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LOS CUENTOS.

EL MENSAJE.

Las invitaciones llegaron con varios días de anticipación. Como al pie llevaban la firma del Zorro, algunos al principio
desconfiaron. Eran bien conocidas sus travesuras; se comentaban en rueda de familia, en la montaña, en el valle, en el
río.

Aquellos que lo encontraron en su camino no conservaban recuerdos agradables. Al contrario. Habían sido burlados por
don Juan el Zorro, amigo de armar pleitos y de tejer intrigas. Engañó al Ñandú y al Quirquincho, al Tigre y a la Iguana. Los
que tuvieron la oportunidad de tratarlo salieron siempre perdiendo.

Don Juan el Zorro habla demasiado, y detrás de una sonrisa esconde los dientes.

Por eso, al principio se desconfiaba de la invitación. Pero al lado del nombre del Zorro estaba la firma del Buey. Era la
mayor garantía de seguridad. Él es incapaz de intervenir en una mala acción. Sus virtudes son reconocidas. Es manso,
justo. A su sombra juegan las Palomas y los Pájaros, y él se distrae y se alegra como un viejo abuelo. El Buey recién
escribió su nombre después de meditarlo largamente. Antes de trazar su firma, breve y segura, tuvo que haber estado
días y noches, solo, pensando, en el profundo silencio del campo. El Buey es así. El Zorro puede engañarlo. Le sobran
recursos. Él ha de sufrir sin una queja, sin un lamento; pero jamás prestará su nombre para embaucar a sus hermanos. Y
esto nadie lo pone en duda.

Las invitaciones que enviaron el Zorro y el Buey, decían: “Debemos reunirnos para tratar asuntos muy serios”. Nada más.
Y señalaban el lugar y la hora de la cita.

Llegó el día de la reunión. El Zorro y el Buey ocupaban el centro; en torno de ellos los representantes de todos los
animales formaban una rueda. Quietos, callados. Había demasiada curiosidad por conocer los asuntos que iban a tratarse.

Don Juan el Zorro comenzó su discurso.

—Hermanos —dijo—: no soy el indicado para presidir esta reunión. Bien lo sé. Entre los presentes hay quienes tienen
más condiciones que yo para ocupar tan honrosa tribuna. Pero dejemos esto. No es momento de hacer elogios. Vamos a
tratar ahora asuntos que nos interesan por igual. Vivimos haciéndonos la guerra. No conocemos la paz. Hablamos de
amigos y enemigos, de fuertes y débiles. Atacamos y esperamos ser atacados.

El Zorro hizo una pausa. El Buey movió la pesada cabeza confirmando las palabras. Algunos Pájaros para oír mejor, se
acercaron al Zorro.

El Pavo Real dijo a su vecino el Mono:

—Habla tan de prisa que no interpreto el discurso.

Iba a responder el Mono, y en ese instante el Zorro continuó:

—Sí, hermanos. Vivimos en un constante temor. No nos fiamos de nadie. Es así. Ahora mismo hay quien duda de la
sinceridad de mis palabras. Hay quien me mira con rencor por alguna de esas travesuras mías que, indudablemente,
nunca pasaron de travesuras. Verdad. He cometido varias, pero no miento si les aseguro que tengo cargos de conciencia.

Volvió a detenerse el Zorro. Esta vez el Buey no movió la cabeza. El Tigre arqueó una ceja, y el auditorio se miró con
desconfianza.
El Pavo Real repitió a su vecino:

—Sigo sin entender.

Nuevamente el Zorro tomó la palabra:

—Es necesario que olvidemos viejas rencillas. Estamos en el mundo para amarnos, para ayudarnos los unos a los otros.
¿Por qué, entonces, tanta lucha? ¿Por qué esta guerra sin descanso? Perseguir al débil y huir del fuerte. Así vivimos:
luchando, peleando siempre. No, hermanos. No. esto tiene que terminar, desaparecer. Todos tenemos derecho a vivir.
Desde hoy acabarán las luchas. Llegarán los días de paz. Respetaremos al vecino y a su vez seremos respetados por él. Ya
no habrá guerra entre nosotros.

El Tigre dio un paso al frente.

—Con permiso —dijo—. Para conseguir la paz es necesario eliminar al hombre.

Se aplaudieron las palabras del Tigre. Hubo una exclamación general:

—¡Guerra al hombre!

El Perro no demoró en acercarse al Tigre. Sabía que se jugaba el pellejo. Levantó la cabeza y dijo:

—Deseo que me escuchen. Ustedes no saben quién es el hombre. Mi frente y mi lomo conocen la caricia de su mano. Es
mi amigo. Lo conozco bien. No en vano viví mis años a su lado acompañándolo. ¿Por qué no le hacemos llegar nuestro
mensaje de paz? Va a recibirlo con gran alegría, con el corazón lleno de gozo.

El Tigre interrumpió al Perro.

—No, usted no conoce al hombre. Es egoísta y vanidoso. Se cree el rey de la creación.

Intervino la Lechuza:

—Será inútil toda alianza con el hombre. Es supersticioso. Dice que mi canto es un presagio de mal agüero. Hace
leyendas.

El Asno agregó:

—Y fábulas.

Y dijo la Perdiz:

—Fabrica escopetas y municiones.

Y la Hormiga

—Y destruye nuestras casas.

El Perro se encontró solo. Todos se unían para eliminar al hombre. Cada uno exponía sus razones. Hablaron la Víbora, el
Venado, el Oso, la Liebre. El Perro escuchaba en silencio. Comprendía que no se quejaban en vano. Quizás tenían razón.
De pronto habló el Caballo:

—¡Qué poco conocen al hombre! —exclamó—. Lo he visto llorar por la muerte de un perro, por un buey herido, y le he
visto arrancar una espina de la pata del puma…
—De algún puma doméstico —interrumpió el Puma presente.

—No —prosiguió el Caballo—, no era doméstico. Había caído cerca de un arroyo. Al ver llegar al hombre le mostró los
dientes. Quería atacarlo. Le miró los ojos y se dio cuenta de que no estaba frente a un enemigo, y entonces comenzó a
besarle las manos. ¡Las manos del hombre que le estaban arrancando una espina! ¡El hombre! ¡Si sabré yo quién es el
hombre! Lo quiero y lo sigo. Mi cariño es hijo de su enorme ternura. Pero hay que convivir con él para llegar a conocerlo,
a amarlo. Hay que sentir la caricia de su mano, de su voz. Yo que lo he llevado en largos viajes, que lo escuché llorar,
cantar, reír, sé todo lo que guarda su corazón. ¡Con qué alegría escuchará nuestro mensaje de paz!

—Tiene razón —aprobó el Buey—. Debemos enviarle nuestro mensaje al hombre.

Lo mismo dijeron la Paloma, el Mono, el Cordero. La Lechuza y la Víbora seguían empeñadas en hacerle la guerra.
Buscaban como aliados al Tigre, al Águila, al Gato Montés. Se discutió largamente. Por fin llegaron a un acuerdo. Las
últimas palabras del Perro consiguieron convencer al auditorio.

El Buey volvió a repetir:

—Debemos enviarle nuestro mensaje al hombre.

Y el Zorro dijo:

—Así se hará. ¿Pero quién de nosotros le llevará el mensaje?

La dificultad del diálogo creaba el más serio inconveniente. Ninguno de ellos era capaz de transmitirlo. El hombre no
llegaría a comprenderlo. Al principio se pensó en el Loro, en el Tordo; después en el Caballo, en el Perro, en el Mono.

La Víbora, con ironía, interrogó al Perro:

—Usted, que lo conoce tan bien, ¿quién cree que puede llevarle el mensaje?

El Perro meditó un largo rato y respondió:

—El Grillo.

— ¿Y cómo? —preguntaron.

—Cantando —dijo el Perro.

Las miradas se volvieron al Grillo. Todos, a un mismo tiempo, le pidieron que cantara. Y el Grillo cantó. En su única cuerda
llegaba a traducir el mensaje. Cantaba pensando en la paz, en la armonía del mundo, en una hermandad perfecta.

Indudablemente al hombre le sería fácil interpretarlo.

Y el Grillo quedó designado como el portador del mensaje de paz.

Y desde aquel día, hace muchos años, el Grillo canta. Canta afanosamente. En vano se pasa las noches cantando al pie de
las ventanas, en la ribera de los ríos, en el campo, en los caminos, en las calles y en los jardines de las grandes ciudades.

Nadie comprende su mensaje. Canta, y seguirá cantando inútilmente.

Hay hombres que, a veces, se quedan en silencio escuchando la música. Presienten algo extraño, como un hondo y lejano
llamado. Después sueñan otras voces que apagan la voz del Grillo. Y él continúa cantando. Canta hasta que llega el alba.
Recién entonces se duerme, y sueña que al volver la noche, cuando callen los pájaros y tiemblen las primeras estrellas, los
hombres comprenderán su mensaje.

Y así, todas las tardes, invariablemente, abre su caja de música.

FIN

LOS SUEÑOS DEL SAPO

Una tarde un sapo dijo:

–Esta noche voy a soñar que soy árbol. Y dando saltos, llegó a la puerta de su cueva.

Era feliz; iba a ser árbol esa noche.

Todavía andaba el sol girando en la rueda del molino.

Estuvo un largo rato mirando el cielo. Después bajó a la cueva, cerró los ojos y se quedó dormido.

Esa noche el sapo soñó que era árbol. A la mañana siguiente contó su sueño. Más de cien sapos lo escuchaban.

–Anoche fui árbol –dijo–, un álamo. Estaba cerca de unos paraísos. Tenía nidos. Tenía raíces hondas y muchos brazos
como alas, pero no podía volar. Era un tronco delgado y alto que subía. Creí que caminaba, pero era el otoño llevándome
las hojas. Creí que lloraba, pero era la lluvia. Siempre estaba en el mismo sitio, subiendo, con las raíces sedientas y
profundas. No me gustó ser árbol.

El sapo se fue, llegó a la huerta y se quedó descansando debajo de una hoja de acelga. Esa tarde el sapo dijo:

–Esta noche voy a soñar que soy río.

Al día siguiente contó su sueño. Más de doscientos sapos formaron rueda para oírlo.

–Fui río anoche –dijo–. A ambos lados, lejos, tenía las riberas. No podía escucharme.

Iba llevando barcos. Los llevaba y los traía. Eran siempre los mismos pañuelos en el puerto. La misma prisa por partir, la
misma prisa por llegar. Descubrí que los barcos llevan a los que se quedan. Descubrí también que el río es agua que está
quieta, es la espuma que anda; y que el río está siempre callado, es un largo silencio que busca las orillas, la tierra, para
descansar. Su música cabe en las manos de un niño; sube y baja por las espirales de un caracol. Fue una lástima. No vi una
sola sirena; siempre vi peces, nada más que peces. No me gustó ser río.

Y el sapo se fue. Volvió a la huerta y descansó entre cuatro palitos que señalaban los límites del perejil.

Esa tarde el sapo dijo: –Esta noche voy a soñar que soy caballo.

Y al día siguiente contó su sueño. Más de trescientos sapos lo escucharon. Algunos vinieron desde muy lejos para oírlo.

–Fui caballo anoche –dijo–. Un hermoso caballo.

Tenía riendas. Iba llevando un hombre que huía.

Iba por un camino largo. Crucé un puente, un pantano; toda la pampa bajo el látigo.

Oía latir el corazón del hombre que me castigaba. Bebí en un arroyo. Vi mis ojos de caballo en el agua. Me ataron a un
poste. Después vi una estrella grande en el cielo; después el sol; después un pájaro se posó sobre mi lomo. No me gustó
ser caballo. Otra noche soñó que era viento. Y al día siguiente dijo: –No me gustó ser viento.
Soñó que era luciérnaga, y dijo al día siguiente: –No me gustó ser luciérnaga.

Después soñó que era nube, y dijo: –No me gustó ser nube.

Una mañana los sapos lo vieron muy feliz a la orilla del agua. Otra noche soñó que era viento. Y al día siguiente dijo:

–No me gustó ser viento. Soñó que era luciérnaga, y dijo al día siguiente:

–No me gustó ser luciérnaga. Después soñó que era nube, y dijo: –No me gustó ser nube. Una mañana los sapos lo vieron
muy feliz a la orilla del agua.

-¿Por qué estás tan contento? -le preguntaron.

Y el sapo respondió:

-Anoche tuve un sueño maravilloso. Soñé que era sapo.

HORACIO QUIROGA. LA TORTUGA GIGANTE Y OTROS CUENTOS DE LA SELVA

CARTA A LOS CHICOS

Horacio Quiroga escribió los Cuentos de la selva hace muchos años, en 1918, pero los años no importan cuando un
escritor deja cuentos hermosos. Historias como las que ustedes van a leer ahora, de una tortuga gigante, de yacarés que
van a la guerra, y del secreto de las medias de los flamencos.

Hay un modo de narrar, simple y mágico, que se apodera del lector y lo hace participar de todas las aventuras. Horacio
Quiroga sabía hacerlo, como sabía entenderse con los chicos, con el mayor respeto, sin elegir los caminos complacientes.

Escritor y aventurero, en bicicleta, autos o motos recorrió los caminos que lo llevaron a la selva de Misiones donde
encontró un lugar para vivir, para aprender a conocer la naturaleza y el mundo de los animales.

Allí también, de tanto mirar hacia afuera, fue descubriendo que el camino más largo y más difícil es mirar hacia adentro
de uno mismo. Viajero incansable, el peso de una enfermedad sin remedio lo llevó una noche de 1937, por decisión
propia, a emprender un último viaje. Ese del que no se puede regresar.

G. R.

LA TORTUGA GIGANTE

HABÍA una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador.
Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. El no quería ir, porque
tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director
del Zoológico, le dijo un día:

-Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hacer mucho
ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para
traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien. El hombre enfermo
aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien.

Vivía solo en el bosque, y el mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después
comía frutas. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramada con hojas de
palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia.
Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro. Había también agarrado, vivas, muchas
víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque allí hay mates tan grandes como una lata de querosene.

El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día en que tenía mucha hambre,
porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre enorme que quería comer dentro
una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él.
Pero el cazador, que tenía una gran puntería, le apuntó entre los ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan
grande que el solo podría servir de alfombra para un cuarto.

-Ahora -se dijo el hombre- voy a comer tortuga, que es una carne muy rica.

Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza
colgaba casi de dos o tres hilos de carne.

A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su
ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no
tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un
hombre.

La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse.

El hombre la curaba todos los días y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo. La tortuga sanó por fin. Pero
entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre y le dolía todo el cuerpo.

Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre
comprendió que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre.

-Voy a morir -dijo el hombre-. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quién me de agua, siquiera. Voy a
morir aquí de hambre y de sed.

Y al poco rato la fiebre subió aún más, y perdió el conocimiento. Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el
cazador decía. Y ella pensó entonces:

-El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo lo voy a curar a él ahora.

Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de
agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar enseguida
raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba
la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie.

Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no
poder subirse a los árboles para llevarle frutas. El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día
recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un
animal. Y dijo otra vez en voz alta:

-Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay
remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí.

Y como él lo había dicho, la fiebre volvió esa tarde, más fuerte que antes, y perdió de nuevo el conocimiento. Pero
también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo:
-Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires.

Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su
lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta,
los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje.

La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una
legua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después
de ocho o diez horas de caminar se detenía, deshacía los nudos y acostaba al hombre con mucho cuidado en un lugar
donde hubiera pasto bien seco.

Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada
que prefería dormir.

A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba:
¡agua! ¡agua! a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber. Así anduvo días y días, semana tras semana.

Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía menos
fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias
el conocimiento. Y decía, en voz alta:

-Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo en el
monte.

Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y
emprendía de nuevo el camino.

Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía
más. No había comido desde hacía una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada.

Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba el cielo, y no supo que era.
Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no
había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella.

Y, sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la
ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje. Pero un ratón de la ciudad -posiblemente el ratoncito
Pérez - encontró a los dos viajeros moribundos.

- ¡Qué tortuga! -dijo el ratón-. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, que es? ¿Es leña?

-No -le respondió con tristeza la tortuga-. Es un hombre.

-¿Y dónde vas con ese hombre? -añadió el curioso ratón.

-Voy... voy... Quería ir a Buenos Aires -respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía-. Pero vamos a
morir aquí porque nunca llegaré...

-¡Ah, zonza, zonza! -dijo riendo el ratoncito-. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz
que ves allí es Buenos Aires.
Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa porque aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la
marcha.

Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente
flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba
muriendo.

El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a buscar remedios, con los que el cazador se curó enseguida.
Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, como había hecho un viaje de trescientas leguas para que
tomara remedios, no quiso separarse de ella. Y como él no podía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del
Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija.

Y así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le tienen pasea por todo el Jardín, y es la misma gran tortuga que
vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos.

El cazador la va a ver todas las tardes y ella conoce desde lejos a su amigo, por los pasos. Pasan un par de horas juntos, y
ella no quiere nunca que él se vaya sin que le dé una palmadita de cariño en el lomo.

CONRADO NALÉ ROXLO

CARTA A LOS CHICOS

“¿Qué las hadas van a la escuela?, ¿quién puede creer eso?”, seguramente dirá más de uno.

Pero se equivoca, y este libro nos muestra esa parte secreta del mundo donde los payasos pintados se desprenden del
techo y los magos se convierten en gatos, porque los gatos son los animales que saben dormir mejor.

Otros pensarán que es muy fácil la vida de las hadas y que con una varita mágica todo se puede solucionar en un
periquete. Los que creen eso también tienen que pensarlo dos veces, porque en este mundo las cosas no se solucionan
transformando a los lobos en corderos.

Bueno, pero lo mejor, para los que crean una cosa o la otra, es que se pongan a leer esta hermosa historia sin perder más
tiempo. Una historia que nos dejó un fino poeta y humorista.

Como si fuera dos hombres –tal vez porque era muchos hombres-, Nalé Roxlo (1898-1971) hizo conocer su habilidad para
el humor con el seudónimo de Chamico, en muchos libros que siguen haciendo reír a los argentinos.

G. R.

LA ESCUELA DE LAS HADAS

Las hadas tienen orígenes muy diferentes. Pueden nacer del huevo azul que ponen las golondrinas cuando en la alta y
oscura noche se rozan sus alas con las del Ángel de la Guarda, del agua de una fuente que haya oído cantar a los niños la
misma ronda durante cien años... Pero no quiero hablar ahora de las hadas de origen misterioso, sino de cómo puede
llegar a serlo cualquier niña con menos trabajo que aprobar el segundo grado. Solo hace falta un poco de suerte, como
para todo en esta vida, y un corazón bien puesto.

Mi hermanita Cordelia es hoy una de las hadas más poderosas, y eso que era una chica bastante tonta, que gritaba como
una descosida cuando yo le daba un tirón de pelo y que no sabía comer un chocolate sin ensuciarse la cara.

Las cosas ocurrieron así:


Cordelia se escapó un día, a la hora de la siesta, de la casa de campo en que vivíamos. Paseó por un caminito, paseó por
otro y por otro, hasta que no supo encontrar el de casa.

Cuando se dio cuenta de que se había perdido, en lugar de asustarse por ella pensó en el disgusto que íbamos a tener
nosotros. Y yo creo que en eso está el secreto de todo lo que le ocurrió después.

Lloró acordándose de toda la familia, sin olvidar al gato ni a mí, que siempre le tiraba de la trenza. Cuando se secó las
lágrimas se encontró en un camino que antes no existía y que la llevó, cruzando un bosque, que tampoco existía antes,
hasta la puerta de una casa de aspecto siniestro. La puerta y las ventanas estaban cubiertas de espesas telas, por las que
se paseaban horribles arañas, y en el interior sonaban cadenas y una voz de ogro que decía:

– ¡Ah, que te como! ¡Ay, que te almuerzo!

Cordelia iba a escapar muy asustada cuando oyó la vocecita lastimera de un niño que gritaba:

¡Socorro! ¡Socorro, que me come crudo!

Cordelia entonces hizo un gran esfuerzo para vencer su miedo y, cerrando los ojos, desgarró las telas de araña de la
puerta y entró en la casa temblando heroicamente, pues ha de saberse que el verdadero heroísmo es el de quien, con
miedo y todo, se atreve a hacer lo que corresponde.

Pero la casa resultó como una de esas frutas de cáscara amarga y corazón dulce, pues no bien hubo traspuesto la puerta
se encontró en un gran salón de suaves colores, donde muchas niñas de resplandeciente belleza, sentadas en sillones de

raso y terciopelo, la miraban sonriendo.

También le sonrió, entre su barba blanca que le llegaba a la cintura, un anciano de alto bonete y flotante túnica negra
bordada de estrellas y lunas de plata y oro, que, con una tiza en la mano, estaba delante de un gran pizarrón. Le sonrió y
le dijo:

–Cordelia, has dado un brillante examen de ingreso al atreverte a entrar en esta casa para salvar al niño en peligro de ser
comido. Quedas admitida como alumna regular en la Escuela de las Hadas.

– ¿Y el niño? –preguntó Cordelia.

El viejo maestro la envolvió en una sonrisa burlona y Cordelia se puso colorada hasta la raíz del cabello. ¡Bien había
comprendido ella que allí nunca hubo ni ogro ni niño comestible, sino un truco mágico para probarla! Y la pregunta la hizo

para exagerar su bondad y quedar bien.

El anciano maestro le dijo:

–Ahora siéntate, y a estudiar.

– ¿Dónde me siento? –preguntó mi hermanita.

El maestro puso cara de impaciente y exclamó:

–Pero ¿no ves ese sillón dorado a tu izquierda?

Ni a su izquierda ni a su derecha ni atrás ni adelante había ningún sillón. Pero Cordelia, valientemente, se sentó en el aire,
¡cataplum!...

¡No! ¡No se cayó! Oportunamente apareció el sillón donde convenía.


–¡Muy bien, Cordelia! –aprobó el anciano–. Tu fe te ha salvado de darte un buen golpe, pues, si hubieras dudado antes de
sentarte, estarías ahora rascándote por el porrazo. Creo que si te aplicas llegarás a ser un hada bastante decente dentro
de cien años.

Al ver la cara de asombro y desilusión de Cordelia las demás alumnas rompieron en una estrepitosa carcajada.

– ¡No le hagas caso! –gritaron todas a coro–. Lo de los cien años te lo dice para ver la cara que pones. Aquí nos recibimos
volando.

Y muchas, que ya tenían alas de mariposa, echaron a volar, saliendo y entrando por las ventanas y entonando

una canción revolucionaria que comenzaba así:

Si el viejo Merlín

se enoja, se enoja,

volvamos la hoja,

y a mí plin, plin, plin.

– ¡Señoritas, a su lugar!

–gritó el maestro.

Pero las chicas seguían revoloteando por el salón y entrando y saliendo por las ventanas, y una respondió:

–Nuestro lugar es el aire, pues para eso tenemos alas. ¡Ven, Cordelia, y vuela con nosotras!

Y ella y otra tomaron a Cordelia por ambas manos y la levantaron haciéndola volar en redondo junto al alto techo.

– ¡Disciplina, orden o las vuelvo feas! –gritó Merlín, y aquello fue santo remedio. Como por arte de magia todas plegaron
las alas y volvieron a sus puestos. Pero las dos que habían alzado a Cordelia, con el susto de volverse feas, la soltaron en
plena altura, y no se sabe qué golpe se hubiera pegado si la figura de un payaso que había pintado en el techo no estira la
mano y la sostiene por los cabellos.

–¡Suéltala! –le ordenó Merlín.

Cordelia pataleaba en el aire y no sabía si reír o llorar. El pelo no le dolía, pues estaba acostumbrada a los tirones que yo
le daba, y, además, siempre había soñado con ser trapecista en un gran circo. El payaso, sin soltarla, dijo:

–Señor Merlín, ya que hay tanta indisciplina en la clase ¿por qué yo, que no soy más que una figura pintada, no puedo
también portarme un poco mal y balancear a esta chica en el aire? ¡Es tan divertido!

Y la seguía balanceando, cada vez con más fuerza. Las otras se reían tanto que a Cordelia le dio rabia y les sacó la lengua.

–¡Ay, qué chica tan mal educada! –exclamó el payaso. Y la soltó, con lo cual volvió a ser una figura inmóvil pintada en el
techo. Cordelia, sin hacerse el menor daño, fue a caer justamente en su sillón.

Estaba aturdida, no por el golpe –que no fue nada– ni por el balanceo –que resultó muy divertido–, sino porque no podía
comprender por qué todo el mundo, hasta las figuras del techo, eran allí tan desobedientes. Miró al maestro con ojos

interrogativos, y éste se quitó el gorro, se rascó la cabeza y le dijo:


–Te voy a explicar, Cordelia, lo que pasa. Yo, como todos los sabios, soy un poco distraído, y una vez me distraje pensando
en un perro muy bonito que había visto en el camino y estuve toda la tarde enseñándoles a mis alumnas a ser buenos
perros. Les enseñé a dar la pata como los perros, a ir a buscar un palo en el agua, a llevar una canasta en la boca y otras
muchas cosas que forman la buena educación de un perro. Ellas, las pobres chicas, me obedecían sin chistar y ladrando lo
mejor posible. Cuando me di cuenta de mi error les dije...

Pero la clase entera lo interrumpió diciendo a coro:

–Soy un viejo tonto y no tienen que hacerme caso al pie de la letra.

–Sí –agregó Merlín–; eso les dije. Y desde entonces se aprovechan y de tanto en tanto me desobedecen.

– ¡Qué triste! –exclamó Cordelia, sinceramente emocionada.

–No vayas a creer –le dijo Merlín–; así las clases resultan mucho más divertidas.

–Y lo queremos más –dijeron todas las chicas.

Merlín entonces se puso muy serio. Parecía escuchar un ruido lejano. La clase permanecía en profundo silencio y en todos
los ojos brillaba una lucecita de curiosidad. Por fin el maestro tomó el largo bonete que se había quitado y se lo colocó en
la cabeza, pero al revés, es decir, con la punta en equilibrio sobre el cráneo calvo.

Nadie decía nada.

Cordelia no pudo más y le avisó:

–Señor, disculpe, pero ha cometido una de sus distracciones. Se ha puesto el bonete al revés.

–No, hija mía; mi bonete está muy bien puesto –le respondió él distraídamente.

Cordelia abrió la boca para replicar, pero en ese momento entró por la ventana un pajarito chillando como si estuviera
desplumado. Y, revoloteando por el aula, decía en pío–pío, que es uno de los treinta idiomas que hablan los pájaros:

¡Ay, qué desgracia la mía!

¡Quiero poner un huevito

y no encuentro un arbolito

con una casa vacía!

¡Soy un desdichado

que no encuentra un nido!

¡Todo está alquilado!

¡Todo está ocupido!

– ¡No se dice ocupido sino ocupado! –prorrumpió la clase entera.

El pajarito, que se había posado en el alto respaldo del sillón de Cordelia, las miró con desprecio y dijo:

– ¡Niñas tontas! ¿Se creen que una persona a la que le ocurre una desgracia como la mía está para preocuparse por la
corrección del idioma? ¡Ah, pero allí veo un hermoso nido!
Y con dos golpes de ala se coló de rondón en el bonete invertido del mago. Entonces Merlín se volvió a Cordelia y le dijo:

– ¿Ves cómo mi bonete estaba bien puesto? Debes aprender que en este mundo de las hadas –y algunas veces también
en el otro– las cosas que parecen estar mal están bien y “vice de la versa”.

– ¡Ah...! –exclamó la clase con la boca abierta.

–Sí –continuó Merlín–, pero “vice de la versa” está mal dicho; se debe decir viceversa, que quiere decir al revés.

–Y si usted lo sabía bien ¿por qué lo dijo mal? –preguntó una alumna.

–Para que, si el pajarito me oye desde el fondo de mi bonete, no se avergüence de haber pronunciado mal una palabra, al
ver que hasta un gran sabio como yo se puede equivocar.

–Es usted un sabio muy delicado –dijo el pajarito, que ya había puesto su huevo y estaba posado en el borde del bonete. Y
agregó:

–Y ahora, adiós, pues me tengo que ir muy apurado a otro país para anunciar la llegada de la primavera. Si yo no la
anuncio con mi canto ella no podrá entrar y los pobres chicos andarán envueltos en bufandas de lana, que pican mucho
cuando no hace frío, y las hermosas flores se impacientarán al no poder sacar sus cabecitas de la tierra.

–Bueno. Vete a cumplir con tu deber –le dijo Merlín–, pero antes dime cómo te llamas para poder recordarte.

–Pajarito, nomás –dijo él. Y agitando las alas salió por una ventana y se perdió en el cielo azul.

Merlín, distraído, dio vuelta el bonete y se lo encasquetó hasta las orejas. Toda la clase contuvo un grito y él, poniendo
una cara muy fea, exclamó:

– ¡Por mis propias barbas, qué tontería acabo de hacer! El huevito al caer de tan alto se ha estrellado sobre mi cráneo, y
en lugar de un hermoso pajarito no tendremos más que una tortilla chica, como para un ratón.

Y tristemente se quitó el bonete. Pero, en vez de chorrearle el huevo estrellado por la cara, salió volando una bandada de
pajaritos muy chicos, pero ya con sus plumas de todos colores, que revolotearon un momento por el aula diciendo
gracias, gracias en pío, que es la media lengua del pío–pío. Después, formados en arco, se fueron por una ventana, y era
como si hubiera salido el arco iris.

Mirando irse la bandada estaban cuando el payaso que había pintado en el techo se puso la mano a los lados de la boca, a
manera de bocina, y gritó:

– ¡Talán! ¡Talán! ¡Talán!

– ¡Recreo! ¡Recreo! –gritaron a su vez las niñas. Y, las que ya tenían alas volando y las otras sobre sus pies, salieron
bulliciosamente del aula.

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