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EL CONFLICTO VENEZOLANO Y SU DIMENSIÓN INTERNACIONAL

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 Lenin Bandres 13 février 2019

 Pays : Amérique latine & Caraïbes Venezuela


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Durante las últimas semanas Venezuela ha vuelto a ser el centro de atención de la prensa internacional, luego de
que el pasado 23 de enero (fecha altamente simbólica en la historia moderna venezolana) el presidente de la
Asamblea Nacional, Juan Guaidó, se auto juramentara como nuevo “presidente interino” de Venezuela frente a una
multitudinaria masa de seguidores. Este hecho ha precipitado la crisis política e institucional de un país altamente
polarizado y sumido desde hace más de cinco años en una estrepitosa crisis económica y social jamás vista en la
historia de este país desde la guerra federal.
Pero este acto político no hubiera tenido el impacto internacional que ha suscitado hasta ahora, si no fuera por el
inmediato e irrestricto reconocimiento que tuvo la auto proclamación de Juan Guaidó como “Presidente interino”, por
parte de los Estados Unidos y de países otros países del hemisferio como Canadá, Argentina, Brasil, Colombia,
Chile, Perú (integrantes del Grupo de Lima) y recientemente 19 países de la Unión Europa. Un acto además de
sorprendente, extremamente peligroso, dada las consecuencias políticas que ha suscitado tal proclamación a nivel
nacional e internacional, el cual desconoce de facto la legitimidad democrática, la primacía de la soberanía nacional y
la autodeterminación de los pueblos contenidos en la Carta de las Naciones Unidas.
Las consecuencias han sido inmediatas. A nivel doméstico se ha reavivado la fractura social e ideológica que polariza
al país desde hace veinte años, rememorando el fantasma de la ola de manifestaciones que tuvo lugar entre abril y
julio de 2017, la cual dejó como saldo más de cien fallecidos, además de numerosos heridos, presos políticos e
invalorables pérdidas materiales que repercutieron gravemente en la ya deprimida economía nacional.
En esta ocasión y en tan solo una semana ya se han contabilizado en más de cuarenta personas fallecidas en
enfrentamientos contra las fuerzas del orden, además de ochocientas detenciones de las cuales se sabe muy poco
sobre el “debido proceso judicial”, a través del cual se han ejecutado.
A nivel internacional las consecuencias de la autoproclamación de Guaidó han ido más lejos de lo que se esperaba,
ya que el asunto ha escalado hasta el Consejo de Seguridad de la ONU -el cual se reunió de emergencia a petición
de los Estados Unidos, el sábado 26 de enero- para tratar “el caso Venezuela”.
Este encuentro a pesar de no haber logrado el consenso necesario para aprobar la propuesta de Estados Unidos y
sus aliados ; si sirvió para revelar el lugar que ocupa Venezuela en la geopolítica mundial. A saber, un territorio en
torno al cual gravitan intereses estratégicos de países como Rusia, China e India, pero también los intereses
económicos de los Estados Unidos, Francia e Inglaterra. De aquí que el destino político de este país se juegue, hoy
más que nunca, en el plano internacional.

VENEZUELA EN EL AJEDREZ INTERNACIONAL


Desde la era Chávez (1998-2013), Venezuela ha trazado una alianza estratégica con Rusia en sectores claves como
energía, defensa, minas y alimentación. Durante los últimos cinco años, esta alianza se ha solidificado gracias al
importante soporte financiero (calculado en más de 25 millardos de dólares) que el Kremlin le ha ofrecido al gobierno
de Maduro, ayudando con ello a atenuar la aguda falta de liquidez por la que atraviesa el Estado venezolano. A
cambio, el gobierno de Maduro le ha otorgado a la petrolera rusa Rosneft, una participación privilegiada en la
explotación de campos de la Faja Petrolífera del Orinoco, así como el 49,9% de las acciones del complejo de
refinación CITGO, el activo mas importante de PDVSA en los Estados Unidos. A esto se añade importantes
concesiones otorgadas en el sector minero (principalmente oro y bauxita), así como importantes contratos en el
sector de seguridad y defensa.
La alianza con China no es menos importante, ya que los sectores de cooperación van desde la energía hasta la
salud, pasando por las áreas de infraestructura, alimentación y cooperación científico-tecnológica. El nivel de
inversiones del gigante asiático sobrepasa los 100 millardos de dólares y Venezuela posee una deuda con China de
aproximadamente 65 millardos de dólares, los cuales reembolsa casi exclusivamente con producción de petróleo
crudo [1].
Para Rusia y China la importancia de las relaciones comerciales y de la posición geográfica de Venezuela -la cual la
hace tributaria de las reservas de petróleo más importantes del mundo (386 millardos de barriles)- revisten de un
significativo interés estratégico. Algo que los Estados Unidos han visto con recelo hasta el punto de declarar a
Venezuela como una “amenaza inusual” para su seguridad nacional .
De aquí que la administración de Donald Trump haya reconocido con tanta prisa la “autoproclamación” de Juan
Guaidó.
Esta no es, sin embargo, la primera vez que este país intenta derrocar por la fuerza al gobierno venezolano. Ya en
2002 el presidente Hugo Chávez había sido víctima de una tentativa de golpe de Estado promovida y reconocida
abiertamente por la administración de George Bush. A esta le sucedieron múltiples intentos de desestabilización
ocurridos a partir del paro petrolero que tuvo lugar entre 2002 y 2003. El propósito actual de crear un Estado paralelo
con la autoproclamación de Juan Guaidó como “presidente interino”, se inscribe pues directamente en esta narrativa
de “amenaza permanente e inusual”, según la cual es percibido el gobierno actual de Venezuela por parte de las
autoridades políticas y militares de los Estados Unidos.

LA “MINORÍA DE EDAD” LATINOAMERICANA


De esta manera, con el reconocimiento de Guaidó por parte del Grupo de Lima y de los Estados Unidos , nosotros
asistimos a una nueva era de rehabilitación de la “doctrina del garrote” de Roosevelt (corolario de la doctrina
Monroe), la cual justificó durante todo el siglo XX, el uso de la fuerza por parte de los EEUU contra los países
latinoamericanos en nombre de su seguridad nacional. Este hecho no es solamente regresivo desde un punto de
vista histórico, sino que también revela penosamente el síntoma de una impenitente ”minoría de edad” de la clase
política latinoamericana.
La incapacidad de alcanzar un acuerdo regional sobre la situación política venezolana es muestra del franco deterioro
que atraviesa el multilateralismo y de la diplomacia suramericana desde 2014. La paralasis y la esterilidad de
instancias multilaterales como la UNASUR, la CELAC e incluso la OEA, han allanado el camino para la actuación
unilateral y autoritaria de los EEUU como “gendarme necesario” en la región. La iniciativa del Grupo de Lima, reunido
el 4 de febrero en Ottawa bajo la egida de Canadá, insiste en la salida incondicional de Maduro y en la celebración de
elecciones inmediatas. Todo lo cual desconoce los principios que rigen tanto la Carta Democrática Interamericana,
como la Carta de las Naciones Unidas en cuanto a la no injerencia en los asuntos internos de las naciones. Pero aquí
se hace evidente también la impotencia y la incapacidad por parte de los países latinoamericanos de promover una
solución política negociada al conflicto venezolano, sin intervención de actores foráneos. En otras palabras y para
decirlo sin disimulo, uno de los aspectos que revela la crisis actual es que todavía en América Latina somos
incapaces de resolver nuestros propios problemas sin la intervención del tío Sam.
Con la actuación del Grupo de Lima hoy asistimos a un contexto en el cual un grupo de países no se ofrece como
mediador entre las partes en conflicto ; sino como un grupo de presión internacional abiertamente beligerante y
parcializado por uno de los bandos.
Desde este punto de vista es interesante ver como esta nueva “diplomacia” dista mucho de iniciativas como las del
Grupo de Contadora de los años 1980 o del Grupo de Rio de la década de los 90, las cuales contribuyeron
activamente a la consolidación de la paz tanto en Centroamérica, como en Suramérica.
Finalmente todo parece indicar que con el “caso Venezuela” se abre un nuevo episodio en la historia de las
relaciones internacionales hemisféricas, en la que la participación directa de países pertenecientes a regiones
distintas (Norte América, Europa, Rusia, China, Irán… ) inaugura el policentrismo global de los asuntos regionales.
Aunque las consecuencias de esta nueva realidad son aún imprevisibles, nada impide pensar que la diversidad de
intereses que actualmente gravitan en torno a la región pueda definir en un futuro no muy lejano, el destino político de
las naciones latinoamericanas.

¿CUÁL ESCENARIO PARA CUAL SALIDA ?


Sea como sea, la gravedad de la crisis venezolana demanda un tratamiento inclusivo e incondicional de dialogo. La
iniciativa de mediación diplomática liderada por Uruguay y México y auspiciada por la ONU y la Unión Europea
representa, sin duda, una alternativa – ciertamente la más prometedora - de alcanzar una solución pacífica y
negociada al diferendo venezolano. Pero este dialogo va depender en buena medida de la voluntad política que
tengan la oposición y el gobierno de Maduro, para alcanzar un acuerdo mínimo en torno a la grave e incontrolable
crisis que atraviesa el país.
Por un lado, la intransigencia que ha caracterizado hasta ahora al gobierno de Maduro, su nuclearización en torno a
las fuerzas armadas y su evidente y notoria incapacidad de responder a los desafíos económicos que desbastan al
país, no proporcionan ninguna solución ni a corto ni a mediano plazo que nos permita salir de la crisis. Por el
contrario, la intensificación de las sanciones financieras impuestas por los Estados Unidos y la Unión Europea, no
han hecho más que endurecer y legitimar la narrativa “antiimperialista” y “soberana” del oficialismo. Esto ha permitido
justificar y legitimar no solamente el fracaso de los múltiples planes económicos puestos en marcha durante los
últimos años (incluyendo el Petro y la reconversión monetaria), sino también el estado de excepción permanente en
el cual se encuentra la sociedad venezolana desde hace más de cinco años.
Gracias a la intervención directa de los Estados Unidos a favor de la oposición venezolana, la dirigencia del Partido
Socialista Unido de Venezuela (PSUV) -para la cual la era política inaugurada por Hugo Chávez y su “socialismo del
siglo XXI” es “irreversible” - ha conseguido legitimar el “síndrome de Masada” que domina en el campo de sus
simpatizantes, sin que por lo pronto se pueda atisbar la emergencia de una postura moderada y conciliadora.
Sin embargo, si una solución pacífica y negociada es todavía posible, esta dependerá en buena medida de la
capacidad que tenga el oficialismo de hacer importantes concesiones. Entre las cuales figura la conciliación de una
agenda electoral que incluya la celebración de un referéndum consultivo, como paso previo a la celebración de
elecciones generales [2]. Todo lo cual permitiría la renovación de todos los poderes públicos bajo el fundamento de la
voluntad general.
Si por el contrario, el “síndrome de Masada” termina por imponerse en el tejido político del oficialismo, la severidad de
las sanciones financieras acelerará el deterioro económico del país, trayendo consigo una intensificación de la
escasez y el colapso total de la infraestructura de servicios. Todo lo cual incidirá en un incremento sin precedentes de
la pobreza y del éxodo migratorio.
En tales circunstancias ¿por cuánto tiempo podrá sobrevivir el gobierno, sin que su base político-militar se
descomponga por completo?
Del otro lado, se encuentra la también inflexible postura de la oposición venezolana liderada por Guaidó, la cual exige
el reconocimiento por parte de Maduro de un proceso de “transición” que conlleve a elecciones presidenciales
inmediatas y sin condiciones, ni garantías para el campo del oficialismo. Esto implica no solamente el
desconocimiento arbitrario e inconstitucional del ejecutivo, sino también el desconocimiento del resto de los poderes
públicos por parte del legislativo.
No obstante y mientras las fuerzas armadas continúen del lado del oficialismo, la oposición venezolana no posee
ninguna forma de presión en contra del gobierno de Maduro, excepto la provista por las sanciones internacionales y
la activa y permanente movilización de sus seguidores.
Desde esta perspectiva la aventura encabezada por Guaido se evidencia extremadamente precaria, pues las
experiencias de insurrección lideradas por la oposición en 2014 y 2017 fueron no solamente infructíferas, sino que
trajeron consigo consecuencias nefastas tanto a nivel político como a nivel económico para el campo opositor. La
mayoría de las víctimas de la violencia política fueron cobradas del lado opositor, mientras que los barrios de clase
media y media alta donde tuvieron lugar los focos de violencia, terminaron totalmente destruidos sin ni siquiera haber
logrado los resultados esperados. Finalmente, el fracaso de estas tentativas insurreccionales contribuyeron a
fragmentar aún más al campo opositor, creando desconfianza, desarticulación y dispersión en el seno de sus fuerzas.
¿Cuál fue entonces la lección aprendida? ¿Están dispuestos los sectores más radicales de la oposición venezolana a
volver a “calentar “ la calle teniendo como precedente los intentos fallidos de 2014 y 2017 ?
Visto des este punto de vista, para el lado opositor todo parece reposar en el éxito de la presión internacional. Pero si
la oposición y sus aliados internacionales no logran concretar las promesas de cambio inmediato que han vendido a
una parte de la sociedad venezolana, el riesgo de desprestigio y de deslegitimación será entonces muy alto. Esto
terminaría de sepultarla como opción política, arrojando en el mar de la impotencia y de la frustración la esperanza
despertada en el seno de sus seguidores. Llegado a este punto, la posibilidad de una intervención militar como última
opción, pareciese ser la alternativa más viable del lado opositor. Pero esta alternativa sumiría definitivamente en el
caos a la sociedad venezolana, trayendo además consecuencias inimaginables para la región.

¿HASTA QUE PUNTO LA GUERRA REPRESENTA VERDADERAMENTE UNA SALIDA A LA CRISIS ?


Las experiencias de Ucrania, Irak, Libia y Siria han demostrado que lejos de ser una solución, las intervenciones
militares no garantizan ni un cambio irreversible de régimen, ni la estabilidad política y la prosperidad económica
prometidas.
Por el contrario, la experiencia de estos países muestra que sus sociedades siguen padeciendo las consecuencias de
la violencia política, de la inestabilidad económica y de la fragilidad institucional que los cambios bruscos suponían
desvanecer de una vez por todas. La opinión de aquellos que del lado opositor piensan que una intervención militar
en Venezuela sería “rápida” y con un “mínimo” de daños colaterales, es una ilusión que olvida la cruel realidad que
caracteriza los conflictos bélicos del siglo XXI : genocidio, pillaje, violencia, desplazados de guerra y caos
generalizado.
Así, de existir una solución a la larga crisis venezolana, esta debe ser política.
El Grupo de Contacto Internacional representa, por ahora, la única alternativa de intermediación diplomática creíble
para alcanzar una solución pacífica y pactada. Ya el campo del oficialismo aceptó los buenos oficios de esta
iniciativa, incluso si en este Grupo participan países que como los europeos, no lo reconocen como Presidente
legítimo de Venezuela y que por el contrario, sostienen a Guaido. Paradójicamente, este último insiste en rechazar la
intermediación del Grupo de Contacto Internacional e insiste en la vía unilateral e incondicional impuesta por los
Estados Unidos y el Grupo de Lima.
Pero si tarde o temprano y más allá de los insultos y las descalificaciones impenitentes, se impone la racionalidad y el
deseo de una solución pacífica y negociada al conflicto, este debería contar con el concurso de todos los interesados.
En este sentido, no es imposible que el Grupo de Contacto Internacional en su oficio de verdadero mediador, incluya
en la mesa de negociación a los Estados Unidos, a Rusia y a China como miembros negociadores. Esto nos llevaría,
sin duda, a una negociación mucho más complicada y de largo aliento. Pero esta sería tal vez la única vía que pueda
ahorrarnos la fatídica e indeseable opción de un conflicto armado.