Vous êtes sur la page 1sur 3

MIGUEL CORDERO.

VERSION JAPONESA DE UNA CARICIA DENTRO DE


UN VENTILADOR PUBLICO.
El video empieza con una suave ventisca de música andina: los acordes, el llanto de las
cuerdas, las manos indígenas retorciéndose como una araña sobre el cuerpo del
instrumento me conducen por lugares que son lejanos y, al mismo tiempo, cercanos. El
polvo se eleva en humaredas de olvido en las cumbres andinas de Patabamba, tras el trote
accidentado de un station wagon. En unos cuantos segundos, su vientre motorizado se
desembaraza de un puñado de pobladores. Una corriente de rostros corroídos por la
emoción, la alegría y extrañeza van formando el primer material audiovisual que marca
mi relación con la obra de un artista arequipeño que hasta ese momento me era
indiferente: Miguel Cordero.
De rato en rato las nubes parecen besar la piel árida, seca e inhabitable del lugar a donde
han llegado hombres, mujeres, niños y el artista. Embutido en una chompa amarilla, de
proporciones gigantescas comparado al resto de personas que lo rodean, y con la melena
rizada oculta tras un chullo, Cordero dirige cual director de una orquesta el ritmo de su
obra. Las figurillas que se tiñen de ocre eran las notas musicales y el suelo de Patabamba
su infinito pentagrama. Debido a que desde hace unos meses curso clases de quechua,
logro atrapar algunas palabras que flotan del video; de igual forma el título no se me hizo
extraño. Pachaj significa cien, y chaki pie. Pachajchaki. Ciempiés. Poco a poco logro
vislumbrar, a través de esa neblina de preparativos, el puerto final. Desde los aires, la
cámara graba a las cincuenta almas que, unidas por la lana de su vestimenta, se contornean
en una marcha de brazos y piernas acompasada. Las imágenes son sobrecogedoras,
poéticas. Cargadas de sensibilidad y simpleza. El enorme insecto humano garabateaba en
la tierra los círculos de su vida, los altibajos de su existencia, la premura o la lentitud de
sus acciones, la fugacidad del tiempo. ¿Quién era Miguel Cordero? ¿Por qué había
decidido hacer una obra así? ¿Sus demás trabajos gozaban también de esa mística que a
ratos rozaban lo inefable e inverosímil?
En ese 19 de Julio, en una de las tantas noches frías del mes, se han dado cita, en la
construcción colonial del Cultural, una fotógrafa y un puñado de literatos para esbozar e
iluminar, con la linterna de la lectura e investigación, los artefactos poéticos de Miguel
Cordero, que durante casi un año vivieron encajonados entre las pilas de anuncios de la
sección Económicos del diario regional “El Pueblo”. El nombre de la creación es tan largo
y raro que a ratos se hace inasible e impronunciable. Hay que esforzar un poquito a la
memoria para que finalmente pueda recordarla con holgura. Versión japonesa de una
caricia dentro de un ventilador público. Los ponentes, quienes intentarán llevar de la
mano al público por los laberintos poéticos de Cordero, son el poeta Rodrigo Vera,
Eduardo Ugarte, Jesús Martínez Mogrovejo y la fotógrafa Luz María Bedoya.
Anteriormente había ya asistido a uno de los ciclos de conferencias de Escribir en el aire,
el cual dirige Maurizio Medo, en el auditorio del cultural. Ir a este tipo de eventos es de
vital importancia, ya sea por su aporte artístico o por la oportunidad que se nos ofrece
para correr el velo de indiferencia y clandestinidad que esta sociedad les impone a sus
artistas, entre ellos, Miguel Cordero.
El espacio para esta presentación es en esta ocasión más reducido, más intimista. Aquellas
personas que no llegaron a tiempo se quedaron afuera, con las palabras de sentencia del
vigilante de la puerta asesinando los deseos de conocer al artista. En la mesa poblada de
ejemplares de Versión de una caricia, papeles y botellas de agua se encuentran los
cirujanos que se encargaran de diseccionar la obra de Cordero, usando como instrumentos
las palabras, que en muchas ocasiones son más filudas que un bisturí.
Luz María Bedoya es fotógrafa de profesión, bajo los lentes de su cámara ha
inmortalizado las carreteras del Perú y sus desiertos omnipresentes que la acompañan.
Siguió estudios de literatura y gran cantidad de su obra visual reposa en Museos
nacionales e internacionales. Por eso tal vez, por ese pasado encariñado con el lenguaje,
su presentación es poética, rítmica. Habla de distancias, viajes y tiempos; y borda la vida
de Cordero en unos cuantos párrafos. Además, delinea la travesía por la que pasó Miguel
para publicar sus poemas en las oficinas de los avisos Supereconomicos del Pueblo. Abril
del 2018 había sido el mes elegido. Tras esta breve explicación no puedo imaginarme la
sorpresa que me habría llevado si hubiera sido yo una de las tantas personas que,
recorriendo con lapicero en mano las páginas ensopadas en tinta y trabajos, los poemas
filtrados en un ambiente tan extraño y hostil. Sin quererlo, sin desearlo o buscarlo, miles
de arequipeños han tenido un encuentro directo con las caricias de un artefacto poético;
el encuentro es tan fuerte, tan casual, que arremete como ciclón. La intervención de Luz
María termina y el público estalla en aplausos, impacientes por escuchar al siguiente
ponente.
El poeta Rodrigo Vera elogia el texto escuchado y, posteriormente, narra una anécdota
que tuvo con Cordero en Añashuayco, rescatando con esto algunos datos de su
personalidad puntillosa. Propone que a partir de unas cuantas palabras desmenuzará el
cúmulo de impresiones que el trabajo de cordero ha dejado en él. Añashuayco, Sorpresa,
Ritmo, Poesía. Dice que es un poema acción, y lo compara con un animal extraño que
surca las aguas del periódico. Como el animal liberado, devuelto a la vida, a la cotidiana
y banal. Su discurso está poblado de situaciones que por su irrealidad despiertan risas
entre los participantes, pero es tan sincera y cristalina que uno puede sentirse identificado
con él. Termina y de nuevo la ola de aplausos baña a los artistas. Ya solo quedan dos.
Jesús Martínez, poeta desprovisto de cabellos, empieza contando su experiencia en una
de las presentaciones de Cordero en Lima. Devela que fue un momento deslumbrante,
cargado de sincera admiración. Presenta su texto de ocho reflexiones, titulado “Cordero,
el carnaval imposible.” Empieza con el punto cero. Una breve introducción y una
aclaración de que no están ante poesía experimental; punto uno, saca cuentas, suma y
multiplica el costo total que le supuso a cordero ver sus poemas publicados, 10 palabras
a cinco soles, más cincuenta céntimos por palabra adicional; se utilizaron 193 palabras,
para las 14 publicaciones, haciendo un total de 115 soles con cincuenta céntimos; punto
2, habla de la sorpresa del lector, del supuesto proceso por el que su cerebro debe atravesar
después de leer el verso; punto 3, se refiere a la estratagema usada por el artista para
apropiarse de un medio ajeno, dedicado a la distribución de anuncios, para presentar su
denuncia contra el mundo; punto 4, acude a detallar la nocividad de la venta, del mero
espacio económico en el arte y de la necesaria denuncia que se le debe hacer; punto 5, la
dirección de Cordero no espera un retorno, es un lenguaje que carece de intencionalidad,
por lo que el lector que acude a él no busca nada; punto 6, se refiere al esfuerzo de leer
un poema dilatado; punto 7, habla de la legitimación, de la razón de ser, del motivo que
impulsó a Cordero a mandar sus poemas a la intemperie. La obstinación de Miguel, según
este ponente, reposa en la quinta publicación. Termina su intervención y la muerte de la
última frase de su discurso ordenado, dividido en puntos y con claras intenciones de
acompañar el trabajo de Cordero, mas no explicarlo, como él apuntó en el inicio, arranca
aplausos en la biblioteca virtual. Es el turno del último, y con más edades en el cuerpo,
de los ponentes.
Eduardo Ugarte, hombre de más de 70 años, poeta y periodista, inicia acercándose a
Cordero a través de un navegar lento, parsimonioso y paciente, adentrándose en sus
memorias y recorriendo de nuevo los lugares donde el rostro de Miguel Cordero aparece
por primera vez. Como en aquella entrevista que Eduardo le hizo, en la casona Chávez de
la Rosa, donde se topó con un hombre sin máscaras, sin darse grandes aires de artista, con
sus singularidades y extrañezas desnudadas. Seguidamente lee una columna que había
publicado en el diario La República el año pasado. Al igual que los demás, la situación
le parece inverosímil y surreal. Su participación está aderezada con risas y bromas que de
rato en rato despiertan el humor de la concurrencia. Terminada su participación, Jesús
Martínez realiza una última y sagaz acotación. Cuenta que, en conversatorio sobre poesía,
en la facultad de Literatura de la UNSA, uno de los alumnos que copaban el auditorio
lanzó la pregunta temida de qué era poesía, y que, después de tanto tiempo, había hallado
la respuesta a esa. Poesía eran las líneas de los avisos de económicos.
Maurizio sella la presentación hablando sobre la radiografía de ABRA, su proyecto
editorial, y sobre la importancia de crear nuevos espacios y plataformas para aquellos
artistas que viven en el anonimato. De aquellos que, a pesar de la enorme dificultad que
representa hacer arte en este país, lo hacen día a día, con la mirada fija en un horizonte
muchas veces nebuloso para las demás personas.
La noche termina de adueñarse del cielo arequipeño tachonado de estrellas y nubes lejanas
que pasean alrededor de la luna llena de luz mientras las personas abandonan el lugar de
a pocos; trastocadas, enternecidas, deslumbradas tras la presentación de algo que
consideraban imposible. Poesía en el diario el Pueblo, es de no creer. Mientras camino
por las calles manchadas con islotes de amarilla luz pública, con el rumor de los carros
acompañándome, siento unas irreprimibles ganas de comprar el Pueblo y ojear por
curiosidad la sección de Económicos.