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MANUAL

DE

RETÓRICA SAGRADA
M A N U A L
DE

RETÓRICA SAGRADA
P A R A USO DE LOS JOVENES ECLESIABTICOS,

POR E L PAD RE

FRANCISCO DE PAULA MARURI,


t>K u OOMP a S i a t>8 J K l f c .

SEGUND A EDICION.

MADRID.
> U E Y A IM PRENTA Y U BR EÍtÍA DE SAN JOSÉ.
Santísima Trinidad-, 5.
1886.
ÍN D IC E .'

Página*.
I n t r o d u c c i ó n ................................................................................... 5

PRIMERA PARTE.
Capítulo primero.— Historia de la elocuencia sa­
grada...................................................................... 11
Artículo primero.— Elocuencia de los Santos Padres, it
§ I.— Padres latinos........................................................ 13
§ II.— Padres griegos................................................ 25
Art. II.— Elocuencia en la Edad media......... . . . . . 30
Art. III.— Elocuencia sagrada moderna................... 32
§ I.— Elocuencia sagrada de los españoles............. 32
§ II.— Elocuencia sagrada de los italianos.......... 49
§ III.— Elocuencia sagrada de los franceses........... 53
§ IV.— Elocuencia sagrada de los ingleses............ 59
§ V,— Elocuencia sagrada de los alemanes.......... 61
Cap. II.—De la elocuencia y su objeto................... 64
Cap. III.—Cualidades del orador............................ 66
Artículo primero.— Probidad................................... 67
Art. II.— Pericia en el arte de hablar..................... 71
Cap. IV — Estudio preparatorio .............................. 74
Artículo primero.— Biblia........................................ 74
Art. II.— Patrología.................................................. 79
Art. III.— Teología sagrada.......*............................ 83
Art. IV.— Historia eclesiástica................................. 85
Art. V.— Autores profanos...................................... 96
Páginas.

SEGUNDA PARTE.
Composición del discurso........................................ .....101
Capítulo primero.— Del exordio..................................103
Artículo primero.— Diversas clases de exordio...... .... 103
Art. II.— Cualidades del exordio............................ .... 113
§ I.— Materia........................................ ....................... 113
§ II.— Estilo del exordio.............. ........................ .... 114
§ III.—Tono y acción.................................................. 116
§ IV.— Duración..................... .................................... 11S
Cap. II.— De la proposición........................................ 119
Cap. III.— De la división. ....................................... .... 125
Cap. IV.—De la confirmación.. . .......................... .... 130
Artículo primero.—Invención................................ .... 131
§ I.— Lugares extrínsecos............................................ 131
§11.— Lugares intrínsecos...................................... .... 132
Art. II.— Disposición.,............................................... 139
Art. III.— Formas de los argumentos..................... .... 146
Cap. V.— Refutación............................................... .... 151
Cap. IV.— Peroración.............. ................................. 154
Art. I.— Reglas del epílogo.......................................... 154
Art. II,—Idem de la peroración en la parte afec­
tuosa...................................................................... i... 156
Art. III.— Ejemplo de la práctica de estas reglas... 159
TERCERA PARTE.
Expresión................... . ............................................ ....165
Capítulo primero. — Amplificación, enumeración,
circunstancias, causas y efectos, comparación,
oposición, antecedentes y consiguientes.............. ....168
Cap. II.— Lenguaje figurado.......................................174
Artículo primerp.— Tropos ó figuras de dicción-------174
§ I.— Metáfora.......................................................... ....175
§ II.— Cualidades de la metáfora............................ ....179
§ III.— Sinécdoque, metonimia, ironía................... .... i 8í
§ IV.— Fin y objeto de los tropos...............................184
Páginas.
Art. II.—Figuras de sentencia.................... .................186
§ I.—Figuras destinadas á expresar las pasiones y ¿
mover los ánimos: prosopopeya, hipotiposis, ex­
clamación , epifonema, interrogación > sujeción,
repetición, distribución, apóstrofe, obsecración,
invocación, imprecación, conminación.....................1S6
§ II.—Figuras de ficción, circunlocución, preteri­
ción, corrección, reticencia, permisión, hipérbo­
le, atenuación, sinonimia .....196
§ III.—Figuras de raciocinio, anticipación, conce­
sión, dubitación, suspensión, gradación, dialogis-
mo, aglomeración......................................................202
Cap. III.— Afectos......................... ........... ..................aio
Cap. I V .— E s t i l o . . . .................................................................215
Artículo primero.— De la claridad................................220
g I.—Su importancia................................. ..................220
§ II.— Causas de la oscuridad del estilo....... ....... .....222
Art. II.— De la elegancia........................................ .....226
Art. III.— Coordinación oratoria................... ........ .....234
Elección de voces.......... ...............................................235
Art. IV.—Harmonía imitativa: ejemplo de majestad
y b e l l e z a ...............................................................................................236
Elección de palabras ásperas para pintar el inñerno.....241
Elección de voces suaves para pintar el dolor resig­
nado................................... .................................. .....242
Tristeza y compasión .....242
Pensamientos arrebatados y fogosos 243
Art. V.— De la energía.......... ................. 244
Art. VI.—De las ideas sublimes 245

CUARTA PARTE.
Acción oratoria............................................... ............ 253
Capítulo primero.— De la v o z... 257
Variación de tonos........................ * 259
Cap. II.— De la pronunciación 262
Cap. III.— Del accionado.............................. . 264
Páginas.
Artículo primero.—Ojos.......................................... .... 264
Art. II.— Manos...................................................... .... 265
Art. III.—Brazos..................................................... .... 267
Art. IV.— Cabeza..................................................... ....267
Art. V .—Cuerpo.................. , ............ ........................268
Cap* IV.— De la acción que conviene á cada parte
de la oración...................................................... .. 270
Cap. V .— De la recitación....................................... ....272
QUINTA PARTE.'
Diversos generos de elocuencia.............................. .... 275
Capítulo primero.— Género demostrativo................... 276
Artículo primero.— Panegírico............. ....................... 276
Art. IL—Oración fúnebre...................................... .... 287
Cap. II.— Género suasorio........................................... 291
Cap. III.— Género didascálico.................................... 295
Artículo primero — Homilía......................................... 295
Art. II.— Catequesis..................................................... 299
Conclusión......................................................... .........305
INTRODUCCIÓN.

No escribimos cosa nueva para los que,


avezados al estudio de los clásicos, saben
m anejar con destreza el arm a más difícil de
cuantas se han inventado p ara vencer á los
hom bres, que es, según el Crisóstom o, el
arm a de la persuasión.
Nada podremos decir que no hayan en*
señado varones doctos en muchos y m uy
crecidos volúm enes que del arte oratoria
nos dejaron. Pero viendo lo difícil que es
en nuestros días á la m ayor parte de los es­
tudiantes registrar muchos libros que de
esta m ateria tratan, y que otros de ingenio
dócil, m as de caudal escaso, habían de ig­
n orar lo que tanta cuenta les tiene saber,
quise escoger, como Rut, las espigas que en
— 6 —

lo antiguo y m oderm o, en lo sagrado y pro­


fano, dentro y fuera de nuestra p atria, de­
rram aron los autores de más nota.
Tom é con gusto este trabajo, por enten­
der sería m uy del agrado de Dios se facili­
tase el estudio de la predicación á los jó ve­
nes levitas, y que, dándoles á conocer los
buenos modelos del arte, se les enseñase lo
que han de im itar en ellos, y cómo lo han
de im itar, y los escollos de que han de h u ir.
Mas con ser este trabajo tan útil, y ju z­
gar yo que sacaría de él algunas ventajas la
juventud, todavía me asaltó el tem or funda­
do de que se achacase á esta obra el defecto
de poner trabas al ingenio con tanta copia
de preceptos en un compendio aglom era­
dos. Pero venció el deseo de aprovechar de
algún modo á mis lectores, y creí me servi­
ría de excusa el no ser creadas, sino rep ro­
ducidas las reglas que presento; y si no qui­
siere el lector v^r en este libro sino un rao-
sáico ó un plantel de flores sacadas de v a ­
rios vergeles, coja librem ente lo que más á
su ingenio se am oldare, é imite á la pru ­
dente abeja, que tomando de las flores lo
que más le place, deja lo demas.
Otro cargo más grave temiera y o , y es el
de falsear el carácter de la elocuencia apos-
ólica, haciéndola servir com o esclava á los
preceptos, cual si del arte y no de la virtu d
y poder de Dios dimanase el fruto y p rove­
cho de la palabra divina.
Confieso que los apóstoles desdeñaron
el arte; mas fué porque su autoridad y m i­
sión divina no sólo los excusaba de las re­
glas de retó rica, sino que las rechazaba,
queriendo el Señor confundir la hum ana
sabiduría con aquella aparente ignorancia
de que San Pablo se gloría. .M as los discí­
pulos de los apóstoles no heredaron todos
el dón de m ilagros, ni el de profecía, ni el
de lenguas, ni otros dones del Espíritu S a n ­
to á ellos concedidos. P o r lo cual dijo San
Gregorio Nacianceno, que habiendo cesado
los milagros y gracias extraordinarias de
aquel prim er tiempo, era menester acudir
á los medios humanos y suplir así la falta
de los sobrenaturales. Y San Jerón im o, es-
— 8 —

cribíendo á P a m aq u io , le d ie e : « Quien
>quiera im itar á los apóstoles, imíteles pri-
umero en las virtudes, y así con la santidad
»de su vida excusará la sencillez de su esti­
llo , y resucitando m uertos, refutará los si­
lo g ism o s de Aristóteles y las agudezas de
íC risipo. Ridículo me parece que un hom -
»bre nadando en riquezas como Creso y
»en placeres como Sard an áp alo, quiera im i­
t a r á los apóstoles tan sólo en la rusticidad
»del lenguaje».
Luego quien por la razón susodicha pen­
sara sin estudio hacer fruto en las alm as,
tentaría por cierto á Dios, no de otro modo
que si un hombre inerme arremetiese á un
numeroso ejército por im itar á D avid, que
venció sin arm as á Goliat. Reprobar el arte
porque predicaron sin arte los apóstoles, se­
ría lo mismo que m otejar á San Fernando
porque alistaba crecidas falanges contra el
m oro, cuando había Dios dicho á Gedeón
que llevaba demasiada gente para vencer,
y que no con venía, se atribuyese á sus ar­
m as la victoria.
_ 9 —

No se nos oponga el ejemplo de los San ­


tos que predicaron, como suele decirse, á
la apostólica; pues bien elocuentes son las
oraciones que de ellos conservamos; y las
que no conservam os hubieron también de
serlo por lo mucho que m ovieron á los pue­
blos. Si aquello no fué obra de prolijo estu­
dio, lo fu<5 sin duda de aventajado ingenio
y abrasada caridad, que suplió lo que faltó
al arte. Del venerable Padre Maestro A vila
dice F ra y Luis de G ranada, que quien qui­
siere ve r elocuencia, en sus tratados la en­
contrará, pero no salida de los preceptos de
retórica, aunque m uy conform e á ellos, sino
de la caridad, pues propiedad es de los afec­
tos y pasiones cuando son vehementes ha­
cer elocuentes á los hombres.
Quien sin tener las referidas dotes des­
deña el estudio y se lanza á decir cuanto le
viene á la boca sin orden ni concierto, lle­
gará en breve á fastidiar, y dará m otivo á
que le vuelvan las espaldas. No hay que
decir que no da el arte lo que negó la natu­
raleza; porque si es verdad que la natural
facundia y otras prendas personales hacen
m ucho, también lo es que puede suplirse
con la ciencia la falta de tales dotes, y que
con el estudio y trabajo pueden alcanzarse
muchas que negó la naturaleza, como su­
cedió á Demóstenes. De aquí el adagio: el
poeta nace y el orador se hace.
Estén, pues, persuadidos los jóvenes que
no será perdido el tiempo que á este estudio
dedicaren, y que corresponderá el fruto á
los sudores.
Para más claridad dividirem os esta obra
v
en cinco secciones. En la prim era darem os
algunas nociones prelim inares; en la segun­
da explicarem os todas las partes de una
oración; en la tercera tratarem os de la ex­
presión, ó modo de proponer los argumen­
tos; en la cuarta de la acción oratoria, y en
la quinta de los diversos géneros de elo­
cuencia que tiene adoptadas la religión
cristiana.
PR IM E R A P A R T E .

NOCIONES PRELIMINARES.

CAPITULO PRIMERO.

HISTORIA DELA ELOCUENCIA SAGRADA.

A R T ÍC U L O PRIM ERO.
E L O C U E N C I A DE L O S S A N T O S P A D R E S .

De las cenizas de la oratoria antigua, que feneció


con los siglos de Cicerón, Demóstenes y demas insig­
nes oradores paganos, se levantó la oratoria cristiana
de los Padres de la Iglesia, Estos, cual hueste de gue­
rreros ^defensores acérrimos de la verdad oprimida,
hicieron rostro á todos los enemigos de la Religión,
que en diversas formas luchaban contra ella, unos para
avasallarla y otros para corromperla. Su elocuencia,
inspirada por la fe , aparece también bajo diversos as­
pectos: ya desnuda, ya vestida con las galas de la dic­
ción; erudita cuando apela á la razón; imparcial en las
apologías; nerviosa cuando se la contradice sin razón;
sublime en los conceptos, al par que llana y sencilla;
llena de unción cristiana, cosa desconocida á los ora­
dores paganos.
Reproduce las bellezas del arte gentílico acorno-’
dándolas al espíritu evangélico; se adapta al gusto y
espíritu de todas las naciones y tiempos, no sirviendo
como esclava á la d icció n j estilo clásico, sino usando
de lenguaje, ya elegante, ya humilde, según los siglos
y pueblos cultos ó bárbaros en que ejerce su misión
divina*
Mucho han escrito los literatos comparando la elo­
cuencia de los Padres con la de los oradores paganos
de nombradla, y dando la palma unos á ésta* otros á
aquélla. Dejando la resolución á mejores jueces, po­
dremos decir que en la oratoria pagana del siglo de
Augusto hubo discursos más acabados. ¿Pero quién no
se admirará -de ver, no en algún siglo privilegiado,
sino en todas las edades de la era cristiana; no en na­
ciones cultas, sino en bárbaros países; no entre los
aplausos de la tribuna, sino bajo el puñal de la perse­
cución, obras de tanto ingenio y sublimidad y de tan.
portentosa erudición como leemos en los escritos de
los Padres? ¿Quién no admirará tan profundos conoci­
mientos en hombres perseguidos, desterrados, ocupa­
— i3 —
dos á un tiempo en apacentar su grey, gobernar las
iglesias y luchar con los enemigos de dentro y fuera,
sin tregua ni descanso? ¿A quién no sorprenderá el
fruto de aquella elocuencia , que animó á tantos már­
tires á sellar con su sangre la fe , que pulverizó las ca­
lumnias de los gentiles, acabó de desconceptuar á los
judíos, no dejó á los emperadores más arma contra los
cristianos que la espada y sofocó en la cuna innume­
rables herejías y cismas?
Bajo este punto de vista es incontestable la supe­
rioridad de los Padres. Siendo, pues, éstos los prínci­
pes de la oratoria sagrada y los primeros tipos y mo­
delos que encuentra el joven aspirante al ministerio
de la predicación, daremos una breve noción de la
elocuencia de los más aventajados oradores y escrito­
res de tan augusto senado.

81.
Padres latinos.

En el segundo siglo empieza la serie de los Padres


de la Iglesia de Occidente, y en él se señaló la erudita
pluma de un insigne filósofo y mártir.
San Justino, con sus dos famosas apologías de
nuestra santa religión contra sus perseguidores, mo*
numento indeleble de robustísima lógica, dio el triunfo
á la verdad desnuda sobre todas las calumnias del
error. En el Diálogo con el judío T rijv n , y en otras
— i4 —
obras suyas, muestra gran erudición y conocimiento
de las ciencias sagradas y profanas.
Pero como era más filósofo que orador, su estilo,
aunque vigoroso, se resiente de la decadencia del buen
gusto.
Tertulianoy que floreció en el tercer siglo, fue otro
apologista de la fe cristiana. Las dos obras más cele-
bridas de este Padre son las Apologías contra los per­
seguidores y el tratado de las Prescripciones contra
los herejes<Pero adolece su estilo de la dureza de su
carácter, y el inculto lenguaje de los africanos, que
adoptó, hace algún tamo desabrida su lectura. Com­
pensa, sin embargo, estos defectos con la vehemencia
de una imaginación ardiente, que enciende al lector y
le arrebata en pos de sí. Su estilo, al paso que lacónico
es sublime, y su erudición prodigiosa.
San Ireneo luchaba en el mismo siglo con la here­
jía en las Galias. Cinco libros escribió en griego contra
las sectas, de los cuales sólo nos ha quedado una tra~
ducción latina en estilo bárbaro, pero nervioso y claro.
Tertuliano, que combatía los mismos errores de los
gnósticos, le alaba en estos términos: *Irenens omnium
doctriwrum curiosus explorator»♦
San CiprianoAaunque escribió en el tercer siglo y
en suelo africano, es tenido por el más elegante de los
escritores eclesiásticos. Con una latinidad correcta es
grave y sublime en sus canas, sobre todo en la que
escribió al Papa San Cornelio, que, i juicio del sabio
crítico Weissembach, no tiene igual entre todas las de
— i5 —
los antiguos. Recomiéndanse mucho los Tratados so­
bre la mortalidad, E l hábito de las vírgenes, La obray
la limosna, La oración dominical, La unidad de la Igle­
sia , la A (abanta deí martirio y Sobre los que apostata­
ron en la persecución.
Lactancio, elocuentísimo entre los apologistas, flo­
reció en el siglo iv. San Jerónimo le llama río de elo­
cuencia ciceroniana. Tiene, en efecto, una latinidad
muy tersa y cierta facilidad de estilo que no poseyeron
otros. Con esto y su mucha erudición profana cautivó
á los mismos gentiles y dio terribles golpeé al paga­
nismo.
Compuso un tratado de OpiJ[cio D ei, otro de La
ira de Dios, otro de Las muertes de los perseguidores;
pero sobre todos descuellan Las divinas instituciones,
en las que confunde la vana sabiduría de los idólatras.
San Ambrosio vivió en el mismo siglo y escribió
varios libros sobre la virginidad, que produjeron efec­
tos maravillosos, pues traspasaron los mares y atraje­
ron de lo más remoto de la Mauritania gran número
de doncellas, que iban á pedirle el velo de la consagra­
ción. Hubieron de rogarle en Milán que no predicase
de la virginidad, porque todas las jóvenes rehusaban
el matrimonio despue's de haberle oído, por lo cual
encerraban las madres á sus hijas cuando el Santo pre­
dicaba. En las oraciones fdnebres de los emperadores
Valentiniano y Teodosio tiene rasgos sublimes y mo­
vimientos muy patéticos. Entre las obras más estima­
das de este Padre se cuentan Los oficios, los Comenta-
—- i6 —
rioj, principalmente el de San Lucas, y los Tratados
morales sobre los Salmos y Los héroes del Antiguo Tes­
tamento. Por lo común es grave en su estilo, y usa
sentencias breves y llenas de altos conceptos; pero es
algo propenso á las sutilezas de aquel tiempo, y adole­
ce á veces de alguna oscuridad.
San Hilario floreció en el mismo siglo. Aunque no
<le muy correcta dicción, tiene una fluidez, por la que
le llamó San Jerónimo «Ródano de elocuencia». Co­
mentó los Salmos y el Evangelio de San Mateo, y'es-
cribió además doce libros de la Trinidad y uno de la
fe de los orientales,
San Jerónimo, que alcanzó el cuarto y quinto si­
glo, junta en sí algo de la aspereza de Dalmacia, donde
vino al mundo, y de la cultura de Roma, donde se
educó. Es vehemente y duro cuando refuta á los he­
rejes, dulce y suave cuando escribe á sus ajnigos; res­
pira piedad en sus cartas; es eruditísimo en las obras
didácticas, y en el estilo siempre es elegante y ner­
vioso.
Tanta era su afición á la bella literatura, que se le
caía el libro de las manos cuando en la juventud leía
la B iblia, y tenía que coger á Virgilio y Cicerón para
aliviar el fastidio que le causaba aquella lectura. A la
edad de 6o años aprendió con perfección el hebreo y
el caldeo para traducir de sus mismas fuentes la Biblia.
Sus escritos, llenos de fuego aun en la edad decrépita,
dieron golpes mortales á las herejías. Su facilidad en
responder á las consultas y refutar errores fatigaba
— 17 —
á los amanuenses, que no le podían seguir cuando
dictaba.
San Agustín, coloso del siglo v, apareció como un
sol entre los astros. Dotado de un corazón en extremo
sensible y de gusto delicado para las bellezas de la li­
teratura, dice que en su juventud le arrancaba lágrimas
la pintura que hace Virgilio de la destrucción de T ro ­
ya, Un libro de Qicerón le movió á despreciar el mun­
do y abrazar el estudio de la verdad. Mas aunque for­
mado el gusto de la literatura clásica, tuvo que adop­
tar, ya elevado al sacerdocio, un estilo inteligible al
pueblo, y por eso su latinidad, aunque no siempre,
lleva el sobrescrito de la dureza africana y de la deca­
dencia del idioma.
El estilo de San Agustín se distingue del de todos
los demas en la redundancia con que alarga las cláu­
sulas y en las digresiones, que piden mucha atención
cuando se va leyendo. Es oscura á veces la construc­
ción, aunque él mismo ayuda la inteligencia con las
repeticiones del argumento, que viste de mil maneras,
teniendo así la ventaja de perseguir al adversario hasta
haberle vencido.
En La Ciudad de Dios, que con vsuma inteligencia
comentó el eruditísimo Luis Vives, muestra vasta eru­
dición, haciéndola servir al triunfo de la verdad contra
los infieles. No es menos admirable en el libro de la
verdadera Religión. Consérvanse sus sermones, con­
fesiones , cartas, obras dogmáticas, tratados de la Es­
critura y otros contra los herejes* Es muy de recomen =
— i8 —
dar á los que se dedican al pulpito la lectura de sus li­
bros de la doctrina cristiana.
San León Magno es otra lumbrera del mismo siglo.
Su estilo, á pesar de la afectación propia del tiempo,
agrada sumamente por la fluidez, majestad y harmo-
niosa cadencia de los periodos. Es sublime y senten­
cioso , y su estilo es tan suyo, que quien le haya leído
una vez no puede equivocarle con otro.
Prodigios obró la elocuencia de este Padre en va­
rias ocasiones. No siendo más que diácono, atajó con
su palabra una guerra civil, que amenazaba al Imperio.
Su palabra detuvo al bárbaro Atila é impidió que
Genserico saquease la ciudad de Roma cuando entró
en ella.
Tenemos de San León muchas cartas y sermones.
San Paulino, de quien hicieron los mayores elogios
San Agustín y San Jerónimo, vivió á principios de
este siglo. En la pureza de estilo, facilidad y tiernos
afectos, no tiene quien le aventaje; y aunque Ja mayor
parte de sus obras ha perecido, por algunos1 fragmen­
tos de poesías y varias cartas, se conoce que no fueron
exageradas las alabanzas que aquellos Padres le tribu­
taron.
Salviano, presbítero de Marsella, desplegó una elo­
cuencia vigorosa en declamar contra la depravación de
las costumbres de su tiempo, por lo cual le llamaron
el Jeremías del siglo v. En aquella edad de varones
tan insignes, mereció Salviano le encargasen la com­
posición de las homilías que los Obispos habían de
— i9 —
leer al pueblo t y por esto le llamaron varios autores
maestro de los Obispos. En pocas lineas explica Wei-
tenaver la índole de su elocuencia, diciendo así: «Es
«acre y vehemente, con florida elegancia c impetuoso
• método».
Consérvanse sus libros de la Providencia de Dios
y de la Iglesia católica y algunas cartas, y aunque ge­
neralmente se cree que todas sus homilías se perdie­
ron, no falta quien le atribuya varias de Jas que llevan
el nombre de Eusebio Enriseno.
Recomiendan la lectura de «ste autor todos los que
se han señalado en la carrera del pulpito. Séneri y
Bourdaloue le citan frecuentemente; Juvenció y en el
Ratio discendi et docendi, encarga á los maestros de
humanidades le lean con frecuencia, y el sabio W is-
sembach, en la Patrología, trae á menudo ejemplos de
sus obras, y en algunos de ellos duda si le hubiera su­
perado el mismo Demóstenes.
San Vicente Lirinense, célebre por el Conmonito­
rio contra los herejes, en el que establece principios
sólidos para refutar cualquier error, pertenece también
á los Padres de este siglo.
San Euquerio y Obispo lugdunense y escritor ilus­
tre, compuso varias obras, entre las que sobresalen el
Elogio del desierto, el Desprecio del mundo, las Fór­
mulas espirituales y la Historia de San Mauricio.
San Gregorio Magno vivió en el sexto y sétimo sin­
glo, y fué el primer escritor y orador de aquel tiempo.
Posee el don de persuadir con aquella nativa franqueza
— 20 —
y acendrada piedad que le caracterizan. Como autor
didascálico sobresale en la claridad y método. En la
interpretación de las Escrituras se deja llevar co­
munmente de la afición que tuvo á la ascética, y de su
celo de la salvación de las almas.
Para formar las costumbres del clero escribió el
Libro pastoral. Juntamente con los comentarios de la
Sagrada Escritura se conservan los Diálogos y algu­
nas cartas.
San Bernardo se distinguió en el siglo xii por sus
escritos llenos de unción, no menos que por su predi­
cación fervorosa, acompañada sin duda de dotes exte
riores en la acción y el semblante, pues acudían los
pueblos germánicos á oirle y lloraban dándose golpes
de pecho, bien que no entendiesen el idioma latino.
Además de aquella unción, prenda singular en siglo
rudo, se admira en este Padre una constante fluidez,
pues parece se le caen de la pluma los primores sin
buscarlos, harmonía y cadencia en los periodos, clari­
dad en un estilo sentencioso, calor en el discurso y
novedad aun en las materias triviales.
Tanto se familiarizó con la Sagrada Escritura, que
la refundió en sus escritos, llegando á ser muchos de
ellos como una serie de textos tan bien enlazados, que
hacen sentido recto. Es á un tiempo blando para cau­
tivar, vehemente para mover, fervoroso en el exhortar
y fuerte al reprender á toda clase de personas, sin con­
temporizar con el vicio.
Sus libros de La Consideración han sido muy apre-
ciadi>s de los Sumos Pontífices. Entre sus sermones,
los más elocuentes son los que compuso sobre Los
Cantares, y en alabanza de la Santísima Virgen. T e­
nemos, además, cartas suyas y muchos tratados dog­
máticos y ascéticos.
En San Bernardo se termina la serie de los Padres
latinos. ^
Tuvo también la Iglesia de España Padres aventa­
jados en ciencia y santidad desde el tercero hasta el
sétimo siglo: el inmortal O sio, cuya memoria vindicó
el jesuíta español Maceda en el siglo pasado; San Jus­
to, Obispo de Urgel; San Jusiiniano, Obispo de Valen­
cia ; Juan Biclarense, Obispo de Gerona; San Fulgen-
y
ció, de Ecija; San Braulio y San Máximo, de Zaragoza;
San Eugenio I I I y San Julián, de Toledo; Liciniano,
de Cartagena, y algunos otros.
San Paciano, Obispo de Barcelona, se distinguió en
el siglo rv por los sermones y escritos con que confun­
dió á los novacianos y otros herejes, que infestaban su
Diócesis cuando entró en ella. De sus obras, tan ponde­
radas por los Santos Padres, sólo quedan dos sermo­
nes y tres cartas al hereje Simproniano contra los no
vacíanos, en la primera de las cuales se lee aquella
tan conocida sentencia: Cristiano es mi nombre, cató­
lico mi apellido. Estas obras se hallan en el segundo
tomo dcL os Concilios de España, de Aguirre. El estilo
del Santo e s, por lo común, severo y grave, aunque
muchas veces incisivo y punzante; la argumentación
sólida, no dejando efugio al adversario, embistiéndole
por todos lados y cortándole la retirada. El latín es
puro y elegante, y corresponde al elogio.que de él
hace San Jerónimo en aquellas palabras: t^Pacianus
casligatee eloquenlice, et tam vita? quam sermone cía-
ru sk. En el sermón de la Penitencia observa las reglas
oratorias con me'todo claro y parecido al de nuestros
sermones modernos. El del Bautismo es sencillo; como
que no se proponía el Santo sino hacerse entender de
los catecúmenos. Baronio y otros críticos modernos
elogian la elocuencia de San Paciano. Aguirre ponde­
ra la solidez, erudición y fuerza en el mover y persua­
dir , y Weissembach le pone entre los primeros escri­
tores latinos,
San Leandro, Arzobispo de Sevilla, maestro de su
hermano San Isidoro, floreció en el siglo vi. San Gre­
gorio admiraba su penetración y la sublimidad con
que explicaba las Sagradas Escrituras, la erudición que
desarrollaba, la elevación de ideas, la agudeza de pen­
samientos y facilidad en expresarlos; y habiendo com­
puesto , á instancias de San Leandro, los libros mora­
les de Job, los sujetó á su censura y se los dedicó. San
Isidoro, en él libro de Escritores eclesiásticos, pondera
la suavidad de sus escritos. «Lá elegancia del Santo,
*dice Mariana, en el estilo y en las palabras, era muy
"grande, cosa que en aquel tiempo se podía tener por
«milagro»,
No es creíble lo que trabajó San Leandro con la
predicación y la pluma, logrando convertir á innume­
rables arríanos, y entre ellos á San Hermenegildo.
— 23 —
Pronunció, eo presencia de los Padres del tercer Con­
cilio de Toledo, una elegante oración sobre la paz
dada á la Iglesia, viendo exterminada la herejía arria-
na en el suelo español. Dejó varios libros contra esta
secta, y tratados sobre la virginidad y gobierno de los
monasterios de vírgenes, para su hermana Santa Flo­
rentina Ty el discurso al Concilio que el Padre Maria­
na citó en compendio, y un tratado del cargo episco­
pal para su hermano San Fulgencio. Hoy sólo se con­
serva la carta á Santa Florentina y el discurso al
Concilio.
San Isidoro, Arzobispo de Sevilla, Vivió en los si­
glos vi y vn. Fué varón consumado en todas las cien­
cias divinas y humanas. Poseía las lenguas latina,
griega y hebrea, y en erudición nadie en su tiempo le
igualó. Desterrados sus hermanos Leandro y Fulgen­
cio por los arrianos, se puso á combatir á estos herejes
con tal celo y doctrina, que no queriendo éstos darse
por vencidos, y avergonzados de verse confundidos por
un joven de tan pocos anos, intentaron quitarle la vida.
En el Concilio II de Sevilla convirtió á un Obispo he­
reje. Era su elocuencia, en sentir de San Braulio y San
Ildefonso, discípulos suyos, vigorosa y robustecida con
un proTundo conocimiento de las ciencias; y tuvo en
el decir tal gracia y atractivo, que suspendía de sus
labios á doctos é ignorantes.
Los veinte libros de Etimologías que mandó á San
Braulio retocar, y que éste clasificó como están hoy
d ía , tratan de todas las ciencias divinas y humanas,
— 24 — •

con una sabiduría que es cosa de milagíb para aque­


llos tiempos, como dice Mariana*, pues según el misma
San Braulio, el estudio de esta sola obra hubiera po­
dido completar la carrera de cualquier erudito. En los
libros de Los Oficios trata de los misterios que celebra
la Iglesia y del origen de los oficios eclesiásticos. Es
obra Utilísima para los que se dedican á antigüedades
sagradas. La Iglesia ha extractado bellísimas lecciones,
en las que da el Santo reglas excelentes á los predica­
dores, recomendándoles así la ciencia como la piedad.
Además de la liturgia mozárabe, que universalmente
se le atribuye, compuso comentarios sobre la Biblia y
jin Tratado de varones ilustres jr escritores eclesiásti­
cos■
; la Crónica desde la creacipn hasta el año 626, 1a
Historia de los reyes godos, vándalos y suevos, que
publicó FIórez en su España Sagrada; una regla mo­
nástica; varios tratadosmorales, y la famosa colección
de las Decretales.
Puede verse en Mariana cómo se trató de poner á
San Isidoro entre los Doctores máximos de la Iglesia.
San Ildefonso, discípulo de San Isidoro y Arzobis­
po de Toledo, floreció en el siglo vn y heredó de su
maestro el celo apostólico en la predicación. Parecía
que hablaba Dios por su boca, dice San Julián en la
vida que escribió del Santo. Tan elegante y copiosa
era su dicción, que tenía absortos á los oyentes, y por
eso le llamaban Crisóstomo. Rebatió de palabra y es­
crito á los herejes que de la Galia Gótica habían venido
á España y negaban la perpetua virginidad de la Ma­
— 2 5 ----

dre de Dios. Contra éstos compuso una obra y los


obligó á huir de la nación. Su Trotado de escritores
eclesiásticos, que sirve de continuación al de San Isi­
doro, y otras obras que dejó incompletas, aunque de
estilo redundante, según el gusto de entonces, dan á
conocer su vasta erudición.
Es muy de sentir que por la injuria de los tiempos
hayan desaparecido tantos monumentos de la elocuen­
cia sagrada del siglo vri, que para la Iglesia de España
fue de todos, sin duda, el más glorioso en santidad y '
letras. 0

§H .

Padres griegos.

La serie de los Padres griegos empieza en el tercer^
siglo.
Clemente Alejandrino, presbítero, á quien llamó
San Jerónimo omnium ecclesiasticorum scriptorum
eruditissimus, empleó felizmente la vasta erudición
que poseía en- combatir á los gentiles con sus propias
armas.
Usó de estilo grave y razonador, pero sin carecer
de hermosas imágenes y figuras. Su Exhortación á los
gentiles está escrita con elegancia y encierra mucha
doctrina. Su libro de E l Pedagogo es obra completa de
filosofía cristiana. Es precioso el Tratado de la salva­
ción de los ricos. A los libros que intituló Stromatat
como son meros apuntes, les faltó la lima. Atribuyen
— 20 —
algunos la oscuridad que á veces se nota en sus obras,
á cierto temor de descubrir á las claras los misterios
de la Religión.
Orígenes escribió en el mismo siglo los libros con­
tra Celso, muy estimados de los Padres posteriores.
Compuso muchos comentarios, de la Escritura y ho­
milías. En sus obras, además de una portentosa eru­
dición , se admira gran sublimidad de ingenio; pero
les quita mucha fuerza la difusión y redundancia.
San Aianasio pertenece al siglo iv, que fue el siglo
de oro de los Padres griegos. Todos admiran en sus
escritos la sobriedad y templanza que ie es peculiar,
hermanada con nervio y valentía. Saca de la Escritura
pruebas perentorias para confirmar los dogmas, y las
expone con claridad > y las embellece con elegancia
natural, ajena de todo artificio. Lo que otros Padres
de este siglo tienen de limados y harmoniosos , éste lo
tiene de agudo, nervioso y penetrante.
Entre sus obras sobresalen la Apología de su fu g a ,
las Oraciones contra los arríanos, las Cartas, y, sobre
todo, las Oraciones contra los gentiles, en las que apa­
rece tan entendido en la literatura pagana como aveza­
do á combatir á los idólatras con toda suerte de armas,
sin olvidar el gracejo y donaire. Muéstrase gran filó­
sofo en las pruebas de razón que trae, y sobremanera
erudito.
San Efrén escribió en este siglo en lengua siriaca,
y aunque perdió mucho en la traducción, se trasluce
su ingenio sublime, como nota San Jerónimo. En el
— 27 —

■estilo es menos de alabar por las voces que por las sen­
tencias. Compuso diversas obras contra los herejes, y
comentarios de la Escritura. En los sermones tiene
magníficos trozos de elocuencia patética.
San Cirilo de Jerusalém escribió en el mismo siglo
las Catequeses en estilo acomodado á la capacidad del
vulgo.
San Basilio Magno, una de las principales lumbre­
ras del siglo iv, es comparado á los clásicos aniiguos
en la pureza de la dicción. Su estilo toma toda especie
de formas, acomodándose á todps las materias. Y a
acre y vehemente, ya suave y dulce, ya sublime, ya
sencillo, maneja todas las figuras con la maestría de
los grandes oradores griegos. Siempre es claro, siem­
pre correcto, con el don especial de hacer suyas las
bellezas de la antigüedad, con tal naturalidad, que
parece como que se le deslizan de la pluma. Su tíexá-
meron ha merecido los mayores elogios de los Santos
Padres. Conservamos algunas homilías, panegíricos,
epístolas y tratados ascéticos del Santo.
San Gregorio N i ceno, digno e'mulo de su hermano
San Basilio, terminó el Hexámgron^ que había éste de­
jado incompleto. Es el primer autor de las Oraciones
júnebres. Las que pronunció en loor de Flaccila y
Pulquería Augustas, se miran como un monumento
de la más delicada elocuencia antigua. Tanto en los
sermones como en los panegíricos y demas obras su­
yas, se admira la belleza de la dicción, la harmonía y
número de los periodos, una gravedad majestuosa, y
— 28 —
á veces entonada y vehemente, aunque de estilo suave
lo más de ordinario.
San Gregorio Naciartceno se formó con todo esme­
ro en el gusto de la literatura, procurando imitar los
buenos modelos. Prefiere los asuntos sublimes, que le
dieron el nombre de teólogo, y los trata con maravi­
llosa suavidad.
Sus obras más notables son las Oraciones, Poemas
y Epístolas. En las Oraciones fúnebres, que compuso
de San Atanasio y San Basilio, se ve con que' arte había
hecho suyas las perlas de la oratoria pagana. No sin
justa razón es comparado con Démóstenes, sobre todo
si se leen sus Oraciones contra Juliano apóstata, que
había prohibido á los cristianos la enseñanza de la li­
teratura clásica.
*
San Juan Crisóstomo floreció en los siglos iv y v.
Príncipe de todos los oradores sagrados T reúne en sí
solo todas las virtudes oratorias de los demas; sublimes
ideas y sencillez en el expresarlas; riqueza de dicción,
sin redundancia ni profusión van a; frecuente uso de
figuras, sin degenerar en lujo. Es á un tiempo elegante
y culto en el estilo, y popular en las comparaciones y
aplicaciones á la moral. Se llevaba tras sí la multitud,
señal evidente de que en la declamación era muy ani­
mado. Con su palabra volvió la tranquilidad al pueblo
de Antioquía, que temía la ira del emperador Teodo-
sio, cuya estatua había ultrajado, y alcanzó el perdón
del emperador. E l triunfo que consiguió en la oración
por Eutropio no tiene semejante. A los principios le-
— 29 —
vantaba tanto el estilo, que se le quejó una mujer de
que no le entendían los ignorantes; y conista amones­
tación procuró adquirir el estilo popular, en que tanto
sobresalió después. Amplificando, no tiene quien le
iguale; y es tan perspicaz al desentrañar las materias,
que parece una vena inagotable. Fecundo en hallar
argumentos, no es menos lógico para sacar de ellos
todas las consecuencias. En el Tratado contra los j u ­
díos no hay circunstancia alguna de que no saque par­
tido para dar al través con los adversarios.
Conocidísimas son sus obras, y así las Homilías so­
bre la Sagrada Escritura, como el libro del Sacerdo­
cio^ como los sermones, como las epístolas, confirman
plenamente lo dicho.
San Isidoro Pelusiota, Abad, fue discípulo de San
Crisóstomo. Su estjlo es lacónico y sentencioso en las
epístolas, pero vehemente, y castiga los vicios con li­
bertad santa, digna de su maestro y modelo.
Teodóreto Cinense fue también discípulo de San
Crisóstomo. Orador lleno de elegancia, nos dejó mo­
delos dignos de imitarse en sus preciosos discursos.
San Cirilo Alejandrino floreció en el siglo v. Aun­
que empezaba á decaer entonces la elocuencia entre
los griegos, descuella en este Padre una erudición no
vulgar. Sus obras acerca del misterio de la Santísima
Trinidad y la Encarnación, los libros contra Juliano y
los Tratados de la f e , dedicados á Teodosio y sus her­
manas Pulqueria, Arcadia y M aría, son admirables
por la ciencia y varonil elocuencia que respiran.
— 3o —
San Juan Damasceno escribió en el siglo vm con­
tra las herejías con sama erudición. Poseía las Sagra­
das Escrituras, los Padres y Concilios, y refundió en
sus obras lo más selecto de los otros autores. Tiene
estilo castigado, cosa rara en aquel tiempo.
Con este Padre finaliza la literatura sagrada de los
griegos..

A R T IC U L O II.

E L O C U E N C I A SA G R A D A EN L A EDA D ME D IA.

En la oscuridad de los tiempos de guerras, inva­


siones y general desprecio de la literatura, no es de
extrañar se perdiese todo rastro de la antigua elocuen­
cia sagrada, siendo loor eterno de los monjes el haber
conservado los preciosos monumentos de la oratoria
sagrada y profana, que salvaron del incendio y las rui­
nas, y trasmitieron á la posteridad. Mas aun en aque­
llos tiempos aparecieron soles en el horizonte, compe­
tidores de las antiguas lumbreras de la Iglesia. Báste­
nos recordar á San Bernardo.
Si es elocuente el que sabe conmover y persuadir,
elocuentísimo hubo de ser un San Antonio de Padua,
pues se veía obligado á predicar en los campos, y ro­
deado á veces de soldados para que no le sofocasen las
turbas, y contaba'por miles los herejes y malos católi­
cos convertidos con sus sermones. Verdad es que sus
discursos impresos no hacen grande impresión, y que
— ?I —

llenos de alegorías, según el gusto del tiempo, no son


para instruir y mover; pero muy diversos debieron ser
los pronunciados, cuando exterminaron ejércitos de
ladrones, que infestaban toda Italia, é hicieron arrojar­
se á los pies del Santo al cruel Ecelino, terror de Ve-
rona y Padua,
¿Qué diremos de la elocuencia de San Vicente Fe-
rrer, que producía temblores y convulsiones en audi­
torios de 80,000 personas, y llegó á herir de muerte á
varios de sus oyentes? ¿Qué de la elocuencia de un
Santo.Domingo, de un San Norberto, de un San Ber-
nardino, que sofocaron las herejías y redujeron nacio­
nes enteras al camino de la verdad?
Pero la mayor parte de los Santos, que tan ricos
frutos recogieron de Ja predicación entre católicos,
herejes y paganos, ignoraron del todo las reglas de la
retórica, é hicieron ostensible en su simplicidad la
mano del Señor.
El gusto de la escolástica fue también fatal al pul­
pito, que se vió trocado en cátedra de filosofía y teolo­
gía. No levantó cabeza la elocuencia hasta que renació
el gusto de la bella latinidad en el siglo xvi.
Pero antes de tener oradores dignos de elfigio, pa-
. saron las naciones de Europa por un largo periodo de
mal gusto literario. Del menosprecio de los antiguos
clásicos paganos pasaron al extremo opuesto, pues no
creían predicar bien los oradores si no llenaban sus
discursos de alusiones á la fábula y de citas profanas.
De la seriedad escolástica pasaron á una jovialidad ri-
— 32 —

dícula, ensartando retruécanos y chistes ana en las


materias de suyo graves y serias.
De estas diversas fases qué tuvo la elocuencia mo­
derna hablaremos más por extenso en el artículo si­
guiente.
y
A R T IC U L O III.

E L O C U E N C I A SA G R A D A M O DE RN A .

N § I-

Elocuencia sagrada de los españoles.

Tiene la nación española la gloria de haber hecho


renacer en el siglo xvi la sana literatura y de haber
levantado la oratoria sagrada de la postración en que
se hallaba, dando á todas las naciones los primeros
modelos del estilo ciceroniano, resucitado en sus ora­
dores latinos, y trasladándole luego á la lengua vulgar
en los incomparables ascetas que hermosearon la len­
gua patria con las bellezas de las orientales, y escri­
bieron obras maestras, enriquecidas con los tesoros de
la Sagrada Escritura y Santos Padres.
Estos modelos, traducidos luego en todos los idio­
mas modernos, formaron varones eminentes 1 sobre
todo en Francia y en Italia, contribuyendo á elevar á
aquella nación en el siglo xvn á una altura que no ha
tenido rival, y dando á ésta oradores dignos de poner­
se al lado de los franceses.
Esta gloria de nuestra nación la vindicaron el siglo
— 33 —
anterior dos célebres jesuítas españoles, que vivieron
en Italia largo tiempo: el Padre Javier Lampillas y el
Padre Juan Andre's, vulgo el Abate Andrés, que mu­
rió en este siglo. Aquél escribió el Ensayo histórico y
apologético de la literatura española contra Tiraboschi
y Bettinellí, célebres escritores italianos de la misma
Compañía, que achacaban á los españoles la corrup­
ción del buen gusto en Italia. Andrés escribió otra obra
contra Tiraboschi, y en su Historia de toda literatura,
acumula preciosos documentos concernientes á la elo­
cuencia de los españoles. Lampillas cita con encomio
á Perpiñán, Pereira, Correa, García, Nicandro, Esta­
d o y otros muchos maestros de elocuencia y oradores
españoles del siglo x v i, á quienes atribuyen los mis­
mos italianoa el renacimiento de )a lengua latina en
que predicaban y enseñaban t y del buen gusto y ver­
dadera elocuencia cristiana. Trae el testimonio de
Juan Nicio Erítreo, el cual afirma que, á juicio de los
más doctos, el Cardenal Toledo se llevó la palma de
la elocuencia sobre cuantos habían predicado á los Su­
mos Pontífices y al Colegio de Cardenales. «En nin-
i>guno, dice, se han visto tanta dignidad, prudencia,
adoctrina y elocuencia varonil «v
También cita al Cardenal Esforcia Palaviciní,
quien en su Arte de la perfección cristiana, libro pri­
mero, dice así:
«Maravillosa es la elocuencia de los españoles; no
«parece adquirida, sino innata , como lo estamos pre“
isenciando en muchos de ellos, á quienes es natural
3
_ 34 -
ila gracia y belleza de estilo realzado con una vozfle-
ixible, agradable y dulce, no menos que vehemente.
>La acción corresponde tan bien á las palabras, que
• ponen delante del concurso lo que van diciendo, obli-
»gan á creer lo que afirman, encantan al oyente y ga-
• nan la voluntad de cuantos los escuchan. La nación
«española, naturalmente ingeniosa, viva y noble,
• abunda en tales hombres, sobre todo en los pulpitos,
• hoy día tribunas de los oradores cristianos».
Andrés cita con gran loa á Salmerón, cuyos ser­
mones eran muy estimados por su erudición; á Santia­
go, otro orador de cuya partida de Roma se lamentaba
Paulo V; á Peralta, cuyos sermones se tradujeron en
latín por los italianos; y no tuvo reparo aquel literato
en afirmar, escribiendo en Italia, que los españoles del
siglo xvi, nutridos igualmente que los italianos con la
lectura de los latinos, consiguieron adquirir el nervio
y espíritu de sus antiguos modelos, sin ser, como los
italianos, serviles imitadores, ni usar aquellas traspo­
siciones que hacían lánguido el estilo de éstos.
En efecto; la prosa española de aquella edad de
oro de nuestra literatura, á que se refiere el autor, tie­
ne más fluidez y harmonía que la contemporánea ita­
liana.
Hablando de los oradores españoles que restaura­
ron la elocuencia latina, dice de Perpiñán, que los
discursos que pronunció en París y en Lyón Pro vele-
re religione retinencia., fueron los mejores rasgos de
elocuencia que se habían oído «n latín, y que des
— 35 —
plegó en ellos toda la gracia y nervio de la facundia
tuliana.
Del mismo Perpiñán dice Nicolás Antonio en la
Bibliotheca nova, que consiguió en Roma la fama del
más elegante escritor y orador discreto y fecundo. Mar­
co Antonio Mureto le aplicaba el elogio de Néstor:
cujus ex ora melle dulcior Jluebat oratio. Mario Corra-
do ponderaba su caudal de ciencia, riqueza de dicción,
agudeza, gravedad y elegancia.
Celebradísima es la expresión proverbial de los ita­
lianos en aquel siglo, que de los tres más célebres ora­
dores de Roma ninguno instruía como el español T o­
ledo, n¡ agradaba como el italiano Panigarola, ni mo­
vía como el español Lobo.
Andrés rebaja bastante el mérito de Panigarola,
Obispo de Asti en Piamonte. A su juicio, más agra*
daba por las dotes físicas que por el mérito de sus dis­
cursos ; porque la profusión de adornos estudiados y
la afectación de novedad con. que empezaba los exor­
dios, entrelazando alguna paradoja, dieron margen al
mal gusto introducido en Italia, pues su fama indujo á
muchos jóvenes á proponérselo por modelo.
Sobre el mismo tema dice el citado Nicolás Anto­
nio: «Tienen los italianos más artificio-, aparentan más
■retórica; quieren parecer imitadores de los antiguos
■en las palabras, gesto, postura y movimientos del
■cuerpo. Nuestra elocuencia es más seria y sin afecta-
ación; nuestro estilo, trabajado, sí, pero sin que se eche
■de ver el estudio; el juicio, agudeza y erudición de
— 36 —
■que dan pruebas nuestros oradores en el arte de con­
ven cer y persuadir con la autoridad de la Escritura
iy los Doctores, y la facilidad en hallar argumentos y
•adaptarlos á su objeto, los hace estimar sumamente
•de los italianos, que no los dejan de la mano. Muchos

y muy recomendables oradores de Italia se aplicaron

tanto á la imitación de los españoles, que predicando
»en italiano, lo hacían enteramente á la española*. En
otro lugar dice que ya en su tiempo estaban traducidas
en casi todas las lenguas de Europa las obras de Gra-
nada, Madrid, Avila, Valdivia, Arias, La Puente, Ro­
dríguez, Gracián, Nieremberg, San Pedro Alcántara y
Santa Teresa.
Citaremos, por fin, las palabras del Cardenal Ben-
tivbglio en loa de los oradores españoles: «Son verda­
deramente insignes en las obras ascéticas, y la majes
»tad de su idioma parece como que da más peso á las
• materias y las deja más fuertemente grabadas».
Mientras el mal gusto reinaba en Italia y Francia,
los autores españoles eran los únicos estimados de los
hómbres de sana crítica, y en los siglos xvi y xvn se
ve la preferencia que daban los buenos oradores á
nuestros ascetas. Lejeune aconsejaba la lectura del
Granada; Flechier era apasionado por Santa Teresa, y
San Francisco de Sales, recomendando la predicación
á un Obispo, le dice que tenga todas las obras de Gra­
nada y que sean su segundo breviaro, pues el Carde­
nal Borromeo no tenía otra teología. Aconséjale tam­
bién lea á Estella sobre la vanidad del mundo, todas
— 37 ~
las obras del jesuíta Arias y las Cartas de Avila. San
Carlos se deleitaba en la lectura de los autores'espa-
ñoles. Aun el abate Maury, muy citado en la literatu­
ra, pero cuyo juicio deja mucho que desear, como lo
demuestran el excelente crítico Marcel y el conde de
Maistre, que le trató, á pesar de sus prevenciones con­
tra los españoles, conñesa que Masillón había aprove­
chado no poco con la lectura, de Santo Tomás de Vi-
llanueva.
F ra y Luis de Granada, entre los autores clásicos
del siglo xvi, elevó la lengua patria á una altura supe-
rior á todo encarecimiento, dándole aquella majestad,
harmonía, fluidez, energía y suavidad que caracterizan
Jas lenguas griega y latina. Nutrióse el esclarecido es*
píritu de tan ilustre autor con el estudio serio y cons­
tante de los príncipes de la elocuencia, y adquirió en­
tre los literatos el bien merecido renombre de Tulio
español.
En sus sermones no se ve aquel orden y disposi­
ción que tanto gusta en los oradores del siglo xvn.
Compúsolos en latín, así como también la retórica
eclesiástica. Harto notoria es la superioridad de su
Guía de pecadores sobre las demas obras de su ingenio.
F r a y Luis de León, natural de Belmonte, confiesa
de sí mismo que más aprovechó con el estudio de las
obras de Granada, que con los estudios escolásticos de
muchos años. Aficionado en extremo á los clásicos la-
tinos y griegos y versado en la lengua hebrea, trasladó
á nuestro idioma las bellezas de los antiguos en la pro­
— 38 —
sa y el verso; mas no menos debe contarse entrelos
maestros de la oratoria sagrada. Para todo orador cris­
tiano es cual mina de oro su libro de Los Nombres de
Cristo por el caudal de ciencia divina que contiene.
De este autor dice Andrés: «En nada es inferior á Gra-
«nada en sus obras teológicas y filosóficas de Los Nom-
*bres de Cristo y de La perfecta casada. No me atrevo
• á decir si debe alabarse más en estas obras la copia y
• nobleza de las sentencias, ó la pureza y elegancia de
•las palabras».
F ray Malón de Chaide, religioso agustino como
Fray Luis de L eón , formó su estilo con el estudio de
este autor, por quien era apasionado. Se conserva su
precioso discurso sobre la Magdalena, cuyo análisis
crítico puede verse en el Teatro de Capmani. Era uno
de los oradores más afamados de su tiempo.
E l V. M. Juan de Avila, coetáneo de Fray Luis de
Granada, nació á principios del siglo xvi en Almodó-
var, de la diócesis de Toledo. Lleno del celo de San
Pablo, cuyas epístolas sabía de memoria, parecía otro
Apóstol en el pulpito, donde cada palabra suya era
como un rayo. Decía Granada que le parecía tembla­
ban las paredes del templo mientras declamaba contra
los vicios. «En los escritos de Avila, dice el insigne
• literato Andrés Escoto, hay tanta energía, fuerza y
«eficacia, que cuanto quiere persuade ; arrebata los
• sentidos y trasporta fuera de sí á los lectores ».
Pocos discursos suyos se conservan. Entre los nue­
ve tomos de sus obras se halla un hermoso tratado
— 39 —
sobre el Audi filia, dos Pláticas á Sacerdotes, otro
Tratado del Santísimo Sacramento y varias Cartas.
Fray Juan M a r q u e natural de Madrid, agusti-
niano, fue predicador de Felipe III, y uno de los más
acreditados oradores de su época.
Escribió E l Gobernador cristiano, deducido de las
Vidas de Moisés y Josué, el Modo de predicar á los
principes y otras obras. Es uno de los autores de más
puro lenguaje.
Fray Diego de Estella, navarro, franciscano, fue
gran orador, pero se perdieron sus sermones. Escribió
sobre el modo de predicar, y otra obra, titulada Vani­
dad del mundo, en estilo sentencioso y lacónico, muy
trabajado y de esquisita pureza.
Son muy bellas sus Meditaciones sobre el amor
de Dios.
Pedro de Rivadeneira, de la Compañía de Jesús,
natural de Toledo, fué insigne escritor, y uno de los
más clásicos de nuestra lengua.
• ¿ Qué diré de la elocuencia de Rivadeneira ? dice
Andrés en sus Tratadosfilosóficos de la Tribulación,y
»del Principe cristiano; obras más verdaderamente tu-
»lianas no será fácil encontrarlas en la elocuencia mó­
ndenla »,
No es menos estimada su Historia del cisma de In­
glaterra y el FIos Sanctorum.
Juan Eusebio Nierembergi de Madrid, jesuita y au­
tor clásico, es conocidísimo por su Diferencia entre lo
temporaly lo eterno.
— 4° —
San Juan de la Cru%, de Fontiberos, diócesis de
Avila, en su Subida al Monte Carmelo y demas obras,
ofrece á los oradores un caudal de imágenes y concep­
tos sublimes. De él dice Bosuet que en la teología as­
cética es lo que Santo Tomás en la escolástica.
Sania Teresa de Jesús ha formado ilustres orado­
res con la lectura de sus obras. Su estilo es muy pro­
pio para aficionar á un habla natural y sin afectación.
E l que pusiere tacha á su lenguaje, dice Fray Luis de
León que no conoce la lengua castellana.
Santo Tomás de Villanueva, nacido en Fuenllana,
provincia de la Mancha, fue orador eruditísimo y de
mucha elevación en los conceptos. Con su elocuencia
logró reformar las costumbres de los habitantes de Sa­
lamanca, y pobló los monasterios. En esta y otras
ciudades arrastró tras sí las gentes, y tanto los sabios
como los ignorantes quedaban suspensos de sus labios.
Carlos V le tomó por su predicador, y jamas perdió
sermón suyo, aunque predicara fuera de palacio. El
rey de Portugal le hizo ir á Lisboa por oírle.
Sus sermones, escritos en latín, han gozado tal vez
mayor estima en el extranjero que entre nosotros. T e­
nemos dos volúmenes de sermones de este Santo y un
comentario sobre el Libro de los Cantares.
Fray A Ifonso Lobo, uno de los tres oradores afa-
mados de Italia, de quienes hicimos mención, fue reli­
gioso capuchino, andaluz y contemporáneo de Avila.
Según San Carlos, tuvo todas las cualidades de un
buen orador. Oíanle con admiración de su erudición
— 4» —
extraordinaria, y se conmovían no menos que con sus
palabras, con la acción que las animaba. Cuenta Ni­
colás Antonio , que en una Cuaresma que predicó
en Salamanca, movió tanto á los estudiantes, que qui­
nientos jóvenes abrazaron la vida religiosa. Y el Car­
denal Federico Borromeo dice que preparaba los ser-
mones, no tanto con la lectura, como con oración
fervorosa y ardientes suspiros, que se oían de los cir­
cunstantes ; y cuando había sido más grande el fervor
en ella, tronaba en el púlputo con más frecuencia.
Francisco de Toledo, Cardenal, de la Compañía de
Jesús, natural de Córdoba, fue contemporáneo de
Lobo en Roma. Dice el Cardenal Federico Borro-
meo, que habiendo sido por muchos años predica­
dor de Su Santidad y de los Cardenales, jamas se can­
saron de oirle, bien que concurriese toda la ñor de
Roma á sus sermones. Por espacio de veinticuatro
años tuvo la palabra en presencia de San Pío V , de
Gregorio XIV y Clemente VIII.
Alfonso Salmerón, de la misma Compañía, toleda­
no, fue orador muy afamado en Italia. Sobresalía en
el género de oratoria que conservan los italianos con
el nombre de lecciones sacras, y consiste en expla­
nar algún pasaje de la Escritura con aplicaciones á la
moral.
Como sujeto de eximio saber se hizo mucho lugar
en el Concilio de Trento, juntamente con su sabio
compañero Laynez. Escribió tratados sobre la Sagrada
Escritura.
— 42 —

Diego Layne\, de la misma Compañía, natural de


Almazán, en la provincia de Soria, fue el orador más
erudito de su siglo. En el Concilio de Trento impro­
visó un discurso de tres horas sobre la Eucaristía, con
tal precisión y claridad, que todos los Padres unáni
meraente declararon que había resuelto todas las difi­
cultades. Solían hablar los demas oradores desde sus
puestos ; mas á instancias de los Obispos, se erigió
para Laynez una tribuna, á fin de que nadie le perdiese
palabra ; y podía hablar aunque fuese tres horas, sien­
do así que á los otros no se les daba más que una. ■
Llegó á veces á suspenderse la sesión, por estar
Laynez indispuesto. Con aquel su célebre discurso de
la Inmaculada Concepción, movió á los Padres á for­
mular el decreto que no incluye á María en la ley co­
mún al tratar del pecado original.
Fue Laynez el que introdujo en Roma el método
de probar las proposiciones con la autoridad de la Sa­
grada Escritura y Santos Padres, y con todo rigor
teológico.
Es de sentir no se conserve casi nada de lo que ha­
bló y escribió, porque sus notas manuscritas son del
todo ininteligibles.
Martin de Roat de la misma Compañía, cordobés,
orador aventajado, dejó varias obras en latín y en cas­
tellano; pero éstas fueron siempre preferidas, pues po­
cos poseyeron el idioma patrio como él, á juicio de
Nicolás Antonio.
F ra j' Fernando de Santiago, mercedario, natural
- 43 -

de Sevilla, fue uno de los príncipes de la oratoria de


su siglo. Siendo predicador del rey de España, le die­
ron en la corte el renombre de Boca de Oro.
Predicó repetidas veces en presencia del Papa Pau­
lo V y de los Cardenales, con admiración de todos.
Poseía la llave de los corazones, y lo mismo hacía pro­
rrumpir en llanto al auditorio, que en señales de ale­
gría, según el rumbo que tomaba.
Imprimiéronse sus Consideraciones sobre los Evan­
gelios, y las oraciones fúnebres de Felipe II y Feli­
pe III.
Fray Jerónimo Lanuda, dominico, aragonés, Obis­
po de Barbastro, y luego de Albarracín, floreció á
fines del siglo xvi y á principios del xvn. Compuso
tratados evangélicos y homilías, tan estimadas por su
erudición y espíritu, que se tradujeron en latín, en
francés y otras lenguas.
Baltasar Gradan, jesuita, aragonés, ocupó el púl-
pito á mediados del siglo xvn. Aunque se leen en sus
sermones rasgos espléndidos de imaginación, adolece
ya de muchos defectos, que indican la decadencia del
buen gusto, como son la falta de orden y otros.
Podríamos citar á otros muchos iqaestros de elo­
cuencia, como á los Medinas, Zarates, Yepes. Mas es
de sentir que tan buenos ingenios no hubiesen cuida­
do de metodizar los discursos, y darles aquella artifi­
ciosa colocación que admiramos en oradores extranje­
ros. Tomaron, sí, por modelos á los clásicos del siglo
de Augusto en cuanto á la pureza y elegancia del es-
— 44 —
tilo y la lógica de los argumentos; pero descuidaron el
enlace de las partes del discurso, la unidad del plan,
el orden de gradación, imitando más bien la libertad
y soltura de los Santos Padres, que se contentaban
con presentar razones sólidas, sin seguir método de­
terminado.
Así, que en nuestros clásicos no hay que buscar
modelo de discurso perfecto, si bien nos dejaron tro­
zos sin número de inimitable elocuencia.
Pasado este siglo de gloria, empezó á sentirse la
era de decadencia. A l desprecio de los clásicos, cuyo
estilo puro parecía trivialidad á los culteranos, se si­
guió una ridicula afectación de elegancia en cláusulas
altisonantes, prurito de hablar de un modo nuevo y
de proponer ideas que herían por lo desusadas, ó por
el modo de presentarlas, el uso de paradojas ridiculas
y el abuso desatinado de la Sagrada Escritura, trun­
cando textos para probar cuanto querían.
A pesar de todo, no faltaron oradores que despre­
ciaron aquella manía, y en cuyas obras vemos sólida
doctrina y-gravedad de estilo. Uno de ellos fue el Pa­
dre Antonio Vieyra, de la Compañía de Jesús, portu-
gués, quien compuso sermones que se han impreso en
varías lenguas, y son de lo mejor que se ha escrito en
Portugal. Fue orador del rey Juan IV. Los cinco ser­
mones famosísimos sobre las cinco piedras de David,
que predicó en Roma, causaron gran admiración, y la
reina de Suecia le vitoreó públicamente.
Tuvo destreza especial para apropiárselo que to-
— op­
inaba de diversos autores, dándole color y estilo pro­
pio. Con su mucha ciencia y no poca originalidad
juntó inventiva y agudeza, procurando, sin embar­
go , preservarse de los desvarios de sus contempo­
ráneos.
Tampoco se pegó el frenesí del siglo xvir á nues­
tros varones apostólicos, que, llenos del celo de las
almas, solo se propusieron la conversión de los peca­
dores. Tal fué el Padre Jerónimo López, misionero de
la Compañía de Jesús, quien predicó en mil trescien­
tos pueblos de España. Hablaba con tal vehemencia,
que algunos pecadores, heridos como de un rayo, mu­
rieron á poco de haberle oido. ¿Qué elocuencia sería
la del que, subiendo á un monte, donde se abrigaba una
caterva de facinerosos, los convirtió á todos con un
discurso ?
De sus sermones solo se conservan trozos sueltos.
Mas tenemos una carta suya, preciosísima, que escri­
bió sobre el modo de predicar con fruto, en la que se
queja del mal gusto de entonces.
A principios del siglo xviu, se imprimieron las plá­
ticas doctrinales del Padre Juan Martínez de la Parra,
de la Compañía de Jesús, escritas con una claridad y
unción que las ha inmortalizado; y las Instrucciones
cristianas sobre las Dominicas del año, del Padre Mar­
tín de Rojas, de la misma Compañía, escritas con es­
píritu apostólico.
Entre tanto los predicadores de moda seguían su
desatinada carrera con tal obstinación, que el célebre
— 46 —
Keijóo escribía antes de la mitad del siglo xvnx, que no
era empresa para él oponerse al lenguaje común, y
que cuando predicaba, le usaba. El distinguido legista
Mayans habló muy ardientemente en favor de la re­
forma, y compuso con este fin la obra intitulada Ora­
dor cristiano. Otros afilaron los aceros contra el abuso;
pero la gloria de darle el golpe mortal estaba reserva­
da al Padre Isla, quien en la Historia de F ray Gerun­
dio de Campabas, logró con el chiste lo que no hubiera
logrado con la seriedad. En esta obra no se propuso
únicamente ridendo dicere verum, sino también dar
lecciones útiles de oratoria, como las da en boca del
Padre M. Fray Prudencio.
A mediados del siglo xvm, en que se escribió esta
obra, se conocieron ya oradores de mejor gusto. Del
Obispo de Guadix y Baza, D. Alejandro Bocanegra,
dice el mismo Padre Isla eñ una dedicatoria del Año
cristiano lo siguiente: ■El primer sermón que predicó
ien Guadix el año ¡76r fué sobre la limosna espiritual
ay corporal, y él solo basta para hacer inmortal su
• memoria. Convirtió primeramente á todos los predi­
cadores que le escucharon, y después á todos los que
»le leyeron. Y a no se oyen en los púlpitos de toda la
•diócesis ni jácaras en prosa, ni relaciones en caden-
»cia, ni conceptillos desatados, ni agudezas insulsas,
•ni pinturillas teatrales mal aforradas en sagrados tex-
•tos, ni delirios de la fábula, ni fruslerías de la histo-
iria, ni bagatelas de la erudición. Y a no se da princi-
»pio á los sermones ni con aquel valiente capitán
— 47 —
• Agesilao, ni con aquel sabio filósofo Sócrates, ni con
«Plinio en su historia natural. En Guadix y en Baza
*solo se predica Evangelio puro, doctrina cristiana^
«dogmas de la Religión, preceptos de la ley, ejemplos
»de los Santos, apoyándolo todo con la Escritura, con
ilos Concilios y los Padres i.
Fray Antonio Andrés, de los menores descalzos,
cuyos sermones se imprimieron en 1788 , es tambie'n
caloroso defensor de ia Reform a, y buen modelo de
cordura y nobleza en el decir. Del Canónigo de Sala­
manca, D. Antonio Pereira, hay sermones impresos á
fines del siglo pasado en estilo sencillísimo , llenos de
sana doctrina. Rada, Vela , Barcia , Osorio , Sánchez
Sobrino, García y otros, dieron honor al pulpito espa­
ñol en el pasado siglo. Haremos particular mención
del Padre Pedro Calatayud, de la Compañía de Jesús,
que floreció á mediados del siglo pasado, de quien dice
Feijóo que recibió del cielo las cualidades más á pro­
pósito para el sagrado ministerio : una voz clara y so­
nora; pronunciación distinta ; estilo noble , que podía
agradar al más culto y ser entendido del más ignoran­
t e ; ^ juicio sólido, que iba derecho á la verdad, y ha­
llaba los más sólidos argumentos para que la verdad
convenciese á los oyentes. Añade que jamas había oido
anunciar la palabra de Dios con más suavidad y efica­
cia. «Aquel poder , dice Navarrete , de conmover los
• ánimos y excitar varios afectos, según la variedad de
• argumentos, era inimitable. Unás veces aterraba á los
■oyentes tronando contra los vicios, de modo que ha-
- 4« -
• cía temblar las paredes del templo; otras, compadecí-
•do de la desdicha del pecador, exaltaba la clemencia
• de Dios, de modo que todos concebían esperanza del
•perdón. Llegó á veces á contar treinta mil personas en
• su auditorio».
Dejó , entre otras obras , ejercicios para el clero y
para magistrados y jurisconsultos, sermones de misión,
doctrinas y catecismos.
También merece particular mención otro orador
más moderno, el Padre Juan Osuna* jesuíta, cordobés,
que floreció á, fines del siglo pasado. Poseía el latín,
griego, francés, inglés é italiano, además de la lengua
patria. Predicó en España y en Italia con gran aplauso.
En Italia pronunció una oración contra los invasores
de la República francesa , que se im prim ió, y luego
traducida en español se leía á los soldados españoles
para inflamarlos. Existe manuscrito un panegírico be­
llísimo de San Ignacio, y otro de San Pablo converti­
do, ambos en español y de un gusto exquisito.
Tuvo también España en el mismo siglo muchos
Obispos predicadores, cosa no tan común en otras na­
ciones, dotados de aquella gravedad de estilo que Co^
rresponde al carácter episcopal. Tales fueron el Obispo
inquisidor Jaramillo ; C lim en t, Obispo de Barcelona;
Bertrán, Obispo de Salamanca, y el ya citado Bocane-
gra. Las pastorales de Bertrán son de tanto mérito, que
el abate Andrés las compara con los sermones de Ma­
sillen y Fenelón. Merecieron encomios extraordinarios
del Padre Isla dos pastorales de Bocanegra, una sobre
— 49 —
los deberes de los eclesiásticos , intitulada Juicio del
mundo, y otra De los deberes de las demas clases de ¡a
sociedad.
Acabaremos este párrafo haciendo breve mención
de los predicadores que á fines del siglo pasado y prin­
cipios de éste , gozaron de nombradla: Fray Diego de
C á d iz , que recorrió buena parte del reino como un
Apóstol, y Santander, capuchino igualmente „ y hom­
bre apostólico, aunque censurado de rigidez en la doc­
trina.

§ II.

Elocuencia sagrada de los italianos.

Mientras duró el siglo xvi estuvo muy decaída la


elocuencia italiana. Basta saber los elogios que mere­
ció el Obispo de Bitonto , Fray Cornelio Musso , que
asistió al Concilio de Trento. Sus sermones impresos
fueron aplaudidos , bien que de mal gusto , pues hace
en ellos una mezcla ridicula de las fábulas de la gen­
tilidad con la Escritura y los Padres.
La gloria del renacimiento de la elocuencia per­
tenece á Séñeri , príncipe del pulpito italiano en el
siglo xvn, que no ha tenido rival. No es decir que ca­
rezca enteramente de los defectos de sus predecesores,
antes bien la prodigalidad en derramar citas profanas,
y áun hechos fabulosos; el anhelo, tal vez excesivo, de
parecer nuevo; algunas agudezas, no del mejor gusto;
alguna falta de crítica , y las interpretaciones arbitra-
4
— 5o —
rias, y á veces arrojadas de los textos de la Escritura,
patentizan que no se cortan de un golpe vicios invete­
rados. Pero su estilo es noble, elegantísimo, sumamen­
te pulido,aunque demasiado uniforme en las cadencias
finales. Asi que , al lado de dotes tan eminentemente
oratorias , desaparecen aquellos lunares. Aquel estilo
ciceroniano; aqueLla imaginación, siempre fecunda en
imágenes ; aquel inagotable fondo de doctrina ; aquel
arte de persuadir, ordenando el discurso como en cam­
po de batalla donde luchan á brazo partido con el
oyente , le busca todos los lados débiles , le persigue
hasta en las últimas guaridas , le vuelve á desafiar , le
da armas para que se defienda y se las hace pedazos en
las manos , le aterra y luego le levanta; aquel interés
que produce bajando á la esfera del oyente , penetran­
do en su corazón,introduciendo un diálogo,razonando
con él, obligándole á conceder ó negar, y no dejándo­
le de la mano hasta que éste se declara vencido; aquel
arte de prevenir las objeciones , de hacer desaparecer
las prevenciones, de llevar al auditorio de sorpresa en
sorpresa , de un argumento convincente á otro que lo
es más; aquel modo de narrar, que más parece pintar
los objetos que contar los hechos, son cualidades de.
solo Séñeri1 y en ellas nadie le ha igualado jamas.
Juan Pablo Oliva, de la misma Compañía de Jesú$r
tuvo por entonces gran fama. De él han quedado al­
gunos sermones y cartas. Fue predicador de Inocen­
cio X, Alejandro VII, Clemente IX y Clemente X.
Juan Pedro Pinamonti, compañero de Séñeri, y
— 5i —
mismo instituto , sobresalió tanto en el género doctri-
nal, que al dicho del mismo Séñeri, no tenía semejan»
te instruyendo á los rudos con claridad, y recreando á
los doctos con erudición escogida. Decía mucho en
poco, y lo amenizaba con ingeniosas semejanzas.
Berdoni, Siniscalchi y Séñeri, llamado Júnior , so­
brino del primero , florecieron á principios del si­
glo xvin y sobresalieron en elocuencia popular. Los
tres pertenecían á la Compañía. Del primero quedan
discursos para el ejercicio de la buena muerte; del se­
gundo, una cuaresma, panegíricos y ejercicios; del ter­
cero, sermones, discursos y avisos para misiones y
ejercicios espirituales.
Tornielli, del mismo instituto, es más estimado. Su
imaginación calorosa embarga al oyente con imágenes
de efecto,y con ellas esmalta una doctrina inteligible á
todos. Es muy celebrado su sermón del Infierno. Dicen
que una vez pintaba con tal viveza el crecer y subir de
las aguas del diluvio , que involuntariamente se puso
en pié todo el concurso.
Impresas están una Cuaresma suya y algunos pane­
gíricos.
Granelli, también de la Compañía , se recomienda
por la elegancia , como versificador que fue , y de los
oradores más aventajados en el género didascálico de
lecciones de Sagrada Escritura.
Platina, franciscano, y Vanini, jesuíta, son elegan­
tes y de suave dicción.
Son también dignos de mención otros diez orado»
---- 52 ----

res pertenecientes á la Compañía de Jesús, á saber:


Pellegrini, llamado por la emperatriz María Tere­
sa á predicar la Cuaresma en Yiena. Es tan jugoso
como elocuente, dando novedad apacible á todo lo que
toca , y aunque de imaginativa fecunda , propone las
pruebas con orden y solidez. Pero á muchos desagrada
el follaje de que le acusan.
Trento es claro y ordenado, pero al mismo tiempo
vivo de imaginación y rápido en el estilo, y muy feliz
en las materias imponentes por el modo patético de
pintar los objetos.
Veniniy llamado el Massillón italiano , sobrepujó á
todos los de su tiempo, á mediados del siglo pasado, y
creó una nueva época en la elocuencia de Italia, con
un género de dicción elevado y harmonioso.
Desenvuelve con mucho orden planes por lo co­
mún profundos. No le acompañaba la voz , ni la ges­
ticulación , de suerte que sus panegíricos y sermones
de Cuaresma, impresos gustaron más que recitados.
Cesar Calino murió á mediados del siglo pasado,
dejando preciosas lecciones sobre historia ^ teología y
escritura, con muchos sermones y pláticas.
Bugan^a y Róssi, hacia fines del siglo pasado, gus­
taron por la solidez de los argumentos y la elegancia
del estilo.
Saracinelli y Giorgi fueron poderosos en remover
las fibras del corazón. Del segundo dice Diosdado, que
en conmover los ánimos no había óido á otro más efi­
caz. Suyo tenemos un magnífico panegírico de San
— 53 —
Ignacio , en el que es notable la comparación del sa­
crificio de Abraham con el que hizo el Santo, previen­
do la destrucción de la Compañía,
Borgo se inmortalizó en su panegírico de San Ig­
nacio. La prosopopeya en que introduce la Compañía
ante el trono de Clemente XIV , pasa por uno de los
mejores rasgos de la elocuencia moderna.
Finetti ha ilustrado al pulpito en nuestro siglo.
Realzaba el número oratorio de los periodos, una pro­
nunciación bien acentuada, junta con una noble gesti­
culación. Y como sus discursos eran más para pronun­
ciados que para escritos , han perdido mucho después
de impresos.
No podemos pasar en silencio al limo, Aderdato
Turchi, religioso capuchino y Obispo de Parma t que
tan merecida reputación se granjeó en toda Italia. Con-
sérvanse sus homilías ai pueblo, llenas de unción, ora­
ciones fúnebres y otros escritos.
Bien conocido es Ventura Rdulica por sus homi­
lías y sermones. Nadie ignórala destreza de este autor
en valerse de la Escritura y Santos Padres , de donde
saca la medicina de los males presentes.

§ III.

Elocuencia sagrada de los franceses.

Hasta el advenimiento de los grandes oradores del


siglo xviii , tuvo la elocuencia en Francia la misma
suerte que en las demas regiones donde había domina­
— 54 —

do el estragado gusto. Pero con solo tres oradores se


adquirió en poco tiempo toda la gloria del siglo de A u­
gusto y del de los Basilios y Crisóstomos.
Bourdaloue sería el primer orador del mundo si le
hubiera cabido la imaginación de Bossuet y la sensi­
bilidad de Massillón; y aun sin estas cualidades dispu­
ta á entrambos la supremacía. En el género didascálico
es á todas luces el prim ero, y en erudición sagrada,
sana moral, ciencia teológica y rectitud de juicio „ no
tiene quien le iguale. Es el verdadero orador cristiano,
que habla con potestad en nombre de Dios. Imponen­
te y grave, va seguro de triunfar, probando los asertos
hasta la evidencia. El conjunto de sus discursos es un
curso completo de Religión. Los planes son tan vastos,
que cada discurso se puede dividir en dos, por lo me­
nos ; y hay tal artificio en las subdivisiones , que pre­
sentándose cada prueba bajo diferente aspecto , no las
confunde; antes bien son como un cuadro perfectamen­
te organizado. Tanto en los sermones, como en Los
panegíricos, es siempre el mismo, pues su blanco úni­
co fue la reforma de las costumbres y la práctica de la
moral cristiana.
Bossuet, versado en todas las ciencias sagradas y
profanas , y profundamente imbuido en el estudio de
San Agustín y Tertuliano, con fantasía de águila y ta­
lento creador, no pudo sujetarse al método riguroso de
Bourdaloue. En sus sermones deja correr la pluma á
donde le lleva la imaginación , y embelesa por su su­
blimidad , aunque carezca el plan de orden y el estilo
— 55 —
de corrección. Pinta todo cuanto describe, y hace pal­
pables las verdades, por abstractas que sean.
La oración fúnebre fue el elemento de su ingenio
sublime. Aun en los hechos triviales supo tocar resor­
tes elocuentísimos con qué realzar á sus héroes, y hasta
jugó con dificultades insuperables. Superior es á todo
elogio la oración fúnebre de Enriqueta de Inglaterra,
atendido el grandioso plan que desarrolla y las infini­
tas bellezas que la hermosean.
%Massillón se parece más á Bourdaloue que á Bos-
suet, pero sé distingue de aquél en lo siguiente: Bour­
daloue va derecho al entendimiento; Massillón va al
corazón. Bourdaloue halla los medios de persuasión en
la ciencia sagrada; Massillón desentraña,analiza y hace
la anatomía del corazón, le busca los pliegues ocultos
y se hace dueño de él, deshaciendo todos los sofismas
que opone á la práctica del Evangelio t sin dejar qué
replicar. En el estilo tiene más corrección que Bos-
suet y más elegancia que Bourdaloue. De su declama­
ción animadísima baste decir, que predicando del corto
número de los escogidos , aterró tanto á los oyentes,
que de pronto se levantaron todos, como en el caso
arriba referido del predicador italiano.
Hanse inmortalizado las obras de estos tres prínci­
pes de la elocuencia, sobre todo las oraciones fúnebres
de Bossuet, las Dominicales de Bourdaloue y las Cua­
resmas de Massillón.
Fenelón tuvo talento universal para toda clase de
literatura, como lo prueba la poesía didáctica del Te-
— 56 —
lémaco , la sublimidad del sermón de las misiones ex­
tranjeras, la profundidad de sus obras teológicas , y la
unción y fervor de las ascéticas.
Mascaron y Flechieri rivalizaron con Bossuet en
Jas oraciones fúnebres. Muy celebrada fue la de Masca­
rón en alabanza de Turena ; pero mucho más la de
Flecbicr , que se inmortalizó con la suya. Tiene éste,
sin embargo, el defecto de hablar como en verso mu­
chas veces , y su estilo es tan esmerado y pulido , que
se lleva toda la atención, y pierde la fuerza del pensa­
miento lo que gana la harmonía de la dicción.
SJgand fue muy fecundo en argumentos , desarro^
liándolos con energía.
Fexier es una mina de textos acomodados á todos
los asuntos.
Lejeune no lo es menos. No tiene el mejor gusto
en la disposición de las pruebas , y carece de elegan­
cia, bajándose tal vez demasiado, aunque sin duda por
ser mejor entendido. Su lectura es, sin embargo, muy
de aconsejar, pues es fácil y accesible á los ignorantes,
é instructivo por su erudición á las personas cultas.
La Rué , La Colombiere, Cheminais, todos tres de
la Compañía, como los tres siguientes , reúnen la un­
ción de una sólida piedad con la cultura y buen glisto.
Neuville tiene cualidades de los tres primeros ora­
dores : alteza de pensamientos , estilo adornado y ar­
gumentación sólida.
Perrin es ordenado en los planes, á pesar de su
imaginación sublime.
Griffet no es menos ordenado, y muestra gran co­
nocimiento del corazón. ■*
Entre otros muchos que pudieran citarse, merecen
particular mención Joli, por la solidez de Jas pláticas;
Beauvais , por la Jibertad evangélica de sus oraciones
fúnebres, y la imaginación y lo patético. También tie­
nen mérito los sermones de Lajiteau, Soissons, Cochin,
Lambert, etc.
En este siglo tuvo Francia varios oradores afama­
dos en el género didascálico, que llaman conferencias.
Maccarihy, después de la revolución francesa , fue
el orador de la restauración. En inferior grado que los
tres primeros oradores, poseyó cualidades semejantes,
imaginación, estilo y orden. Muchos de sus discursos
se reducen áuna sola ojeada histórica, que él embellece
con todos los primores de la fantasía.
Fraissinousy con Maccarihy, creó el género de las
conferencias para hacer frente á la impiedad , que ha­
bía minado las creencias de la nación entera.
Raviñan fué el orador de la dinastía de los Or-
leans. Tuvo que luchar con un auditorio incrédulo,que
no buscaba sino ñores, y con todo acertó á darle á gus­
tar los frutos. Es grave en el lenguaje, y al mismo
tiempo nervioso y ferviente. Obligado, á pesar suyo, á
predicar conferencias en la corte, le brotaba Ja ternura
del corazón, áun en las arideces de la controversia.
Lacordairesigue otro rumbo, y puede decirse que
ha creado un nuevo género de elocuencia.
Su exterior imponente , la gracia inimitable en el
— 58 —
decir, el gesto expresivo,pronunciación acentuada, voz
penetrante , y todo fon una expresión indefinible, le
dieron suma celebridad. Pero sus conferencias, leídas,
cansan por el mucho estudio que exigen del lector, á
quien van llevando por mil consideraciones filosóficas
al desarrollo de un drama intelectual. Es más filóso­
fo que teólogo ; su lenguaje es nuevo, porque de pro­
pósito busca las expresiones menos recibidas en el es­
tilo sagrado para chocar menos á los incrédulos. A
pesar de sus cualidades eminentes , no debe recomen­
darse sino á hombres de mucho discernimiento , pues
lléva un camino bueno para él solo, y difícilmente ha­
brá quien siga sus huellas sin dar en un gusto excén­
trico , con perjuicio del auditorio, que así llegaría á
disgustarse de la predicación , tal cual la crearon los
príncipes de la oratoria sagrada.
Dupanloup, Obispo de Orleans r orador contempo­
ráneo de los dos precedentes, toma el camino de Iél
predicación ardorosa que trazaron los varones apos­
tólicos.
No menos celebridad han adquirido Combalót%
Ráulica , tan celebrado en el pulpito francés como en
el italiano , y el Padre Félix , sucesor de Ravignan y
Lacordaire en la Catedral de París.
— 5g —

§ rv.
Elocuencia sagrada de los ingleses.

Hasta el siglo xvhi no tuvo Inglaterra ningún ora­


dor de nombradla. N a obstante , á fines del siglo xvi
floredó en Bélgica el controversista inglés Tomás Sta-
pleton, retirado de su patria por la persecución. Escri­
bió en latín sermones dogmáticos para todas las domi­
nicas y festividades , en los que combate á los herejes
con mucha erudición.
Según Blair , los oradores católicos que vivieron
antes de la llamada Reforma, se resentían de la aridez
y sequedad escolástica de su tiempo ; pero no dejaban
de hacer aplicaciones morales bastante fervorosas. Los
protestantes reformaron el estilo , y aprovechándose
de la lectura de los oradores franceses del siglo de
Luis XIV, escribieron sermones de mérito.
Sherlok, Prelado anglicano, fue bastante buen ora­
dor, pero muy frío, como la generalidad de los ingleses.
Atribuye Blair esta frialdad á espíritu de partido,
pues acostumbrados los protestantes á mirar como fa­
náticos á los católicos, y queriendo en todo alejarse de
la manera antigua de predicar, perdieron de fuerza
persuasiva lo que ganaron de corrección en el len­
guaje.
Tillotson„ Arzobispo de Cantorbery, fué en Inglate­
rra de los más célebres oradores del siglo xvn. Pero el
juicioso Feller le niega todas las dotes oratorias y le
— 6o —
tilda de trivial, lánguido, seco, monótono y nada con­
troversista , sin concederle otro mérito que el de un
buen estilo. Aun Blair, inglés y protestante como Ti-
llotson, dice que su composición es floja y el estilo es
débil ó insípido, aunque añade que en algunos sermo­
nes hay calor y valentía, claridad y fluidez, que le po­
nen á la cabeza de los oradores ingleses. Andrés tiene
sus sermones no más que por catecismos , sin persua­
sión ni movimientos afectuosos.
Clarke es puro controversista , y como dice Blair*
trata al oyente cual si hablase con algún espíritu sin
pasiones; y si á veces enseña la moral, no inspira deseo
ninguno de practicarla.
Barrow es fecundo en argumentos, y abunda en
conceptos nuevos é ingeniosos , pero tiene un estilo
desaliñado, y la composición, poco ordenada, muestra,
según Blair, poco estudio de la elocuencia.
Tomas B isse, predicador célebre y prebendado de
la comunión anglicana , dejó á mediados del siglo pa-
sado varios sermones impresos.
Entre los Obispos Burnet, Atíerbury , Butler y
Blair, que han tenido nombradía en su patria, merece
la preferencia este último, no sólo por las acertadas
reglas de oratoria que nos dejó, sino por el esmero con
que en los discursos procuró seguirlas, bien que le falte
aquel don de persuadir que se echa de ménos en los
demas ingleses.
Con la vuelta de varios ministros del clero á la Re­
ligión católica, no ha dejado de animarse la elocuencia
— 6i —
popular, que había desaparecido entre los anglicanos.
En general se nota en la actualidad una vigorosa de­
clamación en el pulpito católico, que contrasta con la
frialdad de los protestantes. A l celo de los oradores
corresponde e 1 fruto, y los multiplicados triunfos de la
elocuencia inauguran una gloriosa página en la ora­
toria de la Gran Bretaña, donde oradores como W ise-
man, Newman y Faber, han sacado á gran número de
sectarios de las tinieblas de la herejía.

§ V.

Elocuencia sagrada de los alemanes.

En Alem ania , donde en el siglo xm brilló con la


de algunos otros la elocuencia del dominico Fanlero,
■cuyos sermones latinos han llegado á nosotros, no ha
prosperado el arte de la oratoria como en las naciones
meridionales. Hubo después con todo eso predicado­
res de mérito, pero ninguno que sume todas las dotes
de un verdadero orador. Esto puede m uy bien atri­
buirse á la índole calmosa de los alemanes, ó tal vez á
la lucha que desde el siglo xvi sostienen los católicos
con los herejes, la cual ha trocado el púlpito en cáte­
dra de controversia.
Hasta aquel siglo se predicaban en latín todos los
sermones, por no estar aún del todo limada la lengua
vulgar ; y desde entonces los hijos de San Ignacio
fueron los que más trabajaron en popularizar la predi­
— 62 —

cación en alemán. Citaremos algunos nombres ilustres


en la carrera del pulpito.
E l B. Pedro Canisio predicó en el siglo xvr con
gran boga en las principales ciudades de Alemania^
sobre todo en Viena, donde ejerció el cargo de predica­
dor del emperador Fernando I. Por su celo contra los
herejes, le llamaban éstos el Perro de Austria, hacien­
do alusión á su apellido.
Abrahan Scultet, á fines del siglo , fue predicador
controversista, y nos dejó su Medulla Patrum , y otras
obras.
Juan Grans, en el siglo xvn dejó buenos sermones
latinos y alemanes.
Felipe Sconville, á mediados del mismo , se dedicó
á las misiones en el ducado de Luxem burgo , y dejó
impreso un Catecismo alemán.
Juan Jacobo Scheffmaecher , á fines del mismo , se
señaló como controversista,
Francisco Hunnold compuso los mejores serm ones
que tal vez se conocieron en Alem ania á principios
del siglo x v ii], y se han reimpreso muchas veces. Nó*
tanse en ello s, no obstante, algunos defectos, como es
el escoger mal los ejemplos con que confirma cada
aserto, y apartarse con facilidad del plan que al empe­
zar se propuso.
Francisco Neumayer } á mediados del siglo xviii,
adquirió extraordinaria reputación luchando en el
pulpito con los errores del tiempo , hasta confun­
dir á los adversarios. E n sus sermones impresos se
— 63 —
hallan solidos argumentos , que nadie ha rebatido.
Luis Mer%, sucesor de Neumayer en el pulpito de
Augsburgo, no gozó de menor celebridad entre católi­
cos y protestantes.
Ignacio Wurs floreció hacia el mismo tiempo , y
los alemanes le comparan con Bourdaloue en lo sólido,
con Massillón en lo elegante y con L a Colombiére en
lo persuasivo. Impresos andan sus sermones y oracio­
nes fúnebres, y un Tratado de elocuencia sagrada.
H ay además obras escritas en la tín , que no6 deja­
ron en el siglo pasado varios otros oradores de aquella
nación.
A mediados del siglo se imprimió el Diurnale conr
cionatorum in jesta , del presbítero Francisco Javier
Dornn, que contiene buenos planes de sermones sobre
los misterios y festividades de los Santos Y á fines
del siglo José Antonio W eissembach dio á luz su pre­
cioso tratado, que intituló Elacuentia Patrum , y es de
las obras más completas de retórica patrológica que se
conocen.
Tam bién en Alem ania halló acogida en el siglo x v ii

el mal gusto de los gongorinos, como se ve en varios


volúmenes de sermones compuestos en latín y en ale­
mán por oradores de alguna nombradía. Los discursos
y panegíricos latinos de A vancini, predicados en Vie-
na, tras de estar atestados de mitología y comparación

i Ignacio W eitenaver compuso la obra intitulada Subsidia,


docuentice sacrce, que es una selva como las de Hondry y L ohn-
n«r, y muy estimada.
— 64 —

de los Santos con los heroes de la fáb u la, contienen


chistes de mal gusto. En el mismo siglo xvn se des­
poblaba Viena por oír á Fray Abraham de Santa C la­
ra, predicador erudito y dotado de rara inventiva, pero
algo aficionado á chistes y gracejos.
En Polonia descollaron, entre algunos otros de
acreditada fam a, los oradores Scarga y Sarbiewski.
Scarga vivía i principios del siglo x v n , y fue pre­
dicador en la corte de Segismundo IIL Sarbiewski lo
fue de Ladislao V á mediados del mismo siglo. Scarga
nació con fogosa imaginación; pero observaba riguroso
método y sobriedad de estilo; y en Sarbiewski, émulo
de H oracio, se nota fácilmente el gusto á la poesía,
que cultivó la m ayor parte de su v id a , por lo cual es
en el estilo constantemente florido y poético.
En Rusia tuvo fama de orador Teófano Prokopo-
vitchy Obispo de Ploczkoff; y también ha dejado ser­
mones de mérito Platón , Arzobispo de Moscou. Fuera
de éstos, pocos son los oradores cuya noticia haya lle­
gado hasta nosotros.

C A P I T U L O U.

DE L A ELOCUENCIA Y SU OBJETO.

Es la elocuencia, según el orador romano, la sabi­


duría que habla copiosamente: copiose loquens sapien-
tia , Que esta afluencia no debe confundirse con la lo­
cuacidad de los charlatanes, lo declara él mismo
— 65 —
diciendo: que el oficio del orador es instruir, agradar
y m o ver, y su fin persuadir.
Para ganar ia voluntad del hombre apela el orador
á tres facultades, que son: entendimiento, imaginación
y sensibilidad; y procura ganar el entendimiento con
la evidencia de la verd a d , la imaginación con su be­
lleza y el corazón con su amabilidad. En la voluntad,
que es potencia ciega, nadie puede influir sin la ayuda
del entendim iento, que es el ojo con que ve los obje­
tos. Es, pues, el primer oficio del orador instruir, por
lo cual debe poseer la dialéctica; no aquella que llama
Quintiliano cavilatoria, porque se pierde en sutilezas,
sino la que, según el mismo autor, discierne lo verda­
dero de lo fa lso , y lo propio de cada asunto de lo que
le es'ajeno; la que-sabe distinguir las partes que com­
ponen el todo, y las distribuye con orden; la que va á
su designio sin perderle de vista; la que dispone las
proposiciones de modo que parezcan unas nacidas de
otras, y deduce de ellas consecuencias naturales.
Sin esta lógica, en vano hablará, porque lo ^ue
diga no hará más efecto que el de la m ú sica, que sólo
deja reminiscencias agradables de harmonía. De sí
mismo confiesa C icerón, que si algo aprovechó en la
elocuencia, lo debió al estudio de la filosofía más bien
que á los preceptos de Jos retóricos.
Pero cuando llegare el orador á poseer esta facul­
tad, no piense que ya lo tiene todo; antes le falta todo
si no sabe proponer los argumentos de tal suerte, que
se le escuche con gusto; pues no ha de creer que habla
5
— 66 —

• con puros espíritus á quienes basta la primera percep*


ción de la verdad para adm itirla, sino con hombres
que generalmente se dejan llevar del deleite y no acep­
tan la verdad sino cuando les agrada. Por eso es pro­
pio del orador hablar á la imaginación no menos que
al entendimiento, en lo cual se distingue singularmen­
te la dialéctica de la elocuencia.,La primera presenta
el raciocinio desnudo y la segunda le hermosea con
las galas de la dicción. La diale'ctica ofrece el pensa­
miento en esqueleto; la elocuencia le viste de carne y
piel. Por último, se debe llegar al corazón del hombre
é inclinarle la voluntad á que abrace lo que se le pro­
pone. Luego que se apodera el orador de este último
baluarte, logra el triunfo por completo. A l contrario,
no conseguirá cosa alguna mientras no llegue al cora­
zón , pues éste resiste aun á sus mismas convicciones,
com o nos lo enseña la experiencia diaria. Qué armas
sean necesarias para conseguir tan señalada victoria y
cómo las ha de manejar el orador sagrado, es lo que
vamos á explicar en las lecciones siguientes.

C A P I T U L O III.

CUALIDADES DEL ORADOR.

Cicerón define al orador: vir bonus dicendiperitus,


A estas dos cualidades reduciremos todas las que de­
ben acompañar al que haya de ser perfecto; esto es:
probidad y pericia del arte de hablar.
— 67 —

ARTICULO PRIMERO.

PROBIDAD.

Parecerá tal vez fuera de propósito el exigir del


orador una cualidad que todo hombre debiera tener,
y no parece más esencial al que ejerce esta facultad
que á otro cualquiera. Pero más necesaria es al orador
que á ningún otro por las razones siguientes:
1." El hombre virtuoso se entregará sin obstáculo
al estudio que requiere su facultad, sin que le pertur­
ben los vicios, enem igos declarados de las letras, como
lo notaron los mismos filósofos gentiles.
«Si tanto tiempo quitan á los estudios, dice Quin-
»ti]iano, el cuidado excesivo de los campost las faenas
• domésticas, la caza y los espectáculos, ¿cuánto no les
•quitará# la ambición ,‘ la avaricia y la envidia?»
«Qttod si agrorum nimia cu ra , et sollicitior r e ifa -
«miliaria diligentia, et venandi voluptas et dati , spec-
,
*tacúlis dies multum studiis auferum y ¿quid puíanius
»facluram cupiditatem , ,
avaritiam invidiam? *
2.a Importa m ucho al que ha de aconsejar á otros,
que se le tenga por hom bre de buena fe, y no hay me­
dio más conducente para inspirar confianza á los que
aconsejamos que la Hbnradez y buenas costumbres.
Por el contrario, si la vida desmiente lo que dicen
las palabras, sospecharán que es ficción lo que se les
enseña.
Dice San Agustín á este propósito: «De más peso
— 68 —
»es la buena vida que todos los argumentos, si los

oyentes han de ser dóciles á su voz; pues hay muchos
• que de las acciones de sus maestros sacan fuertes ar-
•gumentos en favor de su mala conducta, diciendo con
*el corazón y á veces con los labios: ¿Por qué no ha­
tees tú lo que me enseñas? Y así no escuchan al .que

no se escucha á sí m ism o; y juntamente desprecian

al predicador y la palabra de Dios que se les prédica.
■Escribiendo San Pablo á T im oteo, le dice: aNadie
• desprecie tus pocos años; y añade lo que ha de hacer

para que no le desprecien, que es ser modelo de los

fieles en los discursos, en el trato, en la caridad, en

la fe y castidad. De los predicadores que no viven
■según la doctrina que enseñan, dice el Apóstol que

confiesan á Dios con la boca y le niegan con las
■obras. Cristo les dice: «Hipócritas; ¿cómo siendo ma­
llos podéis enseñar doctrina buena?» De éfetos dice
■Dios por Jeremías que le roban las palabras».
iHabct ut obedienter audiatur, quantacumque gran-
•ditate diciionis , majuspondus vita dicentis. Abundant
tenim qui mala vita sita defensionen e x ipsi suis prce-
*positis et docioribus quarunt , respondentes corde suo}
*aut etiarn ore suo: ¿Quod m ih ip racipis , cur ipse non

facis? lía Jit ut :eum non obedienter audiant qui se ipse
•non audit, et Dei verbum , quod eispredicatur , simul
*cum ipso predicatore contemnant. Denique Apostolus
iscribens ad Timatheum , curn dixisset : «Nemo adoles-
• centiam tuam contemnat; subjecit unde non contevine-
»re tur atque ait: Sed form a esto jidelium in sermone t in
— 6g —

tconversationi?. in dilectione, in fide, in castitate». De


illis dicit apastólas: «Confitentur se nos se Deum, fac~
ntisautem ncgant». H ií Chrislus: *H jrpocrit&, ¿quomo-
•dopotestis bona toqui, currt sitis mali?• Nos dicit Deas
•per Hierem iam, fu r a r é verba sua *.
Dice San Crisóstomo en la homilía 3o 'in Acta:
«La mejor doctrina es enseñar con las obras. Hablas
«mucho de la virtud, pero mejor que tú es el que la
• practica. Si contradicen tus obras á tus palabras, me-

jo re s que calles, porque hablando y no ©brando me
«haces creer que soy mejor que tú yo que callo. Por
• eso dijo el Profeta: peccatori autem dixit Deas: quare
*tu enarras justitias meas?»
3 .a Si la elocuencia pagana exigía buena vida y
conducta irreprensible en el orador, porque más prue­
ban los hechos que las palabras, ¿con cuánto más mo­
tivo la^ xigirá nuestra elocuencia sagrada, cuando casi
todo el fruto depende de la virtud del predicador, que
es la que suele atraer la gracia de Dios á los oyentes?
Sin gracia de Dios m uy copiosa, no puede teñer la
energía que há menester, y esta gracia no la recibe el
que no se prepara á predicar con el ejercicio de las
virtudes. Orígenes, sobre aquellas palabras de San Pa­
blo, non in persuasibilibus , etc., dice: «¿Que' quieren
«decir estas palabras, sino que para mover á ios hom-
íbres no basta lo que podemos decirles, si la gracia no
• nos da la eficacia que triunfa de los corazones?*
t^Quid sibi volunt quam non satis esse quod dicimus
*ut animas moveat, nisi adsi gratice energía ; ju x ta
*illud; Dominus dabit vcrbum evangeli ¡antibus virtute
• multa?*
A dem ás, todo ministerio santo requiere santidad
en el que lo ejerce, y santo es el ministerio de la pre
dicación, como cargo de enviado de Dios á evangeli­
zar á los hombres. Añade Santo Tom ás que el fruto
debe nacer de la contemplación. E x plenitudine con-
templationis, oritur prcedicatio.
4.11 Generosos, excelsos han de ser los pensamien­
tos del orador; y en tal m anera, que olvidado de sí y
de sus intereses, no respire sino amor y compasión de­
sús semejantes. Ni para predicar el Evangelio con li­
bertad santa bastará mediana virtud en circunstancias
en que por fuerza ha de ser el orador ó mártir de la
verdad ó traidora su ministerio.
En la homilía 6.a De Laudibus P a u li , dice San
Crisóstomo: «El que acepta el cargo de predicar no ha
*de ser hombre apocado y débil, sino fuerte y robustí-
»simo. No ha de emprender los trabajos de este minis-
*terio quien no este' dispuesto á ofrecerse mil veces a
• los peligros y á la muerte.
• De lo contrario, más le valdría permanecer en la
• oscuridad, que tomar un cargo superior á sus fuerzas,
»pues perderá á muchos con su mal ejemplo*
Y eh la homilía 8." in A c ta , nos enseña con su
ejem plo, diciendo así : «Un mes de término doy á los
•juradores para que se enm ienden, porque sino, les
■prohibiré la entrada en el templo. Ríase el que quiera;
«que para ser escarnecidos , nos colocaron en este
— 7» —
• puesto á los que, según San P ab lo , somos la irrisión
• y el oprobio del mundo. A l que no se enmendare Je
■prohíbo la entrada en el templo, aunque sea príncipe
•y ciña corona».

A R T I C U L O II.

PERICIA EN EL A R T E DE HABLAR.

Siendo el fin de la elocuencia triunfar del corazón


del hombre, es, por Jo tanto, el arte más sublime de
Todos, y pide un conjunto de prendas que raras veces
se adunan en un mismo sujeto. Adem ás de los cono­
cimientos necesarios para tratar á fondo cualquier ma­
teria, necesita el orador de imaginación fuerte y viva,
de alma sensible, de estilo correcto y hermoso'; y á
todo esto debe juntar voz clara, llena y majestuosa, con
presencia imponente. •
La falta de algunas de estas cualidades puede su-
plirse con la perfección de otras en que sobresalga;
pero ninguna puede compensar la escasez de ciencia,
por lo cual debe el orador formarse con estudio prolijo
de muchos años y dedicarse á la lectura de buenos
autores antiguos y modernós, no sólo en prosa, sino
también en verso, para acostumbrarse á concebir im á­
genes vivas y sublimes. Este es precepto de Quintilia-
n o , que no menos conviene al orador sagrado que al
profano.
No puede negarse, que si en los autores modernos
se encuentra más artificio y cultura, en Jos antiguos
— 72 —
hay más originalidad, m ayor energía y pensamientos
más levantados. Blair y otros literatos atribuyen la
superioridad que generalmente se reconoce en los ora­
dores paganos de la edad de oro, al mayor desarrollo
que dio á las facultades de los antiguos el carecer de
los materiales con que cuentan los modernos. A sí ve­
mos en las artes obras de más profundo ingenio entre
los antiguos, que carecían de modelos, que en los m o­
dernos, los cuales, por otra parteT tienen más belleza
y corrección.
■Com o las fuerzas corporales , dice Guillermo
• Tem ple, más se desenvuelven con el calor del ejer­
c ic i o que con el de la ropa, así más se aguzan las fa­
cu ltad es intelectuales con el propio estudio, que con
•la imitación de los autores. Cada uno puede ver por
•sí mismo que la fuerza de la imaginativa disminuye
»con la mucha lección y copia de los m odelos, bien
»que se aguce ; del mismo que el cuerpo con el calor
•entraño hasta cierto grado se vigoriza* mas pasando
»de allí se debilita y sofoca ».
Ni solo excedieron en invención los antiguos á los
modernos, sino también en entusiasmo, porque al
hombre más le entusiasma lo que más le ha costado;
y sus obras de elocuencia eran fruto de muchos traba­
jos, penosos viajes, consultas y descubrimientos, en un
tiempo en que no circulaban los escritos, archivados
en cada nación. Adem ás, no dejaban de ser poderoso
estímulo para los ingenios sobresalientes, las muchas
recompensas que se concedían al verdadero mérito.
— 73 —
A hora, por el contrario, todo se lo encuentra he­
cho el orador; no tiene que descubrir lo que la m ulti­
tud de obras imprfesas le pone en la mano, y no puede
negarse que el ingenio propio pierde en vigor é inven­
tiva, cuando en vez de crear por sí solo, se apropia los
tesoros de los extraños. Adem ás, siendo tan estrechos
los límites de la capacidad y comprensión humana, no
puede crear una facultad sin detrimento de la otra, y
donde crece la erudición disminuye la invención.
No queremos por esto disuadir la lectura é imita­
ción de los autores, pues la elocuencia que antigua­
mente sereservaba a u n solo siglo y á media docena de
varones de singular ingenio, debe ser en el clero ca­
tólico la profesión de todos, atenta la obligación que
incumbe á todos los pastores de las almas de predicar
d sagrado E vangelio, y la necesidad urgente que tie­
ne el pueblo cristiano de oir con frecuencia la divina
palabra.
En medio de esto, Blair, con ser protestante, se
maravilla de que siendo escasísimo en la oratoria sa*
grada el aliciente de la novedad por ser tan trilladas
las materias, faltando el entusiasmo de la discusión

donde no hay adversario que replique, y por otra par­


te, mucha la frecuencia de los discursos., muchas las
ocupaciones de los oradores y raros los talentos ora­
torios, haya hecho tantos progresos la predicación ca­
tólica, y llegado á tanta altura, que haya oscurecido y
eclipsado la elocuencia profana.
Lejos, pues, de disuadir la erudición, la recomen-
— 74 —
damos como necesaria, ya porque el inventar es de
pocos, y que sólo una fuerza rara de -inventiva puede
hacer que un discurso falto de erudición no parezca
seco y descarnado, ya también por la naturaleza mis­
ma de la elocuencia sagrada, que se funda en la pala­
bra divina trasmitida por la Escritura y la tradición,
explicada por los Santos Padres y confirmada por la
historia. Por lo mismo conviene que demos algunas
nociones sobre el estudio á que debe dedicarse el ora­
dor sagrado.

C A P I T U L O IV.

ESTUDIO PREPARATORIO.

E l estudio del predicador ha de ser el de las cien­


cias sagradas y ha de abrazar: i." la Biblia, á cuya
explicación debe dirigirse en gran parte todo discurso;
2.° los Santos Padres, que fueron sus primeros intér­
pretes ; 3 .* la teología, que tanto ha metodizado la en­
señanza del dogma y de la m o ra l; 4.0 la historia ecle­
siástica. Por fin, es útil tener también alguna tintura
de erudición profana.

A R T Í C U L O P R IM E R O .

BIB LIA.

Es la Biblia la oratoria dél Espíritu Santo y la pre­


dicación inspirada de los Profetas, de los Apóstoles y
— 75 —
del mismo Verba/eterno. No se necesita más recomen­
dación para inculcar su estudio á los oradores sagra­
dos. Pero aun prescindiendo de la inspiración divina,
y considerándola solamente como producción del in­
genio humano, podría mirarla todo crítico sensato co­
mo la obra más apta de cuantas puede haber para for­
mar oradores, hallándose en ella los primeros y más
sublimes modelos de todo género de composiciones
literarias. No señalan otro autor de texto los Santos
Padres al que quiera adelantar en la elocuencia cris­
tiana, que la Sagrada Escritura.
E s notable esta sentencia de San A g u stín : *Sapien-
tter dicit homo tanto magis vcl minus, quanto in Scrip-
tinris Sanctis magis minusve jprofecil ». (Doct. christ.,
1. I V . )

San Jerónimo mira como orador detestable al que


no saca lo que predica de la fuente de los autores sa­
grados.
San Bernardo adoptó el estilo y las expresiones
de la Escritura, para que su doctrina fuese más sa­
brosa, como servida en precioso plato, según él se ex­
presaba.
No se han apartado los preceptistas m odernos del
sentir de los antiguos. E l Padre Claudio Aquaviva,
General de la Com pañía, en las Instrucciones que
compuso para los predicadores, desea que á los jóve­
nes candidatos se les aplique exclusivam ente uno ó dos
m i
años al estudio de la Sagrada Escritura y Santos Padres,
sin dejarles perder tiempo en copiar sermones ajenos.
— 76 —
Con este mismo sano alimento se han formado los
buenos oradores modernos. En Bossuet no hay arran­
que sublime que no sea inspirado por algún pensa­
miento bíblico. Toda la argumentación irresistible de
Bourdaloue se apoya en la autoridad de la Escritura.
Es m uy recomendable el uso de desleír, digámos­
lo así, la Escritura ,en el propio lenguaje, cosa difí­
cil, pero que forma la. fisonomía del orador cristiano.
Mas téngase presente, que no es cosa fácil embe­
berse en el espíritu de los sagrados libros sin el coti­
diano ejercicio de la lectura, y el uso de tomar apun->
tes. E l joven estudioso no ha de pasar día alguno sin
leer á lo menos un capítulo de la Biblia, sirviéndose
para su mejor inteligencia de algún comentario breve
y sólido como Tirino ó Menoquio. Cuando quiera
examinar á fondo una cuestión > lea el Cornelio á La­
pide in Scripturam, ó á Calm et ó á Rivera in duodecim
„Propheias, ó á Maldonado in Evangelio., etc. Lea con
detención los capítulos que más se prestaren á aplica­
ciones morales, tomando en seguida nota de las mate­
rias á que pueden aplicarse. Por ejemplo: la salida de
Lot de Sodoma puede servirle de prueba de la P ro vi­
dencia de Dios para con los justos; la historia de Jonás
para exhortar á la virtud de la obediencia ; la de Job
es recomendación de la paciencia, y la conducta de
Dios cuando envía á Cornelio á buscar á San Pedro y
consultarle, es claro argumento de la autoridad de la
Iglesia.
Para facilitar este estudio, escribió un Obispo ita-
— 77 — '
liano una preciosa obrita> en la que por orden alfabéti­
co se ponen los asuntos más usuales, citando los pasa­
jes del A ntiguo y Nuevo Testam ento aplicables á ellos.
E n las ediciones modernas de la Biblia se encuentran
ya índices semejantes.
Es m uy útil tener un cuaderno de varias hojas, y
en cada una indicar la materia sobre que queremos
tomar apuntes: v. g . , A , para las notas sobre ambi­
ción, am or, ángeles; austeridad; B , beneficios de
Dios, bienaventuranza, blasfemia ; C , caridad, codi­
cia, etc.
De suma importancia serán estos apuntes cuando
llegue el caso de tratar cualquier asunto de que nunca
hayamos hablado, y muchas veces bastará poner en
orden lógico las notas recogidas, para tener ya el dis­
curso como formado. E l que con el auxilio de las con­
cordancias hubiese acotado, por ejemplo, todos los
lugares en que habla la Escritura de los ángeles, podía
adoptar la división de San Bernardo, presencia , bene­
volencia y vigilancia Ty sin salir de la Escritura, halla­
ría cuantas pruebas se pueden desear, que confirmen
cada proposición de éstas, y llenar el discurso. E l
ilustrísimo Dupanloup, Obispo de Orleans, uno de los
más célebres oradores contemporáneos, confiesa de sí
mismo que todo lo que ha adelantado en la predica­
ció n lo debe al cuidado que siempre tuvo de tomar
notas. E n nuestros días, el Padre M ontemayor, qrador
distinguido en España, siguió la misma práctica. E l
Padre Ravignan recomendaba esto mismo á sus discí-
pul os con todo encarecim iento, asegurándoles que este
era el medio de salir en breve aventajados oradores.
Todo esto es.m uy conforme al sentir de C icerón, que
ante todas cosas quería que el orador se hiciese con
una selva de ideas escogidas : Prim um silva rerum ac
sentcntiarum comparando est\ (De Orar. m 1 26.)
Es también muy ventajoso apuntar las imágenes y
figuras en que abundan los Profetas, imitando á las
abejas cuando pasan por entre las flores, que se llevan
lo más exquisito de ellas para labrar su m iel. Ninguno
más sublime ni más noble que Isaías, y por consi­
guiente, ninguno más acomodado á la elocuencia del
pulpito. Su primer capítulo nos ofrece ya casi tantas
imágenes como palabras. Empieza personificando al
cielo y la tierra con un apostrofe sorprendente. La
comparación del hombre con el buey y el jumento, y
la oposición entre la gratitud de estos animales y la
ingratitud del hombre; la amenaza de destruir al pue­
blo de Israel y.sus ciudades, que desaparecerán como
la choza del guarda, que se deshace después de la
vendimia; aquella pintura de la repugnancia con que
recibe Dios los cultos de su pueblo ; el apellidar á los
magistrados de Israel Príncipes Sodomorum ; la com­
paración de sus pecados con la grana y la escarlata,
tan difícil de blanquear, etc., todo en este discurso
ofrece en el orador rjquezas de im aginación y ornato
m uy generoso.
F ray Luis de Granada cita en su retórica con par-
ticular encomio á Jeremías, porque aunque m enos
— 79 —
cu]to que Isaías, usa un lenguaje lleno de figuras, y
es tan ene'rgico en las descripciones, sobre todo cuan­
do pinta el furor divino y la malicia humana, que ate­
rra, conmueve y arrebata.
A l echar mano de la Escritura para probar puntos
de dogma ó de moral, es menester distinguir entre los
textos cuyo sentido llano y obvio sirve de prueba pe­
rentoria, y aquellos que sólo se pueden tomar en el
sentido místico para fomentar la piedad, ó el acom o­
daticio para mero adorno.
Sería prolijo y ajeno de este tratado hablar de los
diversos sentidos de la Sagrada Escritura, pues lo de­
terminan los comentadores cuando van explicando
cada cual de los textos.
Encargamos aquí de paso al orador cristiano, que
no ambicione la fama de erudito aglomerando textos,
ó que por lo menos no los cite en latín, á no ser qüe
alguno de ellos tenga particular fuerza y expresión,
aun para los que no entienden la lengua latina.

A R T Í C U L O Ií.

PA TROL OGÍ A.

Cuantos autores recomiendan el estudio de la Es­


critura , otros tantos inculcan la necesidad de estudiar
los Santos Padres.
San Francisco de Sales no pone más diferencia en­
tre aquélla y e'stos , que entré una almendra entera y
otra partida, San Jerónimo quiere que á la lectura de
— 8o —
la Biblia se añada la de los doctores y varones sabios.
Con efecto, los Padres fueron los primeros intérpretes
y depositarios de la divina revelación, así porque en su
tiempo estaban recientes las tradiciones , como por el
estudio prolongado que hicieron de la Escritura Santa,
único libro entonces de la R eligión , y también por la
ciencia y santidad que les mereció el título de Padres
de la Iglesia y .lo s ha hecho oráculos de la misma,
como testigos auténticos de la tradición eclesiástica en
todos los puntos de la creencia católica.
Ahora bien, el modo de leerlos con fruto es el mis­
mo que propusimos para ¿1 estudio de la Escritura. A l­
gunos han aprovechado m ucho apuntando las compa­
raciones, que abundan en San Juan Crisóstom o, para
hacer uso de ellas a su tiempo.
Este Padre recomendamos con especialidad , por
ser el más popular de todos y reunir todas las cuali­
dades de cada uno de los demas en aquel grado que
conviene al orador perfecto. Tengam os presenté esta
lección que nos da San Agustín : «Más fácilmente se
«pega la elocuencia á los que leen las obras de los
«hombres elocuentes , que á los que siguen las reglas
»de la elocuencia, sobre todo si á la lectura de aquellas
*obras se junta el ejercicio de escribir ó dictar algún
• extracto de ellas*. ( Doct. chrisí., lib. iv.)
. D ebe, pues, el orador joven aplicarse al estudio de
los Padreé más bien que al de los sermonarios moder­
nos, porque así saldrá buen orador. Pero leyendo sola­
mente los sermones donde se halla desmenuzado y
puesto en orden lo que los modernos han sacado de
aquella mina, no será nunca sino copiante servil, y le
sucederá lo que al aficionado á cantar de oído, sin su­
jetarse á las notas, que nunca será músico. Dediqúese,
pues, á imitar , aplicando á diverso asunto las figuras
de que usan los Padres. Véase, por vía de ejem p lo, la
comparación que hace San Crisóstomo de D avid , que
se levanta penitente y fervoroso después de su caída,
con un soldado que queda medio muerto en el campo
de batalla , y levantándose luego, hiere y traspasa el
corazón de su enemigo ; ejemplo que citaremos tam­
bién en el tratado de la amplificación.
Puede m uy bien aplicarse esta comparación á San
Pedro, á la Magdalena ó á otro Santo penitente.
Estamos, no obstante, lejos de condenar la lectura
de los sermonarios clásicos , cuyas bellezas citaremos
á cada paso en este Tratado ; antes bien desearíamos
que los jóvenes acopiasen una biblioteca escogida con
lo más selecto de cada nación. Muy sensible es que
haya tantos predicadores de oficio que diariamente
suben al pulpito á relatar á secas lo que se imprime,
siendo ellos causa principal de que los mercaderes de
^ ib r o s reimpriman y publiquen obras muy pobres, ó de
E bien escaso mérito.
Buen ejercicio sería hacer un análisis de los sermo
nes de diversos autores acerca de una misma materia,
ordenar de propio fondo un plan con los diferentes
planes comparados entre s í , y añadir las ideas que se
le ocurrieren, dando al nuevo plan su propio estilo.
— 82 —
En este análisis hará bien el principiante de seguir
la regla del Padre Juvencio: « Vide cum eloquentem la-
icum legis, audisve7quid te maveat, cur moveat, ut re-
Bluctantem animum nurtc fra n g a t vi, nunc astu capial,
yut spe, odio , timare accedant». Apunte con respecto á
los asuntos que ha de tratar en el pulpito lo que más
le mueva en cada autor , y componga de esta suerte
una selva semejante á la de Houdry y Montargón.
Cuán útil sea á los oradores la lectura de los asce­
tas . lo demuestra el haberse formado tan grandes m o­
delos de oratoria en el extranjero , con el estudio de
nuestros autores místicos españoles del siglo xvr, E ví­
tense, sin embargo, varias opiniones erróneas, que en
muchos de ellos se encuentran , en lo concerniente á
las ciencias naturales. Evítense también las aplicacio­
nes que hacen á veces de la Escritura, dándole sentido
arbitrario , cuando no falso. Tam poco tienen algunas
veces, en los hechos históricos que refieren, la crítica
suficiente , bien que exageren demasiado la falta de
crítica los que tienen faiia de fe. No puede, sin embar­
go, negarse que en algunos tratados ascéticos se inser­
tan ejemplos inverosímiles y aun ridículos. Usan tam­
bién, á veces, los ascetas, citar autores profanos ; pero
semejantes citas han de evitarse en el pulpito , com o
ajenas de aquel sagrado lugar.
Para el estudio de los Padres recomendamos la obra
ya citada Weissembach, y la del dominico Combefi-
sio , intitulada: Biblioteca de Santos Padres para pre­
dicadores.
— 83 —

A R T I C U L O III,

TEOLOGÍA SAGRADA.

¿Qué diremos del estudio de la teología, tan necesa­


ria para la predicación como los píes para andar, según
la frase de un acreditado escritor moderno? ¿Qué dire­
mos en unos tiempos en que tamos suben á Ja cátedra
santa con sólo la tintura de un Catecismo mal enten­
dido , una pobre filosofía ó algunas ideas de jurispru­
dencia civil ó de otra facultad profana?
Sin estudio de teología dogmática y moral no se
puede hablar de dogma ni de moral sino flojamente,
y exponiéndose á tropezar á caer y á inducir al oyente
en muchos errores ó equivocaciones. Los aliños de la
oración , la verbosidad, la imaginación , el lenguaje
figurado , y cuantas otras dotes y bellezas queramos
suponer en el que predica , nunca suplirán la falta de
ciencia teológica.
Duélense no poco los hombres instruidos de ver
que ahora los predicadores se remonten cual nubes sin
agua, dejando á los oyentes áridos, secos y sin el jugo
de la doctrina , ó que si quieren dogmatizar algunas
veces, sea frisando con los errores de alguna herejía. Si
decimos que el orador debe discernir bien lo que es de
fe de lo que es mera opinión teológica , no diremos
sino lo que es justo; pero se nos replicará: rem diffici -
lem postulasti. Para salir de esta dificultad , recomen­
daremos la obra de Veronio , intitulada Regula fidei,
- 84 -

que explica los dogmas , distinguiéndolos de las acla­


raciones que los teólogos han añadido; y así se evita la
confusión que muchos han puesto en las ciencias sa­
gradas. Esta obra se adoptó en Alem ania para refuta i
los errores que en el siglo de José II se enseñaban. Er.
los Seminarios de Viena, Lovaina y Pavía , durante e.
régimen de aquel emperador , daban á entender á lot
alumnos que la Iglesia enseñaba como dogma de fe
muchas sutilezas puramente escolásticas.
E n moral se ha de descifrar lo que es de precepto
de lo que es meramente consejo. Léase detenidamente
el sermón de Massillón sobre el corto número de lo?
escogidos , y se advertirá que aquellas consecuencias
aterradoras, que desesperan á los oyentes de salvarse,
nacen de la noción desacertada que da de la peniten
cia, confundiendo lo que es de necesidad en la con­
versión del pecador, con lo que ncfpasa de consejo, y
puede llamarse el heroísmo del arrepentimiento. En
realidad , si no hay inocentes en el mundo T ni puede
llamarse penitente el que no imita los rigores de los
anacoretas, ¿quién se podrá salvar? De ésta inexactitud
teológica se siguen muchos m ales , y entre otros , el
que ó se desesperen los oyentes, ó caigan en la apatía,
mirando con indiferencia las doctrinas que les pare­
cen arbitrarias, á causa de la diversidad de opiniones.
E n exactitud teológica, Bourdaloue no tiene quien
le gane, y así debe seguírsele sin reparo alguno. Pero
el orador sea teólogo sin parecerlo. No exponga las
verdades como lo haría en la cátedra , evite el método
— 85 —
y los términos de la facultad, y lleve por principal in­
tento mover los corazones. No proponga las objecio­
nes de tal modo* que pueda escandalizar ú ofender á
las personas sencillas y piadosas; sino explique las
cosas con tal claridad , que los que están oyendo den
fácilmente con la solución de las objeciones que ellos
mismos hayan puesto, ó hayan oído poner á otros. El
mejor modo de defender Jos dogm as, decía San Fran­
cisco de 5ales , es explicarlos con claridad , pues los
dogmas se prueban por sí mismos, y casi todos los que
combaten la doctrina católica , lo hacen porque no la
conocen ó afectan no conocerla , desfigurándola de
propósito.

A R T Í C U L O IV .

HISTORIA ECLESIÁSTICA.

Dice A lzo g con acierto , que los mayores teólogos


conocidos echaron los cimientos de la ciencia teológi­
ca en el estudio de la historia eclesiástica.
E l teólogo Dionisio P eta vio , en su obra intitulada
Dogmata theologica, enseña Ja teología con la historia,
haciendo una exposición de las doctrinas profesadas
siempre por la Iglesia católica, y oponiéndolas á todas
las herejías.
De este método gustan mucho los teólogos moder­
nos de Italia, porque hoy se mira la historia eclesiásti­
ca como elemento esencial para combatir los errores.
Del mismo modo puede también decirse que es el arma
— 8b —

más poderosa de la elocuencia, pues nada enseña, de*


leita ni mueve tanto como la historia.
En los puntos de controversia conviene desviarse
de los defectos de que adolece cada historiador, y no
seguir á ciegas á ninguno. Josefo , historiador griego
que escribió de Bello Judaico y de Antiquita^bus Ju-
daicis , tiene grande autoridad en lo que favorece á la
Iglesia, porque fué de linaje sacerdotal entre los judíos,
y muy versado en antigüedades, y de m uy buen inge­
nio. En Roma fué palaciego de Nerón, y por lo tanto,
testigo ocular de lo que cuenta , no ménos que Jeno­
fonte y César. Preso por las tropas de Vespasiano,
hizo traición á los judíos y se alistó entre los romanos.
En sus escritos se empeña en conciliar el paganismo
con el judaismo* y explicar naturalmente los m ilagros,
por cuya causa hay que leerlo con prevención. Por lo
demas, es excelente historiador, tanto que San Jeróni­
mo le llama el L ivio de los griegos.
E l primer historiador eclesiástico fué Hegesipo ,
que floreció en el segundo siglo. Es de sentir se con­
serven tan solamente algunos fragmentos de la histo­
ria que con tanto esmero compuso, pues para sacar de
las fuentes las noticias de los hechos, había emprendi­
do largos viajes y consultado á los Obispos esparcidos
por el orbe.
El que más se aprovechó de las obras de Hegesipo
fué Eusebia Cesariense, eruditísimo entre los escritores
del cuarto siglo , cuya Historia eclesiástica , desde la
creación hasta su tiempo, es, de todas las antiguas, la
— s7 —
■más segura. Había leído todos los autorcí?, y por su ín­
tima privanza con el emperador Constantino el G ran­
de, consiguió se le abriesen los archivos secretos, donde
examinó los monumentos de la antigüedad, que pere
cieron después á manos de Juliano el Apóstata.
Su crítica es tan severa, que no admite hecho algu­
no de que no pueda dar pruebas perentorias. Mas á
pesar de eso debe leerse con cautela, pues no sin razón
le acusa Montfaucón de arrianismo, como lo convence
bastantemente el silencio que guarda sobre los arria-
nos , aun cuando no nos constase que en el Concilio
Niceno había favorecido solapadamente á esta perver­
sa secta. A cerca de él puede consultarse á Enrique
Valcsio, que publicó en el siglo xvn excelentes edicio­
nes de la Historia eclesiástica de Eusebio , Sócrates y
otros.
Sócrates, historiador del siglo v , acusado de nova-
ciano por Baronio, y defendido por Valesio y Zaccaria,
no merece la nota de hereje por algunos errores mate­
riales, que pueden excusarse en un escritor seglar. Se­
gún Valesio, aunque Sócrates llama mártir á Novacia-
no y elogia sus invectivas contra San Crisóstomo , no
incurrió en la herejía, pues mientras apellida á los sec­
tarios con el dictado de sus sectas , sólo á la Iglesia la
llama siempre católica.
Escribió la Historia eclesiástica desde el año 334
hasta el 439.
Sofómeno tiene todas las cualidades buenas y ma­
las de Sócrates, y de tal suerte se le asemeja, que ha­
— 88 —

biendo sido contem poráneos, no se sabe cuál de los


dos copió al otro.
Teodoreto, Obispo de Siria, que continuó la Histo­
ria eclesiástica desde el año 324 en que la dejó Euse-
b io , hasta 429 , completando lo que faltaba en los es*
crítos de Sócrates y Sozómeno, no es de tanta autoridad
como éste, por tener muchas erratas en el orden cro­
nológico. Otro de sus lunares ¿s haberse adherido á
Nestorio contra San C ir ilo ; pero conocido luego el
error, combatió á Nestorio y á Eutiques, y asistió con
los Padres al Concilio Calcedonense.
Nótese aquí de paso, que casi todos los historiado­
res antiguos se inclinan hacia algún error ; mas para
corregirlos á todos basta cotejarlos entre sí.
En el siglo v escribió Gelasia la historia del C o n ­
cilio de Nicea con más ortodoxia que fidelidad , pues
asegura que se trató en él de la divinidad del Espíriut
Santo, lo cual es falso, porque antes de la herejía mu-
cedoniana no fué menester agitar esta cuestión , bas­
tando probar la divinidad del H ijo para demostrar la
del Espíritu Santo, á quien los arríanos en nada hacían
inferior al Verbo divino, como dice San Agustín.
De la historia de Filostorgio sólo podemos decir
que es un continuo panegírico de los arríanos. Teodo­
ro Lector dió un compendio de Sócrates , Sozómeno y
Teodoreto, con otra historia de composición suya , de
la que apenas se conserva algún fragmento.
E l mejor de todos los historiadores después de Eu-
sebio, es Evagrio, escritor del siglo vi, cuya Historia
- 89 -
cc/esiástica, desde el año 431 hasta 591, aunque difusa,
es una rica mina de documentos originales concer­
nientes á Ja fundación de cada Iglesia , y el principio
de todas las herejías. Elogia Focio á este autor de Ja
ortodoxia de su doctrina y Ja elegancia del estilo.
En el siglo xvi publicaron é ilustraron las obras de
los historiadores griegos, Roberto Slefano , Scaligero ,
el Cardenal M a i , y Enrique Valesio, el más sabio crí­
tico de su tiempo.
El primer historiador entre Jos latinos es Rufino
de Aquileya , conocido por sus reñidas polémicas con
San Jerónimo , que le reprendía como-secuaz de los
errores de Orígenes. Tradujo al latín la Historia de
Ensebio , y añadió dos libros hasta el tiempo de Teo-
dosio.
Sulpicio Severo ,*que no debe confundirse con San
Severo Vituricense, sobrepujó á todos los historiadores
griegos y latinos. Con el laconismo de SaJustio, á quien
algunos le prefieren en la pureza y elegancia del estilo,
recorre los acontecimientos del mundo desde la' crea­
ción hasta el ano 400 de nuestra era. Jerónimo , Prato
y Bolando sostienen, contra otros autores, que nunca
fue pelagiano. A lgunos creen que cayó en la herejía
de los milenarios carnales, por la opinión que lleva de
que algún día se han de restablecer los ritos judaicos.
Sea de esto lo que fu ere, Severo fué siempre ortodoxo
y de insigne piedad.
Bien sabido es que San Jerónimo escribió el Catá­
logo de ¡os escritores eclesiásticos.
— 90 —

Pablo Orosio , Presbítero de Cataluña, compuso,


por consejo de San Agustín , siete libros , desde el di­
luvio hasta el año 416, para refutar á los paganos, que
atribuían á la Religión cristiana la invasión de los bár­
baros y demas calamidades que á la sazón acaecieron.
Publicó sus obras el jesuíta Escoto.
Epifartio Escolástico tradujo al latín , á instancias
de Casiodoro , las historias de Sócrates , Sozómeno y
Teodoreto, y después Casiodoro las compendió en
doce libros con el nombre de Historia tripartita.
En el mismo siglo vi escribió San Gregorio Turo -
nense, con áspero estilo, la Historia de los Francos, y
aunque fiel en contar los hechos de que fué testigo, es
algo crédulo en lo demas.
Entre los muchos escritores de la Edad media,
desde el siglo vn hasta el x v , sobresalen los que ilus­
traron la Historia oriental, publicando los monumen­
tos de ocho siglos en la obra intitulada Corpus Histo­
ries Bi^anlince.
A ' fines del siglo vn y principios del vm escribió
Beda , monje inglés , la Historia de Inglaterra , espe­
cialmente la parte eclesiástica , con estilo claro y sen­
cillo , y mucha fidelidad en las cosas de que pudo ser
testigo ; mas en orden á los tiempos antiguos admite
con facilidad hechos apócrifos. A pesar de esto, debe
mirarse como uno de los primeros escritores ingleses,
entre otros monjes célebres, sin los cuales, como dice
Mabillón , no habría una sola Historia de Inglaterra .
En el siglo ix escribió en árabe sus anales Eutiquio ,
— 91 —
Patriarca alejandrino; Haimárt, Obispo halberstadien-
se, dio extractos de Eusebio y Rufino , y Anastasio
Bibliotecario compuso la Historia de los Romanos
Pontífices, desde San Pedro hasta Nicolao I, las Actas
del Concilio V il general y las del VIII desde el prin­
cipio del cisma fociano.
Crónicas varias escribió en el siglo xn Sigisberto
Gemblacense, que no merecen crédito en lo tocante á
los Romanos Pontífices. Censúranle San Anselm o, Ba-
ronio y Belarmino, como fautor de Enrique IV y de­
presor de San Gregorio VII.
A fines del siglo xm reunió Nicéforo Calixto cien
fragmentos de los antiguos , desde Jesucristo hasta el
siglo Vil.
Otros autores enumera Mabillón en el Tratado de
los estudios monásticos, part. 2.a, c. vm.
Entre los modernos se lleva la palma Baronio, que
compuso los Anales de la Iglesia desde Jesucristo hasta
el año 1 1 9 8 , para combatir las Centurias Magdebur-
genses. Continuáronlos B\ovio , dominico , hasta el
año 0 7 2 ; Rainaldi y Laderchi, filipenses, hasta 1640;
los abrevió Espondano, los anotaron Mansi y Georgi ,
y los corrigió P a g i de varias faltas de crítica; por ma­
nera que sin Pagi no se puede leer con toda seguridad
á Baronio.
Nuestro Martín Perez A yala, Arzobispo de Valen­
cia en el siglo xvi , escribió contra los novadores una
obra de las Tradiciones divinas y eclesiásticas.
E l primer historiador eclesiástico de Francia fue
— 92 —

Godeau, Obispo de Vence , en el siglo xvn. Compuso


la Historia de la iglesia hasta el siglo I X , en la cjut
se inclinó algo á las sutilezas dé los novadores de si.
tiempo. Esta historia cayó en olvido cuando salieron
á Juz las de Fleury y Tillem ont.
Fleury debe leerse con cautela, por ser galicano
extremado y ofensivo á la Santa Sede , hostil á la dis­
ciplina eclesiástica y antagonista de los regulares. H o­
norato de Santa María, M archetti, M uzzarelli y Natal
Alejandro, censuran agriamente sus doctrinas,
Tillemont , escritor de Puerto-Real , dejó en sus
Memorias para la historia eclesiástica de los seis pri
meros siglos algunas señales de espíritu jansenista. En
lo demas, todos reconocen en él buen criterio y ex­
traordinario saber,
Bossuet tiene dos obras de mérito superior, que
son: Discurso sobre la Historia universal, y la Histo
ria de las variaciones de los protestantes,
Otrosmonumentoshistóricos ilustraron el sigloxvn:
la Colección de Concilios desde San Pedro hasta Ju
lio I I I , de nuestro Carranca , dominico ; la obra d*.
Cabasucio, filipense, sobre Los Concilios y ritos anti
guos; el Tratado de los escritores de la historia bi\an
tina , del jesuíta Labbé; la Bibliotheca bibliothecarim\
del mismo, y su Colección de Concilios, adicionado-
por el Padre Cossart, S. J.; la Historia de la Congre
gación de San M auro , el Acta Sanctorum y los Ana
les de la Orden Benedictina , de Mabillón ; la Historh
ecclesiastica veteris mvique Testamenti, de Natal A le
— 93 —
¡andró, tan consultada de ios eruditos, en la que varios
lugares dignos de censura han sido rectificados cón
notas de Roncaglia y Mansi ; la Historia eclesiásticay
Jel Cardenal Orsi , continuada por el dominico Bec-
chetti ¡ Jas Vidas de los Padres del cuarto siglo , las
Actas y martirios de los Santos contemporáneos de los
Apóstoles y la Historia literaria de los autores ecle­
siásticos, del erudito Guillermo Cave , anglicano.
Pero el monumento inmortal del siglo xvn es el
Acta Sanctorum, que comenzó el Padre Juan Bolando%
continuó Henschenio y Papebrockio, y van prosiguien­
do otros jesuitas belgas con igual inteligencia y celo
hasta nuestros días. En esta insigne obra , de muchos
volúm enes, se discuten todos los hechos con severa
crítica ; y la multitud de documentos que encierra ha
servido no poco á ilustrar la Historia universal de la
Iglesia y las particulares de los Estados y reinos.
En los siglos xvn y xvm floreció el benedictino
Marlene , que nos dejó, con una Colección de escritores
y moñumentos eclesiásticos, otra obra sobre los antiguos
ritos, y Memorias para la historia de la Congregación
de San Mauro; Montfaucón, otra lumbrera de la misma
Orden, que ilustró las obras de los antiguos y acum uló
preciosos monumentos de la antigüedad, y el Presbíte-
ro Dupin T que escribió una Biblioteca universal de his­
toriadores , Historia de los judíos desde Jesucristo
hasta su tiempo , y un Compendio de la historia ecle­
siástica. Pero hay que irle leyendo con prevención, á
causa de sus atrevidas opiniones y de la propensión ¿
— 94 —
menoscabar la autoridad de la.Santa Sede y de los
Padres.
E n el siglo xvm publicó el benedictino Ceilier la
Historia de los autores eclesiásticos, con importantísi­
mas noticias de los Concilios y Actas de los mártires.
Y de las antigüedades cristianas y costumbres de los
primeros fieles el dominico Mamactu. E l Presbítero
Sandini dió su Basis histories ecclesiasticce, y también
Disputationes e x historia ecclesiastica ad vitám Roma-
norum Pontificum. Graveson^ dominico, la Historia del
Antiguo Testamento, y la eclesiástica hasta i 7 3 o , que
Mansi anotó y continuó hasta 1760. Otra Historia
eclesiástica y el Compendio utilifimo para la crónica y
polémica compuso Berti Agustiniano. Selvagio , Pres­
bítero napolitano^ escribió De antiquitatibus christianis ,
Nuestro Cardenal Aguirre , benedictino , dió una
Historia de los Concilios de España , con otra colección
de los mismos.
E l jesuíta S/orpa Pallavicini , después Cardenal,
escribió la Historia del Concilio de Trento, contra fray
Pablo S a rp i, protestante solapado , que había escrito
otra llena de errores y falsedades. A notó Zaccaría la
obra de PallaV icini, y han emprendido la traducción
del italiano varios eclesiásticos españoles.
h a España Sagrada , del agustiniano Flórez, es una
historia de la Iglesia de España , estimadísima y m uy
consultada dentro y fuera de la nación. Continuáronla
los maestros de la misma Orden R isco , Merino y La-
can al, hasta la supresión de los regulares , durante la
cual ha publicado un volumen el Presbítero D. Pedro
Sainz de Baranda. Bien conocida es tambie'n la Histo­
ria de la Iglesia de España , que en nuestros días ha
publicado La Fuente, La de Bercastel, por su avanzado
galicanism o, no puede leerse sino corregida por Hen-
rión, que dió á luz otra, sacada de la primera, y la en­
riqueció con doctas disertaciones de Marchetti , Muz-
zarelli , etc. Debemos á D. Epifanio D íaz Iglesias
Castañeda la traducción de esta obra, anotada en lo
concerniente á España, y otra al redactor del Católico,
ilustrada con excelentes disertaciones concernientes á
la Iglesia de España, á la venida de Santiago , apari­
ción de nuestra Señora del Pilar, origen de las iglesias
de España , Concilios , Comunidades , Inquisición y
otros puntos.
Rohrbacher%digno de estima por adicto á la Santa
Sede, en su voluminosa Historia de la Iglesia , una de
las más eruditas del siglo presente, contiene un inm en­
so repertorio de documentos relativos á la historia de
todas las naciones. Sus principales defectos son: i.° d i­
fusión excesiva y cansada ; 2.* opiniones inadmisibles
sobre la autoridad y revelación , y el sostener con La-
mennais que el culto de los ídolos era sólo figurativo,
de suerte que los paganos no los adoraban como dioses,
sino como símbolos ó figuras. Esto está en oposición
abferta con los textos de Isaías y los Santos Padres , y
aun con los mismos testimonios de los infieles , como
el poeta Horacio, que se burlaba de aquellos dioses. E n
fin, nada pueden probar los discípulos de Lamennais
"* — g6 —
contra Arnobio en el libro vi Adversas gentes %que no
deja duda.

A R T Í C U L O V.

AUTORES PROFANOS.

Sobre los mejores oradores de la antigüedad, der-


cuellan Demóstenes y Cicerón» pues tienen el princi
pado de la elocuencia por consentimiento de todos les
pueblos. Nacidos uno y otro en el siglo más culto de
su nación, dirigieron la palabra por largos años á
oídos .delicadísimos ; sostuvieron su fama entre censo
res que hubieran sido oradores de primera nota, á no
haber tenido que luchar con estos jigantes, y llegaron
por elocuentes á ser árbitros de los destinos de su pa­
tria, dueños de las voluntades, alma de los consejos y
vida de las empresas.
No es, pues, extraño que los oradores sagrados los
hayan siempre tomado por modelos, y que tanto los
Santos Padres como los predicadores de nombradla de
los siglos posteriores se hubiesen formado sobre estos
tipos de la verdadera elocuencia. A u n los que quisie­
ran desterrar á los clásicos de entre nosotros, no pue­
den negar que los Padres miraron como hostil á la
Iglesia la prohibición de Juliano Apóstata de enseñar
y estudiar semejantes autores, y que esto movió á San
Basilio y San Gregorio á componer obras de literatura
á imitación de las de aquéllos, para suplir de algún
modo su falta en el cultivo de la inteligencia de la
— 97 —
juventud. No creamos que por haberse formado Ja elo­
cuencia de los Padres con el estudio de los antiguos,
nos baste á nosotros el estudio de los Padres, sin ne­
cesidad de acudir á sus modelos. Verdad es que varios
Padres lograron, gracias á su vasta capacidad y trabajo
ímprobo, acercarse á veces á Cicerón y Demóstenes;
mas nadie hasta aquí sé ha aventurado á decir que al-
guno de ellos los haya jamas igualado, porque son los
príncipes de^la oratoria. Pues como se necesita para
dar en el blanco apuntar más arriba, así para salir si­
quiera mediano debe cualquiera aspirar á lo sumo, y
en esto se funda la opinión de W eissem bach, autor
apasionado por los Padres, que nadie saldrá perfecto
orador sí no está familiarizado con Cicerón y Demós­
tenes y los tálna por guías.
Tienen éstos, á juicio de aquel sabio crítico, tres
cosas> en que los Padres no les igualaron jamas. La
primera es la exquisita elección en la propiedad de las
palabras, que parecen no buscadas, sino nacidas de la
materia que tratan; de suerte que las voces siguen las
ideas como la sombra al cuerpo. Este don. hubieron
de conseguirle, no solo de la naturaleza y de una ima­
ginación que fecundaron con bellísimas imágenes, sino
del largo uso de pulir la lengua y adiestrarla, hasta
conseguir que apenas concebidas las cosas en el calor
del discurso, se les pusiese la expresión en la boca. L a
segunda cualidad es el número y harmonía de la dic­
ción, con que acomodan las voces ásperas ó suaves á
la aspereza ó suavidad de los objetos, para conmo-
7
- 9» -
ver los ánimos al arbitrio de los oídos; y aun las voces
ásperas saben trabarlas entre sí, de manera que corre
el estilo haciendo harmonía en su misma aspereza. La
tercera es el orden con que proceden, no saliendo de
la materia, ni divagando, ni dejando cosa por con­
cluir, ni omitiendo nada que pueda dar peso á lo que
van probando. Nada hay en ellos de redundante, ni
cortado, ni interrumpido, y aun las digresiones van in­
geniosamente dispuestas á dar luz á la consecuencia,
diferenciándose siempre Demóstenes de Cicerón, en
que éste va revoloteando por giros, y aquél, derecho á
su blanco como una saeta.
Entre todos los discursos del orador griego, las F i ­
lípicas se llevan la palma, y entre los del romano,
tienen la superioridad las Oraciones p o r t illó n y Li-
gario, y las Verrinas. A su lado deben ponerse los
historiadores griegos Jenofonte, Herodoto y Tucídides,
y el latino Tito-Livio, tan celebrado por San Jeróni­
mo y otros Padres.
A sí, pues, los que censuran la aplicación del sacer-
dote á estudios al parecer ajenos de su sagrada profe­
sión, recuerden los viajes de San Gregorio Nacianceno
por mar y tierra á Atenas, Alejandría, Cesarea y otras
ciudades, en busca de los mejores m aestros; lea á
Lactancio, y verá con qué entusiasmo habla del estilo
de Cicerón y cuánto se lo envidia; lea á San Jerónimo,
que para combatir á los letrados con sus mismas ar­
mas, como David á Goliat, no dejó de la mano la li­
teratura profana, como decía él mismo á Rufino, que
— 99 “ ■
se lo afeaba ; lea á San Crisóstomo en su Libro del
Sacerdocio , y á San Agusun, tan dado como todos sa­
ben á la bella literatura, que se quejaba de no poder,
por falta de tiempo, limar el estilo, y recomendaba el
estudio de la elocuencia profana en estos términos:
«Como los egipcios tenían no solamente ídolos abo­
rre c ib le s á los israelitas, sino también vasos de oro y
«plata, que se apropiaron por mandado de Dios, así
•las ciencias de los gentiles, no solo contienen supers­
ticio n e s que hemos de detestar, sino tambie'n artes
• liberales y preceptos útilísimos á nosotros. Esie oro
»no le fabricaron ellos, sino que le sacaron de las m i­
mas que tiene Dios en todas partes depositadas, y
«como ellos le emplearon en servicio del demonio,
sdebemos nSsotros usarle en la predicación del Evan­
g e lio . ¿No vemos cuántas riquezas sacaron de la ido­
la tr ía Cipriano, Lactancio, Victoriano, Optato, Hi-
«lario ; cuán innumerables los griegos, por no hablar
»de nuestros contemporáneos? ¿ No se lee de Moise's
»que era eruditísimo en todas las ciencias de los egip-
*cios ?» [Doctrina cristiana, 1. n, c. xxxix.)
Purgada la literatura pagana de la escoria de la
idolatría, podrá muy bien servir al triunfo del Evange­
lio, como los adornos de los ídolos, que sirvieron al
culto del tabernáculo, y como los templos de las falsas
deidades, que pasaron luego á ser templos del verda­
dero Dios ; y así se consagrará al divino servicio una
elocuencia que tan mal emplearon los antiguos.
Acrisolem os, pues, el gusto y estilo sagrado en la
---- IOO ----

ciencia de los gentiles, mas no la demos á conocer


con citas y ejemplos, pues sería indecoroso citarlos en
el pulpito, haciendo una monstruosa mezcla de ele­
mentos tan encontrados. San Pablo solo alega autori­
dades de los paganos cuando arguye ad hominem con
los paganos, y los Santos Padres jamas usan de la pro­
fana erudición sino para combatir á los idólatras con
sus propias armas.
Si citan versos de algunos poetas, lo hacen por
burlarse de los ídolos, valiéndose de los mismos elo­
gios que íes daban sus necios adoradores. A s í los ri­
diculiza San Agustín con versos de sus mismos poetas,
en el Libro de la ciudad de Dios. Usan también los
Padres de tales poesías para aclarar textos de la B iblia,
en razón de la pericia que los antiguos tupieron de las
lenguas griega y latina, y por ser innegable que los
poetas se valieron de muchas cosas que se hallan en la
Escritura,, como dice Estrada (Propos. A cadem ., 1. i):
*E i vero quarn milita possunt apud principes utriusque
»poeseos Orphceum, Homerum , Hesiodum , Virgilium ,
wOvidium. e sacris codicibus accepta p r o fe r r i?* Los
buenos oradores modernos han seguido el ejemplo de
los Padres, que, hablando con los cristianos, solo ale­
gaban testimonios eclesiásticos. Si Séñeri, que leía
continuamente á Cicerón, y leyendo formó su hermo­
so estilo, se ve siempre propenso á citar autoridades
profanas, pagó tributo en esto al m al gusto de su
siglo.
SEGUNDA PARTE.

COMPOSICION DEL DISCURSO.

Las partes de que se compone un discurso son exor­


dio, proposición, división, confirmación, refutación y
peroración.
A nte todas cosqs debe elegirse el asunto, y este
siempre ha de estar en relación con la solemnidad del
día y con él lugar y demas circunstancias en que se
halle el orador^ pues conviene satisfacer en esto la es-
pectación de los oyentes, como dice Cicerón, hablan­
do de las pruebas. *Rcs postulat ut expcctationi eorum
*qui audiunt occurratur i, (De orat., n, 77.)
Debe luego penetrarse del asunto para poderlo des
envolver con maestría, pues de lo que uno no entien­
de bien, no podrá nunca hablar con dignidad y deco­
ro, como dice el mismo autor. *Nemo potest ea de re
*quam non novit non turpissime dicerc *. (Ib.)
D eterm inado ¿1 asunto, pondrá' los ojos en el fruto
--- 102 ---
que pretende sacar y en lo que quiere persuadir para
ajustar á ello todo el raciocinio y argumentación.
«N ihil prius constituo, dice C icerón, quam' quid sit
*illud quo mihi referenda est omnis illa oratio ». (De
orat., 11.)
Concuerda el precepto de Quintiliano : « H oc est
• quod ante omnia constituere debet in animo suo orator ,
»quid máxime suadere velií *. (Inst., I. m.)
Ha de escudriñar también la pasión ó afecto que
pueda ayudar á conseguir el ñn, pues el principal ob­
jeto ha de ser persuadir, y éste no le conseguirá con
solo enseñar, ni aun con solo deleitar los oídos, si no
mueve los corazones.
Después de dividir el asueto, colocar en sus luga­
res las pruebas, refutar las objeciones y determinar la
peroración con que ha determ inar, según el dictamen
de Cicerón, piense en el exordio que sea más adecua­
do al discurso, « Tota causa perspecta, íocis ómnibus
»inventis atque instructis, considerandum est quo prin-
tcipio sit utendum ». (De orat., ti, 78.)
No se entiende por esto que le haya de escribir
después de lo dem as; que es lo que reprueba Quinti­
liano: iNon eos probaverim qui scribendum proemium
tnovissime putant; nam ut conferre materiam omnem,
»et quid cuiquc sit opus constare decet antequam scribere
*aut dicere ordiamur. * (Inst., m, 11.)
La idea de Cicerón y Quintiliano es que el exordio
sfe componga cuando, arreglado ya todo,plan, se va á
empezar á escribir en estilo oratorio. Y la razón que
— io 3 —
da Cicerón para que no se trabaje hasta que uno se
sienta como inspirado con la perspectiva de todo eJ
discurso, es la siguiente : «Nam si guando id f'exor-
*dinm J primum invenire volui, nullum mihi occurrii
anisi aut exüe, aut nugatorium aut vulgare* . (De o r a t.,
«ii, 78.)
A s í es, porque el que le componga sin tener ya en
la cabeza el plan del discurso, saldrá con alguna cosa
tan vulgar,'que sea semejante á las instrucciones que
compuso Cicerón, que podían ponerse al principio de
cualquiera obra, y á ninguna cuadraban del todo.
Trataremos ahora de cada una délas seis partes del
discurso para mejor inteligencia de las reglas que se
han de seguir en la composición.

C A P I T U L O PRI MERO .

DEL EXORDIO.

Cs el exordio la parte de la oración en que se pre­


paran los ánimos para oir el discurso, ó sea el proemio
que ha de hacer á los oyentes atentos, benévolos y dó­
ciles. (Cic. y Quint.)

A R T I C U L O P R IM E R O .

DIVERSAS CLASES DE E X O R D I O S .

Distinguieron los antiguos dos clases de exordios,


•uno que llamaban principio , y otro insinuación.
— 104 —
L e llamaban principio, cuando eJ orador exponía
llanamente Jo que se proponía; é insinuación, cuando
tomaba algunas precauciones , usando de rodeos para
lograr su intento, por presumir que no le era favorable
la disposición de ios ánimos : « Principium est oratio
tperspicue et protinus perjiciens auditorem benevohtm,
9aut docilem , aut attenium. Insinuatio est oratio qua-
*dam dissitnulatione et circuitione obscure subiensaudi-
*toris animum «. (Cic. de Inv., i, i 5 .)
Tenem os un ejemplo sobresaliente de este segundo
modo en la segunda oración de Cicerón contra Rufo,
tribuno de la plebe, que en su L ey agraria proponía se
diese facultad á diez comisionados para repartir entre
los plebeyos las tierras conquistadas. Sabía el orador
que semejantes leyes, varías veces propuestas por tri­
bunos alborotadores, eran m uy del gusto del pueblo.
No era, pues, prudente, ni á propósito para captarse
la benevolencia del concurso, rebatir de frente al sedi­
cioso tribuno, y esto le sugirió una introducción tan
diestra y delicada, que ha servido de modelo á varios
oradores sagrados en circunstancias semejantes. Em ­
pieza dando gracias al pueblo porque, prefiriéndole
á los nobles, le ha elegido cónsul para atender á sus
intereses.
Promete no valerse de su popularidad sino en be­
neficio suyo, y quitar la máscara á los que abusan de su
confianza. Lejos de mostrarse hostil á la L e y agraria,
elogia á los Gracos como defensores del pueblo, y ase­
gura que siempre ha estado dispuesto á aprobar aque*
v— io 5 —

lia ley en todo Jo que no sea perjudicial al bien público,


y que solo le ha impulsado á rechazarla el convencí
miento de que no siendo ventajosa sino i un puñado
de ambiciosos, había de ser nociva á la mayor parte.
En fin, promete exponer sus razones, resuelto á desis­
tir, si al público no le parecieren convincentes. El
e'xito fué tan feliz como podía desearlo, y la ley uná­
nimemente desechada.
No faltan entre los antiguos oradores sagrados m o­
delos de insinuación m uy recomendables. Podemos
citar uñ exordio no ménos diestro y elocuente que el
pasado, que valió á Flaviano, Obispo de Antioquía.
inesperado triunfo. Fatales eran las circunstancias,
pues el emperador Teodosio, irritado de la rebelión de
los antioquenos, que habían echado al suelo su esta­
tua, preparaba fuerzas militares para acuchillar á los
vecinos, cuando fué á implorar perdón aquel Prelado.
Reservando éste para el fin la energía evangélica que
pensaba desplegar, comparece en actitud humilde y
suplicante, y con modesto lenguaje declara que nu
hay pena que baste á castigar tamaño atentado. Pero
animando luego la expresión, promete al príncipe una
victoria de sus enemigos mayor que todas, pues en vez
de las estatuas caídas, se erigirá una viva en el corazón
de cada uno de sus vasallos, si los perdona.
Viendo con esto conmovido á Teodosio, muda de
lenguaje y le dice : «De parte de Dios te hablo », co ii
lo demas que allí sigue, y por fin logró trocar el cora
zón del príncipe, y que revocase el decreto.
— ioó —
Podemos añadir la homilía de San Juan Crisósto­
mo in Euttopium , que citan R ollín y otros eruditos
como obra maestra del arte, y tan generalmente esti­
m ada, que la explican en sus escuelas los mismos
protestantes.
Fué el caso que, ejerciendo Eutropio el empleo de
pr&fectus cubiculi de Arcadio Augusto, había incurri­
do en la desgracia del emperador, y el pueblo, á quien
tenía exasperado, le buscaba para matarle. E n este
conflicto se acogió al templo y se escondió bajo un al­
tar, el mismo que antes había querido quitar á los
templos el derecho de asilo. San Crisóstomo, desean­
do calmar á la multitud, empieza con un exordio que
abunda en las mismas ideas de que veía poseído al
p u e b lo ; pondera la elevación antigua y la presente
hum illación de Eutropio, y hace una pintura tan viva
de su infortunio, que arranca lágrimas á todos los cir­
cunstantes. Viéndolos enternecidos, los induce ya con
la m ayor facilidad á solicitar el perdón del culpado,
fin que se proponía desde el principio, pero que desde
luego nadie hubiera sospechado.
Entre los modernos merecen particular mención
algunos exordios del Padre Séñeri. En el undécimo
sermón de su Cuaresm a, parece haber querido imitar
á Cicerón en el exordio arriba citado contra la L ey
agraria, para captarse la benevolencia del auditorio
antes de hablar de la necesidad de no dilatar la peni­
tencia.
Después de advenir que en todas las naciones el
— 107 —
ofensor es quien pide perdón al ofendido, y que Dios
ofendido es el que ofrece la paz al o fen so r; después
de haber elogiado á los que en aquellos días habían
hecho las paces con Dios, pasa á los que todavía se re­
sisten, y les dice que no quiere predicarles, sino en
consulta con ellos, de suerte que, si después de haber­
le oído les parece razón seguir como hasta allí, no
quiere forzarles de modo alguno.
No encierra menos artificio su proemio al del per­
dón de las injurias, tercero de Cuaresma, del que ha­
blaremos más adelante.
Es de suma importancia en la oratoria sagrada el
uso de la insinuación en los exordios, porque las m a­
terias que se tratan en los discursos profanos son ge­
neralmente del gusto de los oyentes, pues en ellos se
controvierten negocios de utilidad pública, ó de inte­
reses m ateriales; pero el orador sagrado tiene que lu ­
char á brazo partido con las repugnancias del audito­
rio, oponie'ndole las verdades que creet á los vicios con
que las desmiente. Cualquier asunto moral que haya
de proponer, ha de ser por lo común mal recibido por
aquellos á quienes toca más de cerca, y con ellos es­
pecialmente se las tiene que haber, Pero hay casos en
que sin un exordio m uy diestro, no solo causará la
doctrina desagrado, sino que tal vez le vuelvan las es­
paldas al primer a n u n cio ; como si, por ejemplo, en
un pueblo dividido en facciones encarnizadamente re­
ñidas, dijese sin rodeos que iba á tratar del perdón de
los enemigos, ó si al estallar en otro una sublevación,
— 108 —
anunciase desde luego el designio de recomendar el
respeto y obediencia á la autoridad.
Este artificio oratorio, lejos de ser reprensible en
oradores de la verdad, le vemos usado en la Sagrada
Escritura, aun por oradores inspirados. Natan se pn>
ponía reprender agriamente á David, reo de adulterio
y homicidio, pero se guardó muy bien de ech aren
cara sus crímenes á un rey endurecido; y manejando
con destreza la insinuación oratoria, le contó la pará­
bola de la ovejita robada por un rico á un pobre que
no tenía otro bien : con esta pintura sensible y patéti­
ca conmueve al monarca, le enciende en ira contra el
supuesto robador, y le hace pronunciar contra sí la
sentencia de muerte, antes de oir aquel repentino true­
no ; *T u es Ule vir*.
San Pablo se guardó igualmente muy bien de anun­
ciar en el areópago á un Dios no adorado hasta enton­
ces por los atenienses', pues tenía pena de muerte el
que enseñase alguna nueva deidad; pero empezó por
halagarles el amor propio, elogiando el celo con que
obsequiaban á todos los dioses, y adoraban áun al
Dios que no conocían; luego, fingiendo que les quería
enseñar los atributos de uno de sus dioses, de quien
había hablado ya antes un poeta compatricio de ellos,
los fue llevando al conocimiento del verdadero Dios,
que es á quien efectivamente ignoraban, y logró con­
vertir á San Dionisio y otros varios.
Tam bién es notable el discurso con que el judío
Alejandro apaciguó á los gentiles sublevados en Efeso
— 109 —
contra los cristianos, al grito de Magna Diaria Ephc-
siorum. «¿Quien duda, les dice, que la ciudad de Efe-
»so posee el templo celebérrimo de la grande Diana y
•su simulacro enviado del cielo por el mismo Júpiter?
«Siendo esto de toda evidencia, no teneis por qué irri­
garos contra los que en nada os contradicen. Habéis
• preso á unos hombres, que ni han profanldo vuestro
■santuario, ni han blasfemado á vuestra diosa. Si De-
■metrio y los suyos tienen algo que achacarles, jueces

hay y tribunales en que se les pueda juzgar. De lo
• contrario, estamos en peligro de ser castigados como

sediciosos, no habiendo nadie á quien podamos acu-
*sar del menor delito ». (Act. xix.) Con esto se apagó
la sedición, y quedó libre San Pablo.
H ay otra manera de exordios, que llaman e x ­
abruptos, no tan común como los primeros, y que
debe usarse raras veces. La una cuando, yéndose á tra­
tar un asunto que tiene al orador conmovido de ante­
mano, se lanza de repente en la arena y prorrumpe en
una fogosa diatriba. La otra cuando la presencia im­
prevista de una persona, ó un suceso repentino infla­
ma al orador, y le sirve de motivo para entrar de lleno
en el asunto, sin más precauciones oratorias. En este
caso puede decirse que las circunstancias de aquel
acontecimiento, ó los antecedentes de aquella persona,
han sido como discurso práctico que dió margen á una
peroración en vez de exordio.
Un ex-abrupto del primer género tenemos en la ho­
milía de San Crisóstomo ad versus eos qui Ecclesia
--- I JO ---

»relicta, ad circenses ludos et ad thcatra transfuge-


i ru n tt.
A fligido el Santo de ver esta disolución tan escan­
dalosa, pues era Viernes Santo, y tres días antes había
talado los campos una tempestad, se estuvo retirado
en su cuarto sin salir hasta el día de Pascua. Aquel
día subió al pulpito y prorrumpió en estas quejas:
«¿Puede esto sufrirse ? ¿ Puede esto tolerarse ? A vos­
o tr o s os quiero hacer jueces contra vosotros mismos.
«Otro tanto hizo Dios con los hebreos, á quienes de-
»cía : ¿Que' te he hecho, pueblo m ío? ¿ E n qué te he
íofendido? Respóndem e... ¿Qué delito hallaron en m í
«tus padres?...
• V olveré, pues, á repetir. ¿Puede esto sufrirse?
«¿Puede esto aguantarse? Después de tantos sermones,
i después de tantas doctrinas, han huido algunos del
«templo por correr á los espectáculos, y de tal suerte
«se han desenfrenado, que han alborotado toda la ciu-
«dad con descompasada gritería, haciendo reir, y dan-
ido motivo para llorar.
• Y o , encerrado en mi casa y oyendo los clamores
«desde mi retiro, he pasado mayores congojas que si
«me viese en el mar durante una tempestad horro-
«rosa„.B
Tales ex-abruptos son bastante frecuentes en los
sermones de Séñeri. En el 5 .° de Cuaresma sobre el
juicio final empieza así: «¿Y hasta cuándo ha de habei
«atrevimiento para abusar de tanta piedad? t>
E n el del in fiern o : «O infierno ó penitencia. ¿ A
— 111 —
»quc fin cansarnos todos los días con tantos sermones?
»Es menester resolverse: ó infierno ó penitencia».
En el de las amenazas divinas : «¿Y para intimar
icastigos á una ciudad merecedora de todo bien he de
com p arecer yo esta mañana en el pulpito?» Entre los
ex-abruptos del segundo género, pondremos el de C ice­
rón, cuando al ver entrar en el Senado con una audacia
increíble al famoso conspirador Catilina, subió despe­
chado á la tribuna y prorrumpió en aquellas palabras:
Quosque tándem abutere, Catilina, patientia nostra? o
E l exordio citado de San Crisóstomo contra Eutro­
pio, al mismo tiempo que es de insinuación en cuanto
á la materia, es un ex-abrupto en la form a, y pertenece
á esta segunda clase, pues la presencia de Eutropio en
el templo , y el cambio instantáneo de su fortuna, le
movió á prorrumpir en aquellas exclamaciones : «Va­
nidad de vanidades y todo es vanidad. ¿Dónde están
ahora los parásitos, los aduladores, etc.?*
Estos exordios requieren muchos requisitos para
que produzcan buena impresión.
En el primer género , cuando el auditorio no está
preparado para tales movimientos , se requiere que el
asunto sea de tal gravedad , que puedan los circuns­
tantes entrar al instante en las disposiciones del ora­
dor, y que esté m uy penetrado de su asunto y lo mués-
tre en todo su ademán , porque la menor sospecha de
ficción frustraría todo el efecto de las palabras, y lejos
de granjearse la benevolencia del auditorio, le preven­
dría contra sí desde el principio.
— r 12 —
En el segundo género es más fácil llevar tras sí á
¡os oyentes , porque los suponemos conmovidos ó dis­
puestos á conmoverse; pero como semejantes exordios
han de ser improvisados por lo regular , requieren en
el orador mucho uso de la palabra.
En entrambos géneros es menester gran caudal de
sentimientos y razones para lo restante, no sea que tras
un exordio caloroso venga un discurso frío. Mas no
í udiéndose sostener el calor del ex-abrupto en toda la
oración sin cansarse el orador y cansar á los oyentes,
es necesario que después de los primeros ímpetus en
que se desfogó , vaya recogiendo velas poco á poco, y
procure robustecer el discurso con un peso tal de ra ­
zones, que prueben no fue ñngida aquella vehemente
inspiración, y dejen una im presión, si no tan nervio­
sa, más profunda y duradera que la primera.
Úsase con frecuencia en la oratoria sagrada otro
exordio, nú propio del argumento que ha de formar el
cuerpo del discurso , sino sacado de algún hecho his­
tórico que puede servir de base á la moral que ha de
tratarse. En los sermones dominicales se puede referir
el Evangelio del día, y luego sacar alguna consecuen­
cia práctica de la vida cristiana.
— 113 —

A R T I C U L O II.

CUALIDADES DEL EXORDIO.

§ I.-

Materia.

iN o teniendo el exordio más objeto que preparar


los ánimos y hacerlos benévolos, atentos y dóciles,
como enseñan los maestros, no debe contener ninguna
parte esencial del discurso , pues sería meterse en la
materia antes de tiempo. Podrá versar sobre la conve­
niencia del asunto con las circunstancias del tiempo ó
de las personas, sobre el enlace de un hecho histórico
que se ponga delante con la máxima ó virtud que se
quiera recomendar , ó sobre la explicación del sentido
propio ó acomodaticio del texto que ha servido de
tema. Suelen los buenos oradores en el exordio desha­
cer las prevenciones de los oyentes contra las verdades
que se van á explicar.
2.0 La materia del exordio debe nacer de la del
discurso , como la flor del tallo , según la opinión de
T ulio: «Efjlorisse penitus e x re de qua agitur debet».
En grande embarazo suelen verse los que , tomando
por materia del exordio la solemnidad ó misterio del
d ía , y por la del discurso otra cosa m uy diversa , no
hallan un puente que una entrambas piezas. Sin apro­
bar ni reprobar este método, sólo diremos que el exor-
8
— ii4 —

dio en tal caso no es exordio , sino discurso diferente


puesto en guisa de proemio.
3 .° Todo lo que en el exordio se dijese, ha de ser á
propósito para captar la benevolencia de los oyentes.
Por esto debe evitarse toda invectiva, y en general
cuanto pueda ofenderlos, reservando esto, si es menes­
ter, para cuando estén ya movidos. Si el asunto ha de
ser poco grato á la generalidad de los circunstantes, si
se han de rebatir sus ideas y opiniones rancias é inve­
teradas , es el caso de emplear Ja insinuación y fingir
al principio que uno se adhiere á sus ideas y modo de
pensar, para que no le oigan con prevención,

§ H.

Estilo del exordip.

En general deberá el estilo del exordio conformar­


se -con el tono y color del discurso, pues sería absurdo
tomar en la introducción de una plática doctrinal esti­
lo de panegírico , como si á un humilde edificio se le
echase una fachada suntuosa.
Sin embargo, señalaremos dos cualidades que con­
vienen á todo género de exordios: la sencillez y la co­
rrección.
La sencillez es m uy aconsejada por los autores al
empezar el discurso , no solamente porque conviene
ser entendido de todos á fin de cautivar la atención
general, sino también, como enseña Quintiliano, para
--- TI 5 ---
que nadie sospeche que se quiere oscurecer la verdad
con el artificio de las palábras: *Nec minus diligenier
*ne suspecti simus in ulla parte vitandum: propter quod
tminime ostentan’ debetin principiis cura , quta videtur
»ars omnis dicentis contra judicem adhiberi». ( I n s t li­
bro iv, c. i.)
Más arriba recomienda que el exordio en lo senci­
llo parezca improvisado y no compuesto de antemano,
cuando se defiende una causa forense ; lo cual puede
decirse de las que tratarnos en el pulpito defendiendo
la verdad contra nuestro adversario , que es el oyente
mismo.
La primera opinión lleva T u lio en su libro de la
Invención: «Suspicio artificiosa diligentice quee oratio-
*nifdem , oratori adimit auctoritatem*. (D e I n v i.)
Puede ser la materia del discurso tan sublime, que
parezca exigir cierta elevación en el estilo desde el
principio. Mas bien puede componerse la elevación en
las ideas y expresiones con la sencillez en el estilo,
pues ésta ha de consistir principalmente en la breve­
dad de los periodos, en evitar trasposiciones de frases,
en cierta parsimonia en el uso del lenguaje figurado,
evitando las figuras más atrevidas, que deben reservar­
se para más adelante, á fin de que la oración vaya cres­
cendo, como nos lo enseña la misma naturaleza.
Sea además correcto y puro el estilo. La pureza
del lenguaje , que en todo el discurso se recomienda,
es mucho más de desear en el exordio , porque no es­
tando aún el oyente preparado, ni movido, ni preveni­
— 116 —
do en favor del orador, está menos dispuesto á disixnu
lar cualquier desliz; y una mala impresión causada al
principio sería razón bastante para que oyese con pre­
vención lo demas , como quien espera oir un discurso
poco limado.

§ III.

Tono y acpión.

El tono del orador, comprendiendo el gesto, voz y


modo de dirigirse al público, ha de ser modesto y dig­
no. Modesto, porque nada se opone tanto á la benevo­
lencia que intenta granjearse el orador , como la arro­
gancia. «Al exordio, dice Quintiliano , le sienta m uy
«bien la modestia , tanto en la composición y senten
»cias, como en la voz y semblante, de suerte que aun
«que verse el discurso sobre una causa que esté fuera
>de toda duda , no ostente demasiada confianza en su
i triunfo. Aborrece todo juez la seguridad del litigante,
»y aunque no desconozca su derecho, quiere que se le
• respete». Prcemium decebit etsententiarum, et compo-
sitionis, et vocis, et vultus modestia, adeo ut in genere
causce etiam indubitabiii, fiducia se ipsa nimium exer-
cere non debeat. Odit enim ju d e x fe r e litigantis securi-
tatem , cumque ju s suum inteüigal, tacitus reverentiam
postulat. (Inst., 1. iv, c. i.)
N o prometa más de lo que sus fuerzas alcancen,
pues de lo contrario, sudará luego en vano sin corres­
ponder á la espectación. Hable lo menos que pueda de
— n7 —
sí mismo , y del mérito ó demérito de su discurso , y
guárdese de ciertas humildades, que suelen estar llenas
de ostentación mal disfrazada.
Es notable La delicadeza con que el Padre Lacor-
daire habla de sí mismo en una de sus conferencias, en
que alude á la parte que había tomado en los negocios
políticos, *No es mi ánimo da^ros cuenta de mis actos
■públicos en mis últimos años. E l tiempo ha tomado á
js u cargo explicarlos y rectificarlos. Con esto no os’
idigo más, pues no es la misión mía hablar dg mí mis-
iino, sino hablaros de Dioso.
La dignidad conviene sobre todo á un mensajero
del R ey del cielo, que viene á tratar negocios de tanta
entidad como son las condiciones de paz entre Dios y
los hombres. No es ménos de evitar que la arrogancia,
una bajeza y adulación impropias del representante
del cielo; defecto en que incurrieron algunos oradores
del siglo xvn. Sepa hermanar la humildad cristiana con
la autoridad que corresponde al que no se busca á sí
mismo, sino á Jesucristo.
No quita nada á la dignidad, y por otra parte m i­
tiga la acrimonia de la corrección el uso de incluir-
se el orador en el número de aquellos á quienes co­
rrige, v. g., diciendo irritamos«á D ios, en vez de irri­
gáis. Mas como nos parece reprensible la demasiada
libertad del Padre Gonthier , cuando dijo al rey Enri­
que IV desde el púlpito: ■¿Hasta cuándo , Señor , ha-
íbeis de venir al templo con ese serrallo de mujeres
»desenvueltas?» también nos parece rebajó algún tanto
— i 18 —
su dignidad el Padre Bourdalouc llevando al exceso la
adulación en las salutaciones á Luis X IV .

§ IV.

Duración.

La mayor ó menor brevedad del exordio ha de co­


rresponder á la dimensión del discurso, siendo impro­
pio uno largo en un discurso breve, y uno breve en un
discurso largo. Tam bién hay que atender á la disposi­
ción del auditorio,que varía según los tiempos, lugares
y materias que se tratan. E l orador que por primera
vez comparece para predicar, v. g. , los sermones de
Cuaresm a , deberá ser más prolijo en la introducción
de este su primer discurso, que en la de los siguientes.
Cuando tiene que procurar que desaparezcan las pre­
venciones del auditorio, deberá extenderse en los pre­
liminares más que si le hallase de antemano benévolo
y dócil.
Por eso Quintiliano se ríe de los maestros que con
el compás en Ja mano dan reglas para la medida de
todo exordio , sin querer que pase de cuatro periodos
ninguno de ellos.
Para no extenderse con dem asía, de suerte que
llegue á ser el exordio un segundo discurso, podrá te­
nerse presente esta regla, que hallándose el orador en
la disposición ordinaria, sea el exordio como la octava
parte del discurso, y guardará así la debida proporción.
Nótese, por último , que la introducción ó exordio
— ir 9 —
debe conducirnos naturalmente á la proposición , por
una serie de raciocinios más ó menos larga , según la
necesidad lo pidiese.
Bourdaloue , por ejemplo , en el sermón sobre la
frecuente comunión , pone por base del exordio , que
la cena grande del Evangelio es figura de la Eucaris­
tía. Advierte que muchos se excusan con frívolos pre­
textos de la frecuente comunión, como los convidados
á la cena. Estos pretextos no deben dispensarnos de la
frecuencia de la Eucaristía; he aquí la proposición del
discurso.
En el sermón del cuidado que han de tener los
amos de los criados , empieza diciendo que Dios no
tiene atributo alguno comunicable que deje de com u­
nicar á los hombres. Añade que uno de sus más no­
bles oficios es el de pastor > y que éste lo comunica á
los Prelados. Advierte que á los amos, el cargo de guiar
y el poder de mandar, les pone en la misma linea que
á los Prelados, y que por consiguiente les toca cuidar
de las almas de sus súbditos , como si fueran sacerdo­
tes. Esta es la proposición.

C A P I T U L O II.

DE LA PROPOSICIÓN.
r
La proposición es una sentencia que abraza bre­
vemente toda la causa que va á defenderse en el dis-
curso.
— 120 —
■ La proposición , dice Granada en su Retórica , es
•necesaria para que entiendan los oyentes á dónde
•principalmente se encamina nuestro sermón ; punto
»en que faltan gravemente algunos oradores que, como
• no proponen al principio el blanco de su discurso,
•apenas hay uno de sus oyentes que alcance á dónde
»van á parar».
En todos los buenos discursos , tanto d i los orado­
res antiguos y paganos , como de los modernos y sa­
grados, vemos observada la regla de sentar una propo­
sición como el blanco á que ha de ir á parar todo el
discurso ; lo cual ayuda no menos al orador que al
oyente : al orador para no andar vagueando por cues­
tiones diversas , y al oyente porque se complace de ir
viendo en todo el discurso nuevos argumentos que le
descubran más y más la evidencia de la verdad.
Los antiguos preceptistas paganos no tenían por
necesario sentar proposición al prin cip io, porque en
las causas judiciales, sobre que versaba generalmente
su elocuencia, la narración servía de proposición , in­
dicando suficientemente en ella el orador cuál era el
blanco de su defensa. Solo algunas veces dice Quinti-
liano que era útil sentar proposición explícita , y era
cuando el orador no podía negar el hecho que militaba
contra él, y tenía que defender á su cliente por otras
vías. H ay casos en los que , ó no sfe ha de enunciar la
proposición , ó se ha de hacer con disim ulo, á saber:
cuando están los oyentes muy prevenidos en contra.
Presupuesta la necesidad de la proposición, fácil es
— 121 —

de advertir las cualidades que deben acompañarla para


llenar su objeto.
L a primera es la unidad, »Oninispulchritudinisfor­
ma unita est *, dice San Agustín en su carta X V I I I ; 7
no me'nos á la oratoria que á la poesía, antes mucho
más á aquélla que á esta, conviene lo de Horacio en el
arte poética, que sea el argumento *simplex dumtaxat
et unum *.
Quitada la unidad en el blanco del discurso, desapa­
rece en el discurso mismo, y á medida que va perdien­
do éste de unidad, pierde también de fuerza.
Es de advertir, que como en el género judicial, se-
-gún lo demuestra Quintiliano^ puede ser la proposición
doble ó múltiple, como cuando se defiende á un sujeto
acusado de varios delitos,así en la oratoria sagrada hay
dos géneros de proposiciones : una simple , que no se
propone probar sino una cosa, y otra compuesta , que
abraza dos ó tres. En la primera, la unidad de la pro­
posición consiste en la unidad de la idea; en la segun­
da, la unidad está en el lazo que une entre sí aquellos
objetos diversos.
Ejem plo de la primera puede ser el primer sermón
de Séñeri en su Cuaresma: «Es temerario estar un mo-
* mentó en pecado m o rta l, sabiendo el hombre que
»puede morir á cada momento». Esta es la única idea
del sermón.
Ejemplo de la segunda sea el sermón de Bourda-
loue sobre el amor y temor de la verdad. «Debemos
•amar la verdad que reprende , y temer la verdad que
--- 122 —

i halaga». Aunque hay dos ideas diversas en la propo­


sición , están bien enlazadas entre s í , porque ambas
nacen del sentimiento de la humildad , ó le producen
en el alma,
£1 segundo requisito ha de ser la claridad. Como
al anunciar la proposición sólo se pretende fijar la
atención del oyente , es menester usar de expresiones
que entienda sin esfuerzo , así el rústico c ignorante
como el sabio y culto : aquí son fuera del caso figuras
y sutilezas. Debe ser la proposición concisa , y enun­
ciarse en pocas palabras, para que así quede impresa,
con toda facilidad , en la memoria del que está oyen­
do. i¿Qué cosa más irracional , dice Quintiliano , que
»el ser oscuro, aun en aquella parte del discutso cuyo
»intento es dar luz á todo lo demas? Despéjese, añade
*el mismo, la proposición de toda palabra ociosa, pues
m o debemos llamar la atención á lo que entonces de-
»cimos , sino á lo que vamos á decir después». *P ri-
tnutm debet esse aperla atque lucida propositio ; nam
»quid sit turpius quam id'esse obscurum ipsum quod
»in eum solum adhibetur usum ne sint ccetera obscura?
• Twn brevis nec ullo supervacáneo onerata verbo. Non
*enim quid dicamus , sed quod dicturi sumus ostendi-
amus*. [Inst. , 1. jv , c. 5.) Cuanto hemos dicho hasta
aquí s^ entiende de los casos comunes y ordinarios;
pero hay otros en que conviene no conozca el oyente
á dónde va á parar el orador.
«Varias veces, dice Q uintiliano, es menester ir en-
igañando al oyente haciéndole creer que buscamos
— 123 ---
«otra cosa muy diversa de lo que realmente pretende-
«mos, porque de lo contrario se estremecería, como el
«enfermo que antes de la operación ve los instrumen-
»tos del facultativo». « Interim fallendus est judex ut
naliitd agi quam quod petimus putei; nam est nonnum-
Hquam dura proposiiio , quam judex si preevidet, non
*aliter rcformidctt quam qui ferrum medid antequam
*curetur aspexit*. (Ibid.)
La tercera cualidad que debe tener la proposición
es que sea fecunda en las ideas, aunque concisa en las
palabras, para que el orador no se vea tan estrechado
en el círculo que trazó, que no pueda dar extensión al
discurso sin saltar la valla.
Bossuet suele ser feliz en el arte de agrandar los
objetos más tenues , subiendo á principios generales,
desde donde da al discurso proporciones grandiosas,
que le permiten remontar el vuelo de la elocuencia.
Ve'anse para prueba sus oraciones fúnebres.
No se confunda , sin embargo , la cualidad de que
hablamos con cierta manera vaga de proponer los
asuntos, que se presta á discurrir sobre infinitas co­
sas á un tiempo , y equivale á no sentar proposición
ninguua.
En fin , se encarga que la proposición inspire inte­
rés , llame la atención y despierte el deseo d# oir lo
que va á decirse; por lo tanto, si el asunto fuese muy
trillado , conviene darle forma ó colorido que lo haga
pasar por nuevo.
Séñeri puso estudio especial en dar interés á sus
— 124 —
proposiciones, y con sólo enunciar sus discursos aguza
el deseo de oírlos ó leerlos. V éase, por ejemplo , el
sermón del juicio final, cuya proposición es esta: *E 1
pecador avergonzado á la vista del universo».
En otro sermón se propone probar «cuán necio es
el pecador en tomárselas con Dios».
E n el del purgatorio dice que no puede guardar las
formas ordinarias , porque es urgente contar lo que
están padeciendo en el purgatorio los amigos de sus
oyentes, y no pararse á deliberar.
En otro promete persuadir «al que no quiere dejar
de ser pecador, que á lo ménos sea pecador modesto».
Bien modesto es este anuncio de un sermón aterrador
sobre el escándalo.
No será inútil advertir que se necesita no poco tacto
para no incurrir en defectos del género romántico ó
gerundiano , pues sabemos á qué excesos condujo en
los siglos anteriores al nuestro el prurito de la novedad.
Sirva de ejemplo aquel discurso que un predicador
gerundiano enunció de esta suerte: «Probaré que San
Sebastian fue un buen soldado y un soldado bueno*y
queriendo probar que fué guerrero valiente y cristiano
fervoroso; y el panegírico de San Ignacio de Fray
Abraham de Santa C lara: «Probare que San Ignacio
fué la^quinta rueda de un carro > *, ridicula portada de
un discurso en que mostró cómo tenía Dios reservado
á aquel Santo para reparar el daño que hizo Lutero á
la Iglesia.
---- 125 —

CAPITULO III.
DE LA DIVISIÓN.

La división es una partición que suele hacerse del


discurso en varios puntos. Tiene por objeto dar méto­
do y claridad á la oración, y sostener la atención del
oyente , ayudando la memoria. Cuán importante sea
dividir los asuntos , no necesita probarse , pues el uso
de la división no es de institución de los hombres, sino
instinto de la naturaleza, como dice San Agustín en
el lib. n de la Doctrina cristiana.
Dice Quintiliano que la división en varios puntos
alivia al oyente y le recrea, como á los caminantes la
demarcación de las leguas señalada en las piedras. En
el género judicial, dice el mismo , ó se acumulan mu­
chos crímenes , como cuando se acusó á Sócrates de
que corrompía la juventud y que introducía nuevas
supersticiones ; ó se va probando una acusación gene­
ral con varias acusaciones, como cuando Demóstenes
acusó á Esquines de que había desempeñado mal su
legación en la corte de Filipo , porque había mentido,
no había obrado según las órdenes que tenía, se había
detenido demasiado, y había aceptado regalos. Si cada
uno de estos crímenes , dice , se pone separadamente
con sus pruebas, habrá varias proposiciones; mas si se
reúnen, forman la división del discurso.
Otro taíito puede decirse de la oratoria sagrada en
el ge'nero suasorio» ó en el demostrativo.
--- 126 ---

Cuando es simple y única la proposición , suelen


las pruebas principales componer la partición ó divi­
sión. Comparemos la proposición de Demóstenes cuan­
do acusa á Esquines de haber desempeñado mal su
legación , con la de Bourdaloue , que condena las di­
versiones mundanas. Aquél toma por división la fal­
sedad y desobediencia de Esquines , su larga perma­
nencia y el haber vuelto cargado de presentes. Este
condena las diversiones en su naturaleza impuras , en
su extensión excesivas, en sus efectos escandalosas.
Pero si la proposición es compuesta, entonces cons­
tituirán la división los diferentes miembros de que se
componga. Y siendo estos puntos como otras tantas
proposiciones.hermanadas entre s í , según dijimos ha­
blando de la proposición , deben tener sus partes ó
pruebas, que llamamos entonces subdivisiones. Bour­
daloue en una proposición declara, que el hombre de
poco celo es reo de falsa prudencia y de cobardía. Esta
proposición es compuesta, y da la división ya hecha.
En el primer punto demuestra que semejante pruden­
cia es reprobada de Dios , condenada por el mundo,
escándalo de la Religión, y autorizada de la impiedad.
En el segundo describe otros cuatro vicios inherentes
á la cobardía , á saber , que priva al hombre del título-
de defensor de los intereres divinos, le hace odioso á
todos , le pone en contradicción consigo mismo , y le-
hace digno de los castigos del cielo.
Hay casos en que conviene no haya división, como
cuando ha de ser muy breve el discurso, y parecería un-
epílogo la partición minuciosa de lo que se ha de de­
cir; ó cuando se trata de arrancar al oyente un con­
sentimiento inesperado, pues en este caso hay que
ocultarle la intención del orador. Mas no por eso han
de ir menos distribuidas las materias en la mente.
El discurso de San Juan Crífeóstomo sobre Eutro-
pio parece dividido en la mente del autor de este mo­
do : el hombre digno de desprecio en la prosperidadT
y de compasión en la adversidad. Pero se guarda muy
bien de anunciar á un pueblo sediento de venganza el
designio de moverle á conmiseración, y á este disimu­
lo debió la victoria.
Siempre que haya de enunciarse la división, debe
hacerse después de la proposición, puesto que no es
sino un desarrollo de la misma.
Será perfecta la división si tuviese las tres cualida­
des que señala Cicerón. *Partitio debet habere brevi-
ttatem, absolutioném, paucilatem ». (De Invent., i, 3 3 .)
Es decir, que sea breve, completa y de pocos miem­
bros.
Breve. Ha de enunciarse en pocas palabras, y con
frases concisas, en cuanto quepa, para que quede en
la memoria del oyente, por frágil que sea. Abundan­
tes ejemplos hay de esta brevedad en las particiones
de Cicerón.
Los buenos oradores modernos, y con especialidad
Bourdaloue, se han esmerado en imitar al príncipe de
la elocuencia. Volviendo al ejemplo arriba citado, no
puede darse mayor concisión con más exactitud, que
— 128 —

decir: Las diversiones mundanas son casi todas perni­


ciosas, por ser de suyo impuras, excesivas por su du­
ración^ y escandalosas en los efectos. Una sola pala­
bra que se quitase oscurecería el sentido; y es tan á
propósito la división anatómica de naturaleza, exten­
sión y efectos, que sirf ella sería difícil combinar en
la memoria los epítetos de impuras, excesivas y escan­
dalosas.
Para que pueda la división enunciarse con breve­
dad, es preciso que sea natural, y se halle contenida
en la proposición como las hojas en el capullo. A l
abrirse el capullo, se van extendiendo las hojas, y co­
locándose en sus debidos lugares sin violencia ni des­
orden. A sí, al explicarse la proposición, se han de ir
formando las partes de la división con la brevedad y
facilidad de que da ejemplo la naturaleza.
«Se ha de dividir la materia, dice Blair, en aque­
l l a s partes en que naturalmente se resuelve, de modo
«que parezca que el mismo asunto se raja, y no que
■se quiebra violentamente ■. (Lect. 27.)
«Sea tal, dice Fenelón, que se encuentre hecha en
»el asunto mismo (2.0 diálogo sobre la eloc.)
Completa. Han de comprender el todo de la ora­
ción, las partes en que se divide, de modo que ni falte
una, ni tampoco sobre, según aquello de Cicerón:
* Genus universutn in species certas, ut nulla ñeque
•prcetermittatur, ñeque redundet,partiatur#. (Orat. 6 3 .)
Quintiliano acusa de redundancia esta división:
«Hablaré de la virtud, de la justicia y de la continen-
— 129 —
■cia», porque las dos últimas están contenidas en ia
primera, como especies que son de la virtud, (Inst.,
1. iv, c. v.)
Para que sea perfecta la división, es necesario que
unidos los miembros hagan un todo, y para que no
haya redundancia, han de ser distintos entre sí.
Maccarthy en el sermón de la resurrección futura
del hombre, prueba primero la Inmortalidad del'alma,
después la del cuerpo en la mente del Criador *, luego
el hombre ha de ser inmortal. Sería imperfecto el dis­
curso, si solo probase la inmortalidad del'alm a; sería
redundante, sí quisiese probar la inmortalidad del co­
razón, ó de otro miembro en el tercer punto, pues
probada la del cuerpo, está probada la de cada parte.
De pocos miembros; pues si se multiplicasen, per­
dería cada uno de su fuerza, como el agua que se va
por muchos canales, y se volvería confusión la clari­
dad que se buscaba con éstos no ya miembros, sino
pedazos de discurso, como los llama Quintiliano:
i Nonjam membra, sed fru sta n. (Inst., 1. iv, c. v.)
¿Cuántos, pues, deberán ser los puntos? Nuestro
Granada no quiere que pasen de tres, ó á lo más de
cuatro, bien que á veces se deban subdividir. E l uso
general no admite sino dos ó tres. A sí lo hizo Bourda-
loue, pero subdividió cada uno en tres ó cuatro, de
suerte'que cada parte encierra materia para un sermón.
Por lo que toca al orden de la colocación de los
puntos, difieren los autores.
«Se ha de seguir, dice Blair, el orden de la natura-
— 1 3o —
•leza, comenzando por los más sencillos y fáciles de
• entender, y pasando después á los que están fundados
»en estos, y suponen su conocimiento o. (Lee. 27.)
Mas otros autores modernos requieren que el primero
produzca y engendre al segundo, y que éste confirme
el primero, y vaya creciendo el interés desde el prin­
cipio hasta el fin. Pero tales reglas no se observan con
escrupulosidad por los buenos oradores, ni es posible
muchas veces observarlas, ni tampoco se ve la necesi­
dad de hacerlo. Los autores clásicos antiguos no son
tan exigentes*. Cuando las partes del discurso son las
pruebas de la proposición, prescribe Quintiliano que
se ordenen según lo pida el asunto, con tal que no se
termine por las más débiles. (Inst., 1. v, cap. xn.) De
esto trataremos más largamente eg el tratado siguiente
de la colocación de las pruebas.

CAPITULO i y .
DE LA CONFIRMACIÓN.

Es esta la parte de la oración que contiene la dis­


posición y ampliación de los argumentos, y por lo tan­
to, importantísima, como que forma todo el cuerpo
del discurso, y de ella depende todo el suceso. Faltan­
do pruebas convincentes, se reducirá á puro follaje
cuanto decimos, y bien que pueda un hablador ile fan­
tasía fascinar con rasgos de efecto momentáneo, n a
tardará en desvanecerse la impresión que causó. Bien
decía Aristóteles, que es accesorio todo lo que no tien-
— 13 1 —
de á probar; y Cicerón quiere que no busquemos otra
cosa sino enseñar: «Nihíl aliud tiisi docere velle videa-
muro. (De orat., n, 77.)
Trataremos ahora de la invención, luego de la dis­
posición de las pruebas, y por fin de las formas diver­
sas con que se pueden presentar.

A R T IC U L O PR IM ER O .

INVENCIÓN.

Es la invención el arte de hallar argumentos. Los


hay de dos clases, según los antiguos. Los extrínsecos
se toman de autoridades y ejemplos históricos, y re­
quieren erudición y memoria tan solamente ; los in­
trínsecos se sacan de las entrañas del asunto por vía
de raciocinio, y requieren ingenio é inventiva. Aunque
en la mayor parte de los sermones deben entrar argu­
mentos de cada uno de estos géneros, conviene que en
los dogmáticos prevalezcan los extrínsecos, y en los
morales los intrínsecos.

§ I-

Lugares extrínsecos.

Se sacan de los sagrados Cánones, Concilios, his­


toriadores eclesiásticos, y sobre todo de la Sagrada Es­
critura y Santos Padres.
Sabemos cuán familiares eran los símiles á los pro­
fetas y al Salvador principalmente, que no hablaba
--- i 3 '2 ---
sin parábolas, pues nada es tan eficaz para mover al
vulgo como los ejemplos.
Los de la Escritura, como de autoridad infalible,
deben ser familiares al que habla en nombre de Dios.
Si se trata de probar un dogma, son de suma auto­
ridad la Escritura, Santos Padres y Concilios, pues
(todo el dogma católico está fundado en la Escritura y
tradición. No tenemos por necesario recomendar la
parsimonia en el uso de autoridades profanas, cuyo
abuso choca en los sermones del siglo pasado. Hay,
no obstante, ocasiones en que tiene extraordinaria
fuerza el testimonio de los paganos, y aun de los im­
píos, Maccarthy trae muy á propósito el testimonio de
Rousseau contra los malos libros. A los ojos de algún
profano tienen más fuerza estas autoridades que las
sagradas, y son un argumento ad hominem para con­
fusión de los cristianos.

§ N-

Lugares intrínsecos.

Se suelen tomar de los tópicos, ó lugares oratorios


que define Cicerón «sedes ex quibus argumenta pro-
muntitr* (Top. 7), ó sean nociones generales que pue­
den sugerir argumentos al orador.
Los principales tópicos que enseñaron losantiguos
son la definición de la cosa de que se trata, la enume­
ración de sus partes, el género y la especie, las cir­
cunstancias comprendidas en este verso : quis, quid.
— 133 —

ubi, per quos, quoties, cur, quomodo, quando, causas


y efectos, antecedentes y consiguientes, comparación y
opojic/o/i.
Estos tópicos son, como dice Granada, el árbol ge­
nealógico de cada asunto, y lo caracterizan mostrando
todos sus lados.
Pueriles y aun perjudiciales llaman á estos lugares
Blair y algún otro moderno. Contra ellos alegan el
desuso de tantos siglos, y pretenden que con su estu­
dio se distrae la atención seria que pide un asunto, si
ha de tratarse bien á fondo, y que conviene sacar las
pruebas de las entrañas mismas de la materia. Pero el
Padre Broeckaert en su Guidc du jeune litteratcur
(part. 3 , sect. 2), emite una opinión muy diversa.
Siente como los antiguos en el uso de los tópicos, y
dice que esta serie de ideas generales, conocidas con
el nombre de lugares oratorios, sugieren fácilmente
los argumentos que están ocultos y como en germen
dentro de la materia; y que si es verdad, como nadie
lo negará, que en este cuadro entran todas las fuentes
de ellos, es tambie'n evidente que, sugeridas estas ideas
generales, de ellas nacerán las reflexiones particula­
res. Añade que los que desechan los tópicos, no tienen
medio alguno de enseñar la práctica de la investiga­
ción de las pruebas. Verdad es que cuando compusie­
ron sus más animados dircursos los clásicos, no parece
se acordaron de los tópicos ; pero fué porque el arte
del orador, como el del músico, está en ocultar el
arte.
— 13 4 -

Veamos cómo han pasado por los tópicos los ora­


dores de más nota, sin aparentarlo. Quiere Séñeri pro­
bar que la blasfemia es el más horrendo de los peca­
dos. Empieza con la definición de la blasfemia, que es
una locución que ultraja el honor de Dios, directa­
mente contraria á la alabanza divina.
Enumeración de partes. Pecado directamente con­
tra Dios, diabólico, público y de pura malicia, de don­
de se infiere que es de todos el más inexcusable.
Géneroy especie. La alabanza divina es una espe­
cie de la virtud de la religión, la más excelente de
todas las virtudes morales. Siendo, pues, la blasfemia '
directamente opuesta á la alabanza divina, es el mayor
de los pecados.
Circunstancias. Blasfema, ¿quién? el hombre, pol­
vo y ceniza. ¿De quién? de Dios. ¿Dónde? en la tierra.
No como los condenados, en el infierno. ¿Con qué
instrumento ? Con uno más dañino que el de los con­
denados. ¿Cuántas veces? Infinitas. ¿ Por qué? Blasfe­
man los reprobos á Dios porque los atormenta ; el
hombre blasfema del que le da la vida. ¿De qué modo?
Como el monstruo del Apocalipsis. ¿Cuándo? Cuando
le colma Dios de bienes.
Causas y efectos. No puede tener más causa la
blasfemia que el odio ó desprecio de Dios. Sus efectos
son una reprobación anticipada, pues no se atreven los
Santos á pedir por él. En este mundo son efectos de
este pecado todas las calamidades.
Antecedentes y consiguientes. ¿Y esto hace un cris-
— 13 5 —
daño que ha recibido el bautismo, cuya lengua ha
tocado el cuerpo del Señor, á quien está prometido el
cielo ?
Comparación. Si insulta un particular á un criado
de un gran señor, ofende á su amo indirectamente; pero
sí intenta matar á un príncipe, aunque pueda el prín­
cipe evitar el golpe, cometerá un crimen sin compara­
ción mayor.
Oposición. Todas las criaturas alaban en su lengua
á Dios, y el hombre le maldice.
Vemos, pues, que todo el discurso puede sacarse
de los susodichos lugares. Y dado caso que no pensase
en ellos el autor, pues sin trabajo pudo sugerirle se­
mejantes ideas su profundo ingenio, no se infiere de
aquí que no los necesite un mediano ingenio. A l prin­
cipiante que desee saber cómo ha de hacer uso de los
tópicos, le aconsejaremos lea detenidamente algunos
discursos de los mejores autores, y de Bourdaloue con
preferencia á todos los demas. Donde halle una defi­
nición y enumeración de partes, anótela. Apunte asi­
mismo las circunstancias quis, quid, etc., las compa­
raciones, etc.
Pongamos un ejemplo, extractando los lugares ora­
torios de un discurso sobre la divinidad de la Religión,
cuyo plan sea el siguiente :
Divinidad de la religión probada por su prodigiosa
propagación, y por Jos medios opuestos á la prudencia
.humana con que se propagó.
Primera parte. Prodigiosa fué la propagación deL
— 136 —

Evangelio, primero, en su rapidez*, segundo, en su ex­


tensión; tercero, en sus efectos.
1.° Prodigiosa en su rapidez.— Doce hombres tí­
midos é inermes, sin armas ni crédito, destruyen la re­
ligión del mundo entero, á pesar de una horrorosa
persecución, de la que son víctimas en pocos años.
2.° Prodigiosa en su extensión„— Se extiende por
todo el orbe, y la aceptan los climas helados del Norte
y los abrasados del Mediodía.
3 ." Prodigiosa en sus efectos.—Los ricos la acep­
tan como los pobres, los sabios como los ignorantes.
Los que vivían como brutos se vuelven ángeles. Los
iracundos y soberbios se dejan degollar como corde­
ros. Los avaros, los lascivos... aceptan la pobreza,
castidad...
Segunda parte. Medios opuestos á la prudencia
humana.
1.° La ignorancia contra la sabiduría.— Predican
ignorantes, y predican al Crucificado que era insensa­
tez para los gentiles, y se confunden los sabios y abra­
zan aquella doctrina. Aristóteles y otros sabios fueron
admirados, pero no seguidos.
2.a La pobrera contra las riquezas.— ¡Que de cau­
dales se necesitan para conquistar una nación ! Estos,
pidiendo limosna, cuando la pobreza era infamia, sub­
yugan á los que habían de socorrerlos.
j . ° La humildad contra la soberbia.— Cuando el
paganismo era sostenido por todo el poder romano,
éstos, que como judíos eran despreciados , enseñando
— i 37 —

en lenguaje tosco la ley de un ajusticiado , y azotados


y desacreditados acaban con el paganismo.
Análisis del discurso por los tópicos.
Definición y enumeración de partes. La Religión
cristiana, contraria á todos los vicios, y perseguida, es
abrazada por el mundo entero , ántes entregado á los
vicios; predicada por pobres, es aceptada por los ricos;
predicada por ignorantes, es recibida de los sabios.
Circunstancias. ¿Quién la instituyó? Un hombre
que prueba ser Dios. ¿Qué doctrina enseñó? Preceptos
y consejos que nadie se hubiera atrevido á proponer,
¿Dónde? En un mundo an im al, y no en este ó en el
otro ángulo , sino en todo el orbe. ¿Por qué medios?
Por medio de doce pobres , rudos , inermes. ¿Cuántas
veces? Una vez la enseñó y promulgó ; pero en todos
los siglos se ha ido renovando el prodigio de su pri­
mera institución, y tantas veces ha vencido cuantas ha
luchado, ya con infieles, ya con herejes. ¿De qué mane­
ra? Con la humildad, pobreza y martirio de los predica­
dores. ¿Cuándo? Cuando el paganismo ó la herejía rei­
naban en los puntos que habían de ser evangelizados.
Causas. La causa exterior de tantas conversiones
fueron los m ilagros, obra de la virtud divina. L a inte­
rior fué la gracia de Dios, que movía los corazones.
Efectos. E l verse trocados los brutos animales en
ángeles y santos.
Antecedentes. E l haber sido crucificado el Dios á
quien predicaban los Apóstoles. E l odio encarnizado
de los judíos y paganos á la fe de Cristo.
— 138 —
Consiguientes. La dispersión de los judíos, y la des­
trucción de la idolatría.
Comparación y oposición. Preceptos de los filóso­
fos que quedaron en el papel. Esterilidad de las doc­
trinas de los herejes.
Después de extraer.los lugares comunes , ensayará
el principiante un plan de discurso con los materiales
que ya posea, tomando dos ó tres ideas capitales, á las
que puedan someterse las demas , para formar la divi­
sión, Y para el plan arriba trazado , basta estudiar las
ideas que resalten en estos documentos. A l instante se
ofrece la oposición de dos contrarios, triunfos ilustres
con terrible lucha , y victorias completas con armas
desiguales. Desde luego se forma el orador en la men­
te la división en dos partes. La Religión cristiana es
divina por lo que hizo , y por los medios con que lo
hizo. Los tres miembros que subdividen la primera
parte corresponden á tres preguntas: ¿En cuánto tiem­
po? ¿En qué espacio? ¿Cómo y con qué solidez? La se­
gunda parte demuestra la carencia de medios huma­
nos resumidos en arte , ingenio, facultades y crédito.
Juzgamos no será fuera de propósito recomendar
el estudio y análisis crítico de las pruebas que se nos
ofrecieron antes de componer el plan , para no adop­
tarlas sin examen. Consulte , pues , cada uno la capa­
cidad , índole y prevenciones del auditorio , porque á
los ojos de algunos no serían tal vez de ningún valor
ciertos argumentos, que harían mucha fuerza á otra
clase de personas. Si el auditorio es heterogéneo, con-
— 1 39 —
■viene tocar diferentes cuerdas, y traer pruebas diversas
que convenzan á unos y á otros. En la buena elección
de argumentos se descubre el juicio é ingenio del ora­
dor, no en la mucha erudición , que á veces más em­
baraza que ayuda. Es verdadera manía la de algunos
que no saben contentarse , si no dicen todo lo que se
les alcanza en la materia de que discurren. No aglo­
mera autoridades el orador juicioso, sino que las pesa,
y entresaca las que le hacen más al caso , como lo
practicaba Cicerón: « Quum colligo argumenta causa-
rum , non tam ea numerare soleo quam expendere»-
(Orat., ii, 76.)
Sean, pues, bien escogidos los argumentos, sin ex­
tenderse ni multiplicarse mucho con perjuicio de la
memoria de los oyentes. En esta parte son más para
leídos que para oídos los sermones de Bourdaloue,
pues da á sus planes tanta extensión, que se cansa la
memoria del que va siguiendo su razonamiento con la
atención que se requiere.

A R T IC U L O II.

DISPOSICIÓN,

E s el arte de colocar cada argumento en el lugar


que le corresponde. No hay cosa más importante en la
oratoria que saber distribuir las pruebas con el debido
acierto. Estéril sería la oración más pingüe y rica en
todo género de erudición y doctrina , si le faltase este
orden ; y valdría poco el talento del orador , si al don
— 140 —
de la inventiva y á la fecundidad de argumentos, no se
juntase el tino y acierto para saberlos disponer.
No se requiere menos perspicacia para organizar
las pruebas de un orador, que en un general para or­
denar las tropas. Y como en el campo de batalla no
suele inclinarse la victoria al lado del mayor numero
de combatientes, sino donde hay guerreros más disci­
plinados y mejor dispuestos, así en una oración suele
vencer, no el número , sino el orden de los argumen­
tos. Por eso dice C icerón , que el orador eminente se
diferencia del adocenado , no en las pruebas mejores
que alega , sino en que las ordena mejor: «5 / solum
*spectaretur id quod inveníum est, ac nihil quo pacto
*lractarctur referret, nequaquam tantum inter summos
*oratores et mediocres interesse videretur*. (Inv., j.)
De aquí se infiere que la debida disposición de los
argumentos no está del todo sujeta á reglas, pues si
así fuera, no sería tan ardua cosa llegar á ser orador
perfecto. Cuantas reglas se dieren suponen un juicio
recto , exquisito tacto y conocimiento no vulgar del
corazón humano. Pueden , sin duda , adquirirse estas
dotes en cierto grado con la lectura de los buenos ora­
dores que poseyeron, por decirlo a s í, la estrategia del
púlpito , y es doctrina de San Agustín , como vemos
por estas palabras: «Pues que los niños aprenden á ha­
b la r sin más que oir á los mayores, ¿por qué no ha de
«poder un hombre salir elocuente sin más preceptos
«que leer, oir ó imitar á los oradores to<Jo cuanto pue-
»da? A varios conocemos, que sin estudiar retórica han
— 141 —
«salido más elocuentes que muchos que la estudiaron.
«Pero sin haber oído ó leído buenos oradores, no sé que
•haya habido un buen orador». (.Doct. crista 1. iv.)
Sin embargo , no puede negarse que los preceptos
ayudan á conocer el mérito de los oradores, y que sin
mucha disposición natural , dejará escapar gran parte
dé las bellezas y secretos oratorios el que leyere los
buenos discursos sin tener noticia de los preceptos.
Primera regla. Requieren algunos maestros que
en la exposición de las pruebas vaya creciendo la fuer­
za de la argumentación, por manera que tras una vfcn-
ga otra más poderosa , dejando para el fin las más de­
cisivas. Pero aquí, como dijimos en el plan de la divi­
sión, se puede dar alguna latitud, según la opinión de
Quintiliano: *Proutratio cujusque (causas) postulabii,
*ordinabuntur (argumenta), uno, ut ego censeo, excepto,
*ne a potentissimis ad tevissima decrescat oratio-».
(Inst.^ 1. v, c. i 3 .)
De lo contrario, ¿qué embarazo no sería andar bus­
cando lo más interesante para ponerlo después de lo
que es m enos, y pesando el valor de cada idea para
poner aquí la prim era, ahí la segunda , allí la tercera,
á modo de progresión aritmética? Condenen todos en
que la oración ha de ir creciendo; mas para ello no es
menester que crezca la fuerza ó valor intrínseco de las
pruebas , sino la convicción de los oyentes. Para con­
seguirlo basta que en el curso de la oración se vayan
sucediendo nuevos motivos de persuasión.
Otro motivo que nos asiste para no admitir como
— T4 2 —
ley general el progreso intrínseco de las pruebas, es Ja
imposibilidad de seguir este orden en presencia de un
auditorio heterogéneo, cual es el que escucha de ordi­
nario al orador sagrado. Las ideas que para uno son
claras, para otro serán oscuras; y las razones para unos
poderosísimas, para otros serán débiles. Si seguimos el
orden con que procede Bourdaloue en sus divisiones,
veremos que aquí convence á un incrédulo , allí á un
católico tibio, más allá á un timorato, y que la fuerza
de la persuasión crece extendiéndose y ganando terre-
no'en el ámbito del templo. Cuando se propone con­
denar la falsa prudencia del mundo, la pinta primero
como reprobada por Dios , con una fuerza de razones
que bastan para mover á un hombre tegieroso de Dios,
E l segundo argumento no es más fuert* en concfepto
cristiano, pero más poderoso para un hoqnbre del
mundo delicado en puntos de honra. E l tercero hiere
la susceptibilidad religiosa del que quiere pasar por
cristiano, haciéndole ver que su reserva le pone en el
número de los ateos. Y el cuarto conmueve al que
tiene algún celo del bien de los prójimos.
No es, pues, necesario, hablando en rigor, que cada
argumento seá más convincente que el que precede,
sino que añadido al que va delante , aumente la con­
vicción ó la impresión , lo cual no 6e verificaría si se
dejasen para el fin los argumentos tenues y ñacos. Por
lo tanto, quede sentada la regla de Quintiliano: *Ne a
poterúissimis ad levissima decrescal oration.
La segunda regla la propone Cicerón , quien en el
— 143 —
libro De Oratore exige que el primer argumento sea
validísimo por todos conceptos, con tal condición , sin
em bargo, que se reserven para el fin algunos igual­
mente fuertes: aFirmissimum quodque sitprimum, dum
»¡llud tamen teneatur ui ea quee cuque excellunt serven-
»tur etiam adperorandum*. (De Orat., ir, 77.)
No se opone esta regla á la precedente , pues aun­
que la segunda razón no haya de ser tan poderosa como
la primera, que ha de ser poderosísima , según hemos
dicho , no dejará de aumentar la convicción. Chocará
tal vez esta regla de Cicerón, si no se examina la razón
que asigna : « No apruebo „ dice Tá los que colocan al
^principio los más débiles argumentos , pues no poco
1 importa que cuanto antes se satisfaga á la espectación
• de*! público; y si esto no se hace al principio, costará
»mucho« más en lo restante del discurso*. «Reprehen-
>do eos qui quce minime firma surtí ea prima collocant,
tres enim postulat ut expectaiioni eorum qui audiunt
tquam celerrime seccurratur, cui si initio satisfaetum
tnon sit, multo plus in reliqua causa latfprandum*. (De
Orat., 11, 77.)
Segunda regla. Las razones débiles se han de aglo­
merar en m edio, según el precepto del mismo autor:
•S i quceerunt mediocria, in mediam turbam conjician-
tun. Estas razones, no siendo cada una de por sí bas­
tante poderosas para arrancar el asentimiento del con­
curso, se ayudará n mú tuame nte, co mo m u chos soldados
débiles, que por el gran número se sostienen y vencen.
En el sermón III de Cuaresma nos da Séñeri un
— 144 —
modelo de este arte maravilloso. Sentada la proposi­
ción de que no hay pecador tan grande en su audito­
rio que no pueda llegar, si quiere, á gran santidad, cau­
tiva la atención describiendo la conversión de Santa
María Egipciaca, la cual se hubiera sin duda reído del
que tal mudanza le hubiera anunciado poco antes de
que la gracia la moviese. Luego aglomera motivos de
confianza para el pecador no convertido , los cuales,
expuestos con alguna detención y separadamente, hu­
bieran dado tiempo de replicar al oyente *, pero los
acumula con rapidez, sin darle lugar de volver en sí.
«Otro poder tendréis , les dice , otro espíritu y valor*,
• cuando inunden vuestro pecho los celestiales favores
«y divinas delicias; cuando conozcáis la vanidad de las
*cosas humanas y la duración perpetua de las celestia­
l e s ; cuando el demonio no se atreva más á impugna­
d os; cuando os asistan los ángeles; cuando el cielo á
«porfía se ponga á favoreceros; cuando el servir á Dios
»se os convierta en una segunda naturaleza», etc.
Tercera regla. Pónganse bien separadas las razo­
nes sólidas que puedan por sí solas presentarse al des­
cubierto y hacer frente al enemigo, porque cuanto más
separadas estén , mejor se podrán amplificar , y mejor
se percibirá la fuerza que tienen. En un ejército no se
ocultan entre los cobardes los guerreros denodados.
Por eso dice Quintiliano que se ha de insistir en los
argumentos más sólidos , y que no conviene confun­
dirlos con otros. De esto nos'da ejemplo Bourdaloue.
Jam as piensa en la razón que precede, ni en la que
— *4 5 —
sigue, cuando desarrolla una de ellas en su imponente
majestad.
Cuarta regla, En cuanto sea compatible con las
leyes hasta aquí dadas, obsérvese este método; que las
pruebas que sean de una misma naturaleza vayan jun­
tas, para que tengan mayor eficacia. De la misma na­
turaleza llamamos á las que proceden del mismo prin­
cipio. Por lo tanto, si quisiere el orador inducir al
oyente á que abrace uqa virtud, busque los argumen­
tos persuasivos en los géneros de bien que distinguen
los retóricos y filósofos en las cosas apetecibles, y son
docens, utile^jucundum, faciley necesse, á saber: de­
coro, utilidad, placer, facilidad y necesidad. Siendo,
naturalmente, inclinada la voluntad á lo bueno, ó á lo
que se le pinta como tal, se han de traer juntas las ra­
zones de bondad que tiene la virtud para que la abra­
ce. Como además es el hombre tan interesado, se pon­
drán separadamente las razones de interés, utilidad ó
placer. Como es indolente para lo que cueSta algún,
esfuerzo, se le propondrá la facilidad y la necesidad,
con el temor de los males en que incurrirá si no se
deja persuadir. *
E l que exhortara á perdonar las injurias, primero,
porque la mejor venganza es perdonar la ofensa; se­
gundo, porque es indigno de un cristiano el vengarse;
tercero, porque perdonando se gana al ofensor; pro­
pondría, sin duda, buenos argumentos, pero mal or­
denados, porque el primero y tercero son de utilidad,
y el segundo de decencia. Aquellos dos debían ir jun­
io
— 146 —
tos. Estarían bien colocados si se pusiera, primero, el
ejemplo de Cristo, y este es motivo de decencia ; se­
gundo, la honra que resulta al que perdona; y tercero,
ventajas, como es ganar al enemigo \ entrambos son
motivos de utilidad.

A R T IC U L O III.

FORMAS DE LOS ARGUMENTOS.

Bajo diversas pueden presentarse ; mas todas ellas


las reduce Cicerón á dos clases en el primer libro de la
Invención, á saber: inducción y raciocinio.
Llam a inducción al método en qué, sentado un
principio, que el oyente admite, se le conduce por una
serie de razones, deducidas unas de otras, á la propo­
sición que se quería probar. A sí de una verdad cono­
cida del oyente se saca otra menos conocida, ó negada
por él mismo. Todos los pecadores están condenados
al trabajo ; verdad inconcusa, que todos los cristianos
admiten. Es así que los ríeos no son ménos pecadores
que los pobres i luego los ricos están condenados al
trabajo, verdad que niegan éstos. Con este raciocinio
convence Bourdaloue á los cortesanos que se creen
permitido el ocio.
Llámase raciocinio el método opuesto en que se es­
tablece primero la cuestión dudosa, y se ya probando
después. Como si dijéramos : los ricos no pueden sin
culpa vivir ociosos. En efecto ; ante Dios no hay dis­
tinción de rico ni pobre, sino solamente de pecador
— 147 —
é inocente. Siendo, pues, todos los hombres pecado­
res, ya sean ricos, ya pobres, sobre todos recae la ley
del trabajo.
Estos dos métodos se llaman analítico y sintético.
Usan los oradores el método analítico cuando encu­
bren la proposición que han de probar, hasta que por
una serie de raciocinios llegan á e l l a y el sintético,
cuando declaran desde el principio lo que quieren
probar. Del primer método tenemos un ejemplo en el
sermón de Séñeri del Domingo de Ramos. «Dios es
■la suma mansedumbre. Es así que ningún hombre
amanso se enardece y exaspera sino por gravísimas
■causas; luego pues el pecado, irritando á Dios, le hace
■salir de su mansedumbre y paciencia, y le trueca en
■juez severo, debe ser un gravísimo mal». A esta con­
secuencia no llega Séñeri hasta el fin del sermón, para
que preparados los ánimos, sea la convicción más pro­
funda.
E l segundo método es el que se sigue general­
mente.
E l analítico tiene la ventaja de poner á cubierto al
orador cuando le son desfavorables las prevenciones
del auditorio, pues por este medio lleva á los oyentes
como engañados hasta el'desenlace del discurso. E l
sintético carece de la ventaja de procurar una sorpre­
sa, pero es m ás‘ duradera la impresión que produce,
por ser aquí conHrmación lo que allí fueron prelimi­
nares.
Las formas del raciocinio son :
— 148 —
i/ E l silogismo, que se compone de tres proposi­
ciones, cuya tercera se deduce de las dos precedentes.
La primera es general y se llama mayor ; la segunda
particular, contenida en-la primera, y se llama menor;
la conclusión manifiesta la conexión de las premisas,
ó sea, que la segunda está contenida en la primera.
Para que sea válida la conclusión, ha de tener por su­
jeto el mismo de la segunda, y por predicado, el pre­
dicado de la primera.
2.a E l entimema, que es un silogismo en que se su­
prime una de las premisas , v. g. : Todos los hombres
son hijos de Adám ; luego Cristo es hijo de Adám.
3 .a E l dilema, que es un raciocinio compuesto de
dos proposiciones, de las cuales necesariamente se ha
de conceder una ; mas una y otra conducen á la mis­
ma conclusión. La proposición del sermón de Bourda­
loue sobre el ocio puede considerarse como un dile­
ma: o Delante de Dios no podéis pasar sino por peca-
adores ó por esclavos. Si sois pecadores, el ocio es una
^rebelión contra vuestro juez ; si esclavos, es una re­
b elió n contra vuestro Señor». En el sermón indicado
arriba se puede señalar otro dilema: «Omitís las obras
*de celo ó por prudencia ó por ñojedad. Lo primero es
»falsa prudencia, lo segundo imperdonable cobardía.
• Entrambas cosas son inexcusables t. San Agustín, con*
tra los que pedían milagros para creer en la Religión,
usa este dilema : «O creeis que la Religión ha sido
>fundada con milagros, ó no; si lo creeis, en vano pe-
»dís nuevos milagros ; si no, creed otro milagro ma~
— T49 “
»yor, y es que haya convertido al mundo sin mila-
Bgrosv.
4.“ De todas las formas de argumentos, la más per­
fecta es la colección, que las comprende todas, ense­
ñando también el orden con que se han de disponer.
A sí es, que Cicerón le da el nombre general de racio­
cinio. Después de decir: *Omnis argumentado autper
tinductionem tractanda esty autper ralioCtnalionem*,
añade : ■ Quinqué autem sunt partes argumentationis
*quce per ratiocinationem tractatur», y propone todas
las partes de un discurso de este modo : Primera pro­
posición, ó sea la mayor de un silogism o; prueba de
esta proposición; menor del silogismo y su prueba; y,
por último, conclusión. Añade Cornificio el adorno,
y le adopta también Granada y otros modernos, el
cual es una amplificación de ciertas pjfciebas que encie-
rran fuerza particular en el conjunto sus partes.
Veamos un ejemplar de la coleccion en el sermón
de Séñeri, undécimo de Cuaresma, para probar que es
imprudente el que dilata su conversión. Dos silogismos
son en compendio todo su discurso.
Primero. Es necio el que reserva para en adelante
el remedio á un grave mal, pudiendo aplicarlo hoy.
E s la mayor. Añade la prueba con el ejemplo del en­
carcelado, del enfermo que pidiese la libertad ó la
salud para más adelante. Faraón pide á Moisés le libre
de las ranas que infestaban á Egipto. ¿Cuándo quereis
que os libre de ellas ? dice Moisés. Mañana, responde
Faraón. ¿Quién no se admira de tal necedad ?
— 1 5o —
A esta prueba de su proposición añade el adorno,
amplificando los trabajos de Faraón con enumeración
de panes, pintando lo asqueroso é incómodo de aque­
lla plaga.
Es así, prosigue, que vosotros podéis aplicar pron­
to remedio á vuestro mal. Síguese la prueba de esta
proposición, que es la menor. Teneis á Moisés en tan­
tos sacerdotes, y con el pecado padeceis mayores pla­
gas que Faraón, y decís como él, mañana. Luego sois
unos necios. Es la conclusión.
Segundo silogismo. Es más necio aun el que dilata
la conversión para un tiempo en que probablemente
no podrá convertirse. E s la mayor, y la prueba a mi-
jtoriad majus. E s así, que vosotros la dilatais para un
tiempo en que probablemente no habrá remedio. Es
la menor, y la prueba del modo siguiente : Ignoráis de
qué enfermedad habéis de morir. Si basta, como de­
cís, una señal de dolor, muy tontos fueron los anaco­
retas, etc. Cualquier remedio extremo siempre fué
peligroso. Por tal le tuvieron los Santos Doctores
Agustín, Jerónimo, etc. Entonces son mayores los es­
fuerzos del demonio. Temed no os suceda lo que á
Sansón.
En todos los discursos notaremos que el adorno se
coloca donde mejor sienta, sin que tenga Jugar deter-
minado. También se ha de advertir que el silogismo
oratorio no siempre guarda en la colocación de las
proposiciones el orden filosófico, antes suele variarse
por elegancia, v. g.: Eres mortal, porque eres hombre,
— 15 1 —

y todos los hombres son mortales. En este razona­


miento de Granada: «Pues si son espantables las obras
• de la divina misericordia, así también lo han de ser
»las de su justicia^ porque como en Dios no haya cosa
■ mayor ni menor, pues todo lo que hay en Dios es
iD ios, cuan grande es su misericordia, tan grande es
»necesario que sea su justicia»; se ve invertido este
silogismo : todos los atributos de Dios son iguales ; la
justicia y la misericordia son atributos de Dios; luego
son iguales.

C A P IT U L O V.

REFUTACIÓN.

E s la respuesta á las objeciones que se presume


opondrá el oyente á cuanto acaba de oir. Aunque pa­
rece inútil esta parte, pues no hay interlocutor que re­
plique, y las objeciones deben haberse prevenido en
las pruebas, tiene, sin embargo, en la oración un lu­
gar importante, porque llama la atención al oyente, á
quien suele gustar que baje el orador á su terreno y
dispute con él en particular. Convendrá observar las
reglas siguientes:
i .a Si las objeciones son vulgares y comunes entre
la gente plebeya, conviene exponerlas con toda clari­
dad, y aun tal vez con los mismos términos.
2.a E l modo de refutarlas será dar al instante una
respuesta lacónica, un argumento ad hominem, que
hiera la imaginación de la gente ruda, satisfaga á los
--- 1 52 —

que no entran en honduras, y se grabe en su memoria


tan bien como se les grabó la objección y el sofisma.
Ejem plo: objeción. Yo no creo sino lo que entiendo.
Refutación: Pues no creas nada, porque nada entien­
des. O esta comparación trivial: No entiendes cómo
el fuego á un mismo tiempo ablanda la manteca y en­
durece los huevos. Pues no creas en las tortillas. Na­
die ha venido del infierno á decir lo que allí pasa.
Tampoco volverás tú cuando allá vayas. Este método
observa Segur en sus Respuestas á las objeciones< Des­
de luego contesta con una réplica aguda, aunque luego
entra de lleno en materia, demostrando el falso prin­
cipio en que se apoyan aquellas sofisterías, y distin­
guiendo en qué sentido es verdad y en cuál no lo es
aquello que objetan los adversarios.
3 .a A veces aprovecha refutar, no directa, sino in­
directamente las objeciones, pues las hay cuya solu­
ción directa metería al orador en cuestiones intrinca­
das y remotas del alcance del vulgo. Ejemplo: expone
el orador esta máxima errónea sobre la predestinación:
Si Dios ha previsto que me he de salvar, con poco ó
nada que haga me salvaré. Si ha previsto que me he
de condenar, por más que haga rae condenaré. Si pre-
vee que aquellos á quienes hace fuerza este sofisma no
tienen suficiente capacidad para penetrar la solución
directa y perentoria, tome otro camino, y procure con­
vencerles ab absurdo. Ponga, por ejemplo, á un hijo
que reprendido por su indolencia se escuda con el mis­
mo sofisma. E l Padre Franco trae esta comparación:
— 153 —
Si Dios ha previsto que has de comer hoy, no necesi­
tas buscar cocinero. Si ha previsto que te has de enri­
quecer, no tienes que trabajar en el comercio.
4.“ Suele á veces surtir buen efecto el conceder ai
principio cuanto se puede conceder al adversario, pues
se granjeará su estima el orador, si le trata con deco­
ro y condesciende cuanto puede con su opinión ; y
por otra parte, le inspirará mayor respeto mostrando
lo poco que le teme, y lo seguro que está de su triunfo.
5 .a La refutación, sea dirgeta ó indirecta, ha de ser
siempre decisiva; y así vale más omitirla, si no ha de
quedar plenamente victorioso el orador.
6.a L a refutación tiene su lugar propio después de
las pruebas , pues cuando se combate el vicio con ar­
gumentos , es cuando los oyentes menos dóciles quie­
ren defenderse , y es menester entonces llegar hasta
sus trincheras y derribar sus fortificaciones.
Pero si la objeción recae sobre la proposición ó
principio general en que descansa todo el razonamien­
to, será bien rebatirla desde el principio , pues de lo
contrario se'le oirá con prevención. Séñ eri, en el ser­
món de los respetos hum anos, previene , antes de en­
trar en materia, la queja que piensa le harán los oyen­
tes , acusándole de excesiva dure'za. (Sermón VIII de
Cuaresma.)
— i 54 —

CAPITULO VI .

PERORACIÓN*

Es la última parte en que se recogen las velas de la


argumentación , con una despedida breve y animada.
Dos partes contiene: el epílogo ó recapitulación * y los
afectos.
Por epílogo entendemos una breve reproducción
de las ideas sembradas en todo el discurso. La parte
afectuosa es un cuadro patético inspirado por los sen­
timientos que ha debido producir el conjunto de los
argumentos.
Difícil sería dar una regla segura para el uso de
entrambas partes, ya que los autores están divergentes
en este punto. Con todo, sentaremos como documento
gen eral, que en los discursos en que hayan entrado
muchas pruebas, se han de recopilar con brevedad las
más fuertes y decisivas para ayudar la memoria del
oyente, y señalar de un golpe los poderosos motivos en
que se apoya aquella doctrina. En los discursos que se
reducen á dos ó tres razones, no es necesario el epílo­
go, pues es de suponer que las tienen presentes los cir­
cunstantes.

A R T IC U L O P R IM E R O .

REGI.AS DEL EPILOGO.

i.* Téngase presente que el objeto de la recapitu­


lación es no solo recordar á los oyentes las ideas que
. — 155 —

podían habérseles olvidado, sino también, y muy prin­


cipalmente , herir la imaginación presentándoselas de
golpe. »La repetición y aglomeración de las cosas, dice
iQuintiliano , ayuda la memoria del juez y le pone
atoda la causa delante de los ojos ; y las pruebas que
>separadamente alegadas no moverían mucho , hacen
»notable impresión juntas en uno*. *Rerum repetitio
*et congregatio et memoriam judicis rejicit, et totam
tsirnul causam ponit ante oculos, et eiiamsi per singula
*minus moverat, turba valet». (Inst., 1. vi, c. i.)
Se ha de evitar, por otra parte, una seca enumera­
ción, que haría lánguida la conclusión. Para evitar este
defecto convendrá reproducir solamente los argumen­
tos más selectos , capaces por sí solos de obrar una
convicción profunda.
2.a L a forma que más conviene al epílogo es un
cuadro patético adornado con figuras vehementes y no
emitidas hasta entonces, que recreen al paso que mue­
van á los circunstantes.
Véanse los buenos oradores en el modo de formar
los epílogos. En un sermón sobre la castidad, por ejem­
plo , puede personificarse esta hermosa virtud , y po­
nerse en su boca una sentida, pero breve alocución, en
la que se reproduzca lo dicho en todo el discurso. En
otro, sobre el juicio, puede aplicarse al auditorio cuan­
to se acaba de decir, como lo hizo Massillón acerca del
corto número de los escogidos. «Imaginóme que ha
»llegado el fin del mundo, y que abriéndose los cielos
^baja Jesucristo, mientras que consternados vosotros.
— 156 —
»cual reos delante de un juez, aguardais la sentencia...
»Si apareciese aquí Jesucristo para separar en este au­
d ito rio las ovejas de los cabritos, ¿creeis que la mayor
•parte de vosotros sería colocada á la derecha? ¿Creeia
•que tal vez la mitad? ¿Hallaría aquí diez justos el que
•en cinco populosas'ciudades no los pudo hallar?»
E n ’ un sermón sobre el pecado podrá el orador, con
el crucifijo en Ja mano, recopilar cuanto ha dicho, con
un apostrofe al mismo Señor.
Algunos terminan con una historia ó parábola,
como resumen de lo explicado hasta allí.
Bourdaloue da fin al sermón del cuidado de los do­
mésticos con la parábola de la mujer fuerte.
3 .u Sea breve, pues si no, equivaldría á un segundo
sermón, cansando en vez de mover.

A R T ÍC U L O II.

REGLAS DE LA PERORACIÓN EN LA P A R T E AFECTUOSA.

Sea cual fuere el género de peroración que se esco­


ja, téngase presente que el efecto ha de ser decisivo, y
en ella ha de recogerse lo que se ha sembrado en la
confirmación. Por consiguiente, debe no solo dejar im­
presión favorable, sino conmover profundamente á los
oyentes. Con este fin proponemos las reglas siguientes:
i .a Obsérvese lo que dice Blair: * Se ha de cuidar
■no solo que sea natural la peroración , sino que con-
•venga con el tono que ha dominado en todo el dis-
a curso. No se introduzca en la conclusión objeto algu-
— 1 57 —
■ no nuevo , distrayendo la atención , pues sería como
■las excrecencias en los cuerpos, que están dem ás».
(Lect. X X V III.f
2.tt Sea breve la conclusión, como hemos dicho del
epílogo, pues si se alarga, cansa y no surte buen efec­
to. No hay cosa peor que andar engañando á los oyen­
tes , que creen se va á concluir tres ó cuatro veces , j
casi desesperan de llegar al término.
3 .8 En vano se habrá convencido el entendimien­
to, si no se ha movido la voluntad ; por eso , si el dis­
curso es todo razonado, debe á lo menos esta parte de­
dicarse á mover los ánimos ; y si es patético , deben
reservarse para ella los afectos más fuertes; de otra
suerte se secarían pronto las lágrimas.
4 / Estando , pues , destinada esta parte de la ora­
ción á mover la voluntad, y no convencer el entendi­
miento, que se supone ya convencido, han de evitarse
aquellas locuciones que por demasiado sublimes no
llegan al corazón. E l lenguaje del corazón aborrece la
oscuridad del artificio. Sea, pues, la construcción llana,
y las voces obvias y comunes.
5 .a Este es el propio lugar de las imprecaciones y
amenazas , y de cuanto pueda conmover los ánimos,
como dice San Agustín.
*Si qui audiunt monencÜ suntpotius quam docendi,
*ut in eo quodjam sciuntagendo non torpeante majori-
tbus dicendi viribus opus est. Ibi obsecrationes et im-
*precationes, et qucecumque alictvalent ad commovendos
•ánimos sunt necessaria». (Doct. christ., 1. iv.)
— 158 —

Aquí viene bien el argüe, obsecra, increpa de San


Pablo; aquí apostrofes á Dios, al cielo, al pecado, pro­
sopopeyas „ hipotiposis y otras figuras, que llegan á los
corazones por medio de la imaginación.
6." Pero conviene templar el fuego de las invecti*
vas , y amenazar con la suavidad de las promesas , y
mezclar lo dulce con lo agrio, de suerte que no quede
exasperado el pecador. Séñeri , en el sermón del in­
fierno, une muy bien, cuando perora, entrambos afec­
tos, «He acabado con mis fuerzas y gastado mi aliento.
»E 1 sudor corre por todo mi cuerpo. Si aún hay algu-
»no que quiera perecer , perezca. Si clamare á tí á la
shora de la muerte, tú, ]oh cielo! no le oigas. ¿Tienes
«acaso necesidad, para poblarte , de andar perdido en
«busca de almas que te desdeñan? Pero si quieres hacer
«gracia, mira con am orá estos oyentes, que piden per-
ídón de sus pecados, y haz así patente que has puesto
*en sus manos el agua y el fuego, ¿Qué resta, sino que
icada uno elija la que de estas dos cosas quiera? O
allorar por breve tiempo como los penitentes», etc.
y .ñ Si está muy conmovido el auditorio , es ú til, á
veces, terminar con una breve sentencia que haga gran
efecto y dé motivo á serias reflexiones , v. g., esta con
que acaba Séñeri el citado sermón: «O llorar por breve
«tiempo con los penitentes : veis ahí el agua ; ó arder
»por todos los siglos con los condenados: veis ahí el
«fuego».
8.a Si no hubiere sido bastante práctico el predica­
dor , y se hubiese detenido solamente en el elogio de
— 15g —

una virtud, podrá en la peroración proponer los medios


de alcanzarla.
He aquí compendiadas las reglas del epílogo:
1." Ensenar y mover con acertado conjunto de ar­
gumentos.
2." Darles estilo figurado.
3 .a Hacerlo todo con brevedad.
La parte de afectos:
1.° Sea natural y nacida del que más haya domi­
nado en la oración.
2.* Sea breve.
3 .° Resérvense para ella los afectos más vehe­
mentes.
4.* Sea claro el estilo.
5 .° Mézclese el temor con la esperanza. '

A R T ÍC U L O III.

EJEMPLO DE LA PRÁCTICA EN ESTAS REGLAS.

Veamos cómo las observa Séñeri en su grandiosa


peroración del sermón sobre el perdón de injurias, ter­
cero de C uaresm a..
Los pensamientos más sobresalientes de este precio­
so discurso son:
1 .° Dios ha hecho este pacto con vosotros: Si no os
vengáis , yo tomo la defensa de vuestra honra. Si os
ven gáis, tomo la defensa de vuestro enemigo contra
vosotros.
¿Qué os parece de la proposición?
— r 6o —
2.0 Pero quedaré deshonrado. ¿ Con que fueron
hombres sin honra los Apóstoles, los mártires y tantos
príncipes que perdonaron?
3 .° A l fin es cosa dura , os lo concedo. Pero Dios
lo manda , y hay que pasar por ese camino para ir al
cielo.
4.0 Digan los mundanos que es bajeza y cobardía.
Paciencia. ¿No es digno el cielo de tal humillación? O
perdeis el honor vosotros, ó pierde Dios el suyo. ¿Qué
escogeis? Y a lo habéis dicho. Caiga el honor de Dios.
Pues ya he acabado. ¡Triste Redentor mío!
5 .° En vano habéis dicho: perdonad. No se envainan
las espadas por eso. Saben más puntos de honra que
vos. Vos , nacido en un establo , no sabéis lo que son
puntos*de honra.
Veamos cómo reproduce estos pensamientos en la
peroración. «Ya en nombre de Dios os he explicado
im i embajada. ¿Qué respuesta quereis que le lleve?...
«¿Dudáis aún?.,. Si lo pidiera á gente extraña , pase;
«mas os lo pide á vosotros , á quienes ha dado tanto,
«¿y no lo ha de poder alcanzar? Pudo Abigail aplacar
ȇ David irritado contra N a b a l; pudo San Ambrosio
>alcanzar del emperador Graciano que perdonase á un
«público mofador de la persona imperial... Y Pelagio,
«Diácono, arrojándose en el umbral del Vaticano á los
»piés de Tótila, aunque bárbaro, alcanzó de él, por el
«libro de los Santos Evangelios, que perdonase la vida
i»á Roma. ¿ Y Cristo no podrá conseguir nada de vos­
otros? ¿Qué quisiérais? ¿Que se echara á vuestros pies
— 161 —
*á pediros esta gracia? Lo hiciera , pues se echó á los
■piés de Judas,,. ¿Pero necesitáis tanto para inclinaros
ȇcomplacerle? |Ah, caballeros! Si os pidiera otro tanto
«vuestra dam a, cu/as voluntades estáis siempre adivi­
n a n d o , no os haríais tanto de rogar...
«¿Sois , por ventura , tan buenos , que no le hayais
■ofendido jamas? ¿Pues cómo podéis esperar perdón?
«Abrase la tierra y arrojaos desesperados á las llarnas
•eternas. Mas si quereis misericordia, ¿con qué cara la
■pediréis en el tribunal de Dios?
"Los hombres santos, á quienes tiene Dios tan poco
*que perdonar, bendicen á los que los maldicen, por
•temor de ser tratados de Dios con severidad , si con
^severidad tratan á otros; y nosotros, que á cada paso
■nos desplomaríamos en el infierno si no nos tuviera
■Dios por los cabellos, no hay satisfacción que no crea-
■mos poca. Mande Dios cuanto quiera; ruegue , ame-
«nace, no importa, queremos ver sangre.
»¿Es posible que por satisfacer una pasión tan bes-
■tial queramos cerrarnos el paraíso?
«Venid, que voy á escribir el perdón con la pluma
«mojada en las llagas de este Crucifijo. Si alguno se
■niega á ello , con esta sangre misma escribiré la sen­
ten cia de su condenación. No halle piedad, quede
i viuda su esposa y huérfanos sus hijos. Vayan sus ni&>
itos errantes fuera de sus tierras , sin hallar ni techo
■que los acoja, ni vestido que los cubra. Destruyase su
■casa, disípese su hacienda, olvídese su nombre. Cuan-
*do comparezca en el tribunal de Dios, sea juzgado sin
ti
---- 162 ----
ipiedad. Quítele Dios de en medio de nosotros, retíre-
»se de este lugar. Nosotros , que nos quedamos aquí*
«pediremos perdón por nuestros enemigos».
Las reglas del epílogo las observa Séñeri reprodu­
ciendo los argumentos más selectos, y haciéndolos
nuevos en razón de la forma.
«Pudo Abigail...» reproduce la parte en que da
ejemplos de hombres grandes que perdonaron.
«¿Quereis que se eche á vuestros piés?» Reproduce
la idea de que un Dios nacido en un establo no atiende
á puntos de honra.
«¿Sois, por ventura, tan buenos?» Recuerda el pac­
to que hace Dios de tratarnos con indulgencia, si per­
donamos.
• Repárese cómo pone en globo y de bulto los argu­
mentos en una especie de escena en que interviene el
mismo Dios, ya humillándose hasta la sumo, ya osten­
tando su poder y la bajeza del vengativo. ¡Qué estilo
tan figurado desde que se supone embajador de Dios,
que tiene que responder sí ó no, cuando quiere mojar
la pluma en las llagas del Crucificado; cuando , en
fin , echa las maldiciones del Salmo CVIII sobre los
obstinados!
Pasando á la parte afectuosa, hallamos un patético
inspirado. Juega las armas de la ternura y del terror
con afectos vehementes. «Pudo A bigail,..* «¿Quereis
que se eche á vuestros pies?» «Si os pidiera otro tanto
vuestra dama...»
E s natural la peroración toda , guardando la ento­
— 1 63 —

nación de iodo el discurso. Es breve, pasando de una


moción á otra con rapidez, pero sin violencia. Contie­
ne los afectos más vehementes de todo el sermón. Es
claro el estilo y popular el lenguaje. Mezcla el terror
con la esperanza , pasando sucesivamente de un senti­
miento á otro. Termina con la imponente traducción
del Salmo C V 1IL Y para no concluir aterrorizando,
pone al fin aquella reflexión tan natural: «Nosotros
nos quedaremos rogando...»
TERCERA PARTE.
- V 9 iV~

EXPRESION.

Es el modo de proponer los argumentos, en el cual


consiste la diferencia esencial que media entre el filó­
sofo y el orador, y aun podríamos añadir, entre un
orador mediano y otro de primera. De hecho, ¿ cuán­
tas veces se encuentran en sermones de ningún efecto
tan buenas razones como en los de más nombradla?
¿ Y en qué consiste la superioridad de éstos, sino en el
modo original de expresar argumentos idénticos?
E n la lectura de los buenos oradores hallaremos el
secreto de presentar nuestras pruebas, de suerte que
no sólo convenzan, sino que también muevan y per­
suadan. Veremos allí cómo unas razones trilladas y
manoseadas se vuelven tan punzantes en boca de Sé­
ñeri. Hubiera movido poco si hubiera dicho secamen­
— 166 —
te : no temáis perder el honor, porque lo único que
deshonra es el pecado, y por perdonar no quedaron
deshonrados los Santos. Si os vengáis, no os estimarán
más los mundanos, sino que os dirán que habéis obra­
do según el instinto de los brutos.
Estas tres ideas ó razones se arman de aguijón en
su boca.
«Pero me deshonraré. Os felicito de que sea esta la
• primera vez que os deshonráis. Os felicito de que no
■os hayan deshonrado jamas los adulterios, las obsce­
n ísim as casas públicas, los infames personajes en los
■tablados, la detención de los jornales del pobre por
•espacio de años enteros, la calumnia contra los ino­
cen tes. Habiéndoos deshonrado tantas veces en per*
■juicio de vuestras almas, ¿no podréis una vez deshon­
oraros en provecho nuestro? ¿Y quién dice que os des­
honrareis ? E l mundo. ¿ Con que fueron infames los
• Basilios, infames los Naziancenos, infames los Cri-
• sóstomos, un Ambrosio, un Carlomagno, un León,
• un Zacarías, un Alejandro, sumos Pontífices? Si és-
•tos„ en vez de perdonar á sus enemigos, los hubieran
• degollado, ¿serían dignos de mayor estima? Si hubié-
• rais de dar la sentencia, ¿en qué actos los declara-
•ríais más gloriosos: cuando os mostraran las manos
• manchadas de sangre, como lo hacen aun los bárba-
»ros del Brasil, ó cuando os presentaran el corazón
•puro y ajeno del menor odio?...
•Persistid en la opinión vuestra, mas no podrá ha-
• liarse honra que iguale á tan bella infamia... Dirá el
— i 67 ---
• mundo que no tuvisteis aliento para obrar como Da-
• vid con Saúl, sino como las víboras y abispas, que son
• mortales para quien les da pesadumbre ».
E n vez de decir fríamente en el sermón de no dila­
tar la penitencia, que los santos anacoretas confunden
la presunción de los que esperan salvarse con un acto
de contrición en el trance de la muerte, cosa tan sabi­
da, dice así el mismo Séñeri: «¿Con que te basta un
itsuspiro, una lágrima, una señal de contrición? ¡Qué
»necios fueron los Otones, los Potam iosl... Decidles
nque se vuelvan atrás, que no necesitan tanto para sal'
•varse». En vez de citar simplemente áSan Jerónimo,
que desconfía del valor de tales conversiones, dice:
«¿A quién enseñáis esas doctrinas ? ¿ A quién esa nue-
»va teología? A niños, sin duda. Enseñadla á un San
•Jerónim o... á un San Am brosio...*
Por la fuerza que en nosotros hacen estos modos
enérgicos de razonar, conoceremos que si las prue­
bas se han de concebir dialécticamente para conven­
cer, se han de expresar oratoriamente para persuadir.
Saben todos los oyentes que deben aborrecer el vi­
cio y obrar contra sus pasiones, y por lo general hacen
lo contrario. Los que confiesan que deben su conver­
sión á la palabra divina, ¿acaso ignoraban antes Jo que
no hacían ? ¿ A qué atribuyen éstos el cambio de su
conducta y la mudanza que en su corazón se ha obra­
do, sino á la elocuencia que Jes cautivó la voluntad?
Para ayudar al orador á la adquisición de estas do­
tes que cautivan y triunfan de la voluntad humana,
trataremos: i.°, de'la amplificación; 2.0, de las figuras;
3 .°, de los efectos; 4.0, del estilo.

C A PIT U LO P R IM E R O .

AMPLIFICACIÓN.

Es el método de desarrollar un asunto presentán­


dole bajo todos los aspectos que ofrezca el conjunto
de las circunstancias, con el fin de captarse más y más
la atención y el ánimo de los oyentes. De ejemplo
puede servirnos el trozo de Séñeri que analizamos
arriba, y en el que amplifica este silogismo : Lo que
hizo gloriosos á los heroes de la historia, no puede
deshonrar á un caballero cristiano ; es así que el per­
dón de injurias hizo gloriosos, etc.
Para amplificar con ma'estría, es menester exami­
nar el asunto en todas sus partes. Si se quiere definir
la cosa de que se trata, no se dará una definición lógi­
ca, sino oratoria, como esta de Granada hablando de
Dios : « Es un Sér presentísimo y secretísimo, hermo-
«sísimo y fortísimo, estable é incomprensible, sin lu-
sgar y en iodo lugar, invisible y que todo lo ve, in-
»mutable y que todo lo muda, el que siempre obra y
»siempre está quieto, el que todo lo hincha sin estar
vencerrado, y todo lo prevee sin quedar distraído; el
sque es grande sin cuantidad, y por eso inmenso ; y
sbueno sin cualidad, y por eso verdadero; y suma­
m ente bueno, antes ninguno es bueno sino solo él...»
La enumeración divide el objeto en todas sus par­
— 169 —
tes, de forma que en lugar de la idea sencilla que pre
senta de golpe, ofrezca á la vista el conjunto de sus ele­
mentos diversos. Con gran viveza describe San Juan
Crisóstomo las miserias del hombre sobre aquellas
palabras del Salmo X X X V I 11 : «Sed etfrustra contur-
batur ».
«Enciéndese como el fuego, y como paja se vuel-
ive ceniza; levántase como una tempestad, y como
«polvo cae á tierra ; inflámase como una llama, y co­
limo el humo se disipa; deleita como una flor, y como
■el heno se seca ; hínchase como una nube, y como
alluvia se deshace. Sus tribulaciones son para otros
• delicias ; sus trabajos para otros spn tesoros ; lo que
»para él es adverso, para otros es favorable. Padecerá
sel en los infiernos, y otros gozarán de sus bienes.
uLuego en vano se turba el hombre prestado á la vida
»por breve tiempo , á quien tan luego reclama la
•muerte como una deuda que ha de pagársele sin de-
nmora. Cieno lleno de arrogancia, ceniza sediciosa,
«polvo hinchado, conjunto de todas las miserias, ju-
jguete de todas las pasiones, víctima de las enferme-
tdades, hospedería de todos los dolores, en vano se
»turba. ¿No veis cuán semejantes son las cosas huma-
*nas á las olas del Océano? ¿ No las veis agitadas por
»las mismas borrascas? ¿ No luchan entre sí los hom-
»bres como los vientos ? E l uno se apodera del campo
»de otro ; aquél de los esclavos de éste. Uno pleitea
»en los tribunales por un arroyuelo; otro disputa el
*aire mismo á su vecino. Este exige que le paguen;
— 170 —
«aquél no quiere devolver lo que ha robado. E l uno
■lleva con impaciencia la pobreza; el otro no descan-
«sa en la abundancia. La autoridad es odiada, reina la
■avaricia, se alaba la mentira, está desterrada la buena
«fe y ha desaparecido la verdad ».
Las circunstancias bien meditadas dan mucho peso
á lo que se intenta probar, ya engrandeciendo la gra­
vedad del mal, ya atenuándola, ya realzando el mérito
de una acción, ya disminuyéndola.
Por las circunstancias pondera San Crisóstomo la
fealdad del pecado de David del modo siguiente: oE l
«mayor conocimiento es causa del mayor suplicio; por
«eso un sacerdote que cae en los mismos pecados que
«sus súbditos padecerá mayores tormentos que ellos. El
• crimen de Caín no fué simplemente una muerte, sino
«muchas, pues no mató á un extraño, sino á un her~
«mano, y á un hermano inocente é indefenso. Nadie
»le había dado ejemplo de semejante crimen ; él fué
nsu primer inventor. Otro tanto podemos decir del pe­
ncado de David. No fué simplemente una muerte, pues
uno la cometió un hombre vulgar, sino un Profeta; no
amató á un agresor, sino á un hombre á quien él ha-
nbía ofendido, cometiendo adulterio con su mujer.
«Enorme fué este crimen en un hombre ilustrado por
sel Espíritu Santo, y de tanta piedad, y en edad ya
uñ adura».
Con igual método realza el mérito de su con­
versión.
«Nada me parece tan admirable en su conversión,
— l7 l —

• como el que no cayera en la desesperación, al verse


«sumido en el abismo de la maldad ; y que en vez de
«quedar tendido en la arena, herido como de muerte,
*se levantase tan pronto, y diese á Satanás mayor gol-
*pe del que había recibido. No necesita tanto valor el
pque siempre va por el camino recto, y lleva por com-
»pañera la santa esperanza, que le da cada vez nuevo
• brío, como el que .después de mil coronas, trofeos y
•victorias, ha caído miserablemente, y quiere volver
»al buen camino. Muchas cosas podrían inducirle á
«desesperación: lo grave de su pecado, su avanzada
»edad, su dignidad y la fama que le habían adquirido
»tantos méritos pasados, oscurecida en un momento.
■Bien sabéis lo que abate al hombre más impávido el
«tener muchos testigos de algún crimen de que le acu-
■san sin piedad. A pesar dé todo, no sólo lavó sus
■manchas aquel esforzado varón, sino que áun des-
ipués de su muerte mereció cubrir los pecados de sus
• nietos. Acordémonos de tantos llantos, de su conti-
■nuada penitencia de día y de noche, cómo derrama­
b a fuentes de lágrimas, y lavaba con ellas su lecho».
Las causas y efectos dan margen á hermosas re­
flexiones en apoyo de una proposición. San Basilio,
para afear el vicio de la ira, pondera los males que
causa, de este modo : « La ira convierte al hombre en
■una fiera, privándole de sus facultades, y no dejando
»en él nada humano. Lo que el veneno en los anima­
dles, eso produce en el hombre la ira. Rabia el ira-
»cundo como oerro furioso, salta como escorpión,
— 172 —
¡«muerde como serpiente. L a ira afila las espadas, hace
»al hombre homicida, arma hermanos contra herma-
»nos y padres contra lyjos. Gomo torrente que despe­
inado en un valle todo lo tala, así el hombre furioso
■todo lo destruye ».
San Crisóstomo pinta con pincel maestro los efec­
tos de la codicia. «La codicia es un tirano cruel que
«quita á sus esclavos todo sentimiento, menos el del
Doro; los deshonra, los expone á mil peligros, fragua
«espadas y armas contra ellos, les abre un abismo, los
¡►arroja contra los escollos n.
La comparación de un hecho con otros semejantes
ilustra mucho cualquier asunto, y da margen á gran­
diosas figuras, las cuales, al paso que dan claridad*
mueven en gran manera los ánimos. En el retrato del
pecado de David usa el mismo San Crisóstomo de esta
bellísima comparación: fFiguráos que en el campo de
nbatalla acomete un bárbaro á un soldado valerdso y
»le traspasa con una lanza, y en seguida le da una pu­
ñ a la d a mortal ¿ y que caído éste en tierra, y bañado
»en sangre, se levanta de repente, y de un solo golpe
• deja muerto á su agresor. ¿Qué admiración no-causa­
r í a semejante hazaña? Pues no es ménos estupendo
»el que David, herido de muerte por el demonio, se
■levantase é hiciese á éste mayor daño del que había
•recibido».
Muy \í propósito compara San Basilio el dinero
encerrado al agua detenida; y así dice á los ricos:
«Abrid paso á vuestras riquezas para que lleguen á
— 173 —
ílas chozas de los pobres, como las aguas de un gran
uno divididas en varios canales van á fecundar los
«campos. Como las aguas de los pozos se endulzan
»cuando van á sacarlas con frecuencia, y de lo con­
tra rio se corrompen ; así el oro escondido en las ar­
icas es esteril y. muerto, pero distribuido se hace fe-
•cundo».
L a oposicion ó contraste hace sobresalir un objeto
oponiéndole cualidades enteramente diversas de otro.
E s muy común esta figura en la Escritura Sagrada,
donde se ponen con frecuencia las buenas cualidades
de los brutos en oposición con las malas del hombre.
«Conoció el buey á su dueño, y el jumento el pese-
»bre de su am o; Israel, sin embargo, no me conoció».
{Isaías, 1.)
Los Padres usan con frecuencia esta figura, y la lla­
mada antítesis, que es una serie de contrastes sacados
de las cosas inanimadas, como cuando dice San Cri­
sóstomo : « Conmuévense las aguas y se sosiegan; con-
ümuévese la tierra y descansa; hánanse de comer las
«fieras y se apaciguan; pero el hombre ambicioso nun-
»ca se p ara».
Antecedentes y consiguientes. Reprendiendo San
Cipriano la facilidad de admitir en la Iglesia á los
apóstatas de la persecución, amplifica así por los an ­
tecedentes su diatriba: «Vuelven de las aras del dia­
b l o al santuario del Señor, y se llegan á él con las
■manos manchadas todavía del sacrificio impío. To-
•davía vienen eructando las viandas mortíferas de los
— i 74 —

• ídolos, y exhalando por la boca su crimen, se acercan


»á recibir el cuerpo del Señor».
Basta lo dicho en la confirmación sobre el uso de
los tópicos, para que con la lectura de los autores, y
en especial de los Padres, lleguen los principiantes á
adiestrarse en el modo de bien amplificar. Pasemos al
lenguaje figurado, que comprende todas las bellezas
de la oratoria, pues en las figuras se hallan todas las
formas de la amplificación.

CAPITULO II.

LENGUAJE FIGURADO.

Hay figuras de dicción que consisten en las solas


palabras, de suerte que, quitadas e'stas, desaparece la
figura; y de sentencia, que consisten en los pensamien­
tos, y no dependen de esta ó aquella palabra.

A R T IC U L O P R IM E R O .

TROPOS Ó FIG U R A S DE D IC C IÓ N .

Los tropos, que se reducen á dar á una voz diverso


sentido del que tiene vulgarmente hablando, nacieron
en parte de la pobreza de las lenguas, que no tienen
vocablos con que expresar conceptos elevados‘ ó ideas
no vulgares; pero principalmente de la imaginación
del hombre, que suele suscitar al par de una idea otras
muchas semejantes. Razón por la cual abunda en figu­
ras el lenguaje de los orientales, como dotados de más
— 17 5 —

vehemente fantasía. Según esto , llamamos león al


hombre iracundo, porque nos despierta la idea de
aquel animal furioso. Por la razón contraria llamamos
oveja á un hombre manso, ángel á un joven candoro­
so, y demonio á un malvado. Las aguas en su rápido
curso nos recuerdan el movimiento de la vida huma­
na; un caballo veloz nos recuerda á las aves; un espí­
ritu elevado nos hace pensar en las águilas ; y deci­
mos que corre un río, que vuela un caballo, que aquel
hombre es un águila, que un orador se sube hasta las
nubes.
Las principales figuras de dicción son la metáfora,
la alegoría, la sinécdoque, la metonimia y la ironía.

§L
Metáfora.
E s la traslación del significado de una cosa á otra
semejante. L a Sagrada Escritura está llena de metáfo­
ras. Unas veces se animan los seres inanimados como
en estas:
4Mare vidit etfugit...» oMontes exultaverunt».«Flu-
i minaplaudent manu ». «Ascendunt montes et descen-
idunt campi*. Otras veces se dan á los séres anima­
dos facultades que no tienen. »Sepulcrumpatens est
igultur eorumi . « Venenum aspidum sub labiis eorum».
•Lingua mea calamus scribce...» *Sub lingua eorum
»labor et dolor».
Alegoría es una metáfora continuada en uno ó más
periodos.
— 176 —
En el capítulo X X X IV de Ezequiel dice Dios:
•Y o buscaré mis ovejas y las visitaré. De la ma­
n e r a que visita el pastor su ganado, cuando lo halla
«descarriado, así yo visitaré mis ovejas, y las sacaré de
•todos los lugares por donde andaban descarriadas en
»el día de la nube y de la oscuridad ; y sacarlas he de
•entre los pueblos, y juntarlas he de diversas tierras, y
•traerlas hé á la suya, y apacentarlas hé en los mon­
otes de Israél, en los ríos y en todos los otros lugares
•de la tierra ; y apacentarlas he en abundantísimos
•pastos, que será en los montes de Israel, donde des­
cansarán en las yerbas verdes, y serán apacentadas
ven pastos muy abundosos.
»Yo apacentaré mis ovejas y les daré sueño reposa­
ndo, dice el Señor. Y o buscaré lo perdido y recobraré
alo hurtado, y ataré lo quebrado, y esforzaré lo flaco,
•y guardaré lo fuerte, y apacentarlas he con gran cui­
d a d o y providencia ». Y más abajo dice : « Yo haré
•con ellas un contrato de paz, y ojearé todas las malas
•bestias de la tierra, y los que moran en el desierto
• estarán seguros en los bosques, y puestas alrededor
•de mi collado, derramaré en ellas mi bendición, y en-
rviaré las lluvias á su tiempo, que serán provechosas á
»los pastos del ganado n.
En el capítulo L IV de Isaías dice el Señor, decla­
rando la prosperidad futura de la Iglesia.
«Pobrecita derribada con la fuerza de las tempes­
ta d e s que te han cercado> yo te volveré á reedificar y
«asentaré por orden las piedras de tu edificio, y te
— i77 ”
•fundare sobre piedras preciosas, y haré tus baluartes
ide jaspe ».
Tenemos exclarecidos ejemplos de esta figura en
el capítulo V de Isaías y en el Salmo L X X IX , donde
bajo el emblema de una viña se describe el pueblo de
Israél cultivado de manos del Señor.
Frecuentes son, asimismo, en el Evangelio las ale­
gorías: oEgosum pastor bonuS et cognosco oves meas».
«Et altas oves habeo quce non suntex hoc ovili, etc. *
»Omnem palmitem in me non ferentem fructum tollet
*eum, et omnem qui fert fructum purgabit eum ut fru -
*ctum plus afferat ».
Diferenciase también la alegoría de la metáfora en
que ésta mezcla expresiones del sentido propio en las
del figurado, como en esta de Granada. (Guia, 29.)
«¿Quién no procurará escaparse de las llamas de
sSodoma y Gomorra y salvarse en el monte de la bue­
n a vida?»
Mas la alegoría conserva el sentido figurado en to­
das las palabras.
En este ejemplo de Granada todo es alegoría hasta
las ultimas voces, buena vida.
San Crisóstomo en el Libro del Sacerdocio usa de
esta metáfora : < Cuando la vigilancia del Sacerdote
atiene defendida por todos lados la ciudad de Dios, en
■vano asestan sus máquinas guerreras los enemigos
■para asaltarla ; pero si llega á demoler alguna la más
1 mínima parte del muro, por ésta llegará á destruir el
«todo 0. Y luego : » E l que pelea con el diablo, nunca
12
— i 78 —
i puede dejar las armas, ó pronto será despojado y pe
»récerá«.
»¿Y en esta lid tan porfiada quieres que seamos
icaudillos de los soldados de Cristo ? ¿ No sería esto
»más bien serlo de las hordas de Satanás?»
Aquí todo es alegoría, exceptuando las palabras
Sacerdote, Dios, 'Cristo y diablo ó Satanás, que descu­
bren ser el sentido figurado.
Anejos á esta figura son los proverbios, ó sean sen­
tencias alegóricas, como aquel del Sabio, (E ccl^ X IIL )
<tQui tetigerit picem., inquinabitur ab ea*. Item las
parábolas , ó hechos históricos fingidos , que tienen
sentido moral en todas sus circunstancias; los enig-
mas, etc.
E l Padre Martín del Río halló mil trescientos pro­
verbios ó adagios en solo el Antiguo Testamento, y
los explica en dos gruesos volúmenes.
Los principales apólogos ó fábulas morales de la
Escritura son: E l apólogo de La oliva, La higuera, La
viña y el espino, al cap. IX de los Jueces; de E l lobo
y el cordero, de E l leopardo y el cabrito, de E l leány
la oveja, de E l becerro y el oso, al cap. XI de Isaías;,
el de La leona y los leoncillos, al cap. X IX de Eze-
q u ie l; el de Las dos águilas grandes, al cap. X V II de
Ezequiel ; el de Lttcifer, al cap. X IV de Isaías ; el de
Los Querubines, al cap. I de Ezeqüiel; el de E l cánta­
ro sobre el cual estaba sentada la impiedad, al cap. V
de Zacarías; el de La casa que fabricó la sabiduría, al
capítulo X III del Eclesiástico.
— '7 9 —
Entre los enigmas podemps señalar el que propuso
Sansón á sus convidados despue's de muerto el león en
que se halló un enjambre de abejas con un panal de
miel, al cap. X IV de los Jueces.

§H .
Cualidades de la metáfora,

Siendo esta figura tan usual en el lenguaje orato­


rio y requiriendo por otra parte no poco tacto, será
bien dar algunas reglas al principiante para que no
abuse de ellas, ccJmo muchos autores de mal gusto.
i E s necesaria ante todo la verdad en las relacio­
nes del mundo físico con el mundo m oral; es decir,
que la forma tomada del físico tenga analogía con la
tomada del moral; como cuando llamamos á un Santo
martillo de los herejes.
Es menester que la metáfora presente á la imagi­
nación un cuadro que reproduzca exactamente la na­
turaleza, aunque no se pide que el cuadro sea comple­
to, porque en la naturaleza no siempre está acabado,
ni se ve siempre todo el conjunto de objetos que le
forman ; pero á lo menos es menester que lo que se
ofrece á la vista sea verdadero y no contradiga á lo
que está de por ver.
Si comparas el alma del justo á un templo, no es
necesario que hables de las ventanas y chapiteles, pero
sí que sostengas la comparación y no digas que este
templo se retira ó echa á volar, sino que se hunde ó
cae en ruinas.
— 180 —
Habla San Cipriano de la unidad de la Iglesia, y la
compara con el sol, del cual no puede separarse nin­
gún rayo; con un manantial y con un árbol* de los
cuales no pueden apartarse los arroyos ni las ramas,
sin que perezcan.
Siempre sigue así el sentido de sus metáforas di­
versas, sin confundir los cuadros, aunque los acu­
mule.
Trasladaremos el texto íntegro en su tersa latini­
dad, «Radios suos per totum orbem porrigit, ramos
•suos per universam íerram copia ubertatis extendit,
•profluentes largiter rivos latius expandit, unum ta­
imen caput et origo una, et una mater fecunditatis.
»lilius fetu nascimür illius lacte nutrimur, spiritu ejus
»animamur.
* Adulterari non potest sponsa Christi púdica et in-
»corrupta ».
1.° Podemos aquí notar en tanta variedad de me­
táforas la propiedad de cada una, y lo bien que cada
cual de ellas se aplica á la Iglesia.
Léjos de ser juegos imaginarios ó puros adornos,
todos van á coincidir en un punto, y á ilustrar la ver­
dad que se propone probar el autor, que es la unidad
de la Iglesia.
2.° Se ha de usar la metáfora sobriamente, porque
más vale amplificar una cuanto se pueda, que acumu­
lar diversas.
Cuando la oración llega á ser una especie de mo­
saico, se nota desde luego la falta]de naturalidad, pues
— 181 —
la naturaleza ofrece en todas partes mucha simplici­
dad, y el conjunto de los objetos tiende siempre á la
unidad.
3 .° Sea acomodada al asunto que se trata, elevada
si el asunto es elevado, sencilla si sencillo, lúgubre si
triste.
De la elevación ¡en la metáfora hemos dado un
ejemplo en el referido texto de San Cipriano: *Eccle-
>sia, luce perfusa, per totum orbem radios suos por-
*rigit».
De la sencillez hallamos un muy apto ejemplo en
las de San Gregorio el Teólogo alabando la vida soli­
taria
«Nadie más feliz que él que, puesto fuera de este
■mundo, recogido en sí mismo y lleno su espíritu de
■celestiales imágenes, se hace, cada día más, espejo pu­
rísim o donde Dios refleja su luz ».
Ejemplo de metáfora lúgubre :
San (Cipriano en el Libro de Lapsis, dice así:
«Hortamentis mutuis in exitium populus impulsus
•est¡ mors invicem lethalipoculopropinata est*.
Sería, pues, muy reprensible el que fuese á buscar
metáforas elevadas con que describir cosas humildes,
que es lo que suelen hacer los que escriben poemas
burlescos. No sería menos de censurar el que tomase
metáforas humildes con que pintar cosas grandes é
imponentes , ó alegres con que representar cosas tris­
tes, ó vice-versa.
4.0 Sea noble la metáfora , ya se tome de objetos
— 182 —

sencillos, ya de sublim es, pues su destino es ennoble­


cer él asunto.
Es censurada, con mucha razón, aquella metáfora
del que llamó al diluvio legía del género humano.
E l P. Isla, entre otras ridiculeces de los oradores de
su tiempo que saca á la vergüenza , pone aquella me­
táfora sobre el bautismo del Señor , que carece tanto
de naturalidad como de nobleza: «Se rasgó el tafetán
azul de la cortina del cielo».

§ III.

Sinécdoque ó comprehensión, es una figura que ex­


tiende ó dilata la significación de una palabra , ó por
el contrario la restringe haciendo concebir más ó me­
nos de lo que la palabra significa en su acepción
natural , como cuando tomamos la parte por el to*
do, v. g., llamando al hombre polvo y ceniza; ó el todo
por la parte, v. g . , cuando se dice que arden las lám­
paras ; ó el género por la especie , como mortales por
hombres ; ó la especie por el género , como en la Sa<-
grada Escritura, comer pan por comer todo género de
manjares; y en las lenguas modernas, ganar el pan por
ganar el sustento; ó el singular por el plural, como en
la Escritura: delebo hominem ; 6 el plural por el singu­
lar, v. g., los Agustinos, Ambrosios, Jerónim os, etc.,
y cuando los oradores, hablando de sí mismos, dicen:
«hemos explicado», por «he explicado».
Siempre que el nombre común se toma por el pro*
— 1 8 3 —

pió, se llama antonomasia, v. g., el Apóstol, en vez de


San Pablo.
Metonimia ó transnomiríación es la sustitución de
una cosa que está ántes , por otra que está después , y
vice-versa. Como tomar el antecedente por el consi­
guiente, v. g., diciendo existió, por decir no existe, ha
muerto. En latín vita functus est, gozó de la vida , ó -
usó de la vida; ó la causa por el efecto, como decir que
uno vive de su trabajo, por el fruto de su trabajo; ó el
efecto por la causa, como vive del sudor de su rostro,
tomando el sudor por la causa del sudor, que es el tra­
bajo; ó la señal por la cosa significada, como las águi­
las romanas por el ejército romano, el inventor por su
invención, el autor por sus obras.
Ironía es una frase cuyo verdadero sentido esopues­
to al literal, y quiere decir todo lo contrario de lo que
expresan las palabras. A sí Micol, burlándose de David,
le dijo: ti {Qué glorioso ha aparecido hoy el rey de Is­
rael!* (II Reg., VI.)
Añadiremos la antítesis ó contraposición , que es
una figura que opone palabras á palabras, ó sentencias
á sentencias.
En el primer caso , debe clasificarse entre las figu­
ras de dicción, y en el segundo entre las de sen­
tencia.
De entrambas figuras tenemos un bello ejemplo en
San Ambrosio, de Virginitate, 1. III, Non est Christus
circumforaneus. Christus enim pax est, in foro lites.
Christus justitia est, in foro iniquitas. Christup fides
— 184 —
est, inforo fra s. Christus operator est, in foro otium.
Christus c baritas est, in foro obtrectatio.

§ IV.

E l objeto de los tropos es conciliar mayor nobleza


y energía al discurso , pues dan mucha gracia á la ex­
presión, y á veces hacen más concisa la frase.
¿Cuántos vicios de la lengua no comprende el Pro­
feta, y cuántas descripciones no se ahorra diciendo que
tienen veneno de áspides bajo los labios aquellos peca­
dores cuya maldad describe?
Bien podría decirse: el hombre, cuyo cuerpo es pol­
vo y ceniza ; pero más concisa y enérgica es la sinéc­
doque: el hombre, polvo y ceniza.
¿Cuánto más enérgica es la metáfora con que deci­
mos: arde en deseos, que la expresión , desea mucho?
¿Cuánto más energica .es la frase figurada: la vida
del hombre está pendiente de un hilo, que puede cor­
tar la muerte á cada instante ; que esta otra : no tiene
el hombre un momento seguro?
Adquiere más energía una sentencia cuando se usa
el singular en vez del plurar: *Homo cum in honore
esset, non intellixiU.
[Qué patética es aquella metonimia de Virgilio:
Fuit Ilion! |Qué virulenta la ironía de Séñeri , citada
arriba: Qué necios fueron los anacoretas!...
¿Y qué diremos de la primera ironía que usó el
mismo Dios al vestir á Adán con la túnica de piel?
■Vaya que se ha hecho Adán como uno de nosotros, y
— 1 85 —
isabe ya conocer el bien y el mal ; ahora no sea que
•coma también del árbol de la vida, y viva eterna-
• mente».
Es menester que las figuras sean claras y confor­
mes al gusto de la lengua y nación, y sobre todo que
no se amontonen ni parezcan rebuscadas las metáfo­
ras, que fué el vicio de Góngora y otros muchos , sino
que se vengan á la mano naturalmente...
E l que quiera un perfecto modelo de energía, bre­
vedad y grandeza en el uso de los tropos, lea el cántico
de Moisés, explicado retóricamente por Rollín,
Por lo que toca á las fignras de que ahora tratamos,
repárese en la concisión , energía y nobleza de las si­
guientes:
j Omnipotehs nomeft ejus.
1 Dextera tua , Domine , magnifícala est
Sinécdoques.< Dextera manus tua percussit inimicum.
I Dixit inimicus;prosequar...
\ Interficiet eos manus mea.
Metáforas.. . Misisti iram tuam qucu devoravit eos si-
cut stipulant.
¡Con qué magnificencia atribuye el autor á Dios
esta victoria, no dando otra causa de ella, sino que su
nombre es el Omnipotente!
E l ejército siempre se representa como un solo
hombre , ya para concentrar la fuerza, ya para mani­
festar que mil son como uno sólo delante de Dios.
Igual valentía lleva la personificación de la diestra,,
y de la mano, y sobre todo del furor ó ira divina.
— 1 86 —
Muestra cuán Señor es Dios de su ira , pues la en­
vía como á un criado; y lo poco que le cuesta el triun­
fo de sus enemigos „ pues esta ira se los devora con la
facilidad con que un buey se come una paja. Y las figu­
ras son tan naturales, que más parecen venidas á la
lengua del autor, que buscadas y estudiadas.

A R T IC U L O II.

FIGURAS DE SENTEN CIA.

Las figuras que no consisten en voces ó expresio­


nes, sino en los conceptos, son de diversos géneros , y
corresponden unas á los movimientos oratorios,y otras
á lo$ lugares destinados á enseñar ó deleitar.

' § I-
Figuras destinadas d expresar las pasiones y d mover
los ánimos.

Prosopopeya es una figura en que se personifican


los séres inanimados, dándoles inteligencia y vida. Y a
se les hace hablar, como cuando San Crisóstomo in­
troduce al tesoro del avaro hablando con su dueño:
«¿Por qué me encierras? ¿Por qué me abrazas como
i>á amigo, y me aprisionas como á enemigo?» «Si quie-
*res darme dulce sueño y grato descanso, déjame ir á
nías manos de los pobres».
Y a suponiéndolos dotados de razón , dirige el ora-
dor la palabra á estos mismos séres inanimados, como
se ve con frecuencia en los Profetas.
— 187 —
«Ossa arida, audite verbum Dominin. <Obstupescite
icceli*. (Hier., II.) *-Et tu Bethlehem Ephrata,parvulus
es in millibus Juda*. (Mich., LII.)
*Framea, suscitaresuperpastorem meum...» «Per­
cutepastorem...* (Zach., X III, 7.)
Esta figura, cuyo uso es frecuentísimo en la poesía,
no deja de ser muy favorecida en la prosa. A veces
son mejor recibidos del oyente los avisos dados por
medio de los seres inanimados que si los oyese en boca
del orador , como en el ejemplo citad(> de San Crisós­
tomo se echa de ver.
Generalmente proviene esta figura de una profunda
impresión, de un movimiento de ira, dolor ó gozo muy
vehemente, pues es natural al hombre querer inspirar
los extraordinarios pensamientos que le preocupan á
todo cuanto le rodea.
A sí vemos que un orador fulminando invectivas á
la indiferencia ú obstinación de su auditorio, llama en
su socorro al cielo y á la tierra, hace salir á los muer­
tos de los sepulcros , pone por testigos á las pieJras y
bóvedas del templo...
Apenas creemos necesario advertir que deben ser
nobles y sublimes los objetos que se personifican, como
lo vemos en la Escritura, donde los más frecuentes son
las aguas, los campos, y otros que son grandes por su
mucha extensión, ó si cita seres menos grandiosos, se
vale con preferencia de aquella especie cuyo nombre
suscita alguna idea sublime-, como en vez de árboles, el
■cedro, la palma y el ciprés, pues el primero es símbolo
— 188 —
de la incorruptibilidad y firmeza, el segundo de la vic­
toria, y el tercero de la inmortalidad.
Cuando'David convida á todas las criaturas á ben­
decir á D io s, escoge los astros más nobles , las aguas
que están sobre los cielos, las lluvias, las nieves, vien­
tos, nubes, relámpagos, luz, tinieblas, montes, mares,
y entre los animales las ballenas , dragones y ser­
pientes.
Pero no hay más hermosa prosopopeya que cuando
se personifican las virtudes, ó la Religión ó la Iglesia,
y se finge un diálogo entre éstas y los hombres. Bien
conocida es la exhortación que hizo la castidad á San
Agustín , según se lee en el libro de sus Confesiones.
Pero acaso no se hallará en la elocuencia moderna cosa
que se asemeje á la prosopopeya del P. Carlos Borgo
en la peroración de su panegírico de San Ignacio.
A l llegar á la supresión de la Compañía , dice así:
«En tanto que sus hijos, entre el fragor de las ar­
omas y soldados , escuchaban atónitos y consternados
• la intimación extrema , ¡qué escena tan tierna y tan
•gloriosa, aunque invisible al mundo carnal y profano,
• pasaba á los piés del trono de Clemente X IV ! Figuro-
• me ver á esta magnánima hija de Ignacio á los piés
• del Pontífice , cuando por precio de una paz univer-
•sal le pedía el sacrificio de su vida. Tan bella quizá,
• pero no tan denodada , se presentó al ara temida la
• inocente hija de Jefté. Apenas supo cuál era el precio
»de su muerte, perdió el amor á la vida. Ardió su. no-
»ble frente y brillaron sus ojos de una nueva luz, que
— i89 —
»le mandó Ignacio entonces desde el cielo, luz de obe­
d ie n c ia 'y celo.
«Al adorado pié de Clemente hincó reverente la
«rodilla tan pacífica y alegre como cuando llegó las
«ciento y las mil veces á aquel mismo augusto solio á
• recibir por premio de los reinos á él conquistados, el
■laurél victorioso.
• Por t í , dice , ¡oh Padre augusto! nací, y contenta
• muero también por tí. A l proferir estas palabras se
»quita el luciente yelmo que había coronado de eter-
mos triunfos tantos mártires y Santos, y en el seno de
«Clemente lo depone , junto con aquel escudo de dia-
• mante que de tantos golpes enemigos defendió la fe y
»á Roma. Con estas armas, le dice, armarás, |oh Padrel
•alguna otra hija, no más fiel de lo que yo he sido, sino
•por más dilatado tiempo feliz y venturosa. Quítase
idel dedo el púdico anillo, prenda nupcial de su Jesús,
•y besando reverente por tres veces nombre tan ama-
>do, Esta preciosa joya, dice, ¡oh beatísimo Padrel no
•llegue á verse jamas en mano de otro alguno ; guar-
• dadla vos só lo , para que os sirva de recuerdo y me-
«moria nada ingrata de este día. Quitóse al fin del lado
•virginal la espada. Con esta, ¡oh Señor y Padrel com-
•pré hasta ahora á vuestro Solio augusto la paz á pre-
•cio sólo de victorias, y ahora que mi misma vida debe
■ser el precio de la paz, comprad la paz con esta mis-
»ma espada , compradla á costa mía. Tomadla , ¡oh
•Padre! y reinad siempre feliz. Solamente os enco-
■miendo mis más tiernos amores que quedan huérfa-
— 190 —

»nos, joh Diosl los infelices rústicos, que son los hijos
*más abandonados de vuestro pueblo ; la juventud es­
tu d io sa de la Cristiandad, tiernas y delicadas plantas
■que son la esperanza de vuestro reino; las iglesias del
■Paraguay, porción la m is inocente y más amable-de
■vuestro rebaño.
• Dijo, y puso el cuello al golpe fatal. Tem bló, se-
■gún yo pienso, la mano paternal de Clemente ; pero
«su corazón augusto no cedió al de Jefté en los rigores
■contra la hija condenada al sacrificio. Et'fecit ei sicut
woverat. E hizo con ella según lo había prometido o.
Síguense magníficos apostrofes á las cenizas de esta
heroína, que son los miembros de la disuelta Compa­
ñía, á quienes compara con los huesos áridos que vió
Ezequiel, aunque llenos todavía del calor de vida que
recibieron de Ign acio, y profetiza su pronta resu-
rreción.
Hipotiposis es una figura que describe los objetos
con imágenes tan vivas , que parece se están viendo.
Del iracundo dice San Basilio: «Parece un ener­
gú m en o; hiérvele la sangre en el corazón, amenazan-
ido romper los vasos. Centelléanle los ojos. Pálida la
■frente y ronca la voz, aguza los dientes como un ja­
b a lí, arremete á su enemigo encolerizado también T y
«mortales heridas y miembros mutilados son los tro-
■feos de su gloria#.
Exclamación es otra figura con que de repente,
cortando el hilo del discurso, se expresa un grande
sentimiento y pasión del alma.
— i9 i —

Granada, en la Gw/a, c. x: «Si un hombre se diese


itanta prisa á juntar un tesoro, que no se pasase día ni
ahora que no acrecentase algo en é l , y esto por espa­
rció de cincuenta ó sesenta años , cuando después de
■este tiempo abriese sus arcas, ¿qué tan gran tesoro ha-
»liaría? Pues ¡oh miserable de tí, que apenas hay día
»ni hora que se te pase sin acrecentar contra tí el teso-
>ro de esta ira divina!■
Epifomena es una exclamación sentenciosa que
viene generalmente después de una descripción ani*
mada.
San Crisóstomo in Eutrop.: «¿Dónde están ahora
tíos aduladores , las copas , los banquetes? Eran un
«sueño, y amaneciendo el día, se disipó; eran flores, y
■pasada la primavera , se secaron... ¡Oh , con cuánta
■razón decimos á cada paso que todo es vanidad de
■vanidades! ■
Interrogación es una pregunta que hace el orador
sabiendo que han de responder lo que él desea.
Con esta figura se aumenta el calor y rapidez del
estilo, como en este trozo de San Basilio contra la ava­
ricia: tt¿Por qué has de querer que sea sólo de tí lo que
*fué criado parajodos? ¿Será Dios tan injusto, que dis­
trib u ya con desigualdad lo que es necesario para la
■vida? ¿Por qué«es aquél pobre y tú rico? ¿No es , por
■ventura, para que seas liberal con él?*
San Cipriano contra los apóstatas de la persecu-
cución: «¿Cómo? ¿A l llegar al Capitolio no vacilaron
(vuestros piés, no se os turbó la vista , no se os estre-
— 192 —

• mecieron las carnes, no se os cayeron los brazos? ¿No


•se os oscureció la razón, no se os trabó la lengua, no
>os faltó el habla?... ¿No os pareció hoguera el ara
1 donde ibais á morir de eterna muerte?»
Sujeción es una serie de preguntas acompañadas de
respuestas, como en este ejemplo de San Crisóstomo:
«¿Te llamaré fiera? Pero las fieras no tienen más que
sun vicio; tú los tienes todos. ¿Demonio? Pero éste no
•es esclavo del vientre ni de las riquezas. Pues si eres
■más vicioso que las fieras y que el demonio , ¿cómo
ate he de llamar hombre?»
El mismo en la homilía contra los judíos: «Sé que
•atribuís á vuestros pecados la prolongación de vuestra
■calamidad. ¿Pero fuisteis acaso mejores en Egipto?
•¿Cómo apedreando á los Profetas y adorando á los
^ídolos habéis sido favorecidos de Dios, y ahora que
■no hacéis nada de eso , vivís en perpetua cautividad?
■Porque habéis matado á Cristo. Concédoos que por
■mano de hombres fué destruido el templo. Pero ¿de­
spende de los hombres que hayan cesado las profecías,
•los oráculos y el fuego que caía del cielo sobre los sa-
■orificios? De todo eso carecemos , decís , porque no
■tenemos metrópoli. ¿Y por qué qio la teneis ? ¿ No es
■verdad que porque Dios os ha abandonado? ¿Dónde
■está vuestro pontífice? No me citéis á esos taberneros
■y traficantes inicuos..,»
Muy al caso es esta figura siempre que se varíen
las respuestas, de manera que unas veces se supriman,
pero se pueda deducir fácilmente la respuesta suprimí-
— iq3 —

da por la pregunta siguiente; otras veces se responde en


persona del adversario; otras prevenga el orador la
respuesta, y responda por él. Esta variación en el diá­
logo la oimos en el ejemplo precedente.
Repetición es , como lo dice la voz misma, repetir
varias veces una palabra para herir fuertemente la ima­
ginación.
San Basilio sobre la avaricia: «Oro es lo que ve el
«avaro cuando sueña , oro cuando vela , oro en todas
■partes, y más quiere ver el oro que el sol. El trigo se
»le vuelve oro, oro las mercancías , oro el oro mismo
«con la usura».
San Gregorio el Teólogo , alabando la constancia
de la madre de los Macabeos, dice: o Nada pudo debi­
lit a r su ánimo ; no los instrumentos del suplicio ; no
»las ruedas ; no las puntas aceradas ; no las ñeras; no
«los cuchillos afilados; no las calderas hirviendo; ni la
«vista de sus hijos; ni sus miembros descoyuntados; ni
«las carnes despedazadas; ni los arroyos de sangre ; ni
»los males presentes; ni los suplicios futuros...»
Véase la energía de esta figura en Granada: «¿Qué
■mayor locura, que habiendo encabo de pagarlo que
■debes, querer estar de aquí allá en pecado, y acostar­
t e en pecado, y confesarte y comulgar en pecado , y
«perder todo lo que pierde el que está en pecado?»
Distribución se h ace, cuando lo que podría expre­
sarse con una sola proposición general , se va expo­
niendo por partes para encarecer más la idea.
San Crisóstomo in Eutrop.: «Vanidad de vanidades.
«3
— i 94 —
■ Esta sentencia debía inscribirse en los mármoles, en
■las paredes, en los vestidos, en las plazas , en las ca­
niles, en las casas, en las ventanas, en las puertas; pero
■sobre todo en la conciencia de cada uno. Esta sen­
ten cia debía servir de salutación ordinaria , y usarse
■en las comidas, cenas y tertulias».
San Basilio contra la avaricia: «Del hambriento es
■ese pan que tienes guardado; del desnudo es ese man­
t o con que te cubres; del descalzo es ese zapato que se
■te pudre en las arcas ; del indigente es ese tesoro es-
■condido bajo tierra»*
Séñeri, en el primer sermón de Cuaresma , hace
decir á su auditorio: «¿Quién hay que no sepa que he-
■mos de morir? Esto oímos en los pulpitos; esto leemos
»en los sepulcros ; esto nos gritan, aunque mudos, los
■cadáveres...»
Luego, prosiguiendo en la misma figura, dice: «¿Lo
* sabéis? ¿Y no sois vosotros los que corríais ayer frené­
tic o s por la ciudad? ¿Los que danzábais, los que asis­
tía is á los festines y á las comedias , los que habéis
»pasado esta noche en juegos, cantares ydisoluciones?»
Apostrofe es otq¡j figura con que interrumpe de
pronto el orador su discurso , y dirige la palabra á al­
guna persona ó cosa con extraordinaria conmoción.
D avid, oyendo el anuncio de la muerte de Saúl,
dice: «No den esta noticia á los habitantes de Geth ni
»á los de Ascalón, porque no se alegren los filisteos»;
y luego de repente exclam a: « Montes de Gelboé , ni
»rocío ni lluvia caigan sobre vosotros...»
— 195 —

Obsecración, cuando á las razones expuestas para


convencer se añaden las súplicas.
Sirva de ejemplo lo ya citado de Séñeri en el per­
dón de injurias: «Os lo pide Dios á Vosotros, á quie­
n e s ha dado tanto, y ¿no lo ha de poder alcanzar?...
»¿Qué quisierais? ¿Que se echara á vuestros piés?...#
Invocación, cuando se piden gracias en favor de
alguno.
Imprecación, si se piden calamidades.
Conocidas son las imprecaciones del Salmo CVIII
y las de Job.
. Después de haber pedido Moisés en el Deuterom-
mio las bendiciones del cielo para cuantos observen la
ley divina, prorrumpe en imprecaciones contra los que
las despreciaren: «Si no quisieres oir la voz del Señor,
«serás maldito en la ciudad, maldito en el campoTmal-
»ditos serán tus graneros, maldito el fruto de tu vien*
»tre , malditos los frutos de tu heredad , malditos tus
Dganados y rebaños. Añada Dios á los demas azotes
ndel cielo una peste que te haga desaparecer de la
«tierra. Envíete la miseria, la fiebre, el frío, el calor y
«el atfe corrompido* Vuélvasete el cielo de bronce, y
«endurézcasete la tierra como el hierro. Carezca de se-
■pultura tu cadáver, y sea pasto de las aves del cielo y
«bestias de la tierra,* ni haya quien las ahuyente».
fDeut. X X V I I I .) •
Conminación es cuando se desean estas calamida­
des á los rebeldes , y se anuncian como cercanas , lo
cual es frecuente en la Escritura.
— 196 —

§ II.

Figuras de ficción y adorno.

Circunlocución es una figura con que se dice por ro­


deos lo que podría decirse en pocas palabras.
E l oficio de esta figura es algunas veces evitar ex­
presiones que chocarían ó herirían á los oyentes, y así
se dice de alguno que se abandonó á la pasión con el
ídolo de su torpeza , por no ofender usando la expre­
sión propia. Otras veces se emplea dando realce y her­
mosura á la idea , como en el magnífico cuadro de la
creación que traza el Profeta en el Salmo C I I I : « E x ­
p e n d e s el cielo como una piel» , por decir criaste el
cielo.
Bossuet en la oración fúnebre de la reina de Ingla­
terra , por decir que en aquella nación tenían que ce­
lebrar la misa ocultamente, expresa así su pensamien­
to: «Jesucristo, para vergüenza de los hombres ingratos,
■se veía obligado á buscar otros velos y tinieblas místi­
c a s con que se cubre voluntariamente en la Euca-
■ristía».
Preterición es otra figura por la que se declara no
querer hablar de un hecho Tpero se indica suficiente­
mente con intento de que haga* más impresión que si
por extenso se contase.
E l uso de ella manifiesta que tiene uno tal copia de
razones, que puede dejar una porción sin que le ha­
gan falta. Y tiene otra ventaja t que es poder seguir el
— '97 —
hilo de la oración sin cortarlo con digresiones largas.
En el sermón V de Cuaresma usa esta preterición
Séñeri: « No espereis de mí que os represente exhala*
aciones en el aire , estruendo de truenos , torbellinos
nde humo , lluvias de fuego , granizo de rayo s, el sol
•enlutado, la luna ensangrentada; sólo un espectáculo
«habéis de contemplar : vereis al pecador cubierto de
avergüenza á la vista del universo».
Corrección es retractar alguna expresión , para po­
ner en su lugar otra más fuerte.
San Crisóstomo en la homilía IV sobre el cap. I de
San Mateo , es elocuentísimo en el uso de esta figura:
«¿En qué podré conocer que eres cristiano? Si quiero
•conocerlo por los lugares que frecuentas , te hallo en
»los circos, teatros y ocupaciones inicuas, te veo pasar

alos días en las reuniones de los malos. Si por tu sem­
b lan te, te veo reir á carcajadas, y te hallo tan disolu­
t o en el hablar, como una meretriz desvergonzada. Si
j*por el traje, llevas toda la facha de un histrión. Si por
alos servidores, te cercan parásitos y aduladores. Si por
alas palabras, no hablas de cosa buena. Si por la mesa,
ahay más de qué acusarte que en todo lo demas. ¿En
aqué, pues, podré distinguir si eres fiel, cúando todas
atus obras arguyen lo contrario? Mas ¡qué digó fiel! Ni
ȇun si eres hombre puedo conocer con certeza, pues
«das coces como jumento, saltas como toro, relinchas
ade amor carnal como caballo , comes como oso , en-
>gordas como mulo , eres vengativo como el camello,
»ladrón como el lobo , iracundo como sierpe , dañino
— 198 —
»como escorpión , falso como raposo , venenoso co-
»mo áspid y víbora, hostil á tus hermanos como un
•demonio. Pues ¿cómo podré contarte entre los hom­
bres?»
Granada: «Gran vergüenza es decir á quién somos
■semejantes ; mas también es razón que oiga el hom­
b r e su merecido. Somos semejantes á los animales
b ru to s que están debajo de la encina, los cuales,
•cuando les está su dueño desde lo alto vareando la
•bellota, ocupados ellos en comer y gruñir unos con
«otros sobre la comida, no miran á quien se la da...
» jY plqguiese á Dios no nos hiciesen ventaja las bes­
adas en esta parte I ■
Reticencia es cuando uno se interrumpe y para,
dando á entender lo que suprime en la frase truncada.
Hállase esta figura en el Salmo V I : «Anima mea
oturbata est valde, sed tu, Domine, u s q u e q u o En
el Salmo XVII dice el Profeta : « Et intonuit de cáelo
mDominus, et Altissimus dedit vocem suam. Grando et
»carbones ignis... ■
No debe emplearse sino cuando está unt) suma­
mente conmovido, pareciendo que le faltan palabras
para expresar lo que siente, y por lo tanto lo deja á la
consideración de los demas, diciendo con esto á ve­
ces mucho más que con todas las palabras... Bien
conocida es la reticencia de Neptuno en la Eneida:
■Quos ego...»
Permisión es inducir al adversario á hacer aquello
que más detestamos, dándole á conocer en lo equívo-
— 199 —
-co de las palabras cuál es nuestra verdadera intención.
Esta figura se halla en Jas palabras del Salvador á
Judas : « Lo que has de hacer, hazlo luego ». Y en las
del mismo Señor á los Apóstoles: «Dormid ya y des­
c an sa d ; ahí teneis al que viene á entregarme ». Y en
las que dirigió á los judíos: aLlenad la medida de
•vuestros padres ».
Séñeri en el perdón de injurias : «¿Os quereis con­
d e n a r? Pues no hay que disputar sobre ello. Abrase
■la tierra, descúbrase el infierno, y arrojáos desespe­
ra d o s en aquellas llamas».
Hipérbole es fingir mucho más de lo que es en rea­
lidad una cosa, para encarecer su grandeza. Frecuen­
temente se halla en la Escritura, y pueden servir de
modelo los lugares en que se emplea, si atendemos á
las reglas que deben observarse para que no degenere
en charlatanería.
1.° Si la hipérbole es por comparación, debe ser
justa la aplicación bajo algún punto de vista. Cuando
promete Dios á Abraham una descendencia tan nume­
rosa como las estrellas del cielo y las arenas del mar,
el sentido es que como no pueden contarse las estre­
llas ni las arenas, tampoco podrán contarse los hijos
de este Patriarca.
2.° A la hipérbole retórica corresponde‘también la
veracidad en este sentido, que si por una parte ha de
haber exageración, pues de lo contrario no habría hi­
pérbole, se ha de dar á conocer por otra, para que no
haya engaño.
En la exagerada relacióij de los espías de Canaán
hubo engaño, cuando hicieron creer á los israelitas
que sus moradores eran jigantes, y ellos como langos­
tas á su lado, encubriendo la exageración con un tono
de mera narración de lo que habían visto. Pero Moi­
sés puso en juego la verdadera hipérbole para aplacar
al pueblo amotinado con tal noticia, diciendo que,
abandonados como estaban de Dios aquellos idólatras,
no había que temerlos, pues como pan se los habían
de tragar Jos israeJitas. Había exageración en la facili­
dad con que les anunció lograrían la victoria, pero la
hipérbole no estaba disfrazada, y por otra parte tenía
su Jado verdadero, pues como en el comer no hay ries­
go ninguno, porque el pan no opone resistencia, así en
aquella lucha no podrían resistir los enemigos, hallán­
dose abandonados de Dios.
Isaías dice de Ciro que no tocará la tierra con los
piés; es decir, que será semejante á un águila, y que
su carrera no será más que un vuelo. Se ve la hipér­
bole, y se conoce el sentido en que lo dice.
3 .° Las hipérboles son unas veces la expresión de
un dolor amargo, como cuando llegó á decir David:
«Non esi qui faciat bomtm, non est usque ad unum*.
Queriendo significar que era tan reducido el numero
de los buenos, que equivaldría á no haber ninguno.
Otras veces lo son de un grande gozo que quiere di­
fundirse ; como cuando al salir el pueblo de Dios de
Egipto, ve el profeta los montes y collados saltando de
alegría, la tierra manando miel, los cielos, etc. Le
— 201 —

trasporta el deseo más allá de la realidad, y pone en


juego todos los elementos.
En estos ejemplos advertimos que la hipérbole
sienta bien á un hombre inspirado, y se volvería ridi­
cula en un discurso frío.
Atenuación es lo contrario de la figura precedente,
y se comete cuando por modestia ó cautela oratoria,
se dice menos de lo que se quiere dar á entender, co­
mo en aquello de Virgilio : *nec sum adeo informis »*
En el exordio del perdón de injurias dice Séñeri:
«No he recibido tan malos tratamientos de vosotros
»que deba hacerme protector de vuestros enemigos».
Es bien conocido aquel exordio de Cicerón que
empieza: *Si quid est in me ingeniiyquodsentio quam
»sit exiguum; aut si quce exercitatio dicendi, in qita non
*inficior mediocriter me esse versatum...»
Sinonimia se comete multiplicando las frases sinó­
nimas que presentan la misma idea bajo diferentes
formas.
Granada : «Y con estos males se juntará aquel gu-
■sano inmortal que siempre roerá y despedazará las
^entrañas de los ‘m alos. Pues ¿qué diré de la compañía
■de todos aquellos perversos espíritus y de todos los
^condenados, y de aquella tristísima y oscurísima re­
g ió n llena de tinieblas y confusión, donde ningún
■orden hay, ninguna alegría, ningún reposo, ninguna
»paz, ningún descanso, ninguna satisfacción, ninguna
•esperanza, sino eterno llanto, eterno crujir de dien­
t e s , eterna rabia y eternas blasfemias y maldiciones?
--- 202 ---
■Pues de todos estos males tan grandes libra Dios á los
»que justifica, los cuales, después de reconciliados con
■él, y admitidos á su gracia, están libres de esta ira y
•del castigo de esta venganza ».
Con esta figura desahoga el orador un ardiente
afán de grabar en el oyente lo mucho que le conmue­
ve, y no contento con una expresión, busca nuevos
vocablos y nuevos giros, como en el ejemplo citado.
No basta al autor traer á plaza aquel gusano inmortal
de quien habla Isaías; quiere herir más la fantasía, di­
ciendo que siempre roerá y despedazará. La oscuri­
dad del infierno le parece una pincelada demasiado
rápida, y se detiene con estudio en aquella oscurísima
y tristísima región, llena de tinieblas... y así en lo res­
tante.
Faltando este motivo, lá repetición insulsa de la
misma idea con diversos términos es el vicio llamado
tautología, que significa decir lo mismo.

§ III.

Figuras de raciocinio.

Anticipación es prevenir las réplicas de los oyentes.


Granada, después de ponderar los bienes espiritua­
les con que galardona Dios á los buenos, áun en esta
vida, previene así lo que pudieran oponerle: «Mas si
«alguno hubiere tan de carne que tenga más puestos
»los ojos en los bienes de carne que en los del espíritu
«(cómo hacían los judíos), no quiero que por esto nos
--- 203 ---

■desavengamos, porque aquí le daremoB m ejor despa­


c h o de lo que él pueda desear».
E l Salvador prevenía también las réplicas de sus
adversarios, como cuando dijo : » Utique dicetis mihi
•hanc similitudinem: mediee, cura te ipsum...i>
San Crisóstomo contra los judíos : « No quieren
■éstos recibir el testimonio de aquel á quien crucifica­
r o n . Pero lo más de admirar es que aquel á quien
■crucificaron destruyó su ciudad... Vosotros, judíos,
c re e is que Cristo es puro hombre. Pero á un hombre
»que siempre dice la verdad se le debe creer, aunque
■sea enemigo... ¿Quereis más testimonios? No digáis
«que todos los males predichos por los Profetas se han
»cumplido en el cautiverio, pues os citaré á uno que
«vaticinó estos males después de reedificado el tem-
»plo... Decís que los hombres os han hecho esos ma­
úles, y no Dios. Pero sabed que si Dios no lo hubiera
«querido, en vano se hubieran conjurado los hombres
■contra vosotros».
Es sobre todo ingeniosa la anticipación de Séñeri
en el perdón de injurias: «Me ha impuesto Cristo que
■os mande perdonar. ¿ Y esperaré que lo haréis? Si he
»de pelear con una pasión tan ñera... Por otra parte,
»no creo que personas de tanta sensatez como vosotros
»se dejen arrastrar de un vicio...» Y luego : ®Y a oigo
»la excusa que me quereis dar. Decís que si no tomáis
«la justicia por vuestra mano, quedareis deshonrados.
■Grande dificultad».
Llámase también anticipación una descripción ora­
— 204 —
toria de las cualidades de una cosa que se hace antes
de nombrarla. Tenemos un ejemplo en San Juan Da-
masceno : *Novorum omnium máxime núvum, immo
»quod tinum novum est sub solé, infinitamque Dei po-
stentiam declarat: ¿ Quid enim majus est quam Deum
bhomincm fieri? »
San Bernardo sobre la E p ifan ía, serngón III:
« { Quid dicam tibi o generado prava et perversa ? O
*viperarum venenata progenies, ¿quiddicam tibi? hcec-
j>cine reddis Deo tuo, Messice tuo, popule stulte et in-
»sipiens ? »
Concesión es una figura en la que se coacede algo
al adversario para mostrar la confianza que tiene en
su causa, y hacerle tanto más dócil cuanto más con­
descienda con él,
Buenos ejemplos son de esta figura los que hemos
citado de Séñeri en varios trozos sobre el perdón de
injurias y el. exordio del Obispo Flaviano á Teodosio,
cuando fué á solicitar el perdón.
E l mismo Séñeri en el sermón citado, emplea las
dos figuras de concesión y anticipación, cuando dice:
«No creáis que vengo á hablar en favor de vuestros
^enemigos. Son crim inales: no merecen sino un do-
«gal que los ahogue. Por eso, si hubiera de mirar á lo
»que ellos merecen, yo sería el primero en pedir el
^castigo, y mayor del que vosotros pediríais...»
Algunos Santos Padres conceden lo que quiere el
adversario, pero en sentido opuesto. Así dice San Eu-
querio : «Sí honoribus, opibusque capimur, veris opi-
— 205 —

*bns, veris honoribus excitemur», Y San Agustín: *Si


»peccare vis, quiere ubi te Deus non inveniat, et fa c
• quod vis*.
Dubrtatión es el lenguaje del que delibera indeciso
sobre lo que ha de decir, ó pondera la dificultad de
hablar cual conviene de algún asunto.
Fray Luis de Granada: *Vengamos al beneficio in-
»estimable de la redención. Para hablar de este miste­
r i o , verdaderamente yo me hallo tan indigno, tan
• corto y tan atajado, que no sé por do comience, ni
«dónde acabe, ni qué deje, ni qué tome para decir. Si
•no tuviera la torpeza del hombre necesidad de estos
•estímulos para bien vivir, mejor fuera adorar en si­
le n c io la alteza de este misterio, que borrarlo con la
• rudeza de nuestra lengua... Menoscabo parece de tan
•grandes misterios ser con lengua de carne manifesta-
•dos. Pues ¿qué haré? ¿Callaré ó hablaré? Ni debo ca-
»llar, ni puedo hablar. ¿Cómo callaré tan grandes mi­
sericordias? ¿Y cómo hablaré misterios tan inefables?
•N i debo callar, ni puedo hablar. Callar es desagrade­
cim iento, y hablar parece temeridad ».
Séñeri, primer sermón de Cuaresma, en el exordio:
«Pues engañadas han quedado mis esperanzas, visto
•que con tan gran motivo de arrepentiros, no os ha­
b é is avergonzado de proceder como los brutos... ¿Qué
•he de hacer, pues? ¿Cederé? ¿Me retiraré? ¿Os aban-
»donaré en el seno del pecado ?...•
San Bernardo, ep. 42 ad Henric. Archiep. «Placuit
xprcestaniice vestrce novum aliquid a nobis dictatum re-
— 206 —*
*quirere. Gravamur pondere dignitatis, sed dignatio-
*nis muñere gratulamur... ¿Qui enim nos sumus ut
tscrtbamus episcopis? Sed rursum qui sumus qui non
pobediamus episcopis... Scribere tantee altiiudini supra
*me est; et eidem non obedire contra me est».
San Ambrosio, de lapsu virg. consec. *<Unde inci-
■apiam? f Quid primutn, quid ultimum dicam ? ¿ Bona
Bcommemorem quee perdidisti? ¿An mala defleam quee
* invenísti ?«
Suspensión se comete cuando se tiene un rato sus­
penso aJ auditorio sin saber lo que se le va á decir,
para que le sea ^anto más agradable la sorpresa.
Séñeri, sermón X X X II de Cuaresma. «Oid bien,
*porque voy á probaros que vosotros, vosotros mismos
*que estáis aquí presentes, vosotros que estáis tal vez
»ahora enredados unos en el frenesí de los amores, y
«otros en los rencores de los odios; vosotros, mancha-
■dos aun recientemente con la sangre ajena; vosotros,
«poseídos del fausto; vosotros, tiranizados de la avari-
ucia; vosotros, agitados de la ambición; vosotros, en­
golfados en la sensualidad; vosotros mismos, digo,
»con tal que queráis, podréis, no solamente alcanzar
»el perdón de tantas culpas, sino llegar á gran santi-
»dad, de suene que no tengáis que envidiar á los mo­
jícernes
En la Sagrada Escritura se hallan algunas suspen­
siones breves, pero sorprendentes: «Obstupescite, cceli,
■super hoc, et portee ejus desolamini vehementer , dicit
*Dominus. Dúo mala fecit populus meus: me derelique-
--- 207 ---
•runt fottíemaquce vivce, etfoderunt sibi cisternas dis-
vsipatasB. (Hier., ij.)
En la oración fúnebre de la duquesa de Orleans,
tiene Bossuet otra suspensión muy hermosa: « ¡Qué
■pocas personas se aplican al estudio que era tan del
■gusto de esta princesa! Nuevo género de estudio., estu-
»dio casi desconocido á las personas de su edad, de su
«elevación, y añadid también de su sexo: el estudio de
«sus propios defectos».
Pero es menester que el desenlace sea digno de la
suspensión más ó menos larga que precede; de lo con­
trario, se incurriría en la ridiculez de los fariseos, que
después de la pregunta enfática : ■ ¿Por qué tus discí-
opulos violan las tradiciones de los antiguos?» salieron
con aquella simpleza: «No se lavan las manos para
comer».
Gradación es una serie de palabras, que unidas de
dos en dos, se van prestando mutuo auxilio hasta
llegar al término final, ó de pensamientos que se
van desarrollando en progresión ascendente ó descen­
dente.
Progresión en las palabras tenemos en aquello de
San Pablo (Rom ., v): <¡Gloriamur in tribulatione scien-
•tes quod tribulatiopatientiam operatur.patientia autem
»probationem, probado vero spem, spes autem non con-
»fundit». Igualmente en este texto de San Pedro
(n Pet.T i); uMinístrate in jide j/extra virtutem, in vir-
otute autem scientiam , in scientia autem abstinentiam,
»in abstinentia autem patientiam, in patientia autem
%
— 208 —
»pietatem, in pietate autem amorem fraternitaiis, in
namore autem fráternitatis charitatem».
Granada en la Guía de pecadores: «La justificación
bseñalada mente pertenece al Espíritu Santo , á quien
»se atribuye la santificación del hombre , porque él es
»el que previene al pecador con su misericordia , y
aprevenido le llama, y llamado le justifica, y justifica­
d o le guía derechamente por las sendas de la justicia,
»y así le lleva hasta el cabo con el don de la perseve­
ra n c ia , y después le da la corona de la gloria; porque
»todos estos beneficios comprende este gran beneficio».
Quitada esta repetición de las palabras, existiría la
progresión en las cosas; él previene , llama , justifica,
guía y da la perseverancia y la gloria.
San Basilio: «Excitat ira rixam, rixaparit convi-
*tia, convitia verbera, verbera autem vulnera, denique
*ex vulneribus mors ipsa plerumque sequiturp.
Ejemplo de gradación disminuyeme tcae Granada:
«Si pones tu estima en lo que digan los hombres, unas
■veces serás grande, otras pequeño, otras nada».
La gradación de pensamientos se halla en el sermón
de Séñeri sobre la entrada de un alma en la gloria.
Contiene una serie de cuadros, por la que va sacando
al alma de las ideas mezquinas de este mundo, y en­
grandeciéndola con otras muy diferentes , al llevarla
por los diversos espacios hasta el empíreo.
Dialogismo, cuando se introduce alguna persona
que conversa con el orador, ó varias que conversan
entre sí.
— 209 —
San Basilio, de Contemptu mundi: «La mujer de Job
•arrastrándose en el polvo é hiriéndose el pecho, pre-
■gunta á su marido si este es el pago de su piedad. Y o
■me veo reducida á la condición de una esclava, y me
»veré precisada á ir errante por el mundo. Me adora-
»ban poco há como á reina, y soy menos ahora que los
t>esclavos. Y o que daba de comer á tantos , tengo que
wpedir limosna. Añade que sería mejor provocar la di-*
«vina venganza , y que la muerte se la llevase , que
■vivir para la desdicha de entrambos. Job, más afligi-
»do con esto qué con sus propios trabajos , se indigna
i contra ella. Como una de las mujeres más necias has
ahablado. ¿Por qué deshonras nuestro enlace? ¿Por qué
«profanas nuestra sociedad hasta tal pumo, que ya me
•avergüenzas de nuestra unión? Afrenta mía es tu con-
»ducta, y creo ser reo de tu impiedad, pues que no for-
»mamos sino un cuerpo entre los dos. Si hemos reci­
b id o los bienes de Dios , ¿ por qué no recibiremos
«también los males?»
Aglomeración, figura en que para mayor brevedad
se ponen en globo las circunstancias de la causa que se
trata. Conviene principalmente á los epílogos.
Granada, en la conclusión del cap. xxiv , lib. i de
La Guia , hace una aglomeración de cuanto ha dicho
antes, en estos términos: «Estos son , pues , hermano
«mío, los doce privilegios que se conceden á la virtud
*en esta vida , que son como los doce frutos de aquel
■árbol que vio San Juan plantado á la ribera de un
■río, que daba doce frutos en el año, según el número
14
--- 210 ---

»de los meses de él. Porque ¿que otro árbol puede ser
»éste después del hijo de Dios sino la misma virtud,
oque es el árbol que da frutos de santidad y vida? ¿Y
*qué otros frutos más preciosos que estos que aquí se
»han declarado? Porque, ¿qué más hermoso fruto que
nía providencia paternal que Dios tiene de los suyos,
»y la gracia divina, y la lumbre de la sabiduría , y las
b consolaciones del Espíritu Santo , y la alegría de la
«buena conciencia, y e l socorro de la esperanza , y la
«verdadera libertad del ánima, y la paz interior del
«corazón, y el ser oido en las oraciones, y socorrido eir
«las tribulaciones, proveído en las necesidades tempo­
r a le s , y finalmente , ayudado y consolado con alegre
•muerte al fin de la vida?»

CAPITULO III.

AFECTOS.

Para mover es necesario que el orador excite las


pasiones con la propia pasión de que-él hade estar do­
minado. Se llama pasión aquella situación en que po­
nen el espíritu ciertos objetos , cuya vista le enciende
y agita. Efectos de una fuerte pasión son los pensa­
mientos, afectos, proyectos y acciones que por lo nue­
vo ó extraordinario salen de raya.
La pasión es el alma de la elocuencia, pues áun la
mujer idiota , movida de alguna pasión , halla conve
nientes argumentos y prorrumpe en afectos vehemen
tísimos, y los comunica á los circunstantes, y persuade
y convence y mueve. No hay acción más natural , ni
mirada más expresiva, que la que dicta la pasión.
De aquí inferiremos cuán viciosa y reprensible sea
la afectación en el lenguaje, el estilo pueril, el excesi­
vo estudio de las palabras , la uniformidad en el corte
de las frases , la frialdad y sequedad de la escuela , la
hinchazón en el estilo y la oscuridad^ pues todos estos
vicios son incompatibles con el estado de un ánimo
apasionado.
«De aquí es, dice Blair, que llamar orador frío, es
j>1o mismo que decir que no es elocuente... Por eso e l

Harte de la persuasión , en su mayor perfección , re­


q u ie re gran sensibilidad , y una imaginación viva y
»ardiente».
«Del ingenio podrá depender, dice Capmani, el arte
■de convencer, mas no el de persuadir; el de seducir,
■mas no el de mover; acaso el ingenio solo formará un
■retórico sutil; pero únicamente un corazón sensible y
■grande pará un hombre elocuente».
Por lo tanto debe buscar el orador aquella pasión ó
afecto que vea puede ayudar á conseguir el fin. La
principal obligación del orador sagrado es hablar de un
modo apto á persuadir. ¿Podrá conseguirlo , acaso, si
se contenta con enseñar y deleitar? «Oportet eloquentem
*ecclesiasticum non solum docere ui insiruat et delecta­
re ut teneat, sedet flectere utvincaU, dice San Agustín.
(De christ., 1. iv.)
Y Cicerón: • Optimus est orator qui dincedo ánimos
— 212 —

bandientiitm docet, delectat etpermovet». (De Opt. gen.


orat., núm. 3 .)
Y en otro lugar: aQuis nonfateatur cum ex omni-
vbus oratoris laudibus ista sit máximo injlammare am­
amos audientium, et quocumque respostuiat eos flectere,
»qui hac virtute córnerit, id ei quod máximum fuerit
»defuisse». (Brutus, 8o.)
«Las pruebas , dice Quintiliano , manifiestan á los
«jueces la bondad de nuestra causa; pero los afectos se
«la hacen abrazar». (Inst., 1. vi, c. 2.)
Y luego más abajo prosigue: oEl excitar los afectos
»ha de ser la principal solicitud del orador, porque sin
nesto todo lo demas será pobre, débil, desapacible. En
«suma, el espíritu y alma de la oratoria está en los
■afectos»*
Para hacer buen uso de un arma tan poderosa,que
existe, no en los libros, sino en los corazones , ayuda­
rán estas reglas:
1.° Tenga presente el orador que necesita penetrar­
se del sentimiento que quiere inspirar, pues se ve todos
los días que los ignorantes se hacen elocuentes cuando
están conmovidos ó apasionados. ¿Puede darse cosa
más elocuenteT que las expresiones de una madre que
llora á su hijo difunto?
2.° Aunque el lugar más propio para los movimien­
tos patéticos es la conclusión del discurso, pueden ex­
citarse en medio de la oración , pero no al principio,
porque no se ha de mover la voluntad sin que esté bien
convencido el entendimiento.
— 2l3 —
3 .° Debe penetrar el orador en los afectos con tal
disimulo , que no nóte el oyente que se le quiere mo­
ver; antes bien debe prepararse el camino de tal modo,
que esté ya predispuesto , y algo movido y afectado,
cuando el orador prorrumpe en afectos.
4.0 Estudie el lenguaje de la pasión , que es senci­
llo y no anda con rodeos; figurado s í , pero sin sutile­
zas ni afectaciones; lleno del asunto que le ocupa, no
le pierda de vista, y exprese con vehemencia todas las
circunstancias. Comparaciones no, porque en los mo­
vimientos apasionados no parecen naturales.
Notará cualquiera cuán ajenas son del lenguaje del
corazón conmovido las comparaciones que ingerta el
Cardenal Cienfuegos en esta despedida de San Fran­
cisco de Borja al salir de Gandía para entrar en la Com­
pañía de Jesús:
o A l poner el pié en el estribo, volvió la cara hacia
■las torres de Gandía,y con más lágrimas que voz, dijo:
■Quédate, amada patria y honrada cuna mía , quédate
■para siempre sin mí, y con Dios, en esa dulce playa;
■nunca volveré más hacia tí mis ojos, y si pudiere, he
■de arrancar de tu seno hasta los pensamientos. Pade­
c e rá s lastimosa ruina en mi memoria , sin dejar en
■ella piedra sobre piedra tuya de toda esa máquina,
«pues el movimiento de los justos no ha de ser en
■círculo como el de los planetas, que vuelven á repetir
«sus casas, ó'como el de los impíos, que traen errantes
■siempre los pasos; in circuitu impii ambulant.
' «Adiós, ilustre palacio, donde dejo tan tiernas y tan
— 214 —
• caras prendas, y el corazón dividido en menudos pe-
■dazos , que no había de ser yo semejante á aquel pá-
■jaro medroso que no osa volar dejando sus polluelos
»en el nido. La Providencia calentará sus plumas y
•vestirá sus alas , que pollos tan reales nunca quedan
«huérfanos del s o l, el cual madruga á dorar sus nidos
»con los más puros rayos».
Eche cuentas cualquiera-consigo mismo , y vea si
al despedirse para siempre con dolor de su patria y fa­
milia, estaría para usar de semejante lenguaje.
5 .° No se deje llevar el orador de una pasión tan
violenta que degenere en escena, pues la gravedad del
lugar y su alto ministerio exige que se posea.
6.° Tenga presente que las lágrimas se secan muy
pronto, y que si por ser prolijos los afectos ó movi­
mientos patéticos, llegan á cansarse los oyentes , nada
de cuanto diga les hará mella.
y.° Convendrá , si ha de ser prolija la serie de
cuadros patéticos, intercalar alguna narración ó razo­
namiento que haga diversión, para poder entrar luego
más de lleno en los afectos vehementes ; pero evítese
en el tono y estilo, una transición de afectos patéticos
violenta y ajena del lenguaje familiar , que haría sos­
pechar que todo es ficción y comedia. En general no
hay discurso más apto á mover los ánim os, que aquel
en que las pasiones vehementes alternan con afectos
de suavidad y blandura.
En esto sobresale S éñ eri, como puede verse en los
-ejemplos citados , y en especial^ en el perdón de inju-
— 2 15 —
rías , en que tiene continuamente embargado al oyen­
te, arastrándole tras sí con prodigiosa variedad de afec­
tos, ya blandos, ya apasionados y vehementísimos, no
bajando nunca el estilo, ni atenuando las figuras, sino
para levantarse más alto.

CAPITULO IV.
ESTILO .

E s el estilo aquella manera de emitir las ideas por


medio del lenguaje, propia y peculiar á cada uno.
Las ideas de las cosas se reproducen por medio de
las palabras ; las ideas de los hechos por medio de las
frases que entrelazan las palabras, de suerte que hagan
sentido perfecto. Para desenvolver las ideas se han de
combinar las frases entre s í , advirtiendo que raras ve­
ces vayan sueltas, sino que por lo común se unan mu­
chas de ellas con partículas y conjunciones, formando
periodos ó cláusulas periódicas llamadas bimembres,
trimembres , etc. , según el número de miembros que
comprende.
Según el genio de las personas, regiones y lenguas,
según el grado de imaginación y el carácter de grave­
dad ó viveza del ingenio del escritor, así varía el estilo
ó modo de expresar los pensamientos ; y de aquí nace
la diferencia tan notable que se advierte entre el estilo
de un autor y de otro. E l de la Sagrada Escritura es
distinto del de los libros humanos , y entre un libro y
otro de la Biblia, y entre un profeta y otro se nota no­
--- 2 l 6 ---
table diferencia. E l estilo de San Crisóstomo, el de San
León y el de San Bernardo , tienen cada uno su tinte
peculiar. E l de Séñeri difiere del de Granada , y el de
Bossuet del de Bourdaloue. E l de los franceses es
lacónico y sentencioso , y se parece al de Salustio ; el
de los italianos florido y numeroso como el de Cice­
rón; el de los españoles que bien escribieron, fué grave
como el de Demóstenes.
Muy difícil sería determinar á qué estilo se ha de
dar la preferencia. Cada nación preferirá el que más se
acomoda á su índole. E l italiano, lleno de imaginación
y aficionado á lo bello , estará por el estilo figurado y
poético , y saboreará la cadencia y harmonía musical
de las cláusulas. E l español, grave y sensato , querrá
un estilo majestuoso y largos periodos. E l francés, de
penetración aguda , genio vivo y carácter impaciente,
se irá en pos de los pensamientos agudos y las frases
lacónicas.
Mas si se ha de dar una regla general que á todos
convenga, siendo el estilo la manifestación del hombre
interior y del desvelo y labor de sus facultades , aquel
será más perfecto estilo que mejor las dé á conocer, y
de un modo más proporcionado á la índole de los
oyentes.
E s frase proverbial entre los literatos que el estilo
es el hombre. Así lo parece , porque el hombre tiene
tres facultades, que pone enjuego cuando piensa: el en­
tendimiento, la imaginación y la sensibilidad. Cuando
piensa con actividad, tiene estas tres facultades en mo-
— 2I7 —

vimiemo , y si bajo esta impresión toma la pluma , se


retratarán en su escrito el pensamiento, la imagen y el
sentimiento , y su estilo será la expresión de las tres
facultades. Entremos en la mente , imaginación y co­
razón de nuestro Fr. Luis de Granada al tiempo que
componía su inmortal Guia depecadores. Veremos con
qué claridad se le ofrecen al pensamiento los últimos
momentos de un moribundo , luego las penas de los
condenados, luego las delicias del cielo; cómo la ima­
ginación le ofrece las más vivas y naturales imágenes;
cómo,por fin,se mueve su sensibilidad con tales espec­
tácu lo s^ aparece en el estilo lo claro y natural del pen­
samiento y la riqueza de las imágenes y los sentimien­
tos, ya de angustia y ansiedad que hacen su estilo cor­
tado y lleno de incisos á la muerte del hombre, áspero
y escabroso á la vista del infierno, suave y dulce en la
descripción de la gloría.
Mas aunque las tres facultades estén bien represen­
tadas en el escrito , no será perfecto el estilo si no es
proporcionado á la capacidad, temperamento^ índole y
condición del oyente. ¿ Qué cosa más fuera de orden
que exponer pensamientos sublimes en toda su subli­
midad á un rústico ignorante , ofrecer imágenes deli­
cadas y aéreas á un labrador tosco, y excitar las pasio­
nes guerreras en una madre de familia?
Debe ser el estilo la expresión de la índole de cada
pueblo, sobre todo en el orador, pues si el escritor
habla á todas las gentes, y no se limita á la generación
actual , sino que espera ser leído áun en los siglos ve­
---- 218 ----

nideros , el orador se refiere solo á su siglo , conversa


con solo el auditorio que tiene presente. Descubre
también el estilo las costumbres de los pueblos. En la
cultura del estilo de Cicerón, y el poco estudio del de
Demóstenes , se echa de ver cuánto superaba Roma á
Atenas en finura y urbanidad. Compa^andola nobleza
del estilo de Bossuet y demas autores franceses con las
invectivas destempladas de Tillotson contra los católi­
cos , se puede hacer un justo paralelo entre la cultura
de Francia y la de Inglaterra en aquel tiempo.
Con sólo leer los sermones de misión de estas va­
rias naciones T ¿quién no echa de ver en el fuego de
nuestros misioneros y la falta de crítica con que admi­
ten todo género de hechos históricos, con tal que pue­
dan causar espanto , que hablaban á un pueblo lleno
de fe y poco acostumbrado á la discusión? ¿Quién 110
advertirá en Lejeune el cuidado de escudarse con la
Escritura y Santos Padres, y el raciocinio con que trata
<ie convencer á un pueblo que piensa, razona, duda y
discute? ¿Quién, en fin, no ve en los misioneros italia­
nos el empeño de conmover la imaginación de los
oyentes ?
Hasta en las traducciones hechas de nuestros clási­
cos al francés, notamos la violencia que han tenido que
sufrir los originales , pues han debido mudar de color
los españoles y cambiar su fisonomía, para que hablen
al gusto francés. Lo contrario ha sucedido con las
obras francesas traducidas al castellano. Hechas en
general por los hombres poco hábiles, han corrompido
— 2ig —

nuestra lengua dándole un tinte que 110 es suyo, y qui­


tándole su antigua pureza. Un lenguaje seco y adusto,
un estilo cortado y lleno de incisos, términos y expre­
siones y medida de frases, que no enseñaron nuestros
autores clásicos, han trocado la lengua de Santa Tere­
sa y de Granada en una servil remedadora ó esclava de
Francia.
Algunos buenos hablistas , versados en nuestra li­
teratura, han procurado huir de la manía del siglo;
pero por más que han querido seguir las huellas de
nuestros clásicos,, no han podido menos de ceder de
algún modo á la tiranía de la moda. E l cambio que
experimenta nuestra lengua y estilo , no tanto parece
que provenga de la afición á la lectura de los autores
extranjeros , como del cambio que sé obra en nuestro
carácter nacional.
Leíanse con afán los ascetas españoles en Francia,
cuando la lengua francesa estaba todavía casi por for­
mar, y, sin embargo, se pulió con el tiempo el idioma,
y su estilo no tomó nada del nuestro, sino que perma­
neció tan distante de él , como el genio y carácter de
los franceses difería del de los españoles.
En España se leían con pasión las novelas france­
sas en tiempo de Cervantes, y con ellas se apoderó de
los españoles el gusto de las caballerías; pero de nin­
gún modo contribuyeron á alterar el lenguaje y estilo
de los escritores, bien que, como nota Mendoza en su
Historia de la guerra de los Moriscos , haya existido
siempre entre nosotros no poco prurito de adoptar vo-
--- 220 —
ces extranjeras. ¿A qué atribuiremos, pues, la fisono­
mía nueva de nuestro lenguaje, sino á un cambio en el
mismo carácter de la nación, á una modificación nota­
ble que ha sufrido en su índole primitiva?
No puede negarse que las naciones todas van per­
diendo algo del espíritu que á cada una la distinguía
de las demas, ya por la facilidad con que en el día se
comunican , ya por la fuerza de otras circunstancias y
el torrente de las ideas.
Nota un literato que en. la sociedad moderna hay
un nuevo elemento que , independientemente de las
ideas , proviene de una disposición orgánica de la so­
ciedad, y es el sistema nervioso, que se ha desarrollado
extraordinariamente. La causa de este fenómeno , se­
gún el mismo autor , no parece ser otra que las revo­
luciones políticas, que tan violentamente han debido
afectar á las madres é influir en la constitución' de los
hijos»
Pasemos ahora á las reglas generales del estilo,
tratando primeramente de la claridad en el modo de
presentar los argumentos.

A R T IC U L O PR IM E R O .
DE L A CLARI DAD.

§ I-
Su im portune ia.

- Bien que algunos pensamientos profundos no sean


comprendidos sino por personas instruidas, aunque se
— 221 —

■expresen con toda la claridad posible, será claro el es


tilo cuando se usen las palabras más aptas para expo­
ner los pensamientos y se coordinen en el orden natu­
ral de las ideas. Por el contrario , es oscuro el estilo
cuando se usan expresiones de cuya significación en
aquel caso dado no nos consta, y se halla ,invertido el
orden de las ideas en la construcción de las frases. E l
talento del orador nunca sobresale tanto como cuando
expone con claridad y hace inteligibles las materias
abstractas y profundas. Por el contrario , al oir ó leer
ciertos autores oscuros , duda uno si entendían ellos
mismos lo que dijeron.
«En todos los discursos, dice San Agustín , lo pri-
■ mero á que han de atender es á hablar de modo que
»se les entienda , siendo tal la dicción , que si no los
■entiende alguno, sea , ó por su mucha rudeza , ó por
■ser muy difíciles las materias. No le cuesta nada al
»que quiere hablar claro>sacrificar las expresiones cul­
atas, ni se cuida de que suenen bien, sino solamente
»de que expliquen bien lo que quiere decir. Esto es lo
■que llamaba un autor diligente, negligencia. No digo,
»sin embargo , que por evitar el ornato pernicioso se
»dé en el desalmo y las bajezas... ¿De que sirve que el
«lenguaje sea correcto y puro, si no se ha de entender?
«Si no nos han de entender aquellos á quien hablamos,
■en vano hablamos. Por consiguiente , el que enseña
■ha de excusar toda palabra que no enseñe.
»La claridad es mucho más necesaria al orador que
»habla en público, que al que conversa con otro, por-
■— 222 —

»que en la conversación cualquiera puede preguntarlo


j>que no alcanza ; mas donde todos callan y uno sólo
?habla, es indispensable que el que habla no deje nada
j>que desear á los que callan. Como la turba deseosa
»de aprender suele manifestar en sus movimientos si
»ha entendido ó no* mientras no dé muestras de haber
^entendido , debe explicar el orador las mismas cosas
»de diversas maneras, lo cual no pueden hacerlos que
»recitan un discurso aprendido de memoria. Cuando
• conozca que le han entendido, concluya su oración ó
jipase á otra cosa , porque si bien agrada el que hace
nperceptible lo que de suyo es dificultoso , se hace pe­
nsado el que insiste en explicar cosas sabidas a los que
■sólo han venido á enterarse de las que ignoraban».
Mas para llegar á este resultado no basta que cada
frase sea clara por sí misma, sino además es menester
que la una se siga de la otra ; que no haya largos pa­
réntesis, ni digresiones que hagan olvidar lo que se
sentó al principio antes de tocar las últimas reflexio­
nes ó consecuencias; que estén encadenados los pen­
samientos, y que uno á otro se vayan dando la mano
y prestando nueva luz.

§ II.

Causas de la oscuridad del estilo.

Cuatro defectos pueden hacer oscuro el es ilo:


i E l no entender el orador las cosas de que trata.
— 223 ---

2.° El afectar elegancia. 3 .° La demasiada concisión.


4.0 La difusión excesiva.
i,° E l tratar oscura y confusamente algunas mate­
rias proviene muchas veces de falta de penetración en
el orador.
No hay autores más claros que los que mejor con­
ciben el asunto. Notemos la claridad con que explican
Santo Tomás y Suárez, San Crisóstomo y Granada los
puntos más intrincados de la teología y los misterios
más profundos de la fe, y comparemos sus obras con
las disertaciones de los escolares aprendices, y los dis­
cursos de los adocenados oradores que quieren, como
dicen, meterse en honduras.
Las traducciones de los Salmos que da en odas
Fray Luis de León, ¿cómo habían de exponer con tan­
ta claridad conceptos tan elevados si no reinase esta
claridad en las ideas del autor?
2.0 E l buscar las expresiones más elegantes y los
giros más apartados del lenguaje vulgar impide la cla­
ridad no pocas veces. Muy común es el vicio de sacri­
ficar la claridad á la elegancia, creyéndose muchos
oradores de escaso mérito hombres de ingenio, cuan­
do se necesita ingenio para entenderlos, como decía
Quintiliano. «Hay algunos, dice, que aun cuando han
■hallado las expresiones más escogidas, andan en bus­
aca de otras más antiguas y desusadas, y no entienden
*que pierde el sentido en la oración lo que tal vez
«ganan las palabras. Pongamos mucho esmero en el
^lenguaje, pero no hagamos servir los pensamientos á
--- 224 ---
»las palabras, pues las palabras se han hecho para ser-
»vir á los pensamientos, y las mejores expresiones son
»aquellas que dan mejor á entender lo que queremos
^expresar». {.I n s t vm, proem.)
Si éste fué el sentir de un pagano, seguramente el
orador cristiano debe, como dice San Agustín, seguir
el consejo que fué dado al Santo Doctor. «Aconsejá­
ro n m e con mucha benevolencia, dice, que no me
»apartase del lenguaje vulgar, si quería desterrar del
^espíritu de los ignorantes aquellos perniciosos errores
“de los maniqueos, pues los rudos é indoctos no al-
peanzan el lenguaje elevado ».
E l Padre Jerónimo López, de quien hemos hecho
mención, dice en una carta sobre la predicación sa­
grada: «¿Qué diríamos de uno que al ver que se que-
rn ab a una casa, saliese á llamar gente, y se pusiese á
«llamarla con unas palabras tan cultas y afectadas
«que nadie le entendiese? Harto mejor haría aquel
»que empezase á gritar : ¡fuego! ¡fuego! ¡agua! ¡agua!
«¡todo un pueblo está ardiendo! Fácil cosa será cono­
c e r á cuál de estos hombres debe imitar el buen pre-
«dicador».
“ Reprobaba este célebre misionero el estilo que lla­
man hinchado « por analogía, dice Isla, con aquella
»viciosa desproporción del cuerpo, cuando en vez de
«carne y jugo nutritivo está ocupada alguna porción
»de él de alguna pituita nociva, que le causa tumor ó
«inflamación. Consiste este estilo vicioso* dice T ulio,
■en inventar nuevas voces, ó en usar las anticuadas;
— 225 ----

•en aplicar mal en una parté las que se aplicarían bien


»en otra, ó explicarse con palabras más graves y ma­
jestuosas de las que pide la materia■.
Esta manera de huir el lenguaje trillado, llegó has­
ta el delirio en el siglo pasado. Basta citar para mues­
tra las primeras frases de un sermón sobre la Cátedra
de San Pedro, de F ray Nicolás de Jesús María, predi­
cado en Am érica, que recibió tantos aplausos como
baldones merecía :
«Un fabricar científico al estudio casa propia, el
■cuidado lince de una sabiduría profunda. Sapientia
vcedificavit sibi domum. Un proponer misterioso al pú­
b lic o la confección aromática de una vinaria mesa,
nMiscuit vinum etproposuit mensam. Un sacrificar sa­
ngrado al altar el ardimiento santo de unos sus sabios
■ministros. Immolavit victimas sitas. Un recortar equí-
dvoco á la labor el pico de una cantera siete encara-
imadas pirámides. Excidit columnas septem. Un con­
v id a r cortesano el obsequio al real y fronteras de
Duna ciudad nobilísima. Misit ancillas suas ití vocarent
*ad arcem et ad mcenia civitatis; son en período de
■Salomón, pautas tiradas á una solemnidad. Pues ni
■pudo desearse más quieto desahogo el afable rasgo de
■la suya, ni apetecerse ménos alto dibujo el noble ge-
»nio de la nuestra. Carece á letras vistas el cuidado los
■agregados de esta pompa, y agradecerá á la diligen-
■ciae l cotejo de las circunstancias».
¿Qué pensaban de nuestros autores clásicos los que
así deliraban ?
«5
----- 226 -----

Aunque semejante locura ha desaparecido de nues­


tros pulpitos, no faltan todavía predicadores y orado­
res profundos que parece andan buscando medios de
no ser entendidos, por afectar elegancia, ó por andar
á caza de lenguaje extranjero.
3 .° Demasiada concisión hace oscuro el estilo.
«De este vicio, que cundió mucho, dice Capmani,
«entre nuestros escritores morales del siglo xvn, ado­
le c e n los franceses de estos últimos tiempos, en cu-
»yas composiciones parece que leemos el sumario de
»un libro, según la estrechez y rompimiento de los
^periodos ».
Podemos añadir á este juicio de Capmani, que las
traducciones literales de estos escritos dan no poco
margen á corromper nuestro estilo.
4.0 La difusión excesiva suele igualmente oponerse
á la claridad, cuando se entrelazan voces y epítetos
que no hacen falta, y se aglomeran en cada cláusula
las circunstancias que la modifican, haciendo oscuro
el conjunto.

A R T IC U L O II.

DE LA ELEGANCIA.

Exige San Agustín que el estilo del orador, aun­


que solo quiera instruir, sea elegante. En el ya citado
libro de la Doctrina Cristiana dice así: «El que preten­
d e solamente instruir, esto es, el que no se cuida de
«hacer gratas á los oyentes las cosas que antes les da-
»ban en rostro, ni se propone inclinarlos á que abra­
c e n lo que les repugna, sino explicarles puramenté
pío que no entienden, debe también usar un estilo
íhermoso, pues de no hacerlo así le escucharán sólo
«algunos muy estudiosos, que no van sino á enterarse
nde lo que ignoran, y- no ponen cuidado en el modo
»ni en la forma con que se les explica, sirviéndoles de
»recreo el conocimiento de la verdad desnuda. Esta es
»la propiedad de los buenos ingenios, buscar en las
apalabras no las palabras, sino la verdad: pues, como
»de nada sirve una llave de oro con que no se pueda
»abrir lo que está cerrado, así es muy útil una de ma­
c e r a , si es buena para ello:
*Hay, no obstante, gran semejanza entre los que
\
«aprenden y los que comen ; y así como se han de
condim entar las viandas para que no den, náusea, así
«debe condimentarse la doctrina con la "belleza del
¡•estilo, porque de lo contrario, sería manjar repug­
nante á la mayor parte de los o y e n t e s (.Doctr.
christ', 1. iv, c. xvi.t)
Podríamos añadir á esto, que como la monotonía
de la música uniforme disgusta y cansa, así el estilo
poco elegante suele fastidiar á los que, careciendo de
ingenio profundo, no pueden estar largo tiempo aten­
tos, si no se les entretiene, halagándoles el oído* Los
talentos profundos son muy raros, y los que se dejan
conducir del deleite son muchísimos, de suerte que el
mismo San Agustín enseña «que es tanta la e'stima que
■hace el hombre de la elegancia del estilo, que muchos
— 228 —
»leen escritos detestables por sus malas doctrinas, no
aporque las aprueben, sino por el deleite que les causa
naquella lectura». Podría el Santo ponerse á sí mismo
por modelo, pues si gustaba de oír á San Ambrosio
antes de convertirse, más era por el lenguaje que por
la doctrina. Agradábale el estilo del Santo por la pu­
reza y majestad, bien que le pareciese menos elegante
que el de Fausto Maniqueo, y á esta causa el de éste
le tiraba más la afición.
No debe, pues, el orador sagrado desechar la ele­
gancia, tan necesaria para gan ará aquellos á quienes
no atrae la verdad desnuda. ¿ No fueron elegantísimos
Moisés, Job, Isaías y otros autores inspirados? ¿No es­
tán llenas las Escrituras de elegancias y aparatos de
palabras y frases escogidas ? ¿ Con qué belleza no está
escrito el libro de los Macabeos? Y aun al fin de la obra
se excusa el autor de las faltas de lenguaje que tal vez
podrá hallar el lector. Una razón poderosísima trae Lac-
tancio justificando contra sus detractores á los Padres
que buscaron la elegancia en sus escritos, y recomen­
dándola á los demas, á saber: que desde que el Señorem-
pezó á llamar á los sabios y letrados á la fe, fué nece­
sario, por no retraerlos de la doctrina sana, templarles
la dificultad de los preceptos y la oscuridad de los mis­
terios con el esplendor de la oración y la suavidad del
lenguaje, haciéndoles dejar insensiblemente ásu s poe­
tas y filósofos ; cosa tan difícil, que confiesa de sí mis­
mo San'Jerónim o, que leyendo 'las Escrituras en su
sencillez se le caía el libro de las manos.
--- 229 ---
Pero en un punto tan arduo ¿cómo hallar el justo
medio entre el vanó follaje de los gerundianos y la se­
quedad de los escolásticos, y componerla belleza de la
dicción con la gravedad del Evangelio? consultemos el
citado libro de San Agustín. Después de recomendar
la elegancia, en la página que hemos trascrito, empie­
za á reprender sus defectos, por estas pajabras: «Sin
•embargo, el orador cristiano habla á un pueblo gra-
»ve, según lo del Salmo X X X IV : In populo gravi lau-
*dabo te. Debe, por lo tanto, evitar aquella elegancia
«afectada y hueca que no conviene á materias de po­
sea importancia ( ni es digna de las graves y majes­
tuosas.
«Se encuentra algo de este linaje de elegancia en
■una carta de, San Cipriano, y creeré que se le cayó de
■la pluma por casualidad, como no lo hiciese de pro-
opósito para hacer ver á la posteridad de cuántas su-
■perfluidades había librado á la lengua latina la sana
•doctrina de nuestra santa Religión. La gravedad y
«modestia de esta doctrina ha hecho tan grave y mo­
d esta la elocuencia, como se ve en sus cartas poste-
priores, cuyo estilo se ama con seguridad, y de veras
»se envidia, pero con dificultad puede imitarse.
»Dice, pues, en cierto lugar : Petamus hanc sedem;
ndant secessum vicina secreta, ubi dum erratici palmi-
*twn lapsus pendulis nexibus, per arundines bajulas
*repunt, vitcamporticum frondea tectafecerunt. No se
^produce de este modo sino el que posee una afluencia
■y facundia extraordinaria, pero semejante estilo re-
»pugna á la gravedad. Los que gustan de este lenguaje
aereen que los oradores que no hablan así, lo hacen
»por no hallar expresiones elegantes, mientras que si
»no las usan es porque tienen el juicio recto, y éste les
•hace preferible un estilo más, castigado. Por esta mis-
ama razón aquel varón santo mostró que podía hablar
»con semejante afluencia, porque lo hizo una vez, y
»que no quería, puesto que no volvió más á hacerlo».
De esta doctrina de San Agustín hemos de deducir
que la elegancia que recomienda no es un estilo de
palabras poco usadas, de bellos epítetos y de giros
nuevos de frase que engaña el oído, pues ám ás de que
este estilo repugna por pueril á la gravedad que acon­
seja el Santo, distrae la atención del oyente de las co­
sas que se le dicen, por atender ál modo desusado con
que se le dicen.
Veamos cómo confirma esta doctrina el elegantísi­
mo Fray Luis de Granada, en la Vida del Padre Maes­
tro Avila, diciendo así: «Demóstenes es alabado entre
•todos los oradores, porque siendo sus oraciones muy
•estudiadas, no mostraba algún linaje de artificio, por
•ser su lenguaje tan propio y tan natural, que si la na­
tu raleza hablara, parece que de aquella manera ha­
b la r a . Pues este lenguaje, ajeno de toda afectación y
«artificio, que basta para explicar el predicador sus con­
cep to s, es el que más conviene para persuadir y mo­
v e r los corazones. Y si algunas veces usa de metáfo­
r a s , son de las que más al propio explican las cosas
■que quiere declarar, nacidas de las mismas cosas que
--- 231 ---
•trata y no acarreadas de fuera. Porque los predica-
adores que hacen lo contrario, y pretenden mostrarse
«elegantes y buenos romancistas, sepan que poco apro­
vecharán. Porque los oyentes que tienen algún jui-
»cio, entienden que el que asi predica, se va eácuchan-
»do, y saboreando, y floreando en lo que dice, pre­
tendiendo más mostrarse muy buen hablador, que
•deseoso de aprovechar. Y cuanto más elegante fuere,
•tanto menos aprovechará, porque verdadera es aque­
l l a sentencia de los retóricos, que dice: Jacent sensus
*>in oratione in qua verba ¡audantur. Quiere decir que
•pierden los hombres la atención á las cosas, cuando
•son muy elegantes las palabras ; porque éstas hurtan
■ la atención á las sentencias, y no miran lo que se les
■dice, por mirar cómo se les dice n.
Por haberse apartado de esta acertada doctrina Jos
oradores del siglo pasado , y confundido las nociones
de la verdadera elegancia, cayeron en el vicio de la
puerilidad hasta hacer teatro de farsantes la cátedra del
Espíritu Santo. La elegancia, en que pusieron todo el
conato , llegó á convenirse , como dice el P .'Isla , en
una suavidad sin jugo, en una dulzura empalagosa, en
retruécanos sin sustancia , 'en juegos ó paloteados de
•voces, equívocos, ternuras afectadas, alusiones cariño­
sas , figurillas alegres y floridas , y pinturas teatrales.
Da por muestra este trozo de un sermón impreso que
ae leía en suíiem po:
««Quiere la águila, hidrópica de luz, bebería al p la ­
c e t a más propicio la impetuosa corriente de su rau-
»dal fogoso: navega por el viento sirviendo de seguros
■remos la ligereza de sus alas. Nunca vuelve los. ojos
nal suelo, siempre los tiene fijos en el jamante globo.
■Si dejó amenidades de los vergeles , domina campos
■azules. Si la tierra con verdores la lisonjea, el sol con
dbenéficas influencias la halaga. Lleva pendiente en su
■pico, ó prisionera en la estrecha cárcel de sus garras,
»á su prole hermosa y tierna, mírala con desvelo,
■atiéndela con cuidado , registra sus ojos , repara sus
«movimientos \ pero si ella , ó embargada de luces , ó
■ciega de resplandores vuelve el rostro y encorva el
■cuello, pestañea sus dos pequeños orbes , declinando
■en cobardes timideces, la despeña con ira, la precipi­
t a con rabia , y arrojándola de las nubes , la destina
«para tiro de crueles voracidades. Mas si amante de
«aquella mayor antorcha, alada de su incesante carre­
j a , enamorada de su esplendor, apasionada de su bri­
lla n te z conserva estable la, vista, aguantando eltropél
»de tantas llam as, en plácidos alborozados ademanes,
*]a expresa más intensos sus amores, siendo pruetfa de
■su legitima filiación el simpático afecto de la caridad*.
¿A quién no se le cae el papél de las manos al leer
semejantes sandeces? Pues á este delirio conduce el
poner la elegancia en el estudio de la novedad. Sí las
expresiones, saliendo de su condición de siervas y es­
clavas de los pensamientos, quieren hacerse señoras y
llevarse á sí solas toda la atención de los oyentes , se
convertirá necesariamente en una lección de buen ó
mal lenguaje la doctrina del Evangelio , con desdoro
— 233 —
de la Religión y detrimento de las almas. Algunos>
huyendo de la afectada elegancia , se ‘echan en el ex­
tremo opuesto tle afectada sequedad. Sus sermones,
según el mismo Isla, más se parecen á una disputa que
á una oración, por las pruebas, por las confirmaciones,
por los argumentos, por las respuestas y por las répli­
cas. Estos incurren en los dos defectos de no ser en­
tendidos de la plebe y causar fastidio á los doctos.
«Otros, dice el mismo autor, van tan aligados á las
«leyes de la oratoria , que ponen el mayor cuidado en
• que todo el artificio se descubra de par en par: el
^exordio , la proposición , la división, las pruebas, la
•exornación , el epílogo , y el ir midiendo las figuras
«como con un compás , distribuyéndolas y repartién­
d o la s con sus cajoncillos y cuartos , como tablero de
■damas. No hay cosa más insufrible y fastidiosa que
• una composición tan arreglada*.
Para evitar todos estos escollos de la verdadera elo­
cuencia, tenga presente el orador á quién habla , para
acomodar el estilo á su capacidad, y esté bien penetra­
do de la verdad que enseña, para exponerla con aquel
calor y libertad de formas que dicta el corazón y el
sentimiento ; de esta suerte agradará sin querer agra*
dar, y será elegante huyendo de la elegancia, pues se­
guirán las palabras el curso de las ideas. Si todavía se
nos pregunta en qué , finalmente } consiste la elegan­
cia, dirtmos que. será elegante el estilo si estuviere
exento de todo barbarismo y solecismo ; si se observa
una elección juiciosa de palabras aptas á expresar las
— 234 —
ideas; una coordinación de frases que haga buen efecto
al oido, cierta varie'dad agradable en el modo de expo­
ner los conceptos, y sobre todo la harmonía imitativa,
6 conformidad del sonido de las voces con los pensa­
mientos.
Convendrá explicar esta definición con ejemplos,
tomando por modelo á nuestro Fr. Luis de Granada.

A R T ÍC U L O III.
COORDINACIÓN O RATO RIA.

E l estilo oratorio pide otra colocación de palabras


que el estilo vulgar, aunque las voces sean las mismas;
y es muy verdadero que en la distinta colocación está
la mayor ó menor fuerza de la expresión.
Leemos en la Guía de pecadores: «Puesto un hom­
b r e en gracia, ¿qué mucho es darle la gloria? Y caído
■en una culpa, ¿qué mucho es darle la pena?»
Mucho más hiere esta idea con semejante coloca­
ción, que si conforme al estilo llano y vulgar se dijese:
¿Qué mucho es dar la gloria al que está en gracia, y la
pena al que ha caido en la culpa?
Otra frase en estilo vulgar. E l que cuenta las estre'
lias y llama á cada una por su nombre, dice que es muy
pequeño el número de los escogidos’.
Esta frase es correcta , pero no puede decirse que
sea elegante , á lo menos comparada con esta de Gra­
nada en su Guia: «Que tan pequeño sea este número,
•dícclo aquel que cuenta las estrellas, y á cada una
»llama por su nombren. ,
— 235 —
Tan elegante es este periodo, que suena como ver­
so. E l mucho estudio de la harmonía hace que varias
veces hable Granada en verso en ia Guia , que es la
obra más elegante que salió de su pluma. También se
hallan versos en la prosa de Estella y otros autores
clásicos, cosa que sería reprensible si fuesen continua­
dos como eji el citado ejemplo de Granada.
Estella, aunque más breve en los periodos que G ra­
nada, usa la misma majestad de estilo. «¿Qué hallaste
■en el mundo para que dejases la fuente de aguas vivas
■y cavases algibes horadados?»
Será harmoniosa la frase si se procura que sus
miembros se acomoden al alcance de la respiración,
que estén bien combinadas las breves y largas , y que
la última frase de cada periodo sea más larga por lo
común y sus expresiones más llenas y sonoras. Pero
evítese el defecto de la monotonía en quev se había de
incurrir , tomando tan á la letra esta regla , que todos
los periodos saliesen del mismo puño.

Elección de voces.

Reprueba el estilo oratorio toda, palabra trivial y


baja , y le sustituye otra más noble , aunque sea me­
nos propia. A veces tendrá que usar de un circulo*
quio, v. g., el animal inmundo por el cerdo, el fruto de
la encina por la bellota , etc. Prefiere cabello á pelo,
planta á pié, oído á oreja, labios á boca, lecho á cama,
manjar á comida. Reprueba las palabras modernas que
sirven para nombrar los instrumentos de artes mecáni­
— 236 —
cas y de guerra ó milicia, y las sustituye con vocablos
antiguos, aunque más vagos. Gusta de aquellas voces
que recuerdan la pura naturaleza, como son las pasto­
riles y silvestres. Se ha de advertir, sin embargo , que
si alguno, por evitar palabras triviales ó innobles , an­
duviese en busca de las ininteligibles, caería en el vicio
del culteranismo.
Exige la claridad que se usen las voces más pro­
pias para representar los objetos ; y como frecuente­
mente muchas palabras significan la misma cosa, siem­
pre han de escogerse las más acomodadas y mejores. A
ideas severas corresponderán voces severas; á materias
horrendas y espantosas convendrán voces ásperas.

ARTICULO I V.

HARMONÍA I MI T A T I V A .

Ejem plo de majestad y belleza.

Élección de voces suaves, pero llenas y largas.


Fr. Luis de Granada: «Tiende los ojos por todo este
»mundo visible , dice hablando de Ja gloria , y mira
■cuántas y cuán hermosas cosas hay en él. Cuánta es
»la grandeza de los cielos , cuánta la claridad y res­
p lan d o r del sol, y de la luna, y de las estrellas. Cuán­
t a la hermosura de la tierra t de los árboles , de-las
•aves y de todos los animales. ¿ Qué es ver la llanura
«de los campos, la altura de los montes, la verdura de
■los valles, la frescura de las fuentes, la gracia de los
■ríos, repartidos como venas por todo el cuerpo de la
— 237 —
«••tierra, y sobre todo la anchura de los mares poblados
■de tantas diversidades y maravillas de cosas? ¿Qué son
»los estanques y lagunas de aguas claras , sino unos
«como ojos de la tierra, ó como espejos del cielo? ¿Qué
■son sus prados verdes entretejidos de rosas y flores,
■ sino como un cielo estrellado en una noche serena?
■¿Qué diré de las venas de oro y plata, y de otros tan
»preciosos metales? ¿Qué de los rubíes- y esmeraldas, y
■diamantes y otras piedras preciosas, que parecen com-
■petir con las mismas estrellas en claridad y her-
■mosura?... /
■ Verdaderamente gloriosas cosas nos han dicho de
»tí, Ciudad de Dios. Grande eres en tu anchura , her-
junosísima en la hechura , preciosísima en la materia,
nnsbilísimacn la compañía, suavísima en losejercicios,
«►riquísima en todos los bienes, y libre y exenta de to­
ados los m ales...
*A llí será Dios espejo á nuestros ojos , música á
»nuestros oídos, miel á nuestro gusto y bálsamo sua­
tís im o al sentido del oler. A llí veremos la variedad y
^hermosura de los tiempos , la frescura del verano, la
•claridad del estío, la abundancia del otoño, y el des-
•canso y reposo del invierno; y allí, finalmente, estará
stodo lo que á todos estos sentidos y potencias de nues­
t r a ánima puede alegrar».
Veamos cuán diferente impresión hace la misma
pluma en el compendio de la doctrina cristiana sobre
la muerte.
■Levántase el pecho, enronquécese la v o z , mué-
«rense los pies , hiélanse las rodillas , afílanse las na-
«rices, húndense los ojos , párase el rostro difunto , y
«■luego la lengua no acierta á hacer su oficio; y final-
ámente , con la gran priesa del ánima que se parte,
«turbados todos los sentidos, pierden su valor y su vir­
tu d . Mas, sobre todo, el ánima es la que allí padece los
«•mayores trabajos; por allí está batallando y agonizan­
d o , parte por la salida, y parte por el temor de la
«cuenta que se le apareja ; porque ella naturalmente
«rehúsa la salida , y ama la estada, y teme la cuenta».
Sobre el juicio: «En aquel día derramará Dios la
«ira y sana que tiene recogida en todos los siglos. ¿Pues
«qué, tan arrebatado saldrá entonces aquel tan cauda-
«loso río de la indignación divina, teniendo tantas aco-
ngidas de ira y saña cuantos pecados se han hecho
«desde el principio del mundo?... Los hombres anda-
«rán.secos y ahilados de muerte, oyendo los bramidos
»espantosos del mar , y viendo las grandes olas y tor
»mentas que levantarán, barruntando por esto las gran-
»des calamidades y miserias que amenazan al mundo
»tan tenebrosas señales. Y así andarán atónitos y es­
pantados, las caras amarillas y desfiguradas, antes de
»la muerte muertos, y antes del juicio sentenciados».
En todas estasdescripciones, ¡qué pureza de lengua­
je, qué pinturas tan animadas, por no hallarse una pa­
labra que detenga el curso de las ideas, y qué propios,
pues, vemos los objetos delante de los ojos!
¡Qué variedad en el estilo; cuando apenas ha rega­
lado el oído con una figura, ya pasa á otra!
- 339 -
¿Cuánta es esta grandeza?... ¿Cuánta la hermosu­
ra?... ¿Qué es ver?... ¿Qué los estanques... sino?..?-
¿Qué diré de las venas... qué de los rubíes?... Gran­
de eres en tu anchura , hermosísima en la hechura...
A llí será Dios espejo á los ojos, y música á los
oídos...
iTodas las cláusulas que se componen de breves in­
cisos terminan con miembro más largo, que cierra la
serie majestuosamente.
Ejemplo,— La llanura de los campos,
la altura de los montes,
la verdura de los valles,
la frescura de las fuentes,
la gracia de los ríos , repartidos como venas por todo
el cuerpo de la tierra.
Otro.—Grande eres en tu anchura,
hermosísima en la hechura,
preciosísima en la materia,
nobilísima en la compañía,
suavísima en los ejercicios,
riquísima en todos los bienes, y libre y exenta de todos
los males.
Veamos la harmonía imitativa ó imitación de la
naturaleza de las cosas que describe, en las palabras-y
en la forma de las frases.
Comparemos la mirada que echa el hombre al
mundo, próximo á fenecer* con la que recrea la vista
en un día sereno de primavera.
■Los hombres andarán secos y ahilados de muerte»
— 240 —
«viendo las olas y tormenta que levantará el mar...
• Andarán atónitos, las caras amarillas, antes de la
»muerte muertos». En el encogimiento de la frase se
pinta el sobrecogimiento de los hombres. x
A l revés en esta descripción:
aTiende los ojos por este mundo visible , y mira
«cuántas y cuán hermosas cosas hay en él». [Cómo se
dilata la frase indicando la paz y satisfacción! <*¡Cuán-
»ta es la grandeza de los cielo s, cuánta la claridad y
»resplandor del sol, y de la luna, y de las estrellas!...»
Las voces que dominan son majestuosas y sonoras.
Cuánta, tanta, hermosura, llanura. «La hermosura de
»la tierra, la llanura de los campos*, etc.
Sin majestad hubiera dicho: qué grande el cielo,
qué claro el sol, luna y estrellas; los altos montes, los
verdes valles, las frescas fuentes, los anchos mares.
Nótese la repetición de la conjunción^ en las fra­
ses: resplandor del sol y de la luna, y de las estrellas.
Qué de los rubíes y esmeraldas , y diamantes, y otras
piedras preciosas... pues es figura que sirve á dar más
peso al estilo y más importancia á cada cosa.
Compárese esta gravedad y lentitud con aquella
viveza con que pinta la prisa que se da la muerte en
llegar. «Levántase el pecho, enronquécese la voz, mué-
rense los pies,'hiélanse las rodillas».
La paralización de la lengua paraliza el estilo y le
hace titubear, como se ve á continuación: «Y luego la
lengua no acierta á hacer su oficio».
E l aprieto del alma y su lucha en aquellos momen­
— 241 —
tos se pinta en la frase: «Allí está batallando y agoni­
zando... rehúsa la salida * y ama la estada , y teme 1§.
•cuenta».
Estos imponentes gerundios los emplea también
para pintar los rumores del juicio.
«Oyendo los bramidos, viendo las olas, barruntando
las calamidades».
E s también muy de notar el periodo siguiente, en el
que describe la salida brusca del alma , truncando la
final bruscamente.
«Suele preceder á la muerte una grandísima enfer-
*medad , la cual de tal manera bate noche y día sin
aparar las fuerzas naturales y los miembros principa*
oles de nuestro cuerpo, que el ánima , no .pudiéndose
»ya más defender ni conservar en ellos, los desampara
»y se va».

Elección de palabras ásperas para pintar el infierno.

«Se abrirá la tierra en un momento , y serán sumi­


d o s y despenados en los abismos... A llí estarán las
■ánimas carcomiéndose y despedazándose con aquel
agusano remordedor de la conciencia, que nunca cesará
*de morder... A llí los malaventurados, con una cruel
«desesperación y rabia, volverán las iras contra Dios y
■contra sí, comiendo sus carnes á bocados, rompiendo
»sus entrañas con suspiros, quebrantándose sus dientes
ȇ tenazadas, y despedazando rabiosamente sus carnes
•con sus uñas , y blasfemando siempre de él , pues así
«los mandó penar. A llí cada uno de ellos maldecirá su
— 242 —
»desastrada suerte y su desdichado nacimiento , repi­
tien d o siempre aquellas tristes lamentaciones... Des-
«venturados de nosotros, aperreados anduvimos por el
«camino de la maldad, y nuestros caminos fueron* ás­
p e ro s y dificultosos, y el camino del Señor, tan llano,
*nunca supimos atinarlo». (Granada, Guía.)

Elección de voces suaves para pintar el dolor resignado.

«¿Quién podrá, ¡oh buen Jesúsl declararlo que sen-


ntías cuando considerabas las angustias de aquella áni-
■ma santísima , la cual tan de cierto sabías estar con-
•tigo crucificada? ¿Cuando veías aquel piadoso corazón
«traspasado y atravesado con cuchillo de dolor? ¿Cuan-
ido tendías los ojos sangrientos y mirabas aquel divi­
d o rostro cubierto de amarillez de muerte, y aquellas
«angustias de su ánima sin muerte ya más que muerta,
■y aquellos ríos de lágrimas que de sus purísimos ojos
•salían, y oías los gemidos que se arrancaban de aquel
^sagrado pecho , exprimidos con el peso de tan gran
«dolor?» (Comp. de la doct. crist.)

Tristeza y compasión.

* [Oh ángeles de paz! Llorad con esta sagrada Vir-


»gen: llorad, cielos, y llorad, estrellas del cielo, y todas
°las criaturas del mundo acompañad el llanto de Ma-
«ría. Abrázase la Madre con el cuerpo despedazado,
«apriétalo fuertemente en sus pechos; para sólo esto le
•quedaban fuerzas ; mete su cara entre las espinas de
»su sagrada cabeza; júntase rostro con rostro; tíñesela
— 243 —
«cara de U sacratísima Madre con la sangre del Hijo, y
anégase la del Hijo con las lágrimas de la Madre. ¡Oh
«dulce Madrel ¿es este, por ventura, vuestro dulcísimo
»Hijo? ¿ Es este el que concebísteis con tanta gloria y
•paristeis con tanta alegría? ¿Pues qué se hicieron vues­
tr o s gozos pasados? ¿Dónde se fueron vuestras alegrías
■antiguas? ¿Dónde está aquel espejo de hermosura en
»que os mirasteis? Lloraban todos los que presentes es­
taban ; lloraban aquellas santas m ujeres; lloraban
^aquellos nobles varones; lloraba el cielo y la tierra, y
atodas las criaturas acompañaban las lágrimas de la
^Virgen». (Id.)

Pensamientos arrebatadosy fogosos.

E l pensamiento rápido pide voces breves de pocap


sílabas ó de sílabas breves, como fugaz, veloz, rápido,
céfiro ; frases cortadas , y los ménos vocablos posibles
para expresar la idea.
San Anselmo: «|Oh alma esteril! ¿Qué haces? ¿Qué
1 duermes? E l día del juicio viene , cerca está, cerca y
•muy veloz; día es de ira, día de pena, miseria y cala-
«midad, de niebla y torbellino, de clarín y estruendo».
Estella, Vanidad del mundo:
«El tiempo es vapor que parece y en un punto se
■deshace... Como viento corre y es correo que pasa y
■huésped que nunca vuelve Como {ayo del cielo, en
■abrir y cerrar el ojo así perece... No vuelven atrás las
«aguas , y los días pasados irreparables son... Pasa la
— 244 ~
■juventud >y pasa con ella la hermosura ; pasa la ñor
•de esta vida, y todo brevemente perece».

ARTICULO V.

DE L A E NERGÍ A.

Para, dar energía al estilo, quítese toda palabra


Inútil que no añada algo al sentido ; sí se juntan mu­
chos verbos para expresar una misma idea, haya gra­
dación en el significado délas palabras. Déjese para el
fin la expresión de más peso* Si se comparan varias
ideas, sea semejante la colocación de las frases.
E s tan importante para la energía del lenguaje el
suprimir toda palabra inútil que no añada algo de sen­
tido , que muchos pensamientos sublimes pierden su
grandeza y elevación por extenderse mucho la pluma
en describirlos. A l contrario, ¡qué inimitable grandeza
en aquella sentencia! »Vi al impío levantado sobre los
cedros del Líbano, y pasé y ya no existia». Y en aque­
lla: «Cayeron al profundo como una piedra».
L a sublimidad de esta expresión: «En su presencia
enmudeció la tierra ■, cae si añade algo , como por
ejemplo: la tierra que alumbra el sol desde el oriente
hasta el ocaso.
De la gradación en el significado de diferentes ver­
bos que expresan la misma idea tenemos un bello
ejemplo en F r. Luis de L eón :
« Acude, acorre, vuela,
Penetra el alta sierra, ocupa el llano,
No perdones la espuela,
No des paz á la mano,
Menea, fulminando el hierro insano».

Granada da mucha energía á sus sentenciosos pe»


riodos, dejando para lo último las expresiones de más
peso, como en este periodo arriba citado: «Y así anda*
»rán atónitos y espantados, las caras amarillas y desfi­
guradas, antes de la muerte muertos y antes deljuicio
^sentenciados*. La semejanza en la colocación de las
frases en que se oponen unas ideas á otras, hace más
enérgica la descripción, como en el ejemplo arriba
citado: «Rehúsa la salida , y ama la estada, y teme la
«cuenta».
En la elección de las palabras suelen los autores
valerse de expresiones menos nobles con preferencia á
otras que, aunque más decentes, no serían tan enérgi­
cas , cuando describen objetos aterradores. En la des­
cripción del infierno por Granada, hemos podido notar
aquellas frases: (Comiendo sus carnes á bocados...
i despedazando rabiosamente sus carnes con sus unas»,

A R T IC U L O V I.

DE L A S I D E A S S U B L I M E S .

Como la vista de un v e r g e l, de un arroyo , de un


pajarillo agrada, así la de un monte, una torre, el cielo
y la mar impone. Las ideas que suscitan semejantes
objetos son unas bellas y otras sublimes. Mas del mis­
mo modo que las cosas materiales , así las abstractas
— 246 —
producen impresiones gratas y dulces , ó sublimes é
imponentes. Una virtud ordinaria causa un sentimien­
to dulce ; mas la virtud heroica sorprende y produce
una idea sublime.
E s bqlla la virtud de José , hijo de Jacob , y la del
joven Tobías; pero sublime la de Abraham, la de Job,
la de Eleázaro, la de los Macabeos, y sobre todo la de
su madre.
E l pensamiento sublime debe ^presarse con pala­
bras enérgicas, evitando las débiles, como dijimos arri­
ba, y sólo empleando las que son necesarias para expli­
car la idea ó realzarla. Esto se observa en mil ejemplos
de la divina Escritura.
aCantemus Domino, gloriose enim magnificatus est,
equutn et ascensorem ejus dejecit in mare».

Cantemos al Señor, que en la llanura


Venció del ancho mar al Trace fiero.
(Herrera.)

No podía decirse con más brevedad cómo fué ven­


cido Faraón. Precipitó en el mar al caballo y al caba­
llero. De este sublime cántico hemos dicho algo en el
tratado de los tropos , y hemos visto cómo la sublimi­
dad.de cada pensamiento aparece á descubierto con el
laconismo y energía de las frases.
Las ideas sublimes gustan .de voces trasladadas y
figuradas.
(Salm. C 1II.) vConfessionem et decorem induisti
lamicius lumine sicut vestimenta*.
— 247 —
*Extendens ceelum sicut pellem qui tegis aquis supe-
• riora ejus, Quiponis nubem ascensum tuum, qui am~
•bulas super pennas ventorum».

«¿No ves cuando acontece


Turbarse el aire todo en el verano?
E l día se ennegrece,
Sopla el Gallego insano,
Y sube hasta el cielo el polvo vano.
Y entre las nubes mueve
Su carro Dios ligero y reluciente,
Y horrible son conmueve;
Relumbra el fuego ardiente,
Treme la tierra, humíllase la gente».
(Fr. Litis de León.)

Aquí todas las cosas inanimadas se personifican.


E l airé se turba, el día se viste de negro, el viento so­
pla, el polvo sube. E l trueno es el estruendo del carro
de Dios, y los relámpagos las chispas que sus ruedas
'exhalan.
Infinitas ideas hallamos en la Escritura, cuya su­
blimidad está en la personificación de los seres inani­
mados.
Notaremos de paso las siguientes:
«Montes exultaverunt ut arietes.
Inclinad sunt montes ab itineribus ceterniiatis ejus».
Y lá citada de los Macabeús (cap. i ) : • Siluit térra
%in conspectu ejus*, hablando de Alejandro..
Las ideas sublimes nacen de la inspección de la na-
turaleza-unas veces, y otras de la contemplación de un
hecho que encierra verdades de gran importancia.
— 248 —
Los Santos Padres, tan ejercitados en la meditación
de las Sagradas Escrituras, tienen trozos sublimísimos.
Citaremos este de San Ambrosio, acerca de la de*
«
gollación de San Juan.
tlntuere, rex acerbissime, tuo spectacula digna con-
9vivió. Cerne oculos in ipsa morte sceleris tui testes
t>aversanies conspectum deliciarum. Clauduntur lumina
»non tam mortis necessitate, quam horrore luxurie. Os
»aureum illud exangüe cujus sententiamferre non pote-
tras, conticescit, el adhuc timetur. Lingua tamen quce
»solet etiam posí mortem ofjicium servare viventis, pal­
pitante licet motu, damnabaí incestum».
Señala el autor griego Longino, como las princi­
pales fuentes de lo sublime, la elevación de espíritu,
la viveza de los afectos y pasiones, que llamamos e n -,
tusiasmo, y el uso de las ñguras que realzan los pen-
mientos.
La elevación de espíritu no la tendrá nunca aquel
cuyos pensamientos é inclinaciones son bajas, Pero el
hombre magnánimo muchas veces sin hablar inspira,
conmueve, y hace adivinarlo que piensa. Cita el autor
un rasgo sublime á este propósito. Ofrecía Darío á
Alejandro la mitad del Asia y su hija en matrimonio.
Parmenión, que estaba presente, deslumbrado con tan
magnífica oferta, dijo á Alejandro : Si yo fuese A le­
jandro, aceptaría este partido ; y Alejandro respondía
inmediatamente : Y yo también si fuese Parmenión.
Toda la sublimidad de esta respuesta está en la elevar
ción de pensamientos que descubre.
- 249 —
A laba el mismo autor la sublimidad del texto de
Moisés : Dijo Dios : hágase la luz, y fué hecha la luz;
hágase la tierra, y fué hechala tierra ; como lenguaje
del que conocía la grandeza y poder de Dios. Y no
hay duda que si hubiera expresado esta idea con mag­
níficas frases y palabras llenas de entusiasmo, parece­
ría confundir á Dios con cualquier hombre que nece­
sita mucho esfuerzo para hacer grandes cosas, y por
otra parte su idea siempre sería muy trillada y nada
extraordinaria para el poder de Dios. A l contrario,
esta sencillez hace sublime la idea, pues muestra su
poder al descubierto, y la obediencia rendida de las
criaturas á su voz.
Notan los ascetas que nunca pensó tan altamente
el santo Job como cuando ]a pérdida de todos los inte­
reses materiales elevó sus pensamientos hacia el cielo.
[ Qué ideas tan grandes se le sugieren sobre la va­
nidad de los soberbios !
* Elevad sunt ad modicum, et non subsistente et hu-
*miliabuntur sicut omnia, et auferentur, et sicut sum-
imitates spicarum conterentur* (c. xxiv). Apenas pue­
de darse comparación más propia que la de las espigan
que se alzan tai\ rápidamente, se muestran tan ergui­
das, van tan cargadas de fruto, y caen con solo que se
quiebre la caña que las sostiene.
No menos sublime es su descripción de la vanidad
délas riquezas y triste fin del avara,
tSi multiplicad fuerintfilii ejus in gladio erunt, et
*nepotes ejus non saturabuntur pane.
— 25 o —
i Qui reliqui fuerint ex eo sepelicntur in interitu, et
• vi dlice illius non plorabunt.
*Si comportaverit quasi terram argentum, et sicut
»lutum prceparaverit vestimenta.
•Preeparabit quidem, sed justus vestietur illis, et
»argentum innocens dividet.
•¿Edijicabit sicut tinea domum suam, et sicut custos
■tfecit umbraculum.
»Dives cum dormierit, nihil secum auferet, aperiet
toculossuos, et nihil invenid» (c. xxvn).
¡ Qué idea da tan grande de la ciencia y poder de
Dios!
«Nudus est infernus coram Uto1 et nullum est operi-
»mentum perditioni.
* Qui extendit Aquilonem super vacuum etappendit
»terram super nihihim.
* Qui ligat aquas in nubibus suis ut non erumpant
*pariter deorsum.
»Qui tenet vultum solii sui et expandit super illud
unebulam suam.
»Terminum circumdedit aquis usque dumjiniantur
• lux et tenebrce.
«Columncecceli contremiscuntetpaventadnutumejus.
*(n fortitudine illius repente maria congregata sunt,
•etprudentia ejus perciissit superbum » (c. xxvi).
j Cuán á lo vivo pinta la sabiduría de Dios, que solo
posee los secretos de todas las cosas!
*Sapientia vero ubi invenitur ¿ et quis est locus in-
• telligentice ?...
— ■ 2 5 I ----

%Abyssus dicit: Non est in me: et more loquitur:


»Non est mecum. ..
•Perditio et mors dixeruni: Auribus nostris audi-
*vimits famam ejus.
*Deus intelligit viam ejus ef ipse novit locum illius.
ilpse enim jines mundi intuelur, et omnia. quce sub
*ccelo sunt respicit.
»Qui fecit ventis pondus et aquas appendit in men-
*sura.
* Quando ponebat pluviis legem, et viam procellis
tsonantibus.
i Tune vidit illam) et enarravit, et prceparavit, et
*investigavit.
*Et dixit homini: Ecce timor Dotnini ipsa est sa-
*pientis, et recedere a malo intelligentia» (c. xxvm).
Sublimísimo es el capítulo xxxvm , que debe leerse
todo entero.
CUARTA PARTE.

ACCIÓN ORATORIA.

Si veinte pintores tan diestros como Apeles, dice


el Padre Cahour, escritor reciente, se estuviesen sin
pestañear mirando á Demóstenes, para sacar su retra­
to, apenas habrían delineado una de sus posturas, mi­
radas y gestos, cuando ya habría cambiado cien veces
de expresión su fisonomía y el cuerpo de actitud, de
suerte que en una hora les daría ocupación para toda
la vida.
Los que han comparado la pintura, la escultura y
la poesía, para determinar cuál de las tres artes se
acerca más al natural, han convenido en que esta últi­
ma lleva ventajas á las otras dos. A sí parece, porque
el lienzo y el marmol, siendo como son instrumentos
inmóviles, no pueden representar sino una escena sin
— 254 —
sucesión de actos, y por consiguiente sin vida, mien*
tras que la pluma en cada frase y en cada inciso pinta
una actitud nueva. ¿Pues qué diremos nosotros del
orador que perora, sino que reúne todas las ventajas
juntas ? Con el escultor y el pintor, habla á los ojos;
con el músico, á los oídos, y .con el escritor varía las
ascenas ¿ cada instante. En el orador todo es pintura,
todo movimiento, todo vida. En él vemos al hombre
todo entero, que habla á todo el hombre con todas sus
facultades y por medio de todos sus órganos.
Es sin disputa la acción oratoria, no solo la más
completa y rápida de todas las expresiones humanas,
sino también la más universal, pues si quereis dar una
vuelta por todo el orbe, tendreis que mudar dos mil
veces de idioma, según el cómputo de los geógrafos;
pero con los mismos gestos que ahora usáis percibirán
todas las gentes que estáis enfadado, que teneis ham­
bre, ó que pedís misericordia. No solo los hombres
entienden en todas partes este lenguaje mudo, sino que
los mismos animales temen al que con el brazo les
amenaza, y leen en los ojos el pensamiento del que les
clava la vista.
Forma el gesto una parte esencial del lenguaje,
porque muchas ideas más se explican con el’ gesto que
con la lengua, y algunas sólo con el gesto se expresan;
todos piden la ayuda del semblante y acción, y si el
semblante dice lo contrario de lo que indican las pala­
bras, más se cree á éste que á las palabras, como suce­
de en toda ironía. Cuando acusó Marco Calidio á uno
— 255 -
de que había querido envenenarle, formuló tan fría­
mente la acusación, que no necesitó Cicerón más prue­
ba de la falsedad del hecho, y así le d ijo : <•An tu;
M. Callidi, nisi fingere, sic ageres? Con efecto-, nadie
ignora que la lengua tan fácilmente dice lo que es ver­
dad como lo que no lo es; pero el semblante no enga­
ña tan fácilmente, y mientrás más quiere fingir, más
vivamente se pinta en él la turbación por la palidez
del rostro, ó la confusión por el calor de las mejillas.
En fin, cuanto se diga en elogio de la acción ora­
toria, es poco al lado de lo que dijeron Demóstenes y
Cicerón, pues la miraban como el ápice de la oratoria.
Llega éste á afirmar que, dotado de buen accjonado un
orador mediano, puede sobrepujar á los más eminen­
tes ; y si éste le falta, el mejor no puede contarse para
nada. También cita el dicho célebre de Demóstenes,
que á los que le preguntaban cuál era la primera cua­
lidad del buen orador, respondía que la primera, la
segunda y la tercera eran la acción.
o A dio in dicendo unadominatur: sitie hac surtimos
sorator esse in numero nullo potest; mediocris hac in-
tdructus summos scepe superare. Huic primas dedisse
iDemosthenes dicitur cum rogaretur quid in dicendo
*essetprimum, huic secundas, huic tertias». (De orat.
•n i , 5 6 , )

Quintiliano en el libro undécimo, capítulo ni dfr


sus Instituciones, dice así:
«Todos los afectos quedan lánguidos y sin vigor
nalgunó cuando no los enardece la voz, el semblante
— 256 —
»y la actitud. Sírvannos de prueba los espectáculos
«teatrales, donde se declaman los versos de los mejores
■poetas con tanta gracia, que nos deleitan mucho más
* oídos que leídos ; y áun ciertas composiciones de
«tan escaso mérito, que no encuentran lugar en nin-
nguna biblioteca,se oyen con gusto en la escena. Pues
®si tanto puede la buena declamación, que nos hace
»llorar algunas veces, otras nos enciende en ira, otras
»nos causa ansia é inquietud, con saber que son fábu­
l a s y ficciones, ¿qué efecto no producirá lo que es real
»y verdadero? Con frecuencia vemos lo mismo en cosa
■semejante. Hay cantares triviales y aun chavacanos,
»que nos complacen cantados con música ».
De cuánto influjo sea la acción oratoria, lo acredi­
tan los estupendos efectos que produjeron en sus oyen­
tes varios oradores, cuyos discursos conservamos, y
nada contienen por otra parte que ahora nos haga mu­
cha impresión. Escribe el Conde de Maistre que fué
tanta la que causaron los sermones de San Ambrosio
acerca de la castidad á las jóvenes que iban á escu- I
charle, que tuvieron que pedirle moderase el celo, por­
que ninguna doncella de Milán quería casarse ; y con
todo, sus discursos leídos á sangre fría no producen
efecto semejante. Lo mismo podemos decir del sermón
de Massillón sobre el corto número de escogidos, á
cuya lectura no vemos cómo pudiese obrarse en el au­
ditorio el efecto mágico que cuentan. La experiencia
diaria confirma esta observación, y con seguridad po­
demos decir que si á un orador^idocenado se le hicie­
— 257 —
se declamar el más fogoso sermón de Se'ñeri, no pro
duciría la cuarta parte del que tuvo en boca del orador
italiano.
Por lo tanto, el que aspire á mover los ánimos ha
de penetrarse bien de lo,que ha de decir, porque la ac­
ción es la imitación práctica de los afectos interiores
del corazón.

C A P I T U L O PR IM ER O .

DE LA VOZ.

Todas las reglas que dan los autores para manejar


bien este instrumento tan importante en la oratoria,
podemos reducirlas á dos: naturalidad en el tono, y
variedad en las inflexiones.
Ein cuanto al tono, bastará decir que ha de ser con­
forme á la materia de que se trata. Para adquirir esta
naturalidad convendría tomar por modelo la conversa­
ción familiar. ¿En qué se diferencia el que habla en el
pdlpito del que conversa en tertulia, sino en que aquél
habla á mayor número de personas y de materias más
importantes? E l error de muchos está en que se per­
suaden que hablando á un auditorio más crecido, se
ha de mudar de tono, y así hacen consistir la declama­
ción en vocear, ó chillar incesantemente. A sí que no
hay que confundir la fuerza de la voz con la elevación
del tono, porque manteniendo el mismo tono con que
hablarían á solas dos personas , puede cualquiera es­
forzar la voz de modo que le oigan doscientas. Unica-
*7
— 258 —
mente se ha de levantar la entonación cuando con et
tono de que usaría conversando, no tiene la voz cuerpo
suficiente. Pero sería dislate forzar la voz en vez de
esforzarla, como si el que la tiene de bajo quisiese
tomar la de tenor, y el tenor subir á tiple.
Hay, no obstante, movimientos oratorios que piden
se eleve el tono, otros que se baje, pero necesariamen­
te ha de haber un tono dominante en el discurso tem-
*
piado , y éste ha de ser el natural que cada uno tiene
en la conversación familiar.
Para tomar desde el principio el que convenga ¿
todo el auditorio , conviene al empezar poner la vista
en los que estén más distantes del pulpito, y dirigirles
la palabra con intención de que oigan bien, y con eso
los que están más cerca oirán sin dificultad alguna. Si
la-nave del templo está sostenida por columnas ó pilas­
tras , debe enviarse la voz de suerte que se estrelle en
una de las columnas de enfrente , porque entonces la
repercusión la vuelve á cada lado de izquierda y de­
recha del orador. Esto conviene sobre todo cuando el
púlpito estílen medio de la iglesia, pues teniendo en­
tonces el orador la mitad del auditorio á la izquierda y
la mitad á la derecha , no le conviene volverse más á
un lado que á otro. A pesar de estas reglas generales,
variando como suelen las condiciones acústicas, según
la diversa arquitectura de cada templo , importa se in­
forme el orador que sube por primera vez al pulpito,
de la dirección que debe dar á la voz. Pero tenga por
regla general que nunca se ha de dirigir á una nave &
— 35 9 —
capilla, donde necesariamente se perdería lo que dijese,
sino á un cuerpo sólido en que reverbere. Procure no
salir del ámbito del tornavoz, porque de lo contrario irá
la voz á perderse en las bóvedas. Ayuda también mu­
cho tener el cuerpo recto, estar bien ceñido, el ejerci­
cio moderado de predicar, y el saber variar los tonos á
sus tiempos. No empiece nunca á clamar en el exor-1
dio , porque perderá pronto la voz y cansará á los
oyentes.

Variación de tonos.

■A d vocem obtinendam 7 dice Quintiliano , nihil est


»utilius quam crebra mutaiio , nihil perniciosius quam
veffusa sine intermisione contenlio¡>. (Inst., xi, 3 .)
Por falta de variedad en el tono se llega á fatigar
la voz muchas veces de tal suene, que algunos se que­
dan roncos á la mitad del discurso, añadiendo así á la
monotonía , la aspereza del sonido. ¿Quie'n' oirá con
gusto á semejantes oradores? Todo el que tiene oído
busca la variedad en el tono del discurso, como en las
notas de la música ; y se duerme ó bosteza con un so­
nido monótono prolongado por mucho tiempo.
«Quid ad aures riostras et actionis suavitatem , pro­
digue el mismo autor, varietate, et vicisitudine et com-
»mutatione aptius?»
Se oirá un" excelente discurso con admiración; pero
si no hay variedad en la declamación, no habrá quien
no desee llegar al fin. E l tonillo que muchos contraen,
así leyendo como en el pulpito , y aquella especie de
salmodia tan uniforme desde el principio al fin, no es
vicio nuevo entre los oradores. Quintiliano se queja de
que este defecto se había generalizado en su tiempo.
«Cualquier vicio toleraría mejor que la cantinela que
«ahora se ha hecho tan común en las escuelas y en
• todo género de causas, vicio por cieno tan pernicioso
•como desagradable». { Inst., xr, 3 .)
«Quodcumque vitium magis tulerim quam, quo nunc
• máxime iaboratur, in causis ómnibus scholisque can-
»tandit quod inutilius sit aufcedius nescio».
Pues si hemos de dar reglas para variar el tono en
nuestra declamación, necesariamente habremos de to­
mar por modelo la conversación familiar. Cuenta el
P. Granada, que viniendo de oir á un predicador que
había recitado su sermón poco^más ó menos como se
recita una lección en la escuela, topó con unas mujeres
que reñían entre sí y mudaban los tonos de la voz con
tanta variedad como propiedad.
Y dijo entonces á su compañero; «Si aquel predi­
c a d o r supiera imitar á estas mujercillas , nada le fal­
c a ría para una verdadera acción». Cuando sólo se
trata de instruir, imítese el tono de la conversación fa­
miliar en la que se cuenta algún hecho; y mientras más
suave sea el tono con que entonces hablemos , mayor
y más grande sorpresa causará un movimiento vehe­
mente que se le siga.
E n la conversación aprenderemos que el tono de
la ira es penetrante, vivo, cortado; el de la compasión
y tristeza, ñexible, lleno, interrumpido, lloroso; el del
---- 261 ----
temor, bajo y vacilante; el de la Violencia, áspero, ve­
hemente, amenazador y precipitado; el del placer, cla­
ro, dulce, tierno, alegre y suelto; y el del hombre opri­
mido ó agobiado , tiene un no sé qué de gravedad sin
conmiseración con uniformidad en el*curso y sonido.
•Aliud vocis gentts iracundia sibi sumat, acutum,
»/ncitatum crebro incidens; aliud miseratio ac mcerori
ndemissum; et hcesitans et objectum; aliud vis: conten-
*lum, vehemens, imminens, quadam incitatione gravita-
otis; aliud voluptas: effusum, lene> tenerum , hilaratum
¡>ac remissum; aliud molestia: sine commiseratione gra-
- +ve quiddam et unopresu ac sono.obductum* . (Cic., de
■Orat. iiTj 58 .)
Estas reglas las da la misma naturaleza, pues el
hombre no piensa jamas en ellas cuando estos diversos
sentimientos dominan, sino que la,s observa como por
instinto. De consiguiente , cuando oimos á un orador
monótono , no podemos menos de creer que no está
movido ni siente lo que dice.
También se debe advertir que, según el género de
voz que á cada uno le cupo de la naturaleza , así ex­
presa sup sentimientos; y que es cosa fea y risible el
violentar la voz, como cuando uno que la tiene delga­
da la abronca para ciertos movimientos de terror, ó el
que la tiene bronca se pone á remedar la atiplada de
la mujer.
En esta parte hay que confesar que non omnia pos-
sumus omnes. Afectos tiernos suelen sentar mal á una
voz de estentor, y el rugido del león no es para la voz
— 262 —
del ruiseñor. Más vale abstenerse de ciertos movimien­
tos oratorios, que desempeñar desgraciadamente un
papel que no conviene á la persona.

C A P IT U L O II.

DE L A PRONUNCIACIÓN.

Debe tenerla el orador pura y castiza , ó ha de po­


ner ahinco en adquirirla si no la tiene. Señalaremos
dos propiedades suyas , claridad y buena acentuación.
Claridad. No son aquellos que vocean más los que
mejor oye el pueblo , sino los que mejor articulan. E l
metal de la v o z , por débil que sea , llena un espacio
muy anchuroso, y cuando decimos que á un orador no
se le oye, no es que su voz no se deje de oir, sino que
no se percibe la articulación. (Cuántos hay que atrue­
nan sin que se les entienda!
De muchos, por el contrario, se percibe toda la ar­
ticulación en lodo el ámbito que alcanza su voz.
En adquirir la claridad de pronunciación no todos
tienen-que vencer iguales dificultades. Algunos han
recibido este don de la naturaleza, pero pueden corrom­
perle acostumbrándose á hablar con precipitación. Los
que han contraído este v icio , no le cortarán fádlm en-
mente; mas todo cede al tesón constante. Los que ca­
recen de órgano flexible tienen más que luchar ; pero
acuérdense de Demóstenes, que metiéndose chinas en
la boca , y gritando hasta vencer las olas del m ar, co-
— 263 —
rrigió el doble defecto de la voz tenue y articulación
dificultosa.
E s menester acostumbrarse á pronunciar todas las
sílabas distintamente, para que todas lleguen sin con­
fusión á los oídos de todos. Algunos pronuncian tan
poco las últimas sílabas , que es menester adivinarlas.
Otros no se suelen detener el tiempo necesario en los
puntos, y no dan tiempo ¿ la reflexión. Otros, sin más
solicitud que la de expresar de un golpe toda la idea
contenida en un periodo , llegan sin aliento al fin , lo
que podrían evitar si pronunciasen con lentitud , res­
pirando poco á poco. También puede adquirirse con
el ejercicio una respiración menos apresurada, que dé
tiempo de proferir sin resollar las cláusulas largas,
Demóstenes , que tenía muy corta la respiración , se
ponía.á recitar versos subiendo cuestas y recogiendo
«1 aliento epanto podía.
No estará demas inculcar la corrección de ciertos
defectos comunísimos é insoportables de la pronuncia­
ción d§ ciertas provincias, v. j* ., felicidad , M adri\y
ofre\go, cono^go, defeutus, carauter , santismo , dife-
rienda , ojebto; y de la viciosísima expresión de las
voces latinas, cuando se citan textos: era% , por et,
erat, orna por omnia, ise por ipse, lus por lux , factun
e s , por factum est, espes por spes , pueri , Jié r i, por
púeri, f k r i .
No basta pronunciar bien las voces, es menester
que á cada una se le dé la fuerza que pida la idea por-
ella expresada. En estas palabras de San Pedro: *¿Do­
— 264 —
V
mine, tu mihi lavas pedes?» (Cuánta energía no se en­
cierra, que desaparecería del todo si se pronunciasen
sin acentuación particular! Según la idea que más nos
mueva, cargaremos el acento en ésta ó aquélla palabra,
¿Nos mueve la dignidad de la persona que tanto se
baja ? Entonces diremos: ¿ Tú mihi lavas pedes? ¿ Nos
mueve Ja propia bajeza? Entonces, {tu mihi lavas pedes?
A sí se llama la atención del oyente , que dejaría
pasar muchas ideas dignas de consideración, si no fuera
por el énfasis con que se enuncian. Detengámonos en
algunos puntos dignos de consideración para dar lugar
á la reflexión del que oye. A veces conviene pararse
en una. coma, ó donde ni áun debe haber coma según
la ortografía, por exigirlo así la grandeza de la persona
ú objeto que se nombra. Unas frases demandan se las
pronuncie más despacio que otras.
E n fin, obsérvese la naturaleza en sus momentos de
anim ación, y en aquellas conversaciones que versaq
sobre materias importantes , y se hallarán en práctica
cuantas reglas podamos dar.

C A P IT U L O III.
DEL' ACCIONADO.

A R T IC U L O P R IM E R O .
Ojos. (Después de la voz, dice Cicerón, nada más
timponente que el semblante, y en el semblante ejer-
»cen gran poderío los ojos, pues con ellos damos prin­
cipalm ente á conocer los movimientos del ánimo»
— 265 —
iunas veces fijándolos en una parte , otras dejándolos
tcaer con modestia*. {Deorat., mi, 5g .) Cuanto hemos
dicho del tono de la voz y de la acentuación de las
palabras conviene á los ojos, que tienen su lenguaje
especial, y en algunas personas una expresión que n a
se halla en el lenguaje humano. Mientras se habla,
deben girar los ojos lentamente en torno del auditorio,
no clavándose en un sitio, aunque por lo común han
de ir á donde esté el mayor número de oyentes. Eví­
tese la arrogancia en el mirar , porque ofende mucho;
y aparte los movimientos animados, estén los ojos co­
munmente bajos y modestos, cual corresponde al
ministro evangélico. E s cosa repugnante el tenerlos
cerrados, y no ménos la mirada vaga y bizca , indicio
de turbación y poca soltura.

A R T IC U L O II.

Manos. Los preceptistas, dice Quintiliano, reprue-


ban el que se levanten Jas taanos más arriba de la ca­
beza, ó se lleven más abajo de la cintura y y el que se
den palmadas: con más razón debe evitar este defecto
el orador sagrado, porque la acción de los paganos era
más libre y teatral. Prescribe el mismo autor que la
mano izquierda no se mueva sola, sino que siga la di­
rección de la derecha. La izquierda no se ha de mover
sola sino para denotar algún objeto colocado á la iz­
quierda, ó para indicar desprecio. Dé la mano princi­
pio y fin á la acción con el sentido de las palabras, sin
empezar á moverse antes que se empiece á h ab lar, ni
— 266 —
pararla antes de haber terminado el periodo. E s pre­
cepto de los antiguos, como nota Quintiliano.
Exige la decencia que se tengan los dedos juntos y
el pulgar separado. No ha de estar la mano tiesa, sino
un poco encorvada , mas nunca el puño Qerrado. Ser
ñalando al cielo se pone derecho el índice, y los demas
dedos encorvados. Cuando se pone la mano en el
pecho, se extiende enteramente. Si se deja descansar
en el borde del pulpito, debe encorvarse saliendo fuera
los dedos, y teniendo extendidas las palmas sobre el
mismo borde. No entre una mano en el dominio de la
otra ; es decir , que la izquierda no debe pasar de la
mitad del pecho volviéndose á la derecha, ni la dere­
cha volviéndose á la izquierda. Es reprensible el gol­
pear sobre el borde del pulpito. En general debe mo­
verse la mano de suerte que la palma se vuelva al
pecho del orador , pero según las ideas debe variar la
postura. Se vuelve la palma hacia abajo cuando se pro­
pone un axioma ó se sienta un principio. Para bende­
cir ó maldecir, se vuelve también la palma hacia abajo,
pero con la mano levantada. Cuarydo se suplica, se
extienden las dos manos como para recibir algo. Para
repeler ó desviar un objeto que causa temor ú horror,
se vuelve el dorso hacia el orador y la palma hacia
fuera. Para denotar un afecto del corazón , se vuelve
hacia el pecho. Para las exclamaciones se elevan des­
pacio las dos manos , volviendo las palmas una hacia
otra por ¿1 otro lado de los oyentes. Cuando se razonq,
el movimiento más común ha de ser ir levantando la
— 267 —
derecha, formando una curva de izquierda á derecha.
L a izquierda entonces se ha de mover poco. No deben
remedarse con las manos todas las cosas de que se ha­
bla , como en una pantom im a, sino sólo las más
nobles.

A R T IC U L O III.

Bracos. Cuando no se necesita moverlos, este'n


descansando sobre el pulpito. Cuando se han de mo­
ver, procúrese que el movimiento nazca de las manos,
y no de los hombros, ni de los codos. E l brazo ha de
seguir á la mano, encogiéndose el codo para que la
mano no salga mucho fuera del pulpito. Es reprensible
alargar los brazos en forma de cruz. Debe también
evitarse Ja velocidad en los movimientos, el andar
como aspas de molino de viento subiendo un brazo
y bajando el otro; el mover perpendicularraente los
brazos, y tener los codos separados del cuerpo como
para volar.

A R T IC U L O IV.

Cabera, Téngase recta, y así estarán más desaho­


gados los pulmones. La cabeza caída no es noble, y si
se inclina á un lado, indica flojedad. No se eche tam­
poco hacia atrás, sino más bien debe inclinarse un
poco hacia el auditorio. Esté quieta, no oscilando, co­
pio hacen algunos. «Toda la majestad de la acción,
■dice Quintiliano, está en la cabeza, según la puso la
•naturaleza ; porque si se inclina adelante, indica ba-
— 26$ —
•jeza de ánimo; si atrás, arrogancia; si á los lados, de*
ísidia, y si se tiene tiesa é inflexible, rigidez y dureza
sde juicio. La cabeza ha de recibir todos sus movi-
»mientos de la acción misma de las manos y del cuer*
»po y ha de concordar con ellos. La cara se ha de vol-
■ver á donde se dirige toda la acción, excepto cuando
«se niega ó se aparta algo, ó se repele con la mano y
»con el semblante». [Inst. iii, 3 .)

A R T IC U L O V.

Cuerpo. Esté derecho y á plomo, pues contribuye


esto no poco a la firmeza de la voz. Conviene poner
el pié derecho delante, y un poco atrás el izquierdo,
á no ser que el orador se vuelva'á la izquierda, que
entonces éste se ha de poner delante. Esta postu­
ra no .impide se incline algún tanto el pecho á los
oyentes.
Grande es la importancia que dieron los anti­
guos á la acción exterior, y no hay defecto, por leve
que sea, que no hayan señalado y censurado en sus
obras de retórica. «Suma importancia tienen estas co­
asas», dice Quintiliano, después de motejar los defec­
tos en que solían algunos incurrir, y advierte, que
siendo tan necesario evitar cuanto pueda desagradar
al público, debe persuadirse que lo que ofenda á la
vista es un obstáculo al triunfo de la elocuencia. (Inst.y
i, 10.)
No se crea por esto que queremos pofler al orador
en un estado de opresión que le inutilice para los mo­
— 269 —
vimientos rápidos y vehementes-, antes bien conveni­
mos en la opinión de Isla, que se expresa así: «No hay
»cosa más insufrible que una composición en que todo
»el artificio se descubre de par en par. Hasta el gesto
»y tono de la voz, el movimiento del cuerpo y accio­
n e s de las manos, ponen algunos el mayor cuidado
»de que salgan á nivel. Con mucha razón se reía de
«ellos Demóstenes cuando decía, que no creía pendie­
r e la fortuna de la gracia de que la mano se moviese
•hacia aquí, ó hacia allá ».
Convenimos en ello, y en que de ninguna manera
conviene que el* orador esté pensando en sus movi­
mientos cuando declama ante el público; pero antes
que se arroje al fervor de una libre y suelta elocuen­
cia, es conducente que se ensaye en particular para
corregir sus defectos, como lo hacía el mismo Demós­
tenes, quien, antes de parecer en público, se ponía á
declamar delante de un eSpejo de cuerpo entero, y con
este recurso componía su acción. Habiendo notado en
sí un defecto natural en el calor del discurso, y era el
agitar los hombros alzando uno y bajando otro, puso
una lanza que bajaba del techo á uno de los hombros,
de suerte que si al declamar incurría en la falta, se he­
ría con ella, y caía en la cuenta.
— 270 —

CAPITULO IV.

DE LA ACCIÓN QUE CONVIENE k CADA PARTE DE LA


ORACIÓN,

No siendo el exordio sino una preparación á lo que


se intenta decir, le pertenece una acción muy sencilla.
En esta parte de la oración debe recomendarse mucho
la modestia* pues contribuye grandemente á conciliar
la atención. Para captar la benevolencia es convenien­
te economizar la voz al principio, y hasta es una ne­
cesidad para el orador, porque fuertes-clamores repen­
tinos dañan á las arterias, cuando no ha precedido un
fono suave que las vaya calentando. Quintiliano reco­
mienda tanto la templanza de la voz en el exordio,,
como la modestia en el accibnado y en la vista.
Por lo menos en el primer periodo deben estar in­
móviles las manos. A l segundo ó tercero podrá empe­
zar la derecha á accionar lentamente y en reducido
círculo. E n la narración, si la hubiere, debe ser sen­
cillo el accionado, y no menos el tono, pero éste ha de
ser más expansivo que en el exordio y acomodado á
las cosas que se narran.
Si la narración recae sobre un hecho insigne, que
se describe de un modo patético y figurado, la acción
ha de ser escénica, y tal que hable á los ojos no menos
que á los oídos; mas nunca se ha de olvidar que la ac­
ción del pulpito no tiene la libertad pantomímica del
teatro.
— 271 —

En las pruebas debe conformarse al género de ellas


el modo de expresarlas, pues unas veces será acre el
estilo, otras pacato y puramente didascdlico ; unas
pruebas serán claras y evidentes, otras intrincadas y
abstractas. Cuando sean fáciles de entender, y se ex­
pongan con energía y fuego, ha de ser acelerada la
pronunciación , y á esta ha de corresponder al ac­
cionado.
Si piden algún esfuerzo mental al oyente, ha de
ser la pronunciación lenta , y la acción muy com­
pasada.
A l llegar á los afectos, debe el orador arrojarse en
la arena con toda la fuerza de los pulmones, sobre to­
do si han ido éstos robusteciéndose con una declama­
ción moderada.
Lo que hemos dicho de los afectos y de la perora­
ción, apliqúese á la acción, cuando mueve ó perora el
predicador. Como no hemos de extendernos en los
afectos tanto que se enjuguen las lágrimas y cause sa­
ciedad la continuada vibración de la misma cuerda,
así la voz y gesto han de variar con frecuencia, si de­
seamos tfher atento al oyente. iNullum cceluni amat
*semper tonare». E l trueno para que aterre no ha de
ser muy prolongado.
Antes de dar fin al sermón, recoja las velas el ora­
dor y vuelva á su estado primero, pues no conviene
dejar las llagas abiertas, y es poco natural que se pase
de una declamación ardiente á un silencio instantá­
neo. Exceptúanse los casos, y han de ser raros, en que
— 272 —
pretenda dejar el auditorio conmovido y aterrado, para
-que reflexione en silencio lo que acaba de oir.

C A P IT U L O V.

DE L A RECITACIÓN.

Siendo tanta, como se ha dicho, la importancia de


la acción, el que estuviere dotado de la prenda de un
buen decir no ha de tenerla ociosa por carecer del ta-
'lento de la composición, sino ejercitarla aprovechán­
dose de los escritos de otros, como lo aconseja San
Agustín.
• Sunt sane quídam qui bene pronunciare possunt,
•quid autempronuniiet excogitare non possunt. Quod
*si ab aliis sumant eloquenter sapienterque conscrip-
»tum , memoriceque commendent, atque ad populum
•proferant ¡ non improbe faciunt ». (Doctr. christ.,

r ,4 ’}
No decimos con esto que pueda fácilmente el que
recita lo de otros tener el tono de convicción del que
habla de su propio cau d al; como „ni tampoco el que
declama de una composición suya aprendida de me­
moria tendrá aquella elocuencia del corazón y aque­
lla sensibilidad de afectos que suele animar al que ha­
bla ex abundantia. Realmente el improvisador puede
seguir mejor los movimientos del auditorio, y variar,
si conviene, el giro del discurso, según ve que una
idea produce buen ó mal efecto, lo que en el sermón
estudiado no podría, porque se notaría al instante la
— 273 —
diferencia de estilo, si, dejando lo estudiado, se pusiese
de pronto á improvisar. Con todo, á nadie aconseja­
mos el uso de la improvisación, á lo menos al princi­
pio, porque pide muchas cualidades, y sobre todo un
largo ejercicio de declamar discursos escritos y estu­
diados.
Deben, sí, los jóvenes, disponerse para poder im­
provisar en caso necesario; pero teniendo comodidad,
deben aprender de memoria los sermones después de
haberlos escrito y corregido con esmero. Pueden, sin
duda, los buenos compositores llegar á ser buenos im ­
provisadores; pero los que empiezan improvisando,
nunca lograrán ser oradores de nota.
Algunos, con Fray Luis de Granada, aconsejan se
aprendan de memoria los trozos que contienen ciertas
figuras, como antítesis largas, y se improvise lo demas;
se entiende en cuanto á lo material de las palabras.
Pero otros observan que no podrá menos de notarse
en lo demas la desigualdad del estilo.
Téngase presente la máxima de los más célebres
autores, que para bien improvisar, es indispensable
que se haya uno ejercitado mucho en escribir, que esté
muy versado en la lectura de los buenos autores, que
haya adquirido mucha facilidad de producirse, que
posea un buen acopio de materiales, que haya medi­
tado bien el asunto, y que tenga formado el plan y
bien cogido el hilo de las ideas.
QUINTA PARTE.

DIVERSOS GÉNEROS DE ELOCUENCIA.

Distinguían los antiguos tres géneros de elocuen­


cia : el demostrativo, cuyo objeto era alabar ó vitupe­
rar; el deliberativo, en el que se exhortaba á hacer ó
no hacer una cosa, y el judicial, en el que se defendía
ó acusaba á un reo.
La elocuencia cristiana hizo suyo el demostrativo
para encomiar á los héroes de la Religión en panegíri­
cos y oraciones fúnebres. E l deliberativo, que llama­
mos suasorio, es el que corresponde á los sermones
morales, en los cuales se exhorta á la práctica de al­
guna virtud, ó á la fuga de algún vicio. En vez del
género-judicial, no propio de la elocuencia del pulpi­
to, posee la Religión otro llamado didascálico, con que
se explican las Sagradas Escrituras y la doctrina cris­
tiana. Corresponden todos tres al triple oficio del ora-
— 276 —
dor, ya que enseña en el didáctico, deleita en el de­
mostrativo y mueve en el suasorio.
Nótese, sin embargo, que en todo discurso, de
cualquier género que sea, se debe enseñar, agradar y
mover, aunque en uno se dé mayor lugar á la instruc­
ción, en otro á la imaginación y en otro á los afectos.
Todas las reglas que hemos dado para el exordio,
proposición, división, confirmación, peroración, am­
plificación, figuras, estilo, acción y pronunciación, con­
vienen igualmente á los sermones morales, que á los
panegíricos y oraciones fúnebres.

C A P IT U L O PR IM ER O .

GÉNERO DEMOSTRATIVO.

E l género demostrativo, cuyo blanco es hacer ama­


ble la virtud con la hermosa perspectiva de las haza­
ñas de los héroes, abraza dos clases de elogios: el de
los santos, y el' de los hombres grandes que han falle­
cido, y cuyos funerales se celebran.

A R T ÍC U L O P R IM E R O .

PAN EGÍRICO .

Con ocasión de los juegos olímpicos, que cada cin­


co &ños se celebraban en Atenas con el nombre de pa­
negírico, que quiere decir junta ó concurso, se intro­
dujo la costumbre de pronunciar oraciones en alaban-
— 277 —
za de los héroes de la patria, dándoles el nombre de
oraciones panegíricas.
Los Santos Padres adoptaron este género de elo­
cuencia en muchos elogios que compusieron de los
mártires, é imitaron su ejemplo los oradores sagrados.
E l panegírico entre nosotros puede definirse : el
elogio de un santo, dirigido á la santificación de los
fieles.
Déjese á los paganos el servirse de la palabra para
ostentar sabiduría, ó divertir á los circunstantes, ó mo­
ver á la estima de un héroe con la pomposa descrip­
ción de sus proezas. E l cristiano ha de llevar sus mi­
ras á la salvación de las almas, encaminando á este fin
los elogios de los santos.
De aquí se deduce la principal dote que ha de te­
ner el panegírico, que es dejar al oyente tan prendado
del santo, que quede no menos prendado de sus virtu­
des para imitarlas. A sí lo entendió San Basilio cuando
decía : « La verdadera alabanza de los mártires es la
»que incita á otros á su imitación ». Y San Agustín:
« No repugne el imitar lo que nos place alabar ».
Con esto conoceremos cuán lejos del verdadero es­
píritu cristiano andaban los que corrompieron este
género de elocuencia con un vano aparato de pompa
y unas exageraciones ridiculas, de las que no saca na­
die fruto alguno. « Los oradores sagrados, dice Mura-
»tori, acumulan en sus panegíricos flores y más flores
»para ostentar elocuencia; y con ser el fin del panegí­
r ic o persuadir á los hombres con el ejemplo la prác<^
— 2 j8 —

»tica de las virtudes, pocos son los que lo hacen, ni


apiensan en ello*. [Eloc. pop., c. xni.)
Es absurdo pretender probar que tal santo fué de
mayor dignidad y mérito,que otros, pues tras de ser
temerarias y odiosas semejantes comparaciones y pre­
ferencias con que se expone á contradecirse mil veces
el que hace hoy el elogio de un santo y mañana el de
otro, no reportan los oyentes utilidad alguna.
Otra cosa sería si se elogiasen virtudes muy comu­
nes en otros santos, pero que en el nuestro tienen un
mérito especial por la edad ó la condición, como su­
cede en los elogios de San Luis Gonzaga y San Esta­
nislao de Kostka. Así pondera Séñeri cómo á los doce
años de edad había vencido la gula San Luis, cosa que
admiró San Juan Clímaco en los anacoretas del de­
sierto ; luego pondera el que sin estímulos de la carne
abrazase los rigores que usaba San Jerónimo tentado
con extraña violencia.
E s también cosa esteril y frívola malograr el tiem­
po en elogiar la sabiduría ó dignidad de un santo; co­
mo cuando se reduce todo el elogio de San José á po­
nerle por encima de todos los demas, sin mencionar
sus virtudes, no menos admirables que su dignidad, y
en las cuales solamente consiste su mérito y felicidad.
Convendría á los panegiristas leer el sermón de Bour-
daloue sobre la Asunción de Nuestra Señora, en el que
prueba con todo rigor teológico que no recibió un solo
grado de gloria la Santísima Virgen que no hubiera
ganado por sus méritos ; y que Dios obró, no como
— 279 —
hijo, sino como justo juez tocante al premio eterno de
su gloria.
Muchos panegíricos de santos parecen elogios de
héroes del paganismo. Bastante celebridad tuvo uno
de San Vicente de Paul, compuesto por el Cardenal
Maury, donde no se ve más que á un ciudadano filan­
trópico tan profano, que el juicioso y sabio crítico Mar-
cel le reprueba como indigno del pulpito. « E l orgu­
lloso Maury desconocía al humilde Vicente *, dice
este autor. Echa de menos aquel espíritu de abnega­
ción que hacía del Santo un instrumento dócil en roa*
nos de Dios para obraivlos prodigios de la caridad ; y
opone á este panegírico el del purísimo Corazón de
María del Padre Maccarthy, como dotado de todas las
cualidades que faltan al otro.
v
Para dar á los principiantes una justa idea del pa­
negírico, hay que determinar en qué deba diferenciarse
de la biografía. Para esto se ha de suponer que en ésta
se refieren los hechos despojados de todo adorno-, se
citan acciones grandes y pequeñas por el orden con
que fueron ejecutadas, sin atender á su mérito; se
apuntan fechas, lugares y otras circunstancias que dis­
traen la atención, sin pararse en ningún punto más que
lo necesario para contar lo que pasó. De aquí proviene
que uno retiene en la memoria'un hecho, otro retiene
otro, cada uno según su retentiva, ó su gusto ó devo­
ción. Pero no todos quedan penetrados del verdadero
mérito del santo, porque esto pide meditación y estu­
dio. Por el contrario, la propiedad del panegírico es
--- 58 o ---
reducir *á Ja unidad de un centro de acción todas la
grandezas del héroe.
Dos clases de santos pueden ser objeto del elogio:
aquellos cuyos hechos han quedado sepultados en el
olvido y de los que sabemos m uy poco, y otros cuya
vida es conocida. Si nos toca hablar de los prime­
ros, tengamos en cuenta lo que enseñaron los anti­
guos. « En los panegíricos, dice Reinicio, cada argu*
«mentó, por lo común, se saca de algún lugar común
■y de la historia misma». Si no bastan los hechos que
conocemos para formar todo un discurso, acudamos á
los lugares comunes para amplificarlos. De esta suerte
podremos componer un buen panegírico del buen la­
drón, ponderando por las circunstancias el mérito de
su confesión. Pueden también suponerse muchos he­
chos, aunque no estén escritos; pues si se habla de un
santo monje, debió ser hombre de oración y peniten­
cia ; si de un obispo, sería sin duda varón apostólico y
ejemplar del celo de un buen pastor.
E n los elogios de aquellos cuya vida presta abun­
dancia de materiales, toda la dificultad está en hallar
una proposición que designe cabalmente el carácter
distintivo de cada uno, y el' círculo de acciones que
señalaron los años más notables de su vida. La divi­
sión debe ser tal, que siendo distintas, y hallándose
bien separadas sus partes, abracen perfectamente el
conjunto de las obras principales de nuestro héroe. E l
género de división más íacil, común y claro, pero tam­
bién ménos elegante, es repartir la vida en dos ó tres
— 281 —
periodos, y seguir el orden de los hechos; v. g.: su
vida en el siglo y en la religión, si fué religioso; su
predicación y martirio, si fué apóstol.
Otra división mejor es tomar las dos ó tres virtu­
des más insignes repartidas en toda la vida ; v. g.: la
inocencia y la penitencia.
Otros proponen á su héroe bajo un aspecto más
grandioso, sirviéndose de sus hechos para probar una
proposición de dogma católico, como Bourdaloue en
el panegírico de San Francisco Javier. Demuestra allí
que la misión de este apóstol es prueba evidente de
que la Iglesia en los últimos tiempos es la misma que
en los días de su fundación, pues hizo este Santo las
estupendas conquistas de los Apóstoles, y las hizo
como ellos, por los medios más opuestos á la pruden­
cia humana. Cuando las obras de los Santos sirven de
base á verdades importantísimas y proposiciones de
sumo interés, adquieren mayor realce.
En las pruebas debe seguirse el orden de los he­
chos, pues parece mal dejar al santo sepultado al fin
de la primera parte, y hacerle renacer al empezar la
segunda. Esto, no obstante, hay casos en los que no
se puede guardar el orden cronológico. En el elogio
arriba indicado, tiene que recorrer Bourdaloue toda la
serie de las hazañas de San Javier para probar que no
hizo menos que los Apóstoles; y luego ha de volver
atrás para mostrar los medios de que se valió, que fue­
ron la humildad, abnegación y pobreza de los Apóstoles.
Debe, pues, notarse que en todo elogio se ha de
— 282 —
observar, ó el orden cronológico, ó el filosófico. E l
cronológico lo observó Bourdaloue en el sermón de
San Esteban, cuya división es : Esteban, lleno de gra­
cia en su ministerio y de fortaleza en su martirio. El
filosófico lo observa en casi todos los demas, aunque
exceptuando el de San Javier^donde se atuvo al crono­
lógico con bastante exactitud en todos los hechos que
tienden siempre á probar una proposición tan artifi­
ciosa é ingeniosa como profunda.
Consiste el orden filosófico en disponer las accio­
nes de los santos, no según el tiempo ni las fechas,
sino según las causas y los efectos, como en el sermón
de San Ignacio, de Bourdaloue : fidelidad de Dios en
la vocación de Ignacio, y de Ignacio á la vocación de
Dios ; ó según dos puntos de vista que forman con­
traste, como en el de San Francisco de Sales del mis*
mo : triunfo de la herejía por la fortaleza y suavidad;
ó en forma de combate, como en el de San Francisco
de Paula: el Santo humillándose y Dios ensalzándole;
y en el de San Juan Bautista : San Juan dando testi­
monio al Hijo de DioSj y el Hijo de Dios dando testi­
monio á San Juan. Pero es sobre todo ingenioso el
modo con que procede Bourdaloue en la descripción
del apostolado de San Javier. Asombra al oyente lle­
vándole de prodigio en prodigio por toda la carrera
del héroe ; y cuando todo parece concluido, le vuelve
á llevar por los mismos pasos, mudada la decoración,
y mostrándole más estupendo en la huthildad que an­
tes en los portentos.
— 283 —

Elegido el carácter principal y distintivo del Santo,


píntesele con grandes rasgos por uno ó dos aspectos
diversos, pero herm anados, y aglomérense alrededor
los hechos más notables, como subordinados á la idea
primordial, de forma que todos se encaminen á probar
la misma proposición; así se les dará el colorido de la
idea principal. ¿Es la fe de San Pedro la que se quiere
alabar? Pues á todos sus actos se les dará el colorido
de la fe. Bourdaloue contrapone su fe á nuestra infide­
lidad, y su amor á nuestra insensibilidad. La fe de San
Pedro, dice, fué práctica, pues lo dejó todo por Cristo,
se arrojó al mar por ir á el t no se escandalizó como
los demas, y si cayó por flaqueza , le levantó la fe. E l
amor le mereció el principado de la Iglesia, dió efica­
cia á su celo , y le hizo constante en el martirio. Con
este método se deja más viva la impresión en los áni­
mos, y retienen mejor en la memoria los oyentes cuan­
to del Santo se refirió. A l fin de cada punto conviene
una reflexión moral viva y animada, pero breve. Nunca
la omite Bourdaloue. En el citado sermón va oponien­
do las cualidades de la fe del amor de San Pedro á los
defectos opuestos de los oyentes.
A veces los buenos oradores ensanchan la esfera de
su asunto con sorprendentes y espléndidas aplicacio­
nes. En el elogio de San Ignacio se detienen á descri­
bir las glorias de la Compañía. E l elogio de San Javier
les abre campo á hablar del infructuoso celo dé los
herejes en su propaganda.
«Ornatissimce sunt orationes , dice Cicerón, quce a
— 284 —
iprivata controversia se ad universi generis vim expli-
icandam conferunt*. (De orat., n.)
Borgo, sin salir de las reglas ordinarias, abrazó un
plan vastísimo en su panegírico de San Ignacio, tal vez
el mejor que se haya escrito. Con el epígrafe del glo-
rificador divino glorificado , pinta al vivo cómo dió
Ignacio á Dios una gloria entera, por la total consagra­
ción de su persona á todas las obras de celo; universal,
por la institución de su Orden; y perpetuat por los co­
legios, seminarios, etc. En retorno dió Dios á Ignacio
una gloria entera, honrándole en su persona en vida y
muerte; universal, por las proezas de sus hijos y y per­
petua en la conservación de su espíritu en la Com­
pañía.
Individualizando la gloria universal que dió Igna­
cio á Dios , describe los ministerios de su Religión , y
la compara al sol, que todo lo alumbra. | Oh grandes
conquistadores de la tierra, exclama , qué corazón tu­
visteis tan pequeño! Ignacio desde Rom a con cuarenta
hombres somete las cuatro partes del mundo , y no le
basta. Omnia flumina intrant in mare, et mare non re-
dundat. Escriben de Córcega que en pocos meses por
un hijo de Ignacio se ve reformado el clero , restable­
cido el uso de los Sacramentos, extinguidos los odios..,
Ignacio desprecia esto, como cosa de poca monta, y
anhela á cosas mayores. Lee la reforma de todos los
Estados de Sicilia obrada por otro hijo suyo, y la erec­
ción de seminarios, que atraen á toda la juventud de la
isla y Calabria. ¿ Satisface esto á Ignacio? De ninguna
— 285 —
manera. Lee que Colonia ha sacudido el yugo de los
luteranos , y que en Ratisbona , Espira t Ingolstad y
Worms ha resucitado la Religión... ¿Y esas cartas qué
contienen? Las gracias que da á Ignacio el rey Fernan­
do por la extinción de la herejía en sus Estados. ¿ Y
aquéllas ? Los parabienes de los Legados pontificios,
que aplauden los trabajos de sus hijos, <■ Todavía no
te contentas, oh Padre? No. Sigue leyendo semejantes
nuevas de Italia, Francia, Irlanda, E sp añ a, Portugal,
Etiopía y América, y llora, no tanto de gozo, como de
ansiedad. Llenad^en fin, cartas dé Javier, ése corazón
inmenso; [oh cuántas islas „ reinos y lenguas adoran á
Cristo! Pero en vano. Las victorias de Javier enarde­
cen más aún el celo de Ign acio , y mostrando en el
mapa á los pocos hijos que le rodean los prim eros
vuelos de sus hermanos , les descubre gimiendo otros
reinos que ignoran á Dios. Id , les dice ; inflamad­
lo todo.
Hablando de la perpetuidad de la gloria que da Ig­
nacio á Dios , explana la economía del Instituto y su
verdadero.espíritu. Establece una comparación entre
Dios cuando educaba á Adán en el Paraíso, é Ignacio
que alecciona á sus hijos en la Compañía , dándoles,
con los frutos del árbol de la vida, los de las ciencias,
expeliendo de su seno á los que dan oídos á la ser-
p ente.
E n el segundo punto trata de la universal gloria que
da Dios á Ignacio, pintando tan rápida como vivam en­
te el apostolado de la Compañía, las cárceles y patíbu ■
■ — 286 —
los honrados por sus hijos , y los mares teñidos con la
sangre-de 1.600 hijos suyos, la ciencia de 18.000 escri­
tores, la santidad de 2.000 varones ilustres. Cuenta los
trabajos de un C laver , que bautiza 3 oo.ooo africa­
nos, etc.
A l llegar á la perpetuidad de la gloria que da Dios
á Ignacio, se pone á sí mismo la objeción de que la
Compañía había perecido ocho años,antes ; pero tam­
bién prueba que ha sido más gloriosa su muerte que
mil vidas , en la magnífica descripción que hemos in­
sertado como ejemplo de prosopopeya en el tratado de
las figuras. Luego añade que los huesos de esta heroí­
na profetizaron para perpetuar la gloria de su padre.
Con el calor del espíritu de Ignacio viven dispersos,
conservando el fervor de la piedad en las ciudades,
combatiendo la herejía, anunciando la fe en el Ton-
quín, en la China, en /Tartaria y en Rusia. A l fin
profetiza , como E zeq u iel, sobre estos huesos , y les
vaticina una cercana resurrección.
A l panegírico convienen las más hermosas y ani­
madas figuras, la antítesis , la prosopopeya , la hipoti-
posis , la metáfora Tla comparación , apostrofes vehe­
mentes, etc. Aquí es donde la invención halla campo
abierto para ejercitar el ingenio.
No poca utilidad tiene el leer los panegíricos de
los buenos autores para despertar la inventiva. Cita­
mos con preferencia á Bourdaloue , porque aunque
ménos rico en figuras , es , en nuestro sentir , el que
mejor ha entendido la manera cristiana de encomiar á
— 287 —
los santos con fruto de los oyentes ; mas eso no quita
que estudiemos autores de vehemente facundia y viva
fantasía, que suplan 4 o que en aquél se echa de menos.
Séñeri en los panegíricos es muy inferior á sí mis­
mo, porque se sujeta poco á reglas y no deja de pagar
tributo al mal gusto de su tiempo.
E l que quisiere saber amplificar los argumentos,
lea á San Crisóstomo, y verá cómo pondera el heroís­
mo de San José en su proyectada fuga, pintando los
furores de un amor rendido , el valor de David en su
conversión , y otros mil lugares elocuentísimos. Fe­
cundo es sobremanera Bourdaloue en la amplificación,
pues corfcidera el asunto por tantos aspectos diversos,
que en una acción sola de un santo da materia para
uno ó más panegíricos.

A R T IC U L O II.

ORACIÓN F Ú N e' b R E .

Fué adoptada por los Santos Padres, á imitación de


los antiguos, que honraban con ella la memoria de sus
héroes.
San Gregorio Niceno, que fué el'primer orador fú­
nebre , hizo el elogio de las emperatrices Santa Pul­
quería y Flaccilí. San Gregorio Nacianceno pronunció
un magnífico discurso á la muerte de su amigo San B a­
silio , y San Ambrosio fué elocuentísimo en las exe­
quias del Gran Teodosio.
Entre los modernos se mira á Bossuet como al prín­
— 288 —
cipe de la elocuencia fúnebre , y Flechier parece que
debe ocupar el segundo lugar. Bourdaloue fué muy
elocuente en la oración fúnebre del principe de Condé,
Luis de Borbón,
Entre los españoles merecieron mucha estima en el
siglo pasado los sermones del Obispo de Guadix , don
Alejandro Bocanegra, y en especial su oración fúnebre
en honra de doña María Ana de Austria, reina de Por­
tugal. aSin temeridad se puede asegurar, dice Isla, no
■vió hasta hoy España obra superior en este género de
«elogios, y ni Italia, ni Francia pueden contar muchos
■iguales, bastando ella sola para desagraviar á nuestra
• nación de la injusticia que la hacen los que le niegan
•fecundidad para producir perfectos oradores , porque
«equivocan envidiosamente la falta de cultivo con la
♦esterilidad del terreno». ( 'Dedicatoria del Año Cris­
tianoJ
Cuenta Andrés con los buenos oradores de aquel
tiempo al Presbítero R a d a , y el referido Isla encomia
mucho su oración en las honras de Felipe V. Mencio­
na también con elogio algunas oraciones fúnebres del
benedictino Vela y del jesuita Osorio.
Con la oración fúnebre alabamos las virtudes de
los varones esclarecidos para común ediñcación de los
fieles , y las reglas de la composición son las mismas
que las del panegírico, aunque en aquel género se atra­
viesan dificultades que no tiene éste.
E s la primera cuando el difunto fué un personaje
enteramente mundano ; la segunda cuando fué un su­
jeto insignificante , y sólo mereció el honor de un dis­
curso por la calidad de su familia; la tercera cuando su
vida no tuvo nada de edificante.
En el primer caso nos enseña Bossuet el modo de
trocar á un héroe profano en otro religioso, y es po­
diendo de relieve sus buenas cualidades morales. T o ­
dos los oradores franceses que han sobresalido en las
oraciones fúnebres , tienen corte especial para hacer
religiosos los elogios , pintando á sus héroes bajo el
punto de vida cristiano en su vida privada, y mostran­
do en su vida pública las ventajas que de sus empresas
sacó la Religión.
En el segundo caso de haber sido el sujeto nada
notable, también nos enseña Bossuet el modo de salir
del paso, que es realzando con los adjuntos las virtudes
vulgares, como lo hizo en la oración que compuso á la
memoria de la princesa Enriqueta Ana de Inglaterra.
En la Religión cristiana se hallan muchos recursos
para semejantes lances, pues en ella hasta las menores
virtudes pueden ser de gran precio y valor delante
de Dios.
Vengamos á la tercera clase , que es la más pe­
liaguda. A quí el orador, ó dibuja ligeramente las accio­
nes reprensibles para dar lagar i otras que las cubren,
ó las d eja, indicando solamente la penitencia con que
las reparó el difunto. Otro tanto hacen los panegiristas
de los santos, pues no buscándose en el panegírico sino
la edificación, es necesario corregir con la pintura del
arrepentimiento lo que estuvo lejos de ser materia de
19
— 290 —
edificación, y que antes bien fomentaría la presunción
de los pecadores, si no tuviesen la expiación al Jado de
Ja culpa. Mas en la oración fúnebre se trata de una
persona no canonizada por la Iglesia , y cuyo buen
fin á veces no consta. ¿Qué idea.se formaría el pueblo
de la virtud, si se viese que buenos ó malos habían de
figurar todos como héroes después de la muerte en la
cátedra de la verdad? ¿No podría venirle al pensamien­
to que los santos habían sido poco más ó menos lo que
estos héroes? Debe, pues, mostrar el orador que es más
amigo de la verdad que de su difunto. Y aquí es de
alabar la franqueza del Obispo de Beauvais en las exe­
quias d eX u is X V . Después de referir sus virtudes sin
faltar á la verdad, dice así: «¿Pero vengo yo tan sola-
»mente á prodigar alabanzas y á reproducir, eñ el tem-
»plo de D ios, las apoteosis con que Roma pagana ha-
•cía dioses á todos los príncipes cuando dejaban de ser
•hombres? Lejos de mí semejante adulación. ¿No basta
•que la lisonja haya rodeado á los príncipes en vida?
• ¿Será menester que venga arrastrándose detrás del
• carro fúnebre, y se siente al pié del catafalco? Alabe­
amos en hora buena á los hombres ilustres , pero la-
•mentémonos de sus extravíos, por el honor de la ver-
*dad y la instrucción de las generaciones futuras».
Diferenciase la oración fúnebre del panegírico en
el- tono, que ha de ser lúgubre y no festivo, como en el
elogio de los santos. Las consecuencias prácticas deben
mirar pon lo común al desprecio de las vanidades hu­
manas-y al aprecio délas virtudes,que solas sobreviven
— 291 —
á la muerte. Estas reflexiones deben inspirarse sobre
todo en el exordio y la peroración. Massillón conmo- ,
vió á' su innumerable auditorio en las exequias de
Luis X IV , llamado el Grande, con sólo echar una mi­
rada al cielo antes de empezar, otra al túmulo , y ex­
clamar en seguida con énfasis: «Dios sólo es grande».
I Con qué libertad y entereza dijo Bossuet al em­
pezar la oración fúnebre de la reina de Inglaterra:
Et nunc, reges, inlelligite, erudimini qui judicatis ter-
ram! En ninguna parte es más imponente y poderosa
la elocuencia, que donde la sostiene y confirma un ora­
dor tan elocuente como la tumba, y un grande del
mundo convertido en polvo.

CAPITULO II.
GÉNERO^ SUASORIO.

Su objeto es recomendar una verdad práctica y ex­


hortando al amor de la Virtud y á la fuga del vicio.
Este es el tema ordinario de los oradores españoles,
italianos y franceses, pues la generalidad de las gentes
en los pueblos católicos , cree en los dogmas , admira
las grandezas de Dios y de los santos, y sólo necesitan
aquella persuasión que mueve la voluntad al ejercicio
de las virtudes.
A este género corresponden los sermones morales
y de misión , y las pláticas á corporaciones réligiosas.
Todas las reglas que dimos tratando de las partes
de la oración se aplican á los sermones morales , y de
— 292 —

los tales sermones, compuestos por buenos autores,


hemos sacado la mayor parte de los ejemplos citados
en confirmación de las reglas.
Los sermones de misión versan generalmente sobre
las verdades eternas , que conmueven los ánimos con
saludable temor. Su estilo ha de ser llano y sencillo,
pues así lo pide el carácter especial que lleva el misio­
nero de embajador de Dios , la mayor docilidad que
debe suponerse en los oyentes , y la escasa capacidad
del vulgo plebeyo, que suele acudir en gran número á
las misiones. E l célebre M uratori, tenido por uno de
los principales literatos del siglo xvin, en su obra sobre
la elocuencia popular, enseña que cuando se compone
el auditorio de personas doctas y de ignorantes , se ha
de hablar en estilo llano, citando en favor de su opinión
á Quintiliano y á los Padres San Basilio, San Agustín
y San Crisóstomo, cuyo estilo están llano, que se co­
noce no pretendían sino la utilidad de los fieles. Lue­
go, hablando de los discursos que se predican á la ple­
be , dice que el orador debe usar entonces la elocuen­
cia más popu lar, y figurándose que él mismo es un
rústico, expresarse con locuciones breves, con pre­
guntas y respuestas , y no con periodos largos y frases
Entretejidas, reduciéndose todo el artificio de tales ser­
mones , á traer aquellas figuras y razones que suelen
convencer á semejantes personas.
San Alfonso de Ligorio quiere que el estilo de los
sermones de misión sea más suelto y ligero que el de
los dema^ y que usen pocos textos latinos. Sean breves
— 2g3 —
y concisas las cláusulas , y esté bien dividida la mate­
ria > de suerte que si alguno no ha oído ó entendido lo
prim ero, entienda lo segundo, y los que lleguen al
medio del sermón se cercioren al instante de lo que
entonces se está diciendo; cosa que difícilmente conse­
guirá la gente ruda cuando van enlazados los periodos
con cierta ligazón estudiada.
Además advierte M uratori, que para tener atento
al pueblo sirve en gran manera hacer preguntas, usan­
do la figura subjeción , que se comete cuando el mis­
mo que está hablando responde á sus interrogaciones.
Evítese en la modulación de la voz la monotonía y
el acento hueco y campanudo. Procúrese igualmente
no dar gritos descompasados, como hacen algunos con
peligro de romperse una vena, ó de perder la voz , y
molestar al auditorio sin utilidad. Lo que concilia la
atención del pueblo es la variedad de tonos, según
conviene, ya con voz fuerte , ya con voz baja,» aunque
sin mudanzas inmoderadas y repentinas, ahora pro­
rrumpiendo en una exclamación algún tanto larga,
luego parándose un poco para dar lugar á la reflexión.
Esta variedad en el gesto y tono mantiene atento al
auditorio. E l acto de contrición nunca se ha de omitir
en las m isiones„ pues hace que salga la gente más
compungida y resuelta á mudar de vida. Toda esta
es doctrina de San Ligorio.
Como modelo de sermones de misión no puede
ponerse casi ninguno’ de los sermones morales france­
ses , por demasiado limados ó sublimes , y á juicio de
— 294 —

Los más célebres críticos extranjeros , la elocuencia


apostólica de las misiones es propiedad indisputable de
los españoles, juzgando algunos que no hay quien pue­
da ponerse al lado del P. Calatayud.
En este género tenemos impresos, con los del citado
Calatayud y los de Barcia, los sermones de los célebres
misioneros capuchinos F r. Diego de Cádiz y Santan­
der, En La Selva de San Ligorio hallamos excelentes
preceptos sobre el modo de predicar en las misiones.
Es muy útil la caTta del P. Jerónimo López, y su Vida
en folio con trozos de su elocuencia.
Las pláticas á comunidades religiosas han de ser
de las virtudes propias del estado religioso, ó explica­
ción de las reglas de cada instituto. Deben llevar estilo
Llano y tono moderado , semejante al de la conversa­
ción familiar, pero con una unción que llegue al alma.
Aquel será el mas aventajado asceta, que tenga más ín­
timo conocimiento del corazón humano y de sus fla­
quezas y esté más versado en la vida espiritual. Aquí,
más que estudio, se requiere uso y práctica de la ora­
ción y meditación.
Puede ayudar mucho la lectura de las pláticas de
Bourdaloue á las comunidades religiosas', las de La
Colombiere , las obras de Scaramelli , y sobre todo el
Ejercicio de perfección del Padre Alonso Rodríguez.
Servirán también los ejemplos sacados de las vidas de
santos religiosos ó anacoretas, y muy particularmente
de los varones ilustres de cada instituto.
— 295 —

CAPITULO III.

GÉNERO DIDASCÁ.LICO . >

Su objeto principal es instruir, y comprende la ho­


milía y la catcquesis.

A R T IC U L O PR IM E R O .

HOM ILÍA.

Fué la primera especie de predicación que usaron


los Prelados de la Iglesia , pues leído el Evangelio de
la Misa , solían explicarle con sencillez. Entre las ho­
milías de los Padres, ocupan el lugar más distinguido
las de San Juan Crisóstomo, no sólo por la juiciosa in­
terpretación de las Sagradas Escrituras , que ha dado
tanta luz á los comentadores, sino también por las
aplicaciones útilísimas que hace de cada texto á los di­
versos puntos de la moral cristiana.
En Roma dura la costumbre de explicar las Escri­
turas en lo que llaman Lecciones sacras, que han sido
manejadas por los mejores oradores de Italia. En las
demas partes de la cristiandad ha caído en desuso , y
•sólo se oyen algunas explicaciones familiares del Evan­
gelio T compuestas por los párrocos. Como este ramo
de la predicación ha estado tan descuidado, justo es le­
vantarlo de su abatimiento y darle toda la importancia
que se merece, pues es el que recomienda y prescribe
el Concilio de Trento á los párrocos , y su uso es un
— 296 —
recuerdo de la predicación primitiva de los Santos Pa­
dres, y continuación de su enseñanza.
Las reglas que deben observarse en estas pláticas
las enseña el Concilio de Trem o. (Ses. 5 .a de Reform^
c, 11.) Según el sentido del texto , conviene más á las
pláticas dominicales de los párrocos el género de la
homilía que el de un sermón. Manda el Concilio lo
primero, que sean breves, y más fácilmente se abrevia
una homilía que un sermón , pues puede empezar y
terminarse en cualquier pumo , sin exordio ni perora­
ción, aun dejando por acabar la explicación comenza­
da. Manda lo segundo , que sean de fácil inteligencia,
y la llaneza del lenguaje y facilidad del estilo que com­
pete á la homilía se adapta bien á las capacidades vul­
gares y á los entendimientos rudos de la plebe, pudien-
do allí el orador descender á un terreno á donde no le
permitiría bajar la gravedad de otros discursos. Lo
tercero, recomienda se expliquen c inculquen muchas
cosas diversas, lo que es necesario saber, los vicios que
se han de huir , las virtudes que se han de practicar.
Todo esto puede entrar en una homilía, donde se ha­
bla de cosas diferentes , con la ventaja de distribuir á
todos parte del pan de la divina palabra; mientras que
en un sermón moral que versa sobre una sola materia,
parte del auditorio no encuentra pasto alguno.
L a homilía no está sujeta á reglas en cuanto al
orden ; mas en cuanto al modo convendrá observar lo
siguiente:
Expliqúese bien la historia evangélica tocante al
— 297 “
arden de los hechos y sus circunstancias. Para esto
convendrá á veces, dice Granada, tomar el hilo de más
arriba, citando hechos precedentes , como la multipli­
cación de los panes para explicar el dircurso del Sal­
vador sobre la institución futura de la Eucaristía.
Deben traducirse al lenguaje vulgar,siguiendo álos
intérpretes de más nota * los idiotismos de la Biblia, y
las expresiones que no se entienden en las lenguas mo­
dernas , como tinieblas exteriores , reo del juicio ó del
Concilio. Expliqúense aquellas parábolas que ofrecen
oscuridad, por aludir á costumbres judáicas , como la
de las diez vírgenes, la de la gran cena y vestidura
nupcial , y las que envuelven dificultad en su aplica­
ción, como la de la viña y los operarios. Maldonado in
Evangelio, es de mucha lucidez y podrá servir grande­
mente para estas explicaciones. Conviene sacar de
cada punto una aplicación á las verdades de la fe, de­
teniéndose más en las materiasde mayor consecuencia.
En la parábola d e ja viña, por ejemplo, no se con­
tente el párroco con explicar el sentido literal, y sacar
una verdad moral del último texto multi sunt vocaii,
pauci vero electi; sino procure desde el principio hallar
materia para explicar los puntos de la fe ; cómo está
Dios llamando al hombre desde la niñez, y no cesa de
llamarle, aunque éste no corresponda al llamamiento;
cómo la gracia previene á la criatura , y sin la gracia
nada podría en orden á la salvación; cómo se requiere
cooperación de parte del alma ; cómo depende el mé­
rito más del fervor y actividad, que del tiempo que uno
— 298 —

sirve á Dios; cómo puede entibiarse el justo, y dejarse


arrebatar la corona por otro que, empezando más tarde,
se aplique más á la virtud. Por este estilo , y tocando
varios puntos semejantes , saben los buenos párrocos
que sé hace mucho bien al pueblo sencillo.
Para las aplicaciones morales damos la preferencia
á San Crisóstomo sobre los demas Padres, como al
más popular de todos. Sus aplicaciones del texto evan­
gélico á las costumbres soh naturales y abundantes, se
extiende en ellas con gran copia de imágenes y figu­
ras, y abre las alas del espíritu á los movimientos ora­
torios más fogosos y arrebatados, de suerte que sus
homilías pertenecen al género llamado homilía mix­
ta, que quiere decir parte didascálico y parte sua­
sorio.
Fuera de los Santos Padres, se podrán consultar
los sermones dominicales de Bourdaloue, que es riquí­
simo en aplicaciones del Evangelio á la moral cristia­
na. Pueden también ser provechosas las obras de
Lambcrt, que se intitulan Año evangélico, ú homilías
sobre el Evangelio de los domingos del año, en las cua­
les hallará bastante doctrina y mucha claridad, y el
Año pastoral de Reyre, igualmente recomendable por
la lucidez y buen método. Séñeri tiene una obra pre­
ciosa intitulada Maná celestial, y otra el Cura instrui­
do, con un breve compendio de las reglas de oratoria
que debe observar el párroco, y varios esqueletos de
discursos donde se ven practicadas.
Será también útilísimo el Claus, Spicilegium cate-
— 299 “
chetico-concionatorium pro dominicis et festis, donde
se trata con mucha claridad y doctrina de todos los
puntos del catecismo y de la moral cristiana. Véanse
asimismo las Instrucciones cristianas sobre las domi­
nicas del año por el Padre Martín de R ajast escritas
con espíritu apostólico, y el Año apostólico de Laselve,
escrito en latín,con sermones para el adviento, cuares­
ma, dominicas y fiestas. Fray Miguel Echeverz, mi­
sionero mercenario, tiene pláticas sobre los Evangelios
para párrocos, con una instrucción para catequizar á
los niños, y otra sobre la obligación de los curas de
instruir al pueblo.

A R T IC U L O II.
\

C A TEQ O ESIS.

Distínguense las pláticas doctrinales de las homilías


en que en estas se sacan las aplicaciones al dogma y á
la moral del texto evangélico, y en aquéllas del cate­
cismo de la doctrina cristiana, que es un compendio
del dogma y de la m oral.
E n las pláticas doctrinales debe reinar mayor sen­
cillez que en las homilías, pues se dirigen á estampar
en el entendimiento de los rudos las verdades de la
Religión, que, por claras que sean para el que las
explica, superan mucho la capacidad del vulgo que
las oye.
Necesita la gente ruda, no menos que los niños,
se les explique palabra por palabra el texto del cate­
— 3 oo —
cismo que aprendió de memoria, amenizándolo con
historias y comparaciones, y con cuanto conduzca á
que paren y fijen la atención.
En las doctrinas que se predican con solemnidad
en cienos tiempos, como en cuaresma y misiones,
conviene enseñar algunos puntos de importancia, co­
mo los requisitos de una buena confesión, y extender­
se en las circunstancias que el catecismo omite, ó trata
superficialmente. Abrácese la materia toda con pleno
conocimientode sus partes,y sobre todo, muchométodo.
Persuadámonos que la corrupción moderna tiene
su principal origen en la ignorancia, y que esta, en
materias prácticas, es mayor de lo que* se piensa.
Faltas hay que se cometen por ignorar que lo son,
ó porque, si bien se sabe que están vedadas, se ig­
noran los poderosos motivos de su prohibición, ó se
cree leve lo que es grave. Piensd á veces el blasfemo
que no peca cuando maldice á Dios sin intención.
Cualquiera causa parece legítima para dispensarse de
los preceptos de la Iglesia. No todos advierten la cola
que lleva tras sí el pecado de escándalo. En los hurtos
se suele creer que no está obligado el cómplice á la
restitución, sino solo el autor; y por este orden pode­
mos decir mucho más.
Debe explicarse además cuanto ve y no entiende el
vulgo acerca de los ritos de la Iglesia, el origen y ob­
jeto de las solemnidades, los misterios y sacramentos,
la raíz de todo el culto y su historia, pues todo es tra­
dicional en el culto divino.
— 3o i —
Nunca será demasiada cuanto se diga de las cuali­
dades de la buena confesión y de las ventajas de fre­
cuentarla. La necesidad del dolor y propósito, y el
modo de formar uno y otro, son los puntos en que más
se ha de insistir, pues siendo las malas confesiones,
en sentir de varios santos, La causa de la reprobación
de muchas almas, es uno de los deberes del catequis­
ta impedir con sus instrucciones que el sacramento
instituido para darles vida se les convierta en veneno
mortal.
Para los sermones doctrinales recomendamos el
Catecismo del Concilio de Trento; la Introducción al
símbolo de la fe , de Fray Luis d$ Granada, donde se
hallan solidísimas pruebas de la verdad de la Religión
y sus dogmas, con un método y claridad admirable;
el Catecismo, de Donche ; la Historia de los Sacra­
mentos, de Chardón, benedictino francés ; el Catecis­
mo de perseverancia, de Gaume ; la Doctrina cristia­
na, de R ico Frontaura, benedictino ; el Catecismo, de
Belarmino, tan encomiado por todos ; las Instruccio­
nes, en forma de catecismo, del Padre Pedro María
Ferreri ; las doctrinas que, con el título de Voces del
Pastor en su visita, publicó en este siglo el Obispo de
la Plata, don Fray José Antonio de San Alberto, con
una claridad, método y erudición extraordinarias ; el
Catecismo ó Doctrinas, del Padre Pedro de Calatayud,
recomendable por la- claridad y el conocimiento que
descubre del corazón humano ; el Parra, Lu\ de ver­
dades católicas, interesante y variado, y los tan cono­
— 302 —
cidos Mazo, Claret y Planas, Para ciertos auditorios
puede servir el Cristiano instruido, de Séñeri, y la E x ­
posición de la, doctrina católica, de Bossuet, aunque solo
toca los puntos controvertidos con los protestantes.
Lástima es que sea tan poco conocido el Catecismo del
ilustrísimo Lope, Obispo de Calahorra, hermosamen­
te escrito y extensamente explicado.
Aunque apruebe el hombre en su espíritu la mo­
ral cristiana, si no sostienen su flaqueza las eternas
verdades, cederá á cada paso á la violencia de las pa­
siones. Mas para tratar los dogmas de la fe se necesita
mucha discreción.
Todo hombre de huen Juicio entiende que delante
de un auditorio compuesto de personas firmes en la fe,
no viene bien tratar de controversia, cosa que haría tal
vez dudar al que nunca ha dudado. Mas sorprenderá
á algunas lo que afirma San Francisco de Sales, que
ni aun entre herejes conviene suscitar desde el pulpito
tales polémicas, asegurando de sí mismo y de sus com­
pañeros, que cuando trabajaban en la conversión de
los herejes nunca les había salido bien semejante mé­
todo de combatir abiertamente los errores. Solía el
Santo exponer las verdades de la fe con claridad y sen­
cillez, persuadido de que nuestros dogmas se prueban
por sí mismos, y que, si los impugnan los disidentes,
es más con calumnias que con razones. Odiaba las
polémicas, que enfurecen á los rebeldes, en vez de con­
vencerlos, y que, según él, nunca servían sino páfa
hacer alarde de ingenio. Recomendaba, por el contra­
— 3o3 —
rio, los sermones morales en que se persuaden las bue­
nas costumbres, las cuales amansan á los contrarios,
al paso que confirman en la fe á los buenos cató­
licos.
Evítense las controversias escolásticas, y en lo que
no es de fe, sígase la doctrina más común entre los
católicos. ¿Cuántos escándalos no originó en otro
tiempo la manía de impugnar el sentir común de los
fieles acerca de la Inmaculada Concepción?
H ay principios ciertos y sólidos, cuyas consecuen­
cias y aplicaciones deben reservarse para el tribunal
de la penitencia, por el peligro que hay de que abuse
de ellas el vulgo, ó las entienda mal oyéndolas expli*
car en público, como las que se deducen dePsistema
probabilista. No conviene tampoco prevenir objecio­
nes poco ó nada conocidas del auditorio, sino, á lo
más, dar la solución, sin que parezca que se piensa en
tal réplica.
Mucho'se han ponderado las conferencias de los
oradores modernos en Francia ; pero nunca olvidare­
mos lo que decía el Padre Raviñán á sus discípulos,
que obligado por compromisos inevitables á tomar so­
bre sí aquel pesado cargo, siempre había rogado á
Dios, al subir al púlpito, que, después de sus días, no
hubiera otro que siguiera su ejemplo.
CONCLUSIÓN.

Termina San Agustín sus preceptos de oratoria con


las siguientes palabras:
■ Hable el orador de ta im a ñera, que le entienda
»el oyente, que agrade y persuada, y entonces no de-
■jará nada que desear. Esto lo alcanzará no tanto con
*los preceptos de los oradores, como con el fervor de
»sus oraciones. No dude, pues, que para sacar algún
►fruto, ha de ser orador orando por sí y por sus oyen-
i tes antes de hablarles.
«Cuando llegare la ora, levante á Dios el alma se-
• dienta, para que, llena de la gracia, comunique á los
«demás lo que hubiere recibido, y lo que quiera Dios
»que les comunique. A sí ha de ser, porque, pudién­
d o se decir tantas cosas y de tan diversos modos sobre
»cada asunto, ¿quién sabe lo que en un momento dado
«conviene decir sino el que escudriña los corazones?
*¿Y quién traza y ordena que hablemos como convie­
n e , y digamos lo que conviene, sino aquel en cuya
•mano estamos nosotros y nuestras palabras? Por tan-
ao
— 3o6 —
•to, medite el predicador lo que dijo Jesucristo á sus
«Apóstoles: No penseis en lo que habéis de decir,
•pues no sois vosotros los que habíais, sino que el Es-
•píritu de vuestro Padre es el que habla en vosotros.
•Pues si el Espíritu Santo habla en los que por Cristo
*son entregados á los perseguidores, ¿por qué no ha-
ablará en los que se entregan al mismo Jesucristo para
•pasto de sus oyentes?
• Dirá tal vez alguno: Luego no tenemos que orar,
■pues dice el Señor que ya sabe nuestro Padre lo que
»nos es necesario antes que se lo pidamos, y parece
• que no hizo bien San Pablo en escribir á Timoteo y
•á Tito cómo y qué cosas habían de predicar.
»A esto respondemos, que así como los medicamen-
•mentos sólo aprovechan á los que quiere Dios curar,
•y no obstante se toman, y es obra de misericordia el
• darlos á los enfermos, así también la doctrina sólo
■aprovecha cuando Dios concurre con el que la dis-
•pensa, pero es necesario que la enseñe el hombre,
• pues así lo quiso aquel Señor que, pudiendo darnos
•por su mano el Evangelio, nos lo dió por mano de
•hombres.
•Procure, pues, el orador enseñar, agradar y per­
su ad ir, y además rtiegue á Dios para poder conse­
g u irlo ; con lo cual, aunque no saque fruto, merecerá
^llamarse elocuente *. ( Doct. crista 1. iv.)

A . M. D. G.
FE DE ERRATAS

pdg. Línea. Dice, J.&M.

*7 10 form ado el gusto al gusto


10 E n riscn o E m iseno
22 4 tam vita? quam tam vita quam
35 7 cu ju s ex ora cu ju s e s ore
36 26 breviaro b re viario
39 20 R ivad cn eífa? dice A n ­ R iv ad en eira , dice A n ­
drés en sus Tratados drés, en sus Tratados
filosóficos de la T ri­ filosóficos de la Tri­
bulación y del Prín­ bulación y del Prin­
cipe cristiano; cipe cristiano?
4» 10 p ú lp a lo con m ás fre­ pulpito con m ás v e h e ­
cuencia. m encia.
47 H G arcía y otros G a rc ía , G allo y o t r o s .
50 10 donde luchan donde lucha
53 *4 A d erd ato A d eo d ato
56 4 F le c h ieri F le c h ie r
5*3 12 S egan d S egau d
56 14 F e x ie r T e x ie r
(H 12 T anlero T a ulero
62 12 Grans G raus
63 26 com paración com paraciones
67 *7 d ati, spectaculis dati spectaculis
c7 18 auferura auferunt
Pág. Unta. Dico.

68 ^5 p red icatu r praedicatur


6S 26 p redicatore prasdicatore
6g 2 nos se Deum nosse Deum
69 4 Nos dicit D eus H os dicit Deus
29 nist adsi nisi adsit
70 =7 porque sin o , porqu e si nó,
72 18 del m ism o que el del mismo modo q u e e l
73 8 no puc cre a r no puede c re c e r
73 24 m ucha la iVvO.icncia siendo m ucha la fre­
cuencia
78 26 ofrece en el o ra d a r ofrece al orado r
80 *4 com paraciones, q ue com paracion es que
82 5 accedant accendat
82 27 W eissem b ach de W eissem bach
87 5 Ju lia n o el A póstata Ju lian o A póstata
9t 5 m ártires. Y de las m ártires; y de las
91 7 M am actu M am achi
9 ei *9 se hubiesen form ado se h ayan form ado
103 9 instrucciones introducciones
IOf 21 Em pieza dando gracias (Pó n gase aparte.)
104 25 P ro m ete (Póngase seguido.)
107 5 sino en consulta sino entrar en con su lta
* *3 20 E fflo risse E ffloru isse
1 14 3 se dijese se diga
116 *9 Prrem ium Pro¡sm iu m
12 1 4 unita est unitas est
126 22 autorizada a u t o r íz a lo ^
127 [6 si tuviese si tu viere
133 17 sugieren sugiere
I40 4 de un orado r en un orad o r
143 £9 seccu rra tu r su c u rra tu r
'45 12 doccns decens
'57 16 y no con ven cer y no ¡i convence^
168 2 de los efectos de los afectos
168 22 todo lo hincha todo lo hinche
Pig. Linea Dice. Léase.

1 63 23 rodo lo prevee todo lo provee


184 1 fras fraus
1S4 22 íntellixit intellexít
185 18 p rosequar persequ ar
1S5 21 stipulant stipulam
1 cufin Señ o r c u ín señor
ii)6 18 m ísticas con que se c u ­ m ísticas que aquellos
bre ' con que se cubre
401 6 lo m ucho que le con ­ lo q u e m ucho le c o n ­
m ueve m ueve
4 14 12 en la que se concede en la que el orado r
concede
lv>6 4 ep isco p is... episcopis.-.?
211 20 paró hará
21 T 27 seder sed et
2 1 1 20 dincedo dicendo
2 13 1 penetrar entrar
2 I3 % 5 p rorrum pe p rorrum pa
2 T4 2 pedazos. p ed azos;
2 t8 29 p o r los hom bres por hom bres
221 2T un auto r d ilig en te, ne­ un autor, diligente n e­
gligencia. gligen cia.
225 25 C arece C aree
235 19 puño cuño
235 23 circu lo q u io circu n lo qu io
238 7 p or allí porque allí
250 2 vi dure viduce
255 4 fingere fingeres
260 18 Y dijo entonces {Segu id o y no a p a rte .)
2Í)I 8 objectum abjectum
2fil 12 presu pressu
2ñ2 *3 no se deje de oir se defe de oir
264 6 tú mihi tu mihi
272 1 el auditorio al auditorio
12 pronuntiet pronuntient
— 3»4 —

Pá(5 Línea Hice. Léase.

272 20 de una com posición una com posición


280 8 R ein icio H einicto
282 6 donde se atuvo (Quítese donde.)
283 2 1 de la fe del am or de la fe y del am or
289 8 corte e sp e cia l arte esp ecial
íg i 29 y que usen y que se usen
299 9 m ercenarios m erced atios
305 1 1 la ora la h ora
306 7 se e n ir .- ^ ií entregan