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JOHANN WOLFGANG VON GOETHE

CONVERSACIONES DE
EMIGRADOS ALEMANES

traducción y notas
Isabel Hernández

ALBA EDITORIAL, s.l.u.


A Clásica
Colección dirigida por Luis Magrinyà

Título original: Unterhaltungen deutscher Ausgewanderten

© de la traducción y notas:
ISABEL HERNÁNDEZ

© de esta edición:

ALBA EDITORIAL, s.l.u.


Camps i Fabrés, 3-11, 4.°
08006 Barcelona

www.albaeditorial.es

© Diseño: Moll d'Alba

Primera edición: marzo de 2006

ISBN: 84-8428-294-5
Depósito legal: B-4 525-06

Impresión: Liberdúplex, s.l.u.


Ctra. BV 2241, Km 7,4
Polígono Torrentfondo
08791 Sant Llorenç d'Hortons (Barcelona)

Impreso en España
ÍNDICE

Libro copiado Edición digital

NOTA AL TEXTO......................... 9 ................................ 4

CONVERSACIONES DE
EMIGRADOS ALEMANES..............11 ............................... 5

EL CUENTO..............................119 ............................ 112


NOTA AL TEXTO

Las Conversaciones de emigrados alemanes fueron


redactadas entre el otoño de 1794 y el de 1795 y se
publicaron por primera vez en la revista de Friedrich Schiller
Die Horen en seis números no consecutivos (enero, febrero,
abril, julio, septiembre y octubre) del año 1795.
Posteriormente se publicaron en diversas ediciones de la
obra completa de Goethe, que, tratando de corregir los
errores que contenía la primera edición, cometieron a su vez
otros nuevos. El texto de la edición de Hamburgo
(Hamburger Ausgabe, 1981) de las obras completas del
autor en el que se basa la presente traducción ha
recuperado el texto original libre de errores.
En aquellos desdichados días que para Alemania, para
Europa, incluso para el resto del mundo, tuvieron tan
lamentables consecuencias (1), cuando el ejército de los
franceses irrumpió en nuestra patria por un agujero mal
protegido (2), una noble familia abandonó sus propiedades
en aquellos lugares y huyó cruzando el Rin para escapar de
las calamidades que amenazaban a todas las personas
distinguidas, a las que se les imputaba el delito de recordar

(1) El ejército francés comenzó en 1792 su ofensiva contra Austria y Prusia.


Primero fue derrotado y los prusianos avanzaron hasta Verdún y Valmy, pero
luego la lluvia y las epidemias los forzaron a la retirada. Los franceses
aprovecharon la situación para avanzar y ocuparon las ciudades de Speyer,
Worms, Maguncia y, el 22 de octubre de 1792, Frankfurt. Goethe vio en
persona las regiones del Rin en aquellos días, pues el 8 de agosto viajó desde
Weimar para acompañar al duque Karl August, que era oficial, en la
campaña. Con él estuvo en Frankfurt, en Maguncia y en Tréveris; a partir de
octubre en Luxemburgo, Tréveris y Coblenza. En 1793 participó en el asedio
a Maguncia desde mayo hasta agosto. Todo este periodo de su vida está
descrito en las obras Campagne in Frankreich 1792 [La campaña de Francia
de 1792] (1822) y Belagerung von Mainz [El asedio de Maguncia] (1822).
[Esta nota, como las siguientes, es de la traductora.]

(2) Se refiere a la región de Landau. En 1792, el teniente general Custine se


apoderó de la ciudad del mismo nombre, desde donde siguió avanzando
hasta Frankfurt.

5
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 6

con alegría y honor a sus progenitores y disfrutar de alguna


que otra ventaja que todo padre bien pensante desearía
procurar a sus hijos y descendientes.
La baronesa de C***, una viuda de mediana edad, tam-
bién en aquella huida se mostró, como solía hacer en casa,
decidida y resuelta para consuelo de sus hijos, parientes y
amigos. Criada en un ambiente tranquilo y educada por
vicisitudes diversas, era famosa por ser una excelente
madre y ama de casa, y cualquier asunto, fuera de la clase
que fuera, le parecía a propósito a su perspicaz ingenio.
Deseaba ser útil a tantas personas como fuera posible, y el
amplio círculo de sus amistades la había situado en posición
de hacerlo. Ahora, de repente, tenía que hacer de guía de
una pequeña caravana, además de conducirla, cuidar de ella
y mantener el buen humor, como bien podía apreciarse, en
el ámbito de su círculo incluso en medio de los mayores
pesares y apuros. Y, ciertamente, el buen humor no se
manifestaba pocas veces entre nuestros fugitivos, pues
acontecimientos sorprendentes y nuevas circunstancias
daban a los tensos ánimos alguna que otra materia de
broma y de risa.
En la precipitada fuga, la actitud de cada cual resultaba
característica y chocante. Uno se dejaba arrebatar por un
falso temor, por un pánico intempestivo; otro daba cabida a
una preocupación innecesaria, y todo aquello que éste hacía
de más y aquél de menos, todo caso en que se demostrara
debilidad en la abnegación o excesiva premura, daba luego
pie a quejarse y a recriminarse mutuamente, de manera
que las tristes circunstancias resultaban más divertidas de lo
que jamás hubiera podido ser un premeditado viaje de
recreo.
7 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

Pues al igual que, de vez en cuando, solemos contemplar


seriamente la comedia durante un rato, sin reírnos de las
intencionadas ridiculeces, pero en cambio nos sale de
inmediato una gran carcajada en cuanto en la tragedia
acontece algo inoportuno, una desgracia en el mundo real,
que saque a las personas de sus casillas, estará
acompañada por lo general de circunstancias ridículas, de
las que uno se reirá en el momento, pero seguro que
también algún tiempo después.
Especialmente debió sufrir mucho la señorita Luise, la hija
mayor de la baronesa, una muchacha de carácter vivo,
violento y, en los buenos días, despótico, puesto que se
afirmaba que con los primeros sustos había perdido
completamente el juicio, y que, distraída, como en una
especie de enajenación total, había empaquetado con la
mayor seriedad las cosas más inútiles, y que incluso había
confundido a un viejo sirviente con su prometido.
No obstante, ella se defendía lo mejor que podía; lo único
que no consentía era broma alguna que se refiriera a su
prometido, puesto que ya le causaba suficiente sufrimiento
el saberlo en peligro constante en el ejército aliado (3) y ver
aplazada, y tal vez incluso frustrada por la conmoción
general, su anhelada unión con él.
Su hermano mayor, Friedrich, un joven decidido, ejecu-
taba todo lo que la madre decidía con orden y rigor, acom-
pañaba a caballo al cortejo, al tiempo que hacía de correo,
cochero y batidor. El preceptor del prometedor hijo menor,
(3) Austria y Prusia, apoyadas por Hesse, Sajonia y los emigrantes
franceses. El duque Carl August de Weimar participó en la campaña con sus
tropas del lado del ejército prusiano.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 8

un hombre muy instruido, hacía compañía a la baronesa en


el coche; el primo Karl iba en el siguiente vehículo junto con
un viejo clérigo, que desde hacía ya tiempo se había vuelto
indispensable para la familia como amigo de la casa (4),
además de con algunos parientes de mayor y de menor
edad. Los seguían doncellas y ayudas de cámara en sillas
abiertas, y algunos coches con equipajes, que en más de
una estación tenían que quedarse atrás, cerraban el cortejo.
Como se puede imaginar, a ninguno del grupo le había
gustado tener que abandonar sus residencias, pero el primo
Karl se alejaba de aquella orilla del Rin con doble pesar, no
porque hubiera dejado atrás a una joven amada, tal como
hubiera podido suponerse por su juventud, su apuesta figu-
ra y su naturaleza apasionada, sino más bien porque se
había dejado seducir por la cegadora belleza que, bajo el
nombre de libertad, había sabido hacerse, primero en
secreto y luego públicamente, con tantos adoradores: por
muy mal que tratara a los unos, los otros la idolatraban con
gran solicitud.
Si a los enamorados suele cegarles la pasión, lo mismo le
ocurría también al primo Karl. Desean la posesión del único
bien y se imaginan que pueden renunciar a cambio a todo lo
demás. Posición, bienes de fortuna, todas las relaciones
parecen desaparecer en la nada, mientras que el anhelado

(4) Naturalmente católico, puesto que la orilla izquierda del Rin era en su
mayor parte de esta confesión. Los teólogos católicos se ordenaban como
sacerdotes una vez concluidos sus estudios. Si no había una parroquia libre,
se acomodaban en casas de la nobleza, donde no se dedicaban únicamente a
sus funciones espirituales, sino que ejercían también como secretarios,
administradores y otras tareas similares.
9 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

bien se convierte en lo único, en el todo. Los padres, los


parientes y los amigos nos resultan extraños en tanto que
nos debemos a algo que nos llena por completo y hace que
todo lo demás nos sea ajeno.
El primo Karl se abandonó a la violencia de su inclinación
y no la ocultaba en sus conversaciones. Creía poder
entregarse tanto más libremente a tales pensamientos, en
cuanto que él mismo era un noble y, aunque segundón,
esperaba, no obstante, obtener una considerable fortuna.
Precisamente esos bienes que debían corresponderle en un
futuro estaban ahora en manos del enemigo, que se había
instalado en el lugar no de la mejor manera posible. A pesar
de ello, Karl no podía enemistarse con una nación que
prometía al mundo tantos beneficios y cuyas ideas juzgaba
por los discursos y las manifestaciones en público de
algunos de sus miembros. Solía fastidiar la jovialidad del
grupo, si es que éste era aún capaz de tenerla, ensalzando
desmesuradamente todo aquello, bueno o malo, que ocu-
rriera entre los nuevos franceses (5), complaciéndose
enormemente en sus progresos, con lo que sacaba a los
otros de sus casillas, tanto más cuanto que tenían que
lamentar con mayor dolor sus sufrimientos, redoblados por
la perversa alegría de un amigo y pariente.
Friedrich ya había reñido algunas veces con él y, última-
mente, no se dejaba liar. La baronesa, de forma inteligente,
había sabido inducirlo al menos a una moderación pasajera.
La señorita Luise era la que más le daba que hacer, dado
que, aunque a menudo injustamente, sospechaba de su ca-
(5) Los franceses revolucionarios, denominación de uso corriente en la
época.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 10

rácter y de su entendimiento. El preceptor le daba la razón


en silencio, el clérigo en silencio se la quitaba, y a las
doncellas, para quienes su figura resultaba encantadora y
su generosidad venerable, les gustaba oírle hablar porque
entonces, con sus ideas, creían justificado levantar hacía él
con todo respeto sus delicados ojos, que hasta ese momen-
to siempre habían bajado modestamente en su presencia.
Las necesidades de la jornada, los obstáculos del camino,
las incomodidades de los alojamientos hacían que el grupo
se interesara por lo general por cuestiones del momento, y
el gran número de emigrados franceses y alemanes que
encontraban por todas partes, y cuyas actitudes y biografías
eran tan diferentes, les daban ocasión con frecuencia para
consideraciones sobre cuántas razones había en aquellos
tiempos para practicar todas las virtudes, pero muy en
especial la virtud de la imparcialidad y de la tolerancia.
Un día, la baronesa hizo la observación de que no era
posible ver con mayor claridad lo incultos que eran los
hombres en todos los sentidos que en tales momentos de
confusión y penuria generalizadas.
-La Constitución burguesa -dijo- parece ser como un barco
que conduce a un gran número de personas, viejas y
jóvenes, sanas y enfermas, por entre aguas peligrosas,
incluso en época de tormenta; tan sólo en el momento en
que el barco naufraga, se ve quién sabe nadar, e incluso
buenos nadadores pueden perecer en tales circunstancias.
»Vemos a la mayoría de los emigrados llevando a cuestas
sus errores y sus ingenuas costumbres en medio de la con-
fusión y nos asombramos ante tal hecho. Pero igual que la
tetera no abandona a los viajeros ingleses en ninguna de las
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cuatro partes del mundo, al resto de la masa de los huma-


nos lo acompañan a todas partes orgullosas exigencias,
vanidad, engreimiento, impaciencia, terquedad, parcialidad
en el juicio y el placer de imponer algo maliciosamente a
sus congéneres. El insensato se alegra de la huida como si
de un paseo en coche se tratara, y el insatisfecho exige
que, aun siendo un mendigo, todo se ponga a su servicio.
¡Qué raro es que se nos aparezca la pura virtud de algún
individuo que, de verdad, se sienta impulsado a vivir para
los demás, a sacrificarse por los demás!
Mientras seguían conociendo a alguna que otra persona
que daba pie a tales observaciones había transcurrido el
invierno. La suerte había vuelto a acompañar a las armas
alemanas, los franceses habían sido rechazados al otro lado
del Rin, Frankfurt había sido liberada y Maguncia estaba
sitiada (6).
Con la esperanza de que las armas continuaran victoriosas
y deseosos de echar mano de nuevo a una parte de sus
posesiones, la familia se dirigió apresuradamente a una
finca de su propiedad situada en el más hermoso paraje de
la orilla del Rin. ¡Cuán aliviados se encontraron al volver a
ver correr el lindo río bajo sus ventanas, con cuánta alegría
volvieron a tomar posesión de cada parte de la casa, cuán
amablemente saludaron a los conocidos muebles, los viejos
cuadros y cualquier otro enser doméstico, cuán cara les
resultaba también la más mínima cosa que ya habían dado
por perdida, cómo aumentaron sus esperanzas de volver a
encontrar también todo tal como estaba antes al otro lado
del Rin!

(6) El 2 de diciembre de 1792 y el 14 de abril de 1793 respectivamente.


JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 12

Apenas cundió por la vecindad la noticia de la llegada de


la baronesa, cuando todos los viejos conocidos, amigos y
sirvientes se apresuraron a ir a verla, a repetir las historias
de los meses pasados y a pedirle, en algunos casos, consejo
y ayuda.
Rodeada de estas visitas, se sorprendió muy agradáble-
mente cuando el consejero privado Von S*** llegó a su
casa junto con su familia, un hombre éste para el que los
asuntos de Estado habían sido desde joven una necesidad,
un hombre que merecía y poseía la confianza de su príncipe
(7). Se regía estrictamente por sus principios y sobre algunas
cosas tenía su propia opinión. Era exacto en sus palabras y
sus hechos y exigía lo mismo de los demás. Una conducta
consecuente le parecía la virtud suprema.
Su príncipe, su país, él mismo, habían sufrido mucho por
la invasión de los franceses; había conocido la arbitrariedad
de la nación que sólo hablaba de leyes, y el espíritu
dominador de aquellos que siempre tenían en la boca la
palabra «libertad». Había visto que también en ese caso la
gran masa seguía siendo fiel a sí misma, aceptando con
gran pasión palabras por hechos, la apariencia por la pose-
sión. Las consecuencias de una desafortunada campaña así
como las consecuencias de aquellas ideas y opiniones tan
difundidas no permanecían ocultas a su sagaz mirada, aun-
que no podía negarse que algunas cosas las contemplaba
con ánimo hipocondríaco y con pasión.
Su esposa, una amiga de juventud de la baronesa, vio el
cielo abierto en brazos de su amiga tras tantas calamidades.

(7) Un funcionario elevado a la categoría de noble, como el propio Goethe,


muy característico de la época.
13 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

Habían crecido juntas, se habían educado juntas, no tenían


secretos la una para la otra. Las primeras inclinaciones de
los años de juventud, las circunstancias cuestionables del
matrimonio, las alegrías, penas y tristezas como madres,
todo se lo habían confiado antaño, en parte verbalmente,
en parte a través de cartas, y habían mantenido un contacto
ininterrumpido. Tan sólo durante los últimos tiempos las
revueltas les habían impedido comunicarse como de
costumbre. Con tanta mayor fruición se atropellaban sus
conversaciones presentes, cuanto que tenían más cosas que
decirse la una a la otra, mientras las hijas de la consejera
pasaban el tiempo con la señorita Luise en una creciente
confianza.
Por desgracia, el grato disfrute de esta encantadora región
se veía a menudo interrumpido por el tronar de los cañones
que, según soplara el viento, se percibía desde lejos con
mayor o menor claridad. Entre las muchas novedades del
día que llegaban a raudales tampoco podían evitarse los
discursos políticos que, por lo general, perturbaban la
momentánea alegría del grupo en tanto que se ponían de
manifiesto con gran elocuencia las distintas opiniones y
formas de pensar de ambas partes. Y al igual que los
individuos poco comedidos no por ello se privan del vino y
de las comidas difíciles de digerir, aunque sepan por propia
experiencia que les espera un malestar inmediato, la
mayoría de los miembros del grupo tampoco podían conte-
nerse en este caso; más bien cedían ante el irresistible
encanto de hacer daño a los demás y, al final, proporcionar-
se a sí mismos una hora desagradable.
Resulta fácil pensar que el consejero pertenecía a aquel
partido que era fiel al viejo sistema, y que Karl estaba a fa-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 14

vor del contrario, que se prometía la salvación y la reaviva-


ción del viejo y achacoso Estado gracias a las inminentes
innovaciones.
Al principio, estas conversaciones se celebraban aún con
bastante moderación, en especial porque la baronesa sabía
cómo mantener ambas partes en equilibrio con amables
intervenciones; pero al aproximarse aquel momento
importante en que el bloqueo de Maguncia había de con-
vertirse en un asedio (8) y se comenzara a temer más
impulsivamente por esa bella ciudad y los habitantes que se
habían quedado en ella, cada cual puso de manifiesto sus
opiniones con una pasión desenfrenada.
En especial, los clubistas (9) que se habían quedado allí
eran uno de los temas de la conversación general, y cada
cual esperaba su castigo o su liberación, según censurase o
aprobase sus actos.
Entre los primeros estaba el consejero, cuyos argumentos
disgustaban sobremanera a Karl, cuando atacaba la razón
de esa gente y la culpaba de un completo desconocimiento
del mundo y de sí misma.
-¡Qué ciegos deben de estar -exclamó una tarde en que la
conversación comenzaba a animarse- cuando se imaginan

8 El bloqueo comenzó el 14 de abril de 1793, el asedio el 16 de junio del


mismo año.
9 Los amigos de la Revolución francesa celebraron en Maguncia la
conquista de la ciudad a manos francesas. Estaban agrupados en una
«Sociedad de los amigos de la igualdad y la libertad», a cuyos miembros los
diarios de aquellos días comenzaron a denominar «clubistas», siguiendo el
modelo del club revolucionario de los jacobinos. Desempeñaron un papel
fundamental en el intento de establecer la primera república alemana en
Maguncia, según las ideas de la Constitución francesa.
15 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

que una nación enorme, que tiene que luchar consigo


misma sumida en la mayor de las confusiones y que en los
momentos de paz no sabe apreciar otra cosa más que a sí
misma, va a mirarlos a ellos con algún interés! Los verán
como herramientas, los utilizarán durante un tiempo y, al
final, los tirarán o, al menos, les darán de lado. ¡Cómo se
equivocan si creen que en alguna ocasión podrán ser acep-
tados entre los franceses!
»A quien es poderoso y grande nada le resulta más ri-
dículo que alguien pequeño y débil que, en la oscuridad de
su delirio, en el desconocimiento de sí mismo, de sus fuer-
zas y de su situación, imagina poder igualarse a él. ¿Y acaso
creéis que la gran nación, con la suerte que hasta ahora la
favorece, va a sentirse menos arrogante y orgullosa que
cualquier otro monarca victorioso?
»Cuántos que ahora andan por ahí con la banda de fun-
cionario municipal maldecirán esta mascarada cuando, tras
haber ayudado a someter a sus paisanos de una forma
nueva y repugnante, se vean al final maltratados de esa
nueva forma por aquellos en quienes pusieron toda su con-
fianza. Sí, me parece más que probable que, al entregar la
ciudad (10), cosa que no puede demorarse mucho, abando-
nen o entreguen a esa gente a los nuestros. Que acepten
entonces su recompensa, que sientan entonces el escarnio
que merecen, los juzgaré de la forma más imparcial que
pueda.
-¡Imparcial! -exclamó Karl con vehemencia-. ¡Ojalá no tu-
viera que volver a oír pronunciar esa palabra! ¿Cómo es po-

(10) Tuvo lugar el 23 de julio de 1793.


JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 16

sible condenar tan directamente a esa gente? ¡Cierto que no


se han pasado su juventud y su vida siendo útiles a sí
mismos y a otros a la manera tradicional! Cierto que no han
ocupado las pocas salas habitables del viejo edificio y se
han acomodado en ellas; más bien han sentido las inco-
modidades de las partes abandonadas de vuestro palacio
estatal, porque ellos mismos tenían que pasar sus días en él
preocupados y oprimidos, y, cegados por esa laboriosidad
que les facilitan los recursos mecánicos, no han dado por
bueno lo que antaño estaban acostumbrados a hacer. ¡Claro
que sólo han podido percatarse de la parcialidad, del
desorden, del abandono, de la torpeza con la que vuestros
hombres de Estado creían poder ganarse aún el respeto!
¡Claro que sólo han podido desear en secreto que el placer
y el esfuerzo fueran repartidos equitativamente! ¿Y quién va
a negar que entre ellos no hay al menos algunos hombres
hábiles y bienintencionados que, aunque en este momento
no sean capaces de hacer lo mejor, sí tienen la suerte de
poder aliviar el mal y preparar un futuro mejor sólo con su
mediación? Y como entre ellos sí los hay, ¿quién no
lamentará que no estén cuando se acerque el momento que
haya de robarles sus esperanzas tal vez para siempre?
Tras esto, el consejero se burló de la gente joven que
tiende a idealizar un objeto; Karl, por el contrario, no dejó
bien parados a aquellos que sólo eran capaces de pensar
según las viejas formas y que necesariamente tenían que
rechazar todo lo que no casaba con ellas.
Con los muchos dimes y diretes, la conversación cada vez
se iba acalorando más, y por parte de ambas facciones sa-
lió a relucir todo aquello que, en el curso de los años, ya
había dividido a más de un grupo bien avenido. En vano tra-
17 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

tó la baronesa de imponer, si no una paz, sí al menos una


tregua; ni siquiera la esposa del consejero, que por ser una
mujer muy amable había conseguido cierto poder sobre el
ánimo de Karl, fue capaz de influir sobre él, tanto menos
cuanto que su esposo no cesaba de disparar certeros
saetazos a la juventud y la inexperiencia y de burlarse de la
especial afición de los niños a jugar con un fuego que ya no
eran capaces de dominar.
Karl, que no podía contenerse cuando estaba furioso, no
se refrenó al afirmar que deseaba toda clase de suerte a las
armas francesas, y que exigía a todo alemán poner fin a la
vieja esclavitud (11), que estaba convencido de que la nación
francesa sabría apreciar a los nobles alemanes que se ha-
bían declarado a su favor, que los vería y los trataría como a
los suyos y que no los sacrificaría ni los abandonaría a su
destino, sino que los colmaría de honores, bienes y con-
fianza.
El consejero, por el contrario, afirmaba que era ridículo
pensar que los franceses se cuidarían de ellos ni un solo
minuto, ni siquiera en caso de una capitulación o similar;
que seguro que esa gente más bien caería en manos de los
aliados, y esperaba verlos colgados a todos.
Karl no soportó esta amenaza y exclamó que antes espe-
raba que la guillotina encontrara también en Alemania una
abundante cosecha y que no se dejara ni una cabeza culpa-
ble. A esto añadió algunos duros reproches dirigidos al
consejero en persona y que resultaban injuriosos en todos
los sentidos.

(11) A la servidumbre.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 18

-Pues tendré que separarme -dijo el consejero- de un


grupo en el que ya no se aprecia lo que antaño parecía
honorable. Me pesa verme proscrito por segunda vez, y
ciertamente por un compatriota; pero ya veo que de éste
hay que esperar menos miramientos que de un neofrancés,
y de nuevo encuentro confirmado el viejo dicho de que es
mejor caer en manos de los turcos que de los renegados.
Diciendo estas palabras se levantó y salió de la habitación,
su esposa lo siguió, y el grupo guardó silencio. La baronesa
dio a entender su desagrado con escasas pero duras frases;
Karl iba de un lado a otro de la sala. La consejera regresó
llorando y contó que su marido había mandado hacer las
maletas y encargado ya unos caballos. La baronesa fue a
verlo para convencerlo; entretanto las señoritas lloraban y
se besaban, sintiéndose conmovidas por tener que
separarse tan rápida e inesperadamente. La baronesa
regresó; no había conseguido nada. Empezaron a ir juntan-
do todo lo que pertenecía a los forasteros. Los tristes
momentos de la separación y de la despedida fueron senti-
dos con gran emoción. Con los últimos baúles y cajas desa-
pareció toda esperanza. Llegaron los caballos y las lágrimas
manaron copiosamente.
El coche partió y la baronesa lo siguió con la vista; tenía
lágrimas en los ojos. Se apartó de la ventana y se sentó al
bastidor. Todo el grupo estaba en silencio, aturdido; sobre
todo Karl, sentado en un rincón, manifestaba su nerviosis-
mo hojeando un libro y levantando de vez en cuando la
mirada hacia su tía. Finalmente se puso en pie y cogió su
sombrero como si se dispusiera a marcharse; ya en la puer-
ta se volvió, se acercó al bastidor y dijo con porte noble:
-La he ofendido, querida tía, le he dado un disgusto, per-
19 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

done mi precipitación, reconozco mi error y lo lamento


profundamente.
-Te perdono -respondió la baronesa-; no voy a enojarme
contigo porque eres un hombre noble y bueno; pero no
puedes reparar lo que has estropeado. Por tu culpa en estos
momentos he de prescindir de la compañía de una amiga a
la que había vuelto a ver por primera vez desde hacía
mucho tiempo, una amiga que la desgracia misma había
vuelto a traerme y con cuyo trato olvidaba durante algunas
horas la desgracia que nos afectaba y que nos amenaza.
Ella, que lleva ya tanto tiempo huyendo angustiosamente de
un lado para otro y que se recuperaba apenas hacía unos
días en compañía de viejos y queridos amigos en una casa
cómoda, en un lugar agradable, tiene que volver a
emprender la huida y con ella el grupo pierde la conversa-
ción de su esposo, que, por muy raro que pueda ser en
algunos aspectos, es un hombre excelente y probo, y lleva
consigo un archivo inagotable de conocimiento del mundo y
de los hombres, de sucesos y situaciones que sabe
transmitir de manera hábil, afortunada y agradable. Tu
vehemencia nos priva de este múltiple placer, ¿con qué
puedes sustituir lo que hemos perdido?
KARL. Perdóneme, querida tía; ya lamento mi error viva-
mente, ¡no me haga ver las consecuencias con tanta clari-
dad!
BARONESA. ¡Mejor que las veas con la mayor claridad
posible! No se trata de perdonar o no, tan sólo es cuestión
de si eres capaz de convencerte. Pues no es la primera vez
que cometes este error, y tampoco será la última. ¡Ay, hom-
bres! ¿Es que la necesidad que os ha reunido bajo un mis-
mo techo en una estrecha choza no os va a hacer más tole-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 20

rantes a unos con otros? ¿Es que no son suficientes los


tremendos sucesos que acaecen irremisiblemente sobre
vosotros y sobre los vuestros? ¿Es que no podéis hacer algo
por vosotros mismos y comportaros comedida y
razonablemente frente a quienes, en el fondo, no pretenden
quitaros nada, no pretenden robaros nada? ¿Es que
vuestros ánimos son tan ciegos e irrefrenables como para
golpearnos igual que los acontecimientos del mundo, que
una tormenta o que cualquier otro fenómeno de la
naturaleza?
Karl no respondió nada y el preceptor, retirándose de la
ventana en la que había permanecido hasta ese momento,
se dirigió hacia la baronesa y dijo:
-Ya se enmendará; este suceso ha de servirnos a todos de
advertencia. Nos pondremos a prueba diariamente, quere-
mos imaginarnos el dolor que usted ha sentido, y también
queremos demostrar que podemos dominarnos.
BARONESA. ¡Con cuánta facilidad pueden convencerse los
hombres, en especial en lo tocante a este punto! La palabra
«dominar» es para ellos una palabra tan grata, y suena con
tanta elegancia eso de querer dominarse a sí mismo. Les
gusta demasiado hablar de ello y quieren hacernos creer
que también se lo toman en serio en la práctica, ¡como si en
toda mi vida hubiera visto a uno solo que hubiera sido
capaz de dominarse en la cosa más mínima! Si algo les
resulta indiferente, entonces suelen ponerse muy serios,
como si les costara trabajo renunciar a ello, y aquello que
desean vehementemente saben presentárselo muy bien a sí
mismos y a los demás, como si fuera algo excepcional,
necesario, inevitable e imprescindible. Tampoco conozco a
ninguno que sea capaz de la más mínima privación.
21 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

PRECEPTOR. A menudo es usted injusta, y jamás la he


visto tan dominada por la indignación y la pasión como en
este momento.
BARONESA. Por lo menos no tengo que avergonzarme de
esta pasión. Cuando pienso en mi amiga en su coche, por
incómodos caminos, llorando por la hospitalidad agraviada,
sí que me gustaría enojarme con todos vosotros de corazón.
PRECEPTOR. Ni siquiera en medio de los mayores males la
he visto tan conmovida y tan violenta como en este
momento.
BARONESA. Un mal menor que siga a otros mayores
puede hacer rebosar el vaso, y no es un mal menor prescin-
dir de una amiga.
PRECEPTOR. Tranquilícese y confíe en que todos nosotros
nos enmendaremos, en que haremos todo lo posible por
contentarla.
BARONESA. En modo alguno; ninguno de vosotros podrá
engatusarme para que confíe en él, pero de ahora en ade-
lante sí que os voy a exigir una cosa: en mi casa sólo
mandaré yo.
-¡Exija usted, mande usted! -exclamó Karl-. Y no tendrá
queja alguna por nuestra desobediencia.
-Bueno, mi rigidez no será tan severa -repuso sonriendo la
baronesa mientras se dominaba-; no me gusta dar órde-
nes, sobre todo a hombres de ideas tan liberales; pero un
consejo sí os voy a dar, y añadiré un ruego.
PRECEPTOR. Y ambas cosas serán para nosotros una ley
inquebrantable.
BARONESA. Sería una locura si pensara en desviar el inte-
rés que todos tenemos por los grandes acontecimientos del
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 22

mundo, cuyas víctimas, por desgracia, somos nosotros mis-


mos. No puedo cambiar las opiniones que surgen en cada
cual con arreglo a su forma de pensar, e igualmente sería
una locura y un horror exigirle que no las manifestara. Pero
sí puedo esperar del círculo en el que vivo que los que pien-
san de igual manera se junten en silencio y conversen
gratamente, en tanto que el uno dice lo que el otro ya
piensa. En vuestros cuartos, en paseos y allí donde se
encuentren los que piensan de igual manera, que uno abra
su corazón a placer, que se incline hacia esta o aquella
opinión, sí, que se disfrute vivamente la alegría de una
convicción apasionada. Pero, niños, en sociedad no
olvidemos cuántas de nuestras propias cualidades hemos
tenido que sacrificar para poder ser sociables antes de que
todas estas cosas salieran a relucir, y que cada uno de
nosotros, en tanto el mundo sea mundo, tendrá que
dominar, al menos aparentemente, para poder ser social.
Así que os exijo, no en nombre de la virtud, sino en nombre
de la más esencial cortesía, que en estos momentos me
rindáis a mí y a los demás lo que casi puedo decir que
desde vuestra juventud habéis observado para con
cualquiera que os hayáis encontrado en la calle.
»En realidad -continuó la baronesa-, no sé cómo nos
hemos vuelto así, a dónde ha ido a parar toda aquella edu-
cación social. ¡Cuánto se cuidaba uno entonces de tocar en
sociedad cualquier tema que pudiera resultarle desagrada-
ble a alguien! El protestante evitaba encontrar ridícula
cualquier ceremonia en presencia del católico; el católico
más acérrimo no dejaba que el protestante notara que la
vieja religión proporcionaba una mayor seguridad para la
salvación eterna. A los ojos de una madre que había perdido
23 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

a su hijo uno prescindía de alegrarse de los propios, y


cualquiera se sentía aturdido si se le escapaba una palabra
improcedente. Todos los presentes trataban de enmendar el
error, ¿y acaso no hacemos ahora lo contrario de todo eso?
Con ahínco buscamos toda ocasión de poder hacer algo que
enoje a los demás y los saque de sus casillas. ¡Oh, hijos y
amigos míos, regresemos a aquellos modales! Hasta ahora
sólo hemos vivido cosas tristes, y tal vez el humo de día y
las llamas de noche nos anuncien pronto la ruina de
nuestras moradas y de las posesiones que hemos dejado
atrás. ¡No contemos tampoco estas noticias con gran vehe-
mencia al grupo, que no se nos grabe más hondamente en
el alma a fuerza de tanto repetirlo lo que ya en silencio nos
procura suficiente sufrimiento!
»Cuando murió vuestro padre, ¿me recordabais a cada
ocasión aquella irreparable pérdida, ya fuera con palabras o
con gestos? ¿Acaso no tratabais de evitar todo lo que
pudiera suscitar intempestívamente su recuerdo y mitigar el
sentimiento de aquella pérdida con silenciosos esfuerzos y
con vuestra deferencia para sanar así la herida? ¿Es que
ahora no necesitamos todos ejercitar aún más precisamente
aquella condescendencia que, a menudo, surte mayor
efecto que una ayuda bienintencionada, pero tosca?
Precisamente ahora que no se trata de que, en un círculo de
individuos felices, un acontecimiento u otro pueda herir a
alguno, cuya desgracia sería rápidamente absorbida por el
bienestar general, sino de que, entre un inmenso número
de desdichados, apenas unos pocos, ya sea por su natural o
por su educación, disfruten de una alegría ya sea casual o
artificial.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 24

KARL. Ya nos ha humillado demasiado, querida tía. ¿No


quiere volver a tendernos la mano?
BARONESA. Aquí está, con la condición de que tengáis
ganas de dejaros guiar por ella. ¡Proclamemos una amnistía!
Ahora, toda prisa para decidirse será poca.
En ese momento entraron el resto de las damas que, tras
la despedida, habían estado llorando tan de corazón, y no
consiguieron mirar amablemente al primo Karl.
-¡Venid aquí, niñas! -exclamó la baronesa-. Hemos tenido
una charla muy seria que, tal como espero, restablecerá
entre nosotros la paz y la unidad y volverá a introducir entre
nosotros el buen tono que echamos en falta desde hace un
tiempo; tal vez jamás hemos necesitado tanto unirnos unos
a otros para distraernos, aunque sea por unas pocas horas
al día. ¡Acordemos que cuando estemos juntos
desterraremos por completo toda conversación sobre los
intereses del día! ¡Cuánto tiempo hemos prescindido de
conversaciones instructivas y deleitosas, cuánto hace,
querido Karl, que no nos cuentas nada de países y reinos
lejanos, de cuyas cualidades, habitantes, costumbres y usos
tienes tan lindos conocimientos! ¡Cuánto hace -dijo
dirigiéndose al preceptor- que silencia usted la historia
moderna y antigua, la comparación entre los siglos y los
distintos individuos! ¿Dónde han quedado los hermosos y
delicados poemas que solían salir con tanta frecuencia de
los bolsillos de nuestras jóvenes damas para alegría del
grupo? ¿Dónde se han quedado aquellas consideraciones
filosóficas que no tenían fin? ¿Es que ha desaparecido por
completo todo el placer con el que traíais de vuelta de
vuestros paseos una piedra curiosa, una planta desconocida
al menos para nosotros, o un insecto raro, y con ello dabais
25 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

ocasión para soñar al menos gratamente con la gran


relación que hay entre todas las criaturas existentes?
¡Haced que todos esos esparcimientos, que se ofrecían, por
lo general, voluntariamente, vuelvan ocupar un lugar entre
nosotros con un convenio, con un propósito, con una ley!
¡Emplead todas vuestras fuerzas en ser instructivos,
provechosos y sobre todo sociables! Y todo esto lo
necesitaremos, y seguro que mucho más que ahora, si todo
se trastoca de arriba abajo. ¡Niños, prometédmelo!
Lo prometieron enérgicamente.
-¡Y ahora marchaos, es una tarde muy hermosa, que cada
uno la disfrute a su manera y en la cena dejadnos disfrutar
por primera vez desde hace mucho tiempo de los frutos de
una conversación amistosa!
Así se separó el grupo; tan sólo la señorita Luise siguió
sentada junto a su madre: no podía olvidar tan rápido el
disgusto de haber perdido a su compañera de juegos y
rechazó con aire desdeñoso a Karl, que la había invitado a
dar un paseo. De esta forma madre e hija llevaban juntas
un rato en silencio cuando entró el cura, el cual regresaba
de un largo paseo y no sabía nada de lo que había
acontecido al grupo. Se quitó sombrero y bastón, se sentó y
se dispuso a contar algo; pero la señorita Luise, como si
continuara una conversación iniciada con su madre, le cortó
el discurso con las siguientes palabras:
-Pues a alguna que otra persona sí que resultará bastante
incómoda la ley que acaba de promulgarse. Ya cuando
vivíamos en el campo nos faltaban de vez en cuando temas
de conversación, pues allí no había a diario como en la
ciudad una pobre muchacha que calumniar o un joven del
que sospechar; no obstante, aún se tenía el recurso de con-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 26

tar ingenuas anécdotas de algunas grandes naciones, de


encontrar ridículos tanto a los alemanes como a los
franceses y convertir ahora a éste y luego a aquél en
jacobinos y clubistas. Si ahora esa fuente también está
anegada, seguro que veremos a alguna que otra persona
guardar silencio en nuestro círculo.
-¿Acaso ese ataque va dirigido a mí, señorita? -comenzó a
decir el cura riéndose-. Bueno, usted ya sabe que me siento
afortunado de sacrificarme de vez en cuando por el resto de
la sociedad. Pues cierto es que en toda conversación honra
usted a su excelente preceptora y que encuentra a todo el
mundo agradable, amable y simpático; por eso parece que
trata usted de procurarse a mi costa un resarcimiento para
un espíritu malvado que habita en su interior y que no es
capaz de dominar del todo, por alguna que otra coacción
que ha ejercido usted sobre él. Dígame, amable señora
-continuó dirigiéndose a la baronesa-, ¿qué es lo que ha
ocurrido en mi ausencia y qué conversaciones se han
excluido de nuestro círculo?
La baronesa le informó de todo lo que había acontecido.
Él escuchó atentamente y luego repuso:
-Incluso con esta disposición a algunas personas no les
resultará imposible entretener al grupo y tal vez mejor y con
más seguridad que a otros.
-Ya lo veremos -dijo Luise.
-Esta ley -continuó- no tiene nada de molesta para cual-
quier persona que sepa ocuparse de sí misma; tal vez le
resulte agradable poder exponer al grupo lo que, por lo
general, venía haciendo poco más o menos que a escondi-
das. Pues, no me lo tome a mal, señorita, ¿quién forma a
los chismosos, a los cotillas y a los calumniadores, sino la
27 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

sociedad? Con motivo de una lectura, con motivo de


cualquier representación de una materia interesante, que
debiera animar la mente y el corazón, rara vez he visto un
círculo tan atento y las fuerzas anímicas en un estado tan
activo como cuando se refería alguna novedad, y
precisamente alguna que desprestigiara a algún
conciudadano o conciudadana. Pregúntese a sí misma y
pregunte a muchos otros: ¿qué es lo que proporciona el
encanto a un suceso? No su importancia, no el influjo que
tenga, sino la novedad. Tan sólo lo novedoso suele parecer
importante, porque despierta admiración sin necesidad de
coherencia, y pone nuestra imaginación en movimiento
durante un momento, dejando nuestros sentimientos tan
sólo ligeramente conmovidos y nuestro entendimiento
absolutamente en paz. Todo el mundo puede tomar parte
activamente en cuanto sea nuevo, sin recogimiento alguno;
por supuesto, como la consecuencia de las novedades lleva
siempre de un tema a otro, a la gran masa humana nada le
puede venir mejor que un motivo tal de distracción eterna y
una ocasión tal de entregarse de un modo tan cómodo y
siempre nuevo a la perfidia y la alegría por el mal ajeno.
-Bueno -exclamó Luise-, parece que sabe cómo apa-
ñárselas; se trataba de personas aisladas, ahora parece que
concierne a todo el género humano.
-No pretendo que me dé la razón en nada -repuso aquél-;
pero sí que he de decirle una cosa: nosotros, los que
dependemos de la sociedad, tenemos que educarnos y
guiarnos por ella, incluso nos está permitido hacer algo que
a ella le resulte repugnante antes que molesto, y nada le
resulta más molesto en el mundo que cuando se le exige
reflexionar y observar. Todo lo que apunta en este sentido
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 28

debe evitarse y, en todo caso, lo que está vedado en cual-


quier reunión pública habría de llevarse a cabo en silencio.
-Seguro que usted se ha bebido en silencio alguna que
otra botella de vino y se ha echado alguna que otra buena
hora de sueño -terció Luise.
-Jamás -continuó el anciano- he concedido valor a lo que
hago, pues sé que frente a otros hombres soy un
grandísimo zángano; entretanto he juntado una colección
que tal vez pueda proporcionar justo en este momento
alguna que otra hora agradable a este grupo en su actual
estado de ánimo.
-¿Qué clase de colección? -preguntó la baronesa.
-Seguro que simplemente una crónica escandalosa -aña-
dió Luise.
-Se equivoca -dijo el anciano.
-Ya veremos -repuso Luise.
-Déjale que termine de hablar -dijo la baronesa-. ¡Y, sobre
todo, no te acostumbres a tratar con dureza y descortesía a
alguien que, aun en broma, pueda soportarlo! No tenemos
motivo para alimentar, ni siquiera en broma, los malos
modales que hay en nosotros. Dígame, amigo mío, ¿en qué
consiste su colección? ¿Será útil y adecuada a nuestro
entretenimiento? ¿Hace mucho que la ha comenzado? ¿Por
qué no hemos oído aún hablar de ella?
-Voy a darle cuenta de ello -repuso el anciano-. Hace ya
mucho que vivo en este mundo y siempre me ha gustado
prestar atención a lo que le sucede a esta o a aquella perso-
na. Para pasar revista a la gran historia no me siento ni con
fuerzas ni con ánimos, y los acontecimientos del mundo ais-
lados me confunden; pero entre las muchas historias priva-
das, verdaderas y falsas, con las que uno se las tiene que
29 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

ver en público, o que se cuentan en secreto, hay algunas


que tienen un encanto mucho más puro, más hermoso que
el encanto de la novedad, algunas que gracias a un giro
ingenioso pretenden siempre distraernos, algunas que nos
desvelan por un momento la naturaleza humana y sus
secretos más íntimos, otras, por su parte, que nos deleitan
con sus curiosas ingenuidades. De la ingente cantidad que
ocupan nuestra atención y nuestra maldad en la vida
cotidiana y que son tan perversas como los hombres a los
que salen al paso o que las cuentan, he reunido aquellas
que me parecen tener algún carácter que conmovía o daba
qué hacer a mi ánimo y que, cada vez que pensaba en ellas,
me proporcionaban un momento de pura y serena alegría.
-Tengo mucha curiosidad -dijo la baronesa- por escuchar
de qué tipo son sus historias y de qué tratan en realidad.
-Puede usted figurarse -repuso el anciano- que no se
hablará con demasiada frecuencia de procesos y cuestiones
familiares. En su mayor parte, éstos sólo tienen interés para
aquellos a quienes atormentan.
LUISE. ¿Y entonces qué contienen?
EL ANCIANO. Por lo general, no lo voy a negar, tratan de
sentimientos que unen o dividen a hombres y mujeres, que
los hacen felices o infelices, pero que a menudo, más que
ilustrarlos, los confunden.
LUISE.¡Ajá! ¿Así que probablemente nos quiere hacer
pasar por un delicado entretenimiento una colección de
bromas divertidas? Discúlpeme, mamá, que haga esta
observación; resulta tan evidente, y la verdad sí que se
podrá decir...
EL ANCIANO. Espero que en toda la colección no encuen-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 30

tre nada que yo pueda denominar divertido.


LUISE . ¿Y qué es lo que denomina usted así?
EL ANCIANO. Una conversación divertida, una narración
divertida me resultan insoportables. Pues nos presentan
como algo especial algo común, algo que no merece la pena
comentar ni prestarle atención, y despiertan una falsa curio-
sidad en lugar de ocupar agradablemente el entendimiento.
Ocultan lo que o bien debería verse sin velo, o bien aquello
de lo que uno debería apartar por completo sus ojos.
LUISE. No le comprendo. Pero al menos querrá contarnos
sus historias con algún adorno... ¿Acaso tendríamos que
dejar ofender nuestros oídos con pesadas bromas? ¿Ha de
ser ésa una escuela para señoritas y pretenderá además
que le demos las gracias por ello?
EL ANCIANO. Ninguna de las dos cosas. Pues, en primer
lugar, usted no va a aprender nada nuevo, sobre todo por-
que hace algún tiempo que noto que jamás se pasa por alto
determinadas reseñas en los semanarios ilustrados (12).
LUISE. Está usted ofendiéndome.
EL ANCIANO. Está usted prometida y la disculpo de buen
grado. Pero tengo que mostrarle que yo también tengo fle-
chas que puedo utilizar contra usted.
BARONESA. Ya veo a dónde quiere usted ir a parar, pero
hágaselo comprender también a ella.
EL ANCIANO. Tan sólo tendría que repetir lo que ya he
dicho al principio de la conversación; pero no parece que
ella tenga voluntad de prestar atención.

(12) En un principio se trataba de periódicos con reseñas y noticias del


mundo de los eruditos de las universidades. Desde principios del siglo XVIII
aparecían con periodicidad semanal o mensual.
31 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

LUISE. ¿De qué sirven la buena voluntad y tantas pala-


bras? Se mire como se mire, serán historias escandalosas,
de un modo u otro escandalosas, y nada más.
EL ANCIANO. ¿He de repetir, señorita, que a la persona
bienpensante algo le resulta escandaloso tan sólo cuando
percibe en ello la maldad, la arrogancia, el deseo de hacer
daño, la resistencia a ayudar al prójimo, de manera que
aparta sus ojos de ello? ¿Y que, por el contrario, encuentra
divertidos los pequeños errores y carencias y en sus
observaciones le gusta detenerse especialmente en historias
donde encuentra al hombre bueno en ligera contradicción
consigo mismo, con sus anhelos y sus propósitos, donde los
locos ingenuos y que se creen que valen mucho son
ridiculizados, corregidos o engañados, donde toda
presunción es castigada de forma natural, incluso casual,
donde los propósitos, los deseos y las esperanzas ya se
perturban, se frenan y se desprecian, ya se favorecen, se
cumplen y se confirman inesperadamente? Allí donde la
casualidad juega con la debilidad y las carencias humanas
es donde la persona bienpensante prefiere observar en
silencio, y ninguno de sus protagonistas, cuyas historias
guarda, obtendrá críticas de ella, pero tampoco esperará
alabanzas.
BARONESA. Su introducción despierta el deseo de oír en
seguida una muestra. No sabía que en nuestra vida -y
hemos pasado la mayor parte del tiempo en un círculo
social- hubieran ocurrido tantas cosas como para poder
recogerlas en una colección así.
EL ANCIANO. Naturalmente mucho depende de quienes
observan y de qué lado saben ver en las cosas; pero por
supuesto no voy a negar que también he sacado algunas
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 32

cosas de libros y tradiciones antiguas. Tal vez no les


desagrade volver a encontrar a viejos conocidos bajo una
nueva figura. Pero justamente eso me da la ventaja que no
voy a dejarme escapar de las manos: ¡no se debe
interpretar ninguna de mis historias!
LUISE. No querrá usted impedirnos reconocer a nuestros
amigos y vecinos si nos apetece descifrar el enigma...
El ANCIANO. En modo alguno. Pero, por el contrario, me
permitirán que en tal caso saque un viejo infolio para
demostrar que esa historia ya ocurrió o fue inventada hace
algunos siglos. Igualmente me permitirán que me ría para
mis adentros cuando se tenga por un viejo cuento una his-
toria que acaba de suceder a nuestro lado, sin que podamos
reconocerla precisamente con esa forma.
LUISE. Con usted no se acaba nunca; lo mejor es que
hagamos las paces por esta noche y que nos cuente rápida-
mente una de esas piececitas como muestra.
EL ANCIANO. Permítame que no la obedezca en esto. Hay
que reservar este entretenimiento para todo el grupo. No
debemos privarle de nada y le digo de antemano que todo
lo que voy a presentarles carece en sí de valor; pero cuando
el grupo desee descansar un rato tras una conversación
seria, cuando, saciado con algunas buenas cosas, desee un
postre ligero, entonces estaré preparado y deseo que lo que
les sirva no lo encuentren insípido.
BARONESA. Pues tendremos que aguardar hasta mañana.
LUISE. Tengo muchísima curiosidad por saber qué nos
ofrecerá.
EL ANCIANO. No debería tenerla, señorita, pues la excesi-
va expectación rara vez se satisface.
Por la noche, después de cenar, una vez que la baronesa
33 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

se hubo retirado a buena hora a su cuarto, los demás conti-


nuaron reunidos hablando de algunas noticias que acababan
de llegar, de rumores que se extendían. En ésas, como
suele ocurrir en tales momentos, se dudaba de lo que se
debía creer y de lo que se debía rechazar.
El anciano amigo de la casa dijo a esto:
-Me parece más cómodo que creamos lo que nos resulte
agradable, que rechacemos sin ambages lo que nos resulte
desagradable, y que demos por cierto lo que pueda ser
cierto.
Se hizo la observación de que el hombre por lo general
procede así y, con algunos giros, la conversación llegó a la
firme inclinación de nuestra naturaleza a creer en lo
maravilloso. Se habló de lo novelesco, de lo fantasmagórico
y, cuando el anciano prometió contar algunas buenas
historias de ese estilo próximamente, la señorita Luise
repuso:
-Sería usted muy atento y merecería nuestra gratitud si,
ahora que estamos reunidos en situación adecuada, nos
relatara una de esas historias; escucharíamos con atención
y le estaríamos muy agradecidos.
Sin hacerse mucho de rogar, el cura comenzó a hablar con
las siguientes palabras:

-Estando yo en Nápoles me tropecé con una historia que


despertó gran expectación y sobre la cual había muy diver-
sas opiniones. Unos afirmaban que era completamente
inventada, los otros que era verdad, pero que ocultaba un
engaño. Los de este grupo, a su vez, tampoco se ponían de
acuerdo y discutían acerca de quién podía ser el engañado.
Otros, además, afirmaban que en absoluto se daba por he-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 34

cho que las naturalezas psíquicas no pudieran tener efectos


sobre elementos y cuerpos, y que no se debía tener
exclusivamente por mentira o por engaño cualquier suceso
maravilloso. ¡Pero vayamos a la historia en sí!
»Una cantante llamada Antonelli era en aquella época la
favorita del público napolitano (13). En la flor de los años, de
su figura, de su talento, no le faltaba nada de aquello con lo
que una señorita cautiva y atrae a la multitud y encanta y
hace felices a un pequeño número de amigos. No era insen-
sible a las alabanzas y al amor; sólo que, comedida y
razonable por naturaleza, sabía disfrutar las alegrías que
ambas cualidades otorgan, sin por ello perder el juicio, que
le era tan necesario en su situación. Todos los jóvenes,
elegantes y ricos, se acercaban a ella, pero sólo aceptaba a
unos pocos; y, si en la elección de sus amantes seguía la
mayoría de las veces a sus ojos y a su corazón, en las
pequeñas aventuras sí que mostraba un carácter firme y
seguro, que podría granjearse las simpatías de todo buen
observador. Tuve ocasión de verla durante algún tiempo,
puesto que yo tenía una estrecha amistad con uno de sus
favoritos. Habían pasado varios años, había conocido a
suficientes hombres y entre ellos a muchos necios, a
individuos débiles y dudosos. Creía haber observado que un

(13) Goethe había leído la historia de la cantante Antonelli en la


Correspondance littéraire de 1794, a la que estaba abonado el príncipe
August von Gotha. El suceso tiene aquí como protagonista a la actriz parisina
Hippolyte Clairon -en realidad Hippolyte Leyris de la Tude (1723-1803)-, que
ella misma recogió más tarde también en sus memorias (Memoires
d`Hippolyte Clairon, 1799). Goethe traslada la historia a Nápoles y
transforma a la actriz en cantante, pero por lo demás no altera demasiado la
trama.
35 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

amante, que, en cierto sentido, lo es todo para una mujer,


la mayoría de las veces no sirve para nada en los
contratiempos de la vida, en las cuestiones domésticas, en
decisiones inmediatas, si es que no perjudica a su amada,
pensando tan sólo en sí mismo y sintiéndose impelido a
aconsejarle lo peor y a hacerle dar los pasos más
peligrosos.
»En las relaciones que había tenido hasta entonces su
mente se había visto desocupada con gran frecuencia; pero
también ella deseaba alimento. Quería tener por fin un
amigo y apenas había sentido esa necesidad halló entre los
que trataban de acercarse a ella a un joven en el que depo-
sitó su confianza y que parecía merecerla en todos los senti-
dos.
»Era un genovés que por aquella época residía en Nápo-
les por unos importantes negocios de su familia. De natural
muy agraciado, había disfrutado de la más cuidada educa-
ción. Sus conocimientos eran vastos, su mente igual que su
cuerpo perfectamente dotada, su conducta podía servir de
modelo, como alguien que, sin olvidarse ni un momento de
sí mismo, sí parece, sin embargo, darse por completo a los
demás. Estaba latente en él el espíritu comercial de su ciu-
dad natal; veía lo que había que hacer en toda su magnitud.
No obstante, su situación no era la más dichosa: su familia
se había enredado en algunas especulaciones altamente
desgraciadas y estaba complicado en peligrosos procesos.
Las circunstancias se complicaron más aún con el tiempo, y
la preocupación que sentía por ello le daba un halo de
tristeza que le quedaba muy bien y que animaba aún más a
nuestra joven dama a procurar su amistad, porque creía
sentir que él también necesitaba una amiga.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 36

»Hasta el momento él sólo la había visto en lugares y


acontecimientos públicos; a la primera solicitud ella le per-
mitió sin más la entrada en su casa, incluso lo invitó con
insistencia y él no perdió la ocasión de acudir.
»A ella no le faltó tiempo para descubrirle su confianza y
sus deseos. Él estaba asombrado y alegre por su solicitud.
La joven dama le pidió insistentemente que siguiera siendo
su amigo y no pretendiera ser su amante. Le reveló un
apuro en el que se encontraba en ese momento y sobre el
cual él, con sus muy diversas relaciones, podía darle el
mejor consejo y ayudarla de la manera más rápida a
obtener beneficio de ello. El genovés, por su parte, le confió
su situación y ella, tratando de alegrarlo y de consolarlo,
dejando que se desarrollaran en su presencia algunas cosas
que, de lo contrario, no se hubieran despertado en él tan
pronto, parecía ser su consejera, de manera que en poco
tiempo se consolidó entre ambos una amistad recíproca
basada en el más noble aprecio, en la más hermosa
necesidad. Sólo que, por desgracia, no se reflexiona
siempre sobre si las condiciones que se aceptan son
posibles. Él había prometido ser sólo amigo, no pretender el
puesto de un amante, y, sin embargo, no podía negar que
los amantes a los que ella favorecía se interponían siempre
en su camino, le resultaban extremadamente repugnantes e
incluso completamente insoportables. En especial le
resultaba sumamente doloroso que su amiga le hablara, a
menudo de muy buen humor, de las cualidades positivas y
negativas de alguno de esos hombres, pareciendo conocer a
fondo todos los defectos del agraciado y, a pesar de ello,
como si fuera para burla del apreciado amigo, tal vez esa
misma noche descansara en los brazos de cualquier indivi-
37 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

duo ruin.
»Por suerte o por desgracia sucedió que pronto quedó
libre el corazón de la hermosa dama. Su amigo lo percibió
con placer y trató de hacerle ver que el puesto vacante le
correspondía a él antes que a cualquier otro. No sin resis-
tencia y desagrado prestó la dama oídos a sus deseos.
»-Me temo -le dijo- que por culpa de esta condescen-
dencia voy a perder lo más apreciado del mundo, a un
amigo.
»Lo había predicho bien; pues apenas llevaba un tiempo
desempeñando con ella este doble papel, los caprichos del
joven comenzaron a resultarle pesados: como amigo exigía
toda su atención, como amante todo su cariño y como joven
agradable y sensato conversación infinita. Pero esto no
cuadraba en absoluto con las ideas de la vivaz muchacha:
no podía avenirse a sacrificio alguno y no tenía ganas de
concederle a nadie derechos exclusivos. De ahí que tratara,
de un modo delicado, de disminuir poco a poco sus visitas,
de verlo menos y de hacerle sentir que no iba a perder su
libertad por nada del mundo.
»Tan pronto como él se dio cuenta, se sintió preso de la
mayor de las desdichas, y, por desgracia, este mal no vino
solo: sus asuntos familiares empezaron a ir extremadamen-
te mal. En esto tenía que reprocharse que, desde joven,
había creído que su fortuna era una fuente inagotable,
había desatendido sus negocios para hacer el papel, en via-
jes y en el ancho mundo, de un individuo más elegante y
más rico de lo que su cuna y sus ingresos le permitían. Los
pleitos en los que tenía puestas sus esperanzas iban lentos
y eran costosos. Por eso tuvo que ir varias veces a Palermo
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 38

y, en su último viaje, la astuta muchacha adoptó diversas


medidas para dar otro giro a su forma de vida y alejarlo
poco a poco de sí. El joven regresó y la encontró en otra
casa, lejos de la suya, y vio entrar y salir de ella con toda
confianza al marqués de S***, que por aquel entonces tenía
gran influencia en los entretenimientos y espectáculos
públicos. Esto le embargó de tal manera que cayó grave-
mente enfermo. Cuando la noticia de la enfermedad llegó a
oídos de su amiga, se apresuró a ir a verlo, lo cuidó, orga-
nizó su asistencia y, una vez hubo sabido que su caja no
estaba provista de la mejor manera, dejó una suma
considerable que fue suficiente para tranquilizarlo por algún
tiempo.
»Con la arrogancia de querer limitar su libertad, el amigo
había perdido ya mucho a sus ojos; así como disminuía su
inclinación hacia él, aumentaba la atención a su persona;
finalmente, descubrir que en sus propios asuntos había
actuado con tan poca inteligencia no le había proporcionado
la visión más favorable de su entendimiento y su carácter.
Entretanto el joven no advertía las grandes
transformaciones que se habían producido en ella; antes
bien el cuidado que ponía en su curación, la fidelidad con la
que permanecía la mitad del día junto a su lecho, le pare-
cían ser más un signo de su amistad y su amor que de su
compasión, y esperaba verse en posesión de todos sus
derechos una vez recuperado.
»¡Cuánto se equivocaba! A medida que recobraba la salud
y sus fuerzas se renovaban desaparecía en ella toda suerte
de inclinación y confianza: incluso llegó a parecerle tan
pesado como antaño le había resultado agradable. También,
con el curso de estos sucesos, a él se le había agriado y
39 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

amargado el humor sobremanera sin que se percatara de


ello; toda la culpa que pudiera tener en su destino se la
echaba a los demás, justificándose en todo por completo.
Sólo veía en sí a un hombre inocentemente perseguido,
injuriado y afligido, y esperaba un desquite completo de
todo ese mal y todos esos sufrimientos con la total sumisión
de su amada.
»Con estas exigencias se presentó ya en los primeros días
en que pudo volver a salir y visitarla. Exigía nada menos
que se entregara por completo a él, que dejara al resto de
sus amigos y conocidos, que abandonara el teatro y que
viviera única y exclusivamente con y para él. Ella le
manifestó la imposibilidad de acceder a sus pretensiones,
primero de manera jocosa, luego seria, y al final se vio
desgraciadamente obligada a confesarle la triste verdad:
que su relación estaba completamente echada a perder. El
joven la abandonó y no volvió a verla.
»Vivió aún durante algunos años en un círculo muy
reducido o, mejor dicho, en la sola compañía de una ancia-
na y piadosa dama, que residía con él en la misma casa y se
mantenía con unas escasas rentas. Por aquel tiempo ganó
uno de los procesos y poco después el otro; sólo que su
salud estaba ya minada y la dicha de su vida perdida. Por
un motivo nimio volvió a recaer en una grave enfermedad y
el médico le anunció la muerte. Escuchó su sentencia sin
aversión, tan sólo deseaba volver a ver a su linda amiga.
Envió a su casa a su sirviente, el cual antaño, en tiempos
más felices, le había traído más de una respuesta favorable.
Él le rogó, ella lo rechazó. Lo envió por segunda vez para
suplicarle; ella insistió en su determinación. Finalmente, era
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 40

ya entrada la noche, lo envió por tercera vez; ella se con-


movió y me confió su apuro, pues precisamente yo había
ido allí a cenar con el marqués y algunos otros amigos. La
aconsejé y le rogué que le mostrara al amigo el último
servicio de amor; ella pareció indecisa, pero tras algunas
reflexiones se recobró. Envió al sirviente con una respuesta
negativa y éste no regresó.
»Tras la cena estábamos sentados conversando confiden-
cialmente y todos estábamos alegres y de buen humor. Era
cosa de medianoche cuando de repente se dejó oír una voz
lastimera, apremiante, angustiosa y prolongada. Nos
asustamos, nos miramos unos a otros y a nuestro
alrededor, preguntándonos qué era lo que nos iba a deparar
aquel lance. La voz parecía resonar en las paredes, como si
saliese del centro de la habitación. El marqués se puso en
pie y de un salto se dirigió a la ventana, y los demás nos
encargamos de la bella dama que yacía allí desmayada.
Poco a poco fue volviendo en sí. El celoso y rudo italiano,
apenas vio que volvía a abrir los ojos, le hizo amargos
reproches:
»-Si conviene usted señales con sus amigos -dijo-, procure
que sean menos llamativas y menos pesadas.
»Ella le respondió con su habitual presencia de ánimo que,
puesto que tenía derecho a ver en su casa a cualquiera en
cualquier momento, difícilmente elegiría tonos tan tristes y
espantosos como preparación de agradables horas.
»Y, ciertamente, el tono tenía algo increíblemente pavoro-
so. Todos teníamos en el cuerpo, sí, en todos los miembros,
sus inflexiones largas y retumbantes. La joven dama estaba
pálida, descompuesta y próxima a desmayarse; por eso tu-
41 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

vimos que quedarnos con ella la mitad de la noche. No


volvió a oírse nada. A la noche siguiente el mismo grupo, no
tan alegre como días anteriores, pero casi lo suficiente y... a
la misma hora, el mismo sonido poderoso y terrible.
»Entretanto nosotros habíamos hecho infinitas conjeturas
y agotado nuestras sospechas, acerca de la naturaleza del
grito y de su procedencia. ¿Qué más puedo decir? Tantas
veces como ella comía en casa, se dejaba oír a la misma
hora y, por cierto, tal como podía observarse, a veces más
fuerte, a veces más débil. Todo Nápoles hablaba de aquel
suceso. Toda la gente de la casa, todos los amigos y conoci-
dos se interesaban vivamente por ello, incluso se llamó a la
policía. Se apostaron espías y observadores. A los que esta-
ban en la calle, el sonido les parecía provenir del exterior, y
en la habitación se oía también como si viniera de allí
mismo. Cada vez que ella comía fuera, no se oía nada; cada
vez que estaba en casa, se dejaba oír.
»Pero tampoco fuera de casa estaba completamente a res-
guardo de aquel malvado acompañante. Sus atractivos le
habían abierto las puertas de las casas más importantes.
Era bien recibida en todas partes por ser una buena conver-
sadora y, para eludir al malvado huésped, se había acos-
tumbrado a pasar las noches fuera de la casa.
»Un hombre, respetable por su edad y su posición, la llevó
una noche a casa en su coche. Cuando se despide de ella
delante de su puerta, el sonido se deja oír entre los dos, y
se llevan en su coche a ese hombre, que conocía la historia
tan bien como otros miles, más vivo que muerto.
»En otra ocasión, un joven tenor, que no parecía desa-
gradarle, cruza con ella la ciudad de noche para ir a visitar a
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 42

una amiga. Él había oído hablar de esos extraños fenóme-


nos y dudaba, como joven valiente, de un prodigio tal.
Hablaron del asunto.
» Yo también desearía -dijo- oír la voz de su acompañante
invisible; ¡invóquelo, somos dos y no tenemos nada que
temer!
»No sé qué le indujo a ello, si aturdimiento u osadía: en
definitiva, llama al espíritu y al momento surge en medio del
coche el estridente sonido, con toda su fuerza se deja oír
rápidamente tres veces seguidas y desaparece con un
lastimero eco. Ante la casa de su amiga hallaron a ambos
desmayados en el coche, con mucho esfuerzo se logró
hacerles volver en sí y se escuchó lo que les había
acontecido.
»La hermosa dama necesitó algún tiempo para recobrarse.
Aquel susto continuo perjudicó su salud y el sonoro fan-
tasma parecía permitirle una tregua; incluso, como hacía
mucho tiempo que no había vuelto a dejarse oír, esperaba
haberse librado de él por completo. Sólo que estas esperan-
zas eran muy tempranas.
»Tras concluir el carnaval emprendió un pequeño viaje de
recreo junto con una amiga y una doncella. Quería hacer
una visita en el campo; se hizo de noche antes de haber
podido terminar su camino y, como se rompiera algo en el
coche, tuvieron que pasar la noche en una sencilla posada y
arreglárselas de la mejor manera posible.
»Ya se había acostado la amiga y la doncella, tras haber
encendido la lamparilla, se disponía a acostarse junto a su
señora en la otra cama, cuando ésta, bromeando, dijo:
»-Estamos aquí, en el fin del mundo, y el tiempo es horri-
43 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

ble, ¿acaso podría encontrarnos en este lugar?


»Al momento se dejó oír, más fuerte y más horrible que
nunca. La amiga no creía otra cosa sino que el infierno esta-
ba en la habitación, se levantó de un salto y, tal como
estaba, echó a correr escaleras abajo llamando a gritos a
toda la casa. Nadie pegó ojo aquella noche. Sólo que fue
también la última vez que el sonido se dejó oír. No
obstante, el importuno huésped tuvo pronto otra forma más
molesta de anunciar su presencia.
»Llevaba en calma un tiempo cuando de repente una
noche, a la hora acostumbrada en la que ella estaba a la
mesa junto con sus amigos, un disparo como de escopeta o
de una pistola bien cargada, dio en la ventana. Todos escu-
charon el estampido, y todos vieron el fuego, pero al obser-
var más de cerca encontraron el cristal sin el más mínimo
rasguño. A pesar de ello, el grupo se tomó el suceso muy en
serio y todos creyeron que la vida de la hermosa dama esta-
ba en peligro. Se apresuran a acudir a la policía, se inspec-
cionan las casas vecinas y, como no se encuentra nada sos-
pechoso, al día siguiente se apostan guardias en toda la
calle. Se inspecciona con rigor la casa en la que ella vive, se
reparten espías por la calle.
»Todas estas precauciones fueron en vano. Durante tres
meses seguidos da el disparo a la misma hora en la misma
ventana, sin rozar el cristal y, lo que no dejaba de resultar
curioso, siempre exactamente una hora antes de mediano-
che, puesto que en Nápoles se acostumbra a contar las
horas a la italiana y la medianoche, en realidad, no es un
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 44

momento importante (l4).


»Al final se acostumbraron a esa aparición igual que a la
anterior y no le dieron demasiada importancia al espíritu por
su inocente alevosía. De vez en cuando el disparo sonaba
sin asustar al grupo ni interrumpir su conversación.
»Una noche, tras un día muy caluroso, la hermosa dama
abrió la consabida ventana sin pensar en la hora y salió al
balcón con el marqués. Llevaba fuera apenas unos minutos
cuando el disparo pasó por entre ambos, arrastrándolos con
fuerza hacia el interior de la sala, donde cayeron al suelo
desmayados. Una vez se hubieron recobrado, él sintió en la
mejilla izquierda, y ella en la derecha, el dolor de una buena
bofetada, y como por lo demás no estaban heridos, el
suceso dio ocasión a alguna que otra observación jocosa.
»A partir de ese momento no volvió a oírse el ruido en la
casa, y ella creía haberse librado por fin por completo de su
invisible perseguidor, cuando, en un camino que recorría de
noche para ir a visitar a una amiga, una aventura insos-
pechada volvió a asustarla otra vez de forma terrible. Su
camino atravesaba la Chiaia (15), donde había residido
antaño su amigo genovés. La luna brillaba con fuerza. Una
dama que iba sentada a su lado preguntó:
»-¿No es ésta la casa en la que murió el señor ***?
»-Por lo que sé es una de esas dos -dijo la hermosa dama,
y en el mismo momento salió de una de las dos casas el dis-
paro y atravesó el coche.

(14) En la Italia de la época las horas del día se contaban efectivamente a


partir de la puesta del sol, con lo cual la medianoche no supone, la división
entre un día y otro.
(15) Es un amplio camino ribereño de Nápoles.
45 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

»El cochero creyó que lo atacaban y echó a galopar a toda


velocidad. En el lugar de destino sacaron a las dos mujeres
del coche como muertas.
»Pero ese susto fue también el último. El acompañante
invisible cambió su táctica y, pasadas algunas noches, se
oyó ante sus ventanas una sonora ovación. Como era una
cantante y una actriz apreciada estaba más acostumbrada a
ese sonido. En sí no tenía nada de horrible y bien se podía
adjudicar a cualquiera de sus admiradores. Le prestó poca
atención; sus amigos estuvieron más atentos y, al igual que
la vez anterior, colocaron centinelas. Escuchaban el sonido,
pero no se veía a nadie, y la mayoría esperaban ya que
aquellas apariciones pronto acabarían por completo.
»Pasado un tiempo, también este sonido se perdió y se
transformó en melodías más gratas. En realidad no eran lo
que se dice melódicas, pero sí increíblemente agradables y
placenteras. Para los observadores más detallistas parecían
proceder de la esquina de una calle transversal, ir flotando
por el espacio vacío del aire hasta la ventana y extinguirse
luego allí de la manera más dulce. Era como si un espíritu
celestial quisiera llamar la atención sobre una melodía que
estaba a punto de ejecutar. También este sonido acabó por
desaparecer y no volvió a dejarse oír, después de que toda
esta curiosa historia hubiera durado aproximadamente año
y medio.
Como el narrador se detuviera un momento, el grupo
empezó a manifestar sus ideas y sus dudas sobre la historia,
sobre si era verdad y si acaso podía serlo.
El anciano afirmaba que tenía que ser cierta para ser
interesante; pues como historia inventada tenía poco méri-
to. Alguien apuntó a esto que parecía extraño que no se hu-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 46

bieran informado acerca del difunto amigo y de las cir-


cunstancias de su muerte, porque seguro que de ahí hubie-
ran podido sacarse algunos datos para esclarecer la historia.

-Esto también se hizo -repuso el anciano-; yo mismo fui lo


suficientemente curioso para ir a su casa justo después de
la primera aparición y, con un pretexto, visitar a la dama
que lo había cuidado como una madre hasta el final. Ella me
contó que su amigo había sentido una pasión increíble por
la joven, que durante los últimos días de su vida apenas
sólo había hablado de ella y que de la misma forma se la
imaginaba como un ángel que como un demonio.
»Cuando su enfermedad se hubo agravado, no deseó otra
cosa que verla una vez más antes de morir, probablemente
con la esperanza de conseguir su arrepentimiento o al
menos una señal de su amor y su amistad. Tanto más
terrible le resultó su continuo rechazo y, evidentemente, la
última respuesta, tajantemente negativa, aceleró su final.
Desesperado clamó a voces:
»-¡No, de nada le va a servir! ¡Me evita, pero tampoco la
dejaré en paz después de morir!
»Con tal vehemencia se despidió, y harto bien habríamos
de comprobar que incluso al otro lado de la tumba uno
puede mantener su palabra.
El grupo comenzó de nuevo a opinar y a juzgar la historia.
En último lugar dijo el hermano Fritz:
-Tengo una sospecha, pero no la quiero manifestar hasta
que no tenga en mi memoria todos los detalles y
compruebe mis deducciones.
Al instarle vivamente, trató de evitar una respuesta di-
47 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

ciendo que se ofrecía a contar también una historia que,


ciertamente, no igualaba a la anterior en interés, pero que
era asimismo del estilo de las que nunca se han podido
aclarar con total certeza (l6).

-En casa de un honrado noble amigo mío, que residía con


su numerosa familia en un antiguo palacio, se había criado
una huérfana que, ya crecidita y habiendo cumplido los
catorce años de edad, solía ocuparse en su mayor parte de
la dama de la casa y prestaba a su persona los servicios
más íntimos. Estaban muy satisfechos con ella, y ella no
parecía desear nada más que mostrar su gratitud a sus
bienhechores con su atención y su lealtad. Era de
constitución esbelta y pronto tuvo algunos pretendientes.
No creían que una de aquellas relaciones llegara a hacerla
feliz, y ella no mostraba tampoco el más mínimo deseo de
cambiar de estado.
»De repente aconteció que la muchacha, mientras iba por
la casa atendiendo a sus quehaceres, escuchó unos golpes
a sus pies a un lado y a otro. Al principio pareció casual,
pero como los golpes no cesaban y marcaban casi cada uno
de sus pasos, le entró miedo y apenas se atrevía a salir de
la habitación de la noble señora, pues sólo en ella tenía
tranquilidad completa.

(16). La fuente para la redacción de esta segunda historia parece ser oral.
Charlotte von Stein escribe el 19 de febrero de 1795 en una carta a Charlotte
von Schiller que el señor Von Pannwitz, en cuya casa paterna ocurrieran los
sucesos que se relatan, se la había contado tres años antes y que le había
llamado la atención que Goethe la incluyera en una revista tan «respetable»
como Die Horen.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 48

»Aquellos golpes los oía cualquiera que iba con ella o que
no estaba a mucha distancia de allí. Al principio bromeaban,
pero al final la cosa empezó a resultar desagradable. El
señor de la casa, que era de mente despierta, investigó
personalmente las circunstancias. Los golpes no se oían
hasta que la muchacha comenzaba a andar, y no tanto al
posar el pie, sino al levantarlo para continuar andando. No
obstante, de vez en cuando los golpes eran irregulares, y se
hacían especialmente fuertes cuando atravesaba en diago-
nal una gran sala.
»Un día en que el dueño de la casa tenía a mano a unos
obreros, les ordenó, puesto que los golpes eran excesiva-
mente fuertes, que alzaran algunas de las tablas por las que
ella había pasado. No encontraron nada, excepto que con
ese motivo salieron algunas ratas enormes, cuya caza
levantó mucho ruido en la casa.
»Defraudado por el suceso y la confusión, el dueño de la
casa echó mano a un remedio más enérgico: descolgó de la
pared el látigo de cazador más grande que tenía y juró que
azotaría a la muchacha hasta la muerte si los golpes volvían
a oírse una sola vez más. A partir de ese momento ella
anduvo por toda la casa sin tribulaciones, y no volvieron a
oírse los golpes.

-De lo que se deduce claramente -terció Luise- que la her-


mosa niña era su propio fantasma y que por alguna razón
había ideado esa broma para burlarse de sus señores.
-Nada de eso -repuso Fritz-; pues aquellos que atribuían
este fenómeno a un espíritu creían que un espíritu protector
quería llevarse a la muchacha de la casa, pero sin que su-
49 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

friese el menor daño. Otros afinaban más y consideraban


que uno de sus enamorados había tenido la ciencia o la
habilidad de producir esos sonidos para sacar a la mucha-
cha de casa y echarla en sus brazos. Pero sea como fuere,
la buena niña casi se quedó en los huesos con este suceso y
se asemejaba a un espíritu triste, y eso que antes había
estado siempre despierta y alegre, y había sido la alegría de
toda la casa. Aunque también una pérdida física así puede
interpretarse de más de una manera.
-Es una lástima -repuso Karl- que tales casos no se inves-
tiguen con mayor rigor y que al juzgar los acontecimientos
que tanto nos interesan tengamos que fluctuar siempre
entre diversas probabilidades, porque no se han tenido en
cuenta todas las circunstancias en que acontecen tales pro-
digios.
-Y eso que, en realidad, no serían tan difíciles de investigar
-dijo el anciano-, y tampoco que, en el momento en que
sucede algo por el estilo, todos tengan presentes los lugares
y momentos que son realmente importantes, para que no se
le escape a uno nada que pueda ocultar el engaño y el
error. ¿O acaso se deja salir del paso tan fácilmente a un
prestidigitador, del que sabemos que trata de burlarnos?
Apenas había terminado de hablar cuando en un rincón de
la habitación se oyó de repente un fuerte chasquido. Todos
se estremecieron y Karl dijo bromeando:
-¡No se nos hará oír ahora un amante moribundo...!
Habría deseado poder retirar sus palabras, pues Luise se
había puesto lívida y confesó que temía por la vida de su
prometido.
Fritz, para distraerla, cogió la luz y se dirigió al escritorio
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 50

que había en el rincón. Su tapa curva se había rajado


completamente de un extremo a otro; así pues, allí tenían la
causa del chasquido, pero a pesar de todo les llamó la
atención que aquel escritorio, uno de los mejores trabajos
de Röntgen (17) que llevaba ya algunos años en aquel
lugar, se hubiera resquebrajado casualmente en aquel
momento. Con frecuencia lo habían ponderado y exhibido
como modelo de un buen trabajo de carpintero, como una
obra excelente y duradera, y ahora de repente se resque-
brajaba sin que pudiera percibirse el menor cambio en el
aire.
-¡Rápido -dijo Karl-, vamos a comprobar primero esta
circunstancia y a mirar el barómetro!
El mercurio estaba exactamente en la misma posición que
hacía algunos días; el termómetro mismo no había bajado
más que lo que el cambio del día a la noche traía
naturalmente consigo.
-Lástima que no tengamos a mano un higrómetro -excla-
mó-, justo ese instrumento sería el más necesario.
-Parece -dijo el anciano- que siempre nos faltan los ins-
trumentos más necesarios cuando queremos hacer experi-
mentos con espíritus.
Los interrumpió en sus consideraciones un criado que en-
tró a toda prisa para anunciar que se veía un gran fuego en
el cielo, pero que no se sabía si era en la ciudad o en las
cercanías.
Como con lo precedente estaban ya más sensibilizados a

(17). David Röntgen (1743-1807), famoso artesano alemán de la época,


célebre por sus escritorios.
51 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

los sustos, todos se sintieron más afectados por la noticia


de lo que tal vez hubiera ocurrido en otro momento. Fritz se
dirigió a toda prisa hasta el mirador de la casa, donde en un
gran cristal horizontal estaba detalladamente dibujado el
mapa de la región, con ayuda del cual podían situarse inclu-
so de noche con bastante precisión la posición de los distin-
tos lugares. Los otros permanecieron juntos, no sin preocu-
paciones e inquietudes.
Fritz regresó y dijo:
-No traigo ninguna buena noticia. Pues muy probable-
mente el incendio no es en la ciudad, sino en las propieda-
des de nuestra tía. Conozco la dirección con mucho detalle y
temo no equivocarme.
Lo lamentaron por los hermosos edificios y calcularon las
pérdidas.
-Entretanto -dijo Fritz- se me ha ocurrido una fantástica
idea que, al menos, podrá tranquilizarnos respecto del
singular fenómeno del escritorio. Ante todo hemos de
determinar el minuto en el que escuchamos el sonido.
Echaron la cuenta y podía haber sido aproximadamente a
las once y media.
-Bueno, podéis reíros o no -continuó Fritz-, pero os voy a
contar mis conjeturas. Sabéis que hace ya varios años
nuestra madre regaló a nuestra tía un escritorio similar, yo
incluso diría que igual. Ambos fueron hechos a un mismo
tiempo, de una misma madera y por un mismo maestro con
el mayor de los cuidados, ambos se han conservado hasta
ahora en excelente estado, y apostaría a que en este
momento el segundo escritorio está ardiendo junto con la
casa de recreo de nuestra tía y que su gemelo sufre
también por ello. Mañana mismo iré allí y trataré de com-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 52

probar este extraño suceso de la mejor manera posible.


No vamos a decidir aquí si Friedrich era verdaderamente
de esa opinión o si el deseo de tranquilizar a su hermana lo
había ayudado a tener esa ocurrencia; en resumen, apro-
vecharon la ocasión para hablar de algunas simpatías inne-
gables y al final hallaron bastante probable la existencia de
una simpatía entre maderas que han nacido de un mismo
tronco, entre obras que ha realizado un mismo artista (18).
Incluso estuvieron de acuerdo en considerar tales fenóme-
nos como fenómenos naturales, lo mismo que otros que se
repiten con frecuencia, que palpamos con las manos y, sin
embargo, no nos podemos explicar.
-En general -dijo Karl-, me parece sin más que todo
fenómeno, igual que todo hecho, es en sí lo interesante.
Quien lo explica o lo relaciona con otros sucesos normal-
mente tan sólo bromea consigo mismo y se burla de noso-
tros, como hacen, por ejemplo, el naturalista y el historia-
dor. Pero un hecho o un suceso aislado son interesantes, no
porque sean explicables o probables, sino porque son cier-
tos. Si hacia medianoche las llamas han devorado el escrito-
rio de la tía, el extraño resquebrajamiento del nuestro a la
misma hora es para nosotros un acontecimiento verdadero,
que, por lo demás, puede ser explicable y relacionarse con
lo que se quiera.
Por muy entrada que estaba la noche, nadie sentía el de-
seo de irse a la cama y Karl se ofreció también a contar una
historia que no era menos interesante, aunque tal vez pu-

(18) En el siglo XVIII se creía en la existencia de relaciones simpatéticas


también entre los objetos, que se establecían sin que necesariamente pudiera
reconocerse el medio por el que surgían
53 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

diera explicarse y comprenderse antes que las precedentes.


-El mariscal de Bassompierre -dijo-, la cuenta en sus
Memorias (19) ; permítanme hablar en su nombre:
»Desde hace cinco o seis meses he venido notando cada
vez que atravesaba el puentecillo (pues en aquella época
aún no se había construido el Pont Neuf (20)) , que una
linda tendera, cuyo negocio se reconocía por un letrero con
dos ángeles, se inclinaba profunda y repetidamente ante mí
y me seguía con la vista hasta donde podía. Su comporta-
miento me llamó la atención, yo también la miré y le di las
gracias amablemente. En una ocasión cabalgaba desde
Fontainebleau a París y, cuando volvía a subir por el puen-
tecillo, ella salió a la puerta de su tienda y me dijo al pasar
yo a caballo:
»-¡Mi señor, servidora de usted!
»Yo respondí a su saludo y, al volverme de vez en cuando
a mirarla, vi que ella se había adelantado para seguirme con
la vista todo lo que podía.
»Me seguían un criado junto con un escolta que yo quería
enviar esa misma noche de vuelta a Fontainebleau con car-

(19) François de Bassompierre, Mémoires contenant l'histoire de sa vie, 2


vol. Colonia 1666. Los archivos de la biblioteca de Weimar registran que
Goethe tomó prestada esta obra en el invierno de 1794 a 1795. La historia de
la linda costurera (La belle femme lingère) puede leerse en las páginas 158 a
162. Años más tarde serviría también a Hugo von Hofmannsthal para su
novela corta Das Erlebnis des Marschalls von Bassompierre [Aventura del
mariscal de Bassompierre] (1905).
(20) Hoy es el puente más antiguo de París, pero su nombre se remonta a
la época de su construcción (1578-1606). La historia que cuenta Bassom-
pierre tuvo lugar el año en que fue finalizado, durante el reinado de Enrique
IV.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 54

tas para algunas damas. A mi orden, el criado desmontó y


se dirigió a la joven para decirle en mi nombre que me
había percatado de sus deseos de verme y de saludarme;
que si lo deseaba yo estaba dispuesto a que me conociera
más de cerca, y a ir a visitarla donde ella quisiera.
»Respondió al criado que no había podido llevarle noticia
mejor, que estaba dispuesta a ir adonde yo le pidiera, con la
sola condición de poder pasar una noche conmigo bajo el
mismo techo.
»Acepté la propuesta y pregunté al criado si acaso él no
conocía un lugar donde pudiéramos estar juntos. Respondió
que podía llevarnos a la casa de cierta alcahueta, pero que
me aconsejaba mandar que llevaran colchones, mantas y
sábanas de mi casa, porque la peste hacía su aparición por
allí de vez en cuando. Acepté la propuesta y él prometió
prepararme una buena cama.
»Por la noche me dirigí al lugar y encontré a una mujer
muy hermosa, de aproximadamente veinte años de edad,
con un encantador gorrito de dormir, una camisa muy fina y
unas enaguas de lana verde. En los pies llevaba zapatillas y
se había echado por encima una especie de guardapolvos.
Me gustó muchísimo y, como me disponía a tomarme
algunas libertades, ella rechazó mis caricias con muy bue-
nas maneras y exigió que para ello estuviéramos entre
sábanas. Cumplí sus deseos y puedo decir que jamás he
conocido a una mujer más delicada ni he disfrutado de
ningún placer mayor. A la mañana siguiente le pregunté si
no podía volver a verla, pues salía de viaje el domingo, y
habíamos pasado juntos la noche del jueves al viernes.
»Me respondió que seguramente ella lo deseaba con más
fuerza que yo; pero que, si no me quedaba todo el domin-
55 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

go, le resultaba imposible, pues sólo podía verme en la


noche del domingo al lunes. Como le expuse algunas
dificultades, dijo ella:
»-Seguro que en este momento está usted harto de mí y
ahora quiere marcharse el domingo; pero pronto volverá a
pensar en mí y seguro que cederá un día para pasar una
noche conmigo.
»Fui fácil de convencer; le prometí quedarme el domingo
y encontrarme esa noche en el mismo lugar. A esto me
respondió:
»-Sé muy bien, mi señor, que por usted he venido a una
casa deshonrosa; pero lo he hecho voluntariamente y tenía
unos deseos tan irrefrenables de estar con usted que habría
aceptado cualquier condición. Por pasión he venido a este
abyecto lugar, pero me tendría por una vil ramera si tuviera
que regresar aquí por segunda vez. ¡Que tenga una muerte
miserable si, además de mi marido y de usted, he aceptado
las proposiciones de algún otro y con algún otro he deseado
estar! Pero ¿qué no se haría por una persona a la que se
ama, y por un Bassompierre? Por él he venido a esta casa,
por un hombre que con su presencia ha hecho honorable
este lugar. Si quiere volver a verme, le recibiré en casa de
mi tía.
»Me describió la casa con gran detalle y continuó:
»-Le esperaré desde las diez hasta la medianoche; bueno,
incluso hasta más tarde, la puerta estará abierta. Primero
encontrará un pequeño pasillo, no se detenga en él, pues la
puerta de mi tía está allí. Luego se dará al instante con una
escalera que le llevará al primer piso, donde le recibiré con
los brazos abiertos.
»Dispuse mis asuntos, hice que mi gente y mis cosas me
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 56

precedieran y aguardé con impaciencia la noche del


domingo en la que había de volver a ver a la hermosa
mujercita. A las diez ya estaba yo en el lugar indicado. Al
instante encontré la puerta que me había descrito, pero
cerrada, y luz en toda la casa que, de vez en cuando,
parecía resplandecer como una llama. Impaciente empecé a
llamar a la puerta para anunciar mi visita; pero escuché una
voz de hombre que me preguntó quién estaba afuera.
»Retrocedí y anduve arriba y abajo por algunas calles.
Finalmente, el deseo volvió a arrastrarme hasta la puerta.
La hallé abierta y, atravesando el pasillo, me apresuré a
subir la escalera. Pero cuál fue mi asombro al encontrar en
la habitación a algunas personas quemando paja de jergón
y ver, a la luz de la llama que alumbraba toda la habitación,
dos cuerpos desnudos tendidos sobre la mesa. Retrocedí a
toda prisa y, al salir, me tropecé con unos sepultureros que
me preguntaron qué buscaba. Saqué la daga para que no se
acercaran y llegué a casa no poco emocionado por aquella
extraña visión. Me bebí de golpe tres o cuatro copas de
vino, un remedio contra las influencias de la peste que en
Alemania se aprecia mucho y, tras haber descansado,
emprendí al día siguiente mi viaje hacia Lorena.
»Todos los esfuerzos que hice al volver por averiguar algo
de aquella mujer fueron en vano. Fui incluso a la tienda de
los dos ángeles; ni siquiera los inquilinos sabían quién había
estado allí antes que ellos.
»Esta aventura me aconteció con una persona de baja
condición, pero aseguro que, sin este desagradable final,
había sido una de las más encantadoras que puedo recordar
y que jamás he podido pensar sin nostalgia en la hermosa
mujercita.
57 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

-Otro enigma -repuso Fritz- que tampoco es fácil de solu-


cionar. Pues no deja de ser dudoso si la linda mujercita
murió de peste en esa casa o si la evitó debido tan sólo a
esa circunstancia.
-De haber vivido -repuso Karl-, seguro que hubiera
esperado eternamente a su amado en la calle, y ningún
peligro la habría detenido para volverlo a buscar. Me temo
que ella estaba en la mesa con el otro.
-¡Callaos! -dijo Luise-. La historia es demasiado terrible.
¿Qué noche vamos a pasar si nos vamos a la cama con tales
visiones?
-Se me ocurre todavía otra historia -dijo Karl-, que es más
linda y que Bassompierre cuenta de uno de sus antepasados
(21):
»Una hermosa mujer que amaba sobremanera a este
antepasado, lo visitaba todos los lunes en su residencia de
verano, donde pasaba la noche con ella, mientras hacía
creer a su mujer que dedicaba ese tiempo a una partida de
caza.
»Dos años ininterrumpidos habían estado viéndose de
esta forma, cuando su mujer comenzó a albergar algunas
sospechas y, deslizándose una mañana hasta la casa de
verano, halló a su esposo y a la bella mujer profundamente
dormidos. No tuvo ni valor ni deseo de despertarlos, sino
que le quitó a ella el velo de la cabeza y cubrió con él los
pies de los durmientes.

(21) De su abuelo, concretamente. Se trata de la historia del velo, recogida


en las páginas 4 a 6 del volumen primero de la mencionada edición de 1666.
Emil Strauss la reelaboró en una novela corta titulada Der Schleier [El velo] y
publicada en 1920.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 58

»Cuando la joven despertó y vio el velo, lanzó un agudo


grito, prorrumpió en lastimeras quejas y se lamentó de no
poder volver a ver a su amado, y de que no podría
acercarse a él a menos de cien millas de distancia. Se
despidió de él tras haberle honrado con tres regalos para
sus tres hijas legítimas, un pequeño rasero, un anillo y una
copa, y haberle recomendado el mayor de los cuidados para
con aquellos dones. Los guardaron con mucho esmero y los
descendientes de aquellas tres hijas han creído ver la causa
de algún que otro afortunado suceso en la posesión de esos
dones.

-Eso se parece más bien al cuento de la bella Melusina y a


otras historias de hadas por el estilo (22) -dijo Luise.
-Y, sin embargo, en nuestra casa se ha conservado una
tradición similar -repuso Friedrich-, y un talismán parecido.
-¿Y cómo es eso? -preguntó Karl.
-Es un secreto -contestó aquél-; sólo si es necesario puede
saberlo el primogénito en vida del padre, y poseer la joya a
su muerte.
-¿Así que tú la guardas ahora? -preguntó Luise.
-Ya he dicho demasiado -replicó Friedrich, mientras
encendía la luz para irse a acostar.

(22) Jean d'Arras, Livre de Mélusine ou Noble Histoire de Lusignan [Libro


de Melusina o Noble historia de Lusignan] (1387-1392). La historia de
Melusina, originaria de la Edad Media, aparece reelaborada por el propio
Goethe en uno de los cuentos incluidos en la continuación de las andanzas de
Wilhelm Meister, Wilhelm Meisters Wanderjahre [Los años de peregrinaje de
Wilhelm Meister] (1821), con el título Die neue Melusine [La nueva Melusina].
En el libro 10 de Poesía y verdad menciona que en Sesenheim contó por
primera vez el cuento a partir del cual elaboraría posteriormente esta historia.
59 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

La familia había desayunado toda junta como de costumbre,


y la baronesa estaba sentada de nuevo al bastidor. Tras un
breve silencio general, el cura amigo de la casa comenzó a
decir con una sonrisita:
-No deja de ser raro que cantantes, poetas y narradores
que prometen entretener a un grupo lo hagan a su debido
tiempo; más bien se hacen mucho de rogar precisamente
cuando debieran estar más dispuestos, y son muy imperti-
nentes cuando a uno le gustaría no escuchar lo que cuen-
tan. Por eso espero ser una excepción si pregunto si en este
momento están en condición de escuchar alguna historia.
-Con mucho gusto -repuso la baronesa-, y creo que todos
los demás estarán de acuerdo conmigo. No obstante, si
quiere darnos una historia como muestra, he de decirle
cuáles no me gustan. No me proporcionan ninguna alegría
esas narraciones en las que, al estilo de las Mil y una
noches, un suceso se enlaza con el siguiente y un interés se
desplaza hacia otro, donde el narrador se ve obligado a
encender por medio de interrupciones la curiosidad que ha
despertado de forma tan descuidada, y a aumentar la
expectación con artificios extraños y en absoluto loables, en
lugar de satisfacerla con una sucesión razonable de
acontecimientos. Censuro los esfuerzos por hacer enigmas
rapsódicos de historias que, en realidad, han de acercarse a
la unidad de la composición, y menoscabar así cada vez más
el buen gusto. Los temas de sus narraciones los dejo a su
completa libertad; pero, al menos en la forma, háganos ver
que estamos en buena sociedad. Como principio denos una
historia de pocas personas y acontecimientos, que esté bien
inventada y pensada, cierta, naturalmente y no cotidiana,
con tanta acción como sea imprescindible y tantos senti-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 60

mientos como sean necesarios, que no se detenga, que no


se pueda narrar con demasiada lentitud en algún tramo,
pero que tampoco se precipite, en la que aparezcan indivi-
duos como los que suelen agradar, no perfectos, pero
bueno, tampoco excepcionales, aunque sí interesantes y
amables. Que su historia sea entretenida mientras la escu-
chamos, que nos satisfaga cuando haya terminado, y que
nos deje un plácido encanto para seguir pensando en ella.
-Si no la conociera bien, mi noble señora -repuso el cura-,
creería que con esos sublimes y estrictos requisitos es su
intención desacreditar por completo mi almacén, antes
incluso de que haya sacado nada de él. ¡Cuán poco la po-
dríamos satisfacer según su rasero! Incluso en este momen-
to -continuó tras haber reflexionado un poco- me obliga
usted a dejar la historia que tenía en mente y aplazarla para
otro momento, y en realidad no sé si con las prisas me equi-
vocaré al elegir, si ahora mismo empiezo a referir improvi-
sando una vieja historia en la que siempre he pensado con
alguna predilección (23):
»En una ciudad portuaria de Italia vivía en tiempos remo-
tos un comerciante que, desde joven, se había distinguido
por su capacidad de trabajo y su astucia. Era, además, un
buen marino y había adquirido grandes riquezas, dado que
acostumbraba a embarcarse personalmente rumbo a Alejan-

(23) La fuente de esta historia no es el Decamerón de Boccaccio, tal como


Schiller mencionó erróneamente en su carta del 28 de octubre de 1794, sino
la última historia de las Cent nouvelles nouvelles (1482), titulada Le sage
Nicaise ou l'amant vertueux [El sabio Nicasio o el amante virtuoso]. Esta
colección de novelas cortas sigue muy de cerca el modelo de la novelística
boccacciana.
61 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

dría a fin de comprar o cambiar exquisitas mercancías a las


que luego en casa sabía volver a dar salida o enviar a las
regiones del norte de Europa. Su fortuna fue creciendo de
año en año, tanto más cuanto que en los propios negocios
encontraba el mayor de los placeres y no le quedaha tiempo
para distracciones costosas.
»Hasta los cincuenta años había seguido ocupándose
laboriosamente de este modo, y conocía poco las distraccio-
nes sociales con que los tranquilos ciudadanos saben
aderezar su vida; igual de poco había conseguido atraer su
atención el bello sexo con todos los encantos de sus com-
patriotas, aunque conocía muy bien su codicia por las joyas
y los lujos y sabía utilizarlos ocasionalmente.
»De ahí que no se diera apenas cuenta de los cambios
que iban a tener lugar en su ánimo cuando un día su barco,
ricamente cargado, atracó en el puerto de su ciudad natal,
justo en una de las fiestas anuales que se celebran especial-
mente para los niños. Chicos y chicas solían dejarse ver des-
pués de la misa con todo tipo de disfraces, recorriendo la
ciudad y gastando bromas ya en procesiones, ya en pandi-
llas, para luego en el campo, en un amplio lugar al aire
libre, practicar todo tipo de juegos, mostrar sus artes y sus
habilidades y, en elegante competición, ganar los pequeños
premios estipulados.
»Al principio, nuestro marino vivió esa fiesta complacido;
pero cuando hubo admirado durante largo tiempo la alegría
de vivir de los niños y el regocijo de los padres y encontrado
a tanta gente disfrutando de una alegría momentánea y de
la más agradable de las ilusiones, su solitario estado hubo
de llamarle la atención extraordinariamente al pensar para
sus adentros. Su casa vacía comenzó por primera vez a dar-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 62

le miedo, y se lamentaba de sí mismo en sus pensamientos:


»-¡Oh, infeliz de mí! ¿Por qué se me abren tan tarde los
ojos? ¿Por qué reconozco ahora en la vejez los únicos bie-
nes que hacen felices a los hombres? ¡Tanto esfuerzo! ¡Tan-
tos peligros! ¿Qué es lo que me han procurado? Aunque mis
bodegas estén llenas de mercancías, mis arcones llenos de
nobles metales y mis armarios llenos de adornos y joyas,
todos esos bienes no pueden ni contentar ni satisfacer mi
ánimo. Cuantos más acumulo, tantos más compañeros
parecen exigir; una joya pide otra, una pieza de oro, otra.
No me reconocen como el dueño de la casa; me dicen
impetuosamente: "¡Ve y apresúrate, tráenos más de los
nuestros! El oro sólo se alegra con el oro, la joya con la
joya"
»"Esto me llevan exigiendo toda la vida, y demasiado
tarde siento que todo eso no me proporciona ningún placer.
Por desgracia ahora que se me echan los años encima
empiezo a pensar y me digo: ¡Tú no disfrutas de esos teso-
ros y después de ti nadie los disfrutará! ¿Acaso has adorna-
do alguna vez con ellos a una mujer amada? ¿Has
engalanado a una hija con ellos? ¿Has puesto a un hijo en
situación de ganarse los favores de una buena muchacha y
consolidarlos? ¡Jamás! De todas tus posesiones nunca has
poseído nada, y tampoco ninguno de los tuyos, y lo que has
reunido con esfuerzo un extraño lo dilapidará alocadamente
tras tu muerte.
»"¡Oh, qué diferentes esos padres dichosos que hoy por la
noche reunirán a sus hijos en torno a la mesa, alabarán su
habilidad y los animarán a las buenas acciones! ¡Qué ánimo
brillaba en sus ojos y qué esperanza parecía brotar del pre-
sente! ¿Acaso tú mismo no ibas a poder albergar esperanza
63 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

alguna? ¿Es que ya eres un anciano? ¿No es suficiente con


darse cuenta de lo que se ha perdido, ahora que aún no
han acabado tus días? No, a tu edad aún no es una locura
pensar en buscar novia, con tus bienes conquistarás a una
buena mujer y la harás feliz, y, si llegas a ver niños en tu
casa, esos frutos tardíos te proporcionarán el mayor placer,
al contrario que quienes los recibieron demasiado pronto del
cielo, para los que se convierten en una carga y los llevan a
la locura.
»Una vez corroborado en su interior este propósito gracias
a este monólogo, mandó venir a dos de sus marineros y les
reveló sus pensamientos. Ellos, que estaban acostumbrados
a ser solícitos y dispuestos en todos los casos, tampoco esta
vez dejaron de serlo y se apresuraron a informarse de quién
era la muchacha más joven y hermosa de la ciudad; pues su
patrón, ya que ahora deseaba esa mercancía, tenía que
encontrar y poseer también la mejor.
»Él mismo descansó esa noche tan poco como sus emisa-
rios. Anduvo, preguntó, vio y oyó, y pronto encontró lo que
buscaba en una joven que en aquel momento merecía ser
llamada la más bella de toda la ciudad, dieciséis años de
edad aproximadamente, de buena constitución y bien edu-
cada, cuya figura y persona traslucía lo más agradable y
prometía lo mejor.
»Tras una breve negociación con la que a la bella joven le
quedaba asegurado el estado más beneficioso tanto en vida
de su marido como a la muerte de éste, se celebró el
matrimonio con gran lujo y alegría, y a partir de ese día
nuestro comerciante se sintió por vez primera en auténtica
posesión y disfrute de sus riquezas. Ahora, con gran dicha,
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 64

empleaba las telas más ricas y hermosas para vestir el her-


moso cuerpo, las joyas brillaban de manera completamente
diferente en el pecho y en los cabellos de su amada de lo
que antaño lo habían hecho en los joyeros, y los anillos
adquirían un valor infinito por la mano que los llevaba.
»Así que no sólo se sentía rico, sino más rico que hasta
entonces, en tanto que sus bienes parecían aumentar con
su uso y aplicación. De este modo vivió la pareja casi todo
un año en la mayor de las dichas y él parecía haber cambia-
do por completo su amor por una vida activa y errante por
el sentimiento de la felicidad casera. Pero una vieja costum-
bre no se abandona tan fácilmente y un rumbo que hemos
seguido desde temprano, sí puede desviarse durante algún
tiempo, pero jamás interrumpirse del todo.
»Por eso también nuestro comerciante, cuando veía a
otros embarcarse o regresar felices a puerto, volvía a sentir
las inquietudes de su antigua pasión; incluso en su casa, al
lado de su esposa, sentía de vez en cuando desasosiego e
insatisfacción. Este deseo fue aumentando con el tiempo y
acabó por transformarse en un anhelo tal que hubo de
sentirse extremadamente infeliz y, al final, enfermó de ver-
dad.
»"¿Qué será ahora de ti? -se decía a sí mismo-. Ahora te
das cuenta de la locura que es cambiar una vieja forma de
vida por una nueva cuando uno está ya entrado en años.
¿Cómo vamos a sacar de nuestra mente, incluso de
nuestros miembros, lo que siempre hemos hecho y
buscado? ¿Y cómo me irá ahora a mí que, hasta este
momento he amado el aire libre, igual que un pez el agua,
igual que un pájaro el aire, por haberme encerrado en una
65 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

casa con todos los tesoros y con la flor de todas las


riquezas, una mujer hermosa y joven? En lugar de
conseguir felicidad y de disfrutar de mis bienes, como yo me
esperaba, me parece que lo estoy perdiendo todo al no
seguir adquiriendo nada. Injustamente se tiene por locos a
los hombres que, en infatigable actividad, tratan de
acumular un bien sobre otro; pues la actividad es la dicha y,
para aquel que puede sentir las alegrías de un esfuerzo
ininterrumpido, las riquezas adquiridas carecen de significa-
do. Por falta de ocupación me vuelvo miserable, por falta de
movimiento enfermo, y, si no tomo otra decisión, dentro de
poco estaré próximo a la muerte.
»"Naturalmente que es una empresa arriesgada alejarse
de una mujer joven y amable. ¿Acaso está bien pretender a
una muchacha encantadora y adorable y, tras un breve
espacio de tiempo, abandonarla a su voluntad, al tedio, a
sus sentimientos y anhelos? ¿Es que acaso esos jóvenes
vestidos de seda no andan ya paseando de un lado a otro
de mi ventana? ¿Es que no tratan ya, en la iglesia y los
jardines, de atraer para sí la atención de mi mujercita? ¿Y
qué sucederá si yo no estoy? ¿He de creer que mi esposa
podría salvarse por un milagro? No, a su edad, con su
constitución, sería una locura esperar que pudiera privarse
de las alegrías del amor. Si te alejas, a tu vuelta habrás
perdido el afecto de tu mujer y su lealtad, junto con el
honor de tu casa."
»Estas consideraciones y dudas con las que se estuvo
martirizando durante un tiempo empeoraron sobremanera
el estado en el que se encontraba. Su mujer, sus parientes
y sus amigos se preocuparon por él, sin poder descubrir la
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 66

causa de su enfermedad. Finalmente volvió a deliberar con-


sigo mismo y, tras algunas reflexiones, exclamó:
»-¡Loco de ti! Te amargas tanto por preservar a una mujer
que, si tu mal persiste, pronto al morir habrás de dejar tras
de ti para algún otro... ¿No será al menos mejor y más
inteligente que trates de mantenerte con vida si es que
estás en peligro de perder en ella lo que se estima como el
mayor bien de las mujeres? ¡Cuántos hombres no pueden
evitar con su presencia la pérdida de ese tesoro y paciente-
mente echan de menos lo que no pudieron mantener! ¿Por
qué no ibas a tener tú valor para privarte de un bien tal,
puesto que tu vida depende de ello?
»Con estas palabras se animó y mandó llamar a sus mari-
nos. Les encargó que fletasen un barco según la costumbre
y que tuvieran todo preparado para poder zarpar con el pri-
mer viento favorable. Tras esto se explicó con su mujer en
los siguientes términos:
»-¡No te extrañes si ves en casa un movimiento del que
puedas deducir que me dispongo a hacer un viaje! ¡No te
preocupes si te confieso que pienso volver a embarcarme!
Mi amor por ti sigue siendo el mismo, y seguro que seguirá
siéndolo toda mi vida. Reconozco el valor de la dicha que
hasta ahora he disfrutado a tu lado y la sentiría aún con
mayor pureza si a menudo no hubiera de hacerme en silen-
cio reproches por mi inactividad y mi dejadez. Mi antigua
afición vuelve a despertar y mis viejas costumbres vuelven a
atraerme. Permíteme que vuelva a ver el mercado de Ale-
jandría, que ahora visitaré con mayor celo porque allí pienso
conseguir para ti las telas más exquisitas y las exquisiteces
más nobles. Te dejo en posesión de todos mis bienes y de
67 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

toda mi fortuna; ¡sírvete y disfruta con tus padres y tus


parientes! El tiempo de la ausencia también pasa y volvere-
mos a vernos con reiterada alegría.
»No sin lágrimas la amable mujer le hizo los más tiernos
reproches, asegurando que sin él no pasaría una sola hora
feliz y únicamente le pidió, ya que no podía ni retenerlo ni
limitarlo, que tuviera a bien pensar en ella de la mejor
manera también durante su ausencia.
»Después de esto, habiendo comentado con ella algunos
negocios y asuntos caseros, dijo tras una breve pausa:
» -Aún tengo algo en el corazón de lo que debes permi-
tirme hablar con total libertad; tan sólo te ruego encareci-
damente que no interpretes mal lo que diga, sino que tam-
bién en esta preocupación reconozcas mi amor.
»-Puedo figurármelo -repuso a esto la hermosa joven-;
estás preocupado por mí, en tanto que, al estilo de los hom-
bres, consideras nuestro sexo débil de principio a fin. Hasta
este momento me has visto joven y alegre, y ahora crees
que en tu ausencia seré irreflexiva y fácil de seducir. No
critico esta forma de pensar, pues es corriente entre
vosotros los hombres; pero por lo que conozco a mi corazón
te puedo asegurar que nada puede influir en mí tan
fácilmente y ninguna influencia posible ha de tener un
efecto tan profundo como para apartarme del camino por el
que hasta ahora he andado de la mano del amor y del
deber. No te preocupes; a tu vuelta encontrarás a tu mujer
tan cariñosa y leal como la has encontrado de noche
cuando, tras una breve ausencia, has regresado a mis
brazos.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 68

»-Confío en tus pensamientos -repuso el esposo-, y te


ruego que persistas en ellos. Pero pensemos en casos extre-
mos, ¿por qué uno no ha de preverlos? Tú sabes cuánto
atrae tu hermosa y encantadora figura los ojos de nuestros
jóvenes conciudadanos; en mi ausencia se esforzarán aún
más por ti, se te acercarán de todas las maneras posibles,
tratarán de agradarte. La imagen de tu esposo, igual que
ahora su presencia, no siempre los espantará de tu puerta y
de tu corazón. Eres una niña noble y buena, pero las exi-
gencias de la naturaleza son legítimas e imperiosas; están
constantemente en pugna con nuestra razón y suelen lle-
varse la victoria. ¡No me interrumpas! Seguro que en mi
ausencia, incluso con el debido respeto a mi persona, senti-
rás el deseo con el que la mujer atrae al hombre y es
atraída por él. Durante un tiempo seré el objeto de tus
deseos; pero quién sabe qué circunstancias coincidirán, qué
ocasiones se darán, y otro cosechará en realidad lo que la
imaginación había pensado para mí. ¡No seas impaciente, te
ruego que me escuches hasta el final!
»"Si llegara el caso, cuya posibilidad tú niegas, y que yo
tampoco deseo acelerar, de que no pudieras seguir por más
tiempo sin la compañía de un hombre, de que no pudieras
renunciar a las alegrías del amor, prométeme tan sólo que
no elegirás en mi lugar a ninguno de los atolondrados
muchachos que, por muy educados que parezcan, son más
peligrosos para el honor que para la virtud de una mujer.
Dominados más por vanidad que por codicia se esfuerzan
por conquistarlas a todas y nada les resulta más natural que
sacrificar a la una por la otra. Si te sientes inclinada a
buscar un amigo, busca uno que merezca ese nombre, uno
69 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

que, modestamente y en silencio, sepa aumentar las


alegrías del amor con el favor del secreto.
»En este punto la hermosa mujer no pudo ocultar por más
tiempo su dolor, y las lágrimas que había contenido hasta
entonces manaron abundantemente de sus ojos.
»-Pienses lo que pienses de mí -exclamó tras un apasio-
nado abrazo-, nada está más lejos de mi ánimo que el delito
que tú, en cierto modo, tienes por inevitable. Que la tierra
se abra y me trague si uno solo de esos pensamientos nace
en mi interior, y que se me arranque toda esperanza de la
salvación que nos promete una prolongación tan seductora
de nuestra existencia. ¡Aleja la desconfianza de tu pecho y
déjame tan sólo la pura ilusión de volverte a ver de nuevo
en mis brazos!
»Tras haber tratado de tranquilizar a su esposa de todas
las formas posibles, se embarcó a la mañana siguiente; su
viaje fue afortunado y pronto llegó a Alejandría.
»Entretanto su esposa vivía, aunque retraída, con todos
los gustos y comodidades, en la tranquilidad que da la pose-
sión de una gran fortuna, y no solía ver a nadie excepto a
sus padres y parientes; y mientras los negocios de su
marido progresaban en manos de fieles servidores, ella
habitaba una casa grande, en cuyas suntuosas habitaciones
se complacía en renovar diariamente el recuerdo de su
esposo.
»Pero por muy callada que estuviera y muy retraída que
viviera, los jóvenes de la ciudad no habían estado inactivos.
No dejaban de pasar a menudo ante su ventana, y por la
noche trataban de llamar su atención con música y cancio-
nes. Al principio, a la hermosa solitaria estos esfuerzos le re-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 70

sultaban incómodos y molestos, pero pronto se fue acos-


tumbrando a ellos y durante las largas noches, sin preocu-
parse de dónde venían, se complacía con las serenatas co-
mo con un grato entretenimiento, sin poder contener algún
que otro suspiro dedicado a su ausente.
»En lugar de que sus desconocidos admiradores fueran
cansándose poco a poco, tal como ella esperaba, parecían
aumentar aún más sus esfuerzos y disponerse a hacerlos
continuos. Ahora podía distinguir los reiterados instrumen-
tos y voces, las repetidas melodías, y pronto no pudo repri-
mir la curiosidad de saber quiénes eran los desconocidos y,
en especial, los más tenaces. Como pasatiempo bien podía
permitirse un interés tal.
»Por ello empezó, de vez en cuando, a mirar a la calle a
través de las cortinas y las celosías, a fijarse en los que
pasaban y, en especial, a diferenciar a los hombres que se
quedaban mirando su ventana por más tiempo. En su
mayoría eran jóvenes apuestos y bien vestidos que,
naturalmente, manifestaban tanto en sus gestos como en
todo su aspecto tanta ligereza como vanidad. Más bien
parecían resultar curiosos por la atención que prestaban a la
casa de la bella joven que por el tipo de veneración que le
querían demostrar.
»"¡En verdad -se decía la dama a sí misma bromeando de
vez en cuando-, que mi marido tuvo una inteligente
ocurrencia! Con la condición de permitirme un amante
excluye de golpe a todos los que se esfuerzan por mí y que
a mí también pudieran gustarme. Bien sabe que
inteligencia, modestia y reserva son cualidades de una edad
tranquila, que ciertamente nuestra razón aprecia, pero que
nuestra imaginación no es en absoluto capaz de despertar
71 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

ni nuestra inclinación de provocar. Estos que asedian mi


casa con sus finezas estoy segura de que no despiertan
ninguna confianza, y aquellos a los que podría prodigársela,
no los encuentro agradables ni en lo más mínimo."
»En la seguridad de estos pensamientos se permitía cada
vez más abandonarse al placer de la música y a la figura de
los jóvenes que pasaban y, sin que lo notara, fue creciendo
en su pecho poco a poco un inquieto deseo, al que pensó
en resistirse cuando ya era demasiado tarde. La soledad y el
ocio, la vida cómoda, buena y con abundancia, eran un ele-
mento en el que hubo de desarrollarse una irregular codicia
antes de lo que la buena niña se imaginaba.
»Entonces comenzó, aunque con callados suspiros, a
admirar entre los méritos de su esposo también su conoci-
miento del mundo y de las gentes, en especial su conoci-
miento del corazón femenino.
»"¡Así que sí era posible lo que yo le rebatía -se decía-, y
entonces sí que era necesario aconsejar con cautela y astu-
cia en un caso así! Pero ¿de qué sirven la precaución y la
inteligencia allí donde el implacable azar parece jugar sólo
con un deseo indeciso? ¿Cómo habré de escoger a quien no
conozco? ¿Y conociéndose mejor habrá aún posibilidad de
elegir?"
»Con tales y otros cientos de pensamientos la hermosa
mujer aumentó el mal que ya se había apoderado suficien-
temente de ella. En vano trató de distraerse; todo objeto
agradable excitaba sus sentimientos, y sus sentimientos,
incluso en la más profunda soledad, producían en su imagi-
nación muy gratas imágenes.
»En tal estado se hallaba cuando, entre otras novedades
de la ciudad, oyó contar a sus parientes que acababa de re-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 72

gresar a su ciudad natal un joven abogado que había estu-


diado en Bolonia. No tenían palabras suficientes para ala-
barlo. Junto con unos conocimientos excepcionales demos-
traba una inteligencia y una aplicación que, por lo general,
no es propia de los jóvenes, y con una figura seductora la
mayor de las modestias. Como procurador se había ganado
muy pronto la confianza de los ciudadanos y el respeto de
los jueces. A diario iba al ayuntamiento para atender y ges-
tionar sus asuntos en persona.
»La hermosa mujer no oyó la descripción de un hombre
tan perfecto sin anhelar conocerlo más de cerca y sin el
callado deseo de encontrar en él a aquel a quien podría
entregar su corazón, incluso siguiendo los preceptos de su
esposo. Por ello, ¡cuánta atención puso al oír que él pasaba
a diario ante su casa; con cuánto cuidado averiguó la hora
en que solían reunirse en el ayuntamiento! No sin emoción
lo vio por fin pasar por delante de su casa, y, si su apuesta
figura y su juventud habían de ser necesariamente cautiva-
doras para ella, su modestia, por otra parte, era lo que la
preocupaba.
»Llevaba observándolo en secreto algunos días y ya no
podía resistirse por más tiempo al deseo de atraer su aten-
ción. Se vistió con esmero, salió al balcón y el corazón
empezó a latirle al verlo venir por la calle. Sólo que se sintió
turbada, incluso avergonzada, cuando él, como de costum-
bre, pasó de largo siguiendo su camino de la forma más
delicada, con mesurados pasos, ensimismado y con la mira-
da baja, sin reparar siquiera en ella.
»En vano trató ella durante varios días seguidos que él se
percatara de su presencia de ese mismo modo. Él siempre
andaba con su paso habitual, sin levantar la mirada ni vol-
73 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

verla a un lado o a otro. Pero cuanto más lo contemplaba


ella, tanto más le parecía ser aquel a quien tanto
necesitaba. Su deseo se volvía más vivo cada día y, puesto
que no se le resistía, acabó por dominarla por completo.
»"¿Por qué? -se decía para sus adentros-. Una vez que tu
noble y sensato marido ha previsto el estado en que tú te
encontrarías en su ausencia, puesto que son ciertas sus pre-
dicciones de que no puedes vivir sin amigo ni favorito,
¿acaso vas ahora a consumirte y a atormentarte en el mo-
mento en que la suerte te muestra a un joven que
concuerda del todo con lo que piensas, con lo que piensa tu
marido, un joven con el que puedes disfrutar de las alegrías
del amor en un secreto impenetrable? ¡Necio aquel que des-
perdicia la ocasión, necio quien quiera resistirse al poderoso
amor!"
»Con estos y otros muchos pensamientos la hermosa
mujer trató de fortalecerse en su propósito, y tan sólo
durante un breve espacio de tiempo la incertidumbre siguió
zarandeándola de un lado para otro. Pero finalmente, igual
que sucede que una pasión a la que nos resistimos largo
tiempo al final nos arrebata de repente el juicio y eleva
nuestro ánimo de tal manera que miramos con desdén la
preocupación y el temor, la reserva y el rubor, las relaciones
y los deberes, como si se tratara de nimios impedimentos,
tomó de pronto la presta determinación de enviar en busca
del hombre amado a una jovencita que la servía y, costara
lo que costara, conseguir hacerse con él.
»La muchacha se apresuró a ir y lo encontró en el preciso
momento en que se hallaba sentado a la mesa con muchos
amigos, y le transmitió al pie de la letra el saludo que su
señora le había enseñado. El joven procurador no se extra-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 74

ñó del recado; había conocido al comerciante en su


juventud, sabía que ahora estaba ausente y, aunque había
oído hablar vagamente de su matrimonio, supuso que la
mujer, que se había quedado allí, necesitaba probablemen-
te, en ausencia de su marido, apoyo jurídico en algún asun-
to importante. Por eso respondió a la muchacha de manera
muy cortés, asegurándole que, en cuanto se levantaran de
la mesa, no dejaría de ir a ofrecerle sus respetos a su
señora. Con indecible alegría escuchó la hermosa mujer que
pronto habría de ver y de hablar al amado. Se apresuró a
ponerse las mejores ropas, y ordenó engalanar
primorosamente su casa y su cuarto. Se esparcieron por el
suelo hojas de azahar y flores, el sofá se cubrió con las
mantas más exquisitas. Entre estas ocupaciones transcurrió
el poco tiempo que antes le había resultado tan
insoportable.
»¡Con qué emoción salió a su encuentro cuando él llegó
finalmente, con cuánta turbación le invitó, mientras ella se
echaba en el sofá, a sentarse en un taburete justo a su
lado! En esa cercanía tan deseada ella guardaba silencio, no
había pensado lo que le iba a decir; él también callaba y,
comedido, permanecía sentado ante ella. Finalmente cobró
aliento y dijo, no sin preocupación ni congoja:
»-No hace mucho que ha regresado usted a su ciudad y ya
se le conoce en todas partes como un hombre serio y de
talento. Yo también voy a poner en usted mi confianza en
un asunto importante y extraño que, pensándolo mejor, es
más bien cosa del confesor que del abogado. Desde hace
un año estoy casada con un hombre digno y rico que, en
tanto hemos vivido juntos, ha tenido conmigo las mayores
75 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

atenciones y del que no me quejaría si un inquieto deseo de


viajar y de comerciar no me lo hubiera arrebatado de los
brazos hace algún tiempo.
»"Cual hombre justo y sensato sentía bien la injusticia que
cometía conmigo al alejarse de mí. Comprendía que una
mujer joven no puede guardarse como las joyas y las
perlas; sabía que se asemejaba más a un jardín lleno de
hermosos frutos que estarían perdidos para cualquiera igual
que para su dueño, si trataba de tener cerradas sus puertas
insensatamente algunos años. Por eso me habló con gran
seriedad antes de su partida, me aseguró que yo no podría
vivir sin un amigo, me dio para ello no sólo el permiso, sino
que insistió y me obligó a prometerle que seguiría libre-
mente y sin reparos las inclinaciones que brotasen en mi
corazón.
»Se detuvo por un momento, pero una prometedora
mirada del joven le dio pronto ánimo suficiente para prose-
guir con su confesión:
»-Una sola condición puso mi esposo a su permiso, por lo
demás tan considerado. Me recomendó la más extrema
precaución y me pidió expresamente que eligiera a un
amigo formal, de confianza, inteligente y reservado. Ahó-
rreme contarle el resto, señor, ahórreme el rubor con el que
habría de reconocer lo prendada que estoy de usted, y
adivine de estas confianzas mis esperanzas y mis deseos.
»Tras una breve pausa, repuso el amable joven con muy
bien pensadas palabras:
»-¡Cuán obligado le estoy por la confianza con la que me
honra y me hace feliz en tan alto grado! Tan sólo deseo
ardientemente convencerla de que se ha dirigido a una per-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 76

sona indigna. Déjeme primero contestarle como jurista; y


como tal le confieso que admiro a su esposo, que ha visto y
sentido su injusticia con tanta claridad, pues es cierto que
uno que deja a su joven esposa para visitar remotos
lugares, ha de ser considerado como quien hace completa
dejación de cualquier otra propiedad y con la acción más
evidente renuncia a todo derecho sobre ella. Y así como a
cualquiera le está permitido volver a apropiarse de una cosa
que ha quedado sin dueño, tanto más tengo que tener por
natural y correcto que una joven que se encuentra en este
estado no vuelva a regalar sus afectos y se entregue sin
escrúpulos a un amigo que le parezca agradable y de
confianza.
»"Pero si se da el caso como aquí de que el propio marido,
consciente de su injusticia, permite expresamente a la
mujer que deja lo que no puede prohibirle, entonces no
queda rastro de duda, tanto más cuanto que no se comete
ninguna injusticia con quien se ha declarado dispuesto a
soportarlo.
»"Ahora bien -prosiguió el joven con una mirada com-
pletamente diferente y con la expresión más viva, mientras
tomaba la mano de la bella amiga-, si usted me escoge
como su servidor, me hará conocer una dicha de la que
hasta ahora no tenía la menor idea. ¡Esté segura -exclamó
besándole la mano- de que no habría podido encontrar un
servidor más entregado, más tierno, más leal y más cauto!
»Qué tranquila se sintió la hermosa mujer tras esta
declaración. No tuvo reparos en mostrarle su ternura de la
manera más viva; le apretó las manos, se puso más cerca
de él y le puso la cabeza en el hombro. No llevaban mucho
77 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

tiempo en esa posición, cuando él trató de alejarse de ella


con delicadeza y empezó a hablar, no sin turbación:
»-¿Acaso puede un hombre encontrarse en una situación
más extraña? Estoy obligado a alejarme de usted y a
hacerme el mayor de los daños en un momento en que
debería abandonarme a los más dulces sentimientos. No
puedo apropiarme ahora de la felicidad que me espera en
sus brazos. ¡Ay, si esta dilación no acabara con mis más
bellas esperanzas!
»La hermosa preguntó temerosa por la causa de esa ex-
traña declaración.
» -Justo cuando estaba a punto -repuso él- de terminar
mis estudios en Bolonia y me empleaba hasta el máximo en
capacitarme para mi futura misión, contraje una grave
enfermedad que, si no con destruir mi vida, sí amenazaba
con desgastar mis energías mentales y físicas. En la mayor
de las tribulaciones y con terribles dolores hice a la madre
de Dios el voto de que, si me sanaba, pasaría un año en
estricto ayuno y me contendría de todo placer, fuera del
tipo que fuera. Ya he cumplido mi voto rigurosamente
durante diez meses y, considerando el gran bien que recibí,
no se me han hecho largos en absoluto, puesto que no me
ha resultado complicado renunciar a algunas bondades
usuales y conocidas. ¡Pero en qué eternidad se me converti-
rán ahora los dos meses que me quedan aún, ya que, cum-
plidos éstos, podrá caerme en suerte una dicha que supera
cualquier término! ¡Que este tiempo no le resulte largo y no
me retire el favor que de forma tan voluntaria me había
concedido!
»La hermosa joven, no especialmente satisfecha con esta
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 78

explicación, recobró el ánimo cuando el amigo continuó


hablando tras reflexionar un poco:
»Apenas me he atrevido a hacerle una propuesta para
mostrarle el medio por el que podría librarme antes de mi
voto. Si encontrara a alguien que se comprometiera a man-
tenerlo con la misma rigidez y seguridad que yo y quisiera
compartir conmigo la mitad del tiempo restante, me libera-
ría más rápidamente y nada se interpondría a nuestros
deseos. ¿No estaría usted dispuesta, mi dulce amiga, para
acelerar nuestra dicha, a quitar de en medio una parte del
impedimento que nos contraría? Sólo puedo traspasarle una
parte de mi voto a una persona de extrema confianza; es
muy duro, pues sólo puedo disfrutar dos veces al día de pan
y agua, sólo puedo pasar unas pocas horas de la noche en
un duro lecho y, sin tener en cuenta mis muchos negocios,
tengo que rezar un gran número de oraciones. Si, tal como
me ha ocurrido hoy, no puedo evitar asistir a algún convite,
no por ello puedo descuidar mi obligación, más bien tengo
que tratar de resistirme a los encantos de todos los
manjares que pasan ante mí. Si puede usted decidirse a
seguir también durante un mes todas estas leyes, entonces
se alegrará tanto más de estar en posesión de un amigo,
cuanto que lo habrá conseguido en cierto modo por sí
misma gracias a una empresa tan loable.
»A la hermosa dama le disgustó escuchar los obstáculos
que se oponían a su pasión; no obstante, su amor por el
joven había aumentado de tal modo con su presencia que
ninguna prueba le parecía demasiado estricta, si con ella
podía asegurarse la posesión de un bien tan preciado. Por
ello le dijo con amables palabras:
»-¡Mi dulce amigo! El milagro con el que ha vuelto a recu-
79 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

perar la salud es para mí misma tan apreciado y respetable


que hago una obligación y una satisfacción de poder
participar en el voto que debe cumplir a cambio. Me satisfa-
ce darle una prueba tan segura de mi afecto; me orientaré
exactamente por sus prescripciones y antes de que se libre
de tal obligación no habrá nada que me desvíe del camino
por el que usted me guía.
»Una vez que el joven hubo discutido con ella con extremo
detalle las condiciones con las que podía ahorrarle la mitad
de su voto, se alejó asegurándole que volvería pronto a
visitarla para preguntarle si seguía perseverando felizmente
en su propósito, y así tuvo que dejarle marchar cuando se
separó de ella sin darle la mano, sin un beso, con una mira-
da apenas significativa. Una suerte para ella fue la ocupa-
ción que el extraño propósito le daba, pues tuvo que hacer
algunas cosas para cambiar completamente su estilo de
vida. Primero se barrieron las hermosas hojas y flores que
había hecho esparcir por el suelo para recibirlo; luego, en el
lugar del bien acolchado sofá, colocó un duro lecho en el
que se acostaba por la noche, apenas satisfecha sólo de pan
y de agua por primera vez en su vida. Al día siguiente se
ocupó en cortar y coser camisas, de las que había prometi
do hacer un determinado número para el hospicio y el hos-
pital. En esta nueva e incómoda ocupación su pensamiento
se entretenía siempre con la imagen de su dulce amigo y
con la esperanza de una dicha futura, y con esas ideas su
escasa comida parecía proporcionarle un alimento fortale-
cedor.
»Así transcurrió una semana, y ya al final de ella las rosas
de sus mejillas empezaron a palidecer en cierta medida. Los
vestidos que antes le estaban bien resultaban demasiado
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 80

anchos y sus miembros, antes tan ágiles y alegres, se


habían vuelto pálidos y débiles cuando el amigo volvió a
aparecer y, con su visita, le dio nuevas fuerzas y vida. Él la
exhortó a mantenerse en su propósito, la animó con su
ejemplo y le hizo divisar de lejos la esperanza de un placer
sin interrupciones. Se quedó sólo un rato y prometió regre-
sar pronto.
»El caritativo trabajo se continuó con más alegría y no se
apartó en absoluto de la estricta dieta. Pero, desgraciada-
mente, una larga enfermedad no hubiera podido agotarla
más. Su amigo, que la visitó a finales de semana, la
contempló con gran compasión y la fortaleció con la idea de
que la mitad de la prueba ya estaba superada.
»El ayuno, la oración y el trabajo desacostumbrados le
resultaban cada día más pesados, y la exagerada
abstinencia parecía desmoronar por completo el sano
estado de un cuerpo acostumbrado a la calma y al
abundante alimento. Al final, la hermosa joven no podía
mantenerse en pie y se vio obligada, a despecho de la
cálida estación del año, a meterse entre dobles y triples
ropajes para conservar de algún modo el calor interior
prácticamente desaparecido en su totalidad. Ya ni siquiera
era capaz de sostenerse, e incluso se vio obligada a guardar
cama durante los últimos días.
»¡Qué consideraciones no se haría allí sobre su estado!
¡Cuántas veces pasaría aquel extraño suceso ante su alma,
y cuán doloroso le resultaría al pasar diez días sin que
apareciera el amigo que le costaba aquellos extremos
sacrificios! Pero, en cambio, en medio de esas turbias horas
preparaba su completa recuperación, sí, estaba decidida.
Pues en cuanto su amigo apareció poco después y se sentó
81 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

junto a su cama precisamente en el mismo taburete en el


que había escuchado su primera declaración, y le dijo
amablemente, en cierto modo incluso con ternura, que
resistiera aún con bravura el poco tiempo que restaba, ella
le interrumpió con una sonrisa y dijo:
»-No hay necesidad de convencerme, mi querido amigo, y
cumpliré mi voto estos pocos días con paciencia y con la
convicción de que lo ha dispuesto para mi bien. Ahora me
siento demasiado débil para poder expresarle mi
agradecimiento, tal como lo siento. Me ha guardado usted
para mí misma; me ha entregado usted a mí misma, y reco-
nozco que a partir de ahora le debo toda mi existencia.
»"En verdad que mi marido era sensato e inteligente y
conocía el corazón de una mujer; fue lo suficientemente
condescendiente para no censurar una inclinación que podía
surgir en el pecho femenino por culpa suya, sí, fue lo
suficientemente generoso para postergar sus derechos ante
las exigencias de la naturaleza. Pero usted, señor mío, usted
es sensato y bueno; usted me ha hecho sentir que, además
de la pasión, hay también algo en nosotros que puede
servirle de contrapeso, que somos capaces de renunciar a
cualquier bien conocido y de apartar de nosotros por medio
de nosotros mismos nuestros más ardientes deseos. Me ha
traído usted a esta escuela con engaños y esperanzas; pero
ambos ya no son necesarios cuando hemos conocido al yo
bueno y poderoso que vive en nosotros tan callado y
tranquilo y que, en tanto no consigue el dominio de la casa,
nos hace notar sin cesar su presencia, al menos con tiernos
recuerdos. ¡Que le vaya bien! Su amiga lo verá en el futuro
con agrado; influya usted en sus conciudadanos como en
mí, no resuelva sólo los conflictos que surgen con tanta faci-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 82

lidad por culpa de las propiedades, sino muéstreles también


con suaves admoniciones y con ejemplos que en todo indivi-
duo germina escondida la fuerza de la virtud; su recom-
pensa será la admiración general y merecerá el nombre de
padre de la patria más que el primero de los estadistas y el
mayor de los héroes.

-Hay que elogiar al procurador -dijo la baronesa-; es delica-


do, sensato, divertido e instructivo; así deberían ser todos
los que pretenden advertirnos de un error o sacarnos de él.
Verdaderamente, esta historia merece antes que otras
muchas el honorable título de narración moral. Denos varias
de este tipo y nuestro grupo seguro que se alegrará de
ellas.
EL ANCIANO. Si esta historia tiene su aprobación, me
resulta muy agradable, pero lo siento si desea usted más
narraciones morales, pues ésta es la primera y la última.
LUISE. No le honra mucho que en su colección tenga tan
sólo una única de la mejor clase.
EL ANCIANO. No me entiende usted en justicia. No es
la única historia moral que puedo contar, sino que todas se
parecen de tal forma que da la impresión de que uno está
siempre contando la misma.
LUISE. Debería usted dejar esa costumbre de las parado-
jas que tan sólo embrollan la conversación, ¡explíquese con
más claridad!
EL ANCIANO. ¡Con mucho gusto! Sólo merece llamarse
moral aquella narración que nos muestra que el hombre
posee una fuerza para actuar incluso en contra de sus incli-
naciones por convicción de que existe algo mejor. Esta his-
83 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

toria nos lo enseña y ninguna otra historia moral puede


enseñar otra cosa.
LUISE. ¿Así que para actuar con moral tengo que actuar
en contra de mis inclinaciones?
EL ANCIANO. Sí.
LUISE. ¿Incluso si son buenas?
EL ANCIANO. Ninguna inclinación es buena en sí, sino tan
sólo en la medida en que produce algo bueno.
LUISE. ¿Y si se tiene una inclinación a hacer el bien?
EL ANCIANO. Entonces uno debe prohibirse ser caritativo
tan pronto como vea que arruina su propia casa con ello.
LUISE. ¿Y si se sintiera un impulso irresistible al agradeci-
miento?
EL ANCIANO. Ya está previsto en los hombres que el
agradecimiento no se convierta jamás en ellos en un impul-
so. Pero suponiendo esto también, sería de apreciar aquel
que prefiriera mostrarse desagradecido antes que llevar a
cabo algo vergonzoso por amor a su benefactor.
LUISE. ¿Así que entonces podría haber infinitas historias
morales?
EL ANCIANO. En este sentido sí, pero no dirían más de lo
que ha dicho mi procurador, y por eso puede decirse que en
su espíritu es único; pues en eso sí tiene usted razón, la
trama puede ser muy diferente.
LUISE. Si se hubiera expresado con más propiedad, no
habríamos discutido.
EL ANCIANO. Pero tampoco habríamos hablado. Las con-
fusiones y los malentendidos son las fuentes de la vida
activa y de la conversación.
LUISE. Pero no puedo estar del todo de acuerdo con us-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 84

ted. Si un hombre valiente salva a otro con riesgo de su


propia vida, ¿no es ésa una acción moral?
EL ANCIANO. A mi modo de entender, no. Pero si un
hombre cobarde supera sus temores y hace eso mismo,
entonces sí es una acción moral.
LA BARONESA. Querido amigo, me gustaría que nos ofre-
ciera aún algunos ejemplos más y que en el momento opor-
tuno llegara a un acuerdo con Luise acerca de la teoría.
Cierto que un carácter que tenga inclinación al bien tiene
que alegrarnos en sumo grado cuando nos percatamos de
ello; pero no hay nada más hermoso en el mundo que la
inclinación, guiada por la razón y la conciencia. Si tiene
usted otra historia de esa índole, desearíamos oírla. Me
encantan las historias paralelas. Una se refiere a la otra y
explica su sentido mejor que muchas palabras áridas.
EL ANCIANO. Desde luego que puedo presentarles aún
algunas de este estilo; pues he prestado especial atención a
estas cualidades del espíritu humano.
LUISE. Sólo le rogaría una cosa. No niego que no me gus-
tan las historias que obligan a nuestra imaginación a ir a
tierras extrañas. ¿Es que todo tiene que suceder en Italia y
en Sicilia, en Oriente? ¿Es que son Nápoles, Palermo y Es-
mirna los únicos lugares en que puede acontecer algo inte-
resante? Sí se puede trasladar el escenario de los cuentos
de hadas a Samarcanda (24) y Ormuz (25) para confundir

(24) Uno de los centros culturales legendarios de la Edad Media oriental,


cruce de caminos entre Asia central y oriental.
(25) Isla situada cerca de la costa sur de Irán, importante centro comercial
en el Renacimiento.
85 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

nuestra imaginación. Pero si pretende usted formar nuestro


espíritu, nuestro corazón, denos entonces cosas de casa,
denos un retrato de familia, y nos reconoceremos en ellos
mucho antes y, si nos sentimos aludidos, nuestro corazón
latirá más impresionado.
EL ANCIANO. También en esto la complaceré. Pero lo de
los retratos de familia es una cosa muy peculiar. Todos se
parecen mucho y ya hemos visto casi todas las relaciones
que se dan en ellos muy bien trabajadas en nuestros teatros
(26). Con todo me atreveré a contar una historia de la que
ya conocen ustedes algo parecido y que sólo podría resultar
nueva e interesante con una detallada pintura de lo que
sucede en el alma de los protagonistas.

»A menudo puede observarse en las familias que los hijos,


tanto en lo físico como en lo moral, poseen cualidades bien
del padre, bien de la madre, y así se da a veces también el
caso de que un hijo reúna la naturaleza de ambos progeni-
tores de manera especial y admirable.
»De éstos era un joven al que llamaré Ferdinand una
prueba notable (27). Su constitución recordaba a los dos y

(26) Seguramente Goethe se refiere con ello a obras como las de Otto von
Gemmingen, Der deutsche Hausvater [El padre de familia alemán],
representada en Mannheim en 1780, o Friedrich Ludwig Schröder, Das
Porträt der Mutter [El retrato de la madre], representada en 1786. El género
del «retrato de familia» estaba muy de moda en la época, debido sobre todo
al éxito de la obra de Oliver Goldsmith, El vicario de Wakefield (1766).
(27) La historia de Ferdinand no se halla recogida en ninguna otra fuente,
aunque sí se hallan resonancias de algunos de los motivos que conforman la
trama en algunas composiciones burguesas de la época.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 86

el carácter de ambos se podía distinguir perfectamente en el


suyo. Tenía el pensamiento ligero y alegre del padre, y tam-
bién la propensión a disfrutar del momento, y cierta manera
apasionada de pensar únicamente en sí mismo en algunas
ocasiones. Pero al parecer tenía de la madre la reflexión
serena, un sentido del derecho y la justicia, y una disposi-
ción a la fuerza para sacrificarse por otros. De aquí puede
deducirse fácilmente que los que trataban con él para expli-
carse sus actos tenían que refugiarse a menudo en la hipó-
tesis de que el joven debía tener seguramente dos almas.
»Paso por alto diversos episodios que acontecieron en su
juventud para contar tan sólo un acontecimiento que arroja
plena luz sobre todo su carácter y que marcó una época
decisiva de su vida.
»Desde joven había disfrutado de un rico estilo de vida,
pues sus padres eran adinerados y vivían y educaban a sus
hijos como es propio de tales gentes, y si el padre gastaba
en reuniones, en el juego y en delicados trajes más de lo
justo, la madre, como buena ama de casa, sabía poner tales
límites a los gastos habituales que todo guardaba siempre el
equilibrio y jamás pudo notarse una falta. Además, el padre
era un comerciante afortunado; le salieron bien algunas
especulaciones que había emprendido con mucha audacia y,
como le gustaba la compañía de la gente, se había gran-
jeado en los negocios también muchas relaciones y alguna
que otra ayuda.
»Los niños, cual naturalezas que aspiran a más, suelen
escoger en casa el ejemplo de quien parece vivir y disfrutar
más. En un padre que lleva una vida regalada ven la regla
decisiva según la cual han de organizar su vida y, como lle-
gan pronto a esta conclusión, las ambiciones y los deseos
87 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

progresan en su mayoría en gran desproporción con los


recursos de su casa. Pronto encuentran impedimentos por
todas partes, tanto más cuanto que cada nueva generación
tiene exigencias nuevas y viejas y, en cambio, los padres
tan sólo desearían otorgarles lo que ellos mismos
disfrutaron antaño, cuando cualquiera se acomodaba a vivir
de forma más comedida y sencilla.
»Ferdinand creció con la desagradable sensación de que a
menudo le faltaba lo que veía en sus compañeros. No
deseaba quedarse detrás de nadie en indumentaria, en cier-
ta liberalidad de vida y de conducta; quería parecerse a su
padre, cuyo ejemplo veía a diario ante sus ojos y que le
parecía un doble modelo: por un lado como padre, hacia el
que el hijo suele albergar un prejuicio favorable, y luego
también porque el chico veía que el hombre llevaba por ese
camino una vida regalada y placentera, y además era apre-
ciado y querido por todos. Por esta cuestión, como puede
imaginarse con facilidad, Ferdinand tuvo alguna que otra
discusión con su madre, puesto que no quería llevar las cha-
quetas usadas de su padre, sino que quería ir siempre a la
moda. Así fue creciendo y sus exigencias fueron creciendo
con él, de manera que en último término, como había cum-
plido dieciocho años, hubo de sentirse en completa despro-
porción con la situación en la que vivía.
»Hasta ese momento no había contraído deudas, pues su
madre le había infundido una repugnancia tremenda por
ellas, tratado de mantener su confianza y, en algunos casos,
hecho lo indecible para cumplir sus deseos o sacarlo de
pequeños apuros. Desgraciadamente, justo en ese
momento en que, como cualquier otro joven, atendía más a
lo externo, en que, atraído por una joven muy hermosa de
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 88

la alta sociedad, no quería igualarse a los otros, sino des-


tacar y gustar más que ninguno, la situación en su casa era
más apurada que nunca; o sea, que en lugar de satisfacer
sus exigencias como por lo general, su madre comenzó a
apelar a su razón, a su buen corazón, a su amor a ella y,
aunque pudo convencerlo, pero no cambiarlo, al final consi-
guió verdaderamente desesperarlo.
»Sin perder todo lo que quería tanto como a su vida no
podía cambiar la situación en que se encontraba. Desde la
temprana juventud había sido contrario a ese estado, pues
había crecido con todo lo que lo rodeaba; no podía romper
los hilos de sus relaciones, amistades, paseos y jornadas de
recreo, sin herir al tiempo a un viejo amigo de escuela, a un
camarada, a una nueva y respetable amistad, y, lo que era
peor, a su amada.
»Cuán alto estimaba y valoraba Ferdinand su inclinación
se comprenderá fácilmente si se sabe que ésta halagaba al
mismo tiempo su sensualidad, su ánimo, su vanidad y sus
más vivas esperanzas. Una de las jóvenes más hermosas,
agradables y ricas de la ciudad lo prefería, al menos por el
momento, entre sus muchos pretendientes. En cierto modo
ella le permitía alardear del servicio que él le dedicaba, y
ambos parecían orgullosos de las cadenas que mutuamente
se habían colocado. Ahora era su obligación seguirla a todas
partes, gastar tiempo y dinero a su servicio y manifestar de
todas las maneras posibles en cuánto valoraba su estima y
cuán imprescindible le resultaba su posesión.
»Este trato y estas aspiraciones procuraron a Ferdinand
más gastos de lo que hubiera sido natural en otras circuns-
tancias. En realidad, sus padres ausentes la habían confiado
89 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

a una tía muy estrafalaria, y se requerían todo tipo de arti-


mañas y de extraños preparativos para mostrar en sociedad
a Ottilie, esa joya de la misma. Ferdinand se consumió en
ocurrencias para procurarle los placeres de los que tanto le
gustaba disfrutar y que sabía aumentar para todo aquel que
estaba a su alrededor.
»Y que precisamente en ese momento una madre honra-
da y querida lo requiriera para otras obligaciones, no ver
ninguna ayuda por esa parte, sentir una repugnancia tan
viva por las deudas que tampoco habrían prolongado por
mucho tiempo su estado, además de ser considerado por
todos un hombre rico y generoso y sentir la necesidad diaria
y apremiante del dinero, era de seguro una de las situa-
ciones más bochornosas en la que puede encontrarse un
ánimo joven, asaltado de pasiones.
»Sostenía ahora ciertas ideas que antes tan sólo habían
pasado ligeramente por su alma; ciertos pensamientos que
antes tan sólo lo intranquilizaban por minutos se quedaban
flotando más tiempo ante su espíritu y ciertos sentimientos
dolorosos se volvieron constantes y más amargos. Si antes
había contemplado a su padre como modelo, ahora lo envi-
diaba como competidor. Aquél poseía todo lo que el hijo
deseaba; todo lo que a él le atemorizaba, a aquél le resulta-
ba fácil. Y no se trataba de las cosas necesarias, sino de las
cosas a las que cualquiera hubiera podido renunciar. Así que
el hijo creía que el padre de vez en cuando también podía
renunciar a algo para dejarle disfrutar a él. El padre, en
cambio, pensaba de otra manera; era de ese tipo de per-
sonas que se permiten muchas cosas y que, por ello, caen
en la situación de tener que negar otras muchas a los que
dependen de ellas. Había asignado a su hijo una cantidad fi-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 90

ja, y le exigía cuentas exactas, sí, una liquidación regular de


la misma.
»Nada agudiza más el ojo humano que el que se le pon-
gan limitaciones. Por eso las mujeres son mucho más inteli-
gentes que los hombres y a nadie prestan más atención los
subordinados que a quien manda, sin precederlos a la par
con su ejemplo. De este modo, el hijo estaba atento a todo
lo que hacía su padre, en especial a lo que concernía a los
gastos de dinero. Escuchaba con más atención cuando oía
que su padre había perdido o ganado en el juego, lo juzga-
ba con mayor rigor cuando aquél se permitía sin necesidad
algo costoso.
»-¿No es extraño -se decía- que los padres, mientras se
colman con placeres de todo tipo simplemente utilizando a
voluntad una fortuna que el azar les ha dado, excluyan a
sus hijos de cualquier placer por razonable que sea, cuando
la juventud es más susceptible de disfrutarlos? ¿Y con qué
derecho lo hacen? ¿Y cómo han adquirido ese derecho? ¿Es
que sólo el azar va a decidir, y acaso puede nacer un dere-
cho allí donde tan sólo interviene el azar? Si viviera el abue-
lo, que trataba igual a sus nietos que a sus hijos, me iría
mucho mejor; él no dejaría que me faltase nada de lo nece-
sario; pues ¿es que no es necesario lo que necesitamos en
situaciones para las que hemos nacido y hemos sido educa-
dos? El abuelo no me dejaría estar en la miseria, igual que
tampoco consentiría el despilfarro de mi padre. Si hubiera
vivido más tiempo, habría visto con claridad que su nieto
también tiene derecho a disfrutar; entonces tal vez habría
decidido mi temprana felicidad en su testamento. Incluso he
oído decir que al abuelo le sorprendió la muerte cuando
pensaba redactar su última voluntad, y de este modo tal vez
91 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

el azar me ha privado de participar a temprana edad de una


fortuna que, de seguir mi padre con esta administración,
seguro que perderé para siempre.
»Con estos y otros sofismas acerca de la posesión y el
derecho, acerca de la cuestión de si uno debe acatar una
ley o una medida a las que no ha dado su voto, y hasta qué
punto le es lícito al hombre apartarse de las leyes civiles, se
ocupaba a menudo en sus horas tristes y solitarias, cuando
tenía que renunciar a una salida de recreo o a otra
agradable reunión por falta de dinero en efectivo. Pues ya
había malvendido pequeñas cosas de valor que poseía y el
dinero que solían darle para gastos no le alcanzaba en
modo alguno.
»Su carácter fue volviéndose más cerrado, y puede decirse
que en esos momentos no hacía caso a su madre, que no
podía ayudarle, y odiaba a su padre, que, en su opinión, le
estorbaba para todo.
»Justo por aquella época hizo un descubrimiento que
aumentó aún más su indignación. Se dio cuenta de que su
padre no sólo no era un buen administrador, sino que ade-
más era desordenado. Pues a menudo, con las prisas, cogía
dinero de su escritorio sin anotarlo y luego, a veces, comen-
zaba a contarlo y a hacer cálculos, y parecía disgustado por-
que las sumas no coincidían con la caja. El hijo se apercibió
de esto varias veces, y le afectó tanto más cuanto que
justamente por aquella época, en la que su padre no paraba
de echar mano al dinero, él sentía una manifiesta carencia.
»A este estado de ánimo vino a sumarse una extraña
casualidad que le dio una tentadora ocasión para hacer
aquello para lo que tan sólo había sentido un impulso oscu-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 92

ro y vago.
»Su padre le encargó revisar un baúl de viejas cartas para
ordenarlas. Un domingo, estando solo, cruzó con él la sala
en la que estaba el escritorio que contenía la caja de su
padre. El baúl era pesado; lo había agarrado mal y trató de
soltarlo o, más bien tan sólo de apoyarlo por un momento.
Incapaz de sostenerlo, golpeó con fuerza la esquina del
escritorio haciendo saltar su tapa. Entonces vio ante sí todos
los rollos de monedas, que alguna que otra vez había
mirado tan sólo de reojo, puso el baúl en el suelo y, sin
pensar ni reflexionar, cogió un rollo del lado del que el
padre parecía sacar habitualmente su dinero para gastos
arbitrarios. Volvió a cerrar el escritorio y ensayó el golpe
lateral: a cada ocasión la tapa salía volando y era lo mismo
que si hubiera tenido la llave de la escribanía.
»Vivamente volvió a buscar entonces todos los placeres a
los que había tenido que renunciar hasta ese momento. Se
esforzó más por su linda dama; todo lo que hacía y se pro-
ponía era más apasionado; su vivacidad y su gracia se ha-
bían transformado en un carácter brusco, sí, casi violento,
que ciertamente no le sentaba mal, pero tampoco producía
el beneficio de nadie.
»Lo que la chispa es a un arma cargada lo es la ocasión al
deseo, y cada deseo que satisfacemos en contra de nuestra
conciencia nos obliga a utilizar un exceso de fuerza física;
volvemos a actuar como salvajes y resulta difícil disimular
estos esfuerzos.
»Cuanto más le contradecían sus sentimientos, tantos más
argumentos artificiosos acumulaba Ferdinand; y parecía
actuar con más arrojo y libertad cuanto más atado se sentía
93 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

por ese lado a su propia persona.


»Por aquella misma época se habían puesto de moda todo
tipo de joyas sin valor. A Ottilie le encantaba engalanarse;
él buscó un medio para procurárselas sin que ella supiera en
realidad de dónde procedían los regalos. La sospecha se
dirigió hacia un tío anciano, y Ferdinand se sintió
doblemente complacido, en tanto que su linda enamorada le
daba a conocer a un tiempo su satisfacción por los regalos y
las sospechas de que eran de su tío.
»Pero, para proporcionarle a ella y a sí mismo este placer,
tuvo que abrir aún algunas veces más el escritorio de su
padre, y lo hizo con menor preocupación, en vista de que su
padre, en diversas ocasiones, había metido y sacado dinero
sin anotarlo.
»Poco después Ottilie tuvo que salir de viaje para ir a ver a
sus padres durante algunos meses. Los jóvenes se afligieron
en extremo por tener que separarse, y una circunstancia
vino a hacer su separación aún más significativa. Por una
casualidad, Ottilie descubrió que los regalos procedían de
Ferdinand; le pidió explicaciones y, cuando confesó, pareció
ponerse muy triste. Insistió en que se los llevara y esta
exigencia le procuró al joven los más amargos dolores. Él le
explicó que no podía ni quería vivir sin ella; le pidió que no
perdiera su afecto por él, y le suplicó que no le negara su
mano antes de que tuviera un empleo y pusiera una casa.
Ella lo amaba, se conmovió y le prometió lo que deseaba, y
en aquel feliz momento sellaron su promesa con los más
vivos abrazos y con miles de besos cordiales.
»Tras su partida Ferdinand se encontró muy solo. Los
grupos en los que acostumbraba a verla ya no le atraían al
no estar ella. Sólo por costumbre seguía frecuentando tanto
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 94

a amigos como lugares de recreo, y sólo con repugnancia


volvió a meter mano algunas veces más en la caja de su
padre para sufragar gastos a los que no le obligaba ninguna
pasión. A menudo estaba solo y su alma buena parecía
triunfar. Se sorprendía en tranquilas reflexiones acerca de
cómo había podido llevar a la práctica de manera tan fría y
solapada aquellos sofismas sobre la justicia y la posesión,
sobre los derechos a bienes ajenos y como quiera que se
llamasen las rúbricas, y cómo había podido encubrir con ello
una acción prohibida. Poco a poco fue viendo con claridad
que sólo la lealtad y la fe hacen apreciable al hombre, que
en realidad el hombre de bien ha de vivir para respetar
todas las leyes, mientras otros o bien las transgreden o las
utilizan en su propio beneficio.
»Entretanto, antes de que tuviera estos conceptos ciertos
y buenos totalmente claros y lo guiaran a decisiones impe-
rativas, cedió alguna vez más a la tentación de sacar en
casos urgentes algo de aquella fuente prohibida. Pero nunca
lo hizo sin repugnancia, y como arrastrado hasta allí por los
pelos por un espíritu maligno.
»Finalmente cobró ánimos y tomó la decisión de impedirse
ante todo volver a hacerlo e informar a su padre del estado
de la cerradura. Lo llevó a cabo de manera inteligente,
atravesando la sala con el baúl con las cartas ya ordenadas
en presencia de su padre y cometiendo intencionadamente
la torpeza de chocar con el baúl contra el escritorio, ¡y cuál
no sería el asombro de su padre al ver saltar la tapa! Ambos
inspeccionaron la cerradura y comprobaron que el gancho
se había gastado con el tiempo y que las tirantas se movían.
Al punto se reparó todo y Ferdinand no tuvo durante un
buen tiempo un momento más placentero que aquel en el
95 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

que vio allí el dinero a tan buen recaudo.


»Pero esto no le bastó. Al instante se propuso volver a
reunir la suma que le había hurtado a su padre y que él
recordaba aún muy bien, y reintegrarla de uno u otro modo.
Empezó entonces a vivir con rigor y a ahorrar de su dinero
todo lo que le era posible. Naturalmente era muy poco lo
que podía escatimar de aquí comparado con lo que ya había
dilapidado; pero entretanto la suma le iba pareciendo ya
grande, puesto que era el principio para enmendar su error.
Y en verdad que hay una diferencia enorme entre el último
tálero que uno pide prestado y el primero que uno
devuelve.
»No llevaba mucho tiempo por este buen camino cuando
el padre se decidió a enviarlo en viaje de negocios. Tenía
que entrar en relación con una lejana fábrica. Tenían inten-
ción de abrir una factoría en una zona en la que las mate-
rias primas y la mano de obra eran muy baratas, y poner al
frente de ella a un socio para obtener ellos mismos el bene-
ficio que ahora tenían que dar a otros, y con dinero y crédi-
to hacer crecer el establecimiento. Ferdinand tenía que
inspeccionar la cosa más de cerca y hacer un informe deta-
llado al respecto. El padre le asignó un dinero de viaje y le
indicó que debía tener suficiente con ello; era una suma
abundante, y no podía quejarse de ella.
»También durante su viaje Ferdinand vivió de manera
muy ahorrativa, hizo cálculos y volvió a calcular, y resultó
que podía ahorrar la tercera parte de su dinero de viaje si
continuaba limitándose de aquel modo. Ahora esperaba la
ocasión de ir consiguiendo el resto poco a poco, y la halló.
Pues la ocasión es una diosa indiferente, favorece tanto lo
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 96

bueno como lo malo.


»En la región que debía visitar encontró todo mucho más
ventajoso de lo que se había creído. Allí todos continuaban
con la vieja rutina artesana. No tenían noticias de los
avances recién descubiertos o no hacían uso de ellos. Se
invertían sólo módicas sumas de dinero y se contentaban
con un beneficio moderado, de manera que pronto se dio
cuenta de que con cierto capital, con anticipos, con la com-
pra de materias primas al por mayor y la instalación de
maquinaria, podían hacer allí una instalación grande y sólida
con ayuda de hábiles maestros artesanos.
»Se sintió muy animado con la idea de esta posible activi-
dad. Esa magnífica región, en la que a cada momento se le
venía al pensamiento su amada Ottilie, le hizo desear que
su padre lo colocara a él en ese puesto, le confiara el nuevo
establecimiento y lo abasteciera así de manera cuantiosa e
inesperada.
»Lo observó todo con mayor atención, porque ya lo veía
todo como suyo. Por vez primera tuvo ocasión de aplicar
sus conocimientos, su inteligencia y su juicio. La región y los
objetos le interesaban en sumo grado, fueron bálsamo y
cura para su herido corazón; pues no sin dolores podía
acordarse de la casa paterna, en la que, como en una espe-
cie de locura, había podido cometer un acto que ahora le
parecía el mayor de los delitos.
»Un amigo de su casa, un hombre valiente pero enfermi-
zo, que había sido el primero en darle por carta la idea de
tal establecimiento, estaba siempre a su lado, le enseñaba
todo, le daba a conocer sus ideas y se alegraba de que el
joven las apoyara e incluso se le adelantara. Este hombre
llevaba una vida muy sencilla, en parte por deseo propio, en
97 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

parte porque su salud se lo exigía. No tenía hijos, lo cuidaba


una sobrina a quien pensaba legar su fortuna y para la cual
deseaba un hombre valiente y activo para ver llevado a
cabo, con apoyo de un capital ajeno y fuerzas lozanas,
aquello de lo que, ciertamente, ya tenía una idea, pero de lo
que le retraían sus circunstancias físicas y económicas.
»Apenas había visto a Ferdinand cuando éste le pareció
ser el hombre, y sus esperanzas aumentaron al percibir
tanta afición del joven a los negocios y a la región. Le hizo
saber a su sobrina lo que pensaba, y ésta no pareció estar
en contra. Era una joven de buena constitución, lozana y de
buenas maneras en todos los sentidos. El cuidado de la casa
de su tío la mantenía siempre ágil y activa, y la preocupa-
ción por la salud de éste siempre dulce y lisonjera. No podía
desearse persona más perfecta por esposa.
»Ferdinand, que sólo tenía ojos para la amabilidad y el
amor de Ottilie, no reparaba en la buena campesina o sim-
plemente deseaba poder dar a Ottilie, cuando viviera en
aquellas tierras siendo su esposa, un ama de llaves y una
administradora como ésa. Respondía a la amabilidad y a las
atenciones de la muchacha de modo muy desenfadado, fue
conociéndola y apreciándola cada vez más; pronto la trató
con mayor atención y tanto ella como su tío dispusieron la
actitud de él según sus deseos.
»Ferdinand había observado ya todo y de todo se había
informado con detalle. Con ayuda del tío había trazado un
plan y, con su habitual ligereza, no había ocultado que con-
taba con llevar a cabo este plan en persona. A un tiempo le
había dicho muchas lindezas a la sobrina y ensalzado como
afortunada toda casa que pudiera ser dejada en manos de
un ama tan cuidadosa. Por eso ella y su tío creían que ver-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 98

daderamente tenía intenciones y eran con él mucho más


complacientes.
»No sin satisfacción había encontrado Ferdinand en sus
inspecciones que no sólo podía esperarse mucho de aquel
lugar en el futuro, sino que también en ese momento podía
cerrar un trato ventajoso, devolverle a su padre la suma
hurtada y liberarse, por tanto, de esa pesada carga de una
vez por todas. Le reveló este proyecto de especulación a su
amigo, quien se alegró por ello sobremanera y le prestó
toda la ayuda necesaria; sí, quería procurarle a su joven
amigo todo a crédito, cosa que éste, no obstante, no
aceptó, sino que al punto pagó una parte de lo que le había
sobrado del dinero de viaje y prometió liquidar la otra en el
plazo convenido.
»No puede describirse la alegría con que ordenó empa-
quetar y cargar las mercancías; con qué satisfacción hizo su
camino de vuelta es imaginable. Pues el sentimiento más
grande que puede tener el hombre es el de librarse y salir
por sus propias fuerzas de un grave error, de un delito. El
hombre bueno que camina sin desviarse llamativamente de
la senda recta es equiparable a un ciudadano tranquilo y
digno de elogio, mientras que aquel otro merece admiración
y elogio por ser un héroe y haber superado los obstáculos, y
en este sentido parece haberse expresado la paradoja de
que la misma divinidad se alegra más por la vuelta al redil
de un pecador que por tener allí a noventa y nueve hom-
bres justos (28).

(28) Lucas 15, 7: «Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el
cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos
que no tengan necesidad de conversión».
99 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

»Pero desgraciadamente, con su buena decisión, con su


enmienda y con la devolución, Ferdinand no pudo subsanar
las tristes consecuencias que lo esperaban y que habrían de
volver a encolerizar su ya calmado ánimo. Durante su
ausencia se había gestado la tormenta que habría de
estallar justo al entrar en la casa paterna.
»Como ya sabemos, el padre de Ferdinand no era preci-
samente el más ordenado en lo que respectaba a su caja
privada; los asuntos de negocios, en cambio, los llevaba un
socio hábil y estricto. El anciano no se había percatado del
dinero que el hijo le había hurtado, excepto porque desa-
fortunadamente había en la caja un paquete con un tipo de
monedas no usual en aquellas zonas, que le había ganado
en el juego a un forastero. Este paquete lo echó de menos y
la circunstancia le pareció sospechosa. Pero lo que le
intranquilizaba en extremo era que faltaban algunos rollos,
cada uno con cien ducados, que había prestado hacía algún
tiempo, pero que estaba seguro de que se los habían
devuelto. Sabía que antes el escritorio podía abrirse con un
golpe, veía ya como cosa segura que le habían robado y se
puso por ello tremendamente furioso. Su desconfianza
vagaba por todas partes. Entre las amenazas y las maldicio-
nes más terribles contó el caso a su mujer; quería poner
patas arriba toda la casa, interrogar a todos los sirvientes,
doncellas y niños, nadie quedaba a salvo de sus sospechas.
La buena mujer hizo lo posible por tranquilizar a su marido;
le hizo ver el bochorno y el descrédito que esta historia
podía reportarle a él y a su casa si llegaba a divulgarse, que
nadie se compadecería de la desgracia que les concernía,
más que para humillarlos con su pena, que de un trance así
no saldrían bien parados ni él ni ella, que podrían hacerse
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 100

los comentarios más peregrinos si no se descubría nada,


que a lo mejor podían encontrar al ladrón y, sin hacerlo
desgraciado de por vida, recuperar el dinero. Con estas y
similares ideas acabó por convencerlo de que se quedara
quieto y que investigara el asunto con calladas pesquisas.
»Y por desgracia el descubrimiento ya estaba lo suficien-
temente cerca. La tía de Ottilie estaba enterada de la mutua
promesa de los jóvenes. Ella sabía de los regalos que su
sobrina había aceptado. Toda aquella relación no le agrada-
ba, y únicamente había guardado silencio porque su sobrina
estaba ausente. Una alianza segura con Ferdinand le
parecía ventajosa, una aventura incierta le resultaba inso-
portable. Así pues, como oyera que el joven había de regre-
sar pronto, y como ella esperaba también a su sobrina cual-
quier día de aquellos, se apresuró a informar a los padres
de lo que había ocurrido para conocer su opinión al respecto
y preguntarles si podía esperarse que Ferdinand estuviera
pronto bien provisto y si se consentía en un matrimonio con
su sobrina.
»La madre se asombró no poco al enterarse de aquellas
relaciones. Se asustó al oír qué regalos le había hecho Fer-
dinand a Ottilie. Ocultó su asombro, pidió a la tía que le
dejara algún tiempo para hablar con su marido al respecto
en el momento oportuno, le aseguró que consideraba a
Ottilie un buen partido y que no era imposible dotar pronto
a su hijo de la manera adecuada.
»Cuando la tía se hubo marchado, no le pareció aconse-
jable confiar a su marido el descubrimiento. Lo único que le
preocupaba era aclarar el desafortunado misterio de si
Ferdinand, tal como se temía, le había hecho los regalos con
101 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

el dinero hurtado. Se dirigió a toda prisa a la tienda de un


comerciante que vendía exclusivamente aquel tipo de
bagatelas, regateó por algunas similares y, por último, dijo
que no debía cobrárselas excesivamente caras, pues a su
hijo, al que le había hecho un encargo similar, le había dado
las cosas a mejor precio. El comerciante aseguró que no, le
indicó los precios exactos y dijo de paso que había que
añadir además el recargo por el tipo de dinero con el que
Ferdinand le había pagado en parte. Para mayor aflicción de
ella mencionó la clase de monedas: eran las que le faltaban
a su padre.
»Tras haber dejado que le fijara los demás precios para
disimular se marchó de allí con el corazón muy afligido. La
confusión de Ferdinand era demasiado evidente, la suma de
las cantidades que le faltaban al padre era grande y, con su
carácter precavido, la buena mujer se imaginaba el peor de
los hechos y las más terribles consecuencias. Tuvo la agu-
deza de ocultar el descubrimiento a su marido; esperaba el
regreso de su hijo a medias con temor, a medias con espe-
ranza. Deseaba aclararlo todo y temía enterarse de lo peor.
»Finalmente éste regresó con gran alegría. Podía esperar
elogios por sus negocios y, a la vez, en sus mercancías traía
oculto el dinero con el que pensaba liberarse del secreto
delito.
»El padre acogió bien lo que refirió, pero no con el
aplauso que esperaba, pues el suceso del dinero había vuel-
to al hombre distraído y taciturno, sobre todo porque en ese
momento tenía que pagar algunas cantidades considerables.
Este humor del padre le impresionó mucho, y aún más la
presencia de las paredes, de los muebles, del escritorio, que
habían sido testigos de su delito. Toda su alegría desapa-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 102

reció, sus esperanzas y sus exigencias; se sentía como un


individuo vulgar, sí, como un malvado.
»Estaba precisamente procurándose una salida tácita para
sus mercancías, que pronto habrían de llegar, y salir con la
actividad de su miseria, cuando la madre se lo llevó aparte
y, con amor y rigor, le echó en cara su actuación sin dejarle
abierta la más mínima puerta a una negación. El tierno
corazón de Ferdinand estaba desgarrado; entre miles de
lágrimas se echó a los pies de ella, confesó y pidió perdón,
asegurando que sólo el amor a Ottilie había podido llevarlo
por tan mal camino y que a éste jamás se habían añadido
otros vicios. Tras esto contó la historia de su arre-
pentimiento, que le había descubierto a su padre a propósi-
to la posibilidad de abrir el escritorio, y que ahorrando en el
viaje y con buenas especulaciones se hallaba en situación
de devolverlo todo.
»La madre, que no podía ceder de repente, insistió en
saber a dónde habían ido a parar las grandes cantidades,
pues los regalos representaban la parte más escasa. Para
asombro del joven, ella le mostró la suma de lo que le falta-
ba a su padre; él no pudo siquiera reconocer que se había
llevado toda la plata y juró por lo más querido no haber
tocado nada del oro. Esto enfureció a la madre en extremo.
Le recriminó que, en el momento en que probablemente
podría mejorar y convertirse con un sincero arrepentimien-
to, pensara en importunar a su cariñosa madre con nega-
ciones, mentiras y cuentos, y que ella sabía muy bien que
quien hace un cesto hace ciento. Que probablemente entre
sus compañeros de juergas había también culpables, que
probablemente el trato que había cerrado lo había hecho
con el dinero hurtado y que difícilmente habría mencionado
103 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

algo al respecto, si la fechoría no se hubiera descubierto


casualmente. Lo amenazó con la cólera de su padre, con
sanciones civiles, con desheredarlo por completo, pero nada
le indignaba más que el hecho de que le dejara ver que se
había hablado de una unión entre él y Ottilie. Con el
corazón desgarrado lo dejó ella en el más triste estado. Vio
su error descubierto y objeto de una sospecha que aumen-
taba su delito. ¿Cómo iba a convencer a sus padres de que
no había tocado el oro? Con el fuerte carácter de su padre
tenía que temer un estallido público; se vio en el polo
opuesto de todo lo que quería ser. Las perspectiva de una
vida activa, de una unión con Ottilie, desaparecieron. Se vio
echado de casa, fugitivo y expuesto a todo tipo de
infortunios en lejanas tierras.
»Pero incluso todo lo que confundía su imaginación, hería
su orgullo y ofendía su amor no era para él lo más doloroso.
Lo que le hería con mayor profundidad era la idea de que su
noble propósito, su decisión adulta, su plan consecuente
para reparar lo ocurrido, no se creyera en absoluto, se
negara del todo y, además, se tergiversara por completo. Si
aquellas ideas lo conducían a una oscura desesperación, en
tanto que tenía que reconocer que se había merecido su
destino, éstas lo conmovían hasta en lo más íntimo al saber
la triste verdad de que una mala acción es capaz incluso de
acabar con los buenos esfuerzos. Esta vuelta a sí mismo,
estas reflexiones acerca de que el más noble esfuerzo podía
ser en vano, lo debilitaron: no quería seguir viviendo.
»En esos momentos su alma tenía sed de un apoyo supe-
rior. Se desplomó en la silla que regó con sus lágrimas y
pidió ayuda al ser divino. Su oración tuvo un contenido
digno de ser escuchado: que el hombre que sale por sí mis-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 104

mo del vicio tenía derecho a una ayuda inmediata; que


aquel que no repara en fuerzas podía apelar al apoyo del
padre celestial precisamente cuando estas fuerzas se ago-
tan, cuando resultan insuficientes.
»Insistió en esta convicción, en esta apremiante súplica
durante un tiempo y apenas se dio cuenta de que se abría
la puerta y alguien entraba. Era su madre, que se dirigió a
él con rostro alegre, vio su confusión y le habló con
palabras de consuelo:
»-¡Qué feliz me siento -dijo- de saber que no eres un
mentiroso y que puedo tener tu arrepentimiento por cierto!
Ha aparecido el oro; tu padre, a quien se lo devolvió un
amigo, se lo dio al cajero para que lo guardara, y, distraído
con las muchas ocupaciones del día, lo olvidó. En lo de la
plata tus datos concuerdan bastante, la suma es mucho
menor. No he podido ocultar la alegría de mi corazón y le he
prometido a tu padre volver a procurar la suma que falta,
cuando se tranquilice y prometa no seguir interrogando
respecto del asunto.
»Al punto Ferdinand pasó a sentir la mayor de las alegrías.
Se apresuró a llevar a cabo sus negocios, pronto le entregó
el dinero a su madre, repuso incluso lo que no había cogido,
de lo que sabía que se echaba en falta simplemente por el
desorden de su padre en sus gastos. Se sentía alegre y feliz,
pero todo ese suceso había dejado en él una huella
indeleble. Se había convencido de que el hombre tenía
fuerza para querer el bien y ejecutarlo; también creía ahora
que gracias a ello el hombre podía atraerse el interés divino
y prometerse ese apoyo, que él acababa de experimentar.
Con gran alegría descubrió entonces a su padre el plan de
asentarse en aquellas regiones. Le describió el negocio en
105 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

todo su valor y su alcance; el padre no tuvo nada en contra


y la madre le contó a su esposo en secreto la relación de
Ferdinand con Ottilie. A éste le agradó una nuera tan lucida
y la perspectiva de poder establecer a su hijo sin costes le
resultó muy grata.

-Esta historia me gusta -dijo Luise, una vez que el anciano


hubo terminado-, y, si está sacada de la vida cotidiana, no
me parece nada vulgar. Pues, si nos preguntamos a noso-
tros mismos y observamos a otros, vemos que rara vez no-
sotros mismos sentimos la necesidad de renunciar a algún
deseo que otro; la mayoría de las veces son las circuns-
tancias externas las que nos obligan a ello.
-Yo desearía -dijo Karl- que no tuviéramos ninguna
necesidad de renunciar a nada, sino que no conociéramos
en modo alguno lo que no debemos poseer. Por desgracia,
en nuestras circunstancias todo está atendido, todo está
cultivado, todos los árboles están llenos de fruta, y hemos
de pasar siempre por debajo para confortarnos a su sombra
y renunciar a los más hermosos placeres.
-Bueno -dijo Luise al anciano-, ¡déjenos terminar de oír su
historia!
EL ANCIANO. De verdad que ya se ha terminado.
LUISE. Cierto que hemos oído su desarrollo, pero ahora
nos gustaría escuchar el final.
EL ANCIANO. Diferencia usted bien, y, como le interesa el
destino de mi amigo, le voy a resumir qué fue de él.

»Libre de la opresiva carga de un delito tan feo, no sin una


modesta satisfacción consigo mismo, pensó entonces en su
dicha futura y lleno de anhelo esperó el regreso de Ottilie
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 106

para explicarse y cumplir en todo con la palabra dada. Ella


llegó en compañía de sus padres; él se apresuró a ir a verla
y la encontró más hermosa y más alegre que nunca. Con
impaciencia esperó el momento de poder hablarle a solas y
exponerle sus intenciones. Llegó la hora, y con toda la
alegría y la ternura del amor le contó sus esperanzas, la
inminencia de su dicha y el deseo de compartirla con ella.
Sólo que cuán asombrado se quedó, y cuán perplejo, al ver
que ella se tomaba todo el asunto con mucha ligereza, sí,
casi podría decirse que en broma. No fue muy delicada al
bromear sobre la vida de eremita que se había buscado,
sobre el papel que ambos harían si huyeran para cobijarse
bajo un techo de paja cual pastor y pastora, y demás cosas
por el estilo.
»Afectado y enojado volvió a pensar para sus adentros; su
conducta le había desazonado y, por un momento, sintió un
escalofrío. Había sido injusta con él, y ahora percibía
defectos en ella que antes le habían permanecido ocultos.
Tampoco se necesitaba un ojo muy despierto para ver que
cierto primito, que había venido con ella, atraía para sí toda
su atención y había conquistado una gran parte de sus
simpatías.
»Aun con el dolor insufrible que sintió Ferdinand, pronto
se recobró y la superación, que ya había conseguido una
vez, le pareció posible por segunda. Veía a Ottilie a menudo
y logró dominarse al observarla; lo hacía amablemente,
incluso con delicadeza con ella y ella no menos con él; sólo
que sus encantos habían perdido su mayor poder, y pronto
sintió que podía ser cariñosa y fría, seductora y repelente,
amable o desabrida a capricho. Su pensamiento fue librán-
dose de ella poco a poco, y se decidió a cortar incluso los
107 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

últimos lazos.
»Esta operación fue más dolorosa de lo que se había
imaginado. Un día la encontró sola y le echó valor para
recordarle la palabra dada y traer a su memoria aquellos
momentos en los que ambos, empujados por los más tier-
nos sentimientos, habían llegado a un acuerdo para su vida
futura. Ella fue amable, casi puede decirse que incluso cari-
ñosa; él fue más tierno y deseó que en ese momento todo
fuera distinto de como se lo había imaginado. Sin embargo,
se recobró y relató la historia de su inminente estableci-
miento con calma y amor. Ella pareció alegrarse al respecto
y, en cierto modo, lamentar que debido a ello su unión
debía seguir aplazándose. Dio a entender que no tenía el
más mínimo deseo de abandonar la ciudad; mostró sus
expectativas de que, con algunos años de trabajo en aque-
llas regiones, pudiera estar en situación de representar un
buen papel también entre sus actuales conciudadanos. Le
dejó ver con claridad lo que esperaba de él: que en el
futuro llegara aún más lejos que su padre y que se mostrara
en todo mucho más respetable e íntegro que él.
»Con demasiada claridad sintió Ferdinand que no podía
esperar dicha alguna de una unión así y, no obstante, le
resultaba difícil renunciar a tantos encantos. Tal vez incluso
se hubiera apartado de ella totalmente indeciso, si el primo
no le hubiera relevado y manifestado con su conducta tan-
tas confianzas con Ottilie. Tras esto, Ferdinand le escribió
una carta en la que volvía a asegurarle que ella lo haría feliz
si era capaz de seguir su nueva determinación, pero que no
le parecía aconsejable para ninguno de los dos alimentar
para tiempos futuros una lejana esperanza y atarse con una
promesa ante un porvenir incierto.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 108

»A esta carta esperaba todavía una respuesta favorable;


sólo que no llegó tal como su corazón, sino como su razón
debía consentirla. Ottilie le devolvía su palabra de un modo
muy delicado, sin dejar en total libertad el corazón del
joven, y precisamente también así hablaba la nota de los
sentimientos de ella: según sus pensamientos estaba unida
a él, pero según sus palabras libre.
»¿Qué más he de contar ahora con detalle? Ferdinand se
apresuró a regresar a aquellas pacíficas regiones y se
instaló pronto; era ordenado y trabajador y lo fue mucho
más puesto que la muchacha buena y sencilla que ya
conocemos lo hizo feliz como esposa, y el anciano tío hizo
todo lo posible para asegurar y acomodar la situación de su
casa.
»Yo lo conocí en años posteriores, rodeado de una familia
numerosa y bien educada. Él mismo me contó su historia, y
tal como suele ocurrir a la gente a la que le ocurre algo
importante a temprana edad, aquella historia se le había
quedado tan profundamente grabada que había tenido una
gran influencia en su vida. Incluso como marido y como
padre solía renunciar de vez en cuando a algo que le
hubiera reportado alguna alegría, únicamente para no per-
der la práctica de una virtud tan hermosa, y toda su educa-
ción consistía en cierta manera en que sus hijos, a su vez,
fueran capaces de poder renunciar a algo de repente.
»De una forma que yo al principio no podía aceptar, le
prohibía por ejemplo a uno de los niños comer en la mesa
de su comida favorita. Para mi asombro el muchacho se
quedaba contento, y era como si no hubiera ocurrido nada.
»Y del mismo modo los mayores, por propia voluntad,
dejaban pasar ante sí de vez en cuando una noble fruta o
109 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

cualquier otro manjar; a cambio, él les permitía bien pudiera


decirse que todo, y no faltaban en su casa todo tipo de
travesuras. Todo parecía resultarle indiferente y les dejaba
una libertad casi sin límites, sólo una vez por semana se le
ocurría que todo tenía que suceder al minuto. Entonces se
ponían los relojes en hora desde por la mañana, cada cual
recibía su orden del día, se acumulaban los negocios y los
placeres y nadie podía perder un solo segundo. Podría
pasarme horas hablándoles de sus conversaciones y de sus
comentarios acerca de esta curiosa forma de educación. Él,
siendo yo un sacerdote católico, bromeaba conmigo acerca
de mis votos y afirmaba que, en realidad, cualquier hombre
debía imponerse tanto privaciones a sí mismo como obe-
diencia a los demás, no para practicarlas siempre, sino para
practicarlas a su debido tiempo.

La baronesa hizo aún algunas observaciones y confesó que


ese amigo seguramente había tenido razón en todo, pues
también en un reino depende todo del poder ejecutivo; el
legislativo puede ser tan razonable como quiera, que no
sirve de nada al Estado si el ejecutivo carece de fuerza.
Luise se acercó de un salto a la ventana, pues oyó a Frie-
drich que entraba cabalgando hacia el patio. Salió a recibirlo
y lo condujo a la habitación. Parecía contento, aunque venía
de ver escenas de dolor y desolación y, en lugar de empezar
con una descripción exacta del incendio que había afectado
a la casa de su tía, aseguró que estaba comprobado que el
escritorio había ardido allí justo a la misma hora que el suyo
se había resquebrajado aquí de ese modo tan brusco.
-Precisamente en el momento -dijo- en que el incendio se
estaba aproximando ya a la habitación, el administrador pu-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 110

do salvar un reloj que estaba justo sobre ese escritorio. Al


moverlo debió descolocarse algo en la maquinaria, y se
quedó parado en las once y media. O sea que, por lo menos
en lo que a la hora se refiere, tenemos coincidencia abso-
luta.
La baronesa sonrió; el preceptor aseguró que cuando dos
cosas coinciden, no por ello se pude deducir una relación
entre ambas. A Luise, en cambio, le gustó poder relacionar
ambos sucesos, en especial porque había tenido noticias de
que su prometido se encontraba bien, y cada cual volvió a
dar curso libre a su imaginación.
-¿No sabrá usted -dijo Karl al anciano- contarnos algún
cuento (29)? La fantasía es un bello tesoro, aunque no me
gusta cuando con ella se quiere reelaborar algo que ha ocu-
rrido de verdad. Las figuras porosas que crea nos vienen
muy bien por ser seres de una especie propia; unida a la
verdad la mayoría de las veces produce tan sólo monstruos
y entonces me parece que entra en contradicción con la
razón y el entendimiento. Me parece que no debe depender
de ninguna materia, que no debe imponernos ninguna
materia, que, si produce objetos de arte, debe producir en
nosotros el mismo efecto que una melodía, conmovernos en
nuestro interior, y de tal manera que olvidemos que hay
algo fuera de nosotros que produce esta conmoción.

(29) Ésta es la primera vez que se menciona el género del cuento en la


novela. Al hacer su pregunta, Karl tiene en mente seguramente los cuentos
de autor (Kunstmärchen) que estaban de moda en el siglo XVIII y que tan
gran difusión y aceptación tendrían posteriormente entre los románticos. De
ahí que los lectores de la época se sorprendieran en buena manera ante el
tipo de cuento que presentará aquí Goethe y que prefigura las formas que
habría de adoptar el género en el siglo siguiente.
111 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

-No continúe -dijo el anciano- describiendo tan exhaustiva-


mente sus requisitos para un producto de la imaginación.
También es parte del deleite que proporcionan tales obras
el que las disfrutemos sin exigencias; pues la imaginación
por sí sola no puede exigir, tiene que esperar lo que se le
regale. No hace planes, no se propone ningún camino, sino
que la llevan y la guían sus propias alas y, mientras revolo-
tea de un lado para otro, traza los más extraordinarios sen-
deros que constantemente van transformándose y girando
en su dirección. Déjeme que, en mi paseo de costumbre,
reavive primero en mi alma las extrañas imágenes que a
menudo me entretuvieron en la juventud. Esta noche pro-
meto contarles un cuento que habrá de recordarles todo y
nada.
De buen grado despidieron al anciano, tanto más cuanto
que todos esperaban que Friedrich les procurara novedades
y noticias de lo que entretanto había sucedido.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 112

EL CUENTO (30)

A orillas del gran río, que acababa de crecer y desbordarse


a causa de unas lluvias torrenciales, el anciano barquero
dormía en su pequeña cabaña, cansado de los esfuerzos del
día. En medio de la noche le despertaron algunos gritos, y
oyó que unos viajeros querían pasar al otro lado.
Al salir a la puerta vio flotando sobre la barca amarrada
dos grandes fuegos fatuos, que le aseguraron que tenían
mucha prisa y que deseaban estar ya en la otra orilla. El
anciano no vaciló, empujó el bote y, con su acostumbrada
habilidad, atravesó la corriente, mientras los forasteros
cuchicheaban entre sí en una lengua desconocida y muy
ágil, al tiempo que irrumpían en grandes carcajadas sin
dejar de brincar bien por los bordes y los bancos, bien por
el suelo del bote.
-¡El bote se balancea! -exclamó el anciano-. Y, si seguís
moviéndoos tanto, puede volcarse, ¡sentaos, luces!
Ante esta exigencia prorrumpieron en grandes carcajadas
y se burlaron del viejo, moviéndose aún más que antes. Él
soportó sus malas maneras con paciencia y pronto alcanzó
la otra orilla.

(30) El título de la historia coincide con la denominación de un género


literario y es el primero de los tres que escribió Goethe: Das Märchen [El
cuento], Der neue Paris [El nuevo París] y Die neue Melusine [La nueva
Melusina]. Ya desde el mismo momento de su publicación aparecieron
numerosas interpretaciones, centradas fundamentalmente en torno a la
simbología de los elementos. Goethe jamás dio explicación alguna respecto
del significado.
113 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

-¡Tenga, por su esfuerzo! -exclamaron los viajeros y,


sacudiéndose, dejaron caer muchas monedas de brillante
oro en la húmeda barca.
-¡Santo cielo! ¿Qué hacéis? -exclamó el anciano-. ¡Me vais
a traer la mayor de las desgracias! Si una moneda de oro se
hubiera caído al agua, el río, que no puede soportar ese
metal, se hubiera levantado en terribles olas, y se habría
tragado la barca y a mí con ella. ¡Y quién sabe qué hubiera
sido de vosotros! ¡Recoged vuestro dinero!
-No podemos volver a coger los que hemos tirado -repu-
sieron éstos.
-Entonces me vais a obligar además -dijo el anciano al
tiempo que se agachaba y recogía las monedas en su gorra-
a tener que buscarlas, llevarlas a tierra y enterrarlas.
Los fuegos fatuos habían saltado del bote, y el anciano
exclamó:
-¿Y dónde está lo que me debéis?
-¡Quien no coge dinero tiene que trabajar gratis! -excla-
maron los fuegos fatuos.
-Tenéis que saber que sólo se me puede pagar con frutos
de la tierra.
-¿Con frutos de la tierra? Los detestamos y jamás los
hemos comido.
-Y aun así no puedo dejar que os vayáis hasta que me
prometáis que me entregaréis tres repollos, tres alcachofas
y tres cebollas grandes.
Los fuegos fatuos trataron de largarse de allí entre bro-
mas, sólo que se sintieron pegados al suelo de manera
incomprensible; fue la sensación más desagradable que
habían tenido jamás. Prometieron satisfacer en breve su
demanda; los despidió y empujó el bote. Ya se había aleja-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 114

do bastante cuando le gritaron a sus espaldas:


-¡Anciano! ¡Escuche, anciano! ¡Hemos olvidado lo más
importante!
Él estaba lejos y no los oía. Se había dejado llevar por la
corriente por ese mismo lado, donde, en una zona monta-
ñosa, quería enterrar el peligroso oro. Allí, entre altas rocas,
encontró una enorme sima, lo arrojó al interior y regresó a
su cabaña.
En esa sima se encontraba la hermosa serpiente verde a la
que el tintineo de las monedas al caer despertó de su
sueño. Apenas vio los relucientes discos se los tragó de
inmediato con gran voracidad y buscó con gran avidez todas
las piezas que se habían dispersado por entre los matorrales
y las grietas de la roca.
Apenas las hubo devorado, percibió, con la más agradable
sensación, cómo el oro se fundía en sus entrañas y se
extendía por todo su cuerpo, y para mayor alegría se dio
cuenta de que se había vuelto transparente y brillante.
Durante mucho tiempo le habían asegurado que aquel
fenómeno era posible; pero, como dudaba de si esta luz
podía durar mucho, la curiosidad y el deseo de asegurarse
de ello cara al futuro, la empujó fuera de la roca, para
averiguar quién podía haber tirado el hermoso oro. No halló
a nadie. Tanto más grato le resultó admirarse a sí misma al
arrastrarse por entre las hierbas y los matorrales, y su
encantadora luz, que extendía por el fresco verdor. Todas
las hojas parecían de esmeralda, todas las flores realzadas
magníficamente. En vano atravesó la solitaria maleza, pero
sus esperanzas aumentaron al llegar a la superficie y divisar
desde lejos un brillo similar al suyo.
115 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

-¡Si encontrara por fin a uno de los míos! -exclamó apre-


surándose hacia aquella zona.
No le importó la dificultad de tener que arrastrarse entre
pantanos y cañaverales; pues aunque lo que más le gustaba
era vivir en secos prados de montaña, en altas grietas en la
roca, y disfrutar de hierbas aromáticas, y aunque
acostumbraba a calmar su sed con el delicado rocío y el
agua fresca de los manantiales, habría hecho cualquier cosa
que le hubieran impuesto por amor al oro y con la esperan-
za de encontrar aquella maravillosa luz.
Muy cansada llegó finalmente a un húmedo juncal, donde
nuestros dos juegos fatuos jugueteaban a ratos. Salió
despedida hacia ellos, los saludó y se alegró de encontrar a
unos señores tan agradables de su parentela. Los fuegos la
acariciaron, saltaron sobre ella y se rieron a su manera.
-Señora tía -dijeron-, aunque usted sea de la línea hori-
zontal, eso no significa nada; naturalmente sólo estamos
emparentados por el lado del brillo, ¡pues mire -al decirlo
ambas llamas, sacrificando toda su anchura, se volvieron
todo lo delgadas y largas que les fue posible- qué bien nos
queda esta delgada altura a nosotros, señores de la línea
vertical! No nos lo tome a mal, amiga mía, ¿qué familia
puede vanagloriarse de esto? Desde que existen los fuegos
fatuos, ninguno se ha sentado ni se ha tumbado jamás.
En presencia de estos parientes la serpiente se sintió muy
incómoda, pues quería levantar la cabeza tan alto como le
fuera posible, pero sentía que tenía que volver a inclinarla
hacia la tierra para moverse del sitio, y, si antes en el
oscuro bosque se había gustado sobremanera, en presencia
de esos primos su brillo parecía disminuir a cada minuto,
incluso temió que acabara por apagarse.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 116

En ese apuro se apresuró a preguntar si los señores no


podrían a lo mejor darle noticia de dónde procedía el relu-
ciente oro que hacía poco había caído en la sima de la roca;
sospechaba que era una lluvia de oro que manaba directa-
mente del cielo. Los fuegos fatuos rieron y se sacudieron, y
a su alrededor comenzó a saltar una gran cantidad de mo-
nedas de oro. La serpiente fue rápidamente tras ellas para
tragárselas.
-Buen provecho, señora tía -dijeron los gentiles señores-;
podemos agasajarla aún con más.
Se sacudieron unas cuantas veces más con gran agilidad,
de manera que la serpiente apenas era capaz de engullir el
preciado manjar con la suficiente prisa. Su brillo comenzó a
aumentar visiblemente y en verdad que relucía magnífica-
mente, mientras que los fuegos fatuos se habían vuelto bas-
tante delgados y pequeños, sin haber perdido, no obstante,
lo más mínimo de su buen humor.
-Os estaré eternamente agradecida -dijo la serpiente,
después de haber recobrado el aliento tras su abundante
comida-, ¡pedidme lo que queráis! Haré por vosotros todo
cuanto esté en mi poder.
-¡Muy bien! -exclamaron los fuegos fatuos-. Díganos,
¿dónde vive la bella Lirio? ¡Llévenos lo más rápidamente
posible al palacio y a los jardines de la hermosa Lirio! Nos
morimos de impaciencia por echarnos a sus pies.
-Este servicio -repuso la serpiente con un profundo sus-
piro- no os lo puedo prestar al instante. La hermosa Lirio
vive por desgracia al otro lado del agua.
-¿Al otro lado del agua? ¿Y hemos hecho que nos trajeran
a éste en medio de esta tempestuosa noche? ¡Qué des-
piadado es el río que nos separa! ¿Acaso no sería posible
117 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

volver a llamar al viejo?


-Os esforzaríais en vano -repuso la serpiente-; pues,
incluso si lo encontrarais en esta misma orilla, no os coge-
ría, puede traer a cualquiera hasta aquí, pero no llevar a
alguien hasta allá.
-¡Pues sí que la hemos hecho buena! ¿Es que no hay otra
formar de cruzar el agua?
-Sí, algunas, pero no en este momento. Yo misma puedo
pasaros al otro lado, pero no antes de la hora del mediodía.
-Ésa es una hora a la que no nos gusta viajar.
-Entonces podéis cruzar de noche sobre la sombra del gi-
gante.
-¿Cómo se hace eso?
-El gran gigante, que no vive lejos de aquí, no es capaz de
hacer nada con su cuerpo, sus manos no levantan ni una
paja, sus hombros no llevarían ni un manojo de ramas; pero
su sombra puede hacer muchas cosas, sí, todo. Por eso al
salir y al ponerse el sol es más poderoso y por eso por la
tarde basta sólo con sentarse en el cuello de su sombra:
entonces el gigante se dirige cuidadosamente hacia la orilla
y la sombra transporta al caminante sobre el agua. Pero si
queréis estar a la hora de mediodía en aquel rincón del
bosque donde los arbustos llegan justo hasta el agua, yo
puedo cruzaros y presentaros a la hermosa Lirio; si, por el
contrario, os desagrada el calor del mediodía, sólo al
atardecer podréis buscar en aquella cala rocosa al gigante
que seguro que se mostrará muy complaciente.
Con una ligera reverencia los jóvenes señores se alejaron
y la serpiente se sintió satisfecha de librarse de ellos, en
parte para deleitarse con su propia luz, en parte para
satisfacer una curiosidad que la martirizaba hacía ya mucho
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 118

tiempo de una manera muy particular.


En las grietas de las rocas, entre las que se arrastraba a
menudo de un lado para otro, había hecho en un lugar un
curioso descubrimiento. Pues, aunque justo por esos abis-
mos se veía obligada a reptar sin luz, podía reconocer muy
bien los objetos por el tacto. Estaba acostumbrada a encon-
trar en todas partes tan sólo obras irregulares de la natura-
leza; bien se deslizaba entre las puntas de grandes cristales,
bien sentía los ganchos y las agujas de la más pura plata y
sacaba consigo a la luz del día alguna que otra piedra pre-
ciosa. Sin embargo, para su gran admiración, en una roca
cerrada por todas partes había sentido objetos que delata-
ban la mano constructora del hombre. Paredes lisas, por las
que no podía escalar, cantos afilados y regulares, columnas
bien formadas y, lo que le parecía más extraño, figuras hu-
manas alrededor de las cuales se había enroscado varias
veces y que suponía de metal o de un mármol extremada-
mente pulido. Todas estas experiencias deseaba percibirlas
ahora por fin con el sentido de la vista y confirmar lo que
suponía. Se creía capaz de iluminar con su propia luz esa
maravillosa bóveda subterránea y esperaba conocer de una
vez por todas esos curiosos objetos. Se dio prisa y, en el
camino de costumbre, encontró pronto la grieta por la que
solía deslizarse al lugar sagrado.
Cuando se encontró en el lugar, miró con curiosidad en
derredor, y, aunque su brillo no podía iluminar todos los
objetos de la rotonda, los que estaban más cerca sí que le
resultaron lo suficientemente claros. Con asombro y respeto
levantó la vista hacia una hornacina en la que estaba
colocada la estatua de un venerable rey en oro fundido. Por
las proporciones, la estatua superaba las dimensiones hu-
119 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

manas, pero, por su figura, era más bien la estatua de un


hombre pequeño que de uno grande. Su cuerpo bien for-
mado estaba envuelto en un sencillo manto y una corona de
hojas de roble sujetaba sus cabellos.
Apenas había divisado la serpiente esta noble imagen
cuando el rey comenzó a hablar y preguntó:
-¿De dónde vienes?
-De las simas -repuso la serpiente- en las que habita el
oro.
-¿Qué es más hermoso que el oro? -preguntó el rey.
-La luz -respondió la serpiente.
-¿Qué es más confortante que la luz? -preguntó aquél.
-El diálogo -respondió ésta.
Mientras pronunciaba estas palabras ella había mirado de
reojo a la siguiente hornacina y descubierto otra bella
imagen. En ella estaba sentado un rey de plata de figura
alta y más bien delgada; su cuerpo estaba cubierto por
ornamentadas ropas, corona, cinto y cetro adornados con
piedras preciosas; en su rostro tenía la alegría del orgullo y
parecía estar a punto de hablar, cuando una veta oscura
que atravesaba la pared de mármol se iluminó de repente
difundiendo una agradable luz por todo el templo. A esa luz
la serpiente vio al tercer rey: sentado allí con su poderosa
figura de bronce, se apoyaba sobre su bastón; se adornaba
con una corona de laurel y se semejaba más a una roca que
a un hombre. Se disponía a mirar al cuarto, que estaba a
mayor distancia de ella, pero el muro se abrió y la veta ilu-
minada se contrajo como un rayo y desapareció.
Un hombre de mediana altura que salió de allí atrajo la
atención de la serpiente. Iba vestido como un campesino y
llevaba en la mano una lamparita, con una serena llama que
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 120

resultaba grato mirar y que, de manera prodigiosa, sin


echar siquiera una sombra, iluminaba todo el templo.
-¿Por qué vienes cuando tenemos luz? -preguntó el rey de
oro.
-Sabéis que no puedo iluminar la oscuridad.
-¿Se acaba mi reino? -preguntó el rey de plata.
-Tarde o nunca -repuso el anciano.
Con fuerte voz comenzó a preguntar el rey de bronce:
-¿Cuando me levantaré?
-Pronto -repuso el anciano.
-¿Con quién debo aliarme? -preguntó el rey.
-Con tus hermanos mayores -dijo el anciano.
-¿Qué será del menor? -preguntó el rey.
-Se sentará -dijo el anciano.
-No estoy cansado -exclamó el cuarto rey con voz ronca y
entrecortada.
Mientras aquellos hablaban, la serpiente se había desli-
zado en silencio por el templo, lo había examinado todo y
ahora contemplaba de cerca al cuarto rey. Estaba en pie,
apoyado en una columna, y su imponente figura era antes
pesada que hermosa. Sólo el metal del que estaba fundida
resultaba difícil de distinguir. Observado con detenimiento
era una mezcla de los tres metales de los que estaban
hechos sus hermanos. Pero al fundirlas parecía que esas
materias no se habían aleado bien: vetas de oro y plata
corrían irregularmente a través de una masa de bronce y
daban a la imagen un aspecto desagradable.
Entretanto, el rey de oro dijo al hombre:
-¿Cuántos secretos conoces?
-Tres -repuso el anciano.
-¿Cuál es el más importante? -preguntó el rey de plata.
121 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

-El revelado -repuso el anciano.


-¿Vas a revelárnoslo también a nosotros? -preguntó el de
bronce.
-En cuanto sepa el cuarto -dijo el anciano.
-¡Y a mí qué me importa eso! -murmuró para sus adentros
el rey que estaba compuesto de varios materiales.
-Yo conozco el cuarto -dijo la serpiente acercándose al
anciano y susurrándole algo al oído.
-¡Ha llegado la hora! -exclamó el anciano con voz pode-
rosa.
El templo resonó, las columnas de metal vibraron y en el
mismo momento el anciano desapareció en dirección al
oeste y la serpiente hacia el este, y cada cual atravesó con
gran prisa las simas de las rocas.
Todas las galerías que atravesó el anciano se llenaron de
oro a su paso, pues su lámpara tenía la maravillosa cualidad
de transformar todas las piedras en oro, toda la madera en
plata, animales muertos en piedras preciosas, y de destruir
todos los metales. Pero para manifestar este efecto, tenía
que lucir completamente a solas; si tenía cerca otra luz, tan
sólo desprendía un brillo claro y hermoso, y todos los seres
vivos se sentían siempre reconfortados con ella.
El anciano entró en su cabaña, construida junto a la
montaña, y encontró a su mujer sumida en la mayor desola-
ción. Estaba sentada junto al fuego, llorando, sin poder
consolarse.
-¡Qué desgraciada soy! -exclamó-. ¡Si hoy no quería dejar-
te marchar...!
-¿Qué es lo que pasa? -preguntó tranquilamente el ancia-
no.
-Apenas te habías marchado -dijo entre sollozos-, cuando
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 122

dos impetuosos caminantes se presentaron ante la puerta;


imprudentemente los dejé entrar, parecían un par de
señores bien educados y honrados; iban vestidos con livia-
nas llamas, se les hubiera podido tener por fuegos fatuos.
Nada más entrar en casa, empiezan a halagarme de un
modo descarado con sus palabras, y se ponen tan pesados
que me avergüenzo de pensar en ello.
-Bueno -repuso el hombre sonriendo-, seguro que los
señores estaban de broma, pues con tu edad, deberían
haber tenido bastante con la cortesía usual.
-¿Qué? ¡Edad! ¡Edad! -chilló la mujer-. ¿Es que siempre
tengo que estar oyendo hablar de mi edad? ¿Cuántos años
tengo? ¡Cortesía al uso! Yo bien sé lo que sé. Y mira a tu
alrededor, qué aspecto tienen las paredes; mira las viejas
piedras que no había vuelto a ver desde hace ya cien años:
se han chupado todo el oro, no sabes con qué agilidad, ase-
gurando siempre que les sabía mucho mejor que el oro
común. Cuando hubieron terminado de limpiar las paredes,
parecían estar de muy buen humor, y no me extraña,
porque en muy poco tiempo se hicieron más grandes, más
anchos y más brillantes. Entonces comenzaron de nuevo
con su petulancia, volvieron a lisonjearme, me dijeron que
era su reina, se sacudieron y montones de monedas de oro
saltaron por todas partes; aún puedes ver cómo relucen allí,
debajo del banco. ¡Pero qué desgracia! Nuestro doguillo
(31) se comió algunas y mira: ahí yace, muerto junto a la
chimenea, ¡el pobre animal! Estoy desconsolada. Lo vi des-

(31). Es una especie canina con rasgos un tanto grotescos: pequeño y


regordete, morro chato, cara arrugada y cola redonda.
123 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

pués de que se marcharan, pues de lo contrario no habría


prometido pagarles su deuda al barquero.
-¿Qué le deben? -preguntó el anciano.
-Tres repollos -dijo la mujer-, tres alcachofas y tres
cebollas; les he prometido que cuando se hiciera de día los
llevaría al río.
-Puedes hacerles el favor -dijo el anciano-; pues en alguna
ocasión volverán a servirnos.
-No sé si nos servirán, pero lo han prometido y han insis-
tido en ello.
Entretanto se había consumido el fuego de la chimenea; el
anciano cubrió las brasas con mucha ceniza, echó a un lado
las relucientes monedas de oro, y entonces su lamparita
volvió a lucir con el brillo más hermoso, las paredes se
cubrieron de oro, y el doguillo se convirtió en el más bello
de los ónices que se pueda uno imaginar. La alternancia del
color negro y marrón de la piedra preciosa lo convertía en
una excepcional obra de arte.
-¡Coge tu cesta -dijo el anciano- y pon dentro el ónice;
luego coge los tres repollos, las tres alcachofas y las tres
cebollas, ponlos alrededor y llévalos al río! Deja que la ser-
piente te pase al mediodía al otro lado y ve a visitar a la
hermosa Lirio, ¡llévale a ella el ónice! Lo hará revivir al
tocarlo, igual que mata todo lo que vive cuando lo toca;
tendrá en él a un fiel compañero. Dile que no esté triste,
que su redención está cerca, que puede considerar la mayor
de las desgracias como la mayor de las suertes, pues ha
llegado la hora.
La anciana preparó la cesta y se puso en camino al hacer-
se de día. Los primeros rayos del sol brillaban con claridad
sobre el río que relucía a lo lejos; la mujer iba a paso lento,
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 124

pues la cesta le oprimía en la cabeza, y no era precisamente


el ónice lo que pesaba tanto. Todas las cosas muertas que
llevaba, no las sentía; al contrario, la cesta se elevaba a lo
alto y flotaba sobre su cabeza. Pero llevar verduras frescas
o un animalito vivo le resultaba extremadamente pesado.
Durante un rato había caminado disgustada; de repente se
detuvo asustada, pues había estado a punto de pisar la
sombra del gigante que se extendía por la llanura hasta
llegar al lugar en el que ella estaba. Y sólo entonces vio al
poderoso gigante, que se había bañado en el río, saliendo
del agua, y no supo cómo podía evitarlo. Tan pronto como
él se percató de su presencia, comenzó a saludarla en
broma, y las manos de su sombra se metieron al instante en
la cesta. Con ligereza y habilidad sacaron un repollo, una
alcachofa y una cebolla, y los llevaron a la boca del gigante,
que luego siguió andando río arriba dejando el camino libre
a la mujer.
Pensó si no sería mejor retroceder y reponer de su huerto
las piezas que faltaban, y con estas dudas continuaba
avanzando, de manera que pronto llegó a la orilla del río.
Durante un buen rato esperó sentada al barquero, a quien
finalmente vio venir cruzando el río con un curioso viajero.
Un joven, apuesto y noble, al que no podía hartarse de
mirar, bajó del bote.
-¿Qué me trae? -exclamó el anciano.
-Son las verduras que le deben los fuegos fatuos -repuso
la mujer señalando la mercancía.
Cuando el anciano vio tan sólo dos de cada clase, se dis-
gustó y afirmó que no podía aceptarlo. La mujer le rogó con
insistencia, le contó que ahora no podía ir a casa y que la
carga le resultaba pesada para el camino que tenía por de-
125 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

lante. Insistió en su respuesta negativa, asegurándole que


no dependía de él.
-Lo que me corresponde tengo que mantenerlo junto du-
rante nueve horas, y no puedo aceptar nada hasta haberle
dado una tercera parte al río.
Tras muchas réplicas dijo finalmente el anciano:
-Hay aún una solución. Si da su garantía al río y reconoce
su deuda con él, entonces cogeré las seis piezas; pero esto
encierra algún peligro.
-¿Si cumplo mi palabra no correré peligro alguno?
-Ni el más mínimo. Meta la mano en el río -continuó
diciendo el anciano- y prometa que en el plazo de veinti-
cuatro horas habrá liquidado la deuda.
La anciana lo hizo, pero ¡cuán grande no sería su horror al
sacar del agua la mano negra como el carbón! Regañó
mucho al anciano, aseguró que sus manos habían sido
siempre lo más bonito que tenía y que, a pesar del duro tra-
bajo, había sabido conservar esos nobles miembros blancos
y delicados. Contempló la mano con gran desasosiego y
exclamó desesperada:
-¡Esto es mucho peor! Veo que ha encogido, es mucho
más pequeña que la otra.
-Ahora sólo lo parece -dijo el anciano-, pero, si no cumple
su palabra, puede hacerse realidad. La mano irá enco-
giéndose poco a poco y al final desaparecerá por completo,
sin que tenga que prescindir de su uso. Podrá hacerlo todo
con ella, sólo que nadie la verá.
-Preferiría no poder utilizarla y que no se notase -dijo la
anciana-; de todos modos no tiene importancia, mantendré
mi palabra para librarme pronto de esta piel negra y de esta
preocupación.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 126

A toda prisa volvió a coger la cesta, que se levantó sola


sobre su cabeza flotando en lo alto, y se apresuró a ir tras
el joven que, despacio y pensativo, caminaba a lo largo de
la orilla. Su majestuosa figura y su extraño traje habían
impresionado mucho a la anciana.
Tenía el pecho cubierto con una reluciente coraza, a tra-
vés de la que se movían todas las partes de su apuesto
cuerpo. En torno a los hombros colgaba un manto de
púrpura, alrededor de su descubierta cabeza ondeaban unos
cabellos castaños en hermosos rizos; su rostro gentil estaba
expuesto a los rayos del sol, al igual que sus pies bien
formados. Con las plantas descalzas andaba sereno sobre la
ardiente arena, y un profundo dolor parecía aletargar todas
estas impresiones externas.
La locuaz anciana trató de entablar una conversación;
pero él no le dijo mucho con sus pocas palabras, de manera
que al final, a pesar de sus hermosos ojos, se cansó de
hablarle siempre en vano, y se despidió de él diciendo:
-Va usted demasiado despacio para mí, señor mío; no
puedo perderme el momento justo para que la serpiente
verde me pase el río para llevarle a la hermosa Lirio el mag-
nífico regalo de mi esposo.
Con estas palabras avanzó a toda prisa y con la misma
rapidez el apuesto joven se recobró y se apresuró a seguirle
el paso.
-¿Va usted a ver a la hermosa Lirio? -exclamó-. Entonces
vamos por el mismo camino. ¿Qué regalo es ese que lleva?
-Señor mío -replicó la mujer-, no es justo que quiera
conocer mis secretos con tanta vehemencia, después de
haber rechazado mis preguntas de forma tan monosilábica.
Pero, si quiere que hagamos un intercambio y contarme sus
127 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

infortunios, yo no le ocultaré quién soy yo y cuál es mi


regalo.
Pronto llegaron a un acuerdo; la mujer le confió su situa-
ción y la historia del perro y al hacerlo le permitió observar
el maravilloso regalo.
Al punto, él sacó de la cesta la obra de arte natural y cogió
en sus brazos al doguillo, que parecía descansar tran-
quilamente.
-¡Dichoso animal! -exclamó-. Sus manos te tocarán, ella te
devolverá a la vida, mientras que los vivos han de huir de
ella para no sufrir un triste destino. ¿Pero qué digo triste?
¿No es mucho más triste y angustioso verse paralizado por
su presencia de lo que sería morir por su mano? ¡Míreme!
-dijo a la anciana-. ¡A mi edad, qué estado miserable tengo
que soportar! El destino me ha dejado esta coraza que he
llevado en la guerra con honores, esta púrpura, que he tra-
tado de merecer gobernando sabiamente: aquélla como una
carga innecesaria, ésta como adorno insignificante. Corona,
cetro y espada desaparecieron; por cierto, que estoy tan
desnudo y necesitado como cualquier otro hijo de la tierra,
pues sus hermosos ojos azules tienen un efecto tan
devastador que roban la fuerza a todos los seres vivos y que
aquellos a los que su mano no mata al tocarlos, se sienten
traspasados al estado de sombras vivas y errantes.
Así continuó lamentándose, y en absoluto satisfizo la
curiosidad de la anciana, que no quería saber tanto de su
estado interno como del externo. No se enteró ni del nom-
bre de su padre ni de su reino. Él acariciaba al duro dogui-
llo, al que los rayos del sol y el cálido pecho del joven ha-
bían calentado como si estuviera vivo. Preguntó mucho por
su marido el de la lámpara, por los efectos de la luz sagrada
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 128

y pareció prometerse con ello muchas cosas buenas para su


triste estado en días futuros.
Entre aquellas conversaciones vieron de lejos el majestuo-
so arco del puente, que iba de una orilla a la otra, relu-
ciendo maravillosamente a la luz del sol. Ambos se asom-
braron, pues nunca habían visto esa construcción con tanta
belleza.
-¿Cómo? -exclamó el príncipe-. ¿Es que no era ya lo
bastante hermoso cuando apareció ante nuestros ojos como
hecho de jaspe y de prasio? ¿No hay que tener miedo de
pisarlo viéndolo hecho de esmeraldas, crisóprasas y cri-
solitas (32)?.
Ambos desconocían la transformación que había experi-
mentado la serpiente; pues era la serpiente la que cada
mediodía se arqueaba sobre el río y allí se quedaba, en
forma de un audaz puente. Los caminantes pusieron el pie
en él con respeto y lo cruzaron en silencio.
Apenas habían llegado a la otra orilla cuando el puente
empezó a balancearse y a moverse; al poco rato tocó la
superficie del agua y la serpiente verde, con su figura real,
siguió a los caminantes por tierra. No habían acabado de
darle ambos las gracias por haberles permitido pasar el río
en su lomo, cuando se dieron cuenta de que, además de
ellos tres, tenía que haber otras personas en el grupo, a las
que, no obstante, no podían divisar. Oyeron a su lado un
cuchicheo, al que la serpiente, a su vez, respondió con otro;
escucharon con atención y, al final, pudieron entender lo
siguiente:

32. Piedras semipreciosas, la primera de color verde y las otras de un color


entre amarillo y dorado. Goethe las conocía bien de sus estudios de
mineralogía y poseía ejemplares de ellas en su colección.
129 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

-Primero -decían alternativamente algunas voces- daremos


una vuelta de incógnito por el parque de la hermosa Lirio y,
al caer la noche, en cuanto estemos lo bastante pre-
sentables, le rogaremos que nos presente a la belleza suma.
Nos encontrará a orillas del gran lago.
-Está bien -respondió la serpiente, y un sonido sibilante se
perdió en el aire.
Nuestros tres caminantes deliberaron entonces en qué
orden iban a aparecer ante la bella Lirio, pues, hubiera a su
alrededor las personas que hubiera, tan sólo podían entrar y
salir de una en una, si no querían sufrir agudos dolores.
La mujer que llevaba el perro transformado en la cesta se
acercó la primera al jardín para buscar a su benefactora, la
cual fue fácil de encontrar porque justamente estaba can-
tando al son de su arpa; los agradables sonidos se dejaron
ver primero como anillos sobre la superficie del tranquilo
lago; luego, como una leve brisa, comenzaron a mover hier-
bas y arbustos. Lirio estaba sentada sobre la hierba cercada,
a la sombra de un precioso grupo de variados árboles, y, a
la primera mirada, hechizó de nuevo los ojos, el oído y el
corazón de la mujer, que se aproximó encantada, jurándose
a sí misma que aquella belleza se había vuelto aún más
bella durante su ausencia. Ya de lejos la buena mujer
saludó y halagó a la amabilísima muchacha:
-¡Qué dicha contemplarla! ¡Qué cielo difunde su presencia
a su alrededor! ¡Con qué encanto se apoya el arpa en su
pecho, con qué delicadeza la rodean sus brazos, cómo
parece ella anhelar su pecho y con qué ternura resuena al
contacto de sus delgados dedos! ¡Triplemente feliz, tú,
joven, que pudieras ocupar su lugar!
Diciendo estas palabras se había acercado más; la hermo-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 130

sa Lirio abrió los ojos, dejó caer las manos y repuso:


-¡No me entristezcas con elogios inoportunos! Sólo me
hacen sentir mi desgracia con más fuerza. Mira, aquí a mis
pies yace muerto el pobre canario que antes acompañaba
mis canciones de forma gratísima. Estaba acostumbrado a
sentarse en mi arpa y, cuidadosamente adiestrado, a no
tocarme. Hoy, cuando, confortada yo del sueño, entono una
serena canción matutina y mi pequeño cantor, más alegre
que nunca, deja oír sus armónicos tonos, un azor pasa a
toda velocidad sobre mi cabeza; el pobre animalito, asusta-
do, se refugia en mi pecho, y al momento siento los últimos
estertores de su vida que se apaga. Cierto que, tocado por
mi mirada, el ladrón se arrastra ahora desmayado junto al
agua, pero ¿de qué puede servirme su castigo? Mi adorado
pájaro está muerto y su tumba tan sólo aumentará los
tristes matorrales de mi jardín.
-¡Anímese, bella Lirio! -exclamó la mujer, mientras se
secaba ella misma una lágrima que había hecho brotar de
sus ojos la historia de la infeliz muchacha-. ¡Anímese! Mi
viejo esposo me dice que le diga que debe moderar su pena
y considerar la mayor de las desgracias como anuncio de la
mayor de las dichas, pues ha llegado la hora. Y, verda-
deramente -prosiguió la anciana-, en el mundo están
pasando cosas curiosas. ¡Mire mi mano, qué negra se ha
vuelto! ¡Es verdad, ya está mucho más pequeña, tengo que
darme prisa antes de que desaparezca por completo! ¿Por
qué tuve yo que hacerles un favor a los fuegos fatuos? ¿Por
qué tuve que encontrarme con el gigante y meter mi mano
en el río? ¿No podría darme un repollo, una alcachofa y una
cebolla? Así se las llevaré al río y mi mano volverá a ser
blanca como antes, de manera que casi podría ponerla al la-
131 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

do de la suya.
-A lo mejor podrías encontrar repollos y cebollas, pero
alcachofas las buscarías en vano. Ninguna planta de mi gran
jardín tiene flores ni frutos; pero cada rama que corto y que
planto sobre la tumba de un ser querido brota de inmediato
y crece mucho. Todos estos grupos de árboles, estos
arbustos, estos bosquecillos, desgraciadamente los he visto
crecer. Las copas de estos pinos, los obeliscos de estos
cipreses, estos colosos de robles y hayas, todos eran peque-
ñas ramas plantadas por mi mano como tristes monumen-
tos en un suelo generalmente yermo.
La anciana había prestado poca atención a estas palabras,
pues tan sólo se miraba la mano, que, en presencia de la
hermosa Lirio, parecía volverse más negra y, de un
momento a otro, más pequeña. Se disponía justamente a
coger su cesta y a marcharse cuando vio que había olvidado
decir lo más importante. Al punto sacó al perro transforma-
do y lo colocó sobre la hierba, no muy lejos de la hermosa
joven.
-Mi marido -dijo- le envía este recuerdo. Sabe que usted
puede dar vida a esta piedra preciosa al tocarla. Seguro que
el gracioso y fiel animal le dará mucha alegría, y la tristeza
que siento al perderlo sólo podrá aliviarse con la idea de
que estará en sus manos.
La hermosa Lirio contempló complacida y, al parecer,
asombrada al gracioso animal.
-Se están juntando muchas señales -dijo- que me alientan
alguna esperanza, pero ¡ay!, ¿no es simplemente una ilusión
propia de nuestra naturaleza que, cuando coinciden muchas
desgracias, nos imaginamos que lo bueno está cerca?
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 132

¿De qué me sirven los muchos buenos presagios?


¿La muerte del pájaro, la negra mano de la amiga?
El doguillo de jade, ¿tiene igual acaso?
¿Y no es la lámpara quien me lo envía?

Lejos de los dulces placeres humanos,


conozco el dolor solamente.
¡Ay! ¿Por qué no está el templo del torrente al lado?
¡Ay! ¿Por qué no está construido el puente?

La buena mujer había escuchado impaciente esta canción


que la hermosa Lirio había acompañado de los gratos
sonidos de su arpa y que habría encantado a cualquiera.
Justo se disponía a despedirse cuando volvió a impedírselo
la llegada de la serpiente verde. Ésta había escuchado los
últimos versos de la canción y, por ello, comenzó al
instante, con toda confianza, a animar a la hermosa Lirio.
-¡La profecía del puente está cumplida! -exclamó-.
¡Pregunta a esta buena mujer lo hermoso que se ve ahora
el arco. Lo que antes era tan sólo jaspe opaco, lo que tan
sólo era prasio, a través del que la luz brillaba como mucho
en los bordes, se ha convertido ahora en una transparente
piedra preciosa. No hay berilio tan claro ni esmeralda de tan
bello color.
-Te deseo suerte con ello -dijo Lirio-, pero disculpa si creo
que aún no se ha cumplido la profecía. Por el elevado arco
de su puente tan sólo pueden cruzar los transeúntes, y se
nos ha prometido que habrían de cruzar por él caballos y
coches, y viajeros de todo tipo a un tiempo. ¿No anunciaron
los grandes pilares que se levantarían del propio río?
La anciana no había dejado de mirarse la mano ni un mo-
133 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

mento; interrumpió aquí la conversación y se despidió.


-¡Aguarda aún un momento -dijo la hermosa Lirio- y
llévate mi pobre canario! Ruega a la lámpara que lo trans-
forme en un hermoso topacio; quiero darle vida al tocarlo y
él, junto con su buen doguillo, será mi mejor pasatiempo.
Pero ¡corre todo lo deprisa que puedas! Pues con la caída
del sol la insoportable putrefacción atacará al pobre animal
y destruirá para siempre la hermosa composición de su
figura.
La anciana colocó el pequeño cadáver en la cesta entre
tiernas hojas y se marchó de allí a toda prisa.
-Sea como sea -dijo la serpiente continuando con la con-
versación interrumpida-, el templo está construido.
-Pero aún no está junto al río -repuso la hermosa joven.
-Aún descansa en las profundidades de la tierra -dijo la
serpiente-; he visto a los reyes y he hablado con ellos.
-Pero ¿cuándo se levantarán? -preguntó Lirio.
La serpiente repuso:
-Oí resonar en el templo las grandes palabras: «Ha llega-
do la hora».
Una grata alegría se extendió por el rostro de la hermosa
joven.
-Ya es la segunda vez -dijo- que oigo hoy las felices
palabras; ¿cuándo llegará el día en que las escuche tres
veces?
Se puso en pie e inmediatamente salió de entre los
arbustos una encantadora muchacha que le cogió el arpa. A
ésta siguió otra que plegó la silla de campo de marfil tallado
en la que había estado sentada la beldad y se colocó bajo el
brazo el cojín de plata. Una tercera, que llevaba una gran
sombrilla bordada con perlas, apareció después, esperando
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 134

por si Lirio la necesitaba para dar un paseo. Estas tres


muchachas eran indeciblemente hermosas y encantadoras
y, sin embargo, tan sólo realzaban la hermosura de Lirio,
puesto que cualquiera tendría que admitir que en absoluto
podían ser comparadas con ella.
Entretanto, la hermosa Lirio había estado contemplando
con agrado al prodigioso doguillo. Se inclinó, lo tocó, y al
momento se levantó de un salto. Alegre miró a su alrede-
dor, corrió de un lado a otro y, al final, se apresuró a
saludar a su benefactora con gran amabilidad. Ella lo cogió
en los brazos y lo apretó contra sí.
-Estás tan frío -exclamó-, y aunque sólo haya en ti media
vida, me eres muy bienvenido; te querré con ternura, bro-
mearé contigo con gracia, te acariciaré y te estrecharé con-
tra mi corazón con amabilidad.
Tras esto lo soltó, le hizo alejarse, volvió a llamarlo, bro-
meó con él con tanta gracia y anduvo jugando con él por la
hierba con tanta alegría e inocencia que uno tenía que con-
templar su alegría con renovado encanto y participar de
ella, igual que poco antes su pena había dispuesto a todos
los corazones a la compasión.
Esa alegría, esas gentiles bromas, se interrumpieron con
la llegada del triste joven. Entró tal como ya lo conocemos;
tan sólo pareció que el calor del día lo había vuelto aún más
pálido, y en presencia de la amada se volvía más pálido a
cada momento. En la mano llevaba el azor, sentado en ella
tan tranquilo como una paloma, con las alas caídas.
-No es muy amable -le dijo Lirio- que me pongas a la vista
a este odioso animal, a este monstruo que ha matado hoy a
mi pequeño cantor.
135 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

-¡No regañes al infeliz pájaro! -repuso el joven-. Lamén-


tate mejor de ti y del destino y permíteme que te haga com-
pañía junto con el compañero de mi desgracia.
Entretanto, el doguillo no paraba de jugar con la linda
joven y ella respondió al transparente favorito con los
gestos más amistosos. Dio palmadas para espantarlo; luego
echó a correr para volver a atraerlo. Trataba de alcanzarlo
cuando se escapaba, y lo espantaba de su lado cuando él
trataba de arrimarse a ella. El joven observaba en silencio y
con creciente disgusto; pero, finalmente, al coger ella en
brazos al feo animal, que le parecía completamente
repugnante, apretarlo contra su pecho y besar el negro
morro con sus divinos labios, perdió toda la paciencia y gritó
lleno de desesperación:
-¿Es que yo, que por un triste destino debo vivir, tal vez
para siempre, separado de ti aún estando en tu presencia?
¿Yo, que lo he perdido todo por ti, incluso a mí mismo, es
que tengo que ver con mis propios ojos que un engendro
tan repugnante sea capaz de despertar tu alegría, acaparar
tu atención y disfrutar de tus abrazos? ¿Es que voy a tener
que seguir yendo de un lado para otro, midiendo el triste
círculo del río de una orilla a otra? No, en mi pecho des-
cansa aún una chispa del antiguo valor heroico, ¡que salga
de él ahora mismo la última llama! Si las piedras pueden
descansar junto a tu pecho, que me convierta en una pie-
dra; si tu tacto mata, entonces quiero morir entre tus
manos.
Diciendo esto hizo un brusco movimiento; el azor salió
volando de su mano y él se precipitó hacia la hermosa
joven, ella estiró las manos para detenerlo y con ello tan
sólo consiguió tocarlo antes. Perdió la conciencia y Lirio sin-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 136

tió aterrada la hermosa carga junto a su pecho. Retrocedió


dando un grito y el lindo joven cayó de sus brazos, sin alma,
para hundirse en la tierra.
¡La desgracia había ocurrido! La dulce Lirio se quedó
inmóvil, mirando fijamente el cadáver sin vida. El corazón
pareció atascarse en su pecho y los ojos no tenían lágrimas.
En vano trató el doguillo de sonsacarle un gesto amable: el
mundo entero había muerto con su amigo. Su muda deses-
peración no buscaba ayuda, pues no conocía ayuda
ninguna.
La serpiente, en cambio, se movía con mayor afán; pare-
cía estar pensando en la salvación y, en verdad, sus
curiosos movimientos sirvieron al menos para impedir las
primeras consecuencias terribles de la desgracia. Con su
flexible cuerpo trazó un amplio círculo en torno al cadáver,
sujetó con los dientes el extremo de su cola y permaneció
así sin moverse.
Poco después apareció una de las bellas sirvientas de Lirio
trayendo la silla de campo de marfil y, con gestos amables,
indicó a la joven que se sentara; poco después llegó la
segunda, que llevaba un velo de color fuego con el que
adornó más que cubrió la cabeza de su señora; la tercera le
entregó el arpa, y apenas había apretado contra su cuerpo
el magnífico instrumento y sacado algunas notas de sus
cuerdas, cuando la primera regresó con un espejo claro y
redondo que colocó frente a la bella joven para captar sus
miradas y hacerle ver la imagen más hermosa que podía
hallarse en la naturaleza. El dolor aumentaba su belleza, el
velo sus encantos, el arpa su gracia y, tanto como deseaban
ver cambiada su triste situación, deseaban asimismo retener
para siempre su imagen, tal como aparecía en ese momen-
137 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

to.
Con una silenciosa mirada al espejo salían de las cuerdas
o bien unos dulces tonos, o bien su dolor parecía aumentar
y las cuerdas respondían con fuerza a su pena. A veces
abría la boca para cantar, pero la voz le fallaba; no
obstante, su dolor pronto se disolvió en lágrimas, dos
muchachas la agarraron de los brazos para ayudarla, el arpa
se cayó de su pecho; apenas tuvo tiempo la rápida sirvienta
para recoger el instrumento y llevarlo a un lado.
-¿Quién va a traernos al hombre de la lámpara antes de
que el sol se ponga? -susurró la serpiente bajito pero per-
ceptible; las muchachas se miraron unas a otras y las lágri-
mas de Lirio aumentaron. En ese momento llegó sin aliento
la mujer de la cesta.
-¡Estoy perdida y mutilada! -exclamó-. ¡Mire cómo mi
mano ha desaparecido casi del todo! Ni el barquero ni el
gigante han querido pasarme al otro lado porque tengo una
deuda con el agua; en vano he ofrecido cien repollos y cien
cebollas, no quieren más que tres piezas, y no hay ni una
sola alcachofa por estos parajes.
-Olvida tu pena -dijo la serpiente- y trata de ayudar aquí; a
lo mejor se te puede ayudar a ti al mismo tiempo. Corre tan
aprisa como puedas en busca de los fuegos fatuos; todavía
hay demasiada luz para verlos, pero tal vez los oigas reírse
y revolotear. Si se dan prisa, el gigante los pasará al otro
lado y ellos podrán encontrar y enviar al hombre de la
lámpara.
La mujer se apresuró cuanto pudo y la serpiente parecía
esperar el regreso de ambos con la misma impaciencia que
Lirio. Por desgracia, el rayo del sol al ponerse ya sólo dora-
ba las copas más altas de los árboles de la espesura, y lar-
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 138

gas sombras se extendían sobre el lago y la pradera; la


serpiente se movía impaciente y Lirio se deshacía en
lágrimas.
En medio de ese apuro la serpiente miraba por todas
partes, pues temía que en cualquier momento se pondría el
sol, y entonces la putrefacción atravesaría el círculo mágico
y atacaría implacablemente al apuesto joven. Finalmente,
en lo alto del cielo, divisó al azor con sus plumas de color
púrpura, cuyo pecho recogía los últimos rayos del sol. Se
estremeció de alegría por el buen presagio y no se engaña-
ba, pues poco después vio deslizarse por el lago al hombre
de la lámpara, igual que si fuera sobre unos patines.
La serpiente no cambió su posición, pero Lirio se puso en
pie y le gritó:
-¿Qué buen espíritu te envía en el momento en que te an-
helamos y te necesitamos tanto?
-El espíritu de mi lámpara -repuso el anciano- me empuja
y el azor me guía hasta aquí. La lámpara echa chispas
cuando alguien me necesita y entonces busco en el aire
alguna señal; algún pájaro o algún meteoro me muestra la
dirección hacia la que me debo dirigir. ¡Tranquilízate, linda
muchacha! No sé si podré ser de ayuda; uno solo no ayuda,
sino aquel que se une con otros muchos en el momento
oportuno. Vamos a aguardar y a mantener las esperanzas.
Sigue cerrando tu círculo -continuó dirigiéndose a la ser-
piente, mientras se sentaba a su lado sobre un montículo de
tierra para alumbrar el cuerpo inerte-. ¡Traed aquí también
al gentil canario y ponedlo en el círculo!
Las muchachas sacaron el pequeño cadáver de la cesta
que la anciana había dejado en el suelo y obedecieron al
hombre.
139 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

Entretanto el sol se había puesto y, al ir aumentando la


oscuridad, no sólo la serpiente y la lámpara del hombre
empezaron a lucir a su manera, sino que el velo de Lirio
desprendió también una suave luz que tiñó sus pálidas meji-
llas y su blanco traje con una gracia infinita. Se miraban
alternativamente con silenciosa contemplación; la preo-
cupación y la pena se habían aliviado con una firme espe-
ranza.
De ahí que no resultara inoportuna la llegada de la ancia-
na en compañía de las dos alegres llamas, que sin duda
desde entonces debían haber sido muy pródigas, pues ha-
bían vuelto a adelgazar en extremo, pero que se comporta-
ron con mucha más elegancia frente a la princesa y a las
demás damiselas. Con la mayor seguridad y con mucho
énfasis dijeron cosas bastante banales; en especial se mos-
traron muy impresionables por el encanto que el reluciente
velo extendía sobre Lirio y sus acompañantes. Las damiselas
bajaron modestamente los ojos y el elogio de su hermosura
las embelleció de verdad. Todos estaban satisfechos y
tranquilos excepto la anciana. Sin hacer caso de su esposo,
quien le había asegurado que la mano no podía seguir
disminuyendo mientras estuviera iluminada por su lámpara,
afirmó más de una vez que, de continuar así, ese noble
miembro desaparecería por completo antes de medianoche.
El anciano de la lámpara había escuchado con atención la
conversación de los fuegos fatuos y se sentía complacido de
que Lirio se hubiera distraído y serenado con ese entre-
tenimiento. Y, ciertamente, había llegado la medianoche sin
saber cómo. El anciano miró a las estrellas y empezó a
decir:
-Nos hemos reunido en buena hora, que cada cual haga
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 140

su tarea, que cada cual cumpla con su obligación, y una


dicha general diluirá en sí los dolores particulares, igual que
una desdicha general consume las alegrías particulares.
Después de estas palabras se originó un ruido asombroso,
pues todos los presentes hablaban para sí y manifestaban
en voz alta lo que tenían que hacer; sólo las tres muchachas
estaban calladas: una se había quedado dormida junto al
arpa, la otra junto a la sombrilla, la tercera junto al sillón, y
no se les podía reprochar, pues era tarde. Las flamantes
jóvenes, tras algunas cortesías pasajeras que también dedi-
caron a las sirvientas, se concentraron finalmente tan sólo
en Lirio por ser la más hermosa.
-¡Coge -dijo el anciano al azor- el espejo y con el primer
rayo de sol ilumina a las durmientes y despiértalas con la luz
que se refleja desde las alturas!
La serpiente comenzó entonces a moverse, abrió el círculo
y, haciendo grandes círculos, se dirigió lentamente hacia el
río. Los dos fuegos fatuos la siguieron solemnemente y se
les hubiera podido tomar por unas llamas muy serias. La
anciana y su esposo agarraron la cesta, cuya suave luz
apenas se había percibido hasta entonces, tiraron de ella de
ambos lados, y la cesta fue haciéndose cada vez más
grande y más luminosa; pusieron en ella el cadáver del
joven y le colocaron el canario en el pecho; la cesta se elevó
flotando sobre la cabeza de la anciana, que empezó a andar
tras los fuegos fatuos. La hermosa Lirio cogió en brazos al
doguillo y siguió a la anciana, el hombre de la lámpara
cerraba el cortejo, y la zona se iluminó de forma muy curio-
sa con aquella multitud de luces.
Pero no con menor asombro vio el grupo, justo cuando
llegaba al río, un magnífico arco que se alzaba sobre éste,
141 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

con el que la benefactora serpiente les preparó un luminoso


camino. Si de día se habían podido admirar las transpa-
rentes piedras preciosas de las que el puente parecía estar
compuesto, de noche sorprendía por su reluciente esplen-
dor. En su parte superior la clara curvatura se recortaba lim-
piamente en el oscuro cielo, pero en la inferior unos in-
tensos rayos vibraban en dirección al punto central y
mostraban la flexible firmeza de la construcción. El cortejo
lo atravesó despacio, y el barquero, mirando a lo lejos
desde su cabaña, observó con asombro el reluciente círculo
y las extrañas luces que pasaban por él.
Apenas habían llegado a la otra orilla cuando el arco
comenzó a oscilar a su manera y a acercarse al agua con un
movimiento ondulante. Poco después la serpiente se movió
hasta el suelo, la cesta se apoyó en la tierra y la serpiente
volvió a trazar su círculo; el anciano se inclinó hacia ella y
habló:
-¿Qué has decidido?
-Sacrificarme antes de que me sacrifiquen -repuso la
serpiente-; ¡prométeme que no dejarás en tierra ninguna
piedra!
El anciano lo prometió y dijo tras ello a la hermosa Lirio:
-¡Toca a la serpiente con la mano izquierda y a tu amado
con la derecha!
Lirio se arrodilló y tocó a la serpiente y al cadáver. Al
momento éste pareció volver a la vida; se movió dentro de
la cesta, sí, se incorporó y se quedó sentado. Lirio se
dispuso a abrazarlo, pero el anciano la retuvo; en cambio,
ayudó al joven a levantarse y lo guió al salir de la cesta y
del círculo.
El joven estaba en pie y el canario revoloteaba sobre sus
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 142

hombros: de nuevo había vida en ambos, pero el espíritu


aún no había regresado; el apuesto amigo tenía los ojos
abiertos y no veía, al menos parecía contemplarlo todo con
indiferencia, y apenas se había moderado un poco el asom-
bro por este acontecimiento cuando se percibió de qué
forma tan curiosa se había transformado la serpiente. Su
cuerpo, hermoso y elegante, se había deshecho en miles y
miles de relucientes piedras preciosas; imprudentemente, la
anciana, al tratar de coger su cesta, había chocado con ella,
y ya no se veía nada de la forma de la serpiente, tan sólo
había en la hierba un hermoso círculo de relucientes piedras
preciosas.
El anciano se dispuso de inmediato a recoger las piedras
en la cesta, a lo cual tuvo que ayudarle su esposa. Ambos la
llevaron luego hacia la orilla, a un lugar elevado, y él echó
toda la carga al río, no sin disgusto de la hermosa Lirio y de
su esposa, a las que les habría gustado escoger para sí
alguna pieza. Las piedras flotaban con las olas igual que
estrellas luminosas y centelleantes, y no se podía distinguir
si se perdían a lo lejos o se hundían.
-Señores míos -dijo a continuación el anciano con todo
respeto a los fuegos fatuos-, ahora os enseñaré el camino y
abriré la marcha; pero nos prestaréis el mayor servicio si
nos abrís las puertas del santuario por el que tenemos que
entrar en esta ocasión y que, excepto vosotros, nadie puede
abrir.
Los fuegos fatuos se inclinaron educadamente y se que-
daron atrás. El anciano de la lámpara fue delante hasta la
roca, que se abrió ante él. El joven lo siguió de forma en
cierto modo mecánica, Lirio lo seguía a cierta distancia,
silenciosa e insegura, la anciana no quería quedarse atrás y
143 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

extendió su mano para que la luz de la lámpara de su espo-


so pudiera iluminarla. Cerraban el cortejo los fuegos fatuos,
acercando las puntas de sus llamas y pareciendo hablar
entre ellos.
No habían caminado mucho tiempo cuando el cortejo se
encontró ante una gran puerta de metal, cuyos batientes
estaban cerrados con un cerrojo de oro. El anciano llamó
inmediatamente a los fuegos fatuos, que no se hicieron
mucho de rogar, sino que se esforzaron en devorar con sus
más puntiagudas llamas cerrojo y pasadores.
El bronce resonó con fuerza cuando las puertas saltaron
de golpe y aparecieron en el santuario las nobles imágenes
de los reyes, iluminadas por las luces que entraban. Todos
se inclinaron ante los venerables gobernantes; en especial
los fuegos fatuos no dejaron que faltaran retorcidas reve-
rencias.
Tras una pausa preguntó el rey de oro:
-¿De dónde venís?
-Del mundo -respondió el anciano.
-¿A dónde vais? -preguntó el rey de plata.
-Al mundo -dijo el anciano.
-¿Qué hacéis aquí? -preguntó el rey de bronce.
-Acompañaros -dijo el anciano.
El rey mixto se disponía a hablar en ese momento cuando
el de oro dijo a los fuegos fatuos, que se habían acercado
demasiado a él:
-¡Alejaos de mí, mi oro no es para vuestro paladar!
Entonces se dirigieron al de plata y se arrimaron a él; su
traje relucía hermosamente con su reflejo amarillento.
-Sed bienvenidos -dijo-, pero no puedo alimentaros,¡sa-
ciaos fuera y traedme vuestra luz!
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 144

Se alejaron deslizándose ante el de bronce, que pareció no


percatarse de su presencia, en dirección al rey compuesto.
-¿Quién gobernará el mundo? -exclamó éste con voz en-
trecortada.
-Quien esté sobre sus pies -respondió el anciano.
-¡Ése soy yo! -dijo el rey mixto.
-Eso se revelará -dijo el anciano-, pues ha llegado la hora.
La hermosa Lirio se abrazó al cuello del anciano y lo besó
cariñosamente.
-Santo padre -dijo-, mil veces te doy las gracias, pues es
la tercera vez que oigo estas premonitorias palabras.
Apenas había terminado de hablar cuando tuvo que aga-
rrarse aún con más fuerza al anciano, pues el suelo empezó
a temblar bajo sus pies; el anciano y el joven también se
apoyaron mutuamente; los movedizos fuegos fatuos fueron
los únicos en no enterarse de nada.
Podía percibirse con claridad que todo el templo se movía
como un barco que se aleja despacio del puerto cuando se
han levado las anclas; las profundidades de la tierra
parecían abrirse a su paso. No chocó contra nada, ninguna
roca se puso en su camino.
Durante unos minutos una fina lluvia pareció gotear por la
abertura de la cúpula; el anciano agarró con más fuerza a la
hermosa Lirio y le dijo:
-Estamos bajo el río y pronto en la meta.
No mucho después creyeron que se detenían, pero se en-
gañaban: el templo estaba ascendiendo.
Entonces se produjo un extraño ruido sobre sus cabezas.
Tablas y vigas, unidas sin forma, comenzaron a penetrar
retumbando por la abertura de la cúpula. Lirio y la anciana
se hicieron a un lado de un salto, el hombre de la lámpara
145 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

agarró al joven y se quedó inmóvil. La pequeña cabaña del


barquero (pues era ésta la que el templo, al subir, había
levantado y metido en su interior) fue descendiendo poco a
poco y cubrió al joven y al anciano.
Las mujeres gritaron fuerte y el templo se estremeció
como un barco que, inesperadamente, choca contra tierra.
Atemorizadas, las mujeres vagaron en la penumbra
alrededor de la cabaña; las puertas estaban cerradas y
nadie escuchaba sus golpes. Golpearon con más fuerza y no
se asombraron poco cuando al final la madera comenzó a
sonar. Con la fuerza de la lámpara encerrada en su interior,
la cabaña se había vuelto de plata desde dentro. Al poco
transformó incluso su forma; pues el noble metal dejó las
formas azarosas de las tablas, los postes y las vigas, y se
extendió formando una espléndida construcción de trabajo
cincelado. Ahora había un templo pequeño y precioso en
medio del grande, o, si se quiere, un altar digno del templo.
Por una escalera que salía de dentro, el noble joven subió
entonces a lo alto; el hombre de la lámpara lo alumbraba y
parecía sujetarlo otro, que salió con un traje corto de color
blanco, sosteniendo un remo de plata en la mano:
inmediatamente reconocieron al barquero, el antiguo
habitante de la transformada cabaña.
La hermosa Lirio subió por los escalones de fuera, que
llevaban del templo al altar; pero aún tuvo que mantenerse
lejos de su amado. La anciana, cuya mano había seguido
encogiéndose mientras la lámpara estaba oculta, exclamó:
-¿Es que voy a ser yo la única desgraciada? ¿Con tantos
milagros y no hay ninguno que salve mi mano?
Su esposo le señaló la puerta abierta y dijo:
-¡Mira, ya rompe el día, apresúrate y báñate en el río!
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 146

-¡Vaya un consejo! -exclamó ella-. ¿Voy a tener que vol-


verme toda negra y desaparecer? ¡Aún no he pagado mi
deuda!
-¡Ve -dijo el anciano-y hazme caso! Todas las deudas es-
tán saldadas.
La anciana se marchó a toda prisa y en ese momento
apareció la luz del sol naciente en el tambor de la cúpula; el
anciano se colocó entre el joven y la muchacha y gritó con
fuerza:
-Tres cosas gobiernan la tierra: la sabiduría, la apariencia
y la fuerza.
Con las primeras palabras el rey de oro se puso en pie,
con las segundas el de plata y con las terceras el de bronce
había empezado a levantarse despacio, cuando, de repente,
el rey compuesto de varios metales se sentó torpemente.
Quien lo miraba, a pesar del solemne momento, apenas
podía contener la risa; pues no estaba sentado, no estaba
tumbado, no estaba apoyado, sino que se había
desmoronado sin forma.
Los fuegos fatuos, que hasta entonces se habían ocupado
de él, se hicieron a un lado. Aunque pálidos a la luz
matutina, parecían otra vez bien alimentados y con buenas
llamas; de manera habilidosa habían lamido con sus pun-
tiagudas lenguas las venas de oro de la colosal estatua
hasta lo más profundo de su interior. Los irregulares huecos
que habían quedado con ello estuvieron abiertos durante un
tiempo, y la figura conservó su anterior forma. Pero cuando
al final le extrajeron también las venitas más finas, la
estatua se desmoronó de repente y, por desgracia, justo
por los lugares que están firmes cuando el hombre se
sienta; en cambio, las extremidades que deberían haberse
147 CONVERSACIONES DE EMIGRADOS ALEMANES

doblado, permanecieron firmes. Quien no podía reír tenía


que apartar la mirada: esa cosa intermedia entre forma y
deformidad era repugnante de contemplar.
El hombre de la lámpara guió entonces al apuesto joven,
que, no obstante, aún tenía la mirada perdida, para que
descendiera del altar, dirigiéndose justamente al rey de
bronce. A los pies del poderoso príncipe había una espada
en una vaina de bronce. El joven se la ciñó.
-¡La espada en la izquierda, la derecha libre! -exclamó el
poderoso rey.
Luego se dirigieron hacia el de plata, que tendió su cetro
al joven. Éste lo cogió con la mano izquierda y el rey dijo
con voz amable:
-¡Haz que pasten las ovejas!
Cuando llegaron al rey de oro, éste, con un gesto de
paternal bendición, le puso la corona de hojas de roble en la
cabeza y dijo:
-¡Reconoce lo supremo!
Durante esta vuelta, el anciano había observado al joven
con minuciosidad. Tras ceñirse la espada, su pecho se
elevó, sus brazos se movieron y sus pies pisaron con más
firmeza; al coger el cetro con la mano, la fuerza pareció
suavizarse y, con un encanto indecible, volverse aún más
poderosa; pero cuando la corona de hojas de roble adornó
sus rizos, los rasgos de su rostro se avivaron, sus ojos
irradiaron un ánimo indescriptible y la primera palabra de su
boca fue «Lirio».
-¡Querida Lirio! -exclamó, apresurándose a subir la
escalera de plata, pues ella había estado contemplando su
recorrido desde lo alto del altar-. ¡Querida Lirio! ¿Qué puede
desear el hombre, provisto de todo, que sea más precioso
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que la inocencia y el tranquilo afecto que tu pecho me


ofrece? ¡Oh, amigo mío! -continuó, volviéndose hacia el
anciano y mirando las tres estatuas sagradas-. Hermoso y
seguro es el reino de nuestros padres, pero has olvidado la
cuarta fuerza, más corriente y más segura, y que domina el
mundo desde mucho antes: la fuerza del amor.
Diciendo esto se abrazó a la hermosa muchacha; ella había
tirado el velo y sus mejillas se tiñeron con el rubor más
hermoso e imperecedero.
A continuación dijo el anciano, sonriendo:
-El amor no gobierna, sino que educa, y eso es mucho
más.
Con esta solemnidad, con la dicha y el regocijo, no se
habían dado cuenta de que el día había roto por completo, y
entonces, de repente, el grupo tuvo a la vista, a través de la
puerta abierta, objetos completamente inesperados. Una
gran plaza, rodeada de columnas, formaba el atrio, en cuyo
fondo se veía un puente largo y magnífico que cruzaba el
río con muchos arcos; a ambos lados tenía arcadas,
dispuestas cómoda y elegantemente para los caminantes,
de los cuales habían llegado ya muchos miles que iban
diligentemente de un lado para otro. El gran camino del
medio estaba animado por rebaños y mulas, jinetes y carros
que, sin estorbarse, iban y venían a raudales por ambos
lados. Todos parecían asombrarse de la comodidad y la
elegancia, y el nuevo rey con su esposa estaba tan
encantado con el movimiento y la vida de ese gran pueblo
como dichoso por su mutuo amor.
-¡Honra el recuerdo de la serpiente! -dijo el hombre de la
lámpara-. Tú le debes la vida y tus pueblos el puente que
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ha unido y reavivado estas orillas vecinas convirtiéndolas en


países. Aquellas piedras preciosas que flotaban y relucían,
los restos de su cuerpo sacrificado, son los pilares de este
magnífico puente; sobre ellos se ha construido a sí mismo y
por sí mismo se mantendrá.
A punto estaban de pedirle que les explicara ese maravi-
lloso secreto cuando cuatro hermosas jóvenes entraron por
la puerta del templo. Por el arpa, la sombrilla y la silla de
campo reconocieron de inmediato a las acompañantes de
Lirio, pero la cuarta, más hermosa que las tres, era una des-
conocida que, bromeando fraternalmente con ellas al atra-
vesar el templo, se apresuró a subir los escalones
plateados.
-¿Vas a creerme en el futuro, querida esposa? -dijo el
hombre de la lámpara a la bella joven-. ¡Dichosa tú y toda
criatura que se bañe esta mañana en el río!
La anciana, rejuvenecida y más hermosa, de cuya anterior
constitución no había rastro alguno, estrechó entre sus
vivaces y juveniles brazos al hombre de la lámpara, que
recibió sus caricias con amabilidad.
-Si soy demasiado viejo para ti -dijo riendo-, puedes
escoger ahora otro marido; a partir de hoy no es válido nin-
gún matrimonio que no se selle de nuevo.
-¿Acaso no sabes -repuso ella- que tú también has reju-
venecido?
-Me alegra parecer un audaz joven a tus jóvenes ojos;
cogeré tu mano de nuevo y me gustaría vivir contigo hasta
pasar el próximo milenio.
La reina dio la bienvenida a la nueva amiga y subió con
ella y el resto de sus compañeras hasta el altar, mientras el
rey, en medio de los dos hombres, miraba hacia el puente,
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contemplando con atención el hormigueo del gentío.


Pero no duró mucho su satisfacción, pues vio un objeto
que, por un momento, le causó cierto desasosiego. El gran
gigante, que parecía no haberse recuperado aún de su
sueño matutino, se balanceaba por el puente produciendo
allí un gran desorden. Como de costumbre, se había levan-
tado soñoliento y pensaba bañarse en la conocida cala del
río; en lugar de ésta encontró tierra firme y avanzaba con
paso inseguro por el ancho adoquinado del puente. Aunque
se metió al instante entre la gente y el ganado de manera
muy poco hábil, todos se asombraron por su presencia, a
pesar de que nadie la sentía; pero cuando el sol le dio en
los ojos y levantó la mano para restregárselos, la sombra de
sus tremendos puños fue moviéndose tras él de un lado a
otro entre el gentío con tanta fuerza y tan poca habilidad
que personas y animales en gran número se cayeron, se
hicieron daño y corrieron peligro de ser lanzados al río.
El rey, cuando divisó tal atrocidad, echó mano a la espada
con un movimiento involuntario, pero reflexionó y observó
primero sereno su cetro, luego la lámpara y el remo de su
compañero.
-Adivino tus pensamientos -dijo el hombre de la lámpara-,
pero nosotros y nuestras fuerzas somos impotentes contra
este que también es impotente. ¡Estate tranquilo! Es la
última vez que hace daño y, afortunadamente, su sombra
está de espaldas a nosotros.
Mientras tanto, el gigante se había acercado más ante el
asombro de lo que veía con los ojos abiertos, había dejado
caer las manos, ya no hacía daño y, boquiabierto, entró en
el atrio.
Justo se dirigía hacia las puertas del templo cuando, de
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repente, se quedó plantado en medio del patio. Allí estaba


en pie, como una estatua colosal y poderosa de brillante
piedra rojiza, y su sombra indicaba las horas, que estaban
marcadas en un círculo a su alrededor, no con números,
sino con nobles y significativas imágenes engastadas en el
suelo (33).
No menos alegre se sentía el rey al ver la sombra del
monstruo en una dirección provechosa; no menos asom-
brada estaba la reina, que, saliendo del altar junto con sus
damas, engalanada con la máxima elegancia posible, divisó
la extraña imagen que casi tapaba la vista desde el templo
hacia el puente.
Entretanto, como se había quedado parado, el pueblo se
había apiñado tras el gigante, lo había rodeado y observado
su transformación. Desde allí, la multitud se dirigió hacia el
templo, del que parecía percatarse ahora, y se agolpó ante
la puerta.
En ese momento el azor pasó revoloteando sobre el tem-
plo con el espejo, atrapó en él la luz del sol y la proyectó
hacia el grupo que estaba en pie sobre el altar. El rey, la
reina y sus acompañantes aparecieron iluminados por un
brillo celestial en la bóveda en penumbra del templo, y el
pueblo se postró al verlos. Cuando la muchedumbre se
hubo recobrado y puesto en pie, el rey había subido al altar
con los suyos para dirigirse a su palacio a través de salas
ocultas, y el pueblo se dispersó por el templo para satisfacer
su curiosidad. Observaron a los tres reyes que estaban en

(33) El motivo procede de los obeliscos de la antigüedad, una de cuyas


funciones era precisamente ésa, en el mismo sentido que la aguja de un reloj
de sol.
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pie con asombro y respeto, pero tenían mucha más curiosi-


dad por saber qué sería la masa oculta en la cuarta hornaci-
na; pues, quienquiera que hubiera sido, la benévola modes-
tia había extendido sobre el rey que se había hundido una
magnífica manta, que ningún ojo debe traspasar y ninguna
mano atreverse a levantar.
El pueblo no habría terminado de mirar y de asombrarse, y
la multitud que se abría paso se habría aplastado a sí misma
en el templo, si su atención no se hubiera desviado de
nuevo hacia la gran plaza.
Inesperadamente empezaron a caer como del cielo
monedas de oro, resonando sobre las losas de mármol, los
caminantes más próximos corrieron hacia el lugar para
apoderarse de ellas, y este milagro volvió a repetirse varias
veces, por un lado y por otro. Es fácil comprender que los
fuegos fatuos, al retirarse, estaban volviendo a divertirse
prodigando el oro de los miembros del rey compuesto de
manera divertida. Codicioso, el pueblo estuvo corriendo aún
durante un buen rato de un lado para otro, apiñándose y
desgarrándose, puesto que ya no caían más monedas de
oro. Finalmente fue dispersándose poco a poco, y hasta el
día de hoy el puente sigue inundado de caminantes y el
templo es el más visitado de toda la tierra.
Este libro se termino de imprimir en febrero de 2005
en los talleres de Liberdúplex, s.l.u.
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