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LA JUSTICIA CONMUTATIVA

Es la igualdad o equilibrio en el intercambio de bienes entre compañeros que se


intervienen para todo; es justa la igualdad de trato en las relaciones comerciales, si
alguien vende una casa, no sería justo que se le pagase con un par de sandalias.
La igualdad de valor de los bienes que se intercambian es una condición básica
para que el trato pueda considerarse justo. La palabra proviene del latín conmutare,
que significa intercambio.

Es una de las formas de la justicia para Sócrates y Tomás de Aquino. Para el


primero, se trata de la justicia particular que ordena los intercambios según el
principio de igualdad aritmética entre personas que son consideradas iguales (cada
quien debe, por tanto, recibir tanto como da). En contraste con la justicia distributiva,
que toma en cuenta las diferencias de mérito, Aristóteles concibe a la justicia
conmutativa como la que da a cada quien independientemente de sus
particularidades. Un intercambio es considerado justo según la justicia conmutativa
cuando los objetos del intercambio son ambos a su vez intercambiables por un
tercero, según el principio de que, si dos cantidades son cada un equivalente a una
tercera, entonces son equivalentes entre sí.

Para Aquino, la justicia conmutativa regula la relación del individuo con otro
individuo. Las otras dos formas de justicia en la filosofía tomista son la justicia
distributiva, que regula la relación de la comunidad con cada uno de sus miembros,
y la justicia legal que, recíprocamente, regula la relación de cada miembro con su
comunidad. Una persona justa, desde una perspectiva de justicia conmutativa, es
quien da al otro lo que se le debe. Solamente en la situación de justicia conmutativa
se logra la igualdad de derechos.

Como se sabe, la justicia conmutativa es una especie de la justicia particular, la


justicia propiamente dicha. La justicia como tal se propone configurar la polis como
una comunidad basada en la reciprocidad en el orden de las conductas como en el
de la distribución de los recursos y las ventajas de la vida política. Es preciso
precisar los modos en los que hemos de “dar a cada uno lo suyo”. Aristóteles
distingue claramente entre la justicia conmutativa o correctiva y la justicia
distributiva en virtud de aquello que pretende regularse en vista al logro del bien
común. Se trata de dos formas de observar y buscar el bien y la armonía en la vida
comunitaria. La justicia conmutativa se ocupa de corregir los modos de trato en la
comunidad, tanto si son voluntarios – Aristóteles se refiere a la regulación de los
contratos, y las diversas transacciones económicas – y sin son involuntarios, esto
es, el castigo de los delitos (sean estos actos de defraudación o violencia).

La justicia conmutativa pretende regular los modos de trato observando


rigurosamente el principio de igualdad. Uno deber recibir lo mismo que uno hace.
La idea posterior de la justicia como una divinidad que lleva una venda sobre sus
ojos, para asegurar una conducta imparcial tiene en más de un sentido su origen en
esta especie de la justicia. Ninguna consideración externa a la acción que es objeto
de juicio en los tribunales es relevante para el ejercicio de la justicia: evalúa sólo lo
relativo a la acción, pero todo lo involucrado con ella. “No importa, en efecto” –
afirma Aristóteles – que un hombre bueno haya despojado a uno malo o al revés, la
ley sólo mira la naturaleza del daño y trata a ambas partes como iguales, al que
comete la injusticia y al que la sufre, al que perjudica y al perjudicado.

La igualdad que se pretende establecer – o mejor, reestablecer, dado que se trata


de sancionar los crímenes – es, señala categóricamente nuestro
autor, aritmética. Aquí, toda forma de desigualdad es injusta, dado que el delito es
considerado una lesión generada tanto en el ‘derecho de los ciudadanos’ como -
fundamentalmente - en el orden legal que la comunidad observa. Se genera así un
desequilibrio en el cuerpo político entero, que el castigo debe revertir. Así, la acción
del juez iguala en dos sentidos muy precisos: en primer lugar, la aplicación de la
sanción logra que se recupere el orden justo. En segundo, el cumplimiento del
castigo provoca que al criminal se le restituya (una vez que este purga su condena)
su condición de ciudadano.

En el crimen, la acción y el sufrimiento “se reparten desigualmente, el juez debe


procurar reconstruir el esquema igualitario que imperaba antes de la trasgresión de
la ley. En un sentido muy importante, el juez debe saber “medir” el impacto y la
gravedad de la acción, y recomendar un castigo aritméticamente equivalente; una
pena excesivamente dura, u otra demasiado benévola para con el daño infligido
reproducirían sin más el desequilibrio perpetrado. Es preciso “calcular” eficazmente
la intensidad del castigo: por ello, el juez debe ser phronimós y debe saber vincular
el principio normativo con el caso particular. Sólo la presencia de un juez puede
garantizar ese tipo de operación: el juez es un “tercero”, ajeno a las partes del litigio,
involucradas afectiva y vivencialmente con la comisión del delito. Sólo la existencia
del “tercero” imparcial supera la mera venganza y promueve la justicia genuina.