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2) Utilizando como base el texto “Antipsiquiatría y antipsicología”, resuma la argumentación que

el autor elabora contra:


a) Medicación y experimentación psiquiátrica.
b) La clasificación en psiquiatría.
c) La terapia en psicología.

En su texto “Antipsiquiatría y Antipsicología”, Carlos Perez Soto plantea la necesidad de


poner en cuestión y mirar críticamente las prácticas que se desarrollan hoy en día, tanto
en psicología como en psiquiatría. Esta necesidad es imperativa ya que el discurso
psiquiátrico pretende situar la psiquiatría, y de hecho lo logra efectivamente, como una
disciplina científica que entrega, como dice Perez Soto “males y métodos de curación
objetivos, sobre la base de teorías racionales, que serían empíricamente contrastables”.
Sin embargo, como veremos más adelante, gracias a la argumentación del autor, se podrá
comprobar que la base sobre la que descansa esta “legitimidad de las prácticas
psiquiátricas” es bastante débil y muchas de sus certezas resultan más bien apariencias de
objetividad, dotadas del poder legitimador del discurso científico y protegidas por otros
intereses económicos, sociales y políticos, que vuelven esta disciplina y sus prácticas,
peligrosas y abusivas para los sujetos víctimas de estas praxis.

La argumentación de Carlos Perez Soto advierte desde el inicio la relevancia de estas


observaciones debido a la gran legitimidad que actualmente se observa respecto de los
tratamientos farmacológicos relacionados con la salud mental, en otras palabras, se ha
normalizado la utilización de medicación para abordar el comportamiento en casi todas las
esferas de la vida social. Esto se debe, entre otros factores, a la “asociación terapéutica
entre psicólogos y psiquiatras”. El psiquiatra medica al paciente y luego el psicólogo se
considera en condiciones de realizar una psicoterapia “efectiva”. El autor aborda este
problema desde tres puntos clave que se encuentran relacionados ya que todos ayudan a
explicitar los problemas de la psiquiatría y su práctica, sus fallas y enmascaramientos
desde su supuesta “cientificidad” y los peligros que conlleva su poder legitimado por el
discurso científico.

Según Carlos Perez, la perspectiva histórica es claramente desfavorable para las


pretenciones científicas de la psiquiatría ya que en ella es “imposible trazar una secuencia
de progresos claramente definivles y contrastables”. Esto queda demostrado cuando el
autor argumenta sobre la medicación y la experimentación psiquiátrica. El primer
argumento que esgrime el autor dice relación con la falta de base científica confiable que
justifique o avale la medicación psiquiátrica. En el caso de un “trastorno mental” como la
depresión, por ejemplo, señala Perez Soto que no habría evidencia de que los
medicamentos que se utilizan para su tratamiento resuelvan o curen algún problema
neurológico de fondo. Solamente tratan los síntomas asociados al trastorno. Emerge
entonces un primer peligro asociado a la prescripción de psicofármacos, si se están
tratando síntomas pero no se establece qué “proceso orgánico está alterado y los agentes
específicos producen tal alteración”, no se puede determinar si la medicación en realidad
está ayudando al sujeto con su “trastorno” o lo está dañando al lidiar con el problema que
subyace a este síntoma. Dice el autor que si bien no hay evidencia sólida que infome sobre
cuales son los efectos internos que causa la medicación contra la depresión, si existe
evidencia que demuestra que este tipo de medicación provoca progresivamente problemas
neurológicos y cognitivos.
Los tratamientos psiquiátricos invasivos como el electroshock, la lobotomía o los choques
de insulina también, y tristemente, sirven como argumento para afianzar este punto. No se
saben los efectos internos que producen en el sujeto, pero se utilizan porque en la
observación de su comportamiento se puede identificar una cambio de conducta. Por
ejemplo, si el sujeto era violento, se muestra más calmado.

En la génesis del tratamiento con electroshock nos encontramos de frente con el poder de
la psiquiatría y la capacidad de vulnerar o suprimir la voluntad del individuo queda
expresado cuando vemos que un sujeto diagnosticado con cierto trastorno específico por
un psiquiatra competente, en este caso Cerletti – Padre de este tipo de tratamiento- , no
tenía o no podía negarse a que se le efectuara un tratamiento experimental como terapia
con electroshock. Si el loco es un enajenado o no, en realidad no importa porque la simple
ejecución de la práctica psiquiátrica es lo que enajena al individuo. Lo anula, lo separa, lo
niega.
Ejemplo: atrapado sin salida
Señala Carlos Perez que “no hay teorías claras, contrastables y explicativas que describan
los efectos del electroshock o la lobotomía sobre un ser humano. Sin embargo, el
electroshock aún se utiliza”.

Un segundo argumento contra la medicación y experimentación psiquiátrica dice relación


con los intereses comerciales de la industria farmacéutica. Para el autor estos intereses
serían una causa directa de la sobremedicamentación que sufre la población. Esta
sobremedicación se daría en todos los aspectos de la salud, pero sería principalmente
observable en contexto de tratamiento de alteraciones del comportamiento. En este caso
nos encontraríamos, incluso, con que la industria crearía cuadros clínicos con el objetivo de
aumentar las ventas de fármacos ya existentes. Perez Soto plantea que en realidad no
existe “un respaldo científico sólido que justifique estos tratamientos”.
Un ejemplo que demostraría claramente este argumento dice relación con el trastorno de
déficit atencional y de hiperactividad, ampliamente diagnosticado (y sobrediagnosticado) en
el contexto chileno. Es un trastorno que estuvo en voga en Estados Unidos en los años
noventa, y que llegó una década después a los países latinoamericanos. Actualmente, dice
Perez Soto, “no se conocen las causas neurológicas de este tratorno y tampoco hay una
manera clara de diagnosticarlo. A pesar de esto, miles de ñiños son tratados con
medicación. La industria farmacéutica ganaría miles de millones de dolares gracias al
sobrediagnóstico de este “trastorno”- misterioso aún para la ciencia- pero que debe ser
tratado con “ritalín”.

En tercer lugar, Carlos Perez señala que no es solamente la industria la que crea cuadros
clínicos para vender medicamentos, sino que existe una gran demanda de medicamentos
y prescripciones de personas que en realidad no tienen cuadros clínicos graves. El autor se
lo atribuye a las “condiciones de vida del ciudadano común, sometido a la sobreexplotación
en una sociedad competitiva, plena de sobreestimulación, atravesada por toda clase de
temores e incertidumbres”. De esta manera observar que el “ciudadano” se convierte en
consumidor de medicación para afrontar su vida, en palabras de Carlos Perez, estaríamos
frente a una “Psicologización de los aspectos de la vida cotidiana”.

{…}

Un segundo eje de la argumentación del autor dice relación con la clasificación en


psiquiatría. La tesis principal a este respecto es que la clasificación psiquiátrica es falible.
En este sentido, para el autor, las razones por las que se cree ciegamente en los
diagnósticos psiquiátricos serían la “supuesta autoridad científica del psiquiatra” y el DSM
como un “elaborado y cuidadoso manual”. Las categorizaciones diagnósticas destacan
porque al leer una, inmediatamente nos podemos sentir identificados. Además estas
categorizaciones contienen actos, actitudes y conductas que son universalmente
conocidas. Son parte, seguramente, del ser persona. Todos en algún momento
“encajamos” dentro de alguna de estas categorías y eso no necesariamente implica que
requiramos un tratamiento psicológico o psiquiátrico.
Señala Perez que el sistema de clasificación, en psiquitría, ha sido criticado desde muchas
perspectivas teóricas por varias razones. En primer lugar, estas categorías no tienen una
delitimitación clara, por el contrario, son muy amplias. Por esta razón nos encontraríamos
con que casi cualquier comportamiento humanos pueda ser diagnosticado como alteración
psiquiátrica. Además, estas categorías no resultan claramente separables. Se parecen
bastente unas con otras, incluso aquellas categorías que en el manual aparecen como
contrarias podrían llegar a ser diagnósticadas por dos psiquiatras distintos a un mismo
sujetos. Por último, debemos considerar que la psicología y la psiquiatría están insertas en
un contexto social, político y cultural, por lo cual muchas conductas que en un momento
histórico dado puedan ser catalogadas como “trastorno”, posteriormente se pueden
despatologizar en la medida en que la sociedad evolucione y modifique su apreciación de
ciertas conductas. Perez nos recuerda en su texto, debido a este carácter social de la
psicopatología, muchos estigmas sociales se pueden afianzar y traducir en cuadros
clínicos, que gracias al carácter científico de la psiquiatría, serán considerados como
objetivos y determinables científicamente. Un ejemplo claro de esta situación lo
encontramos en el caso de la homosexualidad. En el primer DSM la homosexualidad es
clasificada dentro de las “alteraciones psicopáticas de la personalidad”. Son circunstancias
sociales e históricas, como las grandes protestas y manifestaciones de las comunidades
homosexuales en Estados Unidos, las que logran que finalmente, en 1973, y por votación,
la APA llegue a la conclusión de remover la homosexualidad de su lista de trastornos
psiquiátricos. Esto demuestra, una vez más el carácter social e histórico de los trastornos
mentales, y además evidencia que las clasificaciones en categorías psiquiátricas son
sensibles a la presión social. La pretensión de objetividad y realidad positiva sobre la que
actúa la psiquiatría queda, de esta manera, desenmascarada. Este hecho cobra mayor
relavancia, al considerar la importancia que, a pesar de todos los defectos que hemos
examinado, tienen las clasificaciones psiquiatricas para la vida jurídica de los sujetos. Las
clasificaciones psiquiátricas pueden ser utilizadas judicialmente y por lo tanto el poder
social, abismal de la disciplina se instala en la base jurídica de la sociedad. Por ejemplo,
La figura del interdicto, sujeto que será despojado de sus bienes y de su posibilidad de
actuar jurídicamente en el mundo, debe ser apoyada por el diagnóstico de un psiquiatra
para que se declare al sujeto incapaz y otro actúe por el.
Para finalizar esta argumentación, Carlos Perez señala que este problema tiene un alcance
general que dice relación con que “la ciencia crea obligatoriedad civil cada vez que se erige
como un poder experto al que el poder acude para decidir o legitimar lo que le interesa”.