Vous êtes sur la page 1sur 182

Hacia una historia politológica glocal de la Amnistía

Víctor Guerrero Apráez

ÍNDICE
1. Amnistía en Grecia 1
2. Amnistía de Westphalia 13
3. Guerra de Secesión y Amnistía 26
4. Núremberg y el rechazo a la Amnistía 43
5. Amnistías en América Latina desde la Independencia 65
6. Independencia de Colombia y Amnistías
7. Guerra de los Supremos y Exponsiones 87
8. Guerra de 1853 99
9. Guerra Social de 1854 103
10. Guerra de las Soberanías 110
11. Guerra de 1885 116
12. Amnistía de 1877 119
13. Guerra de los Mil Días y sus tres amnistías 129
14. Amnistías conservadoras y bajo el régimen militar 143
15. Frente Nacional y Amnistía 149
16. Amnistías desde Belisario hasta 2005 158

1
El antecedente canónico: la invención de la amnistía en Atenas 403 A.C.

La guerra civil se enseñoreó de Atenas casi un siglo después de haberse instaurado en ella
el primer régimen democrático en la historia política mundial. Fue una consecuencia
derivada de un complejo y no menos dramático curso de acontecimientos que historiadores,
helenistas y filólogos han explorado con apasionamiento y rigor durante al menos dos
siglos previos a nuestra época, y cuyo continuo desciframiento ha obtenido nuevos
impulsos e importantes logros en los albores del siglo XXI, cuando conflictos armados
internos y situaciones de segregación racial dieron paso a novedosos acuerdos políticos que
permitieron, contra todo pronóstico, su eficaz superación tanto en Irlanda del Norte como
en Sudáfrica –y Colombia hace parte de este honroso listado-, estimulando en numerosos
investigadores la pulsión teórica por reexaminar la solo en apariencia muy distante,
experiencia griega de cara a los interrogantes y perplejidades del presente más actual. Si el
origen puede ser pensado en términos de una constelación de dimensiones políticas,
culturales y jurídicas de muy diverso orden, es de suyo evidente la relevancia que un
intento de exploración mínimamente exhaustiva puede ofrecer en la perspectiva de
esclarecer con mayores elementos y referencias el surgimiento de la acuñación lingüística
del término amnistía. El decisivo aporte griego constituye en ese sentido la roturación de
una veta cultural en cuyo legado todavía continuamos moviéndonos y cuyo sentido deriva
de aquella su justificación más profunda. La recapitulación comprensiva de la misma,
atendiendo las vicisitudes de la guerra en medio de la cual emergiera y las características
que finalmente adoptó son los dos ámbitos o contenidos temáticos materia de este capítulo.
Atenas, ese privilegiado y único laboratorio de todos los registros culturales en Occidente,
experimentó tres grandes períodos de confrontación armada, cada uno de los cuales se
caracterizó por una diferente estructura, una época claramente separada para su
escenificación, respectivos historiadores con monumentales obras para cada una que
constituyeron cada cual en su género modelos perdurables, influyentes y a su turno, materia
de una indagación infinita. Las Guerras Médicas fueron el enfrentamiento del conjunto del
mundo griego configurado por muy dispares ciudades estado o polis contra el mundo
extranjero de los persas, cuyas principales batallas –Maratón, Salamina, Platea, Termópilas-
constituyen un universal referente, y cuyo principal historiador fuera Heródoto, quien con
su obra Los nueve libros de la historia no solo contribuyo a fundar la ciencia y disciplina de
la historia, sino proporcionó una explicación plausible donde mezclara argumentación
racional con recetas míticas de la contienda surtida entre el 490 y el 480 A.C. que
concluyera con el triunfo de los griegos. A esta confrontación con el adversario bárbaro –
cuyo rasgo definitorio fuera la posesión de un idioma distinto y por tanto la imposibilidad
de comunicación- se la denominó con el término de pólemos.
El segundo tipo de guerra tuvo lugar tres décadas más tarde cuando la creciente oposición
económica, política y militar entre las polis más influyentes instituidas tras su alianza
contra el enemigo extranjero, Atenas –un régimen democrático con vocación imperialista
en veloz expansión merced a su potencia naval (talasocracia)- de una parte, y Esparta –una

2
sociedad aristocrática fundada en una monarquía dual y obsesionada con una estricta
formación militar predominantemente agraria y campesina- las condujera a un conflicto
prolongado y crecientemente brutal que se denominara con el término de guerra inter polis.
La oposición de las dos ciudades se expandió a los aliados respectivos en las ciudades de
regímenes políticos semejantes y afinidades estratégicas, agrupados contenciosamente en la
Liga Délica comandada por Atenas y la Liga Peloponesa bajo la dirección de Esparta. En el
curso de la misma Atenas debió soportar el estallido de la peste al interior de sus célebres
murallas que se llevó consigo a quien fuera quizás su líder más destacado, Pericles; supuso
la devastación reiterada de sus graneros de avituallamiento conformados por las tierras
vecinas circundantes a manos de las eficaces falanges hoplíticas espartanas, y por último su
derrota a manos de estos. La dura mentalidad bélica espartana impuso un decisivo cambio
de derrotero estratégico cuya clave fue su propia transformación en una potencia naval. La
derrota ateniense se verificó justamente en la batalla de Egospótamos (411 A.C.) –un punto
de incalculable valor estratégico situado en el estrecho de los Dardanelos-, que supuso una
devastadora pérdida en el plano naval de la que Atenas no pudo recuperarse debiendo
someterse a una rendición que le impuso unas durísimas condiciones de sometimiento,
incluida la demolición de sus famosas murallas –cuya extensión hasta el puerto del Pireo le
había permitido hasta entonces una condición casi inexpugnable proveyendo su acceso al
mar- y el cambio político de su régimen democrático por uno de corte oligárquico. La
exigencia de los principales aliados de Esparta, como Tebas y Corinto, de proporcionar a la
ciudad vencida un tratamiento exactamente igual al que la propia Atenas había impuesto a
los adversarios de antaño, es decir, la muerte de los varones en edad militar y la
esclavización tanto como la expulsión de los restantes, sólo pudo ser contrarrestada
apelando al glorioso pasado ateniense como la ciudad que más de medio siglo atrás había
conducido exitosamente la resistencia frente a los persas.
La explicación plausible de la derrota ateniense se encuentra tanto en las desastrosas
consecuencias de la decisión adoptada en la Asamblea popular de invadir la rica isla de
Sicilia en 415, conocida como Magna Grecia-, una consecuencia fatal y probablemente
inevitable de su política expansionista imperial, azuzada por los demagogos que habían
adquirido progresivamente un ascendiente indetenible en los asuntos políticos resueltos en
los debates asamblearios-, que encontró el casi unánime rechazo de las demás polis griegas;
y adicionalmente, la causa complementaria de su derrota, puede atribuirse a la inmensa
ayuda económica que Esparta recibiera de Persia, interesada por razones geopolíticas en
eliminar la molesta influencia ejercida por Atenas en numerosas islas del Egeo mantenidas
como colonias, y dispuesta a financiar prácticamente sin límites al congenial régimen
espartano. La fracasada invasión de Sicilia en el 415 A.C. no solo infligió un golpe
profundo e inesperado por las inmensas pérdidas materiales y humanas sino que ocasionó el
rompimiento de la llamada paz de Nicias, que casi durante dos décadas había conllevado la
suspensión de las hostilidades entre las dos polis vecinas. Como quiera que los espartanos
contaron con el apoyo de la mayoría de las polis ubicadas en la península del Peloponeso –
la zona situada al sur occidente del Ática cuyo núcleo principal era Atenas, esta pasó a
conocerse históricamente como la guerra peloponesia. Su extensión cronológica contó con

3
al menos dos largas interrupciones producto de dos armisticios negociados entre sus
respectivos líderes políticos, entre el 450 y el 411 A.C.
El historiador que se encargó de dar cuenta de sus factores causales y de las diversas
coyunturas que la caracterizaron lo hizo a través de una obra que habría de ejercer una
insuperada influencia en sus homólogos romanos –sin ella son impensables Tito Livio,
Polibio y Tácito-, y en todos sus posteriores colegas, cuyo título fuera justamente, La
Guerra del Peloponeso. En ella el ateniense y polemólogo Tucídides no solo elaboró una
sofisticada obra plenamente histórica según los estándares disciplinares vigentes en la
actualidad sobre las causalidades, dinámicas y consecuencias de la contienda bélica, sino
que adicionalmente elaboró de paso lo que podría considerarse la primera teoría del
conflicto armado, en la que se dio cuenta de las transformaciones lingüísticas que el mismo
acarrea, el escalamiento progresivo de la oposición entre los adversarios con sus
ingredientes económicos, ideológicos y políticos, y la ley de inevitabilidad de la
confrontación. Varias tentativas por dar cuenta de la Segunda Guerra Mundial y en especial
de la llamada Guerra Fría se han basado explícitamente o invocado la pertinencia y
actualidad del modelo teórico propuesto por él. Tucídides fue participante directo en varios
de los episodios decisivos de la guerra, fue sancionado con el exilio de su propia ciudad –la
durísima pena del ostracismo-, combatió en las filas atenienses y tomó parte en la vida
pública de la ciudad. Quizá el mayor homenaje a la par que prueba definitiva de la agudeza
y valía de su obra sea la traducción que de la misma emprendiera durante su propio exilio
en París a partir de 1640, Thomas Hobbes, para vertirla del latín al inglés, tarea a la cual no
solo concedió la mayor importancia sino que se anudó a la redacción de lo que sería la obra
cumbre del pensamiento político para la modernidad occidental: el Laviatán o materia y
forma de una república cristiana y civil finalizada e impresa en 1651.
La tercera categoría de enfrentamiento bélico que se experimentó y teorizó en el mundo
griego corresponde a nuestra moderna noción de conflicto armado no internacional o
interno, y fue claramente distinguida de las anteriores, correspondiendo para su designación
un término que no guarda equivalente moderno: stasis. Palabra compleja y saturada de
niveles de significación y estratos alusivos, la designación griega de guerra civil alberga en
su inagotable riqueza connotaciones de tensión, desgarradura, rompimiento del equilibrio,
oscilación, contienda y oposición. Su empleo se encuentra en la obra de filósofos,
historiadores, dramaturgos y en los tratados médicos de la época viéndose aparejada de
manera general con una considerable dosis de extrañeza y desconcierto, pudiendo usarse ya
como sustantivo, o forma verbal y adverbial pero no menos como adjetivo. Este desorden
social que se acompaña de la violencia entre los integrantes de la hasta su irrupción
relativamente indivisa colectividad política adquirió una singular relevancia, ya como
elemento constitutivo de lo esencia, ya como aquello que toda polis deseaba reprimir a
como diera lugar1.

1
En una conferencia reciente el filósofo italiano Giorgio Agamben ha sostenido como una de las tareas
claves para nuestra época la de elaborar una hasta hoy faltante teoría de hondo aliento sobre la stasis, es

4
El principal historiador de la misma fue Jenofonte, un ateniense notable formado en la
escuela de Platón, partícipe directo de varios episodios en los cuales siempre se alineó al
lado de los sectores oligárquicos con cuyos principales líderes mantuvo lazos estrechos de
amistad, quien huyó de Atenas frente a una causa judicial que terminaría por imponerle la
pena del exilio justamente por su involucramiento en el derrocamiento de la democracia, y
quien finalmente luego de una estancia como mercenario a sueldo del príncipe persa Ciro –
de la que dejaría el fascinante relato de La Anábasis o La retirada de los Diez Mil-
terminaría sus días en el retiro de Selinunte proporcionado por sus mecenas persas, sin
poder regresar a Atenas. En su obra Las Helénicas y particularmente, en sus dos primeros
libros, el tema de la narración son los sucesos y episodios que llevaron al levantamiento
oligárquico cuya puesta en ejecución ocasionaría dos sucesivos y sangrientos golpes de
estado como constitutivos de la situación propia de la stasis. La narración de Jenofonte,
donde el detalle contrasta con amplias omisiones, se vio complementada por dos autores
posteriores: una detallada y muy valiosa alegación forense elaborada por el retórico
Isócrates en la que se litiga justamente por hechos acaecidos durante la guerra civil titulada
Contra Calistos, y la aparición en 1891 del papiro contentivo de un texto hasta entonces
perdido de Aristóteles Sobre la Constitución de los Atenienses, acontecimiento cultural este
de inusitada importancia, que por lo detallado y fiel, permitiera desde entonces una
reconstrucción mucho más precisa de las circunstancia bajo las cuales se llegara a la
decisión política y jurídica de establecer lo que con posterioridad se conocerá en la
gramática jurídica y política de Occidente como amnistía.
En el ámbito cívico ateniense la existencia de sectores muy influyentes cuyo credo político
los oponía diametralmente a los ideales democráticos y participativos en las múltiples
instancias de decisión de gobierno y judicial no solo era conocida y tolerada, sino que fue
creciendo rápidamente en el curso de los largos treinta años de guerra contra Esparta. Al
interior suyo se utilizaba el juramento “Yo seré el enemigo constante del demo; le haré todo
el mal que pueda”, el cual no solo revelaba la radicalidad de sus creencias sino la
disposición a emplear cualquier medio para hacerlo, el cual como lo demostraría el curso
del enfrentamiento, no se arredraría ante la colaboración con el despotismo persa. Tras la
primera crisis de la democracia en 411 A.C. y el breve interregno aristocrático los
demócratas por su parte como reacción defensiva asumieron como lema de su acción
política “mataré con la palabra, con la acción y con el voto y por mi propia mano, si me
fuera posible, a quien derroque la democracia en Atenas, y a quien detente un cargo
después del derrocamiento de la democracia, y también a quien trate de convertirse en
tirano o a quien colabore en la instauración de la tiranía. A quien matare a estos lo
consideraré puro ante los dioses”. Las dos declaraciones realmente hablan por sí solas y
cualquier comentario solo puede insistir de modo redundante en la violencia extrema de la
oposición. Mientras el primero ha sido transmitido por el Pseudo Jenofonte –en un texto
sumario dedicado a la Constitución de los atenienses- el segundo de se encuentra citado en

decir, una stasiología, afirmando críticamente con ello la insuficiencia de la actual polemología o
conflictología.

5
los discursos del influyente retórico Andócides, ampliamente reconocido por sus simpatías
aristocráticas2.
Tal y como habrá de suceder en posteriores episodios históricos, el desencadenamiento de
la guerra civil, o de la stasis propiamente dicha, constituyó una especie de derivación o
desgajamiento entre rivalidades al interior de la sociedad inmersa en su propia defensa
contra un común enemigo exterior, cuya latencia mantenida hasta entonces contenida por la
urgente necesidad de enfrentar mancomunadamente la amenaza foránea, irrumpen con
brutalidad incomparable una vez que esta ha cesado, en este caso con la propia rendición y
subsecuente crisis interna. La derrota de Atenas y las medidas impuestas por la Esparta
triunfadora fueron bien recibidas por sectores muy influyentes de sus élites que vieron allí
la oportunidad de implantar un drástico cambio de régimen político mediante una conjura,
que bajo el amparo de lo que hoy llamaríamos la potencia ocupante, se encargara de
sembrar el miedo y la intimidación entre los sectores afectos a la democracia.
Miembros destacados de las cofradías o heteiras filo aristocráticas ampliamente
reconocidos como abiertos antagonistas de la democracia desempeñaron papeles claves en
el curso de acontecimientos que después de numerosos altibajos terminaron por conducir
definitiva pero provisoriamente a la derrota militar de su ciudad –el caso emblemático es el
de Alcibíades cuya influencia resultara determinante para decidir la fatal invasión a Sicilia
y quien terminaría como asesor militar de los persas- y quienes contaban ahora para llevar a
cabo su proyecto político con el apoyo del estratego espartano Lisandro, el cerebro de la
guerra y enemigo acérrimo de la democracia ateniense. Dueño militar de la situación y
caracterizado enemigo tanto de Atenas como de todo lo que tuviera el menor tinte de
democrático, Lisandro supervisó personalmente la demolición de sus imponentes muros
festejando su ejecución con la música de decenas de flautistas femeninas dispuestas al
efecto. Para completar la sumisión de Atenas dispuso una guarnición con tropa espartanas
en lo alto de la Acrópolis desde no solo se vigilaba la urbe sino se aseguraba el cambio de
régimen. En lo que de modo casi unánime se considera como el paso inicial de la puesta en
marcha de los conjurados en el inicio mismo de la invasión a Sicilia, la ciudad amaneció
súbitamente con las doce estatuas de los Hermes -dispuestos en destacados sitios
simbólicos de la urbe y muy valorados como protectores de la ciudad- mutilados en sus
partes nobles y manchados de sangre, en lo que se consideró como una afrenta y sacrilegio,
doblemente lesiva para el honor y la tranquilidad comunes.
Aprovechando con certero olfato político las difíciles condiciones creadas para el conjunto
de la ciudad por los reveses militares sufridos a manos de los lacedemonios, los sectores
oligárquicos a través entonces de una cuidadosa planeación que combinó desde entonces
los rumores amenazantes del ingreso de nuevas tropas espartanas a la ciudad con fines
punitivos y los asesinatos a granel de sus adversarios, las facciones anti democráticas
lograron silenciar las voces opositoras en la Asamblea popular, instalaron el miedo y
erigieron en lugar de esta un nuevo cuerpo político dotado de amplios poderes que se

2
Cánfora, Luciano El mundo de Atenas p. 65-66, traducción del italiano por Edgardo Dobry, Editorial
Anagrama 2014.

6
conoció como Los Treinta Tiranos, todos ellos oriundos de Atenas y reputados por su
animadversión a la democracia. La composición de los Treinta fue dictada por la respectiva
preponderancia de cada uno de los líderes oligárquicos –el fanático Critias designó diez, el
moderado Terámenes nombró otro tanto y el jefe militar Lisandro la tercera parte faltante
de sus miembros-. En la tradición griega terminaría por volverse casi un obligado referente
la constatación según la cual durante la stasis Atenas habría perdido mayor número de sus
hijos que en todo el conjunto de las guerras anteriores3. Su propósito explícito no fue otro
que imponer mediante la violencia y el crimen un sistema político calcado sobre los rasgos
más propios del régimen espartano: militarización de la vida cotidiana hasta en sus más
mínimos detalles, totalidad del poder en unos pocos, rígida jerarquización y liquidación
completa de todas aquellas formas asamblearias y tumultuarias, al igual que las nociones de
igualdad y participación, tan detestadas por los prestantes oligarcas. El régimen de Los
Treinta dejaría una huella perdurable mediante la invención que se hiciera bajo su dominio
de una nueva modalidad para la ejecución de la pena capital: el empleo de la cicuta, que no
fue abolida por la democracia reestablecida.
Todavía los historiadores contemporáneos no cesan de expresar su asombro ante el grado
de brutalidad exhibido por el nuevo régimen y barruntar las razones o cálculos políticos que
debió haber contemplado para embarcarse en tan atroz técnica de dominación. En menos de
un año los asesinatos y matanzas cobraron la vida del 5% de la población de Atenas4. Con
el engaño de contabilizar a los residentes de Eleusis la población fue alineada en las afueras
y se procedió a su ejecución, luego de un discurso feroz pronunciado por Critias antes de la
degollina5, paso previo a la apropiación de sus fundos y residencias. La probable respuesta
a dicho interrogante radica en la seguridad que les proporcionaba la presencia del feroz
Lisandro –un personaje del que los biógrafos posteriores sostuvieran que Grecia no habría
resistido la existencia de dos como él6- dispuesto a no dejar vestigio de la institucionalidad
democrática, y encarnación insuperable del odio a la democracia. Pero el experimento
oligárquico de tintes inequívocamente totalitarios con su siniestro despliegue de terror no se
prolongó más allá de ocho meses, pues tras ese lapso tenebroso los elementos y sectores
partidarios de la democracia conducidos por un destacado líder, Trasíbulo –aunque mucho
menos recordado y memorializado por la historiografía que sus rivales-7, contando con el
apoyo del rey espartano Pausanias, quien por su parte detestaba a Lisandro y temía las

3
La cual coincide término a término con lo acontecido en la Guerra Civil Irlandesa de 1921/22 respecto de la
precedente guerra Anglo-Irlandesa 1916-1921 donde aquella resultara mucho más letal que su antecesora, y
en la cual también se expidió una amnistía por parte del gobierno en favor de los rebeldes.
4
Remembering Defeat: Civic Memory in Athens p.25
5
El propio Aristóteles indica que al menos fueron muertos 300 habitantes y sus propiedades confiscadas y
despojadas tan solo en la zona urbana de Eleusis.
6
Cornelio Nepote no se priva de señalar la opinión de Lisandro según la cual los dados se emplean para
engañar a los niños y los juramentos para engañar a los ciudadanos.
7
La relativa oscuridad de alguien como Trasíbulo se evidencia por su ausencia en la obra del mayor biógrafo
de los grandes personajes, el historiador Plutarco, quien en sus Vidas Paralelas dedicara capítulos
correspondientes a los adversarios de la democracia como Alcibíades y los generales espartanos Lisandro y
Agesilao. Sólo al mucho menos popular Cornelio Nepote, autor latino de la tercera centuria post cristiana
debemos una corta semblanza del líder demócrata.

7
consecuencias de su acrecentamiento de poder en el caso de que llevara a cabo sin freno sus
propósitos en Atenas, lideraron un levantamiento que expulsó por la fuerza el régimen de
los treinta tiranos y sus acólitos.
Lo vertiginoso de los acontecimientos, las contradicciones testimoniales encontradas, las
alegaciones forenses producidas años después sobre reclamaciones de daños y demandas de
tierras –especialmente en los discursos del demócrata Lisia pero no menos en el aristócrata
Andócides-, las tempranas divisiones que surgieron entre los conjurados, y la multiplicidad
de actores, ciertamente no han hecho tarea sencilla la comprensión exhaustiva de lo
acontecido en el año 403 A.C. Sin embargo, merced a la más que centenaria acumulación
interpretativa realizada por los eruditos del mundo griego antiguo –ese infinito trabajo de
cotejo de papiros, intertextualidades y técnica filológica capaz de distinguir entre el texto
auténtico y sus numerosas interpolaciones y sucesivas corrupciones-, contamos hoy con un
cuadro relativamente completo que permite destacar los rasgos más decisivos del año que
cambió de modo tan profundo la vida de Atenas, legando a Occidente un hasta entonces
inédito sintagma político jurídico cuyo empleo no ha cesado de resultar crucial en
numerosos pasajes históricos.
Las fuerzas demócratas consiguieron agruparse en la comarca de File, situada al norte del
Ática en las fronteras con Beocia, hacerse fuertes allí rechazando las expediciones enviadas
en su contra por la tiranía y perfilarse como una creciente amenaza para los usurpadores,
que paulatinamente fue sumando respaldos. El enfrentamiento campal en una seguidilla de
escaramuzas entre las facciones armadas resultó despiadado; el bando demócrata, que
contaba con más de un millar de integrantes entre quienes había ciudadanos, metecos,
exiliados, extranjeros e incluso esclavos, venció en el encuentro sostenido contra las
huestes de los Treinta Tiranos y sus partidarios, en el paraje costero conocido como
Muniquia, situado en las goteras de Atenas; en las pocas horas que la contienda duró uno de
los conjurados mayores, el emblemático político y retórico Critias8 -quien había conseguido
anteriormente la ejecución de Terámenes su colega moderado-, pereció con las armas en la
mano en medio de las bajas en ambos lados.
La victoria de los demócratas levantados en armas sirvió para hacerles dueños de la ciudad
pero no de la totalidad de sus territorios adyacentes, pues parte del sector en el poder
consiguió refugiarse en la vecina comarca de Eleusis, donde desde tiempos inmemoriales
funcionara el templo que escenificaba los misterios religiosos más importantes del Ática.
Por su parte, ciertos sectores aristocráticos moderados se agruparon en el Pireo –se los
conocerá en adelante como las ‘gentes del Pireo’. Se produjo una suerte de statu quo o
equilibrio táctico entre los contendientes, respecto del cual la ya abierta oposición entre el
líder militar Lisandro y el jefe político Pausanias impidió que Esparta actuara en favor del
régimen impuesto por aquel manteniendo una forzada neutralidad, o quizá sería más
acertado llamar, una forzada y contradictoria inacción. En este preciso momento, cuando el
régimen oligárquico ha sido militarmente vencido pero no completamente derrotado y

8
Caracterizado por Teofrasto en su obra Vida de los sofistas como influyente orador asambleario y el más
malvado de su largo listado de retóricos prominentes.

8
políticamente se ha visto despojado del poder habiendo pasado este a manos de los
demócratas, suceden dos hechos importantes: los reunidos en asamblea declaran disuelto el
régimen de los Treinta y designan en su lugar una especie de ejecutivo temporal eligiendo a
Diez encargados de tomar las riendas de la nueva situación; estos serán sustituidos en cosa
de semanas por los denominados ‘Once’, que dará paso luego al restablecimiento de la
Asamblea. En este tránsito Esparta que cuenta con sus falanges instaladas en la ciudad,
procede a designar mediadores que se envían con el propósito de favorecer un arreglo o
acuerdo cuyos términos precisos quedan sujetos a la decisión de los propios atenienses, si
bien supervisados por los ocupantes.
El acuerdo del año 403 A. C. concluido y jurado en esta ocasión es un texto complejo en el
que se intentó responder a la situación desde una perspectiva de composición entre las
fuerzas antagónicas estableciendo claramente la prevalencia y legitimidad del sistema
democrático restaurado o recuperado, en el que se emplearon parte de las fórmulas y
mecanismos adquiridos en una larga tradición de documentos públicos, y especialmente, en
el que se introdujo la fórmula de la amnistía, otorgando con ello un renovado sentido
político y jurídico a la recordación, el olvido y la preocupación capital por aquello que se
entendió como una reconciliación o un marco común que hiciera viable de nuevo la
existencia autónoma de una comunidad que se había fracturado en tal abismo de
atrocidades. Se efectuó como desenlace de una muy cruenta guerra civil o stasis, y fue
posible, lo cual es de una extrema importancia, en el marco de la institucionalidad
democrática forjada en Atenas y dentro de lo que entonces se llamara la constitutio patriae,
es decir, la forma tradicional de la organización política propia de la ciudad que se
remontaba a los tiempos de Solón y Pericles.
Como rasgo muy particular de la cultura griega en general se trató de un convenio y un
juramento, es decir, de un doble movimiento, el texto escrito propiamente dicho –tratado,
convenio, estipulación- esculpido en las estelas o piedras usadas como superficie para su
plasmación, y el ritual cívico rendido colectivamente en el lugar público por antonomasia,
no exento en cuanto tal de tonalidades sacras por la solemnidad e importancia con la que se
pronunciaba, del juramento como tal.
El sentido del juramento fue tan importante como el propio texto del convenio. La
institución cívica y casi inmemorial del horos o juramento constituía uno de los
mecanismos claves de la vida social griega. Arraigado en una clara procedencia mítica
estrechamente relacionada con la propia noción del conflicto –Eris-, pues era hijo de la
discordia –al igual que el olvido-, a su vez emparentada esta con las deidades nocturnas y
ctónicas procedentes de la tierra, el juramento funcionaba como un mecanismo vinculante –
apto para lograr esa unión del maderamen de todo navío considerada indispensable a fin de
mantener la unidad de la multiplicidad de lo social- entre quienes los prestaban. Rendir o
prestar un juramento era encerrarse a sí mismo en medio de sellos. La transgresión de lo
juramentado implicaba para quien faltaba a la palabra su transformación en perjuro, quien
como tal se auto colocaba en una situación marginal y excéntrica respecto del orden
ciudadano. El juramento que se añadió al convenio del 403 constituyó entonces no solo un

9
aseguramiento de su contenido escrito sino que en sí mismo conformaba un compromiso
situado en un registro de obligatoriedad religiosamente connotado.
Este ceremonial público y colectivo de juramentación cuya efectuación ritual revestía la
mayor importancia acompañó pues la expedición del acuerdo de amnistía entronizado como
parámetro normativo, se convertía en sí mismo, o en asocio de aquel, en referente
compartido, en decisión común, y lo que es más importante, en herramienta judicial para
hacer valer en las futuras alegaciones judiciales que pudieran presentarse por su causa –
como efectivamente en varios procesos cuyos argumentos fueron recordados por retóricos
como Lisias, Andócides se planteara-. Es esta dimensión la que le confiera un decisivo
rasgo –tan importante como el texto mismo e inexistente como tal en procesos
contemporáneos análogos- de evento simbólico ubicado en el registro de una reconciliación
proclamada en el ámbito más público de la urbe con asistencia común colectiva. La
prestación del juramento era de carácter individual de modo que cada uno de los
ciudadanos presentes en la Asamblea debía proceder a prestarlo pronunciando las palabras
del mismo.
La profunda significación del juramento añadido al convenio entraña pese a todo un sentido
aún más hondo. Al cumplimentarse ritualmente el juramento de no recordar lo terrible éste
se oponía punto por punto a los juramentos anteriores formulados con tan oscuras y brutales
intenciones, especialmente por los conjurados oligárquicos pero no menos por los propios
demócratas, atrás mencionados. El juramento de olvido buscó deshacer la inherente
violencia del propio vínculo social que se instaura en medio de la oposición y la división de
los sectores social y políticamente enfrentados, intentando fundar un nuevo sentido común
aunado en torno a la disolución de lo que disuelve para con ello volver a soldar lo disuelto.
El sentido paradójico e incluso aporético de la stasis como aquella situación que se
desprende cuando lo que está junto no se agita, pero cuya agitación si resulta excesiva
puede disgregar lo juntado, se corresponde estrictamente con el juramento de
reconciliación, orientado a deshacer lo divisivo.
En su sentido más amplio el acuerdo o convenio se divide y consta de dos grandes partes,
una destinada a regular el asunto de las propiedades, domicilio y derechos civiles para
quienes se encontraran en uno u otro de los lugares de la urbe, y la otra, encaminada a
regular la administración de justicia para los miembros de la facción oligárquica, ambas
bajo el común denominador del reconocimiento implícito del orden democrático recobrado.
El acuerdo contiene fórmulas para establecer y regular los derechos de los atenienses que
permanecían en Eleusis, y mecanismos tanto para el reconocimiento de derechos políticos
como para la adquisición de predios, reubicación de domicilio e incluso de propiedad en
favor de quienes decidieran retornar a Atenas, al igual que en sentido contrario, y
disposiciones destinadas a regular el tránsito de los residentes en una parte y otra para su
acceso a los servicios religiosos que se prestaban en los templos de Eleusis.
La disposición crucial en este sentido consiste en disponer lo relativo a las acusaciones por
homicidio contra aquellos que mataron o hirieron por su propia mano. A continuación se
inserta la fórmula que contiene la célebre forma verbal enunciada negativamente de me

10
mnesikakein, en virtud de la cual se trata de ‘no recordar ofensa o crimen cometido por
alguien, salvo si se trata de los Treinta (tiranos), o los Diez, o los Once, o los que
gobernaron en el Pireo”; a esta excepción se añade a continuación una salvedad adicional –
para algunos comentaristas una excepción de la excepción9 que como tal debió haber sido
redactada posteriormente cuando Eleusis pasara a manos de Atenas- consistente a su vez en
que el deber de no recordación se extiende también a los excluidos en el parágrafo anterior,
si estos se someten a una rendición de cuentas. Este breve párrafo constituye el núcleo duro
de toda la construcción normativa y conceptual, pues de un lado, es manifiestamente
bilateral en su aplicación pues incluye a los líderes demócratas designados al inicio de la
reimplantación democrática –líderes como Trasíbulo, Anito y otros quedaban bajo su
eventual aplicación-, y de la otra, sitúa el reconocimiento del nuevo orden y la viabilidad de
un examen de las actuaciones de los líderes oligárquicos más emblemáticos para
beneficiarse con la obtención de inmunidad o protección frente a futuras acusaciones y
procesos gracias a ese inédito deber de no recordar.
La eficacia articulada de la disposición normativa –nomos- y del juramento público –horos-
cobra toda su profundidad si se tiene en cuenta el estado de cosas dominante en la cultura
del debate y el litigio público existente en Atenas. La noción de igualdad ciudadana –
isonomía- tuvo como una de sus expresiones centrales el acceso a los tribunales donde el
debate forense permitía la dilucidación judicial de los reclamos, demandas e
indemnizaciones solicitadas por hechos o acciones consideradas lesivas. La frecuencia de
los procesos llevó no solo al desarrollo de técnicas oratorias de persuasión y estrategias
para obtener la simpatía de los jurados sino a la proliferación de escuelas de retórica al
igual que de profesiones muy criticadas como las del sicofante, o litigante por encargo,
quien asumía a nombre de otros acciones judiciales de acusación y defensa por las causas
más variadas e incluso insignificantes. En algún pasaje del comediógrafo Aristófanes se
indica burlonamente que los dioses olímpicos distinguen claramente desde sus alturas la
ciudad de Atenas pues es de lejos la más ruidosa por la cantidad de sus debates y
discusiones que incluso perturban la serenidad olímpica.
Es justamente dentro de la literatura forense donde quedaron consignados los testimonios
más emblemáticos de los dilemas y conflictos suscitados en torno a la memoria y la
venganza por los hechos ocurridos con ocasión del restablecimiento de la democracia en el
403. Los discursos pronunciados por Lisias, el célebre orador partidario de la democracia,
varios de cuyos familiares perecieron a manos de los Treinta Tiranos –su propio hermano
entre ellos-, contienen casos en los que se trató del enjuiciamiento de partícipes y cómplices
en dichos crímenes. En las dos de sus más célebres piezas (Discursos contra Eratóstenes y
contra Agorato) Lisias demanda la acusación por el crimen de su hermano y por la delación
traicionera de uno de los demócratas que conllevó su ejecución; el argumento central
consiste no tanto en demostrar la culpabilidad del acusado –lo cual es apenas obvio- sino en
suscitar en los miembros del jurado un particular estado anímico que los igualaría a los
tiranos en caso de pronunciarse por la absolución ya que este veredicto exculpatorio

9
Carawan, Edwin The Athenian Amnesty and Reconstructing the Law, capítulo 3, Oxford University Press,
2014.

11
vendría a ser el equivalente de una repetición de los hechos destructores de la democracia:
absolver al miembro o cómplice de la tiranía sería convertirse en un continuador de sus
acciones y su régimen, y adicionalmente, en un enemigo actual de la comunidad
democrática reestablecida, todo lo cual le estaría ciertamente vedado a un auténtico
demócrata, condición esta inherente al oficio o cargo de jurado.
Era un argumento poderoso –casi un ejemplo de lo que vendría a conocerse como
estrategia de ruptura durante la década en los años 60 del siglo pasado, en la que se pone en
cuestión el mismo sistema de justicia más que las razones de inocencia-, pues de cara a un
enjuiciamiento público y hondamente expuesto a una carga emocional muy profunda ante
el tumultuoso público presente, resultaba difícil de rebatir puesto que implicaba sustraerse a
los abismos reabiertos de la recordación. El recurso forense de procurar, con todos los
arreos de la retórica, una especie de reactualización de la traumática experiencia ciudadana
del período de terror instaurado años atrás fue el núcleo de sus alegaciones, frente a cuya
demanda de justicia el juramento y la disposición del olvido no tenían ningún peso, al
menos no el suficiente para disuadir de la utilización de los recursos judiciales existentes.
En una doble vuelta de tuerca, el eventual fallo absolutorio trataba de conjurarse bajo una
asimilación incluso más insidiosa: absolver al acusado era un acto peor que las violencias
mismas perpetradas por los oligarcas, puesto que tales acciones eran las propias de tales
individuos en tanto enemigos jurados del sistema igualitario, mientras que actuar de manera
semejante por parte de los integrantes demócratas del jurado, equivalía a atacar la propia
democracia por quienes estaban llamados a defenderla. Desconocemos el resultado final de
cada uno de los procesos pero estamos ampliamente informados de los turbadores efectos
puestos en marcha por el peso de una memoria anclada en la brutalidad de los hechos
amnistiados.
En tales casos el verbo griego empleado para dar cuenta de un tal tipo de recordación que
activaba la rabia y el odio de antaño no era mnesikakaein sino eruiren, vinculado –
filológica y genealógicamente a la vez- con las Furias o Erinias, esas deidades primitivas de
la venganza y la sed de sangre, cuya expulsión había sido considerada como requisito
indispensable para la construcción misma de la comunidad política. Alrededor de esta
cuestión la tragedia ática poseyó una sabiduría inagotable que ofrece un luminoso referente
a nuestra contemporaneidad. Esquilo lo planteó en su célebre Trilogía de La Orestiada. La
sucesiva cadena de venganzas desencadenadas desde el inicio mismo de la guerra de Troya
con el sacrificio de Ifigenia a las deidades olímpicas, se continúa con el homicidio de
Agamenón, prosiguiéndose con el matricidio de Clitemnestra, sólo puede saciarse con la
muerte de Orestes, cuya muerte reclaman las Erinias hundidas en y encarnaciones de la
memoria vengadora. El ciclo nefasto de la sangre que sólo se sacia con más sangre sólo
puede romperse o deshacerse con la instauración misma de un nuevo panteón cívico en el
que las deidades ctónicas se transforman en deidades solares o aéreas de la compasión –
Euménides- en cuyos santuarios se acoge al suplicante en lugar de dársele la muerte.
La intensidad de la rememoración inducida por la habilidad de la retórica forense se
conectaba en un registro distinto de la simple memoria tal cual, vinculándose en un estrato
simbólico y significativo mucho más profundo con el atavismo del agravio vengador
12
desencadenado por la actualización de los males producidos. Es en este plano de
recordación cívica hondamente emocional donde se situó la tentativa por vedar tal tipo de
remembranza, en procura justamente de asegurar la continuidad política de la democracia.
Nunca será suficiente insistir en la direccionalidad histórica del proceso: es la democracia
ateniense vencedora en el teatro de la guerra el régimen que procedió por vez primera al
despliegue de una compleja estrategia por impedir una memorización potencialmente capaz
de engendrar una ruptura en el colectivo ciudadano. Ya Aristóteles en su Constitución de
los Atenienses había destacado ese rasgo esencial: a diferencia de otros regímenes
aristocráticos y oligárquicos que empuñaban con toda la fuerza su respectivo régimen
constitucional la democracia era el tipo de gobierno que empleaba los métodos más
apaciguadores y mansos. Justamente esta singularidad recibió una valoración semejante por
parte de otro de los grandes oradores forenses: Isócrates en su discurso El areopagítico:
muchas polis serían recordadas por sus valerosos hechos de armas pero solo Atenas por su
capacidad de emplear la clemencia en orden a obtener la reconciliación.
Por el contrario, en tratándose de las alegaciones formuladas por otro no menos brillante e
imperecedero orador, Andócides, tenemos al aristócrata comprometido desde el 415 con las
primeras empresas adelantadas por los más destacados líderes de la conjura que culminaría
con el régimen tiránico; en su condición de tal Andócides era una beneficiario expreso del
decreto del año 403, ya que con posterioridad a su retorno obtuvo cargos públicos bajo la
democracia restablecida, expuestos precisamente a los reclamos y demandas de quienes se
consideraban agraviados por sus acciones, viéndose obligado a alegar en causa propia o
ajena, la validez de la amnistía y desde el lugar exactamente opuesto a Lisias, aboga por su
propia exoneración o exculpación, y de la de aquellos en cuya defensa intervino.
En los meses siguientes la democracia restaurada adoptó medidas que podrían considerarse
complementarias a este marco común con el propósito de asegurar la eficacia del mismo,
las cuales se articulan a la opción por esta decisión de olvido y tratamiento diferencial. La
Asamblea dispuso la eliminación en el calendario ático de la fecha en la cual había ocurrido
la batalla campal que diera al traste con la tiranía de los Treinta, cuya finalidad debió haber
sido la supresión de un motivo de recordación que si bien significaba su propio triunfo
infería a los oligarcas la molesta o dolorosa remembranza de su fracaso y derrota. La
decisión colectiva en esta política de memoria y recordación, o de la memoria en el olvido,
consistió en privarse de una fecha gloriosa pero disputada y profundamente contestada, en
provecho de la reconciliación y la paz. De este modo el 2 de Boedromión resultó sustraído
del calendario cívico. En una medida quizá solo concebible en Atenas, se procedió también
a la ampliación del panteón de las deidades protectoras, adjuntando la nueva diosa
democracia, con lo cual se apelaba al expediente de otorgarle una protección mayor que
profundizaba el margen de acción judicial contra sus enemigos y potenciales conjurados.
Como medida de técnica legislativa se fortaleció el cuerpo encargado de elaboración de
disposiciones legales conocido bajo el nombre de nomotetas.
La cuestión no menor de los efectos que el empleo de la amnistía tuvo para la polis de
Atenas puede ser respondida por el posterior decurso histórico de la ciudad. Durante el
siglo IV a. c. la urbe recuperó en buena medida un estatuto preeminente –aunque no igual
13
en términos de poder e influencia allende sus muros al anteriormente poseído-, en el que el
sistema democrático se refinó dotándose de procedimientos e instituciones nuevas
tendientes todas ella a moderar la capacidad decisoria de la Asamblea –lo que permite
hablar de la democracia ateniense en la época de Demóstenes como sustancialmente
distinta de la anterior, o democracia de Pericles10-, se alió militarmente con su antigua rival

10
Hansen, Hans Das demockratishe Athens im Zeitalter Demosthenes

La gran amnistía paneuropea a la conclusión de la Guerra de los Treinta Años en la Paz


de Westfalia. El olvido eterno como tumba del horror.

Resulta un lugar común reiterado sin pausa la concepción de la denominada Paz de


Westfalia –la sumatoria de los dos acuerdos celebrados en Münster y Osnabrück para poner
fin a la Guerra de los Treinta Años- como la partida de nacimiento de la nueva
configuración política y territorial de los estados modernos. La consecución de un nuevo
orden de arquitectura geopolítica europea fundado en la soberanía plenamente secularizada
del monarca absoluto comprometido a garantizar la tolerancia religiosa en favor de sus
súbditos y aceptar una relación de igualdad con sus homólogos, no solo determinó el pasaje
a la modernidad política sino que sustrajo el elemento confrontacional religioso cuya
invocación y disputa confesional se había instrumentalizado para su adelantamiento,
habilitando una profunda transformación del sentido y práctica de la confrontación militar.
En este cuadro de factores causales y consecuencias de mediano y largo plazo, lo que con
igual frecuencia se deja de lado o se relega a una nota marginal es el lugar desempeñado
por la apelación y el empleo a la institución forjada en la Atenas del 403 A.C.: la amnistía.
El zócalo institucional y político sobre el que se construyera Westfalia no es otro que la
asunción unánime del deber de no recordar lo terrible durante las tres décadas plagadas de
horror que precedieran su introducción, iniciadas en el otoño de 1620. Este vector de olvido
y desmemoria como eje en una escala continental de lo que ha sido tradicionalmente
considerado una nueva época plantea desafíos conceptuales en torno a la densa amalgama
14
política sobre la que se compuso nuestra propia modernidad, las condiciones sobre las
cuales se fundó el proyecto moderno en su conjunto la modernidad y el destino posterior de
estos nuevos órdenes.

La Guerra de los Treinta Años se desenvolvió en la prácticamente totalidad del continente


afectando los difusos y vastos límites del Sacro Imperio Romano Germánico pero con
repercusiones que involucraron a España, Suecia y Rusia –por lo que algunos historiadores
la consideran como una primera guerra de carácter mundial, cuyas semejanzas con lo
ocurrido tres centurias después no cesan de invocarse-. Se trató de la última conflagración
de carácter inequívocamente religioso cuya intensidad, densidad y extensión retoma y
exacerba los elementos doctrinales y geopolíticos en los cuales la confrontación entre los
reinos católicos y protestantes, con sus inevitables divisiones confesionales internas,
terminó por arrastrar la totalidad del continente, salvo la notable excepción de Inglaterra
sumida en su propia confrontación revolucionaria. Las rivalidades y lealtades políticas se
articularon alrededor de la Liga Católica –con fuerte ascendiente por parte de los
Habsburgo, Baviera, el emperador alemán, España y la cambiante Francia- y la Alianza
Protestante –bajo la égida tardía de Suecia, el apoyo de los veleidosos príncipes electores
alemanes, Holanda y Dinamarca-.
El escenario político territorial sobre el cual se produjo el desencadenamiento y prolongación de la
guerra de los treinta años está dominado por una amalgama de instituciones medievales
particularistas con profunda raigambre local en privilegios, exenciones y derechos junto a
dinámicas de consolidación nacional bajo la autoridad de poderosas familias dinásticas. En términos
caros a Deleuze, el espacio europeo dominante es un piélago estriado compuesto de numerosas
divisiones políticas precariamente ensambladas en gaseosos conjuntos simbólicos. Estas estrías
espaciales que son reductos más que conductos espaciales se encuentran diseminadas
predominantemente en el centro de Europa, correspondiéndose con la entidad política decisiva en
tanto término referencial para el curso de la guerra: el Sacro Imperio Romano Germánico. Dado que
la espacialidad que lo compuso constituyó la territorialidad donde la guerra se abatió con mayor
intensidad destructiva –a modo de oleajes reiterados sobre los mismos escenarios, cuyo ejemplo
mayor serían las dos enormes batalles de Nördlingen-, la adecuada comprensión de su naturaleza
resulta crucial a la hora de dar cuenta de la magnitud de la devastación poblacional y material que
se produjo. Heredero simbólico del imperio carolingio, esa entidad que el jurista germano
Puffendorf pudo calificar como una ‘monstruosidad’ conformada por cerca de trescientas
subdivisiones político-administrativas, el Imperio era una disparatada urdimbre de unidades
políticas en cuya cúspide se encontraban los cinco reinos electores seculares y monárquicos –
Suabia, Bohemia, Baviera, Austria y el Palatinado-, las tres unidades arzobispales - Magdeburgo,
Tréveris y Colonia-, cuyos respectivos dignatarios tenían la potestad de congregarse para elegir o
designar al emperador, cuya sede de gobierno se encontraba en Viena. Consagrados los
procedimientos de elección en una antigua colección de leyes conocida como el Sachsenspiegel –
que databa de 1386-, el emperador era el primus inter pares respecto de sus electores, de quienes
dependía estrechamente para la conservación y el ejercicio de sus atribuciones –el derecho a
declarar la guerra, a designar sus representantes y a influir en los procesos sucesorales de cada
electorado. Por debajo suyo se encontraban las unidades estamentales que a su turno comprendían

15
territorios más pequeños situados en medio de una gran dispersión salpicando como mínimas
subdivisiones los territorios más amplios de los anteriores; estos podían ser condados, ducados,
margravados, ciudades libres, arzobispados y obispados, que a su turno contaban con disposiciones
consuetudinarias sobre sus fueros, competencias y delimitaciones del suelo.
El imperio contaba con un órgano judicial de cierre, el Reichskammergericht con sede en Viena y
una instancia subordinada creada posteriormente, el Hofsgericht, con sede en Múnich. Esta
disposición institucional estaba atravesada por tres vectores ineluctablemente conflictivos: la
sucesión dinástica, la adscripción confesional, y el proceso de contrarreforma iniciado por el papado
romano. Mientras la primera databa desde sus orígenes y la segunda constituía una novedad
introducida a mediados del siglo XVI con ocasión de la división confesional europea generada por
el luteranismo y el calvinismo, la tercera había exacerbado los antagonismos confesionales. En la
segunda mitad del siglo XVII el emperador pertenecía a la dinastía católica de los Habsburgos con
la elección de Ferdinando II, para la cual el elector de Baviera, Maximiliano, había desempeñado un
papel fundamental. La cuestión espinosa radicaba en la división confesional que no solo escindía a
unos electores de otros sino a los propios estamentos habiendo transformado una disputa personal
en una de conciencia y fidelidad sacrosanta. Los crecientes temores de los electores luteranos, en
particular Bohemia y Sajonia, de verse avasallados por la superioridad material y bélica del dúo
conformado por Ferdinando II y Maximiliano, condujeron cuando se presentaron las inevitables
dificultades de sucesión ante el fallecimiento de Rodolfo II de Bohemia, en la conflictiva atmósfera
donde podía fracturarse la frágil edificación en su conjunto.

Se trató de una conflagración militar a cuya precipitación en el invierno de 1620 contribuyó


de manera decisiva la profundización de la crisis política y religiosa en el reino de
Bohemia, que haciendo parte nominalmente del Sacro Imperio, contaba con una muy fuerte
tradición herética –la figura de Jan Hus y los llamados levantamientos husitas dos siglos
atrás habían combatido la autoridad imperial- y protestante cuyas pretensiones de
autonomía desembocarían en el incidente de la célebre “defenestración de Praga” de los
enviados imperiales y la consiguiente ruptura de hostilidades por parte del elector palatino
Federico V, hijo político del monarca inglés quien decidió acudir a las armas en la
esperanza de contar con el apoyo de los monarcas protestantes para asegurar su autonomía.
El choque entre las reivindicaciones autonómicas y confesionales de Bohemia y la rígida
orientación católica del elector de Baviera que ostentaba a la vez la condición de príncipe
elector del Imperio y quien aspiraba a una subordinación del protestantismo, fueron
decisivas para la agudización de la confrontación y su transformación en una confrontación
bélica. La batalla de la Montaña Blanca escenificada en las vecindades de la ciudad con
mayor aspiración de autonomía política y religiosa se convirtió en la chispa de una
contienda armada continental sin precedentes por su duración temporal y la brutalidad con
la que se condujera. La oposición religiosa articulada a las oposiciones comerciales,
dinásticas, feudales y de lealtades políticas condujeron a la formación de dos grandes
bloques militares cuyo enfrentamiento armado se produjo en toda la extensión de la
geografía de lo que siglo y medio más tarde habrá de convertirse en Alemania, carente de
límites nacionales precisos y fronteras consolidadas.

16
La geografía de la guerra fue el producto de la caótica e irregular división en pequeñas
entidades territoriales, ciudades libres y diversas formas de ducados, principados y reinos
de los que se contaban más de 300 en el solo territorio del Sacro Imperio, no la regular
geografía de los estados nacionales cuya consolidación europea tomará hasta el siglo XIX.
Sus límites fueron cambiantes e inciertos no tan solo desde la materialidad de fronteras que
no existían como tales en el sentido moderno sino de volubles adhesiones y repentinas
deserciones de los múltiples jefes y autoridades políticas y eclesiásticas que desempeñaron
un papel preponderante. Cada monarca grande y pequeño contaba con asesores
profesionales, estrategas pagados, confesores pertenecientes a las diversas órdenes
religiosas –entre las que siempre destacaron jesuitas y capuchinos- , y cada ejército se
componía tanto de combatientes entrenados a expensas del respectivo señor territorial como
de combatientes bisoños que eran parte de compulsivos reclutamientos a que dichos señores
y sus feudatarios y vasallos sometían a los pobladores para cumplir las exigencias
impuestas y medidas de protección propia; pero además, como quiera que las lealtades
religiosas no conocían fronteras ni estatuían por si mismas un sistema adicional de
pertenencia y adscripción, hubo una inusitada cantidad de contingentes extranjeros
provenientes de otras lenguas y costumbres. La inusitada larga duración implicó el cambio
de la totalidad de las testas coronadas que intervinieron –salvo Maximiliano de Baviera- de
manera que quienes participaran en su inicio no fueron quienes asistieron a su conclusión
en 1648.
Un monarca como el rey sueco Gustavo Adolfo, adalid de la causa protestante llegó a
contar entre sus filas con no menos de 30 000 mercenarios escoceses, mientras que en el
bando opuesto cerca 5 000 mercenarios irlandeses militaron en las filas católicas. En
conjunto, cerca de 120000 mercenarios ingleses tomaron parte del lado protestante,
mientras cerca de 50000 irlandeses y escoceses lo hicieron del lado católico. A ello deben
agregarse mercenarios valones, suizos, magiares e incluso cosacos, puestos al servicio de
los múltiples jefes, cuya proclividad al saqueo como medio de pago para las siempre
atrasadas erogaciones por sus servicios era tan de sobra conocida que las poblaciones se
consideraban afortunadas cuando la peste –variadas modalidades de tifo- se anunciaba en la
región pues la noticia de su presencia ahuyentaba toda clase de merodeadores. Las plagas
que infestaron el escenario de la guerra cobró la vida de 12000 combatientes de la Liga
Católica tan solo en los primeros años. Fue una guerra capitaneada por célebres jefes
militares al mando de las fuerzas beligerantes cuya heterogénea composición resultara de
volátiles pactos y lealtades cambiando de bando más de una vez sus integrantes en el largo
decurso; fue una contienda de generalísimos y mariscales, cada uno proveniente de una
tradición militar distinta pero todos ellos imbuidos por la brutal crueldad para adelantar
exitosamente asedios de ciudades enemigas acompañadas de la consuetudinaria expulsión
de poblaciones de confesión religiosa contraria a la de sus señores en medio de una
atmósfera peligrosamente proclive a la perpetración de toda clase de excesos. En el fondo
se trató de una guerra de homogeneización religiosa y de limpieza doctrinaria,
extremadamente cruel, demográficamente devastadora y materialmente aniquiladora tanto
por su extensa duración como por la capilaridad de su despliegue en las zonas más vecinas
17
y distantes. El más poderoso de todos estos jefes militares sin duda fue Wallenstein, quien
con sus propios recursos dispuso de un ejército cercano a los 100 000 hombres, recibió
como precio de sus servicios todo el territorio de Mecklemburgo que deja para siempre de
pertenecer a Dinamarca y que gracias a eso no sólo se convirtió en un rival amenazante
para su propio patrono, el emperador, sino en el dictador comisarial que por un instante
tuvo en sus manos la posibilidad de crear el estado alemán, pues en el fondo su adhesión a
la causa católica fue producto del oportunismo más que de su íntima convicción;
Las pocas limitaciones que prácticamente quedaban en manos de los jefes militares para
otorgar clemencia a los vencidos tuvieron aún menos ocasiones de manifestarse. El sitio,
asedio y toma de las ciudades enemigas, cuya lealtad religiosa se vincula a la siempre a la
confesión contraria se rige por las mismas consideraciones que Francisco de Vitoria había
establecido un siglo atrás teniendo como referente el combate del papado y las monarquías
católicas contra los turcos, y no en menor medida por los crueles precedentes que el Duque
de Alba había ejercitado en la inclemente campaña de sometimiento que hacia 1580 puso
en ejecución Felipe II contra las heréticas poblaciones de los Estados Generales de
Holanda. Las enseñanzas de Vitoria estipulaban tres razones que legitiman y justifican el
castigo ejemplar de las ciudades asediadas. Si con el castigo se puede impedir la provisión
de asistencia al enemigo en una etapa posterior de la contienda bélica, o se contribuye el
mantenimiento de la moral del propio ejército, y si, por último, a través suyo se puede
obtener la rendición por miedo de otras ciudades enemigas, entonces este resulta
plenamente justificado.
Estos tienen hacen relación a los antecedentes de las propias ciudades asediadas en etapas
anteriores al sitio del que son ahora objeto y quedan enteramente a su juicio y criterio. Las
condiciones que constituyen motivos de tratamiento clemente tienen que ver con el historial
o comportamiento de la ciudad en situaciones anteriores o durante el propio asedio; una
circunstancia favorable a ella consiste en que esta no se haya entregado al enemigo sino que
haya resistido hasta obligar a este a emprender el asedio; o a que su resistencia se haya
prolongado hasta obligar al enemigo al empleo de la artillería; aquellas ciudades que
admitieron al enemigo contra su voluntad no teniendo otra alternativa también ostentan
motivos para la clemencia; en igual predicamento se encuentran aquellas urbes que han
solicitado la protección de una guarnición pero que habían sido amenazadas por el enemigo
antes de la llegada de cualquier refuerzo. Se premia el valor de las ciudades en no haberse
rendido o facilitado la rendición en ocasiones de asedio anteriores, pero esas mismas
condiciones pueden obrar en contra suyo respecto del asedio en trance de ejecutarse. Estos
pueden prolongarse durante períodos muy extensos. Ostende ha resistido durante cerca de
cinco años el asedio infructuoso de las tropas españolas, al punto que en las crónicas de la
época se la compara con la antigua Troya. Las lealtades pasadas tienen poco peso frente a
las eventuales repercusiones favorables de un justo castigo. La ejemplaridad del castigo a la
ciudad tomada por asalto es por definición casi incontestable. Dada las condiciones en que
se realiza el asedio cualquier castigo mejora la moral de las tropas con el saqueo, la rapiña y
las violaciones; el botín de guerra anejo a la toma de la ciudad es un acicate para los
18
sitiadores, una amenaza terrible para los sitiados y una fulminante advertencia disuasiva
para ciudades vecinas, amigas o aliadas.
De hecho, la funesta celebridad de asedios crueles y devastadores funcionaba como
siniestra señal para disuadir cualquier tipo de prolongada resistencia. Cortar las rutas de
abastecimiento, bloquear los ríos y canales de suministro de agua potable eran expedientes
habituales cuya procedencia nadie ponía en discusión; la hambruna de los sitiados se
encontraba en perfecta correspondencia con los imperativos militares de erradicar la herejía
acelerando la caída de la ciudad; al fin y al cabo, se consideraba que dependía de sus
propios gobernantes y dignatarios el decidirse sencillamente a abrir las puertas. Los jefes de
los asedios estaban autorizados, incluso, a devolver los pobladores que por propia iniciativa
pretendían abandonar la ciudad, pues ello contribuía directamente a su éxito disminuyendo
la duración de los víveres demandados por un número no menor de sitiados. Las
consideraciones estratégicas del asedio entrañaban el elemento adicional de las catastróficas
consecuencias que podían derivarse de su fracaso en términos de las respectivas carreras
militares de la oficialidad nobiliaria. Junto a las habituales expoliaciones llevadas a cabo en
campiñas y aldeas, la práctica de los asaltos a las ciudades enemigas se convirtió en un
expediente reiterado con macabra persistencia a lo largo de estas tres décadas que
diezmaron la población centroeuropea en una magnitud nunca antes experimentada.
Quizá el punto culminante del horror –y el ejemplo del estado de cosas de la época- se
encuentre en el asedio, toma y devastación de la ciudad protestante de Magdeburgo
realizada en mayo de 1631 a manos de las tropas de la Liga Católica conducidas por el
general Tilly. La ciudad era uno de los centros más activos en la propagación de la causa
protestante tanto por el número de sus predicadores, el decidido apoyo confesional de su
príncipe y autoridades tanto como por la no menos importante capacidad editorial de sus
impresores que difundían sin pausa tratados y sermones protestantes. Tilly movilizó sus
huestes con táctica perfecta y la ciudad cayó en su poder tras dos días de asedio – un
término relativamente breve que podía servir como atenuación a la brutalidad del ocupante:
el resultado fue una destrucción cercana a los 20 000 habitantes. Pero Magdeburgo pese a
su inusitado nivel de destrucción material y humana no fue ni mucho menos un caso
aislado. Durante la primera década de la guerra llegó a darse el asedio simultáneo de varios
centros urbanos densamente poblados en Breda, Danzig, Mantua, Hertogenbosch,
Stralsund, Wismar, que produjeron varias decenas de muertos en cada ciudad caída en
poder del sitiador, con independencia de su afiliación confesional.
La guerra de los Treinta Años ha sido considerada unánimemente por la historiografía
como la última guerra de religión escenificada en suelo europeo, aquella en la que un
mayor número de tropas mercenarias fuera empleada, y no menos, aquella cuya duración
terminó por diluir las fronteras territoriales, desarrollada en un contexto ideológico y
confesional de extrema polarización y antagonismo, en la cual las pulsiones religiosas
europeas caldeadas durante dos siglos de violenta división confesional arribaron a un punto
de exacerbación quizá nunca alcanzado con anterioridad, cuyo balance catastrófico
marcaría un punto de inflexión en el que una nueva plétora de nociones –tolerancia,
19
soberanía absoluta-, e inéditas instituciones procuraron en el límite el inicio de una nueva
época.
Bajo tales condiciones la dimensión de la letalidad y destrucción no pueden sorprender al
observador contemporáneo cuando se constata que al menos una tercera parte cuando no la
mitad de la población europea pereció como consecuencia de la devastación inherente
conducida bajo prácticas tan atroces. La precariedad o inexistencia de una clara distinción
entre las conductas prohibidas en las hostilidades y el amplio espectro de lo considerado
lícito o legítimo, acompañado del fanatismo religioso y la santificación de la guerra, son
factores comúnmente aceptados para dar cuenta de los abismos de destrucción en los que se
sumiera la Europa continental de entonces. En términos estricta y rigurosamente
comparativos, supera de lejos la devastación causada tanto por la Gran Guerra como por la
Segunda Guerra Mundial, si se toma en consideración la misma extensión del marco
territorial en el centro de Europa.
A partir de 1635 con el ingreso oficial de Francia en la contienda –hasta entonces se había
limitado a un generoso si bien resbaladizo apoyo económico- la confrontación se acentuó
alcanzando las cotas más elevadas de destrucción. La decisión de Luís XIII y el cardenal
Richelieu por declarar la guerra a España y seguidamente al Sacro Imperio, constituyó el
pleno advenimiento de la razón de estado en desmedro de la racionalidad religiosa o
confesional que había predominado hasta entonces en suelo europeo. Si bien la guerra con
España parecía inevitable, pese a su hermanad doctrinal, por el choque de intereses
geopolíticos –la cuestión holandesa si se sustraía del dominio español otorgaba
prácticamente una liberación para el sensible flanco occidental del reino amenazado de
invasión- el inicio de las hostilidades contra la corte católica de los Habsburgo tomó a todo
el mundo por sorpresa, especialmente al papado romano, pues suponía la alianza de una
monarquía católica con el monarca sueco convertido en la encarnación misma de la reforma
y el protestantismo, ‘esa enfermedad del alma’ como se la llamara en los círculos católicos.
Esta alianza contra natura o a contrapelo del alineamiento religioso fue el resultado de la
labor de zapa adelantada por una pléyade de consejeros reales (Jean de Silhon, Jean Louis
Guez de Balzac, Hay du Chastelet, Cardin Lebrat, Philipe du Béthune) quienes muy
influenciados por Maquiavelo –lo que podría llamarse la temprana recepción francesa del
pensador florentino-, propugnaron en sus numerosas e influyentes obras por la adopción de
un curso de acción internacional fundado en los intereses exclusivamente monárquicos sin
atención al elemento confesional. En tal orden de ideas, aplastada de una vez por todas la
dura revuelta de los hugonotes en La Rochela bajo la mano implacable del cardenal, y con
una Francia unida en su interior luego de más de un siglo de disensiones internas, el
absolutismo borbón tuvo por vez primera las manos libres para intervenir exitosamente en
una guerra donde todos los actores cargaban el agotamiento de más de una década de
confrontación.
Pese a los iniciales reveses que sufriera la nueva alianza –el cardenal infante llegó a
encontrarse al mando de sus tropas a menos de tres horas de París- los apabullantes éxitos
militares no se hicieron esperar: las fuerzas imperiales fueron destrozadas en Wittbach,
20
Jankau y Allerheim, mientras los hasta entonces invencibles tercios españoles resultaron
barridos en Rocroi. La última generación de hombres de armas como Turena, Montecucoli,
Torstensson y Báner inclinaron el curso de una contienda hasta entonces indecisa y
continuamente cambiante en su suerte ahora sí en clara desventaja para la Casa de Austria:
la inminencia de un ataque sobre Viena, permitió concluir la disposición de los reinos
implicados de enviar sus delegados diplomáticos a una conferencia para sustituir por las
cláusulas del acuerdo la catástrofe de la guerra. Y especialmente persuadieron al emperador
Ferdinando III de la inutilidad de proseguir el sendero iniciado fatalmente por su padre de
inclinar la balanza del poder y la influencia en favor de los soberanos católicos habsburgos.
Solamente el papado, en una decisión todavía cautiva del imperativo confesional, se rehusó
a participar en las reuniones pese a haber sido la única unidad política italiana en ver
acrecentado su respectivo territorio.
Debe señalarse que tanto el emperador Ferdinando II como los diversos monarcas habían
ofrecido y en ocasiones impuesto medidas de indulto y ofertas de amnistía a los adversarios
cuando se trataba de buscar su defección, su neutralización, su temporal inacción mientras
se adelantaban conversaciones o su retiro a los respectivos cuarteles de invierno. El recurso
del perdón no fue desconocido para los múltiples actores involucrados pero siempre se
limitó a practicarse como una medida táctica y oportunista cuya finalidad declarada o
subyacente no era otra que debilitar al adversario sustrayéndole hombres y jefes. Muy en
las vísperas de la guerra tal expediente fue puesto en práctica por la política imperial a
cargo de Ferdinando II cuando ofreciera una amnistía a los rebeldes bohemios y tras su
aplastante derrota militar en la batalla de la Montaña Blanca (agosto de 1620) otorgara un
perdón individual a los jefes vencidos, Mansfeld y Thurn. La experiencia se repitió con los
adversarios en el frente oriental cuando los húngaros y transilvanos al mando de Bethlen
Gabor fueron parcialmente vencidos y a sus integrantes les fuera ofrecido un perdón
general que estos no tardaron en acoger. El fracaso de la Paz de Praga en 1630 bien puede
atribuirse a las limitaciones que cercenaron la fórmula de amnistía finalmente incluida que
no satisfizo ni a los príncipes partidarios suyos ni a los destinatarios de la misma. La
estrechez de la amnistía que allí se contemplara fue la consecuencia de la posición ganadora
en la que creía encontrarse el bloque imperial comandado por Ferdinando II, quien pudo
ver en el resultado provisional de la contienda una ya asegurada predominancia de los
intereses dinásticos de los Habsburgo y una cuasi definitiva derrota de los intereses
protestantes. Su militante política de recatolización de los estados, ciudades y obispados
luego de vencer consecutivamente a los rebeldes bohemios en la primera fase de la guerra y
tras la no menos aplastante derrota infligida al monarca danés en la segunda etapa de la
contienda, le permitió asegurar, mediante una pragmática combinatoria de mano dura y
observancia de las formalidades legales una indiscutible posición ganadora, al menos
provisionalmente.
El tratamiento proporcionado a los denominados ‘rebeldes notorios’ como banidos del
imperio permitió la imposición de al menos 27 condenas oficiales de muerte –precedido el
degollamiento de amputación de manos o lengua, según el caso-, la expulsión de innúmeras
21
familias asociadas a estos, el ennoblecimiento y ocupación de sus tierras para los militares
y adherentes que habían demostrado su fidelidad con el imperio. La dimensión de las
expropiaciones y cambios en la titularidad legal de la propiedad solo puede compararse
históricamente con la efectuada tres siglos más tarde cuando después de 1945 se llevaron a
cabo las reformas agrarias bajo los regímenes comunistas en el centro y el este de Europa.
Las fallidas intenciones de la Paz de Praga –que han sido comparadas por la historiografía
al también fallido Tratado de Versalles mediante el cual se quiso en vano poner fin a la
Gran Guerra- y su consecuencia fatal de la continuación y escalamiento de la contienda no
solo se explica por la situación estratégica producida por la situación bélica obtenida –el
predominio imperial católico y dinástico- sino por la restringida concesión de derechos y
perdón a los amplios sectores protestantes. Si bien algunos de los estados que colaboraron
con la rebelión, o se mostraron vacilantes en su obediencia al imperio, fueron destinatarios
de la amnistía, hubo una buena cantidad de ellos que resultaron deliberadamente excluidos
de sus términos. El estado reino de Bohemia –punto de ignición de la guerra y declarado
partidario del protestantismo en sus más variadas formas- quedó enteramente por fuera pues
dentro del programa del emperador Ferdinando II hacía parte de su proyecto de constituirlo
en dominio de alguno de sus aliados y parte de sus tierras pasarían como recompensa a
Sajonia; el Palatinado, donde Federico V había protagonizado el papel de liderazgo en la
revuelta, como centro caracterizado de un calvinismo milenarista, también permaneció
excluido con el fin de asegurar su interinidad mientras se definía el asunto sucesoral,
quedando con ello tanto el reino como el monarca vencido en extrema situación de banidos;
el influyente y poderoso estado de Württemberg obtuvo el mismo trato excluyente en
términos exactamente iguales a los dispuestos para el pequeño pero influyente estado de
Hessen-Kassel que con su reina Amalia se mostraría hasta el final de la guerra como un
irreductible adversario, tanto militar como religiosamente. De modo adicional, una serie de
pequeños condados y regiones en la zona media del Rin, pertenecientes a Nassau-Warman,
quedaron igualmente por fuera en espera de ser entregados.

Las negociaciones emprendidas por los representantes de los monarcas estuvieron


presididas por la urgencia de trazar las inéditas divisiones territoriales surgidas de las
nuevas correlaciones de fuerza –la conquistada independencia de Holanda, el estatuto
soberano de los cantones suizos, el reconocimiento de la completa autonomía de Portugal
bajo la casa de Braganza, una mínima estabilización del Nápoles español y el declive de la
monarquía hispana-; la imperativa necesidad de poner término por desgaste recíproco a
unas hostilidades cuya continuación ya no reportaría cambios estratégicos considerables –la
preponderancia adquirida por Francia quedaba suficientemente materializada en la
adquisición de Verdún y Alsacia, mientras que los príncipes y electores germánicos veían
restablecidos los territorios de su jurisdicción con anterioridad al Edicto de Restitución para
desconsuelo del emperador, así como Suecia adquiría en calidad de feudos importantes
puertos sobre el Báltico (Wismar, Stralsund) y ganancias a costa de las zonas danesas-; la
resolución definitiva de la cuestión religiosa bajo el nuevo y esencial predicamento de una
22
plena igualdad entre las tres principales confesiones –catolicismo, luteranismo y
calvinismo- regidas bajo el principio del ius reformandi (capacidad del soberano imperial,
real o estamental de cambiar la confesión), complementada por el célebre fundamento del
cuis eius religio (competencia de atribuir la religión escogida en su territorio) y el
imperativo de la tolerancia religiosa hacia el practicante de una confesión distinta a la
establecida en virtud de los principios anteriores (la transformación del hereje en tolerado),
difuminando así el fatídico combustible de rivalidad confesional que tanto contribuyera al
desencadenamiento y degradación de la guerra.
Cada uno de los reinos participantes, príncipes, electores, ciudades libres, aliados y una
variada colección de entidades políticas territoriales menores envió sus respectivas
delegaciones compuestas por los más renombrados juristas de la época: Holanda no alcanzó
a contar con Hugo Grocio, fallecido poco antes de su inicio; el Sacro Imperio tuvo como
figura clave de las tratativas al conde Trauttmannsdorff, quien había sido consejero de dos
generaciones de monarcas y un consumado diplomático; España contó con el célebre
Saavedra y Fajardo- autor de un conocido manual o espejo para príncipes dedicado a Felipe
IV-; Suecia fue representada por el carismático canciller Oxenstierna, quien había sido la
mano derecha de Gustavo Adolfo y responsable de una inédita reedificación administrativa
que prestó un apoyo invaluable a la empresa militar, en su calidad de consejero de la reina
Cristina, ya decidida a convertirse al catolicismo y convertirse en filósofa gracias al
generosamente contratado como preceptor particular, Renato Descartes, cuyas obligadas
madrugadas terminarían por costarle la vida; Francia tuvo inicialmente dos delegados, Abel
Servien y el conde d’Avaux, cuyas opuestas simpatías condujeron al cardenal Mazarino a
designar como superior de ambos a Henri d’Orleans.
Al lado suyo una inmensa población de diplomáticos, juristas, cartógrafos, amanuenses,
secretarios, descodificadores, mensajeros, impresores y palafreneros, quienes en cerca de
cinco años negociaron los términos del gran acuerdo, plasmado en 127 artículos, en sendas
sedes: Münster donde se congregaron los católicos, y Osnabrück donde se reunieron los
protestantes. En una época donde un correo de posta tardaba una semana hasta Viena y casi
un mes hasta Madrid, el papel jugado por las hojas impresas ha sido considerado como el
inicio de la prensa moderna y el secreto necesario para preservar la integridad de
instrucciones y mensajes de tal magnitud, que el código cifrado de la delegación austríaca
en alguna ocasión se extravió obligando a suspender temporalmente el curso de las
negociaciones.
Participaron las cabezas reinantes de Francia con su serenísima y cristianísima majestad
Luís XIV representado por la regencia dada su minoría de edad y el fallecimiento de su
antecesor Luís XIII, precediendo el largo listado de sus aliados cuya larga enumeración
refleja fielmente la fragmentaria composición política de la época; mientras que por parte
del Sacro Imperio Romano, se señalaba la participación del monarca Ferdinando II,
también fallecido, por lo que se incluía igualmente a su sucesor Ferdinando III, cada uno
con sus respectivos antiguos y nuevos aliados. Dentro del largo listado de estos últimos,
figuraban toda clase de unidades políticas territoriales: Alemania, Hungría, Bohemia,
23
Dalmacia, Eslovenia, archiducado de Austria, ducado de Burgundia, Brabante, Estiria,
Carintia, Carniola, marquesado de Moravia, ducado de Luxemburgo, la Alta y Baja Silesia,
el puerto de Naón y Salinas. Como parte del conjunto del tratado también se considera el
acuerdo celebrado entre la monarquía francesa borbónica y la monarquía española de los
Habsburgo.
El largo preámbulo que precede el articulado es de un inmenso interés por las nociones a
las que se apela, las denominaciones que se emplean para dar cuenta de lo ocurrido, y
particularmente, por los recursos simbólicos recurridos a fin de que un texto escrito pudiera
servir efectivamente como acta fundacional y bautismal del nuevo orden. De cara a una
contienda cuyo componente religioso y doctrinario se había revelado como decisivo el
encabezado no invoca a dios sino a la santísima trinidad, en cuya plural composición
podían reconocerse con un sustrato común las diferentes iglesias y corrientes, unificadas
bajo el título común de cristianas.
La apelación a la figura trinitaria y no a la unidad de lo divino es manifiestamente
sintomática de la necesidad de una referencia incluyente, que como tal difícilmente podía
obtenerse de la unidad sin fisuras pero distinta del dios único. Si en los anteriores acuerdos
previos de alcance más limitado como la muy conocida Paz de Ausburgo (1555), la
invocación recaía sobre el dios uno, en Westfalia el anclaje trascendente de la paz, la
concordia y el olvido lo constituía la armoniosa coexistencia de las tres personas divinas, es
decir, la pluralidad en la unidad, el gran rasgo distintivo de la elaboración teológica
patrística: la rigurosa unidad en la perfecta tripartición. La escogencia de la trinidad daba
cuenta cabal de la igualdad efectiva y la unidad simbólica del estatuto homogéneo
adquirido por las tres confesiones, especialmente la calvinista que como tal no había sido
comprendida en los acuerdos anteriores permaneciendo hasta entonces en un ambiguo lugar
cuyas dificultades de interpretación dieron pábulo al creciente incremento de disputas que
no consiguieron resolverse dentro del marco establecido de las competencias imperiales. Si
bien puede parecer de mínima importancia el cambio de referente invocatorio, en el fondo
se trataba de una variación de hondas raíces no solo teológicas sino también políticas, es
decir, de índole teológico política. En efecto, la interminable y virulenta disputa teologal
alrededor del estatuto preciso de la condición unitaria de dios no solo se confunde con la
historia milenaria de los propios concilios eclesiásticos desde Nicea en el 325 D.C. hasta el
mismo concilio de Trento –luchando sin pausa por arribar a una tan deseada como
imposible definición consensuada capaz de integrar las herejías y evitar las peligrosas
sediciones doctrinarias-, sino que se vincula con la fórmula más diversa o plural de la
divinidad en su despliegue hipostático de las tres personas. De este modo la fórmula
trinitaria acogía en su seno y se correspondía homólogamente con las tres grandes
corrientes confesionales que vinculadas en este todo diverso encontraban cada una su
propio lugar como fórmula de la unidad en medio de la diversidad. Más aún, al resguardar
dentro de la unidad buscada al Calvinismo, cuyos adeptos en el Palatinado acompañados de
la academia creada en torno suyo habían desarrollado una muy beligerante postura
milenarista y apocalíptica que se prometiera la oportunidad de realizar las profecías bíblicas
24
del inicio de la verdadera paz al mando de sus propias orientaciones, se lograba incluir en
igualdad de condiciones teológicas y simbólicas –tan importantes como los propios
desarrollos prácticos de la tolerancia de sus respectiva prácticas cultuales- a un actor que
había resultado esencial en el desencadenamiento de la guerra. Este adquirido estatuto
lograba el efecto de conjugar la igualdad con la diferencia, y en consecuencia, implicaba de
suyo una condonación de todas las condenas mutuamente entrecruzadas calificando de
heréticas a las respectivas tesis y funcionarios de cada una de las confesiones. La
escogencia de la fórmula más plural en contraposición con la tradicionalmente unitaria era
pues la fiel expresión de una profunda transformación en el horizonte religioso de la época:
la igualdad de las confesiones y por tanto la apertura del camino a su entendimiento mutuo
y tolerancia respectiva. Tal cambio referencial puede ser visto como un rasgo
incipientemente secularizador coherente con el régimen de tolerancia religiosa también
instituido en el cuerpo del tratado. Resulta significativo el empleo reiterado de ‘desórdenes’
más que de ‘guerra’ así como la invocación al sintagma ‘discordias y divisiones civiles’ de
clara procedencia romano latina,
El artículo I se ocupó de precisar los alcances y términos de la paz concertada. La
importancia de la cláusula queda puesta de manifiesto por el lugar preeminente que ocupa
en el texto del tratado y sus alcances por la solemnidad del lenguaje empleado
“Habrá una universal Paz cristiana y una perpetua, verdadera y sincera amistad,
entre su sagrada majestad imperial y su cristianísima majestad; como también entre
todos y cada uno de sus aliados, y adherentes de la susodicha majestad imperial, la
Casa de Austria, y sus herederos y sucesores; pero especialmente, entre los
electores, príncipes y electores del Imperio, de un lado, y todos y cada uno de los
aliados de su susodicha cristianísima majestad; y todos sus herederos y sucesores,
principalmente entre su serenísima majestad del reino de Suecia, los electores
respectivamente, los príncipes y estados del Imperio, de la otra parte. Que esta paz y
amistad habrá de ser observada con una sinceridad y celo tales, que cada Parte se
comprometerá a procurar el beneficio, honor y ventaja para la otra Parte; y que por
tanto todas las Partes habrán de considerar cómo florezca esta paz y amistad en el
Sacro Imperio Romano y en el reino de Francia manteniendo una buena y leal
vecindad”.
Por su parte el artículo II se ocupó de definir el sentido y alcance de la amnistía.

“Que habrá en un lado como en el otro un olvido, amnistía y perdón perpetuos de


todo aquello que haya sido cometido desde el comienzo de estos desórdenes, en
cualquier lugar o cualquiera que haya sido la manera en que las hostilidades se
hayan cometido, de tal forma entonces que nadie, bajo cualquiera fuese el pretexto,
cometerá ningún acto de hostilidad, mantendrá ninguna enemistad, o causará ningún
desorden a cualquier otro; tampoco a las personas, bienes y aseguranzas, ni por sí
mismos ni por conducto de otros, ni tampoco privada ni públicamente, ni directa ni
25
indirectamente, ni bajo la apariencia de un derecho ni por vía de hecho, y tampoco
dentro o por fuera del territorio del Imperio, haciendo caso omiso de todos los
acuerdos que se hubiesen hecho antes en sentido contrario; que no se actuará o será
permitido actuar ningún mal o daño a quienquiera que sea; pero todo lo que ha
ocurrido tanto de un lado como del otro, bien sea antes o durante la guerra en
palabras, escritos o hechos ultrajantes, o en violencia, hostilidad, daños y gastos, sin
consideración a personas o cosas, habrá de ser completamente abolido de tal modo
que todo lo que pueda ser demandado o reclamado por cada uno o en representación
suya, habrá de sepultarse en eterno olvido”.

Con toda su resonancia retórica y simbólica en la que se acumula el olvido, la amnistía y el


perdón, la metáfora sepulcral añadiendo una tumba inmaterial más a una Europa sembrada
de túmulos funerarios a lo largo de caminos y ciudades no deja de tener connotaciones
estremecedoras. Una última sepultura que conjugue todas las atrocidades como mecanismo
para impedir el advenimiento de cualquier otra más.
La amplitud de la clemencia exhibida en el tratado pudiera parecer un asunto meramente
lexicográfico reducido a un ámbito puramente retórico. En realidad encierra una lógica
ajustada a las medidas, fórmulas y poderes de los que se disponía en el nivel imperial de la
estructura política y las intermediaciones de potestades subordinadas propios de los estados,
las ciudades libres y los arzobispados autónomos.
Las múltiples medidas condenatorias expedidas desde Viena se ejemplificaban desde la
imposición del ‘bando’ o prohibición que se dictaba en contra de una ciudad o población,
pero también contra ciertas personas debido a sus condiciones particulares. Sus efectos eran
sencillamente devastadores ya que su proclamación implicaba de modo automático un
quedar absolutamente por fuera de la ley, privado por completo de toda personalidad y
posibilidad de cualquier tipo de medida legal o recurso de protección: los bienes podían ser
confiscados sin ninguna clase de limitación, los individuos expulsados sin algún tipo de
indemnización, y su reputación u honor por completo extinguidos como un ‘fuera de la
ley’. Adicionalmente, si el banido recibía refugio quien se lo proporcionaba infringía de
modo automático el dictamen imperial y se hacía acreedor de las mismas fulminantes
medidas quedando sus terrenos, propiedades y familiares en condición semejante. En la
medida en que tales medidas condenatorias conllevaban un inequívoco contenido religioso
–el destinatario del bando siempre era el miembro de una confesión distinta a la de la
autoridad que lo expedía-, tras tres décadas de guerra la cuantía de lugares y personas que
se encontraban en tal situación excedía las posibilidades de una contabilidad mínimamente
aproximada. En una escala inferior al ‘bando´ se encontraba una prolija serie de medidas
intermedias, como sanciones pecuniarias, servicios personales obligatorios, préstamos
forzados, cauciones, ocupaciones compulsivas, multas por emplear el ritual religioso
equivocado, todas ellas motivadas por una efectiva o presunta deslealtad como súbdito,
comportamiento herético como creyente, o sencillamente la observancia de sus propios
26
Tebas propinando una derrota decisiva a Esparta en la batalla de Leuctra (340), y fue
finalmente vencida por el naciente imperio macedónico al mando de Filipo de Macedonia
en Queronea (338) donde la coalición de ciudades áticas y peloponesias bajo su conducción
no logró contener la fulminante caballería puesta a punto por el padre de Alejandro Magno.
El desarrollo posterior de la ciudad permite pues concluir que el inédito experimento sobre
la memoria y el olvido llevado a cabo en esta coyuntura por parte de la asamblea general en
el momento mismo del restablecimiento de la democracia permitió a esta un despliegue
institucional de amplio alcance mediante el cual se fortaleció y amplió sus procedimientos
mediante una arquitectura que buscó conjurar las principales dificultades surgidas durante
más de media centuria.

Guerra de Secesión en EEUU y Amnistía Final

El inicio de la confrontación bélica que desgarró a los Estados Unidos entre 1861 y 1865

ritos confesionales en una boda, un entierro o la asistencia al lugar equivocado de culto para
celebrar una misa o un oficio de difuntos.

No resulta incongruente que el más reconocido de los apologetas del sistema jurídico de la
naciente modernidad que bautizara bajo el mítico título de Ius Publicum Europaeum, Carl
Schmitt, pudiera formular tras la Segunda Guerra Mundial y la inicialmente incrédula
recepción de la ocurrencia de la Shoah, la más encendida y apasionada cuanto
históricamente enceguecida defensa de la amnistía al estilo de la westfaliana estudiada aquí.
En 1949 Schmitt publicó un opúsculo intitulado Amnestie oder die Urform des Rechts –
Amnistía o la forma originaria del derecho-, que también se conocería como Amnestie oder
di Kraft des Vergessens-. Dejando de lado el evidente oportunismo de quien había sido un
connotado y prestigioso miembro del régimen nazi en sus primeros dos años luego de su
ascenso al poder en enero de 1933, la reclamación por apelar a un procedimiento
fundacional de la Europa Moderna, resulta de algún modo coherente con sus posturas
doctrinales –su idea capital acerca de la irrupción del Ius Publicum Europaeum como
nacimiento del nuevo orden y en especial, de una concepto no discriminatorio de guerra-,
pero revela un inmenso anacronismo respecto de las fórmulas que ahora resultaban política
y éticamente plausibles. La máquina de horror del nazismo no es comparable en punto
alguno con las soberanías y competencias de los monarcas europeos de la naciente
modernidad. Tres siglos de historia y el advenimiento de un fenómeno sin precedentes
como el exterminio racial parecen no haber dejado huella en el pensamiento de uno de los
más destacados juristas alemanes del siglo XX.

27
estuvo enmarcado en un contexto internacional complejo.

El ímpetu militar del Sur resultó de mucha mayor magnitud a lo esperado y la recia
determinación de Lincoln por preservar la Unión Americana infinitamente superior a la
prevista respecto de un político relativamente novato a quienes sus propios ministros en los
primeros meses de su administración consideraban alguien que podía ser dominado y
reducido a un papel de simple figuración. En consecuencia la guerra civil se prolongó cerca
de cinco años, la intensidad y la dimensión numérica de los combates al igual que la letalidad
del armamento industrial empleado produjo la muerte tanto en la acción militar como por la
mortandad de enfermedades de más de 620 000 hombres -superior al resto de bajas sufridas
por los estadounidenses en el conjunto de todas sus posteriores acciones bélicas- y el grado
de destrucción y de postración humana y económica posterior tomaron varias décadas para
su reconstrucción. La honda división entre el sur esclavista y el norte industrializado nunca
podrían ser superadas por completo.

En general, las clases gobernantes de Inglaterra, Francia y España se manifestaron


ampliamente favorables a la causa de la Confederación. A los ojos victorianos y los sectores
tories, el Norte constituía una mezcolanza de varias cepas nacionales mientras que el Sur era
de pura raza inglesa, el cual brindaba una suerte de imagen romántica de un pasado que no
había perdido su capacidad de suscitar nostalgias en la industrializada Inglaterra. Una parte
significativa de la intelectualidad británica había tomado partido en favor de los combatientes
sureños. En medida relativamente proporcional un tipo de actitud semejante podía observarse
en la intelectualidad francesa. De gran interés resulta la constatación de la abrumadora
simpatía de las clases medias y trabajadoras inglesas en favor de la causa abolicionista, pese
a las adversas consecuencias provocadas por la escasez de materias primas ocasionadas por
el bloqueo: desempleo, encarecimiento, miseria y continuas restricciones económicas. Si
bien tales efectos podían ser fácilmente atribuidos a las medidas de guerra impuestas por la
Unión, el resultado fue exactamente el opuesto al afianzar su solidaridad como clase con los
sectores fabriles del Norte.
Como tempranamente lo puso de manifiesto el secretario de guerra Simon Cameron en sus
pronunciamientos oficiales, los soldados confederados no solamente eran traidores, sino,
mucho peor, eran traidores tomados con las armas en la mano –es decir, traidores en
flagrancia cuyo tratamiento permitido no era otro que su ejecución ante un escuadrón de
fusilamiento tanto en virtud de la ley marcial como en ausencia de su declaración formal- de
acuerdo con la ley marcial que facultaba al comandante militar a tomar sin dilación tan
categórica determinación. Durante el primer año de la guerra el peso atribuible a las
corrientes diplomáticas internacionales resultó definitivo a la hora de arribar a una definición
favorable al mantenimiento de la distinción entre las categorías de prisionero de guerra y la
de traidor. Fue en el contexto de los relativos éxitos obtenidos por las gestiones de la
Confederación por “internacionalizar el conflicto” que el 1 de julio de 1861 el general George
McClellan convino en procurar para los confederados capturados el tratamiento debido a los
prisioneros de guerra.

Al finalizar el primer año de la guerra, era el propio general Henry Halleck, designado como

28
comandante en jefe quien le explicaba a su alto subordinado que el intercambio de prisioneros
era una política adecuada por cuanto dicho intercambio era “apenas una convención militar”
y que “un prisionero intercambiado bajo las leyes de la guerra no se encuentra por ello
exonerado de ser enjuiciado y castigado como traidor. La traición es un delito civil o público
condenable por los tribunales civiles” 11.12.

En junio de 1862, W.H.C. Whiting preguntó al secretario de Guerra de la Confederación


acerca de la cuestión “si estaba autorizado por la ley de Virginia o de los estados
Confederados para colgar o fusilar mediante corte marcial a las partidas merodeadoras del
enemigo capturadas cuando fuesen sorprendidas secuestrando esclavos”13. La duda recibió
una categórica negación por parte del gobierno federal. Pero los interrogantes e
incertidumbres no se detenían ante casos como estos, sino que también se extendían acerca
del procedimiento a seguir cuando los capturados fueran oficiales de la Unión acusados de
impedir el derecho de propiedad de sus legítimos dueños respecto de sus esclavos.

La profunda sensibilidad de la cuestión acerca de los beligerantes de color se revela tal vez
mejor en su especial dramatismo a través de las inquietudes consignadas por el propio
General en Jefe de los ejércitos Confederados. En agosto de 1862 Robert Lee comunicó al
estado mayor de la Unión su queja de que algunos de los generales pertenecientes a esta
recurrían a la práctica del reclutamiento de negros sureños. Parafraseando los términos
empleados por el mismo presidente Jefferson Davies, sostuvo en su demanda que “el mayor
general Hunter ha procedido a armar esclavos para que asesinen a sus dueños y han hecho
todo cuanto está dentro de su poder para poner en ejecución una guerra de siervos, la cual es
aun peor que la de los salvajes, por cuanto ella añade otros horrores a la indiscriminada
carnicería que no distingue edad, sexo ni condición”. Extrayendo las consecuencias de esta
postura, el Departamento de Guerra de la Confederación en atención a los crímenes y ultrajes
cometidos por los generales unionistas David Hunter y John Phelps fueron declarados “fuera
de la ley”14.

Este tipo de consideración tendiente a favorecer la contención en el tratamiento de los


miembros de las fuerzas adversarias se mantuvo durante casi los dos primeros años de la
guerra, y si bien admitió casos en los que expresamente el cargo de traición prevaleció sobre
la protección del tratamiento propio del prisionero de guerra, la línea prevaleciente fue el
respeto de la vida de los mismos. Ello explica el elevado número de capturados y detenidos
que se alcanzó en ambos lados: 215 000 prisioneros confederados y 185 000 prisioneros
unionistas, cuya dimensión porcentual se encuentra cercana a la mitad de los combatientes
activos.

11
Our prisons system, supposing we had any” Mitchell Reid, pagina 567, en On the road to
total war, Cambridge Univesrity Press, 1997.
12
Ibídem.
13
Ibidem, página 569.
14
Ibidem, página 569.

29
El despliegue diplomático emprendido por ambos contendientes bélicos consumió ingentes
recursos materiales y la asignación de los mejores representantes que era posible escoger
entre industriales, comerciantes y políticos que tenían vínculos con el continente europeo. La
carrera por influir la opinión pública de los respectivos reinos resultaba de crucial
importancia ante la compleja situación geopolítica que podía encontrar una oportunidad
inesperada de debilitamiento del país que al otro lado del océano luego de la guerra
revolucionaria de independencia y la guerra con México había incrementado sus extensiones
territoriales hasta límites insospechados y se proyectaba como una inquietante amenaza para
las potencias tradicionales. El mundo europeo se había decidido por la abolición de la
esclavitud pero continuaba anclado en la antigua política del derecho divino de los reyes
colocándolo en una posición ambivalente frente a la contienda que se libraba en el norte del
hemisferio occidental; bien dispuesto hacia la causa anti-esclavista pero desconfiado de la
vacilante actitud de la Unión que no podía adoptar una política abiertamente abolicionista
ante el riesgo de defección de los tres estados que todavía evaluaban en favor de cuál lado de
la contienda habrían de tomar partido -Kentucky, Missouri, Delaware-, cuya eventual
decisión a favor del Sur equivalía a trocar en su favor la inferioridad en que se encontraba, y
al mismo tiempo inclinado por conducto de sus cabezas reinantes e influyentes consejeros
hacia la nobleza terrateniente y la elitista estructura del Sur. En el caso particular de las
relaciones con Inglaterra, esta era la constelación gravitacional donde habría de jugarse la
variable internacional del conflicto, tanto por el indiscutible liderazgo político y militar del
poderoso régimen colonial de la reina Victoria como por la no menos importante relación de
filiación histórica que vinculaba a ambos países en un panorama donde el advenimiento del
hijo rebelde como potencia emergente en el contexto mundial confería al clima diplomático
entre ambas un carácter decisivo y crucial.

Mientras los desarrollos de la alta política internacional y la diplomacia se plegaban a los


desenvolvimientos bélicos la interacción entre ambos se tornaba cada vez más compleja, de
manera que una victoria militar no bastaba por si sola para traducirse en una victoria
diplomática. No al menos mientras no se tratara de un triunfo militar lo suficientemente
contundente. Para Febrero de 1862 el Norte logró una importante victoria estratégica con la
captura y conquista del puerto de Nueva Orleáns, con lo que consolidaba una línea de
dominación a lo largo del río Mississipi de miles de kilómetros con lo que se cortaba
cualquier posible recurso a los territorios indios occidentales no totalmente incorporados al
país. El responsable de tal éxito fue el general Benjamín Butler, quien como declarado
abolicionista había procedido a las primeras liberaciones de esclavos que caían en su poder.
Insultado y rechiflado por las damas de la ciudad ocupada, Butler amenazó con encerrarlas
en la casa correccional donde habitualmente se recluían las prostitutas; ordenó la ejecución
de un sureño que insultó la bandera de la Unión y confiscó dineros confiados al cónsul
holandés. Jefferson Davies anunció retaliaciones, los polígrafos sureños en Gran Bretaña
hicieron de las medidas una ocasión para denunciar las tácticas del Norte, que equivalían a
la violación de las mujeres de territorios ocupados como la más bárbara de las medidas de
guerra dispuestas en la historia de la civilización, y finalmente, Palmerston, dirigió una

30
volcánica carta al embajador estadounidense Adams, en la que demandaba la dimisión del
general unionista: “es difícil si no imposible expresar el disgusto que para cualquier hombre
honorable despierta la orden del general Butler. Incluso cuando una ciudad es tomada por
asalto es uso común que el comandante de la tropa conquistadora proteja al máximo sus
habitantes y especialmente la parte femenina de ellos; y me aventuro a decir que no puede
encontrarse en la historia de la Naciones Civilizadas hasta la publicación de esta orden, de
un general que a sangre fría cometa un acto tan infame de entregar las mujeres de una ciudad
conquistada a la desenfrenada licencia de una soldadesca sin control. Si el gobierno de la
Unión escoge servirse de hombres capaces de tan repulsivos ultrajes debe someterse al juicio
que tal conducta le merezca a la humanidad”15. El general Butler fue finalmente relevado y
la contenciosa situación que humeaba a enfrentamiento militar una vez más conjurada.

La doble naturaleza, militar y política, de toda confrontación bélica es especialmente patente


en el caso de la derrota sufrida por la Confederación en septiembre de 1862. La
Confederación, de la mano del general Lee, había apostado toda su disponibilidad de hombres
y recursos en una estrategia que permitiera poner definitivamente a salvo de cualquier
incursión su ciudad capital –situada a menos de cien millas de Washington- y a la vez,
proporcionar las condiciones para tomar una disposición netamente ofensiva. Esta decisión
estratégica constituía un arriesgado cambio, cuando no un trastorno de insondables
consecuencias, de la ortodoxia militar pues, contra los cánones admitidos, convertía una
guerra de corte defensivo en una campaña ofensiva, en el marco de unas condiciones de
manifiesta inferioridad numérica y de recursos que aconsejaban, de acuerdo con todos los
precedentes históricos bélicos, una estrategia de defensa. El cálculo tanto de Lee como del
presidente Davis consistía en infligir una serie de derrotas decisivas que produjesen un
debilitamiento en los ánimos y voluntad de los dirigentes políticos de la Unión, al mismo
tiempo que el convencimiento en los líderes europeos de la imposibilidad material y volitiva
de aquella para asegurar el restablecimiento de los Estados Unidos, convirtiendo el
movimiento secesionista en una realidad de facto que precipitaría la búsqueda de un
armisticio acompañado o no, por un reconocimiento de estatalidad a cargo de las potencias
europeas, paso siguiente y obligado, tal como lo estimaba la política exterior de la
Confederación, del ya obtenido reconocimiento de beligerancia. El resonante triunfo militar
obtenido en agosto de 1862 sobre la Unión en la batalla de Bull Run o Manassas pareció
momentáneamente otorgar un espaldarazo definitivo a las apuestas de los confederados. La
desorganización y el caos producido en el gobierno de la Unión y la perplejidad de la opinión
pública constituían la oportunidad ideal para que las gestiones diplomáticas de la
Confederación en suelo europeo condujeran a los mayores logros. La brillantez táctica de la
acción mencionada permitió entonces a Lee determinar la invasión del estado de Maryland
–un border state cuya eventual adhesión a la causa secesionista habría significado el corte de
las comunicaciones hacia el este y consecuente aislamiento de Washington- y la decisión
crucial de cruzar el río Potomac penetrando el territorio de la Unión. Ello suponía la

15
Ridley,ibidem, página 556.

31
necesidad de una campaña veloz que alcanzase resultados rápidamente pues las dificultades
logísticas para el abastecimiento y la extensión de sus líneas hacían extremadamente difícil
el prolongamiento de la acción, ya que además, al presentarse como protector de los
ciudadanos de Maryland el avituallamiento debía procurarse mediante el pago y negociación
con los comerciantes y cultivadores, siendo imposible en la práctica la requisición o
confiscación.
En tales condiciones, la obtención de una victoria militar resultaba urgente, crucial y decisiva
en orden a confirmar una transformación de las expectativas iniciales de la guerra, esto es la
conversión de la parte considerada más débil y obligada a un estrategia defensiva en el
contendor más arriesgado que ahora invadía y colocaba en peligro la propia capital del estado
madre. El punto de inflexión estaba al alcance de la acción táctica y el curso de la misma se
encaminó a producir tal resultado. El hecho de que Lee hubiera emprendido una estrategia
que en tres combates –Bull Run, Manassas, Antietam- costaran la pérdida de cerca de 80000
combatientes confederados, significaba, además, una inflexión definitiva en la correlación de
fuerzas –de una inferioridad táctica de dos a uno, no del todo irremontable, se había pasado
a una fatal e irremediable asimetría de cinco por uno- en detrimento de la Confederación, de
la que ésta no se recobraría jamás.

La inequívoca e inesperada derrota de Antietam supuso la subordinación de las gestiones


diplomáticas y políticas al desnudo acontecer de la contienda armada en una perspectiva de
preponderancia militar cada vez más completa para la Unión. El punto de inflexión de la
guerra civil fue esta batalla librada en el otoño del tercer año de la contienda fratricida. Como
tal no solo divide en dos la secuencia puramente militar sino el que traza la división en el
plano diplomático y político de una contienda que eliminaba gracias a su consumación las
incertidumbres engendradas por las posturas de los estados europeos frente a la posibilidad
de la efectiva división territorial –que se mantenía aún en estado embrionario- producida por
los reveses militares experimentados por la Unión durante su primera etapa o ciclo de
duración.

De allí en adelante la creciente integración de la población negra tanto liberta como sometida
al régimen esclavista en las huestes de la Unión significó la conformación de ejércitos
conformados por una otredad radical y amenazante. La particular interferencia de este
elemento racial y de sangre en la recíproca construcción de la imagen del amigo-enemigo de
los contendientes hasta entonces estimados como hermanos divididos supuso una variación
cualitativa que empezó a poner en cuestión y crisis las líneas divisorias trazadas. El fantasma
turbador de los esclavos asesinando a sus tradicionales y paternales amos blancos
desencadenó un imaginario de la guerra que ya nada tenía que ver con los arquetipos
anteriores. A la reiterada imagen del yanqui presuntuoso, especulador y apasionado fanático
del progreso material enfrentado al sureño caballeroso, romántico y despreciativo del trabajo
manual, se mezcló y sustituyó la atávica figura del intruso racialmente contrapuesto que
amenazaba el ideal y la vida cotidiana tanto desde afuera como potencialmente desde el
adentro más íntimo y preciado. De entre las muchas reacciones que se produjeron en los

32
líderes sureños ante la Proclamación de la Emancipación, quizá una de las más reveladoras
de la profundidad del abismo creado entre los contendientes bélicos y políticos que durante
cerca de dos años se habían combatido dentro de parámetros de relativo mutuo
reconocimiento, sea la de uno de los más importantes jefes militares de la Confederación, el
general Beauregard –graduado de West Point con los mejores lauros académicos-, quien al
referirse al trato debido a los capturados de la Unión que hubiese alentado el alistamiento de
negros, requirió la necesidad de ser tratados levantando en su contra la “bandera negra” y
exigiendo su ejecución mediante la pena de garrote16.

La cesura insondable provocada por la Proclamación de la Abolición puede comprenderse


mejor en sus derivaciones si se compara con el régimen legal al que sustituyó relativo al tema
del contrabando de guerra en el cual se inscribiera hasta ese momento el asunto de los
esclavos. El gobierno de la Unión había establecido al cabo de los primeros meses de la
contienda el denominado Primer Decreto de Confiscación, mediante el cual se autorizaba a
los oficiales federales para confiscar propiedad confederada
Seguidamente, ante el escalamiento del problema el gobierno de Lincoln procedió a la
expedición de lo que se conociera como el Segundo Decreto de Confiscación, mediante el
cual se avanzaba un paso más en la dirección del abolicionismo, pero manteniendo
cuidadosas cautelas, al disponer que los esclavos que tocasen territorio de los estados de la
Unión adquirían o recobraban por esa sola circunstancia su libertad. Esto ya era un golpe en
el corazón del sistema económico al que se “despojaba de invaluables productores a quienes
se prometía la libertad como un acicate para que huyeran”17. El significado estratégico en
términos estrictamente militares de la liberación de los esclavos y de un abolicionismo radical
fue destacado por uno de los personajes decisivos en el curso entero de la guerra: el Mayor
General Henry W. Halleck, quien oficiaba como supremo comandante conjunto de las
Fuerzas de la Unión y tenía una relación muy cercana con el presidente.
Si el conjunto de los esclavos que ingresaron a la condición de ciudadanos de la Unión
terminó por ascender entre al menos 500 000 y un máximo de 700 000 en el curso de la
guerra, puede entenderse la inmensa dimensión de lo que estaba en juego y el punto de no
retorno inducido por la medida final de la liberación de todos los esclavos del territorio
norteamericano.

La intensidad y expansión de la Guerra de Secesión puede fácilmente evidenciarse si se presta


atención a la dimensión cuantitativa presentada por el número de personas capturadas en el
curso de la misma. Los estimativos indican que alrededor de 426 000 miembros de ambos
bandos armados fueron capturados o cayeron en poder del adversario. Esta cifra revela por
si sola la dimensión extrema de la confrontación armada si se tiene en cuenta que la misma
dejó un saldo de aproximadamente 650 000 hombres muertos en los campos de batalla, ya
directamente o como consecuencia de las heridas y enfermedades contraídas con ocasión
suya. Para una población estimada en cerca de diez millones de habitantes la proporción de
bajas como de prisioneros significan un extremo cuantitativo en pocas ocasiones alcanzado

16
Mitchell, Reid Our Prison System, Supposing We Had Any, en On the Road to Total War, Cambridge
University Press, 1997.
17
Ibidem, página 206.

33
en el curso de las guerras interestatales acontecidas en suelo europeo. Indica de manera
inequívoca el nivel de letalidad masiva alcanzada por la guerra tecnológicamente adelantada
con apoyo básico en armas de repetición y desplazamiento a través de líneas ferroviarias de
inmensos contingentes armados.
Pero al mismo tiempo, el tratamiento y las medidas adoptadas en relación con los capturados
indica que en términos generales, al menos en la primera parte de la confrontación y antes
que Lincoln y Grant impusieran el adelantamiento de la guerra total –al menos la primera
puesta en ejecución de una guerra total embrionaria- las costumbres y usos de la guerra
sancionados por la tradición continental de la vieja Europa fueron tratados de llevar a la
práctica, hubo esfuerzos deliberados para propiciar el intercambio de prisioneros, y una
tentativa por proporcionar a los mismos un cierto tratamiento acorde con sus propias
limitaciones y modos alimentarios.

En julio de 1862 las tropas de ambos adversarios protocolizaron un cartel para llevar a cabo
el intercambio de prisioneros, y cómo de manera sistemática se acudió al mecanismo de la
libertad bajo palabra, cuyo empleo se había practicado en numerosas ocasiones al punto de
codificarse su uso tanto en la fracasada Conferencia de Bruselas de 1874 como en las
Convenciones de La Haya de 1899. Se calcula que al menos 16 000 prisioneros de la Unión
fueron dejados en libertad bajo palabra por conducto de los jefes militares de la
Confederación. Si una de las partes tenía un exceso de prisioneros sobre la otra, se les
otorgaba libertad bajo palabra hasta que el número se equiparara y pudiera procederse a la
efectuación del canje.

Sin embargo, este patrón de conducta experimentó una profunda solución de continuidad
luego de la Proclamación de la Emancipación. La negativa de Jefferson Davies y del alto
mando sureño a permitir que oficiales de la Unión que hubiesen dirigido soldados esclavos
pudieran ser objeto de inclusión en los carteles de intercambio fue categórica. Más aún,
dichos oficiales debían ser sometidos en todos los casos a un procedimiento penal de
juzgamiento por apoyar la insurrección y favorecer lo que seguía considerándose un atentado
contra la legítima propiedad sureña. Algunos comandantes y políticos llegaron al extremo de
promover el establecimiento de una política de ejecución de todos los soldados negros caídos
en poder de la Confederación. Las discusiones al respecto estuvieron marcadas por el
asesinato de prisioneros negros ocurridos en Fort Pillow y en Crater, que significaron una
profundización sin precedentes en el abandono de toda contención bélica, pero que no se
convirtieron en precedentes acogidos para ser proseguidos como derroteros de acción.
La instintiva reacción de tratarlos como esclavos fugados fue debatida por las autoridades
militares enemigas. El gobierno de Sur Carolina sostuvo que dichos individuos no eran
esclavos sino que debían ser tratados como delincuentes culpables de violar las leyes estatales
que penalizaban la insurrección, con base en lo cual debían ser devueltos al estado bajo el
principio expuesto por el Congreso de la Confederación de no distinguir entre negros libertos

34
y esclavos. Otra fuente de incertidumbre y discusión se encontraba en el tipo de tratamiento
que debía proporcionarse a los soldados esclavos negros libertos de la Unión. Estos
ciertamente no eran rebeldes, pero las autoridades sureñas se negaron a extraer la conclusión
lógica acerca de su condición de prisioneros de guerra de color. Fue el propio secretario de
guerra de la Confederación, James Seddon, quien intentó resolver de manera pragmática la
cuestión, al decidir que no debían ser ni ejecutados como traidores ni tratados como
prisioneros de guerra, sino sometidos a “duros trabajos”18. De todas maneras, la cuestión de
los soldados negros unionistas caídos en poder de la Confederación continuó deparando un
sinnúmero de dificultades. Pese a su condición racial significaban la posibilidad de hacer
parte de los carteles de prisioneros para su intercambio por prisioneros confederados blancos.
Bajo esta consideración táctica, los altos generales y prominentes políticos del Sur
mantuvieron la necesidad de considerar a dichos esclavos negros como sujetos propios de
intercambio de prisioneros. El propio general Lee lo comunicó en tales términos a Grant y
en las últimas semanas de la guerra, el 8 de febrero de 1865, el congreso de la Confederación,
modificó los decretos anteriores que los declaraban insurrectos. Finalmente, en una de las
tantas paradojas inherentes al mantenimiento de principios de contención bélica, la exigüidad
de los recursos materiales y la disponibilidad de hombres del Sur llevó a que se debatiera la
posibilidad de autorizar el ingreso de población esclava en sus propios ejércitos. Esto
significaba la renuncia completa al principio básico de la institución de la esclavitud y suscitó
virulentos pronunciamientos en su contra por cuanto significaba la renuncia de todo aquello
por lo cual se había combatido y la razón de ser del mismo movimiento secesionista.
La ineluctabilidad de la derrota militar de la Confederación en los ojos de los generales de
Lincoln conllevó un brutal endurecimiento de las condiciones bajo las cuales hasta entonces
se habían conducido sobre el terreno las hostilidades armadas. El razonamiento que alentó la
suspensión tanto del intercambio de prisioneros como el de otorgar libertad bajo palabra no
fue otro que el considerar que ambos procedimientos no producían resultado distinto al de
insuflar renovados ánimos de lucha en el adversario y el simultáneo desaliento provocado en
las propias tropas.

Pero esta actitud asumida por uno de los contrincantes se veía reforzada y justificada a su
turno por la línea de conducta asumida por la Confederación, que adicionalmente enfrentaba
las contradicciones derivadas de la utilización o no de la población esclava negra como parte
de sus fuerzas armadas, al punto que las tardías medidas de otorgarles libertad a cambio de
integrar sus huestes fue vista como la capitulación de los principios que habían servido de
base para la propia declaratoria de secesión.

De manera contradictoria a los propósitos de quienes publicitaron los supuestos horrores


cometidos en las prisiones de la Confederación contra los reclusos de los ejércitos de la
Unión, ante la difusión de las condiciones desastrosas imperantes en los centros de reclusión

18
Ibidem, página 571.

35
situados en territorio de los estados secesionistas como Libby Prison, Belle Isle y
Andersonville, fueron estas las que dieron fuerza y plausibilidad a los reclamos humanitarios
que se hicieron circular acerca de la necesidad de recurrir de nuevo a los intercambios de
prisioneros19.

El tema de los prisioneros de la Unión terminó por convertirse en un asunto de primer orden
en la agenda estratégica gubernamental que desarrolló una verdadera campaña publicitaria
de descrédito de las condiciones imperantes en los centros de reclusión de la Confederación.
Varias agencias suyas, como el “Comité para la conducción de la Guerra”, la “Comisión de
Asuntos Sanitarios” y el propio Departamento de Guerra, emprendieron la edición de reportes
y folletos informativos en los que se describían los supuestos horrores en los términos más
apocalípticos y con la inclusión de los correspondientes daguerrotipos ilustrando las muestras
de bestialidad ejecutadas por los guardianes enemigos. Las publicaciones no se privaron de
extraer la conclusión acerca de la existencia de un “plan determinado que había tenido su
origen en algún lugar dentro de los consejos rebeldes”20.

La terminación de la guerra y el tránsito complejo desde el Bellum al Post Bellum americano


significaron una radical reformulación del conjunto de la vida social, política y cultural de la
nación que se había desangrado en una fatal contienda civil. En términos de las prácticas de
regularización de la guerra hay varios hechos que son de particular relevancia. El proceso de
rendición por parte de la Confederación estuvo liderado por los jefes militares y no por los
prominentes líderes políticos. Incluso mucho más allá de eso, hubo una abismal discrepancia
entre las orientaciones y decisiones de unos y otros. Mientras que el general Lee ordenó una
rendición sin contraprestaciones –que es en el fondo el equivalente de una rendición
incondicional- asumiendo en su persona todas las consecuencias de la misma luego de la
batalla de Appomatox, y al mismo tiempo renunciando a la prosecución de una guerra de
guerrillas contrariando a los múltiples pedidos en ese sentido, el presidente Jefferson Davis,
se opuso tajantemente a la capitulación e hizo cuanto estuvo a su alcance por establecer un
gobierno itinerante que prosiguiera las hostilidades. Las capitulaciones celebradas por los
otros jefes militares de la Confederación, Johnston por ejemplo, no fueron reconocidas en
primera instancia por las autoridades políticas de las que dependía y debieron ser sometidas
a un dilatado proceso hasta su aceptación definitiva. Así mismo, el eventual tratamiento
judicial de los líderes políticos y militares de la Confederación dio paso a una política de
reconstrucción teniendo casi una importancia despreciable el peso otorgado a la persecución
judicial de los rebeldes. En otros términos, la pragmática adopción de una política de amnistía
para los alzados en armas que habían quebrantado la santidad de la Unión americana,
significó en términos prácticos la admisión ex post facto de las premisas y lógicas fundantes
e inherentes al reconocimiento de la beligerancia. Negada durante el transcurso de las

19
The Propaganda Literature of Confederate Prisons, William B. Hesseltine, The Journal of
Southern History, Vol, 1 No. 1 Febrero de 1935 páginas 57-58.
20
Ibidem, página 62.

36
extensas hostilidades y desplegando ofensivas diplomáticas prácticamente inéditas hasta
entonces, el fin de las acciones armadas trajo consigo la casi completa renuncia a las acciones
judiciales.

El elemento racial también jugó un cierto papel en la definición de las conductas que las
partes en conflicto asumieron en relación con el compromiso o el rechazo respecto del
intercambio de prisioneros. Jefferson Davies formuló una violenta proclamación en contra
del general unionista Butler por los actos de brutalidad cometidos por este en Nueva Orleans,
anunciando su radical oposición en contra de efectuar cualquier intercambio de soldados
negros capturados o de oficiales blancos que se hubiesen encontrado al comando de tropas
compuestas por negros. Al parecer, en la práctica no se aplicó esta disposición. De hecho, la
ausencia de voluntad por las autoridades del Sur de incluir en los términos de los acuerdos
de intercambio de prisioneros a los soldados negros –que según ellas habían sido forzados a
ingresar en los cuadros de los ejércitos federales- significó en la práctica un pretexto
inmejorable para el tortuoso manejo del tema por parte de la Federación.

En diciembre de 1863 por conducto del mismo general Butler y el comisionado de la


Confederación, Robert Oald, se reinició el intercambio de prisioneros aunque por un período
muy corto. Prevaleció el criterio impuesto por Grant, en su nueva condición de Jefe Supremo
de todas las tropas de la Unión, de acuerdo con el cual, debido a la superioridad numérica del
Norte, era más conveniente evitar el intercambio de prisioneros, el cual se vio en la práctica
extinguido hasta las postrimerías de la guerra cuando en noviembre de 1864 y febrero de
1865 se verificaron intercambios de prisioneros enfermos a solicitud expresa de la
Confederación. Se trató de un ofrecimiento unilateral o sin contraprestación por parte del
gobierno del Sur, cuya tramitación tardó más de seis meses en llevarse a cabo.

En tal sentido, la opinión sostenida por el propio general Grant es la más reveladora y la que
con mayor nitidez refleja la preponderancia de un cálculo militar sobre cualquier tipo de
consideración de regularización o de humanidad. En la carta dirigida al mencionado general
del Sur, el 18 de agosto de 1864, quedaron consignadas los imperativos de la guerra que el
gran sostenedor y practicante de la estrategia de la rendición incondicional empleó como
raciocinio para impedir la continuación de cualquier tipo de intercambio de prisioneros: “Si
nosotros comenzamos a realizar el sistema de intercambio por medio del cual se liberen todos
los prisioneros que han sido tomados, tendremos que combatir hasta cuando la totalidad del
Sur haya sido exterminada. Si mantenemos a los cautivos, ellos equivaldrán a que no haya

37
más hombres muertos”21.

El endurecimiento de la política de la Unión fue particularmente visible en las medidas


adoptadas en el cuarto año de la guerra –1864- hasta su finalización un año más tarde.
Durante el último diciembre, cuando el resultado de la confrontación era indubitable, excepto
el tiempo que demandaría, y tal vez la única incertidumbre la constituía el tiempo que habría
de demandar la rendición, una curiosa iniciativa para aliviar la suerte de los prisioneros del
Sur provino de asociaciones filantrópicas inglesas, en particular de aquella compuesta por
damas británicas que solicitaron autorización para efectuar la entrega de 85 000 dólares en
beneficio de aquellos. La iniciativa contó con el auspicio del agente diplomático de la Unión
destacado en Londres, Charles Adam Francis, quien adelantó las gestiones a su alcance, pero
las mismas fueron abruptamente interrumpidas por el propio secretario de Estado, Charles
Seward22. Las medidas adoptadas se extendieron a la inclusión de medicinas dentro de las
listas de las mercancías cuyo comercio constituía contrabando de guerra, con lo cual las
condiciones sanitarias y de salubridad de las prisiones del Sur se vieron empeoradas.
Pero sería justamente a partir de 1863, luego de expedido el célebre Código Lieber -en una
concomitancia que aún resta por explorar con mayor profundidad- cuando la estrategia bélica
de la Unión, solidificada por sendas Proclamaciones de Manumisión de esclavos que
tornaban imposible cualquier posible término medio de composición con la Confederación,
y en no menor medida conducida por un presidente que se había convencido de adelantar una
misión sagrada confiada por dios, que la guerra se encaminaría por los derroteros de la
destrucción de las condiciones materiales de los estados del Sur y el hacer aullar a sus
pobladores.
Resulta especialmente ilustrativa la línea de conducta asumida por las autoridades de la
Unión respecto del tratamiento judicial. Inicialmente hubo intentos de procesar a los
principales líderes políticos de la Confederación, pero estos no se materializaron. El
detonante de un esfuerzo más concreto por llevarlos a cabo provino del asesinato del
presidente Lincoln. Pero, finalmente, el único enjuiciamiento iniciado en serio, aunque lejos
de cualquier debida forma procesal, fue el que se realizó contra Henry Wirz, antiguo director
de la prisión de Andersonsville, situada en las cercanías de la vieja capital sureña, contra
quien se reunieron dudosos testigos, escasas pruebas y cargos que nunca fueron debidamente
comprobados. Acusado de complicidad con el presidente Davis y otros prominentes jefes
políticos sureños en el intento de procurar la muerte de 45 000 prisioneros federales y de

21
Editorial del William and Mary College Quaterly Historical Magazine, Major Henry Wirz,
Vol. 27, # 3, Enero de 1919, página 148.
22
Ibidem., página 149.

38
haber causado directamente la muerte de trece prisioneros de nombre desconocido, el juicio
ante una comisión militar concluyó con su condena a muerte. Hoy se reconoce de modo
unánime que se trató de un juicio completamente arbitrario, en el que se ejecutó a un inocente
como chivo expiatorio, en medio de la subsecuente ola de indignación suscitada por el
asesinato del presidente Lincoln.

Pese a todas las corrientes de opinión favorables al enjuiciamiento y condena de los


principales líderes de la Confederación, en especial las dirigidas contra Jefferson Davis, las
políticas y decisiones adoptadas en el período inmediatamente posterior a la guerra se
encaminarían por senderos enteramente distintos a los de la retaliación judicial. El caso de
quien fuera presidente de la Confederación ofrece el mejor ejemplo. Considerado como uno
de los responsables y culpables de la contienda en su conjunto y relacionado con el asesinato
de Lincoln, luego de su captura –disfrazado de mujer– se produjo su encierro en una cárcel
federal a la espera de su enjuiciamiento. Entretanto, el propio presidente Johnson, a cuyo
cargo estuvo la política de Reconstrucción, se vio obligado a enfrentar un dilatado y complejo
proceso de censura (impeachment) por acusaciones de corrupción y extralimitación en sus
funciones, cuya inesperada consecuencia fue la de colocar el esperado proceso de Jefferson
Davis en un segundo lugar. La prolongación y trascendencia de aquel favorecieron la postura
de eximir a Davis de su respectivo enjuiciamiento, de manera que la prolongación de su
detención empezó a ser vista como una injustificada medida gubernamental. La apelación de
una sentencia inicial condenatoria y la espera de su resultado condujeron a la iniciativa de
varios personajes –Fish, Wheleer– de pagar la fianza exigida para su puesta en libertad. La
liberación de Davis fue apreciada como un gesto de reconciliación de significativa
importancia en el post bellum estadounidense.

El crepúsculo de la guerra de Secesión estuvo indisolublemente ligado a la creciente


preponderancia asumida por los generales partidarios de expandir la acción armada por
derroteros no explorados, que se apartaban de la clásica confrontación bélica entre los
cuerpos armados organizados y regulares. Las experiencias bélicas acumuladas en el teatro
occidental de las operaciones que habían permitido, tanto a Grant como a Sherman, adelantar
profundas incursiones en territorio enemigo cortando sus líneas de aprovisionamiento
condujeron a la asunción de lo que se considera como un nuevo tipo de guerra que se

39
encaminó a afectar el conjunto de las colectividades sociales del sur.

Ya no se trató, entonces, de golpear al adversario militar en el clásico enfrentamiento bélico


de los dos cuerpos organizados, sino de afectar la voluntad de la población, de todos los que,
supuestamente con su adhesión al enemigo, alentaban y mantenían la decisión de continuar
la contienda armada, así como de aquellos que con su actividad contribuían a sostener las
bases económicas sobre las que era posible mantener el enfrentamiento. La emergencia y
ascenso de Ulises Grant, William Tecumesh Sherman y Phillip Sheridan como los máximos
jefes militares de los ejércitos de la Unión señalan el punto de transformación de la guerra
clásica decimonónica en una contienda con visos de guerra total, en la que se oponían
mortalmente no solamente dos cuerpos armados, sino dos pueblos que en el pasado habían
compartido una equívoca hermandad de sangre. Las campañas adelantadas por estos dos
últimos de la “Marcha hacia el Mar”, la de Carolina entre 1864 y 1865, así como la de
Virginia en 1864, fueron todas ellas devastadoras incursiones que arrasaron instalaciones,
cultivos, bosques, propiedades privadas y sometieron ciudades como Atlanta a una
implacable ley marcial, que llevaría a su parcial destrucción. Desde entonces, perdida ya la
amenaza del reconocimiento de la beligerancia por alguna de las potencias europeas y
debilitadas las restricciones en la conducción de las hostilidades, la consigna pasó a ser la de
hacer la guerra lo más terrible que fuera posible.

Sherman pudo describir entonces el sentido y naturaleza de este nuevo tipo de confrontación
armada en una inédita retórica de la guerra, cuyos términos dan cuenta de la transformación
ocurrida. Sostuvo en una comunicación dirigida al general Henry Halleck en las navidades
de 1864: “No solamente estamos combatiendo ejércitos hostiles, sino también a un pueblo
hostil, y debemos entonces hacer que los ancianos y los jóvenes, los ricos y los pobres, sientan
la mano implacable de la guerra, tanto como sus ejércitos armados” 23, De manera semejante, Commented [p1]: Añadir referencia.

el pensamiento militar de Sherman había vaticinado dos años atrás que “no podemos cambiar Commented [VAGA2R1]: añadida

los corazones de esta gente del sur, pero podemos hacer tan terrible esta guerra [...] y
conseguir que se enfermen tanto de ella que deban pasar generaciones antes de volver a apelar
a la guerra” La toma de Atlanta fue celebrada como un regalo navideño para el presidente

23
Mark E. Neely Jr., “Was the civil War a Total War?”, On the road to total war, eds. Stig Forster and Jorg
Nagler (Cambridge University Press, 1997), 38-40.

40
Lincoln y, en las propias palabras de Sherman, la campaña había cumplido el objetivo de
hacer que “el estado de Georgia aullara”24.

Sheridan, por su parte, durante la conducción de la campaña de tierra arrasada por el valle de
Shenandoah, que tuvo por objeto despojar de todo recurso a las tropas de la Confederación
devastando los campos, pudo escribir en uno de sus reportes de campaña que

se han destruido dos mil graneros de trigo, heno y herramientas de cultivo; más de
setenta molinos repletos de harina y salvado; más de 4 000 cabezas de ganado se
han sacado del frente del enemigo, y se han sacrificado no menos de 3 000 ovejas
para nuestras tropas25. Commented [p3]: Por favor, añadir referencia.
Commented [VAGA4R3]: ok
Bajo la conducción de estos predicamentos, Sheridan podía sintetizar los resultados de su
acción de la siguiente forma: “Apenas si hemos dejado alguna cosa para hombres o bestias
en más de 90 millas del valle, entre Winchester y Stauton26”

Uno de los más prototípicos generales de esta nueva generación de militares, Sheridan,
participó como observador en la guerra franco prusiana durante el bombardeo de París. Frente
a la ciudad Luz tanto Bismarck como Moltke experimentaron las vacilaciones y dudas ante
la disyuntiva de ordenar un bombardeo generalizado de la ciudad o limitarse a acciones
militares ofensivas restringidas. Tanto el líder militar como el político quedaron
estupefactos, con el parecer expresado por Sheridan como recomendación a sus anfitriones:

la estrategia adecuada consiste en infligir, primero, los golpes más decisivos en lo


posible contra el ejército enemigo, y a continuación, en causar a los habitantes, tanto
sufrimiento que los haga clamar por la paz, y forzar en consecuencia al gobierno
para que la demande. No debe dejarse a la población más que sus ojos para que
lloren sobre la guerra.27

Con esta implacable recomendación, Sheridan no solo resumía su experiencia en la fase final
de la Guerra Civil, sino de manera aún más ejemplar elevaba a dogma internacional su propia
estrategia de guerra contra las comunidades indias de apaches, navajos, dakotas y cheyenes,

24
Ibidem.
25
James M. McPherson, “From Limited War to Total War in America ?”, On the road to total war, eds. Stig
Forster and Jorg Nagler (Cambridge University Press, 1997) 308-309.
26
Ibidem.
27
McPherson “From Limited War to Total War in America?” 308.

41
que como comandante supremo había puesto práctica en más de 500 operaciones que
condujeron prácticamente a su aniquilación.
Este desbordamiento bélico que arrasaba los precarios muros de contención de las prácticas
militares no cabe ser suficientemente entendido sino bajo la asunción de una ideología propia
de guerra santa: la consecución de un fin absolutamente trascendental cuya materialización
en medio de las inciertas circunstancias de las victorias de la Confederación solo podían ser
atribuidas al dedo de la providencia; así lo entendió el propio Lincoln con su honda estatura
puritana cuando se produjo la salvación in extremis de la capital de la Unión expuesta a caer
bajo la brillante conducción estratégica del general Lee. La epifanía casi milenarista terminó
por conferirle a la fase final de la contienda una dimensión de tintes apocalípticos que se
tradujo en la acerada voluntad de destrucción de todos los recursos materiales sobre los que
hasta entonces se había apoyado la capacidad bélica de la Confederación.

Fue en el propio año de 1863 acercándose el tercer invierno de la guerra cuando Lincoln en
adición a los grandes textos políticos y jurídicos proclamados bajo su liderazgo procedió a la
expedición de la Ley de Amnistía y Reconstrucción, en la que se contemplaba la usual
medida de clemencia declarando sin consecuencias penales la participación por parte de los
confederados en la conflagración bélica.
Tanto las rendiciones de Appomatox celebrada entre Ulyses Grant y Robert Lee en 1864 –
pocos días antes del asesinato de Lincoln, como el primer acuerdo de entrega suscrito entre
los generales Sherman y Johnstone, ya bajo el mandato del vicepresidente en funciones
presidenciales, Andrew Johnson, contuvieron fórmulas muy caballerosas y clementes, que
en la práctica equivalían a una fórmula de amnistía a cambio de la entrega personal y de
armamento, concluyendo en una protectora medida de libertad bajo palabra. El alcance del
perdón y la eliminación de las medidas penales tenían que darse forzosamente en el marco
de la situación política de los diversos estados y poblaciones involucrados que todavía no se
habían reintegrado formalmente a la Federación. Buen ejemplo de ello fue la revocatoria del
acuerdo suscrito por Sherman y Johnstone, que incluía en su versión originaria no solo una
cláusula de amnistía sino de integridad de los derechos territoriales, la cual fue juzgada como
inadmisible por el gabinete del recién posesionado vicepresidente.
La selección de Andrew Johnson como fórmula vicepresidencial en las elecciones llevadas a
cabo en medio de la guerra civil, llenas de incertidumbres políticas y legales con medio país
en abierta contienda bélica secesionista, obedeció a la necesidad de contar con una figura
proveniente de la ‘otra parte’ –Johnson era un conocido político de Tennessee inicialmente
partidario de la esclavitud pero progresivamente ganado para la causa abolicionista y el
influjo del propio Lincoln- cuya relevancia en la etapa del post bellum americano ya había
sido avizorada por este último. Casi ignorante de los planes de Lincoln y poco familiarizado
con los entresijos políticos de la capital, el asumir la presidencia constituyó un reto cuya
cumplimentación los historiadores de forma unánime han calificado como deficitaria cuando
no claramente fracasada: los conflictos suscitados con su cuerpo ministerial cuyos integrantes
eran en buena parte funcionarios heredados de Lincoln y sus disputas en el seno del propio
42
partido republicano lo condujeron a un dramático proceso de revocatoria congresional o
impeachment del que consiguió escapar in extremis por un solo voto, con el consecuente
desgaste y no menor desprestigio que su desarrollo supuso para la figura presidencial; por
otra parte su paradójica postura de rendido defensor de los derechos estaduales –que
constituía en la práctica una fuerte talanquera a las propias políticas del ejecutivo federal- y
su abolicionismo moderado –que lo hizo proclive a toda suerte de compromisos y dilaciones
para la efectiva manumisión- imposibilitaron la implementación efectiva y oportuna de la
política de reconstrucción concebida para el Sur. Como resultado de todo ello pues, la
efectiva puesta en práctica por las legislaturas de los anteriores estados secesionistas de los
llamados ‘códigos negros’ bajo cuya jurisdicción se reconocieron derechos de propiedad y
matrimonio a la población de color pero al mismo tiempo se les impidiera el ejercicio de sus
derechos políticos –una suerte de ciudadanía de segunda categoría-, han determinado un
severo juicio por parte de la historiografía estadounidense sobre quien fuera el sucesor del
presidente más popular y cargado de simbología fundacional para el país.
Durante los cuatro años de gobierno de Johnson se expidieron tres sucesivas leyes de amnistía
recorriéndose en ella el arco desde la más extrema de las exclusiones de sus beneficiarios
hasta los bordes de una amnistía total y generalizada.
La tarea del ejecutivo se enfrentó en esta materia a una enconada resistencia por parte de sus
propios copartidarios republicanos, de los sectores partidarios de la abolición dentro de los
estados que paulatinamente iban reintegrándose a la Unión, tanto como de independientes y
demócratas, y no menos a una beligerante prensa que demandaba medidas ejemplares de
castigo contra los traidores sureños causantes de todas las desgracias y efusiones de sangre
en los que el país se había consumido durante los casi cuatro años de la guerra. Las demandas
de castigo se incrementaron de manera exponencial y casi natural mente tras el atentado
mortal al presidente y la supuesta complicidad en el mismo que se le atribuyera al derrotado
presidente de la confederación, Jefferson Davies.
Con diversa intensidad los diferentes gobiernos estaduales habían ido instruyendo
investigaciones y material probatorio para promover los correspondientes enjuiciamientos a
través de tribunales o comisiones militares. El procedimiento había sido puesto a punto con
especial rigor y celeridad en el caso de los involucrados en el asesinato del propio presidente,
cuando por primera vez se ejecutara públicamente a una mujer, la madre de uno de los
responsables. Tan solo en el estado de Tennessee se contaba con 1900 casos de traición y
142 por el cargo de conspiración.; en Maryland se disponía de 25 resoluciones de acusación
y al menos una lista de 4000 nombres de acusados que debían ser procesados por un gran
jurado28. Sin embargo, las voces que clamaban por la aplicación de medidas severas de
justicia fueron prontamente desvaneciendo sus tonos exaltados, en parte, por el reinicio de la
discusión política entre los miembros del congreso al que se habían reintegrado antiguos
parlamentarios secesionistas, y no menos por el influjo que los términos realmente
magnánimos de las rendiciones de Lee había ejercido como tenor del tratamiento de los

28
Blair William and Faster A. Kristen Why didn’t the North Hang some Rebels?The Post-war Debate over
Punishment p. 8, Tennessee University Press 2012.

43
vencidos pero finalmente hermanos.
El primer decreto de amnistía proclamado en mayo 29 de 1865 por la administración Johnson
fue célebre no solo a causa de las famosas catorce exclusiones que contemplaba sino también
por el éxito que obtuviera pese a ellas, como quiera que al menos 15000 individuos
terminaron por acogerse a sus exigencias. Lo considerable de la cifra en términos absolutos
no oculta sin embargo que respecto de la existencia de al menos unos 200000 miembros de
los vencidos ejércitos de la Confederación, esta exigua porción correspondía a mandos
medios interesados en habilitarse una carrera de funcionario o profesional dentro del nuevo
orden político. Los excluidos de la amnistía fueron todos aquellos que hubieran ejercido
cargos oficiales o consulares dentro del gobierno de la Confederación; quienes hubiesen
abandonado cargos judiciales dentro de la Unión para ayudar a la rebelión; los rangos
superiores a coroneles del ejército y tenientes de la armada dentro de la Confederación; los
congresistas que hubiesen tomado partido por la Confederación; quienes hubieren renunciado
o abandonado sus puestos dentro de la Unión;

Tribunal de Núremberg: rechazo de la amnistía en nombre de la humanidad

Enfrentadas como estaban, al término de la Segunda Guerra Mundial a una situación sin
precedentes en el curso de la historia, - la inaudita puesta en marcha de la empresa destrucción
masiva del pueblo judío -, las potencias aliadas vencedoras debieron apelar a un instrumental
jurídico de naturaleza penal internacional que resultaba manifiestamente exiguo frente a la
monstruosidad sobre la que se intentaba impartir justicia.
Orientadas en su acción bajo las premisas de que “la justicia la imparten los vencedores sobre
los vencidos o esta queda a cargo de los vencidos mismos” y la antigua consideración del
derecho de gentes según la cual la falta de justicia envilece aún más a la víctima, fue claro
desde muy temprano la precariedad y los límites que exhibían las normas internacionales de
naturaleza penal vigentes hasta entonces a las cuales pudiera apelarse, tanto de aquellas de
las que pudiera predicarse su naturaleza de derecho consuetudinario.
Sin embargo, las cuatro potencias vencedoras se encontraban en manifiesto desacuerdo sobre
los procedimientos y principios que habrían de aplicarse para la tramitación del castigo de
los principales responsables nazis por las actividades criminales adelantadas antes y durante
las hostilidades. La principal divergencia la constituía sin duda el expedito criterio de
ajusticiamiento sumario e inmediato respecto del cual Stalin se había manifestado
ampliamente partidario, por lo menos hasta la celebración de la Conferencia de Yalta. Dos
condiciones de carácter histórico y cultural resultan cruciales para explicar la posición
adoptada por el máximo líder soviético.
De una parte, por su condición de constituir la Unión Soviética el país que había sufrido el
mayor número de bajas de combatientes regulares y la mayor devastación de amplias
extensiones territoriales, al igual que en su condición de conquistador militar de la zona
oriental del territorio alemán y primera potencia militar en ocupar Berlín, la posición
44
soviética inicial propendía, de manera natural, por acudir al ajusticiamiento de sus enemigos
militares como señal de su superioridad, tanto bélica como ideológica, aparte de saldar con
total contundencia, su actitud previamente contemporizadora con el régimen nacional
socialista que obtuviera su más nítida manifestación en el Pacto de No Agresión germano
soviético previo al estallido de la guerra.
De otra parte, el conjunto del sistema judicial soviético, orientado por los postulados de una
justicia popular y de clase que se aplicaba predominantemente sobre los enemigos de la
revolución y sobre todos aquellos individuos calificados como contrarrevolucionarios, y que
por lo demás, había sido puesto en práctica en las purgas de Moscú durante la década de los
años 30, había conducido con ello al desarrollo de una amplia dependencia y subordinación
suyas respecto de la máxima autoridad política, resultando poco permeable a las sutilezas del
procedimiento judicial convencional de corte occidental y burgués, máxime en una situación
en la cual, la responsabilidad política de los máximos jefes alemanes aparecía
suficientemente clara y sin ningún género de dudas ante el mundo.
De allí entonces, que el ajusticiamiento propugnado por los soviéticos fuese considerado
como el recurso más consecuente con el estado de rendición incondicional al que se había
sometido el Tercer Reich y diera cabal cumplimiento a la superioridad doctrinaria del
socialismo comunista. Adicionalmente, puede encontrarse en la circunstancia de ser la única
potencia vencedora que nunca había ratificado las Convenciones de La Haya de 1907, y que
por lo tanto, no se hallaba obligada a observar los deberes y responsabilidades impuestos a
una fuerza de ocupación, la ausencia de un elemento que hubiese podido favorecer una
postura distinta, análoga a la exhibida por las restantes potencias occidentales.
Lo inaudito de la empresa criminal adelantada por el régimen nacional socialista constituyó
una catástrofe cuya magnitud colocó, y continúa colocando, al sistema jurídico mismo en
toda su complejidad, como construcción cultural - histórica de la humanidad, ante una
situación límite de exceso de barbarie ejecutada con un despliegue técnico instrumental sin
precedentes, y pone sin duda en cuestión su capacidad para dar cuenta, en términos de
justicia, de lo sucedido. Más allá pues del sistema jurídico en sí mismo, es la propia
posibilidad de la justicia la que se enfrenta a una inmensa dificultad cuando se trata de su
aplicación a las magnitudes criminales desencadenadas por la llamada Solución Final que
condujera al holocausto judío.
La pregunta entonces a la que la racionalidad jurídica se enfrentó no fue otra que la de cómo
penalizar toda una gama de conductas cuya realización no contaba con antecedentes
garantizando al mismo tiempo la racionalidad jurídica penal y sus principios fundamentales
de nullum crimen sine lege tanto como el de par in parem imperium non habet. Es decir,
cómo castigar conductas enteramente inéditas en su atrocidad sobre las cuales no existía
legislación preexistente que las tipificara como tales y cómo juzgar a aquellos que habían
actuado en obedecimiento a una política de estado consistente en ejecutar dichas atrocidades.
En realidad, la única tradición regulatoria de prácticas afines a las acontecidas en el curso de
la Segunda Gran Guerra con un contenido sancionatorio, por lo menos nominal, que hasta
entonces gozaba de un cierto nivel de consolidación reconocido por las grandes potencias,
era la perteneciente a las Leyes y Costumbres de la Guerra, cuyos contenidos esenciales
habían ido lentamente sedimentándose en el curso de las numerosas guerras interestatales
escenificadas en suelo europeo y la propia guerra civil norteamericana en los albores de la

45
segunda mitad del siglo XIX. Ciertamente esta tradición no sólo constituía uno de los pilares
del llamado Derecho de Gentes o Jus Gentium sino que, en tanto tal, era aquella que contaba
con mayores desarrollos así como con una interminable serie de antecedentes y casos, cuya
gramática de lo permitido y lo proscrito, se remonta en una línea filiativa muy dilatada hasta
los pactos, treguas, acuerdos sobre prisioneros y amnistías puestas en práctica desde la misma
Antigüedad. De hecho, fue el propio siglo XIX el período durante el cual por vez primera la
práctica internacional en la materia empezó a desarrollar de manera convencional lo que hasta
entonces no había existido más que a nivel de la costumbre.
Un somero rastreo del desarrollo experimentado consuetudinaria y convencionalmente de las
regulaciones aplicables a la guerra permite observar con mayor claridad cuáles eran los
límites conceptuales y jurídicos que producían la insuficiencia estructural de la noción de
crímenes de guerra para responder las terribles realidades que la conflagración mundial había
arrojado con brutalidad a la conciencia del mundo.
Quizá como en ninguna otra área de la realidad material humana para cuya regulación la
normatividad jurídica se propusiera establecer límites entre lo permitido y repudiable, la
pretensión por delimitar la actividad bélica presenta un panorama histórico tan
considerablemente contradictorio y discontinuo. La relación entre la guerra y el derecho es
una relación ambigua y compleja entre dos polos antitéticos cuyas respectivas dinámicas
tendieron a excluirse mutuamente dentro de un desarrollo en el cual mantuvieron, sin
embargo, relaciones de mutua interdependencia e influencia.
La Noción de Humanidad como bien jurídico a proteger.
La radical novedad del crimen de lesa humanidad sólo resulta plenamente apreciable, como
huella singular que en el proceso cultural humano y en la conciencia jurídica universal dejara
el afrontamiento inaugural del tenebroso proyecto de exterminar una parte la misma, si se da
cuenta, aunque sea de modo sumario, del trasfondo histórico respecto del cual se produce su
emergencia.

La irrupción del crimen de lesa humanidad en el firmamento jurídico penal tanto


convencional como consuetudinario constituyó, dentro del profundo movimiento histórico y
cultural que condujera a ello, la aparición de una novedad que tenía pocos o ningún
antecedente de índole propiamente jurídica. Bien por el contrario, el dilatado período del
clasicismo europeo mediante el empleo refinado de las premisas teológicas puestas al
servicio del poder secular que sirvieron de fundamento al conjunto de regulaciones de la
sucesión real y los atributos de soberanía monárquica, en aquello que se conoce como el
Derecho Divino de los Reyes, forjó, en la amplia retorta del poder absolutista, la noción
canónica del crimen de lesa majestad. Fue entonces, el asesinato del Rey aquello que se
erigió como el acto más repudiable y canalla, merecedor en consecuencia del mayor de los
repudios y de la condena más absoluta. Dentro de la arquitectura categorial teológica que
tanto los canonistas medievales como los juristas clásicos pusieron a punto, dentro de una
atmósfera epistémica en la cual éstos últimos provenían de aquéllos o se habían formado en
sus escuelas, la noción del crimen de lesa majestad era ejemplarmente solidaria y coherente

46
con un par de nociones capitales, definitorias del poder real, que se habían configurado
entretanto. Aquella de la condición cuasi divina del monarca, de una parte, y el atributo de
los dos cuerpos del rey o naturaleza dual, de la otra. En un nivel más profundo, hondamente
solidario de las prácticas concretas y materiales en medio de las cuales se ejerciera la
soberanía despótica, esto es, el poder de otorgar o disponer la muerte de sus enemigos o
contradictores, la noción de lesa majestad vino a constituir el correlativo enunciado extremo
del poder de dictaminar la muerte radicado de manera exclusiva y definitoria en cabeza del
monarca. .

En la medida misma en que el monarca soberano era quien ejercía sus atributos de manera
omnímoda, sólo responsable ante dios, y en consecuencia ajeno a cualquier control político,
en una sistemática transferencia de las propiedades mismas de la divinidad -el amplio período
del soberano ungido por Dios- que concentraba en sí mismo todo el poder decisorio en la
impenetrable cámara de su conciencia, la estrategia legitimadora para su apuntalamiento
conceptual e ideológico, pudo encontrar en la descalificación fulminante de quien atentara
contra su vida, la corona prohibitiva que completaba el blindaje de su majestad intocable.
Todo atentado entonces, contra su cuasi sacral figura pasó a constituir el máximo de la
criminalidad posible. Naturalmente, para una época cultural en la que la noción dogmática
de crimen carecía de los rasgos que hoy le confiere el Derecho Penal, sujeta al discrecional
vaivén de las coyunturales necesidades políticas y los caprichos despóticos, el proceso de
erigir el magnicidio o regicidio en crimen de lesa majestatis, se encontraba intensamente
transido por los rasgos propios de la religión y la teología, que lo hacía en realidad
indisociable del pecado, el sacrilegio y la profanación. En buena medida entonces, el crimen
de lesa humanidad constituía, ni más ni menos, un deicidio secularizado y terrenal, una
afrenta insoportable digna de la más fulminante de las aniquilaciones posibles.

De igual manera, en una coherente articulación funcional con el estatuto teológico - político
conferido al monarca, consistente en la doble naturaleza que se le otorgaba como cuerpo
ajeno a la perecibilidad de los mortales al mismo tiempo que como cuerpo material
plenamente humano sometido a efímera duración, - configurando así un modelo de
inteligibilidad que permitía conciliar la perdurabilidad dinástica cuasi divina institucional y
la continuidad de los títulos de dominio territorial y privilegios con los avatares de su muerte-
, la prohibida intervención violenta del regicida sujeto a la máxima condena y su reducción
a condición de enemigo del orden divino, y por tanto, humano, satisfacía dicha doble
condición en una armónica simetría. Al sancionar con la muerte al regicida, medida
compartida con otros delincuentes, y al extirpar como sacrílego a este mismo en su condición
de deicida secular, excepcional en virtud de la singularidad de su acto, dentro de un mismo
movimiento soberano de punición absoluta, la doble naturaleza del monarca sancionaba así
la disminución de su intocabilidad. tanto en aquello que le incumbía como naturaleza
sobrehumana como en aquello que le concernía en su condición plenamente terrena. El
crimen de lesa majestatis pertenecía a un mundo ampliamente regido por una vasta

47
disposición teologal que permeaba aún todo el entramado de las prácticas materiales y
mentales, al interior de las cuales fue posible la emergencia de una noción de naturaleza
criminal mediante la cual se erigía la categoría de un enemigo absoluto, núcleo inicial de un
extenso proceso que conduciría filogenéticamente a la construcción de su correlato
homológico: el crimen de lesa humanidad o crimen contra la humanidad.

En el nivel más profundo constituido por el ejercicio mismo de las potestades soberanas de
las que se hallaba investido el monarca, el rasgo definitorio del absolutismo real lo constituía
el poder de dar muerte a sus adversarios y contrincantes. El soberano era soberano en tanto
disponía del poder de la muerte, como lúcidamente lo ha recordado Michel Foucault, y en tal
sentido, podía ejercer, en dirección inversa y con signo contrario, el derecho de gracia, la
potestad de perdonar como contrapartida perfectamente simétrica de aquél. En esa medida el
regicidio, bien tentado, bien consumado, suponía la desmesura adicional de disputar o
arrogarse el rasgo material definitorio mismo de la soberanía monárquica mediante el
ejercicio de la violencia, precisamente, en la persona y el cuerpo de su exclusivo detentador
y depositario monopólico.

No puede olvidarse, desde luego, que buena parte de los teólogos medievales habían
sostenido de manera insistente la eventual legitimidad del tiranicidio cuando el monarca
desobedecía los mandatos divinos que exigían su subordinación funcional para satisfacer las
necesidades del bien común. Sin embargo, las tesis favorables o legitimadoras del mismo
habían desempeñado la función táctica, históricamente necesaria en una época de
incondicional sumisión del poder secular al poder religioso pero igualmente amenazada de
continuo por la insubordinación de aquél, consistente en recabar y profundizar esa
predominancia del uno sobre el otro. Ello es particularmente claro por cuanto los teólogos
admitían y sustentaban el tiranicidio, mientras que la posibilidad homóloga respecto del
máximo jerarca celestial en la tierra, no resultaba ni siquiera marginalmente concebible. La
admisibilidad dogmática del tiranicidio desempeñaba literalmente el papel de una espada de
Damocles empuñada de continuo por el poder religioso en medio de su disputada
preeminencia contra la naciente autonomía del poder terrenal de las monarquías en trance de
absolutizarse y nacionalizarse. En el proceso de secularización que se llevara a cabo y que
terminara consolidándose en los comienzos mismos de la Modernidad, el deslinde finalmente
obtenido entre ambas esferas del poder con la consiguiente circunscripción recíproca de sus
competencias tornaba superflua la noción del tiranicidio, y de allí que en el curso de dicho
proceso las tesis tiranicidas cayeran de modo progresivo en desuso y perdieran su anterior
relevancia teórica en tanto herramienta estratégica de afirmación del poder eclesiástico.
Es necesario referirse al conjunto de disposiciones normativas alusivas de una manera u otra
a la noción de humanidad como víctima de atrocidades, las cuales fueron el resultado de la
Primera Guerra Mundial y en cuyo tenor se materializara diversos tratados y declaraciones
que formalizaron la rendición de los Imperios Alemán y Otomano y las decisiones políticas
de los países vencedores en su intento de definir el nuevo orden internacional resultante.
48
Las pesquisas investigativas concernientes a este punto coinciden, de manera más o menos
unánime, en constatar como primer antecedente propiamente normativo respecto de la
utilización del concepto de “humanidad” a modo de límite absoluto para el arbitrio autónomo
de las acciones de la guerra, y en consonancia suya la atribución de una reprensión universal
a tales conductas desbordadas, la Declaración de San Petesburgo de 1868, mediante la cual
se intentara poner en vigencia la prohibición del empleo como artefacto de guerra, de las
balas con peso inferior a 400 gramos susceptibles de desintegrarse en el interior del cuerpo.
El gestor conceptual y jurídico de tal noción fue Fiodor Fiodorovivh Martens, jurista y
consejero diplomático del imperio zarista ruso, autor de un opúsculo titulado “La Paz y la
Guerra”, que gozara de cierta popularidad en su época, y quien además de constituirse en el
líder teórico de la Conferencia, perpetuara su nombre mediante el concepto acuñado que en
su honor, se denomina desde entonces, “cláusula Martens”. En su condición de asesor del
gobierno imperial convocante de la celebración de esta Conferencia, prístino fruto de las
corrientes liberales europeizantes que el régimen de Alejandro III intentara diseminar en su
país, en franca oposición a las corrientes eslavófilas que propugnaban una revaloración de
las tradiciones ortodoxas y la búsqueda de un sendero muy particular para el despliegue
espiritual y material del alma rusa, Martens dispuso de todas las condiciones para dejar su
impronta de muy duradera manera.. Esta inclusión originaria de la humanidad como límite
de la acción bélica se encuentra revestida de características no exentas de paradojas, que
revelan, ab initio, el profundo emparentamiento entre guerra y orden humano, señalando el
influjo generador de la guerra para el surgimiento de nociones de profundo contenido
humanitario. De una parte, es muy significativo que este antecedente primerizo e inaugural
tuviera como espacio de emergencia, justamente, un acuerdo internacional de carácter
típicamente militar y altamente especializado. Frente a un desenfrenado desarrollo
armamentista que no había cesado de refinarse lúgubremente, es en el corazón mismo de su
ascensión que intenta construirse la noción de lo humano como un límite de contención
infranqueable. De modo casi dramático, la apelación a la humanidad se produce al lado y
como consecuencia de una determinada técnica de matar acompañada de particular
sufrimiento y dolor. De otra parte, el recurso último a la humanidad no se efectúa en nombre
de una condena absoluta a la destrucción física de sus propios integrantes, sino en términos
de una relativamente modesta circunscripción de los medios aniquilatorios dirigidos en su
contra. Por último, y de manera particularmente característica de lo que habrá de ser su
desarrollo posterior, el talante prospectivo y abierto de la disposición apunta a un horizonte
de progreso futuro del género humano que perfeccionaría el sistema de prohibiciones tan
precario en ese momento. Es pues en los márgenes mismos de las técnicas de destrucción
bélica que el valor de lo humano irrumpe no para oponerse al núcleo de la destrucción sino
para acotar los extramuros de su capacidad destructora.

La cláusula Martens fue objeto de reiteración cuasi literal en todos los posteriores
instrumentos internacionales encaminados tanto a la limitación de los medios y métodos de
combate como al otorgamiento de un trato humanitario para las víctimas de las contiendas
armadas. En efecto, las Convenciones de La Haya de 1899 y 1907, ésta última en la IV

49
Regulación anexa, la reproducen literalmente. De igual manera, hace parte de cada uno de
los Cuatro Convenios de Ginebra del 12 de agosto de 1949, en sus artículos …., así como de
sus Protocolos Adicionales I y II, en su artículo primero y el preámbulo, respectivamente.
En la Conferencia Preliminar de Paz celebrada en enero de 1919 se decidió la creación de
una Comisión de quince miembros con el propósito de determinar las responsabilidades
derivadas de la guerra. En particular, la Comisión recibió el encargo de investigar e informar
sobre “los hechos constitutivos de infracciones de las leyes y costumbres de la guerra
cometidos por las fuerzas del Imperio Alemán y sus Aliados en tierra, mar y aire”. El informe,
presentado el 29 de marzo del mismo año, establecía que “a pesar de regulaciones explícitas
y costumbres establecidas y de claros dictados de humanidad, Alemania y sus Aliados
habían acumulado atropello sobre atropello”.

Las exclusiones e inclusiones estratégicas de la noción de Crimen de Lesa Humanidad

Como resultado de este trasfondo la versión definitiva del texto contentivo del Estatuto del
Tribunal de Núremberg consagró en su artículo 6º literal c la noción de crímenes de lesa
humanidad, como fórmula de solución a las limitaciones que la categoría general de crímenes
de guerra exhibiera. Estas limitaciones o ámbitos de cobertura restringida pueden sintetizarse
de la siguiente manera:

Los crímenes de guerra no podían dar cuenta de numerosas conductas que se habían cometido
con anterioridad al inicio de la conflagración y que constituyeron elementos preparatorios
definitivos para las políticas de persecución y exterminio racial puestas en marcha durante
su transcurso. En tanto el inicio de la guerra estaba sometido consuetudinaria y
convencionalmente a una declaratoria formal ante los gobiernos de los países que iban a ser
objeto de la misma por parte del Estado que la emprendía, tal como de hecho lo realizara el
gobierno alemán, quedaba en manos de la Potencia Beligerante la determinación temporal
del inicio de las hostilidades, encuadrándose los actos o conductas susceptibles de configurar
crímenes de guerra, entre dicho acto de derecho internacional y la fecha de rendición. Esta
limitación cronológica aparecía pues como un escollo insalvable en la búsqueda de impartir
justicia a toda una serie de actos cometidos previamente. Independientemente del curso
específico que habrían de seguir los procesos tanto ante el Tribunal de Núremberg como ante
los tribunales puestos a punto en las zonas controladas por Estados Unidos, Inglaterra y
Francia mediante la Ley 10º de Control Aliado, la introducción de la categoría de crímenes
de lesa humanidad se acompañó de una explícita referencia a que su ocurrencia podía haber
acontecido tanto en tiempos de paz como de guerra, resolviéndose así la restricción materia
temporis a su ámbito material de aplicación.
Una segunda limitación se refería en concreto al ámbito rationae materiae que circunscribía
la categoría de crimen de guerra, cuya comisión sólo podía válidamente predicarse de la

50
población civil que fuera parte del Estado o Potencia Beligerante ocupado. En tanto las leyes
y costumbres de la guerra se edificaban sobre las premisas de guerras internacionales e
interestatales entabladas contra los ejércitos y fuerzas armadas de los estados comprometidos,
sus prohibiciones tenían como sujeto protegido a la población no del propio Estado sino a la
población del Estado enemigo. Esta inequívoca condición de interestatalidad afianzaba el
postulado implícito para el Derecho Clásico de la Guerra una población no podía ser objeto
de agresión por el propio Estado del cual era nacional.
En la práctica, la limitación ratione materiae de la aplicabilidad de los crímenes de guerra
fundada en la noción de nacionalidad igual respecto de la Potencia Beligerante fue objeto de
una considerable ampliación mediante el instituto de la alianza militar. La Potencia
Beligerante o país aliado de una de las partes en la conflagración convertía automáticamente
a la población civil nacional en población parte los países militarmente aliados, y como tal,
no sujeta a la condición de población civil perteneciente al enemigo, con lo cual, al ámbito
de protección de las leyes y costumbres de la guerra no podía cubrirla. Esto fue de hecho lo
que ocurrió con un país como Hungría, que bajo la dictadura de Horty pactó una alianza
militar con Alemania y adelantó una vasta política de persecución y exterminio a la población
judía. Igual cosa sucedió con Italia, si bien en este último la eficacia de la persecución fue
bastante menor.
Igualmente, por su raigambre clásica de regulación en la conducción de la guerra por los
Estados y sus respectivas poblaciones nacionales ocupadas, las leyes y costumbres de la
guerra se fundamentaban en una noción de población igual e idéntica a la de población
nacional, es decir, aquella a la que se consideraba perteneciente al Estado Nación, bien por
condición del lugar de nacimiento - jus solis - de descendencia - jus sanguinis - o por una
mezcla de ambas. Como quiera que el régimen nazi había puesto a punto una política masiva
y a gran escala de privación de la nacionalidad alemana a millares de judíos alemanes tanto
como de privación de la misma para los judíos súbditos de los países ocupados, todos ellos
en su condición de apátridas venían a quedar igualmente por fuera de los presupuestos de
regulación de las Convenciones de la Haya.
Los crímenes de lesa humanidad cumplieron además una función diferencial respecto de los
crímenes de guerra, que sin lugar a dudas desempeñó un papel capital en su génesis, mediante
la cual buscaba conjurarse el argumento de reciprocidad o quid pro quo que hubiera podido
endilgarse a numerosos actos cometidos por las potencias vencedoras en el curso de la
confrontación bélica, los cuales constituían, sin mayor género de duda, crímenes de guerra.
Actos típicamente prohibidos como los bombardeos masivos de numerosas ciudades
alemanes sin finalidad ninguna para la obtención de ventajas militares que produjeron
devastadores efectos sobre los civiles (Dresden) en el crepúsculo de la guerra, ejecuciones
masivas de poblaciones por las fuerzas soviéticas (la tristemente célebre ejecución
extrajudicial masiva de Yatsin inicialmente atribuida a los alemanes pero que después se
reveló su autoría por parte de las tropas soviéticas), al igual que el empleo por los Estados
Unidos de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki, sin olvidar la propia agresión
militar soviética contra Finlandia, ofrecían una inocultable semejanza con los crímenes que
iban a ser juzgados y suscitaban demasiado directamente el interrogante sobre su ausencia de
51
juzgamiento para aquellos países que agenciaban su proceso judicial en los vencidos. A este
reproche de capital envergadura política y jurídica cuyas repercusiones podían arrojar un
cuestionamiento difícilmente rebatible, podía escaparse con bastante claridad mediante la
apelación a este tipo de nuevas conductas consideradas bajo la naciente categoría de delitos
de lesa humanidad.
Finalmente, la noción de crimen de lesa humanidad suponía a su vez un problema filosófico
de fondo, cual fuera, la correlativa construcción de un sujeto jurídico que pudiera constituir
un hostis generi humanis como enemigo de la humanidad en su conjunto. Los únicos
antecedentes en este punto resultaban de poca utilidad como quiera que en la tradición del
Derecho Internacional Público el único sujeto que podía corresponder a esta noción no era
otro que el pirata. Objeto de severa y unánime proscripción durante la consolidación de los
imperios marítimos europeos en el transcurso de los siglos XVIII y XIX la condición de
enemigo internacional del pirata estuvo directamente vinculada a la naturaleza jurídica de
aguas internacionales abiertas sin restricción al tráfico marítimo que se le otorgara a las zonas
de alta mar. En consecuencia, el pirata fue enemigo internacional por su ubicación ya no
geográfica sino oceanográfica que otorgaba a su accionar una condición cuasi automática de
internacionalidad. Por ello mismo resultaba controvertible su pertinencia como antecedente,
pero era la única noción en este sentido a la que podía remitirse, y que por la misma
impropiedad de su condición de antecedente revela una vez más la profunda novedad del
nuevo concepto de enemigo del género humano.

En el fondo, la noción misma de crimen de lesa humanidad revela suficientemente la decisiva


influencia ejercida por el ámbito categorial bélico sobre la órbita de aquello que hoy tiende
a presentarse de manera maximal como ajeno por estructura y vocación a las lógicas y
categorías de la guerra.
Es el enemigo el destinatario fundamental de la protección perseguida y sobre quien ésta se
circunscribe, de manera que por un efecto de reciprocidad buscada como finalidad
justificativa, ya sea de índole fáctica, tácita, expresa en virtud de acuerdo, los propios
miembros de la fuerza militar protagonista de la contienda, en la medida misma en que el
tratamiento proporcionado por éstos a sus rivales los conduzca a tratar de modo análogo a
sus adversarios. De manera inveterada y constante desde entonces, las prescripciones
protectoras se encaminarán a la custodia del adversario para que éste a su vez proteja al suyo.
La lógica de la oposición binaria de la guerra clásica excluía, casi que por definición, la
posibilidad misma de que al interior de uno de los bandos o segmentos contendientes
enfrentados pudiera presentarse la circunstancia de que estos dirigieran sus acciones hostiles
contra sus propios integrantes o contra las personas civiles, en representación o a nombre de
las cuales, ellos combaten.
Producto de una lógica adversarial que oponía simétricamente a rivales protagónicos entre
quienes, precisamente, podía desencadenarse un tratamiento inhumano alentado por una
hostilidad sin límites, el Derecho de la Guerra los hizo sujetos suyos privilegiados y
excluyentes. Es en el ámbito limitado de esta direccionalidad en un solo sentido y todos
52
aquellos quienes por virtud suya quedan excluidos que habrán de fraguarse los intentos por
superarla mediante la emergencia o creación de la noción de crímenes de lesa humanidad.
El desarrollo dogmático, tanto teórico como político de aquello que vendría finalmente a
constituir el núcleo de los crímenes contra la humanidad constituye un extenso y sinuoso
recorrido de consideraciones formuladas en primer término por las instancias de poder de las
potencias aliadas, y en segundo término, por los juristas designados en representación suya
para poner a punto la enunciación propiamente legal, cuya característica principal consistiera
en las dificultades y eventuales contrasentidos doctrinarios en los que se podía incurrir en el
proceso mismo de su definición y caracterización.
Desde comienzos de 1945, y aún antes, empiezan a manifestarse las primeras preocupaciones
en relación con la especial particularidad y singularidad de las persecuciones llevadas a cabo
por el régimen nacional socialista contra sus propios ciudadanos cuya ineditez difícilmente
resultaba cubierta por las nociones tradicionales de los crímenes de guerra. El
pronunciamiento del subsecretario de Estado de los Estados Unidos, Grew, presentado el 1º
de febrero de dicho año ante el Departamento de Estado llama la atención sobre la necesidad
para “el castigo de la amplia totalidad de la empresa criminal, incluidos los crímenes
cometidos en cualquier parte contra … elementos de minorías, judíos y otros grupos, e
individuos”(citado por Egon Schwelb página 142). En la comunicación producida por la
Cámara de los Comunes el 4 de octubre de 1944 en respuesta a los interrogantes alusivos a
los nombres de aquellos responsables por la comisión de crímenes contra alemanes
demócratas y opositores al régimen nazi, como el asesinato de 7000 internos en el campo de
concentración de Buchenwald, que debía ser adicionada a la lista de criminales de guerra, el
secretario de Asuntos Extranjeros sostuvo que los “crímenes cometidos por alemanes contra
alemanes, si bien son reprensibles, constituyen una categoría diferente de los crímenes de
guerra y no pueden ser tratados bajo el mismo procedimiento. El Gobierno de su Majestad
ha tomado en consideración esta materia”. (ibídem) Por su parte, el primer ministro británico,
Eden, en respuesta a la cuestión de si el asesinato cometido en Alemania de opositores al
régimen nazi era tan criminal como el asesinato de opositores en otras partes, afirmó: “No
trato de medir el grado de repudio para ninguno de estos hechos; todo cuanto sostengo es que
no se trata de un crimen de guerra en el sentido de los otros crímenes que han sido cometidos,
y deberán encontrarse otros medios para tratar con ellos”. Seguidamente, el 31 de enero de
1945, ante la Cámara de los Comunes, el ministro de Estado, Richard Law, se pronunció de
nuevo sobre esta cuestión en los siguientes términos: “Crímenes cometidos por alemanes
contra alemanes constituyen una categoría diferente de los crímenes de guerra y no pueden
ser tratados bajo el mismo procedimiento. Sin embargo, a pesar de esto, puedo asegurar que
el Gobierno de su Majestad habrá de hacer todo cuanto sea posible para que estos crímenes
no queden en la impunidad. Es propósito del Gobierno de su Majestad que las autoridades en
la Alemania de la post - guerra impongan a los perpetradores de estos crímenes el castigo
que ellos se merecen”.
La concreción de tipos incriminatorios por conductas lesivas contra la humanidad se produjo
finalmente en una de las disposiciones integrantes del Estatuto del Tribunal de Núremberg
expedido el 8 de agosto de 1945 como documento anexo al Acuerdo para la Persecución y
Castigo de los Mayores Criminales de Guerra del Eje Europeo (Acuerdo de Londres), con la
finalidad exclusiva de servir como título legal de jurisdicción y competencia para los
enjuiciamientos a adelantarse contra los criminales de guerra nazis.

53
Quizá no exista ninguna otra norma legal en la historia del Derecho que ofrezca un conjunto
de circunstancias tan teñidas de azar, misterio e incongruencias como las que se presentaron
en la génesis de este breve enunciado de treinta y dos palabras, que a su manera, resume la
conciencia jurídica humana y cristaliza la reacción frente a una de las mayores catástrofes de
la propia especie. Aún hoy, a más de medio siglo de distancia temporal, continúa sumida en
una especie de penumbra impenetrable respecto de su autoría precisa y sobre las líneas
conceptuales empleadas para imprimirle su formulación definitiva. Dentro de las urgentes
negociaciones estratégicas adelantadas por los líderes políticos de las naciones vencedoras son
pocos los indicios que pueden arrojar luces sobre el alcance específico de la norma. Dentro
del conjunto de contactos y aproximaciones sostenidas por los consejeros y asesores políticos
de los jefes de Estado, resulta exigua la información disponible, mientras que la referencias y
explicaciones ex post por parte de quienes presumiblemente participaron en las cruciales
consultas en el curso de las cuales se concibiera y redactara el tenor expreso de la disposición,
no son sólo parciales e incompletas, sino decididamente elusivas.
Se sabe que los juristas Hersh Lauterpacht de la Gran Bretaña, quien después obtendría el
título de caballero del reino, y el jurista norteamericano Jackson, quien inmediatamente
pasaría a ocupar el cargo de Fiscal Principal en los juicios llevados a cabo en Núremberg,
desempeñaron un papel preponderante en el trabajo concreto de redacción de la norma. Ello
significa que fue dentro de la lógica del sistema anglosajón en donde de manera prioritaria se
gestara definitivamente el marco inicial de alcance y aplicación del crimen de lesa humanidad.
Tras una reunión sostenida a comienzos de 1945 el texto del Estatuto del Tribunal Militar de
Núremberg recibió su versión final. El famoso artículo es del siguiente tenor:

Crímenes Contra la Humanidad: a saber, asesinato, exterminio,


esclavitud, deportación, y otros actos inhumanos cometidos
contra cualquier población civil, antes o durante la guerra, o persecuciones
por motivos políticos, raciales o religiosos en ejecución de o en conexión con
cualquier crimen dentro de la jurisdicción del Tribunal, ya sea en violación o
no de la legislación nacional del país donde fueron perpetrados.

A pesar de su aparente claridad meramente textual, la redacción transcrita fue objeto desde su
formulación misma de encendidos debates propiciados por la discrepancia sintáctica que
exhibieron sus diferentes versiones en los idiomas a los que fuera vertido. De inmediato se
percibió una discordancia entre la versión en ruso y las versiones en inglés y francés. Mientras
en aquella el signo de separación empleado entre la palabra “guerra” y la preposición “o” era
una coma, en éstas, figuraba como signo separador un punto y coma. Con seguridad ningún
texto legal en la historia de los instrumentos jurídicos internacionales haya provocado en
virtud de tan mínima variación textual una discusión formal y conceptual tan profunda y
extensa en resonancias, tanto simultáneas a su detección como posteriores a la misma. Como
quiera que las tres versiones ostentaban un mismo estatuto de validez y autenticidad, los
delegatarios soviéticos, en un rápido y urgente intercambio de notas aclaratorias, pusieron de

54
presente la imperiosa necesidad de uniformizar el texto haciendo prevalecer la puntuación
contenida en la versión rusa.
Pese a que se trataba de una sola versión en oposición a dos versiones coincidentes entre sí, la
opinión soviética al respecto fue la que finalmente se impuso, y el texto definitivo se
homologó mediante la adopción de una coma en las tres versiones como signo de puntuación
definitivo. Por su parte la eliminación del punto y coma, es decir, la supresión del punto
constitutivo de aquella, significaba una profunda modificación conceptual de la noción misma
del crimen de lesa humanidad. En efecto, en lugar de tener una clara y tajante distinción entre
el primer segmento de crímenes constitutivos de esta categoría, - asesinato, exterminio,
esclavitud, deportación y otros actos inhumanos - y los del segundo, - persecución -, se tuvo
como consecuencia de la coma, una sola e indivisa categoría, a la que resultaban aplicables en
un todo los requerimientos señalados en el artículo respecto de la persecución. La necesidad
de que uno cualquiera de los crímenes enumerados obedeciera a motivos raciales, políticos o
religiosos, de una parte, y de la otra, la exigencia de que al mismo tiempo estuvieran en
conexión mediata e inmediata con cualquiera de los otros crímenes contemplados en el
Estatuto de Núremberg - crímenes de guerra y crímenes contra la paz-, que una lectura
desprevenida del texto sugeriría como elementos adicionales respecto tan solo de la
persecución, se vio convertida en premisa de integración para todos ellos en conjunto.
De esta manera, el crimen de lesa humanidad como categoría criminal se vio subordinado en
su condición de conducta de medio o instrumental para la comisión de otros crímenes, y se
complejizó adicionalmente al requerirse que su comisión obedeciera o estuviera presidida por
un elemento de discriminación fundado en razones de naturaleza política, racial o religiosa.
De haberse mantenido por el contrario, el punto y coma, dichos elementos complementarios
e imprescindibles para la integración del tipo penal, habrían sido predicables únicamente
respecto del crimen de persecución, más no respecto del primer segmento del artículo, dándose
así cuenta de manera coherente con la distinta calidad de unos y otros. Con este desenlace
redaccional de índole más bien secretarial, y bajo el interrogante irresuelto y difícilmente
desentrañable acerca de los móviles de los delegados soviéticos, el crimen de lesa humanidad
terminó recibiendo un tratamiento perfectamente fiel de su proceso particular de génesis a
partir de la noción de crímenes de guerra y de las dificultades conceptuales y prácticas para
su consolidación como categoría autónoma. De manera perfectamente premonitoria, el gran
debate conceptual durante medio siglo a partir de entonces habrá de girar justamente en torno
a los efectos derivados de esta modificación del signo de puntuación. El requerimiento del
elemento discriminatorio tanto como la exigencia de su vinculación con los crímenes de
guerra, y a fortiori, con la existencia de un conflicto armado o una situación de guerra, habrán
de ser, justamente, los dos temas más debatidos en la práctica internacional hasta el corazón
mismo de las definiciones asumidas en los respectivos estatutos de los Tribunales para la
antigua Yugoslavia y Ruanda.

Sin embargo, por suficientemente densa que pueda considerarse esta serie de tensiones
ideológicas, entrecruzamientos político-estratégicos y problemas de pura conceptualización
jurídica, hay aún más elementos que se dieron cita para ahondar más las dificultades. Para los
fiscales, jueces y abogados que intervinieron en los procesos de Nuremberg constituyó una
dificultad adicional, casi un obstáculo insuperable, el elemento de conexidad incluido en la

55
última frase del artículo fundacional de los crímenes de lesa humanidad. La interrogación
lacerante al respecto no ha dejado de ser desde entonces, la indagación acerca de la razón por
la que habiéndose satisfecho tantas limitaciones como desarrollos impredecibles de las
modalidades criminales escenificadas en el contexto de la aniquilación de los judíos, por qué
habrían de trastocarse los términos desarrollados en esta invención normativa reintroduciendo
la dependencia histórica y estructural de las otras categorías criminales. El porqué de ese
avance y retroceso simultáneos excede desde luego el ámbito de los elementos puestos en
juego para el debate en torno a la asimilación entre los crímenes de resultado y de medio
provocada por el deslizamiento de una discrepancia gramatical de puntuación. Su trasfondo
no fue otro que la necesidad de evitar eventuales contaminaciones situacionales.

El segundo instrumento legal internacional que estableciera una definición o catálogo de las
conductas constitutivas de estos crímenes vino a ser la Ley 10 de Control Aliado, mediante la
cual se constituyeron los tribunales que habrían de administrar las potencias aliadas ocupantes
del territorio alemán en su tarea de proseguir los juicios de Nuremberg, esta vez dentro de sus
correspondientes zonas de control.

Uno de los motivos determinantes para que el tema de la prescripción fuera objeto de
atención a nivel internacional lo constituyó, sin duda, la circunstancia temporal de que
habiendo transcurrido más de veinte años desde la fecha de terminación de la Segunda
Guerra Mundial, muchas de las legislaciones penales internas nacionales que contemplaban
términos de prescripción treintenarios y veintenarios, se encontraban relativamente
próximas a la imposibilidad procesal de investigar y perseguir a antiguos criminales nazis
que hubieren buscado refugio en sus respectivos territorios. Ante los tribunales alemanes,
por ejemplo, se hallaban todavía pendientes cerca de 20 000 casos de los 77 044 en los
cuales se habían iniciado investigaciones, sin hablar de los procesos emprendidos por las
jurisdicciones nacionales de otros países como Polonia, Grecia, Holanda y Checoslovaquia.
La amenaza pues, de que como consecuencia de la aplicación de términos de prescripción
extintivos numerosos criminales quedasen sin castigo, operó como catalizador para que la
comunidad internacional decidiera intervenir promoviendo una tentativa para la supresión
de los mismos y dejando abierta así la posibilidad de futuras investigaciones en distintos
países. La completa desproporción entre los términos prescriptivos internos inscritos en
codificaciones penales que no contemplaban la tipificación de estos graves crímenes y la
inusitada magnitud de las conductas que habían sido estatuidas en Nurenberg constituyó el
telón de fondo para las iniciativas que llevaran a la realización de la conferencia
diplomática de la cual surgiera la Convención sobre Imprescriptibilidad, cuya ratificación
por parte del Estado colombiano ha sido propuesta mediante iniciativa de ley presentada
por la Cancillería ante la Comisión II del Senado y cuyo primer debate en el seno de esta
fuera surtido aprobatoriamente sin ningún voto en contra.

La chispa desencadenadora del proceso que condujo a la convocatoria de los trabajos


preparatorios para la Conferencia Diplomática fue proporcionada por la solicitud formulada
en nombre del gobierno polaco en el sentido de advertir que la legislación penal alemana

56
bajo la cual se surtían los numerosos procesos contra criminales nacional socialistas corría
el peligro de dejar en la total impunidad a los múltiples autores contra los que aún no se
había iniciado persecución, en razón a que el término de prescripción extintivo
contemplado en materia penal habría de cumplirse inexorablemente hacia finales de 1969.
El interés de Polonia era apenas obvio si se tiene en cuenta que el mayor número de
población judía antes de la guerra se encontraba en su territorio. De hecho, mediante una
ley aprobada en 1965 la República Federal de Alemania había dispuesto en relación con los
procesos adelantados y por adelantarse contra criminales de guerra, que para estos efectos,
el período comprendido entre el 8 de mayo de 1945 y el 31 de diciembre de 1949 no se
tomara en cuenta, a fin de contabilizar el término de prescripción, con lo cual este retrasaba
su cumplimiento hasta el 31 de diciembre de 1969. La propuesta fue tomada
inmediatamente en consideración por la Asamblea General de la ONU y esta dispuso el
inicio de los trabajos preparatorios a partir de 1966. Como quedara evidenciado en el curso
de los debates, el motivo originario volvió a ser esgrimido en varias oportunidades como
una suerte de reproche en contra de Alemania, lo que motivó la protesta de los países
occidentales europeos. Desde sus inicios mismos el proceso estuvo marcado por un elevado
grado de antagonismo político surtido en primera instancia entre los países del bloque
socialista y los europeos occidentales, que exhibiría posteriormente otros alinderamientos
igualmente pugnaces en diversos niveles y sobre diversos tópicos.

Los debates que se adelantaron durante los trabajos preparatorios de la mencionada


Convención resultan ilustrativos acerca de las tendencias divergentes mostradas por los
países participantes en torno a la definición misma de crímenes de lesa humanidad y los
problemas de orden doctrinario que culminarían en un relativamente muy bajo estándar de
aceptación de los principios en ella contenidos.
Los avatares de la Imprescriptibilidad
Uno de los motivos determinantes para que el tema de la prescripción fuera objeto de
atención a nivel internacional lo constituyó, sin duda, la circunstancia temporal de que
habiendo transcurrido más de veinte años desde la fecha de terminación de la Segunda
Guerra Mundial, muchas de las legislaciones penales internas nacionales que contemplaban
términos de prescripción treintenarios y veintenarios, se encontraban relativamente
próximas a la imposibilidad procesal de investigar y perseguir a antiguos criminales nazis
que hubieren buscado refugio en sus respectivos territorios. Ante los tribunales alemanes,
por ejemplo, se hallaban todavía pendientes cerca de 20 000 casos de los 77 044 en los
cuales se habían iniciado investigaciones, sin hablar de los procesos emprendidos por las
jurisdicciones nacionales de otros países como Polonia, Grecia, Holanda y Checoslovaquia.
La amenaza pues, de que como consecuencia de la aplicación de términos de prescripción
extintivos numerosos criminales quedasen sin castigo, operó como catalizador para que la
comunidad internacional decidiera intervenir promoviendo una tentativa para la supresión
de los mismos y dejando abierta así la posibilidad de futuras investigaciones en distintos
países. La completa desproporción entre los términos prescriptivos internos inscritos en
codificaciones penales que no contemplaban la tipificación de estos graves crímenes y la
inusitada magnitud de las conductas que habían sido estatuidas en Nurenberg constituyó el

57
telón de fondo para las iniciativas que llevaran a la realización de la conferencia
diplomática de la cual surgiera la Convención sobre Imprescriptibilidad, cuya ratificación
por parte del Estado colombiano ha sido propuesta mediante iniciativa de ley presentada
por la Cancillería ante la Comisión II del Senado y cuyo primer debate en el seno de esta
fuera surtido aprobatoriamente sin ningún voto en contra.

La chispa desencadenadora del proceso que condujo a la convocatoria de los trabajos


preparatorios para la Conferencia Diplomática fue proporcionada por la solicitud formulada
en nombre del gobierno polaco en el sentido de advertir que la legislación penal alemana
bajo la cual se surtían los numerosos procesos contra criminales nacional socialistas corría
el peligro de dejar en la total impunidad a los múltiples autores contra los que aún no se
había iniciado persecución, en razón a que el término de prescripción extintivo
contemplado en materia penal habría de cumplirse inexorablemente hacia finales de 1969.
El interés de Polonia era apenas obvio si se tiene en cuenta que el mayor número de
población judía antes de la guerra se encontraba en su territorio. De hecho, mediante una
ley aprobada en 1965 la República Federal de Alemania había dispuesto en relación con los
procesos adelantados y por adelantarse contra criminales de guerra, que para estos efectos,
el período comprendido entre el 8 de mayo de 1945 y el 31 de diciembre de 1949 no se
tomara en cuenta, a fin de contabilizar el término de prescripción, con lo cual este retrasaba
su cumplimiento hasta el 31 de diciembre de 1969. La propuesta fue tomada
inmediatamente en consideración por la Asamblea General de la ONU y esta dispuso el
inicio de los trabajos preparatorios a partir de 1966. Como quedara evidenciado en el curso
de los debates, el motivo originario volvió a ser esgrimido en varias oportunidades como
una suerte de reproche en contra de Alemania, lo que motivó la protesta de los países
occidentales europeos. Desde sus inicios mismos el proceso estuvo marcado por un elevado
grado de antagonismo político surtido en primera instancia entre los países del bloque
socialista y los europeos occidentales, que exhibiría posteriormente otros alinderamientos
igualmente pugnaces en diversos niveles y sobre diversos tópicos.

Los debates que se adelantaron durante los trabajos preparatorios de la mencionada


Convención resultan ilustrativos acerca de las tendencias divergentes mostradas por los
países participantes en torno a la definición misma de crímenes de lesa humanidad y los
problemas de orden doctrinario que culminarían en un relativamente muy bajo estándar de
aceptación de los principios en élla contenidos.

Discusiones y Disensos sobre la Definición de los Crímenes sujetos a Imprescriptibilidad.


Respecto del desarrollo convencional y consuetudinario que tanto los crímenes de guerra
como los de lesa humanidad y el genocidio habían recibido hasta entonces, la noción de
imprescriptibilidad como punto final cronológico para su persecución, constituyó una

58
novedad, como quiera que ni el Estatuto de Núremberg ni el Estatuto del Tribunal del
Lejano Oeste ni la Convención contra el Genocidio ni los Cuatro Convenios de Ginebra se
habían referido a este asunto. Tan sólo la Ley 10º del Consejo de Control Aliado había
hecho una mención tangencial y de carácter temporal cuando se refiriera en su artículo II
numeral 5º a la imposibilidad para los acusados de beneficiarse de cualquier término
prescriptivo durante el período transcurrido entre el 30 de enero de 1933 y el 1 de julio de
1945. En consecuencia, los esfuerzos emprendidos por las Naciones Unidas por reforzar la
persecución de estos crímenes tuvo lugar en un contexto anterior a los Protocolos
Adicionales I y II a los Convenios de Ginebra y a las primeras tipificaciones en
legislaciones penales nacionales de esta clase de crímenes (Francia en 1964 y 1992; Canadá
en 1987; Australia en 1988; Inglaterra en 1991).
Crímenes de Lesa Humanidad
Para entonces, es decir, en la época de su aprobación como tratado multilateral en el marco
de las Naciones Unidas, la definición de crímenes de lesa humanidad, tanto en lo relativo a
las conductas constitutivas de esta categoría criminal como en relación con la necesaria
existencia de una vinculación con un conflicto armado para su estructuración, distaban
mucho de haber sido definitivamente resueltas. En efecto, mientras el artículo 6º literal c)
del Estatuto del Tribunal Militar Internacional de Núremberg se refería a éllos como
conductas cometidas “antes o durante la guerra”, al mismo tiempo que exigía conexidad
con los crímenes sometidos a la competencia de dicho Tribunal, es decir, o bien, crímenes
contra la paz (guerra de agresión) o con crímenes de guerra, la Ley 10º del Consejo de
Control Aliado, que autorizaba la realización de juicios en los territorios alemanes
sometidos a las potencias aliadas, por su parte, optó por eliminar en su artículo 2º literal c)
toda referencia temporal a un antes o después de la guerra, al igual que la conexidad con los
otros crímenes. Además, esta disposición agregó otros tres tipos de conducta adicionales:
encarcelamiento ilegal, tortura y violación, si bien, manteniendo el carácter enumerativo del
listado de conductas, en plena concordancia con el Estatuto de Nurenberg. Tanto los juicios
llevados a cabo por este último como las sentencias dictadas por los tribunales de las zonas
ocupadas al amparo de la Ley 10º condujeron a una interpretación contradictoria del
elemento de conexidad con la guerra. En algunos casos los tribunales determinaron que el
mismo no era necesario (“Justice Case” y “Einsatzgruppen Case”) pero en otros, que
concluyeron con absoluciones o declaraciones de incompetencia para conocerlos, la
conexidad fue expresamente requerida (“Flick Case” y “Ministries Case”). Esta equívoca
situación resurgió pues en el curso de los agitados debates y un grupo de trabajo conjunto
del Tercer y Sexto Comités definieron los crímenes de lesa humanidad sin dicha conexidad.
Pero varios países se opusieron a este tipo de definición, fundamentalmente en razón a que
el proyecto de Convención buscaba la inclusión del Apartheid y la Expulsión por causa de
ocupación, ampiándose con ello el espectro de conductas hasta entonces admitido en la
significativa pero escasa práctica internacional sobre la materia y porque esta última
conducta implicaba una estrecha vinculación con hostilidades armadas, ofreciendo así
buenos argumentos en favor de mantener tal conexidad. En el Tercer Comité los países
occidentales propusieron, sin éxito, limitar los crímenes de lesa humanidad a dos clases: los

59
definidos en el Estatuto de Núremberg, de un lado, y del otro, el Genocidio. Sin embargo,
en las negociaciones se aceptó finalmente, la propuesta de un grupo de países que
propugnaba por la inclusión de los parámetros adoptados en Núremberg reiterando la
terminología “cometidos tanto en tiempo de guerra como en tiempo de paz”, así como la
inclusión de las dos nuevas modalidades de conducta ya señaladas, que por su parte
originaron vivas discusiones. Mientras que la propuesta de considerar crimen de guerra a la
expulsión por ocupación fue liderada por los países árabes en clara referencia a las
operaciones de guerra israelíes sobre territorios vecinos acontecida de manera casi coetánea
a la elaboración de la Convención sobre imprescriptibilidad, la inclusión del Apartheid tuvo
como destinatario específico el régimen político sudafricano y en alguna medida las
prácticas de Portugal en sus antiguas colonias africanas. Ello explica la inclusión en el
Preámbulo de la Convención la referencia a anteriores resoluciones de la Asamblea General
en las cuales se condenaban las prácticas adelantadas en ambos países (2184 y 2202 de
1966), la cual fuera duramente debatida en razón de su carácter no constitutivo de fuente de
derecho. El carácter manifiestamente político que atravesó pues, la definición del espectro
de los crímenes de lesa humanidad terminó por extenderse hasta su misma parte
preambular, la cual suele ser en este tipo de instrumentos internacionales aquella menos
expuesta a confrontación de criterios.

Como resultado, puede decirse que la definición finalmente aprobada ( artículo I literal B)
si bien no rompió de manera definitiva la conexidad con los crímenes de guerra, en la
medida misma en que los crímenes de lesa humanidad pueden vincularse a estos así ocurran
en tiempos de paz, verbigracia, antes o después de la guerra, sí reveló un acuerdo entre
todos los estados en el sentido de que los crímenes de lesa humanidad pueden tener lugar
tanto en tiempos de paz como de guerra.

La distinción entre Prescripción de la Acción y Prescripción de la Pena y su valor como


antecedente interpretativo del Estatuto de la Corte Penal Internacional.
Atendiendo la situación particular de Alemania, objeto privilegiado de referencia para los
trabajos preparatorios, cuya legislación penal interna distingue entre la prescripción de la
acción de la pena (Verfolgungsverjahrung) y la prescripción de su ejecución
(Vollstreckungsverjahrung), la Convención en su artículo IV se refiere a ambas
modalidades prescriptivas. Mientras los sistemas jurídicos de tipo anglosajón o common
law no conocen en general este instituto penal, los sistemas de raigambre continental, lo
incorporan a título de mecanismo inspirado en criterios de seguridad jurídica y de realismo
procesal en el sentido de admitir que el transcurso de un período prolongado de tiempo
conduce en la práctica a una suerte de cuasi imposibilidad probatoria por agotamiento o
erosión de los diferentes materiales de prueba existentes y accesibles. Esta distinción
reviste particular importancia. Si bien el artículo IV resulta susceptible de diversas y
discrepantes interpretaciones doctrinarias, la distinción expresamente consignada en el
mismo, y el carácter de obligación de medios impuesta a los Estados signatarios en cuanto
60
al compromiso de adoptar las medidas necesarias para que la prescripción no sea aplicada o
quede abolida, permite entender de manera diferenciada que esta se cumple ya sea,
mediante la adopción de dichas medidas en relación con la acción penal, o ya sea, en
relación con la pena misma, es decir, con su ejecución. Se trata de una obligación de
carácter alternativo, para emplear el lenguaje del derecho de las obligaciones, de manera
que el cumplimiento de la obligación internacional se verifica con la adopción de medidas
respecto de uno u otro tipo de modalidad prescriptiva. El carácter disyuntivo de la
proposición empleada supone además, una cabal correspondencia con el desarrollo
contemporáneo de las denominadas comisiones de la verdad, en tanto dispositivos con
creciente frecuencia empleados, para conciliar las magnitudes de esclarecimiento y perdón
necesarias a fin de concluir procesos de transición a la democracia y procesos de
reconciliación nacional en medio de conflictos armados internos. Si bien estas constituyen
dispositivos singulares puestos en práctica desde mediados de la década de los años 70s en
diferentes latitudes y frente a circunstancias históricas diversas (regímenes de terror estatal,
sistemas de apartheid y situaciones de conflicto armado interno) que para la época de
elaboración de la Convención resultaban impensables, es manifiesto que la distinción
empleada encaja perfectamente con la lógica de estos dispositivos política jurídicos. Entre
la disyuntiva excluyente de olvido total y total castigo, la aludida distinción permite optar
por fórmulas intermedias para el necesario margen de maniobra política interna
indispensable para que la Paz o el retorno a una institucionalidad democrática resulten un
escenario plausible para el elevado número de personas comprometidas en la ejecución de
esta clase de crímenes. Ella permite un término transaccional entre el deber de
esclarecimiento de los hechos constitutivos de tales delitos no sometido a ninguna clase de
término prescriptivo y el deber de imposición de la pena tampoco sujeta a limitación de
ninguna índole. La obligada y éticamente necesaria correspondencia entre la gravedad de
estas conductas y el ejercicio severo de la investigación y/o el castigo por parte del aparato
punitivo de los Estados contra los perpetradores de las mismas obtiene una fórmula
plausible de conciliación, ya sea mediante la posibilidad intemporal de buscar su
esclarecimiento por medio de las investigaciones correspondientes (imprescriptibilidad de
la acción penal) con lo cual el transcurso del tiempo no opera como un factor de olvido e
impunidad, ya bien por medio de la posibilidad sin limitación temporal de hacer efectivas
las condenas que se hubieren dictado en el pasado (imprescriptibilidad de la pena).
El punto reviste la mayor importancia si se tiene en cuenta que el artículo 29 del Estatuto de
la Corte Penal Internacional al introducir el principio de Imprescriptibilidad enuncia de
manera genérica que los crímenes competencia de la CPI no prescribirán. La terminología
empleada aquí ha dado lugar, con razón, a interrogantes acerca de su verdadero alcance, y
la consagración de la “imprescriptibilidad del crimen” sin mayores discusiones en el curso
de los trabajos preparatorios durante los cuales se redactara su texto ofrece pocas luces al
respecto. Resulta claro en consecuencia que la Convención sobre Imprescriptibilidad
adquiere en este contexto un considerable valor hermenéutico como antecedente
convencional para el entendimiento de la citada disposición. Como quiera entonces, que
este único precedente internacional en la materia efectúa una clara distinción de esa doble
dimensión del fenómeno prescriptivo penal, resulta plausible entender que el Estatuto de la

61
CPI admite este tipo de distinción y que en consecuencia, la aparente contradicción entre
esta disposición y la prohibición constitucional interna de “penas y medidas de seguridad”
que nuestra Carta Política recoge en su artículo 28 carecería verdaderamente de sustento.
Por la sencilla razón de que nuestro texto constitucional opta de manera semejante por una
distinción implícita entre ambos fenómenos cuando de manera exclusiva preceptúa la
inadmisibilidad de la sanción penal pero admite la posibilidad infinita de buscar el
esclarecimiento de las conductas constitutivas de los crímenes en general. Si entonces, uno
de los motivos determinantes que llevara a la decisión de presentar el proyecto de Ley
ratificatoria de la Convención sobre Imprescriptibilidad fuera, como se ha sostenido, el
efectuar una especie de “test” previo ante la Corte Constitucional para eventualmente,
según su fallo, determinar o no la necesidad de una reforma de la Carta Política que
allanara la futura ratificación del Estatuto de la CPI, resulta por lo menos dudosa su
conveniencia, ante la presencia de un antecedente normativo internacional que contiene
claramente esta doble dimensión de la afirmación de la imprescriptibilidad y que permite,
con rigor hermenéutico, sostener que la prohibición constitucional de penas
imprescriptibles no se opone al principio de imprescriptibilidad de los crímenes establecido
en el Estatuto de la CPI, en la medida misma en que frente a la posibilidad de opción que la
Convención contiene el texto constitucional asume uno de sus términos.

La contradicción entre Imprescriptibilidad y Amnistía

Otro punto de discusión adicional lo constituye la posible tensión entre las disposiciones de
la Convención y la concesión de amnistías e indultos. De hecho la adopción de la
Convención implicaría la abolición de la amnistía como dispositivo dispensador de
exclusión tanto de la acción penal como de la pena.

Las relaciones entre la Convención sobre Imprescriptibilidad y el Estatuto de la Corte


Penal Internacional

El resultado final de la votación general para la adopción de la Convención expresó en


consecuencia las manifiestas y persistentes divisiones de opinión que habían reinado en el
curso de su redacción. De los 120 Estados representados en ella, 58 votaron en favor, 7 en
contra (Australia, El Salvador, Honduras, Portugal, Suráfrica, Gran Bretaña y Estados
Unidos) y 36 se abstuvieron. Colombia por su parte tomó la determinación de abstenerse.
Dentro de la para entonces todavía breve historia de los instrumentos internacionales de
derechos humanos, que contaba con diecisiete convenciones expedidas en el marco de las
Naciones Unidas, esta constituyó la cuarta ocasión en la cual su adopción no se llevó a cabo
por consenso. Con significativos grados de menor disensión igual cosa había acontecido

62
respecto de la Convención contra el tráfico de personas, la Convención sobre el derecho de
corrección informativa y el Protocolo Opcional al Pacto de Derechos civiles y políticos.
Efectos posteriores a la adopción de la Convención sobre imprescriptibilidad.
Debe anotarse que en 1974 se adoptó en el marco de la entonces Comunidad Económica
Europea la Convención sobre Imprescriptibilidad de los Crímenes de Lesa Humanidad y
Crímenes de Guerra, la cual cubre un espectro significativamente menos amplio que el
contemplado en la Convención de 1968. Ella circunscribe la imprescriptibilidad únicamente
a las conductas definidas en la Convención contra el Genocidio y a un conjunto más
estrecho de crímenes contra la humanidad, borrando en cuanto estos toda conexidad con la
guerra. Así mismo, hasta la fecha dicha Convención no ha entrado aún en vigor por no
haber recibido el número de ratificaciones necesario para ello, revelando con ello una vez
más el trasfondo contencioso y altamente politizado dentro del cual surgiera la Convención
que nos ocupa.

Teniendo en cuenta las consideraciones anteriores puede afirmarse con rotunda nitidez que
la Convención que nos ocupa no constituye derecho consuetudinario en el sentido de que
estuviera codificando una práctica existente aceptada de manera general y unívoca por los
diferentes Estados, ni aún por los de mayor peso político en el contexto de la comunidad
internacional, y tampoco que contase con una opinio juris uniforme, en la medida misma en
que los doctrinantes del sistema continental se encontraban en oposición respecto de sus
homólogos del sistema de common law. Por ello mismo, la imprescriptibilidad de los
crímenes de lesa humanidad y de guerra tampoco es, en manera alguna, una disposición que
pueda adscribirse a ningún título a la categoría mayor del jus cogens. En consecuencia,
estaríamos en el mejor de los casos en presencia de la creación de una obligación
convencional para los Estados Partes de adoptar las medidas legales en procura de abolir la
prescripción para esta clase de delitos, respecto de la cual existen profundas discrepancias
entre los Estados. Baste decir, que por su elevado grado de politización, la Convención
pudo ser reclamada como un triunfo por parte del entonces bloque socialista frente a los
países occidentales europeos y que su ratificación por diez Estados, como condición de su
entrada en vigor, fue el producto de la decisión por parte de quienes primero lo hicieran, de
países pertenecientes a dicho bloque geopolítico. Que de entonces acá sólo treinta países
más hayan procedido a su ratificación, en una situación internacional en la que por lo
menos hay 180 Estados reconocidos en el marco de Naciones Unidas, revela sin duda, un
margen precario y exiguo de aceptación.

El proceso judicial contra Erich Priebke y el inicio de la consolidación de la


imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y lesa humanidad como norma
imperativa de jus cogens.

63
Inmerso en este estado de indefinición relativo el tema de la imprescriptibilidad habría de
recibir un impulso inesperado y decisivo en favor de su afirmación consuetudinaria gracias
al proceso judicial adelantado en Italia en 1995 contra uno de los funcionarios nazis que
participaron, durante la fase final de la ocupación alemana en Italia, en la perpetración de una
masacre contra ciudadanos italianos llevada a cabo en la ciudad de Roma.

Discusiones y Disensos sobre la Definición de los Crímenes sujetos a Imprescriptibilidad.

Respecto del desarrollo convencional y consuetudinario que tanto los crímenes de guerra
como los de lesa humanidad y el genocidio habían recibido hasta entonces, la noción de
imprescriptibilidad como punto final cronológico para su persecución, constituyó una
novedad, como quiera que ni el Estatuto de Nurenberg ni el Estatuto del Tribunal del
Lejano Oeste ni la Convención contra el Genocidio ni los Cuatro Convenios de Ginebra se
habían referido a este asunto. Tan sólo la Ley 10º del Consejo de Control Aliado había
hecho una mención tangencial y de carácter temporal cuando se refiriera en su artículo II
numeral 5º a la imposibilidad para los acusados de beneficiarse de cualquier término
prescriptivo durante el período transcurrido entre el 30 de enero de 1933 y el 1 de julio de
1945. En consecuencia, los esfuerzos emprendidos por las Naciones Unidas por reforzar la
persecución de estos crímenes tuvo lugar en un contexto anterior a los Protocolos
Adicionales I y II a los Convenios de Ginebra y a las primeras tipificaciones en
legislaciones penales nacionales de esta clase de crímenes (Francia en 1964 y 1992; Canadá
en 1987; Australia en 1988; Inglaterra en 1991).

Crímenes de Lesa Humanidad

Para entonces, es decir, en la época de su aprobación como tratado multilateral en el marco


de las Naciones Unidas, la definición de crímenes de lesa humanidad, tanto en lo relativo a
las conductas constitutivas de esta categoría criminal como en relación con la necesaria
existencia de una vinculación con un conflicto armado para su estructuración, distaban
mucho de haber sido definitivamente resueltas. En efecto, mientras el artículo 6º literal c)
del Estatuto del Tribunal Militar Internacional de Nurenberg se refería a éllos como
conductas cometidas “antes o durante la guerra”, al mismo tiempo que exigía conexidad
con los crímenes sometidos a la competencia de dicho Tribunal, es decir, o bien, crímenes
contra la paz (guerra de agresión) o con crímenes de guerra, la Ley 10º del Consejo de
Control Aliado, que autorizaba la realización de juicios en los territorios alemanes
sometidos a las potencias aliadas, por su parte, optó por eliminar en su artículo 2º literal c)
toda referencia temporal a un antes o después de la guerra, al igual que la conexidad con los
otros crímenes. Además, esta disposición agregó otros tres tipos de conducta adicionales:
encarcelamiento ilegal, tortura y violación, si bien, manteniendo el carácter enumerativo del
listado de conductas, en plena concordancia con el Estatuto de Núremberg. Tanto los
juicios llevados a cabo por este último como las sentencias dictadas por los tribunales de las
zonas ocupadas al amparo de la Ley 10º condujeron a una interpretación contradictoria del
64
elemento de conexidad con la guerra. En algunos casos los tribunales determinaron que el
mismo no era necesario (“Justice Case” y “Einsatzgruppen Case”) pero en otros, que
concluyeron con absoluciones o declaraciones de incompetencia para conocerlos, la
conexidad fue expresamente requerida (“Flick Case” y “Ministries Case”). Esta equívoca
situación resurgió pues en el curso de los agitados debates y un grupo de trabajo conjunto
del Tercer y Sexto Comités definieron los crímenes de lesa humanidad sin dicha conexidad.
Pero varios países se opusieron a este tipo de definición, fundamentalmente en razón a que
el proyecto de Convención buscaba la inclusión del Apartheid y la Expulsión por causa de
ocupación, ampiándose con ello el espectro de conductas hasta entonces admitido en la
significativa pero escasa práctica internacional sobre la materia y porque esta última
conducta implicaba una estrecha vinculación con hostilidades armadas, ofreciendo así
buenos argumentos en favor de mantener tal conexidad. En el Tercer Comité los países
occidentales propusieron, sin éxito, limitar los crímenes de lesa humanidad a dos clases: los
definidos en el Estatuto de Núremberg, de un lado, y del otro, el Genocidio. Sin embargo,
en las negociaciones se aceptó finalmente, la propuesta de un grupo de países que
propugnaba por la inclusión de los parámetros adoptados en Núremberg reiterando la
terminología “cometidos tanto en tiempo de guerra como en tiempo de paz”, así como la
inclusión de las dos nuevas modalidades de conducta ya señaladas, que por su parte
originaron vivas discusiones. Mientras que la propuesta de considerar crimen de guerra a la
expulsión por ocupación fue liderada por los países árabes en clara referencia a las
operaciones de guerra israelíes sobre territorios vecinos acontecida de manera casi coetánea
a la elaboración de la Convención sobre imprescriptibilidad, la inclusión del Apartheid tuvo
como destinatario específico el régimen político sudafricano y en alguna medida las
prácticas de Portugal en sus antiguas colonias africanas. Ello explica la inclusión en el
Preámbulo de la Convención la referencia a anteriores resoluciones de la Asamblea General
en las cuales se condenaban las prácticas adelantadas en ambos países (2184 y 2202 de
1966), la cual fuera duramente debatida en razón de su carácter no constitutivo de fuente de
derecho. El carácter manifiestamente político que atravesó pues, la definición del espectro
de los crímenes de lesa humanidad terminó por extenderse hasta su misma parte
preambular, la cual suele ser en este tipo de instrumentos internacionales aquella menos
expuesta a confrontación de criterios.

Como resultado, puede decirse que la definición finalmente aprobada ( artículo I literal B)
si bien no rompió de manera definitiva la conexidad con los crímenes de guerra, en la
medida misma en que los crímenes de lesa humanidad pueden vincularse a estos así ocurran
en tiempos de paz, verbigracia, antes o después de la guerra, sí reveló un acuerdo entre
todos los estados en el sentido de que los crímenes de lesa humanidad pueden tener lugar
tanto en tiempos de paz como de guerra.

65
La Amnistía en América Latina

México: amnistías y pronunciamientos


La experiencia de formación de estado en la vastísima extensión de la antigua colonia de la
Nueva España, que pasara a conformar la república de México, por la inusitadamente
intensa actividad de levantamientos, insurgencias e intentos de golpe de estado durante el
siglo XIX ofrece un particularmente rico laboratorio político para observar el
funcionamiento de la amnistía. Dado que México experimentara al menos 1500
pronunciamientos –movilizaciones sociales de exigencia de reivindicaciones políticas,
cambio de autoridades, impulsos secesionistas acometidos por un variado espectro de
agentes sociales incluyendo sectores subalternos y militares.- entre la segunda década y
fines de los años 60 de dicha centuria, el funcionamiento y efectos de la amnistía permite
constatar un uso amplio de la misma y su posterior eclipse en favor de medidas muy
drásticas cuyo ascenso y predominio terminaron por convertir el pelotón de fusilamiento en
una de las imágenes icónicas de la cultura mexicana29.
El otorgamiento de dos amplias amnistías en 1824 y 1832 articuladas a los movimientos
constitucionales y obtención de temporales situaciones de paz permiten dar cuenta del
período de su mayor vigencia, al igual que su declive posterior bajo la última
administración de Santa Ana.
En la tempestuosa política del período subsiguiente a la independencia de México, luego
del interregno imperial de Itúrbide bajo el influjo de los pronunciamientos de Santa Anna
en Veracruz Bustamante en Guadalajara, ambos proponiendo un gobierno federal, se
producen una serie de vertiginosos acontecimientos: las diputaciones provinciales eligen
sus representantes, numerosas regiones proclaman su separación y autonomía, mientras las
provincias unidas de Centroamérica proclaman su independencia de México y se reúne el
congreso para intentar producir una constitución que defina las múltiples y contrapuestas
aspiraciones regionales. Se trata de un período de gran incertidumbre y faccionalismo en el
que se intenta fraguar la naturaleza misma de la nueva entidad política de la antigua Nueva
España, que bajo el nombra de México involucra el más vasto de las unidades territoriales
de las antiguas colonias del imperio español.
El congreso reunido procedió a votar el 12 de junio de 1823 por una república federal, para
lo cual expidió la ley electoral que prescribía la elección de los nuevos diputados, y para
asegurar un mínimo de consenso que permitiera adelantar los futuros trabajos
constituyentes, dispuso la expedición de la ley general de amnistía del 16 de agosto,
mediante la cual se declarara el olvido de todas las defecciones provinciales así como los
hechos de armas producidos como sustento de los mismos. Los efectos esperados de la
amnistía se producen plenamente pues pudieron llevarse a cabo las elecciones previstas y el

29
Fowler, Will The Mexican Experience The Pronunciamiento in the Age of Santa Ana, University of Nebraska
2016.

66
17 de noviembre permitiendo la reunión del segundo congreso constituyente de cuyos
trabajos alumbrara la constitución federal de 1824 redactada durante 14 meses de labores.
Acompaña la labor constituyente una serie de pronunciamientos, ya en apoyo de las
aspiraciones provinciales como advertencia al cuerpo constituyente de permanecer fiel a
ellas, ya como reintentos de reinstalar la autoridad personal de Iturbide, quien regresa al
país con la pretensión de renovar su poder. Este último pronunciamiento será debelado de
manera fulminante en provecho de la autoridad del cuerpo constituyente y concluirá con la
ejecución del antiguo emperador. Las elecciones previstas pudieron llevarse exitosamente a
cabo resultando electo Guadalupe Victoria, primer presidente juramentado bajo la
Constitución de 1824. Esta tendrá por lo demás una longeva existencia: inicialmente once
años hasta 1835, para ser luego restablecida al inicio mismo de la guerra contra Estados
Unidos siete años más hasta 1853.
En el marco de la guerra civil de 1832 en contra del presidente Anastasio Bustamante, éste,
accedió a la formulación de un acuerdo político que se concretó en la Convención de
Zavaleta del 23 de diciembre de dicho año30. En ella se plasmó el otorgamiento de una
amnistía muy generosa para los pronunciados y alzados en armas, lo cual no entrañaría de
suyo nada particularmente especial, salvo la circunstancia de haber sido el presidente en
ejercicio un antiguo pronunciado quien además en el curso de su exitoso levantamiento
armado había ordenado la ejecución sumaria de su antagonista, el general Vicente
Guerrero. El artículo sexto de la mencionada Convención dispuso el ofrecimiento de una
amnistía general a todos los involucrados sin consideración al bando a favor del cual se
habían pronunciado y combatido, estableciendo que nadie podía ser juzgado por los hechos
u opiniones sostenidas durante la guerra, es decir, desde noviembre de 1828. Los
destinatarios de la amnistía se acogieron a esta y con ello concluyó la rebelión.
La generosidad de las anteriores amnistías, incluida la ofrecida por Santa Ana a favor del
levantamiento iniciado por el pronunciado Gordiano Guzmán en Aguililla que este aceptara
a cambio de su entrega, contrasta con el rechazo de toda fórmula de clemencia en el caso
del pronunciamiento de los indios Yaqui en 1842, frente al cual el gobierno federal
respondió con la exigencia de castigo y la amenaza de confiscar las tierras comunales
poseídas por dichas comunidades indígenas. Es en este contexto de las guerras contra los
indios donde se encuentra una de las expresiones más refinadas de la utilización de la
amnistía como expediente para forzar la entrega de armas y la terminación del
levantamiento: el ofrecimiento de amnistía –no llevado a efecto- por el gobernador de
Yucatán Miguel Barbachano “a todos los indios sublevados que dentro del término de
sesenta días depongan toda actitud hostil y se reduzcan a la obediencia del gobierno”; se
preveía el pago por armas entregadas, el derecho a radicarse en la población en la que se
hallaran antes del inicio de la revuelta, extendiéndose sus beneficios también a la población
blanca.
Pero la situación habría de cambiar a partir de 1848 durante las dos últimas
administraciones del general Santa Ana. A mediados de 1840 comenzaba a volverse un

30
Fowler, ibídem, p. 152

67
lugar común la tesis según la cual el benévolo tratamiento proporcionado a los
pronunciados mediante el otorgamiento de amnistías, perdones, y en el peor de los casos,
exilios o destierros, pudiendo contar con benévolos desenlaces, no conducía sino a alentar
el surgimiento de nuevos pronunciamientos prolongando así la inestabilidad y desórdenes
políticos (Fowler p. 204)
Fue Anastasio Bustamante quien mejor que nadie formulara otra vez la nueva atmósfera de
opinión en torno al procedimiento de la amnistía. “La absoluta impunidad que las
revoluciones, de otra forma u otra, han disfrutado durante tan largo tiempo, no solamente
ha permitido la escandalosa repetición de nuestros pronunciamientos militares, sino que
esto ha significado que muchos hayan adherido ciegamente a cualquier clase de plan que
les haya sido propuesto”. (p.204)
El presidente en ejercicio José Joaquín de Herrera compartió seguidamente la creencia que
solo mano firme y no clemencia era necesitada por México si se quería librarlo del ‘frenesí
de las facciones’ y de la inestabilidad política. La opinión gubernamental era secundada
por su ministro de guerra, Mariano Arista, quien creía con toda firmeza que solo la
ejecución sumaria de los delincuentes políticos era el remedio seguro para prevenir otras
revoluciones.
El progresivo endurecimiento de la opinión respecto del tratamiento que debía
proporcionarse a los levantados en armas fue ganando progresivamente nuevos adeptos,
señalando un marcado contraste con las prácticas y opiniones de una década atrás. Buen
ejemplo de las consecuencias de la misma fue la suerte corrida por los dirigentes del
pronunciamiento de Sierra Gorda cerca de Guanajuato liderado por el padre Celedonio
Daneco, por el cual se rechazaba el tratado Guadalupe Hidalgo que legalizaba las
adquisiciones territoriales de EEUU luego de su invasión al país. Todos los dirigentes sin
excepción terminaron ante un pelotón de fusilamiento.
Suerte semejante corrió el pronunciamiento de Río Verde en San Luis de Potosí, iniciado el
14 de marzo de 1849, mediante el cual se exigieron una serie de radicales reformas
políticas, que escasamente durara algo menos de un año, culminando con el ajusticiamiento
de su principal impulsor, Eleuterio Quiroz, y el exilio de 478 de los rebeldes que lo
acompañaron.
Este proceso de pérdida de legitimidad tanto como de credibilidad en la aplicación de
fórmulas benignas tendría su culminación al menos provisoria con la expedición de la
llamada Ley de Conspiradores en agosto de 1853 bajo la presidencia de Santa Ana. De
acuerdo con sus términos se ordenó el establecimiento de consejos de guerra para el
juzgamiento y ejecución de todos aquellos que fueran encontrados culpables de conspirar
contra el orden público. De esta manera, no solo el pronunciamiento entendido como
declaración de rebeldía, sino su simple planeación, podían conducir a sus ideólogos y
ejecutores a terminar colocados, vendados o no, frente a un pelotón de fusilamiento.
La preponderancia adquirida por el fusilamiento como fórmula para ahogar las
sublevaciones y disuadir a los pronunciados, no puso término, por supuesto, a la frecuencia

68
e intensidad de los mismos. Su único efecto fue agudizar los enfrentamientos, multiplicar el
estallido de pronunciamientos, aumentar sus niveles de crueldad, colocando así las
condiciones necesarias bajo las cuales se escenificarían posteriormente tanto la terrible
Guerra de Reforma (1859-1862), la guerra de Castas brutalmente escenificada en Yucatán
que solo finalizaría en 1854 con la muerte del 40% de la población de dicha península y el
posterior advenimiento de la Revolución mexicana.

Ecuador:

La segunda mitad del siglo XIX ecuatoriano estuvo dominada por la figura de García
Moreno, quien gobernó al país durante cerca de treinta años imponiendo un férreo sistema
autoritario y religioso, durante el cual el país experimentó avances en obras públicas y
cierta estabilidad al costo de una sensible pérdida de libertades políticas. El par de
amnistías expedidas poco antes de su ascenso al poder y la propiciada por su gobierno
muestran con claridad los adversos efectos derivados de su revocatoria o desconocimiento
y las limitaciones propias de su instrumentalización. Y no menos tanto el aprovechamiento
que un líder de amplia convocatoria como García Moreno podía extraer de la misma así
como su habilidoso manejo una vez instalado en el poder en contra de sus adversarios.
Fue la guerra de 1859 al 60 en el curso de la cual ante el asedio de las fuerzas rebeldes y su
autoproclamado gobierno provisional compuesto por una suerte de triunvirato ad hoc –
Chiriboga, Gómez de la Torre y Avilés-, cuando el presidente Robles, apelando al recurso
de la clemencia y el olvido del acto de traición a su gobierno implícito en todo
levantamiento convino en la expedición de una amnistía a favor de los rebeldes. Esta fue
objeto de buen recibimiento y acogida al punto que el gobierno provisional del triunvirato
se disolvió, retornando sus dirigentes y seguidores a sus provincias de origen. Con ello
quedaba prácticamente saldada la confrontación y asegurada la continuidad del gobierno
desafiado. Sin embargo, el presidente Robles en una fatídica decisión, creyéndose tal vez a
salvo de toda amenaza levantisca, procedió a desconocer y dejar sin aplicación la amnistía
otorgada. Los sectores afectados volvieron a tomar las armas, desempeñando en esta
ocasión un papel preponderante el general García Moreno, quien adelantó exitosamente la
campaña rebelde y terminó asumiendo el poder.
Una vez instalado por tan largo tiempo en el solio presidencial y desafiado a su turno por el
levantamiento de 1873 que logró sofocar al costo de enviar al exilio a varios miles de
compatriotas, en una muestra de clemencia probablemente influida por sus acendradas
convicciones católicas, García Moreno optó por reeditar el empleo de la amnistía. Para ello
ofreció una amnistía general a todos los opositores políticos que se encontraran en el exilio.
Pese a que el único requisito exigido era la presentación de una solicitud escrita ante la
correspondiente secretaría del ministerio del interior, la graciosa medida no tuvo los efectos
esperados. Que no muchos de los beneficiarios aceptaran el ofrecimiento devela su carácter
instrumental, interpretado por sus presuntos beneficiarios como una añagaza.

69
Venezuela
Dentro del tempestuoso panorama decimonónico del proceso de construcción del estado
venezolano encontramos una sucesión de revueltas, pronunciamientos, guerras civiles y
empleo de la amnistía en las que se observa muchos patrones y rasgos comunes con los
restantes países del hemisferio.
Sin embargo, quizá no se encuentre un caso parecido en el que la apelación a la fórmula de
amnistía para cuya expedición el presidente de turno haya jugado un papel tan decisivo al
punto de convertirse en el impulsor a ultranza de la misma, al extremo de convertirse casi
en adversario de sus propios seguidores y de sus apoyos congresionales.
Bajo la presidencia de José Tadeo Monagas en 1848 el levantamiento en su contra de quien
fuera uno de los más influyentes y duraderos de sus caudillos, José Antonio Páez –quien se
confunde con la propia nacionalidad venezolana-, apoyado por amplios sectores de las
élites del país introdujeron un profundo desorden institucional y cívico que se expresó con
particular intensidad en Caracas y en las tumultuosas sesiones parlamentarias.
El presidente Monagas adoptó un curso de acción consistente en solicitar al Congreso
hondamente dividido y parcialmente contrario a sus designios, la aprobación de una ley de
amnistía. La iniciativa presidencial fue rechazada en cinco ocasiones consecutivas y otras
tantas veces presentada de nuevo, hasta que finalmente en una postrera solicitud, el
congreso nacional finalmente procedió a su aprobación, y en esta ocasión de manera
unánime. El alcance muy amplio de la misma se centró en los “actos público s o delitos
políticos, eleccionarios y de imprenta cometidos desde que se sancionó la Constitución de
1830 hasta el día de hoy” –es decir, el 29 de enero de 1848-31. Adicionalmente, se
sobreseían todas las causas y se garantizaba la restitución a sus casas de todos quienes
estuvieran bajo alguna medida de restricción de libertad.
La amnistía no solo permitió una decisiva consolidación de Monagas sino que fue
instrumental para que este, aprovechando la agitación popular en contra de la mayoría de
los miembros del congreso caracterizadamente conservadores, su reciente muestra de
fortaleza política y el desmantelamiento de la revuelta, procediera a la disolución del
cuerpo parlamentario.
La temprana tradición de la amnistía fue reiterada en varias oportunidades dentro de la vida
republicana de Venezuela en la siguiente centuria. Como medida para estabilizar y
normalizar las relaciones entre el gobierno civil y las fuerzas armadas –que habían
adelantado reiterados intentos golpistas al menos desde la presidencia de Rómulo
Betancourth - el gobierno de Rafael Caldera expidió un decreto de indulto para todos los
militares involucrados en el fracasado golpe de 1992 en su contra que habían sido
sentenciados, con la condición de su retiro de la institución militar32. Con ello el gobierno
aseguró la cumplimentación de dos objetivos complementarios: retirar de la agenda pública

31
Brito Figueroa Federico Tiempo de Ezequiel Moreno Tomo I pp.113-14, Biblioteca Familiar, Caracas s.f.
32
Trikunas, Harold Crafting Civilian Control of the Military in Venezuela p.199 The North California University
Press, 2006.

70
de discusión política la cuestión de los funcionarios militares privados de libertad y privar
al mismo tiempo al movimiento político opositor nucleado alrededor de la figura del
coronel Higo Chávez conocido como Movimiento Bolivariano Revolucionario –que pese al
fracaso de su intentona golpista gozaba de alta aprobación ciudadana-, de una de sus más
populares y contenciosas demandas. Los oficiales pertenecientes a esta organización
quedaron con ello en una difícil situación para continuar ejerciendo su influencia sobre la
oficialidad más joven. Su contribución a la gobernabilidad del país pese a su corta duración
permitió resolver en el corto plazo los problemas más acuciantes posibilitando la
conversión del sedicioso en contendor político.

La guerra civil chilena de 1891 y sus cuatro amnistías consecutivas.


Para un país que había obtenido una contundente victoria militar en una guerra
internacional contra dos de sus vecinos adquiriendo con ello importantes ganancias
territoriales pese a la oposición de EEUU, como fuera el conflicto del Pacífico que opuso a
Chile contra Perú y Bolivia entre 1879 y 1882, resultaba bastante inverosímil dar crédito a
la predicción sobre la proximidad de una guerra civil. No obstante eso fue precisamente lo
que aconteció en la sociedad chilena durante la segunda mitad de los años 80 del siglo XIX:
temporalmente unificada gracias a un renovado sentido patriótico aguzado durante la
confrontación armada que acarreó la ocupación de Lima y la instauración de un gobierno
dependiente de los designios de la potencia ocupante, el impulso económico adquirido en
parte gracias a la floreciente economía exportadora del guano contribuyó al fortalecimiento
de una poderosa burguesía de orientación conservadora frente a la cual el presidente
Balmaceda electo en 1890 con un ideario liberal reformista entró rápidamente en un duro
conflicto político. La confrontación entre el ejecutivo trazado dentro de un corte
presidencialista por la Constitución de 1833 y el congreso interesado en ejercer sus
funciones como si de un régimen parlamentario se tratara, condujo a la rebelión de la
armada en apoyo del congreso frente al cual Balmaceda decidió hacer valer sus
prerrogativas aún al costo de la apelación a las armas.
La historiografía chilena ofrece una valoración cada vez más orientada a encontrar el
sentido político de la confrontación entre el ideario liberal reformista y modernizador del
presidente enfrentado a una reacción de élites exportadoras con mentalidad conservadora
dispuestas a emprender el camino de una contrarrevolución frente a medidas igualitarias y
de ampliación democrática. El ejército balmacedista dirigido por un grupo de generales
fieles al gobierno se enfrentó a un ejército congresional muy bien equipado que orientado
estratégicamente por un militar prusiano –Emilio Körner- paulatinamente vio engrosadas
sus filas con desertores del adversario. El dominio marítimo obtenido por este y su control
de las zonas más ricas en el norte recién adquiridas en la guerra anterior, inclinaron de
modo decisivo la balanza de la contienda en contra del gobierno. Esto le permitió obtener
victorias en varios de los enfrentamientos –Pisagua, Chorrillos- mientras que la
denominada masacre de Lo Cañas ocasionada por el ejército gubernamental contribuiría sin
duda a su desprestigio. La conflagración se extendió por cerca de ocho meses y cobró la

71
vida de aproximadamente diez mil personas. Finalmente, Valparaíso cayó en manos de los
rebeldes y ante la perspectiva de la toma de la capital el presidente Balmaceda se refugió en
la sede de la embajada argentina en donde un mes más tarde se quitó la vida. Las escenas
de saqueo de las propiedades de los partidarios del gobierno, los ajustes de cuentas, los
numerosos exiliados entre los vencidos y las atrocidades cometidas fueron reflejo de la
profundidad de las fracturas sociales y la dura brutalidad de la guerra civil. El siguiente
triunfo electoral en la justa presidencial que recayera en el militar encargado de la
conducción de los ejércitos parlamentarios, Jorge Montt, se vio contrabalanceado por el
retorno al congreso de muchos de los antiguos balmacedistas en las siguientes elecciones.
Transcurridos apenas dos años de finalizada la guerra civil los anteriores adversarios
bélicos pudieron encontrarse de nuevo en la arena política de la confrontación electoral y
legislativa. Pese a las fracturas presentadas el país consiguió arribar a fórmulas de
clemencia y reconciliación bajo el discutible pero inevitable presupuesto de considerar
como delincuentes políticos a los defensores del orden establecido representado en la figura
del presidente. La noción según la cual los rebeldes habrían sido los defensores del orden
constitucional quebrantado por la usurpación de atribuciones del ejecutivo –aplicar la ley
presupuestal del año anterior ante la negativa del congreso a dar su aprobación a la nueva-
que lo convertía en una dictadura y a los rebeldes bautizados como defensores del mismo al
acudir a las armas para su protección quedó sellado como una ominosa advertencia de lo
que ocurriría casi una centuria después con ocasión del golpe en contra del presidente
Salvador Allende.
Las voces clamando por la expedición de una ley de amnistía que beneficiara a los
balmacedistas prisioneros, cautivos y exiliados fueron en aumento y llevaron a la adopción
de cuatro leyes consecutivas, que en una casi pedagógica ampliación de sus términos
pasaron de la mayor exclusión a la máxima inclusión de los vencidos. Ante ello la opinión
de que todos los ministros y altos funcionarios que con sus actos habían incurrido en la
gravedad de la traición dictatorial, hacían difícil la obtención de un acuerdo. Entre
diciembre de 1891 –el mismo año de finalización de la guerra civil- y agosto de 1894 se
expidieron las cuatro amnistías mencionadas. La primera restringió su aplicación a los
miembros inferiores en la jerarquía del ejército excluyendo por tanto a los ministros,
diplomáticos, parlamentarios adherentes al gobierno, diferentes funcionarios judiciales y
administrativos así como a la alta oficialidad. La consideración de que la impunidad para
los altos funcionarios incursos en el grave delito de la revolución “debilitaría la autoridad
de la ley, base del orden jurídico, y por eso es prudente contener en parte los efectos de la
clemencia, a fin de que siquiera los grandes crímenes tengan la sanción que reclama la
justicia”33 En febrero de 1892 y con un congreso renovado se expidió la segunda ley de

33
San Francisco, Alejandro La Guerra Civil de 1891: Chile, un país, dos ejércitos, miles de muertos p. 341,
Centro de Estudios del bicentenario, Santiago 2010.

72
amnistía que esta vez incluía a funcionarios gubernamentales de mediano rango y a
oficiales, pero mantenía la exclusión de los principales dignatarios, jueces de cortes
marciales que hubieran dictado penas contra los rebeldes y especialmente de todos quienes
estuvieran relacionados con los hechos de la masacre de Lo Cañas y el ataque al buque
Blanco Encalada. La tercera ley de amnistía expedida en agosto de 1893 contando con una
significativa representación de balmacedistas en el congreso contuvo tan solo dos
exclusiones: los miembros del gabinete de Claudio Vicuña –correspondiente al ministerio
de guerra del presidente Balmaceda- y a los autores de la masacre de Lo Cañas. Finalmente,
en agosto de 1894, la amnistía eliminó todas las restricciones anteriores en su totalidad y
amplió temporalmente su vigencia hasta el año de su expedición para contemplar también
los actos de sabotaje que entre tanto se habían cometido contra el gobierno de Jorge Montt.
l

Brasil: la amnistía como fórmula para concluir la guerra civil.


La primera de las guerras civiles propiamente dichas acontecidas en el vasto imperio del
Brasil fue suscitada en torno a la cuestión imperial si quien debía gobernar el país debía ser
el monarca que había retornado a Portugal –Don Pedro I- o su hijo don Pedro II cuyo lugar
por motivos de minoría de edad había sido tomado por una regencia tripartita: la guerra de
los Cabanos en Pernambuco (1832-1835) cuya terminación fuera tanto la consecuencia de
su derrota militar como de la desaparición del casus belli al fallecer el emperador ausente y
unificarse la regencia en un solo individuo. La segunda contienda interna fue la War of
Cabangem (1835-1840) que tuvo su centro en Belem y fue desencadenada por las disputas
entre monárquicos y regionalistas pronto combinados con elementos sociales y que llegó
cobrar la vida de cerca de 30000 en dicha ciudad. Las siguientes revueltas ostentaron un
carácter de indudable corte secesionista escenificándose en el nordeste del país, la llamada
primera Sabinada (1837-1838) que buscaba la separación de Bahía y luego la llamada
Balaida (1838-1841) en la región del Marañón, en el curso de la cual participaron bandas de
esclavos y se emplearon táctica de guerra de guerrillas. Su sometimiento se encomendó a
Luis Alves da Lima y Silva quien como recompensa a su exitosa campaña contrainsurgente
obtuvo el título nobiliario de duque de Caxias y quien habría de jugar un protagónico papel
en el proceso político y militar que conduciría a una de las amnistías más generosas y
completas otorgadas en el amplio marco del siglo XIX latinoamericano34.
La larga guerra secesionista de la extensa y poderosa región de Río Grande del Sur,
conocida también como Guerra de los Farrapos –una de las denominaciones que
designaban a sus habitantes-, se prolongó por diez años (1835-1845) y constituyó una seria
amenaza para la integridad del imperio, por su condición limítrofe con Uruguay, la singular
identidad cultural y racial respecto del resto del imperio y la potencial amenaza en caso de

34
Skidmore, Thomas Brazil Five Centuries of Change pp.45-48, Oxford University Press, 1999.

73
independizarse de una alianza letal con este país respecto del cual era más afín cultural y
socialmente. Pese a sus éxitos iniciales y haberse proclamado como República Juliana, los
esfuerzos por apoderarse de regiones aledañas no pudieron realizarse, lo cual no impidió
que los rebeldes separatistas riograndenses celebraran al menos dos tratados
internacionales: uno con la república del Uruguay que los reconocía como entidad estatal
plena (1841), y un segundo, conocido como el Tratado de Paysandú, por medio del cual la
república de Río Grande del Sur se aliaba con los caudillos federales argentinos en su
coalición bélica dirigida contra el gobierno del unitario Rosas en Buenos Aires (1842)
dentro de la prolongada contienda que opuso a ambos sectores. El grado de autonomía
alcanzado en medio de la contienda puede medirse adecuadamente si se considera que el
estado de Río Grande se dio su propia bandera, himno, capital y además, que el vicario
apostólico se declaró liberado de su sometimiento al arzobispo de Río de Janeiro,
añadiendo un elemento cismático –realmente único en su género-. Las autoridades
imperiales tomaron con total seriedad el desafío implícito en el levantamiento, que además
de la separación territorial exigía la implantación de un régimen republicano y designaron
como principal autoridad militar y civil para el sometimiento al duque de Caxias. Este
adelantó una campaña bélica implacable que consiguió debilitar la insurrección al punto de
colocarla al borde de su derrota y a la par, procedió a ofrecer la amnistía convenida con los
rebeldes en el acuerdo que pasaría a llamarse el Acuerdo de Poncho Verde. Las bases del
acuerdo fueron dispuestas por los dos principales conductores de la acción imperial como
de la revuelta: el Barón de Caixas y David Canabarro. Los términos del mismo constituyen
un modelo de ponderación y cálculo estratégico pues se trataba no solo de vencer la
insurrección sino de reintegrar de modo duradero a los diversos sectores secesionistas
creando las condiciones necesarias para reconstruir un mínimo sentido común de
pertenencia.
El propio emperador Don Pedro II se ocupó de redactar las instrucciones secretas que
habrían de guiar la acción de Caixas. En ellas dispuso que en gracia a la clemencia imperial
que derivaba de su corazón real para con sus súbditos extraviados y engañados, se
determinaba a otorgar una “amnistía total y absoluta” para todos y cada uno de ellos. Los
términos de la amnistía establecieron la elección de un presidente provincial designado por
los propios republicanos de Río Grande; el perdón completo y total por lo que cesaban
todas las acciones judiciales; el pago de las deudas en las que había incurrido el estado a
cuenta de las arcas imperiales; la prohibición del servicio militar de los nacidos en el estado
en las filas imperiales; la libertad de los esclavos que hubieren combatido en las fuerzas
rebeldes –lo cual anticipaba en casi medio siglo la tardía abolición de la esclavitud en
Brasil que solo ocurriría hasta 1892-; los generales republicanos tendrían también derecho a
gozar plenamente de todas las medidas convenidas; la clemencia se extendía incluso a los
desertores de los ejércitos imperiales; las medidas adoptadas por la autoridad eclesiástica
del vicario apostólico cismático fueron reconocidas, y por último, una expresa garantía del
reconocimiento de la propiedad privada coronó el despliegue de benignidad ejercido por el
emperador. Resulta difícil encontrar una amnistía que hubiese acogido de manera tan
integral las exigencias de las fuerzas separatistas levantadas en armas, pero especialmente,
que hubiese sido tan exitosa como herramienta en el propósito de refundar una unidad

74
social tan profundamente fracturada al punto de producir una secesión territorial cuasi
consumada que se había prolongado durante una década. Quizá el mejor síntoma de ello se
encuentre en la lealtad demostrada por el estado federal de Río Grande del Sur respecto del
Imperio y la posterior República, y el hecho de que uno de sus principales líderes, David
Canabarro, se convirtiera en jefe de las huestes brasileñas participantes en la guerra contra
Paraguay, preámbulo de la guerra de la Triple Alianza.
Perú:
La más tardía de las independencias de las colonias españolas fue la del virreynato del Perú,
tradicionalmente caracterizado por su hondo realismo y fidelidad para con la corona
española. La guerra civil desatada entre las élites y dirigentes criollas tardó por ello mismo
más tiempo en desencadenarse y tomó cuerpo a partir de las rivalidades que oponían –
geoestratégica y políticamente- la antigua ciudad del Cuzco y la sede administrativa desde
los tiempos de la Conquista, Lima. EL caudillo cuzqueño Agustín Gamarra se rebeló contra
el presidente Obregozo y en auxilio de este, cuando su situación era muy precaria, acudió
desde Bolivia el carismático líder Andrés de Santa Cruz. Pese a tratarse de un extranjero, la
eficaz utilización de un imaginario republicano adherido a la legalidad constitucional y
probablemente no exento de elementos raciales, la intervención de Santa Cruz se reveló
exitosa convirtiéndose en punto culminante de sus éxitos fue la decisiva victoria militar
obtenida en Yanacocha el 13 de agosto de 1835. Para consolidar políticamente su triunfo
bélico Santa Cruz expidió mediante decreto ejecutivo del 29 del mismo mes, una amnistía
condicional centrada en el delito político de rebelión, disponiendo así mismo la nulidad de
todo acto administrativo dictado por Gamarra y Salaverry –sus sucesor provisional-, al
igual que la represión por todo abuso cometido en la administración de las rentas35.

Las amnistías de los regímenes militares del cono sur latinoamericano.

Durante el pináculo de la Guerra Fría el hemisferio asistió al colapso de varios gobiernos


democráticos y su reemplazo violento por dictaduras militares o regímenes que si bien
conservaron un presidente civil, quedaron estructuralmente bajo su dominio. El sangriento
golpe de estado perpetrado por Pinochet en 1973, el cierre del parlamento y la
entronización de José María Bordaberry meses después en Uruguay, la toma del poder por
la junta militar argentina en 1976 y el largo período de gobiernos militares en Brasil,
dejaron una terrible estela de masivas violaciones de derechos humanos, entre las cuales la
tortura, las ejecuciones extrajudiciales y la desaparición forzada fueron practicadas desde

35
Arellano González, Juan Carlos Lenguaje político y guerra: las disputas por la legitimidad en la guerra civil
en el Perú (1834-1836) pp. 183-184, en Revista Historia y Sociedad PUJ Vol. 16 # 33 julio-diciembre de 2012.

75
los más altos niveles gubernamentales. Imbuidas todas ellas por una letal doctrina de la
seguridad nacional propulsada dese Washington obsesionada con la presencia amenazante
del enemigo interno comunista que consideraba las garantías judiciales del estado de
derecho un peligroso formalismo debilitador de su capacidad de acción, y desafiadas por
movimientos rebeldes que no vacilaron en acudir al rentable secuestro de funcionarios
extranjeros y espectaculares golpes de mano, la implantación de tácticas de terrorismo de
estado convirtieron a los otrora prósperos países en sombríos escenarios de inhumanidad.
La corta duración de su puesta en marcha y el descrédito en los que se sumieron condujeron
a mediados y finales de la siguiente década a un difícil retorno de la institucionalidad
democrática cuyos respectivos líderes civiles –Sanguinetti, Alfonsín y Alwyn- debieron
afrontar los complejos retos y dilemas éticos acerca del tratamiento debido a las atrocidades
cometidas por los anteriores regímenes y la imperiosa urgencia de conducir exitosamente,
tanto jurídica como políticamente pero no menos rente a quienes hicieron parte del poder
sustituido, el tránsito a la recuperada democracia.
Bajo diversas circunstancias propias de las particularidades de cada proceso político, en los
cuatro países fueron expedidas leyes de amnistía, bien por el régimen militar todavía en
ejercicio, bien como consecuencia de los acuerdos políticos mediante los cuales las fuerzas
protagonistas de la transición habían logrado que esta fuera posible.

Uruguay
El balance de las atrocidades cometidas por el gobierno dictatorial apoyado por los
militares ejecutado entre junio de 1973 y 1985, puede resumirse así: 26 ejecuciones
extrajudiciales, al menos 160 desapariciones con la consiguiente apropiación de menores en
algunos casos, 60000 prisioneros políticos –el más alto porcentaje per cápita de detenidos
en el mundo-y cerca de medio millón de exilados políticos –casi una quinta parte de su
población total-. En el contexto de los acuerdos políticos entre el sector militar y los
partidos políticos –el llamado Pacto del Club Naval- se previó una amnistía y la liberación
de todos los presos políticos. (ley de amnistía # 15,737 de marzo de 1985), bajo cuya
vigencia se iniciaron cerca de 700 investigaciones judiciales por hechos criminales
cometidos bajo la dictadura. Esta situación produjo manifestaciones públicas del sector
militar anunciando su negativa a participar en dichos procedimientos, lo cual fue
interpretado por el recién electo e instalado presidente José María Sanguinetti como una
situación de grave crisis institucional muy cercana al golpe de estado. La ocurrencia de
amenazas golpistas codujo a que el parlamento expidiera el 22 de diciembre de 1986 la
denominada Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado en virtud de la cual se
establecía una modalidad muy particular de amnistía. En tan solo cuatro breves
disposiciones se estableció que en atención a las circunstancias políticas y para facilitar la
transición al pleno orden constitucional el estado renunciaba al ejercicio de la acción penal
respecto de los “crímenes cometidos hasta el 1° de marzo de 1985 por agentes militares y

76
de policía ya fuese por razones políticas o en cumplimiento de sus funciones y en
obedecimiento de órdenes del superior durante el período de facto”. 36
La denominación como ‘período de facto’ del lapso comprendido entre junio 27 de 1973 –
fecha de la asunción de poderes completos por el presidente Bordaberry- y el 1° de marzo
de 1985 –cuando se asumiera el gobierno democráticamente- no ocultaba su carácter
eufemístico mientras que a la par suyo se establecía una vaguedad extrema con el término
general de ‘crímenes’. Por su parte, el artículo 2° establecía como excepciones aquellos
crímenes cometidos con fines lucrativos y aquellas conductas que habían sido materia de
acusación por las autoridades judiciales. En una complicada combinación se dotaba al
poder ejecutivo de la extravagante facultad de decidir, ante la obligatoria solicitud que
debía elevar ante él la instancia judicial, si el caso del que tuviera conocimiento caía o no
dentro del ámbito material de la amnistía. La resolución ejecutiva declarando su
aplicabilidad entrañaba la suspensión de toda investigación y procedimiento, mientras que
la resolución negativa obligaba a reiniciar el proceso a cargo de la justicia; en ambos casos
mientras se surtía la solicitud del pronunciamiento presidencial quedaban suspendidas todas
las diligencias. Como tal, la ley de Caducidad autorizaba la suspensión de todo
procedimiento judicial por toda clase de crímenes sin distinción alguna –comprendiendo
ejecuciones extrajudiciales, tortura y desaparición forzada-, convertía al ejecutivo en el
decisor inapelable de los alcances de la amnistía caso por caso y clasificaba los crímenes
con móviles pecuniarios como los más graves al excluirlos de la amnistía.
En contra de su vigencia y aplicación se puso en acción una doble estrategia política y
jurídica con el propósito de anular sus efectos. La estrategia política consistió en convocar
un referendo en 1989 y un plebiscito en 2009 para por decisión popular derogar y dejar sin
efectos la amnistía pactada en el marco de la transición. La convocatoria del referendo
supuso el paso previo de la recolección de más de 637400 firmas para que pudiera llevarse
a cabo; sorpresivamente el resultado del mismo, que tuvo lugar el 16 de abril de 1989, se
tradujo en una derrota por estrecho margen para los partidarios del no a la amnistía que
habían impulsado la campaña del ‘voto verde’ por el color de la balota o tarjetón que
contenía el ‘no’ –recibiendo el 41.30%, mientras sus opositores o partidarios de mantener la
amnistía obtuvieron el 55.95%.
Dos décadas más tarde, en la víspera de la llegada al poder de la coalición de izquierda del
Frente Amplio, se suscitó la convocatoria de un plebiscito derogatorio de la Ley de
Caducidad, el cual , de acuerdo con el artículo 331 requería recolectar un número de firmas
equivalente al 10% del censo electoral. Superado este requisito la convocatoria plebiscitaria
tuvo lugar el 25 de octubre de 2009, sin que la votación pudiera superar el 50% de los votos
del electorado al obtener el 47.98%, por lo cual esta segunda iniciativa ciudadana por la
invalidación constitucional y legal de la amnistía no tuvo éxito.

3636
Francesca Lessa and Leigh Paine, Amnesty in the Age of Human Rights Accountability, p. 128 Cambridge
University Press, 2012.

77
Sin embrago, las acciones judiciales interpuestas tanto dentro del propio país ante sus
autoridades judiciales –demandas de inconstitucionalidad de la ley por incumplir estándares
internacionales como por fracturar la división de poderes- al igual que el activismo judicial
adelantado ante el sistema interamericano de derechos humanos –la Comisión
Interamericana de DDHH- en nombre de los familiares de las víctimas, continuaron
ejerciendo una fuerte presión en contra de la aplicación extensiva que hasta entonces se
había hecho de la amnistía. El presidente Tabaré Vásquez proclamó la postura oficial de
excluir de la misma casos emblemáticos, crímenes graves cometidos por líderes civiles o
agentes policiales y militares de alto rango, delitos cometidos fuera del país –conectados
con la siniestra ‘Operación Cóndor’- y la apropiación ilegal de menores.
El sistema judicial interno empezó a tramitar casos de violaciones cometidas por agentes
públicos y se produjo toda una serie de condenas penales contra perpetradores –casos Soba,
Blanco y Álvarez-, concluyendo en la sentencia a treinta años de prisión impuesta al ex
presidente Bordaberry por su papel determinante en dos asesinatos políticos, nueve casos
de desaparición y ataque a la constitución. La propia Corte Constitucional estableció en
octubre de 2009 la inconstitucionalidad de la Ley de Caducidad en el caso Sabagaray –la
inexequibilidad no se aplica de modo general sino en cada caso concreto-, abriendo con ello
la vía para posteriores declaratorias de inaplicabilidad de la amnistía –casos Organización
de DDHH y García Hernández Amaral y otros- en los que se posibilitó en enjuiciamiento
del asesinato de civiles y exintegrantes de los Tupamaros-.
Finalmente, en 2011 la Comisión Interamericana de DDHH declaró que la amnistía
uruguaya contravenía las Convenciones Americanas de DDHH y contra La Desaparición
Forzada responsabilizando al estado uruguayo por la desaparición de la hija del poeta Juan
Gelman y la apropiación de su nieta, extendiendo de manera general esta incompatibilidad
a violaciones de la misma gravedad.

78
El uso estratégico de la clemencia como arma de guerra y método de pacificación
durante la fase inicial de las luchas por la Independencia y la dictadura bolivariana.

La totalidad del período de las luchas independentistas ofrece una práctica reiterada en el
ofrecimiento de amnistías e indultos como instrumento táctico para provocar en las huestes
del adversario defecciones y cambios de lealtades, tanto en el curso de las hostilidades
mismas como en los preparativos para su desencadenamiento, y no menos, una vez
transcurridas las correspondientes acciones. La amnistía o el ejercicio oportuno de la
clemencia hacen parte de la estrategia militar misma, se ancla en las tradiciones
monárquicas medievales, se inscribe en los catecismos republicanos, figura en las
proclamas de combate, se modulan con extremo cuidado los términos en que se enuncian
con el fin de maximizar sus efectos, se rodean de un ritual de exhibición para acentuar sus
connotaciones de efectuación, en suma, entran en la dura disputa por lealtades y adhesiones
en cuya obtención se juega buena parte de una guerra angustiosa y crucial.
Como atribución de la gracia real que a su manera corona los atributos omnímodos y
trascendentales de la soberanía monárquica, el indulto recibió sendos empleos ejemplares
durante la etapa final del propio periodo colonial. El virrey Caballero y Góngora habría de
otorgar un indulto luego del heroico fracaso de los radicales levantamientos populares
ocurridos en El Socorro y conocidos en la historiografía patria como la ‘Revolución
Comunera’, en agosto de 1782, en nombre de su majestad borbónica el rey Carlos III.
Combinando el furor punitivo y la venganza implacable con la dulce compasión de la
benignidad real el indulto sucede a los terribles ajusticiamientos de los rebeldes, como
medida suprema de legitimación del régimen virreinal, habilitación para continuar las
reformas administrativas de los borbones y como medida práctica ante la imposibilidad de
castigar a todos los comprometidos37.
La segunda ocasión durante la Colonia en la que se produjo el empleo del indulto fue por
parte del virrey Antonio José Amar y Borbón el 14 de octubre de 1808, el cual de manera
muy particular, más que sellar un levantamiento tuvo la finalidad más modesta de buscar la
reincorporación de desertores a las filas del ejército real cuya presentación debía realizarse
ante los propios jefes militares o los funcionarios judiciales38.
Se tiene registro de al menos una veintena de perdones reales una vez iniciado el proceso de
independencia con la instalación de la junta de Santa Fe, 15 de octubre de 1810 expedido
por las Cortes; 25 de mayo de 1812 expedido desde Quito por el presidente Toribio
Montes; los indultos del 24 de mayo y el 14 de octubre de 1814 por el monarca Fernando
VII; el 23 de septiembre de 1815 por el general de Costafirme Pablo Morillo destinado a la

37
Montoya Gómez, María Victoria Los jueces y los desordenados: la administración de justicia y los esfuerzos
por ordenar vistos a través de las relaciones ilícitas. El caso de la ciudad de Antioquia 1750-1809 p. 45 Tesis
de doctorado, UNAM 2013.
38
Melo Flores, Jairo A. El indulto en el proceso de independencia de la Nueva Granada, 1808-1821 en Revista
de Historia y Justicia p.236 Volúen 6 2016

79
ciudad de Cartagena; el 9 de abril de 1816 por el virrey Francisco Montalvo también
dirigido al puerto de Cartagena; el 24 de abril de 1816 por Pablo Morillo teniendo como
objeto la provincia de Ocaña; el 17 de abril de 1816 expedido por el rey Fernando VII, el
cual fue aprobado o confirmado por el Consejo de Indias el 3 de octubre del mismo año con
el propósito adicional de prorrogar su vigencia hasta el 10 de diciembre de 1816; el 31 de
mayo de 1816 expedido por Morillo para la capital del virreinato; 2l 24 de enero de 1816
por el monarca español; el del 7 de mayo de 1817 expedido por el gobernador Vicente
Sánchez de Lima para la región de Antioquia; el 12 de junio de 1817 por el general Morillo
para la población de Cariaco; el 8 de noviembre de 1817 por el monarca Fernando VII para
quienes se hallasen comprendidos en el fuero militar; los expedidos a lo largo del año de
1818, el 1° de marzo, el 24 de abril –para la ciudad de Valencia-, el 18 y 22 de diciembre
para Caracas; la secuencia de aquellos expedidos por el monarca durante el periodo
siguiente 1819-1820, comenzando por el del 9 de noviembre y 20 de diciembre de 1819, y
continuando con los 15 de enero, 9 de marzo y 20 de julio de 1820; finalmente aquellos
dictados por las Cortes el 27 de septiembre y el 10 de octubre de 182039.
En contravía de la tendencia instrumental y ambigua de las medidas de clemencia
decretadas por Morillo durante el período de la Restauración, que apenas lograban mitigar
el empleo continuo de la crueldad mediante la utilización coordinada y continua de la Junta
de Secuestros, el Tribunal de Purificación y el Consejo Permanente de Guerra, y en el
contexto del enfrentamiento que su accionar enfrentó con la sino diametralmente opuesta
perspectiva asumida por el virrey Juan Antonio Montalvo, reviste particular interés la
solicitud de indulto que se elevara ante él por parte de la gobernación de la provincia de
Antioquia. Movilizada por influyentes familias que habían vista afectados algunos de sus
miembros por las severas medidas adoptadas por el pacificador, el gobernador Sánchez de
Lima formuló la mencionada solicitud que recibió acogida el 23 de enero de 1817 cuando
la autoridad virreinal procedió a la expedición de un indulto aplicable a dicha provincia40.
Varios apellidos ilustres resultaron claros beneficiarios de la medida, el más célebre de
todos ellos, el del futuro historiador José Manuel Restrepo, su madre y otros familiares.
Primeras guerras civiles y llamamiento al olvido
El complejo proceso de las primeras juntas revolucionarias que empezaron a emerger en los
territorios ultramarinos de la corona española a partir de 1810 como consecuencia de la
invasión napoleónica a la península y la súbita acefalía monárquica estuvo acompañado de
las primeras confrontaciones entre las propias regiones sublevadas. El antagonismo
político, ideológico y de liderazgo regional que las opuso llevo al menos a tres episodios de
confrontaciones bélicas intestinas: el enfrentamiento entre el Congreso de Cundinamarca
reunido en Santa Fe y la villa de Tunja con el cuerpo político convocado en Leyva durante
1811, y el que opusiera a Cundinamarca con Cartagena.

39
Earle Rebecca A. Spain and the Independece of Colombia pp. 83, 84 y 193, University of Exeter Press, 2000.
40
Gutierrez Ardila, Daniel La Restauración en la Nueva Granada (185-1819), p. 169 Universidad Externado
de Colombia (2016),

80
En el Tratado de Santa Rosa celebrado el 30 de julio de 1812 entre los gobiernos de
Cundinamarca y Tunja se dispuso que el gobierno en Santa Fe renunciaba al derecho a
reclamar el juzgamiento de los soldados al servicio de Tunja que habían participado en la
contienda mientras que dejaba obrar a este a su acomodo; y adicionalmente, se estableció
“que habrá un eterno olvido de los hechos de aquellas personas que han participado en las
pasadas desaveniencias”. Respecto de la segunda fase de la contienda, se estableció el 6 de
enero de 1813 una fórmula de “perpetuo olvido de todo lo pasado por una y otra parte”.
(Documento # 37)
Capitulación de Antonio Nariño al general Baraya el 6 de enero de 1813 en el sentido de
establecer un “perpetuo olvido de todo lo pasado por una y otra parte” y la consecuente
puesta en libertad de los dos diputados detenidos en Tunja (Documento # 53)
Cuando se produjo la toma de la capital por las fuerzas de Bolívar, el 12 de diciembre de
1814, “que habrá de una y otra parte un olvido general de los acontecimientos precedentes”,
además de las garantías en honor, persona y propiedad a todos los ciudadanos de
Cundinamarca, “en virtud de la noble y valiente conducta con la que se ha hecho la guerra
recíprocamente”. (Documento # 90)
Una vez más, al finalizar la toma de Cartagena por Bolívar, el 8 de junio de 1815, se
procedió a la elaboración de un tratado general con la ciudad, en el que se reiteró la fórmula
de olvido anterior en términos de “un olvido absoluto de la contienda anterior, así como de
las causas que hayan podido originarlas; habrá restitución de prisioneros, y una amnistía
general para los individuos de uno y otro ejército, así como de los particulares que hayan
favorecido uno u otro, cualquiera que haya sido su conducta en la guerra hacia el que creía
su enemigo”. (Documento # 104).

Ya desde fecha tan temprana como la fulminante declaración de guerra a muerte


proclamada por Bolívar a mediados de 1813 en los comienzos de su campaña en el
territorio de la Capitanía de Venezuela, Bolívar ofrece a españoles y canarios, sobre
quienes ha arrojado la vindicta y la muerte, la posibilidad de recibir su clemencia para ser
perdonados si éstos se convierten y colaboran con la causa patriota. La función de
‘zanahoria’ para las medidas de amnistía e indulto relumbra aquí con inequívoco fulgor
tanto como en las amenazas del gobernador español Monteverde. Igual cosa puede
afirmarse de las no menos terribles proclamas de Tomás Boves, quien no solo se auto
atribuyó la conducción de una guerra justa, sino también de una guerra santa en cuyo
desarrollo la clemencia termina por revestir la indulgencia con trazos teológicos.
Por ello no es inesperado que en los cálculos estratégicos que la Reconquista al mando del
célebre general Pablo Morillo intentara ejecutar a partir de 1815, el empleo de las medidas
de clemencia como la amnistía y el indulto desempeñara un papel de considerable
importancia. En su condición de instrumentos para la pacificación del Virreinato
neogranadino su política de aplicación estuvo recogida en las instrucciones impartidas ‘para
su expedición a Costafirme por el ministro universal de Indias Lardizábal’, fechadas el 18

81
de noviembre de 181441. La gramática y los matices requeridos para su adecuada
implementación exigieron un continuo afinamiento en medio de la acerada e implacable
profusión de ejecuciones bajo el cargo de traición –al menos un centenar en el territorio
neogranadino- proferidas por el Consejo Permanente de Guerra, de manera que los efectos
perseguidos de delación, deserción, cambio de lealtades y aceptación del pacificador
tuvieran posibilidad de realización. Incluso antes de llegar a Santa Fe –Ocaña, 24 de abril
de 1816- había ordenado la publicación de un indulto en el que se ofrecía un perdón muy
amplio a soldados y suboficiales, limitado en el caso de la oficialidad a aquellos ‘que algún
servicio extraordinario los haga acreedores a esta gracia’; los esclavos figuraban como
destinatarios del mismo en el caso de que ‘aseguren y presenten a algún cabecilla o jefe
revolucionario a quien pertenezcan’, y por último se ofrecían recompensas a quienes
‘entregasen enemigos del rey’42. Una primera consideración consistió en dejar en claro que
él era la única fuente válida para la dación de la clemencia en vista de lo cual apenas
llegado a la capital dejó sin validez el indulto declarándolo nulo el indulto publicado por el
brigadier Latorre en Zipaquirá43. La evidencia del fracaso o al menos del escaso éxito de la
programada indulgencia estriba en la inmediatez con la que Morillo procediera a la
expedición de un segundo indulto, el 30 de mayo de 1816, apenas llegado a la propia
capital. La modificación en los términos de este último en relación con los destinatarios o
beneficiarios del mismo, es de suyo muy elocuente: en esta ocasión la medida se focalizó
en los ‘oficiales que hayan servido en el ejército rebelde’ –descartando a intermediarios y
colaboradores- siempre que tal participación se hubiese circunscrito al simple desempeño
de funciones bélicas, y que por tanto no hubiesen incurrido en “los crímenes de sediciosos,
asesinos, incendiarios” y que además, éstos se presentasen “a servir en las banderas de Su
Majestad en clase de soldados”44. El citado biógrafo de Morillo atribuye el fracaso de este
segundo indulto al estrecho alcance de la medida que en el fondo excluía a quienes habían
tomado parte activa en la rebelión con la consecuente e inevitable comisión de delitos, pero
especialmente a la implícita degradación de rango que el acogimiento al indulto llevaba
consigo al transferir a los oficiales rebeldes bajo las banderas patriotas en condición de
simples soldados obligados a compartir su condición de tales con la soldadesca peninsular.
Eso no impidió que la noche de celebración de las festividades por su llegada el Pacificador
en persona concediera indulto a un grupo de rebeldes que se hallaban recluidos en un
convento previa exigencia y cumplimentación de un juramento de lealtad45.
El carácter de medida de gracia del indulto se corrobora plenamente en el caso de la medida
de perdón real proferida por el Virrey Montalvo el 18 de junio de 1817, cuando este
ordenara la publicación y por tanto se hiciera efectivo el indulto proferido por Fernando VII

41
Quintero Saravia, Gonzalo Pablo Morillo General de dos mundos p. 319 Editorial Planeta 2005, Bogotá.
42
Ibídem, p. 320 El historiador colombiano José Manuel Restrepo califica este segundo indulto como una
“burla hipócrita que pretendía aparentar benignidad para cubrir su nombre, y que no se dijera que solo
amaba el derramamiento de sangre” en Restrepo, José Manuel Historia de la Revolución de la República de
Colombia en la América Meridional p. 426 Editorial Universidad de Antioquia 2009 Medellín.
43
Restrepo José Manuel, Ibídem, p. 426
44
Quintero Saravia, Ibídem, p. 320
45
Ibídem, p. 323

82
en el mes de enero motivado y con ocasión de su casamiento con la princesa de Portugal,
María Isabel de Braganza. Si bien los efectos del mismo son discutibles, Restrepo no vacila
en resumirlos, señalando que “en breve las cárceles quedaron vacías con gran sentimiento
de Sámano, que opinaba por el severo castigo de rebeldes e insurgentes, como único medio
de pacificar los países insurreccionados”46.
“Pero el genio del mal reinaba despóticamente en estas desgraciadas comarcas, y el indulto
fue insultado, despreciado y burlado por los extraviados. Pocos de estos, residentes en las
colonias extranjeras, se acogieron a él, y en una gran parte creyéndole efecto del temor y de
la impotencia, pasaron a Angostura a formar la expedición con que su jefe Bolívar hizo
después la memorable campaña de 1818”47.
En los mismos inicios de los primeros intentos republicanos, cuando el congreso de las
provincias unidas se encontraba bajo la presidencia de Antonio Nariño, este procedería a la
expedición de medidas de clemencia. Lo hizo el 24 de diciembre de 1811, mediante un
indulto general concedido a todos los presos y arrestados del Estado, del cual se excluían
conductas como acciones civiles del fisco o tercero, traición, malversación del tesoro
público, resistencia formal con armas a la justicia homicidio alevoso o en sacerdote,
sodomía, bestialidad y todos los que legalmente se califiquen de atroces48. Bajo el amparo
de la constitución de Cundinamarca que entretanto había sido reformada reduciendo los
márgenes de aplicación de la clemencia solo a los casos de guerra y crímenes de
conmociones populares, Nariño decretó un nuevo indulto en septiembre de 1812 “ todo
soldado, cabo o sargento que hasta el día se haya desertado o servido contra el estado”49
El uso de las amnistías obtiene un momento importante en el curso de las luchas
emprendidas contra la denominada ‘dictadura de Bolívar’ que por su intensidad y
antagonismo bordean y traspasan el umbral de una guerra civil propiamente dicha. El
retorno de Bolívar después de sus campañas en el Sur donde completara la fase concluyente
de la guerra de independencia ante España luego que le fuera ofrecida la presidencia
vitalicia en la recién creada república de Bolivia cuya Constitución había sido redactada de
acuerdo con los presuntos y aspiraciones del propio Libertador entronizando una
presidencia vitalicia y sucesoral, fue interpretada como el preámbulo de un eminente
advenimiento colapso de los ideales republicanos. Visto como una suerte de Emperador de
los Andes en ciernes, numerosos círculos de militares no tardaron en verse a sí mismos
como una cohorte de arrojados Brutos dispuestos a ofrendar su vida con tal de impedir la
consagración de la tiranía. Dentro del conjunto de las diversas sublevaciones armadas que
se organizaban caóticamente en varias regiones del país por connotados militares que se
decantaron por el bando opuesto al Libertador, las dos más importantes fueron las del sur,
encabezadas por el antiguo militante realista y leal seguidor de Santander, José María
Obando, y en la región antioqueña, los hermanos Córdova, en particular, José María,

46
Restrepo, Ibídem p. 450
47
Melo Florez, Ibídem. P. 249, tomado de Morillo, Pablo Manifestación que hace la nación española el
teniente general D. Pablo Morillo, Oficina de Don Juan Gutiérrez, Caracas, 1829, pp. 28—29.
48
Melo Flores, Ibídem, p. 241.
49
Melo Flores, Ibídem, p. 241.

83
anteriormente no solo uno de los militares más cercanos a Bolívar sino hombre de su entera
confianza, a quien no había vacilado en nombrar como integrante del Consejo verbal de
guerra encargado de administrar justicia contra los conjurados en su contra en septiembre
de 1828.

El levantamiento de Obando apoyado por las célebres guerrillas del Patía y el potencial
respaldo del general peruano La Mar le permitieron infligir una ‘humillante’ derrota militar
a quien desde entonces sería su más despiadado rival durante casi cuatro décadas –al punto
de batirse infructuosamente a duelo en Bogotá-, Tomás Cipriano de Mosquera, en la batalla
de La Ladera en octubre de 1828, dada la manifiesta inferioridad de fuerzas en la que aquel
se encontraba. Bolívar procedió a encomendarle a José María Córdova el sometimiento del
rebelde pero aquel, reforzado en Pasto resultó una pieza difícil de cobrar. Esto obligó al
propio Bolívar a desplazarse hasta Popayán y para su tentativa de reducir a Obando no
encontraría mejor expediente que ofrecer un ‘generoso indulto’, cuya aceptación se
protocolizaría mediante el llamado Tratado de La Cañada –fechado el 3 de marzo de
1829- en las cercanías del rio Juanambú y en las inmediaciones de las actuales cabeceras de
Buesaco y Arboleda, con el cual se logró poner definitivamente fin a la sublevación del
sur50. Bolívar adelantó una cuidadosa estrategia de acercamiento que permitiera el éxito de
la empresa en medio de una situación que no le era del todo favorable, pues en el Perú las
fuerzas contrarias a su gobierno –en parte motivadas por su apoyo a la recién creada
república de Bolivia que significaba el desmembramiento de la hasta entonces llamada
región del alto Perú, y por la negativa a entregar la ciudad de Guayaquil- constituían un
desafiante frente militar adicional, que sin duda evocaba reminiscencias de ocho años atrás
cuando la expedición de Bolívar hacia el sur se viera detenida por las tropas pastusas
obstinadamente fieles al rey. La misión de acercamiento se sirvió pues del envío de dos
prestigiosos canónigos, Mariano Urrutia y María Grueso- quienes tomaron contacto con el
líder revolucionado, cuyas efusiones religiosas eran entonces ya conocidas.
El indulto acordado benefició pues a los dos principales jefes rebeldes, Obando y José
Hilario López, al mismo tiempo que hizo innecesaria la prolongación de la campaña militar
de develamiento ya que no resultó necesario proceder a la toma por la fuerza de Pasto, con
las inevitables consecuencias de destrucción y pérdida en vidas humanas que ello hubiera
acarreado, sino que Bolívar pudo arribar pacíficamente a ella. Aunque ciertamente el texto
del acuerdo no emplea ni la palabra ‘amnistía’ ni la de ‘indulto’ el léxico y las expresiones
empleadas en este muy temprano acuerdo o tratado, contiene de suyo una amplia amnistía,
particularmente en su artículo primero en la que se despoja de cualquier carácter delictivo o
criminal a la rebelión emprendida. En este artículo se estipuló “declarar que aquella
revolución como que tenía por objeto restablecer las instituciones juradas, no era
delincuente”. En el artículo segundo, se dispuso “convocar inmediatamente por medio de

50
Botero Herrera, Fernando Estado, nación y provincia de Antioquia Guerras civiles e invención de la región
1829-1863 p. 42 Editorial Hombre Nuevo Medellín, 2003. Se trata de una citación de la obra de Tamayo,
Joaquín, Nuestro Siglo XIX La Gran Colombia Banco Popular, Bogotá 1976.

84
sus representantes para que se constituyese en entera libertad”; mientras que en el tercero se
ordenaba “poner en libertad todos los ciudadanos cualesquiera fuese su condición y
comprometimiento que estuviesen padeciendo por la causa constitucional”. Se preveía
además la conservación para los oficiales rebeldes de los grados militares que se hubieren
obtenido con anterioridad51.
En el segundo escenario de la confrontación civil suscitada como reacción a la dictadura de
Bolívar –en realidad presidida por el general Rafael Urdaneta- el segundo episodio más
importante en el curso de la misma fue la llamada batalla del Santuario escenificada el 17
de octubre 1829, cuando el antiguo héroe de Ayacucho y amigo cercanísimo del Libertador,
en nombre de la libertad y contra el despotismo se levantara en armas con un contingente
cercano a los 300 hombres en las cercanías de Rionegro. Quien fuera edecán de Bolívar, el
irlandés O’Leary, fue comisionado por Rafael Urdaneta que ejercía como dictador, para
debelarla, presentándose una acción de tres horas en la que más de doscientos combatientes
perdieron la vida, incluido el asesinato del jefe rebelde que había se encontraba herido y
fuera ultimado a golpes de sable por el tristemente célebre Ruperto Hand. En su condición
de jefe militar de la expedición O’Leary disponía de las facultades propias de la ley marcial
para ofrecer un armisticio a los rebeldes vencidos y sobrevivientes de la batalla, como
efectivamente lo hizo en favor de estos excluyendo tanto solo a quienes habían estado
implicados en el anterior intento de asesinato contra el Libertador. Salvador Córdova y
algunos pocos de sus acompañantes se acogieron a los términos de la amnistía, que incluía
además el requisito de jurar lealtad al gobierno bolivariano. Salvador Córdova se reconoció
culpable “por haber escuchado el grito poderoso de la naturaleza, desgraciadamente en
contradicción de mis deberes públicos”52. De modo adicional o complementario a la
amnistía el propio Bolívar concedió una medida de indulto en la cual se incluyó también al
sedicioso gobernador de Antioquia, Miguel Antonio Jaramillo –cuñado de Salvador- y a
otras personas no cobijadas por la amnistía de O’Leary. Ambas medidas de clemencia
impartidas por el jefe militar de la misión de sometimiento como la del propio titular del
ejecutivo fueron unánimemente consideradas de modo muy positivo, contribuyeron a la
temporal pacificación de la región del nordeste antioqueño y fueron alabadas por el obispo
como “un bálsamo precioso, que no adormece y embota como el opio, sino cicatriza y
sana”53. El propio Bolívar para concluir las anteriores medidas de indulgencia decidió
‘eximir a la provincia de Antioquia de la contribución de cincuenta mil pesos que se le
había impuesto54. Puede aventurarse que el benigno tratamiento otorgado tanto a la
provincia como a los integrantes de la rebelión oriundos de Antioquia redundaría en la
consolidación de futuras lealtades en favor del sector conservador sobre el que tan
determinante influencia habría de ejercer dicha región en las décadas posteriores del siglo
XIX.

51
Botero Saldarriaga, Roberto Córdoba pp. 499-501, Editorial Bedout, Medellín, 1970.
52
Botero Herrera, Ibídem, p.68.
53
Brown, Matthew El Santuario: historia global de una batalla pp. 147-148, Universidad Externado de
Colombia, Bogotá 2015.
54
Botero Herrera, Ibídem, p. 68.

85
Bajo el breve periodo de la presidencia de Domingo Caycedo y vicepresidencia de Joaquín
Mosquera, se produjo el levantamiento de los militares favorables a Bolívar, Carlos Castelli
y Florencio Jiménez, quienes al mando del batallón Callao iniciaron hostilidades en la
población de Zipaquirá. Encontrándose en manifiesta inferioridad de condiciones los
rebeldes aceptaron deponer las armas a cambio de una amnistía55. Los comprometidos en el
levantamiento, donde se hallaban al menos cuatro extranjeros, fueron perdonados el 23 de
agosto de 1830. En este caso el perdón solo sirvió para que menos de una semana después
el mismo Castelli, ahora levantado en armas con mayor preparación y apoyo, enfrentaran a
las del gobierno y lo batieran en la batalla de Funza –o Santuario de Funza- el 27 de agosto,
abriendo con ello las rutas para que las fuerzas partidarias de Bolívar se dirigieran a la
capital y la tomaran en su poder al día siguiente 28, restaurando el gobierno militar de
Bolívar esta vez en manos del general Rafael Urdaneta, en su condición de presidente
provisional y dictador. El dominio del gobierno dictatorial de Urdaneta significaba en el
fondo una situación muy precaria dada la ausencia del propio Libertador y no era en
realidad sino el preludio de la descomposición del ascendiente de los cada vez más débiles
sectores bolivarianos. La revuelta no tardaría en surgir de nuevo esta vez encabezada por el
amnistiado de la batalla del Santuario dos años atrás, Salvador Córdova. Apoyado por
antiguos seguidores y sectores del comercio y el clero, las tropas presurosamente
organizadas, inferiores en número, pero mejor conocedoras del terreno, lograron derrotar
consecutivamente en las batallas de Yolombó, Abejorral y Cerinza libradas entre el 2 y el
14 de abril de 1831, a las huestes del gobierno dictatorial encabezadas por Carlos Castelli.
En absoluto contraste con el tratamiento que se había otorgado a su hermano consistente en
una ejecución extrajudicial, a los consejos enviados por el general José María Obando
incitándolo a dar muerte a Castelli y a la prisión que pasajeramente le había sobrevenido
pese a la amnistía, en esta ocasión Salvador Córdova se permitió dar el trato más
caballeroso a los vencidos, a quienes no solo se les perdonó la vida sin excepción alguna
sino que al principal adversario lo alojó en calidad de prisionero en una cómoda casa y
envió a su propia esposa para que lo alimentara en cuchara de plata56.
Los efectos del levantamiento de Salvador Córdova y el amplio apoyo regional y nacional
recibido aceleraron las presiones sobre el gobierno de Urdaneta que llevaron a la
negociación para que se llevara a cabo su retiro hacia Venezuela y la suscripción de los
denominados Acuerdos o Tratados de Apulo, el 28 de abril de 1831, firmados por los
principales jefes de las diversas facciones que habían participado en la breve guerra civil,
esta vez en contra el llamado régimen dictatorial instaurado por el jefe militar venezolano
Urdaneta. Tuvieron la virtud de prevenir una contienda bélica prolongada que se avizoraba
entre los restantes partidarios del régimen dictatorial y los sostenedores del gobierno de
Caycedo y Mosquera, quienes disponían ahora de una cierta preeminencia militar pero no

55
Brown, Matthew, Ibídem p. 166
56
Brown, Matthew Ibídem pp. 174-177.

86
sobre la totalidad de la Sabana57. Quienes suscribieron las cláusulas del Acuerdo fueron J.
García del Río, José Hilario López, José María del Castillo Joaquín Posada Gutiérrez,
Florencio Jiménez y Pedro Mosquera, e impartieron su aprobación tanto el dictador
saliente, Rafael Urdaneta –en lo que puede considerarse su último acto de gobierno en
calidad de dictador- y el presidente depuesto por Bolívar y ahora reinstalado en su cargo
gracias a la revuelta, Domingo Caycedo. El texto de los mencionados acuerdos contiene
varias cláusulas de particular interés para la comprensión de la mentalidad prevaleciente
entre los rivales enfrentados respecto de las hondas diferencias que los oponían en el plano
político, militar, regional, e incluso en la naciente rotunda separación entre la oficialidad
dividida entre colombianos y venezolanos.
En ellos ambos dirigentes políticos y militares se comprometían a emplear tanto su
autoridad como su influencia personal para ‘transijir amigablemente las diferencias
existentes entre los departamentos del centro y se reintegren bajo la obediencia de un solo
gobierno’, en espera de la reunión de una convención que habría de dotar a todos de una
nueva institucionalidad. En su artículo 2° se estipuló por su parte que “se consigna a eterno
y perpetuo olvido todo lo pasado; y de uno y otro lado se prometa guardar la más juiciosa
moderación respecto de los acontecimientos, actos y opiniones públicas anteriores”58. La
fórmula empleada resulta de particular interés no solo por la amplitud ilimitada del olvido
acordado sino por la solemnidad lexical que le acompaña, donde nociones casi pre
modernas, e incluso con cierto tinte medieval, como ‘eternidad’ y ‘perpetuidad’, tan usuales
por lo demás en las guerras civiles europeas de intolerancia religiosa y sus respectivas
fórmulas de pacificación, terminan por conferirle un carácter muy singular.
Como acuerdo ultimado exclusivamente entre militares se dio empleo al mecanismo de
mantener y preservar los grados, ascensos y honores militares que por una y otra parte se
hubieren concedido, fórmula casi sacramental que volverá a irrumpir en la gramática de las
amnistías colombianas hasta la mitad del siglo XX. Tal disposición habrá de convertirse en
un sine qua non para obtener la adhesión de los sectores militares y el estamento castrense
cuya favorabilidad resultaba crucial para el régimen político recién inaugurado.

De manera complementaria a lo anterior y en estrecha relación con el papel preponderante


desempeñado por las armas como recipiendario de la política misma en el artículo 4° se
dispuso que las tropas bajo el mando de ambos jefes habrían de mantenerse en la situación
del momento “hasta que el gobierno cuya autoridad deberán prestar juramento de fidelidad
y obediencia unas y otras, determina a cerca de ellas lo que demanden las necesidades y la
conveniencia de los departamentos del centro”. En su artículo final y a la espera de la
reorganización territorial que se preveía en un futuro no muy lejano, se dispuso la abolición

57
Prado Arellano, Luis Ervin Rebeliones en la provincia La guerra de los supremos en las provincias
suroccidentales y nororientales neogranadinas 1839-1842 pp. 98-100, Universidad del Valle 2007.
58
Prado Arellano, Ibídem p. 99.

87
de la “odiosa distinción de granadinos y venezolanos: distinción que ha sido causa de
infinitos disgustos, que no deben existir entre los hijos de Colombia”.
Pese a la benignidad de sus términos, los Acuerdos de Apulo, se toparon con un repudio
tenaz por parte de los más connotados jefes opositores contra el régimen o interregno
dictatorial, pues Obando, José Hilario López, Juan Nepomuceno y el denominado ‘partido
del Socorro’ hicieron manifiesta su actitud de rechazo al punto de no considerarse
vinculados por las estipulaciones suscritas por parte, de quien al menos teóricamente, era su
jefe, esto es el presidente y general Domingo Caycedo. Puede sostenerse que el sector
militar vencedor en la contienda a quien en el fondo el presidente y general Caycedo debía
su reinstalación en el solio presidencial se consideró como el efectivo depositario del poder,
claramente dispuesto a hacer reconocer al jefe del ejecutivo los límites de su investidura y
la precariedad del conjunto del sistema de gobierno post-bolivariano. Lo que estaba en
juego de fondo era la cuestión intentada resolver en vano por los Acuerdos de Apulo de las
prebendas y vitales pensiones y prestaciones militares cuyo alcance no alcanzaba a
satisfacerse con la coexistencia de las dos fracciones: de un lado, los militares venezolanos
y extranjeros –especialmente de procedencia británica- cuyo ascendiente se encontraba en
franca declinación, y de la otra, la fracción vencedora que finalmente tras largos cuatro
años de dictadura y guerra civil tenía a su disposición el presupuesto inherente al escalafón
militar así como el inequívoco respaldo para las propiedades adquiridas como
reconocimiento por sus servicios. Imponiendo su voluntad y con ello provocando el
abandono del cargo por Caycedo, se expidió la denominada Ley secreta de medidas de
seguridad que suprimieron del escalafón militar a numerosos militares venezolanos y otros
partidarios del antiguo régimen.
Tanto el régimen dictatorial como la presidencia despojada por el golpe de estado de
Bolívar acudieron en el decurso de las propias acciones militares cuando el resultado de las
mismas les era favorable a la utilización del expediente de la amnistía.

.
Amnistías durante la Guerra de los Supremos

Durante la década de los años 30 las dolorosas huellas dejadas por la disolución de la Gran
Colombia y las disputas entre bolivarianos y santanderistas que conllevara el fusilamiento de
miembros pertenecientes a este último grupo, intentaron superarse con la famosa Ley de
Olvido proferida por la Convención Granadina reunida en 1832. La convocatoria de esta
importante asamblea con pleno carácter de poder constituyente obedeció a la imperiosa
necesidad de echar las bases del nuevo orden político de la recién creada Nueva Granada,
una vez que la poco realista pretensión de una gran república colombiana que extendiera sus
fronteras desde el extremo oriental de las bocas del Orinoco hasta el sur en el Amazonas
quedara sepultada por los intereses caudillistas y las pulsiones centrífugas regionales.

88
Consecuente con el talante de un nuevo comienzo que la propia Constitución de 1832
asumiera al fundar por vez primera una nacionalidad neogranadina, se adoptó igualmente la
mencionada Ley de indulto general con la cual se buscó poner fin a las múltiples causas
penales por los hechos acontecidos antes casi una década atrás.
Bajo esos mismos principios se llevaría a cabo la codificación penal inaugural dentro del
proceso de formación estatal, que vino a conocerse como el Código Penal de 1837, en la cual
se adoptaron categóricas definiciones de las conductas consideradas contrarias al orden
constitucional así como draconianas sanciones para quienes las concibieran y ejecutaran.
Presidida por un exaltado pero comprensible criterio de asegurar la defensa del orden cívico
político –republicano y ciudadano- que se buscaba fundar y establecer, las nociones de
traición y condigna pena capital para su comisión, encontraron un destacado lugar como
pilares de la protección que buscaba asegurarse enderezando su rigor en contra de quienes se
levantasen armados en su contra. El artículo 232° dispuso que “(…) Los que en la rebelión
hayan procedido como autores principales, son traidores, serán declarados infames y sufrirán
la pena de muerte”; por su parte, el artículo 239° pasaba a ocuparse de los propios
funcionarios que se pusieran en contra del orden institucional, estableciendo que “Cuando se
comete el delito de sedición con armas, el que hace de ella cabeza será castigado con la pena
de muerte y lo serán con la de doce a diez y seis años de trabajos forzados quienes sigan a
aquellos”. La extrema dureza de las sanciones previstas, cuya índole disuasiva se asumía
como una consecuencia natural de cara a futuras y eventuales situaciones de levantamientos
armados, se complementó con el ejercicio postrero de la clemencia bajo la fórmula de una
nueva ley de indulto expedida por el Congreso en ejercicio de la competencia que le había
sido atribuida por la Constitución de 1832 en su artículo 72 # 16 de otorgar indultos generales
por mayoría simple. La Ley de indulto de abril de 1838 tuvo en consecuencia como conductas
a las cuales otorgaba el beneficio del olvido y la cesación de todo procedimiento penal,
aquellas de rebelión, conspiración, traición, sedición y deserción. La naturaleza
ideológicamente híbrida de nuestra primera ley general penal en la que se combinaron los
principios utilitaristas provenientes del pensamiento de Bentham –proporcionalidad de las
penas, carácter disuasivo de las mismas de cara a individuos movilizados por cálculos de
provecho- con la tradición colonial y sus prácticas inquisitoriales, confirieron una profunda
marca de degradación al traidor quedando sometida al macabro ritual de la pena capital que
implicaba la exhibición pública del condenado y la prohibición de su exhumación en un
cementerio católico. El sentido y mensaje de ambas medidas, el código penal y la ley de
indulto, constituyeron una dupla complementaria de zanahoria y garrote: benignidad para los
traidores del pasado y pena capital para quienes se atrevieran a perpetrar la infamia de la
traición.
Como ocurre en tales casos, las optimistas previsiones legales se vieron muy prontamente
controvertidas por el estallido de la guerra menos de un año después en lo que sería una
confrontación civil de alcance nacional -16 de las 19 provincias se vieron directamente
envueltas en la contienda- que puso al país literalmente al borde la disolución con la
proliferación de levantamientos secesionistas acaudillados por poderosos líderes, o
‘supremos’, en los cuales se expresaron reivindicaciones regionales, faccionalismos

89
políticos, diferencias locales y una inmensa gama de ajustes de cuentas que se cruzaron y
entrecruzaron en diferentes niveles espaciales y personales, contribuyendo a conferirle su
hasta entonces desconocida extensión, intensidad y duración .
En el curso de la misma y en los años subsiguientes a su finalización se expidieron once
indultos de la más variada naturaleza en sus alcances, localización geográfica, inclusiones y
exclusiones, así como en la condición de sus destinatarios, desgranados todos ellos en algo
más de una década. Para materializar la competencia constitucional del congreso y la del
ejecutivo bajo el estado de sitio –el cual ciertamente no se designaba así sino bajo la
denominación de “grave peligro por causa de conmoción interior o de ataque exterior que
amenace la seguridad de la república”- de acuerdo con el artículo 108 # 4° de la constitución
de 1832, se adoptó durante el segundo año de la guerra civil lo que vendría a conocerse como
la Ley de Seguridad por medio de la cual se confirió la competencia de otorgar indultos a los
gobernadores y jefes militares. En lo que puede considerarse un antecedente de
descentralización política la habilitación a las autoridades civiles regionales y militares en
terreno para el otorgamiento de indultos particulares y generales significó una repartición de
dicha competencia inicialmente concentrada en la cabeza del ejecutivo. La ley de Seguridad
estableció en su artículo 4°a la par de lo anterior, severas restricciones respecto de
gobernadores y jefes militares de provincia; a los caudillos y cabecillas de las rebeliones, y
aquellos que habiendo sido beneficiarios de anteriores amnistías, hubieran reincidido en sus
acciones traidoras.
Tres de los mencionados indultos de índole general que fueron expedidos en los inicios
mismos de la guerra y bajo la modalidad de la exponsión, pese a haber sido suscritos por los
jefes militares en terreno, terminaron siendo rechazados por el ejecutivo nacional en la capital
-Vélez, Los Árboles y Timbío-, lo cual sin duda contribuyó en no escasa medida a la
continuación y escalamiento del conflicto armado59; en lo que respecta a los restantes
indultos, tres de ellos fueron perdones provinciales expedidos de manera inequívoca en la
función estratégica de debilitar a los supremos distribuidos en las tres grandes regiones donde
la insurrección era más amenazante, ofreciéndoles la zanahoria de la clemencia a fin de
deponer sus ánimos beligerantes: el Norte, donde actuaban José María Vezga, González
Valencia, específicamente en las zonas de Casanare, Pamplona, Tunja Vélez; la Costa, donde
se movilizaban Gutiérrez de Piñeres, Juan José Nieto, particularmente en las zonas de Santa
Bárbara, Ciénaga, Soledad, Sabanalarga y Barranquilla; y a la vasta región de Panamá y
Veraguas donde el papel de insurrecto principal fue desempeñado con los mayores arrestos
secesionistas por Tomás Herrera. Los cinco indultos restantes correspondieron a medidas de
alcance nacional y se decretaron ya hacia el final de la guerra y en los años subsiguientes por
la vía parlamentaria.
A mediados de 1839, las hostilidades se desencadenaron a escala nacional con una intensidad
sin precedentes, cuando una variopinta pléyade de caudillos regionales, la mayoría antiguos
santanderistas, se alzaron en armas contra el gobierno central del primer presidente civil, José

59
Uribe de Hincapié, María Teresa – López Lopera Liliana María Las palabras de la guerra: Un estudio sobre
las memorias de las guerras civiles en Colombia pp.159-169, Editorial La Carreta, Medellín 2006.

90
Ignacio de Márquez, en un período temporal que habría de extenderse durante dos años y
nueve meses. En esta ocasión, las oposiciones de los actores representan el clásico
antagonismo entre las precarias fuerzas centrípetas de una gubernamentalidad civil sin mayor
arraigo en las regiones y las poderosas fuerzas centrífugas de influyentes caudillos militares
dispuestos a mantener con la guerra sus áreas de dominio e influencia. Esta dinámica es
perfectamente similar, en términos sincrónicos y materiales, a la que se presentaba en los
procesos de construcción nacional de los demás países latinoamericanos.
El ataque de la oposición al gobierno central obedeció, en gran medida, al improvisado y
confuso manejo proporcionado por el primer presidente civil José Ignacio de Márquez a las
volátiles lealtades militares, de las que dependía de manera crucial, y a la fragilidad
institucional y política que lo aquejaba. Esto se dio en el marco de una resistencia de
importantes sectores agrupados alrededor de la figura dominante del último gran general de
la Independencia, Santander, y de las rencillas entre personales entre este y Márquez. Cuando
se esperaba la designación de José María Obando como jefe de las fuerzas gobiernistas, el
presidente escogió en su lugar a Pedro Alcántara Herrán consolidando con estas dos
personalidades una manifiesta adversidad que pronto revelaría sus fatales consecuencias.
La exclusión de un caudillo tan influyente como Obando y las posteriores maniobras para
reducirlo políticamente, a través de su enjuiciamiento por el presunto homicidio de Sucre —
de autoría incierta y discutida durante más de medio siglo por gran parte de la historiografía
de la época—, intensificaron la confrontación y resultaron decisivas para desatar las revueltas
de sus homólogos en todas las regiones. El afán por someter al más prominente de los
Supremos, el general Obando, llevó al presidente en ejercicio a buscar el auxilio del
presidente Flores del Ecuador, para que, a cambio de cesiones territoriales, el vecino país se
aliara a los contingentes de Herrán, de manera que se asegurara el sometimiento del díscolo
caudillo, o su ejecución si fuera necesaria.
El carácter fronterizo del levantamiento y la peculiaridad de sus motivos —la clausura de los
conventos de San Agustín, Santo Domingo y San Felipe Neri, que no contaban con más de
una veintena de clérigos en Pasto— hacían difícil prever que la rebelión fuera duradera y,
menos, que llegara a alcanzar, desde el punto de vista geopolítico, una dimensión
verdaderamente nacional. Sin duda, las maniobras de Flores, que ambicionaba un
acrecentamiento territorial para el Ecuador en medio de límites fronterizos escasamente
definidos, encontraron en los enfrentamientos contra el general Obando la oportunidad
favorable para adelantar un juego a dos bandas, así que ofreció su apoyo militar al ejecutivo
colombiano y, al mismo tiempo, efectuó tratativas con los rebeldes, para alentar la división
y magnificar el carácter de amenaza de estos últimos, con el fin de hacer indispensable su
propia intervención.
En un amplio territorio y con una ascendente exaltación separatista, líderes de reconocida
influencia regional, como Salvador Córdoba, en Antioquia; Francisco Carmona, en la Costa
Caribe (Santa Marta y Ciénaga); José María Obando, en el sur; Manuel González, en el
Socorro; José María Vesga, en Mariquita; Juan José Reyes Patria, en Sogamoso; el clérigo
Rafael María Vásquez Vélez, en Boyacá; Francisco Farfán, en Casanare; Juan Antonio

91
Gutiérrez de Piñeres, en Cartagena; Lorenzo Hernández, en Mompox; y Tomás Herrera, en
Panamá, tomaron las armas contra el gobierno central de la capital. La extensión y agudeza
de la guerra estuvieron a punto de hacer perecer la naciente y atribulada república. La capital,
incluso, para mediados de 1840, estuvo en peligro de ser ocupada por los ejércitos rebeldes
de los caudillos del Norte que tomaron la población de Zipaquira y amenazaron la propia
capital. En esta ocasión, su población fue llamada para participar en trabajos de defensa y
fortificación: solo una victoria militar, liderada por Juán José Neira, en La Culebrera o
Buenavista logró impedir in extremis su caída. Para finales del mismo año, doce provincias
se encontraban completamente en manos de los rebeldes, cuatro parcialmente ocupadas, dos
bajo un precario control gubernamental, y las de Bogotá y Cundinamarca, prácticamente
rodeadas por sus adversarios. Los ímpetus separatistas condujeron a declaraciones de
secesión de los gobiernos cantonales y provinciales de localidades tan importantes como
Mariquita, Vélez, así como a la auto constitución de cinco estados independientes, como el
denominado Estado de Cibeles o Estado Soberano Federal de Barlovento, integrado por
Barranquilla, Soledad y Sabanalarga, o los estados de Santa Marta, Manzanares, Riohacha,
Cartagena y Mompox, separados de la república por voluntad de sus respectivos líderes
(Restrepo, 1954, p. 203). Cada nuevo pronunciamiento en oposición al Gobierno iba
acompañado por una declaración de secesión y conformación como unidad política autónoma
e independiente.
En una contradictoria mezcla de tendencias entre el polo de la devastación y el de la
clemencia, la guerra presenció reiterados fusilamientos colectivos: el de Salvador Córdoba y
cinco de los suyos, el 8 de julio de 1841; cinco fusilamientos más el 19 del mismo mes,
ambos ordenados por Mosquera, quien no sólo los admitiría sino intentaría justificarlos
apelando al derecho de la guerra en guerras internacionales para lo cual citaba a Vattel y
Martens; el del coronel Vicente Vanegas y José Azuero, jefe del Estado Mayor
Revolucionario en Bogotá; el de José María Vesga y Tadeo Galindo, coroneles de la
Independencia, en Medellín; los de Hatoviejo, en Antioquia; el del general Estanislao España
y once de sus compañeros, el 25 de marzo de 1841 en Popayán; el de cuatro guerrilleros, el
15 de mayo en Gachetá; el ordenado por el general Eusebio Borrero de cuatro prisioneros
tomados en la batalla de Huilquipamba, el 7 de marzo de 1841, en Palmira; el de Timbío,
donde se asesinó por lo menos a un centenar (Rodríguez, 1958, pp. 288-289); el del atrio de
la Iglesia de Cartago, en la plaza principal de Medellín, en el que bajo el argumento de la
retaliación y la represalia se autorizaba la ejecución en el paredón de jefes y adversarios
enemigos caídos en poder de una de las partes. En los fusilamientos se emplea como
justificación y manto legal una retórica prestada forzadamente de autoridades en la materia
apelando a la tesis de la retaliación. De esta manera, llegó a convertirse en expresión corriente
“el no dar cuartel de sargento para arriba”. Aunque los estimativos distan de ser exactos y
deben ser tomados con cautela, se le atribuye a Mosquera la autoría de un poco más del
centenar de fusilamientos ocurridos bajo su mando.
La denominada Guerra de los Conventillos era en el fondo un asunto de perturbación del
orden público suscitado por una disposición local dependiente de la autoridad espiritual del
párroco articulada a una no del todo resuelta cuestión de límites interestatales. Pero, el lugar

92
donde ocurrió supuso la convergencia de tres ejes de alcance nacional e internacional, que
habrían de precipitar su transformación en una contienda civil de plena cobertura territorial
y su extensión más allá de las fronteras: de una parte, la actitud de Mosquera dispuesto a
aprovechar la ocasión como jefe de las fuerzas del gobierno para catapultarse como líder
militar en detrimento de su antiguo rival Obando, las apremiantes necesidades del primer
gobierno civil de demostrar la fortaleza de su propia legitimidad y las maniobras de las
acciones de los dos jefes militares más destacados, Herrán y Mosquera, así como la no menos
crucial circunstancia de las aspiraciones territoriales del mandatario ecuatoriano Juan José
Florez, quien había sido compañero de armas de los anteriores durante las campañas de
independencia (Rodríguez, 1958, p. 97). A las anteriores circunstancias debe agregarse la
supuesta coincidencia de intereses con los revoltosos, cuando no subrepticia o abierta
colaboración de los sectores opositores al Gobierno central, situados en la capital y en el
propio Congreso, representados en Santander y Florentino González. Esta coincidencia se
manifestó en las publicaciones de sus periódicos, donde se agudizaban las críticas a los
ministeriales y se hallaban razones para las revueltas. En otras palabras, el eventual
avenimiento de la exponsión hubiese equivalido al otorgamiento de validez y razón a la
oposición política. Ello explica la negativa perentoria del gobierno civil a aprobar o refrendar
el instrumento que hubiese podido finiquitar ese inicial alboroto. La decisión gubernamental
abría el camino no solo a la continuación de los desórdenes, que pronto se convertirían en
abierta confrontación armada, sino a su escalamiento dentro de la casi totalidad del territorio.
Los enfrentamientos en la provincia de Antioquia, provocados por el levantamiento de
Salvador Córdoba, constituían un frente adicional a los del sur, a los de Panamá, a los de la
Costa Atlántica y a los de algunos cantones del centro del país. El Gobierno comisionó al
general Eusebio Borrero para combatir este frente. Después de ataques, marchas y
contramarchas, logró llegar hasta la población de Itagüí que, de acuerdo con los partes
militares de la época, se encontraba a una legua de Medellín. En dicho punto, fue atacado por
las tropas unidas de José María Vesga y Salvador Córdoba, el 1° de febrero de 1841, en un
enfrentamiento que no se prolongó más allá de las cinco horas, gracias a que la lluvia lo
impidió. Al día siguiente, los adversarios iniciaron conversaciones y se reunieron en al menos
dos ocasiones.
El primer gran debate político en torno a la amnistía dispuesta en la exponsión de Los Árboles
en febrero de 1840 Commented [PM5]: Para unificar los títulos, podría
considerarse la eliminación de esta frase.
La capacidad de movilización de diversos sectores sociales exhibida por Obando,
Commented [VAGA6R5]: De acuerdo, pero no podría
especialmente, de las amplias masas de esclavos y trabajadores serviles de raza negra, a agrgarse después como un subtítulo ¿
quienes prometía la emancipación, lo convirtió en un peligroso desafío para el gobierno
(Rodríguez, 1958, p. 61). En una confrontación que acarreaba inmensos riesgos, debido a la
enorme distancia que lo separaba de la capital, al operar en territorio que le era hostil, Herrán
buscó evitar su prolongación, aconsejando y ordenando al gobernador de Popayán el inicio
de tratativas con Obando. Con dicha recomendación, pero en el fondo cumpliendo el
dictamen del jefe supremo de la guerra, se enviaron a las toldas de Obando como delegados
del Gobierno nacional a los señores Joaquín Mosquera, Cenón Pombo y Bartolomé Castillo,
con el objetivo de acordar un avenimiento, de cuyo contenido se puso en conocimiento al
93
jefe rebelde inmediatamente. La exponsión de Los Árboles, como se conoce el acuerdo
alcanzado entre Herrán y Obando, consistió ante todo en el otorgamiento de una amnistía, de
cuyos términos se excluían a todos los individuos comprometidos en el levantamiento
proclamado en Timbío, levantamiento que se juzgaba como una afrenta insoportable. Para
poder producir sus correspondientes efectos legales, esta amnistía condicionada quedó
sometida al cumplimiento previo de las siguientes condiciones: 1) entrega de todas las armas
y demás elementos de guerra pertenecientes al Estado, dentro de las 24 horas siguientes a su
formalización; 2) restitución de los bienes existentes de propiedad de particulares que
hubieran sido tomados por los facciosos; 3) entrega dentro de las 24 horas siguientes de la
vanguardia de Gaitán (un insurrecto venido del Socorro por la vía de Neiva).
La exponsión de los Árboles es de particular interés en el marco general de las amnistías no
solo por haber sido la que suscitara un primer e inaugural debate alrededor de su viabilidad
y condiciones en el seno del congreso reunido en Bogotá –particularmente violento y
prolongado- sino porque se acompañó de medidas como las de reconocer los grados militares
obtenidos y reconocidos por los rebeldes, autorizar la conservación de las armas por su parte,
sino la muy interesante, de disponer a los destacamentos armados amnistiados como
autoridades en calidad de milicias encargadas del orden público en las poblaciones del Tambo
y Timbío60.
Los alcances y efectos que los dos jefes militares le otorgaron a este avenimiento o
transacción — el término empleado sistemáticamente por José Manuel Restrepo— eran,
ciertamente, la definitiva cesación de las hostilidades a las que se había intentado
infructuosamente poner término seis meses atrás con la exponsión de Pasto61.
Inmediatamente, Herrán escribió a Obando señalando que

[…] De las conferencias que hemos tenido con Usía, queda ya restablecido el orden
público en esta provincia, y para seguridad de todos los individuos que hayan tenido
cualquier comprometimiento en la conmoción ocurrida, he expedido el Decreto de
amnistía que Usía justamente desea, del cual le acompaño copia auténtica, en cuya
virtud pueden estar perfectamente seguros de que no serán perseguidos ni molestados
de modo alguno, quedando así concluida la desavenencia familiar que nos tenía
divididos momentáneamente. (Rodríguez, 1958, p. 62)

Por su parte, Obando compartía con Herrán la intención de instaurar un olvido patriótico de
los hechos anteriores, esto es, una amnistía, pero observa que las interferencias de Mosquera
pueden resultar fatales para el intento de poner fin al levantamiento. Además, reitera su

60
Prado Arellano, Luis Ervin Rebeliones en la Provincia Guerra de los Supremos en las provincias
suroccidentales y nororientales granadinas 1839-1842 Universidad del Valle, 2007.
61
También es la denominación empleada por el biógrafo oficial del presidente Márquez y la utilizada, a su
turno, por Joaquín Posada Gutiérrez en sus Memorias histórico políticas, en las que se la llama capitulación
especial a las exponsiones.

94
disposición a someterse a un proceso judicial por la acusación en su contra por el asesinato
de Sucre: “en las primeras conferencias convinimos en que contuviera la revolución, me
sometiera al juicio que es mi mayor interés y esperara el resultado de la Nación”, en relación
con la aprobación por el ejecutivo nacional de la exponsión (Rodríguez, 1958, p. 63).
Las previsiones pesimistas de Obando se vieron justificadas por el regreso de Mosquera
desde Bogotá, en su condición de Ministro de Guerra, con la finalidad de continuar su
campaña personal contra quien tenía tantas rivalidades, incluido el duelo librado en la capital
del país en compañía de sus respectivos padrinos, del cual ambos salieran ilesos.
“Mascachochas daña lo que Herrán compone”, se queja Obando en carta a su esposa el 16 de
abril de 1840. Las previsiones se corroboraron por el dudoso procedimiento judicial iniciado
en su contra, estatuido por un procurador y ante un juez cuyos respectivos antecedentes
indicaban una vieja animadversión en contra de Obando.
El descontento del presidente Márquez respecto de la exponsión de Los Árboles sería
explicada por él mismo como el resultado de su convicción de que la destrucción por la fuerza
de la facción de Timbío era la única línea de acción capaz de asegurar la estabilidad y la paz
de la República, y de que el otorgamiento del indulto sería atribuido a la debilidad del
Gobierno (Rodríguez, 1958, p. 122). Este comentario estaba en perfecta correspondencia con
la idea de “matar las revoluciones”, como único expediente para asegurar la pacificación y
la tranquilidad pública.
En cuanto a Juan José Sarria, uno de los principales jefes guerrilleros de la región, quien se
encontraba bajo la directa subordinación táctica y estratégica de Obando, protestaría ante el
propio Herrán con el argumento de que las condiciones exigidas por Mosquera al demandar
la entrega de las armas para acogerse al indulto previsto en la exponsión de los Árboles, eran
contrarias a lo que se había pactado y dejaban sin piso las promesas que él mismo había hecho
a los hombres bajo su mando (Rodríguez, 1958, p. 123), lo que conduciría al fracaso buscado
de las consecuencias de desarme propugnadas en la misma exponsión. Commented [PM7]: Podría decirse sencillamente: “lo que
conduciría al fracaso de la exponsión”.
Con ocasión de la exponsión de los Árboles y de la amnistía allí contenida, tuvo lugar la
Commented [VAGA8R7]: De acuerdo, y podría agregarse
correspondiente discusión en el Congreso, durante los meses de marzo y abril de 1840, acerca el subtítulo
de su procedencia legal y constitucional. En la discusión tomaron parte las figuras más 1.3.1 El primer debate político sobre la Amnistía
influyentes de la política de la época, que argumentaron las posturas más apasionadas a tanto
a favor como en contra de su aceptación. La polémica sobre la conveniencia o no de la
amnistía puso en juego la propia historia constitucional, los rasgos distintivos de la forma
republicana y, naturalmente, suscitó divisiones entre las dos facciones políticas. Los
ministeriales o conservadores —que empezarían a llamarse de tal manera para diferenciarse
de los pronunciamientos revolucionarios— se oponían a los seguidores de Santander,
agrupados en torno a su liderazgo en declive y partidarios de Obando. De esta parte se
destacan figuras como Florentino González, Vicente Azuero, el general Antonio Obando, y
de la otra, Ezequiel Rojas (Cuervo, 1917, p. 155)62. Las detalladas minutas y transcripciones
del contenido de las discusiones son el resultado de la contratación por la Secretaría del

62
Los relatores nombrados fueron don Luis María Silvestre, don José Joaquín Ortiz, don Manuel Arce y el
doctor Murillo, con una asignación mensual de $ 150 pesos.

95
Órgano Legislativo de los servicios de dos taquígrafos profesionales, gracias a cuyos
servicios disponemos de tan significativo testimonio.
Los adversarios de la amnistía reiteraron que esta habría de interpretarse como un signo de
debilidad por parte del gobierno. A su parecer, el otorgamiento acarrearía las más funestas
consecuencias, pues equivalía a propiciar el envalentonamiento de los rebeldes e insurrectos.
Estos, individuos de la calaña de España y Sarria, quienes eran menos que delincuentes
comunes, no podían merecer en ningún caso tal tipo de tratamiento. En contra de los rebeldes
estaba la condición de haber sido en el pasado guerrilleros realistas y de considerarse, de
alguna manera, involucrados en el asesinato de Sucre. Con respecto a esto, en los debates no
se hizo ninguna mención a Obando. Esta línea de razonamiento opuesta a la amnistía se vio
dramáticamente reforzada por un argumento ad hominem, esgrimido en por el mismo general
Borrero, quien fungía como secretario del Interior. Refiriéndose directamente a Santander,
se preguntaba por qué quienes defendían el otorgamiento de la amnistía eran los mismos que
anteriormente habían ordenado el asesinato del conspirador Sardá y de otros cómplices suyos
y, por qué, ahora despojados del poder, se oponían al uso de la fuerza del Gobierno en los
términos exigidos por la ley. Lo acerbo de la interpelación y la palidez del interpelado
llegarían a verse, si no como la causa, sí al menos como el preludio del declive espiritual y
físico de Santander, quien efectivamente moriría algo más de un mes después del incidente.
El tono y ademanes de la discusión fue elevándose a medida que las sesiones transcurrían.
En una de ellas, el propio Santander se vio obligado a responder a su antagonista, recalcando
que este había participado en fusilamientos irregulares cuando conducía prisioneros en la
zona de Juanambú. Santander añadió que Borrero que nunca había manifestado su
desacuerdo con los aludidos procedimientos del Gobierno. En una última vuelta de tuerca, el
debate se dirigió a acusar a los partidarios de la amnistía de ser favorecedores, cuando no
cómplices, de los jefes de la revuelta y del propio Obando. Finalmente, con una votación de
treinta y ocho votos por la negativa contra veintiseis por la afirmativa se decidió el
otorgamiento de la amnistía. La Guerra de los Supremos no solo continuaría sino que se
acrecentaría en intensidad y alcance territorial, incrementando la amenaza de una
fragmentación territorial, como no se había experimentado con anterioridad ni
posteriormente.

Varios intentos por unificar las fuerzas en un frente común contra los ejércitos del Gobierno
fracasaron. Salvador Córdoba no pudo conseguir el contacto con las fuerzas de Obando en el
sur, debido al repliegue de las divisiones gobiernistas en Ibagué a cargo de Posada Gutiérrez,
que las puso a salvo. Por su parte, González, Vesga y Carmona, secundado por Nieto,
tampoco lograron hacerlo en el norte. Los contingentes de este último, pese a la derrota
sufrida en Tescua, todavía disponían de recursos y adelantaron incursiones diversas,

96
incluyendo un desesperado intento por sitiar y tomarse a Cartagena63 (Uribe, 2011, pp. 194-
195).
Indultos de Sitio Nuevo
Como parte de las acciones tendientes a la finalización de la guerra, en el norte y en la Costa
Atlántica convino la exponsión denominada del Sitio Nuevo. Fue suscrita por Carmona y, de
nuevo, por el general Pedro Alcántara Herrán. Mediante esta se buscó conjurar los
levantamientos separatistas en dicha zona y alentar la entrega de los últimos rebeldes. El
armisticio pactado hizo posible y los indultos autorizados contribuyeron a la finalización de
la guerra con los supremos en la zona de la costa. Con esto, se sentaron las bases para la
ulterior pacificación del país.
A la par de estas grandes exponsiones, se produjo una considerable cantidad de estas por las
múltiples circunstancias de una guerra que se extendió geográficamente por casi todo el
territorio, comandada por mandos medios y mediante las expediciones que surcaron el país.
La llamada Campaña de la Costa fue emprendida por el general Juan María Gómez, desde
Santa Fe de Antioquia hasta Corozal y Ovejas, en un periplo por el territorio hostil en gran
parte del norte. El general Gómez celebró diversas modalidades de exponsiones en varias de
las poblaciones costeñas, como Ayapel, San Benito Abad, Simití y Sahagún (Uribe, 2011).
Si bien es aventurado asignar causalidades muy precisas, la naturaleza de la guerra civil de
los caudillos regionales permite destacar el papel de las exponsiones en la superación del
conflicto. Estos convenios fueron tanto como fórmulas para limitar las hostilidades y
establecer medidas de perdón, como esbozos de subsiguientes acuerdos más duraderos,
fundamentales en la superación definitiva de la guerra.
La amnistía expedida por el gobierno de Márquez en febrero de 1841, tuvo la particularidad
de dirigirse a quienes habían firmado las actas de pronunciamientos y específicamente a
aqullas suscritas en las provincias de Casanare, Pamplona, Socorro, Tunja, Vélez y
Mariquita, pero con la excepción de sus promotores, los cinco primeros que aparecían en las
proclamas y de aquellos que por otros medios habían manifestado su apoyo64.
Amnistía en Panamá el 31 de diciembre de 1841
Dentro de la gran cantidad de declaraciones de secesión en el curso de la Guerra de los
Supremos, sin duda la que tuvo mayores repercusiones fue la decretada por el Gobierno
Provincial de Panamá, el 18 de noviembre de 1840. Esta se acompañó de la expedición de
una carta constitucional del nuevo Estado que llegó a disponer tanto de un congreso como de
un gobierno propio, con sus respectivos ministros y con el coronel Tomás Herrera, veterano
de las guerras de independencia, como presidente. La súbita conversión de Panamá en un
Estado autónomo obligó a una serie de negociaciones diplomáticas con el Gobierno de Costa
Rica, bajo la presidencia de Braulio Carrillo, que se concretaron en la celebración de un

63
El ascendiente del supremo Francisco Carmona puede evidenciarse por la militancia en sus filas de dos
jóvenes promesas del liberalismo colombiano que ejercerían una duradera influencia en la vida política del país:
Manuel Murillo Toro y Rafael Núñez.
64
Uribe de Hincapié, Ibídem, p. 161.

97
tratado de reconocimiento y amistad recíprocos, así como el envío por la Secretaría de
Asuntos Exteriores desde Panamá de un agente confidencial ante el Gobierno de EE. UU., Commented [PM9]: Habría que precisar a qué país
con la misión de obtener la neutralización del istmo. El Congreso panameño se instaló pertenecía esta secretaría.
oficialmente el 21 de noviembre de 1841, como celebración del primer aniversario de su Commented [VAGA10R9]: aclarado
independencia. En la instalación, se hizo una declaración de neutralidad frente a la guerra
civil que continuaba librándose en la Nueva Granada, con crecientes victorias para el
gobierno central de Bogotá. En virtud de esta declaración, el gobierno de no autorizó el
empleo de ninguno de sus puertos para el desembarco o la provisión de vituallas de los
contendientes más allá del Atrato. Esto significó, en la práctica, anular las expectativas de
Obando para utilizar el istmo en alguna de sus pretendidas incursiones (Alfaro, 1999, p.170).
Sometidos los últimos levantamientos al gobierno de José Ignacio Márquez, se envió como
comisionado al comandante Julio Arboleda para que persuadiese por medios pacíficos al
gobierno secesionista de su retorno al Estado colombiano, con la garantía de un indulto
general a quienes pudiesen estar incursos en delitos, como traición a la patria o rebelión. Las
instrucciones impartidas por Tomás Cipriano de Mosquera, en su condición de supremo
comandante del ejército, se limitaban a asegurar la amnistía aprobada por el Congreso y a
otorgarle a Herrera el nombramiento de comandante de armas en el istmo. Sin embargo, no
disponía nada con respecto a la exigencia de un sistema federal para regir los destinos de la
provincia de Panamá.
Finalmente, las gestiones de Arboleda no llegaron a buen término, ya que Herrera objetó la
exclusión de la amnistía de los funcionarios panameños comprometidos en el levantamiento
independentista. Una semana después arribaron a Panamá los delegados colombianos,
Anselmo Pineda y Ricardo de la Parra, con autorización de Rufino Cuervo, ministro de la
Nueva Granada en Quito, para negociar la reincorporación de Panamá. El 31 de diciembre
de 1841 se celebró finalmente la siguiente exponsión contentiva de una fórmula de amnistía:

1.° Se concede a nombre del Gobierno Supremo Nacional un decreto de olvido de


todas las ocurrencias políticas que han tenido lugar en las provincias de Panamá y
Veraguas desde noviembre de 1840 hasta el momento en que se verifique su
incorporación a la República, de manera, que, según este decreto, ningún individuo,
cualesquiera que sean sus comprometimientos contraídos en la época de la
separación, pueda ser reconvenido en juicio ni fuera de él, ni criminal ni civilmente,
ni como cargo único ni principal, ni como circunstancia gravante de otro cargo.

2.° Se ofrece promover que se concedan y otorguen a estas provincias todos los
ensanches municipales que son necesarios para consultar y fomentar los intereses de
las localidades, atendida la posición geográfica de estos pueblos, y las dificultades

98
para que puedan ser fomentados convenientemente por las leyes generales de la
República.

3.° Se conserva a los empleados y funcionarios públicos en los destinos y goces que
obtenían por el Gobierno constitucional de la Nueva Granada en noviembre de 1840.

6.° Se conservarán los grados militares del ejército permanente y guardia nacional
que han sido conferidos durante la separación, hasta que el Poder Ejecutivo o el
Presidente de la República determinen lo conveniente.

7.° El Coronel Tomás Herrera quedará encargado de la Gobernación de la Provincia


de Panamá, ya porque es la persona que presta a los comisionados más garantías para
mantener el orden público y la obediencia al Gobierno ya porque esto es muy grato a
los pueblos del Istmo, que con este sentimiento quieren dar a este ciudadano un
testimonio de reconocimiento público por su buen comportamiento en las críticas
circunstancias en que se vieron las dos provincias.

Los comisionados por el Gobierno de la Nueva Granada garantizan solemnemente el


cumplimiento escrupuloso de las anteriores ofertas tanto por estar empeñada la
promesa del ministro granadino como por la seguridad que para este cumplimiento
presta el Gobierno de la República del Ecuador. (Alfaro, 1999, pp. 171-172)

El mismo día, el hasta entonces presidente del estado independiente de Panamá expidió el
decreto de reincorporación a la Nueva Granada, en virtud de las mismas facultades
extraordinarias otorgadas dos semanas atrás por el Congreso recién instalado, que ahora se
disolvía por su propia disposición legislativa. La temporal secesión del estado panameño, de
más de trece meses, que había desplegado toda la institucionalidad, incluido el envío de
delegados a Washington, concluía exitosamente para el estado central mediante la puesta en
marcha de una exponsión. Los términos de esta no solo estaban solemnemente garantizados
por otro país, sino que además contemplaban, más allá de la amnistía propiamente dicha,
medidas de carácter fiscal e inversiones públicas 1999, p. 187).
La sucesión de indultos generales se prolongó varios años después de la guerra, por lo que
podrían denominarse a estos ejercicios posbélicos de clemencia. En una extensión adicional
de su ejercicio el 5 de julio de 1842 se produjo la expedición de un decreto de amnistía –en
realidad auto amnistía plena-, en favor de los propios funcionarios públicos, militares en
servicio activo o particulares “que se vieron en la necesidad de prescindir de las fórmulas
en algunas ocasiones para ejecutar actos que no estaban en la esfera de sus atribuciones

99
legales y que no eran conformes a las leyes; que la necesidad obligaba a ejecutar para salvar
las leyes y el gobierno legítimo“65.
Tras la conclusión de la guerra tuvo lugar la expedición de varios indultos generales como
el proferido por el 7 de julio del mismo año, que exceptuaba a quienes estuvieran siendo
procesados en Popayán y a los involucrados en los asesinatos en el Zapote, provincia de
Cartagena.
Probablemente con la pretensión de resolver actuaciones judiciales pendientes de muchos
rebeldes y auxiliares suyos que no habían sido beneficiados con las medidas anteriores, y
para permitir también el retorno de los exiliados y desterrados, se procedió a dictar una
serie final de amnistías que ampliaron el radio de acción de las anteriores y redujeron los
tiempos previstos de ostracismo permitiendo el regreso por tiempo cumplido: la ley del 31
de mayo de 1844, la del 10 de junio de 1844, la del 18 de noviembre de 1846 y la del 20 de
julio de 1849.

La Guerra civil de 1853 y el inédito ejercicio de la clemencia mediante profusión de


indultos y amnistía general.

Para mediados de siglo es habitual constatar por parte de los historiadores la consolidación
de dos agrupaciones políticas relativamente diferenciadas por sus adscripciones
doctrinarias, creciente organización en juntas y asociaciones en diversos puntos de la
geografía, y la clara figuración de un conjunto de líderes de alcance nacional y regional
para cada una de ellas. La despersonalización de dichas agrupaciones –a diferencia de lo
acontecido en la contienda anterior diez años atrás donde uno de los ejes del antagonismo
se definiera en torno a la adhesión o rechazo de la prominente figura de Santander- y la
prevalencia asumida por un cuerpo ideológico claramente diferenciado y en ascendente
rivalidad, tuvo su expresión en el estallido de la revuelta conservadora iniciado a mediados
de 1851.
El casus belli invocado en este caso por Mariano Ospina Rodríguez –prominente líder y
autor de un programa netamente conservador considerado como su fundador- fue la
supuestamente irregular elección como presidente en marzo 7 de dicho año del candidato
liberal José Hilario López. Bajo un sistema de elección indirecta, censitario y excluyente de
la mujer –semejante por lo demás a todos sus homólogos latinoamericanos- que finalizaba
con la reunión del colegio electoral en la capital para efectuar el escrutinio decisivo, los
electores conservadores mayoritarios se encontraron frente a una profunda división en sus
filas –José María Gori, Mariano Ospina Rodríguez- que al impedir un candidato unificado,
concluiría con el triunfo del candidato liberal José Hilario López merced a una precaria

65
María Teresa Uribe, Ibídem, p. 161

100
mayoría relativa. El ideario liberal y lo que podría llamarse su programa de gobierno –
parcialmente haciéndose eco de la revolución antimonárquica llevada a cabo en Francia en
1848 y en consonancia con la agitación liberal que recorría el continente- tuvo como guía
una agenda de reformas sustentadas en dos ejes: manumisión de los esclavos y liquidación
de los privilegios eclesiásticos.
El desafío conservador lanzado por Mariano Ospina bajo la acusación de que habían sido
‘los puñales del 7 de marzo’ desenvainados por las barras populares partidarias del
liberalismo quienes habían obligado a los electores reunidos en el convento de San Agustín
en aquella fatídica jornada a dar su voto por el ‘socialista’, sirvió como santo y seña para el
levantamiento armado especialmente en el Cauca, Antioquia y el Alto y Medio Magdalena.
La composición de sus filas y la virulencia de la propaganda conservadora agitada para
promover la revuelta que veían en el nuevo gobierno una amenaza casi diabólica contra los
sagrados principios de la propiedad privada y la égida católica, indican el carácter
preventivo de la revuelta de cara a las reformas que iban a emprenderse. En tal sentido
fueron los sectores conservadores y terratenientes del Cauca los más extremos por su
repudio frontal ante la liberación de los esclavos, cuya indemnización valorada en dos
millones de pesos de la época consideraban imposible de ser pagados con los fondos
estatales; de su lado, los opositores antioqueños aprobaban la libertad ofrecida pero no las
reformas religiosas. Líderes conservadores como Julio Arboleda en el Cauca, Braulio
Henao y Eusebio Borrero en Antioquia, respondieron al llamado insurreccional y lograron
conformar partidas de más de mil hombres que se desempeñaron con éxitos parciales y
tomas temporales de poblaciones –incluyendo algunas capitales provinciales-. A ellos se
sumaron algunos grupos de guerrillas como las encabezadas por Mateo Viana, quien junto a
otros coroneles como Vargas París, lograron tomarse las poblaciones de Mariquitas,
Saldaña y Guamo. En los niveles local y regional los levantamientos fueron numerosos
basados en las diferencias de adscripción política y las mayorías políticas regionales La
propaganda conservadora acusó al gobierno y sus agentes de instigar el levantamiento de
cercas y la posesión ilegal de terrenos y sembrar la desolación en campos y ciudades.

Entre junio de 1851 y abril de 1853 se expidieron decretos y ordenanzas imponiendo 21


indultos, los cuales obtuvieron la aprobación tanto en el Congreso como en las asambleas
provinciales.
El primer indulto fue ofrecido a los rebeldes de Pasto el 10 de junio de 1851, y consistió en
un ofrecimiento ‘completo y absoluto del mismo a quienes se sometieran espontáneamente
al imperio de la ley’. Para su puesta en aplicación se otorgaba a los gobernadores
provinciales la facultad de otorgarlos sin perjuicio de la pérdida del grado militar, y el deber
de las autoridades de enviar los listados de quienes resultaran beneficiados con la medida66.
Seguidamente se expidieron por el gobierno central varios indultos de alcance nacional, lo
cual no impidió que nuevamente se dictara otro indulto para las provincias del sur:

66
María Teresa Uribe de Hincapié Las palabras de la guerra p.312

101
“Restablecido el orden en las provincias de Pasto y Túquerres, la conveniencia pública
exige que la clemencia se extienda a aquellos granadinos que engañados más bien que
corrompidos se lanzaron en los trastornos que han tenido lugar en dichas provincias hasta la
fecha de este decreto”67.
A partir de agosto de 1852 se continuó con la expedición de nuevos indultos pero su ámbito
de aplicación comenzó a verse restringido como quiera que de los mismo se excluía
expresamente a los militares en servicio activo que se hubieran pasado a los rebeldes, al
igual que a los eclesiásticos y dirigentes civiles que hubiesen hecho parte de la
insurrección68.
Luego de la batalla del Alto de las Coles –cerca de Abejorral- en las que las fuerzas
conservadores fueron vencidas por las huestes mucho mejor organizadas del general
gobiernista Tomás Herrera, y varias tratativas de negociación un tanto confusas, el general
rebelde antioqueño Braulio Henao, decidió apartarse del curso de acción del otro general
antioqueño, Eusebio Borrero, para acogerse al indulto incondicionado ofrecido por el
general gobiernista. La decisión de Henao, tuvo hondas repercusiones, pues no solo
protocolizaba la división de los conservadores de esa importante provincia, sino que
sumado a la derrota sufrida por Julio Arboleda colocaba en serios aprietos la viabilidad de
la rebelión conservadora. Tal como lo relata José Manuel Restrepo,
El general Herrera le informó al gobierno nacional, que le había propuesto a Braulio
Henao por intermedio del comandante Miguel Alzate, un indulto generoso si se
sometía sin lucha a las armas del gobierno; el 18 de agosto recibió Herrera la carta
de Henao aceptando el indulto general sin condiciones para todos los
comprometidos en la rebelión de Salamina, y total seguridad para las personas y
propiedades, ofreciendo entregar las armas; el 20 de agosto se realiza la entrega de
armas por parte de Braulio Henao en el Alto de las Coles; entrega 370 fusiles con
sus correspondientes fornituras y dos cajas de guerra69”
El indulto otorgado en su condición de jefe militar si bien no se ajustaba a los términos de
los indultos del gobierno central y no iba aparejado de la pérdida del grado militar, fue sin
embargo, o quizá por ello mismo, uno de los más efectivos en términos de producir la
cesación de hostilidades por el jefe rebelde respectivo.
Despojado de tan importante jefe y fortalecido por el triunfo el jefe militar gobiernista
obtuvo un triunfo decisivo sobre los 2000 hombres de Eusebio Borrero en la batalla
conocida como la del Cementerio de Rionegro, con lo cual la revuelta antioqueña después
de casi tres meses llegaba a su fin.
Pocos meses más tarde se expidieron dos nuevos decretos de indulto de alcance provincial
dirigidos específicamente a los soldados que habían sido enrolados por la fuerza en el

67
Ibídem, p. 313
68
Ibídem, p. 313
69
José Manuel Restrepo, op. cit., p. 173. Citado en Uribe de Hincapié, p. 228.

102
ejército rebelde o para aquellos prisioneros que habían sido obligados a formar parte de las
columnas militares de los conservadores, en Medellín y Rionegro respectivamente.
(Hincapié, p.314).
Si bien la revuelta conservadora había sido ya debelada en las provincias y no persistía una
amenaza significativa para el gobierno de López –que en el ínterin había consumado la
expedición de la ley nacional de manumisión de los esclavos como su difícil
implementación y la contraproducente expulsión de los jesuitas- en Antioquia el recién
designado gobernador provincial Tomás Herrera, expidió un nuevo decreto de indulto el 2
de octubre, al parecer tendiente a apaciguar eventuales resistencias pero en esta ocasión
limitado por varias restricciones, pues quedaban por fuera los militares con grado superior a
sargento, los funcionarios civiles nombrados por la rebelión, los clérigos que hubiesen
predicado en favor de la revolución o que hubiesen enviado gente en auxilio de los
insurrectos “comprometiendo así a muchos padres de familia y abusando de su sagrado
ministerio para perder a los que era un deber de conciencia aconsejar paz y caridad”70. Las
exclusiones previstas perdían algo de su rigor ya que éstos podían gozar de los beneficios
del indulto si procedían a salir del territorio de la Nueva Granada por un período cuya
extensión sería determinada por el propio poder ejecutivo.
Igual lógica o estrategia de perdón se empleó respecto de las restantes provincias –Bogotá,
Tunja, Tundama, Mariquita, Neiva, Buenaventura, Cauca y Pamplona- respecto de las
cuales el gobierno nacional expidió el 22 de octubre un nuevo indulto que excluía con
nombre propio a personajes como Mariano Ospina Rodríguez y su hermano Salvador, así
como a otros integrantes del notablato conservador, quienes quedaban igualmente
habilitados para sustraerse a la exclusión si tomaban el camino del exilio.
En forma sucesiva y quizás por los precarios resultados del indulto provincial el congreso
nacional procedió algo más de un mes después, el 8 de noviembre, a expedir uno nuevo que
ampliaba sus alcances a toda la provincia antioqueña, pero introduciendo una novedad –que
será reiterada en la amnistía promulgada por el congreso de los Estados Unidos de
Colombia en 1877- en la técnica de la exclusión, que no se efectuó según una categoría de
individuos con base en el tipo de actos cometidos, el grado militar o la función cumplida,
sino de manera directa mencionando con nombre propio a quienes quedaban excluidos del
perdón judicial. Esta exclusión ad nominem dada la extrema especificidad implicada
constituía en el fondo una ampliación respecto de la que había sido establecida en el
anterior decreto provincial de indulto. El listado de quienes no eran merecedores de la
clemencia gubernamental fueron ciertamente reconocidos protagonistas cívicos, militares y
eclesiásticos que habían jugado un papel importante tanto en el inicio como en la
prolongación cercana a los tres meses de la revuelta. Algunos de ellos fueron: Eusebio
Borrero –el otro jefe militar que no se había acogido a ninguno de los indultos anteriores-,
Joaquín Peña, Braulio Pérez Págola, doctor Cayetano Delgado, Rafael María Giraldo –
quien llegaría a ser gobernador y uno de los principales jefes de las tropas antioqueñas en la
guerra civil de 1859-1862-, y el presbítero Joaquín Isaza. En idéntica manera al anterior, la

70
Hincapié, ibídem, p. 314

103
exclusión dejaba de aplicarse si se aceptaba salir del país por el tiempo señalado por el
ejecutivo nacional, que en la práctica empleada se redujo a un lapso de entre cuatro y ocho
años. La considerable eficacia del indulto quedó palmariamente demostrada cuando
Eusebio Borrero decidió acogerse al mismo aceptando su exilio en Jamaica71.
Ya hacia el final de su mandato el gobierno de López continuó la expedición de indultos,
como los sancionados el 16 de enero y 18 de febrero de 1852, en los cuales los destinatarios
fueron los propios integrantes de las tropas gobiernistas, bien porque hubiesen sido objeto
de investigación penal por el delito militar de deserción, como a los propios miembros del
ejército vencedor y amigos y copartidarios del presidente, o porque hubiesen perpetrado
acciones criminales en su condición de tales. Por ello se dirigió a aquellos “que en
sostenimiento del orden constitucional, cometieron excesos o delitos distintos de
homicidio, robo, estupro e incendio, ya que hubiesen obrado como funcionarios públicos o
como individuos privados”72. Incluso se llegó a expedir indultos que tuvieron como
beneficiarios a individuos designados con nombre propio, en lo que podría denominarse la
hasta entonces inédita expedición de indultos ad nominem73.
A modo de conclusión de esta serie de indultos, el nuevo gobierno en cabeza del recién
electo presidente José María Obando como jefe del sector liberal radical y sucesor de José
Hilario López, y en teoría continuador de sus políticas progresistas y democratizadoras
como distinguido representante del sector draconiano, dispuso el otorgamiento de una
amnistía amplia y general que se extendía tanto a quienes como consecuencia de las
anteriores exclusiones al alcance de los indultos estuvieran sirviendo penas de prisión como
a quienes se encontraban en el exilio. Este paroxismo de clemencia y perdón tan solo dos
años después de ocurrida la rebelión conservadora fue la causa del retorno de todos los
jefes de la misma que habían partido al exilio, con la única excepción del general Eusebio
Borrero que había fallecido en Jamaica. Así resultó posible que para las elecciones del
cuerpo legislativo de 1853 los rebeldes indultados o amnistiados como Julio Arboleda,
Pastor Ospina, Anselmo Pineda y Pedro Antonio Restrepo Escobar fueran elegidos como
senadores o representantes del nuevo congreso nacional bajo cuya legislatura
correspondiente se desencadenaría la siguiente guerra civil con ocasión del levantamiento
del general José María Melo en Bogotá.

La Guerra social de 1854: función bélica de la amnistía y retorno de la venganza.


La contienda armada que se desencadenó desde el 17 de abril de 1853 coincidiendo con la
consumación del golpe de estado contra el recientemente instalado en el poder José María
Obando por parte del hasta entonces oscuro jefe de la guardia nacional José María Melo, no

71
Hincapié, Ibídem, p. 315
72
Hincapié, Ibídem, p. 316.
73
Beneficiarios suyos fueron el coronel Francisco de Paula Diago y el provisor de la arquidiócesis de Bogotá,
Antonio Herrán.

104
ha dejado de desconcertar a los historiadores debido a la confusa mezcla de ingredientes
políticos y sociales en medio de los cuales se escenificara. La inmediatez cronológica de la
guerra respecto de su antecesora -dado que apenas había transcurrido algo menos de tres
años desde su conclusión-, la naturaleza misma del súbito cambio de poder en relación con
un presidente que por sus condiciones personales encarnaba como ninguno a los sectores
subalternos –su triunfo electoral pudo ser visto como la mayor expresión del partido
Draconiano hondamente identificado con intereses populares asociados a una inédita
profusión de sociedades democráticas-, la completa reconfiguración de las facciones
contendientes que ahora unían del mismo lado a quienes se habían enfrentado
anteriormente, el pasajero traslado de la capital política a la no muy lejana ciudad de San
Bonifacio de Ibagué del Valle de las Lanzas en cabeza del vicepresidente Obaldía, y por
último, la sangrienta toma decembrina de Bogotá por las fuerzas defensoras del orden
transgredido a manos del advenedizo, continúan confiriéndole a ella una cierta aura
enigmática. Oscilando pues, entre el mero golpe de estado oportunista y aventurero de un
militar ambicioso hasta la manifestación revolucionaria de un incipiente movimiento
socialista que acuñaría el lema “abajo los aranceles”, es indudable que se asistió a la
eclosión de un movimiento de amplia base social que encontró una contradictoria y
finalmente fatal expresión política. Añadiendo un contraste adicional a las anteriores
bélicas, su finalización puso de manifiesto una fuerte acentuación de las medidas represoras
que se aplicaron mediante la imposición de juicios políticos, persecuciones y exilios
habilidosamente disfrazados-, y un completo eclipse en el empleo de las fórmulas de
amnistía que con tanta profusión sirvieran para ponerle término a la guerra de 1851,
reemplazadas en su totalidad por medidas de perdón soldado de modo fatal al exilio o a la
deportación. El real propósito de estas últimas y sus efectivos alcances no han sido
suficientemente estudiados por la historiografía nacional que ha tendido a ver en ellas una
reedición más o menos idéntica al conjunto de medidas de clemencia adoptadas en las
contiendas civiles anteriores.
La elección de Obando como sucesor de José Hilario López era la culminación de los
esfuerzos políticos llevados a cabo por la tendencia más radical dentro del partido liberal
que como seguidores del ideario y la figura aglutinante de Santander, habían sido
derrotados en la Guerra de los Supremos, y que ahora agrupados como el sector draconiano
–por oposición a los gólgotas más cercanos al conservatismo- se enfrentaban a la tarea de
profundizar esas reformas en medio de un ambiente cargado de manera creciente por
oposiciones y tensiones. Podían comprenderse a sí mismos o bien como los llamados a
completar ese giro social, democratizador y secularizante, o bien como los destinados a
consolidar un precario equilibrio entre los decisivos pasos ya adelantados –abolición de la
esclavitud y laicización- y las fuerzas conservadoras que encontraban amplios apoyos en el
sector moderado del propio liberalismo. Esta tensión irresoluble para el nuevo presidente
parece ser la contradicción en la que se desenvolvió la abruptamente interrumpida
administración de Obando. Bajo el año inicial de su mandato se expidió la última gran
amnistía relativa a los hechos iniciados en 1851 y se expidió la nueva constitución de 1853
que por primera vez en el siglo XIX introdujera la elección por voto directo y una amplia
libertad de expresión, en un marco de confederación.

105
El movimiento social encarnado en la proliferación creciente de sociedades y asociaciones
democráticas otorgó un papel aún más destacado a un amplio segmento compuesto por
artesanos, asalariados, empleados y aprendices, cuya influencia cobró progresivamente un
carácter de rechazo al estado de cosas establecido en la capital del país. La pasividad del
presidente fue aprovechada por el entonces jefe de la guardia nacional para someter a su
comandante supremo y tomar el poder a su nombre. El golpe de estado desató oleadas de
apoyo en diversas regiones del país y en varias capitales departamentales, especialmente en
el centro y el suroccidente. El grado de aceptación o complicidad en la cumplimentación de
la maniobra siempre ha sido objeto de discusión y el enjuiciamiento político posterior del
que fuera objeto ante el senado por traición si bien parecen insinuarlo no resultan para nada
concluyentes dada la manifiesta intencionalidad política de cortar toda eventual simpatía y
apoyo al gobierno de facto dada la popularidad de Obando.
Una vez instalado en el poder Melo y en su condición de jefe provisorio procedió a la
expedición de una amnistía que tuvo como beneficiarios a todos los miembros del ejército o
particulares –pertenecientes al bando Gólgota-, que en cualquier manera, por voluntad
propia o por sugestiones extrañas, hayan hostilizado al gobierno inaugurado en la capital de
la República el 17 de abril próximo pasado. Se imponía una condición temporal para
acogerse al beneficio consistente en que los interesados debían presentarse dentro del plazo
de 15 días ante los gobernadores, alcaldes o autoridades del lugar de residencia. La norma
de exclusión comprendía a los generales y jefes del ejército que continuaran en las filas
enemigas en términos generales, y en particular, “a los generales, jefes y oficiales,
individuos de tropa o particulares que habiendo servido al gobierno, hayan cometido el
infame delito de traición, pasándose a servir al enemigo, o incorporándose en sus filas”74.
A pocos meses de consumado su ascenso al poder y ante la inmediata formación de
columnas adversas a su gobierno, la amnistía de Melo ostentó un inocultable carácter de
estratagema jurídico política con esperadas repercusiones en provocar el retorno a sus filas
de aquellos quienes se encontraban en proceso de pasarse al adversario pero aún no habían
consumados su paso a las filas enemigas, casi como una medida preventiva, ya que quienes
lo habían hecho, consumando así la traición, quedaban por fuera de dicha amnistía.
Los opositores al golpe se agruparon entorno a la rúbrica y bandera del que habría de
autodenominarse como ‘ejército constitucionalista’ bajo la dirección del vicepresidente
Obaldía quien luego de refugiarse sucesivamente en las embajadas de Inglaterra, Francia y
por último en la nunciatura –no sin las reiteradas protestas del gobernante de facto-, se
encaminó subrepticiamente hasta la vecina Ibagué para situar allí al gobierno legítimo y
coordinar las acciones de las autoridades que enfrentaban a los golpistas en las diversas
regiones del país. Para ello se dispuso de la denominada campaña del Norte –encomendada
a Tomás Herrera y confiada en terreno a Mosquera quien para ello retornó desde los
EEUU- y la campaña del Sur –encargada a su turno al anterior presidente José Hilario
López-. Correspondió pues a José de Obaldía el vicepresidente prófugo, quien fungiría

74
Leyes de Colombia. Codificación Nacional, tomo XVI, # 228q, p. 46. Citado en Aguilera Peña, Mario
Refundemos la nación: perdonemos a delincuentes políticos y comunes Análisis Político # 76, sept./dic. 2012,
p. 40.

106
como presidente en la ciudad de Ibagué, quien tuvo a su cargo tanto directamente como por
conducto de sus generales en terreno, el proceder al ofrecimiento de indultos, en esta
ocasión desde la sede provisional del gobierno.
Fueron pues las provincias del sur las que con mayor entusiasmo y denuedo apoyaron el
golpe de estado llevando a la emergencia de numerosos movimientos melistas que entraron
naturalmente en confrontación con las autoridades de la respectiva capital o provincia que
permanecieron fieles al gobierno de Obando, lo que le otorgó un novedoso carácter urbano
a la guerra: ciudades como Cali, Popayán, Caloto, Quilichao, Buenaventura, Palmira,
Cartago, Roldanillo y Toro fueron teatro de operaciones militares muy variadas en
intensidad y duración, libradas entre insurrectos o melistas, de un lado, y del otro
autoridades locales que contaron con el apoyo de las fuerzas destacadas allí y de
voluntarios de diferentes procedencias. La denominada ‘batalla de Popayán’, la ‘batalla de
Cali’ y la ‘batalla de Cartago’ por mencionar a título de ejemplo las libradas en el sur,
llegaron a durar hasta dos días en los que se combatió prácticamente manzana por manzana
de la respectiva localidad, y en las que el número de muertos se aproximaba al centenar en
cada una de ellas, lo que denota suficientemente la intensidad del enfrentamiento. En tales
ocasiones, luego de derrotadas las fuerzas de apoyo al gobierno golpista por los
sostenedores de orden éstos propusieron el otorgamiento de indultos, como el ordenado por
José Hilario López en su condición de jefe militar de la campaña del sur luego de la toma
de Cali donde, el 28 de junio, quedaron al menos 830 prisioneros en su poder; los
términos del indulto excluían a quienes hubieran sido jefes o cabecillas de la rebelión75; a
esta medida de clemencia expedida en virtud de la ley marcial y las inherentes atribuciones
conferidas de suyo al general en funciones con mando, siguió en la segunda semana de
agosto, en el marco de las acciones terrestres y navales adelantadas en las inmediaciones de
Santa Marta, el indulto ofrecido por el general Joaquín Posada en beneficio de las fuerzas
comandadas por el indígena Francisco Labarcés, bajo la condición que los facciones –como
benévolamente los llama José Manuel Restrepo, quien usualmente emplea términos mucho
más condenatorios como ‘bárbaros feroces’ y ‘asesinos’- entregaran en el término de pocas
horas sus armas y pertrechos, además de reconocer al gobierno legítimo, el cual fue
aceptado por estos y pacificó la zona facilitando la posterior expedición emprendida hacia
el centro del país por el ejército a cargo de Herrera y Mosquera76. En el Norte por su lado
hubo algunos levantamientos melistas sin que se produjeran batallas de consideración en
donde sectores partidarios de Obando se enfrentaran a los seguidores de Melo. En
Antioquia se presentaron acciones en favor del presidente de facto en ciudades como
Rionegro y Sopetrán, ante las cuales conservadores y gólgotas pusieron en pie fuerzas
regulares que alcanzaron casi el millar de hombres, a cuya cabeza iba el retornado Mariano
Ospina y sus hermanos, así como antiguos amnistiados –por ejemplo, Rafael María Giraldo
al mando del batallón Marinilla-. Cosa distinta ocurrió en el centro del país, donde por la
proximidad a la capital el gobierno de Melo pudo enviar fuerzas para asegurar el control de

75
Restrepo José Manuel, Historia de la Nueva Granada 1845 1852 Tomo II p. 345, Editorial El Catolicismo
1963, Bogotá.
76
Restrepo, José Manuel Ibídem, pp. 378-379.

107
Neiva, Mariquita y Honda y las cuales obtuvieron importantes triunfos en las batalla de
Zipaquirá y Tíquiza (mayo de 1854) contra las fuerzas constitucionales cada vez más
organizadas y numerosas, para cuya superioridad jugaría un papel destacado la experiencia
militar de jefes a su servicio como Pedro Alcántara Herrán y el propio Tomás Cipriano de
Mosquera, refinados en el arte de la guerra desde las batalla de la propia independencia,
madurados en la Guerra de los Supremos y sazonados en la contienda de 1851. Quien fuera
quizá el más acerbo contendor del régimen de José Hilario López en la pasada guerra, Julio
Arboleda, resultó siendo un distinguido combatiente del ejército constitucional y en un
audaz golpe de mano logró apoderarse del puerto fluvial de Honda, cortando con ello una
crucial vía de comunicación para el gobierno de facto.
En ambos bandos se acudió al empleo de algunas guerrillas cuyas acciones obstaculizaron a
los respectivos enemigos, incluyendo la del indio Nemesio Benito en las vecindades de
Tunja. La suerte inicialmente favorable al llamado dictador se convirtió paulatinamente en
ventaja para los constitucionales quienes con un decisivo triunfo en Pamplona consiguieron
aislar a los melistas de la Costa y luego de la victoria en Petaqueros despejar el camino
hacia Bogotá. La capital se vio rodeada por tropas anti melistas provenientes de los cuatro
puntos cardinales acompañadas de sus respectivas guerrillas en lo que puede considerarse
dentro de los cánones de la táctica militar como un clásico cerco urbano: las tropas melistas
no podían abandonarla so pena de rendir la capital ni recibir auxilio. La esperanza de los
melistas de desplegar su caballería en las dehesas cercanas cuya superioridad era manifiesta
tampoco pudo llevarse a cabo. Finalmente, se dio inicio a la reconquista o toma de la
ciudad, después de prolongados enfrentamientos por las callejuelas de los barrios
periféricos y céntricos (Tunjuelito, San Diego, Santa Bárbara, Las Cruces, La Estanzuela,
Egipto, Quinta de San Pedro) que se adelantaron con extrema crueldad y casa por casa,
durante los días 3 y 4 de diciembre de 1854. Los ejércitos constitucionales exigieron la
rendición a discreción de los integrantes melistas, quienes a su turno prometieron combatir
hasta la muerte. En todo caso el ensañamiento resultó tal que los ofrecimientos de
mediación y diálogo propuestos a iniciativa del cuerpo diplomático extranjero residente en
Bogotá, especialmente por los embajadores de EEUU y Venezuela, fueron categóricamente
rechazados por los jefes de los ejércitos constitucionales, que a estas alturas sumaban al
menos unos 2000 integrantes acampados en los inmediatos extramuros. Mosquera y López
se abrazaron fraternalmente en medio de un centenar de cadáveres esparcidos en las calles
aledañas, bajo la estatua del Libertador cubierta por los pabellones de los vencedores, y
Melo terminó por entregarse a discreción con 49 de los suyos después de una breve
mediación en la que se le ofreciera perdonarle la vida por conducto de aquél.

Perfectamente conocedores de su superioridad militar y de la inutilidad de toda resistencia


efectiva los ejércitos constitucionales que contaban en sus filas a los anteriores adversarios
hermanados esta vez en la lucha contra el dictador popular y plebeyo, el rechazo del
armisticio y la suspensión de hostilidades obedecieron al imperativo de castigar el
movimiento rebelde, diezmar las díscolas sociedades democráticas y practicar un
escarmiento que sirviera de argumento disuasivo a tal tipo de movilizaciones susceptibles
108
de emprenderse en el futuro por parte de los sectores subalternos. Se dio inicio a la
persecución de los sobrevivientes, el encarcelamiento de los melistas en las prisiones
abarrotadas por estos nuevos inquilinos así como el inicio de juicios sumarios con pena de
destierro aneja a las selvas del Darién. El siguiente 20 de diciembre más de cincuenta de los
artesanos considerados como los más peligrosos salían con rumbo a Honda escoltados por
un destacamento militar, en lo que quizá pueda considerarse como la primera imposición de
una medida colectiva de destierro en contra de los rebeldes vencidos. El integrante más
destacado de este contingente fue el propio Melo, y el acusado más importante el derrocado
presidente Obando, cuya inicial condena en calidad de rebelde y traidor a la patria sería
revocada por una decisión en segunda instancia de la Corte Suprema de Justicia en abril de
185577.

La agudeza de la confrontación entre los sectores sociales antagónicos en cuya oposición la


extracción de clase y la rivalidad entre lo popular y aristocrático se delineó de más nítida
manera en esta contienda que en todas las demás –tanto precedentes como posteriores-, no
se extinguió ni amainó con la derrota de los cuerpos melistas y el exilio de sus principales
seguidores. En un curioso proceso de retorsión del contenido de clemencia propio de la
medida del indulto cuya concesión se efectuaba como don gracioso en una lógica capilar y
personalista, en esta oportunidad no se expidió ninguna medida de amnistía. Lo que el
régimen constitucional instalado bajo la presidencia provisoría de Obaldía procedió a
continuación fue la expedición de una serie de cinco decretos de indulto donde su
otorgamiento se supeditaba al extrañamiento a diferentes regiones apartadas e insalubres
del país.
El texto de los mismos invoca como razón de su otorgamiento la acumulación de procesos
penales que estaban siendo adelantados contra una gran cantidad de comprometidos con el
régimen melista y pertenecientes a las diversas organizaciones de artesanos, sociedades
políticas y sectores de trabajadores y empleados78. La existencia de ‘un considerable
número de individuos sujetos a juicio por los delitos de rebelión y traición’, o ‘deseando
poner término a la ansiedad pública que se experimenta por las numerosas causas
criminales que ha habido necesidad de iniciar por tales delitos’, son parte de los motivos
invocados para la expedición de los respectivos decretos. En ellos se listan con nombre
propio más de trescientos individuos cuya sola mención acompañada de la oferta de
suspender el respectivo proceso penal equivalía a una forzada aceptación del propio
extrañamiento.
La cuidadosa asignación de las zonas y lugares designados para disfrutar, o padecer, el
indulto fueron de tres clases, cada una y en conjunto cuidadosamente diseñadas en función
de la peligrosidad de los destinatarios, la cual se escalonaba de acuerdo con su respectiva
posición social, familiar y política, respondiendo al papel desempeñado durante el golpe del

77
Ortiz, Venancio Historia de la revolución del 17 de abril de 1854 p. 450 Biblioteca Popular Bogotá, 1972.
78
Decretos del 28 de febrero, 26 de abril, 29 de mayo y 6 de junio de 1855.

109
lado de las autoridades fieles a Melo, ya como funcionarios civiles o miembros de las
fuerzas combatientes: aquellas ordenando la salida fuera de ciertas zonas como la región
central o algún departamento, capital o comarca –la capital, Tequendama, Zipaquirá,
Buenaventura, Cauca, Popayán, Pasto, Neiva, Tunja, Vélez, o Cundinamarca-, aquellas
que señalaban a modo de residencia forzada o confinamiento la zona o región donde debían
afincarse, como el istmo panameño –especialmente las selvas de la temible zona de
Chagres en el istmo cuyas malsanas condiciones terminarían por otorgarle a dicha región el
calificativo para un tipo especial de fiebres- o las provincias de Socorro o Mariquita; y por
último, aquellos indultos cuya condición para decretarse no era otro que el abandono del
país. A estas condiciones geográficas hubo de agregarse ciertos indultos que exigieron la
prestación del servicio militar en Panamá, y las que dependieron del pago de multas cuyas
cuantías ofrecieron un relativamente amplio margen de cuantificación. El criterio
geográfico espacial se combinó con su respectiva duración temporal que a su turno podía ir
desde períodos de duración inferior a un año, hasta aquellas cuyo plazo podía variar entre
12 y 16 años, haciendo parte de este último rango temporal los indultos condicionados a la
salida del país o exilio internacional. Tomadas en su conjunto y en función de su
sistemática y casi obsesiva dosimetría las supuestas medidas de clemencia de la
administración conjunta de conservadores y liberales tanto Gólgotas como draconianos
resultan reveladoras de la finalidad veladamente punitiva del indulto. Añadido a lo anterior
se estableció un riguroso deber por parte de las autoridades provinciales o municipales
donde se encontrasen los indultados para informar de la menor violación por parte de los
beneficiarios, ya fuese la transgresión de los límites geográficos asignados o la comisión de
delitos, con el fin de que en tal caso se retomasen los procesos judiciales suspendidos,
llevándose a los infractores de provincia en provincia hasta el lugar donde inicialmente se
había adelantado el proceso. Como en tantas ocasiones, quizá el historiador quien con
mayor lucidez captara el fondo del sentido estratégico de las medidas de indulto fuera el
cuidadoso y acucioso cronista José Manuel Restrepo, quien desde su perspectiva
conservadora y aristocrática encontrara en las medidas del exilio forzoso el mejor antídoto
contra la peste encarnada por las sociedades democráticas.
En septiembre de 1855 una cifra muy cercana a los dos millares de individuos había sido
listada en los diversos decretos de indulto dictados por el vicepresidente Obaldía en
ejercicio del poder, correspondiendo 1094 de ellos a Bogotá, 635 a Cundinamarca, 168 a
Santander, y 51 al resto del país. De todos ellos, al menos la mitad fueron merecedores
finalmente de un indulto incondicional gracias a solicitudes y procesos judiciales iniciados
personalmente y con el apoyo de testigos al igual que un número considerable de rechazo,
lo que permitiría aseverar que casi mil individuos terminaron confinados en las distintas
regiones establecidas, empezando prontamente a circular rumores, tanto en prensa como en
poemas, de la ejecución de los indultados por los propios guardianes que los conducían al
destino geográfico fijado79. Del cuidadoso estudio realizado por Joshua Rosenthal para el

79
Rosenthal, Joshua M., Conditional Clemency after the Golpe de Melo of 1854: Constitutionalism and
Tradition in Early Republican Colombia pp. 81-83, en Historia Crítica # 63, Enero-Marzo 2016, Uniandes,
Bogotá.

110
período comprendido entre 1854 y septiembre de 1855 sobre un universo de 733 casos, se
encuentran 275 sometidos a exilio provincial, 398 a exilio en Panamá y obligados a servicio
militar 341 de ellos, y 60 enviados al exilio internacional –ostracismo-, con una cifra de 21
sometidos a un exilio entre 16 y 21 años. Al mismo tiempo al menos se encontraban 500
detenidos por causa del levantamiento golpista.
Las condiciones sociales de plasmadas en los múltiples alegatos judiciales argumentando
en favor de su otorgamiento permite ver su origen humilde y su adscripción social a los
sectores sociales –empleados oficiales como jueces y administradores, talabarteros,
tenderos, artesanos y demás- que apoyaron el alzamiento melista, así como la justificación
asociada en muchos casos
Pese a lo anterior, el volumen de causas penales no cesó de aumentar y en un último intento
por resolver la situación de abarrotamiento de expedientes y sindicados detenidos que
habían desembocado en una elefantiásica congestión judicial, se terminó por incluir dentro
de las listas a todos aquellos funcionarios civiles que habían ejercido sus funciones bajo la
duración de la aventura golpista de Melo ‘que se comprometieron y no obraron
activamente’ en la perpetración de la revuelta; la terminología empleada denota que en el
ínterin había bastado haber sido funcionario público para haberse iniciado en su contra una
causa penal viéndose privado de libertad. Con tal propósito el ejecutivo nacional delegó la
facultad de otorgar o imponer los indultos a los gobernadores provinciales, quienes
exhibieron mayor flexibilidad en el proceso establecido para su concesión80. Pero quizá
pueda auscultarse en este momentáneo reino del indulto una racionalidad adicional, más
prosaica: resultaba menos oneroso el extrañamiento y el confinamiento que mantener al
sindicado en las precarias prisiones gubernamentales. En este conjunto de condiciones el
perdón se transmutó, mediante una amalgama inescindible, en una pena de arraigo judicial
bajo la justificación de descongestionar los despachos judiciales agobiados por la
proliferación de causas penales contra los vencidos.

La Guerra de las Soberanías 1859/62: amnistías del gobierno derrotado y de la revolución


triunfante
La contienda civil iniciada bajo la recientemente expedida Constitución de la
Confederación Granadina de 1853 ostenta la singularidad única de haber sido iniciada y
conducida por un sexagenario antiguo presidente cuyos éxitos militares lo condujeron a la
toma triunfal de la capital dos años después de su inicio. La única revolución triunfante en
la historia del país tuvo como cabecilla a un integrante de una de las familias más
conspicuas de las élites neogranadinas que diera arzobispos y jefes de estado, además de
constituir un verdadero clan que determinó tanto a nivel local como nacional varias décadas
de la vida política. Un auténtico caudillo en quien el militar y el político resultaban

80
Rosenthal, J., Ibídem, p. 83.

111
inseparables, que había comenzado su carrera de armas bajo las banderas realistas,
convirtiéndose luego en un acérrimo partidario de Bolívar, lo cual significaba hacia finales
de la década de los 20 ser un no menos decidido enemigo del general Santander, y cuyas
acciones como comandante en el Sur de las ejércitos gobiernistas del presidente José
Ignacio de Marquez lo habían colocado entonces como defensor a ultranza del centralismo.
Constituyó a su vez un levantamiento en el que militaron tres expresidentes como síntoma
cabal de la resistencia y vitalidad de las aspiraciones regionales y de las fuerzas centrípetas
que habían sido militarmente vencidas en la Guerra de los Supremos -1839/42- y aplastadas
políticamente en la Constitución de 1843 con su extrema centralización y ampliación de los
poderes del ejecutivo central. Tuvo lugar en medio de un relativo consenso fraguado entre
los sectores liberales y conservadores plasmado en una arquitectura institucional
confederada en la que ambas organizaciones partidistas se hallaban pasajeramente de
acuerdo, en lo que se ha denominado como un constitucionalismo de fusión entre los
principios doctrinarios de ambas corrientes ideológicas, coincidiendo con ello con las
dinámicas dominantes en América Latina.
El casus belli invocado por Tomás Cipriano de Mosquera le fue ofrecido por una serie de
leyes expedidas por el gobierno central bajo la presidencia del destacado político
conservador Mariano Ospina Rodríguez, uno de sus más reconocidos ideólogos y
considerado por algunos como su verdadero fundador. Estas leyes aparentemente inocuas,
determinaban cambios en la legislación electoral –reconfiguración de los circuitos
electorales-, conferían potestades en la reglamentación de la educación y atribuían arbitrios
rentísticos a favor del gobierno nacional, fueron tomadas como un quebrantamiento del
pacto cuasi federal instituido y lo llevaron a iniciar de las hostilidades, contando con el
apoyo de varios de los supremos o caudillos que veinte años atrás en nombre del mismo
ideario que ahora propugnaba habían sido combatidos a muerte. Dos de ellos, José María
Obando en la zona del Patía y sus áreas de influencia y Juan José Nieto en la costa Caribe, a
quienes no habría vacilado en ajusticiar en el paredón durante la Guerra de los Supremos–
como efectivamente ocurriera en el caso del líder antioqueño Salvador Córdoba- se
convirtieron en sus más fieles y útiles aliados, quienes en el curso de la guerra declararían
la respectiva separación de los estados de Cauca y Bolívar.
Los ruidos de la inminente contienda estuvieron precedidos de voces sensatas en uno y otro
campo, el gobiernista y el liberal –donde connotados miembros del sector radical
desconfiaban ya de las proclamas de Mosquera-, demandando como herramienta para
impedirla la expedición de amnistías: el caracterizado líder liberal, Salvador Camacho
Roldán, y el influyente y muy respetado general al servicio del régimen, Pedro Alcántara
Herrán, expresaron con toda claridad estas posturas.
El primero hizo una lúcida defensa del régimen republicano instaurado en la Constitución
de 1853, señalando que el disfrute de libertades ofrecía el modo de resolver las diferencias
entre el gobierno y sus opositores, para advertir que “una puerta honrosa para salir del
conflicto y volver al orden moral […] la amnistía se considera pues por todos los amigos de
la paz, entre ellos por muchos personajes del Partido Conservador, como una condición

112
necesaria para poner término a la agitación de la lucha y como una prueba de la buena fe
con las que se buscan las conciliaciones y la paz”; igualmente, expuso “que una amnistía
pondría término a las expectativas de los partidos […] la paz o la guerra dependen
exclusivamente del presidente de la Confederación; si él desea la sangre, habrá sangre; si él
quiere la paz habrá paz; si el señor Ospina quiere entregar un país tranquilo a su sucesor,
puede hacerlo; si él quiere pasar a la posteridad dejando en pos de sí un nombre sangriento,
rodeado de un cortejo de víctimas inmoladas en aras de su orgullo, también está en su mano
obtenerlo”81.
En el sector político opuesto, el general Herrán –quien en vísperas de la guerra había
suscrito como jefe militar un acuerdo de paz con el golpista gobernador del estado de
Bolívar- y que gozaba de un elevado como merecido prestigio en todo el espectro político
de la época, también se manifestó en reiteradas oportunidades partidario del otorgamiento
de una amnistía en favor de los rebeldes caucanos, bien fuera por conducto del congreso o
en su defecto, por el propio presidente Ospina. Una vez retirado del gobierno volvió a
insistir en la necesidad de decretar una amnistía amplia y generosa por parte del ejecutivo
central y los gobernadores de los Estados federales como preámbulo a la convocatoria de
una gran Convención Nacional. Hacia el final de la contienda incluso, cuando la caída de
Bogotá era inminente, conmina al presidente encargado –Bartolomé Calvo- para que no se
obstine en llamar a los rebeldes cuadrilla de malhechores ya que con ello no se modifica en
nada el poder que detentan, y le propone que emplee “el remedio que nuestra Constitución
suministra para curar los males de la patria; promulgad una amnistía amplísima que
comprenda no solamente a los que se han puesto en armas contra el gobierno general sino
también a los que defendiéndolo han infringido la Constitución y ordenad que haya una
suspensión de armas”82.
Resulta innecesario señalar que estos sensatos llamamientos fueron desoídos de modo
reiterado por el presidente Ospina como mandatario federal durante todo el transcurso de la
confrontación, quien, por el contrario, con una pertinacia inflexible sostuvo la necesidad
imperiosa de aplicar todo el peso de la ley a los rebeldes en su condición de criminales.
Rehusó su aprobación a las propuestas de celebrar exponsiones, rechazó las aproximaciones
de Mosquera y categóricamente negó todo probable reconocimiento como beligerantes a
los liberales alzados en armas.
El desencadenamiento de las hostilidades se vio precedido de varios levantamientos
regionales desde al menos dos años atrás, los cuales fueron atendidos y conjurados por los
respectivos estados confederados, que en desarrollo de sus propias facultades
constitucionales, determinaron la expedición de varias amnistías. Esto constituyó
ciertamente una inequívoca expresión de la divergencia entra las autoridades estaduales que
se veían afectadas directamente por el desencadenamiento de hostilidades armadas en sus

81
Uribe de Hincapié, María Teresa y López Lopera Liliana María La Guerra por las Soberanía Memorias y
relatos en la guerra civil de 1859-1862 en Colombia, p. 207, La Carreta Editores, Medellín, 2008. Se trata de
una extensa citación que las autoras hacen de Gustavo Arboleda en su Historia contemporánea de Colombia,
Tomo XII, p. 31.
82
Ibidem, pp.210-211.

113
respectivos territorios, y las prioridades del orden nacional federal completamente ajeno a
ellas y obsesionado con el mantenimiento del poder desde la lejana Bogotá.
Fue así como el estado del Magdalena, decretó en noviembre de 1857 el otorgamiento de
una amnistía a los insurrectos comandados por Marceliano Valverde, que habían sido
derrotados previamente en Riohacha. Igual procedimiento fue empleado por el estado de
Santander, reunido esta vez en asamblea constituyente –en el marco de la adopción de
constituciones estaduales adoptadas mediante cuerpos legislativos escogidos al efecto-
luego de las acciones armadas emprendidas por rebeldes conservadores, entre ellos el
general conservador Leonardo Canal beneficiario del indulto –en el curso de las cuales el
presidente estadual Herrera resultara asesinado por estos en Suratá en marzo de 1858-,
haciendo uso de sus prerrogativas como tal –el mismo órgano realizó el cambio de capital
de Pamplona –reconocidamente conservadora- por la más liberal Bucaramanga.
La estrategia militar adoptada por Mosquera consistió en avanzar desde el sur por la
vertiente del río Cauca con el propósito de dominar el eje geográfico de esta importante vía
fluvial que habilitaba un rápido ascenso o descenso, según el grado de avance en dirección
Norte, tan solo atravesando la cordillera central en dirección a la capital –a través de la ruta
relativamente fácil de remontar llamada el ‘camino del Quindío’-, lo cual sería facilitado
por el accionar desde el bajo Cauca por las huestes de Nieto sobre el norte de Antioquia,
distrayendo con ello las considerables fuerzas conservadoras de esta región. Por ello el
cambiante escenario de la guerra se desplazó de continuo desde el alto al bajo Cauca,
adicionando el centro del país donde se empeñaron también importantes acciones.

Durante el desarrollo de la guerra cuando Juán José Nieto acaudillando su propio cuerpo
armado con alta participación de población negra al que denominara como ‘ejército
regenerador’, se levanta contra el gobierno conservador del estado de Bolívar, se toma la
importante población de Mompox, luego de un prolongado sitio que se extendió por 32
horas, en uso de sus facultades como comandante militar, expide in situ una amnistía, que
cobijaba a sus adversarios, militares y funcionarios gobiernistas.
Para mediados de 1860 el curso de la acción bélica comenzaba a ser ampliamente favorable
a las huestes de Mosquera. Este se había declarado como supremo director de la guerra,
había proclamado la separación de los dos principales estados en cuyo territorio esta se
escenificaba y había obtenido una notable victoria el 12 de agosto en la batalla del Alto de
Las Guacas sobre las tropas antioqueñas de Braulio Henao. La favorable coyuntura militar
lo llevó a buscar un arreglo negociado en el denominado Convenio de Chinchiná, que se
suscribiera el día 25 del mismo mes, figurando entre sus firmantes, los generales
conservadores Joaquín Posada Gutiérrez, Braulio Henao, Marceliano Vélez y el
comandante Eliseo Arbelaez. Allí se buscaron unas condiciones que hicieran posible la paz
mediante la convocatoria de unas nuevas elecciones, la puesta en cuarentena de la
declaración de separación del estado del Cauca, y la consecuente suspensión de las acciones
militares. En el artículo 5° del Pacto de Chinchiná se estableció que los estados de
Antioquia y Cauca expedirían una ‘completa amnistía a favor de sus respectivos ciudadanos
114
por los compromisos que han tenido en las presentes cuestiones’. Supeditado a la
aprobación del gobierno federal, este, que se sentía optimista por la victoria militar
obtenida en el Alto del Oratorio una semana atrás –en el otro escenario de la guerra cerca
de la población del Socorro en Santander-, procedió a presentar contrapuestas por conducto
de Posada Gutiérrez y Henao, que finalmente no produjeron ningún resultado, salvo el de
reforzar aún más la convicción del expresidente insurrecto en continuar su avance militar.
Los precarios resultados de las sucesivas campañas de Nieto en sus incursiones procedentes
del estado de Bolívar sobre el nororiente antioqueño –en el curso de las cuales se distinguía
a los negros peinilleros de Nieto de los negros zurriagos de Mosquera-, especialmente
desde su segunda declaración de guerra contra el estado de Antioquia, evidenciados por sus
derrotas en Tinajitas, Rumazola y Santo Domingo- llevaron a una importante
contraofensiva por parte de las fuerzas antioqueñas, esta vez bajo el mando de Marceliano
Vélez, quien había sido electo presidente estadual como sucesor de Ángel María Giraldo.
Con la finalidad de aislar definitivamente las fuerzas de Nieto, el nuevo presidente prohibió
todo tipo de comunicación con los distritos de Zea, Remedios y Zaragoza, consideradas
como zonas irredentas en su apoyo a Mosquera, lo que llevaría al prefecto de esta última a
declarar su adhesión anticipada a los futuros Estados Unidos de la Nueva Granada;
igualmente en ejercicio de sus competencias estaduales decretó indultos a favor de todos
aquellos que estuvieran en armas contra el estado de Antioquia , siempre y cuando se
presentaran con el fusil que tuvieran en uso.
La desestimación del mencionado Pacto tuvo como contrapartida, pese a algunos reveses de
las tropas de Mosquera –La Plata, Barbacoas y Quilcacé- la obtención de renovados éxitos
militares –La Barrigona, San Bartolo, Carolina del Príncipe- todo lo cual en lugar de
aconsejarle desestimar este curso de acción le condujeron al ofrecimiento de nuevos
avenimientos y acuerdos –Exponsión de Manizales, Capitulación de La Granja y Pacto de
Chaguaní. Consecuencia de lo anterior fue la ampliación del Pacto de Unión inicialmente
suscrito por los estados de Cauca y Antioquia, a los de Bolívar, Boyacá, Cundinamarca,
Santander y Tolima que significaban un creciente aislamiento del gobierno federal.
El período presidencial de Mariano Ospina Rodríguez expiró el 1° de abril de 1861y
asumió el cargo como reemplazo suyo en orden de designados establecido por la
Constitución, el procurador general de la nación, Bartolomé Calvo. Mosquera le propuso
epistolarmente la conclusión de un acuerdo para poner fin a la guerra, pero aquel se rehusó
categóricamente a cualquier tratativa, aduciendo para su rechazo, una vez más, la condición
delictiva de los rebeldes. En una medida desesperada, con las tropas de Mosquera ya en las
afueras de la capital, el presidente encargado procedió a expedir un decreto ejecutivo el 30
de abril de 1861, mediante el cual se ofrecía una amnistía para los rebeldes que depusieran
las armas en un término de cuatro días contados a partir del momento en que se recibiera el
decreto en el lugar en que se encontraran los destinatarios del mismo83; en su calidad de
decreto presidencial expedido bajo estado de sitio, éste había sido sancionado por el
presidente encargado, y firmado por el secretario de Gobierno y guerra. El decreto

83
Ibidem, p. 235.

115
contemplaba dos categorías de amnistía, una de carácter incondicional para los soldados de
tropa, y una condicionada para quienes hubieran “tenido parte principal en la rebelión”,
quienes para beneficiarse de la misma debían someterse, bien al confinamiento –en el lugar
donde se encontraran-, o bien al destierro, por un término no inferior a un año ni inferior a
cinco. Tanto en un caso como en el otro se dejaba incólume el derecho de los particulares a
sus reclamaciones derivadas de los daños ocasionados por los rebeldes84.
El carácter poco realista del decreto presidencial era más que evidente dada su postración
militar y el incontenible avance de las tropas de Mosquera por la cordillera central en
camino hacia la capital. Ello no impidió, sin embargo, que se insistiera en su aplicación,
para lo cual se determinó el siguiente 31 de mayo ampliar los términos de la amnistía
dictada un mes atrás, mediante un artículo único que dispuso: “hácese extensiva la amnistía
concedida por decreto de abril último, a los individuos que separándose o habiéndose
separado de las filas revolucionarias, cooperen al restablecimiento del orden nacional”. El
poco o nulo efecto de la amnistía restringida y ampliada que el gobierno dictara se debía
tanto a su tardanza como a su carencia de realismo político, pero indicaba un cambio muy
significativo en su relación con los rebeldes opuesto a la continua arrogancia demostrada
por su antecesor.
La actitud del gobierno llevó que tres días más tarde del primer decreto expedido por el
gobierno, el general Mosquera en su doble condición de supremo comandante del ejército
rebelde y presidente provisorio de los EEUU de la Nueva Granada, procediera a la
expedición de su propio ofrecimiento de amnistía dirigida a “quienes engañados por la idea
errónea de la pretendida legitimidad con que los usurpadores del derecho del pueblo han
querido cohonestar con sus crímenes […] y que es preciso volver cuanto antes a la paz de la
república con un acto espléndido de generosidad”85.
Mientras tanto en el sur del país los conservadores habían logrado iniciar una nueva
ofensiva que fue detenida por el general Tuso Gutiérrez, leal partidario de Mosquera y
futuro presidente, quien los venció en la importante batalla de Santa Bárbara de Cartago, el
18 de septiembre de 1862, donde hubo cerca de 1700 prisioneros y 400 muertos. Esto
significó la puesta fuera de combate de las fuerzas antioqueñas y conllevó la suscripción de
la denominada Convención de La Mesa –en las vecindades de Manizales- el 13 de octubre
de 1862. En ella se acordó ‘que todos los individuos que por haber servido a la causa de los
EEUU de Colombia se hallen presos en el estado de Antioquia, serán puestos
inmediatamente en libertad; así mismo se pondrán en libertad a los vecinos del Estado que
se encuentren presos por orden del gobierno de la Unión’.
Para noviembre de 1862 cuando Mosquera se dedicaba a la reorganización del estado de
Antioquia luego de su derrota, y en su condición de jefe provisorio, lanzó una proclama en
la que anunció:

84
Ibidem. Pp.235-236.
85
Ibidem, p. 236.

116
Al dirigirme a vosotros acompaño un decreto de completa amnistía para que sirva
de base a la reconciliación y que cesen los odios y los escándalos […] Querer
aplicar el principio de justicia en medio de tantos culpables de uno y otro partido, de
unas y otras opiniones sería hacer una injuria al buen sentido y para casos tales
como los que se tratan en el Tolima, es que corresponde al gobierno el uso precioso
de dar una amnistía y un indulto”86

Faltan las amnistías iniciales del gobierno y la rebelión.

Guerra de 1885: indultos pactados. 1

La consolidación del segundo período de la Regeneración bajo el mando de Núñez debió


enfrentar un alzamiento armado encabezado por varios líderes del liberalismo radical en
diferentes zonas del país. La primera y más duradera de las manifestaciones rebeldes fue la
iniciada en el estado de Santander donde el flagrante fraude electoral en las elecciones
estaduales de 1884 bajo el gobierno de Solón Wilches, -incondicional aliado de Núñez-,
llevaron al pronunciamiento de los dirigentes liberales, como Foción Soto, Daniel
Hernández y Fortunato Bernal, todos ellos veteranos de la anterior guerra de 1876/77,
cuyos ímpetus rebeldes se prolongarían hasta finales del siglo. En los estertores del régimen
federal instaurado cerca de veinte años atrás, los únicos gobiernos estaduales todavía
dominados por el liberalismo eran Antioquia y Tolima, donde las guardias departamentales
se pusieron del lado insurreccional en contraposición a todas las restantes del país, si bien
con precaria capacidad de secundarla, debido en buena parte a la existencia de fuertes
sectores de oposición conservadores al interior de cada uno de dichos estados. La suerte del
levantamiento se colocó en función del dominio fluvial del río Magdalena obtenido gracias
a la audacia del Ricardo Gaitán Obeso, quien en un golpe mano inicial pudo apoderarse del
puerto de Honda y temporalmente dominar la vía de comunicación más importante, que en
teoría debió articularse con el dominio liberal en Panamá, donde Pedro Prestán hacía lo
propio, logrando una suerte de bloqueo marítimo sobre la capital. Núñez rechazó la
propuesta exponsión de La Colorada mediante la cual se preveía una cesación de
hostilidades y términos de acuerdo políticos –convocatoria de nuevas elecciones- bajo la
condición de recíproco retiro de las tropas de ambos bandos destacadas sobre Tunja de al
menos 5 kilómetros y la declaratoria como ciudad abierta de la capital boyacense. La
estrategia terrestre encomendada al prestigioso político y militar Sergio Camargo –
expresidente radical de los EEUU de Colombia- de adelantar un despliegue terrestre

86
Uribe de Hincapié, María Teresa Los discursos del perdón y del castigo en la guerra civil colombiana de
1859-1862 Revista Co-herencia # 8 Volumen 5, p. 107. 2008. Según citación de Registro Oficial 85 “A los
habitantes del estado del Tolima”

117
paralelo a la ribera oriental del Magdalena pronto se reveló como imposible naufragando en
una serie de fracasados enrolamientos y erráticos movimientos. La audacia táctica de
Gaitán Obeso se vio frustrada por la tardanza en apoderarse de Cartagena, retardo que se
atribuiría a las efusiones báquicas ofrecidas por el puerto de Barranquilla desde donde
debía prepararse el asalto de aquella, obligándolo a un infructuoso pero costoso sitio
cercano a tres meses sobre la ciudad amurallada en el el curso del cual la acción más
efectiva adelantada fuera la destrucción de la casa natal del último presidente de la
Federación. En tales condiciones el apoyo bélico del gobierno federal antioqueño resultaba
crucial para asegurar al menos un éxito parcial del levantamiento, pero la avanzada edad de
su presidente Luciano Restrepo y su delicado estado de salud terminaron por colocar el
peso de la lucha sobre el secretario de guerra, Luis Eduardo Villegas, un antiguo
magistrado de la suprema corte carente de toda experiencia militar. Núñez designó como
jefes del ejército enviado a Antioquia a los experimentados generales Matéus y Briceño,
quienes tomaron el camino por la vía de Salamina –evitando con ello repetir el error
cometido por Santos Acosta en 1875 de emplear la ruta de Yolombal en cuyo estrecho
cañón un contingente de apenas 100 hombres logró detenerlo varios meses-. Las tropas del
gobierno antioqueño obtuvieron triunfos menores en Santa Rosa, Zanjón Hondo, Riosucio
y El Naranjo, pero fueron aparatosamente vencidas en Honda, Salamina y Santa Bárbara de
Cartago por las huestes de los nombrados generales que contaban en sus filas al menos con
3000 hombres. Las pocas perspectivas de éxito llevaron al jefe liberal a aceptar los
términos de lo que vendría a conocerse como la Capitulación de Neira –a pocas leguas de
Manizales- suscrita el 24 de febrero de 1885, entre el general en jefe del estado mayor Juan
N. Mateus y como comisionado de Luis Eduardo Villegas, el coronel liberal Ricardo M.
Restrepo. La capitulación contiene una disposición expresa –el artículo 3°- en el que el
general Matéus a nombre del gobierno nacional ‘da indulto a todos los comprometidos en la
rebelión del gobierno de Antioquia, por los delitos políticos, y concede a los Jefes y
oficiales a quienes se refiere esta capitulación, el derecho a regresar a sus domicilios,
llevando las espadas y caballerías de su propiedad’. De esta manera el gobierno federal hizo
valer sus prerrogativas jurídicas conquistadas con el desenlace de la confrontación bélica y
despojar a la revolución en las otras regiones del decisivo apoyo antioqueño.
Despojado el estado de Antioquia del legítimo gobierno liberal las fuerzas del gobierno
quedaron con las manos libres para emprender una larga jornada hacia la zona de la costa
por la vertiente del Cauca para arribar a Calamar y finalmente sumarse a la persecución
contra Gaitán Obeso. Los levantamientos en el Cauca tampoco reportaron éxito alguno
pues el general liberal Márquez fue batido repetidamente con destrozos de consideración
por un decidido y eficaz Eliseo Payán que cosechó triunfo tras triunfo. En la zona del istmo
los liberales al mando de Pedro Prestán y Azpiricua tomaron temporalmente el control del
puerto de Colón. Las fuerzas estadounidenses que se hallaban presentes en el istmo como
parte de las atribuciones conferidas para supervisar el orden en virtud del tratado de
Mallarino Blidath de 1846 intervinieron a favor del gobierno central previa solicitud suya y
luego del incendio que se desatara en el puerto, intentaron el apresamiento de Prestán,
quien logró ponerse temporalmente a salvo refugiándose en Barranquilla.

118
Un proceso semejante se daría meses después en Santander, donde la oposición liberal al
gobierno conservador de Solón Wilches estaba claramente del lado rebelde, encabezada por
Foción Soto. Los rebeldes santandereanos fueron derrotados por el ejército estadual y se
vieron obligados a suscribir el 26 de agosto de 1885 en el sitio de Los Guamos o Guayabal,
en lo que se conocería como la capitulación de El Salado. En ella se previó la entrega de
armas por parte de los rebeldes a las comisiones designadas al efecto y en el campamento
previamente definido, a quienes se les denominó como Ejército de la República, salvo las
espadas y revólveres de la oficialidad que seguiría en su poder. Igualmente, de modo
expreso se prohibió el enrolamiento de los rebeldes favorecidos en la capitulación como
integrantes de las fuerzas oficiales. En su artículo 2° se dispuso, sin mencionar el término
indulto, el otorgamiento de los beneficios propios de esta figura jurídico penal, consistente
en que ‘todos los jefes, oficiales e individuos del mencionado Ejército de la República
quedan en libertad de regresar a sus domicilios, y desde la ratificación de este convenio no
podrán ser perseguidos en sus personas ni en sus propiedades, por sus anteriores
compromisos políticos o militares’; de la misma manera no podrían imponérseles
contribuciones de guerra ni empréstitos forzosos. El texto referido excluía de los efectos de
cesación de persecución penal a los delitos comunes y reiteraba el carácter exclusivo como
delito político de la rebelión, la sedición y las faltas ‘puramente militares o políticas’. Por
parte del gobierno la capitulación fue suscrita por Antonio B. Cuervo en su condición de
jefe de operaciones militares de los ejércitos del Norte de Santander en representación del
ejecutivo nacional y estadual.
Las tentativas de obtener un acuerdo semejante en la zona central del país iniciadas por el
general Sergio Camargo chocaron con el obstáculo de exigirse por parte del gobierno de
Núñez la condición de dejar sin clara definición los actos que se indultarían, por lo cual la
dirigencia liberal, sospechando que se trataba de otorgarle cobertura legal a la persecución
penal del propio Gaitán Obeso, que condujo a su fracaso.
Antes de la conclusión oficial de la guerra en la batalla de La Humareda a mediados de
1886 se produjo la captura y enjuiciamiento en sendos consejos verbales de guerra de dos
de los más destacados jefes rebeldes: Pedro Prestán fue fusilado y Gaitán Obeso condenado
a prisión en las bóvedas de Cartagena, en las que poco después moriría víctima de un
presunto envenenamiento. Ambos procedimientos contaron si no con la orden del
presidente Núñez, sí con su beneplácito. La aplicación del indulto se restringió a los dos
casos mencionados sin que en esta oportunidad se contemplase siquiera la posibilidad de
tramitar ni a nivel estadual ni en el plano federal una ley de amnistía a favor de los rebeldes
derrotados. En palmario contraste con la amplia amnistía expedida por el congreso federal
de 1877 cuando el parlamento dominado por el radicalismo liberal acordara su expedición
contra los conservadores insurrectos y ampliamente vencidos en los campos de batalla, en
esta oportunidad el antiguo jefe liberal y ex ministro del régimen radical convertido en
aliado de conservadores históricos y algunos sectores liberales, impidió todo trato
semejante a sus anteriores copartidarios. Con ello sellaba su completa exclusión del ámbito
político y los condenaba al ostracismo más completo. Puede entonces afirmarse que en esta
ocasión se trató de la única guerra civil en Colombia donde el empleo discrecional del

119
indulto prevaleció de modo absoluto reemplazando la apelación a la fórmula de clemencia
de la amnistía.

La amnistía de 1877 que excluyó a la jerarquía eclesiástica.

La guerra de 1876/77 fue una confrontación decisiva en el curso del largo y accidentado
proceso de configuración de una estatalidad nacional cuya espacialidad territorial para
entonces excedía el par de millones de kilómetros cuadrados. Decisiva porque sus efectos y
la lógica política que la presidiera conllevaron tres novedades sustantivas: por vez primera
en la secuencia de las contiendas civiles armadas que hasta entonces se había verificado la
victoria militar de unas de las partes enfrentadas no se tradujo con la correspondiente
victoria política, como efectivamente había acontecido siempre; de otra parte, por el
categórico nuevo grado de regulación que se introdujo en la conducción material de las
hostilidades, al punto que desde una perspectiva comparativa con sus homólogas del siglo
XIX esta resultó ser la más regulada y por ende, en la que fusilamientos y atrocidades
fueron completamente marginales; y en tercer lugar, por el tinte profundamente religioso y
confesional que la rebelión conservadora introdujo como telón simbólico para unificar los
diversos sectores sociales y regionales levantados en armas que condujo a una participación
militante en favor de la guerra por parte de la jerarquía católica y de paso, un inesperado
elevamiento en el número de guerrillas movilizadas en apoyo de la cruzada convocada para
restaurar los privilegios perdidos en favor de la iglesia.
Constituyó la primera gran prueba del orden constitucional establecido en la Convención de
Rionegro –convocada por un victorioso Mosquera para llevar a su extrema consagración el
ideario liberal federalista con exclusión completa de los sectores conservadores- y se libró
dentro de los derroteros de regulación bélica que allí se habían entronizado, tanto los
parámetros del denominado Derecho de Gentes como de la prohibición de la pena de
muerte constitucionalmente garantizada. Dicha constitucionalización de los parámetros
clásicos para la conducción de hostilidades se efectuó en un doble registro: el nacional, de
una parte, y el estadual, tan importante y decisivo como aquel. Las constituciones de los
estados de Antioquia, Bolívar, Boyacá, Cundinamarca, Cauca, Magdalena Tolima y
Panamá se hicieron fiel eco del artículo constitucional, predicando la necesidad de aplicar
las disposiciones del Derecho de Gentes tal como se derivaban de las prácticas de las
naciones civilizadas y cristianas en los casos de guerra civil que se desatara entre ellos.
Parece exento de duda que el calificativo de apelación religiosa constituía una contrapartida
simbólica de la célebre exclusión de dios como fuente suprema de toda autoridad en el
preámbulo constitucional. Si bien se da por sentado una casi literal semejanza entre todas
las disposiciones, estas sin embargo exhiben una disparidad manifiesta: la mención de las
naciones cristiana sólo se encuentra en las Cartas Políticas de Antioquia, Cauca, Boyacá y
Tolima, mientras que en las restantes se prescinde de tal referencia, limitándose a la

120
mención de las naciones cultas y/o civilizadas (revisar), reflejando con ello hondas
disparidades culturales y religiosas cuyos respectivos enraizamientos aflorarían bélicamente
una década más tarde. Auto concebidas como entidades territoriales plenamente soberanas
de cuyo común acuerdo fundacional provenía la unión federal con su propia soberanía
derivada de aquellas, los estados se consideraron a sí mismos como beligerantes
plenamente habilitados para la suscripción de armisticios y acuerdos que no solamente
pusieran fin a las contiendas sino que al mismo tiempo procedieran a regularlas. En una
deriva regulatoria plenamente demostrativa del sentido conferido a las contiendas armadas
como mecanismo válido de producción estatal y resolución de las confrontaciones políticas,
la regulación llegó a implicar la restricción para el gobierno de la Unión de interferir en las
disputas armadas que se desataran entre los propios estados, constriñéndolo a una forzada
neutralidad, mediante la expedición de la Ley federal XXX de 1867, que llevaría al propio
presidente Tomás Cipriano Mosquera a la fatal decisión de intentar cerrar un soliviantado
congreso compuesto por sus anteriores copartidarios empeñados en restringir sus propias
funciones como ejecutivo militar87. Que el congreso federal pretendiera imponer al primer
mandatario –a quien aquel debía su propia existencia política y su orientación doctrinaria-
fue visto sin duda como una inadmisible emasculación tanto de su propia personalidad
como de su trayectoria a lo largo de la historia del propio siglo XIX. A partir de esta
situación se consumaría en tercer golpe de estado en el país, esta vez de manera incruenta y
casi como una opereta política: encabezados por Santos Acosta los liberales ingresaron en
el dormitorio presidencial y anunciaron al recién despertado y todavía en piyama anciano
general que había sido destituido del poder y debía en consecuencia despojarse de su gorro
de dormir.
Los factores que determinaron la irrupción de la siguiente contienda bélica en el contexto
de soberanías estaduales ampliamente garantistas y decididamente laicas estuvieron
relacionados básicamente con dos aspectos: la profunda hostilidad fraguada entre los
sectores partidarios de la subordinación de la educación a dictados confesional católicos –
debates en torno al sentido y contenido de los programas escolares plasmados en la disputa
del Syllabus proclamado por las altas autoridades eclesiásticas-, de un lado, y del otro, la
decidida oposición amplios sectores conservadores no solo excluidos políticamente del
nuevo orden instaurado, sino amenazados en su condición de grandes propietarios rurales
tanto por las políticas comerciales librecambistas como la aplicación de la manumisión de
bienes de bienes de manos muertas que permitieron la adquisición tierras eclesiales en
competencia relativamente abierta, si bien, para un reducido círculo de compradores
capacitados para aprovechar una inédita oportunidad histórica como esta. Tras una larga
década de federalismo en acción, creciente debilidad del ejecutivo nacional por su
exagerada brevedad en el período presidencial, fisuras graves en el partido gobernante –el
incruento y casi pintoresco golpe de estado propinado a Mosquera por sus propios
copartidarios es un buen ejemplo de ello- y un ejercicio de la política liberal radical que
hizo de las elecciones un ritual arbitrario propiciando reiteradas acusaciones de fraude, la

87
El texto completo se encuentra en José María Cordovez y Moure, Reminiscencia de Santafé de Bogotá, p.
Editorial Aguilar, Madrid, 1957.

121
oposición cada vez más antagónica rompió fuegos abiertamente contra el gobierno de
Aquileo Parra en la batalla de Los Chancos, al norte de la población de Buga, dentro del
poderoso estado del Cauca.
Ya desde el inicio mismo del régimen federal la existencia de bastiones geográficos muy
poderosos enteramente bajo la influencia conservadora habían servido como fortalezas para
mantener una vigorosa oposición conservadora. Mención especial merece el estado de
Antioquia, en el que se instalara un año después -1864- de celebrada la Convención de
Rionegro, mediante el expediente tradicional del golpe de estado acompañado de una breve
campaña militar en la que pereciera su gobernador presidente Pascual Bravo –el más joven
de los constituyentes- un exitoso y longevo régimen conservador. Bajo un carismático y en
ocasiones fervoroso caudillaje por el mismo héroe de la breve guerra golpista, el duradero
gobierno de Pedro Justo Berrío ajustó unos términos de convivencia política con el
gobierno federal que le permitió desarrollar casi de modo autárquico una administración a
contrapelo del ideario secularizador y liberal adelantado por aquel. En el aún más poderoso
estado del Cauca –con casi dos terceras partes del territorio nacional- los influyentes
sectores tradicionales conservadores, a la vez que grandes hacendados y puntuales
feligreses, desarrollaron una sostenida oposición que en medio de sucesivos cambios
irregulares de gobierno los llevó en ocasiones al poder, que contaron con el apoyo de sus
aliados en el Tolima, el más joven de los estados instituidos en los Estados Unidos de
Colombia.
La organización del levantamiento armado conservador fue lenta y cuidadosa, fincando sus
probabilidades de éxito en la influencia económica que poseían en los dos estados de
Antioquia y Cauca, en el decidido apoyo que las más altas autoridades eclesiásticas
profesaran desde sus preparativos en el primero de ellos, la existencia de numerosas
agrupaciones de guerrillas católicas y una persuasiva retórica de guerra santa que
proclamaba con tintes apocalípticos la salvación de la patria de las manos del ateísmo y el
comunismo. El poderoso eje caucano-antioqueño permitía asegurar estratégicamente la
franja occidental y el dominio de la vía fluvial más determinante en la geografía de la
guerra civil, permitiendo una articulación con el central y cercano a la capital del país,
estado del Tolima, que a su turno habría de facilitar el rodeo de la misma. El protagónico
papel desempeñado por la beligerante jerarquía antioqueña se concretó en las directrices
proferidas para que sus miembros –párrocos, clérigos y curas- no solo se opusieran en
sermones y prédicas a las políticas liberales –negarse a prestar el juramento de lealtad al
nuevo orden constitucional, prohibir con amenaza de excomunión a los padres que enviaran
sus hijos a las escuelas oficiales- sino que impusieron el deber de alentar abiertamente el
levantamiento armado conservador so pena de perder sus cargos respectivos como sanción
a su desobediencia. Si bien se logró consolidar cuerpos armados regulares el esfuerzo
bélico rebelde se apoyó en un considerable número de agrupaciones guerrilleras de talante
claramente católico: ello fue particularmente notorio en la primera da las batallas con las
que se abrieron los fuegos de la guerra, cuando se dieran cita allí un buen número de
guerrillas que correspondían a los nombre de figuras teologales, personajes bíblicos y
patronos del santoral. El preponderante papel que estas desempeñaron a lo largo de la

122
guerra no puede en ningún caso ser menospreciado. En diciembre de 1876 el números de
sus acciones e incursiones fue de tal magnitud que se denominó dicho mes como el
‘diciembre negro’ cuyo grado de concertación llevara en esos días a la celebración de un
banquete convocado por el denominado Escuadrón Lourdes que se selló con el ágape de
255 reses ‘confiscadas a su propietario liberal y cuyo sacrificio se ofrendó en reverencia a
la virgen88. Se llegó incluso a afirmar la existencia de la denominada ‘Confederación
Guerrillera’ que comprendía no solamente agrupaciones familiares identificadas por el
apellido de sus líderes – la guerrilla de los Molina, la de los Vergara-, sino por la
procedencia geográfica o regional de sus integrantes –Tequendama, Guasca, Choachí,
Fusagasugá, Cocuy, Sasaima, El Trigo, Chipaque, La Laja, Zipacón, Ubaque, Gámbita, San
Juan de Rioseco y Galindo-, las cuales, consideradas en su conjunto configuraron un
efectivo sistema de ataques e incursiones contra las tropas gubernamentales tanto como de
saqueo y amenaza contra pobladores reconocidos como leales al gobierno, dotados de una
alta capacidad de movilización por corredores que rodeaban la capital y se extendían hasta
el oriente del país. Quizá su demostración de fuerza más fulminante la constituyó el
combate trenzado en Piaurichón –situado en la actual Guajira- donde en abril de 1877
perecieron en las acciones 35 conservadores y 17 liberales, quedando heridos 10 y 36
respectivamente, con un número de 34 prisioneros del lado rebelde89. La célebre guerrilla
de los Mochuelos –compuesta por jóvenes de la alta sociedad bogotana y sus alrededores-
no solo hizo públicas sus acciones e ideales sino que ejecutó actos culturales llamándose a
sí misma en ocasiones como el ‘Ejército Regenerador Conservador’ divulgando por escrito
sus acciones e idearios.

El pináculo de este proceso de juridificación de la guerra puede encontrarse en el particular


tratamiento proporcionado a los miembros de las guerrillas subversivas y en el inédito
acuerdo que llevaría al reconocimiento de indemnizaciones interestaduales, como
compensación de los perjuicios derivados de la contienda, en un conflicto en el que estas
jugaron un papel preponderante. No se trató de un “cuasi internacionalización” del
conflicto, sino de la consecuencia inevitable de un régimen profundamente confederado que
llegó al extremo inédito de otorgarles a los regímenes estaduales la condición constitucional
de beligerantes. Para esto, se tomó quizá como modelo el polémico reconocimiento de tal
condición que los confederados del sur recibieran por parte de Inglaterra, en el curso de la
guerra civil norteamericana, si se tiene en cuenta el hondo conocimiento que tanto
Mosquera como los demás constituyentes de Rionegro –Florentino González- tenían de las
vicisitudes de la contienda en el país del norte como de sus particularidades
constitucionales (Guerrero, 2011, p. 274). Commented [PM11]: Por favor, revisar el año de
publicación, ya que en la bibliografía se referencian dos
En efecto, la prolongación de la guerra, luego de la derrota inicial de los insurrectos en la textos de Guerrero: 2008 y 2011.
batalla de Los Chancos, se debió en buena medida al accionar altamente coordinado y en Commented [VAGA12R11]: ok

88
Ortiz Mesa, Luis Javier Fusiles y Plegarias: Guerra de guerrillas en Cundinamarca, Boyacá y Sabtander
1876-1877, p. 135, Editorial La Carreta, Medellín 2004.
89
Ortiz Mesa, Luis Javier, ibídem, p. 179.

123
corredores estratégicos de cerca de cien grupos de guerrillas conservadoras, que llegaron a
contar con varios miles de integrantes (Ortiz, 2004, pp. 53-62). Para Franco, la puesta a
punto de pactos, acuerdos, treguas para la evacuación de población e instalación de
hospitales de sangre, al igual que la celebración de canjes de prisioneros, se convirtieron en
un recurso continuo y de amplia aplicación (1877, p. 62). Incluso, se dieron casos de
confraternización al término de los combates, lo que fue objeto de críticas por los fanáticos
de cada partido. Tampoco faltó el pago de indemnizaciones por daños de guerra por un
estado a otros al término de la contienda, como en el caso del pago del gobierno del estado
de Antioquia a favor del gobierno central, por una cuantía equivalente a un millón de pesos
de entonces, como lo demuestra Franco (1877, p. 218) y Verdugo (2001).

Es de especial relevancia destacar la expedición de amnistías estaduales proferidas por los


respectivos presidentes de los estados federados en el curso de la década previa al estallido
de la guerra cuando se trató de levantamientos limitados al correspondiente territorio y
frente a grupos muy definidos de rebeldes. Así, a título de ejemplo, en el estado del Tolima
se expidieron sendas amnistías por hechos de armas ocurridos con ocasión del golpe de
estado acontecido en Bogotá cuando fuera depuesto el presidente federal Tomás Cipriano
de Mosquera, el 14 de noviembre de 1865, el 10 de enero de 1866; en ellas se consideraba
como motivo y fundamento de la misma la noción de ‘error político’, se exigía la dejación
de armas y la salida del territorio estadual, si bien en la segunda amnistía, se permitió el
retorno de los inicialmente extrañados. También durante el mismo periodo en el estado del
Cauca se llevaron a cabo mediante igual procedimiento la expedición de sendas amnistías
del 31 de enero de 1866, proferida esta por el consejo de guerra y sancionada por el
presidente Eliseo Payán; la segunda tuvo lugar el 2 de enero de 1873 con la finalidad de
ofrecer olvido y perdón a los seguidores de los revolucionarios Rafael y Manuel de
Guzmán (padre e hijo) quienes promovieron la creación de un décimo estado que habría
estado conformado por las provincias de Obando, Pasto, Barbacoas y Túquerres, ya que los
dos ‘cabecillas’ fueron expresamente excluidos de la misma90.

Las hostilidades llegaron a su punto de conclusión en el denominado sitio de Manizales, el


7 de abril de 1877, en el curso del cual las huestes antioqueñas instaladas, o más
exactamente, refugiadas en la ciudad estratégicamente ubicada como bisagra entre los dos
grandes estados caracterizadamente rebeldes, alertadas de la inutilidad de su accionar en el
conjunto de una guerra que claramente favorecía al gobierno, procedieron pragmáticamente
a prestar una débil resistencia frente a las tropas del general Julián Trujillo, reconocido por
sus dotes militares pero igualmente por su pertenencia el sector liberal de los

90
D. Otero Suárez, La aplicación del artículo 91 de la Constitución de Rionegro, una herramienta
constitucional para la solución de conflictos armados Revista del Derecho del Estado # 34, Universidad
Externado de Colombia, pp. 203-235.

124
independientes lo que contribuyó a que el desenlace fuera justamente la capitulación-. Ello
permitió, salvando la reputación de los sitiados, negociar una rápida rendición, para cuya
pronta formalización, debió entrar en consideración la estricta política adelantada por las
tropas gobiernistas de observar el mandato constitucional de prohibición de la pena de
muerte en estricta concordancia con los postulados del Derecho de Gentes. Si se tiene en
cuenta que esta era la segunda capitulación de las huestes antioqueñas conservadoras –la
primera había sido la de Marceliano Vélez en 1861-, puede comprenderse mejor la
importancia de las aproximaciones diplomáticas puestas en juego. La preocupación del
presidente Parra por poner fin a la contienda se expresó en su afán por adelantar la
expedición de la amnistía de cara a una guerra cuya exigencia de un pie de fuerza cercano a
los 30000 hombres a cargo del gobierno ponía en serio riesgo la posibilidad financiera de
su continuidad. De igual manera, la toma de 300 prisioneros del lado conservador rebelde
luego de la toma de Manizales, y su inmediata liberación mediante la expedición de
pasaportes y salvoconductos, subrayó una vez más el alto grado de regularización que la
caracterizara.
El congreso federal procedió entonces a expedir con especial prontitud una ley de amnistía
–algo menos de un mes después- conocida como Ley 62 del 4 de mayo de 1877. Entre las
razones esgrimidas para ello se mencionaban “la notoria conveniencia de la espedición (sic)
de un acto de olvido que abrace a todos los comprometidos en la presente contienda,
devuelva el reposo a la sociedad i (sic) haga cesar cuanto antes los males de la guerra”.
Fundada igualmente en los términos de la capitulación celebrada entre los dos jefes
militares –Julián Trujillo por el gobierno y Silverio Arango por los insurrectos y en su
condición constitucional de presidente del estado de Antioquia-, la amnistía se encuadraba
con particular rigor a los términos del artículo 91 de la Constitución de 1863, que no solo
reconocía la guerra civil como situación regulable por los parámetros del Derecho de
Gentes, sino que expresamente otorgaba a los estados la condición de beligerantes,
habilitándolos para poner término a ellos mediante la suscripción de tratados. Con ello,
como el mismo artículo lo disponía, no se hacía nada distinto sino a poner en práctica las
costumbres ‘humanitarias de la Naciones cristianas y civilizadas’.
El punto de partida era el reconocimiento del delito político como el sustrato material sobre
el cual recaía la amnistía y la correspondiente extinción de la acción penal, así como la
delimitación del alcance temporal de sus efectos, contrayéndose a los cometidos desde el
inicio de la guerra civil, esto es, el 12 de julio de 1876, hasta la fecha de la expedición de la
ley –dada la ausencia de límite expreso en tal sentido-, ajustada al término adicional
dispuesto para el acogimiento a la misma. El alcance de la definición de delito político no
se extendía a los delitos comunes cometidos por los revolucionarios contra la vida, la
seguridad personal y la propiedad de los ciudadanos, quedando en consecuencia estos bajo
las prescripciones de la ley penal ordinaria, de acuerdo con el artículo 2° de la ley. Su
ámbito material de aplicación quedaba circunscrito a lo que la ley denominó como
‘beligerancia legítima’.
La generalidad de la amnistía contenía igualmente seis tipos de exclusiones por razones de
la condición personal e institucional de los potenciales destinatarios, cuya caracterización

125
obedeciera de modo fundamental, al protagónico papel desempeñado por la jerarquía
eclesiástica en el curso de la contienda pero no menos en las fases previas a su
desencadenamiento a través de una recalcitrante postura que se opuso exaltadamente a la
reforma educativa y a los decretos de tuición. Tanto el obispo de Popayán Carlos Bermúdez
como el de Pasto, Canuto Restrepo, abanderaron una implacable y fanática oposición,
prohibiendo a sus feligreses enviar sus hijos a las escuelas públicas secularizadas so pena
de excomunión y adelantando desde púlpitos y confesionarios una infatigable prédica de
desprestigio contra el gobierno que incluía el alentar todas las formas de oposición en
contra suya. Los dos prelados serían posteriormente objeto en 1880 de amonestación o
reprimenda por parte de la propia jerarquía romana calificándolos como “! Son demasiado
fogosos, especialmente el primero, cosa que no conviene en los tiempos que corremos¡”91.
Para el propio expresidente Tomás Cipriano de Mosquera, ya prácticamente retirado de la
actividad política, los dos fogosos obispos eran, en su opinión, responsables de los órdenes
y de la revolución sangrienta que se estaba enseñoreando del país. Dado que las variadas
iniciativas de buscar algún término de arreglo que permitiera conciliar las posturas
contrapuestas fracasaran consecutivamente, el propio congreso federal expidió con fecha 10
de mayo de 1877 el decreto ley mediante el cual se ordenaba el destierro del territorio
colombiano por diez años de los dos obispos mencionados junto a los de Medellín y
Antioquia, José Ignacio Montoya y Joaquín Guillermo González92.

Es por ello que se encuentra una disposición casi única en la historia de las amnistías,
quedaron exceptuadas de la de 1877, los cuatro obispos de las cuatro principales parroquias
y municipios de los dos estados más comprometidos en el alzamiento: Manuel Canuto
Restrepo, Carlos Bermúdez, Ignacio Montoya y Joaquín Guillermo González,
pertenecientes respectivamente a las diócesis de Pasto, Popayán, Medellín y Antioquia.
Adicionalmente, la exclusión de la jerarquía eclesiástica se extendía a los ministros del
clero superior e inferior que hubieran tomado las armas, bien fuera como miembros del
ejército regular o como integrantes de guerrillas; si esta clase de actos no habían sido
cometidos, pero tal tipo de ministros hubiesen promovido o encabezado movimientos
revolucionarios, tanto a nivel de las autoridades federales como estaduales, se aplicaba la
mencionada exclusión. Dado el extrañamiento de que había sido objeto meses atrás, la
exclusión de la amnistía, significaba de hecho la prohibición de retornar una vez finalizada
la guerra.
Apelando, aunque sin mencionarla expresamente, a la noción de traición, todos aquellos
jefes y oficiales del gobierno federal que se hubiesen pasado al enemigo, quedaban
exceptuados de la amnistía. La disposición es interesante, porque pese a su aparente amplio
ámbito de aplicación dejaba por fuera sin embargo a toda la sub oficialidad y a los grados
inferiores del ejército federal, incluyéndolos a todos ellos dentro de los beneficios penales
derivados del olvido, y además a la alta oficialidad de los ejércitos estaduales. El empleo de
este criterio de jerarquía y mayor responsabilidad derivado de la condición como superior

91
Mantilla R. Luis Carlos, La Guerra Religiosa de Mosquera p. 399, Universidad de San Buenaventura
Medellín, 2010.
92
Diario Oficial # 3937, 15 de mayo de 1877.

126
militar se anticipa a los desarrollos posteriores, tanto en el derecho internacional
humanitario como en el derecho penal internacional, del tratamiento diferencial debido al
rango efectivamente ocupado dentro de la jerarquía militar.
Debido igualmente al importante rol desempeñado por las agrupaciones guerrilleras de los
levantados en armas, no faltó una disposición excluyente de la amnistía que a ellos de modo
particular se refiriera, contenida en el numeral cuarto del artículo 2° comentado. Esta se
basó en la combinación de un doble criterio: estatuto personal y tipo de conducta. Para ello
se otorgó una facultad discrecional al Ejecutivo con el objeto de señalar aquellos ‘jefes o
cabecillas de guerrillas o partidas armadas’ en relación con cierta clase de acciones que por
su naturaleza no podía ser considerada delito político: excesiva depredación cometida u
ordenada; ferocidad notoria, o malos precedentes. Sin duda la laxitud en los alcances de la
exclusión no solo se daba por la autoridad encargada de su aplicación –discrecionalidad del
ejecutivo- sino por la implícita labilidad de calificativos tales como ‘notoria’ o ‘excesiva’;
pese a ello, sin embargo, resulta coherente con la definición de lo que se consideraba como
‘legítima beligerancia’ en los términos de la propia ley de amnistía, pero especialmente por
lo que en términos actuales se corresponde con la noción de ‘objetivo lícito’, delimitando
las acciones susceptibles de considerarse como ejercicio válido de quien participa
directamente en las hostilidades –en especial el abatimiento del adversario- y aquellas que
exceden dicho ámbito restrictivo. Es de particular importancia resaltar que la conformación
de la agrupación guerrillera o la integración de las partidas armadas no es considerada en sí
misma una conducta delictiva, por lo que la operatividad de la categoría de delito político
se predica de las acciones desarrolladas en el curso de la guerra, adhiriéndose tal criterio a
la consideración fáctica y objetiva de la acción. Adicionalmente, la lógica implícita en la
disposición excluyente indica que se partía del supuesto o la presunción de que tal tipo de
actos era privativo de los grupos irregulares y no de los ejércitos oficiales.
Como última exclusión se estableció la inobservancia de una de las instituciones típicas del
Derecho de Gentes, conocida como libertad bajo palabra –la parole en inglés-. Esta fue
utilizada ampliamente en el curso de la guerra, especialmente por parte tanto de los
gobiernos federales como estaduales, y consistió en que quien era tomado como prisionero
fuese liberado bajo la promesa formal –rendida ante una autoridad militar o civil, y en
ocasiones acompañada por una garantía prendaria- de no volver a combatir. Este tipo de
conducta infractora había sido siempre objeto de un tratamiento especialmente severo, ya
que podía considerarse válidamente como equivalente a la traición, particularmente
violatoria del honor militar en virtud del cual se aceptaba tanto como profería, y como una
acción que minaba el sentido regulatorio e incluso humanitario de tal práctica.
Incluso en el Código Lieber u Orden de Batalla # 100 expedida en 1863 durante el curso de
la guerra civil estadounidense a instancias del presidente Lincoln y por el alto estado mayor
de la Unión, se preveía un detallado tratamiento del instituto de la libertad bajo palabra,
dedicándole la sección VII. En los artículos 119 y 130 se calificaba el rompimiento de la
palabra empeñada como perjurio e incluso como perfidia, o al menos con intención pérfida,
lo que habilitaba la imposición de la pena de muerte al infractor de tal promesa, de manera
directa por consejo verbal de guerra, o de modo sumario, por orden del respectivo jefe
127
militar competente para ello en virtud de la ley marcial. La libertad bajo palabra fue
empleada con frecuencia especialmente durante los dos primeros años de la guerra de
Secesión y resultó ser un mecanismo de extrema utilidad para su regulación. La ejecución
de la pena de muerte procedía en el caso de recaptura del liberado bajo palabra y frente a
actos manifiestamente violatorios del juramento, excluyendo actividades tales como
reclutamiento o instrucción de reclutas, fortificación de plazas no sitiadas, represión de
desórdenes internos, combatir a otros beligerantes y prestar servicios diplomáticos.
Por último, una especificación temporal y de política exterior, señalaba un plazo perentorio
dentro del cual debía aceptarse la amnistía, sobrepasado el cual esta excluiría dichos
destinatarios ‘morosos’; así mismo, las acciones cometidas por los revolucionarios
denominadas como ‘atentados contra extranjeros y sus propiedades’, quedaban excluidas de
la amnistía y se garantizaba a estos las acciones judiciales para obtener su reparación. La
excepción era sin duda un mensaje al cuerpo consular foráneo presente en el país para
desligar al gobierno de cualquier presunta asociación de aprobación a actos que los
hubieran perjudicado y como expediente para conjurar eventuales reclamaciones futuras.
Finalmente, la ley de amnistía contuvo una excepción a la fórmula de exclusión, o una
causal de inaplicación de la excepción, cuando los destinatarios que se encontrasen en
alguna de las categorías de exclusión, aceptaran su extrañamiento del territorio nacional por
un período de diez años. Se trataba de una sanción alternativa especialmente dura pero que
buscaba, dada la plausibilidad de que ella fuera aceptada por los altos dignatarios eclesiales,
y la alta oficialidad del adversario a la que iba dirigida, de un expediente de relativa
coherencia a los propósitos de restablecimiento de la concordia.
Sin embargo, los alcances de la amnistía federal no pusieron término a la práctica de
otorgar por parte de los presidentes estaduales amnistías e indultos generales. Después de la
derrota y rendición de las tropas conservadoras en la batalla de Mutiscua (febrero de 1877)
que significó la efectiva terminación del levantamiento conservador en la zona nororiental
del país el principal jefe y líder liberal Solón Wilches, procedió a la expedición de un
decreto de amnistía circunscrito de manera exclusiva a los vencidos en los rangos inferiores
de la oficialidad, acompañada del pasaporteo para que quienes se acogieran a ella pudieran
retornar a sus hogares93; para la alta oficialidad, se ofreció la posibilidad del país
dirigiéndose a Venezuela bajo la condición de permanecer allí hasta la finalización de la
guerra. La carrera política de Wilches lo llevaría a convertirse en un fervoroso partidario
del partido independiente y en un estrecho socio político del futuro presidente Rafael
Núñez, con cuyo concurso lograría finalmente hacerse con el poder del importante estado
de Santander. Una vez instalado como presidente estadual adelantó una política de
contemporización religiosa y uno de sus primeros actos de nuevo gobernante consistió en el
otorgamiento de un perdón general a todos quienes habían tomado armas contra el gobierno
sin ningún tipo de condición excluyente. Los beneficiarios eran ciertamente los
conservadores de quienes obtuvo un fuerte respaldo que le permitiría consolidar

93
James William Park, Rafael Núñez and the Politics of Colombian Regionalism 1863-1886 p. 170, Louisiana
State University Press, 1985.

128
políticamente su liderazgo al punto de convocar una asamblea constituyente estadual, una
de cuyas medidas fue la extensión del período para el jefe estadual de dos a cuatro años.
Los efectos de la amnistía pueden evaluarse en su conjunto como altamente eficaces pues
tuvieron como consecuencia inmediata y mediata la entrega de numerosos grupos
guerrilleros, en ocasiones por conducto de sus propios líderes y dirigentes más reconocidos.
Así, el jefe de la guerrilla de Los Mochuelos, Carlos Urdaneta envió al presidente el 21 de
abril una nota manifestando su intención de acogerse al ofrecimiento oficial, procediendo
luego a la entrega de armas; dos días más tarde, el general Manuel Briceño, quien se
convirtiera luego de su derrota en la batalla de la Don Juana en jefe de la guerrilla de
Guasca, hizo lo propio; y seguidamente, las guerrillas de Ubaque, Zipacón, Choachí y
Casablanca, adelantaron el mismo procedimiento. Si bien ciertamente en regiones de
oriente como fuera el caso del municipio de Galindo, la entrega de armas tomó más tiempo,
la pacificación continuó adelantándose, de manera tal que el 10 de julio de 1877, el
presidente encargado, Sergio Camargo –quien como designado ocupara el puesto de Parra
ante la licencia de tres meses solicitada por este al congreso- procedió a decretar el
restablecimiento de las garantía individuales ante la inexistencia de grupos de
consideración levantados en armas, y a continuación, mediante decreto 470 del 7 de agosto,
el restablecimiento del orden público en todo el país dado que ya no habían ‘enemigos en
armas contra las instituciones’ y a que ‘la autoridad del gobierno seccional y los gobiernos
seccionales es obedecida y acatada sin resistencia de hecho’94.

Repercusiones posteriores de la guerra y el proyecto de amnistía recíproca durante la


rebelión de Jorge Isaacs.

La derrota de la insurrección conservadora no supuso la finalización de todo acontecer


bélico en el territorio nacional, y menos especialmente en el estado de Antioquia. Las
maniobras conducidas desde la capital por conducto del electo presidente Julián Trujillo –
declarado partidario de Rafael Núñez y miembro conspicuo del naciente partido
independiente creado por este- de cara a las gobernaciones estaduales opositoras
pertenecientes a declarados líderes del radicalismo liberal –Modesto Garcés en el Cauca,
Eustorgio Salgar en Santander, el negro Robles en Magdalena-, tuvieron en el caso de

94
Ortiz, ibídem, pp. 185-186.

129
Antioquia, su propio decurso que habría de llevar a un efímero y muy localizado
movimiento insurreccional encabezado por Jorge Isaacs, quien no vaciló en auto
proclamarse como Jefe Civil y Militar del Estado. El golpe de mano acompañado de la
movilización de algunas partidas armadas fue la consecuencia del alejamiento del
presidente estadual electo, el General Rengifo, quien obtuvo de la asamblea departamental
la licencia correspondiente para dirigirse al vecino estado del Cauca para proporcionar la
ayuda material y bélica que la situación presentada allí –desórdenes locales y envío desde
de Bogotá de la Guardia Nacional en una tentativa claramente orientada a cambiar al jefe
estadual, como efectivamente ocurrió. En reemplazo suyo asumió el cargo como
vicepresidente Pedro Restrepo Uribe, considerado como un simpatizante del gobierno
federal y partidario del partido independiente, lo que constituyó el casus belli para
considerar que tal designación equivalía a una traición al ideario liberal radical. Una serie
de breves enfrentamientos comenzó a sucederse a partir del 28 de enero de 1880, cuando
las partidas del presidente encargado fueran rechazadas en Medellín por las fuerzas de
Isaacs. Seguidamente se produjeron los enfrentamientos del Alto de la Puerta y
Sangrabotijas -14 y 15 de febrero- en las inmediaciones de Jericó y en Orobajo el siguiente
4 de marzo, donde se produjo la captura del propio Restrepo, a cuyo buen trato y posterior
liberación bajo palabra contribuyera Jorge Isaacs. Como parte de los acuerdos y la
reconciliación entre los dos líderes visibles del enfrentamiento se convino suscribir dos días
más tarde el denominado Acuerdo de Rancholargo en el que a nombre de la ‘concordia’ y
la consecución de una ‘paz imperturbable’ en siete artículos se preveía la convocatoria de
una Asamblea que introdujera las reformas políticas, se mantuviese a Isaacs al mando de
sus fuerzas, y se procediera al nombramiento de los sendos cargos de secretario de Guerra y
Gobierno, de un lado, y del otro, Hacienda y Fomento, de común acuerdo entre el rebelde y
el vicepresidente, al igual que la amortización de los empréstitos forzosos que Isaacs había
impuesto durante su breve revuelta a ‘algunos capitalistas’ .
En el artículo 6° del Acuerdo de Rancholargo expresamente se estableció que “hoy mismo
expedirá Isaacs un decreto de amnistía para todos los prisioneros que tiene en su poder,
decreto por el cual quedan libres de todas responsabilidad política los ciudadanos que de
alguna manera hayan sido hostiles al Gobierno establecido desde el 28 de enero último en
adelante; y así mismo, declarará Restrepo U. libres de aquella responsabilidad a los
servidores del Gobierno de que se ha hecho mención”.
Las previsiones del acuerdo no serían finalmente cumplidas, el vicepresidente estadual
una vez asegurada su libertad esquivó la cumplimentación de las obligaciones asumidas en
condiciones más apremiantes, y en lugar suyo, cuando Isaacs retornó a la capital de la
República para reasumir su cargo de integrante del Congreso –al que había prestado
importantes servicios como el apoyo a la declaración de solidaridad con el gobierno
paraguayo durante la guerra de este país contra la Triple Alianza y el impulso dado a la ley
de reconocimiento como beligerantes de los rebeldes cubanos en la guerra contra el
dominio español en 1870-, terminó siendo despojado de su condición de tal como
consecuencia de su condición de delincuente político al haberse rebelado contra el gobierno
legítimo de Antioquia.

130
Las tres amnistías generales al término de la Guerra de los Mil Días

Con ocasión de la última contienda armada del siglo XIX el país asistió a un inusitado
grado de destrucción humana y material que la dinámica y magnitud de las anteriores
guerras civiles no permitía prever ni aún en los cálculos más sombríos. Quienes decidieron
levantarse en armas fueron los líderes liberales que una generación atrás habían obtenido la
victoria militar en la Guerra de 1876/77 pero quienes resultaron incapaces de traducirla en
una consecuencial victoria política. Desde entonces habían sido derrotados sin apelación
posible en dos ocasiones consecutivas: en 1885 por su antiguo copartidario Rafael Núñez y
por el general conservador y hombre de empresa Rafael Reyes en 1895 durante una
desastrosa campaña que no superó los tres meses de duración. Los historiadores se han
preguntado las razones por las que tras dos desastres bélicos tan fulminantes, se decidieran
los vencidos por intentarlo en una tercera oportunidad, apoyados quizá no menos en
algunos manifiestos de la época en los que los opositores a la empresa bélica
desaconsejaban su inicio, y no menos, por la proyección retrospectiva en la que tienden a
caer este tipo de apreciaciones.
Probablemente las razones estriben en dos circunstancias muy distintas pero mutuamente
complementarias. La primera de orden interno, y la segunda, derivada del contexto
geopolítico internacional. La progresiva división al interior de la colectividad política
conservadora una vez privada del gran liderazgo de Núñez como consecuencia de su
fallecimiento en 1892, no pudo ser contenida por Miguel Antonio Caro su sucesor en el
solio presidencial, por lo que las dos corrientes más influyentes dentro del poderoso partido
conservador, los históricos de un lado, y los nacionalistas del otro, rompieron la alianza
electoral para proponer un candidato conjunto de cara a las elecciones de 1898; las
vacilaciones en la designación de los candidatos y la creciente insubordinación y
descontento frente a la conducción de Caro, produjeron una dupla de presidente y
vicepresidente, discordante en sus respectivas orientaciones y comprensión de la situación,
pero no menos, alejada del liderazgo del principal redactor de la Carta Política de 1886.
De otra parte, el escenario internacional en la vecindad más cercana y relevante por la
extensión de sus fronteras con Venezuela y Ecuador, había experimentado la vertiginosa
remoción de sendos regímenes de gobiernos regeneradores ideológicamente muy cercanos
al nuñista –Guzmán Blanco y García Moreno- como consecuencia del levantamiento
armado de dos caudillos liberales, Cipriano Castro y Eloy Alfaro, quienes conduciendo
sendas campañas militares aparentemente poco auspiciosas dada la fortaleza de los
respectivos gobiernos, habían terminado por derrotarlos contrariando todas las expectativas,
e instalado en su lugar, regímenes liberales. Los nuevos caudillos allende las dos
principales fronteras se manifestaron abiertamente partidarios de sus homólogos

131
colombianos, y se consideraron s sí mismos desligados de cualquier fidelidad o confianza
desde luego ante el ultramontano gobierno en Bogotá.
Esta particular alineación ideológica de relativo aislamiento del gobierno colombiano
respecto de su vecindario geopolítico –entre los que se contaban con no menor importancia
Nicaragua bajo el liderazgo de un caudillo nacionalista y secularizador como Santos Zelaya
y el ejercido por Tomás Regalado en Costa Rica- contribuiría a elevar las expectativas de
las dos grandes colectividades políticas colombianas hacia finales del siglo, si bien en
sentido diametralmente opuesto, no menos en la compartida resolución para el empleo de la
guerra en función de la revuelta o en la de su sometimiento. Mientras los liberales
encontraban en las gestas de Castro (1898) y Alfaro (1895) ejemplos electrizantes de
fulminantes campañas militares coronadas por sendas victorias bélicas que insuflaban sus
propias aspiraciones de tomar por la fuerza las riendas del poder y la fundada expectativa
de un posterior apoyo –que rápidamente comenzarían a gestionar a través de sus enviados
extraoficiales-, los sectores conservadores vieron naturalmente en esta constelación los
síntomas de una ominosa empresa que no solo amenazaba su propia tranquilidad sino un
peligroso designio al proclamar todos ellos como parte de su ideario, la posibilidad de un
restablecimiento de la Gran Colombia. Esto condujo a una considerable proliferación de
escritos conspirativos que dieron vida al espectro de lo que se denominaría como una
‘internacional liberal’ que desde tan diversas procedencias y fronteras estaría disponiendo
las bases para una empresa de alcance plurinacional.

Desde el inicio del enfrentamiento entre ejércitos más o menos regulares hasta la sangrienta
batalla de Palonegro en mayo de 1900, que duró algo más de dos interminables semanas y
acarreó la destrucción del ejército organizado de modo regular por los liberales alzados en
armas, la Guerra de los Mil Días se transformó de manera creciente y acelerada en una
guerra de guerrillas, cuyas acciones progresivamente ocuparon el país geográfico en su
conjunto. El enfrentamiento acontecido en los inicios del primer año del nuevo siglo,
constituyó realmente el punto de inflexión en el desenvolvimiento de la guerra por los
variados efectos que acarreó: las tropas liberales vieron interrumpida de tajo una serie
victorias iniciales–Riohacha, Peralonso, Gramalote, Cúcuta-, por una derrota fulminante
que evidenció dolorosamente serias grietas en su alto mando –las diferencias y rencillas
entre Vargas Santos y Rafael Uribe continuarían hasta después de terminada la guerra en
opúsculos mutuamente acusadores- y frustró la estrategia inicial consistente en apoderarse
del nororiente del país aprovechando la frontera venezolana, país en el que su presidente
Cipriano Castro era un reconocido aliado de la revolución y amigo personal de aquel
último.
En este contexto de creciente apelación a una guerra de guerrillas extendida por los
confines de una geografía ilimitada en la que una victoria decisiva se reveló esquiva para el
gobierno, vendría a producirse un acontecimiento político de no menos intensas
repercusiones: en medio de la contienda se verificó el incruento golpe de estado que depuso
al presidente Manuel Sanclemente —un más que octogenario político oriundo del Cauca,

132
radicado en Villeta, representante del sector conservador nacionalista y aquejado de serios
problemas de salud—, por parte nada menos que de su propio vicepresidente José Manuel
Marroquín —gramático bogotano representante del sector histórico conservador—, quien
pasó a ocupar el solio presidencial.
La fractura institucional del golpe de estado significó una pérdida de legitimidad
difícilmente subsanable, que si bien fue validada por una decisión de la Corte Suprema, no
pudo evitar divisiones adicionales dentro del gobierno, y obligar a este último a adoptar
una línea aún más belicista que la del anterior, contrariando las expectativas de
reconciliación que el sector conservador de los históricos había alimentado cuando apoyara
la maniobra. El poder alcanzado dentro del nuevo gabinete por el ministro de guerra,
Aristides Fernández, quien fuera hasta entonces el prefecto policial de Bogotá, no hizo sino
agudizar el enfrentamiento. Como suprema autoridad en la materia rechazó de modo
fulminante las propuestas de reconocer la beligerancia de los liberales y las tentativas por
regularizar la contienda. Bajo su conducción se verificó seguidamente la expedición de lo
que habría de conocerse como el ‘decreto funesto’ que vino a constituir el nadir de la
desregulación de la contienda y significó el colapso de toda la tradición política,
constitucional y legal que había intentado o promovido la regularización de la guerra
durante la larga centuria que entonces llegaba a su fin.
El Decreto del 18 de febrero de 1901 que ampliaba la reglamentación expedida por el
Gobierno algo más de un mes atrás, el 14 de enero, dispuso por vez primera en el contexto
de las prácticas de la guerra, después de instalado el régimen republicano, la imposición de
la pena de muerte a los insurrectos liberales, mediante el procedimiento de un sumario
consejo de guerra verbal. Su texto dispuso que

Considerando que muchos individuos prevalecidos de la condición de guerrilleros


rebeldes, cometen delitos graves, y que es necesario el inmediato castigo de estos,
para que se produzca un saludable escarmiento, decreta: Serán juzgados por medio de
consejos de guerra verbales los siguientes delitos cometidos por individuos que se
hallaren en armas contra el gobierno: el incendio, de cualquiera especie; el asalto en
cuadrilla de malhechores; el homicidio, cualquiera que sea su naturaleza; el robo; las
heridas que causen la mutilación de algún miembro importante; los maltratamientos
que se cometan contra los templos destinados al culto católico; la fuerza y violencia
contra las mujeres; y los daños en las propiedades ajenas. Contra las sentencias que
dicten dichos consejos de guerra no habrá lugar a recurso alguno, pero si la sentencia
impusiere la pena capital se consultará con el jefe civil y militar del respectivo
departamento, quien decidirá la consulta en el perentorio plazo de 48 horas. (Tamayo,
1940, p. 229)

133
Estas disposiciones no significaban, en el fondo, otra cosa que la implantación de la guerra
a muerte y la abolición de facto del Código Militar de 1881 -, tal como lúcidamente lo
advirtieran sus destinatarios: los adversarios liberales, cuyos reclamos y protestas contra el
bárbaro decreto no cesarían desde entonces-. De allí en adelante se dio inicio a una
dinámica realmente feroz en el desenvolvimiento de las acciones armadas por parte de la
oficialidad gobiernista, donde coexistieron los viejos procedimientos que intentaban
enmarcarse dentro de los cauces del Derecho de gentes empleados por los insurrectos, y a
la par suyo una rigurosa cumplimentación de las disposiciones introducidas por el
bautizado como decreto funesto.
Este se tradujo en numerosas ejecuciones marciales llevadas a cabo en el Panóptico
Nacional, donde se encontraban detenidos gran parte de los miembros de los ejércitos
liberales caídos en poder del adversario así como en variados escenarios de la guerra
dispersos en la geografía nacional. Entre la oleada de medidas extremas adoptadas por el
gobierno del presidente Marroquín figuran con particular notoriedad las órdenes impartidas
por el ministerio de Guerra que se transmitían telegráficamente a la oficialidad, a cuyo
cargo estaba se ejecución. En el conocido caso de los prisioneros tomados al ejército
gobiernista y el ofrecimiento de intercambio entre ambos bandos, la fulminante
intervención del ministro Arístides Fernández negando cualquier tipo de negociación,
muestra con toda claridad su rechazo total a cualquier fórmula de aproximación con los
alzados en armas; más aún exigió la inmediata liberación de los retenidos bajo la amenaza
de ajusticiar a los prisioneros liberales recluidos en el Panóptico Nacional, la cual se
acompañó de la exhibición pública de cuerpos mutilados presuntamente por macheteros
liberales, para justificar la determinación asumida –curso de acción que fue criticado
incluso por el propio Miguel Antonio Caro-.
A partir de entonces se dio inicio a una oleada de lúgubres fusilamientos, cuyo
escalonamiento temporal antecede en pocos días o semanas la convocatoria de las primeras
tratativas de paz que habrían de desembocar en los acuerdos y convenios de octubre a
noviembre de 1901. El coronel Pedro Corredor fue ejecutado al día siguiente de la batalla
de los Olivos, el 13 de junio de 1901; en Icononzo, se ejecutó el 12 de junio de 1902 al
coronel revolucionario Enrique Lozano e igual suerte tuvieron 18 compañeros por cuenta
de las fuerzas al mando del oficial conservador Eugenio Ortiz. El general Nicolás Perdomo
reportó desde el sitio de la batalla La Barrigona al jefe del ejecutivo nacional los resultados
del consejo verbal de guerra llevado a cabo por sus oficiales generales el 25 de junio de
1902: el fusilamiento de dos generales y un coronel pertenecientes a los ejércitos
revolucionarios. El 6 de septiembre del mismo año algo semejante ocurrió de nuevo en El
Espinal (Tolima), donde se ordenó la ejecución por traición a la patria y rebeldía en
cuadrilla de malhechores de siete altos oficiales del ejército liberal, luego de las
deliberaciones adelantadas por el consejo verbal de guerra presidido por el general
Napoleón Rivera. El alto jefe conservador notificó a los generales Cesáreo Pulido y Gabriel
María Calderón, al coronel Anatol Barrios, al comandante Rogelio Chavez y a los sargentos
mayores Benjamín Mañozca, Clímaco Pineda Pizarro y Germán Martínez, la sentencia de
ser pasados por las armas o sentenciados a diez años de presidio en el panóptico de Tunja,

134
si se autorizaba la conmutación de la pena de muerte por conducto del jefe del ejército o el
ministro de guerra. El 30 de octubre siguiente se produjo el asesinato en El Espino, en el
departamento de Boyacá, del general liberal Aristóbulo Ibáñez, uno de los jefes más
notables de la revuelta armada liberal en el centro del país en circunstancias
particualarmente brutales: descargas a corta distancia en estado de indefensión, mutilación
y exhibición pública de su cabeza como evidencia de su muerte95.
En la cárcel del Guamo se ejecutaron 18 prisioneros, en abril de 1902 y el 3 de junio de
1902 fue asesinado el general Ricardo Carvajal en la población de Garzón. Tan solo dos
semanas después, son sacrificados a manos del coronel conservador Carlos Mejía el general
Tomás Vela y un número no precisado de compañeros. En el camino de Doima son
asesinados 10 prisioneros. De Neiva al Espinal es sacrificado el capitán Laureano Tobar
(Mazuera, 1938; Tamayo, 1940). El 30 de octubre de 1902, el entonces ministro de guerra,
José Joaquín Casas, en su condición de superior militar del general Juan B. Tovar le dio
orden de manera inmediata para que “se juzgue a Uribe Uribe por un consejo verbal de
guerra y que a la sentencia y que a esta se le dé el cumplimiento sin contemplación alguna”
(2001, Bergquist, p. 385). Se llegó incluso a ordenar la anulación de un consejo verbal de
guerra que había culminado en la absolución del acusado, por haber sido mal recibido entre
la oficialidad (Jaramillo, 1991; Bergquist, 2001).
Personalidades destacadas del bando finalmente vencido, como los generales Zenón
Figueredo y Avelino Rosas, cuya elevada posición jerárquica tanto militar como política
dentro de las fuerzas y el partido liberal eran ampliamente reconocidas, sufrirían un destino
semejante impuesto por el bárbaro decreto. Tras su derrota en la localidad de Puerres, a
manos de las tropas del general conservador Adolfo Guerrero, en septiembre de 1901,
Rosas fue herido gravemente en una pierna y hallándose sobre un camastro improvisado, se
procedió a su ejecución por uno de los guardas conservadores encargados de su custodia,
quien le disparó con fusil oculto en el poncho (Coral, 1924, p. 123). Por su parte,
Figueredo, cuya muerte acontecida después de la batalla de Nocaima había sido
considerada consecuencia de las heridas recibidas en las hostilidades, fue víctima en
realidad de un salvaje final: su ejecución sirvió de escarmiento en medio de una
escalofriante puesta en escena96. Algo semejante ocurriría con el popular Tulio Varón que
actuaba en el departamento del Tolima y muchos de sus compañeros de armas atrás
mencionados en cuyo caso quedaron registradas las mutilaciones a las que fueron
sometidos los cuerpos de los vencidos.

95
Pérez Sarmiento, J.M. La Guerra en el Tolima Documentos, apuntes y relaciones de la campaña liberal de
1899 a 1903 p. 218, Imprenta Eléctrica Bogotá, 1904.
96
La precisión histórica de las circunstancias de su muerte se produce exactamente un siglo más tarde, cuando
un descendiente del general liberal, Alberto Franco Becerra Figueredo, publica una carta en el principal diario
colombiano, El Tiempo, el 8 de diciembre del 2002.

135
Con el punto de cruce de los fuegos de la memoria, relanzados por las publicaciones hechas
con ocasión de la conmemoración oficial del primer centenario de esta guerra en el 200397
y con las pulsiones del olvido mantenidas por la escasez de nuevas perspectivas en tal
onomástico —salvo la publicación de las memorias de oficiales inéditas por más de una
centuria98, cada una con sus respectivas apuestas estratégicas—, la presencia lejana de la
Guerra de los Mil Días se actualiza en la persistencia de nuestro conflicto armado irresuelto
y negado. En esta especie de bisagra histórico-bélica quizá se oculten algunos de los rasgos
que va a aparecer en gran parte del transcurso del siglo en relación con la comprensión de
la guerra, su aceptación, su olvido y su negación. En especial, porque en el curso de la
Guerra de los Mil Días las solicitudes de reconocimiento de beligerancia elevadas por los
liberales, la internacionalización del conflicto y el intercambio de prisioneros estuvieron
ampliamente presentes, con una intensidad que no deja de sorprender pero circunscrita casi
que con exclusividad a las fuerzas de la insurrección.
Tanto la secuencia temporal de los acuerdos pactados en Neerlandia, Wisconsin y
Chinácota, como las regiones geográficas que comprendían así como los jefes y
representantes que los suscribieron reflejan las condiciones materiales y correlaciones de
fuerzas existentes. La insurrección liberal había perdido completamente toda relevancia
estratégica en el sur del país tras las sucesivas derrotas de Avelino Rosas en batallas como
las de Ipiales, Nuevo Mundo y Puerres. Igualmente, el centro del país estaba enteramente
bajo el control del gobierno mientras que la capacidad de movilización de la insurrección
había casi desaparecido: los principales líderes –Cesáreo Pulido, Corredor, Tulio Varón-
había sido derrotados y fusilados. En el interior de la costa Caribe las fuerzas de Uribe
mantenían una limitada capacidad de actuación sin posibilidades estratégicas, cada vez más
debilitadas por sucesivas escaramuzas que siempre le resultaron adversas, y por la crónica
insuficiencia de munición o cápsulas. En la zona nororiental la comandancia de Vargas y
Foción Soto conservaba todavía cierta presencia pero era incapaz de operar conjuntamente
con las de la costa, habiéndose visto reducida a pocas columnas más hábiles en evitar los
ataques que en propiciarlos.
La única zona donde los liberales mantuvieron siempre la iniciativa bélica en la que habían
obtenido notables victorias militares –las dos sucesivas batallas de Aguadulce en las que
hicieron más de 2000 prisioneros conservadores bastaría para demostrarlo tras el largo sitio
de la población del mismo nombre- era el istmo panameño. De cierta manera las razones de
su éxito táctico en dicha zona eran las mismas que explicaban su irrelevancia estratégica,
pues la lejanía geográfica y el tiempo que exigía el envío de contingentes dificultaron la
acción bélica del gobierno favoreciendo la insurrección –que logró un importante

97
Con ocasión del centenario de la conclusión de la Guerra de los Mil Días se publicó Memoria de un país en
guerra. Los Mil Días 1899-1902, editado por Gonzalo Sánchez y Mario Aguilera y por la editorial Planeta en
el 2001.
98
Vale la pena mencionar dos nuevas publicaciones de estos materiales inéditos: Memorias militares de la
campaña del norte de Jorge Brisson (2011) y Diario del coronel Francisco Duque Ramírez: presencia
antioqueña en la Guerra de los Mil Días (2010). Pese a ello, si se compara la producción historiográfica
producida con motivo de tan importante onomástico con la de los países del continente, el aporte colombiano
es de los más precarios.

136
predominio naval ejemplificado en el poderoso vapor blindado Almirante Padilla sobre el
cual se estipularía una cláusula propia para reglar su entrega-, condenaban a esta a una
situación completamente marginal, sin posibilidad de conferirle mayor trascendencia. El
teatro de la guerra en la zona panameña había sido de especial intensidad, pues si bien en
las confrontaciones iniciales los liberales llevaron la peor parte –el célebre ataque frontal
ante los enemigos apertrechados en Calidonia constituyó un revés mayúsculo muy costoso
en término de bajas-, perdiendo el puente naval que durante algún tiempo se logró
establecer entre los puertos de Tumaco y Panamá, ambos en poder de la revolución, la
constancia y brillantez bélicas del general Herrera permitieron consolidar hacia 1902 una
posición ventajosa. Esta contrastaba palmariamente con los restantes escenarios de la
confrontación armada, cuyo conjunto señalaba la poca o ninguna perspectiva de alcanzar
algún tipo de modificación de la correlación de fuerzas existente, aparejado ello a la fatiga
y reducción de los apoyos exteriores.
Los tres tratados que se suscribieron el 24 de octubre, el 21 de noviembre y el 3 de
diciembre de 1902, en la hacienda de Neerlandia –que le daría su nombre al primero-, a
bordo del buque Almirante Wisconsin de la armada estadounidense fondeado en el puerto
de Colón –de donde tomaría su nombre el segundo-, y en la población norte santandereana
de Chinácota –que surtiría el mismo efecto bautismal con el último-, se corresponden
estrictamente con los tres mencionados escenarios de la guerra ya señalados y sus
correspondientes jefes militares.
Contrariamente a la tradición surgida desde la Guerra de los Supremos y continuada mal
que bien hasta la contienda de 1885 consistente en el empleo expreso de la ‘exponsión’
para denominar fórmulas político jurídicas de negociación entre adversarios bélicos en el
marco de las contiendas armadas colombianas, en esta ocasión se apeló a la fórmula
‘tratado’, empleada en cada uno de ellos, salvo que en el de Chinácota se introdujo el título
adicional de ‘convenio de paz’. Aunque pueda parecer una curiosidad meramente
lingüística la opción empleada en desmedro de la ‘exponsión’, la preferencia por la primera
y el rechazo de la segunda obedece a la implicación que se le otorgaba a esta última de
conllevar un expreso o tácito reconocimiento de beligerancia, el cual fue rotundamente
negado por el gobierno tanto bajo la jefatura de Sanclemente como de su golpista
vicepresidente Marroquín, quien por lo demás nunca se auto designó como presidente sino
como Vicepresidente en ejercicio. Sin embargo, al igual que con el procedimiento
establecido para las exponsiones, la entrada en vigor de dichos tratados quedara supeditada
a su reconocimiento o ratificación por parte de los jefes respectivos, tanto del gobierno
como de la insurrección, posterior en todo caso a la firma de sus respectivos comisionados.
Contrariamente a lo que la popularidad de los tres grandes tratados pareciera evidenciar, las
amnistías contenidas en cada uno de ellos no fueron los únicos documentos en los que se
debatió la posibilidad legal del perdón. En la región central del sur de Cundinamarca y
Tolima –cuyos límites comprendían el actual departamento del Huila-, para mediados de
1902 y en medio de una intensificación sin precedentes de hostilidades y fusilamientos en
el principal centro de operaciones del denominado “Ejército Unido de Cundinamarca y
Tolima” de los insurrectos, el gobierno de Marroquín planteó varios ofrecimientos de
137
otorgarla. Ya en agosto de 1900, pocos después del golpe de estado, el gobierno en un
intento por apuntalar su precaria condición, expidió un decreto ofreciendo salvoconductos a
los liberales que entregaran sus armas99.Un mes más tarde, un enviado gubernamental trató
infructuosamente de negociar la entrega de los alzados en armas en dichas regiones.
Aprovechando los gestos de aproximación dos jefes rebeldes se entregaron en diciembre de
1900, antes que el subsiguiente endurecimiento de las posturas del gobierno se decantara
por la vía de la desregulación con la expedición del mencionado decreto funesto. El centro
del país llegó a una situación de relativa inmovilidad y empantanamiento de las acciones.
Condenados a una continua táctica de movimientos pero sin conseguir ningún resultado
estratégico de consideración más allá de las poblaciones en que su dominio les permitía
nombrar temporalmente autoridades como alcaldes e imponer contribuciones forzosas. En
septiembre de 1901 el gobierno propuso un indulto en contraprestación de la entrega de
armas100 que no tuvo repercusiones pues en el fondo equivalía a la aceptación de una
rendición. Vendría a ser al año siguiente, cuando la situación de los rebeldes era aún menos
promisoria, que el gobierno procedió a un indulto general a mediados del año siguiente -
Decreto 933 del 12 de junio- coordinado por Toribio Rivera –jefe militar gobiernista en la
zona del Tolima-, al cual se acogieron un buen número de jefes regionales, como Nicolás
Cantor, Tomás Gómez, Aniceto Luna y Sandalio Delgado. Resulta del mayor interés en
esta caso los buenos oficios interpuestos por el vicecónsul inglés residente en Honda –
probablemente a causa de la importancia de las minas explotadas por compatriotas suyos-,
quien había visitado algunos campamentos rebeldes como el de Ramón Marín101, quien
finalmente al acogerse al indulto sería uno de los pocos jefes regionales rebeldes que
conseguiría salvar su vida. Resulta de particular interés la línea de conducta asumida por
los funcionarios ingleses que siempre vieron en los rebeldes de Amaine y Purificación,
individuos menos salvajes que sus adversarios del gobierno.
El decreto 933 de 1902 es un clásico ejemplar de una medida ejecutiva dictada bajo la
apariencia de la clemencia y el trato conciliatorio hacia los rebeldes pero encaminada de
fondo a socavar la integridad de sus fuerzas ofreciendo el expediente para el abandono de
filas previa dejación de armas. El gabinete del presidente golpista se encontraba
ampliamente dominado por la figura irreconciliablemente antagónica del ministro de guerra
Aristides Fernández bajo cuya égida la posibilidad de una salida negociada fue siempre
rechazada, y cuya detallada información de los liberales radicados en la capital como
legado de su anterior cargo de jefe de la Policía de la capital le permitiera ejercer una
efectiva persecución. No se trató de una ley congresional con amplio respaldo político sino
de un decreto ejecutivo expedido dentro de las facultades presidenciales conferidas por el
artículo 119 de la Carta de 1886, cuyo propio lenguaje justificativo descalifica de entrada a
los destinatarios como ‘revolucionarios en situación verdaderamente deplorable’, mientras
que el ejército oficial es catalogado como ‘numeroso, aguerrido y vencedor en todas

99
Escobar Guzmán, Brenda De los conflictos locales a la guerra civil Tolima a finales del siglo XIX p. 204
Academia Colombiana de Historia, Bogotá 2013.
100
Escobar Guzmán, Brenda ibídem p. 211.
101
Escobar Guzmán, Brenda ibídem p.213.

138
partes’; a partir de tal situación resulta propicia la terminación de la guerra siempre que el
decoro (sic) gubernamental, las leyes y el derecho de gentes lo permitan. El indulto se
extiende a todos los colombianos comprometidos con la ‘revolución armada iniciada el 18
de octubre de 1899’. Es interesante notar que el decreto reconoce como las zonas de mayor
actividad revolucionaria justamente las del centro del país, esto es, Sumapaz, Tequendama,
Norte y Centro del Tolima, y con vista en ello añade como beneficio a quienes en tales
regiones se acogieran al decreto, la puesta en libertad inmediata de todos los presos
políticos y prisioneros de guerra en manos del gobierno, así como la suspensión del cobro
de la contribución de guerra mensual. El anzuelo del indulto presidencial se conjuntó con
los fusilamientos que días atrás y poco después se llevaron a cabo en dichas zonas, así
como con el adelantamiento de consejos verbales de guerra. La interacción precisa entre
unos y otros queda como tarea pendiente de investigaciones futuras pero la yuxtaposición
temporal es sintomática de las zonas grises entre indultos, entregas exitosas o malogradas y
ejecuciones.
La precedencia temporal que adquirió el tratado de Neerlandia funcionando a modo de
prueba piloto se encuentra estrechamente vinculada al papel protagónico desempeñado por
Rafael Uribe Uribe, quien no solo encarnaba mejor que nadie la opción belicista del
liberalismo insurrecto sino también como ninguno la apertura hacia una salida negociada de
la larga guerra civil. Encontrándose en Nueva York a principios de 1902 a donde había
viajado para obtener y coordinar empréstitos y ayudas militares –y probablemente no
menos contactos con representantes del gobierno-, Uribe había dado a conocer su nueva
postura. Esta se fortaleció e hizo pública cuando ya situado en Curazao y teniendo a la vista
su posterior su ingreso al país por la zona costera cercana a Santa Marta, publicara su
famosa oración por la paz. Al mismo tiempo preparaba los alistamientos de sus tropas y la
coordinación con los otros jefes militares liberales que operaban en la región. Producto de
ello fue la toma del puerto de Tenerife sobre orillas del Magdalena, empleada como base
para el asalto a Ciénaga, cuya posesión habría de permitir la posesión de Santa Marta y
Barranquilla despojando al gobierno del control marítimo necesario para coordinar la
ofensiva que se preparaba contra el istmo bajo dominio rebelde. Las fuerzas liberales
lograron tomar por sorpresa en horas de la noche algunos barrios al norte de la población
pero la continuación de los combates durante el día siguiente posibilitó el arribo de
refuerzos al mando del general Florentino Manjarrés –un veterano jefe conservador
bautizado en la guerra de 1876- y la llegada por el río de un vapor artillado cuyo empleo
terminó por situar a los liberales entre dos líneas de fuego conduciendo al fracaso de la
acción y su derrota. Retirado en las inmediaciones de Purificación Uribe recibió a los
comisionados del gobierno y se acordó un armisticio de seis días en el término de los cuales
se convino en los términos de lo que vino a ser el tratado.
En el tratado de Neerlandia hizo las veces de comisionado Carlos Adolfo Urueta –quien
editaría posteriormente los papeles militares de su jefe y suegro- en representación del
generalísimo de los insurrectos, general Rafael Uribe Uribe, quien lo ratificó o refrendó en
su condición de Comandante en Jefe del Ejército del Atlántico. El carismático Uribe fue
quizá quien como ninguno de los líderes liberales encarnara tanto la oposición armada al

139
régimen conservador -percibido siempre como una prolongación de la Regeneración
nuñista-, pero igualmente el reconocimiento final de la inutilidad de la guerra y la
necesidad de la solución negociada como expediente para salir de ella –consignada en su
célebre ‘Oración por la paz’-. Sin duda fue la decisión de Uribe de embarcar al liberalismo
en la ruta de la negociación la que sirvió para llevar al conjunto en armas de dicha
colectividad por esta senda, y es por ello que cronológicamente en estos tres meses
postreros del 1902, fuera el jefe del ejército del Atlántico quien procediera a suscribirlo
como el primero de quien tres años atrás había sido uno de los integrantes del triunvirato
compuesto por el alto mando liberal. Del lado gubernamental actuó como comisionado del
general Florentino Manjarrés comandante de las operaciones en Magdalena, y fue suscrito
por el comandante en jefe Juan B. Tovar.
Las consecuencias inmediatas de Neerlandia fueron de la mayor importancia pues vino a
producirse la desmovilización de casi 7000 combatientes liberales102 así como la entrega de
un cuantioso parque de guerra que incluía 4800 fusiles Grass y máuser, diez cañones
modernos con su respectiva dotación, más de 300000 cápsulas o municiones, pólvora,
dinamita, tambores, cornetas y diversos arreos militares, 500 reses y 200 bestias, lo que
conllevó a una relativamente eficaz suspensión de las hostilidades pese a algunos incidentes
verificados por la ubicación y posesión de determinados lugares.
Por su lado el tratado de Wisconsin recibió su aprobación por parte de Benjamín Herrera en
su condición de director de la guerra en el Cauca y Panamá y General en Jefe del Ejército
Unido en operaciones sobre dichos departamentos –aunque en la práctica la relevancia del
Cauca fuera poco menos que nula en la fase final de la contienda-, mientras que sus
signatarios lo fueran Lucas Caballero en su carácter de secretario del anterior y el coronel
Eusebio A. Morales en su calidad de secretario de Hacienda de aquel. Del lado del gobierno
se contaba con los dos generales Víctor M. Salazar como jefe civil y militar del
departamento de Panamá –quien dejaría unas interesantes memorias sobre la guerra en esa
zona-, y Alfredo Vásquez Cobo, jefe de estado mayor del ejército en operaciones sobre la
costa Atlántica. El signatario final fue Nicolás Perdomo en su calidad de ministro de
gobierno delegado directamente por el presidente para tal efecto.
En el tratado de Chinácota se presentó una doble representación, pues fungieron como
comisionados liberales, Ricardo Jaramillo y Ricardo Tirado Macías, como delegados del
subdirector de la Guerra Foción Soto, y a su vez éste en representación del Director de la
Guerra y del Partido Liberal, Vargas Santos –aunque su nombre no se menciona como tal-;
este es el único de los tratados en que se consigna al partido liberal expresamente como
colectividad política. Del lado del gobierno, el único comisionado fue Ramón González
Valencia en su doble calidad de Jefe civil y militar del departamento de Santander –el más
ampliamente reconocido de los jefes gobiernistas en esta zona del país-, y la ratificación fue
realizada directamente por el presidente Marroquín.

102
Valdeblanquez, El tratado de Neerlandia, p. 23, donde se da la cifra de 6702 desmovilizados.

140
Son también diversas las tonalidades simbólicas y políticas que cada uno de los tratados
exhibió en la terminología empleada en su propio texto y el lugar geográfico escogido para
su suscripción. Neerlandia es el nombre de una hacienda situada en la vecindad de la
población de Ciénaga; Wisconsin un navío de guerra de la marina estadounidense surto
frente al puerto panameño de Colón; Chinácota, una población cercana a la frontera con
Venezuela como punto del escenario más disputado y sangriento de la contienda. Respecto
de la precisa auto denominación asumida, Neerlandia es un acuerdo, Wisconsin un tratado a
secas y Chinácota un convenio de paz.
Neerlandia es el más extenso de los acuerdos con 16 cláusulas; Wisconsin ocupa el lugar
intermedio con 14 artículos, y Chinácota se reduce a 12 estipulaciones. En la suma de 42
cacofónicas disposiciones se puso fin oficialmente a una guerra civil de mil días con sus
noches. En el primero de ellos se dispuso como expediente práctico de seguridad que en los
salvoconductos expedidos a los rebeldes se imprimiera en su reverso el contenido de los
artículos 6° y 8° que disponían la cesación de todo procedimiento penal y se conminó al
principal rebelde refrendador del mismo que dirigiera una comunicación a sus copartidarios
del mismo: Rafael Uribe Uribe cumplió dicho compromiso en una misiva pública dirigida
el 29 de octubre a Benjamin Herrera en la que exhortaba a que el texto convenido sirviera
de base al que habría de firmarse en el istmo, y de ser posible, resultara más airoso en sus
términos que aquellos por él suscritos. Se sabe que al texto del tratado de Wisconsin se
añadieron un par de cláusulas secretas en las que el gobierno se comprometió al pago de
una suma significativa en libras esterlinas para que los rebeldes pudieran saldar las deudas
contraídas ante banqueros ingleses destinadas a la adquisición de armamento;
probablemente era también parte de la contraprestación por la entrega del navío artillado
más poderoso con el que habían contado, el buque artillado Almirante Padilla que en sus
acciones navales contaba con el hundimiento del navío gobiernista Lautaro en el cual
perdiera la vida el general conservador Albán.
En Neerlandia se insiste con un énfasis muy marcado en la condición de no haber sido
militarmente vencidas las tropas liberales situadas en los departamentos de Magdalena y
Bolívar, y en consecuencia se justifica la suscripción del acuerdo con base en la voluntad de
colocar por encima de cualquier otro el interés patrio por parte de los rebeldes, al mismo
tiempo se hace un explícito reconocimiento de la inexistencia de cualquier posibilidad de
triunfo para las fuerzas de la revolución cuyo carácter de tales se enfatiza en tres de sus
artículos: en virtud suya la contraparte del gobierno en la negociación se entendió a sí
misma, y fue reconocida en concordancia, como una fuerza revolucionaria no derrotada
pero tampoco vencedora. El carácter parcial del acuerdo se admite plenamente y se
subraya su carácter de modelo a seguir por los otros frentes insurrectos dada la disposición
en virtud de la cual uno de sus signatarios, Rafael Uribe Uribe se comprometía a promover
ante los restantes jefes rebeldes –en particular los de la zona del istmo- la aceptación de la
paz; como herramienta destinada a ello se establecía el lanzamiento de una proclama que
habría de expedirse bajo su nombre (artículo 13°). Aparejado a lo anterior, expresamente se
previó que el rechazo de algunos individuos al desarme y la imposibilidad material, pese a

141
la decidida voluntad de los jefes liberales, de hacerlo plenamente efectivo, no perjudicaría
ni debilitaría la obligatoriedad de lo acordado (artículo 15°).
Mientras en el Tratado de Wisconsin la denominación utilizada para designar a la parte no
estatal es la de partido militante, en el de Chinácota, algo no del todo obvio dada la
condición terminal de las fuerzas rebeldes en el oriente del país, es donde mayor número de
veces –en cuatro ocasiones- se insiste en su identificación como ‘revolucionarios’.
Igualmente en este último se hace una diferencia ausente en los anteriores, pues el texto se
refiere, de un lado, a las fuerzas bélicas como tales, y de otra parte, al partido liberal,
estableciendo una interesante distinción entre lo político y lo militar. En Wisconsin, dada la
‘galante’ (sic) hospitalidad ofrecida por el contraalmirante Silas Cassey para la celebración
de la conferencia a bordo del buque que diera su nombre al acuerdo, estaríamos en
presencia de un tratado suscrito en la jurisdicción de otro país, sin que ello se tradujera,
salvo la mención inicial, en alguna clase de atestación o solemnidad especial. La fortaleza
de las fuerzas rebeldes en el istmo de Panamá no se materializó en el tipo de apelación a la
categoría de revolucionarios –siendo pues el único donde tal calificativo no se empleó-, en
marcado contraste con sus dos otros homólogos.
Los historiadores panameños han insistido con razón en la mayúscula transgresión de los
términos acordados en Wisconsin que entrañó el procesamiento en consejo verbal de guerra
del líder liberal indígena Victoriano Lorenzo en febrero de 1903, y su posterior
fusilamiento en plaza pública. Dado el carácter de autoridades tanto civiles como militares
que ejercían dos de los firmantes conservadores del acuerdo de Wisconsin, los generales
Vásquez Cobo y Salazar, a través de cuya conducción se autorizara finalmente la ejecución,
estos habrían tenido que desautorizar la celebración del consejo verbal de guerra cuya
aplicación había quedado derogada por expresa determinación de sus artículos 4° y 5° del
tratado de Wisconsin que disponían la ‘anulación inmediata de todos los juicios por
responsabilidades políticas’ –en el evento que la acusación en su contra fuese de esta
índole- tanto como la atribución a jueces ordinarios del conocimiento de delitos comunes –
en el caso de que las supuestas conductas de Victoriano Lorenzo se clasificaran bajo este
rubro-. Los actos delictivos endilgados por los que se procesó –la toma de medidas
disciplinarias en sus propias filas y acciones de guerra- no podían en ningún caso caer bajo
los supuestos del decreto funesto a cuya categórica derogación se encaminara el tratado de
Wisconsin. El especioso argumento del gobierno insistiría con poco crédito en la supuesta
circunstancia de haber rechazado Lorenzo los términos del acuerdo. La medida tuvo un
claro carácter retaliatorio y terminó por sumarse de lúgubre manera a los fusilamientos
acontecidos meses atrás en El Espinal, Doima y Amaine. Con el tiempo el indígena nativo
del Istmo fusilado en el centro de la ciudad de Panamá adquiriría la estatura de un héroe
nacional y de un mártir de la causa revolucionaria y secesionista. El contingente de
voluntarios de dicho país que combatió en las filas del Frente Sandinista contra el régimen
dictatorial de Somoza en la segunda mitad de los años 70 se bautizó con su nombre y el
monumento levantado en su honor se corresponde con su nombre otorgado a una plaza de
la urbe.

142
La celebración del cincuentenario de los acuerdos correspondió cumplimentarla al gobierno
declinante del ultraconservador Laureano Gómez. Esta se dio tanto a nivel nacional como
departamental y municipal; la asamblea del Magdalena procedió a expedir una ordenanza
donde se disponían la erección de monumentos recordatorios y el encargo de una biografía
del general Manjarrés; de su lado, el acuerdo municipal ordenó la elaboración de los
estudios y acopio de recursos para dotar a la ciudad de Ciénaga de pavimentación y un
sistema de alcantarillado, servicios básicos de los que continuaba careciendo medio siglo
después103.

Resulta del mayor interés dar cuenta de los pormenores del Tratado de Wisconsin respecto
de la fortaleza militar de los rebeldes, que en notoria diferencia con sus congéneres de
Magdalena-Bolívar y los de Santander, se encontraban en una posición bélica favorable,
incluso ganadora. Como comandante en jefe del Ejército Unido del Cauca y Panamá le
correspondió a Herrera designar a sus comisionados y disponer de los sitios de entrega de
los efectos militares incluido el mencionado vapor. La dimensión y alcance de los mismos
se infiere de los once lugares escogidos para la entrega y del plazo dispuesto para su
ejecución. En los puertos marítimos y fluviales de San Carlos, Aguadulce, Chitré, Montijo,
Soná, Remedios, Pedregal, Tumaco, Barbacoas, San Pablo y Quibdó se procedió a la
entrega pactada, cuya dispersión geográfica prácticamente cubre la extensión completa
tanto de la costa atlántica del istmo y la pacífica del resto del país, al igual que su respectiva
zona interior. Para los puertos panameños el plazo estipulado fue de veinte días y del doble
para los restantes. Si se tiene en cuenta que el ejército rebelde contaba tan solo en el istmo
con cerca de 10000 combatientes, no es descabellado inferir que el total de los
desmovilizados en virtud del tratado de Wisconsin pudo llegar a más del doble de aquellos
que cesaron las hostilidades como consecuencia del tratado de Neerlandia.
Seña adicional e inequívoca de lo anterior se encuentra en el codicilo complementario o
convenio adicional al texto del tratado de Wisconsin en virtud del cual el gobierno convino
en el pago de la suma de diez y seis mil libras esterlinas como precio por el vapor
Almirante Padilla para cubrir al acreedor Benjamin Blom en Londres como saldo por la
compra de dicho barco que se había hecho en San Salvador en octubre de 1901. Allí se
señala que ello constituye un compromiso de honor por parte de los comisionados del
gobierno y se le califica como una concesión a la revolución. Se destaca por último que el
general Benjamín Herrera haya querido que dicha suma fuera recibida por personas de
indiscutible honorabilidad para su cubrimiento en favor del acreedor.104
Pese a la claridad de los compromisos adquiridos y al debido cumplimiento de estos no
dejaron de suscitarse desde entonces especulaciones y bulos respecto del destino de las
sumas convenidas de las dieciséis mil libras esterlinas entregadas a la Revolución por
concepto de la entrega del vapor artillado Padilla que el propio Benjamin Herrera rehusó

103
Valdeblanquez, José María, Ibídem, pp. 51-54.
104
Carrero Becerra, Manuel Guerra de los Mil Días Tratado de Paz de Chinácota p.59, octubre 2002.

143
que fuera hecho a título personal designando para tal efecto a los ciudadanos de
nacionalidad estadounidense, Mr. H. A. Gudger, cónsul americano y Federico Boyd, quien
fungía como cónsul de España, en ‘convenio adicional’ suscrito de modo adjunto y a bordo
del Wisconsin. La transferencia del dinero se efectuó a los mencionados señores el 23 de
diciembre de 1902, bajo la forma de 64 letras a treinta, sesenta y noventa días a la vista,
giradas por varias casas de comercio de Medellín y Manizales sobre varias casas de
Londres, que fueron endosadas los designados para ello105. Lo anterior condujo a que el
segundo de los comisionados para la recepción de lo pactado a publicar el 26 de agosto de
1922 una aclaración pública en el Diario Nacional, en la que ratifica la honorabilidad de la
palabra cumplida cuando se entregara la suma recibida a la compañía D.H. Bloom &
Company con sede en San Salvador
Si bien estos estimativos son muy provisionales y deben tomarse con todas las cautelas
necesarias para no sobredimensionar la intensidad cuantitativa del número de
desmovilizados en las postrimerías de 1901, no resulta descabellado sostener que al menos
unos 20000 combatientes liberales dejaron las armas, conservaron sus bagajes, se les
proporcionó en ocasiones la copia de la pertinente disposición del tratado para que fuese
portada en los pasaportes o salvoconductos que se expedían, y confiados en la palabra
comprometida del gobierno en los tres instrumentos, emprendieron el incierto camino a sus
hogares.
El anterior estimativo puede encontrar una confirmación posterior en el elevado número de
solicitudes de rehabilitación y pensión que al menos unos treinta mil familiares y
sobrevivientes de las huestes liberales presentaron, cuando más de tres décadas después la
administración liberal expidiera la ley correspondiente.

Las discretas amnistías conservadoras bajo un congreso sin participación liberal

Como ningún otro hecho de violencia colectiva el estallido de la ola de protesta popular
incontenible desatada en la capital el 9 de abril de 1948 y replicada en numerosas ciudades
del país con ocasión del magnicidio perpetrado en el líder liberal Jorge Eliecer Gaitán y sus
secuelas de destrucción –el centro de Bogotá reducido a ruinas humeantes en pocas horas-
marcó un pináculo en la confrontación que venía aconteciendo entre autoridades y
pobladores.
Si se tiene en cuenta que las autoridades policiales y militares enfrentaron las multitudes y
turbas callejeras con una fuerza que no distinguía entre la acción bélica y la acción de
control produciéndose toda clase de excesos al igual que destrucción de bienes públicos y

105
A. Robayo L. General Benjamin Herrera Apuntes de Historia Tratado de Paz pp. 38-46 Editorial Cromos
1922 Bogotá.

144
privados, así como las deserciones y abandonos del cargo por integrantes de la fuerza
castrense –Gaitán contaba con explícito apoyo en algunos círculos castrenses-, y dada la
ampliación del fuero penal militar, resulta claro el considerable número de procesos penales
adelantados tanto ante la jurisdicción castrense como ante la justicia ordinaria.
Ley 82 de 1948 ley de amnistía expedida el 10 de diciembre para los hechos de violencia y
crímenes cometidos con ocasión del 9 de abril fue la respuesta política y jurídica del
gobierno conservador de Laureano Gómez, elegido dos años atrás sin la participación del
sector liberal que se abstuvo de presentar candidato como consecuencia de la falta de
garantías para la integridad física de sus integrantes –de hecho eran hostigados y
perseguidos en muchas regiones del país por las autoridades conservadoras-, y por
añadidura la ausencia de mínimas condiciones de competencia electoral.

Amnistías bajo la dictadura de Rojas Pinilla

Luego de la exacerbación de la violencia desencadenada por el régimen conservador al final


de la década de los años 40 y los inicios de la década siguiente, se produjo la conformación
de movimientos armados de resistencia en diversas regiones y el país arribó a una situación
crítica caracterizada por la ilegitimidad del gobierno, la división interna del
conservadurismo y una creciente ingobernabilidad. En ese contexto se produjo el golpe de
estado que instaló en el poder al general Gustavo Rojas Pinilla el 13 de junio de 1953, día
poco memorable cuando el país contó con tres mandatarios sucesivos en el curso de sus
dramáticas 24 horas. Poco más de dos meses después del golpe, en una situación de
profunda crisis institucional y en lo que podría denominarse sin exageración como la
amnistía más prontamente expedida por un nuevo gobierno militar y golpista apenas
instalado en el poder, se procedió a disponer, mediante una simple orden ejecutiva interna
adoptada en ejercicio de las facultades de estado de sitio establecido desde noviembre de
1949 al finalizar el primer cuatrienio del presidente Mariano Ospina Pérez, proferida por el
Comandante General de las Fuerzas Militares, “el perdón” a quienes estuvieran
comprometidos en alteraciones del orden público.
Se trató del decreto ejecutivo 2184 del 20 de agosto de 1953 de amnistía para los
miembros la institución armada, que además de fundarse en el estado de sitio basó su
expedición en lo que en los escasos tres parágrafos introductorios se consideró como la
creación ‘de situaciones irregulares e injustas para los miembros de las fuerzas armadas’
como consecuencia de las sentencias expedidas por Consejos Verbales de guerra mediante
las cuales integrantes suyos habían sido juzgados y condenados como responsables por
delitos contra el estado; esta situación se reputaba como contraria a los principios propios
de la ‘estabilidad de las fuerzas armadas’.

145
La alusión referencial no podía ser más explícita ni inequívoca pues como consecuencia del
fallido intento de golpe de estado efectuado el 10 de junio de 1944 por algunos mandos
militares en la población de Consacá –a pocas horas de Pasto- en la persona del presidente
Alfonso López Pumarejo de visita en la región –que conllevó su pasajera privación de
libertad a manos del coronel Diógenes Gil-, así como las tentativas desestabilizadoras
adelantadas poco después bajo la dirección del mayor Bonitto, la justicia penal militar había
adelantado desde entonces 22 consejos de guerra verbales que profirieron sentencias
condenatorias contra 26 civiles y 65 militares. El liberalismo durante el año final de la
administración encomendada a Alberto Lleras Camargo quien asumiera el poder ante el
retiro voluntario de López, trató que se diera la mayor severidad en tales procesos iniciados
contra los sectores militares comprometidos como fórmula para mantener su disciplina y
lealtad al gobierno. La amplitud material y temporal de la amnistía, como se verá, incluía
una variada gama de casos respecto de todas aquellas conductas delictivas que podían
considerarse atentatorias de la seguridad interior del estado y revelaba la intencionalidad
por dejar sin efecto dichos procesos y sus consecuentes sanciones.
La amnistía se aplicaba a todos los militares procesados o condenados por dichos consejos
verbales de guerra por delitos cometidos contra la seguridad del estado y los que tuvieran
conexidad extendiendo de manera prácticamente ilimitada su retroactividad a todos
aquellos cometidos con anterioridad al 9 de abril de 1948, bajo el supuesto implícito que los
ocurridos durante el llamado Bogotazo habían quedado cubiertos por la Ley 42 de aquel
año; los efectos de la amnistía conllevaban de suyo la restitución y reconocimiento de los
grados militares de todos aquellos que se habían visto despojados de los mismos como
consecuencia de sentencias condenatorias –todas ellas proferidas por la justicia castrense-
aunque sin consecuencias sobre prestaciones laborales.
En efecto, la circular emanada por la máxima autoridad militar estableció “que todos los
individuos que en una u otra forma se hayan comprometido en hechos subversivos contra el
orden público y que se presenten voluntariamente ante las autoridades haciendo entrega de
sus armas, los dejen en completa libertad, les protejan la vida y les ayuden a reiniciar sus
actividades de trabajo”. La medida no solo aseguraba una lealtad incondicional en las
propias filas militares abocadas a una situación inédita en la que la definición de
alineamientos y apoyos al intruso gobierno entronizado era de urgencia crucial sino que
deslindaba con completa claridad la separación con el previo régimen institucional, como
quiera que los directos beneficiarios de la misma eran los funcionarios militares que de una
u otra forma pudieron verse implicados en el intento de golpe de estado contra el presidente
López Pumarejo –lo que pasaría a conocerse en la gramática coloquial criolla como ‘la
amarrada de Consacá’- ocurrido el 10 de julio de 1944.
La indulgente medida presidencial se acompañó de una inequívoca finalidad estratégica por
asegurar la lealtad del estamento castrense como quiera que se dispuso que los beneficiados
por la amnistía “tendrán derecho a que se les reconozcan los grados militares de los que
fueron privados”; pero al mismo tiempo, en una cuidadosa redacción destinada al público
en general, se determinaba que los anteriores beneficios no incluían “el reconocimiento de
sueldos, prestaciones sociales, primas, o cualesquiera otra asignación oficial, dejados de
146
percibir desde el procesamiento o condenas hasta la fecha del decreto”. Una restitución de
cargos a personal militar de la oficialidad involucrada carente de cargas presupuestales o
incidencia fiscal no habría de generar mayores resistencias o desconfianzas en una opinión
pública que asistía a toda suerte de trastornos institucionales. Pero el verdadero talante de la
medida se desvelaría menos de un año después cuando el gobierno, beneficiado con la muy
favorable coyuntura económica del momento –aumento en los precios del café y descenso
de los hechos violentos- y en pasajera luna de miel con la opinión pública y los líderes de
ambos partidos, procediera a la expedición del decreto 2064 de 1954, mediante el cual, de
acuerdo con su artículo 16°, dispuso que todos los miembros de las Fuerzas Armadas
sindicados o procesados por los mismo hechos anteriormente amnistiados cuyas y condenas
privativas de libertad no superasen los diez años “tendrán derecho a que se les reconozcan
los grados militares que tenían cuando fueron privados de ellos y los sueldos
correspondientes a tales grados hasta el 13 de junio de 1954”106. Como lo señalara
Eduardo Umaña la benevolencia judicial se aparejaba de un sustancial premio financiero
que significaba el pago de emolumentos por nueve años no trabajados, además de la
reincorporación al escalafón militar y la continuación de su carrera que llevaría a varios de
ellos poco después hasta la cúspide la jerarquía castrense.
La única excepción consagrada la dispuso el artículo 7° que excluyó a militares desertores
de las filas del Ejército a quienes se les hubiere comprobado que combatieron contra las
fuerzas armadas107, evento que dadas las circunstancias solo podía corresponder a un
número extremadamente reducido de casos.
Dentro de las negociaciones adelantadas para poner fin a las actividades armadas de los
movimientos de autodefensa y de guerrillas, se expidieron varios documentos en los cuales
dichos grupos puntualizaron la exigencia de “dictar el decreto de amnistía a más tardar
veinte días después de firmado el pacto, y proceder a dar libertad a todos los prisioneros y
detenidos. El cumplimiento de este compromiso será para nosotros la prueba más
fehaciente de la sinceridad y la lealtad del gobierno en el cumplimiento de este pacto”. La
transcripción anterior corresponde al Punto décimo del “Acta de la conferencia celebrada
en los Llanos Orientales entre los jefes revolucionarios y el doctor José Gnecco Mozo, para
sentar las bases de la pacificación del Llano” publicada el 12 de abril de 1953. De igual
manera, se expuso la necesidad de expedir una amnistía para todos los revolucionarios que
incluyera los “delitos contra el orden público, la paz y la seguridad del Estado, la
asociación para delinquir y sus conexos”, tal como reza en las denominadas “Condiciones
de las guerrillas del Llano para la entrega” fechadas el 3 de julio de 1953. Así mismo se
requirió por parte de los movimientos armados en el departamento del Tolima el
otorgamiento de “amnistía e indulto para todos los presos y perseguidos políticos”, tal
como figura en la 12ª condición del “Memorándum que el Movimiento Guerrillero del Sur

106
Guzmán Campos, German Fals Borda, Orlando Umaña Luna, Eduardo La violencia en Colombia pp. 398-
399, Tomo II Editorial Aguilar, Bogotá 2010.
107
Ibídem, p. 400

147
del Tolima pone como condición al Gobierno para desmovilizarse” expedido el 30 de
septiembre de 1953.

Lo cierto es que las guerrillas liberales del Llano esperanzadas en las promesas de amnistía
que circulaban en los círculos cercanos a Rojas y promovidas incluso por líderes
conservadores como Alzate Avendaño, acordaron un cese de hostilidades el 22 de junio de
1953. El siguiente 7 de julio, se produjo la entrega de 500 levantados en armas bajo el
mando de Juan Franco, ante el gobernador civil y militar designado para el departamento de
Antioquia. Poco después, a comienzos de septiembre, de los comandos guerrilleros de las
Fuerzas Armadas Revolucionarias de los Llanos Orientales en Monterrey –actual Casanare-
celebraron una cumbre como resultado de la cual enviaron una comunicación, suscrita al
menos por catorce de ellos –en su doble condición de jefes militares y representantes del
‘pueblo civil de los Llanos’-, en la que manifestaban su agradecimiento al brigadier general
Duarte Blum por las tareas realizadas en la zona; igualmente, expresaban ante el nuevo jefe
de estado su “determinación sincera y espontánea de deponer nuestras armas con decoro
bajo el amparo de vuestro Gobierno y del Pabellón de la Patria, el cual flota hoy glorioso en
nuestra nueva Independencia y en el fondo de nuestros corazones”. El comunicado, que
marcaría un verdadero punto de inflexión en la dinámica confrontacional de las guerrillas
liberales provocando de paso la escisión definitiva entre los sectores denominados como
‘limpios’ nombre bajo el cual se conocerían a estos últimos, y de otro lado, a los
comunistas o ‘rojos’ que por el contrario se negarían a acogerse a los ofrecimientos
gubernamentales, registraba las firmas de célebres jefes como Guadalupe Salcedo, Dumar
Aljure, Humberto Paredes, Rafael Calderón, José Vicente Perilla, José María Mogollón,
Jorge Enrique e Ignacio González, Laurentino Rodríguez y Josué Feliciano. La entrega de
guerrilleros liberales ascendería al menos a cerca de 2000 hombres, incluido el célebre
Guadalupe Salcedo. Aunque cifras y estimativos varían considerablemente no resulta
exagerado considerar que al menos unos 6500 guerrilleros liberales y algunos comunistas
atendieron el llamado de Rojas motivados por el nuevo rostro gubernamental distinto al
espectro laureanista y el hecho simbólico que un destacado miembro de la fuerza pública
encabezara un confiable llamamiento al desarme. La credibilidad en la institución armada
contrastaba de manera casi dramática con la desconfianza y el rechazo en los que siempre
se encontró sumida la institución policial durante esta época, debido a la
instrumentalización política de la que había sido objeto bajo la presidencia de Olaya
Herrera –la llamada liberalización de la policía- y la misma estrategia puesta en práctica por
Ospina Pérez –conocida recíprocamente como la conservatización de la policía- y el hecho
no menos perjudicial de tratarse de una institución municipal y departamental más proclive
a su utilización por las fuerzas políticas regionales, cuya expresión más siniestra fuera la
llamada policía chulavita caracterizada por la violenta persecución contra pobladores de
reconocida afiliación liberal,
Un año después, cuando la desmovilización de las guerrillas liberales se había obtenido en
considerable medida salvo las comunistas, y se había aplicado un perdón generalizado de
hecho, el nuevo gobierno procedió a la expedición del decreto 1823 de junio 13 de 1954,
148
por medio del cual se dispuso el otorgamiento de una amnistía amplia e incondicional para
todos los delitos políticos ‘cuyo móvil haya sido el ataque al gobierno, o que puedan
explicarse por extralimitación en el apoyo o adhesión a este, o por aversión o sectarismos
políticos’, que no distinguía, para efectos de su aplicación, ninguna diferencia entre las
ofensas cometidas por quienes se beneficiaran de la misma, y como conmemoración del
primer aniversario de su ascenso al poder del generalato. La única restricción impuesta
consistió en excluir aquellas conductas ‘cuyos caracteres de atrocidad revelen una extrema
insensibilidad moral’ (art. 4°), y su pérdida si en los tres años siguientes el sindicado o reo
favorecido incurriera en la comisión de un nuevo delito. La índole celebratoria del decreto y
su manifiesta intención de granjearse no solo la adhesión del estamento castrense sino la
simpatía general se plasmó en la reducción de un año para todos los responsables de delitos
comunes. Examinado en el contexto de su emergencia resulta forzoso concluir que el
decreto se encaminaba olímpicamente a impedir cualquier investigación judicial por la
brutal represión que la fuerza pública había realizado contra las manifestaciones y protestas
de estudiantes universitarios llevadas a cabo el 8 y el 9 de junio en las cuales perecieron al
menos ocho estudiantes y unos 40 más quedaron heridos. Estos hechos de fuerza son
considerados como el punto de quiebre en el apoyo y respaldo del que hasta entonces se
había beneficiado el régimen militar. Constituía además una singular celebración del primer
aniversario de régimen dictatorial consentido por los dos partidos antagónicos y
determinantes de la vida política nacional.

Sin embargo, los propósitos de desmovilización de las agrupaciones de autodefensa y


guerrillas no consiguieron extenderse a todos los grupos y muchos de estos continuaron
operando con el fin de oponerse al empleo de la violencia por parte del régimen militar. La
caída del general Rojas Pinilla, la implantación en su lugar de una Junta Cívico Militar
mientras se restablecía una nueva institucionalidad y el advenimiento del Frente Nacional
acordado entre los antiguos rivales políticos, propiciaron las condiciones para que la
entrante administración de Lleras Camargo procediera a implantar nuevas medidas de
índole excepcional a fin de obtener la malograda pacificación del país.
La ley 2062 del 8 de julio de 1954 expedida por un congreso enteramente bajo el dominio
del régimen militar tuvo como propósito darle mayor eficacia a los procedimientos
iniciados bajo los dos anteriores decretos de amnistía, estableciendo que en los mismos para
la concesión de la amnistía o el indulto, no era necesaria la intervención del ministerio
público, y además, que era el Tribunal Militar Superior el titular exclusivo para el
otorgamiento de la amnistía.
El balance general de las repercusiones obtenidas por la aplicación de las tres amnistías
expedidas bajo el régimen de Rojas arroja un saldo del todo fuera de lo común, pues se
calcula que al menos unos 18.700 individuos resultaron beneficiados por el cierre de
investigación, la suspensión de las penas privativas de libertad que se habían dictado y por

149
la restitución a sus antiguos cargos en la carrera militar y administrativa según el caso108.
Puede colegirse del conjunto de circunstancias bajo la cuales se adelantó la secuencia y
alcance de las medidas de amnistía que estas cobijaron en su mayoría a miembros de la
fuerza pública.

El gran acuerdo de clemencia e indulto como sustento del arreglo Frente Nacionalista

Decreto 328 del 28 de noviembre de 1958


El advenimiento del Frente Nacional como fórmula asociativa de repartición alternada del
poder político entre las dos colectividades tradicionales cuya confrontación partidista se
exacerbara al extremo de producir la muerte de cerca de 200.000 colombianos a partir de
1944, constituyó sin duda una nueva etapa de la vida institucional y social del país. La
pasajera ilusión encarnada por Rojas dio paso rápidamente a una creciente enajenación del
régimen golpista incluso para sus propios promotores iniciales, el sector conservador
liderado por Ospina Pérez, los sectores liberales que se adhirieron al nuevo jefe en la
esperanza de ver contenida la violencia en contra de sus copartidarios, e incluso en algunos
sectores militares. Nepotismo, corrupción, el obcecado anticomunismo que le llevó a ver en
cada en cada mata de café un conspirador rojo y en los liberales un enemigo así como el
recrudecimiento de la violencia, y la no menos ciega intención de prolongarse en el poder,
condujeron fatalmente a su caída109. El interregno se produjo mediante la asunción del
mando por una quíntuple cabeza de una junta militar aprobada por los partidos políticos, a
la que dio paso la alternación entre liberales y conservadores pactada a 16 años. Ni de los
temas tratados entre Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo en sus célebres reuniones
en Benidorm y Sitges durante 1956 ni de las declaraciones iniciales se trasluce
intencionalidad alguna sobre algún tipo de medidas de amnistía. El hecho mismo que en su
condición de primer presidente Lleras Camargo y en concordancia con su doctrinario
repudio del estado de sitio –utilizado profusamente y casi sin solución de continuidad por
los dos gobiernos conservadores y el régimen militar durante casi una década- hubiese
hecho de la abolición del estado de sitio una de sus medidas emblemáticas, parecieran
confirmar la ausencia de tal tipo de consideración. Sin embargo, una peculiar combinación
entre necesidades de seguridad e imperativos sociales, de un lado, los rumores de golpe de
estado y el retorno al país del propio Rojas, y del otro, el imperativo de poner en
funcionamiento una política social que posibilitara la pacificación del país basada en la
rehabilitación económica y productiva bajo la égida del desarrollo social, llevaron el recién
estrenado primer presidente frentenacionalista a la declaratoria de estado de sitio en la
región del Gran Tolima y el Valle del Cauca. A través suyo se puso en marcha la
infraestructura para la reconstrucción social –Comisión Especial de Rehabilitación, Banco

108
Karl, Robert A. Forgotten Peace Reform, Violence, and the Making of Contemporary Colombia p.241, n.
48, University of Carolina Press, 2017.
109
Henderson, James Laureano Gómez o los años de la modernización en Colombia

150
Agrario y Tribunales Especiales en equidad para resolver litigios de posesión y titulación
de tierras- que dispuso considerables recursos para la promoción de obras y proyectos, y en
tono menor, hizo posible la aparición del proyecto de clemencia política apto para aclimatar
la paz y el olvido de los odios, que en los términos inicialmente previstos por el propio
presidente tenía como finalidad una amplia amnistía que cubriera todos los delitos políticos
bajo la idea de ofrecer una oportunidad de rehabilitación para quienes habían recurrido al
extremo de la violencia, exceptuando tan solo los “crímenes de rebelión militar y aquellos
cometidos por funcionarios públicos”110. Debido a la especial vinculación de las
autoridades nacionales y especialmente locales durante los gobiernos conservadores entre
1946 y 1953, la inmensa exclusión de los beneficios de la amnistía para funcionarios
pertenecientes a esta colectividad podría acarrear consigo una oposición frontal de sus
socios frentenacionalistas, cuyas dimensiones podían en el mejor de los casos frustrar su
aprobación en el Congreso, y en el peor desestabilizar incluso el propio Frente Nacional,
por lo que finalmente se acudió al expediente de buscar su establecimiento mediante un
decreto legislativo expedido en el marco del estado de sitio.
Así las cosas, tras menos de un año de ejercicio en el poder la nueva administración civil
dispuso la expedición de una nueva norma de exenciones penales, comúnmente
denominada “ley de amnistía”, pero expedida bajo la forma del decreto 328 del 28 de
noviembre de 1958 con el objetivo declarado de hacer posible la convivencia. La
disposición previó la suspensión de la pena o del proceso penal a quienes hubieran
cometido delitos políticos en algunos departamentos (Caldas, Cauca, Huila, Tolima y Valle
del Cauca) en los cuales era notoria la actividad de grupos que permanecían alzados en
armas y donde los niveles de homicidios eran considerablemente superiores al promedio
nacional.
A diferencia de los instrumentos legales anteriores no se exigió en esta ocasión la entrega
de las armas ni la desmovilización como tal, que era más el resultado buscado por la
medida que una precondición para su aplicación. El decreto intentó formular un
acotamiento del término “delito político”, entendiendo por este aquellas conductas cuya
motivación fuera: a. “el atacar o defender al gobierno o las autoridades”; b. “la
animadversión política”; c. “las pugnas partidistas”. Expedido bajo el régimen de estado de
sitio que contemplaba el artículo 121 de la Constitución de 1886, en el supuesto de que se
trataba de un asunto de orden público, la adopción de la medida operó a iniciativa de los
detenidos o condenados que se dirigían a cualquier juez o tribunal penal civil o militar para
solicitar la aplicación individual de la suspensión. Su solicitud se amparaba en la amplia
latitud motivacional de sus hechos delictivos que bajo el indefinido concepto de
animadversión o pugnacidad de carácter político o partidista podía incluir cualquier clase
de crimen. La concesión de la suspensión de la medida penal podía ir acompañada de una
medida de “extrañamiento” para individuos considerados “peligrosos”, la cual consistía en
la prohibición de residir o visitar una región o municipio donde el sujeto de la medida

110
Robert A. Karl ibídem, p. 82

151
hubiera ejercido liderazgo o donde hubieran tenido lugar los hechos por los cuales había
sido juzgado o se encontraba procesado.
El mecanismo de excepción concebido para la desmovilización de los grupos que aún
continuaban en las armas se acompañó de una Comisión para la investigación de las causas
de la violencia integrada por un sociólogo, un jurista y un sacerdote. Se trató de un cuerpo
“académico” a quien se confió la misión de escudriñar las causas que habían llevado a los
extremos de persecución y exterminio políticos que caracterizaron la época de La
Violencia. A este cuerpo se encargó la tarea de arrojar la suficiente luz como para que no
se repitiera la historia recientemente vivida. El Informe rendido, si bien constituye un
testimonio sociológico de indiscutible valor, evidencia al mismo tiempo la precariedad de
los dispositivos legales e institucionales dispuestos para esclarecer la magnitud de una
violencia que en sus diferentes fases había tenido como actor principal a los gobiernos en el
poder.
Sin embargo, en opinión del propio gobierno estas fórmulas rompían los moldes
tradicionales bajo los cuales se habían administrado en el país las fórmulas de clemencia,
constituía una modalidad propia surgida de la experiencia y se constituía “como un
experimento audaz para obtener la pacificación de territorios donde por muchos años no
solo ha habido una completa ausencia de tranquilidad sino donde las autoridades públicas y
las fuerzas del orden han carecido incluso de acceso”111. Incluso, un crítico tan persistente
del Frente Nacional como Alfredo Molano elogiaría el diseño de la primera amnistía
frentenacionalista al considerarla como generosa y herramienta apta en unión de los
programas de rehabilitación para abrir el camino a quienes se encontraban con armas en la
mano para reintegrarse a la vida económica y social112.
Bajo el período del Frente Nacional el empleo de instrumentos legales excepcionales para
tratar situaciones específicas de protesta estudiantil y sindical tuvo una relevancia especial
como síntoma de las dificultades encontradas dentro de la legalidad ordinaria, para resolver
enfrentamientos sociales de alto contenido simbólico. Nacido bajo la legalidad excepcional
del estado de sitio, la vigencia del Frente Nacional resultó posible mediante una
entronización permanente de la legalidad especial, que convirtió lo excepcional en
ordinario y la normativa ordinaria en excepcional. En esta situación de confusión acerca de
los linderos entre la normalidad y la anormalidad era previsible que la apelación a formas
de perdón a través de decretos excepcionales o de Estado de Sitio fuera un expediente
admitido sin demasiadas objeciones.
Así por ejemplo, bajo administración de Lleras Restrepo se expidió el decreto 2090 de
1967 por medio del cual se otorgó una amnistía para los delitos cometidos en la
Universidad Nacional de Bogotá durante octubre de 1966 y junio de 1967, a favor de
particulares y miembros de la fuerza pública. Durante el lapso cubierto por la amnistía, se
presentaron numerosas protestas y manifestaciones estudiantiles que determinaron el cierre

111
Robert A. Karl, Ibidem, p. 83
112
Molano, Alfredo, Amnistía y Violencia p. 101 Cinep, Bogotá, 1980.

152
de la universidad pública más importante del país. En estos hechos se enfrentaron los
miembros de la policía y los estudiantes, y se presentaron homicidios y actos de tortura. El
decreto 2090 permitió amnistiar a los autores de dichos crímenes.
Luego de estos hechos, la utilización de medidas de amnistía se tornó una práctica
frecuente. La ocupación de la refinería de ECOPETROL de Barrancabermeja por parte de
los directivos de la Unión sindical Obrera -USO- en 1971, seguida de la toma de rehenes
así como la amenaza de destruir la planta y la refinería, conllevó el adelantamiento de
juicios contra los presuntos responsables ante la jurisdicción penal militar. Los procesos
penales tramitados ante consejos de guerra culminaron en la imposición de severas penas
de prisión. Bajo la subsiguiente administración de Pastrana Borrero se tramitó un proyecto
de amnistía que otorgó libertad a los condenados.

Las múltiples aproximaciones realizadas entre las dirigencias de ambas colectividades


políticas desde 1956 luego de siete mil días de guerra civil no declarada que piadosamente
la historiografía nacional bautizara con el eufemístico término de ‘La Violencia’, y cuyo
terrible costo en vidas humanas se aproximara a los dos centenares de miles, se centraron
de manera predominante sobre las modalidades por adoptar de cara al problema central que
había sido la distribución del poder presidencial entre sus líderes como fórmula que
posibilitara la recíproca coexistencia pacífica. La larga duración de la denominada
‘República Conservadora’ que se prolongara entre 1882 y 1930, si bien con diferentes
niveles de exclusión y participación política del liberalismo, así como el interregno liberal
entre 1930 y 1946, resultado incidental, al menos en su primer cuatrienio de la división
entre los candidatos electorales del conservatismo y la postura unificada en torno a un
candidato único por el partido adverso, habían exacerbado los medios y vías de hecho como
gramática de resolución para las oposiciones políticas. Tanto en las conversaciones que
precedieron la firma de los sendos acuerdos de Benidorm y Sitges –reputados como las
actas de intención fundacionales para el nuevo orden frentenacionalista-, el asunto relativo
al tratamiento judicial que habría de otorgarse, como en las manifestaciones de intención,
no se menciona el empleo de alguna fórmula de olvido, clemencia o tratamiento especial
punitivo. Pareciera entonces que la fórmula de la mutua compensación o intercambio de
impunidades entre las dos colectividades políticas no fuera, el menos de manera expresa,
uno de los términos inicialmente acordados, sino que este surgió y se fraguó en el ámbito
de la actividad política congresional compartida durante el semestre de sesiones del año de
1958.
En el marco de un estado de sitio que había venido prorrogándose desde al menos dos
décadas atrás en el que se obliteraba la actuación del congreso –clausurado incluso bajo el
mandato de Laureano Gómez y a su vez éste elegido sin la participación del liberalismo-, y
se expandían casi de manera ilimitada las atribuciones de jefes civiles y militares en
sustitución de gobernadores-, la administración Lleras Camargo procedió a expedir un
decreto legislativo en la finalización del primer año de gobierno, mediante el cual se
establecía el procedimiento para el otorgamiento de un indulto a ruego cuyo ámbito

153
territorial se circunscribía a los departamentos de Caldas, Cauca, Huila, Tolima y Valle del
Cauca.
En una aparentemente contradictoria finalidad, la justificación invocada manifestaba de
manera expresa una dualidad difícilmente compatible entre sí: la búsqueda tanto del
afianzamiento de la paz como la activación de la lucha contra el delito; uno y otro fin
quedaban enmarcados dentro del objetivo supremo más amplio y en el que implícitamente
se subsumían los dos fines anteriores, de la ‘total recuperación del orden público’.
Cualquier persona, siempre que se tratase de empleado o funcionario público o de militares,
o de individuos pertenecientes a ‘grupos organizados bajo la dependencia de jefes’, que
hubiese cometido cualquier clase de delitos que pudieran entenderse como resultado o
consecuencia del diferendo político ya mencionado, quedaba habilitado para solicitar del
ejecutivo el otorgamiento de un indulto, cuyos efectos se traducían en la cesación del
procedimiento penal en el caso de existir alguna indagación, o en la suspensión de la
sentencia condenatoria en el caso de existir esta última.
El núcleo habilitador del procedimiento de gracia, radicaba con absoluta claridad, y de
modo incomparable respecto de cualquiera de las anteriores o posteriores medidas de
tratamiento judicial favorable, en la motivación política de los hechos delictivos, y en la
ausencia de cualquier restricción por causa de su gravedad extrema o naturaleza común.
Tres niveles o modalidades de causación fueron enunciados: ‘el ataque o defensa del
gobierno o las autoridades’, la amplísima noción de ‘animadversión política’, y por último,
un ámbito adicional o complementario referido a la ‘violencia partidaria ejercida en razón
de la pugna de los partidos’. Con esta articulación tan amplia como flexible entre el
elemento causal o motivacional, de una parte, y de la otra, la amplitud ilimitada de
cualquier clase de delito derivado de aquella, el indulto resultaba aplicable a cualquier tipo
delictivo, perdiendo toda relevancia su gravedad, magnitud o consideraciones fácticas o
subjetivas particulares en las circunstancias que hubieran acompañado su comisión.
Adicionalmente, dentro del alcance temporal fijado para el otorgamiento del indulto no se
estableció limitación alguna cronológica puesto que cobijaba todo tipo de delitos que se
hubiesen cometido con anterioridad al 15 de octubre de 1958; en teoría la medida extintiva
tanto de la acción penal como de la pena podía aplicarse a hechos delictivos cometidos
antes de la expedición de las tres leyes de amnistía expedidas durante el régimen de Rojas,
e incluso a los ocurridos en décadas anteriores con la mencionad delimitación territorial.
Como escenario del mayor despliegue de hechos de violencia en el centro y sur occidente
del país –en las zonas del Quindío y el norte del Valle del Cauca se concentró multitud de
masacres- donde operaron con mayor salvajismo las bandas paramilitares de los
denominados ‘pájaros’ del tristemente célebre León María Lozano, fueron los propios
gobernadores en funciones, cuyo nombramiento se había efectuado por el gobierno de
Lleras Camargo siguiendo estrictos criterios de paridad política entre los dos partidos, los
encargados de aprobar las medidas de perdón.
Con la finalidad de otorgarle algún grado adicional de legitimidad al procedimiento, de
modo que este no quedase enteramente en manos del ejecutivo, se dispuso la creación de
154
sendos ‘tribunales de gracia’, como órganos dependientes de la rama judicial, cada uno de
ellos compuesto por cuatro magistrados –con iguales requisitos a los exigidos en su
nombramiento a los de sus homólogos en la Corte Suprema-, que debían fallar o dar su
aprobación –‘concepto favorable’- en todos aquellos casos de otorgamiento de beneficios
derivados del indulto en los que hubiese detenidos o sentencias condenatorias. Uno de los
tribunales de gracia debía operar en los asuntos propios de la justicia ordinaria, y el
segundo, en los casos de competencia de la jurisdicción castrense. Mientras que el Tribunal
de Gracia Civil debía componerse de manera paritaria, debiendo haber dos magistrados de
afiliación política distinta a la de los dos restantes, el Tribunal de Gracia Castrense, en
razón del carácter no partidario de la Fuerza Pública, quedaba exento del requisito de
paridad, obedeciendo su integración a un criterio funcional y jerárquico materializado en
dos magistrados que fuesen Oficiales Generales, y dos que a su turno fuesen magistrados
del tribunal superior militar (artículo 8°).
Es de especial importancia el papel atribuido a la jurisdicción penal militar debido a la
creciente ampliación que había experimentado el ámbito del fuero penal militar y por
consiguiente de las conductas que en la práctica quedaban sometidas a su jurisdicción, cuyo
análisis detallado revela y permite concluir que el mayor número de eventuales casos
sometidos hubo de radicarse en el ámbito de conocimiento atribuido al Tribunal de Gracia
Castrense. En efecto, desde la expedición del Código de Justicia Penal Militar vigente para
la época mediante decreto 1125 del 31 de marzo de 1951, bajo la administración de
Laureano Gómez, el artículo 8° había ampliado extraordinariamente la competencia de los
tribunales militares que no solamente se ocupaban del conjunto de los hechos delictivos del
personal militar –tanto en servicio como retirados- sino que incluían también el
juzgamiento de todos aquellos civiles cuando estos fueran presuntos responsables de los
delitos contra la existencia y seguridad del estado, o contra el régimen constitucional y la
seguridad interior del estado, o contra los bienes del estado de que trata este código, en
tiempo de guerra, conflicto armado, turbación del orden público o conmoción interior”.
Dado pues que la totalidad de los denominados ‘delitos políticos’ hacían parte del fuero
penal militar cuando el sujeto activo del mismo fuera un civil, y que eran tales conductas
delictivas las que estaban en la base de los hechos de violencia partidista, el universo de
casos atribuible al Tribunal de Gracia Castrense resultó sin duda muy superior al
correspondiente a su homólogo civil.
Esta intervención de la justicia castrense y civil se articulaba adicionalmente con la
autorización contenida en el decreto para que el ejecutivo nacional pudiese delegar su
facultad de promover las medidas de cesación de procedimiento y libertad condicional
mediante transferencia expresa al correspondiente gobernador de las unidades territoriales
señaladas para disponer su aplicación. Ello condujo entonces a la situación particular de la
existencia sucesiva de al menos seis mandatarios de la rama ejecutiva regional
interviniendo en la adopción de las medidas de gracia que afectaban a sus propios
copartidarios o antiguos adversarios políticos.
Esta intervención se revelaría como de especial importancia a efectos de la implementación
de la amnistía, especialmente en el caso de algunos de los más señalados líderes de las
155
bandas delincuenciales que operaban en la región. Los tribunales penales militares habían
resuelto la inadmisibilidad de las solicitudes de amnistía elevadas por tres de los principales
delincuentes a cuyas crueles acciones se atribuían numerosas muertes tanto de liberales
como de conservadores, y con ello, mantenido en vigor diversas condenas proferidas en su
contra. Como resultado de ello, en mayo de 1959 Fermín Charry Rincón –mejor conocido
como Charronegro-, Manuel Marulanda –quien pasaría a la historia como Tirofijo, alias
Richard –comandante militar José Alfonso Castañeda de la región de El Pato-, y Ciro
Trujillo, -todos ellos protagonistas clave en la vida política y social tanto como de las
acciones armadas y violentas llevadas a cabo en la vasta región del Gran Tolima-,
solicitaron al entonces gobernador del Huila, Felio Andrade Manrique, quien además era un
reconocido e influyente seguidor de Laureano Gómez, que en ejercicio de las funciones
atribuidas por el mecanismo de la amnistía, procediera a ordenar la correspondiente
cesación de procedimiento en su favor. Guiado por un pragmático sentido común y amplio
conocedor de la situación regional y local, el gobernador de la afectada región procedió a
dejar sin efecto las decisiones judiciales de los tribunales de gracia, merced a lo cual,
algunos de los jefes en armas pudieron al menos temporalmente, retornar a la vida civil y
beneficiarse de algunas de las medidas de la rehabilitación –como los préstamos agrarios-
113

Decreto 2582 de diciembre 11 de 1958 – delegación efectiva a los gobernadores de la


facultad de pedir la suspensión de los procesos penales estableciéndolos como autoridades a
las que en adelante habrían de dirigirse las solicitudes individuales de favorecimiento. A los
fiscales especiales designados se les atribuía la faculta de solicitar la revocatoria de los
beneficios concedidos a quienes también incurrieran en un ‘estado antisocial, o que
realizaran cualquier acto de perturbación del orden público o de la tranquilidad social’. Para
atender las dificultades que había generado la designación del Tribunal de Gracia Castrense
se aclaraba que la designación de los dos oficiales generales la efectuaría el presidente de la
república, mientras que la de los dos magistrados castrenses recaía en el presidente del
tribunal militar.

Tras menos de un año de ejercicio en el poder, la estrenada administración civil dispuso la


expedición de una nueva norma de exenciones penales, aunque comúnmente se la
denominara como una ley de amnistía, esta vez bajo la forma de decreto 328 del 28 de
noviembre de 1958. La disposición previó la suspensión de la pena o del proceso penal a
quienes hubieran cometido delitos políticos en algunos departamentos (Caldas, Cauca, Huila,
Tolima y Valle del Cauca) en los cuales era notoria la concentración de guerrilleros,
bandoleros y comunistas.

113
Robert A. Karl, Ibídem, p.91.

156
A diferencia de los instrumentos legales anteriores no se exigió en esta ocasión la entrega de
las armas ni la desmovilización como tal, que era más el resultado buscado por la medida que
una precondición para su aplicación. El decreto intentó formular un acotamiento del término
“delito político”, entendiendo por este aquellas conductas cuya motivación fuera: a. “el atacar
o defender al gobierno o las autoridades”; b. “la animadversión política”; c. “las pugnas
partidistas”. Expedido bajo el régimen de estado de sitio que contemplaba el artículo 121 de
la Constitución de 1886, en el supuesto de que se trataba de un asunto de orden público, la
adopción de la medida operó a iniciativa de los detenidos o condenados que se dirigían a
cualquier juez o tribunal penal civil o militar para solicitar la aplicación individual de la
suspensión amparados en la amplia latitud motivacional para sus hechos delictivos que bajo
el indefinido concepto de animadversión o pugnacidad de carácter político o partidista podía
incluir cualquier clase de crimen. La concesión de la suspensión de la medida penal podía ir
acompañada de una medida de “extrañamiento” para individuos considerados “peligrosos”,
la cual consistía en la prohibición de residir o visitar una región o municipio donde el sujeto
de la medida hubiera ejercido liderazgo o donde hubieran tenido lugar los hechos por los
cuales había sido juzgado o se encontraba procesado.

El mecanismo de excepción concebido para la desmovilización de los grupos que aún


continuaban en las armas a resultas del largo período conocido como la Violencia, ante la
hondura del desgarramiento que intentaba superar se acompañó de una Comisión para la
investigación de las causas de la violencia –integrada por un sociólogo, un jurista y un
sacerdote -, como cuerpo académico a cuya misión de escudriñar las causas que habían
llevado a tales extremos de persecución y exterminio políticos se confiaba la tarea de arrojar
la suficiente luz como para que los mismos no se repitieran en la historia nacional. El Informe
rendido, si bien constituye un testimonio sociológico de indiscutible valor evidencia al
mismo tiempo la precariedad de los dispositivos legales e institucionales puestos a punto para
esclarecer la magnitud de una violencia que en sus diferentes fases había tenido como
principal a los gobiernos en el poder.

Bajo el período del Frente Nacional –1958 a 1978- el empleo de instrumentos legales
excepcionales para tratar situaciones específicas de protesta estudiantil y sindical por fuera
de la lógica puramente punitiva tuvo una relevancia especial como síntoma de las dificultades
encontradas en el propósito de resolver enfrentamientos sociales de alto contenido simbólico
para la opinión pública dentro de la legalidad ordinaria. Nacido bajo la legalidad excepcional
del estado de sitio, la vigencia del Frente Nacional resultó posible mediante una entronización
permanente de la legalidad especial que convirtió lo excepcional en ordinario y la normativa
ordinaria en excepcional. En esta situación de confusión acerca de los linderos entre la
normalidad y la anormalidad era previsible que la apelación a formas de perdón fuera un
expediente intrínsecamente necesario y por tanto admitido sin demasiadas objeciones.

157
Bajo la tercera administración frentenacionalista de Lleras Restrepo se expidió el decreto
2090 de 1967 por medio del cual se otorgó una amnistía para los delitos cometidos en la
Universidad Nacional de Bogotá con ocasión de tumultuarias protestas estudiantiles que
condujeron a graves enfrentamientos entre la entonces denominada Policía Militar y los
miembros de la institución pública durante octubre de 1966 y junio de 1967 a favor de
particulares y miembros de la fuerza pública. Durante este lapso se presentaron numerosas
protestas y manifestaciones estudiantiles que determinaron el cierre de la universidad pública
más importante del país en una serie de hechos que enfrentaron físicamente a los miembros
de la policía contra los estudiantes, en el curso de los cuales se presentaron homicidios y
actos de tortura.

La utilización de medidas de amnistía se tornó una práctica frecuente. La ocupación de la


refinería de ECOPETROL de Barrancabermeja por parte de los directivos de la Unión
sindical Obrera -USO- en 1971, seguida de la toma de rehenes así como la amenaza de
destruir la planta y la refinería, conllevó el adelantamiento de juicios contra los presuntos
responsables ante la jurisdicción penal militar. Los procesos penales tramitados ante consejos
de guerra culminaron en la imposición de severas penas de prisión. Bajo la subsiguiente
administración de Pastrana Borrero se tramitó un proyecto de amnistía que otorgó libertad a
los condenados.

Desde la terminación del Frente Nacional hasta nuestros días

Durante el período presidencial de la administración Turbay Ayala, último cuatrienio del


Frente Nacional, se consolidó el surgimiento de nuevos movimientos guerrilleros como el
M19, cuya irrupción en la escena política y de orden público se trató de reprimir mediante el
endurecimiento de los dispositivos penales, la restricción de libertades y el juzgamiento de
civiles por tribunales castrenses con el consecuente debilitamiento de garantías procesales
para los acusados. Las acciones de este grupo alcanzaron uno de sus momentos culminantes
en la toma de la Embajada de la República Dominicana en 1979 donde fueron hechos
numerosos rehenes, incluyendo varios jefes de delegación diplomática extranjeros. La
negociación exitosa de su liberación, el traslado de los guerrilleros fuera del país y el
propósito gubernamental de lograr acuerdos más amplios con ese grupo llevó a la expedición
de la Ley 37 de 1981 mediante la cual se otorgaba amnistía por delitos políticos.

A diferencia de instrumentos anteriores, esta ley de amnistía contemplaba una expresa


calificación de lo que debía entenderse como delito político, incluyendo bajo esta categoría
los tipos penales de rebelión, sedición, asonada y conductas delictivas conexas. Sin embargo,
de la subcategoría de delitos conexos, se excluían las conductas consistentes en secuestro,
extorsión, homicidio fuera de combate, incendio, envenenamiento de fuentes de agua, y en

158
general, cualquier acto de ferocidad y barbarie. La ley fijaba así mismo un plazo de cuatro
meses a partir de su expedición para la entrega, el desarme individual o colectivo y la
confesión de los delitos. En igual sentido se dejaba a discreción del gobierno la ampliación
de la amnistía a quienes se encontraban privados de libertad si el ejecutivo consideraba como
positivos los resultados de la propuesta dirigida a los grupos subversivos.

Sin embargo, los grupos alzados en armas no sólo desestimaron la propuesta sino que la
misma fue parcialmente declarada inexequible por la Corte Suprema de Justicia. En un
postrer esfuerzo por arribar a alguna clase de acuerdo, y en un contexto de aguda ilegitimidad
y desprestigio –el gobierno de Turbay Ayala había sido elegido con la más baja participación
electoral en la historia reciente-, la administración ofreció mediante el decreto ley 474 de
febrero de 1982 suspender durante un mes las operaciones militares adelantadas por el
ejército a fin de que las guerrillas que durante dicho término expresaran su voluntad de
suspender sus actividades, entregaran las armas y suministraran la identidad de sus
miembros, se beneficiaran de un indulto que cobijaría los presos políticos. Nuevamente la
oferta fue rechazada por todos los grupos alzados en armas.

Belisario Betancur y posteriores

La elección del candidato conservador Belisario Betancur como presidente en 1982 luego de
dos períodos liberales consecutivos marcó una ruptura en el tratamiento proporcionado por
las cinco administraciones anteriores a los grupos alzados en armas contra el Estado. En
efecto, apoyado en una renovada legitimidad y en cierto modo como rehén de sus propias
promesas electorales centradas en el horizonte de la paz –el advenimiento iconográfico de la
paloma como símbolo suyo sería quizá su más perdurable legado- el gobierno otorgó
prioridad al mecanismo de la amnistía y dispuso de entrada el diseño de mecanismos legales
orientados a tal fin.
Las iniciativas parlamentarias no se hicieron esperar, materializándose al menos en tres
influyentes proyectos de ley presentados por los sectores aglutinados alrededor de Gerardo
Molina, el directorio liberal que contaba con una formulación extraída de la anterior amnistía
expedida bajo la administración precedente, y por último, una iniciativa liderada por el
Partido Comunista.
Consecuencia inmediata de la política de paz anunciada y que buscaba el diálogo con los
alzados en armas fue la expedición de la ley 35 de 1982 que dispuso el otorgamiento de una
amnistía general sin que para tal fecha se hubiera concretado ningún acuerdo con alguno de
los grupos guerrilleros. En tan solo seis artículos la amnistía de la administración Betancur
se extendía a los autores, cómplices y encubridores de delitos políticos cometidos con
anterioridad a su vigencia. La delimitación que se efectuaba de la categoría de delito político

159
se contraía, al igual que en instrumentos anteriores, a la rebelión, la sedición y la asonada, de
conformidad con las disposiciones de la ley penal entonces vigente.

A dicha categoría se agregaba la subcategoría de los delitos conexos, adicionando criterios


para la determinación de la propia noción de conexidad que como tal pasaba a comprender
aquellas conductas delictivas cometidas para “facilitarlos, procurarlos, consumarlos u
ocultarlos”. La amplificación de la conexidad iba aparejada de una reducción de las
conductas delictivas objeto de exclusión, de manera que “los homicidios fuera de combate
cometidos con sevicia o colocando a la víctima en estado de indefensión o inferioridad, o
aprovechándose de esa situación” no podían ser objeto de extinción de la acción ni de la
sanción penal. Los efectos de la amnistía se predicaban sin límite alguno de naturaleza
temporal retrospectivamente: extinción de la pena para quienes ya habían recibido sentencia
condenatoria, cesación de procedimiento para quienes estaban siendo investigados o
juzgados e inhibición para investigar en beneficio de quienes se encontraban en libertad.

Bajo el marco de la amnistía general expedida a escasos tres meses de su acceso al poder, la
administración Betancur adelantó las conversaciones de paz con las FARC que culminaron
en el “Acuerdo entre la Comisión de Paz y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de
Colombia (FARC-EP)” suscrito el 28 de marzo de 1984, también y mejor conocido como el
Acuerdo de la Uribe. El texto del acuerdo contempló fecha para el inicio de un cese
hostilidades, la constitución de una Comisión Nacional de Verificación, lo relativo a la
organización del grupo armado como agrupación política, el repudio del secuestro, la acogida
de los beneficios contemplados en la ley de amnistía y la ratificación del perdón y el olvido
como condiciones para el restablecimiento de la paz.

Los diálogos llevados a cabo con el M19 y el EPL culminaron en la celebración del “Acuerdo
del cese al fuego y diálogo nacional” suscrito el 23 de agosto de 1984, en el cual se fijaban
los términos para un cese al fuego que hacía las veces de requisito para el inicio de un gran
diálogo nacional, la suspensión de la retención de personas, la suspensión de acciones en su
contra, la investigación de grupos no institucionales que ejecutaban actos de terrorismo y
genocidio así como la garantía de diversos derechos.

Las conversaciones adelantadas con el Grupo de Autodefensa Obrera condujeron al


denominado “Acuerdo entre la Comisión de Paz y la Autodefensa Obrera” suscrito el 23 de
Agosto de 1984, en el cual se acordaba un cese al fuego, la suspensión de acciones oficiales
en su contra, creación y ampliación de espacios políticos así como la mención a la promesa
oficial de perdón y olvido. De la misma manera, algunos destacamentos del ELN suscribieron
el 9 de diciembre de 1985 un compromiso mediante el cual se adherían a los términos del
llamado Acuerdo de la Uribe.

160
Sin embargo, las dificultades para avanzar en las condiciones estipuladas relativas a apertura
institucional, los obstáculos para concretar las iniciativas para un gran diálogo nacional, los
incidentes fatales que rodearon las aproximaciones en terreno de los distintos comisionados
y las vacilaciones gubernamentales condujeron al fracaso de los acuerdos proyectados. La
toma del palacio de justicia por un comando del M19 en octubre de 1985 y la campaña de
eliminación de miembros de la UP –el movimiento político que materializaría la
participación en la vida política nacional por parte de las FARC surgido a partir de los
Acuerdos de la Uribe- determinaron el fracaso del proyecto de paz emprendido por la
administración Betancur.

Bajo la administración Barco se reinició la búsqueda de acuerdos con el M19, esta vez
mediante la dirección del Ejecutivo, el fortalecimiento del Plan Nacional de Rehabilitación
y la introducción del esquema gobierno – oposición. Esta estrategia se complementó con la
presentación de un proyecto de indulto, cuya futura aplicación una vez se verificara la
desmovilización y dejación de las armas se incluyó dentro del “Acuerdo Político entre el
Gobierno Nacional, los Partidos Políticos, el M19, y la Iglesia Católica en calidad de tutora
moral y espiritual del proceso” suscrito el 2 de noviembre de 1989. La Ley 77 de 1989 otorgó
finalmente el perdón judicial –extinción de la acción penal y de la pena- cuya aplicación para
los casos individuales se reglamentó a través del decreto 213 del 22 enero de 1991.

El Gobierno suscribió acuerdos de desmovilización e incorporación a la vida civil con el


Partido Revolucionario de los Trabajadores –25 de enero de 1991- y el Movimiento Armado
Quintín Lame –27 de mayo del mismo año -, en cuyos textos respectivos se aludía a la
mencionada ley de indulto y su correspondiente decreto reglamentario.

Posteriormente, y en relación con las negociaciones adelantadas con la Corriente de


Renovación Socialista se expidió una nueva ley de indulto –Ley 104 de 1993- que
contemplaba el otorgamiento de otras medidas como auto inhibitorio, preclusión de
investigación y cesación de procedimiento cuando se tratara de delitos políticos y conexos.
A esta norma se hizo referencia para su aplicación en el correspondiente acuerdo de
desmovilización y reinserción suscrito con ese grupo el 9 de abril de 1994.

Un mes más tarde –26 de mayo- se formalizó un nuevo acuerdo de desmovilización y

reinserción, esta vez con varios grupos de milicias de la ciudad de Medellín –Milicias

161
Populares del Pueblo y para el Pueblo, Milicias Independientes del Valle de Aburrá y

Milicias Metropolitanas -.

La expedición de la Ley 418 de diciembre de 1997 –artículo 51- durante la administración


Samper –prorrogada mediante Leyes 548 de 1999 y 782 de 2001, esta última actualmente en
vigor- previó el otorgamiento de indultos individuales para miembros de las guerrillas que
manifestaran su voluntad de desmovilización y cuando se tratara de delitos políticos. Esta
disposición estatuye la exclusión más amplia de los delitos susceptibles de indulto. En efecto,
según su artículo 50 los indultos no se aplicarán a autores de conductas “atroces, de ferocidad
o barbarie, terrorismo, secuestro, genocidios (sic), homicidios cometidos fuera de combate,
o colocando a la víctima en estado de indefensión”.

La dinámica histórica bajo la cual se han articulado los elementos tanto de reducción como

de eliminación de justicia retributiva en el contexto de negociaciones concomitantes a

procesos de extrema violencia armada entre actores estatales y no estatales en Colombia

permite establecer algunas continuidades y diferencias.

a. La utilización de la amnistía como mecanismo legal para instrumentalizar la


finalización de hostilidades armadas recibió una aplicación constante en el curso del
siglo XX, recapitulando con ello la amplia y continua utilización de la que ya había
sido objeto en el siglo precedente.
b. Esta constancia conllevó la entronización de la amnistía y el indulto como
mecanismos de extinción de la acción penal y de la pena en los diferentes códigos
penales que se expidieron durante cerca de dos siglos, hasta la actual Ley 599 de
2000. Esta “normalización” de dichos mecanismos excepcionales señala con claridad
la inscripción dentro del ordenamiento normativo penal destinado a regir situaciones
de normalidad de un dispositivo marcadamente excepcional.
c. Hasta el régimen del Frente Nacional la extensión conferida a las medidas de olvido
y perdón no fue objeto de exclusiones o restricción de naturaleza alguna. La vigencia
indiscutida del delito político como conducta penal susceptible de ser amnistiada o
indultada obtuvo una órbita amplísima de extensión que en su radio de acción careció
de delimitación.
d. Sólo hasta la segunda mitad del siglo XX se introdujo una primera limitación
excluyente de ciertas conductas como no susceptibles de subsumirse dentro del delito
político, y en consecuencia, se produjo la emergencia de límites más o menos claros
para su aplicación.

162
e. La delimitación de los alcances de la amnistía y el indulto se hizo por vía del
acotamiento de los denominados “delitos conexos” al propio delito político.
f. El delito conexo al delito político adquirió una doble funcionalidad inherente a su
condición de mecanismo amplificador de este, pero al mismo tiempo de mecanismo
reductor. Bajo su primera naturaleza, obraba a partir de una presunción legal positiva
de inclusión, es decir, ninguna conducta en principio estaba por fuera del mismo; bajo
su segunda naturaleza, se establecía una presunción de derecho en contra mediante la
designación expresa de ciertas conductas delictivas catalogadas como ajenas al
mismo.
g. La subcategoría de los delitos no conexos se vio materialmente definida por primera
vez en la ley 37 de 1981, cuando en virtud suya se incluyó el secuestro, la extorsión,
el homicidio fuera de combate, el incendio, el envenenamiento de fuentes de agua, y
en general, los delitos englobados bajo la rúbrica de “ferocidad y barbarie”, cuya
delimitación precisa quedaba confiada al funcionario judicial.
h. El otorgamiento de las medidas de perdón y olvido se radicó en un comienzo dentro
de la competencia de los altos jefes militares como parte de los mismos acuerdos de
paz, sujetándose su refrendación en el Presidente de la República en su condición de
máxima autoridad militar.
i. En un momento posterior, la amnistía se fijó en una ley mientras que su aplicación
individual como indulto se defería al juez mediante solicitud individual de los
interesados. Generalmente, la ley era un decreto expedido al amparo de una situación
de estado de sitio declarado de conformidad con el artículo 121 de la Carta Política
de 1886.
j. El procedimiento más o menos inveterado de expedición de la ley de amnistía bajo
estado de sitio hizo crisis durante la administración Turbay y la correspondiente
declaratoria de inconstitucionalidad que restringió dicha facultad legal.
k. La expedición de amnistías en la década de los 80 y 90 se hizo en adelante mediante
leyes ordinarias tramitadas por el Congreso.
l. La concentración en el Congreso mediante su monopolio se entronizó en el artículo
150 numeral 17 de la Constitución e 1991. A la misma sucedió una creciente
consagración de la ampliación de las conductas delictivas consideradas como no
susceptibles ni de amnistía ni de indulto por la vía de leyes de criminalización de una
serie de conductas –Ley 40 de 1993, art. 14, dispuso tal restricción respecto del
secuestro y todas las modalidades del mismo; Ley 782 de 2003, art. 50 inciso 3, que
exceptúa del indulto a quienes realicen conductas que constituyan actos atroces, de
ferocidad y barbarie, terrorismo, secuestro, genocidios, homicidios cometidos fuera
de combate, o colocando a la víctima en estado de indefensión.

Administración Turbay
Durante el período presidencial de la administración Turbay Ayala, se consolidaron nuevos
movimientos guerrilleros como el M19, cuya irrupción en la escena política y de orden

163
público se trató de reprimir mediante el endurecimiento de los dispositivos penales, la
restricción de libertades y el juzgamiento de civiles por tribunales castrenses con el
consecuente debilitamiento de garantías procesales para los acusados. Las acciones de este
grupo alcanzaron uno de sus momentos culminantes en la toma de la Embajada de la
República Dominicana en 1979 donde fueron tomados como rehenes, varios jefes de
delegación diplomática extranjeros. La negociación exitosa de su liberación, el traslado de
los guerrilleros fuera del país y el propósito gubernamental de lograr acuerdos más amplios
con ese grupo llevó a la expedición de la Ley 37 de 1981 mediante la cual se otorgaba
amnistía por delitos políticos.
A diferencia de instrumentos anteriores, esta ley de amnistía contemplaba una expresa
calificación de lo que debía entenderse como delito político, incluyendo bajo esta categoría
los delitos de rebelión, sedición, asonada y delitos conexos. Sin embargo, de la
subcategoría de delitos conexos, se excluían las conductas consistentes en secuestro,
extorsión, homicidio fuera de combate, incendio, envenenamiento de fuentes de agua, y en
general, cualquier acto de ferocidad y barbarie. La ley fijaba así mismo un plazo de cuatro
meses a partir de su expedición para la entrega, el desarme individual y colectivo y la
confesión de los delitos. En igual sentido se dejaba a discreción del gobierno la ampliación
de la amnistía a quienes se encontraban privados de libertad si el ejecutivo consideraba
como positivos los resultados de la propuesta dirigida a los grupos subversivos.
Sin embargo, los grupos alzados en armas no sólo desestimaron la propuesta sino que la
misma fue parcialmente declarada inexequible por la Corte Suprema de Justicia. En un
postrer esfuerzo por arribar a alguna clase de acuerdo, y en un contexto de aguda
ilegitimidad y desprestigio -el gobierno de Turbay Ayala había sido elegido con la más baja
participación electoral en la historia reciente -,la administración ofreció mediante el decreto
ley 474 de febrero de 1982 suspender durante un mes las operaciones militares adelantadas
por el ejército a fin de que las guerrillas que durante dicho término expresaran su voluntad
de suspender sus actividades, entregaran las armas y suministraran la identidad de sus
miembros, se beneficiaran de un indulto que cobijaría los presos políticos. Nuevamente la
oferta fue rechazada por todos los grupos alzados en armas.

Administración Betancur

La elección del candidato conservador Belisario Betancur como presidente en 1982 luego
de dos períodos liberales consecutivos marcó una ruptura en el tratamiento proporcionado
por las cinco administraciones anteriores a los grupos alzados en armas contra el Estado. En
efecto, apoyado en una renovada legitimidad el gobierno ascendido gracias pero al mismo
tiempo prisionero de sus ofertas electorales usando como señuelo la promesa de la paz con
prescindencia de las FFMM, otorgó prioridad al tema de la paz y dispuso el diseño de
mecanismos legales orientados a tal fin.

164
Consecuencia inmediata de la política de paz anunciada y que buscaba el diálogo con los
alzados en armas fue la expedición de la ley 35 de 1982 que dispuso el otorgamiento de una
amnistía general sin que para tal fecha se hubiera concretado ningún acuerdo con alguno de
los grupos guerrilleros. La amnistía de la administración Betancur, de tan solo seis
artículos, se extendía a los autores, cómplices y encubridores de delitos políticos cometidos
con anterioridad a su vigencia. La delimitación que se efectuaba de la categoría de delito
político se contraía, al igual que en instrumentos anteriores, a la rebelión, la sedición y la
asonada, de conformidad con las disposiciones de la ley penal entonces vigente,
incluyéndose el criterio de conexidad.
A dicha categoría se agregaba la subcategoría de los delitos conexos, adicionando criterios
para la determinación del alcance de la propia noción de conexidad, que pasaba a
comprender aquellas conductas cometidas para “facilitar, procurar, consumar u ocultar”
actos delictivos. La amplificación de la conexidad iba aparejada de una reducción de las
conductas delictivas objeto de exclusión, de manera que “los homicidios fuera de combate
cometidos con sevicia o colocando a la víctima en estado de indefensión o inferioridad, o
aprovechándose de esa situación” no podían ser objeto de extinción de la acción ni de la
sanción penal. Los efectos de la amnistía se predicaban sin límite alguno de naturaleza
temporal retrospectivamente: extinción de la pena para quienes ya habían recibido sentencia
condenatoria, cesación de procedimiento para quienes estaban siendo investigados o
juzgados e inhibición para investigar en beneficio de quienes se encontraban en libertad.
Bajo el marco de la amnistía general expedida a escasos tres meses de su acceso al poder, la
administración Betancur adelantó las conversaciones de paz con las FARC que culminaron
en el “Acuerdo entre la Comisión de Paz y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de
Colombia (FARC-EP)” suscrito el 28 de marzo de 1984, conocido como el Acuerdo de la
Uribe. El texto del acuerdo contempló fecha para el inicio de un cese hostilidades, la
constitución de una Comisión Nacional de Verificación, lo relativo a la organización del
grupo armado como agrupación política, el repudio del secuestro, la acogida de los
beneficios contemplados en la ley de amnistía y la ratificación del perdón y el olvido como
condiciones para el restablecimiento de la paz.
Los diálogos llevados a cabo con el M19 y el EPL culminaron en la celebración del
“Acuerdo del cese al fuego y diálogo nacional” suscrito el 23 de agosto de 1984, en el cual
se fijaban los términos para un cese de hostilidades que hacía las veces de requisito para el
inicio de un gran diálogo nacional, la suspensión de la retención de personas, la suspensión
de acciones en su contra, la investigación de grupos no institucionales que ejecutaban actos
de terrorismo y genocidio así como la garantía de diversos derechos.
Las conversaciones adelantadas con el Grupo de Autodefensa Obrera condujeron al
denominado “Acuerdo entre la Comisión de Paz y la Autodefensa Obrera” suscrito el 23 de
Agosto de 1984, en el cual se acordaba un cese al fuego, la suspensión de acciones oficiales
en su contra, creación y ampliación de espacios políticos así como la mención a la promesa
oficial de perdón y olvido. De la misma manera, algunos destacamentos del ELN

165
suscribieron el 9 de diciembre de 1985 un compromiso mediante el cual se adherían a los
términos del llamado Acuerdo de la Uribe.
Sin embargo, las dificultades para avanzar en las condiciones estipuladas relativas a
apertura institucional, los obstáculos para concretar las iniciativas con vistas a un gran
diálogo nacional, los incidentes fatales que rodearon las aproximaciones en terreno de los
distintos comisionados incluido el asesinato de destacados dirigentes de las FARC y el
EPL, pero especialmente la ausencia de todo apoyo institucional por parte de la fuerza
pública así como las propias vacilaciones gubernamentales condujeron al fracaso de los
acuerdos proyectados. La toma del palacio de justicia por un comando del M19 en octubre
de 1985 y la campaña de eliminación de miembros de la UP -el movimiento político que
materializaría la participación en la vida política nacional por parte de las FARC surgido a
partir de los Acuerdos de la Uribe- determinaron el fracaso –estruendoso y sangriento- del
proyecto de paz emprendido por la administración Betancur. La constatación según la cual,
no hay tentativa más costosa que un proceso de paz fracasado encuentra en la iniciativa de
la administración

Pese a todos los obstáculos y al fracaso general que envolviera la tentativa de paz
adelantada por el primer gobierno conservador postfrentenacionalista, el número de los
beneficiarios de la ley de amnistía fue considerable: en efecto, al menos cerca de 1384
guerrilleros pertenecientes a diversos grupos fueron dejados en libertad o se vieron
favorecidos por la suspensión definitiva de los procesos penales en su contra. De ellos,
1384 pertenecían al M19, 252 a las FARC-EP, 112 al ELN, 90 al EPL, 7 al ADO y 90
restantes a otros grupos114. Este número se incrementaría en una porción adicional cercana
al par de centenares beneficiados adicionales que fueron cubiertos por la ley de indulto 49
de 1985 –expedida como ley de autorizaciones- que facultaba al jefe del Ejecutivo para su
otorgamiento. Aunque no se cuenta con cifras más precisas puede colegirse que este último
decreto de indulto pudo haber cobijado a casi doscientos integrantes de diversos grupos
armados no estatales.
Bajo la administración Barco se reinició la búsqueda de acuerdos con el M19, esta vez
mediante la dirección del Ejecutivo sin previas promesas electorales. Esta estrategia se
complementó con la presentación de un proyecto de indulto, cuya futura aplicación, una
vez se verificara la desmovilización y dejación de las armas, se incluyó dentro del
“Acuerdo Político entre el Gobierno Nacional, los Partidos Políticos, el M19, y la Iglesia
Católica en calidad de tutora moral y espiritual del proceso” suscrito el 2 de noviembre de
1989. La Ley 77 de 1989 otorgó finalmente el perdón judicial -extinción de la acción penal
y de la pena- cuya aplicación para los casos individuales se reglamentó a través del decreto
213 del 22 enero de 1991.

114
Villarraga Sarmiento, Álvaro Los procesos de paz en Colombia p.17 Fundación Cultura Democrática,
Bogotá 2015.

166
El Gobierno suscribió acuerdos de desmovilización e incorporación a la vida civil con el
Partido Revolucionario de los Trabajadores -25 de enero de 1991- y el Movimiento
Armado Quintín Lame -27 de mayo del mismo año -, en cuyos textos respectivos se aludía
a la mencionada ley de indulto y su correspondiente decreto reglamentario.

El conjunto de alzados en armas que fueron desmovilizados entre 1990 y 1993 puede
resumirse de la siguiente manera: EPL –ejército popular de liberación- 2000; M19 –
movimiento 19 de abril- 900; PRT –partido revolucionario de los trabajadores- 200; MAQL
–movimiento armado Quintín Lame- 157; CER –comandos Ernesto Rojas- 25; y 5 más de
otras organizaciones, para un total de 3287115.

Por su parte, mediante los acuerdos firmados por el gobierno Gaviria con el frente
Francisco Garnica de la Coordinadora Guerrillera el 30 de junio de 1994, y los posteriores
acuerdos suscritos entre la administración Samper y el Movimiento Independiente
Comandos Armados MIR-COAR el 29 de julio de 1998, se arribó a un número adicional de
insurgentes desmovilizados que ascendieron a un total de 1404 correspondientes a:
Corriente de Renovación Socialista, 433; Milicias, 600; Frente Francisco Garnica, 150;
Movimiento Independiente Revolucionario Comando Armado, 171.

Estas medidas tuvieron por su parte considerable éxito como quiera que con base en ellas
las mencionadas agrupaciones rebeldes habilitaron su participación política como
candidatos y miembros electos o designados para conformar la Asamblea Constituyente de
1991, que vino a ser, no solo el primer ejercicio auténtico del constituyente primario en la
historia del país sino también el primer foro democráticamente convocado con
participación de grupos rebeldes previamente transformados en actores políticos.
Posteriormente, y en relación con las negociaciones adelantadas con la Corriente de
Renovación Socialista se expidió una nueva ley de indulto -Ley 104 de 1993- que
contemplaba el otorgamiento de otras medidas como auto inhibitorio, preclusión de
investigación y cesación de procedimiento en los casos de delitos políticos y conexos. A
esta norma se hizo referencia para su aplicación en el correspondiente acuerdo de
desmovilización y reinserción suscrito con ese grupo el 9 de abril de 1994.
Un mes más tarde -26 de mayo- se formalizó un nuevo acuerdo de desmovilización y
reinserción, esta vez con varios grupos de milicias de la ciudad de Medellín -Milicias
Populares del Pueblo y para el Pueblo, Milicias Independientes del Valle de Aburrá y

115
PNR, Plan Nacional de Rehabilitación El programa de reinserción en Colombia 1990-1994: Balance de un
proceso. Bogotá 1994.

167
Milicias Metropolitanas, en cuya posterior implementación, vendría a producirse el
reintegro a la vida civil de al menos integrantes-.
La expedición de la Ley 418 de diciembre de 1997 -artículo 51- durante la administración
Samper -prorrogada de manera sucesiva mediante Leyes 548 de 1999, 782 de 2002,1106 de
2006 y 1421 de 2010, esta última actualmente en vigor- previó el otorgamiento de indultos
individuales para miembros de las guerrillas que manifestaran su voluntad de
desmovilización siempre y cuando se tratara de delitos políticos, completando con ello una
vigencia de veinte años. Esta disposición estatuye una amplia exclusión de los delitos
susceptibles de considerarse como indultables. En efecto, según su artículo 50 los indultos
no se aplicarán a autores de conductas “atroces, de ferocidad o barbarie, terrorismo,
secuestro, genocidios (sic), homicidios cometidos fuera de combate, o colocando a la
víctima en estado de indefensión”.

II. NATURALEZA, ESTRUCTURA Y CARACTERÍSTICAS DEL PROYECTO DE


LEY DE ALTERNATIVIDAD PENAL

El proyecto de ley conocido como de “Alternatividad Penal” presentado por la


administración Uribe Vélez el 21 de agosto ante el Congreso, se enmarca en el contexto de
las conversaciones adelantadas con diferentes grupos de autodefensa y hace parte de la
política de recuperación de la autoridad del Estado, implantación de la seguridad
democrática y la reducción de los grupos armados irregulares por la acción de la fuerza
legítima en cabeza de aquel.
Intenta procurar una herramienta jurídica para la reincorporación a la vida civil de quienes
habiendo empuñado las armas tanto para combatir al Estado como para suplantarlo, se
encuentran comprometidos en la perpetración de graves delitos, cuyo tratamiento jurídico
excluye, por su gravedad, la posibilidad de fórmulas tales como la amnistía y el indulto.
La irrupción a partir de 1997 de los grupos paramilitares en un despliegue altamente
organizado acompañado de una sistemática comisión de atrocidades como parte de su
estrategia de infligir golpes a la guerrilla de las FARC mediante su incursión desde el golfo
de Urabá hacia el sur conllevó la continua y creciente degradación en los métodos y medios
de combate empleados por los grupos organizados no estatales en el decurso del conflicto
armado interno de manera que tanto la perpetración de crímenes de guerra por parte de los
grupos insurgentes y de crímenes de lesa humanidad por los paramilitares terminaron por
convertirse en parte constitutiva de los patrones tácticos de conducción de la guerra.
Incluso, reconocidos voceros de la insurgencia y la contrainsurgencia armadas no sólo han
admitido abiertamente y sin ambages la autoría de crímenes atroces sino que también han
esgrimido públicamente en múltiples ocasiones diversas justificaciones y razones sobre la
pretendida legitimidad de sus procedimientos. Las masacres de campesinos inermes han
sido justificadas bajo el argumento de que se trataba de miembros de la guerrilla o
auxiliadores de ésta; el secuestro masivo de personas civiles y los rescates exigidos a
168
cambio de su liberación han sido calificados como contribuciones forzosas, e incluso, como
una forma de redistribución de la riqueza; el desplazamiento forzado de personas como la
limpieza de informantes; el homicidio fuera de combate se presenta como la eliminación de
objetivos militares cuya supuesta pertenencia a las filas del adversario se ha corroborado
previamente, con testimonio o informes de testigos.
La ratificación por Colombia de numerosos instrumentos internacionales de derechos
humanos, así como la expedición de leyes fuertemente represoras de ciertas conductas
penales consideradas explícitamente como no amnistiables e inindultables (-Ley 733 de
2002 que dio ese tratamiento a los delitos terrorismo, secuestro y extorsión al calificarlos
como atroces y no susceptibles de ser considerados como conexos con el delito político-)
acarrean como consecuencia, según el Gobierno, la imposibilidad de adoptar medidas de
perdón para el grueso de los delitos cometidos por las cúpulas de los movimientos armados
ilegales existentes en el país.
De otra parte, la presentación del proyecto de ley se encadena con el adelantamiento de una
fase exploratoria de conversaciones orientadas a la desmovilización e incorporación a la
vida civil de los grupos de autodefensa -Autodefensas Unidas de Colombia, Autodefensas
de Casanare, Bloque Centauros, Bloque Caribe, Bloque Nutibara, etc.- cuya conclusión se
protocolizó en el Acuerdo de Santa Fe de Ralito suscrito el 15 de julio de 2003 por los
voceros del gobierno, los jefes de los grupos que participan en el proceso y varios jerarcas
de la iglesia católica. La fase cuyo inicio y desarrollo las partes convienen es la de una
negociación formal que debería culminar con la desmovilización de los grupos
involucrados en el proceso antes del 31de diciembre del año 2005. Si bien existen algunos
grupos de las Autodefensas que no se han vinculado formalmente al proceso, se estima que
al menos unos 10 000 hombres armados se desmovilizarían y concentrarían después en
zonas a definir por el Gobierno.
El proyecto de ley asume una perspectiva de justicia transicional, según la cual, se trata de
conciliar entre los intereses de la justicia y las necesidades de la paz en una situación donde
la agudización de la guerra entraña el mayor obstáculo para la consecución del imperio del
derecho. En este sentido, el proyecto se concibe a sí mismo como un dispositivo jurídico
excepcional en una situación enteramente por fuera de la normalidad institucional que por
definición no puede acudir a los mecanismos y fórmulas propios de una situación de
normalidad.
Al mismo tiempo, el proyecto concibe el escenario de la justicia penal como el ámbito
adecuado y dotado de las condiciones necesarias para tramitar las exigencias de la justicia,
de manera que la desmovilización de los alzados en armas no constituya una negación de la
institucionalidad del poder judicial.
Como consecuencia de lo anterior, se parte de la premisa esencial de que el mecanismo
judicial para permitir la reinserción a la vida civil no sea ninguna fórmula de amnistía o
indulto, sino en lugar suyo, el otorgamiento de un subrogado penal consistente en la
suspensión condicional de la condena, para cuya consecución se requiere del cumplimiento
de unos requisitos grupales e individuales, la ejecución de medidas de reparación y la
169
imposición de penas alternativas en cabeza del destinatario de la norma o beneficiario del
mencionado subrogado penal.

En ese sentido, los autores del proyecto enfatizan sobre la necesidad de proveer los
procedimientos necesarios para que una adecuada reparación de las víctimas pueda llevarse
a cabo, al y subrayan la inconveniencia de acudir a las medidas punitivas por excelencia
como la prisión o la pena privativa de la libertad personal, para en lugar suyo establecer una
serie de penas alternativas o accesorias que reemplazarían a aquella. La cuestión está en
definir si los requisitos exigidos para la aplicación del beneficio son suficientes para
garantizar la finalidad perseguida por la norma, y si se satisfacen los estándares mínimos en
materia de verdad, justicia y reparación. Sobre estos temas existen distintas posiciones que
serán expuestas en una parte posterior de este documento.

1. Estructura

En virtud del marcado ascendiente del proceso penal como escenario para la tramitación
judicial de la desmovilización se tiene que, conforme a su naturaleza exclusivamente
individual y como quiera que el sistema de asignación de responsabilidad criminal excluye
el tratamiento colectivo de una pluralidad de sujetos, se trate en todos los casos de
situaciones personalizadas.
El subrogado penal de la suspensión condicional de la pena se enmarca en un contexto de
trascendencia o relevancia pública consistente en que su procedencia ab initio la determina
el que en cada caso particular se encuentre “comprometida la paz nacional”. La posible
afectación que un caso individual pueda llegar a ejercer sobre el contenido implícito en
dicha noción de paz nacional sólo puede depender de la magnitud de la influencia que el
individuo perteneciente a un grupo armado organizado al margen de la ley tenga sobre la
composición, orientación estratégica y capacidad táctica del mismo. Dicho en otras
palabras, la capacidad de afectación del bien jurídico de la paz nacional se encuentra en
estrecha dependencia de la ubicación jerárquica, mando efectivo y ascendiente que el
miembro del grupo armado de que se trate tenga sobre este. De allí entonces que de manera
implícita, pero por ello no menos definitiva, el ámbito personal de adjudicación del
subrogado penal se circunscriba a los miembros de las cúpulas e incluso de los mandos
medios de dichas organizaciones, sin que su acotamiento preciso sea definible
anticipadamente.
El subrogado penal conlleva de modo necesario la existencia de una sentencia penal
condenatoria, que como tal supone la conclusión de la investigación de los hechos a cargo
de la Fiscalía General de la Nación, previa resolución de acusación por parte suya,
evaluación del material probatorio por parte del juez y expedición de la sentencia.
La situación fáctica de los grupos armados al margen de la ley y la de sus miembros
ubicados en rangos elevados de la correspondiente estructura jerárquica hacen improbable
que se encuentren involucrados en un solo evento criminal. Es por ello que en el proyecto

170
se dispone la aplicación del mecanismo a los casos que se encuentren en etapa de
investigación, para lo cual se prevé que se acojan a sentencia anticipada y hagan confesión
de aquellos hechos no cobijados por cualquiera de dichas dos modalidades, es decir, la
condena o la sentencia anticipada. De igual manera, la exclusión del régimen de
otorgamiento del subrogado penal de todos aquellos hechos delictivos que no se encuentren
en ninguna de las hipótesis procesales anteriores -condena, sentencia anticipada, confesión
conducente a esta- implica que, al menos a partir de una cierta racionalidad de los
destinatarios de la ley en cuanto a la evaluación de las ventajas que un tratamiento como el
propuesto les ofrece, habrán de esforzarse por efectuar una confesión lo más completa
posible de los múltiples actos criminales en los cuales se hallen envueltos. Empero,
tratándose de superiores situados en una cierta escala jerárquica, no es descabellado
suponer que buena parte de ellos sean autores intelectuales o instigadores de graves delitos
cometidos por otros miembros de su organización. Esta circunstancia podría inclinarlos a
ocultar muchos de los delitos cometidos en la no del todo infundada expectativa de lealtad
de sus inmediatos subordinados. Al mismo tiempo los estándares de responsabilidad penal
que les son aplicables como superiores a la luz del derecho internacional humanitario, y en
concreto de la cláusula general de responsabilidad establecida por el artículo 86 del
Protocolo Adicional II a los Cuatro Convenios de Ginebra, que los hace responsables por
los hechos criminales de sus subordinados bajo la presunción del conocimiento de los
mismos derivado de su propia condición de superior, implicaría que el alcance de la misma
difícilmente deje por fuera alguno sólo de los crímenes cometidos por el grupo armado al
margen de la ley.
Bajo esta disposición el mecanismo permitiría la obtención de una verdad judicial en tres
niveles: la verdad demostrada en los procesos penales ya tramitados que culminaron en el
proferimiento de una sentencia condenatoria; la verdad procesal de las investigaciones en
curso cuya conclusión se buscaría a través del mecanismo de la sentencia anticipada; la
confesión de aquellos hechos criminales que no habiendo sido juzgados ni encontrándose
en investigación ingresarían, de no mediar el dispositivo propuesto, probablemente en el
espacio de lo que se conoce como impunidad oculta.
Habría pese a todo, un ámbito adicional e igualmente importante que escapa a esta triple
dimensión de la verdad: el conocimiento de información relevante para la ubicación de
personas desaparecidas forzosamente, la determinación de restos humanos, etc. Esta se
encuentra prevista dentro del catálogo de las denominadas medidas de reparación, entre las
cuales se prevé el aporte de información que pueda conducir a tales fines. De modo
complementario se dispone como medida de reparación el suministro de información que
sirva para el desmantelamiento de las organizaciones armadas al margen de la ley.
La solicitud de otorgamiento del subrogado penal en cabeza exclusiva y discrecional del
Presidente de la República busca de una parte mantener el control del dispositivo en quien
ostenta el carácter de supremo responsable del orden público. Al mismo tiempo implica un
cierto grado de control político por los inevitables costos de legitimidad que la publicidad
inherente a su petición implica de cara a la opinión pública nacional y a la internacional.

171
Los movimientos o agrupaciones armadas destinatarias del régimen de subrogado penal son
los grupos armados organizados al margen de la ley. Esta definición contrasta con la
empleada en la Ley 782 de 2002 que a diferencia del proyecto incorpora de manera expresa
los elementos estatuidos en el artículo 1º del Protocolo Adicional II a los Convenios de
Ginebra. En efecto, el artículo 3º parágrafo 1º de aquella norma no sólo hace una remisión
directa al Derecho Internacional Humanitario sino que específicamente estatuye que se
entenderá para todos sus efectos, como grupo armado al margen de la ley aquel que “bajo la
dirección de un mando responsable, ejerza sobre una parte del territorio un control tal que
le permita realizar operaciones militares sostenidas y concertadas”. La ausencia de tal
remisión o incorporación se acompaña de una denominación inconsistente dentro del
propio texto, como quiera que mientras el título del proyecto se refiere escuetamente a
“grupos armados” el artículo 2º señala a “grupos armados organizados al margen de la ley”.
Esta dualidad nominativa permite interpretar de dos modos completamente distintos,
cuando no antagónicos, el alcance del tipo de organizaciones que estarían cubiertas por el
proyecto. El alcance implícito en la primera denominación es muy amplio, por cuanto allí
cabrían no solamente bandas delincuenciales, organizaciones criminales, compañías de
seguridad, ejércitos privados y pandillas juveniles, sino lo que es más sustancial, los
propios organismos de seguridad del Estado y la misma Fuerza Pública, todas las cuales,
pese a sus inmensas diferencias, presentan el denominador común de ser un conjunto
personas provistas de armamento. La órbita de la segunda denominación se circunscribe a
las agrupaciones que operan en la ilegalidad, pero no elimina la inclusión dentro de la
misma de bandas u organizaciones simplemente criminales. Si bien, la condición posterior
para la procedencia de la solicitud del beneficio consistente en que tales grupos hayan
declarado un cese de hostilidades y participen activamente en un proceso de paz parecería
prima facie eliminar esta inconsistencia. Ello sin embargo no queda definitivamente
resuelto por cuanto el proyecto dispone también la posibilidad de aplicaciones individuales
del régimen de subrogado penal respecto de las cuales no sería aplicable esta
especificación, quedando un denso umbral de incertidumbre.

2. Condiciones de procedibilidad

La facultad discrecional y exclusiva del Presidente de la República para solicitar al juez el


otorgamiento del beneficio se encuentra sometida a la existencia de siete condiciones que
deben concurrir en su totalidad para que sea posible legalmente su ejercicio. El carácter
discrecional de la decisión presidencial se reduce a que el juicio político sobre la
conveniencia o inconveniencia de formular la solicitud queda enteramente al arbitrio del
jefe de estado, pero esta se limita obligadamente en cuanto precisa de la satisfacción de las
siete condiciones mencionadas.
Tales condiciones pueden agruparse en dos conjuntos: las objetivas -aquellas referidas a
que el destinatario haya sido previamente condenado y a su estatuto de miembro del grupo
organizado al margen de la ley -, y las declarativas o volitivas - diversos compromisos
consistentes en la manifestación o promesa de no cometer delito doloso, ejecutar actos que
contribuyan efectivamente a la reparación de las víctimas, la superación del conflicto y el

172
logro de la paz, no salir del país sin previa autorización judicial, informar cualquier cambio
de residencia, y por último, comparecer personalmente ante la autoridad judicial cuando
esta así lo requiera.
Las condiciones objetivas* parecen ser lo suficientemente claras como para no requerir de
mayor atención. Sin embargo ello no ocurre en lo que hace a la segunda condición, como
quiera que la misma alude en realidad a dos condiciones en una sola, esto es, que el grupo
armado organizado al margen de la ley no solamente haya declarado un cese de hostilidades
sino que también participe “activamente” en un proceso de paz. Eso quiere decir que no
sería suficiente que uno de tales grupos haya declarado un cese unilateral del fuego ni
tampoco un cese unilateral de hostilidades, con lo cual un proceso estancado entrañaría su
exclusión como grupo eventualmente beneficiario del subrogado penal.
Estas condiciones se predican de manera general en todos los casos, pero al mismo tiempo
dejan de aplicarse parcialmente cuando se trata de miembros de grupos armados al margen
de la ley que abandonen de manera individual y en forma voluntaria su respectiva
organizaciones y las armas. En este evento, como es obvio, no se precisa la satisfacción de
la segunda condición consistente en que el grupo armado organizado el margen de la ley
“haya declarado un cese de hostilidades y participe activamente en un proceso de paz”.
La extensión de la facultad discrecional presidencial para “personas que hayan participado
directamente en las hostilidades”, en la medida en que se ubica por fuera de la condición
señalada de pertenencia uno de dichos grupos significa que el régimen especial de
subrogado penal en el contexto descrito puede aplicarse también a miembros de la Fuerza
Pública. Esta extensión lleva aparejada consigo la implícita posibilidad que el juez penal
militar pudiese conocer de estos casos cuando exista sentencia condenatoria previa o
cuando el miembro suyo satisfaga las seis condiciones restantes.

3. Acumulación de sentencias

La condición individual de los destinatarios del régimen de subrogado penal, por las
características descritas atrás -rango jerárquico en la cadena de mando, control en calidad
de superior -, implica forzosamente una magnitud criminal tal que esta se traduce en la
existencia de varias sentencias previas así como la confesión de múltiples hechos
delictivos, las cuales dentro del procedimiento penal habrán de acumularse bajo un único
juez de conocimiento. Este proceso demandará un período considerable hasta que se surta
su valoración probatoria así como la sentencia anticipada correspondiente. El Proyecto no
define ningún tipo de regulación para esta etapa previa a la concesión del subrogado en
relación con la situación de custodia de los destinatarios de la medida. Tampoco queda
claro si la solicitud del beneficio conlleva la suspensión de las órdenes de captura
existentes. Además, en consonancia con lo anterior, es presumible que algunos de los
superiores en el mando de dichos grupos hayan recibido dentro del proceso de negociación
la condición de “miembros representantes” con el consecuente levantamiento de las
respectivas órdenes de captura.

173
4. Término de supervisión

La duración del período durante el cual permanece la suspensión condicionada se fija


dentro de un intervalo que oscila entre un mínimo de uno y un máximo de cinco años.
Durante este se prevé el monitoreo de las obligaciones impuestas al beneficiario de la
medida subrogatoria mediante un sistema de visitas e informes periódicos -incluso
mensuales- a cargo del juez de ejecución de penas y medidas de seguridad. La gratuidad del
período señalado salta a la vista. Su rigidez y brevedad se encuentran en manifiesta
contradicción con la naturaleza y gravedad de las conductas criminales; se desvincula por
completo del eje central constituido en el proyecto por la sentencia condenatoria en cuanto
diluye cualquier relación con la duración de esta; desconoce la necesaria acumulación de
sentencias con su incremento en la pena privativa de la libertad; por último, vulnera la
proporcionalidad debida respecto de la pena máxima que podría alcanzar hasta 60 años.
En este sentido el término de duración del subrogado penal malogra la finalidad consignada
en el propio proyecto de convertir el cumplimiento de la pena en pena suspendida, al
reducir temporalmente la condicionalidad misma a un período completamente exiguo en
relación con aquella.
Además, si bien se trata de situaciones jurídicas diferentes, se deja irresuelto el tema de la
relevancia y acumulación de beneficios que la ley penal contempla para quienes cumplen
con los términos fijados en ella. En estricto sentido el período de supervisión establecido no
es susceptible de modificación por cuanto se trata de una pena suspendida que como tal no
se cumple, pero en la medida en que el principio de favorabilidad se encuentra instituido
dentro de un sistema penal garantista como el nuestro en calidad de un derecho
fundamental del procesado, la aplicabilidad del sistema de beneficios podría ser invocado
en su favor por el destinatario, suscitando con ello un turbio debate judicial.
A la incongruencia de la duración fijada para la medida subrogatoria se añadiría, en este
último supuesto, una no del todo descartable reducción que terminaría por convertirla en un
simulacro de sanción.

5. Prórroga y revocatoria del beneficio.

Durante el término fijado para la suspensión condicional de la pena el beneficiario de esta


habrá de dar cumplimiento a las cinco condiciones de procedibilidad declarativas o
volitivas, cuyo incumplimiento total o parcial acarrea el restablecimiento de la plenitud de
la sanción privativa de la libertad. Su cumplimiento, durante el término señalado, determina
la conversión del subrogado penal en libertad definitiva.
La Comisión de Verificación, cuya integración queda en manos del Presidente es el órgano
encargado de declarar tanto el cumplimiento como la eventual inobservancia de las
condiciones exigidas.

174
6. Reparación a cargo del Estado y de los victimarios

La reparación se establece como una condición previa cuyo compromiso de efectuar asume
el destinatario; como una obligación a satisfacer durante el período fijado de duración del
subrogado penal; y como una condición cuya realización habilita la transformación del
subrogado penal en libertad definitiva.
Su extensión se centra en la indemnización tanto individual como simbólica hacia las
víctimas personal y colectivamente consideradas.

7. Los alcances de la reparación

Se prevén nueve modalidades reparatorias o “actos de reparación” que pueden agruparse en


tres categorías:
A. Indemnizatorias, reparativas o pecuniarias, que comprenden la reparación prevista en la
ley, el aporte de bienes a instituciones dedicadas al trabajo social a favor de la
recuperación de las víctimas y la entrega de bienes al Estado con los cuales se prevé la
conformación de un Fondo de Reparación;

B. Restaurativas, que comprenden la realización de trabajo social a favor de las víctimas


así como la colaboración activa y efectiva con instituciones que se dediquen al trabajo
social en favor de ellas;

C. Simbólicas, que comprenden la manifestación pública de arrepentimiento;

D. Informativas orientadas a la disminución de hechos violentos, que comprenden la


colaboración activa y efectiva en la desmovilización de organizaciones armadas al
margen de la ley, la colaboración eficaz al esclarecimiento de los hechos ocurridos con
ocasión del conflicto, y el aporte de información que contribuya eficazmente a la
desarticulación de los grupos organizados al margen de la ley.

Las formas de reparación previstas son dispares, difieren profundamente en su sentido,


carecen de claridad en cuanto a su concurrencialidad obligatoria o facultativa, ofrecen cierta
ambigüedad respecto de la finalidad que pretenden satisfacer, y presentan un notorio
desequilibrio en el conjunto de las mismas que se traduce en un exceso de formas de
reparación correspondientes a la disminución de hechos violentos y un déficit respecto de la
reparación simbólica o manifestación pública de arrepentimiento.

8. Cláusula de Proporcionalidad y Gradualidad

El sistema de reparación va acompañado de una cláusula genérica en la cual se introduce un


criterio de proporcionalidad para la imposición de cualquiera de los nueve tipos de actos de
reparación contemplados. En virtud de dicha cláusula, el Juez, en el momento de definir las
obligaciones destinadas a la reparación, habrá de hacerlo teniendo en cuenta la situación de
las víctimas, las calidades personales del condenado, su aporte a la superación del conflicto

175
armado o la consecución de la paz y la gravedad de los hechos por los cuales es
responsable.
Esto es particularmente relevante* en tratándose de la reparación simbólica como quiera
que esta puede satisfacerse mediante manifestaciones puramente externas y abstractas de
contrición, confinadas a su reconocimiento dentro del proceso penal, sin que las mismas
atañan a las comunidades o agrupaciones victimizadas de manera masiva, y sin que se exija
su sinceridad y la indispensable publicidad para que adquieran realmente carácter de
reparación simbólica.
De igual manera debe ponerse de presente que en presencia de la acumulación de
sentencias y procedimientos de sentencia anticipada, la simple pluralidad de actos de
reparación que estatuye el Proyecto no impediría que el Juez, de manera definitiva, y aun
pese a las impugnaciones de las víctimas, determine como satisfecha la condición de
reparación de las víctimas con el suministro de alguna información para la disminución de
hechos violentos, o con una sola entrega de bienes.
La entrega de bienes como medida de indemnización no distingue entre muebles e
inmuebles, y entre estos tampoco distingue entre los de procedencia lícita y los de origen
ilícito. Esto último permitiría que la reparación se efectúe con propiedades y bienes de
origen ilícito, e incluso de manera exclusiva con estos dada la vaguedad respecto de las
diversas modalidades de reparación.

9. La Comisión de Verificación

La magnitud de la empresa de reparación requerida por la dimensión de los crímenes


perpetrados por los superiores de las agrupaciones armadas al margen de la ley hace
aconsejable que la supervisión y monitoreo del cumplimiento de los actos y medidas
destinadas a realizarla, no quede circunscritos exclusivamente a la supervisión de las
autoridades judiciales.
Es imprescindible que la instancia de control de las medidas de reparación y la perspectiva
de las víctimas encuentren un lugar común y una vocería de conjunto, que haga viable la
dimensión de justicia reparativa. De ella no puede dar cuenta de manera suficiente el
aparato judicial, tanto por su propia incapacidad logística e institucional como por la
diferente orientación filosófica y funcional en relación con las víctimas.
Es pues imprescindible la existencia de una instancia de verificación que cuente con un
mínimo de pluralidad e independencia para garantizar la efectiva tramitación de la tarea de
reparación, cuya materialización habrá de precisar una serie de acciones y desarrollos
dilatados en el tiempo, de manera que responda a la inmensidad de los requerimientos y
pueda realmente evaluar si se cumplen o no las medidas de reparación impuestas.
Las condiciones personales de los futuros integrantes de la Comisión de Verificación así
como su composición deben, a su vez, garantizar los diferentes sectores estatales y sociales
que se ocupan de temas relevantes en el tratamiento de recuperación de víctimas.

176
10. El régimen de Penas Alternativas

Las medidas de privación de ciertos derechos para los destinatarios del subrogado penal
están previstas como condición para su otorgamiento. Se trata de sanciones que acompañan
la suspensión condicional de la pena y que consisten en inhabilitar, prohibir, privar y
restringir determinados derechos o facultades:

- inhabilidad para el ejercicio de funciones públicas hasta por 10 años


- inhabilidad para el acceso a cargos de elección popular hasta por 10 años
- prohibición de la tenencia y porte de armas hasta por 10 años
- privación de residencia o asistencia a ciertos lugares donde se hayan cometido los delitos
o residan las víctimas hasta por 20 años - expulsión del territorio nacional para los
extranjeros

- prohibición de aproximarse a o comunicarse con las víctimas hasta por 10 años -


restricción geográfica de la libertad hasta por 10 años

Como quiera que la legislación penal sólo admite cuatro clases de penas -principales,
sustitutivas, privativas de ciertos derechos y accesorias- la denominación de las sanciones
aquí previstas no corresponde a la terminología de dicha normativa. Su calificación como
“alternativas” parece obedecer a la dificultad de encuadrarlas, bien sea como privativas de
otros derechos, dado que estas acompañan a la principal -que en la lógica del proyecto se
encuentra suspendida- o bien sea como accesorias hipótesis que no se cumpliría puesto que
no reemplazan a la pena condicionalmente suspendida -, por lo que se acuña una
denominación nueva. Sin embargo las medidas concretas previstas como alternativas son en
realidad las mismas contempladas por el ordenamiento penal (artículo 43 Código Penal),
salvo la relativa a la prohibición de aproximarse o comunicarse con las víctimas y la
restricción geográfica de la libertad.
La pena alternativa de restricción geográfica aparece como la única distinta a las penas
privativas de otros derechos y parece confundirse con la prisión domiciliaria, que dentro de
la estructura del ordenamiento penal colombiano pertenece a la categoría de las penas
sustitutivas de la pena de prisión, sin que tal tratamiento se asuma en el proyecto. La
denominación otorgada al proyecto de “Alternatividad penal” podría encontrar aquí un
ingrediente que justifique tal nomenclatura si esta pena sustitutiva se asumiera como
accesoria, con lo cual la modificación introducida al sistema existente cobraría un mayor
sentido y consultaría el nombre o rótulo que le ha sido asignado.
De otra parte hay que tener en cuenta que las penas alternativas consistentes en la privación
de derechos políticos y civiles parecen estar en contradicción con el propósito explícito del
proyecto de ofrecer un marco jurídico aplicable en general tanto para la insurgencia armada
como para la contrainsurgencia armada. En efecto, la privación de derechos políticos
significaría de hecho la exclusión de cualquier proyecto político como colectividad
organizada de aquella, en la cual pudiera participar de manera activa el líder juzgado y
condenado.

177
Si bien en teoría estas medidas podrían ser concurrentes, con lo cual se cimentaría su
talante de penalidad alternativa, algunas de ellas, especialmente si se aplican de manera
exclusiva, resultan irrisorias como aquella consistente en no acudir a ciertos lugares o la de
comunicarse con las víctimas.
En este sentido es importante señalar que no resulta del todo claro el carácter concurrente o
excluyente de las penas alternativas, cuya determinación única parece estar deferida por
entero al criterio judicial. Su regulación genérica en el ordenamiento penal no parece
suficiente para dar cuenta del contexto específico en el cual se opera tanto por la magnitud
de los crímenes como por la modalidad propia del subrogado penal. La ausencia de criterios
para su imposición habilita una interpretación laxa y benigna de los mismos, permitiendo
por ejemplo, que la restricción geográfica se convierta en una pena alternativa
completamente excepcional. Sería importante incluir en este componente del proyecto,
cuando menos, una cláusula que vincule al Juez a la aplicación del principio de
proporcionalidad.

III. CRÍTICAS AL PROYECTO DE LEY POR LOS ORGANISMOS


INTERNACIONALES Y LAS ONGS.

Tanto la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos
como varias organizaciones de derechos humanos -Colectivo José Alvear Restrepo,
Comisión Colombiana de Juristas- coinciden en las siguientes críticas:
a. No se reconoce claramente la obligación del Estado en materia de reparación
cuando esta no ha sido satisfecha por el responsable directo de los crímenes
b. Hay una inadecuación de los mecanismos de reparación en relación con la
retribución o indemnización de las víctimas
c. No se impide que los victimarios se beneficien con la suspensión de la pena sin que
las víctimas hayan recibido efectiva reparación
d. No se ponen de manifiesto las obligaciones del Estado en materia de derechos
humanos
e. No se dispone el cumplimiento de condenas y se desconocen los principios
democráticos de una sanción proporcional y adecuada, los cuales también se vulneran por
el carácter excesivamente suave de las penas alternativas. Se estaría desconociendo
mediante medidas excluyentes de responsabilidad penal, entre otras disposiciones, el
artículo 18 de la Declaración sobre la protección de todas las personas contra las
desapariciones forzadas así como el artículo 28 del Conjunto de
Principios para la protección y promoción de los derechos humanos
f. Se abre la puerta a la impunidad en la medida en que no se sanciona adecuadamente
a los responsables, al dejar sin efecto la ejecución de la condena permitiendo que los
autores de crímenes más graves no se sometan a un solo día de cárcel
g. La obtención de libertad definitiva al cabo cinco años excluye cualquier control
sobre los responsables

178
h. La noción de víctima no recoge adecuadamente las definiciones contenidas en los
instrumentos internacionales, especialmente, en cuanto a los hechos que producen la
victimización, la relación entre víctima directa y otras víctimas, así como el concepto de
daño
i. La facultad conferida al Presidente de la República para solicitar el otorgamiento del
subrogado penal desconoce la separación de poderes, vulnera el principio de igualdad y
contiene elementos subjetivos ajenos a la actividad judicial que lesionan la independencia e
imparcialidad del juez
j. No se garantiza suficientemente el derecho a la verdad dentro de las obligaciones
impuestas al beneficiario

IV. RECOMENDACIONES

1. Término de la suspensión

En la medida en que la sentencia penal cuya ejecución se suspende de manera condicional


constituye la espina dorsal del tratamiento punitivo para quienes perteneciendo a
movimientos armados al margen de la ley comprometidos en cese de hostilidades y
acuerdos de paz se reincorporen a la vida civil, es determinante la extensión temporal de
permanencia del status condicional.
El término de suspensión debe ir necesariamente ligado al período fijado como pena en la
sentencia condenatoria que da lugar al subrogado penal.
El término de 5 años previsto en el proyecto -artículo 2, parágrafo tercero- fractura esa
relación, y resulta manifiestamente exiguo respecto de sentencias condenatorias que por la
gravedad de los crímenes pueden alcanzar, en la legislación colombiana, hasta 40 años de
prisión.
El término de suspensión, que es también el de verificación y determina el lapso en el cual
habrán de ejecutarse los actos de reparación, debería ser exactamente igual al de la pena.

2. Exclusión de Beneficios

La duración del término de suspensión puede verse disminuida por efecto de los beneficios
derivados de la confesión, la sentencia anticipada y la colaboración con la justicia, cuya
acumulación podría llegar a significar una disminución de una tercera 1/3 parte. De esta
manera, el término de suspensión podría llegar a ser en la práctica incluso inferior al plazo
señalado en el proyecto de 5 años.
Debe disponerse, en consecuencia, de manera expresa la imposibilidad de acumulación de
beneficios al régimen del subrogado penal contemplado.

179
3. Ámbito material de aplicación

Pese a que el proyecto se asienta sobre el tratamiento general a toda clase de conductas
delictivas sin establecer distinciones en cuanto a su gravedad, y el criterio de
proporcionalidad pretende atender en alguna medida la magnitud criminal de lo que está en
juego, existen ciertos hechos particularmente atroces por las circunstancias de
sistematicidad, indefensión y crueldad con los que fueron perpetrados. Tales hechos cuyo
impacto nacional permite diferenciarlos claramente de la masa común de los delitos
cometidos ameritarían un tratamiento distinto. En ese sentido, si bien exclusiones expresas
de ciertas atrocidades -tal como sucediera en Irlanda con el tratamiento diferencial
proporcionado a ciertos hechos particularmente ominosos como el Bloody Sunday- parecen
contradecir la lógica del proyecto, ello no obsta para que los hechos más repudiables por la
opinión pública quedasen sometidos a comisiones especiales de esclarecimiento o
mecanismos análogos encaminados a garantizar medidas reforzadas de reparación
simbólica. Un antecedente en este sentido lo ofrece la Comisión de Investigación designada
para la investigación de los hechos criminales cometidos con ocasión de la toma del Palacio
de Justicia en 1985.

4. Ámbito personal de aplicación

Subsisten umbrales de ambigüedad en cuanto a los destinatarios del proyecto. El vocablo


empleado de miembros de grupos armados al margen de la ley contrasta con el de personas
que hayan participado directamente en las hostilidades. Mientras que el primero tiene un
supuesto fáctico determinado, el segundo incluye miembros de las fuerzas armadas y podría
incluir a quienes hayan tomado parte en acciones hostiles de muy variada naturaleza. En
este sentido es importante indicar que la posibilidad de trazar un criterio de diferenciación
entre narcotraficantes vistiendo camuflado militar, miembros de los grupos insurrectos, y
contrainsurgentes sólo puede tener alguna probabilidad si se asume, como lo hace la ley
782 de 2002 -artículo 3º parágrafo 1º- el criterio definitorio establecido por el derecho
internacional humanitario consistente en que se trate de Parte en el conflicto que ejerza
sobe una parte del territorio un control tal que le permita realizar operaciones militares
sostenidas y concertadas.

5. Vigencia de la ley

El carácter excepcional y transicional del mecanismo precisa de una vigencia delimitada en


el tiempo que no puede extenderse indefinidamente so pena de contrariar su propósito
mismo. El proyecto no define este aspecto como tampoco establece ningún referente
cronológico sobre su aplicabilidad anterior. Esta definición puede vincularse al proceso de
negociación ya adelantado y el plazo fijado para la desmovilización completa de las
Autodefensas hasta el 31 de diciembre de 2005, y con un plazo más extenso para las
desmovilizaciones individuales.

180
6. Concurrencialidad o regulación de las medidas de reparación/publicidad/bienes

La dimensión de la reparación sólo puede garantizarse en una medida significativa si se


exige como imprescindible la pluralidad y la concurrencialidad de las medidas de
reparación. Debido a la índole diversa de las medidas de reparación contempladas
indemnización, simbólica, reparación propiamente dicha e información preventiva- en
principio, debe exigirse la imposición, como mínimo, de una de cada categoría, de manera
que en todos los casos se tenga una medida para cada clase, es decir, un mínimo de tres
medidas de reparación: indemnizatoria, personal y simbólica.

7. Concurrencialidad o regulación de las penas alternativas

La regulación de las penas alternativas debe establecer un mínimo cuantitativo para su


imposición y no tan solo disponer de un máximo, por cuanto la definición a cargo del juez
podría ser irrisoria. Así mismo, debe establecerse claramente su carácter concurrencial y
establecer la pena alternativa de prisión domiciliaria como un género mixto de
alternatividad concurrencial.

8. Finalidades contrapuestas: desmovilización y deserción

Así mismo, las sanciones alternativas destinadas a privar a los condenados de derechos
políticos resulta contradictoria respecto de la guerrilla, cuyas pretensiones ostentan todavía
un carácter claramente político. Este tipo de sanciones, cuya extensión temporal puede
extenderse hasta por diez años, constituye una implícita descalificación de los destinatarios
de los grupos armados insurreccionales. Con esta disposición se acentúa la doble finalidad
del proyecto cuya lógica respectiva parece contradictoria entre si: desmovilización para las
autodefensas y deserción para las guerrillas.

9. Fortalecimiento de la Comisión de Verificación

La Comisión de Verificación requiere una participación plural y representativa que


garantice la presencia de personalidades que reúnan las más altas calidades éticas e
intelectuales, y que gocen de una inequívoca independencia respecto del Ejecutivo. En
consecuencia debe garantizarse a sus miembros tanto un período fijo para su
funcionamiento como para el ejercicio de su cargo. De lo contrario, la instancia plural y
social se convertiría en una caricatura que no consulta la gravedad de los hechos y la
ingente tarea de reparación por emprender.

10. Papel del sistema judicial penal

En la medida misma en que el proyecto se sustenta sobre el sistema penal interno y le


otorga un voto de confianza a su capacidad de tramitar el proceso de reincorporación a la
vida civil, se echa de menos algún tipo de medida destinada a su fortalecimiento. Tal
ausencia es aún más notoria si se tiene en cuenta que el trámite interno como Ley

181
Estatutaria implica, justamente, la afectación de la estructura del aparato judicial. La
creación mediante la misma de una categoría o circuito especializado de jueces -con
formación en derecho internacional humanitario, derechos humanos y “victimología”- al
igual que el establecimiento de condiciones especiales para su protección -las presiones
externas a las que puedan estar sometidos pueden llegar a ser muy altas- aparecen como
medidas mínimas para garantizar en nuestro contexto, el adecuado funcionamiento del
poder judicial.

Amnistía en los Acuerdos de Paz celebrados entre el gobierno colombiano y las FARC
EP.

182