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Paula Canelo.

Capítulo 1.
La primera presidencia de Videla
(1976-1978)1

El 24 de marzo aparece en escena


un grupo de hombres atípicos en relación con la tradición reciente.
Una nueva generación militar que hace de la unidad interna
un dogma capital saliendo así del dima de competencia y disenso
que frustró los ensayos anteriores.
Mariano Grondona, Carta Política, agosto de 1976.

A primera vista se advierte que la expresión "derecha"


corresponde a una actitud política muy general
en la que pueden coincidir grupos sociales y políticos diversos
y que se definen fundamentalmente por sus opuestos.
Sin duda esos grupos adquieren mayor homogeneidad
cuando las situaciones se hacen críticas
y los enfrentamientos precipitan la polarización.
La imagen de que la derecha
es un sector compacto de la sociedad se acentúa entonces;
pero quizá lo que más contribuya a acentuarla
sea la visualización de sus adversarios (...)
los cuales le prestan una cohesión que no siempre tiene.
José Luis Romero (1970: 23-24)

La alianza cívico-militar que promovió el golpe de Estado de 1976 contra el gobierno


constitucional de Isabel Perón estuvo conformada por los únicos actores que podían
reclamar para sí cierta condición de "inocencia" en relación con el caos que se proponían
conjurar: una nueva generación de militares, diferente de aquélla que había conducido la
Revolución Argentina2, y ciertos grupos de la "derecha liberal tradicional", cuyos objetivos

1
Parte de los materiales que se presentan en este Capítulo han sido publicados en Canelo (2001, 2004 y
2007).
2
En contraposición a los "azules" de caballería que habían llevado adelante las sucesivas presidencias de
Onganía, Levingston y Lanusse, los militares que llegan al poder en 1976 habían pertenecido, en su mayoría,
al bando "colorado", pero dada su baja graduación durante los conflictos de principios de la década del
sesenta, habían sobrevivido a las purgas con que los "azules" habían intentado "depurar" a las Fuerzas
Armadas, para comenzar a ocupar altos cargos recién durante el tercer gobierno peronista. Esta común
pertenencia "colorada" tendrá varias consecuencias, entre ellas, en el diagnóstico sobre la crisis previa al
golpe de Estado, en la construcción de la amenaza, y en las solidaridades y enfrentamientos que se
establecerán con distintos grupos de militares retirados.

1
confluyeron, al menos inicialmente, con los de una nueva corriente del liberalismo
económico, la "derecha liberal tecnocrática" (Heredia, 2004; O'Donnell, 1997a).
Entre estos actores militares y civiles se consolidó un diagnóstico común acerca de la
naturaleza de la crisis argentina y de los instrumentos que debían ser aplicados para
restablecer el "orden". Ambos encontraban las causas principales de la larga crisis argentina
en la forma distintiva en que se habían establecido las relaciones entre la sociedad y el
Estado desde mediados de la década del cuarenta, y en el modo particular de constitución
de actores ligados a ese modelo, que se expresaba en una creciente activación social y
política que desafiaba el "normal" funcionamiento del capitalismo argentino y que denotaba
la ausencia de una clase dirigente "proba", tras el agotamiento del Proyecto Nacional de la
"ilustrada" Generación del Ochenta. La extendida convicción de que se encontraban ante
una oportunidad histórica única para impulsar su proyecto refundacional se vio fortalecida
por la percepción de una amenaza común y por un compartido y visceral antipopulismo3.
Por un lado, para las Fuerzas Armadas cohesionadas tras los postulados de la
Doctrina de Seguridad Nacional4, la profunda crisis imperante en los albores del golpe
indicaba que el peronismo había dejado de ser, como habrían afirmado los "azules", una
barrera de contención contra la "subversión", -transformándose, por el contrario, en su
puerta de entrada, tal y como habrían sostenido los "colorados" herederos de los "gorilas"

3
Para un análisis más completo de la "coalición golpista" que llevaría adelante el golpe, que incluía también a
la Iglesia Católica, a algunos partidos políticos y organizaciones empresarias, etc., véase Sidicaro (2004) y
Novaro y Palermo (2003) entre otros. Acerca del rol jugado por los civiles nacionalistas en el régimen,
consultar Canelo (2008).
4
Desde mediados de la década del cincuenta, en los Estados Unidos había comenzado a operarse un cambio
de concepción estratégica, desde una concepción de "guerra total" y de defensa hemisférica a otra que, contra
el telón de una progresiva capacidad nuclear soviética, privilegiaba la "guerra limitada", la respuesta flexible
y el control del "enemigo interno" —o "subversión comunista"— en las regiones bajo su dominio (López,
1986). En este contexto, el país del Norte había comenzado a elaborar una doctrina militar basada en el
supuesto desarrollo de una guerra mundial no convencional, que requería de la adopción de nuevos métodos
de instrucción militar, y a exportar políticas de seguridad que incluían la intervención militar oculta mediante
el uso de mercenarios, la intervención directa, el apoyo logístico, el financiamiento, y la asignación y
formación de especialistas militares, además de la coordinación a nivel continental; ya en 1936 los países de
la región habían adherido a la política de seguridad hemisférica de la potencia occidental, y con posterioridad
a la Segunda Guerra Mundial se habían institucionalizado las relaciones político-militares a través del Tratado
Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) y los Pactos de Ayuda Militar (Frühling, Portales y Varas,
1982; Vázquez, 1985). Asimismo, y de mano de los instructores franceses que acercaban las experiencias de
la "guerra contrarrevolucionaria" y las metodologías "antisubversivas" empleadas en las guerras de Argelia e
Indochina por el Ejército francés (García, 1995), la lucha contra el enemigo interno "subversivo" y la
preservación de las "fronteras ideológicas" se transformaron, progresivamente, en la nueva misión del militar
latinoamericano (López, 1986). En la Argentina, esta redefinición doctrinaria y el abandono de la Doctrina de
la Defensa Nacional que había primado durante los años peronistas, había comenzado a operarse hacia 1958
en la Escuela Superior de Guerra a partir de la influencia de ciertos oficiales argentinos que habían realizado
sus estudios en Francia y de especialistas franceses, entre ellos, el coronel Carlos J. Rosas y el teniente
coronel Patrice de Naurois. Los principales desarrollos teórico-conceptuales de este cambio doctrinario se
darían en las revistas profesionales, y sus "desarrollos prácticos" estarían a cargo del Estado Mayor General
del Ejército, bajo la forma de ejercitaciones, cursos de posgrado, juegos sobre la carta, conferencias, etc.
(López, 1986; Rouquié, 1981). Acerca de la Doctrina de Seguridad Nacional y su influencia en las Fuerzas
Armadas latinoamericanas pueden consultarse, entre otros, Andersen (2000), Ansaldi (2004), Armony (1999),
García (1995), López (1986), Mazzei (2002), Robin (2005), Rouquié (1981 y 1984) y Vázquez (1985).

2
de la Revolución Libertadora. Peronismo y "subversión" eran ahora asociados en una
construcción dual del oponente: la figura de la "subversión" -si bien era comprendida en
términos muy amplios, intentaba dar cuenta de un enemigo ideológico, "nihilista",
"apátrida", que llevaba adelante una agresión total, en "connivencia" con un enemigo
"corrupto", "demagogo" y "oportunista", principal beneficiario del entramado estatal
"ineficiente" y de las prácticas políticas "venales" que debían ser objeto de reestructuración.
Por otro lado, y tras el aprendizaje otorgado por sucesivas y "fallidas" experiencias de
gestión económica "populista", desarrollista o keynesiana, el nudo del problema estaba
claro para los civiles liberales. A pesar de sus diferenciá, todas habían intentado colocar al
sector industrial como eje dinámico del proceso de acumulación, y, en el caso del
populismo, este énfasis se había visto acompañado por un aumento "intolerable" de las
expectativas y demandas de los sectores populares, y por la creciente gravitación de las
organizaciones sindicales como actores políticos; de allí que el principal objetivo de los
liberales -tanto "tradicionales" como' "tecnocráticos"- era el desarme de las bases de
sustentación económica del populismo.
De esta forma, para ambos aliados, la larga crisis argentina sólo podía ser
solucionada mediante la concreción de dos objetivos inseparables: la desactivación de las
estructuras populistas y el aniquilamiento de la 'subversión", lo que suponía no sólo
desarticular el modelo socioeconómico de posguerra sino también implantar un nuevo
orden social. Y esta refundación era inseparable de una tarea inicial de "reordenamiento" en dos
planos: la "lucha antisubversiva" y la 'normalización" económica, por lo que resultaban imperativos
tanto la unidad en las tareas represivas como el alineamiento detrás de las políticas del ministro de
Economía, José Alfredo Martínez de Hoz.

I. La “lucha antisubversiva”: el 'mito de los orígenes'

¿Alcanza con decir que no hubo guerra,


que el campo de batalla nunca se constituyó como tal,
salvo en la cabeza de los siniestros ejecutores? Algo es evidente:
la intervención de las Fuerzas Armadas fue política antes que militar.
Y es en el escenario de la política
o si se quiere del derrumbe y la degradación de la política
(que los militares no construyeron solos),
en condiciones que venían del pasado,
donde hay que situar cualquier intento de entender
el papel jugado por las representaciones de una guerra
que se proyectaba como una lápida sobre la escena colectiva.
Hugo Vezzetti (2002: 78-79)

El 23 de diciembre de 1975 el Ejército argentino reprimió un intento de copamiento


al Depósito de Arsenales 601 "Domingo Viejobueno" de Monte Chingolo –partido
bonaerense de Quilmes-, organizado y ejecutado por el Ejército Revolucionario del Pueblo

3
(ERP). En el asalto, informaban los principales diarios de Buenos Aires, habían muerto 50
guerrilleros, 4 militares y 2 oficiales de policía; La Nación y Clarín coincidían en que se
trataba de "la agresión (...) más grave que ocurre en una guarnición militar próxima a la
Capital Federal" (Clarín, 24/12/1975), y también la más importante, "por su sincronización,
cantidad de efectivos y armamento, área de operaciones y objetivos" (La Nación,
24/12/1975). El infructuoso intento, en el que la organización armada había involucrado
prácticamente todas sus fuerzas disponibles, procurando revertir su situación de
aislamiento, no hizo más que destruir toda su capacidad operativa (D'Andrea Mohr, 1999;
Frontalini y Caiati, 1984). Pocos meses antes, el 5 de octubre, también la organización
Montoneros había producido su última acción militar, con el fallido intento de copamiento
del Regimiento de Infantería de Monte N°29 de Formosa. A fines de enero de 1976, el
enemigo milita, estaba, a todas vistas, derrotado. Así lo aceptaba un informe del Comando
General del Ejército:

"El ataque al arsenal 601 y el consiguiente rechazo del intento, demuestra la


impotencia absoluta de las organizaciones terroristas respecto a su presunto poder
militar, a lo que se agrega su nula captación de voluntades populares. La derrota del
oponente reveló graves falencias organizativas y operativas que muestran escasa
capacidad militar y sí gran peligrosidad en delincuencia mayor, es decir, el secuestro,
el asesinato, el robo, el atentado, la destrucción de la propiedad. El episodio de Monte
Chingolo indica la incapacidad de los grupos subversivos para trascender el plano
militar. Su actividad se relega al ejercicio del terror, obvia evidencia de su debilidad"
(Clarín, 31/1/1976)

Sin embargo, para los militares argentinos, la lucha no hacía más que empezar. Lejos
de limitarse a una amenaza armada factible de ser conjurada mediante el empleo de la
fuerza militar, el enemigo que se proponían combatir, sostenían, poseía particularidades
excepcionales. El mismo llevaba adelante una "agresión total" mediante una acción
"permanente, integral, universal y multiforme", empleando estrategias inusuales -la
infiltración, la captación ideológica, la acción psicológica, etc.- para amenazar todos los
ámbitos de actividad humana -el moral, el político, el económico, el social, el cultural, etc.
Y esta excepcionalidad del enemigo requería y justificaba, además del empleo de una
metodología represiva convencional, la adopción de "métodos no convencionales". En la
aplicación de la metodología represiva legal o convencional, que fue dirigida sobre todo
contra altos dirigentes políticos y sindicales, la responsabilidad era asumida por el Estado o
por órganos represivos legales, y mediaba algún tipo de normativa previa. Por el contrario,
la metodología ilegal o no convencional, aplicada sobre aquellos opositores considerados
como "infiltración marxista" o "subversión", estuvo basada en la clandestinizacion del
Estado, en la actividad de "grupos de tareas" que operaban en todo el territorio nacional
bajo la dirección centralizada de las Fuerzas Armadas pero a su vez con significativos
niveles de autonomía, y en el armado y administración de centros clandestinos de detención

4
ubicados en general en dependencias militares o policiales (Acuña y Smulovitz, 1995). La
estrategia represiva ilegal, que predominó ampliamente sobre la legal, jugó un papel central
en la distribución y fortalecimiento del poder militar5: la mayor participación en las
operaciones de aniquilamiento implicaba mayores cuotas de poder -tal el caso
paradigmático de los "señores de la guerra"-, y el involucramiento personal de la inmensa
mayoría de los miembros de las Fuerzas Armadas en el accionar represivo permitía
mantener un verdadero "pacto de sangre” de la "masacre represiva" (Vezzetti, 2002)6 -base
del que llamaremos "consenso antisubversivo"7-.
La "lucha antisubversiva" fue, en esta etapa refundacional, el principal recurso de
legitimación del régimen militar -con el transcurso del tiempo se transformaría, además, en
el principal "logro profesional" de las Fuerzas Armadas-. La forma en la cual el Proceso
construyó a su oponente fue un claro ejemplo de designación de un "enemigo absoluto"
recurriendo a numerosos elementos propios de la cultura política argentina y agudizados
por el clima de violencia creciente que había comenzado a gestarse a fines de - la década

5
Entre los factores que determinaron la elección y el predominio de la represión clandestina es posible señalar
la, influencia que la Doctrina de Seguridad Nacional había alcanzado al interior de las Fuerzas Armadas, la
experiencia del gobierno de la Revolución Argentina, cuya estrategia preponderantemente legal se había visto
desvirtuada por la "Ley de Amnistía" y el Devotazo en 1973, la posibilidad que ofrecía la clandestinidad de
evitar o retardar las sanciones internacionales, la siniestra eficacia disciplinaria que el terror tenía sobre el
cuerpo social, la oportunidad que ofrecía para dirimir conflictos internos a las propias Fuerzas Armadas, etc.
(Acuña y Smulovitz, 1995). Potash (1994) afirma que la discusión acerca de cómo enfrentar a la "subversión"
había comenzado en 1970 y se había — saldado en 1974 a favor del método empleado desde 1976; según
Acuña y Smulovitz (1995), la decisión acerca de los alcances y modalidad de la estrategia represiva había
tenido- Weli Ptienibre de 1975 a partir de tina `resolución de Videla, entonces comandante en jefe del
Ejército, en una reunión a la que habrían acudido Viola como jefe de Estado Mayor y los comandantes de
Cuerpo, y en la que se habría acordado que además de las modificaciones en la normativa legal era necesario
desarrollar una estrategia clandestina, y que los opositores no solo deberían ser neutralizados sino también
exterminados físicamente. El testimonio del inspector Peregrino Fernández ante el Comité Argentino por los
Derechos del Hombre en Madrid el 1 de abril de 1983, reveló además la existencia de una "Orden General de
Batalla" del 24 de marzo de 1976 que habría sido comunicada a todos los generales, almirantes y brigadieres
en actividad (Frontalini y Caiati, 1984).
6
Desde el punto de vista estrictamente teórico y siguiendo a Vezzetti (2002), optamos por la noción de
"masacre represiva" por sobre la más difundida de "genocidio", ya que el empleo de esta última ha excedido
la calificación jurídica para ser empleada tanto en la descripción de los efectos del terrorismo de Estado como
en la de los efectos de pobreza, precarización y exclusión social de determinadas políticas económicas. A
diferencia de lo que implica la definición estricta de "genocidio", que supone que "la víctima es elegida sólo
por lo que es sin ninguna posibilidad de elegir o actuar para evitar su destino: no hay profesión de fe,
compromiso con el enemigo o incluso colaboración con sus verdugos que pueda ahorrarles la muerte",
entendemos que la "lucha antisubversiva" fue una "masacre represiva" porque fue el producto de una decisión
política, llevada adelante por motivos políticos, y dirigida contra las víctimas por lo que "hacían o pensaban
(o por lo que se creía que pensaban y lo que se temía que pudieran hacer)" (Vezzetti, 2002: 159).
7
El "consenso antisubversivo" se basaba en un diagnóstico común sobre la naturaleza del enemigo sobre la
validez de los métodos 'excepcionales" que debían ser empleados en su erradicación, y sobre la convicción de
que la "masacre represiva" era necesaria, legítima, y un verdadero "acto de servido". Sus partidarios
compartían el atamiento a un "pacto de sangre" propio de una profesión que desarrolla "tareas fundamentales"
-de vida o muerte-, por lo que requiere de solidaridades institucionales extremas (Huntington, 1995). El
cumplimiento de dicho pacto requería, asimismo, del respeto a rajatabla de un "pacto de silencio" que debía
colocarse por encima de cualquier otra consideración moral, conveniencia política o interés personal o
institucional.

5
del sesenta: entre ellos, la tendencia a la construcción de escenarios de confrontación
totales, la reivindicación de la violencia como herramienta legítima para saldar diferencias
políticas, un creciente desplazamiento de lo político a lo militar, o de la política a la guerra
(Calveiro, 1998), y una generalizada concepción "unanimista" -entendida como la
equiparación de la propia doctrina con la identidad nacional y una acentuada intolerancia
hacia el conflicto, asociándolo con la división, el faccionalismo y los intereses
particularistas (Martuccelli y Svampa, 1997) -. La contienda fue definida en términos de
una verdadera "guerra total" (Arditi, 1995) o "contraposición total" (Vezzetti, 2002), donde
las Fuerzas Armadas eran las portadoras del "espíritu heroico" (Janowitz, 1967)8 necesario
para triunfar en una "guerra de aniquilamiento" (Schmitt, 1984) de tales dimensiones,
espíritu que teñiría en forma distintiva los sucesivos escenarios de confrontación que serían
desplegados por la dictadura.
En la configuración de este desquiciado escenario es posible encontrar el origen de
dos de los imperativos más importantes que se impuso desde el inicio el régimen militar.
Por un lado, obtener el apoyo incondicional de la sociedad, demandándole no sólo sumisión
y obediencia, sino además adhesión total, ya que en dicho escenario no había lugar para la
neutralidad (Malamud Goti, 2000)9. Por otro, conservar sellada la unidad institucional
requerida por la naturaleza de la tarea emprendida y por la autopostulación de las Fuerzas
Armadas como "modelo último" de recomposición social. En la persecución de ambos
objetivos, la construcción de la amenaza "subversiva" jugó un papel fundamental.
Durante el Proceso, el fortalecimiento de la unidad interna de las Fuerzas Armadas
fue una de las tareas más relevantes que debieron desempeñar los comandantes en jefe y
miembros de la Junta Militar, el general Jorge Rafael Videla10, el almirante Emilio Eduardo

8
lanowitz sostiene que "la historia de la moderna organización militar es la historia de la lucha entre los jefes
heroicos, que representan el tradicionalismo y la gloria, y los expertos en organización militar, interesados en
la conducción científica y racional de la guerra (...) El experto en organización militar refleja las dimensiones
científicas y pragmáticas de la guerra; es el profesional que mantiene vínculos efectivos con la sociedad civil.
El jefe heroico es una perpetuación del tipo del guerrero, del oficial a caballo que representa el espíritu
marcial y el tema del valor personal" (Janowitz, 1967: 33). Mientras que los "jefes heroicos" defensores del
"espíritu combativo" y la gloria, serían homologables a los "líderes carismáticos" weberianos (Johnson,
1962a), los "expertos en organización", portadores del "espíritu técnico", tenderían a desarrollar conocimiento
especializado similar al de los administradores y funcionarios civiles (Janowitz, 1967; Nordlinger, 1977). Así
como Weber (1999) señala al proceso de burocratización como un rasgo central de las sociedades modernas,
Janowitz identifica también una tendencia, en el seno de la organización militar, a desplazar al "líder heroico"
por los jefes "expertos en organización militar" (Janowitz, 1967). Volveremos sobre esta cuestión en las
Conclusiones.
9
Es en esta necesidad de obtener la adhesión incondicional de la sociedad que deben interpretarse varias
escalofriantes declaraciones de distintos funcionarios. Entre ellas, sin dudas la más difundida es la del general
Ibérico Saint Jean, gobernador de la provincia de Buenos Aires, que manifestó al International Herald
Tribune, en París, el 26 de mayo de 1977, "primero mataremos a los subversivos, luego a sus colaboradores,
luego a sus simpatizantes, luego a los indiferentes y por último a los tímidos"; pero también el vicealmirante
Lambruschini, jefe del Estado Mayor de la Armada, señalaba en 1976 la necesidad de considerar enemigos no
sólo a los "subversivos", sino también a "los impacientes, los que ponen por encima del país los intereses de
sector, los asustados, los indiferentes" (La Nación, 4/12/1976).
10
El general Videla, del arma de infantería, había ingresado al Colegio Militar de la Nación el 3 de marzo de
1942, pertenecía a la promoción 73 -al igual que Viola, Suárez Mason y Uricarriet, entre otros-, y había

6
Massera11 y el brigadier Orlando Ramón Agosti12, además de otros encumbrados jefes
militares, en actividad y retirados. Esta labor presentó, durante los primeros años, un
ordenamiento en dos etapas: mientras que la primera podría ser denominada la hora del
sacrificio, caracterizada por la construcción del escenario de confrontación y la primacía
del "espíritu heroico", la segunda podría caracterizarse como la de la soledad del poder,
donde el "sacrificio" se transforma en aislamiento, abriéndose la necesidad de articular una
promesa de contenido político. Inaugurando la hora del sacrificio, hacia mediados de 1976
Videla recordaba cuál había sido el destino del "proceso de institucionalización" encarado
por el general Lanusse durante las postrimerías de la Revolución Argentina, y los
momentos centrales del proceso de pasaje de la "prescindencia profesionalista" a la
intervención militar:

"El 25 de mayo de 1973, las Fuerzas Armadas de la Nación entregaron el poder a


quienes, por imperio de un resultado electoral, debían asumir el poder político de la
República. (...) Por cierto que el comienzo no fue feliz. Baste recordar (...) que ese día
las tropas debían haber desfilado en honor de las autoridades que asumían la función
pública y se vieron impedidas de hacerlo por una turba que desordenadamente copó la
calle (...) que esa misma noche fueron abiertas las puertas de las cárceles para que
gozaran de libertad esos mismos delincuentes que hoy constituyen un flagelo social de
la Argentina (...) que días inmediatamente después, las oficinas públicas eran tomadas
por asalto por grupos armados que querían imponer a su gente (...). Frente a esa
provocación, la respuesta de las Fuerzas Armadas fue una sola: prudencia. (...) A partir

egresado de la Escuela Superior de Guerra en 1956 con el título de oficial de Estado Mayor. Ese mismo año
había ascendido a mayor y había sido asesor de la delegación militar argentina en los Estados Unidos, oficial
de Estado Mayor en la Subsecretaría de Guerra y jefe del Batallón de Infantería en el Colegio Militar. A fines
de 1960 había ascendido a teniente coronel, y un año después había sido jefe del Cuerpo de Cadetes del
Colegio Militar; en noviembre de 1962 había prestado servicios en el Estado Mayor General del Ejército; en
marzo de 1964 había viajado a la escuela de adiestramiento que los Estados Unidos tenían en la zona del canal
de Panamá; en 1966 había realizado el Curso Superior de Estrategia en el Centro de Altos Estudios; en 1971
había ascendido a general y había asumido la dirección del Colegio Militar, para luego ocupar la jefatura del
Estado Mayor y luego la del Estado Mayor Conjunto. En 1975 había ascendido primero a general de división
y luego a teniente general, grado con el que había asumido la jefatura del Ejército en reemplazo del general
Alberto Numa Laplane, designado por el tercer gobierno peronista (Vázquez, 1985).
11
El almirante Massera había ingresado en la Armada en 1942, graduándose en la pro moción 73 de la
Escuela Naval Militar -paralela a la promoción 75 del Colegio Militar y a la promoción 12 de la Escuela de
Aviación Militar- en 1946. Había realizado varios cursos de especialización, entre ellos, el de la Escuela de
Aplicación para Oficiales en 1951, el de Oficiales de Información en 1953, el curso general de la Escuela de
Guerra Naval en 1958 y el de Extensión Superior en 1967. Entre 1956 y 1957 había sido profesor de la
Escuela de Guerra Naval, y a lo largo de su carrera militar había sido destinado, entre otros, al Servicio de
Informaciones Navales, al Estado Mayor de la Flota de Mar, al Estado Mayor General Naval y a la Junta
Interamericana de Defensa (Vázquez, 1985). Massera había asumido la Comandancia de la Armada en
diciembre de 1973, nombrado por el tercer gobierno peronista.
12
El brigadier Agosti pertenecía a la última promoción de la Fuerza Aérea que había ingresado en el Colegio
Militar, y que había egresado del mismo en 1947, paralela a la promoción 76 del Ejército y a la 74 de la
Armada. Había participado activamente en la sublevación antiperonista de 1951 encabezada por el general
Benjamín Andrés Menéndez, y había asumido la Comandancia de la Fuerza tras la sublevación del brigadier
Capellini, líder del núcleo nacionalista-gentista de la Fuerza Aérea, en 1975 (Fraga, 1988; Seoane y Muleiro,
2001).

7
de mediados de 1974 y más precisamente a partir de la muerte del ex presidente Perón,
el proceso iniciado el 25 de mayo de 1973 entró en un franco plano inclinado de
deterioro (...) que hizo crisis a fines de 1975. (...) Las Fuerzas Armadas creían en el
proceso y esperaban (...) también hicieron oír su voz responsable, serena, advirtiendo
los riesgos que el proceso corría". (Clarín, 25/5/1976.)

Aún cuando les había entregado un bien muy reclamado, los Decretos N°261, 2770,
2771 y 2772, que disponían la progresiva intervención de las Fuerzas Armadas en la
"neutralización y/o aniquilamiento" de los "elementos subversivos"13 —, según Videla, el
gobierno de Isabel Perón no había escuchado las "serenas recomendaciones" de las fuerzas
armadas en pos de la adopción de "prontas soluciones". Y dado que las Fuerzas Armadas
no habían sido escuchadas, éstas se habían visto obligadas a gestar una "respuesta
institucional" ante una "crisis también institucional". Para Videla, no había alternativas. O
los militares asumían el poder de la Nación, o la puerta quedaba abierta para el copamiento
del poder por parte de los "agentes del caos": la "demagogia", la "corrupción" y la
"subversión".

"La demagogia, agitada con fines puramente electorales a través de slogans, rótulos y
frases hechas, no hizo más que enfrentarnos en antinomias estériles y confundirnos
profundamente, a punto tal, que hoy es difícil distinguir dónde está el bien y dónde está
el mal. Esa demagogia, además, por ser complaciente, dio origen a la corrupción,
concebida ésta en la más amplia acepción de la palabra, que llegó a generalizarse en
todos los estamentos del Estado. Esa corrupción -justamente por ser generalizada-
motivó el trastocamiento de los valores tradicionales, es decir, subversión. Porque
subversión, no es ni más ni menos que eso: subversión de los valores esenciales del ser
nacional." (Clarín, 25/5/1976.)

Ante estos enemigos, las Fuerzas Armadas debían "afirmar los valores tradicionales
que hacen a la esencia del ser nacional y ofrecer estos valores como contrapartida a toda
ideología extraña que pretenda suplantar(los) (...) erradicar la corrupción, ofreciendo como
norma la honestidad, la idoneidad y la eficiencia. Finalmente, combatir a la demagogia,
anteponiendo a ella la autenticidad de nuestros actos, inspirados solamente en la verdad".
(Clarín, 25/5/1976). El enfrentamiento central entre Fuerzas Armadas/sociedad vs. enemigo
está planteado, mientras prima una legitimidad "heroica" basada casi exclusivamente en la

13
El 5 de febrero de 1975, por Decreto N°261, el gobierno peronista había dispuesto "ejecutar las operaciones
militares que sean necesarias a efectos de neutralizar y/o aniquilar el accionar de los elementos subversivos
que actúan en la Provincia de Tucumán"; sería precisamente en Tucumán donde comenzaría a funcionar el
primer centro clandestino de detención en el marco del Operativo Independencia, bajo el mando del general
Vilas primero y del general Bussi después. Posteriormente, el 6 de octubre de 1975, por Decretos N°2770,
2771 y 2772, el mismo gobierno había ampliado dicho marco legal y había dispuesto "ejecutar las
operaciones militares y de seguridad que sean necesarias a efectos de aniquilar el accionar de los elementos
subversivos en todo el territorio del país" (D'Andrea Mohr, 1999; García, 1991).

8
"lucha antisubversiva". Videla recordaba pocos días después, en el 166° aniversario de la
creación del Ejército, a sus invalorables socios, integrantes de la "gran familia militar":

"A los integrantes del Ejército Argentino, incluyendo a la Gendarmería Nacional (...)
les hago llegar mi saludo como comandante general y les expreso el orgullo que
experimento al comandar ese extraordinario potencial humano. Hago extensivo este
saludo a la Armada Nacional, a la Fuerza Aérea Argentina y a toda la gran familia
militar. (...) Continuemos la marcha sin reparar en todo el sacrificio que sea menester,
confiados en que alcanzaremos el singular destino de bienestar y libertad, que espera y
merece el pueblo argentino". (La Nación, 30/5/1976.)

Entre mediados de junio y principios de julio de 1976, mientras las Fuerzas Armadas
llevaban adelante una masacre clandestina de inusual magnitud y ferocidad, se producían
varios atentados contra la "gran familia militar". El 18 de junio, una bomba estallaba bajo la
cama del general Cesario Cardozo, jefe de la Policía Federal; el 3 de julio otra bomba
destruía el comedor de la Superintendencia de Seguridad Federal, dejando un saldo de 21
muertos y 63 heridos; inmediatamente después, el 4, en la parroquia San Patricio del barrio
porteño de Belgrano, aparecían asesinados tres sacerdotes y dos seminaristas de la
congregación de los palotinos irlandeses, episodio que sería conocido como la "masacre de
San Patricio" y que, si bien había sido obra de grupos de tareas de la Armada en el marco
de su enfrentamiento con el Ejército (Kimel, 1989), era presentado ante la opinión pública,
como muchos otros ajustes de cuentas internos, como obra de la "subversión". Pero los
"asesinatos" de militares y miembros de las fuerzas de seguridad en manos de la
"subversión", y la consiguiente multiplicación de "héroes y mártires" sólo fortalecían la
cohesión institucional14
El 7 de julio de 1976, durante la cena de camaradería de las Fuerzas Armadas15,
Videla radicalizaba su discurso sosteniendo que "el sacrificio (...) es y será la norma
esencial de los hombres de armas a lo largo de todo el proceso (...) La subversión sirve a
una causa esclavista y a una concepción que aniquila los derechos humanos. Una
concepción nihilista, sin Dios, sin libertad, sin dignidad humana y sin lealtad. Una

14
En el sepelio de Cardozo, el general Reynaldo Bignone, director del Colegio Militar, sostenía, refiriéndose
a la "subversión" que "cuando una fuerza está en derrota, cuando no le queda estructura, cuando no le queda
fe (...) cuando en definitiva no es fuerza, produce los mayores desatinos, produce mal por el mal mismo,
busca en su retirada dejar la tierra arrasada. (...) Si quisieron dar signo de su derrota, más cabal no lo pudieron
encontrar (...) el sacrificio y las heridas (...) son también un supremo símbolo y una definitiva evidencia de
dónde está la verdad y dónde está la mentira". (La Nación, 20/6/1976). Durante el acto por el atentado contra
la Superintendencia, el comisario general Julio Oruezábal, superintendente de Administración, sostenía que
"los mensajeros de la barbarie (...) buscan en el crimen y en los más torpes y cobardes atentados un escape a
sus pasiones incontroladas (...) Estos camaradas caídos bajo la siniestra mano de la sinrazón son un nuevo
estandarte sagrado y brillante que sabremos mantener en alto" (La Nación, 4/7/1976).
15
Durante el Proceso, los discursos pronunciados en dichas cenas estuvieron a cargo de los distintos
comandantes en jefe, según un procedimiento "rotativo": el discurso del primer año le correspondió al
comandante en jefe del Ejército, el del segundo año al de la Armada, el del tercer año al de la Fuerza Aérea y
así sucesivamente, recomenzando con el Ejército en 1979. Al respecto, consultar Canelo (2001).

9
concepción donde rigen los antivalores de la traición, la ruptura de los vínculos familiares,
el crimen sacrílego, la crueldad y el engaño sistemático". (La Nación, 8/7/1976). El general
Antonio Domingo Bussi, comandante de la V Brigada de Infantería y gobernador de la
provincia de Tucumán, señalaba que "la subversión comete un grave error al asesinar
militares (...) No se dan cuenta que por cada general que cae hay otros cuarenta que se
disputan la ocupación de su puesto de acción en primera línea" (La Nación, 19/7/76). En
agosto, en la celebración del Día de la Fuerza Aérea, Agosti sostenía que "nuestros muertos
(...) constituyen el punto de no retorno en nuestra decisión de lograr los objetivos
propuestos de saneamiento y reorganización nacional". (La Nación, 11/8/1976.)
Pero los militares procesistas no estaban solos en la recreación de una amenaza de
magnitud adecuada a la de la tarea emprendida: los acompañaban, en carácter de "tutela
paternal", distintos grupos de militares retirados que se hablan empeñado, durante
experiencias autoritarias anteriores, en el exorcismo de otras amenazas variadas.
Particularmente éste era el caso de ex protagonistas de la revolución Libertadora, ahora
agrupados en asociaciones cívico-militares que realizaban actos de conmemoración del
golpe de 1955 y de la personalidad del general Aramburu. La agrupación con mayor
visibilidad pública era la "Comisión de Afirmación de la Revolución Libertadora",
presidida por el ex vicepresidente de la Nación, almirante (RE) Isaac Rojas -paradigma de
la recalcitrante Marina "colorada"- e integrada, entre otros, por el general (RE) Carlos
Toranzo Montero, ex comandante en jefe del Ejército, cuyo hermano Federico era el
presidente de la "Asociación de Oficiales Retirados de las Fuerzas Armadas"16 . Estos
viejos miembros de la "gran familia militar" entendían que era fundamental la transmisión
de su experiencia a las nuevas autoridades, a las que consideraban sus legítimas sucesoras:
los retirados, si bien estaban libres de las responsabilidades "burocráticas" de los
funcionarios del régimen, no lo estaban de las "profesionales". Toranzo Montero afirmaba
que "hace un año (...) negros presagios de destrucción y caos (...) se habrían cumplido si las
Fuerzas Armadas (...) no hubiesen derrocado al gobierno más corrupto y corruptor de que
tienen memoria los anales de nuestra historia, digno continuador físico y moral de aquel
que tuvo que derrocar la Revolución Libertadora (...) La semilla que la Revolución
Libertadora sembró en la tierra fértil de las Fuerzas Armadas (...) comienza a rendir sus
demorados frutos". (La Nación, 17/9/1976). Rojas declaraba su "abierta disposición para
ayudar a las Fuerzas Armadas que han tomado a su cargo la abnegada conducción de este
pesado y complejo proceso (...) Muchas cosas hay, pues, que aclarar, explicar y enseñar,
para evitar que el silencio y el olvido faciliten nuevas recaídas como las ya padecidas". (La
Nación, 17/9/1976).
A diferencia de los "gorilas" retirados, que se sentían precursores de la nueva
experiencia nucleados tras su férreo antiperonismo, distintos protagonistas de la Revolución

16
Otras organizaciones del mismo tipo y de fuerte gravitación durante el período eran la "Comisión
Permanente de Homenaje a Aramburu", presidida por el general (RE) Bernardino Labayru, la "Cruzada
Aramburiana", presidida por el capitán de navío (RE) Aldo Molinari, y la "Comisión de Homenaje al teniente
general Eduardo Lonardi", presidida por el general de la brigada (RE) Eduardo Señorans, entre otras.

10
Argentina ingresarían en escena para tender una mano solidaria al régimen, pero en forma
aislada, enfrentados entre sí por rencillas no saldadas heredadas del pasado reciente.17 El
general Roberto Levingston advertía que "la nueva etapa requiere, indispensablemente,
tener claridad sobre el pasado para no volver a cometer viejos errores y, sobre todo, para
eliminar las causas profundas que originaron el desastre, muchas de las cuales se mantienen
disimuladas, disfrazadas o encubiertas en el presente" (La Nación, 5/11/1976).
En la voz de los retirados comenzaban a tomar cuerpo internas militares de larga
data. Las mismas se organizaban aún alrededor del eje "azules"/"colorados": mientras que
el antiperonismo de los "gorilas" de la Libertadora parecía haber encontrado a su más fiel
heredero en el bando "colorado", en el que habían militado varios integrantes del Proceso,
los "azules" de la Revolución Argentina quedaban relativamente excluidos de este arco de
solidaridades, señalados como los culpables del "salto al vacío" de 1973.
Los atentados contra militares parecían multiplicarse mientras las Fuerzas Armadas
continuaban con la salvaje masacre de opositores. Dos días después del secuestro de los
dirigentes radicales Hipólito Solari Yrigoyen y Mario Abel Amaya, el 19 de agosto de
1976, un atentado le costaba la vida al ex interventor en Yacimientos Petrolíferos Fiscales
(YPF) y recientemente designado presidente del Ente Autárquico Mundial 78 (EAM 78),
general (RE) Omar Actis18. Sin embargo, hacia fines de 1976, varios altos funcionarios
parecían coincidir en que, como afirmaba el ministro del Interior, general Albano
Harguindeguy19, el régimen se aproximaba "al éxito final contra los subversivos" (La
Nación, 28/11/1976). Entre los comandantes de Cuerpo o "señores de la guerra", máximos
responsables operativos de la "masacre represiva", comenzaba a entablarse una siniestra
competencia, que buscaba dar cuenta de la propia eficiencia en la tarea. El general Luciano
Benjamín Menéndez, comandante del III Cuerpo, afirmaba que en su jurisdicción "la tarea
conjunta de las tres fuerzas armadas ha permitido poner en desbande a las dos

17
Por caso, luego de la publicación del libro Mi testimonio, del general Lanusse, Onganía lo acusará de
sustentar "una actitud política, intencionada o no, preocupada por sembrar el espíritu de derrota en el seno de
las Fuerzas Armadas, introduciendo en sus cuadros un falso sentimiento de inferioridad respecto a la aptitud
de las instituciones castrenses para servir como vehículo creadores (sic) de orden para una Nación en crisis"
(La Nación, 2/9/1977). Lanusse, por su parte, será protagonista de varios altercados, entre ellos, será detenido
junto a los ex comandantes Gnavi y Rey como consecuencia de la investigación del caso ALUAR en mayo de
1977, poco después de haber realizado declaraciones en contra de los métodos represivos clandestinos. Hacia
fines de la dictadura, Lanusse calificará al gobierno de Videla como una "calamidad", y al general como un
'gobernante nefasto" (Clarín, 11/10/1983).
18
El general Actis, del arma de ingenieros, se había desempeñado en el Comando de Ingenieros y Dirección
General de Ingenieros como 2° comandante; en 1970 había sido designado interventor general de YPF y hacia
1976 se desempeñaba como presidente del EAM 78, organismo a cargo de la realización del XI Campeonato
Mundial de Fútbol en la Argentina.
19
El general Harguindeguy, del arma de caballería, había ingresado al Colegio Militar en 1943 y pertenecía a
la promoción 74 -al igual que Galtieri y la mayor parte de los "señores de la guerra"-; había egresado de la
Escuela Superior de Guerra con el título de oficial de Estado Mayor. Durante la comandancia de Carcagno se
había desempeñado como jefe de la Brigada de Caballería Blindada I de Tandil, y como jefe IV -Logística-
del Estado Mayor durante la jefatura de Anaya, para ser nombrado durante la Comandancia de Videla, como
2° jefe del Cuerpo de Ejército I y luego como jefe de la Policía Federal (Fraga, 1988; Mittelbach y
Mittelbach, 2000).

11
organizaciones que centraron la lucha antisubversiva: el ERP y Montoneros", destacando
que "hoy sólo operan grupos esporádicos", y que en el caso del ERP "sus cuadros ya han
sido eliminados", quedando sólo "un treinta por ciento" del total de efectivos (La Nación,
26/8/1976). El general Díaz Bessone, comandante del II Cuerpo, sostenía que "nuestro
cuerpo asestó decisivos golpes a la delincuencia subversiva en las seis provincias" de su
jurisdicción (La Nación, 13/10/1976) y el general Bussi afirmaba que "la subversión está
erradicada en Tucumán" (La Nación, 25/11/1976)20.
La trampa estaba tendida. Para que el recurso de la amenaza continuara legitimando
al régimen, éste necesaria e inevitablemente debía agotarlo, rindiendo cuentas de su
"eficiencia" ante la sociedad. Y reconocer que la "lucha contra la subversión" llegaba a su
fin requería reemplazar el principal recurso de legitimación del régimen -y también, su
recurso de cohesión más importante-, por uno nuevo. Aquí comenzará a articularse una
nueva estrategia basada, en primer lugar, en aceptar la necesidad de superar la soledad del
poder mediante la promesa -ambigua y difusa, pero potente- de una "democracia
representativa, republicana y federal" y, en segundo lugar, en cerrar la "etapa de
reordenamiento" mediante ciertas modificaciones en la construcción del escenario de
confrontación.
Por un lado, en enero de 1977 el régimen daba a conocer, bajo el rimbombante título
Bases para la intervención de las Fuerzas Armadas en el proceso nacional, el primer
documento oficial que pretendía encarnar la propuesta política del régimen y donde la
creación de un "Movimiento de Opinión Nacional" (MON) resultaba central21 . En él se
sostenía, entre un sinfín de ambigüedades, que el objetivo del Proceso:

"no es otro que la instauración de una verdadera democracia, auténticamente


representativa, con plena vigencia de nuestros principios republicanos tradicionales,
con un auténtico y efectivo federalismo, sustentadas por corrientes de opinión
nacionales amplias y sólo urgidas por la grandeza del país y el bien común, basada en
una sociedad unida, organizada y solidaria y con una economía vigorosa que permita la
plena realización individual y social argentina (...) Pero esta intervención de las
FF.AA., si busca el cambio que el país reclama (...) debe también limitarse en el
tiempo y asegurar su desemboque (...) Para ello es menester que la acción de las
FF.AA. facilite en el futuro la formación de un movimiento de opinión nacional, vital y
amplio, que admita a todos aquellos que deseen la verdadera grandeza del país y se

20
Esta "competencia" continuaría por algún tiempo. A mediados de 1977 Menéndez anunciaba que "la parte
armada de Montoneros y ERP, en toda la jurisdicción del III Cuerpo de Ejército, está absolutamente
aniquilada (...) Yo creo que el peligro ahora es que estos delincuentes van a intentar refugiarse en la población
(...) para volver a subvertir(la) y excitarla" (La Nación, 12/5/1977). El general Juan Carlos Trimarco,
comandante de la Segunda Brigada de Caballería Blindada -Cuerpo II-, señalaba que "las bandas subversivas
están virtualmente desarticuladas (...) al ERP se le han producido una serie de bajas de consideración en los
últimos meses, quedando en una situación sumamente crítica. (Montoneros) también ha sufrido fuertes
pérdidas a nivel humano, material y de infraestructura (...) han optado por llevar fuera del país a sus cuadros
de mayor valor" (La Nación, 26/6/1977).
21
Este documento inicial será, junto con los Documentos Básicos del Proceso, el punto de partida para la
elaboración de los distintos Planes Políticos que serán analizados en los apartados III y V de este Capítulo.

12
sientan consustanciados con los postulados del gobierno nacional." (Bases para la
intervención de las Fuerzas Armadas en el proceso nacional, enero de 1977,
subrayado en el original).

En abril de 1977, Videla anunciaba vagamente la apertura de un "diálogo con la


civilidad", que "solamente reconoce como exclusiones al corrupto, al delincuente
económico o al delincuente subversivo (y) que acepta el aporte de todo aquel que en
función de idoneidad, capacidad, honestidad y representatividad quiera enriquecer las ideas
que las Fuerzas Armadas vayan lanzando" (La Nación, 5/4/1977). Días después,
comunicaba la elaboración de una "Propuesta de Unión Nacional":

"He afirmado hace muy poco que 'el tiempo del silencio ha pasado. Ello significa
cabalmente que hay que buscar las mejores ideas, allí donde se encuentren, para ir
gestando en forma compartida, la construcción de una Argentina renovada (...) Una
dinámica y recíproca comunicación entre gobernantes y gobernados, representa el
medio más idóneo para alcanzar la concordia que constituye la base para la libertad, la
democracia pluralista, la justicia social, el desarrollo económico y el avance cultural.
Éstos son los valores principales en torno de los cuales girarán las ideas- fuerza que
habrán de sustentar la Propuesta de Unión Nacional que el gobierno de las F.F.A.A. ha
de explicitar al país (...) será necesario convocar a la ciudadanía a una auténtica Unión
Nacional plasmada en la convergencia cívico-militar" (La Nación, 16/4/197.7).

Por otro lado, y en paralelo a estos anuncios, el régimen publicaba un extenso


documento denominado La subversión en la Argentina, elaborado por el Estado Mayor
General del Ejercitó, a cuyo frente se encontraba el general Viola. En el mismo se
detallaban los orígenes, evolución, fases de desarrollo, estrategias de acción y situación del
"enemigo subversivo":

"a. La subversión no constituye un hecho aislado propio de nuestro país, sino que es
una manifestación más de la acción constante y de la expansión experimentada por el
marxismo en el mundo. (...) b. Las distintas BDSM Bandas de delincuentes
subversivos marxistas, que actúan en la Argentina aparecen ofreciendo un espectro de
caminos diversos para alcanzar un mismo fin: la implantación de un socialismo
marxista. Proporcionan distintas alternativas sobre cómo alcanzar ese objetivo para
posibilitar una mayor captación, al ofrecer posturas ideológicas aparentemente distintas
y con mayor o menor grado de un supuesto nacionalismo. c. Si bien con una distinta
definición del centro de gravedad (...) todas las BDSM desarrollan o pretenden
desarrollar su acción en todos los ámbitos (político, social, gremial, psicológico,
cultural, económico) y mediante la acción armada rural o urbana. Todas también, con
sus acciones, pretenden a través de la adhesión, el control o dominio de la población
llegar a la insurrección general. d. La acción subversiva marxista llegó a contar con
efectivos y simpatizantes en número no despreciable enquistados en todos los ámbitos
(...) e. El poder de las bandas subversivas, después de haber alcanzado su mayor

13
apogeo entre mediados de 1974 y 1975, comenzó a declinar, y se mantiene en un ritmo
descendente que no logran modificar. El ámbito donde más se materializa este
constante deterioro es el del accionar armado. (...) quedando casi exclusivamente
limitadas al asesinato y al terrorismo. f. A partir de la asunción del gobierno por parte
de las FF.AA. se produjo el mayor desgaste de las BDSM tanto en personal como en
material, desgaste que continúan sufriendo (...) g. Montoneros continúa siendo la
BDSM de mayor desarrollo y peligrosidad como consecuencia del hábil encubrimiento
de su marxismo. No obstante no han logrado la respuesta buscada en la población. (...)
h. La BDSM que sufrió el desgaste más fuerte fue el PRT-ERP quien se halla inmerso
en una gran crisis (...) k. Merece destacarse el cambio de estrategias de las BDSM que
hizo que la lucha armada pasara y se mantuviera en un segundo plano y adquirieran
mayor importancia las acciones indirectas. Las actuales técnicas están destinadas a
captar a la población, y de no ser posible, llevarla a adoptar, aun involuntariamente,
actitudes insurreccionales (...)" (La subversión en la Argentina, 20/4/1977).

El documento proyectaba un escenario donde era vital lograr la activa colaboración


de la sociedad dada la inminencia de "rebrotes subversivos":

"3. La subversión desarrolla dos líneas de acción para alcanzar el poder: la acción
armada y la acción insurreccional de masas. El Ejército, apoyado por las otras dos
FF.AA., está derrotando a los órganos de ejecución de la acción armada y a los
activistas de la acción insurreccional de masas. Gracias a esta acción militar, la
delincuencia subversiva se encuentra en franca retirada. 4. Sin embargo, debemos estar
conscientes que los agentes marxistas seguirán intentando la erosión de nuestros
valores y la captación de ingenuos (...) 6. La estrategia militar argentina ganará esta
lucha, como todas las que libró, pero sólo con el apoyo de todo el pueblo argentino
podremos ganar la paz que anhelamos. En el logro de esa paz Uds. tienen un lugar que
ocupar y una tarea que cumplir" (op. cit.).

Los cambios en el escenario de confrontación se justificaban por la transformación de


la estrategia del enemigo "subversivo": el mismo había sido derrotado en la "etapa militar",
o de "acción armada", pero poseía la capacidad de transformarse en "infiltración
ideológica", "terrorismo" y "subversión de los valores" -en este marco, la figura de la
"campaña antiargentina"22 comenzaba a volverse central-23. El cierre de la etapa de

22
El discurso de la "campaña antiargentina" surgía a mediados de 1976, cuando Harguindeguy afirmaba que
"existe, sin duda, una campaña muy bien dirigida desde el exterior para desprestigiar a las actuales
autoridades y entorpecer el Proceso de Reorganización Nacional" (Clarín, 3/6/1976). Uno de sus principales
artífices había sido el contralmirante César Guzzetti, ministro de Relaciones Exteriores, quien, sobre todo
durante los meses previos y posteriores a la visita de la "Misión Amnesty", había declarado en la Asamblea
General de las Naciones Unidas que "el terrorismo internacional (...) dramático flagelo que asola el mundo
entero (invoca) pretendidas reivindicaciones sociopolíticas y la vigencia de los derechos humanos" (La
Nación, 6/10/1976). Para Guzzetti, "el terrorismo en la Argentina es una prolongación del terrorismo
internacional que tiene sus bases en diversas capitales europeas, entre ellas, París (...) los terroristas hallan en
dichas capitales un apoyo logístico, financiero y material, y una base favorable a la propaganda y la acción

14
"reordenamiento" que ensayaban las Fuerzas Armadas no prescindía de una conveniente
ambigüedad: enunciar por un lado la promesa del "diálogo" y de la "democracia" no
constituía obstáculo para, por el otro, continuar agitando la amenaza "subversiva".
La nueva etapa buscaba generar un nuevo consenso, el de la "Unión Nacional",
basado en el "diálogo amplio" con la civilidad, aun cuando simultáneamente se
desalentaban las expectativas sobre "calendarios electorales". En este marco, en el discurso
de los altos jefes militares comenzaba a crecer tanto la percepción de los riesgos de la
soledad del poder, como la imprecisión en la definición de los objetivos que debían
evitarla. El 29 de mayo, en el Día del Ejército, Videla destacaba la necesidad de avanzar en
la definición de un “sentido político" para el Proceso: según el presidente, "el diálogo será
el elemento más valioso para evitar los males que implica la soledad del poder. La
consecuencia de esta soledad suele ser la tentación de caer en posiciones elitistas o
corporativas (esquemas) proclives a producir la sectorización de las Fuerzas Armadas,
como paso previo al fracaso del proceso" (La Nación, 30/5/1977). Sin embargo, la
propuesta también contenía riesgos, ya que "suscita adhesiones pero también genera
rechazos. Somos plenamente conscientes de ello" (La Nación, 30/5/1977), los que debían
ser asumidos, ya que por detrás se escondía el peligro mayor: fracasar.

"Si no le damos a este proceso un sentido político, una propuesta política, corremos el
riesgo de que pueda terminar como otros procesos militares, con una salida de
compromiso, como consecuencia de no haber encontrado justamente una motivación
de orden político y haberse esterilizado en una actitud ordenancista. Es decir, al dar
una propuesta política, en absoluto estoy hablando de calendarios ni alianzas políticas.
Estoy diciendo que hay que dar una propuesta política, convencido de que este proceso
tiene que triunfar, porque si así no fuera y corriera el riesgo final de otros procesos,
podríamos decirnos que fuimos torpes al no haber aprovechado la experiencia de los
anteriores, y en este caso no podemos ni siquiera darnos el lujo de haber sido torpes"
(La Nación, 18/6/1977).

Durante la cena de camaradería del 7 de julio, también el almirante Massera


identificaba la aparición de un nuevo imperativo en el camino de las Fuerzas Armadas: "en
vías de concretarse la victoria en el terreno de las armas (...) quiera Dios que no
confundamos la paz con el mero silencio de los explosivos, porque entonces, sólo
habríamos conseguido una tregua efímera entre aquella lucha y una nueva turbulencia
ansiosa y destructiva, capaz de retrasar, más aún, ese futuro tantas veces postergado" (La
Nación, 8/7/1977). En ese marco, la cohesión interna y la legitimidad eran "primordiales":

psicológica" (La . Nación, 9/10/1976). Sobre la "campaña antiargentina", consúltese Franco (2002) y Jensen
(2004). Retomaremos estas cuestiones en el apartado IV del Capítulo 2.
23
Varios acontecimientos posteriores parecieron Confirmar, en las desquiciadas mentes militares, el
diagnóstico del informe, fundamentalmente, que la "subversión" se transformaba para pasar a operar en forma
de "infiltración" y "terrorismo". El 30 de abril de 1977 hacían su primera aparición pública las Madres de
Plaza de Mayo, mientras que el 7 de mayo el canciller Guzzetti era herido en un atentado supuestamente
ejecutado por Montoneros y debía ser reemplazado por el vicealmirante Oscar Montes.

15
"Todos sabemos que la victoria que estamos alcanzando se debe a dos factores
primordiales, la unidad de las Fuerzas Armadas y la solidaridad de la ciudadanía con
las Fuerzas Armadas. Pero en la medida en que vayan desapareciendo los episodios
terroristas visibles tendrá que hacerse cada vez más evidente nuestra capacidad para
crear un fervor de dimensión nacional, porque si la presencia de un enemigo demostró
hasta qué punto estaba intacta la aptitud de reacción de este pueblo, vamos a canalizar
esta inmensa energía positiva, no ya para defendernos, sino para conquistar nuestro
destino como país" (La Nación, 8/7/1977)

Massera realizaba una clara advertencia: una vez agotados los factores que habían
operado hasta el momento como "garantía de éxito", las Fuerzas Armadas necesitarían
revitalizar su legitimidad, canalizando la "solidaridad" de la ciudadanía en objetivos "de
futuro". Y la advertencia alcanzaba su verdadera dimensión cuando el almirante comparaba
la eficiencia del recurso de legitimación anterior con la incertidumbre actual, ya que "a
primera vista parece improbable que se pueda reemplazar algo tan concreto como una
amenaza física por algo tan poco específico, como un deseo lleno de buenas y vagas
intenciones" (La Nación, 8/7/1977).
Ante la necesidad de definir los objetivos concretos que debían subsanar la soledad
del poder, comenzaba a colarse en los discursos de los comandantes una incipiente
turbulencia que interrumpía la fluida unanimidad de la perorata de la "lucha
antisubversiva". La convocatoria de Videla y las advertencias de Massera encontraban a un
Agosti reticente, que señalaba el 10 de agosto, en el Día de la Fuerza Aérea:

"El futuro, inexorablemente, tomará el rumbo que se le imprima en esta actualidad


decisiva. (...) La doctrina del Proceso no prescinde de la participación de la ciudadanía.
Sí -por ahora- la limita, la prepara, normatiza y la selecciona. El diálogo evitará el
aislamiento y la soledad del poder. Pero las formas de participación popular en las
decisiones políticas sólo serán posibles cuando se corrijan las causas del descrédito
argentino." (Discursos del Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea Argentina,
Brigadier General Orlando Ramón Agosti. 1977-1978: 9-17.)

El "amplio diálogo" propuesto por Videla en un inicio eran abruptamente clausurado


por Agosti, para quien el acercamiento con los civiles no debía suponer, bajo ningún punto
de vista, participación popular en las decisiones políticas, sino simplemente la
"recolección" de opiniones de "distintos sectores de la sociedad". Posteriormente, el
régimen ejercería su soberanía al "decidir":

"El gobierno nacional recogerá opiniones de distintos sectores de la sociedad. Y


después decidirá. Por sí y ante la historia. Porque su legitimidad no reside en el voto,
sino en la decisión y en la capacidad con que cumpla el propósito de recrear la

16
convivencia argentina." (Discursos del Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea
Argentina, Brigadier General Orlando Ramón Agosti. 1977-1978: 9-17.)
Las Fuerzas Armadas habían recorrido un largo camino, de la hora del sacrificio a la
soledad del poder. Progresivamente, la legitimación basada en la lucha antisubversiva" iba
siendo desplazada por la necesidad de encontrar criterios de orden más político. Sin
embargo, la sola mención del "diálogo" con los civiles parecía haber irritado los ánimos de
algunos integrantes de la "gran familia militar" que debía, por todos los medios, mantenerse
unida.
Por el momento, este conjunto de recomendaciones de los comandantes se
cristalizarían cuando, el 2 de agosto de 1977, la Junta Militar apruebe los contenidos del
Proyecto Nacional, el primer plan político institucional de las Fuerzas Armadas, a cargo del
Ministerio de Planeamiento y el general Díaz Bes- Pero antes de analizar las tribulaciones
de los artífices del Proyecto Nacional, abordaremos el otro eje fundamental de la estrategia
refundacional del régimen: la política económica.

17