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“AMA COMO SI NUNCA TE HUBIERAN HERIDO”

Dios nos llama para que nos manifestemos a el; esto es lo que hacemos en la

oración. Uno de los desafíos de ser cristiano es desarrollar y alimentar las

relaciones. Esto sólo puede realizarse si la gente quiere hablar con los demás

Las paredes que edificamos alrededor de nuestros corazones para cerrarnos al

dolor son las mismas paredes que nos impiden ver la esperanza, recibir sanidad, y

sentir amor. Aquí están las herramientas que necesitamos para derribar esas

paredes, trabajar en nuestras heridas y reparar relaciones maltrechas; podríamos

decir que todos alguna vez hemos sido heridos por alguien muy amado y, por

supuesto, muy cercano. Los amamos más, son más significativos, esperamos más

de ellos y tenemos la ilusión irreal (consciente o inconsciente) de que ellos nos

aman tanto que jamás nos van a herir.

Quizá nuestro corazón ha sido herido a través de los años, o está duro por el

abuso o maltrato de otras personas. Quizá tengas rencor o hasta odio en tu

corazón y ni siquiera deseas que tu corazón vuelva a ser como era antes, porque

eso significaría volver a sentir dolor, tristeza, coraje, menosprecio. Sin embargo,

yo sé que si te atreves a creerle a Dios, el puede cambiar cualquier corazón.

Al recibir este cambio, podremos ver el mundo como Dios lo ve; podremos amar a

la familia como Dios la ama y perdonar como Dios perdona. Nuestro corazón será

restaurado y de igual manera serán restauradas tus relaciones familiares.

Cuando somos incapaces de comunicarnos abierta y honestamente, no sólo

corremos el riesgo de hacer más profundos los malentendidos, sino que también

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multiplicamos las interpretaciones incorrectas. Recordemos una vez más lo

devastador que puede ser el silencio. Si lo que reina es el silencio, en nueve de

diez ocasiones haremos una interpretación negativa o equivocada, o una falsa

presunción.

Las ofensas y tristezas del pasado pueden ser cambiadas en las bendiciones del

presente para ti. Puedes ser libre de las ataduras provocadas por esos recuerdos.

Dios quiere liberarte de ese pesar y quiere volver tu corazón a su estado anterior.

Él desea sanar relaciones familiares para que nuestras familias puedan reflejar

algo tan distinto a lo que se percibe en otras familias, pero para eso tienes que

permitir que tu corazón sea cambiado.

Y la pura verdad es que no siempre nos hieren con intención planificada, ni porque

quieran vernos sufrir… ni siquiera porque no nos amen. Con frecuencia, y esto

suele ser cierto sobre los hijos, por ejemplo, nos hieren tan solo con ser ellos. Los

criamos, los educamos, dimos todo por ellos (esa es nuestra responsabilidad), y

pensamos que van a actuar toda la vida a nuestra imagen, conforme a nuestra

semejanza (lo cual no hacemos ni nosotros, hechos a imagen de nuestro Papá).

Nos enfrentamos a que no nos conocemos ni a nosotros mismos. Todavía más

triste, sentimos que no damos testimonio de lo que hasta el otro día pensamos

que éramos en Cristo.

Amar como si nunca nos hubieran herido es una contribución para las familias; un

testimonio real, tan dramático como tranquilizante, de una crisis familiar que puede

ocurrir en cualquier hogar. Compartir todos estos tipos de historia es de invaluable

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beneficio para tantas personas, cristianas y no cristianas, que se sienten culpables

de tener crisis familiares.

Después de perdonarnos a nosotros mismos, somos llamados a perdonar a los

demás. perdón puede convertirse en un acto no reflexivo y rutinario en vez de algo

realizado deliberadamente como fruto de una reflexión y con sinceridad.

Para perdonar, necesitamos ser totalmente conscientes de lo que ese acto

significa, de nuestros sentimientos y pensamientos al respecto. Con el perdón

siempre se pone en funcionamiento un proceso, ya tenga lugar después de una

leve herida o de un daño más serio. Perdonar es un acto de la voluntad, una

opción, una decisión, incluso un deseo, y es todo esto aunque yo tenga la

sensación de que no quiero perdonar.

Los sentimientos negativos, fuertes e intensos sobre el perdón no cancelan

nuestra decisión.

El ingrediente “AMOR” se mantiene firme aunque se expresa de diferentes

formas, algunas incomprensibles, pero lo notamos subyacente, persistente, a

veces casi involuntariamente, siempre a punto de aflorar. El amor que prevalece lo

vemos en la desesperación, en el preguntarse si estamos haciendo lo correcto, en

cuestionarse qué fue lo que hice o lo que no, en el intento de rescatar a una

persona aun de sí misma.

Cuando damos testimonio de Dios y su Palabra, crecen nuestra propia fe y

nuestro amor a Dios. Y el Señor valora los esfuerzos que hacemos.

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Eso nos muestra también que la vida cristiana no es llevar un nombre de

cristiano solamente, sino que es un compromiso con Dios. El Señor

Jesucristo lo dejó bien claro al anunciar que para poder ser su discípulo,

había que amarlo a él sobre todas las cosas. La vida cristiana es un llamado

a servir a Dios y las personas, o sea, el amor verdadero es un amor que lo

lleva a uno a servir, en otras palabras es un amor demostrado.

Ese amor incondicional que derriba murallas de indiferencia, de incomprensión, y

que respeta las diferencias entre nosotros y los seres amados que nos han herido.

El amor que no depende de las circunstancias. El que repite, a pesar de todo,

“estoy aquí para ti”. Y junto a este poderoso mensaje del amor que prevalece y

triunfa, nos queda como una clara guía de qué hacer y qué no hacer para cuidar

ese amor inspirado por Dios, que nos mantiene unidos en amor a los

nuestros, como si nunca nos hubieran herido.