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Guerra comercial: ¿llegará sangre al río?


Manuel Quindimil

Los triunfos de Donald Trump y del ‘brexit’ indicaron que los votantes –cuyos ingresos
fueron afectados desigualmente por la globalización– optaron por alternativas políticas que
planteaban la protección de sus economías nacionales.

Ya presidente, Trump se retiró en los primeros días de mandato del TPP. Luego decidió
renegociar el Nafta con México y Canadá. El último anuncio de revisar el TLC con Corea del
Sur, afirma esta tendencia. Por su parte, el Congreso de EE.UU. sancionó a Rusia a través
de las empresas estadounidenses que invierten en dicho país en materia energética y en
privatizaciones de empresas públicas.

El combate de fondo, sin duda, es la relación comercial con China; primero se adoptaron
medidas unilaterales contra las importaciones de acero y aluminio por motivos de seguridad
nacional; recientemente, además, se abrió un procedimiento administrativo contra las
violaciones a los derechos de propiedad intelectual y la obligatoriedad por parte del
Gobierno Chino de que las empresas estadounidenses transfieran tecnología a las entidades
chinas. Todas estas medidas indican la tensión de las relaciones que podrían desembocar
en una guerra comercial. Es sabido que la imposición de medidas restrictivas comerciales
trae como consecuencia la retaliación de los países afectados, perjudicando a todos los
consumidores de los países involucrados (solo se benefician aquellos sectores protegidos
por restricciones comerciales).

Ahora bien, más allá de ciertas señales agresivas, ¿pisará el acelerador a fondo la
administración de Trump? Existen algunos indicios de que no. La salida en masa de
representantes del Consejo de CEO de la Casa Blanca –los principales empresarios de dicho
país– muestra una grieta entre las políticas de Trump y las entidades gremiales
empresariales.

En el caso de China, ante una escalada de aranceles y la posibilidad de que su contraparte


adopte represalias comerciales, las empresas estadounidenses con negocios en suelo chino
(como Hollywood, Starbucks, Apple, McDonald’s, Ford, Amazon, entre otras) podrían verse
deterioradas, algo que debiera llamar a la cordura a ambas partes.

En el caso del ‘brexit’, se percibe en Gran Bretaña cierto arrepentimiento por la ruptura con
la Unión Europea (UE). Para comenzar, deben pagarle a Bruselas una cifra cercana a 60.000
millones de euros. Londres, además, dejará el centro financiero global, lo que generaría
una pérdida de empleo en la famosa City.

La intención rupturista comenzó a debilitarse en los resultados de las elecciones convocadas


por la primera ministra Theresa May a mediados de año. May propuso un divorcio brutal
con la UE (‘hard brexit’), pero la respuesta electoral contundente fue por una separación
inteligente (‘soft brexit’). El furibundo portazo consistía en la salida del mercado común y
de la Unión Aduanera (algo que traería la aplicación de aranceles de importación a las
mercancías de ambos lados y que haría que las regulaciones de la UE traten como
extranjeros a los proveedores británicos).

La respuesta británica fue una salida suave, proceso que consiste en mantener el acceso al
mercado único, tanto en bienes como en servicios. Como contrapartida, Gran Bretaña
tendrá que contribuir al presupuesto de la UE y respetar las cuatro libertades de
movimiento: personas, bienes, servicios y capitales. Eso sí, los británicos tendrán que
resignar el control de la inmigración en su país (la gran causa por la que triunfó el ‘brexit’).

Las diferentes tramas políticas y comerciales parecen llevarnos hacia cumbres borrascosas.
Sin embargo, con la factura de los costos de medidas proteccionistas en las manos, los
mismos ciudadanos parecieran repensar las posturas belicosas planteadas en el campo
político. Lo cierto es que la incertidumbre impera en las relaciones comerciales
internacionales. Lo que esperamos es que la sangre no llegue al río y no terminemos
perjudicados.