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UN LIBRO PARA TODOS LOS ESPAÑOLES

(DE LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE A LA REVOLUCIÓN DE JULIO)

HISTORIA Y GENESIS DEL ALZAMIENTO NACIONAL

P o r

(TERCERA EDICIÓN 14 A 16 MILLARES)

LIBRERIA SANTARÉN VALLADOL1D


EPISODIOS DE LA GUERRA CIVIL
POR

LUIS MONTAN

I L U S T R A C I O N E S DE « G E A C H E »

POR QUÉ FUÉ ROJO


MADRID

EPISODIO NÚMERO 7

LIBRERÍA SANTARÉN V ALLADOL1D


PÓRTICO

Una enfermedad dos ¿impidió trasladamos al frente dú Jarama.


Esta enfermedad cogida en Ojos caminos y en Jas emociones de esos
caminos, rutas de glorila hada la nueva España, nos ha sumergido
privándonos de la comunicación con [nuestros lectores.
En esta hoara de regreso y convalecencia en que volvemos a es­
tablecer nuevos contactos con nuestras amigos, hemos de procurar
ofrecerles (la emoción de esta gran hora de Ha Patria sin otro bagaje
que Jüa verdad, mi otra pretensión que ila de servir a la verdad. No
pretendemos hacer pirotecnia Uteaiairía, ni hace falta, ila realidad está
sohie nosotros y tiene más fuerza expresiva, más emoción y más
caJor imaginativo, que toda la hipérbole de la imaginación más ca­
pacitada en fta Sfóteratizatión de lias cosas.
La verdad, par un* vez y ien grada a un hecho histórico, se ha
situado por encima de Xa fantasía más riba, de lia leyendá más atu-
cinaote.
La historia esta vez tiene la fuerza dle da vendad y el poder su­
gestivo de ía leyenda.
Así situados, no podemos proseguir en. muestra teurea dle namrado-
res de Episodios de la Guerra Civil, sin ofrecer a maestros lectores el
episodio maíz de esta Guerra gloriosa y terrible.
Y ajqiuí está: Por qué Madrid fiué <rojo.
Episodios de la guerra civil, por Luis Montán
i 1111 | Ilustraciones de « G e a c h e » |

POR QUÉ FÜÉ ROJO MADRID

EL RUMOR
Calle de AlJcalá y Julio. Un mes de Julio muy (madrileño, muy
brillante, muy lleno de gente. Y es iraro que la gente no haya salido
dle veraneo a estas aftas alltaras caniiouil'ares. Es <rairo que el mes de
Julio eauauemitre a Madrid lleno. Peno aquel Judio histórico dle 1936,
Madrid permanecía en Madrid.
Era así, porque en la alegue ciudad, frxfos (tas ciudadanos temían
un aligo* dlefinitivo, irotumdkx Un aligo, que nadie sabía precásair y que
san eanbanigo estaba en eü ambiente. Sí, algo tenía que pasar. ’ «Tenía
qiue pasar». ((Aquello no podía seguir así». Y «aquiello», ecna nada
menos que España.
En verdad que observamos un fenómeno extraño, tratándose de
un pueblo como Madrid. Observarnos que desde el día trágico,
espantable, en que da gen/toe se em/teró del asesinato del ilustre don
José Calvo Softello, Madrid se había tomado silencioso. De ser tina
d/udiad quie ((daba gritos», que «hablaba a voces», que «reía a car­
cajadas», se había transformadlo en pueblo neoefloso, bisbisean/te, de
ciudadanos que se hablaban al oído.
¿Qué había pasado para aquella metamorfosis?
Es que lia gente tema miedo del que estaba al lado. Todos rece­
taban del compañero dle asiento en el ajurtobús, en el tranvía, en el
Mletro. Todos temían de los que calan en lia mesa próxima del café.
Los «¡unos», se sentían espiados por ios «otros». Los «otros», creíanse
descubiertos por los (cunos». Y así, Madrid. S€ conrviiiitió en una ciu-
diad recelosa...
El día 17 (de Juilio del histórico año 1936, tomó oixenpo 2a ex-
__traña inquietud y el santo anhelo
de Madrid.
Por 4 a calle de Alcalá, que era
la calle por donde salía todo lo
fundamental de Madrid y por don-
'de entraba todo lo importante de
España, subía el rumor.
Un rumor en la calle de Alcalá,
frente al mes de Julio desbordados
los cafés, fuera de su cauce el río
humano. Un rumor que situaba en
forma decisiva el problema de Es­
paña. Un rumor que partía el eje
de la conciencia española dejando
a España divididla en dos mitades.
Un rumor que llevaba a todas las
conciencias üia voz de k» deñniiitiivo.
Ya no era posible «conllevar)) la si-
tiuraón— como decía Marcelino Domingo— porque no era posible que
los «unos», (gentes de tradición, de honor, de principios humanos, de fe
católica, de exaltación española, gentes en fin de da civilización, pudie­
ran convivir con los «otros», gentes sin patria y sin Dios, esbirros de la
Rusia esteparia y brutal die Stalin, maxxistas sin sentido de la familia
y sin criterio humano, gentes maiterializadias y bmibates, ejendtadioires
del crimen desde el Poder, incitadores al sacrilegio, a la profanación,
al incendio, a lia vejación de todos los derechos tamaños, a la vio­
lación de todos los principios de lá civilización.
¿Qtuié dlecía el rumor que subía calle de Alcalá airiba aquella tarde
deí 17 de Juilio?
Decía el rumor que nuestro Ejército áe Africa se había suble­
vadlo.
Decía e(k rumor que ei Ejército, una vez más, se dásponia a sailvar
a España y a rescatadla de sus secuestradores, de sois Gobiernos de
asesinos, de sus expltotadlotres viciosos, acéfalos e indocumentados.
Y el rumor guibía calle de AQoalá airaiba, dotando, definitivo; y
al paso del ínuraoir, ¡06 españoles de la calle dle AJlcadá abrían el co­
razón y la esperanza y el alfana a la fe.
Todo aun Dios estaba dispuesto a salivamiuos.
¡Bendito sea Ddosl

LA OPINION HIERVE

Al día siguiente—18 dle Juilio—la calle tornó su aspecto normal.


Se discutía, se habDaba a voces, se volvía por los fueros de la liber­
tad expresiva. Las gentes gesticuflaban y se encendían aü hablar.
—Yo le dáigo a usted que eí propio Gobierno ha mandado matar
a Calvo Sotelo.
—Y yo le respondo que está llegando ila hora de acaibar con todos
los ((carcas» corno usted.
—Yo represento a la España de siempre.
—Usted representa a lía «caverna».
—Y usted la «hotentocia». Unicamente perteneciendo a una xaza
inferior se puede pertenecer al «frente popular».
—Luego dicen... No sé como puedo contenerme.
__Se habrá usted acordado de que tiene hijos. Ustedes sólo se atre­
ven por la espalda y protegidos por el ((Gobierno».
— ¿Qué quiere usted decir?
—Lo que he dicho. ¿Para qué quiere su «democracia» las enten­
dederas?
—No ofenda a Üia «democracia». No hable de lo que no sabe.
—Sí, hombre. No voy a saber. La democracia de ese ((frente po­
pular» es un concepto lamentable de la «igualdad», ir revueltos en vez
de marchar juntos. Abusar del libertinaje en vez de usar de la liber­
tad. Demoler en vez de construir. Embrutecer en vez de educar. Alu­
cinar en vez de descubrir. Llevar bombines al adocenamiento de la
sensibilidad. Verter la incultura ai crimen. Abusar ide fca fuerza como
razón, atropellando la fuerza de la razón. £90 es él1 «frenlte popular»,
un contubernio de republicanos, socialistas, comunistas, sindicalistas
y anarquistas que d o sabe dónde va n i de dónde viene.
— ¿Eso Lo dirá usíted?
—Pues claro^que lo digo. ¿Cómo puede haber una política, ni si­
quiera un medio político, ni una idea común, entre un anarquisita y
un republicano, entre un republicano y un comunista, entre un comu-
niisíta y un sindicalista? No comprende usted, hombre del diablo, hom­
bre sin Dios y sin fe, que son teorías distintas, ¿cómo quiere usted
que siendo distintos puedan compaginarse para gobernar? Precisa­
mente, para gobernar es para lo que no pueden ir juntos, ni siquiera
revueltos; tal vez, para conquistar el poder puedan unirse en un «fren­
te de oposición)), pero ¿para gobernar? no es (posible. El mandb,
que es Gobierno, y es Estado, no puede ser más que unidad.
—Nosotros aspiramos a una vida mejor, a un sentido más am-
pffib en los derechos del hombre, a una digna justicia social.
—Ustedes te que tienen es la cabeza llena de tópicos y de doc­
trinas sin digerir. ¿Cómo pueden hablar de dignddlad, de derechos y
de justicia, quienes practican el crimen desde d : poder, desconocen ios
deberes y buscan la exaltación ejemplar de un sisitema político en
la figura de un salteador de conciencias y de la caja del Baoco na­
cional?
—Eso es una infamia.
—En España no hay. más infamias que las que ustedes cometen
a ttas órdenes de Largo Caballero, de Casares Quiroga, de Prieto, de
La Pasfonaiiia y de Gaüamza. Y todos, a la sombia trágica die ese gran
delincuente que se llama Manuel Azaña.
—Eso si que no se ib consiento.
—Y ¿qué va usted- a hacer para knpedínnedo ?
Unas bofetadas; un grupo de curiosos, y luego los guardias. Des­
pués el consabido:
—Circulen.
Todavía el 18 de Julio podía discutirse en lia calle. Al dda si-
guíente ya no. Ya no podía discutirse, ni opinar. Los que abogaban
por tos derechos dei hombre, negaban «todo derecho a los hombres.
Pero todavía, d 18 de Julio, se podían cambiar opiniones y bo­
fetadas.
La opinión, en carne viva, hervía aquella tarde...

CASARES QUIROGA
CELEBRA UNA ENTRE-
VISTA HISTÓRICA Y
SINIESTRA
Casares Quiroga, Presidiente del
Consejo dle Ministros, lugantenienite
dle Azorra, espíritu enfermizo, ente­
co, afiliado para el maíl, sinuoso,
escurridizo como los reptiñes, el rep­
til mismo introducido a lia política
española por las «rendijas» inconfesables del oportunismo. ¡Casares
Quiroga, palacio del ibacilo de «Koch»! Excepción de tuberculosos,
hombre impar en la escuela dieü ¡mal. {Casares Quiroga, incorporador
del crimen como ((¡medida de Gobierno»! ¡Casares Quiroga, el más
siniestro entre los siniestros personajes de la incómoda República Es­
pañola, era Presidente del1 Consejo de Ministros! Tenía en sus manos
los destinos de España, y así fueran los destinos de Ha República...
Casares Quiroga, desde su «poltrona presidencial», estaba atento
principalmente a todo lo que afectase aH orden público.
En el Ministerio de fla Gobernación había un hombre con barba
dle verdad y catalán: Motes. Casares controlaba el Ministerio de la
Gobernación, porque allí tenía un hombre de su confianza: ed coman­
dante de lá Guardia cavad, Naranjo.
Del orden público se servía para suprimir a quien lie estorbase;
para ello contaba con lia complicidad del Director de Seguridad, Mallol,
y con ios «servidos» d¡d excapitán de (t& Guardia civil, Condes, rein­
corporado al glorioso Instituto para salpicarlo y para ejercer de brazo
ejecutor en la siniestra red de Casares Quiroga-Mallol.
Casares al situarse ante el hecho consumado de ¡la sublevación en
Marruecos, dijo:
—Yo acabaré con todo esfto.
—Y ¿cómo?—lie preguntaron.
—Acabando con qmen haga faüita. Ellos sodios, adledantándose, me
han dado oportunidad para forzar
la revod/ujción desde eü poder.
Todo estaba preparado. Existían
compromisos secretos con Jas fuer­
zas socialistas; sólo faltaba conse­
guir la unión con los Comunistas
y de la Confederación Nacional de
Trabajo. Todo se andiaría, se es­
taba anidando. Nada mejor para
precipitar la unidad' de mando que
una amenaza fascista.
Por lio pronto, lt> más importante,
era reducir el moviimáento y sobre
todo (hacedo abortar en Madrid .
Casares (mandó llamar a Naranjo, y—creo que en el Ministerio de
la Guerra—celebraron una entrevista histórica y siniestra.
Naranjo era a lo miiitar k> que Condes aü orden público.
Tenemos una referencia de esta entrevista, que había de tener tan
rotundas consecuencias en la historia dd movimiento.
La versión que podernos ofrecer como exacta, es esta:
Casares hizo pasar a su despacho al comandamte Naranjo.
— ¿Qué hay?—dijo.
—Buenas noticias.
—Habla.
—He desconectado todos dos enlaces. Tengo confidentes en todos
los cuartetes. Puedo asegurar que da Guardia civiil no se echará a Ta
calle. Y ajtygo tanto o más iímportan/be.
— II —

— ¿Qué es ello?
—Que los fascistas se encerrarán en el Cuartel de la Montaña y
que aquel reducto será su tumba. En el Cuartel de la Montaña acaba­
remos con el ((fascismo» de Madrid.
— ¿Por qué?
—Porque se levantarán, creyendo en ia. Guardia civil y en lias guar­
niciones de Alcalá de Henares, Toledo, Campamento de Carabanchd
y Cuatro Vientos.
— ¿Todo eso había comprometido?
—Todo eso. Pero he dicho y repito que la Guardia dvil no 9e
echará a la calle; fallarán los mandos que son míos. En los cuarteles,
sin embargo, responderán los mandos y fallará la tropa.
— ¿Y el elemento dvil?
—A ese lo ((cazaremos» a la entrada del Cuartel de lia Monltaña,
en d Cuartel de la Montaña y cuando se rinda el Cuartel.
— ¿Estás seguro de que d Cuartel se rendirá?
—No tendrán más remedio; en un momento propicio, algunas cla­
ses—cabos, sargentos, brigadas—provocarán dentro la desmoralización
entre los soldados.
— ¿Seguro?
— Seguro.
— ¿Y en Carabanchd?
—Allí no hay nadie más que los jéfes y ofidales. Eso se cae solo.
— ¿Y Cuatro Vientos?
__Nuestro en absoluto. Ya ves cómo Pastor te iha dado juego.
— ¿Vicálvaro y Getafe?
—Nada, aquellos soldados no permitirán que se íes ((reduzca».
—Así, pues, Madrid es cosa nuestra.
—Puedes tener la seguridad.
El Presidente y d comandante se estrecharon las manos. Todo un
pacto. Quedaba sellado d secreto de una compliddad que pasaría a
la historia de la delincuenda, como un «caso» sin precedentes en la
historia.
Así se decretó el secuestro de Madrid. De la ¡pobre dudad, que fué
alégre y vivió confiada.
LA CALLE

Catar en la calle. Calor de canícula y calor de apasionamiento.


Las gentes, ya, se consideraban beligerantes. Había que desfondar los
Deimetmos, disponerse a todas ¿las contingencias, a todos los saorúñcíos,
a todas Jas llucihas.
«Unos» y «otros» sabían que se iban a jugar la carta decisiva.
Ser o no ser. Las dos tendencias:
((fasoilsmo» y «marxismo», saltaban
aü (ciTLntg». Gran matah enitre el na­
cionalismo y el bolchevismo. Uno
de ¡los dos cootriincanites tenía que
desaparecer, porque los dos «no
cabían» ya en el suelo de Es-
, ^ j - 4 i paña.
*a * - * i» * Todavía Madrid ofrecía su fiso­
nomía normal. Toda áa se tomaba
: café en la terraza de ((La Granja))
y «Negreooo». T odiavía en «Aqtua-
rhim», das sedas y la frivolidad se
desbordaban como la espuma en
la ancha copa dieOL urbanismo. To­
davía las «muchachitos en flor» nos
ofrecían flores para la solapa. To­
davía el «limpia)) estaba dispuesto
a ponerse a «nuestros pies». Aún se podía enviar al ((botones» por
una cajetilla. Aún* era posible mandair pairar un tranvía sin cerrar el
puño. Todavía podíamos usair el cuello, la corbata y la educación.
Pero a pesar de todo, el (caaiLcxr de la calle» no era un oaíLar nor­
mal. La calle sabía que se la estaban dispultando. La calle sabía que
se Ha estaban discutiendo. Y sabía más, sabía qoue eü prknero de los
beligerantes que se lanzase a élla, sería su dueño y señor. Es sabido
— 13 ~

que k calle es siempre éell primero que llega. Para conquistar la


calle, como para conquisftaar cierta díase de mujeres, no hay nada
más que <<madtrugajr)).
¿Qué había pasado entre Jos edementtos nacionales que no se ade-
kn/taban para k conquista de la calle?
Pues pasaba, que estos elementos, esperaban el cumplimiento de
una pakubra de honor, que nadie cumplió. Esperaban la iniciación,
cada uno en su puesto. Espenaban lo que oo llegó, parque lia trai­
ción habk abierto brecha en los mandos de la Guamdia Cdrvil. Se ha­
bían dividido las opiniones. Sin embargo, los hombres azules no per­
dían su contacto. Confiaban siempre en su gftarioso destino- histórico.
Ai fin de cuemtas si «lá Falange» da dejaban soda, soda haría la
revolución. Pero no habk que pensar en eso; los mandos de algunas
giuatrnidones próximas a k capital habían aooaxkdio esperar ed efecto
que producía en el Gobierno, el salllto de Africa a k Península que el
movimiento tenía previsto y que no tardaría en producirle si es que
no se habk producido ya a aquellas horas.
Habk quie esperar. Habk que tener pacienck. La calle todavk
no era de nadie...
Por las 'terrazas de los cafés corrían estas preguntas:
—¿Tienes noticias?
— ¿Sabes alligo?
— ¿Conoces detalles?
Nadie era capaz de apagar esta sed de curiosidad.
Nadie sabk nada.
Nadie conock detalles.
Y todos, todos, opinaban- sin embargo...
La caite sí, lia calle sabk que se lia iban a disputar los hambres.
La calle sabk que su posesión iba a oostar mucha sangre. La calle,
como esas hembras de k «picaresca)) flamenca, esperaba ed encuentro
con la misma emoción que ponían las hembras ¡retrecheros en el en­
cuentro de los «majos)) que se las disputaban.
La calle creía que iba a predsar de una legión de poetas para
cantar sus glorias...
— 14 —

Y ¡lia calle también estaba equivocada, los poetas d o iban a tener


que cantar otra oosa quie traiciones; los poetas tendrían que dedicarse
a exaltar a los mártires, que es en lo que se transforman los héroes
cuando son víctimas dle la /traición.
—Oye chaval, ¿tienes un «Heraldo»?
El transeúnte pedía el periódico con el mismo énfasis que podría
poner en una provocación.
Otro transeúnte (replicaba sdn dar importancia a la réplica.
—Oye, chico, díame un «Ya».
Los dos transeúntes se miraban. En las miradas se cruzaban un
reto, que la calle recogía tembCandb dle emoción...

UNA REFERENCIA IMPORTANTE


Calle de Alcalá, arriba y abajo, crecía el rumor.
—Lo de Marruecos es mucho más importante de to que se creía.
—Parece que Va-
lladolid, Burgos y
Pamplona se han su­
mado al movimien­
to.
—'Dicen que Casa­
res Quiroga ha orde­
nado eü general Nú-
ñez de Prado que
saiga en avión para
nuestras posesiones
dle Mamiecos.
—S í; que el general Núñez de Prado ha salido en avión para Ma­
rruecos es verdad.
—Aseguran que lleva una delicada misión
—Toma... y tan delicada.
Comentarios, comentarios, siempre comentarios.
— 15 —

Los puebüos meridibnailes suden ser individualistas, y bu indivi­


dualismo les lleva a 'la exaltación por caminos de violencia. Esa exal­
tación que origina un temperamento propicio al heroísmo, es sin em­
bargo oajusa, muchas veces, dte quie Jas ¿deas 00 (logren ed reposo pneciso
1 para una asimilación que permdita claridad en el juicio.
Eo España hemos discutido muchas veces por el sollo hecho de
hacer discutir al amigo, y otras muchas, hemos dejado de ser amigos
ddi amigo, por el afán de discutir.
Por ello, en el campo de experimentación de las ideas, nos hemos
entregado a la «idea» con un ímpetu y apasionamiento poco reflexivo.
El «pregonado» socialismo de Madrid no era otra cosa que la causa
de la exaltación del obrerismo frente al señoritismo, y del señoritismo,
de do peoicito de cada casa, exaltado también hacia un obrerismo de
tipo delincuente. Un obrerismo indispensable para una carrera sin es­
fuerzo, una carrera para Ha que no era preciso una especial prepara­
ción, una carrera en la que podía llegarse a «líder» conductor de ma­
sas, sin saber nada de nada y sin concepto esencial» de las masas
mismas.
La escoria del marxismo eran los obreristas metidos a señoritos:
Largo Caballero, Indalecio Prieto. El peligro del marxismo estaba en
los señoritos intelectuales que sabían de letras, como Jiménez Asúa,
Alvarez del Vayo, Araquisfcain. La escoria y d peligro social se es­
condía entre los Ossorio y Gallardo, los Femando de los Ríos, los Bes-
teiios. Ellos eran d punto de (referencia que sacaban para buscar un
equilibrio.
—E l marxismo responde a un concepto zafio de los deshumaniza-
dores dd humanismo.
Y entonces saltalban como energúmenos.
—Ese es un concepto pedestre. El marxismo es una manifestación
liberal de la cultura. Ahí tiene usted: Besteiro, que es catedrático de
Lógica, es marxista; don Femando de los Ríos, que es un gran señor,
es mandsta; Ossorio y Gallardo, que es d derecho y Ea cfteganda del
verbo, un antiguo Ministro Maurteta, es un simpatizante dd marxismo.
Y dtaro, como todavía la lógica estaba representada por Besteiro.
uno no podía decir que en la historia futura de la delincuencia mons-
— 16 —

truosa estos hombres ocuparían ‘la vanguardia de la responsabilidad


par ct daño de su ejemplo. Por su tolerancia responsable. Por su re­
sistencia pasiva. Por su permanencia en el error y su concepto cerní
de la constancia, ellos permanecían por terquedad doctrinal, junto con
los que en nombre de la doctrina se oponían a sus propios fundamen- ’
tos doctrinales, abusando del derecho de la doctrina e imponiendo lia
fuerza de un derecho hiperbólico por la fuerza del número.
Por la calle de Alcalá, calle central de todas las aspiraciones polí­
ticas, calle víctima, iiba el rumor.
—El general Núñez de Prado ha tenido que regresar de Marruecos
sin poder aterrizar en Marruecos.
—Casares Quiroga lleva cuarenta y ocho horas sin dormir.
—Dicen que esitá furioso.
—Aseguran que Zaragoza 9e ha sumario al movimiento.
—Parece que Casares Quiroga ha ordenado al general Núñez de
Prado que se dirija en avión a Zaragoza.
— ¿Pero quién dirige el movimiento militar?
—Dicen que Cabanellas.
— ¿Y Franco? ¿Qué se sabe del general Franco?
—Nada... No se sabe nada.
—Parece que está reunido el Consejo de Ministros.
—Sí. Hay marejada política.
—Y todo estto ha de ser d pórtico de algo grande.
—No podíamos seguir como estábamos. Había que acabar con «a
«posibilidad)) de utilizar la fuerza pública como instrumento del
«crimen».
—El crimen desde el Poder tenía que acabar.
—No podía ser ((el asesinato a domicilio».
Y frente a estos comentarios que a su paso levantaba el ((rumor»,
se alzó una referencia importante sobre Madrid .
— ¿No sabían ustedes nada?
— ¿De qué?
—De qué el día en que asesinaron a Calvo Sütelo iban a asesinar
también a Gil Robles y a Goicoechea.
— ¿Es posible? •
— 17 —

— ¿Y qué razón hay para que no do sea? Aceptada la monstruosi­


dad de ponerse de acuerdo d Presidente dtít Consejo con el Director
de Seguridad para asesinar a un Diputado, ¿qué más da asesinar a
uno que a tres?
Era verdad. Aceptada la ((monstruosidad)) como un hecho consu­
mado, la referencia que por Madrid circulaba era más que verosímil,
casi indudable. Y la referencia era que los señores Goicoechea y Gil
Robles iiban a ser asesinados la misma noche que lo fué el ilustre
Calvo Sotólo.
— ¿Y no lo fueron?
—Porque los dos políticos de derecha estaban fuera de Madrid
aquella noche.
Todo Madrid daba como citertia lia referencia...
— i8 —

19 DE JULIO
ASALTO E INVASION DE MADRID
Amanecía Madrid d 19 de Julio sin haber podido descansar. Mu­
chos madrileños jocundos, esperaran la revolución asomados a los
baücoines. Pero la noche transcurrió serenamente, sin más conmocionaos
que aquellas quie en cadia casa produjera el afán discuitddor y los dis­
tintos puntos de vista sustenta­
dos a grandes voces.
—Núñez de Pirado no regresa.
—Dicen que está prisionero en
Zaragoza.
—Casares Quüroga no saílie del
Ministerio de la Guenra.
En 'Ha mañana dell día 19 Ma­
drid se echó a la calle, pero se
echó en el más apacible de los
senítikios; poique la calle, toda­
vía, no terna dueño. Madrid sa­
lió a ver, a oiír y a tomar dlaitos
paira poder contar. Aún: ge con­
servaba el exterior de la vidá
normal. Sin embargo, Madrid
aquella mañana se dió cuenta
perfecta die ía solemnidad' de su
momento. Madrid que era un
pueblo pegado a las tradiciones, veía con espanto que las tradiciones se
le iban a romper.
Su iglesia de San Luis yia había ardido. Aquella gran hoguera
de la calle dle la Montana, frente por frente ail Ministerio de la Go­
bernación, era todo un, antecedente precursor die lo que a Madrid1 le
esperaba si él marxismo lo dominaba. Aquellas ruanas de la casa
die Dios ofrecían toda la elocuencia de la sugestión. Aquella fué la
«primera tolerancia» del Frente Popular, representado aü llegar en
— 19 —

Aaaña, Jefe de Estado; Casales, presidente del Consejo y Amós Sal­


vador, ministro de Ha Gobernación; la serpiente, ed bacilo de ((Koch»
y la «oretinez», ejerciendo el Poder.
Madrid' sabía que la serpiente seguía en la Jefatura, dlel Estado
y Casares en ila presidencia, lo único que había cambiado era el Mi­
nisterio de la Gober­
nación. Se había óldo
lia ((CietiiDéz» y ha­
bían puesto a un
hombre con barba, y
catalán. Frente a to­
do aquello, no ha­
bía más remedio qu~
prevenirse paira el
dolor.
{Qué hospitalario
había sido Madrid!
Tanto, que aquellos mismos a quienes acogió, aquellos a quienes hizo
hombres, estaban en condiciones de asaitaiüo y quedarse con ét. En
ell Ministerio de la Gobernación tenían la guarida.
¡Pobre Madrid!
* * *
Aquella tardle del 19 áe Juüfe, tomaba café en la terraza de <(La
Granja» un secretario de Guerra ded Río. Entre él y un transeúnte
se cruzó este diálogo:
— ¿Hay novedades?
—Sí—contestó el secretario de Guerra died Río—Franco 9e ha su­
blevado en Tenerife.
—Hombre, eso está bien.
— ¿Qué dices, insensato? Va a diurariJe bien, poco.
— ¿Eso quién lo dice?
—Yo.
—¡Ah! Entonces bueno.
Y el transeúnte dtió media vuelta, dejando a su intedoautor con
la palabra en la boca.
Y en todo Madrid, en ed todo Madrid europeo, capitalino, urbano
y limpio, una alegría incontenible.
— 20 —

—¡Franco! Está Fra/noo por fin...


—¡Franco dirige ed moviimienito!
—¡Franco ha ducho que se han acabado los mailes de España1
— ¡Franco!
— ¡¡Franco!!
—Por fin ed! General. ¡ Por fin!
—E l mowdm¿erito esitá ganado. Tenemos a Franco.
—'Franco es lia garantía.
—Franco es la justicia.
—Efl estar Franco, es el taáunío.
—Gomo que Franco es el mejor general de Europa.
—Del mundo. El mejor estratega es Franco.
—Franco es la austeridad, la modestia, La juventud, ed talento.
—Franco es ed genio.
—Y además no tiene antecedentes políticos.
—Ahora sí que es posible que España se salve.
Esto decía Madrid' cuiando tuvo noticia cierta de que su Excelencia
ed Generalísimo don Francisco Franco Bahamomde, era ed Caudillo
de la caiusa de España frente a Rusia.
** *
Casares Quiroga, presidente ded Consejo de ministros ded Frente
Popular, drcudiaba por las calles en su automóvil oficiad rodeado de
coches de escoülta, por cuyas ventanillas asomaba la amenaza «demo­
crática)) de los fusifles.
— 21 —

Cuando las ge-rutes k> veían pasar, s>e levantaban estos oomentarios:
—Lleva tres noches sin donmár.
—Estte es uin hombre enérgico.
—Este ser va a acabar con las gentes decentes.
—Está muy enfermo...
—No se preocupe, quie «bicho xnailo» nunca muere.
En vetndad, Casares, masón, en aJdianza siniestra con ed marxismo
de Largo Caballero, dúctil y obedílertte al oro ruso, era el eje de la
revoliudón. Azaña, la cabeza de la revolución. Casares, el brazo. Lar­
go Caballero, lo* irremediable. Prieto, la ganzúa. La Pasionaria, el
libertinaje. Gailiarza, la vengüenza invertida. González Peña, el1 ban­
dolerismo.
Y a la sombra de .estos siniestros personajes, la ambición, la con­
cupiscencia, la ddincuencia refinada dle los Ossorio Gallardo, los Ara-
quistain, los Mairtünez Bajrio, los Asúa, lios dle líos Ríos.
Y al lado de «estto», la tontería eminente de los Gira!, de los Rico,
de ¡los Barcia, de los Marcelino Domiriigo, de ios Palliomo, tos Gorn-
panys, los Agruirres.
He aquí el caudillaje die la masonería servidora del dinero dle
Moscú.
* * *
Toda España se agitaba al grito de la liberación. Casi toda Es­
paña obedecía el grito.
Reunido el Consejo de ministros, Casares propuso, sin ocfulltar ya
h. importancia del movimiento, adoptar medidas terminantes.
Por ejemplo: decretar la censaintía die los mandos müátaires.
Desarmar a la Guardia civil y fuerzas sospechosas de la guar­
nición.
Armar sm pérdida de tiempo ad .pueblo y echando a la calle.

* * *

Mientras tanto, en los cafés céntricos se observó un desfile gice-'


sanie. Poco- a poco, España se iba poniendo en pie.
:—¿Ha vasto usted a mis compañeros?
—Hoy no han venido.
—Bien, voy a reunimne con ellos.
— ¿Tienes arma?
—Sí.
En el café de Recoletos, puirato de re/utnáón de edememtos falángis-
tas, entraban y salían dientes,
procurando no coincádiiir más de
tres por mesa.
— ¿Qué hay que hacer?
—Tú, esperar órdenes en tu
casa.
— ¿Y mi gente?
—Tenerla preparadla paira es­
ta noche.
— ¿Las aunas ?
—Nos las darán en d Guartel
de la Montaña.
— ¿Y si lias órdenes no lle­
gan, hasta qué hora espero?
—No lo sé. Te avisaré. Creo
que esita noche hemos de ((dor­
mir)) en el Cuartel.
— ¿Y l'a Guardia civil?
— ¡L a Guardia civilI No hablemos de eso.
— ¿Por qué?
—Parece que los mandos se han echado para atrás.
— ¿Todos?
—Todos no, pero dos que quedan nada pueden hacer.
— ¿Y los números?
—Les han quitado los fusiles.
Oh-¿Entonces?
—Entonces y siempre nosotros cumpliremos con nuestro deber.
—Naturalmente.
—Hace fafllta derramar mucha sangre.
—Todo por España.
— ¡Arriba España!
— I |Arriba! !
Un clamor die medias voces encendidas de fe y devoción...

• *#

Aquella noche, los Guardias de Asaüito—los compañeros de aque­


llos que se prestaron a secundar a Condes en el asesinato de Caílivo
Sotedo—cazaban por las esquinas de lia calle de Ferraz a los bravos
muchachos de la Falange quie pre­
tendían ganar el Cuaiitól de lia Mon­
taña.
No obslfcante, doscientos camisas
azules lograron penetrar en el Cuar­
tel, paira escribir con su sangre una
dle Olas gesftas más emocionantes dfel
martiroliog¿ü...
Mientras esito ocurrió en 1‘a calle
dle Ferraz, en el resto de la capital
de España se desembocaba eí epi­
sodio más dramático d»el' drama de
Madrid.
Camiones repletos de municiones
y armamento—fuslilies, pagodas, co
nreajes y machetes—recomían Jas
calles entregando un fusil a todo el que Ib pedtía, primero con la «ga­
rantía» de 'un camielt die lia U. G. T., y después sin más garantía que
pedido.
Aquellos fusiles, todos aquellos fusiles, «gritaban» su procedencia.
Los correajes de aquellos fusiles eran bien conocidos de todos; su color
amarillo daba elocuentemente su procedencia; aquellos fusiles habían
pertenecido a fe. Guardia civil...
La calle está siendo asaltada. Las hordas «rojas», insensatas, in-
— 25 —

conscientes, acéfalas, bárbaras, incultas, estaban siendo armadas por


los «'monstruos» de la respojisabiúlidad, contra la tivillización.
En los relojes urbanos proseguían su marcha las horas civilizadas;
en un minu/to gritaron a coro las once campanadas.
En el cielo, la luna. Una lima dara de Juüio. En la tierra ia oscu­
ridad espantable de una noche /tenebrosa en las conciencias.
El pueblo había quedado armado.
La calle ya tenía dueño.
Por las esquinas, los primeros milicianos ejerciendo su «autoridad».
— {Alto a las milicias!
Los escasos transeúntes eran cacheados.
— ¡Alto a las mffiríasl
Voz imperativa, tono impertinente. Los instintos iban a lanzarse
al festín, diondie pensaban saciar todios sus apetitos.
Apetitos de sangre, dictados por el rencor que acumuló los siglos.
— jAüto a las mi/liicias!
Aquello era k voz de k revolución, que ya estaba en k calle y
que había sido animadla por d propio Goíbieroo.
Sobre k meseta ce-nitral die Castilla k Niueva, las hordas acababan
de tendier k gran cruz donde k barbarie iba a omicificar a la pobre
ciudad que vivió confiada. La calle ya tenía dueño. Y k calle gritaba:
— ¡Allto a las müdciasl

Y MADRID FUÉ ROJO...


El Jefe diel Estado, el presidiente del Consejo de ministros, d Go­
bierno, expresión dd' ((Fuente Popular», nacidio de k indignidad, dd
((pucherazo», de la intriga y dd makhamismo potlitico, habían coin-
ridiido en man/tenerse en d Poder por endona de toda contingencia
uacdonaJl por rotunda y grave que fuese. Y así, obedientes a este «prin­
cipio romántico», permanecer; permanecer por encima de todas las
cataratas de sangre que sai permanencia significara; permanecer aun
cuando fuera necesario amontonar los cadáveres die media España;
permanecer frente a todo derecho, a toda razón y a toda moral.
— 26 —

Pemroaneoer, siempre permanecer, y mientras la grey se entretenía


en ed asesinato, en el incendio, en k subversión de la justicia, die la
moral y ded derecho, ellos desvainar museos, robar bibliotecas y des­
fondar Bancos.
Lo más que podía ocumriittes era que pendieran la guienra. Y eso
era ganado todo, para sus ambiciones; eso significaba el ((movimiento))
de fondos, la devastación de los tesoros axrtístúoos, la («urgencia» die
ganar la frontera, por asuntos de Estado, por conveniencias comer­
ciales, por necesidades de la guerra misma. Perder la guerra, era un
buen negocio pana ellos, porque ((justificaba» ausencias y objetos de
vaüor en ((codieociones paiittLauüares».
¿Qué importaba quie España se desangrase, si ellos salvaban la
piel, adquirían cadüidades de ((protagonistas)) ante ed mundio y se en­
riquecían?
Y como ellos tenían su sede en Madrid, y a Madrid fué a parar
lio peordito die cada familia—traslados y credenciales—penique así con­
vino al Erente Popular; como en Madrid (radicaba la fuerza dé la
U. G. T. y de ¡La C. N . T. Y como en Madírid se desarmó a todas las
personas decentes para armar a dos indeseables de todas partes; y como
además, sie desarmó a la Guardia civil, se decretaron destituciones ful­
minantes para desconectar da civilización, Madrid pudieron asaltarlo
los ddiinouentes de todas partes armados (por el propio Gobierno con
los fusiles de la propia Guairdüa rival.
Y así, la ciudad azul, alta, noble, aristocrática, cristiana y vertical,
pudo ser roja.
Pero ed verdadero Madrid, lestá ¡prisionero y crucificado cara al sol,
en plena meseta, de Castilla la Nueva...
- ty _

LA VOZ DE LA INFAMIA

Las radios, aquella noche inolvidable, amarga e ¡histórica, vertían


a todos los hogares la voz die (La [infamia.
—E l movimiento era oin atentado al derecho dieü hombre.
—La sublevación no tenía importancia.
—En cuarenta y ocho horas di Gobierno acabaría con los «fac­
ciosos».
Y cabalgando en estos sofismas, todas Has infamias, todos los in­
sultos, todas las vergüenzas y todas las licencias con que el bajo estilo
precisa adornar bu dialéctica.
—Casares Quikoiga, dimite.
—Martínez Barrio, Presidente del Consejo.
—Martínez Barrio, dimite.
—Eü farmacéutico Girad, jefe díed Gobierno.
En seis horas, tres Ministerios.
Y aquello; ¡aquello!, era. la «legailádlad!». «La legalidad» frente a
toda España puesta en pie de guerra. Si don Alfonso X III hubiese
tenido aquel concepto cerril de la legalidad, la sangre hubiera teñido
el suelo español en Abril de 1931, porque «'legalmente», el triunfo en lias
capitales de provincia y capital de nación, en unas elecciones de conce­
jales donde la monarquía tuvo mayoría, no tenía ninguna fuerza
para derribar iuin régimen secular.
Pero da voz infame de las radios controladas por el Gobierno, des­
bocada sobre las ondas de la noche inolvidable, desmoronaba presti­
gios, sembraba la discordia, practicaba el confusionismo.
— ¿Pero usted) oye?
— ¿Lo está usted viendo?
—Fjnp.ni unos canallas.
—Lo tenían todo preparado.
—Sólo el pueblo puedie salivamos.
— 28 —

Y anfte estas «cosas»', fíente a estos conceptos, eul tropezar oon el


sentidlo político de Ota zafiedad, ya no podía reaccionarse. Ya d o podía
uno djiscautáir nada. Desdbe ajquella moche, la «libertad d)e pensar», no
podlía ejercerse en/tre los que tenían (Ka «desfachatez de .pregonar al
mundo que luchaban por la «libertad)).
Desde aquella noche, quedaron secuestradas la vendad y la pro­
pia estimación.
En la calle, aquella noche, había tnüunfadb nm grijto temible:
— ¡Alto... ad/to a lias milicias!

¡ ¡MIEDO ! !

Y acuella ooche, Vicálltvaro «no cumplió con su compromiso, ni


Getiafe, ni* lias guarniciones de Madrid.
¿Indecisión? ¿Traición? ¿Falllta de fe?
Nadie podrá nunca concretar illas respuestas. Nadie nunca podrá
explicar nada. Los que podrían habitar, murieron oon honor, por el
honor dfe España. Los que puedlan quedar no (hablarán tampoco por
qiue ya no <tüene remedio y vienen diías gloriosos dmpuopios para, des­
enterrar «traiciones que se pagaron oon 0a vida o se pagairán con el
destierro.
Lo que pasaba era lio que tenía que -pasar y tenía previsto el coman-
daote Naranjo. En unos sditiios fallaron líos mandios y en esos sitios
se desarmó a ¡La /tropa; en otros, falló la topa y 9e asesinó a los man­
dos ; .por algo decía Casares Quiroga que el comandante Naranjo era
muy imitoeflligenite. Deil capitán Condes—paz a ¡los muertos—(también
decía Casares que era muy «útil)) y un giran amigo ctó pueblo. ¡Qué
amigos tenía ed puebllo!
Pero en aiquella ocasión Naranjo había «ganado la partida; a la
mañana siguiente die aquella noche kM 19 de Julio de 1936, caían
heroicamente Jos caballeros del Cuartel de la Momtaña, defli campamento
de Garajbamohél! -y los de Añlcalá dle Henares, Geitafe y Vicálvaro.
— ¿(J •—

Naranjo había prestado um gran servicio ai Frente Popular, al crimen,


a la traición. Naranjo era un magnífico servidor d)e la barbarie.

* **

Pero la noche del 19 de Julio estaba en pie. En pie sobre Madrid


y sobre ffla historia.
Luna buena en el cielo; luna (buena de poetas; luna coqueta. De
esas lanas Mancas que bajan a bañarse en los lagos.
Y en la tierra, sombras, sombras negras, hondas; sombra sucia;
sombra amparadora die Celestina; sombra ,propicia para entenebrecer
las conciencias y transformar los paisajes...
La noche estaba en pie.
Era el minute solemne en que los relojes cortan la media noche.
Dooe gotas die plomo sobre la ciudad, tiradlas desde lio alto de los relo­
jes torreros.
Es la hora de ((esperan: a mañana)). De considerar inadecuado.que
los (aliños no estén en la cama». De reflexionar sobre Ja actitud' a adop­
tar en los ditas próximos.
—Yo creo que debemos esperar tranquilamente a ver qué pasa.
— ¿Tú crees que se puede esítar tranquilo después de asomamos a
la calle?
—Yo oreo que va a animarse ¡urna sonada.
— ¿Y lo crees tú, que decías que nunca pasaba nada en España?
—Pues rectifico y oreo que va a pasar, que está pasando.
—Dios nos tenga de su mano.
—Creo que en esta hora debes rezar hacia adentro. Y descolgar el
Cristo dle encima de la cama.
—Es el Cristo de cuando nos casamos. .El1ha presidido nuestros días
y nuestras noches de amor y de dolor.
—Ye también, siento' descolllganfio. Al fiü y al cabo, auiesita trabajo
renunciar en un minuto a ¡las normas de ¿oda una vida.
—Es triste tener qué oouíttar a los ojos de las gentes nuestros sen­
timientos.
—Desde chicos nos enseñaron a amar a Dios sobre todas las cosas.
— 3o —

—Y , ¿tú crees que llegaríamos hasta tener que dlesooigair los Cris­
tos d*e encima de la cama?
—Yo creo que sí, mujer, y temo por ti.
— ¿Qué quieres decir?
—No me hagas caso.
— ¿Tú crees?...
—Vamos a asomamos. Apaga la luiz. Mitra.
Desde Jos balcones ded hogar, al liado de la mujer oon la que edifi­
camos una familia y gustamos de la honda, emoción de los hijos, se
veía la calle profunda, chapoteando en (lia luna que corría por él
asfalto y lio transformaba en un espejo.
¡La calle honda!
Muy honda. Y en ¡La calle la impertinencia desharrapada. Y sobre
eü hombro dle los desharrapados, Ja conrea amarilla de la Guardia
civil, y pendiendo de la.conrea amarilla de da Guardia civil, los fusiles
auténticos de la Guardia civil.
— ¡Alto a las milicias!
— ¡Alto!
— ¡Manos arribaI
La autoridad había sidlo desarmada. Y «aquiedlo» ara lia nueva
autoridad.
En vendlad que «aquello» era terrible. La mujer y ett hombre se
retiraron del balcón.
— ¿Has visto?—diecía ed hombre— .
—Sí, yo creo que esto es ed principio dle un Estadio sin frenos.
—Yo oreo que sí. Habrá que desóotgar ed Cristo. Y quemar los
cuadros de santos. Y «romper ed retrato ded abuelo, que era carlista.
—Y echar-al fuego los «reoordaítorios de nuestros muertos, que tie­
nen ángeles y Dodorosas.
—Y quitarse lia medalla died1 ouello.
Un silencio que llenan los suspiros.
— ¿Tú ves? Los fuños no se han dormido.
—Voy a aoostarflos.
—Y nosotros también debemos (Descansar.
—Creo que nuestro sueño ha huido para muchos dtías.
— 3i —

Y ¡La madtoe quiere acostar a t e niños. Ainftes (Los persigna; Ja cos­


tumbre, 3a dichosa costumbre, norma lenta de das tradiciones, encaje
sobre la almohadilla ded tiempo; les hace rezar por ed abuelo muerto
y urna salve por la Virgen ded Pilar, que es (La Virgen capitana de
España, para que «a papafro Ule dé mucha saíud y
a todos proteja del mal».
—Y ahoira a la cama—dice la madine—.
—'No—se defienden los niños—a la cama 110..
— ¿Por qué?
—Por que tenemos miedo.
Es entonces cuando el padre interviene*.
—Miado, ¿a qué?
Y los hijos responden:
—A ¡La calle. A dios hombres de la calle. Teña­
mos miedo de dos hombres dle lia calle. Esos hom ­
bres dteben ser dos padres de esos «chicos» que tiran
piediras y dicen palabrotas. Tú nos has dicho que
no nos «juntásemos» con (los ((chicos de la calle».
¿Qué extraño tiene que tengamos miedo de esos
hombres «que j uegan en la calle con ((escopetas» ?
Los padres guardaron silencio. Ellos también
‘tenían miedo de dos ((hombres de la calle», de esos
hombres que gritaban a los transeúntes:
— ¡ A lo a lías milicias!
Los hombres, «las mujeres y dos niños de Ja civilización, coincidían
e«n una cosa terrible en aquella noche espantable. Coincidilan en el
miedo, como si todos fuesen niños...
Y así era sin duda, porque ante las fieras, no hay ’ hombres, ni
mujeres, ni niños, ni Cristos, ni Santos...
Las fieras no conocen ed sentimiento de la emoción, de la caridad,
del arte, ni de la fe...
— 32 —

En el amanecer de aquella noche ail dáa 20 de Judiio del año his­


tórico de 1936, se oyeron Qos prinneros cañoniazos, volaron los pri­
meros aviones, cayeron lias primeras bombas, florecieron los primeros
héroes, se forjaron los primeros mártires, se incendiaron las primeras
iglesias...
Madrid', ya era rojo.
La guerra civil quedaba decretada...

El próximo Episodio:

¡Guadalajara, heroica y mártir!