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Carta a los gálatas:

Los gálatas evangelizados por Pablo durante su segundo viaje


misionero, hacia el año 50, eran descendientes de los celtas o galos,
un pueblo extremadamente belicoso que en el siglo III a. C. se había
instalado en la meseta central de Asia Menor. La estadía de Pablo en
Galacia se prolongó por algunos meses, debido a una enfermedad que
lo obligó a permanecer allí hasta su curación (4. l3-l5). Fuera de esto,
no conocemos otros detalles sobre la actividad del Apóstol en esa
región y sobre las Iglesias allí fundadas.

Galacia era, a mediados del siglo I d.C., una provincia romana situada
en la región central de Asia Menor, parte de la actual Turquía. En
la Carta a los Gálatas (=Gl) se habla de “las iglesias de Galacia”, sin
especificar el nombre de ninguna ciudad. No hay certeza acerca de la
situación geográfica de estas comunidades. Los datos sobre su
fundación son escasos. Pablo dice que él fue quien predicó allí el
evangelio por primera vez, y que su permanencia entre los gálatas se
debió a una enfermedad (Gl 4.13). Esto coincide con el paso por “Frigia y
Galacia” mencionado en Hch 16.6 como parte del segundo viaje
misionero de Pablo. Según Hch 18.23, el apóstol volvió a visitar aquella
región durante su tercer viaje.
De la carta se desprende que los cristianos de Galacia eran de origen
pagano, no judíos (Gl 4.8). Pablo les recuerda la alegría y la buena
disposición con que recibieron el evangelio (4.13-15).
Sin embargo, aquella situación inicial se vio perturbada por algunos
que llegaron después, enseñando nuevas doctrinas y, al mismo tiempo,
tratando de crear desconfianza respecto de Pablo.
Las alusiones hechas en la carta indican que tales personas querían
obligar a los gálatas a someterse a la ley de Moisés (4.21), y
especialmente a aceptar la práctica de la circuncisión (6.12-13). También
los inducían a observar con veneración especial ciertos días o tiempos
del calendario (4.10). Probablemente afirmaban que solo así podrían
participar de las bendiciones prometidas por Dios a los descendientes de
Abraham (3.14).
Por otro lado, parece que esos maestros advenedizos atacaban la
autoridad apostólica de Pablo y las razones que fundamentaban su
predicación del evangelio (1.10,12).
Pablo comprendió que lo que estaba en juego no eran simplemente
unas prácticas externas religiosas, de importancia más o menos relativa,
sino la propia esencia del mensaje cristiano: el reconocimiento del valor
salvador de la obra de Jesucristo, con la cual quedaba superada la
anterior etapa, la de la ley de Moisés. Por eso insiste en que mediante la
obra de Cristo se da comienzo al nuevo pueblo de Dios, al que están
llamados todos, cualesquiera que sean su nacionalidad y condición
personal.
El apóstol escribe esta carta en medio de una gran emoción, debida no
tanto a los ataques contra su autoridad como al peligro que veía cernirse
sobre la verdad del evangelio. Advierte a los gálatas acerca de las
consecuencias de la actitud que habían adoptado, y previene posibles
malentendidos en relación con lo que él les había enseñado sobre la
libertad cristiana.
La carta tiene una breve introducción, en la que omite la acostumbrada
acción de gracias para expresar de inmediato su extrañeza por la
situación de las comunidades (1.1-10).
La parte central de la carta presenta tres temas principales:
En primer lugar, Pablo defiende la autenticidad del evangelio predicado
a los gálatas, insistiendo en que su misión la había recibido de Dios por
medio de Jesucristo, y no de los hombres. Y manifiesta que su misión
apostólica fue reconocida por los apóstoles de Jerusalén (1.11–2.21).
En la segunda sección expone detalladamente el tema de la libertad
cristiana respecto de la ley mosaica (3.1–5.12). Tiene interés especial en
demostrar que esto no contradice las promesas anteriores hechas por
Dios. Así había procedido con Abraham, antes que existiera la ley. Y la
ley fue una etapa transitoria, de la cual nos liberó Jesucristo.
En la tercera parte (5.13–6.10), explica lo que significa -y cómo debe
entenderse- esa misma libertad cristiana. Finalmente hace algunas
aplicaciones concretas a la vida del cristiano.
En la conclusión (6.11-18), Pablo, de su puño y letra, repite algunas de
las exhortaciones anteriores.
Muchos de los temas tratados en esta carta se encuentran
desarrollados más ampliamente y en un tono más sereno en la dirigida a
los cristianos de Roma.
La carta a los Gálatas fue escrita probablemente desde Macedonia,
entre los años 54 y 57.
El siguiente es el esquema de la carta:
Introducción (1.1-9)
1. El evangelio anunciado por Pablo (1.10–2.21)
2. Dios nos hace libres por la fe (3.1–5.12)
3. El uso de la libertad (5.13–6.10)
Conclusión (6.11-18)
La Epístola a los gálatas es un libro de la Biblia en el Nuevo Testamento. Es
una carta escrita por Pablo de Tarso a los cristianos que habitaban la
provincia romana de Galacia, en Asia Menor (que correspondía a la actual
zona sur del Asia menor, donde asentaban las ciudades
de Licaonia, Iconio, Listra, Derbe y Antioquia de Pisidia).

La ciudad de Tarso

Pablo nació y se crió en Tarso, la capital de la provincia romana de Cilicia.


Tarso había sido fundada como ciudad-estado griega en el 171 por Antíoco
Epífanes. La evidencia señala a que los judíos se establecieron en Tarso desde
la fundación de la ciudad, y que recibieron derechos como ciudadanos.102
103 Pablo mantenía claramente su condición de ciudadano romano (p.ej.,
Hch. 21:39) y podría ser que esta ciudadanía hubiese sido por mucho tiempo
condición de la familia de Pablo. "‘Los derechos de ciudadanía sólo podían
conseguirse por herencia de un padre ciudadano, aparte de los casos
excepcionales en que eran otorgados por una ley formal a una persona como
recompensa por los servicios dados a la ciudad; pero estos casos eran
relativamente pocos en cualquier ciudad, porque este derecho era guardado
de manera celosa.”10' La ciudadanía romana de Pablo resultó inapreciable al
viajar por el mundo romano predicando el evangelio.

Tarso era también un centro académico, pues poseía una universidad.


Aunque probablemente no era una universidad célebre, sí era un lugar donde
se enseñaba y debatía la filosofía. Puede que Pablo hubiese formado parte de
esta situación, o no, pero desde luego quedó expuesto al pensamiento griego
de una forma en que no lo sería un judío en Palestina (p.ej., Tít. 1:12). Tarso
fue útil para preparar a Pablo para ser el apóstol a los gentiles.

Pablo a “las Iglesias de Galacia”

A diferencia de otras cartas (Flp, Tes, Cor) donde Pablo especifica el nombre
de las ciudades a las que se dirige, en la Carta a los Gálatas no se menciona el
lugar concreto en la que habitan los destinatarios. Simplemente escribe “a las
iglesias de Galacia” (Gál 1,2) o se invoca a los receptores como “¡gálatas
insensatos!” (3,1), en plural. Surge entonces esta pregunta: ¿dónde estaban
las iglesias y quiénes eran estos gálatas? La pregunta no tiene una respuesta
unilateral. Encontramos dos hipótesis: a) La “hipótesis del norte”, según la
cual los llamados “gálatas” serían tribus celtas que residían en la cuenca del
Danubio (Europa central) y que durante el siglo III a. C. emigraron hacia el
sureste, en su afán de colonizar y conquistar el norte de Asia Menor. Se
asentarían en las ciudades que rodean Ancira (actual Ankara): Giordio, Tavio,
Pésino y Germa. b) La “hipótesis del sur” entiende por “Galacia” la provincia
romana que el emperador Augusto anexionó al Imperio romano en el siglo I.
Esta provincia abarcaba la tercera parte de la población de Asia Menor y
comprendía no solo la región “gálata”, sino también Licaonia, Pisidia, Isauria,
Panfilia, Frigia, Paflagonia y Ponto. Por tanto, según esta hipótesis, los gálatas
a los que Pablo escribe serían aquellas comunidades que él fundó durante el
primer viaje misionero: Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra y Derbe (Hch
13,13–14,27), constituidas por judeocristianos.

LA Evangelización EN GALACIA Lucas no se interesa por la Galacía; en los


Hechos se limita a decir en dos ocasiones que Pablo atravesó la región gálata
(16, 6, en relación con el segundo viaje misionero; 18, 23, en relación con el
tercero). Al contrario, Pablo nos ofrece algunas preciosas indicaciones. Léase
Gál 4, 8-20 (y el Cuaderno bíblíco n. 26, 50). He aquí los datos que se pueden
sacar de este texto: 1) Los Gálatas, evangelizados por Pablo, son antiguos
paganos. 2) Pablo no llevaba intención de detenerse entre ellos, pues su
estrategia misionera lo orientaba en primer lugar hacia las grandes ciudades.
3) Una grave enfermedad le obligó a detenerse. Se piensa en aquella «espina
de la carne» de la que por tres veces pide Pablo a Dios que lo libre (2 Cor 12,
7s). A los ojos de los hombres, esa enfermedad podría provocar recelo y
desprecio: ¿No se debería a algunos peligrosos demonios?

4) Los Gálatas mostraron con Pablo una solicitud extraordinaria. En vez de


apartarse del enfermo, de «escupir» contra él para preservarse de la mala
suerte, lo acogieron como a un «ángel de Dios», es decir, como a un
mensajero que hablaba en nombre de Dios (Gál 1, 8). 5) Hablando de la
primera vez que evangelizó a los Gálatas (Gál 4, 13), Pablo deja entrever que
volvió a verlos otra vez por lo menos. 6) La conversión de los Gálatas estuvo
marcada por la efusión de los dones del Espíritu (3, 1-5; véase más adelante,
p. 29). Se adivina una organización comunitaria en embrión, ya que los
Gálatas tienen que atender a las necesidades de los encargados de la
catequesis (Gál 6, 6). Estos «maestros» (1 Cor 12, 28) estaban encargados
concretamente de explicar los textos de la Escritura. Si los Gálatas no
hubieran estado familiarizados con ella, ¿cómo habrían podido comprender
la argumentación de Pablo? Sus comunidades se reunían el primer día de la
semana y con esta ocasión se les invitaba a participar en la colecta por los
fieles de Jerusalén (1 Cor 16, 1-2. Véase Cuaderno bíblico n. 26, 69).

¿DE QUE GALACIA SE TRATA? En el sentido propio de la palabra, Galacía


designa la meseta del Asia Menor en la que irrumpieron los galos a
comienzos del siglo 111 a. C., después de haber saqueado Delfos y pasado el
Bósforo. Eran unos terribles guerreros, como podemos verlos representados
en las esculturas de Pérgamo que se conservan en Berlín. Después de muchos
saqueos, sus bandas se asentaron en la región de Ancira (la actual Ankara),
que se convirtió en su capital. Su último rey, Amintas, legó sus estados a
Roma en el año 25 a. C. La región gálata no estaba naturalmente poblada
sólo por los galos; se quedó allí la población indígena y muy probablemente
los Gálatas añadieron a sus dioses tradicionales los de las poblaciones
sometidas. Esta región, con su duro clima, conoció siempre religiones
violentas. Recordemos el prestigio de los misterios de Attis y Cibeles, que se
celebraban sobre todo en Pesinunte; en honor del dios-pastor los Gálatas no
vacilaban en castrarse en el curso de una~ ceremonias de excitación
desbordante. Frente a estos bárbaros ritos, la circuncisión tenía muy poca
importancia. En tiempos de san Pablo, la provincia romana de Galacia
comprendía además de la Galacia propiamente dicha otros muchos
territorios, concretamente la Pisidia, evangelizada por el apóstol en su primer
viaje (Hch 13-14; véase Cuaderno bíblico n. 26, 32-34). Lucas se cuida de
indicar que a la vuelta Pablo pasó por los mismos lugares que había
evangelizado antes para animar a sus hermanos a perseverar en la fe (Hch
14-21 s); semejante indicación podría corresponder, rigurosamente
hablando, a las indicaciones de Gál 4, 13. La razón principal que mueve a
algunos autores a sostener la hipótesis de la Galacia del sur, es el deseo de
hacer coincidir mejor las indicaciones de Pablo en Gál 1-2 con las de Lucas en
los Hechos. La segunda subida a Jerusalén que se menciona en Gál 2, 1-10
correspondería entonces al viaje indicado en Hch 11,30 Y 12, 25 (para llevar
la colecta prescrita por Agabo) y el incidente de Antioquía (Gál 2, 11-14)
habría ocurrido antes de que se hubiera decidido nada sobre las comidas en
común entre fieles de origen judío y fieles de origen pagano (Hch 15). En
estas condiciones, la carta llamada «a los Gálatas» estaría dirigida realmente
a los fieles de las ciudades de Antioquía de Pisidia, de Iconio y de Listra..., y
sería la primera en orden cronológico de las cartas paulinas.

LA DOCTRINA DE LOS JUDAIZANTES Pablo no nos da muchos detalles sobre


el grupo de los judaizantes, esas personas que alborotan entre vosotros (1,
7). El pronombre indefinido fines (algunos) parece despreciativo. En otro
lugar se alude especialmente a uno de ellos (5, 10). Esas personas apelan a
Santiago, el hermano del Señor (2, 12), por eso Pablo se preocupará mucho
de afirmar que en lo esencial Santiago está de acuerdo con él (1, 19; 2,9). El
objetivo esencial de ese grupo es que los Gálatas se hagan circuncidar (6, 13).
Ninguna otra carta concede tanta importancia a este problema, como
demuestra la aparición constante del verbo circuncidar (2, 3; 5, 2.3; 6, 12.13)
Y del sustantivo circuncisión (2, 7.8.9.12; 5, 6.11; 6, 15) Su argumentación es
muy simple: Abrahán recibió la ley de la circuncisión como siglo de la alianza
para siempre entre Dios y sus descendientes (Gn 17, 9-14). Sólo los
circuncisos pueden pretender la herencia de Abrahán. (Para más detalles,
véase el recuadro adjunto sobre la circuncisión). La predicación sobre la
circuncisión supone la creencia en el valor definitivo de la alianza del Sinaí.
Tal es el punto de vista normal del judaísmo. Citemos como ejemplo esta
declaración del Pseudo-Filón, que evoca para nosotros las palabras mismas
de Jesús (Mt 24, 35)
Cartas a los tesalonicenses.

Tesalónica, la capital de la provincia romana de Macedonia, era un puerto


importante del mar Egeo. Pablo llegó a esa ciudad en el año 50, durante su
segundo viaje misionero. Allí fundó una comunidad cristiana, compuesta en
su mayor parte de paganos convertidos a la fe. Pero su permanencia en
Tesalónica fue muy breve, ya que debido a la oposición de los judíos debió
abandonar la ciudad precipitadamente (Hech. 17. 1-15). A su salida, la
comunidad quedó sola en medio de la persecución y con una insuficiente
formación religiosa.

Preocupado por la suerte de los cristianos, Pablo les envió a Timoteo, desde
Atenas (3. 1-5). A su regreso, este trajo al Apóstol noticias muy alentadoras:
la comunidad se había mantenido firme en la fe y recordaba a Pablo con
afecto. Sin embargo, algunos esperaban con impaciencia la Venida del Señor
y se negaban a trabajar, resultando una carga para sus hermanos. Otros
estaban preocupados, porque suponían erróneamente que los cristianos que
ya habían muerto no iban a estar presentes cuando viniera el Señor.

Para responder a estas inquietudes, Pablo escribió poco después de su


llegada a Corinto, a comienzos del año 51, su PRIMERA CARTA A LOS
TESALONICENSES: la lectura de esta Carta, como también la de la segunda a
los Tesalonicenses, supone una cierta familiaridad con el estilo
«apocalíptico», cargado de imágenes y símbolos, que los Profetas y los
Escritores judíos solían emplear para anunciar la llegada del «Día del Señor»
(5. 2).

Tesalonicenses, Epístolas a los

Escritas por S. Pablo entre los años 51-52 d. C., cronológicamente son los
primeros escritos del N. T. (v.), salvo la primera redacción, en arameo, del
Evangelio de S. Mateo (v.), cuya datación es incierta, pero que se calcula
alrededor del año 50, y la Epístola de Santiago el Menor (v.), situada unos
años antes, según algunos, o unos después, según otros (abreviadamente se
citarán como 1 Thes y 2 Thes la primera y segunda E. a los t.,
respectivamente).

1. Los primeros cristianos de Tesalónica. Antes de evangelizar Tesalónica


(moderna Salónica), capital de la Macedonia (en Grecia), S. Pablo (v.) había
predicado en Filipos, donde había llegado en el curso de su segundo viaje
apostólico (a. 49-52) después de atravesar Asia Menor. La permanencia en
Filipos fue breve; fundó una comunidad cristiana, y hubo de partir en
compañía de Silas (v.), no sin haber sido antes arrestado, encarcelado y
azotado (Act 16,19-40). Atravesando Anfílopis y Apolonia, llegaron a
Tesalónica (Act 17,1), donde comenzaron inmediatamente su labor
evangelizadora y proselitista tomando la palabra, como de costumbre, en la
sinagoga (Act 17,1-2; 1 Thes 2,14) y anunciando a los judíos la mesianidad de
Jesús (Act 17,3); debió de permanecer allí un par de meses, aunque S. Lucas
en los Hechos no hable sino de tres sábados (Act 17,2); se alojaron en casa de
un judío llamado Jasón (Act 17,6). Creyeron en el Evangelio un reducido
grupo de judíos, una muchedumbre de griegos adoradores de Dios y no
pocas de las mujeres principales (Act 17,4). Fue de los judíos de donde
surgieron las primeras hostilidades; en forma tumultuosa se presentan en
casa de Jasón con el fin de arrestar a los apóstoles; no encontrándolos allá, se
llevan al tribunal romano a Jasón. Se abre el proceso. Una fianza de
Jasónpone en libertad a Pablo y Silas (Act 17,5-9). De noche, los cristianos de
Tesalónica ponen a ambos en camino hacia Berea (Act 17,10).

Después de la partida de S. Pablo, Timoteo (v.) vuelve a encontrarse con él y


le trae noticias. Ante las dificultades, promovidas por los judíos, para volver a
Tesalónica, Pablo envía de nuevo a Timoteo, mientras él queda solo en
Atenas. De Timoteo recibe de nuevo información directa, al parecer estando
ya en Corinto; hay buenas noticias, los convertidos perseveran en la fe y en la
caridad a pesar de las dificultades (1 Thes 3,6-12); pero también las hay
alarmantes: los judíos no cesan en sus intrigas y manejos, llegando incluso a
la persecución (1 Thes 2,14-15), hay desorientación en algunos puntos, p. ej.,
respecto a la suerte de los difuntos y a la Parusía (1 Thes 4,13-18). S. Pablo
decide así completar inmediatamente su inacabada enseñanza oral de la
doctrina evangélica por medio de una carta, a la que sigue otra poco
después.

2. Cuestiones críticas y estructura de las dos epístolas. a) Autenticidad. El


estilo y vocabulario de 1 Thes son tan típicamente paulinos y la historia
externa del texto y de su transmisión es tan segura que ningún crítico serio
duda de su autenticidad (cfr. B. Rigaux, Saint Paul et..., o. c. en bibl., 139; sólo
algunos protestantes de la escuela de Tubinga la negaron a mediados del s.
XIX). Respecto a 2 Thes algunos protestantes han discutido su origen paulino
alegando una dependencia literaria respecto a la primera, que induciría a
pensar en una imitación apócrifa (Wrede), o diferencias teológicas (Braun) o
escatológicas (Masson) entre las dos cartas. Sin embargo, la hipótesis de un
origen posterior apócrifo encuentra gran dificultad para situar esa carta
dentro de la literatura cristiana primitiva, y en general se plantean muchos
más problemas negando su autenticidad que afirmándola (Rigaux, o. c., 140).
Las semejanzas son lógicas, puesto que ambas cartas son del mismo autor y
con poca diferencia de tiempo; las diferencias son igualmente normales, pues
son dos cartas distintas y la segunda complementa o aclara puntos de la
primera.

b) Lugar, fecha de composición y destinatarios. La crítica es uniforme en


detectar que la primera fue escrita en Corinto en los primeros meses del año
52, en el curso del segundo viaje apostólico; la segunda debió de escribirla en
la misma ciudad pocos meses después de la otra (el tiempo que tardase en
llegar la primera y recibir nuevas noticias S. Pablo).

Los destinatarios inmediatos eran todos los cristianos de Tesalónica. Los


enemigos a que se alude no son los judeocristianos (o judíos conversos al
cristianismo), sino los judíos incrédulos que no aceptaban el Evangelio de
Jesucristo. Por todo ello, y por el carácter complementario que las epístolas
tienen respecto a lo que S. Pablo ya les había enseñado, puede explicarse la
poca utilización del argumento bíblico del A. T. La opinión de algún
protestante racionalista (como Harnack) de que las dos cartas fueron
expedidas al mismo tiempo y que 2 Thes (que parece más fría y oficial) iba
dirigida sólo a los judeocristianos no puede sostenerse y no ha encontrado
seguidores. Igualmente la opinión de que 2 Thes fue escrita mucho tiempo
después y no por S. Pablo, según se ha dicho antes, carece de pruebas.

c) Estructura de 1 Thes. Consta de dos partes principales. La carta comienza


con un saludo inicial, en el que se mencionan los remitentes y los
destinatarios de la epístola (1,1). Inmediatamente, la parte primera (1,2-3,13)
se abre con una acción de gracias que ofrece el marco literario para describir
las relaciones de S. Pablo con la comunidad de Tesalónica. Una primera
sección (1,2-10) contiene el motivo principal de acción de gracias, matizada
de plegaria (1,2) y de parabién (1,3), por la intensa vida religiosa de los
cristianos tesalonicenses, cuyo origen reside en la divina elección (1,4). Luego
se describe más ampliamente ese motivo: la buena disposición con que han
recibido la predicación de S. Pablo, en abundancia de Espíritu (1,5) y en
tribulación (1,6), convirtiéndose en modelo para todos (1,7-8). Los vers. 9-10
contienen un resumen de la predicación paulina: conversión desde los ídolos
al servicio de Dios vivo, en espera de la Parusía. El cap. 2 se abre con una
sección autobiográfica (2,1-12) que se relaciona directamente con la acción
de gracias de 1,5-8. Describe primeramente (2,1-6) las condiciones en las que
se fundó allí la Iglesia, que ya saben los mismos tesalonicenses (2-7-12). En
2,13 se reanuda la acción de gracias, según los mismos temas de parabién,
descripción de los frutos de la palabra de Dios y mención de las
persecuciones (2,14-16). En la sección 2,173,10, Pablo narra lo ocurrido
después de su salida de Tesalónica: quiso volver cuanto antes, pero no pudo
(2,17-18), sigue un parabién (19-20), continúa el relato de la marcha a Atenas
y el envío de Timoteo (2,1-2.6), interrumpido por la mención repetida de
persecuciones y tribulaciones (3,4-5) y la acción de gracias (3,7-9), para
terminar con una plegaria por la comunidad de Tesalónica (3,10-13).

La segunda parte (4,1-5,24) describe, en forma de exhortación, virtudes que


deben brillar en los cristianos, especialmente en Tesalónica. Ante todo, la
pureza y la caridad (4,1-12); consuelo mutuo y esperanza, incluso de parte de
los que han perdido a sus seres queridos y se angustian por su suerte cuando
la Parusía (4,13-17); vigilancia en la espera de la Venida del Señor (5,1-11);
consejos sobre el buen funcionamiento de la vida de la comunidad (5,12-24).
La carta concluye con una oración (5,23-28) en que se pide la plenitud del
Espíritu, seguida de saludos, encargo de que la carta sea leída a todos y un
augurio final de gracia de parte de Cristo.

d) Estructura de 2 Thes. Es muy semejante a la de la primera. Después de un


saludo introductorio con la mención de los remitentes y destinatarios (1,1) y
un deseo de gracia y paz (1,2), la primera parte (1,3-12) describe la situación
de la Iglesia en Tesalónica, estructurada dentro de una fórmula de acción de
gracias y parabién (1,3-4), en relación con las persecuciones soportadas con
paciencia por el Reino de Dios (1,5-10); acaba con una oración en favor de los
tesalonicenses (1,11-12). La parte segunda (2,1-3,5) refiere las condiciones de
la Parusía del Señor. Después de una breve presentación del tema (2,1-2)
menciona las señales precursoras: la apostasía, la manifestación del Hombre
Impío (2,3-5) y la desaparición del obstáculo que le retiene (2,6-7); en los
vers. 8-12 se predice la manifestación del Impío o Anticristo (v.) y su combate
con Cristo, que termina con la destrucción del Adversario y la condenación de
sus seguidores. Esta parte acaba con una acción de gracias y exhortación a la
perseverancia (2,13-17) y una petición de oraciones para el mismo S. Pablo
(3,1-5). La tercera parte (3,6-15) contiene una serie de advertencias para
mantenerse firmes conforme a la tradición recibida del Apóstol, imitando su
conducta (3,6-10), con severas advertencias contra los perturbadores y
amenaza de castigos (3,11-15). La Epístola termina con una conclusión de
augurio de paz (3,16) y el saludo autógrafo de S. Pablo (17-18).

3. Doctrina. Las cartas 1 y 2 Thes se sitúan en la fase que Grossouw ha


denominado macedónica (cfr. Die Entwicklung der paulinischen Theologie in
ihren Hauptlinien, en Studiorum Paulinorum Congressus internacionales
Catholicus, 1961, Roma 1963, 1,87). Según el mismo autor, la preocupación
dominante de esta fase se manifestaría en 1 Thes 1,9-10, donde se enuncia el
tema de la conversión del paganismo e idolatría al culto del Dios Vivo en la
espera del Hijo de Dios que viene de los cielos -resucitado de entre los
muertos- librando de la ira futura. Siendo las dos Epístolas como un todo
homogéneo en su contenido doctrinal, dos temas merecen subrayarse: la
naturaleza de la misión apostólica y la Parusía.

a) La misión apostólica. Junto con Philp y Philm, 1 y 2 Thes son las únicas
cartas en las que S. Pablo no apela en el saludo a su condición de Apóstol de
Jesucristo. No obstante, en 1 Thes 2,7 aparece ya la denominación de apóstol
aplicada a su misión evangelizadora. Esta convicción de la propia misión
apostólica da a estas cartas su peculiar valor de enseñanza autorizada; y a lo
largo de las mismas, en formas muy diversas, alude a esta su condición
particular. La doctrina de 1 y 2 Thes sobre la misión de los Apóstoles (v.) se
puede resumir como sigue. S. Pablo presenta su condición de Apóstol en la
misma línea del profetismo del A. T., aunque matizada y enriquecida con el
aspecto nuevo mesiánico escatológico (cfr. A. M. Denis, o. c. en bibl.). La
descripción más sintética de lo que es la «función apostólica» la tenemos en
1 Thes 3,2, donde se define como «colaboración con Dios en el Evangelio de
Cristo». Las actividades principales de esta colaboración aparecen en
cuádruple funcionalidad: la referente al Evangelio, a la palabra profética, la
proclamación kerigmática y la verdad del mensaje cristiano.

En efecto, S. Pablo se presenta ante los tesalonicenses como el encargado de


anunciar la Buena Nueva, que recibe el nombre de Evangelio de Dios (1 Thes
2,2.8), Ev. De Cristo (1 Thes 3,2), Ev. De Pablo (1 Thes 1,5; 2 Thes 2,14) o,
simplemente, Evangelio (1 Thes 2,4). Este Evangelio es presentado como
Palabra` (1 Thes 1,6.8; 2,19) con las mismas características de eficacia (1 Thes
2,13) de la palabra profética del A. T. (cfr. Ier 23,19; Is 49,2). El Apóstol no es
únicamente el encargado de anunciar la Buena Nueva y de predicar la
Palabra, sino también de su solemne pregón kerigmática (1 Thes 2,13; v.
KERIGMA) y de la enseñanza de la verdad que constituye el contenido de la
doctrina evangélica (2 Thes 2,10. 12.13). A esta predicación y proclamación
apostólicas corresponde de parte de los fieles una actitud de acogida (1 Thes
2,13; 4,1; 2 Thes 2,6) frente a la transmisión (2 Thes 2,15; 3,6) autoritativa
realizada por el Apóstol.

b) La segunda Venida del Señor. Dejando para otros artículos la exposición de


conjunto de los problemas teológicos de 1 y 2 Thes y de toda la doctrina
revelada sobre el tema (v. PARUSÍA; MUNDO III; JUICIO PARTICULAR Y
UNIVERSAL; RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS), ofrecemos aquí únicamente
la síntesis temática de su doctrina. En 1 Thes 4,13-18 se aborda el tema a
modo de reflexión consoladora para los fieles afligidos por la muerte de
algunos familiares. Algunos de ellos se preguntaban ansiosamente: ¿Que será
de ellos cuando la Parusía?; ¿serán únicamente los que estén entonces en
vida los únicos en gozar de la compañía del Señor? Esta angustia creada, sin
duda, por la deficiente comprensión de las interrumpidas enseñanzas
paulinas, parece llegó a conocimiento del Apóstol por medio de Timoteo. Y S.
Pablo intenta esclarecer la situación, en un contexto de exhortación a no
dejarse invadir por la tristeza al estilo de los paganos (4,13). Como punto de
partida para toda la exposición está el hecho de la muerte y resurrección de
Jesús; del mismo modo que el Señor murió y resucitó, de igual modo los
muertos en la fe cristiana gozarán idéntica suerte (4,14). Y citando al sentido
las palabras de Cristo en su discurso escatológico (4,15a) afirma
enérgicamente no habrá diferencia entre los ya muertos y los que entonces
están en vida, en lo tocante a la suerte bienaventurada (15b). En efecto, a la
señal del arcángel, bajará el Señor (4,16), los muertos resucitarán, y, reunidos
con los que quedaron en vida hasta entonces, saldrán todos al encuentro de
Cristo, y la suerte final será la eterna compañía con el Señor (4,17). Pero
advierte con la misma energía: todo lo referente a la cronología de este
evento es incierto, ya lo saben los tesalonicenses (5,1); será como la acción
furtiva del ladrón que entra de noche a robar (5,2); cuando más seguros se
crean los hombres, entonces les sobrevendrá el castigo con la precipitación
con que la mujer preñada siente los dolores del parto (5,3).

La traducción de este texto ha dado lugar a numerosas discusiones. ¿Pensaba


S. Pablo hallarse en vida cuando la Parusía, como parece puede interpretarse
que da a entender la expresión de 4,15: «nosotros, los que vivamos»?
Evidentemente, no puede decirse que S. Pablo esté en ese momento
expresando una opinión o esperanza personal susceptible de error, distinta
de su enseñanza y contexto general de carácter oficial e infalible; el texto no
lo sugiere; la Pontificia Comisión Bíblica, en una respuesta del 18 jun. 1915, lo
descartaba. S. Pablo enseña claramente la incertidumbre cronológica de la
segunda venida de Cristo y nada afirma tampoco acerca de que sea
inminente. Puede ser que contase con la posibilidad de hallarse aún vivo al
llegar ese momento, pero de ninguna forma lo afirma como seguro (como
advierten Dewailli y Rigaux en la Bibie de Jerusalén). Esa posibilidad es cierta,
pero no es lo que afirma el texto, sino el hecho de que los vivos, en
comparación con los muertos antes, no serán separados de sus difuntos en la
compañía del Señor. En otras palabras, «los que murieron en Dios» (que ya
están, por tanto, en su compañía bienaventurada) los «tomará con Jesús»
(resucitarán) igual que «nosotros, los vivos» que seguimos esperando y que
resucitaremos también con ellos (4,15-16), y después, también todos juntos,
entraremos en los cielos (4,17).

Estas palabras de la primera carta parece no lograron serenar totalmente los


ánimos. Desaparecieron las ansiedades primeras, pero surgieron otras, hasta
el punto de que algunos creyeron la Parusía inminente y se abandonaron a
una perezosa espera, mientras otros se alarmaron (quizá en relación con
todo esto, les recuerda S. Pablo, después, el mandato de que «si alguno no
quiere trabajar, que tampoco coma»: 3,10). Puntualizando cuanto había
escrito en la primera, desarrolla 2 Thes el tema de las señales que han de
preceder al Día del Señor (v.). No es el caso de alarmarse (2,1); no hay motivo
de temor, aunque se pretenda justificar el miedo recurriendo a
intervenciones carismáticas, palabras o escritos paulinos (2,2). En la
enumeración de las señales precursoras de la Parusía y la descripción del
combate escatológico, S. Pablo usa el lenguaje de la apocalíptica. Un tema
que ha suscitado numerosas discusiones en el referente al «obstáculo» que
retiene la manifestación plena del «misterio de la impiedad» (2,6-8), o
Anticristo (v.) bajo el influjo de Satanás (2,9), -que por otra parte ya está
actuando (2,7). Se ha supuesto que ese «algo» o «alguien» que le retiene son
el Imperio Romano, el Arcángel S. Miguel, la incredulidad judía, etc.; sin
embargo, no es posible descorrer el velo del enigma contenido en este
lenguaje simbólico.

Mapa ubicación geográfica durante el Siglo 1 y la prefectura actual de Grecia

La ciudad de Tesalónica en el Siglo 1 era una ciudad importante de la región


de Macedonia. En la actualidad es una prefectura de Grecia y la segunda
ciudad más importante del país.

La ciudad se encuentra a unos 35 msm en las coordenadas N40º38' E22º56'.

Al igual que hoy la ciudad marítima contenía un importante puerto en el mar


Egeo (en el Golfo de Tesalónica).

En los años 50 del primer siglo, Tesalónica era la capital y la ciudad más
grande de la provincia romana de Macedonia, que juntamente con Berea
acumulaban más de un cuarto de millón de habitantes. La Egnacia (la ruta
más importante hacia Roma), se extendía hacia el Oriente, pasando por
Tesalónica. Esta ruta, mas los puertos marítimos de la ciudad hacían de
Tesalónica uno de los centros de comercio más ricos y productivos del
Imperio Romano.

Acerca de la ciudad de Tesalónica y de la comunidad cristiana fundada


allí por Pablo, véase la Introducción a 1$Tesalonicenses.
La Segunda carta a los Tesalonicenses (=2$Ts) presenta un
paralelismo bastante notable con 1$Tesalonicenses, pero desarrolla más
ampliamente el tema del regreso del Señor.
La carta comienza con una introducción en la que se encuentra el
saludo (1.1-2), seguido de una acción de gracias a Dios y una petición
por los cristianos de Tesalónica (1.3-12).
En la parte central se toca primero el tema del regreso del Señor (2.1-
12). Esta carta quiere corregir algunos errores surgidos en la comunidad,
pues al parecer algunos decían, basándose en una
Supuesta enseñanza de Pablo, que el regreso del Señor ya había
tenido lugar.
A continuación se enseña cuáles son las actitudes que deben tener los
cristianos (2.13-17), se piden oraciones por Pablo y sus colaboradores
(3.1-5) y, finalmente, se pone a la comunidad en guardia contra algunos
que llevan una vida indisciplinada y ociosa, basándose, según parece, en
falsas ideas sobre la venida del Señor (3.6-15).
Se termina con una breve despedida (3.16-18).
La falta de referencia a 1$Ts, junto con otras características literarias y
de contenido, han llevado a algunos a opinar que 2$Ts, a pesar de su
paralelismo con la primera, pudo haber sido escrita por algún discípulo
de Pablo después de la muerte de este (véase
Introducción a las cartas). Ahora bien, si el autor fue el propio Pablo,
seguramente hubo de escribirla poco después de 1$Ts.
Esquema de la carta:
Introducción (1)
Instrucciones (2.1–3.15)
Despedida (3.16-18)
El apostolado según san Pablo testigo y
Apóstol de Cristo (I)

lunes, 01 de febrero de 2010


Josemaría Monforte

Diálogos de Almudí, Valencia, 17 de febrero de 2009

Sumario

Primera parte:

Introducción: Un año paulino.- 1. San Pablo testigo y


siervo de Cristo: a) El nuevo planteamiento de la
interpretación racionalista; b) Breve historia de un largo
debate; c) El Cristo de san Pablo y el Jesús de los
Evangelios.- 2. Pablo, el «apóstol de los Gentiles»: a) ¿El
principal título de Pablo?; b) Pablo y los judíos de la diáspora;
c) Pablo y los judíos de Jerusalén; d) ¿Pablo predica un
evangelio al gusto de los hombres?; e) La actitud narrativa de
san Lucas; f) Conclusiones.- 3. San Pablo, y los Doce
Apóstoles: a) Pablo con las "columnas" de la Iglesia; b) La
"traditio" apostólica; c) La traditio sobre la Resurrección y las
apariciones del Resucitado; d) La traditio sobre la Eucaristía.-

Segunda Parte:

4. San Pablo, el Evangelio y su tarea apostólica: a)


Vocación de Pablo apostolado; b) Apóstol de los gentiles,
pero primero son los judíos; c) El prestigio jurídico del Imperio:
soy ciudadano romano; d) Rumbo a Occidente: Roma y
España.- 5. El "apostolado" según san Pablo, el siervo de
Cristo: a) Un oficio profesional y el apostolado ¿son
compatibles?; b) Sólo Cristo es el fundamento; c) Rasgos
principales del apóstol; d) Conclusiones.
?

Introducción: Un año paulino

Iniciamos este año 2009 los Diálogos de Almudí con la figura


de san Pablo, ya que estamos en el año paulino proclamado
por Benedicto XVI [1]; y lo haremos reflexionando en tres
grandes aspectos de la vida y doctrina de Saulo de Tarso: 1º)
como apóstol y evangelizador de Jesucristo: D. Josemaría
Monforte y Mons. D. Salvador Giménez; 2º) como portavoz de
la llamada universal a la santidad de todos los bautizados: D.
Juan Chapa y Mons. Mario Iceta; y 3º) como pedagogo de
nuestro nuevo modo de vivir en Cristo: D. Juan Miguel Díez
Rodelas y Mons. D. César Franco.

Hoy nos ocuparemos de la primera de ellas. «Hay figuras


insignes en los comienzos de la vida de la Iglesia —afirma el
Papa Benedicto XVI— además de los Apóstoles elegidos por
Cristo directamente. El primero de éstos, llamado por el Señor
mismo, por el Resucitado, a ser también él auténtico Apóstol,
es sin duda Pablo de Tarso. Brilla como una estrella de
primera magnitud en la historia de la Iglesia, y no sólo en la de
los orígenes. Ciertamente, después de Jesús, él es el
personaje de los orígenes del que tenemos más información,
pues no sólo contamos con los relatos de san Lucas en los
Hechos de los Apóstoles, sino también con un grupo
de cartas que provienen directamente de su mano y que, sin
intermediarios, nos revelan su personalidad y su pensamiento.

»San Lucas nos informa de que su nombre original era Saulo


[2], en hebreo Saúl [3], como el rey Saúl [4], y era un judío de
la diáspora, dado que la ciudad de Tarso está situada entre
Anatolia y Siria. Muy pronto había ido a Jerusalén para
estudiar a fondo la Ley mosaica a los pies del gran rabino
Gamaliel [5]. Había aprendido también un trabajo manual y
rudo, la fabricación de tiendas [6], que más tarde le permitiría
proveer él mismo a su propio sustento sin ser una carga para
las Iglesias [7]» [8].

«Todo lo que Pablo recibió en herencia de su mundo judío —


afirma Fitmyer—, de sus contactos con el helenismo y lo que,
más tarde, extrajo de la tradición de la primitiva Iglesia y de su
experiencia misionera personal fue transformado de manera
inigualable por la visión del misterio de Cristo que adquirió en
el camino de Damasco. Los demás autores del Nuevo
Testamento podrían alegar también antecedentes judíos o
contactos con el mundo helénico, pero ninguno de ellos puede
alcanzar la comprensión profunda que tuvo san Pablo del
acontecimiento Cristo, salvo quizá Juan» [9]. Con aquella luz
del cielo que le envolvió de resplandor, San Pablo recibió una
revelación prodigiosa: que todos los cristianos formamos en
Cristo un solo cuerpo, con una unidad más estrecha que la
que procede de los vínculos de la carne y de la sangre,
porque se fundamenta en el Bautismo, que nos hizo hijos de
Dios y partícipes de la naturaleza divina.

San Josemaría meditando esta verdad, decía:


«Comprendemos perfectamente aquellas palabras de San
Pablo: vivo autem, iam non ego, vivit vero in me Christus [10];
yo vivo, o más bien no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive
en mí. Pablo se sentía Cristo. Los que no le querían, decían
que era pequeño de cuerpo, de lengua torpe, de ojos
torcidos... ¡y él se sentía grande, fuerte, con autoridad!: de
cetero nemo mihi molestus sit; ego enim stigmata Domini Iesu
in corpore meo porto [11]; por lo demás, que nadie me
moleste en adelante, porque yo traigo impresas en mi cuerpo
las señales del Señor Jesús. Con aquellas llagas invisibles, se
sentía alter Christus, ipse Christus. ¡Sí, Pablo, gran Pablo!
¡Gracias por esta doctrina que nos has dejado, porque el
Espíritu Santo te la inspiró! ¡Tú eres Cristo! ¡Pablo, alégrate
de que te queramos los cristianos, de que te agradezcamos
este tesoro de doctrina!» [12].

Vamos ahora a tratar fundamentalmente de tres asuntos: las


relaciones de Pablo con Jesúcristo como testigo y apóstol;
Pablo como «apóstol de los Gentiles» y sus relaciones con los
demás Apóstoles del Señor; y, finalmente, Pablo y su tarea
apostólica así como su concepción del apostolado.

1. San Pablo testigo y siervo de Cristo

Cualquiera que se acerque a las Cartas de san Pablo


concederá sin dificultad que la figura de Cristo constituye el
centro y el resumen de todo el pensamiento paulino. A la
pregunta: «¿Quién es Cristo?», el más docto de los Santos
Padres se hubiese quedado perplejo. En el caso de que
hubiera logrado salir de su asombro, nos habría respondido:
«Naturalmente, Jesús de Nazaret, de quien hablan los
evangelios y el credo, muerto bajo Poncio Pilato y resucitado
al tercer día». De aquí se deriva una lección muy importante
para nosotros: lo que cuenta es poner en el centro de nuestra
vida a Jesucristo, de manera que nuestra identidad se
caracterice esencialmente por el encuentro, por la comunión
con Cristo y con su palabra. A su luz, cualquier otro valor se
recupera y a la vez se purifica de posibles escorias [13]. La
validez de esta respuesta no fue nunca puesta en duda
mientras los estudios bíblicos se condujeron en una óptica
cristiana. En esa perspectiva, la fe y la historia iban de la
mano, indisolublemente unidas. La fe nacía de la historia, se
apoyaba en la historia. Y la historia era el fundamento de la fe.

a) El nuevo planteamiento de la interpretación


racionalista.- Este planteamiento cambió; y cambió con la
introducción del racionalismo en la lectura de los textos
bíblicos. La exégesis liberal trataba de leerlos sin lo que ella
llamaba «prejuicios dogmáticos», prescindiendo de la
interpretación cristiana. La naciente ciencia histórica trataba
de reconstruir los hechos —lo cual es perfectamente legítimo,
y hasta viene exigido por el mismo credo—, pero se partía del
supuesto que todos los elementos sobrenaturales, milagrosos,
etc., no podían pertenecer a la historia. Son una mitificación
de la historia, una deformación de la historia consciente o
inconsciente. Fe e historia se habían separado
irremediablemente. No vamos a estudiar aquí el enorme
problema planteado por ese prejuicio filosófico. Tampoco
podemos detenernos a ver hasta qué punto este problema ha
condicionado la evolución del pensamiento protestante —y,
en menor medida, también el católico— durante los dos
últimos siglos. Ciñéndonos a nuestro tema, diremos tan sólo
que el resultado ha sido el siguiente: que el Cristo de san
Pablo, al igual que el evangelio paulino en su conjunto, han
sido desgajados del mensaje y la persona de Jesús que nos
presentan los evangelios [14].

Por eso hay que recordar que para el Apóstol fue decisivo
conocer a la comunidad de quienes se declaraban discípulos
de Jesús. Por ellos tuvo noticia de una nueva fe, un nuevo
«camino», como se decía, que no ponía en el centro la Ley de
Dios, sino la persona de Jesús, crucificado y resucitado, a
quien se le atribuía el perdón de los pecados. Como judío
celoso, consideraba este mensaje inaceptable, más aún,
escandaloso, y por eso sintió el deber de perseguir a los
discípulos de Cristo incluso fuera de Jerusalén.

«Precisamente, en el camino hacia Damasco, —enseña


Benedicto XVI— a inicios de los años treinta, Saulo, según
sus palabras, fue «alcanzado por Cristo Jesús» [15]. Mientras
san Lucas cuenta el hecho con abundancia de detalles —la
manera en que la luz del Resucitado le alcanzó, cambiando
radicalmente toda su vida—, él en sus cartas va a lo esencial
y no habla sólo de una visión [16], sino también de una
iluminación [17] y sobre todo de una revelación y una
vocación en el encuentro con el Resucitado [18]. De hecho, se
definirá explícitamente «apóstol por vocación» [19] o «apóstol
por voluntad de Dios» [20], como para subrayar que su
conversión no fue resultado de pensamientos o reflexiones,
sino fruto de una intervención divina, de una gracia divina
imprevisible. A partir de entonces, todo lo que antes tenía
valor para él se convirtió paradójicamente, según sus
palabras, en pérdida y basura [21]. Y desde aquel momento
puso todas sus energías al servicio exclusivo de Jesucristo y
de su Evangelio. Desde entonces su vida fue la de un apóstol
deseoso de «hacerse todo a todos» [22] sin reservas» [23].

b) Breve historia de un largo debate.- El problema de las


relaciones entre san Pablo y Jesús comienza en la historia de
la exégesis por obra de F.Ch. Baur. En un famoso trabajo,
aparecido en 1831 con el título El partido de Cristo en la
comunidad de Corinto, Baur declaraba que san Pablo había
desarrollado su teología en abierta oposición a la de la rama
jerosolimitana de la Iglesia, representada por la figura de san
Pedro [24]. No es difícil percibir las implicaciones de tal
postura. El Cristo de la fe caía del lado de san Pablo, el Jesús
de la historia del lado de la comunidad de Jerusalén. Pero uno
y otro se hallan separados, entre uno y otro existe una
ruptura, y el responsable de esa ruptura es, en buena medida,
san Pablo. Lo cierto es que Baur marcaría toda una época
[25].
Quien habría de plantear en toda su crudeza la cuestión de
las relaciones entre san Pablo y Jesús sería A.
Schweitzer [26]. Este autor, que es una de las figuras más
interesantes e influyentes en la exégesis del siglo XX, había
publicado una obra con el título Historia de la investigación
sobre la vida de Jesús. Esta obra cerró un importante período
de estudios sobre Jesús -el de las «vidas de Jesús»-, y puso
las bases de una nueva orientación. Lo mismo sucedería con
otra obra de Schweitzer, en 1911, dedicada a los estudios
paulinos y publicada con el título Historia de la investigación
sobre Pablo desde la Reforma hasta hoy. En este trabajo,
Schweitzer precisará los problemas capitales que formarán
desde entonces el núcleo del debate. Merece la pena
detenemos a citar algunos pasajes. Dos problemas aparecen
aquí:

1º) El primero es el deslizamiento de acentos que se da desde


la predicación de Jesús hasta el «evangelio» de san Pablo.
Schweitzer precisa así el cambio intuido, aunque mal
interpretado, por Baur. El reino de Dios y su irrupción en el
mundo ocupaban el centro del mensaje de Jesús. En san
Pablo es diferente. Es verdad que conoce el concepto, pero el
reino de Dios no constituye en modo alguno el núcleo de su
predicación. El centro del evangelio paulino es el mismo
Jesucristo, crucificado y resucitado. Éste es el cambio más
importante. Según los evangelios sinópticos, Jesús no parece
situarse en el centro: él es, naturalmente, quien predica el
mensaje del reino, pero no el objeto de la predicación. Dicho
con otras palabras: Jesús predicaba el reino de Dios, san
Pablo predica a Jesucristo.

2º) El segundo problema puesto de relieve por Schweitzer


refuerza nuestra impresión de que san Pablo no se interesaba
apenas por la predicación y las obras de Jesús. ¿Cómo, si no,
se explica que en los escritos del Apóstol haya tan pocas
referencias a las palabras y las enseñanzas de Jesús? ¿Por
qué san Pablo parece prescindir de esas enseñanzas, incluso
allí donde el recurso a una palabra del Maestro «sería lo más
indicado»? Sin duda es éste un hecho extraño, que necesita
explicación.
Pero —podemos pensar— cuando Schweitzer subraya la
diferencia que existe entre la predicación de Jesús y la de san
Pablo, ¿no está diciendo lo mismo que ya otros habían dicho
antes que él? ¿No está afirmando que el cristianismo, tal y
como nosotros lo profesamos —que es fe en Jesucristo
resucitado— se debe pura y simplemente a san Pablo? Si
Schweitzer tiene razón, ¿no nos da un motivo más para
considerar al Apóstol como «un segundo fundador del
cristianismo»? [27]. A la luz de este texto vemos ya cuál es la
postura de Schweitzer, y en qué consiste su aportación al
debate [28]. Por una parte, se precisa el cambio que se
percibe entre la doctrina de Jesús y la de san Pablo: este
cambio consiste, sobre todo, en el abandono de la predicación
del Reino para predicar a Jesucristo, muerto y resucitado. El
desinterés de san Pablo por la doctrina de Jesús parece
confirmarse al comprobar el escaso número de citas de las
palabras de Jesús que encontramos en sus cartas.

Por otra parte, este cambio no es primariamente obra del


Apóstol, sino de la comunidad primitiva. La ruptura no se
produce en san Pablo: se daba ya en el cristianismo anterior a
él, y san Pablo se limita a extraer de forma lógica sus
consecuencias.

No podemos entrar aquí a discutir en detalle el pensamiento


de Bultmann [29]. Estrictamente hablando, Bultmann no
considera a Pablo «inventor» de una síntesis teológica que él
ha recibido de la comunidad helenística; tampoco creemos
que Bultmann haya propugnado la adhesión a la fe en Cristo-
Dios predicada por Pablo; habría que tener en cuenta el
programa bultmaniano de desmitologización. Bultmann no ha
reconciliado al Jesús de la historia con el Cristo de la fe, y el
Cristo de que habla san Pablo es éste último [30]. En todo
caso, la indiferencia y el desinterés de san Pablo por el Jesús
terreno es una especie de axioma en la escuela de Bultmann,
uno de esos supuestos que el uso convierte en dogmas, pero
que difícilmente resistirían un análisis crítico concienzudo [31].

Ya en los días de Baur y la escuela de Tubinga se suscitaron


agrias polémicas, y H. Paret respondió a los trabajos de Baur
en un largo artículo de 1858 («Pablo y Jesús»), en el que
aparecían ya los principales argumentos esgrimidos por todos
aquellos en desacuerdo con Baur y su escuela [32].
Podríamos señalar toda una lista de autores que han seguido,
más o menos de cerca, la línea de argumentación sugerida
por Paret. Casi cincuenta años más tarde, la obra de A.
Resch, El paulinismo y las palabras de Jesús (1904),
pretendía haber descubierto en las nueve cartas paulinas
(incluyendo Colosenses) nada menos que 925 alusiones a las
enseñanzas de Jesús, 133 más en Efesios, 100 en las
Pastorales, y 64 en los discursos paulinos de Hechos. No
contento con esto, Resch encuentra incluso en las cartas de
san Pablo decenas de alusiones a dichos de Jesús hasta
ahora desconocidos. La obra de Resch roza la fantasía, pero
sirvió al menos para hacer sentir la necesidad de unos
criterios metodológicos seguros antes de hacer juicios de
valor sobre el número de alusiones a las palabras de Jesús
que aparecen en los escritos paulinos.

Una dirección algo distinta se inició con los trabajos de A.


Seeberg, especialmente en su obra El catecismo del
cristianismo primitivo (1903), en la que se prestaba atención
por primera vez al papel básico que el concepto de
tradición jugaba en la exhortación moral del Apóstol. Esta
obra mereció la aprobación de Dibelius y Bultmann, pero
encontró sobre todo un recibimiento entusiasta por parte de
los exegetas escandinavos y anglosajones, entre los que
suscitó varios estudios más por las mismas sendas. Entre los
autores más importantes que han seguido este camino
podemos señalar a Ph. Carrington, C.H. Dodd y WD.
Davies [33], así como los escandinavos H. Riesenfeld y B.
Gerhardsson. Hay, por supuesto, otros nombres. Pero no se
trata de darlos todos, sino de mostrar que el debate sobre la
relación entre san Pablo y Jesús sigue abierto.

En la brevedad que el espacio de que disponemos nos


impone, no podemos entrar de lleno en el debate [34]. Una
solución exhaustiva implicaría adentrarnos en algunas de las
cuestiones más espinosas del estudio del Nuevo Testamento,
como la relación entre la predicación cristiana primitiva y la de
Jesús, el lugar que ocupaba la tradición evangélica en la vida
de la primitiva Iglesia, el género literario de las cartas
paulinas, la relación de san Pablo con la comunidad
helenística, etc. Por eso añado ahora el magnífico y reciente
resumen que hace Benedicto XVI sobre esta cuestión:

«El siglo XIX, recogiendo la mejor herencia de la Ilustración,


conoció una nueva reviviscencia del paulinismo, ahora sobre
todo en el plano del trabajo científico desarrollado por la
interpretación histórico-crítica de la Sagrada Escritura.
Prescindamos aquí del hecho de que también en aquel siglo,
como en el XX, emergió una verdadera y propia denigración
de san Pablo. Pienso sobre todo en Nietzsche, que se burlaba
de la teología de la humildad en san Pablo, oponiendo a ella
su teología del hombre fuerte y poderoso.

»Pero prescindamos de esto y veamos la corriente esencial


de la nueva interpretación científica de la Sagrada Escritura y
del nuevo paulinismo de este siglo. Aquí se subraya sobre
todo como central en el pensamiento paulino el concepto de
libertad: en él se ha visto el corazón del pensamiento de
Pablo, como por otra parte ya había intuido Lutero. Ahora sin
embargo el concepto de libertad era reinterpretado en el
contexto del liberalismo moderno. Y después se subraya
fuertemente la diferenciación entre el anuncio de san Pablo y
el anuncio de Jesús. Y san Pablo aparece casi como un
nuevo fundador del cristianismo.

»Es cierto que en san Pablo la centralidad del Reino de Dios,


determinante para el anuncio de Jesús, se transforma en la
centralidad de la cristología, cuyo punto determinante es el
misterio pascual. Y del misterio pascual resultan los
Sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía, como presencia
permanente de este misterio, del que crece el Cuerpo de
Cristo, se construye la Iglesia.

»Pero diría, sin entrar ahora en detalles, que precisamente en


la nueva centralidad de la cristología y del misterio pascual se
realiza el Reino de Dios, se hace concreto, presente, operante
el anuncio auténtico de Jesús. Hemos visto en las catequesis
precedentes que precisamente esta novedad paulina es la
fidelidad más profunda al anuncio de Jesús.

»En el progreso de la exégesis, sobre todo en los últimos


doscientos años, crecen también las convergencias entre las
exégesis católica y protestante, realizando así un consenso
notable precisamente en el punto que estaba en el origen de
la mayor disensión histórica. Por tanto una gran esperanza
para la causa del ecumenismo, tan central para el Concilio
Vaticano II» [35].

c) El Cristo de san Pablo y el Jesús de los evangelios.-


Nuestra intención es mucho más modesta. Al final de este
breve recorrido, el lector se habrá hecho inevitablemente una
pregunta: El Cristo de que habla san Pablo en sus cartas, ¿es
el Jesús de los evangelios, sí o no? Dicho con otras palabras:
¿Se interesaba san Pablo por el Jesús terreno, por su vida,
por su enseñanza, o el Cristo que predica el Apóstol es una
construcción teológica, sea del propio san Pablo o de la
Iglesia primitiva?

Para responder a estas preguntas vamos a tomar como punto


de partida el razonamiento de Bornkamm, basándonos en
estudios recientes que ofrecen una explicación, a nuestro
juicio, más conforme con los datos literarios del Nuevo
Testamento. Examinaremos, pues, sucesivamente, los tres
puntos centrales en que Bornkamm apoyaba su
argumentación: la interpretación de 2 Cor 5,16, la visita de
san Pablo a Cefas mencionada en Ga 1,18 y, por último, el
problema de las citas y alusiones a la enseñanza de Jesús en
las cartas paulinas.

«La importancia que san Pablo confiere a la Tradición viva de


la Iglesia, —afirma Benedicto XVI— que transmite a sus
comunidades, demuestra cuán equivocada es la idea de
quienes afirman que fue san Pablo quien inventó el
cristianismo: antes de proclamar el evangelio de Jesucristo,
su Señor, se encontró con él en el camino de Damasco y lo
frecuentó en la Iglesia, observando su vida en los Doce y en
aquellos que lo habían seguido por los caminos de Galilea. En
las próximas catequesis tendremos la oportunidad de
profundizar en las contribuciones que san Pablo dio a la
Iglesia de los orígenes; pero la misión que recibió del
Resucitado en orden a la evangelización de los gentiles
necesita ser confirmada y garantizada por aquellos que le
dieron a él y a Bernabé la mano derecha como señal de
aprobación de su apostolado y de su evangelización, así
como de acogida en la única comunión de la Iglesia de Cristo
(cfr. Ga 2, 9) [36].

Al decir de Bornkamm, la opinión según la cual san Pablo se


habría interesado por obtener información acerca de Jesús es
desautorizada por él mismo en 2 Cor 5,16. Es preciso, pues,
analizar este pasaje difícil, uno de los más controvertidos de
las cartas paulinas. Para ello, seguiremos de cerca un estudio
de J. Cambier: como veremos, la interpretación del texto
supuesta por Bornkamm no es, por ser la más extendida,
evidente (ni siquiera posible); hay otra interpretación, menos
corriente, pero que da más razón de las dificultades del
pasaje [37] . Éste dice así en una traducción literal: «De modo
que, desde ahora, a nadie conocemos según la carne. y si
conocimos a Cristo según la carne (kata sárka Christón) ya no
conocemos a nadie así».

Se comprende entonces que la expresión: «Si conocimos a


Cristo según la carne» [38] no significa que su existencia
terrena tenga poca importancia para nuestra maduración en la
fe, sino que desde el momento de la Resurrección cambia
nuestra forma de relacionarnos con él. Y concluye Benedicto
XVI: «Él es, al mismo tiempo, el Hijo de Dios, "nacido del
linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con
poder, según el espíritu de santidad, por su resurrección de
entre los muertos", como recuerda san Pablo al principio de la
carta a los Romanos [39]. Cuanto más tratamos de seguir las
huellas de Jesús de Nazaret por los caminos de Galilea, tanto
más podemos comprender que él asumió nuestra humanidad,
compartiéndola en todo, excepto en el pecado. Nuestra fe no
nace de un mito ni de una idea, sino del encuentro con el
Resucitado, en la vida de la Iglesia» [40].

Según la interpretación habitual, la fórmula «según la carne»


modifica a «Cristo»; es lo que se llama sentido objetivo, pues
el peso de la frase recae sobre el objeto del conocimiento,
Cristo. San Pablo habla aquí del «Cristo según la carne», es
decir, del Cristo histórico, tal como hubiera podido conocerle,
por ejemplo, en Jerusalén. Este «Cristo según la carne» es el
que ahora no interesa a san Pablo [41].
Para los autores que defienden la otra interpretación, en
cambio, la expresión «según la carne» no modifica a «Cristo»,
sino al verbo conocer. El peso de la frase recae ahora sobre
el sujeto, san Pablo, y por eso se puede hablar de sentido
subjetivo. Es san Pablo quien en otro tiempo ha conocido
«según la carne» a Cristo, pero quien ahora, gracias a la fe, lo
conoce de otro modo. Es claro que el texto establece una
oposición entre dos tiempos de la vida del Apóstol, pero esa
oposición es expresada de forma muy distinta en las dos
interpretaciones: según la primera, san Pablo ha conocido en
otro tiempo al Cristo según la carne, esto es, al Cristo
humano, histórico; ahora ese Cristo no le interesa y ha sido
sustituido por el Cristo celeste, místico, que vemos aparecer a
cada paso en sus cartas. En la segunda interpretación, la
oposición entre los dos tiempos se ve de otra forma: en otro
tiempo, san Pablo ha conocido de forma carnal a Cristo; ahora
ya no lo conoce así, sino mediante la fe. La oposición se da
entre dos formas de conocimiento: una «según la carne»; la
otra, religiosa y espiritual.

De esta breve presentación aparece con toda claridad el


problema central de nuestro texto, esto es, el sentido que hay
que dar a la locución «según la carne». ¿Significa
simplemente «humano», según un sentido frecuente de la
palabra «carne» en hebreo, o indica una cualidad religiosa,
«carnal» como opuesto a «espiritual»? Sobre todo, ¿modifica
al verbo conocer o al complemento «Cristo»? En torno a estos
dos grandes tipos de exégesis, que denominaremos en
adelante interpretación histórica y religiosa de 2 Cor 5,16,
gravitan muchas de las explicaciones, reunidas en los
grandes comentarios [42]. Las razones que podemos invocar
para justificar la interpretación religiosa son, según el Prof.
Herranz: el contexto, la estructura de la frase y el vocabulario
[43].

Podemos ya concluir. El principal argumento de Bornkamm (y


de muchos otros) para ver en san Pablo un desinterés por
la persona de Jesús carece de base. El texto en que se
apoya sólo puede ser interpretado así al precio de introducir
en él toda una serie de inconsecuencias. San Pablo no afirma,
en 2 Cor 5,16, que el conocimiento del Cristo histórico carece
de valor, sino que el conocimiento de Cristo al margen de la fe
carece de valor. Él ha conocido así a Cristo, pero ahora su
conocimiento brota de la fe, y rige toda su vida.

Con ello san Pablo viene a decir algo muy distinto de lo que
leen en él los intérpretes modernos: el pasaje no habla para
nada de un desinterés por la figura de Jesús, sino de dos
formas de conocerla y de acercarse a ella: una con los ojos de
la «carne», otra con los de la fe, con el Espíritu. Pero el Cristo
al que san Pablo ha perseguido, cuando conocía
«carnalmente», es el mismo en quien ahora cree, y por el que
ahora «ha perdido todas las cosas y las tiene por basura»
[44].

«En las últimas catequesis sobre san Pablo —escribe


Benedicto XVI— hablé de su encuentro con Cristo resucitado,
que cambió profundamente su vida, y después, de su relación
con los doce Apóstoles llamados por Jesús —particularmente
con Santiago, Cefas y Juan— y de su relación con la Iglesia
de Jerusalén. Queda ahora la cuestión de qué sabía san
Pablo del Jesús terreno, de su vida, de sus enseñanzas, de
su pasión. Antes de entrar en esta cuestión, puede ser útil
tener presente que el mismo san Pablo distingue dos maneras
de conocer a Jesús y, más en general, dos maneras de
conocer a una persona. En la segunda carta a los Corintios
escribe: "Así que en adelante ya no conocemos a nadie según
la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le
conocemos así" (2 Co 5,16). Conocer "según la carne", de
modo carnal, quiere decir conocer sólo exteriormente, con
criterios externos: se puede haber visto a una persona
muchas veces, conocer sus rasgos y los diversos detalles de
su comportamiento: cómo habla, cómo se mueve, etc. Y sin
embargo, aun conociendo a alguien de esta forma, no se le
conoce realmente, no se conoce el núcleo de la persona. Sólo
con el corazón se conoce verdaderamente a una persona»
[45].

Si el Apóstol hubiera oído hablar de sus intérpretes, y de la


supuesta separación entre el Jesús de la historia y el Cristo
de la fe, se hubiese sorprendido extraordinariamente. Y es
que el Cristo en quien san Pablo cree no es un personaje
mítico o una creación teológica. Es Jesús de Nazaret, muerto
y resucitado al tercer día. Es Jesucristo, para quien ha de vivir
ahora el cristiano, que ha entrado gracias a él en una vida
nueva, según el Espíritu y no según la carne.

«De hecho los fariseos y los saduceos conocieron a Jesús en


lo exterior, —sigue diciendo el Papa— escucharon su
enseñanza, muchos detalles de él, pero no lo conocieron en
su verdad. Hay una distinción análoga en unas palabras de
Jesús. Después de la Transfiguración, pregunta a los
Apóstoles: "¿Quién dice la gente que soy yo?" y "¿quién decís
vosotros que soy yo?". La gente lo conoce, pero
superficialmente; sabe algunas cosas de él, pero no lo ha
conocido realmente. En cambio los Doce, gracias a la
amistad, que implica también el corazón, al menos habían
entendido en lo sustancial y comenzaban a saber quién era
Jesús. También hoy existe esta forma distinta de conocer: hay
personas doctas que conocen a Jesús en muchos de sus
detalles y personas sencillas que no conocen estos detalles,
pero que lo conocen en su verdad: "El corazón habla al
corazón". Y san Pablo quiere decir esencialmente que conoce
a Jesús así, con el corazón, y que de este modo conoce
esencialmente a la persona en su verdad; y después, en un
segundo momento, que conoce sus detalles [46].

San Pablo, pues, no despreciaba al Jesús histórico, ya que


era él en quien creía, y por el que había de dar su vida. Tras
esta comprobación, nos queda aún examinar si en las cartas
paulinas hay indicios positivos del interés de san Pablo por la
persona y la tradición de Jesús.

Dicho esto, queda aún la cuestión: ¿Qué sabía san Pablo de


la vida concreta, de las palabras, de la pasión, de los milagros
de Jesús? Parece seguro que nunca se encontró con él
durante su vida terrena. A través de los Apóstoles y de la
Iglesia naciente, seguramente conoció también detalles de la
vida terrena de Jesús. En sus cartas encontramos tres formas
de referencia al Jesús prepascual.

«En primer lugar, hay referencias explícitas y directas. San


Pablo habla de la ascendencia davídica de Jesús [47], conoce
la existencia de sus "hermanos" o consanguíneos [48],
conoce el desarrollo de la última Cena [49], conoce otras
palabras de Jesús, por ejemplo sobre la indisolubilidad del
matrimonio [50], sobre la necesidad de que quien anuncia el
Evangelio sea mantenido por la comunidad, pues el obrero
merece su salario [51]; san Pablo conoce las palabras
pronunciadas por Jesús en la última Cena [52] y conoce
también la cruz de Jesús. Estas son referencias directas a
palabras y hechos de la vida de Jesús» [53].

Pero, sigue diciendo Benedicto XVI, «en segundo lugar,


podemos entrever en algunas frases de las cartas paulinas
varias alusiones a la tradición atestiguada en los Evangelios
sinópticos. Por ejemplo, las palabras que leemos en la
primera carta a los Tesalonicenses, según la cual «el día del
Señor vendrá como un ladrón en la noche» [54], no se
explicarían remitiéndonos a las profecías
veterotestamentarias, porque la comparación con el ladrón
nocturno sólo se encuentra en los evangelios de san Mateo y
de san Lucas, por tanto está tomado de la tradición sinóptica.

Así, cuando leemos que Dios «ha escogido más bien lo necio
del mundo» [55], se escucha el eco fiel de la enseñanza de
Jesús sobre los sencillos y los pobres [56]. Están también las
palabras pronunciadas por Jesús en el júbilo mesiánico: «Te
bendigo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has
revelado a los pequeños» [57]. San Pablo sabe —es su
experiencia misionera— que estas palabras son verdaderas,
es decir, que son precisamente los sencillos quienes tienen el
corazón abierto al conocimiento de Jesús. También la alusión
a la obediencia de Jesús "hasta la muerte", que se lee en la
carta a los Filipenses [58] hace referencia a la total
disponibilidad del Jesús terreno a cumplir la voluntad de su
Padre [59]» [60].

Pablo conoce bien la Pasión del Señor, es decir, «su cruz, el


modo como vivió los últimos momentos de su vida. La cruz de
Jesús y la tradición sobre este hecho de la cruz está en el
centro del kerigma paulino. Otro pilar de la vida de Jesús
conocido por san Pablo es el Sermón de la Montaña, del que
cita algunos elementos casi literalmente, cuando escribe a los
Romanos: "Amaos unos a otros. (...) Bendecid a los que os
persiguen. (...) Vivid en paz con todos. (...) Venced al mal con
el bien". Así pues, en sus cartas hay un reflejo fiel del Sermón
de la Montaña [61]» [62].

Y, finalmente encontramos también en las cartas paulinas un


tercer modo de presencia de las palabras de Jeús, cuando
realiza una trasposicvión de la tradición prepascual a la
situación después de la Pascua: «Un caso típico es el tema
del reino de Dios, que está seguramente en el centro de la
predicación del Jesús histórico [63]. En san Pablo se
encuentra una trasposición de este tema, pues tras la
resurrección es evidente que Jesús en persona, el
Resucitado, es el reino de Dios. Por tanto, el reino llega donde
está llegando Jesús. Y así, necesariamente, el tema del reino
de Dios, con el que se había anticipado el misterio de Jesús,
se transforma en cristología. Sin embargo, las mismas
disposiciones exigidas por Jesús para entrar en el reino de
Dios valen exactamente para san Pablo a propósito de la
justificación por la fe: tanto la entrada en el Reino como la
justificación requieren una actitud de gran humildad y
disponibilidad, libre de presunciones, para acoger la gracia de
Dios. Por ejemplo, la parábola del fariseo y el publicano [64]
imparte una enseñanza que se encuentra tal cual en san
Pablo, cuando insiste en que nadie debe gloriarse en
presencia de Dios.

También las frases de Jesús sobre los publicanos y las


prostitutas, más dispuestos que los fariseos a acoger el
Evangelio [65] y sus deseos de compartir la mesa con ellos
[66] encuentran pleno eco en la doctrina de san Pablo sobre
el amor misericordioso de Dios a los pecadores [67]. Así, el
tema del reino de Dios se propone de una forma nueva, pero
con plena fidelidad a la tradición del Jesús histórico» [68].

Pero además podríamos añadir el uso de los títulos del Señor


[69], el término «abbá padre» [70] y la muerte de Jesús como
rescate [71].

Al llegar a este punto de nuestro estudio hemos de hacemos


dos preguntas. En primer lugar, ¿no es extraño que el número
de alusiones sea mucho mayor que el de verdaderas
citas? Además, ¿por qué san Pablo utiliza en sus cartas las
palabras de Jesús, y no alude, en cambio, a los relatos de
milagros, las controversias o el material narrativo de los
evangelios?

Lo primero que habría que decir a todo esto es que no hemos


de imaginamos a san Pablo como un exegeta moderno, que
no sabe hacer afirmación alguna sin indicar al pie de página la
bibliografía y todas las referencias pertinentes. Sus cartas son
escritos ocasionales, verdaderas cartas, no la proclamación
oficial del evangelio, que san Pablo supone siempre que ha
tenido lugar anteriormente. La transmisión de la tradición
evangélica se había realizado en el curso de la misión directa
en las comunidades, como una actividad apostólica
específica. Eso explica que san Pablo no tenga que recurrir a
ello sino ocasionalmente, y que cuando lo hace, se contente
con «recordar» algo que sus fieles ya han recibido y conocen
perfectamente. De ahí que también las «citas» conserven un
cierto carácter alusivo.

En cuanto a la segunda cuestión, hay que tener en cuenta un


hecho de vital importancia, incluso para la recta comprensión
de lo que es la tradición evangélica. Gran parte del material
narrativo contenido en los evangelios era inutilizable en unos
escritos como las cartas paulinas. Episodios como los
milagros o las controversias estaban tan arraigados en el
misterio terreno de Jesús que difícilmente podían tener cabida
en el marco de un escrito doctrinal o exhortativo. Su lugar era,
justamente, la tradición sobre Jesús, el relato de su vida y de
su obra, algo que formaba necesariamente parte de la
instrucción de los apóstoles a sus comunidades, pero como
una actividad perfectamente diferenciada: relatar y transmitir
la tradición sobre Jesús. De esa tradición, sólo las palabras y
las enseñanzas de Jesús podían fácilmente sacarse de su
contexto y servir de base a desarrollos doctrinales o
exhortaciones morales.

En conclusión, san Pablo no pensaba en Jesús en calidad de


historiador, como una persona del pasado. Ciertamente,
conoce la gran tradición sobre la vida, las palabras, la muerte
y la resurrección de Jesús, pero no trata todo ello como algo
del pasado; lo propone como realidad del Jesús vivo. Para
san Pablo, las palabras y las acciones de Jesús no
pertenecen al tiempo histórico, al pasado. Jesús vive ahora y
habla ahora con nosotros y vive para nosotros. Esta es la
verdadera forma de conocer a Jesús y de acoger la tradición
sobre él. «También nosotros debemos aprender a conocer a
Jesús, no según la carne, como una persona del pasado, sino
como nuestro Señor y Hermano, que está hoy con nosotros y
nos muestra cómo vivir y cómo morir [72].

2. Pablo, el «apóstol de los gentiles»

Conocemos por varias fuentes la visión que tuvo Pablo de


Cristo y su mística religiosa: su experiencia de
Damasco, como encendimiento inicial, como fuente fecunda
que continúa brotando por toda su vida con fuerza no
disminuida; la corriente de la tradición, que le unía con la
primitiva Iglesia; el profundo estudio del Antiguo
Testamento, a cuya luz medita los nuevos hechos, y cuya
obscuridad, al contrario, se le esclarece por la nueva luz del
Evangelio. Lo que él sabía del Antiguo Testamento, como
doctor en las Escrituras, desde la creación del mundo y la
vocación de Abraham, se juntaba con la nueva revelación de
Jesús para formar una admirable armonía que le llenaba de
atónita adoración.

Pero ¿por qué san Pablo afirma con tanta convicción que él
es también apóstol? ¿Qué relación tuvo san Pablo con los
Doce apóstoles escogidos directamente por el Señor?
«Aunque era prácticamente contemporáneo de Jesús de
Nazaret —dice el Papa—, nunca tuvo la oportunidad de
encontrarse con él durante su vida pública. Por eso, tras
quedar deslumbrado en el camino de Damasco, sintió la
necesidad de consultar a los primeros discípulos del Maestro,
que él había elegido para que llevaran su Evangelio hasta los
confines del mundo» [73]. Las relaciones con los Doce
estuvieron siempre marcadas por un profundo respeto y por la
franqueza que en san Pablo derivaba de la defensa de la
verdad del Evangelio.

Siguiendo a los Evangelios, solemos identificar los Doce con


el título de Apóstoles, para indicar a aquellos que eran
compañeros de vida y oyentes de las enseñanzas de Jesús.
Pero también san Pablo se siente verdadero apóstol y, por
tanto, parece claro que el concepto paulino de apostolado no
se restringe al grupo de los Doce. Obviamente, san Pablo
sabe distinguir su caso personal del de "los apóstoles
anteriores" a él [74]: a ellos les reconoce un lugar totalmente
especial en la vida de la Iglesia.

Sin embargo, como todos sabemos, también san Pablo se


considera a sí mismo como apóstol en sentido estricto. Es un
hecho que, en el tiempo de los orígenes cristianos, nadie
recorrió tantos kilómetros como él, por tierra y por mar, con la
única finalidad de anunciar el Evangelio [75]. San Pablo no
fue el que inició la acción misionera de la Iglesia fuera de
Palestina, en el mundo gentil; así lo dice ya el simple hecho
de que su conversión tuvo lugar cuando se dirigía a Damasco
para actuar contra los judíos de esta ciudad que habían creído
en Jesús. Y, además, durante sus viajes misioneros por
Chipre, Asia Menor y Grecia, según narra san Lucas en el
libro de los Hechos de los Apóstoles, san Pablo presenta
primero el Evangelio de Jesucristo a las comunidades judías
de las ciudades que visita, y en muchas ocasiones da la
impresión de que a través de estos judíos de la Diáspora es
como quiere llegar a los paganos; pero no para crear una
comunidad religiosa nueva, distinta de la que formaba el
pueblo de Israel, sino para insertar a los gentiles en el pueblo
de Dios, el verdadero Israel, que es la Iglesia.

a) ¿El principal título de Pablo?.- El título que más se utiliza


para referirse a san Pablo es quizá el de Apóstol de los
gentiles. Título ciertamente acertado por dos motivos
principales: el mismo Pablo lo coloca en el encabezamiento
de sus cartas, y, además, es el apóstol que más información
poseemos —entre los no judíos— de la actividad apostólica
fuera de Palestina [76].

Es verdad que Pablo, a pesar de llamarse «apóstol de los


gentiles», necesitaba anunciar el Evangelio también a los
judíos. Por eso en sus viajes de misión, en cada ciudad que
visita, comienza su actividad apostólica en la sinagoga; y este
pertinaz afán por llevar primero a sus hermanos de raza las
insondables riquezas de Cristo. La actividad apostólica de san
Pablo entre los judíos —en su mayoría judíos de la
Diáspora— viene muy bien reflejada en el relato lucano de
Hechos cuando leemos: «Discutía cada sábado en la
sinagoga, y se esforzaba por persuadir a los judíos y a los
griegos. Pero cuando Silas y Timoteo bajaron de Macedonia,
Pablo andaba ocupado enteramente en la predicación de la
palabra, testificando a los judíos que Jesús era el Mesías.
Pero, como ellos le hiciesen oposición y respondiesen con
ultrajes, él, sacudiendo sus vestidos, les dijo: 'Vuestra sangre
recaiga sobre vuestra cabeza: yo, inocente de esa sangre,
desde este momento me dirigiré a los gentiles'. Y
trasladándose de allí, entró en la casa de uno llamado Tito
Justo, que adoraba a Dios cuya casa estaba contigua a la
sinagoga» [77].

Las palabras que san Lucas pone en boca de san Pablo


pueden parecer duras, como si reflejaran una hostilidad entre
los primeros cristianos y los judíos. En realidad, sin embargo,
tras ellas se esconde una honda pena, la misma que el propio
san Pablo expresa en su carta a los Romanos cuando dice:
«Hermanos, la inclinación de mi corazón y mi oración a Dios
es a favor de ellos (= de los judíos) para su salvación» [78]. Y
también la fórmula que emplea san Pablo en el relato de
Hechos parece hiriente: «Vuestra sangre recaiga sobre
vuestra cabeza». Pero se trata de una fórmula frecuente en el
judaísmo para expresar la culpabilidad o responsabilidad. El
que aquí san Lucas la ponga en labios de san Pablo [79]
viene a decir que el Apóstol no se dirigía a los judíos con un
interés personal, sino con el deseo de enriquecerlos con la fe
en Jesús; al no acoger la palabra del Apóstol, los perjudicados
serán ellos, no él. Por eso quiere afirmar con toda claridad: los
culpables de la pérdida que ese rechazo les acarrearía serán
ellos mismos; san Pablo proclama su inocencia en este punto.
«Pablo no entendió nunca la revelación que Dios le hizo de
Jesucristo y la Buena Nueva del Evangelio, que deriva de ella,
como una ruptura con el judaísmo: la vocación a la que Dios
le llamó a ser apóstol de los paganos forzó a Pablo a
convertirse al Dios que era ya suyo» [80].

Por lo que se refiere a la insistencia con que san Lucas


presenta a san Pablo predicando en las sinagogas de los
judíos, predicación que es interrumpida violentamente por
éstos, tenemos un testimonio elocuente en la segunda carta a
los Corintios. En la larga lista de trabajos y fatigas que le ha
costado su acción misionera, san Pablo dice: «Cinco veces
recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno» [81]. No hace
falta demostrar que el delito por el cual las autoridades de las
comunidades judías de la Diáspora aplican a san Pablo la
pena de la flagelación no es un delito común, sino religioso.
La mejor descripción de este delito es la que nos ofrece san
Lucas en las palabras que Santiago y los presbíteros de
Jerusalén dicen al Apóstol cuando llega a la ciudad santa al
regreso de su tercer viaje [82]. Es importante entender bien la
situación que suponen estas palabras de las autoridades
judeo-cristianas de Jerusalén a san Pablo (cfr. Hch 21,18-24).

En primer lugar, sería inexacto leer en ellas simplemente un


recelo de los cristianos de Palestina, que naturalmente eran
judíos de raza, frente a la acción misionera de san Pablo entre
los gentiles; y más inexacto todavía pretender que aquí se
habla de hostilidad, próxima incluso a la ruptura, de los
dirigentes de la Iglesia de Jerusalén contra san Pablo. La
acusación contra éste de que aquí se habla no viene de los
cristianos, sino de los judíos que no habían abrazado la fe en
Jesús, que incluso se oponían violentamente a ella por celo
de Dios.

En segundo lugar, los cristianos de Palestina, por una práctica


inmemorial, estaban más apegados, como es lógico, a las
tradiciones judías que los judíos de la Diáspora. Estos, por
ejemplo, no podían participar en el culto del templo con la
asiduidad de los que vivían en Judea; su culto era en realidad
el de la sinagoga, aunque siguieran venerando Jerusalén
como la ciudad santa y acudiesen a ella alguna vez, en
peregrinación. Al mismo tiempo, lo que es muy importante, los
cristianos de Palestina necesitaban evitar choques con los
judíos no cristianos, especialmente con las autoridades
religiosas de Jerusalén; sólo una actitud prudente respecto a
la religiosidad judía —estrechamente unida al sentimiento
nacional— podía evitar a los cristianos de Judea y Palestina la
hostilidad y la persecución abierta. Era natural, por tanto, que
los dirigentes de la Iglesia de Jerusalén sintieran
preocupación por las acusaciones formuladas contra san
Pablo: que exhortaba a apostatar del judaísmo, a romper con
la práctica de la circuncisión y otras tradiciones judías [83].
b) Pablo y los judíos de la Diáspora.- Hay algunos (o
muchos) que no le creen. Como estamos viendo, la primera
vez que san Pablo habla de su apostolado entre los gentiles lo
hace precisamente para aludir a las dificultades que los judíos
no creyentes crean a su misión. Se trata de un pasaje de su
primera carta a los Tesalonicenses, que es también la primera
que escribió. Según el relato de san Lucas en Hechos, san
Pablo llegó a Tesalónica, capital de la provincia de
Macedonia, desde Filipos, en su segundo viaje. La comunidad
judía de la ciudad tenía su sinagoga, y san Pablo, según su
costumbre, acudió a la reunión y durante tres sábados predicó
en ella, exponiendo a partir de las Escrituras cómo el Mesías
debía padecer y resucitar de entre los muertos, y que Jesús
era el Mesías anunciado. El éxito de la predicación de san
Pablo entre los judíos y los griegos simpatizantes o prosélitos
del judaísmo hace que los judíos, llenos de celo y sin creer la
doctrina de Pablo, se aprovechan de algunos hombres
maleantes —y camorristas podíamos decir hoy—, alborotando
la ciudad. Los que habían creído en Jesús, en cambio, por la
predicación de su Apóstol lo esconden y, por la noche, le
ayudan a escapar [84].

El relato de san Lucas contiene tal número de precisiones —


imposibles de reconstruir si se. tratara de una obra escrita
muchos años después de los hechos—, que los estudiosos
modernos ven en ello una garantía de historicidad. Pero por si
esto fuera poco, la narración de san Lucas coincide con la
descripción que san Pablo hace de su actividad en
Tesalónica. He aquí sus propias palabras: «Vosotros,
hermanos, os hicisteis imitadores de las Iglesias de Dios que
están en la Judea en Cristo Jesús, pues las mismas cosas
padecisteis vosotros de vuestros compatriotas que ellos de
parte de los judíos; los cuales, además de matar al Señor
Jesús y a los profetas, también a nosotros nos persiguieron;
que no agradan a Dios y son contrarios a todos los hombres;
que nos estorban a nosotros a predicar a los gentiles para que
se salven, obstinados siempre en colmar la medida de sus
pecados» [85]. Si estas palabras del propio san Pablo vienen
a ratificar las de san Lucas cuando narra la predicación del
Apóstol en Tesalónica y su brusca interrupción por obra de los
judíos que no habían acogido su Evangelio, en el relato de
san Lucas hay un dato que merece ser destacado: lo que
mueve a los judíos de Tesalónica a actuar contra san Pablo y
su colaborador Silas es el celo, el celo de Dios, o de la ley,
que es una misma cosa. Este celo, en efecto, les hace ver en
el proselitismo de san Pablo, tanto entre judíos de raza como
entre paganos —griegos— más o menos adheridos a la
religión judía —los llamados «adoradores o temerosos de
Dios»—, una provocación a la apostasía.

Dicho de otra manera, san Pablo ha pasado de perseguidor a


perseguido, el Apóstol padece ahora la acción del mismo celo
que lo había llevado a él a perseguir a la Iglesia de Dios [86].
En ambos casos [87], la concisión con que se expresa san
Pablo no merma en nada el calor de su lenguaje; tras él se lee
perfectamente lo mismo que de forma explícita le hace decir
el narrador san Lucas en el libro de los Hechos, en el discurso
que pronuncia delante de Agripa II, como parte del proceso
que lo llevará a Roma: «Yo había creído que contra el nombre
de Jesús Nazareno debía oponerme con redoblados actos de
hostilidad; y esto fue lo que hice en Jerusalén, y a muchos de
los santos los encerré en prisiones, con autoridad recibida de
los jefes de los sacerdotes; y cuando eran ajusticiados, yo
contribuía con mi voto; y recorriendo todas las sinagogas,
repetidas veces, ensañándome con ellos, les forzaba a
blasfemar; y enfureciéndome más y más, les perseguía hasta
en las ciudades extranjeras» [88]. Se ha dicho con razón que
primero la predicación del propio Jesús y luego la de los
apóstoles representó un reto muy fuerte para los judíos
piadosos, sinceramente creyentes y celosos de su fe [89].

La historia de san Pablo, perseguidor de la Iglesia por celo de


Dios, es la mejor prueba de ello. Sólo cuando, en el camino
de Damasco, Dios se dignó revelar en él a su Hijo, pudo ver el
deslumbrado Saulo que su celo era insensato, que no le hacía
defender los derechos de Dios, sino todo lo contrario: guerrear
contra Dios. No es de extrañar, por tanto, que san Pablo
dedique en sus cartas amplios pasajes a explicar este
misterio, ofreciendo lo que podríamos llamar una teología de
la incredulidad del judaísmo oficial y la mayoría de los judíos
frente a la predicación de Jesús y de la Iglesia; a pesar de que
ellos eran los destinatarios de las promesas hechas por Dios
a los padres y que vino a cumplir en Jesús de Nazaret.
Por lo que se refiere a la oposición del judaísmo oficial a la
misión de san Pablo entre los gentiles, donde con más amplio
vuelo lo vemos razonar es quizá en la carta a los Efesios,
escrita -como él mismo dice- desde una prisión que padece
por su obra misionera entre los gentiles. No es preciso
demostrar que tras esta prisión a causa de los gentiles se
esconde la acción de unos judíos celosos de Dios. El hecho
de que san Pablo deba insistir tanto en este punto, y sobre
todo el que se esfuerce por dar una justificación teológica de
su obra —que, dice, es obra de Dios— indica que se trata de
un problema que inquietó pertinazmente al Apóstol, y que en
cierto modo lo consideraba natural; de igual modo que habla
como de algo natural de su celo de perseguidor antes que
Dios le concediera el verdadero conocimiento de Jesús y su
Iglesia.

Como se sabe, son muchos los pasajes de las cartas de san


Pablo en que encontramos lo mismo que aquí [90]: largos
párrafos, de redacción a veces tan complicada, que los
traductores modernos vacilan en establecer divisiones dentro
de ellos. Sin embargo, en este pasaje de la carta a los Efesios
las líneas generales del pensamiento del Apóstol son claras
[91]. En esta misma Carta, antes de hablar de su vocación a
la tarea de la incorporación de los gentiles a la Iglesia, san
Pablo expone el contenido de su Evangelio por lo que se
refiere a la relación entre judíos y gentiles, y dice: «Recordad
que un tiempo vosotros, los gentiles según la carne, los
llamados incircuncisión por la que se llama circuncisión -en la
carne, hecha por mano de hombre-, que estabais en aquel
tiempo apartados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de
Israel y extraños a las alianzas, sin esperanza de la promesa,
sin Dios en el mundo; mas ahora en Cristo Jesús vosotros, los
que un tiempo estabais lejos, habéis sido aproximados por la
sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz; el que de los dos
hizo uno y derribó el muro interpuesto de la valla, la
enemistad..., para hacer en sí mismo de los dos (judíos y
gentiles) un solo hombre nuevo, haciendo la paz, y reconciliar
a entrambos en un solo cuerpo con Dios por medio de la cruz,
matando en ella la enemistad; y, venido, anunció paz a
vosotros, que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca
(los judíos); pues por él tenemos abierta la entrada entrambos
en un mismo Espíritu al Padre. Así, pues, ya no sois
extranjeros ni forasteros, sino que sois conciudadanos de los
santos y miembros de la familia de Dios» [92].

Judíos y gentiles, unidos por la fe en Jesucristo, forman juntos


la familia de Dios. Cristo es nuestra paz, el que de dos
pueblos, el gentil y el judío, hizo uno, derribando el muro de
separación. Con este muro, según los exegetas, san Pablo
alude a la barrera que, en el templo de Jerusalén, separaba el
atrio exterior, al que podían entrar los gentiles, y los atrios
interiores, en los que sólo podían entrar los judíos [93].
Rompiendo esta barrera, matando en la cruz la enemistad,
Cristo hizo de los dos pueblos uno solo. Por eso los gentiles
que se convierten a la predicación de san Pablo, de la Iglesia,
no adoptan una religión nueva: entran a formar parte del
verdadero Israel, son la circuncisión no hecha por mano de
hombres, el nuevo pueblo de Dios, del que forman parte todos
los hombres sin distinción de judío o griego.

c) Pablo y los judíos de Jerusalén.- Pablo se encontró


desde el principio con un serio problema. No con los que
antes de ser bautizados se habían convertido al judaísmo; con
estos no había ninguna dificultad. Pero el mayor número se
componía de pagano-cristianos y medio prosélitos, los
llamados «temerosos de Dios», los cuales no habían estado
sino en una débil conexión con el judaísmo. Hacer depender
su admisión en la Iglesia de la circuncisión y de la ley ritual
significaba reducir la Iglesia a la estrechez de la sinagoga y
negar la universalidad de la redención. Admitirlos como medio
cristianos en la Iglesia, al lado de los plenamente cristianos,
que se componían de judíos y de convertidos al judaísmo,
significaba formar en la Iglesia una agrupación exterior y otra
interior, significaba crear prosélitos de la Iglesia y así poner en
medio de la Iglesia cristiana el antiguo muro de separación
como lo tenía el judaísmo.

Pablo se dió cuenta de que no podía permitir que el


cristianismo fuese una religión de raza, cuyo sumo valor
estuviese ligado a la sangre judía. Admitirlos en la Iglesia,
pero evitar la compañía de ellos en la mesa, significaba
hacerlos parias cristianos. Había, pues, al mismo tiempo un
problema religioso y otro social. Pablo fue el que lo conoció en
toda su precisión y lo resolvió. Es, por tanto, una equivocación
de nuestros días considerar a Pablo como agente de la raza
judía, mientras que, al contrario, fue el que abrió camino a la
libertad cristiana y a la universalidad de la Iglesia. Así se
presentó el problema, visto desde Antioquía.

Ahora bien, ¿cuál era el aspecto de la cuestión, visto


desde Jerusalén? En la comunidad cristiana de esta ciudad
vivían aún muchos discípulos que habían sido testigos de
cómo el Señor mismo, nacido bajo la Ley, observó la Ley,
aunque en sentido espiritualizado; que habían oído de su
boca, que no había venido a anular la Ley, que no dejaría de
cumplirse ni una letra de ella; discípulos a quienes las leyes
sobre la pureza e impureza de los manjares, las
prescripciones sobre el sábado, el apartamiento de la
impureza pagana simbolizado y asegurado en el rito de la
circuncisión parecían pertenecer a la más hermosa e
inamisible herencia de sus padres; discípulos que veían en el
cristianismo la más elevada y espiritualizada forma de sus
antiguos usos, la más hermosa florescencia del judaísmo. La
noble raza que había dado al mundo lo sumo, ¿debía acabar
de repente, después de haber llevado su más precioso fruto?
Así pensaban muchos, pero no los apóstoles de primera
elección [94].

La dificultad, por tanto, radicaba en los siguiente: Cristo


resucitado, que había dado el precepto de evangelizar a todos
los pueblos, no había dado ninguna instrucción sobre
las condiciones en que los gentiles debían ser admitidos en la
Iglesia. Las circunstancias de cómo la misión se había de
ejecutar, estaban en la obscuridad. No se sabía si la
enseñanza que recibió Pedro con la visión de Joppe tenía
valor general o sólo valía para un determinado caso de
excepción. Se admitía esto último. Por eso no debemos juzgar
con demasiada severidad a 1a comunidad de Jerusalén, si
tardó en incorporar sin más en la comunidad del Mesías,
como miembros equivalentes, a los fieles que procedían de
los gentiles. Se quería resolver la cuestión caso por caso y
dejarse guiar por los hechos de Dios en la propagación del
Evangelio. Ésta era la opinión de los apóstoles en Jerusalén.
Por eso, ¿qué decir de los «falsos hermanos» o de los
llamados «judaizantes»? Hemos visto por sus propias
palabras cómo san Pablo padece una oposición de los judíos
a causa de su misión entre los paganos, oposición que llegó a
castigos como la flagelación y estuvo también a punto de
llegar a la muerte. Nos resta por ver otra, de menor gravedad,
que le llega de los que él llama «falsos hermanos»: algunos
creyentes de origen judío como él, pero sin su claridad de
ideas respecto a la nueva situación en que la obra de Cristo
colocaba a los gentiles respecto al judaísmo. Estos
judeocristianos suelen designarse con el nombre
de judaizantes, porque el aspecto central de su actitud
consistía en la idea de que los paganos, para alcanzar la
salvación que les ofrecía la Iglesia, debían antes hacerse
judíos: recibir la circuncisión y observar las prescripciones de
la ley judía.

No siempre se distingue bien, en las cartas de san Pablo,


entre pasajes en que defiende a los fieles de sus
comunidades de una acción evangelizadora cristiana no
conforme al Evangelio, falsos hermanos o falsos profetas por
su heterodoxia; y pasajes en que debe proteger la fe de sus
evangelizados frente a ataques de judíos no convertidos, los
judaizantes. Esto es causa de que la interpretación de ciertos
pasajes resulte poco clara.

Así, por ejemplo, en el tercer capítulo de la Carta a los


Filipenses los adversarios del Apóstol son sin duda judíos que
habían rechazado a Jesús, no cristianos de origen judío que
intentan judaizar a los gentiles convertidos. Lo mismo parece
que debemos decir en cierto modo de la Carta a los
Romanos, en la que se halla continuamente presente el
problema de judíos y gentiles dentro de la Iglesia. Aunque la
carta no fuese escrita por el Apóstol para defenderse de
adversarios concretos, que ponían en peligro la fe de los
cristianos de Roma, es claro que la amplia exposición
teológica que contiene está pensada sobre la situación que en
la Iglesia naciente creaba la existencia de judíos que habían
rechazado el Evangelio junto a judíos y paganos que lo
habían acogido. La situación que tiene ante los ojos san Pablo
al escribir esta extensa carta no es siempre la nacida por la
acción de judeo-cristianos judaizantes. Hay pasajes que se
entienden mucho mejor, o que sólo son inteligibles, si la
situación que suponen es la dificultad que creó a los judíos
que habían creído en Jesús la hostilidad de un judaísmo que,
en cuanto religión oficial del pueblo judío, veía en la fe
cristiana una apostasía.

Donde más claramente vemos a san Pablo defendiendo su


condición de Apóstol de los gentiles frente a cristianos
judaizantes es en la carta a los Gálatas. Esta carta es la de
tono más polémico de todas las de san Pablo. También las
dos a los Corintios contienen pasajes de briosa polémica,
pero junto a ellos hay otros en que el tono es suave,
rebosante incluso de ternura. En cambio la carta a los Gálatas
es toda ella un enérgico alegato. Que los adversarios del
Apóstol son aquí cristianos, judeo-cristianos, no judíos,
aparece claro en uno de los argumentos que presenta para
defenderse de la acusación de que el Evangelio predicado por
él no es el Evangelio de Jesucristo, el que predica la Iglesia
[95].

d) ¿Pablo predica un evangelio al gusto de los


hombres?.- En la carta a los Gálatas, san Pablo se defiende
de la acusación de predicar «un Evangelio conforme al gusto
de los hombres» [96]. Para ello, en el pasaje citado, narra dos
hechos que demuestran su conformidad con las autoridades
supremas de Jerusalén: que Tito, cristiano de origen gentil, no
fue obligado a circuncidarse cuando subió con él a Jerusalén;
que Santiago, Pedro y Juan, las columnas de la Iglesia, les
dieron la mano a él y a Bernabé en señal de aprobación. La
conclusión es clara: al no exigir la circuncisión a los paganos
que acogían su predicación, san Pablo no anuncia un
Evangelio propio, adaptado al gusto de los hombres, sino el
Evangelio de Jesucristo, el que predica toda la Iglesia y por el
que velan los que son columnas" de este edificio.

Pero antes de ofrecer este argumento externo sobre su


fidelidad al único Evangelio, san Pablo proclama un hecho
fundamental, que viene a ser el argumento decisivo: su
apostolado no es una obra que él emprendió por iniciativa
propia [97]. No es ésta la única ocasión en que san Pablo
recurre a hechos de su vida para construir su argumentación.
En este caso, la evocación de su fidelidad celosa a las
tradiciones judías, que lo llevó a perseguir a la Iglesia, está
diciendo: humanamente es inexplicable que un judío tan
celosamente judío como Saulo llegase a la conclusión de que
la circuncisión no era necesaria para la salvación que Dios
ofrecía a los hombres en Jesús de Nazaret por medio del
Evangelio.

Desde el punto de vista de un judío tan celoso, semejante


conclusión sería una apostasía, un negar al Dios vivo y
verdadero. Por tanto, la única explicación de que san Pablo, el
judío celoso y fariseo, predicase una doctrina como ésta sólo
podía ser: el mismo Dios cuyos derechos defendía
celosamente el fariseo Saulo se había dignado revelar en él a
su Hijo. Un cambio tan radical —está diciendo entre líneas—
no puede ser obra de hombres, de «la carne y la sangre»,
para emplear su propia expresión.

«Admirad también el comportamiento de San Pablo —escribe


san Josemaría—. Prisionero por divulgar el enseñamiento de
Cristo, no desaprovecha ninguna ocasión para difundir el
Evangelio. Ante Festo y Agripa, no duda en declarar:
"ayudado del auxilio de Dios, he perseverado hasta el día de
hoy, testificando la verdad a grandes y pequeños, no
predicando otra enseñanza que aquella que Moisés y los
profetas predijeron que había de suceder: que Cristo había de
padecer, y que sería el primero que resucitaría de entre los
muertos, y había de mostrar su luz a este pueblo y a los
gentiles" [98]. El Apóstol no calla, no oculta su fe, ni su
propaganda apostólica que había motivado el odio de sus
perseguidores: sigue anunciando la salvación a todas las
gentes. Y, con una audacia maravillosa, se encara con Agripa:
"¿crees tú en los profetas? Yo sé que crees en ellos" [99].
Cuando Agripa comenta: "poco falta para que me persuadas a
hacer cristiano, contestó Pablo: pluguiera a Dios, como deseo,
que no solamente faltara poco, sino que no faltara nada, para
que tú y todos cuantos me oyen llegaseis a ser hoy tales cual
soy yo, salvo estas cadenas" [100]» [101].

e) La actitud narrativa de san Lucas.- Esta defensa de su


apostolado y de su Evangelio entre los gentiles, formulada
aquí con gran sobriedad por san Pablo, es idéntica a la que
hace san Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles,
especialmente en los ocho capítulos finales, dedicados al
largo proceso del Apóstol [102].

Por tanto, san Lucas sólo una vez ofrece lo que podríamos
llamar una muestra de la predicación misionera de san Pablo
a judíos y gentiles. En el resto de los casos, al describir la
acción evangelizadora del Apóstol, sin duda da por supuesto
que el lector puede imaginarse que la predicación
mencionada se realiza con los mismos moldes presentados
por extenso al narrar su actividad en Antioquía y Atenas [103].
Ante este cuidado por evitar repeticiones innecesarias, el
hecho de que san Lucas narre tres veces la conversión de
san Pablo llama mucho la atención [104]. En el primer caso, la
narración está hecha directamente por san Lucas: el que
habla es el autor del libro; en los otros dos, el relato está
puesto en boca de san Pablo dentro de sendos discursos: uno
pronunciado ante los judíos, amotinados contra él en la
explanada del templo de Jerusalén, y otro ante el rey Agripa
II; y en ambos casos la narración forma parte esencial de la
defensa que san Pablo hace de sí mismo frente a las
acusaciones que los judíos presentan contra él: que fomenta
la apostasía del judaísmo. Pero lo curioso es que san Pablo
propiamente no se detiene en proclamar la falsedad de estas
acusaciones: lo que hace es justificar su acción misionera
entre judíos y gentiles, haciendo ver que quien la ha puesto
en marcha es el mismo Dios. Así se explica, en primer lugar,
que, cuando es él mismo quien narra, comience afirmando
enfáticamente su escrupulosidad de judío piadoso antes de su
vocación [105].

Pasando a la narración debemos señalar un dato importante:


en los tres casos, lo que en realidad tenemos no es un relato
de la conversión de san Pablo, sino de su vocación al
apostolado. Esta, naturalmente, es inconcebible sin la
primera; pero lo que los relatos de san Lucas destacan, y con
fuerte énfasis, es la llamada de Dios, que hace del
perseguidor un apóstol. Así resalta sobre todo en el c.22,
donde leemos: «Y cierto Ananías, hombre piadoso según la
ley, recomendado por todos los judíos que allí (= en
Damasco) habitaban, viniendo a mí y puesto a mi lado, me
dijo: "Saúl, hermano, recobra la vista". Y yo, en el mismo
instante, recobrada la vista, miré hacia él. Y él dijo: "El Dios de
nuestros padres te eligió para que conocieras su voluntad y
vieras al Justo y oyeras la voz de su boca; pues le serás
testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído"»
[106]. Dos cosas merecen ser destacadas en este pasaje del
relato de san Lucas.

De Ananías, por una parte, el que comunica a san Pablo la


misión para la que lo había elegido Dios, era «un hombre
piadoso según la ley, recomendado por todos los judíos (no
sólo los cristianos) que habitaban en Damasco». Es decir: en
el comienzo de la acción misionera de san Pablo como
Apóstol de los gentiles interviene como mediador de Dios un
judío fiel, de estricta observancia, como pueden testificar
todos los judíos de Damasco. Por otra parte, al comunicar a
san Pablo el mensaje de Dios, Ananías se expresa con un
lenguaje muy significativo: «El Dios de nuestros padres te ha
elegido». Dicho con otras palabras: la vocación de san Pablo
es obra del Dios de Israel, del Dios contra el que los judíos de
Jerusalén creen que está actuando el Apóstol en su obra
misionera; por tanto, la misión entre los gentiles y el Evangelio
sin circuncisión que san Pablo predica son obra del Dios de
Israel [107]. Una vez más, el narrador san Lucas está en
perfecta armonía con lo que dice san Pablo mismo, y su
lenguaje utiliza procedimientos que también encontramos en
el Apóstol para expresar la misma idea [108].

f) Conclusiones.- Todo esto nos permite comprender mejor


dos cosas que a primera vista, al leer hoy las cartas de san
Pablo fuera de la situación en que fueron escritas, pueden
extrañar: por qué defiende con tanta energía su Evangelio y
su condición de apóstol, y por qué su misión entre los gentiles
le creó tan fuerte hostilidad de parte de los judíos [109]. En
cuanto a lo primero, el ardor que san Pablo pone en su
defensa está justificado por dos motivos: la misión entre los
gentiles era parte de los planes salvadores de Dios; a través
de ella, el mismo Dios que había hecho de Israel su pueblo
escogido quería llevar ahora a todos los hombres las
insondables riquezas de Cristo. Por tanto, cualquier acción -
de judíos no creyentes o cristianos judaizantes- que intentase
poner trabas a la misión entre los gentiles era a la vez una
acción contra el mismo Dios y contra la gran masa de los
pueblos gentiles, a los que así se robaba una riqueza a la que
tenían derecho.

En cuanto al hecho de que la misión entre los gentiles


acarrease a san Pablo una tenaz oposición por parte del
judaísmo que podíamos llamar oficial, lo expuesto nos permite
comprenderlo en su raíz. El Apóstol de los gentiles no predica
una fe o una religión nueva, cuyos adeptos son
exclusivamente paganos; en tal caso, las autoridades judías,
en su papel de defensoras de la ortodoxia, no habrían tenido
nada que objetar. Lo que la predicación de san Pablo -y de la
Iglesia en general- quiere lograr es la inserción de los gentiles
en Israel, en el pueblo de Dios, proclamando una fe en Jesús
de Nazaret a la que se había opuesto el alto tribunal judío,
que lo condenó como blasfemo, y rompiendo con tradiciones
que un judío celoso consideraba esenciales a la religión judía.
Como el propio san Pablo antes que Dios se dignara revelar
en él a su Hijo, cuando -como él mismo dice- sólo conocía a
Cristo según la carne (2 Co 5,16), humanamente era natural
que un judío celoso de Dios luchase contra este judío, de la
estricta secta de los fariseos, que se llamaba a sí mismo
«apóstol de los gentiles».

Para cesar en esta lucha contra él necesitaba convencerse de


que era el mismo Dios de sus padres quien había separado
para sí a san Pablo para encomendarle la obra de la salvación
de los gentiles, que san Pablo estaba haciendo realidad las
palabras de Dios a Abrahán, en que se expresaba la razón de
ser de Israel: por él serían benditas todas las naciones de la
tierra.

3. San Pablo y los Doce Apóstoles

¿Cómo fueron las relaciones entre San Pablo y los Doce


Apóstoles? Es lógico que nos hagamos esta pregunta, porque
Pablo desde el primer momento se siente «apóstol de
Jesucristo», y en particular, como hemos visto, «apóstol de
los gentiles». Pues bien para mostralo acudimos a dos de sus
cartas: Gálatas y primera Corintios. ¿Por qué son clave para
encontrar la respuesta en estos dos documentos? Porque en
Gálatas, habla Pablo de las «columnas de la Iglesia» para
referirse a Pedro, Juan y Santiago que viven en Jerusalén. Y
después abordaremos la cuestión de la traditio, es decir la
tradición que recibe el Apóstol y que era algo vivo en aquella
primitiva comunidad cristiana y que él transmite con fidelidad
a sus comunidades.

El Evangelio, en cuanto proclamación de la salvación


realizada por Dios en Cristo, puede denominarse Evangelio
de Dios [110]. Evangelio de Cristo [111] en una ocasión se
denomina Evangelio de su (de Dios) Hijo [112]. Es palabra de
Dios [113], palabra de la fe [114]. La predicación viene «a
través de la palabra de Cristo», se apoya en su palabra [115].
Desde la perspectiva de los predicadores, Pablo puede hablar
de «nuestro Evangelio» [116], «mi Evangelio» [117].

Se puede suponer que, al calificar el Evangelio desde su


relación con Dios, el anuncio de ese Evangelio se contempla
como acontecimiento de salvación, mientras que, al calificarlo
desde su relación con Jesucristo, se tienen en cuenta más
bien los contenidos. Pablo o los otros predican [118] a
Jesucristo, el Hijo de Dios, el Señor, el crucificado.

a) Pablo con las "columnas" de la Iglesia.- El Evangelio


juega con las paradojas. Lo hemos visto ya antes. Ahora se
presenta de nuevo algo que parece una contraposición, pero
que no lo es. ¿Es posible ser fiel a la tradición y a la vez estar
abierto a lo nuevo, a lo distinto, a lo inesperado? ¿Es posible
tal espiritu de iniciativa en Pablo y a la vez estar muy unido a
las «columnas de la Iglesia»? El Evangelio lo consigue. La
buena noticia de Jesucristo, transmitida fiel y creativamente
por san Pablo, sabe sacar lo mejor de la tradición de la
Sagrada Escritura y a la vez descubrimos la novedad de vivir
como hijos de Dios.

En la carta a los Gálatas san Pablo elabora un importante


informe sobre los contactos mantenidos con algunos de los
Doce: ante todo con Pedro, que había sido elegido
como Kephas, palabra aramea que significa roca, sobre la
que se estaba edificando la Iglesia [119]; con Santiago, «el
hermano del Señor» [120]; y con Juan [121]: san Pablo no
duda en reconocerlos como "las columnas" de la Iglesia.
Así, pues, el anuncio del Evangelio no es otra cosa que la
proclamación de la salvación universal acontecida en
Jesucristo. Si la posibilidad de asumir esa tarea está abierta
también a los que vienen después, Pablo aparece como
primer receptor de la revelación. Por ello anuncia de un modo
singular en su predicación el Evangelio que le ha sido
revelado. Y en esa tarea alcanza el mismo rango que los que
eran apóstoles antes que él [122] y que, como en el caso de
Cefas y los Doce [123], fueron el fundamento del Evangelio y
dan testimonio de él.

«Particularmente significativo —apunta el Papa Benedicto


XVI— es el encuentro con Cefas (Pedro), que tuvo lugar en
Jerusalén: san Pablo se quedó con él 15 días para
"consultarlo" [124], es decir, para informarse sobre la vida
terrena del Resucitado, que lo había "atrapado" en el camino
de Damasco y le estaba cambiando la vida de modo radical:
de perseguidor de la Iglesia de Dios se había transformado en
evangelizador de la fe en el Mesías crucificado e Hijo de Dios
que en el pasado había intentado destruir [125]» [126].

b) La «traditio apostolica»: "Yo recibí lo que os he


transmitido".- Ahora bien, ¿qué información tiene Pablo
sobre Jesús, en los tres años siguientes a su conversión?
La TRADITIO, así con letras mayúsculas tiene que ver con la
transmisión. Se transmite siempre lo que se aprecia y se
valora; se oculta, por el contrario, lo que se considera
inservible, atrasado, injustificable.

Pablo era un hombre de la segunda generación cristiana. Él


encontró ya configurada de algún modo una fe cristiana, que
había fraguado en formas tradicionales y que ha llegado a
nosotros envuelta en esas fórmulas. Es muy probable que, ya
en su época precristiana, cuando perseguía a la Iglesia,
conociera a grandes rasgos los contenidos de esa fe. Pero
Pablo no recibe el Evangelio por vía de una tradición
transmitida, sino de forma independiente, a través de una
revelación directa [127].

Y es claro que por esa revelación hemos de comenzar. Del


Evangelio que le ha sido revelado habla Pablo en el capítulo
primero de la Carta a los Gálatas, en el contexto de una
confrontación provocada por sus adversarios, en la que se le
discute la autenticidad de su predicación. El se defiende con
vehemencia de las acusaciones de sus enemigos: ser un
hombre de la segunda generación y haber recibido y
aprendido el Evangelio a través de hombres. Frente a ello
afirma Pablo: «Yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno,
sino por revelación de Jesucristo». Tras haberse referido a su
alejamiento del Evangelio y hostilidad frente a él durante su
actividad de perseguidor, mostrando así cuán inesperada y
admirable fue aquella revelación, continúa: «Mas cuando
Aquel que me separó del seno de mi madre y me llamó por su
gracia tuvo a bien revelar en mí [128] a su Hijo, para que lo
anunciase a los gentiles...» [129].

La revelación, pues, como acontecimiento del que Pablo fue


hecho partícipe y que constituye el fundamento de su
Evangelio, tiene que interpretarse como el descubrimiento
definitivo, es decir, como el descubrimiento que estaba fijado
para el final de los tiempos y que determina a su vez ese final;
se trata de un descubrimiento de algo que se hallaba
totalmente oculto hasta entonces. ¿Y de qué se trataba?. El
Evangelio tiene su origen, por tanto, en una revelación de
Jesucristo [130]. Es decir, el Jesucristo que se le ha revelado
es su Evangelio. Y, sin embargo, esa afirmación concentrada
se adecúa muy bien a su objeto, pues en la revelación de
Jesucristo como resucitado y exaltado ha acontecido la
salvación definitiva y universal.

Se trata, claro, del mismo Evangelio, que tiene su origen en la


revelación de Jesucristo. Pablo está profundamente
convencido de que sólo puede haber un Evangelio. Desde
este convencimiento sobre la unicidad del Evangelio cita la
fórmula de fe de 1 Co 15,3-5, que incluye la muerte y la
resurrección de Cristo y que constituye para él el Evangelio de
los «primeros apóstoles» [131]. Hay que tener en cuenta que,
salvo el riesgo de que se silencie y de que, como
consecuencia, no sea testimoniado, el acontecimiento
revelador tiene que expresarse a través del lenguaje; es más,
debe ser un lenguaje que se mantenga incluso en su
expresión literal (15,2) [132].
La «transmisión de la fe» es hoy uno de los temas estrella en
la pastoral de la Iglesia [133]. San Pablo recuerda dos
grandes «tradiciones» fundamentales y, además,
irrenunciables. Una es la tradición-transmisión de
la Resurrección de Jesucristo. De hecho, si una persona no
recibe la noticia de que Cristo está vivo, no podrá comprender
el misterio salvífico. La resurrección de Jesús es el núcleo del
mensaje de la Iglesia, de su kerygma[134]. La otra tradición,
también con mayúsculas, es la Eucarística [135]. Las
comunidades cristianas continúan con la memoria viva que el
Señor les ha encomendado. El «haced esto en memoria mía»
sigue siendo la tradición irrenunciable de la Iglesia. Pablo así
nos lo transmitió entonces y así lo sigue transmitiendo hoy la
Iglesia.

c) La "traditio" sobre la Resurrección del Señor y las


apariciones del Resucitado.- Un texto importante de
la traditio sobre la Resurrección, nos transmite la fórmula de
fidelidad, que será idéntica a la eucarística. San Pablo
escribe: «Os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí:
que Cristo murió por nuestros pecados, según las
Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día,
según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los
Doce» [136].

También en esta tradición transmitida a san Pablo vuelve a


aparecer la expresión «por nuestros pecados», que subraya la
entrega de Jesús al Padre para liberarnos del pecado y de la
muerte. De esta entrega san Pablo saca las expresiones más
conmovedoras y fascinantes de nuestra relación con Cristo:
«A quien no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por
nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él»
[137].

En el kerygma (anuncio) original, transmitido de boca a boca,


merece señalarse el uso del verbo "ha resucitado", en lugar
de "fue resucitado", que habría sido más lógico utilizar, en
continuidad con el "murió" y "fue sepultado". La forma verbal
"ha resucitado" se eligió para subrayar que la resurrección de
Cristo influye hasta el presente de la existencia de los
creyentes: podemos traducirlo por "ha resucitado y sigue vivo"
en la Eucaristía y en la Iglesia [138].
Habría que añadir otra «traditio» La que refiere al testimonio
sobre las apariciones del Resucitado. En efecto, la
enumeración de las apariciones del Resucitado a Cefas, a los
Doce, a más de quinientos hermanos, y a Santiago se cierra
con la referencia a la aparición personal que recibió san Pablo
en el camino de Damasco: «Y en último término se me
apareció también a mí, como a un abortivo» [139]. «La
metáfora del aborto expresa una humildad extrema, comenta
Benedicto XVI; se la vuelve a encontrar también en la carta a
los Romanos (9,2) de san Ignacio de Antioquía: "Soy el último
de todos, soy un aborto; pero me será concedido ser algo, si
alcanzo a Dios". Lo que el obispo de Antioquía dirá en
relación con su inminente martirio, previendo que cambiaría
completamente su condición de indignidad, san Pablo lo dice
en relación con su propio compromiso apostólico: en él se
manifiesta la fecundidad de la gracia de Dios, que sabe
transformar un hombre cualquiera en un apóstol espléndido.
De perseguidor a fundador de Iglesias: esto hizo Dios en uno
que, desde el punto de vista evangélico, habría podido
considerarse un desecho [140].

«Dado que él había perseguido a la Iglesia de Dios, en esta


confesión expresa su indignidad de ser considerado apóstol al
mismo nivel que los que le han precedido: pero la gracia de
Dios no fue estéril en él [141]. Por tanto, «la actuación
prepotente de la gracia divina une a san Pablo con los
primeros testigos de la resurrección de Cristo: "Tanto ellos
como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis
creído" [142]. Es importante la identidad y la unicidad del
anuncio del Evangelio: tanto ellos como yo predicamos la
misma fe, el mismo Evangelio de Jesucristo muerto y
resucitado, que se entrega en la santísima Eucaristía» [143].

d) La traditio sobre la eucaristía.- Entre los muchos dones


recibidos por la comunidad de Corinto [144], uno es
precisamente el de la Eucaristía. San Pablo dedica un largo
capítulo tanto a recordar la tradición que él ha recibido como a
amonestar a una comunidad que se empeña en no hacer las
cosas bien.

¿Como lo hizo el Apóstol? En la primera carta a los


Corintios podemos encontrar dos temas que Pablo había
conocido en Jerusalén y que ya habían sido formulados como
elementos centrales de la tradición cristiana, una tradición
constitutiva. Él los transmite verbalmente tal como los había
recibido, con una fórmula muy solemne: «Os transmito lo que
a mi vez recibí». Insiste, por tanto, en la fidelidad a cuanto él
mismo había recibido y que transmite fielmente a los nuevos
cristianos. Son elementos constitutivos y conciernen a la
Eucaristía y a la Resurrección; se trata de textos ya
formulados en los años treinta. Así llegamos a la muerte,
sepultura en el seno de la tierra y a la resurrección de Jesús
[145].

Podemos aproximamos a la celebración de la Eucarisía, tal


como tenía lugar en la primera comunidad cristiana, tanto
desde el libro de los Hechos de los Apóstoles como desde los
relatos de la Última Cena. En los Hechos de los apóstoles, en
tres textos, recibe el nombre de «fracción del pan».
1º) Rasgos de las celebraciones eucarísticas: En un sumario
de la vida de la primitiva comunidad de Jerusalén, Lucas
subraya cuatro rasgos: «Eran constantes en (1) escuchar la
enseñanza de los apóstoles (2) en la unión fratema, (3) en
partir el pan y (4) en las oraciones» (Hch 2,42).
2º) Celebración en casa particulares: En él debemos destacar
que la Eucaristía se celebra en pequeñas comunidades, en
las casas particulares que algunos miembros ponían a
disposición de la comunidad; de la misma forma, Lucas insiste
en la alegría y en la sencillez: «Todos los días acudían juntos
al templo, partían el pan en las casas, comían juntos con
alegría y sencillez de corazón» (He 2,46). Y 3º) La celebración
del domingo: Hay un episodio característico que confirma el
uso de la celebración eucarística en las casas particulares, y
además en día de domingo. En su tercer viaje misionero, al
volver a Jerusalén, Pablo se detiene siete días en Tróade y se
reúne con la comunidad. Allí tiene lugar el suceso del
accidente y posterior resucitación de un joven: «El primer día
de la semana nos reunimos para partir el pan. Pablo, que
debía marcharse al día siguiente, estuvo hablando con ellos
hasta media noche» (Hch 20,7).

La Eucaristía, en efecto, es el gran don de Dios a su Iglesia.


Forma parte de la tradición que pasa de generación en
generación con la fidelidad en el espíritu en que fue instituida
[146]. Ya san Pablo descubrió la importancia de mantener
fielmente el relato que se remonta al Señor y a la vez la
necesidad de preservarlo de las contaminaciones y
escándalos que podían adulterarlo. En este complejo contexto
debemos situar la celebración de la Eucaristía y contemplar
su significado profundo en la vida de la Iglesia. En primer
lugar, porque es signo máximo del amor fraterno, ya que no
se puede celebrar destruyendo la comunidad en grupos.
Tampoco se puede celebrar cuando se humilla al pobre que
no tiene casi qué comer ni al débil en la fe. Pablo mostrará
una sensibilidad especial por los débiles en la fe en el
conflicto de la carne sacrificada a los ídolos, cuando renuncia
a su libertad personal para no escandalizarlos. Ante los dones
carismáticos espectaculares de algunos miembros que
ofendían a la comunidad, él propone el camino del amor.

Pero, en su Carta a los Corintios, Pablo no sólo nos transmite


uno de los cuatro relatos de la institución de la Eucaristía que
poseemos, sino que además nos da cuenta de las dificultades
de aquella comunidad para celebrarla bien [147]. Corinto era
una comunidad dividida. Ya al comienzo de la carta, san
Pablo tiene que enfadarse y les reprende porque está dividida
en «grupos rivales» según la persona que les ha anunciado el
Evangelio: «Me he enterado de que existen discordias entre
vosotros. Uno dice "yo soy de Pablo", otro "yo soy de Apolo",
otro "yo soy de Cristo"» [148].

Este suceso se produjo probablemente por influencia de ritos


orientales, que propougnaban que la persona que se
convierte queda unida de forma misteriosa a quien le ha
anunciado el Evangelio. Pablo preguntaba de forma directa:
«¿Acaso Pablo fue crucificado por vosotros?». Reclama así la
única prevalencia de Cristo. Si las escuelas filosóficas
pretendían iniciar en la sabiduría y los judíos en la
observancia de la Ley, Pablo proclamará la única salvación en
la muerte y resurrección de Cristo: «Nosotros predicamos un
Mesías crucificado, escándalo para los judíos, locura para los
paganos» [149].

San Pablo de alguna manera contrapone «dos cenas»: la


«Cena del Señor o fracción del pan» y la «propia cena o
ágape» [150]. La primera reúne a los hermanos en torno a la
mesa eucarística, mientras que la segunda deshace la
comunión. «Cuando os reunís en común, ya no es eso comer
la cena del Señor. Porque cada cual se adelantó a comer su
propia cena». Pablo realiza la denuncia con palabras
contundentes, que no admiten réplica: «Mientras uno pasa
hambre, otro se emborracha». Y concluye con cierto
sarcasmo: «¿Qué os voy a decir? ¿He de felicitaros? En esto
no os puedo felicitar» [151].

La Eucaristía, por tanto, no puede seguir la clasificación


humana por categorías sociales, económicas o culturales.
Hacer esto es muy grave, e imposibilita en la celebración la
humillación de los débiles, de los pobres, de los que no
cuentan a los ojos del mundo. Semejante actitud es un grave
desprecio a la misma Iglesia, dice san Pablo. La unidad entre
Iglesia y Eucaristía es incuestionable [152]. Es más, la Iglesia
está llamada a ser signo visible del amor de Dios en el
mundo, a ser fermento del reino de Dios, sacramento de
salvación... Entonces, ¿cómo tolerar o compaginar una
celebración eucarística donde se va contra lo que se quiere
representar y vivir, o si comulgamos el cuerpo de Cristo a la
vez que rompemos con la Iglesia?

Notas

[1] Benedicto XVI, San Pablo, apóstol de las gentes. El Año


Paulino, Ed. San Pablo, Madrid 2008.

[2] Cfr. Hch 7,58; 8,1; etc.

[3] Cfr. Hch 9,14.17; 22,7.13; 26,14.

[4] Cfr. Hch 13,21.

[5] Cfr. Hch 22,3.

[6] Cfr. Hch 18,3.

[7] Cfr. Hch 20,34; 1 Co 4,12; 2 Co 12,13-14.

[8] Benedicto XVI, Audiencia general, 25-X-2006.


[9] Joseph Fitmyer, Teología de san Pablo, Ed. Cristiandad,
madrid 2008, p. 65.

[10] Ga 2,20.

[11] Ga 6,17.

[12] San Josemaría, Meditación, 28-IV-1963.

[13] Cfr. Benedicto XVI, Audiencia general, 25-X-2006.

[14] Cfr. Miguel de Burgos Núñez, Pablo, predicador del


Evangelio, Edibesa, Salamanca 1999, pp. 7 y ss.

[15] Fil 3,12. Cfr. L. Cerfaux, Jesucristo en san Pablo, Desclée


de Brouwer, Bilbao 1963.

[16] Cfr. 1 Co 9,1.

[17] Cfr. 2 Co 4,6.

[18] Cfr. Ga 1,15-16. Cuatro términos (visión, iluminación,


revelación y vocación) con valor teológico y que se dan
entrelazados en el encuentro de Pablo con Cristo en el
camino de Damasco.

[19] Cfr. Rm 1,1; 1 Co 1,1.

[20] 2 Co 1,1; Ef 1,1; Col 1,1.

[21] Cfr. Fil 3,7-10.

[22] 1 Co 9,22.

[23] Benedicto XVI, Audiencia general, 25-X-2006.

[24] La teología paulina, en la tesis de Baur, había ignorado


deliberadamente las palabras y los hechos de Jesús en
beneficio de una relación directa con Cristo resucitado. Para
Baur y otros autores, esa «relación directa con Cristo
resucitado» introduce en el cristianismo un factor místico que
era —dicen— desconocido para las comunidades de
Palestina. Para ellas Jesús era un rabbí, un maestro, a lo
sumo un profeta, pero en modo alguno lo que sería para
Pablo y el cristianismo posterior. El origen de ese nuevo factor
aparecido en la evolución de la fe cristiana, o de la «religión
paulina», como solía llamarse, es la «experiencia de
Damasco». Experiencia que recibe las más de las veces una
explicación psicológica, y que se hincha de modo que hasta
los más menudos detalles del pensamiento paulino puedan
deducirse fácilmente de ella. Seguimos aquí de cerca: M.
Herranz, San Pablo en sus Cartas, Ed. Encuentro, Madrid
2008, pp. 211-252.

[25] Durante la segunda mitad del siglo XIX y los primeros


años del XX no dejó de repetirse que «hay que considerar a
san Pablo como un segundo fundador del cristianismo» (W.
Wrede). Con su oposición entre el pensamiento paulino y el
de la Iglesia de Jerusalén, Baur había iniciado un debate que
ha tenido ocupada a la ciencia bíblica durante más de siglo y
medio. Un debate que está lejos de haber concluido, pese a la
monotonía evidente con que algunas posiciones han venido
manteniéndose a lo largo de los años.

[26] Refiriéndose a los estudios de la segunda mitad del siglo


XIX, Schweitzer escribe: «Los investigadores de esta época
no han sentido en su entera dificultad el problema que supone
el abandono, en el evangelio de Pablo, de la predicación de
Jesús sobre el reino de Dios y su justicia. No parecen
extrañarse de que Pablo no se refiera a palabras u
ordenanzas del maestro, ni siquiera donde sería lo más
indicado. Algunos ni se plantean la cuestión» A.
Schweitzer, Geschichte der Paulinischen Forschung von der
Reformation bis auf die Gegenwart, Tübingen 1911, 33.

[27] «En suma, los investigadores de este período se mueven,


con respecto al problema "Pablo y Jesús", en la más notable
oscuridad. Pues no han percibido que estas dos figuras no
pueden compararse directamente entre sí, debido a que ven a
Pablo completamente aislado, y no como un producto del
cristianismo primitivo. Las diferencias y oposiciones que se
dan entre la doctrina de Jesús y la suya existen ya entre el
primero y el cristianismo primitivo. El desarrollo decisivo no se
llevó a cabo por primera vez en Pablo, sino en la primera
comunidad. Su "religión" no es idéntica a la doctrina de Jesús
y no se origina de ella, sino que se funda en su muerte y
resurrección. Lo "nuevo" no lo ha introducido Pablo en el
cristianismo: se encontraba ya allí, y Pablo se ha limitado a
pensarlo consecuentemente hasta el final. Las diferencias de
doctrina entre él y Jesús no son personales, sino que se
explican en su mayor parte por el hecho de que el Apóstol
pertenece al cristianismo primitivo» (A. Schweitzer, op. cit. p.
34).

[28] La influencia de Schweitzer ha sido tan decisiva que es


posible trazar una línea recta desde él hasta Bultmann y su
escuela, pasando por W. Heitmüller y W. Bousset. Es cierto
que Bultmann ha tratado de reaccionar contra los objetivos
básicos de la escuela liberal, prácticamente asfixiada.

[29] El intento del protestantismo liberal de reconstruir


objetivamente los orígenes cristianos prescindiendo de la fe
había acabado —en parte, al menos, por obra de
Schweitzer— en un rotundo fracaso. El intento de Bultmann
es, aparentemente, una reacción, pero permanece prisionero
de una dialéctica en que la fe y la historia han renunciado a
encontrarse. «Si la escuela liberal —escribe J. Cambier—
estudiaba el Jesús de la historia excluyendo a priori una
interpretación del acontecimiento, la escuela de Bultmann, al
contrario, rechaza el terreno de la historia evangélica, que no
puede —se nos dice— ofrecemos nada críticamente seguro
sobre Jesús, y propone la fe en Cristo-Dios predicada por
Pablo. Así, de uno y otro lado, Pablo sería el inventor de un
Cristo al que los primeros rehúsan la fe en nombre de la
historia, y al que los segundos se adhieren por la fe al margen
de la historia y sin que se pueda afirmar nada de su
historicidad. El resultado práctico es, respecto a la teología
paulina, que ésta se presenta como un pensamiento
totalmente distinto de la doctrina de Cristo que aparece en los
sinópticos» (J. Cambier, «Paul» 344).

[30] Para un estudio más profundo de la historia del debate,


con abundante bibliografía, véase J. Blank, Paulus und Jesus.
Eine theologische Grundlegung, München 1968, 61-130 (Das
Problem "Paulus und Jesus» in der jüngeren
Forschung). También D.L. Dungan, The Sayings of Jesus in
the Churches of Paul, Oxford 1971, XVII-XXXIII.
[31] Un ejemplo entre muchos otros. Un discípulo de
Bultmann, G. Bornkamm escribe: «Como sucede en toda la
predicación cristiana primitiva, es también característico de la
de Pablo el que no se limita simplemente a repetir y transmitir
la predicación del Jesús prepascual, sino que anuncia su
muerte y resurrección como hechos salvíficos. Pablo mismo
no ha conocido al Jesús histórico. (...). Un total de cuatro citas
de palabras del Señor, de muy diferente contenido (1 Cor
7,10s; 9,14; 11,23-25; 1 Ts 4,15-17), ninguna de las cuales
habla del mensaje de Jesús sobre el reino de Dios, a las que
en todo caso podrían añadirse algunas alusiones a palabras
del Señor en la parte exhortativa de las cartas (Rm 12,14;
13,10; 16,19; 1 Cor 13,2), no refutan esta impresión sino que
la refuerzan. Y más si pensamos que las palabras citadas le
valen a Pablo en cuanto que son palabras del Señor exaltado.
Pablo no habla nunca de Jesús como rabbí de Nazaret, como
profeta o taumaturgo, sino sólo como "Cristo", "Hijo de Dios" y
"Señor", por cuya muerte y resurrección se ha llevado a cabo
la salvación» (G. Bornkamm, «Paulus»: RGG V, 175s. Cf.
también su obra Paulus, Stuttgart 1969, 121ss).

[32] Estos argumentos son: a) el Cristo predicado por Pablo y,


en general, toda su teología, presupone un amplio
conocimiento de la vida terrena de Jesús, así como de sus
enseñanzas; b) las cartas paulinas contienen, de hecho,
información sobre la historia de Jesús; más aún, hay en ellas
numerosas explícitas y alusiones o paralelos a palabras de
Jesús; c) y la afirmación de «indiferencia» por parte de san
Pablo hacia el Jesús terreno es infundada debido a que
nosotros sólo poseemos datos de una pequeña parte de la
actividad misionera del Apóstol; además, tal afirmación
comete el error de suponer que las cartas paulinas son un
ejemplo típico de su predicación. Muy al contrario —opina
Paret— sus cartas presuponen la predicación misionera; es
en ésta donde san Pablo trataría extensamente de los hechos
y las palabras de Jesús.

[33] «Las palabras de Jesús -escribe Davies- constituyen la


fuente primaria de Pablo en su tarea de enseñanza moral».
Tras repasar los paralelos entre la exhortación moral del
Apóstol y la de Jesús, así como las citas y alusiones a
palabras de Jesús que aparecen en sus cartas, Davies
concluye: «Pablo está arraigado en el recuerdo y las palabras
de su Señor... mezclándolas inconscientemente con el
material exhortativo que ha tomado de otras fuentes» (W.D.
Davies, Paul and Rabbinic Judaism, London 21955, 136ss).

[34] Para una visión más amplia y detallada de esta cuestión:


cfr. Rinaldo Fabris, Pablo el apóstol de las gentes, Ed. San
Pablo, Madrid 1999, pp. 556-588.

[35] Benedicto XVI, Audiencia general 4-II-2009.

[36] Benedicto XVI, Audiencia general, 24-IX-2008.

[37] J. Cambier, «Connaissance charnelle et spirituelle du


Christ dans 2 Co 5,16», en Littérature et Théologie
Pauliniennes (RechBib 5), Bruges 1960, 72-92. Cfr también
Günther Bornkamm, Pablo de Tarso, Sígueme, Salamanca
2002.

[38] 2 Co 5,16.

[39] Rm 1,3-4.

[40] Benedicto XVI, Audiencia general, 24-IX-2008.

[41] ¿Qué sabía un fariseo de Jesús?: cfr Jerome Murphy-


O’Conor, Pablo, su historia, Ed. San Pablo, Madrid 2008, pp.
46-48.

[42] En su clásico diccionario del griego del Nuevo


Testamento, W. Bauer trata de 2 Cor 5,16 a propósito de la
preposición katá. Allí recuerda que, salvo unos pocos autores,
los estudiosos unen la locución «según la carne» (kata
sárka) a «Cristo». Su opinión personal aparece más
claramente en su estudio del término «carne»(sárx): nuestro
versículo aparece en la acepción 6, donde la carne se define
como «la parte exterior, tal y como es visible también a los
ojos de un no creyente, esto es, lo natural, lo terreno..., "el
Cristo según la carne": Cristo en su aspecto natural (2 Cor
5,16)». Esta posición, que también recoge H. Seeseman en el
otro gran diccionario griego del Nuevo Testamento,
el Theologisches Worterbuch de Kittel, tiene una larga historia
en la exégesis: ya H. Meyer, en su comentario a la segunda
carta a los Corintios (3,18-62), traduce «según la carne» por
«según las apariencias sensibles» y lo une a «Cristo». Meyer,
como más tarde J. Weiss, H. Windisch y H. Lietzmann, creía
que san Pablo había podido conocer a Jesús; lo que el
Apóstol diría aquí es precisamente que ese conocimiento no
tiene valor religioso alguno. Con diferencias de detalle, esta
interpretación es seguida por M. Dibelius, W.G. Kümmel,
Strachman y H.J. Schoeps. Casi todos estos autores recurren
a la carta a los Gálatas para interpretar la enigmática frase;
algunos citan expresamente Ga 1-2, donde san Pablo afirma
la independencia de su evangelio, y que no lo ha recibido de
hombre alguno, sino por revelación. Algunos autores, en su
mayoría católicos, defienden una variante más mitigada de la
interpretación histórica: aunque la fórmula «según la carne»
sigue modificando a «Cristo», san Pablo se estaría refiriendo
«al conocimiento que había tenido de Cristo en el tiempo en
que le consideraba como un doctor herético, justamente
condenado por el Sanhedrín» (E.-B. Allo). Pero, como Bauer
admitía, hay autores que no han creído poder alistarse en las
filas de la interpretación histórica: J. Cambier cita a Ph.
Bachmann, H.D. Wendland, J. Sickenberger y O. Michel. El
mismo Cambier se une, claro está, a esta explicación, al igual
que, más recientemente, C. ED. Moule. Este último autor ha
escrito: «Por mi parte, estoy de acuerdo en que la renuncia de
Pablo en 2 Cor 5,16 a un conocimiento de Cristo según la
carne no tiene nada que ver con una cuestión de
historia. Kata sárka, tal como se usa aquí, es un término moral
que describe una actitud de interés personal o, más
profundamente, un término religioso, que indica una postura
perteneciente a un mundo al que Pablo ha renunciado»
(C.ED. Moule, «The Techniques of NT Research: A Critical
Survey", en Jesus and Man's Hope, II, Pittsburg 1971, 29s).

Pablo de Tarso
Pablo de Tarso, originalmente Saulo, también llamado San Pablo
Apóstol, el Apóstol de los Gentiles y San Pablo de Tarso (nacimiento
entre año 6 [cita requerida] y año 10 DC, Tarso (actual Turquía)- †año 67
en Roma), uno de los apóstoles más activos de Jesucristo.
Según Reinaldo Fabris, autor del Libro “Pablo, el apóstol de las Gentes”,
este personaje no cambió su nombre al convertirse al cristianismo, ya
que como ciudadano romano y nacido en Tarso, además de ser judío
tenía gran influencia de la cultura helenística y romana, por lo que como
todo romano de la época tenía un “praenomen” relacionado con una
característica familiar (el cual es SAULO, su nombre judío), y un
“cognomen” que se asocia a una característica física (que en este caso
es PABLO, que es su nombre romano).

El conocimiento de la cultura helénica (hablaba fluidamente el griego


como el arameo[cita requerida]) le permitió predicar el Evangelio con
ejemplos y comparaciones comunes de esta cultura por lo que su
mensaje fue recibido en territorio griego claramente y ésta
característica marca el éxito de sus viajes fundando comunidades
cristianas. Pablo es considerado por muchos cristianos como el discípulo
más importante de Jesús, a pesar de que nunca llegó a conocerlo, y,
después de Jesús, la persona más importante para el cristianismo.

Pablo es reconocido por los católicos como un Santo. Hizo mucho para
introducir el cristianismo entre los gentiles y es considerado como uno
de las fuentes significativas de la doctrina de la primitiva Iglesia Católica.

Nació entre el año 5 y el año 10[cita requerida] en Tarso, en la región de


Cilicia, en la costa sur del Asia Menor (la actual Turquía). La ciudad de
Tarso tenía concedida la ciudadanía romana por nacimiento.[cita
requerida] Por lo que Pablo era ciudadano romano pese a ser hijo de
judíos.

Hijo de hebreos y descendiente de la tribu de Benjamín, en su


adolescencia es enviado a Jerusalén, donde estudia con el famoso
rabino Gamaliel.[cita requerida] Tuvo una educación mucho mayor que
los humildes pescadores que fueron los primeros apóstoles de Cristo.
Tras la muerte de Jesús, hacia el año 33, comienza a formarse la Iglesia
Católica bajo el liderazgo del Apóstol San Pedro.

Pablo de Tarso fue un activo perseguidor de la Iglesia bajo la influencia


de los fariseos. De hecho el fue de los que participó y asintió en la
ejecución de San Esteban, el primer mártir (denominado protomártir)
de la Iglesia Católica de aquel entonces, quien cayera víctima de
lapidación no como consecuencia de la barbarie de la multitud, si no
como cumplimiento de una ejecución judicial, pues Saulo contaba con la
venia de Roma.[cita requerida]

En el año 36, camino a Damasco, tuvo una visión y se convirtió al


cristianismo. Según el libro de los Hechos de los Apóstoles y las epístolas
paulinas fue gracias a una aparición de Cristo camino de la ciudad de
Damasco, luego de la cual pide ser bautizado.

Comenzó su actividad de evangelización cristiana en Damasco y Arabia.


Es perseguido por los judíos y huye a Jerusalén, donde es visto por
Bernabé quien lo lleva con Pedro y con Santiago, el hermano del Señor,
en el año 36.[cita requerida] Huye de Jerusalén, escapando de los judíos
de habla griega. Se lo llevan a Cesarea y es enviado a refugiarse en
Tarso.

Bernabé acude a Tarso y se va con Pablo a Antioquía, donde pasaron un


año evangelizando. Antioquía se convierte en el centro de los cristianos
convertidos desde el paganismo. Aquí surge por primera vez la
denominación de cristianos para los discípulos de Jesús.

La formación de Pablo

Introducción
Cuando estudiamos la vida de Pablo tenemos la fuerte impresión de
que fue preparado y enviado al mundo con el propósito expreso de
llevar a cabo una obra requerida por las exigencias de la época en la
que vivió. Esto mismo es lo que el Señor le dijo a Ananías cuando le
envió a Pablo con el fin de que recobrara la vista:

(Hch 9:15) "... Instrumento escogido me es éste, para llevar mi


nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de
Israel."

Dios había preparado ciertas obras para que Pablo andara en ellas (Ef
2:10), y de la misma forma, le había preparado a él para que pudiera
llevarlas a cabo. Esta formación incluía ciertos detalles en los que él
no tuvo ninguna parte. Por ejemplo, Pablo no decidió el momento de
su nacimiento, o el lugar donde éste se produjo, así como la familia
con la que se crió y la educación que recibió. Todas estas cosas, y
muchas otras más, fueron ideadas por la multiforme sabiduría de Dios
con el fin de preparar a Saulo de Tarso para que se convirtiera en el
apóstol de los gentiles.

Al igual que el profeta Jeremías (Jer 1:5), Pablo también era


consciente de que Dios había tenido este propósito para él aun antes
de que naciera:

(Ga 1:15-16) "... Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el
vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en
mí, para que yo lo predicase entre los gentiles..."

Dios preparó a Pablo para que fuese apóstol de los gentiles, y a lo


largo de este estudio veremos que su formación fue muy diferente a la
de los otros apóstoles. Esto se debe a que Dios tenía propósitos
diferentes para cada uno de ellos. Quizá la diferencia más
sobresaliente es que mientras que sus compañeros de apostolado
habían crecido con Cristo y lo habían conocido como hombre antes de
reconocerle como Hijo de Dios, Pablo por el contrario conoció a Jesús
en la gloria de su resurrección, y fue después de esto cuando investigó
en su humanidad perfecta.

Todo esto nos debe llevar a reflexionar sobre el hecho de que Dios
tenía un propósito diferente para cada apóstol, y también para cada
uno de nosotros, y en función de eso ha preparado todo para poderlo
llevar a cabo. En su providencia él está desarrollando un plan en
nuestra vida. Pero tristemente, este ideal divino puede quedar
frustrado por nuestra falta de disposición y malas decisiones.

En el caso de Pablo, está claro que él no hubiera sido el hombre que


llegó a ser, ni tampoco habría hecho el trabajo que hizo, si una serie
de circunstancias hubieran sido designadas por Dios en los años
previos a su conversión. En aquellos momentos él no sabía que estaba
siendo preparado por Dios, y de hecho, sus propias intenciones para el
futuro diferían mucho de las que el Señor tenía para su vida. Sin
embargo, cuando él se convirtió, toda aquella preparación previa
empezó a encajar perfectamente, sirviéndole de manera
extraordinaria para desarrollar la obra para la que había sido llamado
como apóstol de los gentiles.

Comenzaremos nuestro estudio considerando lo que podríamos llamar


la "formación inconsciente" de Pablo, es decir, aquella en la que él no
tuvo nada que decidir o sus intenciones eran otras muy diferentes de
las del Señor.

Formación inconsciente
1. Su lugar de nacimiento

(Hch 21:39) "Entonces dijo Pablo: Yo de cierto soy hombre judío de


Tarso, ciudadano de una ciudad no insignificante de Cilicia"

Casi por el mismo tiempo en el que Jesús nacía en Belén de Judea,


Pablo nació en la ciudad de Tarso, en la provincia de Cilicia, en la
actual Turquía.

Por los testimonios de la antigüedad sabemos que Tarso, la ciudad


natal de Pablo, no era ningún pueblo insignificante, sino una activa
metrópoli de muchas culturas y con un importante comercio
internacional. Esto se debía en gran medida a su situación estratégica.

Según el geógrafo Estrabón, que probablemente escribió sus obras en


los primeros años del siglo I d.C., los habitantes de Tarso eran
grandes amantes de la cultura. Eran asiduos estudiantes de la
filosofía, las artes liberales y de todas las ramas del saber en general,
hasta tal punto que Tarso adelantaba en este aspecto incluso a Atenas
y Alejandría a cuyas escuelas asistían más forasteros que estudiantes
de la propia ciudad. Tarso era, por tanto, lo que podríamos llamar una
ciudad universitaria. Sin embargo, la gente no venía de otros lugares
para estudiar en sus escuelas. Los estudiantes de Tarso eran nativos
de la ciudad, que frecuentemente salían para completar sus estudios
en otros lugares y sólo excepcionalmente regresaban a su ciudad
(Estrabón, Geografía xiv. 5.12 y ss. 673ss).

Es difícil dejar de ver que Dios tuvo un propósito bien definido cuando
decidió que el apóstol de los gentiles naciera en este lugar. Mientras él
crecía, estaba siendo preparado inconscientemente para encontrarse
con hombres de todas clases y razas, para tolerar la mayor diversidad
de hábitos y costumbres, y sobre todo para familiarizarse con la
cultura y el saber del mundo de aquel entonces.

2. Su ciudadanía romana

(Hch 22:25-28) "Pero cuando le ataron con correas, Pablo dijo al


centurión que estaba presente: ¿Os es lícito azotar a un ciudadano
romano sin haber sido condenado? Cuando el centurión oyó esto, fue
y dio aviso al tribuno, diciendo: ¿Qué vas a hacer? Porque este
hombre es ciudadano romano. Vino el tribuno y le dijo: Dime, ¿eres
ciudadano romano? El dijo: Sí. Respondió el tribuno: Yo con una gran
suma adquirí esta ciudadanía. Entonces Pablo dijo: Pero yo lo soy de
nacimiento."

En un principio, la ciudadanía romana era concedida a quienes nacían


en la ciudad de Roma como habitantes libres, pero a medida que el
Imperio Romano fue extendiendo su control por otros territorios del
Mediterráneo, la ciudadanía empezó a concederse también a otras
personas influyentes de esas provincias.

Nosotros no sabemos cómo una familia judía de Tarso pudo llegar a


adquirir esta distinción tan excepcional, pero no cabe duda de que fue
especialmente útil para el ministerio que Pablo habría de desarrollar
años más tarde.

No olvidemos que en aquel momento el Imperio Romano se extendía


por todas partes y el tener esta ciudadanía confería reputación y
posición en cualquier lugar. Por ejemplo, no se permitía que un
ciudadano romano fuese azotado sin ser juzgado, además se le
permitía hablar por sí mismo ante un tribunal de justicia romano y
podía exigir ser juzgado ante el mismo César. Como sabemos, todos
estos privilegios fueron usados por Pablo en algún momento de su
ministerio.

3. Su herencia judía

Algo que Pablo tampoco decidió fue su nacimiento dentro de una


familia judía. Y sin duda, este hecho dejó una huella mucho más
profunda en él que su lugar de nacimiento o su ciudadanía romana.
Cuando desde su perspectiva cristiana recapitula los valores naturales
de los que antes se enorgullecía, escribe: "circuncidado al octavo día,
del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en
cuanto a la ley fariseo..." (Fil 3:5).
Debemos notar también que aunque vivían lejos de Palestina, la
familia de Pablo no era de los judíos helenistas, es decir, aquellos
judíos de cultura y lengua griega. Estos representaban a la mayoría de
los judíos que se encontraban en la diáspora, pero Pablo dice que él
era "hebreo de hebreos", lo que significa que era del mismo tipo de
judíos que aquellos que vivían en Jerusalén. Aunque conocía la lengua
griega, el hebreo era muy probablemente el idioma ordinario de su
hogar. Por ejemplo, cuando Jesús le habló en el camino de Damasco
lo hizo en hebreo (Hch 26:14), y el mismo Pablo se dirigió a las
multitudes desde las escalerillas de la fortaleza junto al templo en esa
misma lengua (Hch 21:40).

La familia de Pablo guardaba estrictamente las tradiciones judías y se


mantenía vinculada a su patria. Tal vez por esta razón sus padres
creyeron que para que fuera educado en la fe ortodoxa era importante
enviarle a Jerusalén para un periodo de formación. Fue entonces
cuando entró en la escuela de Gamaliel.

(Hch 22:3) "Yo de cierto soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero
criado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel, estrictamente
conforme a la ley de nuestros padres, celoso de Dios, como hoy lo sois
todos vosotros."

Sus padres resolvieron que debía pasar su juventud en Jerusalén bajo


sanas influencias y estudiar para ser un rabino. Entonces se decidió
que entraría en la escuela de Gamaliel, uno de los más notables
maestros que habían tenido los judíos. Allí las capacidades del joven
Saulo se desarrollaron asombrosamente y pronto comenzó a
sobresalir sobre sus compañeros. El estudio de las Escrituras y los
comentarios que los sabios y maestros habían hecho de ellas
ocupaban su tiempo. Todo esto era aprendido de memoria y se
organizaban discusiones y debates sobre algunos puntos en los que
las inteligencias de los estudiantes se agudizaban. Así desarrolló Pablo
su maravillosa memoria, la perspicacia de su lógica, la abundancia de
ideas, pero sobre todo, su conocimiento de las Escrituras del Antiguo
Testamento.

La decisión que tomaron sus padres de hacerle ir a estudiar en


Jerusalén para ser un rabino, fue una de las cosas que más
trascendencia tendría en su futuro ministerio. Porque si bien él era
apóstol de los gentiles, también fue un gran misionero de su propio
pueblo. En cada ciudad que visitaba donde había judíos se presentaba
en la sinagoga y su educación como rabino de Jerusalén le aseguraba
la oportunidad de hablar de tal manera que inmediatamente captara
su atención. Y su conocimiento de las Escrituras le capacitaba para
dirigir a sus oyentes a la fe en Jesús.

Además, conocía por experiencia propia la completa impotencia de la


Ley para aplacar la conciencia y satisfacer el corazón. Todo esto sólo
lo pudo encontrar en Cristo. Así que él podía hablar al corazón de
otros muchos judíos que sentían esta misma frustración y llevarles a
la gracia de Dios manifestada en Cristo.

Por otro lado, como pensador y escritor cristiano era fundamental que
conociera perfectamente el Antiguo Testamento para así poder
mostrar como éste se había cumplido en Jesús. Entonces las sólidas
nociones que Pablo había adquirido de las Escrituras durante su
juventud, cuando la memoria tiene el mayor poder de retención,
ahora fluían libremente mientras predicaba y escribía. De hecho,
cuando leemos los escritos de Pablo, nos damos cuenta de que en
muchas ocasiones él escribe "en citas", uniendo una con otra con
asombrosa facilidad. Todo esto era necesario para demostrar que el
cristianismo no implicaba la destrucción de la ley antigua, sino su
cumplimiento. Y Pablo se tuvo que emplear a fondo en esto, puesto
que los judíos esperaban un Mesías victorioso, que de ninguna manera
encajaba con la idea de un Mesías muerto en una cruz. Si los judíos
habían de creer que Jesús era el Mesías esperado, sería imprescindible
que previamente se les demostrara por las Escrituras que semejante
concepto era el verdadero cumplimiento de la Ley y los profetas. Y
Pablo tenía el suficiente conocimiento para conducir a sus oyentes por
las páginas del Antiguo Testamento y demostrarles esto más allá de
toda duda.

4. Su oficio

(Hch 18:3) "Y como (Pablo) era del mismo oficio, se quedó con ellos
(Aquila y Priscila), y trabajaban juntos, pues el oficio de ellos era
hacer tiendas."

Era costumbre entre los judíos, que todo joven, cualquiera que fuese
la profesión que fuera a seguir, debía aprender algún oficio. "El que no
enseña a su hijo un oficio es como si lo enseñara a ser ladrón", rezaba
el antiguo proverbio judío. Con este propósito Pablo aprendió a
fabricar tiendas de pelo de cabra, uno de los oficios más comunes en
Tarso. Es probable que este hubiera sido también el oficio de su
padre.

En cualquier caso, esto también fue muy importante para su futuro


ministerio. Por un lado, un oficio así era totalmente compatible con las
exigencias de una vida errante como la del apóstol. Pero también fue
muy conveniente porque permitió a Pablo y sus colaboradores que
pudieran sustentarse por sí mismos, lo que servía para cerrar la boca
de personas mal intencionadas que sospechaban de los misioneros los
peores motivos egoístas.

5. Perseguidor de la Iglesia

(Ga 1:13-14) "Porque ya habéis oído acerca de mi conducta en otro


tiempo en el judaísmo, que perseguía sobremanera a la iglesia de
Dios, y la asolaba; y en el judaísmo aventajaba a muchos de mis
contemporáneos en mi nación, siendo mucho más celoso de las
tradiciones de mis padres."

(Fil 3:6) "En cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la


justicia que es en la ley, irreprensible."

Como hemos visto, cuando Pablo era joven fue enviado por sus padres
a Jerusalén para que se formara en las Escrituras. Por supuesto, esto
no implicaba necesariamente que él compartiera y se identificara con
los deseos de ellos. Pero vemos por las cartas que escribió muchos
años después, que él realmente había tomado muy en serio su
vocación religiosa y no se había dejado llevar por las tentaciones que
son propias de la juventud. Él llegó a afirmar que en cuanto a la ley
era irreprensible y también que en el judaísmo aventajaba a muchos
de sus contemporáneos en su nación.

Realmente esto tuvo que ser así, ya que cuando años más tarde
regresó a Jerusalén para establecerse allí, los jefes del judaísmo,
impresionados por su talento y devoción entusiasta al judaísmo, le
llamaron para dirigir la oposición al cristianismo. Y es casi seguro que
en ese tiempo, a fin de facilitar sus operaciones, fuera nombrado para
ocupar un asiento en el Sanedrín, lo cual le permitió dar su voto en
contra de los seguidores de Jesús (Hch 26:10).

Pablo estaba lleno de indignación contra los cristianos porque creían


que Jesús, el que había sido crucificado, era el Mesías del pueblo
judío. Él consideraba que esto era una barbaridad, así que aceptó la
proposición de las autoridades judías y luchó con todas sus fuerzas
contra aquello que le parecía una auténtica blasfemia. Al hacerlo
estaba plenamente convencido de que llevaba a cabo la obra de Dios.
Desde su punto de vista, el cristianismo atentaba contra lo que él
consideraba más sagrado y era necesario destruirlo antes de que se
extendiera más. Así que fue de sinagoga en sinagoga y de casa en
casa, arrastrando hombres y mujeres, que fueron puestos en prisión y
castigados. Allí fueron obligados a blasfemar contra el nombre del
Salvador, y es probable que algunos de ellos fueran condenados a
muerte después de haber soportado los más infames ultrajes. Pero en
su celo asesino, Pablo no se conformó con llevar a cabo su nefasta
obra sólo en Jerusalén, sino que estaba dispuesto a llegar hasta donde
hiciera falta, de tal manera que pidió cartas al sumo sacerdote para
que le autorizara a seguir con esta labor también en Damasco, a unos
160 kilómetros al norte de Jerusalén.

(Hch 9:1-2) "Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los


discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las
sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o
mujeres de este camino, los trajese presos a Jerusalén."

Fue a raíz de esta persecución llevada a cabo por Pablo que la iglesia
de Jerusalén fue esparcida por los países y provincias vecinas. Sin
darse cuenta, él fue el causante del mayor avance del cristianismo en
su primera etapa, porque junto con estos cristianos que huían de su
ira, el mensaje era esparcido por nuevos lugares. Cuando Pablo se
convirtió más tarde, tuvo que darse cuenta de que Dios usa incluso la
soberbia del hombre para adelantar sus planes, algo que le tuvo que
ayudar mucho en medio de la dura oposición que siempre le siguió en
su ministerio.

Todas estas experiencias adquirieron gran importancia una vez que


Pablo se convirtió. Por un lado, le capacitaron para tener paciencia y
misericordia con aquellos judíos que constantemente le perseguían e
intentaban destruir la obra que él realizaba. Y cuando pensaba que él
mismo había sido uno de ellos en el pasado, no perdía la esperanza de
que también ellos pudieran llegar a conocer al Señor. Por otro lado,
nadie como Pablo llegó a comprender la gracia del Señor. Dios le
había elegido a él para mostrar de una forma clara lo que la gracia
significa y puede llegar a hacer en una persona. Saulo era un vaso de
misericordia, un escaparate en donde Dios mostraba lo que puede
hacer por alguien sumamente pecador y duro de corazón. Veamos
cómo lo explicaba cuando escribió a Timoteo:

(1 Ti 1:12-14) "Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús


nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio,
habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui
recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad.
Pero la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor
que es en Cristo Jesús."
Formación consciente
1. Primeras pruebas como creyente

Pablo acababa de convertirse y nada más salir de las aguas del


bautismo comenzó a tener que superar grandes obstáculos. Por
supuesto, la experiencia de Pablo no es única, de hecho cada nuevo
cristiano será probado. Ahora bien, la forma en la que nuestra fe será
puesta a prueba y las tentaciones que tendremos que superar, serán
diferentes en cada caso. El diablo nos conoce bien y sabe en qué áreas
de nuestra vida somos más vulnerables. Pablo fue probado
precisamente en aquellas cosas que más sufrimiento le podían
producir. ¿Cuáles fueron los obstáculos que Pablo enfrentó al
comienzo de su carrera?
Él era un hombre que no le gustaba que le llevaran la contraria.
Era muy competitivo y no aceptaba el fracaso o el rechazo.
Muchos cristianos ya habían descubierto hasta dónde estaba
dispuesto a llegar con aquellos que no pensaban como él. Pero
ahora era cristiano y ya no podía reaccionar así. Podemos
imaginar lo difícil que tuvo que ser para él cuando fue rechazado
en las sinagogas y se encontró que nadie confiaba en él.
Era un hombre habituado a desarrollar sus propios planes y
estrategias. Ahora estaba descubriendo que Dios tenía
preparado un camino diferente del que él había imaginado.
Pablo pensó en ir a los judíos y estaba convencido de que
finalmente le escucharían, pero Dios le envió a los gentiles.
Hasta ese momento Pablo se gloriaba en su pasado, en todo lo
que era y había hecho. Ahora estaba descubriendo que su
pasado era una pesada carga que le impedía moverse con
ligereza.
2. Su permanencia en Damasco y viaje a Arabia

(Ga 1:15-18) "Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el


vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en
mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté enseguida
con carne y sangre, ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes
que yo; sino que fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco. Después,
pasados tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro, y permanecí con
él quince días."
Después de su conversión, Lucas nos dice que Pablo se quedó en
Damasco hasta "pasados muchos días" (Hch 9:23). Por la carta que el
apóstol escribió a los Gálatas, sabemos que este periodo incluyó tres
años en los que también realizó un viaje a Arabia.

Durante los periodos que pasó en Damasco Pablo se dedicó a la


predicación del evangelio, lo que debió motivar la oposición que se
despertó contra él.

Según las explicaciones que dio a los Gálatas, se deduce también que
durante este periodo no fue a Jerusalén ni vio a ninguno de los
apóstoles, lo que probaba que su comisión a predicar a los gentiles no
le había sido encomendada por ninguna autoridad humana.

Y sabemos que también fue a Arabia, pero ¿por qué?

Probablemente estaba buscando un lugar en el desierto para poder


reflexionar sobre su nueva situación. Tenía que pensar profundamente
en las implicaciones de su nueva fe, conocer a su Salvador mucho más
íntimamente, y aceptar la responsabilidad de lo que significaba ser un
mensajero de la gracia de Dios a los gentiles. Seguramente durante
estos años volvió a revisar las verdades del Antiguo Testamento desde
la nueva óptica que le proporcionaba la muerte, resurrección y
glorificación del Mesías. ¡Cómo se estremecería al descubrir que todos
estos hechos habían sido anunciados previamente por los profetas
pero le habían pasado inadvertidos por tantos años de estudio de las
Escrituras! Después de este tiempo de retiro y reflexión, Pablo regresó
a Damasco y no es de extrañar que confundiera a los judíos probando
por las Escrituras que Jesús era el Mesías esperado.

En todo este proceso, a pesar de que Pablo gozó de la especial


inspiración del Espíritu Santo, aun así fue necesaria la actividad de su
mente y la íntima comunión con el Señor.

Es interesante considerar bien este tiempo que pasó en la soledad


antes de comenzar su ministerio público. La superficialidad es la
maldición de nuestro tiempo. La iglesia de hoy no necesita tanto de
personas inteligentes y bien capacitadas, como de personas de vida
espiritual profunda. Pero la tiranía de lo urgente a la que estamos
sujetos, nos impone un ritmo enloquecedor que nos impide pararnos a
profundizar. Cada vez estamos más involucrados en actividades, pero
disfrutamos menos de la vida espiritual. Además, hoy se exalta la
imagen y la apariencia que proyectamos hacia el exterior, y no lo que
somos en el interior. Tampoco se tolera el silencio; tan pronto como
entramos en casa encendemos la televisión, o la radio si nos
montamos en el coche, e infinidad de jóvenes van permanentemente
enganchados a su reproductor de música.

Una vida superficial no ofrece ninguna promesa de impacto duradero.


Cuando estudiamos la Biblia, rápidamente nos damos cuenta de que
aquellas personas que fueron grandemente usadas por Dios se
prepararon durante largos periodos de aislamiento, quietud y
oscuridad.
Moisés: cuarenta años en el desierto cuidando ovejas.
David: primero como pastor de ovejas y después huyendo de
Saúl por los desiertos y las cuevas de Judea por trece años
antes de convertirse en rey.
José: en la cárcel en Egipto antes de llegar a ser la mano
derecha de Faraón.
Elías: con la única compañía de unos cuervos que le
alimentaban y luego en casa de una vida en Sarepta de Sidón.
Juan el Bautista: vivió en lugares desiertos hasta que se
manifestó a Israel.
Una vida caracterizada por la profundidad espiritual sólo se puede
cultivar a través de mucho tiempo invertido en estar a solas con el
Señor, lejos del ruido de este mundo. Estos son conceptos extraños
para todos aquellos que viven sus vidas a la velocidad de la luz. Pero
en el ámbito espiritual y también en todos los demás, las prisas son
malas. Podemos encontrar un claro ejemplo en los deportistas que
alcanzan la fama rápidamente, y que en poco tiempo se ven inmersos
en las drogas y otras adiciones para mitigar la desilusión. La fama les
deslumbra y sus vidas quedan rotas por las prisas por llegar a la cima.
Por esta razón Dios no encumbra a las personas de esta manera. Él se
toma su tiempo, de modo que cuando se plantea utilizarnos nos
prueba bien, permitiendo cierta cantidad de sufrimiento.

Y cuando nosotros insistimos en no querer detenernos, a veces el


Señor se ve forzado a hacernos parar por algún tiempo, bien por una
enfermedad prolongada, la pérdida del trabajo...

Los tres años que Pablo pasó en la soledad, sin que tengamos noticias
de actividad, fueron realmente efectivos, de tal manera que cuando
después se encontró con los otros apóstoles, no pudieron añadir nada
al evangelio que predicaba.

3. La necesidad de un mentor
(Hch 9:26-28) "Cuando llegó a Jerusalén, trataba de juntarse con los
discípulos; pero todos le tenían miedo, no creyendo que fuese
discípulo. Entonces Bernabé, tomándole, lo trajo a los apóstoles, y les
contó cómo Saulo había visto en el camino al Señor, el cual le había
hablado, y cómo en Damasco había hablado valerosamente en el
nombre de Jesús. Y estaba con ellos en Jerusalén; y entraba y salía"

La llegada de Pablo a Jerusalén tuvo que suponer una terrible presión


para él; ahora tendría que enfrentar a sus antiguos colegas, maestros
y superiores que lo tratarían de traidor y algunos no vacilarían en
intentar matarlo. ¿Y qué sentiría al volver a la ciudad donde había
cometido tantos crímenes y atropellos?

Por otro lado, es fácil imaginar la soledad de Pablo cuando llegó a


Jerusalén y vio que los otros cristianos le evitaban y excluían.
Podemos entender la desconfianza de los creyentes en una situación
así. Algunos sospecharían que era un espía y a otros les pudo parecer
una persona un tanto desequilibrada, habida cuenta de que poco
tiempo antes se oponía al cristianismo con violencia y ahora lo
defendía con un fervor poco común.

Fue en esa situación cuando nuevamente volvió a entrar en escena


Bernabé. Sin duda asumió un riesgo muy grande. Él puso en juego su
reputación y credibilidad por defender a Saulo. Confió en él, habló
bien de lo que había hecho y lo hizo con entusiasmo. Si no hubiera
sido por Bernabé, Saulo habría quedado fuera de la iglesia y su
servicio se hubiera visto obstaculizado temporalmente. ¡Ojalá que en
nuestras iglesias hubiera más personas como Bernabé!

4. Tomando el relevo de Esteban

La primera vez que Saulo aparece en las páginas de las Escrituras fue
a raíz de la muerte de Esteban. En aquel momento el joven Saulo
guardaba las ropas de los que le apedreaban después de que él mismo
había dado su voto para ello.

No olvidemos que la razón por la que Esteban fue muerto de esta


manera, tuvo que ver con el hecho de que él predicaba a Jesús entre
los judíos de habla griega. Ahora, unos años después, Pablo aparece
nuevamente en la escena, y lo hace precisamente para continuar con
la predicación entre los judíos helenistas que el mismo Esteban había
comenzado.

(Hch 9:29) "Y hablaba denodadamente en el nombre del Señor, y


disputaba con los griegos; pero éstos procuraban matarle."
(Hch 6:9-10) "Entonces se levantaron unos de la sinagoga llamada de
los libertos, y de los de Cirene, de Alejandría, de Cilicia y de Asia,
disputando con Esteban. Pero no podían resistir a la sabiduría y al
Espíritu con que hablaba."

Esta idea de tomar el relevo es muy frecuente en la Biblia. Isaac


sustituyó a Abraham, Josué a Moisés, Eliseo a Elías, y ahora Pablo a
Esteban.

5. Algunos años en Tarso

(Hch 9:28-30) "Y estaba con ellos en Jerusalén; y entraba y salía, y


hablaba denodadamente en el nombre del Señor, y disputaba con los
griegos; pero éstos procuraban matarle. Cuando supieron esto los
hermanos, le llevaron hasta Cesarea, y le enviaron a Tarso."

Como ya hemos señalado, la estancia de Pablo en Jerusalén tuvo que


ser especialmente difícil. A excepción de su entrevista con los líderes
de la iglesia que resultó muy fructífera, todo lo demás parecía estar en
su contra. Fue en esa ocasión cuando orando en el templo el Señor le
mostró que los judíos no le iban a recibir y que por lo tanto lo enviaría
a los gentiles. Pablo no estuvo muy conforme en un principio, pero los
hechos no tardaron en confirmar lo que Dios ya le había anunciado,
así que en medio de una terrible persecución, tuvo que escapar de
Jerusalén con la ayuda de los hermanos y volver a Tarso, su ciudad
natal donde probablemente pasó otros cuatro o cinco años en
comparativa oscuridad.

Su regreso a Tarso tampoco debió ser fácil. Él se había ido de allí


como un prometedor estudiante rabínico, pero ahora volvía como un
cristiano despreciado. Pero quizá sentía también cierta angustia por la
situación que vivía: si el Señor le había comisionado para llevar el
evangelio a los gentiles y para alcanzar a reyes y gobernantes,
entonces ¿por que pasaba los mejores años de su vida en Tarso? Todo
esto parecía un contrasentido. Seguramente hubo momentos cuando
esta situación le resultó difícil de soportar. Sin embargo, Dios tenía
buenas razones para proceder de esta manera.

En primer lugar, durante estos años en los que Pablo estuvo en Tarso
y de los que no sabemos nada, tuvo lugar una auténtica revolución
dentro de la iglesia: los gentiles fueron admitidos a la iglesia en
igualdad de condiciones con los judíos. Este fue el paso preliminar
necesario para que la obra misionera de Pablo pudiera comenzar su
desarrollo pleno entre los gentiles.
En segundo lugar, tanto él como nosotros, tenemos que aprender que
ninguno somos imprescindibles en la obra del Señor. A pesar de que
alguien pudiera pensar que los dones de Pablo se estaban
desperdiciando de una manera incomprensible, el versículo siguiente
nos indica que la obra de Dios continuaba con gran bendición.

(Hch 9:31) "Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y
Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se
acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo."

Dios no necesitaba a Pablo, y en Tarso aprendió que era él quien


necesitaba a Dios. Nadie es indispensable ni irremplazable. Sólo Dios
lo es. Esto nos hace humildes.

Tenemos que recordar esto con frecuencia, porque fácilmente caemos


en la tentación de pensar que el éxito de la iglesia depende de ciertas
personas a las que colocamos en pedestales (un pastor, un cantante,
un predicador). Esto no es bueno para esas personas, porque nadie
digiere bien la fama, pero tampoco es verdad, porque el secreto de la
bendición de cualquier iglesia es el Dios todopoderoso.

En tercer lugar, cuando Dios va a utilizar a una persona en algo


realmente importante, se toma su tiempo. Espera hasta que la
persona esté formada adecuadamente. Por supuesto, a nadie le gusta
esperar, esto parece ser contrario a la naturaleza humana. En
especial, cuando somos jóvenes, queremos pasar rápidamente a la
acción y que Dios se apresure a darnos todo aquello que deseamos.

Más arriba hemos comentado la necesidad de cultivar una comunión


íntima con el Señor, pero esto ha de perdurar en el tiempo. No sirve
con tener una bella experiencia en un momento concreto de nuestras
vidas; si no perseveramos no veremos fruto. Y Dios no tiene prisa. Él
espera hasta que estemos listos.

Cuando olvidamos la importancia de esta obra silenciosa en la


presencia de Dios, y nos lanzamos precipitadamente a ministerios
públicos en los que recibimos notoriedad, luego descubrimos que no
estábamos preparados para ejercerlo y esto acaba destruyéndonos
con el tiempo. Con mucha sabiduría Pablo le dice a Timoteo que uno
de los requisitos para reconocer ancianos es que no sea "un neófito,
no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo" (1 Ti
3:6).

Y Pablo también tuvo que esperar para comenzar su carrera. Por


supuesto, era imprescindible que mientras esperaba lo hiciera
madurando en la presencia del Señor. En cierto sentido su experiencia
fue similar a la de Moisés; aquel joven impulsivo necesitó cuarenta
años en el desierto antes de que Dios pudiera usarlo para sacar al
pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto. Allí aprendió que su
cualidad más grande era su absoluta debilidad, debilidad que le
permitiría a Dios hacer lo que quería en él y por medio de él.

Pablo supo "aguardar con perseverancia" (Ro 8:25). Igual que muchos
años antes había hecho el rey David. Recordamos que después de que
mató a Goliat y habiendo sido ungido ya por Samuel para ser rey en
Israel, regresó a Belén para cuidar las ovejas de su padre. Otros en su
lugar habrían forzado la situación para disfrutar inmediatamente de la
fama que su victoria sobre el filisteo le reportaba. Pero él no lo hizo.
Supo esperar en silencio. Incluso cuando en varias ocasiones tuvo la
oportunidad de acabar con Saúl, él esperó a que fuera el Señor quien
marcara el tiempo para salir del anonimato y convertirse en rey.

No nos apresuremos a buscar la notoriedad, aceptemos nuestro papel


en la sombra mientras nos esforzamos en servir a Dios. No
busquemos nuestra propia autopromoción. No manipulemos las cosas
ni forcemos nuestra entrada en el escenario. Si Dios tiene algo
especial preparado para nosotros, en el momento preciso él hará todo
lo que sea necesario. Mientras tanto, recordemos que en su obra lo
importante no es lo nuestro sino lo suyo. La experiencia nos enseña
que la precipitación suele conducir al fracaso. Tengamos paciencia y
esperemos en Dios.

6. En la iglesia de Antioquía

Cuando llegó el momento, Dios movió a Bernabé para que fuera a


buscar a Pablo que se encontraba en Tarso.

(Hch 11:25) "Después fue Bernabé a Tarso para buscar a Saulo; y


hallándole, le trajo a Antioquía."

Ahora Saulo reaparece como un hombre maduro, preparado para


cualquier tarea que el Señor le encomendara. Y la iglesia de Antioquía
vivía un gran avivamiento entre la población gentil, lo cual constituía
el escenario perfecto para que Pablo completara su formación antes de
comenzar la obra de dimensiones universales a la que había sido
llamado por el Señor.

Bernabé fue una vez más la persona usada por Dios para integrar a
Pablo en el ministerio. Lo había conocido brevemente cuando ambos
estuvieron en Jerusalén años atrás. En aquel momento debió de
recibir una fuerte impresión de él, y cuando en Antioquía se sintió
desbordado por la nueva situación que se vivía en la iglesia,
inmediatamente pensó en Pablo como la persona ideal para ayudarle.

Había llegado la hora que tanto había esperado, y se entregó a la obra


de evangelizar y enseñar con el entusiasmo que le caracterizaba. Fue
un tiempo de mucha bendición, de tal manera que los discípulos
gentiles llegaron a ser tan numerosos que los paganos les dieron un
nuevo nombre: "cristianos" (Hch 11:26).

La iglesia de Antioquía era lo que podríamos considerar una iglesia


ideal. No sólo crecía el número de convertidos por la evangelización,
sino que también había un progreso notable en la enseñanza de la
Palabra. Esto se debió en gran medida a un grupo de profetas y
maestros entre los que se encontraba también Pablo (Hch 13:1).

La estancia de Pablo en Antioquía fue el último paso en su formación


antes de su salida definitiva al mundo gentil. Allí pudo trabajar en
equipo con otros hombres de Dios, hasta que Dios indicó por su
Espíritu que había llegado el momento del cambio. Los líderes de la
iglesia en Antioquía reconocieron con claridad que el Señor estaba
llamando a Pablo y Bernabé a la obra y los encomendaron a la gracia
del Señor.
Pablo (4). Las características del apóstol y del apostolado según san Pablo
Ciclo de 20 catequesis de Benedicto XVI sobre San Pablo con motivo del
Año Paulino Cfr. Benedicto XVI, Audiencia, miércoles 10 septiembre 2008.
O El ser apóstol inicia con un encuentro con Cristo que lleva a una nueva
condición de vida El miércoles pasado hablé del gran cambio que se produjo
en la vida de San Pablo tras su encuentro con Cristo crucificado. Jesús entró
en su vida y lo transformó de perseguidor en apóstol. Este encuentro marcó
el inicio de su misión: Pablo no podía continuar viviendo como antes, ahora
se sentía investido por el Señor del encargo de anunciar su Evangelio en
calidad de apóstol. Es precisamente de esta su nueva condición de vida, es
decir, de ser apóstol de Cristo, que quisiera hablar hoy. Apóstol en sentido
estricto, aunque se distingue de los Doce, que tienen un lugar especial en la
vida de la Iglesia. Nosotros normalmente, siguiendo a los Evangelios,
identificamos a los Doce con el título de apóstoles, para indicar a aquellos
que eran compañeros de vida y oyentes de las enseñanzas de Jesús. Pero
también Pablo se siente verdadero apóstol y parece claro, por tanto, que el
concepto paulino de apostolado no se restringe al grupo de los Doce.
Obviamente, Pablo sabe distinguir su propio caso del de aquellos "que habían
sido apóstoles anteriores" a él (Gálatas 1, 17): a ellos les reconoce un lugar
totalmente especial en la vida de la Iglesia. Sin embargo, como todos saben,
también san Pablo se interpreta a sí mismo como apóstol en sentido estricto.
Es cierto que, en el tiempo de los orígenes cristianos, nadie recorrió tantos
kilómetros como él, por tierra y por mar, con el único objetivo de anunciar el
Evangelio. Por tanto, va más allá de la relación con los Doce Por tanto, él
tenía un concepto de apostolado que iba más allá del relacionado sólo con el
grupo de los Doce y transmitido sobre todo por san Lucas en los Hechos de
los Apóstoles (Cf. Hch 1,2.26; 6,2). De hecho, en la primera carta a los
Corintios Pablo hace una clara distinción entre "los Doce" y "todos los
apóstoles", mencionados como dos grupos distintos de beneficiarios de las
apariciones del Resucitado (cf 1Cor 15, 5.7). En este mismo texto él pasa a
llamarse a sí mismo humildemente como "el último de los apóstoles",
comparándose incluso con un aborto y afirmando textualmente: "indigno del
nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Más, por la
gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí.
Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de
Dios que está conmigo" (1 Cor 15, 9-10). La metáfora del aborto expresa una
humildad extrema; se la vuelve a encontrar también en la Carta a los
Romanos de san Ignacio de Antioquía: "Soy el último de todos, soy un aborto;
pero me será concedido ser algo, si alcanzo a Dios" (9,2). Lo que el obispo de
Antioquía dirá en relación a su martirio inminente, previendo que éste daría
la vuelta a su condición de indignidad, san Pablo lo dice en relación a su
propio trabajo apostólico: es en él donde se manifiesta la fecundidad de la
gracia de Dios, que sabe transformar un hombre malogrado en un apóstol
espléndido. De perseguidor a fundador de Iglesias: ¡esto ha hecho Dios en
uno que, desde el punto de vista evangélico, habría podido considerarse un
deshecho! o Tres características del ser apóstol según san Pablo a) "Haber
visto al Señor": haber tenido con él un encuentro determinante para la
propia vida ¿Qué es, por tanto, según la concepción de san Pablo, lo que hace
apóstoles de él y de los demás? En sus cartas aparecen tres características
principales que constituyen al apóstol. La primera es "haber visto al Señor"
(cfr. 1 Cor 9,1), es decir, haber tenido con él un encuentro determinante para
la propia vida. Análogamente, en la Carta a los Gálatas (cfr. 1, 15-16), dirá
que ha sido llamado, casi seleccionado, por gracia de Dios con la revelación
de su Hijo de cara al anuncio a los paganos. En definitiva, es el Señor el que
constituye el apostolado, no la propia presunción. El apóstol no se hace a sí
mismo, sino que lo hace el Señor; por tanto, necesita referirse
constantemente al Señor. No es casualidad Pablo dice ser "apóstol por
vocación" (Rm 1,1), es decir, "no de parte de los hombres ni por mediación
de hombre alguno, sino por Jesucristo y Dios Padre" (Gal 1,1). Esta es la
característica: haber visto al Señor, haber sido llamado por Él. b) Haber sido
enviado: se ha recibido una misión y hay que poner en segundo plano
cualquier interés personal La segunda característica es la de "haber sido
enviado". El mismo término griego apóstolos significa precisamente
"enviado, mandado", es decir, embajador y portador de un mensaje; debe
actuar por tanto como encargado y representante de un mandante. Por eso
Pablo se define "apóstol de Jesucristo" (1 Cor 1,1; 2 Cor 1,1), o sea, delegado
suyo, puesto totalmente a su servicio, hasta el punto de llamarse "siervo de
Jesucristo (Rm 1,1). Una vez más sale a primer plano la idea de una iniciativa
de otro, la de Dios en Jesucristo, a la que se está plenamente obligado; pero
sobre todo subraya el hecho de que se ha recibido una misión de parte de Él
que hay que cumplir en su nombre, poniendo absolutamente en segundo
plano cualquier interés personal. c) ejercicio del apostolado: compromete
toda la existencia del sujeto interesado El tercer requisito es el ejercicio del
"anuncio del Evangelio", con la consiguiente fundación de iglesias. El de
"apóstol", por tanto, no es y no puede ser un título honorífico, sino que
empeña concretamente y también dramáticamente toda la existencia del
sujeto interesado. En la primera carta a los Corintios, Pablo exclama: "¿No
soy yo apóstol? ¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro? ¿No sois
vosotros mi obra en el Señor? (9,1). Análogamente, en la segunda carta a los
Corintios, afirma: "Vosotros sois nuestra carta..., sois una carta de Cristo,
redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de
Dios vivo" (3,2-3). Pablo ganaba a su causa a todos con los que entraba en
relación No nos sorprende, por tanto, si el Crisóstomo habla de Pablo como
de "un alma de diamante" (Panegíricos, 1,8), y sigue diciendo: "Del mismo
modo que el fuego, aplicándose a materiales distintos, se refuerza aún más...,
así la palabra de Pablo ganaba a su causa a todos aquellos con los que
entraba en relación, y aquellos que le hacían la guerra, atrapados por sus
discursos, se convertían en alimento para este fuego espiritual" (ibíd., 7,11).
Esto explica por qué Pablo define a los apóstoles como "colaboradores de
Dios" (1 Cor 3,9; 2 Cor 6,1), cuya gracia actúa en ellos. Un elemento típico del
verdadero apóstol, sacado a la luz por san Pablo, es una especie de
identificación entre Evangelio y evangelizador, ambos destinados a la misma
suerte. Nadie como Pablo, de hecho, ha puesto en evidencia cómo el anuncio
de la cruz aparece como "escándalo y necedad (1 Cor 1,23), al que muchos
reaccionan con incomprensión y rechazo. Esto sucedía en aquel tiempo, y no
debe extrañarnos que suceda también hoy. En este destino, de aparecer
como "escándalo y necedad", participa también el apóstol y Pablo lo sabe: es
la experiencia de su vida. A los Corintios les escribe, no sin una vena irónica:
"Porque pienso que a nosotros, los apóstoles, Dios nos ha asignado el último
lugar, como condenados a muerte, puestos a modo de espectáculo para el
mundo, los ángeles y los hombres. Nosotros, necios por seguir a Cristo;
vosotros, sabios en Cristo. Débiles nosotros, mas vosotros, fuertes. Vosotros,
llenos de glorias; mas nosotros, despreciados. Hasta el presente, pasamos
hambre, sed, desnudez. Somos abofeteados, y andamos errantes. Nos
fatigamos trabajando con nuestras manos. Si nos insultan, bendecimos. Si
nos persiguen, lo soportamos. Si nos difaman, respondemos con bondad.
Hemos venido a ser, hasta ahora, como la basura del mundo y el desecho de
todos" (1 Cor 4,9-13). Es un autorretrato de la vida apostólica de San Pablo:
en todos estos sufrimientos prevalece la alegría de ser portados de la
bendición de Dios y de la gracia del Evangelio. Pablo comparte con la filosofía
estoica de su tiempo una tenaz constancia en todas las dificultades que se le
presentan Pablo, por otro lado, comparte con la filosofía estoica de su
tiempo una tenaz constancia en todas las dificultades que se le presentan:
pero él supera la perspectiva meramente humanística, reclamando el
componente del amor de Dios y de Cristo: "¿Quien nos separará del amor de
Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la
desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como dice la Escritura: Por tu causa
somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero.
Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquél que nos amó. Pues
estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni
lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra
criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo
Jesús Señor nuestro" (Rm 8,35-39). Esta es la certeza, la alegría profunda que
guía al apóstol Pablo en todas estas vicisitudes: nada puede separarnos del
amor de Dios. Y este amor es la verdadera riqueza de la vida humana. Una
actitud de completo servicio Como se ve, san Pablo se había entregado al
Evangelio con toda su existencia; ¡podríamos decir las veinticuatro horas! Y
cumplía su ministerio con fidelidad y con alegría, "para salvar a toda costa a
alguno" (1 Cor 9,22). Y respecto a las Iglesias, incluso sabiendo que tenía con
ellas una relación de paternidad (cfr. 1 Cor 4,15), incluso de maternidad (cfr.
Gal 4,19), se ponía en actitud de completo servicio, declarando
admirablemente: "No es que pretendamos dominar sobre vuestra fe, sino
que contribuimos a vuestro gozo" (2 Cor 1,24). Ésta es la misión de todos los
apóstoles de Cristo en todos los tiempos: ser colaboradores de la verdadera
alegría.

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¿Cuáles fueron los requisitos para ser un apóstol?


Publicado el agosto 16, 2014por salid de en medio de ellos

Los dos requisitos para ser un apóstol fueron (1) haber visto a Jesús
después de su resurrección con los propios ojos (así, ser un “testigo ocular
de la resurrección”), y (2) haber sido específicamente comisionado por
Cristo como su apóstol.[4]
El hecho de que un apóstol tenía que haber visto con sus propios ojos al
Señor resucitado se indica en Hechos 1:22, en donde Pedro dijo que la
persona para reemplazar a judas “sea hecho testigo con nosotros, de su
resurrección” (RVR). Es mas, fue “a los apóstoles que había escogido” que
“después de padecer la muerte, se les presento dándoles muchas pruebas
convincentes de que estaba vivo. Durante cuarenta días se les apareció”
(Hch. 1:2-3; cf. 4:33).

Pablo da gran importancia al hecho de que el reunió estos requisitos


aunque de una manera inusual (Cristo se le apareció en una visión en
camino a Damasco y lo nombró apóstol: Hch 9:5-6; 26:15-18). Cuando
defiende su apostolado dice: “¿No soy apóstol? ¿No he visto a Jesús
nuestro Señor?” (1Co.9:1). Y al mencionar a las personas quienes Cristo se
apareció después de su resurrección, Pablo dice: “Luego se apareció a
Jacobo, mas tarde a todos los apóstoles, y por ultimo, como a uno nacido
fuera de tiempo, se me apareció también a mi. Admito que yo soy el mas
insignificante de los apóstoles y que ni siquiera merezco ser llamado
apóstol” (1Co. 15:7-9).
Estos versículos se combinan para indicar que a menos que alguien haya
visto con sus propios ojos a Jesús después de la resurrección, no podía ser
apóstol.

El Segundo requisito, nombramiento especifico por Cristo como apóstol,


también es vidente en varios versículos. Primero, aunque el
término apóstol no es común en los Evangelios, a los doce discípulos se
les llama “apóstoles” específicamente en el contexto en que Jesús los
comisiona, “enviándolos” a predicar en su nombre:
“Reunió a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar a los
espíritus malignos y sanar toda enfermedad y toda dolencia. Estos son los
nombres de los doce apóstoles:… Jesús envió a estos doce con las
siguientes instrucciones:… Dondequiera que vayan, prediquen este
mensaje: “El reino de los cielos está cerca.” (Mt.10:1-7).
De modo similar, Jesús comisiona a sus apóstoles en un sentido especial
para que sean sus “testigos… hasta los confines de la tierra” (Hch.1:8). Y al
escoger a otro apóstol para que reemplace a Judas, los once apóstoles no
se irrogaron la responsabilidad sobre sí mismos, sino que oraron y
pidieron que el Cristo ascendido haga el nombramiento:

“Señor, tú que conoces el corazón de todos, muéstranos a cuál de estos


dos has elegidopara que se haga cargo del servicio apostólico que Judas
dejó… Luego echaron suertes y la elección recayó en Matías; así que él fue
reconocido junto con los once apóstoles.” (Hch.1:24-26).
Pablo mismo insiste en que Cristo personalmente lo nombró como
apóstol. Cuenta como, en el camino a Damasco, Jesús le dijo que lo estaba
nombrando como apóstol a los gentiles: “Me he aparecido a ti con el fin de
designarte siervo y testigo… Te librare de tu propio pueblo y de los
gentiles. Te envío a estos” (Hch.26:16-17). Más adelante afirma que fue
específicamente nombrado por Cristo como apóstol (ver Ro.1:1; Gá.1:1;
1Ti.1:12; 2:7; 2Ti.1:11).
*Tomado de Wayne Grudem, Teología Sistemática (Editorial Vida. Miami,
Florida, 2007, edición revisada 2009), pp. 952 – 953.

[4] Estas dos calificaciones se consideran en detalle en el ensato clásico de


J. B. Lightfoot, “The Name and Office of an Apostle”, en su
comentario, The Epistle of St. Paul to the Galatians (Primero publicado
en 1865; reimp. Zondervan, Grand Rapids, 1957, pp. 92-101; ver también
K. H. Rengstorf, “apóstolos”, TDNT, 1:398-447.

Cuáles son los requisitos bíblicos para el apostolado?"

Respuesta: Un apóstol ("alguien enviado en una misión") es aquel a


quien Dios ha enviado a hacer un encargo o que ha sido enviado con un
mensaje. Un apóstol es responsable con Aquel que lo envía y lleva su
autoridad. Un apostolado es el oficio que tiene un apóstol.

Jesucristo mismo tiene un "apostolado"; uno de sus títulos descriptivos


es el de "Apóstol" (Hebreos 3:1). Él fue enviado a la tierra por el Padre
celestial con el mensaje de autoridad de parte de Dios y que de manera
fiel lo entregó (Juan 17:1-5).

Mientras Jesús estaba aquí en la tierra, Él personalmente escogió a doce


hombres de entre muchos de Sus seguidores y les dio un apostolado, es
decir, una responsabilidad especial para recibir y difundir Su mensaje
después de regresar al cielo (Juan 17:6-20; Mateo 10:1-4; Marcos 3:14-
19). Estos elegidos y enviados fueron Sus apóstoles. Durante el tiempo
en que Jesús los estaba entrenando, no explicó las condiciones para
haberlos elegido.

Uno de los doce fue Judas Iscariote, que traicionó a Jesús con Sus
enemigos. En la agonía de la conciencia, Judas se ahorcó (Mateo 27:5).
Así pues, cuando Jesús regresó al cielo, dejó tras de sí sólo once
apóstoles.
Algunos días más tarde, los apóstoles que habían quedado estaban en
Jerusalén orando con la madre de Jesús, Sus hermanos y otros
creyentes. En total, el grupo era de aproximadamente unos 120 (Hechos
1:12-26). Simón Pedro se dirigió al grupo y les dijo que el Salmo
69:25 predijo la deserción de Judas y el Salmo 109:8 predijo que el
lugar del desertor entre los apóstoles alguien lo debía ocupar. El
apostolado debe recaer sobre alguien.

Pedro propuso la elección de un nuevo apóstol y establecieron los


requisitos. No todos podían ser considerados para un apostolado. Los
candidatos debían haber estado con Jesús durante los tres años que
Jesús estaba entre ellos. Es decir, un apóstol tenía que ser un testigo
ocular del bautismo de Jesús cuando el Padre celestial confirmó la
persona y la obra de Jesús. Necesitaba haber escuchado las enseñanzas
de Jesús que cambiaban vidas y haber estado presente para ver Sus
sanidades y otros milagros. Necesitaba haber sido testigo del sacrificio
de Jesús en la cruz y haber visto a Jesús, caminar, hablar y comer entre
los discípulos después de Su resurrección. Estos fueron los hechos
fundamentales de la vida de Jesús, el corazón del mensaje que iban a
enseñar, y se necesitaban testigos personales para verificar la veracidad
de las buenas nuevas.

El grupo de oración en Jerusalén nombró a dos que cumplían estos


requisitos para el apostolado: José Barsabás y Matías. Luego, los
discípulos le pidieron a Dios que los guiara para saber quién iba a ocupar
el lugar. Utilizando la forma que se usaba en ese tiempo para
determinar la voluntad de Dios, echaron suertes, dándole así la libertad
a Dios para hacer que Su elección fuera clara. La suerte cayó sobre
Matías, y él se convirtió en el duodécimo apóstol.

En repetidas ocasiones, los apóstoles daban testimonio de sus


observaciones personales acerca de Jesús, haciendo declaraciones tales
como, "Y nosotros somos testigos de todas las cosas que Jesús hizo en la
tierra de Judea y en Jerusalén; a quien mataron colgándole en un
madero. A éste levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase"
(Hechos 10:39-40).

Meses más tarde, Saulo, uno de los fariseos, estaba tratando de acabar
con la nueva "secta" del cristianismo, matando y encarcelando a algunos
de los seguidores de Jesús. Mientras Saulo estaba en uno de sus
mortales encargos rumbo a Damasco, el Jesús vivo se le apareció
personalmente. Este innegable encuentro con el Señor resucitado,
revolucionó la vida de Saulo. En una visión a otro creyente en Damasco,
Jesús dijo que Él había escogido a Saulo: "Ve, porque instrumento
escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles,
y de reyes, y de los hijos de Israel" (Hechos 9:15; cf. 22:14-15). Después
de su conversión, Pablo pasó algún tiempo en Arabia, donde fue
enseñado por Cristo (Gálatas 1:12-17). Los otros apóstoles reconocieron
que Jesús mismo había nombrado como uno de Sus apóstoles a aquel
que había sido su antiguo enemigo. Mientras Saulo iba a territorios
gentiles, cambió su nombre por "Pablo", y Jesús, quien le dio a Pablo su
apostolado, envió varios mensajes a través de él a Sus iglesias y a los
inconversos. Fue este apóstol, Pablo, quien escribió casi la mitad de los
libros del nuevo testamento.

En dos de sus Epístolas, Pablo identifica el oficio del apóstol como el


primero que Jesús nombró para servir a Sus iglesias (1 Corintios 12:27-
30; Efesios 4:11). Evidentemente, la obra del apostolado era sentar las
bases de la iglesia en un sentido sólo secundario al de Cristo mismo
(Efesios 2:19-20), requiriendo la autoridad de testigo presencial detrás
de su predicación. Después que los apóstoles pusieron el fundamento, la
iglesia pudo ser edificada.

Pablo nunca afirmó estar incluido entre los doce originales, pero si
reclamó el apostolado; los creyentes han reconocido que Jesús lo
nombró como Su apóstol especial a los gentiles (Gálatas 1:1; 1 Corintios
9:1; Hechos 26:16-18). Hay otros en la iglesia primitiva que se les
nombra como "apóstoles" (Hechos 14:4, 14; Romanos 16:7; 1
Tesalonicenses 2:6), pero sólo en el sentido de que fueron nombrados,
autorizados y enviados por las iglesias para encargos especiales. Estos
individuos llevaban el título de "apóstol" en un sentido limitado y no
tenían todas las cualidades del apostolado que los doce apóstoles y
Pablo tuvieron.

No existe evidencia bíblica para indicar que estos trece apóstoles fueron
sustituidos cuando murieron. Ver Hechos 12:1-2, por ejemplo. Jesús
nombró a los apóstoles para hacer la obra fundadora de la iglesia, y los
fundamentos sólo necesitan colocarse una vez. Después de la muerte de
los apóstoles, otros oficios además del apostolado que no requerían una
relación de primera mano con Jesús, continuarían con la obra.

Cuáles son los requisitos para ser apóstol?

La Palabra de Dios enseña claramente en muchos pasajes cuáles son los tres
requisitos que una persona debe cumplir para tener el oficio de apóstol:

1. Haber sido testigo ocular de Cristo después de su resurrección (Hechos


1:22, Hechos 10:39-41, 1 Corintios 9:1, 1 Corintios 15:7-8).
2. Poder comprobar su apostolado con señales y milagros (Mateo 10:1-
2, Hechos 1:5-8, Hechos 2:42, Hechos 4:33, Hechos 5:12, Hechos 8:14, 2
Corintios 12:12, Hebreos 2:3-4).
3. Haber sido escogido personalmente por el Señor Jesucristo (Marcos
3:14, Lucas 6:13, Hechos 1:2, Hechos 1:24, Hechos 10:41, Gálatas 1:1).

1- ser enseñado directamente por Cristo.

2- testigos de la resurrección de Cristo.

3-Escogidos directamente por Cristo.

De acuerdo con lo que aparece en la Biblia, son cinco


las características necesarias para ser llamado «apóstol»:

 Haber conocido personalmente a Jesús.


 Haber sido escogidos y enviados por Jesús.
 Haber sido testigos de Jesucristo resucitado.
 Dar la vida por Dios y por el evangelio.
 Seguir a Jesucristo.
Las calificaciones necesarias para el apostolado

En primer lugar, sería imposible para cualquier cristiano contemporáneo


satisfacer los requisitos bíblicos necesarios para que alguien sea considerado
apóstol. El Nuevo Testamento expone al menos tres criterios necesarios: (1)
el apóstol tenía que ser un testigo físico del Cristo resucitado (Hechos 1.22;
10.39– 41; 1 Corintios 9.1; 15.7–8.); (2) el apóstol tenía que ser nombrado
personalmente por el Señor Jesucristo (Marcos 3.14, Lucas 6.13, Hechos 1.2,
24; 10.41; Gálatas 1.1); y (3) el apóstol tenía que ser capaz de autenticar su
designación apostólica con señales milagrosas (Mateo 10.1–2; Hechos 1.5–8;
2.43; 4.33; 5.12; 8.14; 2 Corintios 12.12; Hebreos 2.3–4).

Esas calificaciones solamente demuestran de manera concluyente que no hay


apóstoles en la iglesia hoy. Ninguna persona viva ha visto a Cristo resucitado
con sus propios ojos, nadie es capaz de realizar señales milagrosas como las
de los apóstoles en el libro de los Hechos (Hechos 3.3–11; 5.15–16; 9.36–42;
20.6–12; 28.1–6), y a pesar de las afirmaciones presuntuosas de lo contrario,
el Señor Jesús no ha nombrado de manera personal y directa a nadie en la
iglesia moderna como apóstol. Por supuesto, hay algunos carismáticos que
afirman haber tenido visiones del Señor resucitado. Estas afirmaciones no
solo son altamente sospechosas e imposibles de verificar, sino que
simplemente no cumplen con los criterios apostólicos, ya que un apóstol
tenía que ver al Cristo resucitado en la carne con sus propios ojos. Como
Samuel Waldron explica:

Las visiones y los sueños, incluso si son reales y genuinos, no califican a nadie
como ser un apóstol de Cristo. Está claro que la Biblia enfatiza la distinción
entre la vista interna y la externa, y considera la revelación producto de la
vista externa como una señal de dignidad superior. Las demandas modernas
de haber visto a Jesús en una visión o un sueño no califican a nadie para
reclamar esta característica indispensable de un apóstol de Cristo.
Wayne Grudem, autor popular y profesor de teología y estudios bíblicos en el
Seminario de Phoenix, es un carismático comprometido y quizás el mejor
teólogo y apologista del movimiento. No obstante, incluso él reconoce que
«debido a que ya nadie hoy puede cumplir con la calificación de haber visto a
Cristo resucitado con sus propios ojos, no hay apóstoles en la actualidad».

Peter Wagner es muy consciente de estas calificaciones ¡Y como no puede


soslayarlas, simplemente las ignora! Después de establecer una versión del
«apostolado» que se ajuste a su Nueva Reforma Apostólica, Wagner admite
que intencionalmente deja fuera los requisitos bíblicos en la definición de
apóstol. En sus palabras:

Hay tres características bíblicas para el apostolado que algunos incluyen en


su definición de apóstol, pero he optado por no incluirlas: (1) señales y
prodigios (2 Corintios 12.12), (2) ver personalmente a Jesús (1 Corintios 9.1),
y (3) la plantación de iglesias (1 Corintios 3.10). Mi razón para esto es que no
considero que estas tres cualidades sean no negociables […] Si un individuo
carece de la unción para mostrar una o más de ellas, en mi opinión esto no
excluiría a esa persona de ser un legítimo apóstol.

Podemos discutir sobre si «plantar iglesias» es o no uno de los criterios


bíblicos para el apostolado. Sin embargo, las otras dos características
ciertamente lo son. Sin embargo, Wagner simplemente las descarta como
negociables. Las trata como algo intrascendente, sin ninguna razón evidente
que no sea que la norma bíblica anularía su propia pretensión de autoridad
apostólica. Tras haberse declarado a sí mismo apóstol, actúa como si él
tuviera la autoridad para ignorar la clara enseñanza de la Escritura, si «en [su]
opinión» algo que la Biblia enseña es inconveniente, o pudiera excluirlo del
oficio al que cree que tiene derecho. Esa clase de actitud despreocupada y
condescendiente hacia la Escritura impregna a la Nueva Reforma Apostólica.
Después de todo, de la única manera que Wagner y sus seguidores pueden
llamarse apóstoles hoy es haciendo oídos sordos a lo que la Biblia enseña
claramente.

2. Pablo fue el último apóstol


A pesar de que Pablo cumplió con los tres criterios mencionados antes,
resulta evidente que su nombramiento apostólico no fue la norma. El mismo
Pablo enfatizó este punto en 1 Corintios 15.5–9, mientras delineaba las
apariciones después de la resurrección del Señor Jesús. A diferencia de los
once, Pablo no había sido uno de los discípulos de Jesús durante su ministerio
terrenal. Él no estuvo presente en el aposento alto cuando el Señor se
apareció, ni fue uno de los quinientos testigos que vieron al Cristo resucitado.
¡De hecho, la aparición del Señor a Pablo no tuvo lugar solo luego de su
resurrección, sino después de su ascensión! Y ocurrió mientras Pablo (quien
en ese momento se llamaba «Saulo») estaba en camino para perseguir a los
seguidores de Cristo en Damasco (Hechos 9.1–8).

Sin embargo, si algunos piensan que ellos también pueden tener un


apostolado extraordinario como el de Pablo, es importante que tengan en
cuenta dos detalles importantes acerca del llamado único del apóstol. En
primer lugar, en 1 Corintios 15.8, Pablo afirma que él fue la última persona a
la que el Cristo resucitado se le apareció de forma personal y física. Esto
podría prevenir a cualquiera después de Pablo a hacer un reclamo legítimo
de apostolado, ya que ver al Señor resucitado es un requisito previo para ser
apóstol y Pablo declaró que él había sido el último en tener este tipo de
experiencia.

En segundo lugar, es importante tener en cuenta que Pablo vio su apostolado


como único y extraordinario. Era como «un abortivo» (v. 8), considerándose
a sí mismo «el más pequeño de los apóstoles» (v. 9) debido a la animosidad
que le había mostrado a la iglesia antes de su conversión. Aunque nunca se
puso en duda la autenticidad de su apostolado, Pablo ciertamente no lo veía
como un patrón normativo para que las futuras generaciones de cristianos lo
siguieran.

3. Los apóstoles poseían una autoridad única

Los apóstoles del Nuevo Testamento fueron reconocidos como los agentes
reveladores de Dios y como tales poseían un nivel sin igual de autoridad en la
historia de la iglesia, una autoridad derivada de Cristo mismo. Ser apóstol de
Jesucristo significaba ser su representante. En términos jurídicos
contemporáneos, podríamos referirnos a los apóstoles como delegados del
Señor. Eran los hombres a quienes él les había otorgado su propia autoridad.

Si bien es cierto que el término apóstol se utiliza a veces en el Nuevo


Testamento en un sentido genérico y no técnico para referirse a los
«mensajeros de las iglesias» (2 Corintios 8.23), esas personas no deben
confundirse con los doce o el apóstol Pablo. Ser apóstol del Señor Jesucristo
implicaba un llamado específico y un profundo privilegio, algo muy diferente
a ser simplemente un mensajero enviado de una congregación local. Para ser
apóstol del Señor Jesús se requería haber sido nombrado personalmente por
él. Era la posición de autoridad más alta posible en la iglesia, un oficio único
que abarcaba una comisión intransferible de Cristo a proclamar la doctrina
de la revelación y sentar las bases de la iglesia.

En el discurso del aposento alto, el Señor personalmente autorizó a sus


apóstoles para dirigir la iglesia en su ausencia, les prometió que el Espíritu
Santo los capacitaría para revelar la verdad de Dios a su pueblo (cp. Juan
14.26; 15.26–27; 16.12–15). Los creyentes en la iglesia primitiva
reconocieron la instrucción apostólica como llevando consigo la autoridad de
Cristo mismo. Los escritos apostólicos fueron inspirados, una revelación
infalible para ser recibida y obedecida como la Palabra de Dios (1
Tesalonicenses 2.13). Una carta inspirada escrita con autoridad apostólica
estaba tan acreditada como las Escrituras del Antiguo Testamento (cp. 1
Corintios 14.37; Gálatas 1.9; 2 Pedro 3.16). Judas ejemplifica esa actitud
cuando le escribió a la iglesia: «Pero vosotros, amados, tened memoria de las
palabras que antes fueron dichas por los apóstoles de nuestro Señor
Jesucristo» (Judas 17).

El tema de la autoridad apostólica es especialmente importante si tenemos


en cuenta la doctrina de la canonicidad. Los apóstoles fueron autorizados por
el mismo Señor Jesús para escribir las Escrituras inspiradas. Tal autoridad fue
la prueba principal que la iglesia primitiva aplicaba en cuestiones relativas a
la canonicidad: si un libro o una carta que afirmaba hablar con autoridad
profética había sido escrito por un apóstol o bajo la supervisión apostólica, se
reconocía como inspirado y autorizado. Por otra parte, los escritos que
estaban desvinculados de la autoridad apostólica no se consideraban parte
de las Escrituras, sin importar qué autoridad reclamara el autor para sí
mismo. Incluso en la iglesia primitiva no había escasez de materiales que
carecían de la autoridad apostólica, pero alegaban ser divinamente
inspirados (cp. 2 Tesalonicenses 2.2; 2 Corintios 11.13; 2 Pedro 2.1–3).

Todo esto plantea importantes interrogantes para los carismáticos modernos


que quieren restablecer a los apóstoles en la iglesia contemporánea. La
mayor parte de estos mismos autoproclamados «apóstoles» afirma haber
recibido una revelación directa y especial de Dios. Si en realidad tienen
autoridad apostólica, ¿qué les impide agregar algo a la Biblia? Por otro lado,
si los apóstoles modernos no están dispuestos a añadir nada a las Escrituras,
¿qué dice eso acerca de la legitimidad de su apostolado? Como Wayne
Grudem señala acertadamente: «Este hecho en sí mismo debería sugerirnos
que había algo único en el oficio de apóstol, y que no podemos esperar que
continúe hoy, porque en la actualidad nadie puede añadir palabras a la Biblia
y hacer que cuenten como las propias las palabras de Dios o como parte de
las Escrituras».

Esto es un reconocimiento profundo de un teólogo carismático líder. El punto


de partida esencial para la doctrina carismática es la afirmación de que todos
los milagros y dones espirituales descritos en Hechos y 1 Corintios aún están
disponibles para los cristianos de hoy, que los dones, señales y maravillas
proféticas no fueron exclusivos de la era apostólica, y que no hay ninguna
razón para creer que uno o más de estos fenómenos ha cesado. Esta posición
se conoce como continuacionismo. Sin embargo, Wayne Grudem ha
reconocido que es un cesacionista (lo contrario a un continuacionista)
cuando se trata de cuestiones tales como el ministerio apostólico y el canon
de las Escrituras. En efecto, él ha admitido el argumento fundamental en
contra de la doctrina carismática. Volveremos a tratar este punto más
adelante en el libro, pero por ahora observe que incluso los principales
apologistas del continuacionismo finalmente se ven obligados a confesar que
algo importante ha cambiado con el paso de la era apostólica.

El cambio más importante que todos los cristianos fieles deben reconocer es
que el canon de la Escritura está cerrado. Y sabemos que se cerró
precisamente porque el ministerio apostólico no continuó más allá del primer
siglo de la historia de la iglesia. Lo que se mantiene como nuestra única
autoridad hoy es el testimonio escrito de los apóstoles, un registro inspirado
de las enseñanzas autorizadas contenidas en la Biblia. Por lo tanto, los
escritos del Nuevo Testamento constituyen la única verdadera autoridad
apostólica en la iglesia de hoy.

4. Los apóstoles establecieron el fundamento de la iglesia

Al escribir su carta a los Efesios, Pablo explicó que sus lectores eran parte de
la familia de Dios, «edificados sobre el fundamento de los apóstoles y
profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo» (Efesios
2.19–20). Ese pasaje equipara a los apóstoles con las bases de la iglesia. No
obstante, si no se limita decididamente el apostolado a las primeras etapas
de la historia de la iglesia, no significa nada. Después de todo, un
fundamento no es algo que pueda ser reconstruido durante todas las fases
de la edificación. El fundamento es único, y siempre se coloca primero, con el
resto de la estructura descansando firmemente sobre él.

Cuando uno considera los escritos de los padres de la iglesia, aquellos líderes
cristianos que vivieron poco después de los apóstoles, se hace evidente
rápidamente que consideraban la época fundacional de la iglesia en el
pasado. Ignacio (c. 35–115 A .D.) en su Epístola a los magnesios, habló en
tiempo pasado de la obra fundacional de Pedro y Pablo. Al referirse al libro
de los Hechos, Ignacio escribió: «Esto se cumplió por primera vez en Siria,
porque “los discípulos fueron llamados cristianos en Antioquia”, cuando
Pablo y Pedro se hallaban estableciendo los cimientos de la iglesia».

Ireneo (c. 130–202) se refirió a los doce apóstoles como «el fundamento de
doce columnas de la iglesia». Tertuliano (c. 155–230) explicó igualmente que
«después de la época de los apóstoles» la única doctrina aceptada por los
cristianos verdaderos fue la que había sido «proclamada en las iglesias de
fundamento apostólico». Lactancio (c. 240–320), en su Institución Divina, se
refirió asimismo al tiempo pasado en el que se sentaron las bases apostólicas
de la iglesia. Al comentar sobre el papel de los doce, explicó que «los
discípulos, que se dispersaron a través de las provincias, en todas partes
sentaron las bases de la iglesia, haciendo también ellos mismos en el nombre
de su divino Maestro muchos y casi increíbles milagros, porque en su partida
los había dotado de poder y fuerza, por medio de los cuales el sistema de su
nuevo anuncio podía ser establecido y confirmado».

Los ejemplos podrían multiplicarse, pero el punto es claro. Los carismáticos


modernos pueden afirmar que una fundación apostólica todavía se está
dando en la actualidad. Sin embargo, esa idea es contraria tanto al sentido
obvio de las Escrituras como a la comprensión de los líderes cristianos que
siguieron inmediatamente a los apóstoles en la historia. Ellos entendieron
con claridad que el fundamento apostólico de la iglesia había sido
completado en el primer siglo. Cualquier noción de apóstoles modernos
simplemente destruye el significado de la metáfora de Pablo en Efesios 2.20.
Si los apóstoles constituyen el fundamento de la iglesia, es una locura tratar
de reubicarlos en las vigas.

5. La iglesia pos-apostólica fue dirigida por ancianos y diáconos

Cuando los apóstoles dieron instrucciones sobre el futuro de la iglesia y cómo


debería ser organizada, no sugirieron que fueran designados nuevos
apóstoles. En lugar de ello, hablaron de pastores, ancianos y diáconos. Por lo
tanto, Pedro instruyó a los ancianos: «Apacentad la grey de Dios que está
entre vosotros» (1 Pedro 5.2). Y Pablo le dijo a Tito que estableciera
«ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé» (Tito 1.5); e igualmente
indica los requisitos tanto para los ancianos como para los diáconos en el
tercer capítulo de 1 Timoteo. En ninguna parte de las epístolas pastorales se
dice algo acerca de la perpetuidad del apostolado, aunque Pablo habla
mucho sobre la organización de la iglesia bajo la dirección de los ancianos y
diáconos calificados. A medida que hombres fieles desempeñaran ese oficio,
la iglesia prosperaría. Por lo tanto, Pablo le dijo a Timoteo: «Lo que has oído
de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos
para enseñar también a otros» (2 Timoteo 2.2).

Cuando analizamos otra vez la historia de la iglesia — teniendo en cuenta el


testimonio de los líderes de la iglesia que vivieron poco después de que la era
del Nuevo Testamento terminara — nos encontramos con que los padres de
la iglesia no se ven a sí mismos como apóstoles, sino más bien como los
«discípulos de los apóstoles». Ellos entendieron que los apóstoles eran
únicos, y que luego de que la era apostólica concluyó, la iglesia fue
gobernada por los ancianos (incluyendo pastores u obispos) y diáconos.
Clemente de Roma, que escribió en los años 90, declaró que los apóstoles
«nombraron a los primeros frutos» de su trabajo «para ser obispos y
diáconos de los que habrían de creer después». Ignacio (c. 35–115 A .D.)
aclaró de manera similar en su Epístola a los antioqueños que no era apóstol.
Él escribió: «Yo no doy órdenes en estos puntos como si fuera un apóstol,
pero como consiervo de ustedes, los traigo a ellos a sus mentes».

Esas no son declaraciones fuera de lo común que simplemente he elegido


para establecer un punto. Representan la opinión unánime de los padres de
la iglesia en cuanto a que la edad apostólica fue única, irrepetible y estuvo
limitada al primer siglo de la historia de la iglesia. Agustín y Juan Crisóstomo
hablaron de los «tiempos de los apóstoles» como una época pasada y
completada. En el siglo cuarto, Eusebio, el historiador de la iglesia, trazó todo
el flujo de la historia de la iglesia como una progresión desde los «tiempos de
los apóstoles» hasta su propio presente. Basilio de Cesarea se refiere a los
líderes de la iglesia de las generaciones tempranas como «aquellos que vivían
cerca de los tiempos de los apóstoles». Tertuliano hizo hincapié en los
acontecimientos que tuvieron lugar «después de los tiempos de los
apóstoles».

Una vez más, los ejemplos podrían multiplicarse para dejar bien establecido
un hecho: el consenso unilateral de la iglesia primitiva era que el período
apostólico terminó y no se esperaba que continuara. Los que vinieron
después de los apóstoles afirmaron claramente que no eran apóstoles. En
cambio, con razón, se veían a sí mismos como pastores, ancianos y diáconos.
Para citar de nuevo a Wayne Grudem en defensa del cesacionismo:

Cabe señalar que ninguno de los principales líderes en la historia de la


iglesia — ni Atanasio, Agustín, Lutero, Calvino, Wesley o Whitefield — se
adjudicaron a sí mismos el título de «apóstol» o permitieron que alguien los
llamara apóstol. Si algunos en los tiempos modernos quieren tomar el título
de «apóstol» para sí mismos, levantan inmediatamente la sospecha de que
puedan estar motivados por el orgullo y los deseos inapropiados de
exaltación propia, junto con la excesiva ambición y el anhelo de tener mucha
más autoridad en la iglesia de la que cualquier persona debe legítimamente
poseer.

6. Los apóstoles tienen una posición de honor única

Los apóstoles no solo tienen una posición de autoridad única en la historia de


la iglesia, sino también se les da un lugar de honor único en la eternidad. En
la descripción de la Nueva Jerusalén, el apóstol Juan explica que «el muro de
la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce
apóstoles del Cordero» (Apocalipsis 21.14). Por toda la eternidad, esas
piedras servirán como recuerdo eterno de la relación de Dios con la iglesia,
de la cual los apóstoles son el fundamento. Los nombres de los doce
apóstoles se sellaron para siempre en el muro de la Nueva Jerusalén.

¿Creen realmente los apóstoles de hoy que se merecen el mismo lugar de


honor celestial que los apóstoles del Nuevo Testamento? Algunos de sus
seguidores creen que sí. De acuerdo a uno que se llama a sí mismo profeta:
«Ahora mismo, apóstoles como el doctor Peter Wagner están estableciendo
un fundamento desde el cual la guerra espiritual en los cielos puede ser
luchada y ganada […] Los apóstoles están siendo levantados. Dios ha
levantado a estos hombres para que sean muy visibles. Sabemos mucho
acerca de algunos apóstoles del Nuevo Testamento. Vamos a saber mucho de
algunos apóstoles de la Nueva Jerusalén. Podemos sentirnos ofendidos, o
podemos subirnos a bordo».

Esa es una declaración sorprendente, porque implica que Wagner y sus


secuaces serán eternamente honrados de la misma manera que los doce
apóstoles y Pablo. Todos los verdaderos creyentes deben estar
extremadamente ofendidos por ese tipo de arrogancia y presunción
manifiestas. El honor otorgado a los apóstoles en la Nueva Jerusalén es
único. Se limita a los designados personalmente por Cristo en el Nuevo
Testamento. Solo los falsos maestros equivocados afirmarían honra
apostólica eterna para alguien vivo hoy.

Tomado del libro “Fuego Extraño” de John MacArthur, páginas de la 97 a la


104

Hace algunos años conversaba con una persona sobre temas


espirituales. Le pregunté cómo se llamaba el pastor de la iglesia
a la que asistía a lo que respondió: “en mi iglesia el líder es un
apóstol”. Si tienes treinta años o más, probablemente has
notado que en los últimos años el cristianismo ha visto un
crecimiento de personas afirmando ser apóstoles. Este
crecimiento reciente es llamado por algunos la “Nueva Reforma
Apostólica” y/o “la Segunda Era Apostólica”. Esta serie de dos
artículos tiene el propósito de estudiar este tema a la luz de las
Escrituras para poder contestar la pregunta: ¿Existen apóstoles
hoy?

Para contestar esta pregunta principal buscaremos responder


tres preguntas relacionadas: 1) ¿Qué significa la palabra
apóstol?, 2) ¿Cuáles eran los requisitos para ser apóstol? y 3)
¿Por qué se necesitaban apóstoles en la iglesia primitiva? En la
primera parte de esta serie analizaremos las primeras dos
preguntas a la luz de la Escritura.
¿Qué significa la palabra apóstol?

La palabra apóstol en nuestras versiones de la Biblia en español


es una transliteración (palabra que pasa de un idioma a otro
igual o casi igual). La palabra en griego es apostolos y significa
delegado, mensajero o enviado. En la Biblia se utiliza el término
de tres maneras diferentes:

1. Sentido único – La Biblia se refiere a Cristo como


el “apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión” (He.
3:1). En este sentido Jesús es, no solo un apóstol sino, El
Apóstol. Solo de Jesús se puede decir que fue enviado por
el Padre para dar su vida por los pecados del mundo (Jn.
3:16-17, 34, 5:36-38, 8:42).
2. Sentido específico – La Escritura usa la palabra apóstol en
un sentido específico para hablar de un grupo especial de
personas, los doce, Matías y el apóstol Pablo (Mt. 10:2-4;
Lc. 6:12-16; Hch. 1:26; Gal. 1:1). Eran escogidos por Dios
para ser sus representantes especiales ante el mundo.
Explicaremos esto en más detalle luego.
3. Sentido general – Eran también considerados apóstoles, en
un sentido diferente al mencionado anteriormente, ciertos
líderes escogidos por las iglesias con una tarea específica.
En 2 Corintios 8:23 se les llama “mensajeros”(en griego
apóstoles) a un grupo de hermanos. En Filipenses 2:25
Epafrodito es llamado “mensajero” (en griego apóstol).
Estos hermanos eran apóstoles, aunque no en el sentido
específico de los doce, Matías y Pablo. Simplemente habían
sido escogidos por un grupo de creyentes con una
encomienda. Los hermanos mencionados en 2 Corintios
8:23 habían sido escogidos por las iglesias para llevar una
ofrenda a los creyentes pobres de Jerusalén (2 Co. 8-9) y
Epafrodito había sido escogido por la iglesia de Filipo para
llevar ayuda material a Pablo, quien se encontraba
encarcelado (Flp. 2:25, 4:18). Se debe notar que no se les
llama apóstoles de Cristo (1 Co. 1:1; 1 Pe. 1:1), sino
apóstoles o mensajeros de las iglesias (2 Co. 8:23; Flp.
2:25).
¿Cuáles eran los requisitos para ser un apóstol de
Jesucristo?

Luego de que el Señor ascendiera a la diestra del Padre, los


apóstoles decidieron reconocer quién había sido escogido por
Dios para sustituir a Judas Iscariote. Algunos estudiosos
sostienen que los apóstoles se apresuraron al nombrar a Matías
ya que, alegan, debió ser el apóstol Pablo quien sustituyera a
Judas. La postura que se tome en cuanto a este punto es
irrelevante para propósitos de este escrito. Lo esencial para
responder nuestra pregunta es notar que en el proceso de
nombrar a Matías podemos ver cuatro requisitos necesarios para
que una persona pudiera sustituir a Judas y ser considerada
apóstol.

En Hechos 1:21-22 leemos lo siguiente:


Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado
juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y
salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de
Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido
arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección.”

En este pasaje podemos notar tres requisitos para ser apóstol:

1. Ser testigo ocular de la resurrección de Cristo. Todos los


apóstoles vieron con sus ojos físicos a Cristo después de
Su resurrección, incluyendo al apóstol Pablo quien fue
testigo ocular de Su resurrección camino a Damasco (1 Co.
9:1, 15:8; Hch. 9:3-5; 26:16). Es por eso que defiende su
apostolado frente a los Corintios con las palabras “…no he
visto a Jesús el Señor nuestro?” (1 Co. 9:1). Algunos
claman haber visto a Jesús en visión. Esto no cumple el
requisito de ser testigo ocular de la resurrección de Cristo.
Pablo vio a Cristo ocularmente y aun así, considera su
llamado al apostolado como algo único y anormal, pues fue
el único y último de los apóstoles en ver a Jesús
ocularmente. Es por eso que escribió que el Señor se le
apareció “al último de todos, como a un abortivo” (1 Co.
15:8).
2. Haber aprendido y recibido la doctrina directamente de
Jesús, no de otros creyentes. Los apóstoles aprendieron las
doctrinas relacionadas al Nuevo Testamento directamente
de Cristo. Estuvieron aprendiendo de él por tres años
durante su ministerio terrenal y luego de Su ascensión
continuaron aprendiendo de Cristo por revelación directa
de Él. El apóstol Pablo enfatiza este requisito al defender
su apostolado en su epístola a los Gálatas. “Mas os hago
saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es
según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre
alguno, sino por revelación de Jesucristo” (Gal. 1:11-12).
Un apóstol no aprendía las enseñanzas del Nuevo
Testamento de ningún hombre, ni siquiera de otros
apóstoles (Gal. 1:16-17), sino directamente de Cristo.
3. Los apóstoles debían dar evidencia de su apostolado con
milagros. Los apóstoles dieron evidencia de su llamado con
señales milagrosas (Hch. 3:1-10, 4:33, 5:12-16, 9:32-43,
13:11, 14:3, 8-9, 16:18, 19:6, 11-12, 20:9-10, 28:3-10).
Es por eso que Pablo también defiende su apostolado
haciendo referencia a los milagros hechos por él: “Con
todo, las señales de apóstol han sido hechas entre
vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y
milagros.” (2 Co. 12:12). Aunque algunos hoy afirman
hacer los milagros que los apóstoles hicieron, la realidad es
que tales afirmaciones no son ciertas. Los apóstoles
sanaban de manera extraordinaria, inmediata, completa,
irrefutable y continua. Después de los apóstoles nunca ha
habido un tiempo de abundantes milagros semejante al de
los inicios de la iglesia primitiva.
4. Ser escogido por Dios como apóstol. Haber aprendido la
doctrina directamente de Cristo, haberlo visto ocularmente
y hacer milagros no era suficiente para ser considerado
apóstol de Jesucristo. Muchas personas oyeron la Palabra
de Dios directamente de los labios de Jesús, más de
quinientos hermanos lo vieron después de haber resucitado
(1 Co. 15:6) y personas que hicieron milagros no fueron
considerados apóstoles (Hch. 7:5-8). Un apóstol era una
persona escogida personalmente por Cristo para esa
posición (Hch. 1:2; Gal. 1:1, 15-16).
Considerar estos requisitos es suficiente para concluir que hoy
no tenemos apóstoles. Nadie en el día de hoy ha visto a Cristo
ocularmente, nadie hoy está haciendo milagros como los que
hicieron los apóstoles y nadie hoy aprende su doctrina por
revelación directa de Cristo sin necesidad de maestros y del
Nuevo Testamento y esto es suficiente para concluir que no
existen apóstoles hoy. Dios no llama apóstoles a personas que
no cumplen con los requisitos que Él mismo estableció.

En la segunda parte de esta serie veremos que hoy no existen


apóstoles al considerar el propósito de los apóstoles en la iglesia
primitiva.

Según lo que anteriormente vimos en la descripción de un apóstol, ¿qué


contraste vemos con los apóstoles de hoy en día? C. Peter Wagner, de la
Coalición Internacional de Apóstoles, ha sido un impulsador muy formativo
en esta área del movimiento neo apostólico. Wagner dice que Efesios
4:11habla del ministerio quíntuple, el cual es necesario para edificar la iglesia
de hoy. Wagner define un apóstol también como un líder que ejerce
autoridad extraordinaria sobre cierto número de iglesias en cuanto a asuntos
espirituales.

Hay apóstoles en la actualidad?

“Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros,


evangelistas; a otros, pastores y maestros . . .”
Efesios 4:11

Sí hay apóstoles en la actualidad, pero de una categoría inferior a los doce


primeros apóstoles también llamados "Apóstoles del Cordero" (Mt. 19:28 /
Ap. 21:14), incluso YESHUA / Jesús fue también un Apóstol ya que la palabra
Apóstol (griego: apostolos) quiere decir "ENVIADO / MENSAJERO /
EMBAJADOR", YESHUA / Jesús fue ENVIADO por el Padre para salvarnos:
“Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial,
considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, YESHUA
HAMASHIAJ (Cristo Jesús) . . .”
Hebreos 3:1

Otro Apóstol fue Matías:

“Y les echaron suertes, y la suerte cayó sobre Matías; y fue contado con los
once apóstoles.”
Hechos 1:26

Pablo corrobora que Matías ocupó el lugar de Judas cuando declaró:

“. . . apareció a Cefas, y después a los doce.”


I Corintios 15:5

11 apóstoles + Matías (el último de los 12)

12 APOSTOLES

Si Pablo habla de los 12 apóstoles, está claro que él no se contaba como uno
de ellos, aunque Pablo fue un apóstol pertenecía a otra categoría.

Jacobo, el hermano de YESHUA, fue otro apóstol:

“pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo el hermano del


Señor.”
Gálatas 1:19

También Pablo y Bernabé eran apóstoles:

“Cuando lo oyeron los apóstoles Bernabé y Pablo, rasgaron sus ropas . . .”


Hechos 14:14

Apolos también fue otro apóstol:


“Pero esto, hermanos, lo he presentado como ejemplo en mí y en Apolos . . .
Porque según pienso, Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles como
postreros, como a sentenciados a muerte . . .”
1Corintios 4:6a y 9a

Posiblemente, Andrónico y Junias eran apóstoles ya que hay una referencia


indirecta pero muy significativa de ellos:

“Saludad a Andrónico y a Junias, mis parientes y mis compañeros de


prisiones, los cuales son muy estimados entre los apóstoles, y que también
fueron antes de mí en Cristo.”
Romanos 16:7

Epafrodito también fue otro apóstol:

“Mas tuve por necesario enviaros a Epafrodito, mi hermano y colaborador y


compañero de milicia, vuestro mensajero (griego: apostolos), y ministrador
de mis necesidades . . .”
Filipenses 2:25

Otra versión del versículo anterior dice:

"Vuestro apóstol y ministro . . ."

Silvano y Timoteo eran apóstoles:

"Pablo, Silvano y Timoteo, a la iglesia de los tesalonicenses en Dios Padre y en


el Señor Jesucristo: Gracia y paz sean a vosotros, de Dios nuestro Padre y del
Señor Jesucristo. . . ni buscamos gloria de los hombres; ni de vosotros, ni de
otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo."
I Tesalonicenses 1:1; 2:6

Por tanto, hemos visto tres categorías en el ministerio apostólico:

PRIMERA CATEGORÍA:
YESHUA / Jesús.

SEGUNDA CATEGORÍA:

Apóstoles del Cordero. Son 12 los que pertenecen a este tipo de categoría,
debían haber estado con Yeshua / Jesús y ser testigos de su resurrección y
ascensión como vemos en Hechos 2:21 y 22. Este grupo recibió promesas
especiales:

“. . . cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros


que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a
las doce tribus de Israel.”
Mateo 19:28

“Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres
de los doce apóstoles del Cordero.”
Apocalipsis 21:14

TERCERA CATEGORÍA:

Los demás apóstoles: Pablo, Bernabé, Jacobo, Apolos, Andrónico, etc., etc.,
etc. Estos apóstoles son diferentes a los Apóstoles del Cordero que eran
solamente 12, en los siguientes versículos vemos como el propio apóstol
Pablo los considera de otra categoría:

“y que apareció a Cefas,y después a los doce. Después apareció a más de


quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya
duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al
último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí.”
I Corintios 15:5-8

Yeshua / Jesús se apareció primero a Cefas, después a los 12 . . . y después a


todos los apóstoles. Aquí vemos una clara distinción entre los 12 y los demás
apóstoles.
Debemos recordar que el apóstol es el enviado, el mensajero, por eso,
cuando Dios envía una persona a China, o a donde sea, esa persona ENVIADA
por DIOS puede ser considerada un Apóstol (mensajero / enviado).

Falsos Apóstoles

“Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan


como apóstoles de Cristo.”
II Corintios 11:13

Cuando existe algo falso es porque existe lo verdadero, no existen los billetes
de 2 euros falsos porque NO existe un billete de dos euros.

El propio Yeshua / Jesús menciona estos falsos apóstoles:

“Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes


soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo
son, y los has hallado mentirosos. . .”
Apocalipsis 2:2

En Éfeso había falsos apóstoles y la iglesia de Éfeso tuvo que probarlos, si NO


hubiera habido apóstoles verdaderos, entonces NO habría sido necesario
probar a esas personas que decían ser apóstoles.

Por: John MacArthur

Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros,


evangelistas; a otros, pastores y maestros. (Efesios 4:11 RV 1960)

En 1 Corintios 12.28 Pablo dice: “Y a unos puso Dios en la iglesia,


primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros”. Esa
declaración no solo añade peso a la idea del llamamiento divino sino también
al orden cronológico de importancia (“primeramente… luego… lo tercero”) y
en la constitución que Dios hace de estos hombres dotados en la iglesia como
dádivas para su crecimiento.
A los dos primeros tipos de hombres dotados, apóstoles y profetas, les
fueron asignadas tres responsabilidades básicas:

(1) Colocar los cimientos de la iglesia (Ef 2:20); (2) recibir y declarar la
revelación de la Palabra de Dios (Hch 11:28; 21:10-11; Ef 3:5; y (3) dar
confirmación de esa Palabra mediante “señales, prodigios y milagros” (2 Co
12.12; cp. Hch 8: 6 -7; He. 2: 3-4)

Los primeros hombres dotados por Dios en la iglesia del Nuevo Testamento
fueron los apóstoles, entre los cuales Jesucristo mismo tuvo la preeminencia
(He. 3.1). El significado básico de apóstol (apóstolos) es simple: aquel que es
enviado para cumplir una misión. En su sentido más elemental y técnico, la
palabra apóstol solo se emplea en el Nuevo Testamento con referencia a los
doce, incluido Matías quien reemplazó a Judas (Hch 1:26), y a Pablo quien
fue apartado de una manera única para ser apóstol de los gentiles (Gá 1: 15 -
17; cp. 1 Co 15:7-9; 2 Co 11:5).

Las cualidades requeridas para ese apostolado eran el haber sido


seleccionado directamente por Cristo y haber sido testigos oculares del Cristo
resucitado (Mr 3:13, Hch1: 22 -24). Pablo fue el último en cumplir esos
requisitos (Ro- 1:1, etc). Por lo tanto, no es posible, como algunos alegan,
que existan apóstoles en la iglesia hoy día. Algunos han observado que los
apóstoles fueron como delegados que asistieron a una convención
constitucional, al terminar la convención, el cargo o la posición cesa. Al ser
completado el Nuevo Testamento, el oficio de apóstol dejó de existir como
tal.

El término apóstol se emplea en un sentido más general para hacer alusión a


otros hombres de la iglesia primitiva, tales como Bernabé (Hch 14:4), Silas y
Timoteo (1 Ts 2:6), y otros contados líderes sobresalientes (Ro 16:7, 2 Co
8:23; Fil 2:25). Los falsos apóstoles de quienes se habla en 2 Cor 11:13 sin
duda pretendieron adulterar esta clase de apostolado porque la otra estaba
limitada a trece personas reconocidas por todos. Los apóstoles verdaderos en
el segundo eran llamados “mensajeros [apostoloi] de las iglesias” (2 Co 8:
23), mientras que los trece fueron “apóstoles de Jesucristo” (Gá 1:1; 1 P 1:1,
etc.)

Los apóstoles en ambos grupos eran autenticados “por señales, prodigios y


milagros (2 Co 12:12), pero ninguno de los dos oficios podía perpetuarse, ya
que a partir de Hch 16:4 deja de usarse el término apóstol en ambos
sentidos. Tampoco existe registro en el Nuevo Testamento de un apóstol en
cualquiera de los grupos que hubiera sido reemplazado por otro al morir.

.. Los profetas también eran designados por Dios como hombres con dones
especiales, y se diferencian de los creyentes que tienen el don de profecía (1
Co 12:10). No todos esos creyentes podían ser llamados profetas. Parece que
la posición de profeta estaba destinada de forma de forma exclusiva al
trabajo dentro de una congregación local, mientras que el apostolado era un
ministerio mucho más amplio y no se confinaba a un área en particular, como
lo indica la palabra apóstolos (“el que es enviado en una misión”). Por
ejemplo, a Pablo se hace referencia como un profeta cuando ministraba a
escala local en la iglesia de Antioquía (Hch. 13.1), pero el resto del tiempo
siempre es llamado un apóstol.

Los profetas hablaban en algunas ocasiones con revelación directa de Dios


(Hch 11:21-28), y a veces solo hacían una exposición explicativa de revelación
ya dada (como está implícito en Hch 13.1, donde se presentan en conexión
con maestros). Siempre hablaban en nombre de Dios, pero no siempre daban
un nuevo mensaje revelado de parte de Dios. Los profetas secundaban a los
apóstoles y su mensaje debía ser juzgado conforme al de los apóstoles (1 Co.
14:37). Otra distinción entre los dos oficios pudo haber sido que el mensaje
del apóstol era más general y doctrinal, mientras que el de los profetas era
más personal y práctico.

Sin embargo, al igual que los apóstoles, su oficio llegó a un cese definitivo al
quedar completo el Nuevo testamento, así como los profetas del Antiguo
Testamento desaparecieron con la culminación de eso testamento, unos 400
años antes de Cristo. La iglesia fue establecida y edificada “sobre el
fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo
Jesucristo mismo” (Ef. 2:20). Una vez que el fundamento quedó asentado, la
obra de los apóstoles y profetas llegó a su fin.

(Primera Corintios, El comentario MacArthur del Nuevo Testamento


[Chicago: Moody, 1984], pp. 322-24)

No se menciona que los últimos dos oficios reemplacen a los primeros dos,
porque en tiempos del Nuevo Testamento todos eran operantes. No
obstante, el hecho es que, en su servicio continuado a la iglesia,
los evangelistas y pastores sí tomaron la batuta de la primera generación
de apóstoles y profetas.

Desde su inicio en el Pentecostés, la iglesia ha sido deudora de los apóstoles,


por medio de quienes Cristo estableció doctrina plena del Nuevo Testamento
(véase Hch. 2:42). Aquellos hombres con llamado y capacitación espiritual
únicos consignaron la revelación definitiva de Dios tal como les fue revelada.

Los profetas, aunque por lo general no recibían revelación directa de Dios, de


todas maneras fueron instrumentos esenciales en la edificación y
fortalecimiento de la iglesia primitiva. Tanto los apóstoles como los profetas
han salido de la escena (Ef. 2:20), pero el fundamento que asentaron es el
mismo sobre el que se ha construido toda la iglesia de Cristo.
Para enfocar este tema, es necesario primero analizar los diferentes usos de
la palabra griega apóstolos. El término se deriva del verbo apostellô, que
significa simplemente "enviar". Por eso, (1) el sentido más general de
apóstolos, como en Juan 13:16, es cualquier persona enviada en cualquier
misión (recadero, mandadero). Un aspecto más específico de este sentido (2)
ocurre en 2 Cor 8:23 y Fil 2:25 cuando mencionan "los mensajeros de las
iglesias" (apostoloi ekkêsiôn), como delegados comisionados por las
congregaciones para alguna tarea. En tercer lugar (3), la palabra significa
"misionero", que es el equivalente en latín (del verbo mitto, misi, "enviar").
En este sentido Jesucristo es el "misionero" enviado por Dios (Heb 3:1). Como
veremos más adelante, Cristo no era "apóstol" en el mismo sentido que los
doce, sino como "enviado" y "misionero" del Padre y prototipo de la misión
de la iglesia (Jn 20:21; Mr. 9:37; Mt 10:40; Jn 13.20: Jesús es el Enviado del
Padre). El cuarto sentido (4) es lo que generalmente entendemos por "los
apóstoles", como Pedro, Pablo y los demás. En ese aspecto, el término podría
llamarse un título, de una primacía en cierto sentido jerárquica.[1] Dados
estos diversos sentidos de la palabra "apóstol", es necesario en cada texto
bíblico determinar cuál de ellos se está empleando. Serios problemas
resultan cuando se confunde un sentido con otro. Los "apóstoles" de hoy
toman pasajes donde el término significa "misionero" pero los aplican en el
otro sentido y quieren atribuirse los títulos y autoridades de los doce y de
Pablo. La iglesia católica hace algo parecido con su " sucesión apostólica" a
través de los siglos. Según el Nuevo Testamento, los apóstoles no tienen
sucesores. EL TRASFONDO JUDÍO El apostolado del Nuevo Testamento se
basó en una práctica judía de designar un emisario, llamado ShaLiaJ, con
plenos poderes para representar a quien lo había enviado (Esd 7:14; Dn 5:24;
cf 2 Cron 17:7-9). El ShaLiaJ era una especie de plenipotenciario ad hoc. Eran
comunes las fórmulas legales como "el que te recibe a tí me recibe a mí", "lo
que ustedes atan en mi nombre lo he atado yo" y muchos otros parecidos,
que aparecen también en el Nuevo Testamento (Mr 9:37; Mt 16:19; Lc 10:16;
Jn 13:20; 20:23). La comisión del ShaLiaJ era para una tarea específica y no
era transferible a otras personas. El paradigma definitivo, Hechos 1: Después
de suicidarse Judas, los discípulos sentían la necesidad de completar el
número doce, como paralelo con las doce tribus de Israel. Con ese fin,
guiados por el Espíritu Santo, definieron los requisitos indispensables para
incorporarse en el apostolado. La elección se limitó a "hombres que han
estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía
entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que
entre nosotros fue recibido arriba" para que "uno sea hecho testigo con
nosotros, de su resurrección" (Hech 1:21). Además, la selección fue hecha
por Cristo mismo (1:24; cf. 1:2). Veremos en seguida que todas estas mismas
condiciones se aplican al caso de Pablo. Ese texto, y otros, muestran que para
ser apóstol en el mismo sentido que los doce y Pablo, era requisito
indispensable haber sido testigo ocular y presencial del ministerio de Jesús
(Hechos 1:21-22; cf. 1 Jn 1:1-4) y de su resurrección (Hch 10:40-42; 1Co 15).
Por supuesto, tal cosa sería imposible después de morir los contemporáneos
de Jesús. La iglesia ahora es "apostólica" cuando es fiel al testimonio de ellos,
que tenemos en el Nuevo Testamento, y cumple así su "apostolado"
misionero. Sobre el fundamento de ellos Cristo sigue construyendo la iglesia
(Efes 2:20). Es importante reconocer que esta sustitución de Judas por Matías
es el único reemplazo de un apóstol, precisamente para completar el número
de doce. Matías no era sucesor de Judas sino su reemplazo. Después, al morir
los doce y Pablo, ni el Nuevo Testamento ni la historia de la iglesia narra la
elección de algún sucesor de alguno de ellos. Al morir el apóstol Jacobo,
nadie le sucedió o reemplazó (Hech 12:2). El grupo quedó cerrado, como es
evidente en Apocalipsis 21:14. Obviamente, en esas puertas de la Nueva
Jerusalén no aparecerá el nombre de ninguno de nuestros apóstoles de hoy.
Toda esta evidencia bíblica deja muy claro que para ser apóstol, el candidato
tenía que ser alguien del primer siglo. Nadie después del primer siglo podría
haber sido testigo presencial del ministerio de Jesús y de su resurrección. Ese
requisito descalifica de antemano a todos nuestros "apóstoles" de nuestros
tiempos modernos. EL APÓSTOL PABLO El apostolado de Pablo fue
severamente cuestionado, precisamente porque él no había sido uno de los
discípulos, como requiere Hechos 1, aunque sí era contemporáneo de Jesús y
sin duda testigo de su ministerio.[2] Repetidas veces Pablo tiene que
defender su llamado de apóstol, pero lo significativo es que lo defiende en
los mismos términos básicos de Hechos 1: él también había visto al
Resucitado (1 Cor 9:1; 1Cor 15), fue nombrado apóstol no por hombres sino
por el mismo Cristo (Gal 1:1,15-17,19; cf. 1 Tim 1:1; 2:7), y él, igual que los
doce, había realizado las señales de apóstol y la predicación del evangelio (2
Cor 12:12; cf. Rom 15:18-19). En 1 Corintios 9:1-6 Pablo se defiende contra
los que negaban que él era apóstol: ¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he
visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor? Si para
otros no soy apóstol, para vosotros ciertamente lo soy; porque el sello de mi
apostolado sois vosotros en el Señor. A continuación, Pablo responde a los
que le acusan, afirmando que él tiene los mismos derechos de todos los
apóstoles (9:3-6; cf. 2 Cor 11:5,13; 12:11s). En este contexto, 1 Corintios 15
es especialmente importante. En este pasaje Pablo afirma vigorosamente la
fe en la resurrección (15:1-8, 12-58) pero también, menos conspicuamente,
defiende su propio apostolado (15:8-11). Después de definir el evangelio
como la muerte, sepultura y resurrección de Cristo (15:1-4), Pablo enumera
una lista de los que podríamos llamar "los testigos autorizados de la
resurrección" (15:5-8): Céfas, los doce, más de quinientos hermanos, Jacob,
después todos los apóstoles y al final Pablo mismo. Por eso, de las varias
personas que el Nuevo Testamento llama apóstoles, sabemos que tenían que
haber sido testigos presenciales de la resurrección. Está claro que en este
pasaje Pablo no está hablando sólo de visiones espirituales, como tuvo él
mismo (2 Cor 12) y que tuvieron Esteban (Hech 7) o Juan (Apoc 4-5), que no
podrían servir como evidencias de la resurrección corporal de Jesús. El verbo
repetido en estos versículos de 1 Cor 15 es "apareció", y el sujeto activo es el
Resucitado (cf. Gál 1:16). Eran visitaciones del Señor, apariciones por
iniciativa de él, para demostrar la realidad de su resurrección. Se trata de
revelaciones corporales como las de Cristo durante los cuarenta días, que
constituyeron a sus receptores en testigos oculares del hecho. En ese
sentido, Pablo reconoce que su propio caso es una anomalía, pues aunque
era contemporáneo de Jesús, no había sido discípulo ni había estado
presente con los discípulos durante los cuarenta días. Sin embargo, insiste en
que su encuentro con Cristo en el camino a Damasco pertenecía a la misma
serie de visitaciones especiales. Por otra parte, Pablo afirma que su
encuentro con el Resucitado fue la última de la serie (15:8; cf. 1 Cor 4:9), sin
posibilidad de otras. Para mayor énfasis, Pablo afirma que Cristo lo llamó al
apostolado no sólo de último sino "como un abortivo" (Gr. ektrômati), una
excepción. Pablo era un apóstol "nacido fuera del tiempo normal". No puede
haber otros apóstoles después de él. OTROS APÓSTOLES Este pasaje habla de
"todos los apóstoles", además de los doce y Pablo (1 Cor 15:7), pero todos
ellos eran también testigos oculares de la resurrección. En cambio, de líderes
que sabemos que no habían participado en esa experiencia, como Apolos y
Timoteo, el Nuevo Testamente nunca los llama "apóstol". No podían ser
apóstoles sin haber visto al Resucitado (y no sólo en visión mística). Por eso,
de todas las demás personas llamadas "apóstol" podemos estar seguros de
que habían sido testigos oculares del Resucitado o si no, eran apostoloi sólo
en el sentido de "misioneros" o de "delegados congregacionales". Es muy
significativo que tanto los doce como Pablo aplican los mismos requisitos
básicos para el apostolado: sólo pueden ser apóstoles los que habían visto al
Cristo en su cuerpo resucitado y habían sido comisionados personalmente
por él para ser testigos de su vida y resurrección. De estos, el último fue el
apóstol Pablo. Los apóstoles cumplieron una función histórica. Obviamente,
nadie que no sea del primer siglo puede ser testigo ocular de lo que nunca
presenció. EFESIOS 4:11 Frente a estas enseñanzas bíblicas muy claras, el mal
llamado "movimiento apostólico" apela, sin interpretación cuidadosa, a unos
pocos textos. El versículo principal es Efesios 4:11, tomado fuera de contexto.
El pasaje completo es una cita modificada del Salmo 68:18 con introducción y
conclusión: Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la
medida del don de Cristo. Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la
cautividad, y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que
también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que
descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos
para llenarlo todo. Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas;
a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros. El tema de Efesios 4:7-16
es la unidad de la iglesia con su diversidad de dones, todo orientado hacia el
crecimiento del cuerpo (4:13-16). Pablo introduce este tema con una cita del
Salmo 68, uno de los salmos más difíciles y con complicados problemas
textuales. Pero el tema central de ese salmo está claro: Dios es un poderoso
guerrero (68:35) que en diversos momentos ha descendido a la tierra para
liberar a su pueblo (68:11-14,20-21) y después de su triunfo, sube al monte
Sión (o al cielo) llevando cautivos (68:15-18, 24, 29,35) y reparte el botín
entre su pueblo (68:12,18). Pablo adapta la cita en varias formas,
especialmente cambiando "tomaste dones" (Sal. 68:18) en "dio dones" (Ef
4:8), para aplicar la cita a la ascensión de Cristo y la venida del Espíritu con
sus dones. Al volver al cielo, el Cristo vencedor repartió el botín entre su
pueblo. El énfasis cae sobre la ascensión de Cristo y el momento histórico-
salvífico en que el Resucitado victorioso envió el Espíritu como botín de su
triunfo. El verbo "constituyó" (4:11, edôken, "dio") es un pretérito punctiliar,
que describe algo que Cristo hizo cuando ascendió, conforme también al
modelo del Salmo 68. No dice absolutamente nada sobre el futuro, si Cristo
seguiría dando apóstoles a la iglesia, hasta su segunda venida, como podrían
haber sugerido otros tiempos verbales. Como comenta I. Howard Marshall en
el Comentario Bíblico Eerdmans (p.1389), "Puesto que esta carta vino de una
época cuando estaban funcionando apóstoles y profetas, es imposible sacar
alguna conclusión desde este pasaje sobre su continuación o no en la iglesia
después". De otros pasajes, como hemos visto, queda evidente que el
apostolado no puede haber continuado después de morir los últimos testigos
presenciales. En cambio, otros pasajes dejan claro que el don de profecía (y la
falsa profecía) continuarían en la iglesia. Al ascender, Cristo dio un don que
era de una vez para siempre (apóstoles) y otro que había de seguir hasta su
venida (profetas). El llamado apostólico corresponde en eso a su origen en el
encargo de ShaLiaJ, que no era transmisible. Por otra parte, Pablo habla en 2
Cor 11:13 de "falsos profetas (pseudapostoloi), obreros fraudulentos, que se
disfrazan como apóstoles de Cristo" (cf. Ap 2:2; Didajé 11:3-6) y, quizá
sarcásticamente, de "superapóstoles" (tôn huperlian apostolôn, 2 Cor 11:5;
12:11, NVI).

LOS APÓSTOLES, PARTE 12


Jacobo (Santiago) Hermano de Jesús
David Hul
A lo largo de esta serie hemos pasado la mayor parte de nuestro tiempo
revisando la historia y enseñanzas de un hombre que jamás conoció a Jesús
durante su vida en la Tierra: el apóstol Pablo. En la última entrega llegamos a
la conclusión de su vida, probablemente con su ejecución en Roma bajo las
órdenes de Nerón, pero la historia que rodea a los apóstoles no termina allí.

Nuestra fuente principal en esta serie ha sido el libro de Hechos de los


Apóstoles, escrito por el compañero de viajes de Pablo: Lucas. De los 12
apóstoles originales, Judas Iscariote ya se había suicidado (Mateo 27:1–5) y ni
siquiera se menciona en el libro de Hechos, mientras que los 11 restantes son
nombrados en una sola ocasión (Hechos 1:13); sin embargo, con Matías
reemplazando a Judas (versículo 26), Lucas se refiere a ellos como «los
apóstoles» (Hechos 6:2; consulte también 6:6; 4:33; 5:18, 29; 15:2; 16:4). En
los primeros días de la Iglesia entre ellos se encontraban también varias
mujeres (incluyendo a María, la madre de Jesús) y los hermanos de Jesús
(Hechos 1:14).

Pero el libro de Hechos no es la única fuente de información acerca de


algunos de los individuos más cercanos a Jesús; también se les conoce por
sus propios escritos. Las epístolas escritas por Simón Pedro, Juan, Jacobo y
Judas forman parte del Nuevo Testamento. En esta ocasión examinaremos la
biografía y obra escrita de Jacobo.

¿CUÁL JACOBO?
Algunos lectores recordarán que en los primeros días de la Iglesia, alrededor
del año 44 d.C., el Rey Herodes Agripa mandó matar al apóstol Jacobo, hijo
de Zebedeo y uno de los 12 apóstoles originales (consulte Hechos 12:1–2).
Entonces, debe ser otro Jacobo al que se refiere Lucas en el versículo 17 del
mismo capítulo, donde registra que Pedro envió noticias de su liberación de
prisión a alguien de nombre Jacobo. Aunque en el Nuevo Testamento
aparecen hasta siete personas diferentes con alguna de las variantes del
mismo nombre [Jacobo o Santiago], lo más probable es que en este caso se
trate de Jacobo, el hermano de Jesús (Gálatas 1:19). Como acabamos de ver,
los hermanos de Jesús acompañaban a los apóstoles en Jerusalén cuando
comenzó la Iglesia luego de la partida de Jesús (Hechos 1:14). Este mismo
Jacobo aparece después en el libro de Hechos como el líder de la iglesia en
Jerusalén, por lo que es razonable sugerir que él es el autor del libro del
Nuevo Testamento bajo el nombre de Santiago.

Como líder en Jerusalén, Jacobo, el hermano de Jesús, habló con autoridad


para poner fin a una controversia interna de la Iglesia acerca de la
circuncisión de los creyentes gentiles (Hechos 15:13–19; consulte también
21:18) y, de acuerdo con Josefo, historiador judío del siglo primero, la
jerarquía religiosa judía llevó a la muerte por lapidación a «el hermano de
Jesús, el llamado Cristo, cuyo nombre era Jacobo» (Sobre la Antigüedad de
los Judíos 20.200). Esto sucedió alrededor del año 62 d.C.

Pero ¿este Jacobo era también un apóstol? Aunque nunca se le refiere


directamente como tal en el Nuevo Testamento, se afirma que su relación
familiar con Jesús le confería un papel único. Pablo, quien se convirtió en
apóstol, pero no formaba parte del grupo de los 12, parece indicar la función
apostólica de Jacobo cuando escribió acerca de una de sus visitas a Jerusalén:
«No vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo el hermano del
Señor» (Gálatas 1:19); sin embargo, los especialistas han sugerido que ésta
no es una declaración inequívoca. Una traducción alterna dice: «Únicamente
pude encontrarme con Jacobo, el hermano del Señor. De los demás apóstoles
no vi a ninguno» (Versión Castilian).

JACOBO EL INCRÉDULO

¿Qué más podemos saber de Jacobo y su vida a partir de lo que relatan los
Evangelios? Marcos y Mateo indican que era uno de los varios hijos nacidos
de María y José después del nacimiento de Jesús. Marcos narra un incidente
en el ministerio de Jesús en el que los habitantes de su ciudad lo ridiculizaron
como un simple habitante local: «¿No es éste el carpintero, hijo de María,
hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí
con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él» (Marcos 6:3; consulte
también Mateo 13:55–56).

Hubo una época en que Jacobo y el resto de la familia se opusieron al


ministerio y las enseñanzas de Jesús. En ese momento en realidad pensaban
que Jesús estaba loco (Marcos 3:21). Juan nos dice que «ni aun sus hermanos
creían en él» (Juan 7:5).

No obstante, al comienzo del libro de Hechos, Jacobo se había convertido en


uno de los discípulos, pero aunque era hermano de Jesús, no ocupó el lugar
que había dejado la muerte de Judas, debido a que los 11 restantes debían
escoger como testigo de la resurrección de Jesús a uno «de estos hombres
que [hubieran] estado juntos con [ellos] todo el tiempo que el Señor Jesús
entraba y salía entre [ellos]» (Hechos 1:21). Jacobo pronto se convirtió en el
líder de la iglesia de Jerusalén, como lo demuestra el hecho de que Pablo se
reunió con él y el apóstol Pedro (también llamado Cefas) en su primera visita
a Jerusalén luego de su conversión (Gálatas 1:18–19). También se reunió con
Jacobo en otra ocasión en que llevó ayuda de parte de las iglesias fuera de
Judea para paliar la hambruna (Hechos 21:18).

El hecho de que Jacobo fuera líder en Jerusalén queda demostrado por


fuentes extrabíblicas como el historiador del siglo II, Hegesipo, quien escribió
que luego del deceso de Jacobo, la Iglesia eligió a otro de los familiares
consanguíneos de Jesús, su primo Simón o Simeón, para que fuera el líder —
lo que implica que hasta ese momento Jacobo había ocupado ese cargo—. De
acuerdo con Eusebio, encontramos otra referencia en los escritos (ahora
perdidos) de Clemente de Alejandría (aprox. 153–217 C.E.), quien afirmaba
que Pedro y Juan eligieron a Jacobo para ese cargo (Hypotyposes 6). Y en sus
escritos del año 492, Jerónimo señala que Jacobo «dirigió la iglesia de
Jerusalén durante treinta años, es decir, hasta el séptimo año de
Nerón» (Vidas de Hombres Ilustres, capítulo 2).

Lo más probable es que fue en ese cargo que Jacobo escribió la epístola que
lleva su nombre: la epístola de Santiago.

LA OBRA MAGNA DE JACOBO

El breve libro de Santiago es una obra maestra moral, doctrinal y literaria.


Aunque algunos han considerado que su contenido se contrapone a los
escritos de Pablo, su énfasis en una vida de acuerdo con «la perfecta ley», «la
ley de la libertad» y «la ley real» (Santiago 1:25; 2:8) lo afirma en la misma
tradición judaica. Un análisis minucioso de sus conceptos centrales revela la
naturaleza complementaria del pensamiento de cada hombre.

Jacobo inicia haciendo énfasis en su sumisión a «Dios y… el Señor


Jesucristo» y se dirige a su audiencia de una amplia área geográfica: «A las
doce tribus que están en la dispersión: Salud» (Santiago 1:1). Por ser de
familia judía, Jacobo conocía la historia del antiguo Israel y su origen en los
12 hijos de Jacob. El hecho de que sus descendientes, no sólo aquéllos de la
tribu de Judá, habían quedado dispersos luego de su cautividad, persecución
y migración explica su referencia. Jacobo escribía a los miembros de la Iglesia
que descendían de aquellas tribus en la que se consideraba el área de la
Diáspora: las regiones que hoy se encuentran en el Mediterráneo y Medio
Oriente (consulte también Hechos 2:9–11; 1ª Pedro 1:1; Juan 7:35).

Los seguidores de Jesús de cualquier época tienen una experiencia en común:


se enfrentan a pruebas de fe con un gran propósito, y Jacobo habla de ello al
inicio de su carta: «La prueba de vuestra fe produce paciencia» (Santiago
1:3), que a su vez produce plenitud espiritual en forma de vida eterna («la
corona de vida», versículo 12). Así contextualiza las circunstancias de prueba
a la luz del desarrollo espiritual. Y si las pruebas nos hacen reconocer nuestra
necesidad de sabiduría para enfrentarlas, entonces debemos pedir con
confianza a Dios que nos la proporcione. La indecisión no logra nada; la clave
está en la confianza tranquila en la guía y ayuda de Dios (versículos 5–8). La
riqueza brinda poca protección contra esta clase de problemas. Al final, el
rico se marchitará como la hierba del campo (versículos 9–11).