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Nuestra Bandera, revista teórica y política número 40

del partido comunista de españa · Madrid, enero 1965 páginas 49-66

Documento-plataforma fraccional de Fernando Claudín


acompañado de las «notas críticas» de la redacción
de «Nuestra bandera»

La situación económica actual


El éxito del Plan de Estabilización, éxito, claro está, de los objetivos que se proponía: crear
una base de partida adecuada para un crecimiento capitalista más rápido, es un elemento esencial
para comprender todo el desarrollo actual y sus perspectivas próximas. El auge económico sin
precedentes de 1961 a 1963 es el primer resultado. Los índices fundamentales para juzgar en
última instancia del crecimiento económico de conjunto de un país, son los índices de la renta
nacional por habitante y el producto nacional bruto.

En cuanto a la renta nacional por habitante, de 1961 a 1963, ha pasado de 100 –tomamos
100 = 1961– a 108,2 en 1962 y a 114,7 en 1963, en pesetas constantes.

En cuanto al producto nacional bruto, ha pasado de 100 en 1961. tomándolo como base, a
103,5 en 1962, a 111,7 en 1963.

Al mismo tiempo ha tenido lugar un aumento importante del consumo privado y público, en
el que entra de forma importante el aumento [50] de los salarios industriales y agrícolas un
aumento importante del ahorro interior un aumento importante de las aportaciones de capital
extranjero, que han pasado de 162 millones de dólares en 1962 a 257 millones de dólares en
1963.

Los excedentes acumulados durante los años 1960-61 con las aportaciones de capital
extranjero han hecho posible las importantes inversiones de 1962 y 1963. En 1963 las inversiones
productivas han alcanzado la cifra récord, sin precedente en la economía española, de 55 mil
millones de pesetas, que no incluye el conjunto de la capitalización, no incluye la autofinanciación
de las empresas y de determinadas actividades del sector público que se financian en circuito
especial, al margen del mercado de capitales. Es decir, la inversión real productiva es mayor que
esa cifra de 55.000 millones.

A finales de 1963 las reservas en moneda extranjera superaban los mil millones de dólares.
Y el índice tal vez más revelador del crecimiento es el de la renta industrial real que en 1963 fue
del 8,2 %, lo que sitúa a la industria española en los primeros lugares del ritmo del crecimiento
mundial.

El importante desarrollo capitalista que ha experimentado España en el último cuarto de siglo


y ese notable ritmo de crecimiento industrial en los últimos 10-12 años, es un proceso lleno de
contrastes, desequilibrios, agudas contradicciones, y todo él a base de la explotación de las
masas. No hay otro camino de desarrollo capitalista, incluso en los países en que ese desarrollo
ha comenzado y ha avanzado en las condiciones más óptimas, como ha sido el caso de los
Estados Unidos. Pero más aún cuando se abre paso por la vía prusiana. Tal ha sido también el
caso de Italia, para poner el ejemplo que ofrece más semejanza.

Uno de los obstáculos principales es la estrechez del mercado interior, derivada del lento
desarrollo capitalista de la agricultura, trabado por la presencia del latifundio y del minifundio, del
monopolio de la propiedad privada de la tierra, que hace mucho más costosa la capitalización de
la agricultura.

Incluso en los países donde se ha hecho una reforma agraria radical (estamos hablando de
este siglo, particularmente de los últimos treinta o cuarenta años, cuando el enorme desarrollo de
la industria ha dejado muy atrás, incluso en los países capitalistas avanzados el desarrollo de la
agricultura), incluso en los países socialistas, la experiencia demuestra que las primeras fases de
una industrialización acelerada van acompañadas de una profundización de la desproporción
entre la agricultura y la industria, que esta industrialización se hace en gran parte, en su primera
fase, a costa de la agricultura.

Pero la experiencia de los países capitalistas que han recorrido este camino prusiano antes
que España, demuestra, confirmando lo que Lenin demostró teóricamente a finales de siglo, la
posibilidad de una industrialización que, después de una larga etapa de relativa lentitud, entra en
una fase, la que los economistas llaman de despegue, de alto ritmo de crecimiento, que disminuye
después a medida que se alcanza un alto nivel de industrialización. A juzgar por todos los indicios
–me referiré más concretamente a ello– España ha entrado en esa fase de «despegue». La
característica de este camino es que es más penoso, más doloroso, para las masas populares,
sobre todo antes de entrar en esta fase de despegue.

Pero la característica también de este camino, cuando se recorre en la segunda mitad del
siglo veinte, es que es mucho más rápido porque está influenciado por la actual revolución técnico-
científica, por el enorme poder de la industria, lo cual hace que la agricultura, aun marchando a la
zaga, aun frenada en su transformación capitalista por las trabas antes indicadas, realiza esta
evolución, pese a todo, más rápidamente que en la segunda mitad del siglo XIX y primeras
décadas del actual.

Este es el proceso actual de la agricultura española. El latifundismo y el minifundismo siguen


ahí, en pie. Pero una cierta parte de la gran propiedad terrateniente ha pasado a formas de
explotación capitalista de la tierra y en algunos casos con una utilización relativamente importante
de la mecanización y otras técnicas modernas. Aunque en extensión sea relativamente pequeña
aún, en comparación con el latifundismo absentista irracionalmente cultivado, su significación
económica es importante y cada día mayor.

La proporción de campesinos ricos y su peso específico en la producción agraria ha


aumentado en grado importante. Ha crecido también considerablemente la utilización por ellos de
maquinaria y abonos. La cifra actual de 100.000 tractores en nuestra agricultura es un índice
significativo. Se están extendiendo las formas de cooperación capitalista entre esos campesinos
ricos. El enorme éxodo campesino hacia la ciudad, hacia la industria, es uno de los índices más
importantes de la magnitud de ese proceso de transformación capitalista de la agricultura. Y al
mismo tiempo, la forma capitalista de despejar el campo en el sentido más literal para la
aceleración ulterior de este proceso.

La gran extensión del sistema de créditos y de otras formas de intervención del capitalismo
financiero en el campo, integra cada vez más la agricultura en el mecanismo general del sistema
del capitalismo monopolista de Estado, y es un poderoso factor externo que acelera su
transformación capitalista. [51]

Medir la profundidad de este proceso a través de la evolución de la producción global


agrícola sería engañarse. Porque precisamente una transformación de este tipo, en la fase del
desarrollo industrial acelerado del país, implica un período más o menos largo de débil ascenso
de la producción agrícola. Es el período en el que el aumento de la producción y de la
productividad en las explotaciones capitalistas, cada vez más numerosas y complejas, es
neutralizado por la decadencia y la ruina de las explotaciones latifundistas atrasadas, o de las
explotaciones minifundistas, que son las víctimas de este proceso, unas a la larga y otras a la
corta.

Por otra parte, la necesidad de acumulación para el crecimiento industrial rápido, el interés
de clase del capital financiero industrial, dominante, que dirige toda la economía, carga sobre la
agricultura, y sobre todo a medida que la lucha de la clase obrera pone límites a la intensificación
de su explotación, un peso mayor de la industrialización. El arma fundamental para ello es la
política de precios agrícolas, también la política de créditos, inversiones, &c.

Pero esta política agrícola del capital monopolista no sólo es un freno, sino también un
acicate al proceso de transformación capitalista de la agricultura; es un freno para su desarrollo
cuantitativo, pero es un acicate para su desarrollo cualitativo, obliga a que éste marche por el
camino de una productividad cada vez mayor, de una utilización más intensa de la maquinaria,
abonos, &c. Crea así las premisas para una aceleración ulterior del ritmo y del crecimiento
cuantitativo.

Otra serie de aspectos de la política agraria del capital monopolista: concentración


parcelaria, fomento de diversas formas de cooperación capitalista, colonización, &c. están
imprimiendo a esa evolución capitalista de la agricultura un ritmo cada vez más acelerado.

En una de sus intervenciones, el camarada Ignacio dijo que no cree que con la aceleración
de la concentración parcelaria se modifique la productividad en el campo y se aumente la
producción. La productividad –agregó– no ha aumentado globalmente. Globalmente es verdad.
Pero aquí tengo un estudio sobre la concentración parcelaria, publicado en YA del 28-12-62,
donde se explica cómo en las zonas de Castilla los aumentos de la producción agrícola, en las
zonas donde se ha hecho la concentración parcelaria, varían entre el 2 y 13 por ciento. Los
incrementos del producto neto agrario oscilan entre 150 y 620 pts. por Ha. En él se dice que en
todas las zonas concentradas se ha notado un aumento relativo a la productividad del trabajo.
Puede afirmarse que el producto neto agrícola suele aumentar como consecuencia de la
concentración parcelaria del 15 al 30 % en las zonas cerealistas; del 22 al 78 % en las de tipo
agropecuario.

Todo este proceso de transformación capitalista de la agricultura hubiera creado graves


tensiones sociales y políticas si no se hubiera realizado en el marco de un desarrollo industrial
capaz de absorber a la población agrícola, que iba siendo desplazada de la producción en el
campo. Pero esto ha sido posible hasta 1959 en los marcos mismos del desarrollo industrial
español. Y después, no sólo gracias a este aumento, sino con el complemento de la solución por
la industria europea.

Cuando se insiste constantemente sobre la estrechez del mercado interior para argumentar
la dificultad, cuando no la imposibilidad, del desarrollo industrial de España, del crecimiento del
capitalismo, se corre el peligro de transformar una verdad en un tópico que impide ver el proceso
real. La realidad es que esa estrechez se ensancha constantemente. ¿Cómo hubiera sido posible
el aumento considerable de la producción industrial en todo este período sin la
ampliación constante del mercado?

En primer lugar, la producción de bienes de producción crea ella misma su propio mercado,
que goza de una relativa autonomía de la capacidad de consumo de las masas en cada fase del
ciclo económico.
En segundo lugar, el desarrollo industrial, al aumentar numéricamente la clase obrera, casi
el doble en todo este período, crea mercado para los artículos industriales de amplio consumo y
para la agricultura.

La cifra de casi ocho millones de asalariados de todo tipo, que se da en las estadísticas,
demuestra la gran ampliación del mercado interior que se ha realizado.

En tercer lugar, el desarrollo de los servicios, del comercio, &c. –los servicios especialmente
han experimentado un gran desarrollo– crea mercado.

En cuarto lugar, el desarrollo de la agricultura capitalista a costa de las economías naturales,


crea mercado. No sólo mercado para los productos de amplio consumo, sino para la industria de
maquinaria agrícola, química, &c.

En quinto lugar, el desarrollo considerable de las capas medias, profesiones liberales,


administrativas, técnicas, &c., que trae aparejado el desarrollo capitalista-monopolista, crea
mercado.

En sexto lugar, la emigración masiva de mano de obra a los países capitalistas europeos,
permaneciendo sus familias en España, crea mercado. [52]

En séptimo lugar, la lucha del proletariado industrial y agrícola por el aumento de los salarios
y por otras mejoras materiales, es uno de los más potentes factores de ampliación del mercado,
como también de acicate de la elevación de la productividad mediante la introducción de nueva
técnica, de nuevas formas de organización del trabajo. En general este factor es uno de los más
importantes para comprender la aceleración del ritmo de desarrollo capitalista e industrial de
España en los últimos 10-12 años; como ha sido también uno de los factores fundamentales del
llamado milagro italiano.

El aumento masivo del turismo es otra de las formas importantes de ampliación del mercado
interior, al mismo tiempo que de entrada de divisas. Y podríamos enumerar otras formas de
ampliación del mercado interior.

Precisamente porque este mercado se ha ampliado considerablemente y contiene grandes


posibilidades potenciales es por lo que ha ido aumentando el interés del capital monopolista
europeo y americano por él, en la medida en que se ha ido agudizando el problema de los
mercados para los países capitalistas desarrollados.

La apertura del mercado interior a las mercancías europeas y americanas, aumenta la


competencia para la industria nacional. Y desde este ángulo es un obstáculo objetivo para el
crecimiento de ésta. Pero, al mismo tiempo, esa competencia obliga a la industria nacional a
racionalizarse, a aumentar su productividad. Y esa misma apertura a las importaciones le da la
posibilidad de hacerlo, adquiriendo bienes de equipo, nueva técnica, que es lo que está haciendo.

Uno de los aspectos más significativos del gran aumento que han tenido las importaciones
en estos dos últimos años es el porcentaje considerable que en ellas tienen los bienes de equipo.

La ley del desarrollo desigual del capitalismo tiene una de sus raíces fundamentales
precisamente en que cuando los países menos desarrollados, dentro de un cierto nivel, llegan a
la etapa en que la acumulación interior y las aportaciones exteriores les permiten hacer
inversiones de envergadura, pueden aprovecharse, sin haber gastado un céntimo en su creación,
de la última palabra de la técnica surgida en los países más desarrollados, o a los cuales les es
más difícil instalarla en ellos mismos por estar ya instalada una técnica anterior.

Naturalmente, este proceso exige la disponibilidad de los medios de pago necesarios. Aquí
se tropieza con el problema de los mercados exteriores, con la dificultad de ampliarlos. Pero como
es sabido, los ingresos del turismo, más las remesas de los emigrantes, permiten equilibrar la
balanza de pagos en el período actual. Salvo que en Europa se produzca una crisis de
envergadura, esta solución, frágil en sí misma, seguirá actuando. Por otra parte, si llega a
producirse una situación de déficit, los créditos exteriores permitirían solventarla. Lo dictaría el
interés mismo de los países exportadores. Los ejemplos de este tipo son numerosos en los países
capitalistas. Nos referimos aquí al interés económico, pero no es menos importante, sino incluso
más, el interés político que llevaría al capitalismo internacional a ayudar al capitalismo español,
en caso de esa eventualidad.

El problema decisivo del desarrollo económico en esta etapa no es el mercado exterior, sino
el mercado interior. Es a través del desarrollo competitivo de este mercado, que exigirá una
creciente productividad, y competitividad, en la industria española, como podrán surgir en ésta o
desarrollarse las que ya están en camino, empresas y ramas capaces de conquistar mercados
exteriores. A este propósito es muy interesante la opinión de Funes Robert que citó Costa en su
intervención, combatiendo precisamente todas esas opiniones y teorías sobre el estrangulamiento
que puede significar la limitación de los mercados exteriores con el desarrollo actual.

En este artículo de Funes Robert se dice «la exportación física de mercancías, la única que
se estudia en los manuales anticuados de economía, es un medio para desarrollarse en cuanto
sin poder de compra exterior no es dado crecer económicamente. También lo es en cuanto a
ampliar mercados que permitan ampliar las cadencias de producción y disminuir los costes
unitarios. Cuando la exportación física es el único medio de adquirir poder de compra exterior, la
política de exportación en abstracto y a ultranza está justificada. Exportando cualquier cosa, a
cualquier precio y a riesgo incluso de imponer privaciones al consumidor nacional, conseguimos
algo vital que justifica esfuerzos y sacrificios y capacidad importadora.»

«También tiene sentido tal política en aquellos países que por su alto desarrollo tienen
problemas de superproducción. Pero España es algo singular, pues merced a su posición
geográfica, que sitúa al alcance del turismo el desarrollo y bienestar grande y definitivo de sus
vecinos, que causa el consumo en masa ajeno de nuestras fronteras y el menor desarrollo
respecto a Europa, que hace insignificante la salida de españoles al exterior e inexistentes los
excedentes exportables, tenemos resuelto el problema de las divisas y carecemos de agobio de
superproducción.»

«Pudiera ser –dice más adelante– que aun dando por cierto lo anterior, la exportación sigue
siendo para el país un medio de desarrollo por [53] cuanto con el margen de la obtención de
divisas se gana desarrollo al ganar mercados. Ello sería cierto si la fórmula invertir para exportar,
no fuera, como lo es, de poco sentido práctico, pues no se conoce en el mundo empresa alguna
que haya nacido o se haya ampliado en gran manera para conquistar exclusiva o principalmente
mercados lejanos inseguros.

La política de exportación de todas las empresas y países es y será política de exportación


de excedentes. Queda reducida, pues, entre nosotros la exportación a reflejo y efecto del
desarrollo y no como causa del mismo. Busquemos en consecuencia el desarrollo, y la exportación
será la añadidura.»

No es necesario extenderse sobre la influencia que podría tener en la aceleración del actual
desarrollo, y sobre todo en dar una base más sólida, la apertura hacia los mercados socialistas.
No solamente sería un nuevo estímulo para la producción industrial y agraria, sino que permitiría
mejorar la estructura del comercio exterior con los países capitalistas y fortalecería la posición del
capitalismo español en la competencia con aquéllos.

Otro factor que aceleraría todo el proceso en marcha serían nuevos pasos en el camino de
la asociación con los países del mercado común. Y digo nuevos porque en la práctica ya se han
dado una serie de ellos, muy importantes. Las recientes declaraciones de Spaak permiten suponer
que, bajo una u otra forma, las negociacíones solicitadas por el gobierno español van a entablarse
próximamente. La última noticia es un nuevo aplazamiento de un mes, pero Spaak ha sido
encargado ya de elaborar un proyecto de respuesta para el 13 de abril. Aquí hay, claro, un aspecto
de presión política al que me referiré más adelante.

En el curso del análisis anterior aludo varias veces a la ley del desarrollo desigual del
capitalismo que estudió Lenin. En el mecanismo que da lugar a esta ley intervienen, de forma
principal: la posibilidad de obtener una norma de beneficio mayor en los países menos
desarrollados, debido a que con menos capital se puede explotar a mayor cantidad de asalariados
la abundancia de mano de obra más barata la posibilidad de aprovechar en la creación de nuevas
industrias los descubrimientos y adelantos técnicos ya experimentados, ahorrándose el elevado
coste de investigaciones prácticas en la sustitución de la vieja técnica por la nueva.

La historia de los países capitalistas muestra que, por lo general, si un país capitalista de
desarrollo medio, en el que, en virtud de su atraso relativo, se dan las dos primeras premisas,
alcanza un grado de acumulación interna y de aportación exterior que le permite realizar
inversiones de un volumen que llegue a un 15-20 % de la renta nacional, en ese país se produce
un rápido aumento del ritmo de crecimiento industrial. Se produce lo que los economistas llaman
el «despegue». En España esa cota ha sido alcanzada en los últimos años. En 1961, el porcentaje
de inversiones en relación con el producto nacional bruto, índice aún más significativo que en
relación con la renta nacional, fue ya del 19 %, ocupando en este orden el sexto lugar en Europa,
por delante de Francia, Bélgica e Inglaterra; por detrás de Italia, que era de un 23 %. En 1962 ha
sido ya del 19,4 %: en 1963, del 20,1 %.

Después de un largo período de lenta acumulación, en el primer tercio del siglo actual el
promedio de crecimiento anual fue de un 2,2 % prácticamente hasta la guerra civil. De 1951 a
1958, el crecimiento fue del 5,25 anual. Tomando como base 1953-54 igual a 100, la producción
y la renta nacional han crecido de 1940 a 1962: la producción agrícola ha pasado de 77,8 129,6;
la minera, de 62,8 a 128,2; la industrial, de 60,5 a 202,7; la renta nacional global, de 68,7 a 144
(en pesetas constantes); la renta nacional por habitante, de 76,1 a 133.

La acumulación necesaria para este crecimiento fue lograda en los primeros años de
superexplotación y de fabulosos beneficios y después, en el período del Plan de Estabilización,
se ha acumulado de nuevo para la nueva ola de inversiones del 61-62-63. La necesidad de la
reconstrucción provocada por la guerra civil jugó en una primera fase un papel similar al que en
otros países europeos jugó la reconstrucción necesaria después de la segunda guerra mundial.
Pero en España con retraso, por las dificultades antes mencionadas.

El desarrollo del sistema del capital monopolista de Estado desempeñó un papel


fundamental en todo el proceso. La ayuda exterior, primero americana y luego otra, lo facilitó. El
hecho es que en el ritmo de desarrollo Industrial se ha producido un rápido aumento que va por
delante del de otros países capitalistas desarrollados, como muestra el siguiente cuadro. (He
tomado el cuadro de uno de los más recientes estudios soviéticos, aparecido en la Revista del
Instituto de Economía de la Academia de Ciencias, sobre cómo se expresa este desarrollo
desigual del capitalismo, desde 1946 a 1960, y he agregado los índices referentes a España). De
1940 a 1950 el crecimiento de la producción industrial en el mundo capitalista en total, general, ha
sido de un 38 %. En Estados Unidos de un 25 %; en Europa Occidental de un 64 % y en España
de un 10,1 por 100 (de 1946 a 1950). De 1950 a 1955, en el mundo capitalista ha sido de un 33
%; en Estados Unidos de un 24 % (ha seguido disminuyendo el ritmo); en Europa Occidental ha
sido ya de un 40 menos que antes, y en España de un 51,7 %. [54]

De 1955 a 1960, en el mundo capitalista ha sido de un 22 %; en Estados Unidos de un 12 %


nada más en Europa Occidental de un 30 %; en España de un 46,6 %, a pesar de que éstos
incluyen los años del Plan de Estabilización. Y de 1960 a 1963 no tengo los datos relativos al
mundo capitalista, Estados Unidos y Europa Occidental, pero en España, refiriéndose sólo a tres
años, ha sido ya de un 39,7 %.

Nota crítica

F. C. aborda el análisis de la situación actual a partir del Plan de Estabilización.

Para todos es evidente que España vive hoy una fase de auge económico relativamente intenso
dados los ritmos conocidos hasta el presente.

Junto a ello se presentan una serie de factores objetivos cuya importancia no cabe desconocer:
crecimiento vertiginoso del turismo, que ha venido temporalmente a poner remedio a nuestra crónica
escasez de divisas; emigración en masa a los países europeos; afluencia de capitales extranjeros,
factores cuya conjunción provoca otros fenómenos concomitantes en la situación y en el desarrollo
económico.

El deber de los comunistas es profundizar el análisis marxista de la situación creada; descubrir


sus rasgos específicos, las nuevas contradicciones que engendra y, sobre la base de este análisis,
completar, actualizar, desarrollar la política del Partido.

Eso es lo que viene haciendo nuestro Partido. La Declaración del Comité Ejecutivo, de junio
último, es ya un paso; los números monográficos de Nuestra Bandera que se anuncian, constituirán
otros. Todo el Partido, con todas sus fuerzas, está llamado a participar en esta tarea.

Pese al contenido radicalmente erróneo, no marxista, del análisis económico de F. C., si éste
se hubiese limitado a exponer y defender sus posiciones en los organismos regulares del Partido; si,
aun manteniéndolas, hubiese aceptado, como todo militante, su disciplina, nada hubiese cambiado
en su situación: F. C. seguiría siendo miembro del Comité Ejecutivo. Desgraciadamente, no ha sido
ése el camino por él emprendido.

Pero, volvamos a su texto.

Si queremos llegar al fondo, a la raíz de los errores de F. C. debernos fijar especialmente la


atención en el párrafo en el que sintetiza su opinión sobre el desarrollo, que comienza apoyándose
en la «posibilidad» «que teóricamente demostró Lenin a finales de siglo» y termina alineándose sobre
las concepciones del «despegue» tal como han sido formuladas por Rostow {W. W. Rostow, Profesor
de Historia Económica del Instituto Tecnológico de Massachussetts (EE. UU.). Consejero, para los
Problemas de la Defensa del Presidente Kennedy. Embajador de EE. UU. ante la «Alianza para el
Progreso» de Latinoamérica.

Muchos de los argumentos, de las formulaciones por él empleadas en esta parte de su


intervención –aquellas que más eco pueden encontrar en el lector–, son de Lenin; en numerosos
casos, transcripción literal del texto de sus libros: «Para caracterizar el romanticismo económico»,
escrito en la primavera de 1897, y «El desarrollo capitalista en Rusia», escrito entre 1896 y 1898.
Tales son, por ejemplo, la constatación de que el desarrollo capitalista se realiza, siempre y en todas
partes, a costa de la agricultura; la de que la producción crea su propio mercado; el mecanismo de la
ampliación del mercado interior pese a las limitaciones de las estructuras arcaicas; la preeminencia
del mercado interior sobre el exterior; o la afirmación de que [55] es en un proceso de competencia y
concentración interna como surgirán las empresas capaces de conquistar mercados exteriores.

Ahora bien, lo esencial es situar históricamente estos textos de Lenin, dentro de todo el
desarrollo creador del marxismo que ha representado el leninismo.

En estas obras teóricas, Lenin está polemizando con Sismondi y con los populistas (que
resucitaban las concepciones de éste en la última década del siglo pasado) que pretendían oponerse
al ineluctable desarrollo del capitalismo, hacer girar hacia atrás la rueda de la historia, defendiendo la
pequeña producción y declarando «artificioso» el desarrollo del capitalismo en Rusia.

Lenin expone en esa obra las leyes objetivas del capitalismo tal como fueron descubiertas y
formuladas por Marx en «El Capital»: las leyes del capitalismo en su etapa ascendente, el capitalismo
pre-monopolista.

Y lo que resulta peregrino es que F. C., que ha venido insistiendo, a lo largo de toda su
intervención, sobre la importancia del capital monopolista, y del capitalismo monopolista de Estado,
al examinar la situación de la España actual, nos describa minuciosamente todo el mecanismo en el
marco del cual, durante un largo período histórico, efectuó su desarrollo el capitalismo ascendente,
el capitalismo pre-monopolista.

Pero ése es, como hemos visto, el camino que, a su debido tiempo, no ha seguido
España. Todos esos factores «dinámicos» del capitalismo ascendente chocan hoy, con particular
fuerza, con las estructuras y las superestructuras existentes: unas, heredadas de siglos, como los
latifundios; otras, como las taras del desarrollo industrial y las posiciones monopolistas, engendradas
en el curso de nuestro desarrollo histórico-social específico.

El resultado –como con tanta fuerza destaca siempre nuestro Partido– es que las
contradicciones en nuestro país son particularmente agudas y que el capital monopolista no dispone
ya de siglos, ni siquiera de decenios, para absorberlas o conllevarlas. Pero, todo esto no cuenta para
F. C. De ahí su posición libresca, mecanicista, dogmática; de ahí, el carácter no marxista de su
análisis.

Gracias a que Lenin no convirtió en dogmas las enseñanzas de Marx gracias a que, apoyándose
en ellas, fue capaz de descubrir nuevos fenómenos engendrados por el desarrollo del capitalismo, el
marxismo revolucionario ha estado en condiciones de realizar la primera revolución socialista y de
convertir hoy el socialismo en un sistema mundial.

Frente a los revisionistas, que sostenían que el proletariado tenía que aguardar «su hora»,
limitarse a plantear reivindicaciones y reformas parciales en tanto la agudización de la contradicción
fundamental del capitalismo –la contradicción entre el carácter social de las fuerzas productivas y el
carácter privado de la apropiación–, no pusiera al orden del día la revolución socialista, Lenin
sostuvo la posibilidad de aprovechar las contradicciones que surgen en el proceso de desarrollo
capitalista para interferir ese propio proceso; de apoyarse en las fuerzas sociales que esas
contradicciones ponen en movimiento, para disputar y arrebatar el poder político a las clases
dirigentes.

Así surgieron las tesis leninistas sobre la revolución democrática y sobre La posibilidad de que
la revolución socialista triunfara primero, no en el [56] país que hubiese alcanzado un mayor desarrollo
capitalista como pensaba Marx, sino en el país que resultara ser el eslabón más débil de la cadena
imperialista. Es toda la diferencia entre el marxismo revolucionario y el revisionismo.

En sus planteamientos de finales de siglo, Lenin polemiza con los que –ante las contradicciones
del desarrollo capitalista– pretenden negar viabilidad al capitalismo y volver hacia atrás. En toda su
obra de dirigente revolucionario, Lenin enseña cómo aprovechar esas contradicciones para marchar
hacia adelante, para dar pasos hacia el socialismo.

Es muy sintomática la forma en que, en toda su intervención, F. C. aborda el problema de las


contradicciones. Aparentemente, lo hace de una manera muy dialéctica: las contradicciones son, al
mismo tiempo, motor y freno. Ahora bien, sólo el aspecto motor cuenta para él; el freno desaparece
completamente. Por añadidura –lo que tiene mucha más importancia–, las fuerzas sociales dañadas
por el desarrollo de las contradicciones, que, necesariamente, han de ser puestas en movimiento por
su agudización, no merecen la menor atención en su análisis.

Pongamos algunos ejemplos:

¿El desarrollo capitalista por la vía prusiana, arruina y arroja del campo a cientos de miles de
campesinos? Cierto, pero «el enorme éxodo campesino» es «la forma capitalista de despejar el
campo en el sentido más literal para la aceleración ulterior de este proceso.»

¿La penetración del capitalismo monopolista en el campo constituye una nueva carga que viene
a sumarse a la ya de por sí tan pesada de las viejas estructuras semifeudales; ha contribuido a
descapitalizar el campo, sustituyendo con créditos bancarios el antiguo capital que los campesinos
han perdido en los años de inflación? Para F. C. sólo cuenta que esta penetración «es un poderoso
factor externo que acelera su transformación capitalista.»

¿El capital financiero carga sobre la agricultura, cada vez en mayor medida, el peso de la
industrialización a través de los precios agrícolas? Sí, responde F. C., pero «esta política agrícola del
capital monopolista... es también un acicate al proceso de transformación capitalista de la
agricultura.»

¿La apertura del mercado interior a las mercancías extranjeras constituye un obstáculo objetivo
para el crecimiento de la industria nacional? Sí, pero «esa competencia obliga a la industria nacional
a racionalizarse, a aumentar su productividad.»

Todo el complejo problema de las consecuencias que acarreará al país la asociación con el
Mercado Común, queda reducido en el análisis de F. C. a «otro factor que acelerará todo el proceso
en marcha.»

Nunca, ni una sola vez, aparecen en el análisis de F. C. los obstáculos objetivos que las
estructuras existentes oponen al juego de esos factores «dinámicos»; y, lo que es más grave para un
marxista revolucionario, ni la menor alusión a las posibilidades, también objetivas, que esa vía
reaccionaria de desarrollo crea para la formación de una coalición de fuerzas antimonopolistas; ni la
menor atención a la cuestión, capital para un Partido marxista-leninista, de aprovechar las fuerzas
sociales que esas contradicciones ponen en movimiento para disputar la hegemonía política al capital
monopolista. [57]

La realidad es que F. C. no tiene confianza en las fuerzas revolucionarias de nuestro país –


como se verá más adelante cuando aborda la cuestión de la correlación de fuerzas sociales y políticas
de España–, y este pesimismo le lleva a disminuir la importancia de los obstáculos objetivos al
desarrollo rápido y a sobrevalorar las fuerzas del capital monopolista, para concluir augurando para
éste una etapa de dominación «cuyo límite es difícil prever.»

Este estado de ánimo explica el deslizamiento de F. C. desde las posiciones marxistas de «El
Capital», a las posiciones subjetivistas de Rostow, uno de los más conspicuos ideólogos del
neocapitalismo, con su concepción mecanicista y abstracta del desarrollo, en completa independencia
del régimen social y político existente en cada país.

Y esta coincidencia no es meramente terminológica, sino de fondo.

El meollo de la teoría de Rostow, expuesta en su libro «Las etapas del desarrollo económico»,
está condensado en esta definición:

«El proceso del desarrollo económico puede ser centrado en un intervalo de tiempo
de dos o tres décadas en las que la economía y la sociedad se transforman de tal
forma que el desarrollo económico es a continuación más o menos automático. Es lo
que se llama el despegue».

Para que se pueda apreciar el arbitrismo de toda la teoría rostowiana del desarrollo, es útil copiar
el siguiente cuadro:

Algunas fechas aproximadas de despegues


{W. W. Rostow: «El 'despegue' hacia un crecimiento autosostenido»,
Revista de Economía Política, Septiembre-Diciembre de 1959, pág. 1278.}

País Iniciación
Gran Bretaña 1783-1802
Francia 1830-1860
Bélgica 1833-1860
Estados Unidos 1843-1860
Alemania 1850-1873
Suecia 1868-1890
Japón 1878-1900
Rusia 1890-1914
Canadá 1896-1914
Argentina 1935-
Turquía 1937-
India 1952-
China 1952-

Y para calibrar la utilidad –desde el punto de vista de un análisis marxista serio– de todos estos
esquemas abstractos, basta la «profundidad» de esta frase:

«Es lícito considerar a Méjico y los Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia, Francia
y el Japón, como economías crecientes, aunque se encuentren en puntos muy
diferentes a lo largo de las curvas de su crecimiento nacional» {Id. id. Pág. 1280.}.

Es curioso, sin embargo, que –a nuestro conocimiento– Rostow nunca se haya atrevido a
encasillar a España en sus esquemas del desarrollo. Destaca la prudencia de sus juicios durante su
visita al país, en octubre pasado (a pesar de haber sido invitado por la Comisaría del Plan de
Desarrollo) y es significativo que, en una entrevista con un redactor de «Hermandad» {«Hermandad»,
órgano de las Hermandades de Labradores y Ganaderos, de 17-X-64.}, a la pregunta: «¿Cree usted
que los problemas agrícolas españoles pueden resolverse en un plazo corto, de cinco a diez años?»,
respondiera: [58]

«No puedo hacer vaticinios sobre problemas que no conozco bien. Me considero
suficientemente buen economista para callarme en algunos casos.»

Expresando, a continuación, «que no deseaba hablar más de la agricultura española».

Una vez desentrañado el fondo revisionista de la posición de F. C., abordemos brevemente –en
la medida en que lo permiten estas notas críticas–, algunos aspectos concretos de su intervención:

F. C. dedica una gran atención al desarrollo capitalista de la agricultura. Es un problema de gran


importancia, desde todos los ángulos.

Nadie niega este desarrollo y, menos que nadie, nuestro Partido. En el Informe sobre «La
evolución de la cuestión agraria bajo el franquismo» (1957), se dice:

«El desarrollo capitalista de la agricultura es un desarrollo objetivo, inevitable, desde


el momento en que el sistema de producción capitalista se convierte en
predominante.»

De lo que se trata es de estudiarlo atentamente, medirlo con la mayor excactitud posible, poner
al descubierto sus contradicciones internas y apoyarse en ellas para movilizar a las masas del campo.

La exposición de F. C, está a cien leguas de esa actitud. Él se limita a pontificar extensamente


y en abstracto sobre este fenómeno.

El desarrollo capitalista no sólo existe sino que se ha acelerado en los últimos tiempos. Sin
embargo, las condiciones en que tiene que producirse son de tal entidad, que su ritmo sigue siendo
extremadamente lento, precisamente en relación con el nivel histórico que –según Claudín– es