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UNA VIDA ABSOLUTAMENTE MARAVILLOSA Después de volver ayer al libro, me dije que con razón Duchamp se atrevió a

hablar de una vida maravillosa. Artista no, decía de sí mismo: anartista. Y la


ME FASCINÓ LA CUBIERTA que reproducía Obligation pour la roulette de Monte inminencia de tener que abandonarlo todo no le parecía nunca horrible, pues no
Carlo, un ready-made de Duchamp que consistía en un rostro enjabonado en sentía que pudiera haber en esa renuncia algo que lamentar. “El anartista –dice
medio de un bono de casino para la ruleta monegasca. Entré en la librería que Alan Pauls- es como el célibe; como el artista del hambre de Kafka: la privación
exponía en su escaparate Conversaciones con Marcel Duchamp, de Pierre Cabanne. Y no es un accidente, no interrumpe ni corta nada: es el corazón mismo del
la contraportada de Anagrama aún me resultó más atractiva que la cubierta, programa”. Los espectadores de la vida y del programa de Duchamp no podemos
porque empezaba diciendo: “Marcel Duchamp ha sido, según André Breton, más que quedarnos pasmados mientras nos preguntamos cómo fue posible que
“uno de los hombres más inteligentes (y para muchos el más molesto) de este un anartista que apenas tenía obra y se autoexcluía de los grandes movimientos
siglo. También uno de los más enigmáticos”. artísticos de su juventud, acabara convirtiéndose en el artista más influyente de
los últimos cien años.
Corría el año de 1972 y tenía una cierta idea de lo que podía ser un hombre
inteligente, pero ninguna sobre cómo se podía llegar a ser el hombre más molesto Un misterio. Una felicidad. Existe sin duda la posibilidad de que todo fuera el
de todo un siglo, y eso me interesaba bárbaramente. Vi muy pronto que había producto de un sinfín de equívocos provocados por el escándalo americano de
comprado mi biblia personal, pero tardé más en enterarme de que ya no me 1913 de Desnudo bajando una escalera, y que gracias a este equívoco y a este cuadro
separaría nunca de aquel libro. Siempre lo he tenido en la estantería que está a la se haya proyectado sobre su vida y sobre su obra una veneración que el propio
izquierda del escritorio del que no me he movido en los últimos cuarenta años. Duchamp sólo entendía si recurría a la ironía: “He tenido más suerte al final de
El libro se convirtió en mi biblia, pero no porque me fascinara ese hombre que mi vida que al principio”.
todo el tiempo estaba a punto de dejar de ser un artista, sino por algo más sencillo
e interesante: a sus setenta y nueve años, decía que había tenido “una vida En realidad, frente a los groseros esfuerzos de Dalí por ser visto, frente al trabajo
absolutamente maravillosa” y parecía proponer un estilo ágil de conducta y de metódico y obsesivo de Picasso, frente a los antojos teóricos de Metzinger,
relaciones con el arte y con el mundo para quien quisiera sacar provecho de su Duchamp siempre fue un artista que no se caracterizó precisamente por su
involuntaria lección. ¿Los no inteligentes le consideraban molesto? Sería porque voluntad de llamar la atención, ni por su entrega desmedida al trabajo, ni por sus
creían que se oponía a lo que estaban haciendo, pero en realidad no hacía tal cosa, fatigas teóricas. Por el contrario, nunca consideró el arte como solución de nada,
simplemente ellos no se daban cuenta de que se podía hacer algo distinto a lo que y para colmo dejó de pintar y se dedicó a buscar la suerte de poder pasar a través
se hacía en aquel momento. de las gotas. Y esa suerte la encontró. Pasó a través de las gotas como el
consumado nadador que era, y encima fue envidiablemente feliz.
-¿Leía lo que se escribía sobre usted?
-Claro. Pero lo he olvidado. Un día, en París, Naum Gabo le preguntó por qué habla dejado de pintar. “Mais
que voulez-vous?”, respondió Duchamp abriendo los brazos, “je n´ai plus
Conversaciones con Marcel Duchamp estaba cargado de respuestas que parecían d´idées” (¿Qué quiere?, ya no tengo ideas). Qué tranquilidad puede llegar a dar una
funcionar a modo de pistas para moverse por la vida de una forma que uno respuesta así y qué sereno debe de quedarse quien la da. Si no hay ideas, tampoco
pudiera llegar a una edad ya muy respetable pudiendo proclamar que todo había es cuestión de repetirse. Y sin embargo nuestro anartista dejó un legado, sin
resultado absolutamente maravilloso. Recuerdo todavía las primeras frases de enterarse. O enterándose poco, porque le absorbía el ajedrez. El enigma, si se
Duchamp, porque me dejaron plenamente conectado al libro: “Espero que haya quiere, sigue ahí. ¿Qué hace que Duchamp, que no hizo casi nada, siga presente
un día en que se pueda vivir sin tener la obligación de trabajar. Gracias a mi suerte y las estrellas de Picasso y Dalí y otros maestros se estén apagando? La clave
he podido pasar a través de las gotas. En un cierto momento comprendí que no podría estar en su ironía y su escepticismo y en haber tomado distancias con lo
debía cargarse a la vida con demasiado peso, con demasiadas cosas por hacer, con que los románticos entendían como la religión del arte. “Me temo que en arte soy
aquello a lo que se llama una mujer, niños, una casa en el campo, un coche, etc. agnóstico”, le dice a Cabanne en un momento de este libro de conversaciones
Y lo comprendí felizmente muy pronto”. que después de releerlo creo que influyó en mi obra y no tanto en mi vida, aunque
me ha permitido tener la conciencia, si cabe más clara, de que he podido
conocer el choque de al menos dos tensiones siempre: la necesidad de estar y no
estar al mismo tiempo. Ser el activo y pesado Picasso y producir todo el rato, pero
también ser el indolente y gran amante del juego que fue Duchamp, y prodigarme
lo menos posible y en realidad no hacer nada y practicar el arte de saber respirar
y de caminar por la Quinta Avenida. Hablar mucho, como mi padre, y a la vez
conocer las sabias pautas del silencio, como mi madre. Dos posibilidades de las
que ya habló Kafka: hacerse infinitamente pequeño o serlo. Y en realidad suscribir
aquello que decía el propio Duchamp: “Siempre me he forzado a la contradicción,
para evitar conformarme con mi propio gusto”. Que viene a ser parecido a lo de
Walt Whitman: “¿Me contradigo? Muy bien, me contradigo”. En esa frase el poeta
norteamericano habría encontrado una manera como otra de tomar posiciones
ante la vida y una forma de tener, como mínimo, dos versiones de un mismo
tema: él mismo. Por eso a veces juego con el gato de Schrödinger, que encarna la
paradoja cuántica de estar vivo y muerto a la vez. En otras palabras, juego a no
ser Duchamp y serlo. Después de todo, Shakespeare me importa un rábano, no
soy su nieto. Y que tengan ahora ustedes muy buenas noches y una vida
absolutamente maravillosa. Yo no la he tenido. Pero la tengo.

ENRIQUE VILA-MATAS

* El País, 18 abril 2009