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Relatos

Cortos de
campo
Volumen 4

Historias para contar en


el Manejo de Recursos
Naturales

María Luisa Villarreal Sonora


Martín Manuel Balam Perera

1
María Luisa Villarreal Sonora
Martín M. Balam Perera

SIMBIOSIS, Manejo Integrado de Recursos Naturales, SA de CV

www.simbiosismx.com

ISBN en trámite. Documento electrónico de libre difusión.

2
E
ste es el cuarto libro de
narraciones breves de nuestras
memorias de trabajo
comunitario; como en los otros
libros, todas estas historias provienen
de nuestras experiencias y son
lecciones de aprendizaje humano
para quienes desean involucrarse en
el trabajo comunitario del Manejo
de Recursos Naturales en el sureste
de México…y que como nosotros
disfrutan de su trabajo.

3
Contenido

La “experta” ................................................................................ 5
Durmiendo en el lodo ................................................................. 8
Las abejas y el color negro......................................................... 12
“El encantador de víboras” ......................................................... 14
Elefantes, Cobras y Sanguijuelas en Sri Lanka .............................. 18
Atrapados en Chiapas ............................................................... 24

4
La “experta”
Hemos tenido oportunidad de atender a todo tipo de visitantes pero
algunos son memorables. Esta chica que llamaremos Franchesca
(nombre cambiado) era francesa, pero hablaba muy bien español. Era
una francesa muy desagradable, no una francesa simpática.

Llegó criticando todo, desde el transporte hasta la comida, criticaba a los


guías y a las cocineras, no le parecían las áreas de hospedaje, ni los baños.
Una y otra vez nos comparaba con los proyectos “maravillosos” que había
visitado en sus interminables viajes por las selvas del mundo,
especialmente el Amazonas.

- ¡Wow! – pensamos - ¡Estuvo en el Amazonas! Esas son palabras


mayores. Y si bien nos sentimos molestos por su constante
impertinencia, le otorgamos crédito por tratarse de una “experta”.

Llegaron muy temprano por la mañana y se instalaron en sus cabañas.


Les pedimos se alistaran para el primer recorrido y quedamos en verlos en
el centro del campamento.

15 minutos después estábamos listos, con mochilas, box lunch (loncheras)


y equipo para recorrer los senderos. La Franchesca apareció con un
diminuto short, una camiseta sin mangas, tenis, con tines y un gorrito tipo
“Golf” muy mono. ¡Se había perfumado y maquillado!.

Realmente nos intimidó. Pensamos que debía ser una especie de tarzán
femenino, como una anfitriona de los Exploradores de National
Geographic, toda ella bonita y arregladita, y sin temor del ataque de
insectos, abejas y avispas atraídas por su perfume floral.

¡Nos sentíamos avergonzados de nuestros pantalonzotes de mezclilla,


bototas de campo, camisas de manga larga, gorra y medio kilo de
repelente que nos habíamos puesto!

Pero no nos duró mucho la vergüenza…

- ¡¿Por qué hay tantos bichos?! – gritaba la Franchesca mientras


apachurraba decenas de mosquitos y otros bichos que, atraídos
por su perfume, se daban un festín de sus pernas, brazos y cara

Media hora de camino y la “experta” parecía víctima de un accidente


automovilístico, estábamos espantadísimos con la cantidad de sangre que
tenía en cara, brazos y piernas. Muestras de cada mosquito y tábano que
se apachurró encima.

- ¡¿Por qué hay tantos insectos?! – gritaba cada vez más frecuente y
más alto, mientras comenzaba a rascarse como chango con
pinolillo

5
- No debería rascarse los piquetes, le va a causar una reacción -
tratamos de advertirle

- ¡¿y que quieren que haga?! – nos gritó mientras se rascaba la


cara y los brazos con ambas manos

- Bueno – pensamos – es una “experta”, tiene razón de ofenderse,


tal vez está acostumbrada a “donar” sangre en cada sitio que va, y
los piquetes “le pelan los dientes”.

Continuamos nuestro recorrido, escuchando cada 5 minutos a la


Franchesca gritotear cosas como -¡Odio este lugar!, - ¡¡¿Porque sólo a mi
me atacan?!!!!,

(¿tal vez por el medio litro de perfume que traes? – pensamos)

- ¡Me pica, me pica!, -¡Esto es horrible! Y groserías en Francés.

Pero era una experta y no nos preocupó. No obstante le ofrecimos buscar


el botiquín y llevarla de regreso.

-¿Quiere regresarse? – le preguntó Martín

-¡No! – replicó cortante – ¡ya pagué por esta cosa y quiero que me den el
servicio!. Nos pareció grosera, muy grosera y decidimos no volver a
importunarla

Regresamos al campamento al atardecer, con Francesca “La mujer


Elefante”. Estaba completamente hinchada, de la cara a los tobillos. Como
se había estado rascando por horas tenía sangre de los bichos aplastados
y sangre de las heridas que se ocasionó por rascarse con mucha fuerza.

Obviamente al rascarse se ocasionó una reacción histamínica y se hinchó


como un globo, no más bien como una fresa, roja y llena de bolas por
todos lados. Su cara estaba muy hinchada y sus párpados apenas dejaban
ver sus ojos. En general su rostro brillaba de tan hinchado y su boca lucía
horrible y deforme. Lloriqueaba y no dejaba de rascarse.

- ¡Jesús, María y José! – dijo una de nuestras cocineras, cuando vió


llegar a “la cosa roñosa de otro mundo” - ¡¿Qué le pasó?!

- Le picaron los moscos – dijo Martín lacónicamente y le pasó el


caladril y unas pastillas antihistáminicas a la “experta” – ¡Déje de
rascarse se va a lastimar más! – le ordenó.

Nosotros no podíamos contener la risa cuando la vimos salir de su


cabaña. Parecía que le había explotado un pepto bismol encima, solo su
cabello no tenía caladril (que es color rosado).

6
Estuvo muy callada durante la cena, lucía horrible, roja, rosada, hinchada,
brillosa y deforme. Y muy, muy molesta.

Las cocineras bromeaban en Maya con los guías, no había que adivinar
sobre que, sólo había que observar al guía fingir estar rascándose como
chango.

Uno de sus compañeros tenía una ramita seca en su mano, y pensó


jugarle una broma a Franchesca. Le pasó la punta de la ramita por la
espalda hacia el cuello. Uno de nuestros compañeros decidió seguirle la
corriente al amigo.

Miró a Franchesca, miró la ramita y fingió estar aterrado con cara de


sorpresa señalando el cuello de la chica, como si hubiera visto a un bicho
peligroso en su hombro, mientras el amigo la tocaba con la ramita.

Ella trató de gritar, y el grito de la francesa se estranguló en su garganta,


comenzó a manotear, sin poder respirar y saltó por todo el comedor.
Cuando por fin desatoró su tráquea gritó cosas horribles por todo el
comedor, llorando y golpeando su cuello. No paró de llorar toda la noche
y tuvimos que sacarla del campamento apenas amaneció para llevarla a
un médico y a un hotel.

-No entiendo – reflexionaba Martín – ¡¿no que estuvo en el Amazonas?!

-Creo que olvidamos preguntarle si ese era el nombre de algún resort de


lujo con room service llamado “El Amazonas”, o visitó el Amazonas….EN
SU IMAGINACIÓN.

7
Durmiendo en el lodo
Martin estuvo involucrado en un proyecto de Telemetría de Hocofaisanes
hace unos años. Tenían que seguir de manera permanente a un grupo
de estos animales, que portaban un collar que emitia una frecuencia de
radio.

En ese entonces manejaba una camionetita Nissan estaquitas y un día,


junto con el Ingeniero Gilberto, un compañero de trabajo (y amigo hasta
el día de hoy), y un guía de la comunidad se dirigieron a El Huasteco, una
reserva de fauna en la comunidad de Noh Bec, a unos 30 kilómetros al
Norte del poblado, dentro del área forestal de 18 mil hectáreas.

No se enteraron que personal del ejido había comenzado a hacer


aprovechamiento forestal en los alrededores, usando el treefarmer (un
tractor enorme y pesado que sirve para arrastrar árboles); esta máquina
arrastra pesados árboles y por lo general puede dañar los caminos de
tierra severamente, creando grandes zanjas a su paso.

Entraron por la mañana muy temprano y buscaron al animal durante


varias horas. Recorrieron en el vehículo varios caminos, los tres
apretujados en la cabina de la estaquitas. Esa tarde llovió copiosamente y
el agua acumulada cubrió las zanjas del camino.

Martin trató de bordaear algunas de estas “zanjas” del tractor, pero como
no podía saber con anticipación que tan profundas estaban (por estar
cubiertas de agua) y debido a lo resbaloso del lodo, inevitablemente en
uno de los cruces, ocasionó que la estaquitas se deslizara sin poder
controlarla.

Resbaló de costado y se asentó de panza, encajando sus llantas en las


zanjas y asentando su “panza” sobre un borde levantado. Como ya
pasaba de las 5pm todo el personal había regresado a la comunidad,
estaban completamente solos y a 30 kilómetros del pueblo.
Inmediatamente se bajaron. La “panza” de la camioneta estaba pegada al
suelo,

Cortaron algunas ramas y trataron de hacer palanca para sacar la


camioneta de la zanja… comenzó a oscurecer….y no lograron moverla ni
dos metros.

La camioneta se bamboleaba adelante y atrás mientras se turnaban para


estar al volante y acelerar…o para estar atrás empujando. Terminaron
agotados y cubiertos de barro rojo, de pies a cabeza. Asi que se sentaron
un rato en la caja de la camioneta para ordenar sus pensamientos

- Bueno – dijo Martín, - nos vamos a quedar aquí a pasar la noche,


el pueblo está muy lejos y no vamos a caminar a esta hora.

8
Sus compañeros estuvieron de acuerdo

- ¡Que bueno que traje mi pastilla! – dijo el guía, mientras buscaba


en su mochila

- ¿Pastilla? – preguntó Martín sorprendido por la reflexión del guía -


¿Estas tomando medicamento? ¿Te sientes mal?

- No, no estoy enfermo, es que soy epiléptico – respondió el guía


mientras tragaba su pastilla con un poco de agua

- ¡¡¡¡¿Epiléptico?!!!! – dijeron a coro Martin y Gilberto. ¡¿Eres


epiléptico?!

- Si, pero no de ahorita – aclaró el guía – soy epiléptico desde


chiquito

- ¿y que íbamos a hacer si te pasaba algo? – replicó Martín

Y hubo una ronda de reproches y regaños al guía, básicamente por NO


advertirles. Cuando finalmente se cansaron de reprochar decidieron cenar
y luego decidir como repartirse los espacios para dormir.

Vamos a quedarnos, dijo Martin y mañana tratamos de buscar a la gente


que esta reforestando para que nos ayuden a salir

Era verano, y las lluvias intensas de la mañana y de la tarde, habían dejado


paso a un chipi chipi persistente que iba a resultar muy incómodo para los
pobres que tuvieran que dormir en la cama de la camioneta.

El guía cortó unas ramas de palma de guano (Sabal yapa) y algunas


varas, e improvisaron un techito sobre la estaquitas, que cubría lo
suficiente la caja de la camioneta como para colocar un cobertor y dormir
unas horas protegidos de la llovizna.

Pero también estaba el asunto de los moscos. Uno de los tres podría
dormir en la cabina de la estaquitas y los otros dos tendrían que
envolverse como taco o ser donadores de sangre para la nube de moscos
de la noche y la madrugada.

Como debían tomar una delicada decisión, implementaron una antigua


técnica de selección aleatoria, utilizando piezas de cambio, para descartar
opciones: Jugaron volados con monedas (técnicamente llamado “Cara o
cruz”), Gilberto gano con un amplio margen a Martín y al guía…y le tocó
la cabina de la estaquitas.

- ¡Suertudo! – pensaron Martín y el guía

Gilberto estaba complacido y se alistó para dormir dentro de la camioneta


e hizo su salida triunfal como en pasarela, restregándole en la cara su

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suerte a sus dos compañeros que iban a realizar ofrenda de sangre a los
moscos.

Entró a la diminuta cabina y ya adentro cerró las ventanas. Martín y el


guía se acostaron y se cubrieron completamente, el ruido de mosquitos
era muy fuerte

- bziiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, bziiiiiiiiiiiiiiiiiiiii – pasaba un mosquito, y otro y


luego era una docena, y por mas que se cubrieron no pudieron
protegerse del todo.

Así estuvieron casi toda la madrugada. La lluvia cayendo encima y los


mosquitos picándolos debajo del techo de guano.

- ¡Pinche Gilberto! –pensó Martín, mientras se imaginaba a su


amigo roncando a pierna suelta dentro de la cabina – ¡debe estar
durmiendo bien rico y nosotros aquí sufriendo y no amanece,
chingao!

Horas más tarde sacó su cabeza de entre la sábana para ver si ya había
amanecido y se incorporó al ver que estaba clareando. El guía se había
levantado hace un rato y estaba abanicándose a un costado del camino
con un trozo de palma, espantándose los moscos.

- ¡Y este canijo durmiendo! – pensó refunfuñando – y trató de


asomarse por la ventana trasera de la camioneta. No pudo ver
nada.

Los vidrios, todos los vidrios, de la camioneta estaban completamente


empañados, como en aquella película de Titanic, solo que sin Kate
Winslet…y Gilberto no era Leonardo de Caprio. Hasta las huellas de la
mano estaban marcadas. Martín bromeó con el guía.

Gilberto pasó toda la noche con los vidrios cerrados, cocinándose al


vapor lentamente, no había pegado los ojos ni un momento. Se debatió
toda la noche entre abrir y dejar entrar el aire y los moscos, o quedarse en
su sauna sin picaduras. Optó por lo último.

- ¡Oye! – gritó Martín, mientras golpeaba el vidrio, esperando que


su amigo aún respirara - ¡¿estás bien?!

- ¡Si! – gritó Gilberto – incorporándose, y al abrir la puerta miles de


gotitas se condensaron en todos los vidrios y sobre nuestro
amigo.

Parecía que le habían echado un cubetazo de sudor encima y lucía


terriblemente cansado y deshidratado. Martín y el guía lucían cansados y
desangrados.

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Eran casi las seis de la mañana y los miembros del grupo de reforestación
no tardarían en llegar, así que los tres se sentaron pacientemente a
abanicarse los moscos en la caja de la camioneta.

No tardaron mucho en aparecer, un grupo de 20 hombres que se


divirtieron de lo lindo escuchando la anécdota de los técnicos y la noche
de “perros” que pasaron. Finalmente Martín les pidió ayuda para empujar
la camioneta y sacarla del hoyo, los reforestadores tuvieron una mejor
idea.

Entre los 23 (los reforestadores, Martin, Gilberto y el Guía) tomaron la


camionetita, la cargaron sin ninguna dificultad y la depositaron unos
metros más atrás. Una de las llantas estaba ponchada.

Durante casi una hora trataron entre todos de aflojar los birlos, le pusieron
afloja todo y tomaron turnos. – Nada pasó. Los reforestadores se fueron y
los técnicos se quedaron tratando de cambiar su llanta ponchada.

Alrededor de las ocho de la mañana pasó una camioneta con más


personal de campo y se detuvieron a ayudarlos.

- ¿Qué paso? – preguntaron divertidos los recién llegados, viendo a


Martin y a los otros cubiertos de lodo rojo, con cara de sueño y
angustia.

- Se poncho una llanta, y no podemos aflojar los birlos. Respondió


Martín sin ganas

- ¿Un cartón de chelas si la aflojamos? – preguntó el chofer

- Va – respondieron los tres sin dudar

Bajó de la camioneta y muy motivado (un cartón de chelas es una muy


buena motivación) de un golpe quitó cada perno. Pagaron su deuda con
dinero, cambiaron su llanta y salieron de ahí.

- ¿Realizamos una visita rápida al Huasteco? – preguntó el guía

- ¡Ni madre! – respondieron a coro Martín y Gilberto. Dejaron al


guía en casa y regresaron a Chetumal y no regresaron al
Huasteco por un buen tiempo.

Posdata: Nunca pudimos sacar las manchas de lodo rojo de la ropa exterior,
interior, calcetas, botas, gorra, mochila, sábana y cobertor de Martín…terminaron
en la basura.

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Las abejas y el color negro

Solo hay dos cosas a las que tememos en la selva: Serpientes y abejas
africanizadas (llamas Abejas Asesinas). Estas últimas causan igual o más
decesos en el sureste de México (donde están presentes hace mucho,
muchos años) que las serpientes.

Hay tres cosas que las abejas africanizadas de la región las pone agresivas
de más (de por si son agresivas): el calor del Sol, el olor cítrico (que huele a
ferormonas) y el color oscuro (entre mas oscuro, mas se molestan).

Consejo: Nunca acercarse a un apiario con perfume, cuando el Sol esta


muy caliente y no usar colores oscuros en la ropa…o en la piel.

Resulta que un día recibimos a un grupo de turismo académico de


Ecuador que estaban interesados en temas de agroecología y manejo
forestal comunitrario. Los llevamos a visitar una parcela demostrativa en el
Ejido Manuel Ávila Camacho. Martín, yo y otro compañero a quien
llamaremos el Ingeniero “T”. Nos acompañaba el dueño de la parcela,
Don Angelmiro, un hombre de unos cuarenta y tantos años, maya de
firmes tradiciones y creencias y una parcela demostrativa muy bonita.

Don Angelmiro tenía hortalizas, frutales , medicinales, plantaciones


forestales, una milpa muy bien cuidada, una extensa zona de bajo, un
gran huamil y una zona de selva con abundancia de Chicozapote
(Manilkara zapota), Ramón (Brosimum alicastrum) y Pimienta (Pimenta
dioica), y un apiario que estaba africanizado y lo mantenía lejos a unos
300 metros en el extremo sur de la parcela a fin de reducir los riesgos de
ataque.

Se nos hizo un poco tarde revisando otras parcelas en el camino, y


cuando llegamos a la parcela de Don Angelmiro ya el Sol estaba en lo
alto (y hacía mucho calor). Había un estudiante especialmente entusiasta
que preguntaba mucho, le pondremos el “Mulato”, muchacho de
veintitantos, de piel muy, pero muy oscura, casi azabache, de voz ronca y
muy persistente.

El “Mulato” quería aprender de todo y era el primero en ofrecerse a


experimentar con el machete, con el azadón o con el equipo de
medición. Cuando llegamos a la parcela, Angelmiro comenzó a describir
los cómo y por qué había estructurado la parcela de esta o de esa
manera, todos escuchábamos atentos bajo los frutales.

- ¡¿Y el apiario tiene miel ahorita?! – preguntó el “Mulato”

- Esteee, si – respondió Don Angelmiro – pero no vamos a ir


porque esta muy caliente el Sol (y hay mucha gente oscura – me
dijo en voz baja – ambos sonreímos) y han de estar muy alteradas
las abejas, somos mucha gente y no vayamos a hacerla de malas.

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- El apiario está al final de este sendero (dijo señalando una brecha
angosta a la derecha) pero nosotros vamos a la milpa por esta
otra (a la izquierda), y aquí no hay peligro.

Continuamos caminando y no nos percatamos de que “El Mulato” se


había salido del contingente y se fue directito a tratar de sacar un poco de
miel del apiario (Consejo: siempre hay que obedecer instrucciones). Lo
que aconteció está incluso filmado en video.

Llegamos un par de minutos después a la milpa y nos dispersamos en un


radio de 20 metros, Angelmiro explicaba muy bien todo el proceso y la
tradición de la milpa entre los Mayas, yo filmaba a los presentes con una
cámara de 8mm, una cámara negra de 8mm. Di un barrido de 180
grados en torno a un área de la milpa y a lo lejos se escucharon los gritos
acercándose de “El Mulato”.

Lo vimos llegar corriendo y gritando desde el sendero de entrada, las


abejas lo seguían en enjambre (trató de agarrar un pedazo de panal del
apiario y las consecuencias las estábamos presenciando).

El “Mulato” manoteaba, gritaba y se internó en la milpa…con el enjambre


siguiéndolo. En unos segundos nos rodearon las abejas a todos.

El “Mulato “ seguía corriendo de largo, y se internó en el sendero de salida


que daba hacia los coches, gritando y manoteando.

Apagué la cámara que comenzó a ser atacada por algunas abejas


furiosas. Y comencé a caminar lentamente

- ¡No se muevan! – dijo el maestro a cargo del grupo - ¡así no los


van a picar!

- ¡Que no se muevan, ni que la madre! – grito Angelmiro - ¡Son


abejas africanizadas si se quedan quietos los van a curtir! ,
¡Píquenle a los carros!

Y comenzó la estampida, las abejas nos seguían y parecían estar por todos
lados, no eran muchas, pero eso no hacía que nos diera menos miedo.
Salimos picoteados, el que menos se llevó un par de piquetes.

- ¡No les gusta el calor, ni el color negro! – dijo Don Angelmiro al


maestro y a los alumnos, - por eso no quise llevarlos.

Los negritos se miraron y se rieron a carcajadas con sus dientes blancos.


Al llegar al pueblo Angelmiro les regaló un par de litros de miel de abeja,
para el susto.

13
“El encantador de víboras”
Hace unos siete años, dábamos pláticas de orientación sobre
diversificación de producción y uso de los recursos de la selva en
comunidades mayas del centro del Estado de Quintana Roo.

Llevábamos a la “caballería pesada” básicamente Martín y Luis Mora,


quienes son fantásticos para transmitir su emoción y su fascinación por la
fauna silvestre…aunque algunas veces pueden exagerar.

Luis es uno de los herpetólogos más apasionados que conozco, de hecho


es una versión mexicana peninsular del “Cazador de Cocodrilos” (Región
4). Salta desde cualquier vehículo en movimiento y corretea víboras,
atrapa cocodrilos y le fascina agarrar cuanto bicho frío y pegajoso se le
atraviese…

En esa ocasión pidió ir en la caja de la camioneta, iba de pie con una


fantástica vista del camino. Como ya lo conocemos estábamos a la
expectativa de que golpeara en el techo de lámina de la camioneta

- ¡Tac, Tac, Tac, Tac! – significaba:”¡Para!, porque voy a saltar y


corretear algún bicho que acabo de ver cruzando la carretera
más adelante!”- literalmente.

Siempre lo hacía: cuatro golpes rápidos y, frenáramos o a medio frenado,


saltaba a un lado (por eso era mejor frenar rápido) y emprendía una loca
y extraña carrera al monte. Ruidos, ramas quebradas y por lo general
regresaba con algún botín, una rana y algunas veces una víbora…y
algunos rasguños o mordidas en las manos, pero eso lo hacía feliz.

- ¡Tac, Tac, Tac, Tac! – y Martín frenó violentamente. Nos aferramos


a los asientos y el tablero…y Luis apareció saltando por detrás del
lado izquierdo de la camioneta, atravesó la calle por el frente y se
internó corriendo a la derecha.

Todos nos quedamos callados, a la expectativa. Ruidos, ramas quebradas


y un minuto después salió triunfante con una hermosa culebra bejuquillo,
de un hermoso color verde limón brillante. Inofensiva, pero Luis traía un
par de mordidas en su manos que estaban sangrando.

- ¿Estás bien? – le preguntamos viendo la sangre en sus manos

Luis sonreía como un niño en una juguetería y mostraba la bejuquillo


orgulloso, sosteniéndola de la cola

- Si – replicó mientras metía el espécimen en un saco herpetológico


(una bolsa de lona donde se guardan las culebras y las víboras
cuando se capturan). Y limpió la sangre en su ropa.

14
- ¿Para qué la quieres? – Casi temía preguntarle, imaginándome
algún uso alocado

- La voy a soltar al rato - me dijo – la voy a usar en la plática, si se


requiere. Quiero mostrarle a la gente que no hay que tenerle
miedo a las culebras y que pueden hacer un negocio con una
UMA de víboras, ya sabes, para criar mascotas, producir toxinas o
piel.

- Espérame – le replicó María Luisa – sácala con cuidado, primero


checa si la gente no está muy sensible. Ya vez que le tienen miedo
a las culebras (por lo general la gente de las comunidades le teme
a todos los reptiles de este tipo y los mata indiscriminadamente).

Como Luis me prometió que iba a tener cuidado me quedé más o menos
tranquila.

Llegamos a la comunidad y ya nos esperaban con la casa ejidal llena de


gente. Nos recibió el presidente del comisariado y nos pusimos manos a la
obra. Uno a uno comenzamos a explicar distintos temas de manejo y
producción de vida silvestre, luego fue el turno de Luis.

Comenzó explicando su especialidad, como se manejan y lo fascinante y


“buen negocio” que son los reptiles, las tortugas, los cocodrilos y las
víboras…Con esta última palabra se escucho un murmullo de incredulidad
en la sala….y me temí que algo terrible iba a pasar con Luis, volteé a
decirle que no fuera a sacar la culebra….. (y lo hizo antes de que pudiera
decirle)

- ¡No vayas a…! – alcanzamos a decir

Luis extrajo la bolsa herpetológica de su mochila, la abrió y extrajo la


víbora de su encierro…

Antes de que pudiera decir una palabra, las primeras tres filas del salón, se
quedaron vacías. Las mujeres corrieron a la parte de atrás dando gritos y
vociferando con risas nerviosas unas, otras con cara de estar muy
molestas, con palabrotas en maya (esas sí me las sé).

Los hombres se quedaron sentado, estirándose lo más que pudieron


hacia atrás y fuera del respaldo de su sillas, y supongo que no se
movieron por orgullo. Toda la sala se alborotó.

Los niños reían nerviosos, otros estaban verdaderamente asustados y


corrieron tras las faldas de sus madres, todos sin excepción se pusieron
muy nerviosos por la culebra del biólogo (sin albur).

Luis sostenía a la culebra en su mano derecha mientras intentábamos


calmar a la gente. La culebra se agitaba nerviosa y muy alterada por el
alboroto, en la mano de Luis.

15
-Tranquilos, tranquilos – dijo con voz pausada y profunda, como de
catedrático de universidad – no pasa nada, la tengo bien agarrada,
además no es venenosa, solo hay que saber como agarrarlas, no todas las
víboras son peligrosas…

La gente comenzaba a tranquilizarse y Luis no había terminado de decir


esa última frase cuando la culebra giró rápidamente y con violencia le
prendió una mordida en su brazo izquierdo…y se quedó enganchada ahí

Las mujeres gritaban con más fuerza, algunas hacían arcadas de vómito y
algunas se salieron cubriendo los ojos de sus hijitos.

Los hombres ya estaban de pie apiñados junto a las ventanas y las


puertas, a unas 5 o 6 metros del biólogo con la víbora prendida de su
brazo, riendo nerviosamente y con cara de susto.

- Es que hay mucho ruido y se puso nerviosa, estaba molesta y …es


queeee por lo general no hacen eso…- dijo con tono de disculpa,
mirando a la culebra que se retorcía con el hocico abierto y
aferrada a su brazo y luego a la gente que corría y se apiñaba
lejos de él

La sala era un caos total, gritos e insultos, gente con la cara verde, niños
gritando y al frente Luis estaba en silencio, visiblemente preocupado,
intentando desengancharse la culebra (esta especie tiene los dientes
curvos) que estaba muy, muy atorada mordiendo su brazo.

Finalmente la desengancho y la guardó con cuidado en su bolsa


herpetológica.

La gente comenzaba a tranquilizarse (los que quedaron en el salón) y


volvían a sus sillas. Luis buscaba en su mochila algo con mucha
insistencia. Su brazo escurría un poco de sangre de la mordida

- Bueeno, pues me mordió – dijo con risa nerviosa, – pero no me


duele, y no es venenosa y comenzó a dar una cátedra sobre los
tipos de mordeduras de víboras, y la gente comenzó a
tranquilizarse.

Sacó un extractor de veneno, mientras la sangre escurría en un hilo


delgado por su brazo izquierdo. Traté de adivinar que pretendía, pero fue
muy tarde. Tomó el extractor, que es un émbolo que hace succión del
“veneno” a través de vacío.

Colocó el émbolo sobre la herida y presionó con fuerza mientras


explicaba el procedimiento de extracción de veneno.

La sangre salió con mucha presión, y salpicó el piso y la pared a su


izquierda, mientras el émbolo se teñía de rojo. Gritos y caras verdes (hasta
de algunos hombres).

16
- Bueno – le dije. Si tratabas de hacer que la gente le perdiera el
miedo a las culebras, vas a tener que cambiar de táctica.

Después de ese incidente liberó a la culebra. Él estaba decepcionado de


no haber causado el impacto que deseaba. Yo creo que lo logró con
creces…aún hoy día la gente del pueblo recuerda al biólogo que “lo ataco
y lo sangró una víbora”, y que aún sigue vivo.

17
Elefantes, Cobras y Sanguijuelas en Sri Lanka
Martin tuvo oportunidad de viajar a la isla de Sri Lanka, hace ya algunos
años, andando siempre en esto de la conservación. Con apoyo de una
fundación, viajó alrededor del mundo y estuvo un mes aprendiendo
sobre restauración de selvas y producción sustentable. Aquí les contamos
algunas de los momentos más memorables de su viaje (y algunos
consejos para los que planean viajar algún día por aquellos rumbos).

El Ingeniero Zafar Uhl Hassan †, un entrañable amigo, había estado por


aquellos lugares años antes, así que le pedimos consejos y orientación. Y
nos dio algunos de los consejos más extraños, que fueron increíblemente
útiles para Martín. Como un chamán presagió:

 No uses la mano izquierda (es de mala educación)


 Lleva papel de baño, lo vas a necesitar
 Siempre lleva cigarrillos, cerillos, aunque no fumes y lleva ligas,
varios juegos de ligas
 Cuidado con los pies y la cabeza (podrías morir si no miras,
siempre mira abajo y arriba)
 y sobre todo mantén la mente abierta

No lo entendimos en ese momento, pero cuando Martín regreso, y nos


contó sus aventuras, esos consejos fueron casi, casi proféticos (e
increíblemente útiles).

La información que obtuvimos de otros amigos y del incipiente internet


(no había google – imagínense) fue: Sri Lanka es una isla de 60,000 km2,
y en promedio, por kilómetro cuadrado, tiene 6 veces más habitantes que
México. La religión predominante es el budismo, predomina el
vegetarianismo, la gente es muy sonriente, hay elefantes, cobras, café, té y
arroz….y terroristas tamiles.

El primer reto de llegar a Sri Lanka fue el viaje de dos días en avión. Desde
la ciudad de México – Miami – Berlin – Paris – Colombo (Sri Lanka). Más
de 30 horas, sentado en un avión.

El segundo, fue superar el desfase horario, casi 12 horas de


diferencia…para atrás. Salir un Domingo por la mañana, viajar casi dos
días y llegar el Domingo por la tarde es algo confuso de entender para un
cerebro novel en viajes transcontinentales.

Un mes después, Martín me explicó lo que Zafar quiso decir

 Cuidado con los pies y la cabeza (podrías morir si no miras,


siempre mira abajo y arriba)

18
Hay dos animales en Sri Lanka, de los que uno debe cuidarse. Las cobras
(mira abajo) y los elefantes (mira arriba).

Martín fue invitado, como parte del curso de capacitación, a un centro


donde capturaban Cobras para “ordeñarlas” y luego las liberaban, una
especie de rancheo.

Los anfitriones llevaban cobras en costales, platicaban y reían camino de


la montaña, donde las iban a liberar.

-¿Por qué no las matan si son mortales? – preguntó Martín a uno de los
guías (a través de Emily).

-Porque en el budismo todos los seres vivos son un regalo, y todas las
vidas son preciadas y valiosas…y porque el veneno de cobra se vende a
muy buen precio. – sonrió el guía – mucha gente es mordida cada año, y
con el veneno hacen antídotos. Aunque si una cobra te muerde no duras
mucho, una o dos horas a lo mucho.

Las cobras escaparon rápidamente hacia los platanares, un par de


especímenes de unos 2 o 3 metros de largo, de buen grosor. Martín se le
heló la sangre de pensar lo rápida que eran, y lo lejos que estaba el último
hospital que había visto por el camino. No sufrió mordidas de Cobra
(gracias a Dios), pero no salió de la isla ileso. Si tuvo un par de
mordidas…no mortales, pero si lo pusieron en serios aprietos (ese fue otro
consejo útil de Zafar, que luego les explicó).

Los elefantes son usados en toda la isla para agricultura y como animales
de carga. Se les ve deambulando por los caminos rurales terrosos, como
cualquiera ve un camión de tres toneladas en un camino rural en México.

Por lo general son dóciles, y obedecen a su Mahot (su montador o


domador) pero, hay algunos grupos de elefantes ferales que deambulan
alrededor de las villas y comen de los basureros y los cultivos (¿y nosotros
nos quejamos de los perros y los loros?).

Imagínate que llegas a tu milpa y hay un elefante (o varios) comiéndose


tu Maíz. Imagínate escuchar que voltean tu bote de basura, sales con tu
chancla para espantar al bicho y es un elefante…o varios. Eso sería muy
interesante…y peligroso. Uno no quiere hacer enojar a un elefante o a un
grupo de ellos. Así que se coma la basura, luego la recojo, pos que más.

¿Quién se molesta por los regalitos de los perros el vecino en el jardín?, ¿o


de los gatos que orinan nuestras macetas?. ¡Imagínense que fueran
elefantes!. Vaya que sería interesante trabajar atrapando animales
callejeros en el municipio.

 No uses la mano izquierda (es de mala educación)

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Este consejo fue ligado al de “lleva papel de baño”. Al principio Martin no
entendía el propósito de llevar papel de baño, pero finalmente lo
convencí de llevar cuatro rollos de papel de doble hoja, del pachoncito.

Resulta que el baño en Sri Lanka, en las comunidades rurales donde


Martin pasó la mayor parte de ese mes de capacitación, son pequeñas
estructuras de cerámica de unos 15 a 20 centímetros de alto, empotrados
en el piso. Como una bacinica, hueca de ambos lados, de un lado van las
“nachas” del otro esta el pozo a donde va todo lo demás.

.-Nunca se me va a olvidar la primera vez que pedí el baño – me contó


Martín, muerto de vergüenza – entré y vi una “base de tasa”, me dije, les
faltó terminar de construir esta cosa. Pero me adapte e hice lo mío. Y
cuando terminé…como chiste de Adal Ramones…no había papel de baño
por ningún lado.

Solo una cubeta con una tacita para agua.

- Creí que era para echarle al baño, y casi, casi uso un calcetín –
pero recordé que traía una libreta y le di un buen uso.

Al salir le dije a Emily, una compañera estadounidense que hacia de jefa


del grupo y de traductora, que “no había papel de baño”. Y ella tradujo.

-¿Papel?. ¿Por qué no usó la cubeta de agua y se lavó? – respondió


divertido su anfitrión.

Aquí viene el enlace entre la mano izquierda y el papel. Resulta que en Sri
Lanka rural, la gente no se limpia con papel, se lava con la mano
izquierda…sin jabón. Así que la única función de la mano izquierda es esa,
lavar el trasero después de ir al baño (no hay zurdos oficiales).

-¡Que bueno que Maria Luisa me puso mis pachoncitos en la maleta! –


pensó Martín. Y cuidó esos cuatro rollos de papel con su vida (no le invitó
papel ni a su jefa norteamericana).

Así que en secreto llevaba su rollito de papel al baño, y se salvó de dar un


uso occidentalmente inapropiado a su pobre mano izquierda.
Desafortunadamente, ese consejo de “no usar la mano izquierda” fue
muy difícil de recordar.

En las comunidades rurales de Sri Lanka se come con las manos.


Olvídense de las tortillas, se usan la mano derecha como cuchara, se
juega mucho con la comida, amasando el arroz con los complementos,
amasándola en el plato (con la mano derecha) y luego, agarrándola en
puño, y a la boca,

A mi madre le hubiera dado un patatús de aguantarse las ganas de darles


un manotazo por jugar con la comida en el plato.

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Asi que es todo un ritual, sentarse en el piso, en las mesitas chaparritas,
servirse con los cucharones en grandes platos de madera, primero el
arroz, el guisado de coco con curry, o de calabaza y tomate…con curry, o
de habas y picante…con curry…o el de raíces y especias, y papas…con
curry.

Todo picante, especiado, con sabor a curry…acompañado de un delicioso


té verde…increíblemente caliente. Martín no era fan del curry al ir a Sri
Lanka, cuando regresó…lo odiaba.

Entonces la gente se sentaba, se servía y “manoseaba” su comida (con la


derecha) y a comer todos, de las cazuelas comunales. Martín y Emily se
emocionaban tanto en la tertulia, que terminaban usando ambas manos.
Martín odia la grasa en sus manos, así que se chupaba gustoso sus
deditos (a falta de servilletas), se chupaba los dedos de la derecha, y la
gente se ponía verde cuando se chupaba los dedos de la izquierda.

Silencio total. Los comensales miraban al par de “fuereños” cochinos que


se chupaban la mano de la caca.

-¿Cómo explicarles que usábamos papel y jabón? – me decía Martín. Y


entonces volvía a meter mi mano izquierda bajo la mesa o sobre mis
piernas cruzadas y no la volvía a sacar mientras comía, hasta que se me
volvía a olvidar y manoseaba la comida y asqueaba a otra familia en otra
casa.

 Siempre lleva cigarrillos y cerillos, aunque no fumes y lleva ligas,


varios juegos de ligas

La fauna abunda en Sri Lanka, y en los bosques y los pantanos por donde
Martín paseó conociendo proyectos había un animalito especialmente
abundante: sanguijuelas.

De esas negras, gordas y con un hocico lleno de pequeños dientecitos


como agujas.

Las miras al pasar – me comentó sorprendido Martín – salen de la


hojarasca como flores de color negro. Decenas de ellas, se estiran como
tallos y se mueven siguiendo el calor del cuerpo al pasar. Te mueves a la
derecha y se inclinan a la derecha. Si te quedas quieto un momento, las
ves arrastrarse hacia ti.

-¡Como una película de terror! – me decía Martín con “ñañaras”

La primera sanguijuela que me mordió fue en el tobillo. Se sintió como un


piquete de garrapata, solo que la miré y era como un gusano largo, como
de unos 10 centímetros, pegajoso y negro (sin albur) prendido de mi pie.
Fue muy impresionante. Lo traté de jalar para despegarlo, y solo se hizo
como chicle, seguía mordiendo y succionando mi sangre.

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Tuve que moverme, porque mis guías me indicaron que los “cuates” de la
sanguijuela estaban invitándose al festín en mis pies. Yo caminaba con
dificultad, estirando a esa desgraciada, y no se soltó. Increíblemente no
me dolía, pero podía verla succionándome la sangre como un vampiro.

Saque las pinzas de mi navaja suiza y la tomé con fuerza de la cabeza,


estiré y estiré, pero solo logre que se aferrara mas con sus varias hileras de
dientes y que mi tobillo comenzara a sangrar.

Los guías me miraban divertidos, hasta se habían tomado el tiempo de


sentarse a fumar un cigarro.

-¡Desgraciados! – pensé

- Salí pronto de mi error. – reflexionó - Uno de ellos dio una gran


aspiración y quemó casi medió cigarrillo, tomó la ceniza caliente y
se la puso a la sanguijuela en la cabeza, esta se desprendió
inmediatamente…y comenzó a correr un hilo de sangre fresca de
mi tobillo….y no paraba de sangrar. Lo cual comenzó a atraer a
otras sanguijuelas.

- El otro guía tomó bastante ceniza de su cigarro, la puso sobre mi


herida, y la sangre paró. – me comentó Martín - Entendí la
importancia de llevar siempre cerillos, cigarros y ligas (para
amarrar los pantalones). Esto último lo aprendí a la mala.

- Una semana después – me dijo Martín – estábamos en otro


pueblo, y una sanguijuela trepó por mi bota, sobre mi calcetín, y
la vine a sentir cuando había alcanzado la parte superior de mi
rodilla. Comencé a brincar por todos lados, agitando mi pierna y
aporreando con mi libreta mi pantalón, pero esa cosa seguía
subiendo.

- Corrí detrás de un salón, y me bajé los pantalones, justo a tiempo


para pescar a la sanguijuela antes de que mancillara las joyas de la
familia – me cuenta Martín, divertido.

-Martín tuvo que hacer “streptease” para pagar su comida en Sri Lanka,
me decía Emily, divertida, bromeando sobre el incidente.

 Mantén la mente abierta

Martín es un hombre de mente abierta, pero es un mexicano en toda la


extensión de la palabra, y algunas veces le cuesta trabajo mantenerse
“abierto” a otras expresiones culturales de otros países, para los hombres.

-Algunas veces íbamos a visitar algún sitio – me contaba Martín – y


nuestros guías se tomaban del dedito chiquito y caminaban “agarraditos”,
como niñitas.

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Martín miraba perspicaz a Emily (que muchos años trabajó en
Latinoamérica). Y ambos sonreían maliciosos.

-No me malinterpretes – continuaba narrando Martín – eran hombrecitos,


parecían hombrecitos, tenían familias y esposas, pero se tomaban las
“manitas” para caminar con sus cuates, y hasta las balanceaban hacia
adelante y hacia atrás, bien “nais”.

Luego resultó que era una costumbre normal. Los amigos, los buenos
amigos se toman la manita, o el dedito (como diría nuestra hija de 11
años : “hacen el pinky promes”)

Pasó de ser algo curioso, a ser algo que ya no nos llamaba la atención,
convivir y ver a los dos varones que eran sus guías, tomarse la mano,
entrecruzando deditos y toda la cosa.

- Pero, cuando íbamos a irnos, y era nuestro último día – me


confiesa Martín – mi guía me dijo que me consideraba un gran
amigo… ¡¡¡¡y me agarró mi dedito para que camináramos rumbo
al lobby del hotel y al vehículo para ir al aeropuerto!!!!!.

- Sentí calambres desde mi dedito, subiendo por mi codo hasta mi


cerebro donde me hizo cortocircuito. ¡Pero me aguanté porque
soy muy macho! – dice Martí, y solo le falta sacar una pistola y tirar
balazos al aire….

Después de todo no puede evitar ser latinoamericano, mexicano y eso


debió costarle lo que la sanguijuela casi le quita.

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Atrapados en Chiapas
En el 2006 tuvimos oportunidad de evaluar algunos proyectos de
Ecoturismo. Era Julio, temporada de vacaciones y decidimos llevar a
nuestras hijas con nosotros. Ese Julio fue también un mes de mucha lluvia
y con muy mal tiempo. Aunado al mal clima de los años anteriores,
habían dejado la infraestructura carretera en muy malas condiciones.

No obstante, teníamos que visitar un proyecto al sur de Chiapas en la


Región Costa, a unos 80 kilómetros al Oeste de Tapachula. Este proyecto
está ubicado en una barra de arena, un lugar muy bello y alejado, que da
al océano pacífico, justo en la frontera con Guatemala. El lugar se llama
barra Zacapulco. Debíamos evaluar las razones por las que, a pesar de la
enorme inversión por parte del gobierno federal y estatal en proyectos de
ecoturismo, esos proyectos no despegaban.

Para llegar a Barra Zacapulco, la travesía fue algo así: tomamos la


autopista de Topolobambo a Tapachula, unos 80 kilómetros antes de
Tapachula de ida, llegamos a un entronque, entonces tomamos a la
derecha y subimos un paso a desnivel, llegamos al pueblo de Escuintla,
entramos al pueblo por el libramiento de la autopista y doblamos a la
izquierda donde estaba el letrero que dice CT Barra Zacapulco; seguimos
por tres calles, volteamos a la derecha, dos calles y a la izquierda. Luego,
pasamos la autopista (de ida) por debajo y avanzamos al sur unos 20
kilómetros hasta el pueblo de Acapetagua, de la calle principal tomamos
al sur y llegamos a un letrero con una flecha a la derecha que decía CT
Barra Zacapulco y avanzamos unas seis cuadras y llegamos a un puente.

El puente estaba caído, pero como teníamos que llegar y el río estaba casi
seco, cruzamos de Norte a Sur sobre un terraplén que unas máquinas
estaban compactando como paso temporal. Luego avanzamos unos 15
kilómetros en línea recta hasta un Embarcadero llamado “Las Garzas”.

Eso nos dio una primera idea de por qué los proyectos no estaban
funcionando, por cierto.

“Las Garzas” es un sitio surreal. En un cuadrado de aproximadamente 150


metros por 150 metros de terreno rellenado hace un par de décadas,
entre un bosque de manglares, encuentras un micropueblito con
restaurantes y tiendas de abarrotes, apiñados y bordeando un circuito
más pequeño, como una callecita circular.

El humedal que rodea este micropueblito esta cubierto de agua todo el


año, de agua roja como sangre, por los taninos del manglar. El área esta
sujeta a las mareas, pues colinda con una enorme laguna costera que
desemboca al Océano Pacífico; la vegetación es muy verde, el cielo es
muy azul como una imagen photoshopeada.

A decir verdad, el lugar es un poco claustrofóbico, pues la única salida


visible hacia cualquier lado es el camino de acceso. Esos 15 kilómetros de

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carretera angosta bordeando humedales y selvas desde el pueblo
anterior, desde el Norte…y al Este, Oeste y al Sur solo hay una pared de
unos 8 a 10 metros de manglar.

La vegetación en torno esta cerrada, muy tupida, y es un humedal. Puede


verse el agua bordeando el embarcadero, justo a la orilla del
terraplén…color rojo sangre, oscureciéndose más adentro de la
vegetación. Casi como en un sueño.

Estacionamos la camioneta en un angosto callejón, a un costado de una


tiendita de abarrotes, mientras nos miraba unos niñitos de unos 8 años.

- Se la va a llevar el agua – dijo uno de ellos

- ¿Cómo dijiste? – preguntó Martin extrañado por la observación

Un adulto salió de la tiendita, como si supiera de lo que estábamos


hablando y retomó la frase del pequeño.

- Si la estaciona allí, cuando suba la marea vamos a tener que


sacarla de adentro del mangle.

Después de contarnos un par de anécdotas de cómo ayudaron a sacar


vehículos de turistas “necios”, arrastrados por la marea de la tarde, nos
convencimos de estacionarla en otro lugar. Pero en el sitio no hay
estacionamientos, así que nos rentaron un estacionamiento privado…
¡Dentro de un restaurante! Y además se ofrecieron a cuidarla.

Habría unos 60 pobladores y seríamos apenas unos 8 o 10 “turistas”. Nos


encaminamos al embarcadero donde nos esperaba un lanchero para
llevarnos a la barra, donde íbamos a hacer el estudio.

¡Nunca vimos antes un bosque de manglar como aquel! Del


embarcadero las lanchas de unos 12 pies se abrían paso por un túnel
(realmente un túnel) de unos 8 metros de altura desde la orilla del agua:
un túnel vivo de manglar. Los arboles tan altos como una casa de dos
pisos, y el techo tan cerrado como un domo de ramas…surreal.

Las lanchas se desplazaban a toda velocidad, realmente rápido, entre


curvas muy cerradas y rectas interminables. Tardamos unos 10 minutos
en salir del bosque de mangle, dentro estaba muy oscuro…y de pronto
salimos a la luz, a una laguna costera.

El lugar es increíble, con casi una decena de asentamientos humanos


dispersos a uno y otro lado de la laguna, y con varias entradas de mar,
donde podía verse el azul verdoso de la laguna, y luego un poco más allá
de las entradas del océano pacífico, el agua azul grisácea.

Llegamos a Barra Zacapulco, un Centro Turístico (CT) comunitario


increíble. Tiene un restaurante, varias cabañas, una palapa de usos
múltiples, sombreaderos y kilómetros de playas solitarias de arena oscura,

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con una vista impresionante del Océano Pacífico...era finales del mes de
Julio, a mitad de temporada vacacional y no había ni un alma.

Pasamos casi todo el día evaluando el proyecto, tomando fotos y sin


muchos contratiempos, mientras las niñas correteaban en la playa; a
excepción de una lluvia ligerita que comenzó a caer a principios de la
tarde.

Comenzaba a nublarse y a oscurecer, y pedimos a nuestros anfitriones


nos llevaran de regreso al embarcadero. Se miraron nerviosos.

-Pensamos que iban a quedarse a dormir – replicó nuestro lanchero

-No, tenemos que regresar a Tapachula hoy – le explicamos

Comenzaba a llover más fuerte y ya estaba a punto de oscurecer

-Está bien – dijo no muy convencido nuestro lanchero – los regreso al


embarcadero.

Nuestro lanchero nunca había hecho un viaje de regreso al embarcadero


de noche. Así que tomó una linterna y, sin bajar la velocidad movía arriba
y abajo la linterna en el aire. Decenas de lucecitas aparecían en la laguna
costera, en medio de una oscuridad profunda.

-¿Qué es eso? – pregunte nerviosa. Y las luces desaparecieron de nuevo.

-Son otras lanchas que trafican por la laguna – dijo sin inmutarse nuestro
conductor – es para que sepan que estamos avanzando por este tramo. Y
volvió a levantar la linterna sin bajar la velocidad. Decenas de luces
volvieron a aprecer y desaparecer.

Comenzó a llover fuerte, cuando ya la oscuridad había caído. La lluvia


dolía en la cara y los brazos, y el aire de la noche estaba muy frío. Nos
abrazamos con fuerza y tratamos de proteger el equipo fotográfico que
llevábamos, envolviéndolo en un impermeable. El otro impermeable sirvió
para medio cubrir a las niñas y los adultos nos agachamos lo más que
pudimos para que no nos golpearan las gruesas gotas de agua de lleno,
en el rostro.

Para rematar comenzaron a caer rayos a lo lejos, justo cuando estábamos


por entrar al bosque de manglar. Las niñas se apiñaban en el
impermeable y me incorporé para guarnecerlas mejor. Un relámpago
iluminó la oscuridad y la selva de manglar apareció iluminada al fondo,
como un monstro gigantesco con la boca abierta, la oscuridad del túnel
de entrada. Sentí estremecer y miré nerviosa a Martín, ambos estábamos
muy preocupados.

-Nunca he recorrido el túnel de mangle de noche – comentó


preocupado el lanchero. Entonces si nos angustiamos de verdad.

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-No se nadar – le dije – así que llévanos despacio.

-No se preocupe, no hay mas de dos metros de profundidad en el agua,


dentro del túnel – comentó en tono condescendiente nuestro lanchero

-No se nadar – volví a replicar – mido un metro sesenta, me ahogo en un


metro cincuenta de agua, así que llévanos despacio.

-“Llévanos despacio” – le repetí varias veces a nuestro conductor, pero


hizo caso omiso a mi solicitud. Entramos al túnel, y créanme cuando les
digo que fue adrenalínico.

El lanchero entro a gran velocidad y giraba 90 grados antes de chocar


con alguna pared de mangle. Tratamos de mantenernos ecuánimes para
no asustar a nuestras hijas que, empapadas y asustadas, nos tomaban las
manos con fuerza.

-Si algo pasa –le susurre a Martín - agarra a Cecila y trata de alcanzar
algún manglar, yo agarro a malu y tratare de pescarme de otro. Él asintió.

-¿Sabes nadar hija? – le pregunté a mi ahijada, que nos acompañó – Sí


madrina – asintió ella. Así de asustados estábamos.

Llegamos bien al muelle. Estábamos empapados, congelados y muy, pero


muy asustados. Nuestro conductor desapareció de nuevo en el túnel de
manglar. Levantó su linterna y desapareció dentro del túnel.

El pueblito estaba oscuro y solo las luces mortecinas de las casitas y locales
que aún estaban abiertos iluminaban un poco la callecita circular del
embarcadero. El restaurante donde estaba aparcada nuestra camioneta
estaba aún abierto.

-Quiero regresar a Tapachula, papá – dijo temblando malu

No traíamos ropa de cambio, así que nos apresuramos a sacar la


camioneta y volver a la ciudad. Martín pago el estacionamiento.

-No van a pasar – le advirtió el cuidador, mientras nos alejábamos.

Hicimos caso omiso, porque la verdad temíamos una hipotermia y


estábamos desesperados por llegar a Tapachula, darnos un baño caliente
y cenar. Eran casi 100 kilómetros de distancia.

Manejamos los 15 kilómetros de regreso en medio de una lluvia


torrencial, los corrientales de agua atravesaban el camino y la camioneta
se bamboleaba con el viento. Atravesamos con dificultad el talúd del río
que hacia unas horas estaba casi seco, y ahora bramaba con furia; y
pasamos con angustia los corrientales de agua que inundaban las calles
del pueblo de Acapetagua.

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Respiramos aliviados cuando llegamos a la autopista, solo para enterarnos
que estaba cerrada, debido a un puente derrumbado a unos 20
kilómetros más adelante.

Eran las 12 de la noche. Buscamos un pueblito más adelante y cenamos


de manera precaria, unos tacos y un refresco caliente. Resultó que el
repentino incremento de visitantes “obligados” que intentaban llegar a
Tapachula y tuvieron que buscar refugio en los pueblitos antes del puente
atiborró las pequeñas taquerías, puestos de tortas y antojitos, donde
decenas de comensales nos empujábamos para conseguir algo de
comer.

Finalmente buscamos refugio en una gasolinera donde estacionamos la


camioneta. Las niñas y mi ahijada se apiñaron en el asiento de atrás.
Mojadas, asustadas y exhaustas. Martín y yo tratamos de dormir en la
parte delantera. Mientras me acomodaba en mi lado del sillón, dí un
vistazo a las decenas de coches y camiones que trataban de buscar un
sitio para pasar la noche.

Había más de 63 vehículos de todos los tamaños; había otras familias,


parejas, personas solas, choferes de camión, camiones con decenas de
pasajeros, y todos tratamos de encontrar un lugar seguro en el medio de
la nada. La lluvia continuaba cayendo, así que no pudimos salir de la
camioneta, no podíamos cerrar del todo las ventanas porque el calor era
insoportable, ni prender el aire acondicionado, porque estábamos
empapados.

A las 5 de la mañana comenzaron a pasar de nuevo los vehículos, habían


fabricado un paso temporal y pudimos llegar a Tapachula. Cansados,
apestando, con la ropa aún medio húmeda y sin poder creer que
pasamos 12 horas atrapados en nuestro propio vehículo. Esa temporada
tuvimos que posponer la verificación de otros 5 proyectos, ¿la razón? Las
lluvias habían dañado los caminos y puentes…y no pudimos pasar.
Obviamente no fue tan difícil verificar al menos una de las razones por las
que los turistas no llegaban (o no podían salir) de los Centros Turísticos.

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