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Emilio Calatayud Pérez : Juez de Menores de Granada

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Emilio Calatayud es el juez de Menores más famoso de España. Es


franco, afable, sencillo, no muestra interés alguno por las ceremonias y
formulismos. Se comporta con llaneza y cordialidad, sin imponer distancia
en el trato. Hace un poco más de 19 años dirige un juzgado en Granada, en
el que su fórmula es la menos habitual, pero ha resultado ser la más
efectiva: los delitos se pagan sirviendo a la sociedad. Y desde los centros
de internamiento, muchos jóvenes le piden por carta su intercesión.
Algunas de sus curiosas, efectivas y educativas sentencias, han sido:

- A un joven que había crackeado varias empresas granadinas por Internet,


provocando daños por 2000 Euros, lo condenó a dar 100 horas de clases de
informática a otros jóvenes.

- 100 horas de servicio a la comunidad patrullando junto a un policía local


por haber conducido temerariamente y sin permiso.

- 50 horas dibujando un cómic de 15 páginas, en el que cuenta la causa por


la que le condenaban.

- Visitas a la planta de traumatología de Granada por conducir un


ciclomotor sin seguro.

Desde las alturas del Albaicín granadino, donde tiene casa en una hermosa
urbanización de protección oficial levantada en los años 80 junto a la vieja
muralla árabe de la ciudad, Emilio Calatayud baja cada día al encuentro de
la Justicia. Son ya 24 años de toga y 16 entregado al Juzgado de Menores
de Granada. Prefiere siempre moverse por la ciudad en moto, o en el viejo
Seat Panda azul con “L” de conductor en prácticas desde que hace unos
meses su hijo mayor, cumplidos los ?8, se sacó el carné. Y siempre que
puede comienza su jornada con un chapuzón: mil metros a braza. Nadar es
una de sus grandes pasiones. También andar. “Y luego me gusta
aburrirme”, dice con complacencia. No hay pose en las palabras de Emilio,
como le llaman los parroquianos del bar de su barrio. Que el respeto no va
en el don, ni en el “su señoría” de cuando luce puñetas. Porque respeto le
tienen mucho. En toda Granada y más allá. Su nombre, pronto, será un eco
también en el Camino de Santiago, donde un grupo de 10 de sus “pupilos”
han sido enviados para completar su rehabilitación con seis días de
caminata hasta la catedral compostelana.
Calatayud es el juez de las sentencias ejemplares, el mismo que sentó a un
raterillo en un pupitre hasta que aprendió a leer. Cada vez sus decisiones
van más lejos, en un siempre sorprendente aliño de sentido común e
imaginación. Su justicia peregrina tanto por las piedras milenarias de la
vieja cultura que representa el Camino como por las intangibles redes
cibernéticas en las que la vieja figura del bandido toma nuevo nombre:
hacker. A uno de estos piratas cibernéticos que desde Madrid entró en el
ordenador de varias empresas granadinas y provocó daños de unos 2.000
euros, el magistrado condenó meses atrás a impartir 100 horas de clases a
estudiantes de informática.

Dice que casi el 80% de los chavales que pasan por su Juzgado aprovechan
la oportunidad de toparse con un juez como él y dan para siempre –o casi–
esquinazo al delito. Ahora tiene 48 años, tres quinquenios largos de
experiencia como “salvador de menores” y más de 8.000 sumarios
resueltos. Desde hace tiempo, además, la sensación de no haberle negado
esa segunda oportunidad que puede cambiar la vida a gente abocada a ser
carne de presidio. No olvida que él mismo, cuando tenía 13 años, fue
enviado por su padre a un colegio malagueño (Campillos) sobre el que
recaía una oscura leyenda de correccional y las cuitas de sus rebeldes
moradores se resolvían con juicios sumarísimos. “Si reconsideráis lo que
habéis hecho”, llegó a decir en una ocasión a un grupo de jóvenes que
asaltaron una casa de veraneo como gamberrada, “lo peor que os puede
pasar es llegar a juez de menores”. Como él.

EL REDENTOR. La de Emilio Calatayud (Ciudad Real, 1955) es una


historia que desde hace años se viene escribiendo sobre legajos y mucho
más. A cada poco, su nombre resuena en los periódicos a golpe de sentencia
ejemplar, y en muchas casas de Granada, su ciudad adoptiva, se ha ganado
el sobrenombre respetuoso de “el padrazo”. En las fiestas del Corpus, unas
letrillas populares (carocas) le retrataron ya hace años así: “Calatayud, juez
prudente / hombre cabal y complejo / que redime al delincuente / e instruye
al analfabeto / vaya un ejemplo excelente”. Él se encoge de hombros y
medio sonríe: “Tengo la suerte de que hasta los que condeno se van
contentos”. En la Justicia que él imparte no cabe la venganza. Tampoco la
condescendencia sin más. “El que la hace la paga, está claro, pero ahí no
nos podemos quedar... Yo estudio mucho qué es lo que ha llevado a un
chaval a ser delincuente”, se explica. “Es duro pero aplica la ley de
menores bien, y se arriesga”, dice uno de sus colaboradores extrajudiciales,
una de las ?8 personas que integran el equipo de medio abierto (sociólogos,
educadores, etcétera) encargado desde 1993 del seguimiento de los
sentenciados a servicios en beneficio de la comunidad.
“Todas nuestras sentencias son educativas... También cuando condeno a
internamiento (medio centenar de casos en 2003, frente a las 650 medidas
en régimen abierto), incluyo medidas tendentes a que el joven pueda en un
futuro reintegrarse en la sociedad. O integrarse, porque quizás nunca tuvo
esa oportunidad. De lo que se trata siempre es de saber si lo que queremos
es sólo castigar o también reinsertar”. Palo a secas o justicia. Él está
convencido de que con su apuesta por la filosofía reinsertadora y educativa
de la Ley del Menor todos ganamos. “En Granada llevamos ya tres años
seguidos bajando la delincuencia juvenil”.

Y en el pueblo de Darro, por ejemplo, el único policía local, Antonio


Morillas, tiene desde hace unos meses un compañero de patrulla. Se trata
de un menor detenido reiteradamente por conducción temeraria y sin
permiso de circulación. Calatayud le condenó a 100 horas de servicio a la
comunidad, además de prohibirle conducir ningún vehículo en seis meses.
Con el agente Morillas entregado también a la causa rehabilitadora,
empiezan a verse los progresos del joven. “Se está mejor en el otro bando”,
ha llegado a admitir el pupilo.

Desde la entrada en vigor de la gran reforma de la Ley del Menor, en 2001,


el único juez de menores de Granada resuelve cada año alrededor de 800
casos, desde un pequeño hurto o una infracción de tráfico a un asesinato o
una violación. En 2003, el suyo fue el juzgado de delitos juveniles más
resolutivo al sur de Despeñaperros, como acaba de reconocer el Tribunal
Superior de Justicia de Andalucía. En total, 1.323 asuntos resueltos, el
triple de lo que el Consejo General del Poder Judicial considera normal por
juzgado (450 asuntos al año). Hay días que se baten récords. Ocurrió, el
pasado 4 de mayo: el juez Calatayud despachó 42 casos en hora y media.

En lo que va de 2004, ya ha superado las 350 medidas en medio abierto:


incluyen tanto las libertades vigiladas como las prestaciones de servicio en
beneficio de la comunidad, resoluciones en las que este magistrado aparece
como el gran innovador de la Justicia. Que lo de enviar a chavales a un
centro de internamiento, cuando se trata de delitos graves, es moneda
común e insoslayable del oficio de juzgador. Él lo asume sin especial
orgullo. “Internamos demasiado”, cree sinceramente. Le parecen muchos
los alrededor de 600 jóvenes que actualmente llenan los 15 centros de
menores abiertos en Andalucía. “Se trabaja poco con medio abierto”,
sentencia.

Y echa cuentas: cada plaza de internamiento cuesta unas 40.000 pesetas


diarias. “Con ese dinero se podrían pagar a muchos pedagogos y
educadores... Porque, aunque estamos en un derecho coercitivo, en nuestra
actuación no debe haber ánimo de venganza. Y eso yo lo percibo
especialmente cuando se trata de menores. Si son moldeables para lo malo,
también lo son para lo bueno. Cuando ves resultados, no puede haber cosa
mayor. Yo siempre digo que la Justicia de menores te da satisfacciones que
difícilmente encuentras en la de adultos”.

CARNE DE CAÑÓN. La sensación personal del manchego del Albaicín es


“la de haber salvado a muchos”. Hay datos (“el 90% de los chavales que
hemos condenado a sacarse el graduado escolar lo han aprobado”) e
indicios para el optimismo (“chavales detenidos por conducir borrachos
que envié a atender a tetrapléjicos del hospital de Granada, se quedaron de
voluntarios para, por ejemplo, acompañar a los paralíticos cuando los
llevan a la playa”). Él dice que sólo un 10% de los que llegan a sus manos
son ya carne de cañón”. No siempre es fácil percibir la línea fronteriza
entre unos y otros.

En ocasiones, se ve obligado a dictar la máxima condena prevista por la ley


aun sabiendo que el condenado no es, en rigor, un delincuente de largo
recorrido. “Recuerdo el caso de un joven que, cuando lo juzgué, trabajaba y
cuidaba responsablemente de su mujer y su hijo. No es que fuera un
maleante, sino que interpretó mal la justicia; se la tomó por su mano. Mató
a su suegro de cinco tiros porque había abusado reiteradamente de su mujer
cuando era niña y adolescente. El muchacho, gitano, siempre reconoció el
delito. ‘Voy a pagar lo que usted me ponga, pero hice lo que tenía que
hacer’, me decía. Lo sentencié a ocho años de internamiento y cinco de
libertad vigilada. Su padre, que lo acompañó en el delito, estaba ya
condenado a ?? años de cárcel”.

Un pedrusco romano y dos cajas de tomates cerraron aquel juicio. Fue el


regalo con el que los parientes del condenado agradecieron al juez su
sentencia. La piedra esculpida reposa en una esquina del despacho de
Calatayud. “Temimos que fuera una pieza arqueológica catalogada y la
analizó la Guardia Civil para ver si era de algún expolio, pero no... Fue un
catedrático de Arte de la Universidad quien finalmente la dató (siglo IV
a.C.). Y aquí la tenemos, pendiente de colocarla en algún lugar como
donativo anónimo”. No es el único. En un mueble de su despacho, atesora
numerosos cumplidos de padres agradecidos. Por ejemplo, una botella de
Courvoisier, exquisito coñac francés que le trajo la madre de un
adolescente que acababa de ser condenado a seis meses de internamiento y
a un tratamiento psicológico paralelo. Su delito: maltratar a sus
progenitores.
PATERNIDAD. Dice el juez que hay una plaga de adolescentes
maltratadores. “Tengo más de ?7 casos: a cinco los mandé internar y el
resto están con libertad vigilada y tratamiento psiquiátrico ambulatorio”, se
explica. En algunos casos son chavales que fueron adoptados. También hay
muchos que coquetean con las drogas y en casa lo pagan con sus
desconcertados progenitores. En general, clase media en la que abundan
padres separados e hijos consentidos. Él mismo, que ha convertido sus
sentencias en auténticas lecciones de vida (a un pirómano lo pone a
repoblar bosques o a un joven agresivo a atender a los inmigrantes que
llegan en patera), reconoce que ser buen padre puede ser mucho más difícil
que magistrado. “Antes la paternidad era mucho más fácil que ahora... Mi
fórmula: yo creo que los padres no tenemos que ser los colegas de nuestros
hijos. Los padres somos sus padres, y así tenemos que educarlos”.

El suyo fue juez y después abogado, en lo que sigue a sus 80 años. “Es un
cabeza privilegiada. Aún hoy, a su edad, es un gran civilista y
administrativista. Dice que he nacido con estrella. También que en el fondo
tengo mucho sentido común...”. Aquel verano en Campillos y otro más
(“me tuvo todas las vacaciones y parte del principio del curso siguiente
como aprendiz de mecánico en un taller que estaba junto al colegio”)
obraron la transformación de hijo gamberrillo en prometedor estudiante. Lo
de hacerse juez fue casi azar.

En realidad, obra de su entonces novia, Azucena, y hoy madre de sus dos


hijos. Ella, farmacéutica, lo inscribió en las oposiciones a la Judicatura el
mismo día en que se cerraba el plazo. Y él no la defraudó tras ocho meses
de hincar los codos, allá por 1979. Su primer destino fue Tenerife. A
Granada llegó en 1984, y cuatro años más tarde ya se ponía al frente del
Juzgado de Menores. Azucena abría botica y los hijos crecían granadinos.
Pero el juez Calatayud tiene otra familia numerosa de la que habla, a veces,
con casi tanto orgullo como de la propia. “Mi hijo, gracias a Dios, está
estudiando Farmacia, como su madre. Y la niña... Ella va para artista”, dice
de sus dos vástagos.

Después están los otros, esos por los que muchas madres de Granada le
llaman el Padrazo. “Tengo a ocho en el Ejército, y varios a los que hicimos
que se sacaran el título de vigilante de seguridad ahora trabajan como
guardas jurados... Hace poco me visitó uno de los militares. Le había
juzgado por un robo y le suspendí la ejecución del fallo si aprobaba su
incorporación al Ejército. Vino a enseñarme el Seat Ibiza rojo que se ha
comprado con sus primeros sueldos de militar profesional...”.
Cada año el juez incorpora nuevas medidas a su cada vez más amplio
recetario de sentencias ejemplarizantes. La asociación Ímeris, especializada
en la intervención con menores en riesgo social, es su fiel aliada en la
aplicación y seguimiento tanto de tareas educativas como servicios en
beneficio de la comunidad. En la memoria de actividades del año 2003 se
reflejan recogidas de juguetes y alimentos, animación hospitalaria con
jóvenes que hacen de payasos para los enfermos, limpieza del botellón,
repoblación forestal, rehabilitación y pintado de parroquias,
acompañamientos a personas disminuidas físicas.

En este 2004, gracias a un convenio de cooperación con la Cruz Roja, el


juez también mandó a sus pupilos a echar una mano a los inmigrantes de
las pateras. La idea le surgió tras un juicio por robo contra un menor
magrebí sin papeles, y posteriormente la maduró hasta dotarla de
connotaciones sociales. Se trata de chavales condenados a ejercitar la
solidaridad con el semejante por robar y agredir a muchachos de sus
edades. Un monitor contabiliza las horas de trabajo (cada uno deberá
dedicar 100), que empiezan a contar en el momento en que la embarcación
aparece en la orilla.

Andrés acaba de cumplir 20 años y empieza a ver que se salvó del


naufragio que llevó a la mayoría de sus colegas a la cárcel o a los centros
de internamiento de menores. Cinco veces se vio cara a cara ante
Calatayud. Pero ya todo, dice, es pasado. Atrás quedaron las drogas (pocas
no probó) y su “obsesión por robar”, una carrera delictiva que inició con 13
años y por la que ha estado rindiendo cuentas al juez hasta mayo del año
pasado. “Las últimas medidas que me puso fueron 50 horas de orientación
laboral. Me saqué el graduado y el carné de conducir”, dice al Magazine.
Aunque ahora lleva un año parado, ya no está dispuesto a todo para
conseguir dinero. “No quiero que me ocurra como a mis colegas, que están
pasando su juventud entre rejas... El juez me metió el susto grande, me
abrió los ojos, pero quienes me han ayudado de verdad es la gente de aquí”
(se refiere a los psicólogos y pedagogos de la asociación Ímeris).

SEGUIMIENTO. Cada tarde, la sede de Ímeris se convierte en la trastienda


del Juzgado de Menores. Los chavales acuden al local para rendir cuentas
de sus evoluciones. Gente como Rafael, en libertad vigilada hasta
diciembre por un delito (dio un tirón a una francesa desde una moto) que
cometió antes de 2001. Al entrar en vigor la Ley del Menor, su caso pasó de
la justicia de mayores a la de menores, donde era un viejo conocido. La
persona a la que el juez ha encargado su vigilancia explica así la evolución
del joven: “Hizo muchas fechorías y barbaridades... Hoy es un chaval
normalizado, con pareja y el pensamiento de tener su casa, vivir
honradamente con una empresa que está montando y dar trabajo a siete u
ocho personas. Cuando empezamos a verlo tenía sólo ?4 años y presentaba
serios problemas de aprendizaje”. Hijo de un panadero separado que trabaja
por la noche y duerme parte del día, por lo que nunca pudo prestarle toda la
atención necesaria, Rafael ha logrado empezar a reescribir derechos los
renglones torcidos de su existencia.

Hay casos más o menos excepcionales. Y centros de internamiento, como


uno en Oria (Almería), donde con el visto bueno del juez permiten a los
jóvenes recluidos empezar una posible nueva vida. Se les da permiso para
que cada día salgan a trabajar el mármol en alguna de las minas próximas.
La buena disposición siempre tiene que ser correspondida. Es decir, el
joven habrá de reconocer su responsabilidad, asumir los hechos. El juez
Calatayud sabe que no siempre es fácil, pero se trata del prólogo
inexcusable a toda redención: “Trabajamos mucho ese aspecto en el
seguimiento de los internos. Uno de los chavales que ahora tenemos
internado tuvo, como parte de su rehabilitación, que contarle a su novia
(después se casaron en el centro de internamiento) y a sus padres que
efectivamente había violado a su víctima”. Parecía tan imposible como que
alguien condenado por homicidio en grado de tentativa termine como
educador en el centro donde está recluido, en Torremolinos. El buen
comportamiento y la evolución del joven, de 19 años, ha propiciado la
oferta de trabajo. De delincuente pasará a educador.

A veces ocurre el milagro de la redención. Es lo que dice, y quiere creer, el


juez Calatayud. Su fórmula: justicia y sentido común. Si maltratas a un sin
techo, repartirás comida entre indigentes; si pegas a otro chaval porque te
miró mal, limpiarás cristaleras de edificios públicos para que sepas de
verdad lo que es que te miren mal; si te gusta prender fuego, te irás de turno
con los bomberos... Miles de historias tristes y unas pocas con final feliz. Y
entonces el juez nadador, cuando se seca al salir de la piscina y se dispone a
ir a su despacho o a la sala de juicios, se siente un poco aquel Tarzán
(Johnny Weissmuller) que tanto idolatraba cuando era niño y algo
gamberro. Mucho antes de ni siquiera soñar con hacerse todo un señor juez.

“Te condeno a dibujar un cómic”


El error de Enrique fue conducir su ciclomotor sin el seguro obligatorio por
las calles de Granada. Ocurrió en agosto de 2002. Apenas un año después,
el joven aceptaba la sentencia del juez Emilio Calatayud: dedicar 50 horas
de trabajo a contar en viñetas, su gran pasión, la historia de los hechos y
realizar un par de visitas a la planta de traumatología del hospital de
Granada. El juez no sólo pretendió que el adolescente demostrara sus dotes
creativas. También, que “reflexionara sobre la barbaridad que supone
conducir sin seguro”. El resultado, satisfactorio para todos, fue un cómic de
15 folios. Y Andrés ya tiene seguro.