructural, que podría describirse de acuerdo con el m ode­
lo chayanoviano. Disponen de la m ano de obra familiar, tienen difi­
cultades para acceder a los créditos, han de som eterse a los precios y
condiciones que im ponen los interm ediarios y les afecta desfavorable­
m ente el intercam bio desigual.
La reproducción am pliada está representada p o r quienes se
encuentran en m ejor situación p ara obtener beneficios cuantiosos de
170 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

sus actividades: grandes explotaciones ganaderas, em presas m adere­


ras y com pañías m ineras. E stán inm ersos en la lógica de un mercado
com petitivo, que les lleva a avanzar constantem ente en tecnología,
productividad y en la obtención de la m áxim a ganancia a corto plazo.
La degradación am biental es la consecuencia lógica de esta clase de
racionalidad económ ica; digám oslo de otra forma: preservar el
m edio va en co n tra de los intereses a corto plazo de los grandes gru­
pos económ icos y ellos son los que dom inan el poder político y
m odelan la opinión pública. Ellos son, en definitiva, los máximos
representantes del crecim iento económ ico y del desarrollo (Schmink
y Wood, 1987).
A unque la región am azónica es enorme, se producen numerosos
conflictos p o r el uso de la tierra. Es cierto tam bién que a m enudo
colonos, m ineros, taladores de árboles y ganaderos han form ado un
frente com ún y han com plem entado sus actividades, pero m ás fre­
cuentem ente se h an producido violentas disputas entre grupos,
enfrentados p o r unos m ism os recursos. Las tierras de los indígenas
son codiciadas p o r todos los dem ás, y aquéllos, considerados como la
antítesis del desarrollo, se ven com o un obstáculo que frena la m area
del progreso. Hoy los indígenas son tutelados por el Estado y viven en
reservas que resultan insuficientes p ara m antener sus antiguas activi­
dades. Los cam pesinos han de luchar por sus derechos sobre la tierra
y com piten p ara ello con los inversionistas. Los prim eros quieren
vivir de la agricultura y llegaron a la Amazonia atraídos por la posibi­
lidad de llegar a poseer su propia tierra. Los segundos ven la tierra
com o una inversión, que les perm ite obtener m adera, m inerales, ven­
tajas fiscales y créditos. Los caboclos son los que tienen m enos visibi­
lidad y son los que tienen m enos m edios de defensa, pues aunque
h abitan en la selva desde hace m uchos m ás años que los nuevos colo­
nos no lo pueden dem ostrar y han de adaptarse a la lógica que ellos
im ponen.
Ya hem os visto cuál ha sido la función del Estado brasileño en este
proceso de ocupación de la Amazonia. Su inhibición ante los conflic­
tos desatados y sus propias poh'ticas h an tendido a favorecer a los
inversionistas m ás poderosos, aplicando la vieja perspectiva liberal
del «Estado mínimo», no intervencionista en lo económ ico y lo políti­
co. Pero tam bién ha tenido que com binar esta actitud con actuaciones
m ás populistas, prom oviendo iniciativas alternativas, p ara atender las
dem andas de los sectores de población m ás num erosos y proteger su
propia posición.
Un últim o aspecto a destacar: la interdependencia global. Otros
factores que trascienden las fronteras de Brasil afectan fuertem ente a
lo que h a tenido lugar en la Amazonia; eso no es algo reciente, pues
ESCENARIOS POLÍTICOS 171

ya desde el siglo xvi esta región h a estado ligada a la econom ía m u n ­


dial. D urante el período colonial los bosques am azónicos eran explo­
tados p ara la obtención de recursos extractivos (cacao, canela, espe­
cias, aceite de palm a, zarzaparrilla, caucho natural) y d u ran te el si­
glo xix aum entó fuertem ente la dem anda de caucho. Eso obligó a ir
adentrándose en zonas cada vez m ás rem otas y distantes, lo que lim i­
tó la propia extensión de esta actividad recolectora. Las políticas de
ocupación de la Amazonia con fuerte im pacto am biental se iniciaron
en los años cincuenta, p ara resolver la situación de las capas sociales
m ás pobres del país y p ara transferir las ganancias de capital que
generó la instalación de grandes com plejos industriales en el su r y de
regiones enteras especializadas en el cultivo de café y de cacao. La
Amazonia constituía u n vasto territorio p o r explotar, abierto a infini­
tas posibilidades, una válvula de escape p ara el exceso de población y
fuente de recursos p ara la exportación. La inm ersión del país en la
econom ía m undial y su dependencia de la financiación externa iba
generando una fuerte deuda financiera que estim uló aú n más la rea­
lización de program as de desarrollo que eran, adem ás, u n m edio
para obtener nuevos préstam os externos.
Desde el punto de vista am biental, estos factores explican que las
políticas de intervención en la Amazonia se cen traran en el corto
plazo y en el im perativo de la deuda y no en estrategias sustentables a
largo plazo. D urante años se consideró prioritario propiciar el despe­
gue económico, aunque ello supusiera costes sociales y am bientales.
Así lo expuso el representante del Brasil en la Conferencia de Estocol-
mo de 1972, quien acusó a Estados Unidos, Gran B retaña y Japón de
ser los máximos contam inantes del planeta, aunque a la sazón se p er­
m itieran el lujo de ser conservacionistas y defendió que no se podía
exigir a Brasil m edidas proteccionistas respecto al m edio am biente si
antes el país no alcanzaba un desarrollo similar. No se refirió, desde
luego, a que la m ism a clase de desequilibrios entre ricos y pobres exis­
tían dentro del propio Brasil, ni a que el desarrollo favoreciera a
determ inadas capas sociales y no a otras. E n el contexto de u n a cre­
ciente sensibilidad m undial hacia el medio am biente y con todos los
ojos puestos en el caso de la Amazonia, se legitim aron las políticas de
desarrollo que incorporaban el factor am biental. Eso significó en la
práctica incorporar la retórica conservacionista sin cuestionar el
modelo social existente y, por ello, cuando se optó p o r prom over las
grandes em presas ganaderas, se afirm ó que éstas eran menos preda-
doras, m ás racionales y m ás respetuosas con el entorno que los peque­
ños cam pesinos. El Banco Mundial, que durante años propició esta
clase de política, im pone hoy el respeto a los tem as am bientales p ara
seguir concediendo préstam os, y los m odelos de desarrollo em piezan
172 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

a reform ularse. Schm inck y Wood (1987) y tam bién M oran (1996)
consideran que se está iniciando un contexto m ás propicio para pro­
m over m odelos alternativos que frenen la deforestación y se basen en
el principio de la sustentabilidad.4

7.3. La Am azonia de Perú y Bolivia. M ercado externo


y p olíticas internas

P r e s io n e s d e l m e r c a d o : e l c u l t iv o d e c o c a

La cuenca del Alto Huallaga está situada en el centro de Perú y


form a parte de la Amazonia. Es una región en la que se ha extendido
exponencialm ente el cultivo de la coca, destinada a la exportación.
Desde el punto de vista de mercado, la coca responde a las mismas
características y relaciones de producción que el café, el cacao o el
caucho, por ejemplo, pero se diferencia de éstos en que se trata de un
producto ilegal. Los elevados beneficios obtenidos con el comercio de
la coca contribuyeron a su im plantación en el Alto Huallaga, a pesar
de tratarse de una región de colonización en la que el gobierno perua­
no prom ovió el cultivo del arroz y del maíz. Hoy, el cultivo de la coca
continúa extendiéndose a pesar de su expresa prohibición y de los
renovados intentos para propiciar otros productos. La presión del
m ercado externo, ju n to con factores políticos internos (intervención
gubernam ental/presencia de Sendero Luminoso) contribuyen a que la
región del Alto H uallaga se haya convertido en la región cocalera más
im portante del m undo.
La coca ha venido cultivándose en los Andes desde hace miles de
años, tratándose de un producto de consum o habitual entre los indí­
genas de la zona, que m asticaban hojas de coca como estimulante. El
increm ento de la dem anda de cocaína a escala internacional hizo que
el cultivo de la coca se expandiera a p artir de los años cincuenta. En el
Alto H uallaga la producción pasó de ocupar 2.228 ha en 1973, a
30.000 ha en 1980, y m ás de 60.000 ha en 1986 (Bedoya, 1987, 1995a).5

4. Algunos de estos m odelos alternativos se basan en comprender la forma de utilización


de los recursos por parte de las poblaciones indígenas, por cuanto éstas poseen siglos de expe­
riencia ndaptativa a las regiones tropicales (Sponsel, 1986). Pero hay quien hace notar también
que ha sido la baja demografía de las poblaciones indígenas la que posibilitó la sustentabilidad
de sus sistem as agrícolas y que estos pueblos también se relacionan con la selva por motivos
utilitaristas (Holloway, 1993).
5. Se calcula que en el conjunto del Perú hay más de 200.000 ha plantadas con coca, lo
que ha supuesto desforestar casi 700.000 ha desde 1970. ya que además de las parcelas dedica­
das a la coca, hay que añadir las destinadas a cultivos de subsistencia para los cultivadores, las
tierras abandonadas y los cam inos y carreteras abiertos en la selva (Bedoya, 1995a: 219). Para
el caso de Ecuador véase el libro de Bagley, Bonilla y Páez (1991).
ESCENARIOS POLÍTICOS 173

Actualmente en el Alto Huallaga pueden encontrarse, pues, dos sis­


temas agrícolas. Uno, el predom inante, consiste en cultivos perm a­
nentes de coca, té, café y cacao. El otro consiste en cultivos anuales de
alimentos tales com o m andioca, m aíz y arroz. La técnica utilizada es
la agricultura de tala y quem a, tanto en una clase de sistem a com o en
el otro, en un contexto de abundancia de tierras. El cultivo de coca
supone la obtención de ganancias mayores y el pago de salarios m ás
elevados, y eso ha contribuido a generar u n a im portante escasez de
m ano de obra entre los sectores cam pesinos no cocaleros (Bedoya,
1995¿). Los factores sociales y políticos que inciden en la conform a­
ción de estos sistem as de cultivos están provocando un proceso de
deforestación im portante en esta región, que el program a de erradica­
ción de la coca ha contribuido a agravar, por cuanto los campesinos,
se desplazan hacia áreas cada vez m ás rem otas y se instalan incluso
en zonas declaradas parques naturales. El cultivo persistirá si conti­
núa la crisis económ ica de Perú, si los cam pesinos obtienen ventajas
económicas superiores a las de otros cultivos y si se m antiene la
dem anda internacional (Bedoya, 1995a: 220).
La colonización del Alto Huallaga se inició en 1966, a partir de un
acuerdo entre el gobierno de Fernando Belaúnde y el Banco Interam e-
ricano de Desarrollo. El propósito era ubicar en la zona a 4.680 fam i­
lias dedicadas a la agricultura y la ganadería de vacunos. Se em pezó
el program a de colonización en Tingo M aría y se continuó en Capani-
11a y Tocache. Se realizó el desbosque de form a m ecanizada, p ara
solucionar la escasez de m ano de obra existente en una región de
frontera como aquélla y utilizando p ara ello los préstam os externos.
Eso produjo im portantes desequilibrios ecológicos, con pérdida sus­
tancial de la fertilidad de los suelos y em pobrecim iento de los pastiza­
les. Los bajos rendim ientos obtenidos provocaron que no se pudieran
devolver los préstam os en las condiciones previstas y que se generara
deuda externa (Bedoya, 1982a).
Los colonos cultivaban de form a com binada cultivos com erciales
(café, coca, té, maíz) y otros orientados al autoconsum o y tam bién
parcialm ente al m ercado (arroz, plátano, frijol, m andioca). La consti­
tución de cooperativas agrarias no consiguió solucionar los problem as
de la región, pues se obtenía una productividad muy por debajo de la
prevista e inferior a otras zonas. En 1976 se retiraron los subsidios, en
aplicación de las reglas de estabilización económ ica im puestas por el
Banco M undial y el Fondo M onetario Internacional se redujo la
dem anda de alim entos y la situación de los cam pesinos pasó a ser
muy problem ática. En estas condiciones, el cultivo de la coca se afian­
zó, pues suponía una alternativa real e inm ediata a las dificultades
con que se encontraban los colonos (Bedoya y Klein, 1996: 174-175).
174 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

Los condicionantes que pesan en el proceso de colonización, la


extensión del cultivo de la coca y el predom inio de la agricultura de
tala y quem a confluyen hacia u n a deforestación constante y conti­
nuada. Efectivam ente, al igual que veíamos en el caso de Brasil, la
región am azónica se percibe com o un lugar de abundancia de tierras,
que contrasta con la escasez existente en los Andes, de donde proce­
dían los colonos. Éstos, desconocedores de la fragilidad del ecosiste­
m a tropical y ansiosos p o r obtener rendim ientos a corto plazo, van
ro tu ran d o parcelas a m edida que las necesitan. Pero hay que conside­
ra r adem ás otro factor. Se trata de cam pesinos pobres, que incial-
m ente h an de cultivar p ara su propio consum o y utilizan la m ano de
ob ra familiar; eso los hace inadecuados p ara obtener créditos, que es
lo que p erm itiría invertir en insum os y m ano de obra asalariada e
intensificar el cultivo. Así, los colonos prefieren ir abriendo nuevas
parcelas en lugar de regenerar el suelo, que es m ás costoso, pues, si
desboscar u n área de cultivo requiere m ucha m ano de obra, controlar
el crecim iento de hierbas y de bosque secundario todavía requiere
m ás, e implica, adem ás, com prar inputs adicionales. Todo ello lleva a
un uso extensivo de la tierra y a una constante deforestación (Bedoya,
1995a: 224).
Tam bién el cultivo de la coca conlleva el increm ento de la defores­
tación; m ás arrib a hem os indicado ya la cantidad de hectáreas que se
h an ido abriendo p ara adaptarlas a este cultivo. E n los años ochenta
el gobierno de Perú se propuso erradicar el cultivo de la coca y para
hacerlo intentó estim ular las producciones legales. Para ello diseñó el
llam ado Proyecto Especial p ara el Alto Huallaga (PEAH), con tres
objetivos básicos: 1) increm entar la productividad; 2) articular la
región p o r m edio de la A utopista Marginal, y 3) m antener el equili­
brio ecológico y m ejo rar el nivel de vida de los cam pesinos. A pesar
de este program a, el cultivo de la coca se continuó extendiendo y
m ientras los colonos no cocaleros se iban instalando a lo largo de la
carretera, los cocaleros desplazaban sus parcelas hacia las regiones
m ás alejadas de la A utopista Marginal. Esto agudizó las contradiccio­
nes entre el E stado peruano, los narcotraficantes y los cocaleros. Ni el
E stado peruano, ni las antiguas elites económ icas estaban en condi­
ciones de incidir en estas regiones rem otas de frontera, y, ante el
vacío político que esto representaba, Sendero Lum inoso tuvo posibili­
dad de expandirse y controlar la situación. Así, esta organización se
ha convertido en una firm e defensora de los cultivadores de coca, a
los que protege de la represión policial y ayuda a relocalizar en nue­
vas zonas. La guerrilla necesitaba recaudar dinero y tam bién reclutar
nuevos com ponentes y la situación ilegal del cultivo de la coca facili­
taba am bas cosas (Bedoya y Klein, 1996).
ESCENARIOS POLÍTICOS 175

E sca sez d e m ano d e obra

Además de todo el conjunto de factores estructurales de alcance


económico y político que condicionan el com portam iento económ ico
de los cam pesinos cocaleros y de los no cocaleros. Bedoya (1995a)
insiste en que para entender el grado de deforestación es necesario
tener en cuenta la diferenciación social y las variaciones culturales,
pues im plican una utilización diferente de los recursos. Entre los
colonos, la escasez de m ano de obra es un factor condicionante, pues
limita la cantidad de tierras que se pueden cultivar, dificulta la in ten ­
sificación de la producción y todo ello repercute en la incapacidad
p ara pedir créditos y orientarse m ás eficazm ente hacia una produc­
ción para el m ercado. Recordem os que la escasez de m ano de obra
está fuertem ente condicionada por la existencia del cultivo de coca,
pues hay que tener en cuenta que los productores de coca obtienen
ingresos diez veces superiores a los de otros agricultores y pueden
pagar salarios m ás elevados: evidentem ente, esta diferencia de ingre­
sos constituye un estím ulo p ara la extensión del cultivo de coca. E n
este contexto, la m ayor disponibilidad de m ano de obra, de ingresos y
de tierra conducen hacia una m ayor intensificación de la actividad
agrícola; los cam pesinos legales, por su parte, cuentan con poca m ano
de obra y eso dificulta realizar los trabajos intensivos, siendo m ás
fácil para ellos abandonar las parcelas e ir abriendo otras nuevas, p ro ­
vocando, por tanto, una deforestación m ayor que los cam pesinos
cocaleros.
Entre los colonos, los lím ites a la producción vienen determ ina­
dos por las diferencias en el acceso a la tierra, trabajo y capital, así
como por el grado de integración en el m ercado. Por ello, el com por­
tam iento económ ico de los colonos (tanto si se trata de cocaleros
como de no cocaleros) co n trasta con el de las poblaciones indígenas
de la zona (am arakaeris, m achiguengas y ashaninkas), que practican
tam bién la agricultura de tala y quem a, pero con patrones de utiliza­
ción muy diferentes, pues el cultivo de la tierra es sum am ente diversi­
ficado, se com bina con otras actividades (caza, pesca, recolección) y
se orienta básicam ente hacia el propio consum o: los índices de defo­
restación son muy bajos y en algunos casos prácticam ente inexisten­
tes (Bedoya, 1995a).
Es interesante resaltar aquí las causas y los efectos que derivan de
la escasez de m ano de obra. E n el ejemplo que hem os expuesto hem os
visto que afecta fuertem ente a los colonos, debido a que en su caso no
pueden com petir con los cultivadores de coca, pero este factor no es
específico del Alto Huallaga, sino que está m ucho m ás generalizado
de lo que habitualm ente se considera y eso es algo que apenas se tiene
176 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

en cuenta. Efectivam ente, suele suponerse que en las naciones en


desarrollo el trabajo es un factor abundante porque se correlaciona
con los elevados índices de natalidad. Sin em bargo, en determ inados
contextos no es así, sino que se produce una acuciante falta de mano
de obra. Collins (1986a, 1987) insiste en este punto porque es básico
para com prender la dinám ica de trabajo y tam bién la degradación
am biental que se deriva de ello. La escasez de m ano de obra es un
resultado m ás de un acceso a los recursos y un intercam bio desigua­
les, que obliga a buscar ingresos fuera de la agricultura y conduce a la
em igración.
En el valle andino de Tam bopata, en el sur de Perú, la escasez de
m ano de obra es un factor condicionante y estructural (Collins,
1986&, 1988). E n las tierras altas, extrem adam ente escarpadas, se
p roduce café y su com binación con cultivos p ara la autosubsistencia
genera u n a alta dem anda de m ano de obra, que se encuentra en la
propia familia. Pero la insuficiencia de la renta agraria obliga a bus­
car em pleos estacionales o tem porales fuera de la agricultura para
poder o btener ingresos, lo que provoca la falta de trabajadores. Eso
conduce a un uso deficiente de los recursos, pues los cam pesinos se
ven im posibilitados de intensificar la producción y ante los rendi­
m ientos decrecientes h an de o p tar p o r ab rir nuevas parcelas e ir
abandonando las que poseían, im pulsados por la necesidad de produ­
cir ganancias a corto plazo. É sta es otra de las formas por las que la
pobreza conduce hacia la degradación am biental. Collins puntualiza
que la escasez de m ano de obra no es causa de la pobreza, pero sí un
elem ento que expresa las contradicciones que experim enta la peque­
ña producción en regiones rurales desarticuladas y fuertem ente
estancadas en las naciones en desarrollo. Esta contradicción hace
que «la escasez de tierras y m ano de obra coexistan una al lado de
o tra y que el rápido crecim iento de la población pueda conducir a
que no existan brazos p ara trab ajar la tierra» (Collins, 1986a: 41).
Ésta es una paradoja m ás derivada de la relación entre acum ulación
de capital y em pobrecim iento.

P rogram as d e d e s a r r o l l o e in t e r c a m b io d e s ig u a l

P ara acab ar este apartado introducirem os otro ejemplo muy dife­


rente de políticas de colonización en la Amazonia. Se trata del proyec­
to de S an Julián, en el oriente de Bolivia, que fue estudiado por
M ichael P ainter (1986&) doce años después de su puesta en m archa.
Se inició en 1972 y representó un notable avance respecto a otras
experiencias de colonización, tanto porque fue cuidadosam ente pía-
ESCENARIO S POLÍTICOS 177

neado y quiso evitar las desigualdades entre sus beneficiarios, com o


porque recibió un apoyo económ ico superior y m ás prolongado que
otros proyectos. Fue im pulsado p o r el Instituto Nacional de Coloniza­
ción, recibió subvenciones de la Agencia de D esarrollo Internacional y
fue conducido por una organización no gubernam ental, la Fundación
de Desarrollo Integral (FIDES).6
Este proyecto supuso ubicar en San Julián a 1.661 familias y afec­
tó a otras 2.518, que se instalaron en áreas colindantes, atraídas p o r
las nuevas expectativas que se abrían en la región. Antes de que llega­
ran los colonos se había hecho la conducción de agua potable, carre­
teras de acceso y refugios temporales. Además, se hicieron program as
de orientación respecto a cóm o desboscar y cultivar en el bosque tro ­
pical. Puesto que se trata de una zona bastante alejada y había pocas
facilidades de transporte, se im pulsó el cultivo de arroz, m aíz y tam ­
bién yuca, que tanto sirven p ara el consum o propio com o para vender
y que son de fácil conservación. Se optó p o r no utilizar fertilizantes ni
insumos que significaran gastos de producción im portantes y eso
im plicaba que se debían ir deforestando parcelas a m edida que decli­
naba la fertilidad de las que se cultivaban.
Las dificultades em pezaron a p artir de los bajos ingresos obteni­
dos por la venta del m aíz y del arroz, ya que el m ercado estaba bas­
tante saturado de estos productos y se pagaban a precios muy bajos.
Ante las condiciones desfavorables del m ercado, los colonos genera­
ron diversas respuestas: 1) experim entar con cultivos alternativos,
como frutas y verduras, pero que presentaban la dificultad de su difí­
cil conservación y el problem a añadido de su transporte; 2) obtener
ingresos adicionales a p artir de pequeños negocios; 3) dejar de vender
y replegarse hacia una producción de subsistencia, y 4) increm entar la
producción total intensificando el trabajo de los com ponentes de la
familia (Painter, 1986¿>: 118-120). Así, se increm entó el cultivo en
zonas libres sin la intención de m antener las nuevas parcelas abiertas
perm anentem ente, de m anera que cuando bajaba la productividad se
iba hacia otras zonas para iniciar de nuevo todo el proceso.
Cuando P ainter analizó el caso de San Julián en 1984 se estaba
produciendo un progresivo em pobrecim iento de la gente y se iba

6. El proyecto de San Julián es especialm ente destacable por excepcional, porque, tal
com o muestra Jones (1995), en Bolivia la ayuda internacional no ha servido para una mayor
protección del medio ambiente, ni para promover un bienestar generalizado. Por el contrario,
los fondos obtenidos han sido gestionados por la elite y han subvencionado más bien la degra­
dación ambiental y el racismo. Efectivamente, la instalación sistem ática de granjas ganaderas
de vacuno favoreció a los grandes propietarios y, en cambio, significó el progresivo arrincona-
miento y exclusión de los indígenas. El impulso de esta clase de políticas no ha hecho más que
acentuar la denominada «deuda social» y que los cam pesinos sean más pobres en 1990 que tan
sólo cinco años antes.
178 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

hacia u na creciente degradación am biental. E n este caso no falló el


proyecto de colonización en sí, sino que se trataba de un problem a
subyacente al intercam bio desigual que articula esta región con la
sociedad mayor. Las condiciones de desigualdad preexistentes se
reprodujeron en San Julián. Los colonos recibían tierras en lugares
alejados de las redes de tran sp o rte y los centros de m ercado, se desa­
rro llaro n cultivos de bajo valor m onetario y se colocó a los cam pesi­
nos en situación de intercam bio desfavorable. Painter concluye que
estos efectos deben ser tenidos en cuenta en los program as de desa­
rrollo, para in ten tar evitarlos y rom per así el ciclo de em pobreci­
m iento y destrucción am biental.

7.4. América Central. Desigualdad social e intereses com erciales

E n Am érica Central la deforestación ha alcanzado las proporcio­


nes m ás elevadas de toda América Latina. Buena parte de los bosques
roturados se convirtieron en pastizales para la instalación de granjas
vacunas, respondiendo a las dem andas de carne procedentes de Esta­
dos Unidos, por lo que en la antropología se popularizó la denom inada
«tesis de la ham burguesa» com o factor explicativo de la degradación
am biental y de su correlato, la pobreza.
E n el caso de América Central, p o r tanto, la degradación am bien­
tal se ha asociado a la intervención extranjera y a los intereses inter­
nacionales, especialm ente de Estados Unidos, sin otorgar apenas
papel a los intereses de clase confrontados de carácter nacional. Este
tipo de explicación contrasta con la que se utiliza p ara explicar estos
m ism os procesos en América del Sur, donde la degradación am biental
se asocia a políticas nacionales y a program as de desarrollo específi­
cos de cada país, y si hay intervención internacional, ésta se relaciona
con intereses de clase nacionales. Michael Painter (1995) destaca estas
diferencias, que en p arte se deben a factores históricos objetivos y en
parte derivan de determ inados énfasis teóricos y, m ás en concreto, de
u na vulgarización de la teoría de la dependencia.
Los países que actualm ente son Estados independientes en Améri­
ca Central nunca lucharon directam ente contra España por obtener
su independencia y la m ayor resistencia se produjo cuando México
intentó incorporarlos a su Estado. La form ación de la federación de
Provincias Unidas de Centro América no logró consolidarse, de m anera
que pasaron de Estados a provincias y, finalmente, en 1838, a repúbli­
cas. La región carece de recursos o industrias estratégicas, lo que con­
dicionó que no llegara a form arse una elite cohesionada y que econó­
ESCENARIOS POLÍTICOS 179

m icam ente se generara una fuerte dependencia de determ inados p ro ­


ductos: café, bananas y, m ás recientem ente, ganado vacuno. Su
im portancia estratégica, p o r su situación y fácil com unicación entre
los océanos Atlántico y Pacífico, contribuyó, adem ás, a que los proce­
sos internos de luchas políticas y form ación de clases se subordinaran
a los intereses geopolíticos de las potencias extranjeras que han d om i­
nado la región. El poder que Gran B retaña consiguió tener en la zona
en el siglo XIX se fue desplazando hacia Estados Unidos, que acabó
im poniendo su dom inio m ediante el poder político y las intervencio­
nes militares, así com o m ediante el control económ ico y com ercial
que aún hoy todavía posee (Painter, 1995: 10).
Dadas estas condiciones, la m ayor parte de los análisis sobre la
degradación am biental em piezan y acaban en Estados Unidos, lim i­
tándose al enfoque m onolítico que proporciona la teoría de la depen­
dencia, como si las presiones externas actu aran de form a coherente y
como si toda la región fuera internam ente hom ogénea y no hubiera
diversidad de iniciativas locales y de respuestas variadas a estas pre­
siones externas.7 Sin em bargo, desde el enfoque de la ecología política
el planteam iento es m ás complejo. E delm an (1990) m uestra, p o r
ejemplo, que la «tesis de la ham burguesa» es enorm em ente sim plista
y que en todo caso es un factor coyuntural, pues en el caso de Costa
Rica la deforestación continúa produciéndose aunque la exportación
de carne dism inuye y hay factores internos que explican este fenóm e­
no. Es el aum ento de los beneficios lo que conduce a ro tu rar los bos­
ques en lugar de realizar una producción intensiva, aprovechando así
el «subsidio de la naturaleza». Stonich (1995) m uestra, en el caso de
Honduras, que la exportación en sí no causa la degradación am bien­
tal, sino la apropiación de recursos en la m anera en que se concreta la
formación de clases. Además, la escasez de tierras, los desplazam ien­
tos de la población, la pobreza y la degradación am biental se p rodu­
cen de forma sim ilar en toda la región, sea cual sea el tipo de produc­
ción y que se destine o no a la exportación. De acuerdo con esto, Pain­
ter (1995: 12) concluye que las presiones externas y la econom ía
orientada a la exportación contribuyen a la degradación am biental al
exacerbar los procesos internos de acum ulación de capital. M ientras
los m ás ricos se apropian de los m ejores recursos, los m ás pobres se
ve desposeídos, han de desplazarse hacia áreas m arginales y realizar
prácticas depredadoras.

7. Respecto a esta variedad de respuestas locales y de situaciones regionales en Centro-


américa véanse, por ejemplo, Edelman (1990), Gudeman (1978), Moberg (1996), Painter
(1995), C. A. Smith (1978), Stonich y De Walt (1996) y Vandemeer (1996).
180 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

H o n d u r a s : i n t e r e s e s e x t e r n o s y c o n f l ic t o s s o c ia l e s

E n H onduras se desarrolló la producción de banana hace m ás de


un siglo, en plantaciones que se extendían a lo largo de la costa norte.
Después de la segunda guerra m undial y com o resultado de la crecien­
te dem anda se introdujo el algodón, café, caña de azúcar y la produc­
ción de carne para la exportación, que se extiende sobre todo en el sur
del país y que se financia con ayuda de Estados Unidos e inversiones
externas. A p a rtir de 1970 se introdujo el cultivo de melones y la pro­
ducción de langostinos. En 1989 se dejaron de conceder ayudas, ya
que la deuda externa era m uy elevada. En estas condiciones, el pago
de la deuda pasó a ser un objetivo m ás im portante que la conserva­
ción de los recursos, por lo que se siguen estim ulando los productos
destinados a la exportación a pesar de sus enorm es costes ambientales
(Stonich y De Walt, 1996: 190-192).
El entorno natural del sur de H onduras tiene tres áreas bien dife­
renciadas: 1) la costa, con lagunas, estuarios, manglares y bosque tro­
pical seco; 2) la llanura, que es la parte m ás extensa, de sabana, y 3) la
m ontaña, de tipo volcánico, con bosques de distinto tipo según la alti­
tud. Lo que ha tenido efectos m ás devastadores en toda la región inte­
rio r es, sin duda, la im plantación de la ganadería bovina, que se intro­
dujo hacia 1960. A p artir de esa fecha, antiguos cam pos de algodón se
convirtieron en pastizales y tam bién se roturó el bosque. Para facilitar
este proceso, los grandes propietarios alquilan zonas de bosque a
cam pesinos pobres: éstos las roturan, plantan m aíz y sorgo y cuando
la fertilidad declina están obligados a p lantar hierba y a desplazarse a
otro lugar, donde reinician el proceso.8 Y m ientras los grandes propie­
tarios pueden obtener créditos, invertir en m aquinaria y hacer funcio­
n a r sus explotaciones con muy poca m ano de obra, los m ás pobres
quedan relegados a las áreas m arginales y han de ir em igrando a la
ciudad, a la costa y a las áreas m ás rem otas de la m ontaña, llegando a
ocupar el bosque húm edo en las zonas de m ayor altitud. Hemos de
tener en cuenta, adem ás, que en H onduras se produce el crecimiento
dem ográfico m ás elevado del m undo. La concentración de la pobla­
ción en determ inadas áreas y el propio increm ento demográfico acen­
túan la presión sobre la tierra.
E n 1990 los m ariscos pasan a ser la producción nueva más im por­
tante. Inversionistas de Estados Unidos, Japón y Taiwan establecen
piscifactorías en H onduras, Costa Rica y Panam á. Además de las cor­
poraciones m ultinacionales, tam bién invierten en esta industria líde­

8. Gudeman (1978) explica para Panamá un tipo de trato muy similar entre grandes pro­
pietarios y cam pesinos. Estos últim os son los que van roturando el bosque y detrás de ellos se
van instalando las grandes explotaciones de ganado vacuno.
ESCENARIOS POLÍTICOS 181

res m ilitares, m iem bros del gobierno y particulares, que utilizan


ayuda financiera externa. Como las grandes fábricas se instalan en los
mejores sitios, los viveros artesanales se van expandiendo por la zona
de manglares, lo que com porta una producción m uy precaria, pues se
trata de tierras ácidas poco favorables p ara el cultivo de langostinos.
Tanto esta clase de ocupación, com o la construcción sistem ática de
diques para frenar las m areas, perjudica gravem ente el equilibrio eco­
lógico de esta zona húm eda y acaba con la vida de los m anglares.
Desde el punto de vista social se repite aquí el m ism o proceso que en
la agricultura. A la costa habían llegado num erosas familias que h a­
bían sido desplazadas por la expansión del algodón, la caña de azúcar
y la ganadería. Antes de que se expandieran las granjas de langostinos,
aprovechaban los recursos m arinos m ediante la pesca, el m arisqueo,
la sal, la producción de tanino y la leña. Estos recursos, que eran
comunales, pasan a privatizarse y caen en m anos de las grandes com ­
pañías m arisqueras. El desplazam iento que sufrieron en el pasado
desde las tierras agrícolas fértiles, hecho a m enudo p o r la fuerza y con
la com placencia de las autoridades, se repite años después en la zona
costera (Stonich, 1995: 82-83).
Como resultado de todo ello, los conflictos entre grandes propieta­
rios y campesinos, así como entre inversores y comunidades, son cons­
tantes y la catástrofe ecológica es prácticam ente irremediable. Los
cam pesinos son conscientes de esta situación, pero no tienen otra sali­
da que ir destruyendo el entorno para poder sobrevivir y, con ello, su
propia base de existencia. D ram áticam ente lo expresaba así un cam pe­
sino: «Sólo puedo esperar la destrucción de m i familia, porque la estoy
provocando con mis propias manos» (Stonich y De Walt, 1996: 187).

C o s t a R ic a y N ic a r a g u a :

CONTRASTE ENTRE POLÍTICAS SOCIALES Y AMBIENTALES

Al com parar las políticas sociales y am bientales entre Costa Rica y


Nicaragua, John Vandemeer (1996) discute las estrategias conserva­
cionistas convencionales y aboga p o r program as sociales que asegu­
ren una m ejor distribución en el acceso a los recursos y la m inim iza-
ción del im pacto am biental que supone el establecim iento de grandes
explotaciones agrícolas o ganaderas.
Después de la revolución sandinista en 1979, N icaragua im pulsó
un program a social que integraba el reajuste de la econom ía rural. E n
aquellos mismos años, Costa Rica entró en una fase de estabilidad
política, recibió una generosa ayuda económ ica de Estados Unidos y
promovió políticas conservacionistas. M ientras que la imagen que se
182 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

difundía de N icaragua era la de un país en guerra, que luchaba por


conseguir la justicia social desde el radicalism o y poco interesada por
la conservación de áreas naturales, la im agen de Costa Rica, por el
co n trario , e ra la de u n país en paz, que recibía ayuda externa para
el desarrollo, que no se im plicaba en reform as sociales y donde la
conservación de los bosques tropicales era una prioridad nacional. A
pesar de ello, Vandem eer destaca que, en el inform e del World
Resources Institute de 1990, Costa Rica aparece como el país que
tiene el porcentaje de deforestación m ás elevado del mundo.
Ya hem os dicho que Costa Rica recibió m ucha ayuda externa. La
A dm inistración Reagan tuvo m ucho interés en la región, pues el obje­
tivo era dem ostrar que la econom ía de m ercado ofrecía unos modelos
alternativos m ejores que los de los vecinos com unistas y que, por
tanto, los cam bios revolucionarios no eran deseables. Buena parte de
la ayuda externa se destinó a cuestiones am bientales y Costa Rica
apareció com o un paraíso tropical, al que acudían num erosos ecotu-
ristas, y el conservacionism o pasó a ser la fuente de ingresos nacional.
E n N icaragua las cosas se plantearon de form a muy distinta, pues
para este país era prioritario resolver los aspectos económicos y socia­
les y em prender una reform a agraria masiva. Se elim inaron las grandes
explotaciones, y entre 1980 y 1985, m ás de 127.000 familias recibieron
tierra en propiedad, dispersándose por todo el territorio. Sin embargo,
el cam bio político de 1990 acabó con esta experiencia y se abandonó la
reform a agraria de los sandinistas. El resultado es que desde esta fecha
cam pesinos sin tierra buscan nuevas parcelas a lo largo de las rutas
m adereras para poder sobrevivir, roturando indiscrim inadam ente
am plias zonas del bosque tropical e iniciando un im portante proceso
de deforestación que en los años anteriores no se había producido.
Esto m ism o es lo que han venido haciendo los cam pesinos costa­
rricenses desde hace m uchos m ás años, como resultado de la reform a
agraria que se efectuó en Costa Rica, que respetó las posesiones de los
grandes propietarios, ubicó a los cam pesinos pobres en tierras m argi­
nales y exigió un determ inado grado de productividad para poder
acceder a créditos. Los cam pesinos que no pueden alcanzar estas con­
diciones, o los que no pueden pagar las deudas de los créditos que han
solicitado, se ven forzados a sobrevivir buscando nuevas parcelas en el
bosque tropical y, al igual que sus vecinos, se adentran en la selva a
través de las rutas m adereras.
Los m odelos de ocupación del territorio han seguido pautas muy
distintas en estos años. En Costa Rica existen grandes islas de bosque
prístino, férream ente protegidas, que se hallan rodeadas de campos
de arroz y de bananas (que im plican el uso de pesticidas) y de ciuda­
des pobres en donde habitan los trabajadores rurales. En Nicaragua,
ESCENARIOS POLÍTICOS 183

el modelo de ocupación se asim ila m ás al de un mosaico: el bosque


natural se com bina con parcelas cultivadas y espacios abandonados.
Según Vandemeer, el segundo modelo conserva m ejor la biodiversi-
dad, y tiene unos efectos m enos devastadores que el prim ero, pero el
cam bio político de 1990 m odificó esta situación y hoy en día se está
reproduciendo en N icaragua el m odelo clásico de cam pesinos sin tie­
rras que se deplazan continuam ente por áreas boscosas y la deforesta­
ción está aum entando ostensiblem ente. M ientras tanto, Costa Rica ha
visto reducida la ayuda externa de form a considerable y, aunque con­
tinúa la política conservacionista respecto a determ inadas zonas, la
presión de los cam pesinos pobres se hace m ás intensa y la degrada­
ción am biental va tam bién en aum ento.

7.5. M éxico. Políticas hidráulicas y relocalización


de poblaciones

En m uchos países de América Latina las centrales hidroeléctricas


constituyeron el eje de m uchos proyectos de desarrollo regional con­
cebidos en el m arco de las políticas que intentaban situ ar a estos paí­
ses en la vía del desarrollo. La construcción de grandes presas tiene
como objetivos principales la generación de electricidad y la irriga­
ción de nuevas tierras p ara convertirlas en cultivables y obtener p ro ­
ductos destinados a la exportación. Pueden tener tam bién otras finali­
dades, como el sum inistro de agua a las ciudades, el control de las
inundaciones o usos relacionados con el turism o. La Tennessee Valley
Authority, que fue creada en 1933, se tom ó en m uchos casos com o
modelo para organizar grandes instituciones regionales dedicadas a la
construcción de obras de infraestructura.
El im pacto am biental y social de las construcciones hidráulicas es
considerable. Las presas inundan el fondo de los valles, que es donde
se encuentran las m ejores tierras de cultivo, y, dependiendo del nú m e­
ro de personas que deben ser reubicadas, han de adaptarse nuevos
territorios para poder em plazar en ellos nuevos pueblos y nuevas acti­
vidades económicas, lo que implica, en ocasiones, la roturación de
amplios espacios de bosque. Los costes sociales son tam bién m uy ele­
vados, pues la relocalización de poblaciones provoca u n fuerte senti­
m iento de pérdida y de desarraigo, así com o dificultades de todo tipo.
Y es que los «relocalizados», que son los perjudicados por las cons­
trucciones hidráulicas, suelen quedar excluidos del área de im pacto
económ ico positivo y social de las obras y pocas veces logran m ejorar
su nivel de vida en el nuevo lugar al que son trasladados (Bartolom é y
Barabás, 1990, I: 31). El traslado suele com portar, adem ás, otras con­
184 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

secuencias: fragm entación territorial y étnica, com pensaciones injus­


tas e inadecuadas, tensiones y conflictos, ru p tu ra de lazos sociales y
organizativos preexistentes, así como profundos cam bios económicos,
políticos, sociales y culturales.
Ecocidio y etnocidio form an parte, pues, de un mism o proceso: se
destruyen los ecosistem as p ara adaptarlos a la producción masiva
destinada al m ercado y eso se corresponde con la destrucción cultural
de los pueblos que son erradicados del lugar donde se construyen las
presas y centrales hidroeléctricas. La «razón de Estado» que gobierna
estos proyectos y sus realizaciones se im pone asim étricam ente sobre
las poblaciones afectadas; p o r otra parte, cuando se trata de com uni­
dades indígenas, éstas se encuentran aún m ás indefensas debido a su
débil posición en el conjunto social. Se expresan y se reproducen así
las condiciones de desigualdad existentes en la sociedad.
E n el caso de México, la prim era planta hidroeléctrica se constru­
yó en el estado de Puebla a finales del siglo xix y em pezó a funcionar
en 1898. Posteriorm ente se fueron construyendo nuevas presas, cons­
tituyendo proyectos aislados, hasta que en 1947 se creó la comisión
del Papaloapan, con el objetivo de diseñar grandes obras de ingeniería
y sistem as de presas asociadas. En una prim era etapa se construyó la
presa Miguel Alemán, que supuso la relocalización de 20.000 indíge­
nas m azatecos. La presa Cerro de Oro form aba parte de los proyectos
de esta com isión, pero en su caso el proceso de construcción no se ini­
ció hasta el año 1974. Afectaba un total de 26.370 ha, donde residían
unas 20.000 personas, en su m ayoría chinantecos, que fueron trasla­
dados a cuatro nuevas localizaciones: Uxpanapa, Los Naranjos, Vera-
cruz y áreas libres del vaso de la presa. En una excelente monografía,
Miguel Bartolom é y Alicia B arabás (1990) analizan el im pacto
am biental y sociocultural que produjo la construcción de la presa
Cerro de Oro, que resum im os a continuación.
Ya hem os indicado que las zonas de inundación de las presas se
corresponden con las mejores tierras de cultivo, y así sucedió en el caso
de la presa Cerro de Oro. Pero, además, la relocalización de la pobla­
ción supuso una degradación am biental im portante. Efectivamente,
sólo en la zona de Uxpanapa se expropiaron 260.000 ha, que equivalen
a un 13 % de la superficie forestal de México. Las recomendaciones de
los biólogos y antropólogos que hicieron diversos estudios en la zona
no se siguieron. Sus propuestas se basaban en una utilización diversifi­
cada y m últiple de la selva húm eda, siguiendo el mismo tipo de prácti­
cas que la tradición económ ica indígena poseía; estos científicos dicta­
m inaron que transform ar radicalm ente este ecosistema para instalar
explotaciones agropecuarias conduciría irrem ediablemente a una des­
trucción del mismo, dada la fragilidad y pobreza de los suelos.
ESCENARIOS POLÍTICOS 185

Desde el prim er m om ento, estas recom endaciones se granjearon


una gran hostilidad p o r parte de los técnicos y planificadores de la
colonización, pues consideraban que frenaban la gran em presa m oder-
nizadora que se proponían promover. Predom inó la lógica de la ganan­
cia a corto plazo y se im pulsó la creación de em presas agrícolas y
ganaderas orientadas hacia la producción m ercantil a gran escala. Por
consiguiente, se procedió a la roturación masiva de 85.000 ha de bos­
que húmedo, utilizando m aquinaria pesada que arrancaba incluso las
raíces de los árboles y destruía la delgada capa de suelo fértil existente.
Las ganancias que se obtuvieron a corto plazo fueron enormes, pues el
volumen de m adera que se consiguió con la tala masiva de árboles
representó m ás de la m itad de la producción m aderera m exicana de
aquel año. De esta form a se consiguió financiar el proyecto de coloni­
zación, aunque las ganancias obtenidas no revirtieron en los afectados
por el traslado, que tuvieron que realizar la m ayor parte del trabajo
implicado en adaptar la zona a sus necesidades. El antiguo bosque
húmedo se convirtió así en una gran estepa erosionada y em pobrecida
que se destinaría a la agricultura extensiva y a la ganadería.
El anuncio de construcción de la presa se produjo en 1972 y la
últim a de las relocalizaciones se realizó en 1989. D urante estos años,
los chinantecos vivieron dram áticam ente todo el proceso que los
expulsaría de sus tierras y los llevaría a un lugar desconocido p ara
ellos. La prim era etapa se caracterizó p o r u n a gran confusión, tanto
porque las noticias se difundían m ediante rum ores com o por el hecho
de que los chinantecos eran m onolingües y eso dificultaba poder reca­
bar inform ación adecuada. La construcción de la presa sufrió diversas
interrupciones y todo el proceso de relocalización se prolongó m ucho
m ás de lo planeado. Para los que fueron a U xpanapa duró cuatro
años, aunque m uchos afectados volvieron a sus tierras de origen y
para ellos em pezaría de nuevo todo el proceso. Diecisiete años des­
pués todavía había centenares de indígenas p o r trasladar.
D urante el transcurso de esos años hubo diversas respuestas y for­
mas de enfrentarse al proceso: desde la incredulidad inicial, hasta las
luchas de resistencia y las movilizaciones de protesta. Una de las res­
puestas m ás significativas fue la generación de un m ovim iento m esiá-
nico, que consiguió un fuerte sentido com unitario y la conform ación
de líderes de acuerdo con los m ecanism os tradicionales. Fue en
Ojitlán donde se desarrolló un culto religioso de oposición a la cons­
trucción de la presa, asociado a lodo un conjunto de apariciones y
prom esas hechas por personajes sagrados. Los protagonistas eran un
individuo chinanteco, el Ingeniero el Gran Dios, Jesucristo y la Virgen
de Guadalupe, que habrían llegado a la tierra para salvar a sus hijos del
desastre e im pedir la construcción de la presa y el traslado. El movi­
186 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

m iento religioso se configuró así como una forma de mediación política


entre sectores chinantecos y los grupos de poder, ante el fracaso y
decepción de la gente respecto a los mediadores institucionales locales.
Pero esta respuesta no era la única ni se agotaba en sí misma, de mane­
ra que tam bién surgieron diversas movilizaciones de protesta, que algu­
nos consideraban m ás eficaces, encabezadas por líderes cuyo lenguaje y
actuación eran com patibles con las formas políticas hegemónicas.
El traslado originó tensiones, conflictos y un intenso trabajo, ya
que fueron los propios afectados los que tuvieron que ro tu rar el terre­
no p ara el em plazam iento de los pueblos, construir sus casas y espa­
cios urbanos, pedir créditos e iniciar las labores agrícolas. Fue la
etapa m ás dura, de m ayor intensidad em ocional y donde se alcanzó
un estrés m ultidim ensional de considerable m agnitud, ya que se vivió
dolorosam ente la pérdida del hogar y del propio territorio, y, además,
todas las dificultades de la relocalización recaían sobre la gente afec­
tada. El repertorio de conocim ientos y recursos conocidos se m ostró
ineficiente e inadecuado para hacer frente a todos los cam bios que se
debían enfrentar, y fueron m uchos los que, desilusionados y agotados,
optaron por volver de donde habían m archado.
Q uienes se quedaron en los nuevos poblados tuvieron que idear
nuevas form as de organización, que no podían basarse en las antiguas
relaciones de parentesco, vecindad y am istad. El desconocim iento del
nuevo m edio en que vivían era total y sus saberes agrícolas no podían
adecuarse fácilm ente a la nueva situación: no sabían cuándo se debía
sem brar, qué árboles o hortalizas se podían plantar e, incluso, qué
productos se podían recolectar. Las m ujeres dejaron de vestir sus huí­
piles tradicionales, que delataban su estigm atizada condición de
«indias», renunciando así a las expresiones m ás visibles de su perte­
nencia étnica y com probando dram áticam ente cóm o sus habilidades
com o tejedoras y bordadoras, tan útiles en su medio originario, no
servían aquí para nada. Incluso la propia lengua, el chinanteco, se vio
afectada, pues en los espacios públicos se fue im poniendo el castella­
no, dada la necesidad de tratar con técnicos y funcionarios, iniciándo­
se u n proceso de asim etría lingüística en el que el chinanteco aparece
com o signo de incultura y falta de integración. El nuevo medio y la
nueva vida hacían difícil, si no imposible, seguir siendo chinantecos
(B artolom é y Barabás, 1990, II, 221). El etnocidio aparece así estre­
cham ente vinculado a la relocalización y es una consecuencia de ella.
El caso de la presa Cerro de Oro no es excepcional ni se halla limi­
tado a un ám bito específico. Miles de seres hum anos en el m undo han
sido trasladados de sus tierras al haberse construido en ellas centrales
hidroeléctricas, algunas de las cuales han im plicado relocalizaciones
masivas (com o es el caso de Aswan en Egipto, N arm anda en India o
ESCENARIOS POLÍTICOS 187

Sobradinho en Brasil) y los elevados costes sociales no siem pre se


corresponden con el interés general superior que se obtiene de tales
construcciones. Bartolom é y Barabás concluyen que en el caso de la
presa Cerro de Oro el sueño del desarrollo hidráulico se convirtió en
pesadilla y el resultado fue que el Estado creó 26.000 nuevos pobres
pertenecientes a una población que previam ente poseía m edios para
vivir dignam ente (1990, II, 225). El Estado actuó, así, contra el E sta­
do, pues dañó sus propios intereses. Se favoreció la acum ulación de
capital y se generó em pobrecim iento, al igual que en los otros casos
que hem os analizado en este capítulo.

7.6. Urbanización y pobreza. Apuntes de ecología política


urbana

La m ayor parte de trabajos hechos desde la perspectiva de la eco­


logía política se centran en el im pacto de la econom ía política global
sobre los procesos de desarrollo de los países del Tercer M undo y en
sus efectos devastadores sobre la naturaleza: deforestación, erosión,
desertización, vertidos, etc. Dicho de otra forma: el énfasis se ha
orientado hacia el análisis de la naturaleza m ism a y el m odo com o ha
sido utilizada, modificada, regenerada o destruida por los grupos
hum anos. Pero los problem as am bientales se producen tam bién en el
medio social construido, en las ciudades, y afectan de forma inm edia­
ta y tangible a las condiciones de existencia de sus habitantes y m uy
especialm ente de los m ás pobres: escasez o contam inación del agua,
polución, m alas condiciones de las viviendas, falta de infraestructuras
y de servicios sanitarios, educativos, etc. El resultado que deriva de estos
problem as concierne directam ente a la salud y el bienestar de las p er­
sonas, y sus consecuencias son la m ortalidad infantil, carencias n u tri­
tivas, enferm edades o la baja esperanza de vida.
Los program as de desarrollo que h an tenido lugar en Latinoam éri­
ca no han conseguido resolver la pobreza ni am pliar significativam en­
te la absorción de fuerza de trabajo. Además, la m ayoría m ás pobre ha
tenido una participación escasa en los ciclos de crecim iento pero, en
cambio, ha soportado la carga de lo que ha sido una progresiva y
constante concentración de la riqueza. La población en condiciones
de pobreza m antiene su peso y en m uchos países se ha deteriorado
ostensiblemente su situación social. Los datos son im presionantes:
según el Banco M undial, en 1985, en América Latina un 19 % de la
población total estaba p o r debajo de la línea de pobreza (unos 70
millones de personas) y un 12 % p o r debajo de la línea de extrem a
pobreza (unos 50 millones de personas) (Pirez, 1992: 15).
188 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

Las econom ías de los países latinoam ericanos se han estructurado


a p artir de relaciones de fuerte dependencia respecto al mercado m un­
dial, y las presiones del proceso de diferenciación social interna han
conducido al surgim iento de dos fenómenos interrelacionados: en pri­
m er lugar, la industrialización de algunos países, que se ha concentra­
do en las grandes ciudades y que en gran parte está controlada por
capital extranjero. En segundo lugar, las masivas migraciones inter­
nas, desde el cam po hasta la ciudad y desde las pequeñas ciudades a
las capitales, lo que ha producido una desproporcionada macrocefalia
de algunos centros urbanos. Y com o los em igrantes son en su mayoría
m uy pobres, ello ha contribuido a la formación de enorm es concentra­
ciones suburbiales alrededor de las ciudades (Portes y Walton, 1976:
26-27). Estim aciones dem ográficas para el año 2000 prevén que cinco
de las doce ciudades m ás pobladas del m undo (con m ás de 13 millo­
nes de habitantes) se encontrarán en América Latina, con México y
Sao Paulo ocupando los dos prim eros lugares (Guimaráes, 1990: 72).
A ctualm ente, las sociedades latinoam ericanas son predom inante­
m ente urbanas y en las ciudades es donde se encuentra el mayor volu­
m en de pobreza. De acuerdo con los datos sum inistrados por Pirez
(1992: 15), un 25 % de la población reside en ciudades de m ás de un
millón de habitantes en nueve países y el porcentaje se eleva a un 44 %
si se consideran las ciudades de m ás de medio millón de habitantes.
E n u n país com o Argentina, la población urbana alcanza el 90 %.
Estos datos corresponden a los años ochenta; actualm ente estas pro­
porciones se han increm entado ostensiblem ente y los llamados
«barrios paracaídas» no cesan de aparecer en ciudades com o México,
Lima, Sao Paulo, P anam á o Bogotá. Las crisis económ icas han tenido
un fuerte im pacto en las ciudades, y, según un informe de la Econo-
m ic Com m ission for Latin America and the Caribbean (ECLAC), en
1990, el 39 % de la población u rb an a sufría pobreza (116 millones de
personas), m ientras que tan sólo cinco años antes este porcentaje era
inferior: u n 35 % (Escobar y González de la Rocha, 1995: 61).
Algunos países de América Latina experim entaron un proceso de
considerable crecim iento económ ico entre 1960 y 1970. En estos años
se aceleró la urbanización, se increm entaron las oportunidades de
em pleo y se transform ó la estructura ocupacional. Los salarios pasaron
a ser cruciales en el nuevo esquema, pues la m enor rem uneración del
trabajo respecto a los países de capitalismo avanzado y la flexibilidad
en el em pleo son los factores que perm itían concurrir en el mercado de
la exportación. Así, no es contradictorio que m ientras aum entaba el
núm ero de empleos, tam bién aum entara el paro y descendieran los
salarios, lo que significó un considerable deterioro de las condiciones
de vida para un núm ero creciente de gente. En este contexto, la econo­
ESCENARIOS POLÍTICOS 189

m ía informal en térm inos de empleo y producción pasa a ser un fenó­


meno generalizado en las ciudades latinoam ericanas y esta situación
origina que los puestos de m enor prestigio, m ayor riesgo y m enor sala­
rio sean cubiertos por los m igrantes más pobres (Altamirano, 1988;
Escobar y González de la Rocha, 1995). En los años de crisis económ i­
ca posteriores a 1970, el empleo informal ha sido incluso una estrategia
de los propios trabajadores para evadir las m uy desfavorables condicio­
nes salariales y fiscales del empleo formal, constituyendo una especie
de «colchón de seguridad» o un «amortiguador» de la crisis p ara los
grupos de bajos ingresos, aunque no haya podido contrarrestar la caída
de ingresos de las clases más pobres (Escobar, 1993: 259-260). Estas
condiciones de trabajo, que se encuentran presentes en la m ayor parte
de ciudades de América Latina, derivan del crecim iento desequilibrado
de la economía, la dependencia y la subordinación a condicionam ien­
tos externos (Lomnitz, 1975; Portes, 1989; Roberts, 1978).
Si la econom ía política perm ite explicar la articulación del trabajo
informal con el conjunto de la econom ía nacional de los países latino­
am ericanos, así com o la dependencia de estas econom ías respecto al
m ercado externo, la ecología política perm ite adentrarse en las condi­
ciones de vida y en la m anera en que el acceso y uso de los recursos
urbanos son negociados, definidos y contestados en la arena política:

Las cuestiones de la planificación urbana, de los patrones ecológicos


y del desarrollo económico son en últim a instancia cuestiones políticas y
la com prensión de estos procesos y de sus resultados tiene que basarse
en el análisis del control político y de los mecanismos de acceso al poder.
La planificación de servicios, el uso del territorio y las decisiones sobre
el desarrollo no ocurren sobre un vacío, sino que han de considerarse
com o una variable y como el resultado problem ático de la lucha por el
poder y del acceso al poder p or parte de grupos sociales en com petencia
(Portes y Walton, 1976: 4) (cursiva en el texto).

Una de las expresiones m ás visibles de la incidencia de los factores


políticos y de la diferenciación social en el ecosistem a urbano se
encuentra en las propias características del proceso de urbanización y
en el acceso y uso diferencial del espacio urbano y de la vivienda.9 Las

9. E! crecimiento urbano en América Latina se ha realizado de forma muy rápida y en


algunas ciudades alcanza grandes dim ensiones, lo que ha originado una situación de desvertc-
bración urbana y graves problemas de transporte, vivienda, centros escolares y sanitarios, etc.
Esto ha motivado la existencia de un volumen importante de investigaciones sobre la ciudad
realizadas por parte de urbanistas, antropólogos, econom istas y otros científicos sociales y
orientadas tanto a su conocim iento com o a la planificación e intervención en problemas socia­
les. Véanse, por ejemplo, Altamirano (1988), Carrión (1987, 1992), Carrión y otros (1989-1991),
Coraggio (1991), De la Peña y otros (1990), Estrada y otros (1993), Hardoy y Schaedel (1975),
Kingman (1992) y Velho y Alvito (1996).
190 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

grandes m igraciones hacia las ciudades se producen p o r la concentra­


ción en éstas de oportunidades ocupacionales, recursos y servicios.
Los elevados precios del suelo urbano, así como la ausencia de progra­
m as adecuados de crédito y de vivienda se corresponden con un patrón
extensivo de asentam ientos ilegales periféricos, pues la gente más
pobre no tiene otro rem edio que establecerse y construir sus chabolas
fuera de todas las norm as de regulación existentes. De esta forma van
surgiendo nuevos suburbios alrededor de las ciudades (barriadas,
•»lonias, urbanizaciones, favelas, villas m iseria) que no cuentan ni
on u na infraestru ctu ra m ínim a u rbana (agua corriente, electricidad,
alcantarillado, transporte), ni con servicios adecuados (escuelas, ceñ­
iros de salud).10
P ueden distinguirse tres form as de creación de estos nuevos
barrios: 1) Los «asentam ientos espontáneos». Se trata de espacios que
se ocupan inicialm ente p o r algunas familias, a las que si no son expul­
sadas de inm ediato, pronto se sum an otras que construyen sus chabo­
las. 2) Las invasiones de tierras, resultando de la decisión de un grupo
de gente sin hogar, que conoce la existencia de algún terreno público o
privado desocupado. Suelen ser protagonizadas por un núm ero eleva­
do de familias, dispuestas a enfrentarse con la decisión de las autori­
dades. 3) Los asentam ientos clandestinos en terrenos privados que los
propietarios (denom inados «coyotes» en México y América Central)
ceden a la gente m ás pobre a cam bio de dinero. Es lógico que en estas
condiciones las luchas populares se relacionen con los problem as de
vivienda y la consecución de m ejoras elementales para sus barrios, lo
cual puede prolongarse durante m uchos años, pues im plica obtener
prim ero el reconocim iento de su existencia, su legalización y la reali­
zación de obras públicas p o r parte de las municipalidades. Tal como
indican Portes y W alton (1976: 54), estos asentam ientos suburbiales
representan la plasm ación ecológica de la pobreza y la ausencia de
u na posición reconocida en el sistem a urbano.
Como ejem plo de la precariedad del ecosistem a urbano señalare­
m os que en Sao Paulo, p o r ejemplo, ciudad que constituye un im por­
tante polo de la región, un 40 % de los hogares no tiene agua co m en ­
te y un 65 % no está conectado a la red de alcantarillado. Además,
sólo un 4 % de las aguas residuales reciben algún tipo de tratamiento:
el resto es vertido directam ente en los ríos, que son verdadexas cloa­
cas a cielo abierto (G uim aráes, 1990: 72). Los problem as de contam i­
nación atm osférica son tam bién muy im portantes y ciudades como

10. Ante la incapacidad dei Estado para proveer de servicios suficientes, ha surgido
recientem ente un sector privado asistencial que pretende cubrir tales deficiencias, aunque en la
práctica acostumbra a reproducirlas por el propio hecho de actuar de forma desarticulada
(Altamirano, 1988).
ESCENARIOS POLÍTICOS 191

México, Lima, Sao Paulo o Santiago tienen una atm ósfera irrespira­
ble, lo que provoca que regularm ente tenga que declararse el estado
de emergencia, con la suspensión de actividades escolares, el reforza­
miento de los centros sanitarios y severas m edidas para la restricción
del tráfico." No hay ni que resaltar, por evidente, que las barriadas
más pobres son las m ás afectadas p o r las condiciones de insalubridad
derivadas de esta degradación am biental del sistem a urbano.
Respecto a las form as de sobrevivencia, la diferenciación social
condiciona tam bién de form a m uy nítida las líneas divisorias respecto
a la clase de trabajos a los que se puede acceder. La pobreza urbana se
caracteriza por la inestabilidad ocupacional, los bajos ingresos y la
falta de prestaciones sociales. Por tanto, desde un punto de vista eco­
nómico, la m arginalidad que genera la pobreza hace que los indivi­
duos no participen plenam ente en el m ercado de trabajo ni en el de
consum o y que la sobrevivencia sea extrem adam ente difícil. La dife­
renciación social en la ciudad se expresa en el hecho de que los m ás
pobres viven en buena m edida de los sobrantes que generan los
demás, sea porque realizan trabajos poco cualificados (servicio dom és­
tico o actividades diversas en el sector informal), sea porque aprove­
chan y consum en directam ente lo que otras clases sociales desechan.
Así lo describe Larissa Lom nitz en su estudio de una barriada de la
ciudad de México:

En Cerrada del Cóndor, el poblador es un recolector de los desperdi­


cios del sistem a urbano industrial. Se viste con ropa usada, acarrea agua
en tarros y botes vacíos, cubre su techo con m ateriales sobrantes de las
consüucciones. Un día am anece jardinero, al otro día es albañil o ayu­
dante de chófer. Si se enferma, su m ujer sale a vender tortillas o nopales,
o bien a lavar o a planchar. Los niños salen a la calle a bolear o vender
chicles, o a pedir pan. La utilización de desperdicios puede llegar a ser
sistemática: un poblador que trabaja de basurero libre, cría cerdos con
la basura que ju n ta diariam ente en su trabajo. En otro caso, los niños
iban de casa en casa pidiendo pan y tortillas secas, que tam bién servían
para la crianza de anim ales (Lomnitz, 1975: 96).

El empleo inform al, a m enudo discontinuo y escasam ente rem u n e­


rado, los intercam bios recíprocos de servicios, así com o el autoaprovi-
sionamiento son las formas predom inantes de obtención directa de
recursos o bien de ingresos entre la gente más pobre, lo que contribu-

11. No hay que olvidar en este apartado el im pacto de los grandes desastres, que no
siempre son fruto de agentes de la naturaleza o de factores imprevisibles. La mala calidad de la
infraestructura urbana, relacionada con la corrupción política, originó por ejemplo la terrible
explosión que se produjo en Guadalajara en 1992 com o resultado de la emanación de gases de
las alcantarillas (Ramírez y Regalado, 1995).
192 ANTROPOLOGIA ECONÓMICA

ye a reproducir la situación de pobreza y las condiciones de vida aso­


ciadas a ella. Tam bién contribuye a reproducir la m arginalidad de los
barrios periféricos, p o r la im posibilidad de resolver de forma efectiva
e inm ediata unos problem as que se crean más deprisa que la capaci­
dad de reacción y de inversión que tienen los gobiernos municipales o
estatales. Y es que, tal com o estam os tratando de argum entar, los
patrones de urbanización en América Latina se caracterizan por el
desproporcionado crecim iento de las ciudades, la extensión creciente
de la pobreza y la coexistencia del em pleo formal con ocupaciones
inform ales, en m uchos casos m ayoritarias: son dim ensiones estrecha­
m ente interrelacionadas.
E n una excelente m onografía sobre la ciudad de Guadalajara, en
México, M ercedes González de la Rocha (1994) analiza las bases
sociales de la supervivencia económ ica y los m ecanism os y recursos
con que las fam ilias enfrentan las situaciones de pobreza y de miseria.
Una de las dim ensiones m ás relevantes de su estudio es m ostrar que,
ante la incapacidad del Estado y las esferas públicas de proporcionar
los elem entos adecuados para el bienestar de la gente, la superviven­
cia individual depende de la ayuda económ ica y social que se obtiene
de parientes, am igos y vecinos. Las relaciones sociales son uno de los
escasos recursos con que cuentan los m ás pobres y se usan extensiva­
m ente en form as variadas de ayuda m utua. M uestra, también, el
im portante papel de las m ujeres en estas condiciones de escasez,
tanto por lo que respecta a la obtención de ingresos como al uso de
las relaciones sociales que proporcionan ayuda y favores en el día a
día y en situaciones de em ergencia. Las m ujeres tienen un papel pro­
tagonista tam bién en los movim ientos reivindicativos populares, que
en este caso se orientan hacia el problem a de la vivienda. La propie­
dad de la m ism a aparece entre la gente com o la única alternativa para
solventar sus problem as y hace que se otorgue apoyo al partido políti­
co m ayoritario, considerado como el que puede resolverlos, en una
clara plasm ación de los m ecanism os clientelares.
No es extraña ni contradictoria la existencia de una doble ética:
una igualitarista, basada en la reciprocidad, que es en la que se basan
las relaciones entre parientes, amigos, com padres, todos igual de
pobres. O tra es la ética del patronaje, jerárquica, de dependencia y leal­
tad respecto a los patronos laborales y políticos (Scheper-Iiughes,
1997: 103). Una com porta la solidaridad de clase; la otra la anula. For­
m an parte de la propia situación de dependencia que crea la pobreza y
en que se basa la pobreza.
El hecho de m o strar la existencia operativa de recursos entre los
m ás pobres para poder sobrevivir no oculta la m iseria ni las difíciles
situaciones en que viven m uchos millones de personas en las ciudades
ESCENARIOS POLÍTICOS 193

de América Latina. Ni tam poco ha de ocultar la existencia de situacio­


nes de violencia, degradación física y conductas autodestructivas y
que quienes m ás las sufren son las m ujeres y los niños. Cuando la
familia no puede proporcionar ni la base m ínim a de subsistencia,
cuando apenas se consigue la supervivencia individual y cuando ni
siquiera se puede co n tar con los recursos sociales del parentesco o la
am istad para afrontar las situaciones m ás difíciles, puede llegar a p er­
derse el sentido de im plicación m utua que supone la convivencia con­
junta, así como el alcance m oral de hacerse cargo de las personas
dependientes.
Además, hay otro factor om nipresente en los ban'ios pobres: la
m uerte o la desaparición de niños, hecho que, al ser tan frecuente,
genera actitudes de indiferencia y pasividad. Recom iendo m uy espe­
cialmente a quien no lo haya hecho la lectura del libro de Nancy Sche-
per-Hughes, Muerte sin llanto, traducido recientem ente al castellano,
donde se adentra en las situaciones de sufrim iento, en las actitudes de
violencia y en el sentim iento de im potencia de la gente ante sus pro­
pias condiciones de vida. La m onografía se centra en una ciudad del
nordeste de Brasil. Especialm ente significativos son los capítulos que
describen cómo se afronta la enferm edad y la m uerte de los niños, y
cómo se construyen los sentim ientos y significados de ser m adre en
un contexto en que la m ortalidad infantil es tan irritantem ente fre­
cuente y form a parte de la cotidianidad.
La pobreza genera condiciones m uy extremas, que conllevan
incluso otorgar un valor m uy escaso a la vida hum ana, y los niños,
que son los m ás débiles, suelen ser los m ás afectados. Pero incluso
aquí se produce un intercam bio desigual y los m ás pobres son vícti­
mas de agresiones constantes p o r parte de la sociedad global. Pense­
mos en hechos tan escalofriantes como los que se produjeron en B ra­
sil, donde las llam adas «cuadrillas de la m uerte» llegaron a m atar
hasta siete mil niños en un solo año, p ara librarse de los pequeños
robos que éstos llevaban a cabo en los comercios. O el uso de niños,
en Colombia, para perp etrar asesinatos, sirviendo de tapadera a los
adultos en la violencia política. O, finalmente, el tráfico de niños, que
se introducen en los canales organizados de prostitución o en circui­
tos ilegales de adopción. Podríam os mencionar, adem ás, el tráfico ile­
gal de órganos para trasplantes, así com o la utilización de indígenas
para experim entos genéticos.
Y en este punto concluirem os este apartado, que no es m ás que un
esbozo de la ecología política urbana. E n él hem os analizado previa­
mente los procesos de deforestación y sus efectos negativos tan to p ara
el conjunto del planeta com o p ara la gente que obtiene sus recursos
de las zonas de selva, y acabam os ahora m encionando algo m ucho
194 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

m ás dram ático e injusto: la m uerte de tantos y tantos niños, que se


podría y se debe evitar y que es consecuencia de la pobreza. Las socie­
dades no aceptan reconocer que la pobreza es producto de ellas mis­
m as y convierten a los pobres en culpables de su situación, cuando
son en cam bio sus víctimas. Las consecuencias del acceso desigual a
los recursos y del intercam bio desigual se m uestran aquí con su máxi­
m a crudeza.
CONCLUSIONES
C apítulo 8

ECONOMÍAS Y NATURALEZA EN UN MUNDO


GLOBALIZADO

8.1. Antropología económ ica. C onsideraciones finales

Em pezam os este texto planteándonos una valoración de las ap o r­


taciones que la antropología económ ica había hecho a la antropología
social. Esto nos obligó a iniciar nuestro recorrido en la década de los
setenta, puesto que es el m om ento en que entendíam os se había dado
un giro im portante en la antropología económ ica. H asta aquel m o­
m ento los debates que tenían lugar en el m arco de la antropología
económ ica no trascendían la propia subdisciplina y las discusiones
entre form alistas y sustantivistas llegaron a hacerse circulares, incluso
cuando el m arxism o estructuralista francés quiso aparecer com o una
tercera vía o, mejor, com o una vía alternativa.
El giro se produjo cuando los tem as tradicionales de la antropolo­
gía económ ica em pezaron a ser vistos desde la perspectiva de la eco­
nom ía política. Especifiquem os u n poco más: el m om ento crucial fue
cuando apareció como una evidencia que lo que acontecía en determ i­
nado pueblo, localidad o país debía interpretarse en el m arco de fenó­
menos económ icos de alcance global. Los flujos de m ercancías se
extendían por todo el planeta, las dificultades de los países del Tercer
Mundo para salir adelante se relacionaban con las form as de inter­
cambio desigual y su dependencia respecto a los países más ricos; n in ­
gún pueblo del m undo parecía ser ajeno a esta globalización de la eco­
nomía, incluso los que estaban fuera de los circuitos m ercantiles, pues
incluso eso tenía una explicación. En definitiva: la conciencia de glo-
balidad se plasm ó rápidam ente en el ám bito de la antropología econó­
mica y ello se tradujo en un replanteam iento teórico y metodológico.
Se debía interpretar lo que ocurría a escala local en térm inos de su
articulación con el contexto global. Esto obligaba, además, a tener en
198 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

cuenta los factores de desigualdad social y el com ponente político


asociado a las dim ensiones económ icas. Y este nuevo planteam iento
repercutió en el conjunto de la antropología social y contribuyó a una
renovación de la disciplina.
É ste fue un prim er hito im portante en la evolución de la antropo­
logía económ ica; el segundo vendría después, al incorporar los temas
m edioam bientales, pero de eso hablarem os m ás adelante. Debemos
señalar ahora que este nuevo planteam iento (que significó, insistimos,
no sólo u na renovación de la antropología económica, sino que tam ­
bién repercutió en la antropología social en su conjunto) se produjo a
p artir de la revitalización de la teoría m arxista y su adaptación a los
tem as de interés de la antropología.
El neom arxism o no conform ó un corpus homogéneo de enfoques
ni de «escuelas». G anaron las heterodoxias, nacidas de una relectura
de los textos de Marx y de la reform ulación de algunos conceptos y
m odelos del m aterialism o dialéctico. Los debates entre los nuevos mar-
xistas llegaron a ser m uy acalorados e intensos, pues la propia hetero­
doxia (o no-ortodoxia, si se prefiere) perm itía transitar por caminos
diversos en la búsqueda de los modelos que se consideraban más satis­
factorios para interpretar los hechos económicos. También hubo fuer­
tes debates con quienes no com partían la teoría marxista: recordemos
las im placables críticas al «materialismo vulgar», por ejemplo, que es
la form a en que Godelier calificó los trabajos de Marvin Harris. Ade­
más, m uchos antropólogos veían con reticencia las teorías de amplio
alcance (como es el marxismo), el trasfondo ideológico de quienes se
obstinaban por entender formas de subordinación o dependencia, o el
propio énfasis por considerar las dim ensiones mundiales de la econo­
mía, pues pensaban que todo esto poco tenía que ver con la antropolo­
gía y con el m étodo etnográfico que la caracterizaba. Por tanto, lo que
he calificado como una renovación de la antropología económica no
fue un lecho de rosas ni suscitó adhesiones incondicionales, sino que
hubo tam bién controversias y rechazos; sin embargo, los nuevos plan­
team ientos fueron calando poco a poco y hoy está prácticam ente acep­
tada la necesidad de hacer un tipo de etnografía que no ignore los fac­
tores que proceden de contextos más globales. Y aunque eso sea una
obviedad, no siem pre ha aparecido com o tal ni lo es hoy todavía.
Dos autores m e parecen especialm ente relevantes en el arranque
del nuevo enfoque: Eric Wolf y M aurice Godelier, cada uno con plan­
team ientos e influencias distintos. La obra de Wolf, especialm ente su
Europa y la gente sin historia, es una excelente dem ostración de cómo
los sujetos antropológicos se conform an a p artir de la intersección
entre lo global y lo local. Wolf consigue tam bién equilibrar el peso que
concede a los factores estructurales con los que derivan de la acción
ECONOMÍAS Y NATURALEZA E N UN MUNDO GLOBALIZADO 199

hum ana. Ni dem asiada «estructura», ni dem asiada «acción indivi­


dual»; ni exceso de sistem a m undial ni de particularism o. E n su plan­
team iento nada sobra: todos los factores son necesarios. M aurice
Godelier ha influido profundam ente en mi propia form ación (y en la
de otros colegas españoles) y tal vez p o r esto tiendo a otorgarle im por­
tancia, aunque hay que decir que está suficientem ente reconocido en
la disciplina. Sus aportaciones sobre el papel de la econom ía en la
sociedad, sobre el concepto de racionalidad económ ica y sobre la
necesidad de relacionar ideas y m aterialidad me parecen especialm en­
te sugerentes. El desarrollo de la teoría de la transición social, p o r
otra parte, supuso poner en juego esta com binación de factores
estructurales y dim ensiones particulares que hacen de cada proceso
algo único y a la vez recurrente.
La teoría fem inista incorporó aspectos im portantes a la an tro ­
pología económ ica, aunque no naciera de ella. Lo que sí es cierto es
que el concepto de reproducción nació por oposición al de p roduc­
ción, y el debate que generó perm itió discutir aspectos nucleares de
los modelos interpretativos utilizados en la antropología económ ica.
También supuso destacar el papel de las m ujeres com o agentes econó­
micos y entender su posición en las estructuras de poder. El análisis
de la división del trabajo fue un tem a central en las discusiones acerca
de las form as de subordinación de las mujeres, y, al m ism o tiem po,
perm itió incorporar en la antropología económ ica cóm o interviene la
construcción social del género en las form as de organizar el trabajo y
en las estrategias laborales. Dos aportaciones m e parecen sustanciales
en la teoría feminista: su análisis de la «naturalización» de las diferen­
cias entre hom bres y mujeres, que ha podido ser extendido a otras
diferencias incrustadas en la lógica productiva (como las étnicas o las
raciales, por ejemplo) y tam bién a la propia separación que suele
hacerse entre naturaleza y sociedad, lo que supone «naturalizar» la
naturaleza y esconder (al igual que sucede con el género) que se trata
de algo construido socialmente. También ha sido sustancial revelar el
papel del trabajo fam iliar en la lógica de la econom ía y de la rep ro ­
ducción social, y eso ha perm itido entender m ejor el valor que poseen
en general las actividades no m ercantilizadas en el contexto de un sis­
tema económ ico en que el capitalism o es hegem ónico. La teoría fem i­
nista ha dem ostrado que las form as de trabajo no m ercantilizadas son
indispensables en el funcionam iento del sistem a capitalista; con ello
ha podido cuestionar que el m ercado sea el único estándar de valor y
ha llamado la atención respecto de la im portancia del trabajo no asa­
lariado que se realiza en el hogar, las actividades de autoaprovisiona-
m iento y de m antenim iento, los procesos de socialización y la tran s­
m isión del conocim iento cultural.
200 a n t r o p o l o g ía e c o n ó m ic a

Uno de los debates m ás im portantes en la antropología económica


(y por eso se ha incorporado en este texto de síntesis sobre la subdisci-
plina) ha sido el referente a la m ercantilización, por el gran volumen de
trabajos que ha generado, ya que se trata de un fenómeno básico para
entender la penetración de la econom ía de m ercado en sociedades no
capitalistas. La expansión del m ercado ha provocado entre otras cosas
la m ercantilización de la m ano de obra y de la tierra, tal como destacó
ya Polanyi en La gran transformación, lo que ha provocado las grandes
m igraciones recientes de m ano de obra, así como el uso de la tierra
com o capital. Nos hem os centrado especialmente en el impacto de la
m ercantilización en la agricultura, debido al interés de las aportaciones
hechas desde la antropología a una problem ática que también se ha
planteado en otras disciplinas. Los estudios sobre el cam pesinado agru­
pan a econom istas, geógrafos, historiadores, sociólogos y antropólogos,
y en unos años en que se constataba el peso creciente de los sectores
cam pesinos en el contexto m undial tuvo un notable interés entender la
articulación de este sector con el conjunto de la economía. Este interés
no era m eram ente teórico, pues las diferentes políticas agrarias y las
intervenciones para el desarrollo podían adoptar direcciones muy dis­
tintas, según se aplicara el m odelo «chayanoviano» (campesinista), o
bien la com prensión de la práctica agrícola en contextos diferentes y a
p artir de m ediar fuerzas económ icas y políticas diferentes. Destacaré
aquí la aportación de Chevalier, por cuanto replantea la teoría del valor
e incorpora aspectos interesantes del formalismo y del sustantivismo.
Recordem os que este autor introduce la idea de las «mercancías de
subsistencia», entendiendo que en el contexto de una economía capita­
lista hegem ónica todos los productos tienen incorporado un determ i­
nado valor y que la opción que eligen los campesinos para venderlos o
bien consum irlos directam ente se realiza de acuerdo con elecciones
racionales de cálculo, analizando qué com pensa m ás en cada caso.
El segundo hito im portante en la renovación de la antropología
económ ica em ana de la síntesis entre ecología y economía. Hemos
intentado m o strar en los distintos capítulos de este texto cómo la
antropología económ ica y la antropología ecológica han constituido
du ran te años cam pos separados, y ello a pesar de que la antropología
ecológica se considere parte de la antropología económica. Estas dos
ram as del quehacer antropológico han seguido sendas paralelas a
pesar de tener m uchos puntos de interés com unes, y hoy en día siguen
configurando todavía cam pos diferenciados: uno centrado en la in­
teracción entre sociedad y m edio am biente, que se plantea como un
aspecto básicam ente tecnológico y energético; otro centrado en las
relaciones entre personas que derivan del proceso de trabajo y las for­
m as de distribución.
ECONOMÍAS Y NATURALEZA E N UN MUNDO GLOBALIZADO 201

Tal como lo veo yo, el problem a central de la antropología económ i­


ca durante la próxim a década girará en tom o a la naturaleza de la dife­
renciación economía/ecosistem a (economía/ecología) y de su articula­
ción, un problem a que sobrepasa am pliam ente el dilema de la elección
entre las aproxim aciones sustantivistas y form alistas tal como se conci­
bieron en la pasada década [...] En otras palabras, el tema de la economía
sustantiva vs. formal se disolverá en el tem a de la articulación econo­
mía/ecosistema (Cook, 1973: 30).

Con estas palabras, Scott Cook se anticipaba y predecía lo que


efectivam ente ha ocurrido en el desarrollo de la antropología econó­
mica: el declive de las discusiones entre form alism o y sustantivism o y
su sustitución p o r un nuevo eje de interés, la interacción entre ecosis­
temas y sistem as sociales. Esto im plica la form ulación de un esquem a
conceptual integrador de la antropología ecológica y de la antropolo­
gía económ ica en un m ism o m arco teórico. La ecología política ha
hecho una síntesis de am bos tipos de aproxim ación y tam bién en este
caso el enfoque m arxista ha influido en buena p arte de los plantea­
mientos. Se trata de una re-renovación de la teoría m arxista, que
incorpora el análisis de las relaciones entre sociedad y entorno com o
un aspecto central y no secundario p ara entender la dinám ica de fun­
cionam iento y transform ación de los sistem as económicos, en el enfo­
que que se conoce como «ecomarxismo» o tam bién «ecosocialismo».
Buena parte de la integración entre antropología económ ica y
antropología ecológica ha venido de la m ano de los antropólogos que
tom an los modelos m arxistas y de la econom ía política para explicar
los procesos de degradación am biental, enfatizando que estos proce­
sos son básicam ente sociales y que debe analizarse el contexto social y
político para entender sus causas. Algunas de las perspectivas surgi­
das desde la orientación del m arxism o ecológico conform an el cam po
de la denom inada «ecología política».
La ecología política nació a raíz de la conciencia m undial de los
problemas am bientales y de su expresión en las «Cumbres» o confe­
rencias internacionales que se celebraron en Estocolm o (1972) y Río
de Janeiro (1992). Antes de que se realizara la p rim era cum bre se con­
sideraba que los problem as am bientales derivaban de desajustes de la
propia naturaleza. La conferencia de Estocolm o se basó en la idea de
los límites del crecim iento en relación a la población m undial y a los
modelos económicos im perantes, m ientras que la conferencia de Río
se centró en la relación entre conflictos sociales y uso del territorio
como factor central. Las conferencias reunieron a los representantes
gubernam entales de la m ayor parte de países del m undo y se realiza­
ron tam bién foros alternativos paralelos que reunían organizaciones
202 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

no gubernam entales. En los dos tipos de ám bitos pronto se m anifesta­


ron los diferentes puntos de vista y las distintas actitudes respecto a la
problem ática am biental entre los países del Tercer M undo y los de
capitalism o avanzado. Tam bién la reflexión social ha traducido esta
dualidad, de m an era que la ecología política se ha orientado más bien
hacia el análisis de las situaciones del Tercer Mundo, tem a que hemos
ido reflejando a lo largo de estos capítulos. Hay tam bién una «ecolo­
gía política del P rim er Mundo», pero no se llam a así, aunque es cierto
que la teoría social ha integrado los tem as am bientales en la form ula­
ción teórica actual y se reconoce el peso de los factores políticos en las
dinám icas económ icas y en el uso de los recursos.
Uno de los debates m ás interesantes de la ecología política se cen­
tra en el tem a de la deforestación. En él se ha dem ostrado la validez
del enfoque ecosocialista, que incorpora las dim ensiones de la globa-
lidad. Así, se considera que el im pacto am biental de las poblaciones
hum anas está m ediatizado p o r dim ensiones culturales y fuerzas eco­
nóm icas y políticas. Y, tal com o insiste D urham (1995: 252), la des­
trucción del m edio am biente procede de la desigualdad básica origi­
nada p o r dos dim ensiones separadas pero relacionadas entre sí: la
acum ulación de capital y el em pobrecim iento. Este enfoque se ha
dem ostrado m uy fructífero en el análisis de las causas y consecuen­
cias de la degradación am biental, que hem os intentado ilustrar a par­
tir de diversos procesos que han tenido lugar en América Latina.
D estinarem os el próxim o apartado a p resen tar la síntesis teórica
que se hace desde el ecosocialism o en tre econom ía y ecología, in ­
troduciendo las reflexiones m ás recientes que se han realizado al
respecto.

8.2. E conom ía y ecología.


Una aproxim ación d esd e el ecosocialism o

M arx adoptó la teoría del valor del trabajo y concibió el progreso


com o un avance m aterial y tecnológico. Él nunca llegó a plantearse ni
a arg u m en tar (como se está haciendo recientem ente) que los «límites
naturales» podrían provocar u n freno en el desarrollo y expansión del
capitalism o y que la contradicción resultante podría ser la base de
una crisis ecológica, del surgim iento de nuevos movimientos sociales
y de u na transform ación social diferente a la que él consideró como
básica (la derivada de la contradicción entre capital y trabajo). Sin
em bargo, los elem entos centrales de su teoría perm anecen vigentes: la
form ación histórica de la naturaleza y la form ación histórica de la
acum ulación y desarrollo capitalistas (J. O'Connor, 1991).
ECONOMÍAS Y NATURALEZA E N UN MUNDO GLOBALIZADO 203

Los m arxistas actuales consideran que los sistem as capitalistas


m odernos no son sustentables, siendo la destrucción am biental una
de las razones. El poder económico, la explotación y el dom inio de
clases están en las raíces de la degradación am biental. A p artir de los
análisis que hemos presentado en el capítulo anterior hem os podido
com probar cómo los más pobres del m undo se ven obligados a des­
truir a corto plazo los recursos que harían posible su subsistencia a
largo plazo; al mism o tiempo, la m inoría rica hace m ás y m ás dem an­
das de recursos de form a claram ente «insostenible», transfiriendo así
una vez m ás los costes a los m ás pobres (G uim aráes, 1990: 70). De
hecho, los problem as del m edio am biente derivan directam ente del
desarrollo desigual, pues son fruto de una econom ía y una ecología
global, caracterizadas por clases sociales con intereses divergentes.
No se trata, por tanto, de un problem a m eram ente técnico, sino social
y político. Para entender cómo se m odelan los patrones de crecim ien­
to económico y el uso de los recursos naturales hay que conocer quié­
nes tienen acceso a los recursos y quiénes los tienen restringidos
(Painter, 1995: 9), y esto es, p o r definición, algo típicam ente político.
La política está en los cim ientos ecológicos de la sociedad. La econo­
mía de m ercado se expande apropiándose del trabajo de las personas
y de los recursos de la naturaleza, lo que conlleva la destrucción de
una parte sustancial de las condiciones de producción, im pone lím ites
a esta expansión y aboca a su fracaso.
La integración de las dim ensiones am bientales en el análisis eco­
nómico ha hecho necesaria una re-teorización de las categorías y del
esquem a conceptual del m arxism o y de la ecología. El enfoque ecoso-
cialista, que está en pleno proceso de construcción teórica, no destaca
sólo que la principal contradicción del sistem a capitalista esté entre la
acum ulación de capital y la explotación de la clase obrera, sino en las
dificultades que la escasez de recursos y la contam inación crean a la
acum ulación de capital.
Uno de los teóricos del nuevo enfoque del ecosocialism o es Jam es
O’Connor. En un conocido artículo publicado inicialm ente en 1987 y
que ha originado num erosos debates y com entarios, O 'C onnor an ali­
za lo que denom ina la «dialéctica de las crisis económ icas y ecológi­
cas» y las tendencias que derivan de tales crisis. A rgum enta que
estas crisis em anan de cada una de las dos contradicciones básicas
que tiene el capitalism o p ara reproducirse com o sistem a económ ico
y social.1

1. Las tesis de James O'Connor han suscitado numerosos com entarios y debates. Véanse,
por ejemplo, Barceló (1992), Collins (1992, 1993), Escobar (1995), Martínez Alier (1992),
M. O'Connor (1994), Peet y Watts (1993) y Recio (1992).
204 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

La primera contradicción fue señalada en la teoría tradicional m ar­


xista com o la que se expresa entre las fuerzas productivas y las rela­
ciones de producción, e indica la tensión entre el poder social y políti­
co del capital y el grado de explotación del trabajo. Si el capital ejerce
m ucho poder sobre el trabajo, la tasa de explotación es muy elevada,
lo que conduce a una crisis de realización, porque los bajos salarios
reducen el consum o y la dem anda de m ercancías y, en consecuencia,
se reduce la cantidad de ganancias que puede obtener el capital. Esta
tensión se resuelve m ediante las estructuras de crédito, el m arketing
agresivo, la innovación constante de los productos, la intensificación
de la com petencia p ara vender todos los productos, así como m edian­
te la negociación de los salarios, lo que perm ite alcanzar un determ i­
nado nivel adquisitivo. La prim era contradicción del capitalismo es,
p o r tanto, interna al sistem a, y desde el punto de vista social la ten­
sión inherente a tal contradicción se expresa en el surgim iento del
m ovim iento obrero y la lucha sindical (O’Connor, 1992: 11).
La segunda contradicción es externa al sistem a y por ello mismo
m ás difusa y diversa. Deriva de la apropiación y el uso autodestructivo
de la fuerza de trabajo, del espacio, de la infraestructura urbana y de
los recursos naturales. Estas dim ensiones form an parte de las deno­
m inadas «condiciones de producción», que son aquellas que el capital
no puede prod u cir com o m ercancías, pero que son necesarias para
que el proceso de producción se lleve a cabo. En econom ía se conocen
com o «externalidades» y no inciden en el valor del trabajo, sino en los
costes de la producción (expresados en los gastos destinados a salud o
educación, transporte urbano, infraestructuras), que no siem pre son
cuantificados, com o ocurre con los costes derivados de la destrucción
del m edio am biente, p o r ejemplo. Así, la segunda contradicción se
expresa com o una crisis de liquidez y se m anifiesta en la dificultad del
proceso productivo p ara reem plazar sus condiciones de existencia.
N ingún elem ento tiene aquí la centralidad teórica equivalente a la que
posee la tasa de explotación en la prim era contradicción. Por ello, hoy
en día hay una pluralidad de m ovimientos sociales, adem ás del movi­
m iento obrero, que se alzan como nuevos actores de la transform a­
ción social (ecologismo, feminismo, luchas vecinales, movimientos
urbanos, m ovim ientos en defensa de la salud o de la educación, ONG
para la solidaridad o p ara la defensa de las com unidades indígenas,
etcétera) (O'Connor, 1991, 1992).
O’C onnor tom a de Polanyi y de Marx el concepto de condiciones
de producción, subrayando su relación con el proceso productivo.
Polanyi (1944) se refirió a la tierra y al trabajo com o «mercancías fic­
ticias», som etidos a la oferta y la dem anda y, por tanto, a las leyes del
m ercado. La función del intervencionism o estatal fue la de frenar la
ECONOMÍAS Y NATURALEZA E N UN MUNDO GLOBALIZADO 205

acción del m ercado ante estos dos factores de producción, que de


otra m anera hubieran sido aniquilados (Polanyi, 1989: 216-217).
Marx, por su parte, utilizaba el concepto de «condiciones generales»
o «condiciones de producción» y subrayó el papel del Estado p ara
proporcionar m ucha de la infraestructura necesaria (com unicación,
transporte) en el proceso productivo. Este concepto se ha am pliado
posteriorm ente, puesto que el Estado no sólo asum e las condiciones
m ateriales del proceso productivo, sino tam bién las del proceso rep ro ­
ductivo, es decir, las de los seres hum anos que se han de producir y
reestablecer socialm ente (m ediante los servicios de salud y de educa­
ción principalm ente).2 Así pues, las «condiciones de producción»
incluyen:

a) Las condiciones físicas externas: los recursos naturales y los


elementos de la naturaleza.
b) Los servicios de consum o colectivo p ara la reproducción de
los seres hum anos y su fuerza de trabajo.
c) El medio am biente construido: la infraestructura y las in stitu ­
ciones que estructuran el espacio urbano y rural.

Estas condiciones de producción son las que dan origen a la


segunda contradicción del capitalism o señalada por O’C onnor y
ponen barreras a su progresiva expansión, aunque lo hagan de form a
diferente y tengan consecuencias tam bién diferentes. Así, algunas de
estas condiciones im ponen lím ites a corto plazo porque pasan a
«internalizarse» en el cálculo de los costes económ icos de la produc­
ción (como es el caso de los gastos sociales o de infraestructura asu ­
midos por el Estado) y, por tanto, hacen dism inuir la tasa general de
ganancia. En cam bio, otras dim ensiones constituyen una b arrera a
medio o a largo plazo que resulta infranqueable, com o sucede con los
recursos naturales, especialm ente con aquellos que no son renovables,
cuya extracción continuada conduce a su agotam iento (Recio, 1992).
Veamos, pues, separadam ente cada uno de los tres tipos de condicio­
nes de producción.
La naturaleza es una condición de producción básica, que posee
tres funciones económicas: provisión de recursos, asim ilación de resi­
duos y generación de utilidad estética; estas funciones pueden verse

2. Véase, por ejemplo, Lojkine (1979), que incluye en el concepto de «condiciones gene­
rales» las siguientes dimensiones: 1) los m edios de circulación material (carreteras, ferrocarri­
les, etc.) suministrados por el Estado; 2) los medios de consum o colectivos, que contribuyen a
la reproducción de la fuerza laboral, y 3) los bienes colectivos urbanos, que conform an el
medio ambiente construido donde se desarrollan las actividades humanas. Godelier (1989)
también tiene en consideración las condiciones materiales y sociales del proceso de producción
y su incidencia en la reproducción o no-reproducción de las sociedades.
206 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

com o com ponentes de una única función general de los am bientes


naturales: el sustento de la vida (Pearce y Turner, 1995: 70-71). Las
crisis ecológicas im plican que se destruya o socave (en lugar de que se
reproduzca) una de las condiciones esenciales para la producción. La
conciencia de los peligros que en trañ a la degradación am biental, el
agotam iento de determ inados recursos, los problem as de gestión de
los residuos y otras form as de depreciación de las funciones del medio
am biente han dado origen al surgim iento de la noción de sustentabili­
dad, en la búsqueda del establecim iento de condiciones que hagan
com patible el crecim iento económ ico con la preservación del medio
am biente. E sto im plica establecer unos niveles aceptables de calidad
am biental para aplicar las políticas prácticas, como pueden ser el
establecim iento de im puestos y de controles para lograr reducir los
contam inantes o la generación de residuos. Los costes ambientales
devienen así m agnitudes que pasan a internalizarse como costes eco­
nóm icos, aunque hasta el m om ento esto sólo se haya producido en
m uy pequeña proporción. El tem a principal del debate es, en todo
caso, hasta qué punto es posible llegar a un equilibrio entre las econo­
m ías y la naturaleza de tal m anera que se asegure la com patibilidad
entre am bas.
Los seres hum anos socializados constituyen otra de las condiciones
de producción. El Estado ha asum ido una parte de su m antenim iento,
salud y capacitación m ediante la provisión de servicios sanitarios,
actividades de enseñanza, centros culturales o investigación científica.
Estas dim ensiones se consideran im productivas (ya que no generan
valor), aunque sean necesarias para la propia producción m aterial. Es
cierto que la reproducción socializada, am pliada, de la fuerza de tra­
bajo es un factor cada vez m ás decisivo en la elevación de la producti­
vidad del trabajo, pero, desde el punto de vista del capital, los gastos
en servicios de consum o colectivo son gastos a fondo perdido, que no
perm iten reducir ni el tiem po de producción ni de circulación de capi­
tal. E n este sentido, para el capital son gastos superfluos que deben
com prim irse al máximo, cosa que procuran hacer los gobiernos de
corte liberal (Lojkine, 1979: 125-127). Esta dim ensión revela el papel
fundam ental de la fam ilia com o principal institución asistencial en la
que se produce la reproducción y el m antenim iento de los seres
hum anos socializados, la provisión de servicios en lo cotidiano y la
reproducción de una generación a la siguiente. Las mujeres son las
que m ayoritariam ente se encargan de estas actividades, lo que ha con­
dicionado su participación laboral y social. La creciente socialización
de las actividades de reproducción ha im plicado que buena parte de
ellas hayan sido asum idas p o r el Estado y, de esta forma, sus costes
aparecen de form a visible porque entran a form ar parte de la contabi-
ECONOMÍAS Y NATURALEZA EN UN MUNDO GLOBALIZADO 207

lidad nacional. Esta visibilidad desaparece, en cam bio, cuando es la


familia la que asum e las tareas de m antenim iento y atención personal,
por el hecho de realizarse fuera del m ercado y en el m arco de relacio­
nes familiares (Comas d’Argemir, 1995b).
El tercer grupo de condiciones de producción está integrado p o r el
medio ambiente construido. Marx se refirió am pliam ente a la infraes­
tructura m aterial im plicada directam ente en el proceso productivo
(carreteras, ferrocarriles, canales de irrigación, tendido eléctrico, etc.).
Su sum inistro por parte del Estado reduce la inversión privada y hace
aum entar la tasa de beneficios (privados, claro está). También el espa­
cio urbano y rural está form ado cada vez m ás por la intervención
estatal, al proporcionar la infraestructura m aterial y las instituciones
que contribuyen a la reproducción de la fuerza laboral. Lojkine (1979:
97) señala que la urbanización es un com ponente im prescindible en la
actual configuración de la acum ulación capitalista, que asegura poder
contar con una fuerza laboral sana, capacitada y productiva. Y así
como los costes de reproducción de la fuerza de trabajo se conciben
como superfluos y, por tanto, se pueden reducir, las inversiones que
realiza el Estado en infraestructuras es lo que de form a m ás clara se
entiende como u na necesidad de tipo general.
Las condiciones de producción son difícilm ente m edibles en lo
que respecta a su incidencia directa o indirecta en la producción. De
ahí las interm inables discusiones acerca de sus costes y su utilidad
en el m arco de un régim en económ ico fundado en el desarrollo de las
ganancias a corto plazo y no en el desarrollo de las capacidades
humanas, ni en la preservación de recursos para generaciones futuras.
El Estado tiene una función de regulación clave tanto en el control
de los espacios naturales com o en el de los urbanos, y los in stru m en ­
tos políticos utilizados son sem ejantes: planificación, establecim ien­
to de norm as y realización de inversiones (Pianta, 1992: 97). El E sta­
do tiene tam bién un im portante papel en el sum inistro de servicios
personales orientados a la reproducción de la fuerza de trabajo. E n
definitiva: el E stado m edia y, p o r tanto, politiza los conflictos que
surgen acerca de estas condiciones (m ovim ientos ecologistas, fem i­
nismo, m ovim ientos sociales). Este im portante papel de la política es
el que debe ser recogido en el análisis de las relaciones entre socie­
dad y entorno y ésta es la perspectiva que aporta el enfoque del eco-
socialismo.
Los trabajos hechos desde la antropología social h an aportado la
contrastación y validación etnográfica de los supuestos teóricos del
ecosocialismo, m ostrando al mism o tiempo las variaciones locales de
la interacción entre medio am biente y sociedad y que resum irem os en
tres grandes ejes.
208 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

Una de estas aportaciones es el m o strar que los recursos no son


escasos en térm inos absolutos, sino cuando los dem anda un determ i­
nado sistem a de producción y se intensifica su uso por encim a de su
capacidad de regeneración. Por tanto, los límites del crecim iento vie­
nen determ inados p o r las prácticas productivas y éstas son específicas
tanto histórica com o culturalm ente. El reconocer esto no debe conducir
a un optim ism o ingenuo sobre el poder de la actividad transform adora
de los seres hum anos, sino que hay que aceptar tam bién los obstácu­
los que im pone el m edio am biente, con límites difíciles de franquear y
la existencia de determ inadas leyes de la naturaleza que son autóno­
m as y que están fuera de la acción hum ana. El exceso de optimismo
puede enm ascarar la realidad, al igual que lo hace el m althusianism o
desde el extrem o opuesto, pues sólo ve la escasez (Collins, 1993: 186).
Recordem os, precisam ente, que hoy en día se están utilizando m u­
chos recursos que no son renovables, y que los patrones de pro­
ducción existentes sobrepasan la capacidad de regeneración de buena
p arte de los elem entos de la naturaleza: las crisis ecológicas no son
u n a entelequia, sino una expresión de los límites del crecimiento, que
no puede ser indefinido.
M aurice Godelier (1989¿>) efectuó u n a im portante contribución a
esta problem ática a p artir del concepto de racionalidad económica,
que analiza en base a las relaciones entre sociedad y entorno. Establece,
así, que cada sistem a económ ico y social determ ina un m odo específi­
co de explotación de los recursos naturales y de em pleo de la fuerza
de trabajo hum ana, que es lo que configura la racionalidad económica
intencional. Existen, p o r tanto, diversas lógicas m ateriales y sociales
en la explotación de los recursos, que pueden tener un carácter con­
tradictorio y conducir a la no reproducción del sistem a social. El aná­
lisis de casos particulares que se corresponden con la situación de dis­
tintos pueblos del m undo revela que en cada caso se establece una
p articu lar relación entre sociedad y entorno, y que los límites de creci­
m iento, las adaptaciones y las desadaptaciones vienen determ inados
p o r las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción
existentes. Estos com ponentes son los que hacen del capitalism o un
sistem a con un potencial destructivo enorme, pues este potencial deri­
va de su propia lógica y características como sistem a económico y
social. Así:

Cada vez se ha ido haciendo m ás patente que una racionalidad


económ ica exclusivam ente basada en la norm a de los beneficios a
corto plazo entraña u n gigantesco despilfarro de los recursos del pla­
n eta y va acom pañada de una creciente contam inación am biental que
es urgente com batir y reducir. Despilfarro, contam inación, inflación y
ECONOMÍAS Y NATURALEZA E N UN MUNDO GLOBALIZADO 209

austeridad se han convertido en los rasgos destacados de una situa­


ción m undial que ha presenciado en diez años cóm o se agrandaban las
desigualdades, el abism o entre los países desarrollados y los dem ás
(Godelier, 19892?; 47).

Otra de las aportaciones de la antropología social a esta cuestión se


encuentra presente en las palabras que hem os reproducido de M aurice
Godelier, que clarifican cóm o el cam bio ecológico interacciona con
temas de clase y de desigualdad a diferentes escalas: local, nacional,
m undial. Cada uno de los ejemplos que hem os ido exponiendo en los
capítulos anteriores perm iten ver los intereses contradictorios entre
distintos grupos sociales para preservar los recursos en base a estrate­
gias definidas a corto o a largo plazo. En este punto es pertinente citar
las aportaciones de la teoría fem inista en la com prensión de que la
división del trabajo entre hom bres y m ujeres no se asienta en su
«naturaleza» diferente. Por el contrario, familias y clases sociales se
apropian y consum en los medios de subsistencia y en este proceso
se distribuye el trabajo y se realiza la reproducción y m antenim iento
de los seres hum anos. E sta división del trabajo hace que hom bres y
m ujeres tengan relaciones y experiencias distintas en el uso de los
recursos y en las tareas relacionadas con la reproducción.
Insistim os en que la interacción entre sociedad y entorno no es
una cuestión m eram ente técnica, porque no es que los seres h u m a ­
nos utilicen genéricam ente la naturaleza en su propio provecho de
form a depredadora y excesiva, sino que algunos seres hum anos ejer­
cen su poder sobre otros seres hum anos y p ara ello utilizan la n a tu ­
raleza como instrum ento. Podríam os decir, pues, que aquella segunda
contradicción del capitalism o que destaca Jam es O 'C onnor no es
m ás que una consecuencia de la p rim era contradicción o que, in clu ­
so, form a parte de ella, pues la degradación am biental no es inde­
pendiente de las form as de explotación del trabajo sino que, incluso,
es inherente a la tensión entre acum ulación de capital y tasa de
explotación. Así pues, una de las contradicciones lleva n ecesaria­
m ente a la otra y alcanza a todo el planeta, ya que la división del
trabajo es hoy de carácter internacional y la naturaleza conform a
tam bién un sistem a global. E sta globalidad hace que la degradación
social y la degradación am biental se den de form a com binada e indi-
sociable y que no se produzcan sólo a escala local o nacional, sino
tam bién m undial.
210 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

8.3. N uevas direccion es en la antropología económ ica

Para acabar este capítulo final señalaré que soy plenam ente cons­
ciente de que este texto no agota ni m ucho m enos el campo de la
antropología económ ica y de que podía haber presentado otros deba­
tes y otros temas de interés tam bién im portantes. Se me ocurren
ahora, por ejemplo, el tem a de las culturas del trabajo, la antropología
del turism o, la antropología de la pesca, el análisis de la economía
sum ergida o el estudio de las formas de alim entación y de consumo...
Valga decir que los enfoques teóricos que hemos presentado pueden
aplicarse al análisis de estos temas, aunque, desde luego, haya muchos
aspectos específicos que derivan de cada uno de ellos. He pasado de
puntillas p o r la ecología política urbana, que es un cam po realmente
sugerente e im portante, com o m ínim o porque implica a millones y
m illones de personas en el mundo: el esbozo que he presentado ha de
considerarse com o tal y com o una m era introducción al tema. He deja­
do intocado tam bién todo el am plísim o cam po de la antropología
industrial, precisam ente por lo am plio que es y porque en sí mismo
justificaría hacer toda una presentación con entidad propia.
La antropología económ ica tiene planteados distintos cam pos de
interés que extienden sus fronteras y suponen retos para seguir
haciendo aportaciones a la antropología social. Los resum iré de
acuerdo con cinco grandes ejes.

A) Debe profundizarse en la síntesis entre economía política y eco­


logía política en la antropología económ ica. Aunque hemos presenta­
do trabajos que realizan esta síntesis, hay que decir que actualm ente
son m inoritarios y que el divorcio entre quienes tratan temas «econó­
micos» y tem as «ecológicos» es predom inante. Si aceptam os aquella
doble contradicción del capitalism o que señalaba O’Connor, hemos de
reconocer tam bién que las cuestiones medio am bientales deben inte­
grarse en el análisis de la producción y de las relaciones sociales
im plicadas en ella. E inversam ente, el uso hum ano de los recursos
naturales no es independiente de los procesos económicos y políticos.
Hay en la antropología num erosos análisis anteriores al surgim iento
de la ecología política, que enfatizan la relación entre los factores
lim itantes del entorno, las condiciones de producción y el desarrollo
político en sociedades de tipo muy distinto (Friedm an, 1977; Geertz,
1963; Godelier, 1989). La actual interrelación entre los procesos
sociales y la destrucción am biental se revela cuando se analizan los
patrones de m ercado dom inantes nacionales e internacionales y las
políticas del Estado, así como los cam bios en el acceso y uso de los
recursos. Junto a ello hay que enfatizar la im portancia de la dinám ica
ECONOMÍAS Y NATURALEZA EN UN MUNDO GLOBALIZADO 211

social: doméstica, estrategias de grupos de interés, conflicto y coope­


ración (Collins, 1993; D urham , 1995; Little, 1994; Painter, 1995;
Schmink y Wood, 1987; Stonich y De Walt, 1996). Todas estas dim en­
siones son hoy abordadas desde diversas disciplinas, y la antropología
social debiera im plicarse más, pues tiene los instrum entos apropiados
para profundizar en el análisis de los contextos locales y de las varia­
ciones culturales en el m anejo y uso de los recursos.
B) En segundo lugar, señalaré que otro foco de atención debería
ser el análisis de la política en los procesos económicos y ecológicos.
Parece que en el enfoque que hem os presentado es algo que debería
ser obvio, pero no es así. Las diferencias sociales sí están incorporadas
en el análisis, pero no tanto el conjunto de decisiones que se tom an
desde las instituciones políticas y que afectan a la organización de la
producción, así como al uso de los recursos y del trabajo hum ano.
Tener en cuenta esta dim ensión im plica analizar cómo se regula el
control y acceso a los recursos y cómo los derechos de propiedad se
definen, se negocian o son contestados en la arena política del hogar,
el lugar de trabajo, las ciudades, o el Estado (citarem os como ejemplo
los trabajos de Bedoya, 1982b, M artínez Veiga, 1995 y Stolcke, 1988,
que recogen bien esta dim ensión de la política). Hay que incluir en
este punto el análisis de los m ovimientos sociales, pues representan la
articulación de la sociedad civil con la política y expresan las preocu­
paciones sociales existentes: asociaciones vecinales, m ovim ientos eco­
logistas, sindicatos, feminismo, organizaciones de solidaridad, etc. Es
interesante analizar el espacio ocupado por estos m ovimientos y cóm o
se articulan con otras organizaciones para resistir el poder del Estado
y de las instituciones políticas. Hay que tener en cuenta los contextos
diferenciales en que surgen tales movim ientos y que han hecho dife­
renciar, por ejemplo, el «ecologismo de los pobres» de otros tipos de
movimientos am bientalistas (M artínez Alier, 1992). Es interesante
seguir la sugerencia de June N ash (1994), quien propone analizar las
formas de acción colectiva en contextos fuertem ente m arginalizados
que trascienden las tradicionales luchas desarrolladas en el lugar de
trabajo y se inscriben en la reivindicación del derecho a vivir en un
m undo que deteriora sus bases de subsistencia. Esto las convierte en
la arena central para el desarrollo de la conciencia y la acción que
ponen en cuestión las bases m ism as del sistem a capitalista.
C) Debe trabajarse en el contenido conceptual y en las prácticas
asociadas a lo que se conoce com o desarrollo sostenible, térm ino que
en estos m om entos está m uy de m oda y al que la antropología tiene
m uchas cosas que aportar. Respecto a las prácticas, hay que pregun­
tarse, por ejemplo, p o r qué fracasan tantos planes de desarrollo y
esfuerzos de protección am biental. Las causas de estos fracasos no se
212 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

encuentran sólo en los factores que suelen destacarse: escaso conoci­


m iento y entrenam iento técnico, política pública pobrem ente infor­
m ada, intereses particulares de determ inados grupos, crecimiento
dem ográfico, etc., pues au n q u e son relevantes p ara el fracaso de un
proyecto, no son sus causantes directas, ya que ellas m ism as son
resultado de fenóm enos m ás am plios: la form a predom inante de
producción económ ica y la estru ctu ra de clases en u n a sociedad
(S chm ink y Wood, 1987). Para diseñar proyectos y estrategias de
desarrollo deben tenerse en cuenta, pues, cómo los diversos grupos
económ icos se sitúan en relación al poder. Además, esto entraña otor­
gar un m ayor énfasis a los análisis sobre género, ya que hombres y
m ujeres tienen papeles y experiencias diferentes en el m anejo de los
recursos (Collins, 1992; Dasgupta, 1995; Shiva, 1989). Finalmente,
deben considerarse tam bién las diferencias culturales que implican
tradiciones, conocim ientos y estrategias en el uso de los recursos,
diferencias que deben integrarse com o factores condicionantes pero
tam bién com o potencialidades (Bedoya, 1995a; Gabe, 1995; Leff,
1994). Así pues, los proyectos de intervención deben tener en cuenta
las prioridades y visiones del desarrollo que tiene cada pueblo, y p ar­
tir de la prem isa de que los objetivos de la política am biental (conser­
vación y sustentabilidad a largo plazo) pueden ser contradictorios con
los objetivos de crecim iento económ ico y acum ulación a corto plazo.
El papel de las ONG y de los cooperantes que intervienen en progra­
m as de desarrollo debe som eterse tam bién a un debate crítico.
P or otro lado, y com plem entariam ente, debe procederse a la cons­
trucción y deconstrucción del concepto de sustentabilidad. Este tér­
m ino se ha convertido en el concepto clave que guía las agendas polí­
ticas y program as de desarrollo. S ustentar algo quiere decir hacer que
dure. S ustentar una econom ía implica no sólo que siga existiendo,
sino que p erm ita m antener o au m en tar el nivel de vida (ingresos, edu­
cación, estado de salud, bienestar). Para asegurar la sustentabilidad
debe procurarse que los recursos no se extraigan a un ritm o superior
al de su regeneración n atural y que los flujos de residuos que se vier­
ten en el m edio am biente no superen su capacidad de asim ilación
(Pearce y Turner, 1995: 73). Hay varias cuestiones a debatir: hasta qué
p un to es com patible el crecim iento económ ico con la preservación del
m edio am biente. De hecho, las m ism as críticas que se hacían al con­
cepto de • «capacidad sustentadora del territorio» pueden aplicarse
aquí: el concepto no tom a en cuenta las diferencias de acceso y uso de
los recursos ni las form as de intercam bio desigual (M artínez Alier,
1992). Además, introduce una determ inada concepción de la naturale­
za, que integra los conceptos m ercantilizados dom inantes. Lo que ha
supuesto u n avance desde el punto de vista de atender los problem as
ECONOMÍAS Y NATURALEZA EN UN MUNDO GLOBALIZADO 213

am bientales constituye tam bién de hecho la legitim ación de unas


prácticas y de unos discursos que reproducen las situaciones estru ctu ­
rales de desigualdad, p o r lo que algunos au tores consideran que se
trata de una form a de adaptación de la econom ía de m ercado ante
el cam bio global (Escobar, 1995; G uim aráes, 1990; Jim énez, 1995;
M. O’Connor, 1994).
D) Es m uy interesante profundizar en la progresiva mercantiliza­
ción de los productos culturales y naturales. Los procesos masivos de
urbanización y la globalización cultural han im plicado una com pren­
sión del m undo que otorga un valor añadido a aquellos elem entos que
se consideran menos afectados por los cam bios experim entados de
forma generalizada y que, p o r tanto, se consideran m ás «auténticos»,
«típicos» y que responden a la «tradición» de un determ inado pueblo.
Y eso se vende en el m ercado y se vende bien, com o lo dem uestra el
gusto por los alim entos considerados com o m ás «naturales» y propios
de una determ inada región (Bérard, C ontreras y Marchenay, 1996), la
expansión de las artesanías populares (Kleymeyer, 1993), el nacim ien­
to de museos locales o nacionales (Harvey, 1996), la «recuperación»
incesante de fiestas tradicionales (Greenwood, 1976), el valor de las
reservas naturales como atractivo turístico (N. Sm ith, 1996), o el
increm ento del turism o cultural y de aventura, que busca adentrarse
en lugares poco accesibles y donde se puedan encontrar pueblos que
vivan en condiciones prim igenias. Evidentem ente, esta m ercantiliza­
ción de la naturaleza y de la cultura se traduce en estrategias por
parte de distintos pueblos, que obtienen diferentes fuentes de ingresos
explotando sus artesanías, tradiciones y objetos culturales, a p artir de
lo que García Canclini (1989) denom ina «la puesta en escena de lo
popular». Es m uy interesante seguir la línea de análisis sugerida p o r
Friedm an (1994¿>), quien analiza el consum o com o u n aspecto de las
estrategias culturales m ás am plias de autodefinición y autosupervi-
vencia. Así, el hecho de en trar en el m ercado a p artir de d ar valor a la
autenticidad ha perm itido a m uchos pueblos sobrevivir como tales y
persistir en su identidad.
E) Por último, señalarem os el interés de cen trar la atención en la
denom inada «economía moral», así como en la «economía cultural».
De hecho, se trata de profundizar en algo que en la antropología eco­
nóm ica tiene un reconocim iento teórico desde hace m uchos años,
como es el hecho de entender que las relaciones sociales y las form as
culturales pueden estar «incrustadas» en la econom ía, lo cual es esen­
cial para com prender las m otivaciones y form as de acción económ ica
que pueden encontrarse en una sociedad. Prim ero se «descubrió» el
papel de la ideología cam pesina en las com unidades agrarias (Scott,
1976) y la ideología de la clase obrera en la econom ía industrial
214 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

(Thom pson, 1977; Willis, 1977), así como la ideología de las elites que
llegan a im pregnar toda la sociedad. Williams (1977) destacó la inter­
sección entre clase, cultura y política, recuperando la perspectiva
gram sciana. La economía, por otra parte, está im pregnada de modelos
y m etáforas a p artir de las cuales la gente se representa sus activida­
des y su entorno (G udem an, 1986). En un m om ento en que los pro­
gram as de desarrollo intentan basarse en (y no ignorar) las formas de
utilizar los recursos y las percepciones del entorno p o r parte de los
pueblos con los que se actúa, se trata de u n a dim ensión im portante.
La econom ía es com o la urdim bre del tejido social porque discurre
p o r todas sus fibras. Que el tejido pueda d u rar m ás o menos tiempo,
que m antenga su color con m ás o m enos intensidad, que pueda ir
renovando las partes desgastadas y que pueda cubrir a m ás o menos
gente depende de sus m ateriales, de las formas de utilización y del
grado de deterioro que pueda alcanzar según la presión y las tensio­
nes entre quienes poseen el poder y los medios para apropiarse de la
m áxim a extensión, y quienes no tienen otra opción que luchar simple­
m ente p o r sobrevivir y tener un lugar en el m undo.
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154.
ÍNDICE

Prefacio ........................................................................................................ 7

1. La antropología social estudia la econom ía ................................... 11


1.1. Un acercam iento a la antropología ec o n ó m ic a.......................... 11
1.2. Sobre cambios económicos, sistem a global y c u ltu r a s ............. 13
E je m p lo s ............................................................................................... 17
1.3. Antropología económica y antropología s o c ia l.......................... 21

P r im e r a pa r te

LA ECONOMÍA POLÍTICA
EN LA ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

2. Econom ía, cultura y cam bio s o c i a l ...................................................... 29


2.1. Sobre el concepto de c u ltu ra ............................................................ 30
La cultura como forma de vida y como código de conducta . . 31
La cultura como expresión de las formas de poder ................... 36
2.2. Globalización económica y c u ltu r a s .............................................. 41
Ejemplos .............................................................................................. 47
2.3. De nuevo sobre el concepto de c u l t u r a ......................................... 51

3. Econom ía política y antropología e c o n ó m ic a .................................. 55


3.1. Dependencia, sistem a m undial y sistem a g lo b a l......................... 57
3.2. Modos de producción y transición s o c i a l ..................................... 63
Grupos domésticos y comunidades locales en la transición al
capitalismo .......................................................................................... 69
3.3. La intersección entre centros y periferias, entre lo global y lo
lo c a l........................................................................................................ 71
3.4. Sobre el concepto de rep ro d u cc ió n ................................................. 76

4. Debates. ¿Mercantilización de todas las cosas? Lo que no se


m ercan tiliza................................................................................................. 81
4.1. Producir mercancías, trabajar en familia. El campesinado en la
economía de m e rc a d o ........................................................................ 84
Una cuestión previa: sobre campesinos, artesanos-cam pesinos
y proletariado r u r a l ............................................................................ 84
238 ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

El proceso de m ercantilización en la a g r ic u ltu ra ....................... 88


Persistencia y crisis de las explotaciones agrícolas familiares 96
4.2. H acer familias, producir personas. El trabajo do m éstico ........ 99

S egunda parte

LA ECOLOGÍA POLÍTICA EN LA ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA

5. E cología, n a tu ra le z a y cam bio s o c i a l ............................................... 115


5.1. La ecología como sujeto p o lític o ................................................... 115
5.2. La naturaleza como categoría de a n á lis is ...................... 120
5.3. La naturaleza como espacio y como e n to r n o ............... 125
5.4. La naturaleza com o construcción s o c ia l........................ 130

6. E cología p o lítica y an tro p o lo g ía económ ica. E nfoques, d eb a te s 139


6.1. Precedentes de la ecología política en la antropología económica 139
6.2. Población, pobreza y entorno. Neomalthusianism o y neolibe-
ralism o ................................................................................................ 144
6.3. M ujeres y naturaleza. Ecofeminismo .......................................... 150
6.4. Causas sociales y políticas en la degradación am biental. Eco-
socialismo ............................................................................................ 157

l y E sc e n a rio s p o lítico s. C ausas y con secu en cias d e la degrada-


—"" ció n a m b ie n ta l e n A m érica L atin a .................................................... 163
7.1. La de forestación de los bosques tro p ic a le s................................. 164
7.2. Brasil. Políticas de colonización y desarrollo en la Amazonia 166
7.3. La A m azonia de Perú y Bolivia. M ercado externo y políticas
i n te r n a s ................................................................................................ 172
Presiones de mercado: el cultivo de coca ..................................... 172
Escasez de m ano de obra ................................................................ 175
Programas de desarrollo e intercambio desigual ....................... 176
7.4. América Central. Desigualdad social e intereses comerciales . . 178
Honduras: intereses externos y conflictos s o c ia le s .................... 180
Costa Rica y Nicaragua: contraste entre políticas sociales y
a m b ie n ta le s ......................................................................................... 181
7.5. México. Políticas hidráulicas y relocalización de poblaciones 183
7.6. U rbanización y pobreza. Apuntes de ecología política urbana 187

Conclusiones

8. E co n o m ías y n a tu ra le z a en u n m u n d o g lobalizado .................... 197


8.1. Antropología económica. Consideraciones finales ..................... 197
8.2. Econom ía y ecología. Una aproximación desde el ecosocialismo 202
8.3. Nuevas direcciones en la antropología e c o n ó m ic a ..................... 210

Bibliografía ....................................................................................................... 215


Impreso en el mes de junio de 1998
en A&M GRAFIO, S. L.
Polígono Industrial -La Florida»
08130 Santa Perpetua de Mogoda
(Barcelona)