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2.3 Principio de doble efecto o voluntario indirecto.

Supongamos que el agente realiza una acción A, buena pos su objeto, por el fin del sujeto y por las
circunstancias que la acompañan. Y, sin embargo, la acción A trae como consecuencia que suceda un efecto
B malo o perverso. El agente no desea el efecto B, pero puede prever que sucederá. ¿Es moralmente
aceptable entonces realizar la acción A?

En principio, sí lo es, con tal de que cumplan algunas condiciones.

No debe haber alternativa para conseguir los bienes de A sin los males de B, al menos una alternativa
relativamente fácil y al alcance del agente.

El bien de A debe ser comparable con el mal de B. Es decir, no se trata de conseguir un bien menor a costa
de un mal muy superior.

El efecto bueno, A, debe seguirse inmediatamente de la Acción y no como la consecuencia del malo.

Construimos un rascacielos, y prevemos que algún obrero puede morir, y, de hecho, morirá. Ponemos los
medios para que ello no suceda, pero aun así es casi seguro que alguien morirá. Se puede construir el
rascacielos.

Los automóviles producen accidentes. Hay que tomar las medidas pertinentes para que no los haya, pero no
por eso habría que prohibir la circulación de automóviles. Dígase lo mismo de los aviones.

2.3 Cooperación al mal.

Algunas veces el profesional se encuentra trabajando en una empresa que hace cosas malas. Puede cooperar
y trabajar honradamente en esa empresa siempre y cuando:

 Necesite ese trabajo para la supervivencia.


 No haya posibilidad de obtener otro trabajo comparable, o que permita vivir.
 El profesional hace cosas que, en sí mismas, son buenas. Por ejemplo, hace instalaciones elevaron as
en una clínica que cometen abortos. No puede tomar parte directa en los abortos,pero si puede
planificar y hacer las conexiones de luz y fuerza.

2.4 La epiqueya

Es la interpretación prudente de la ley, en contra de su sentido literal,pero siguiendo la mente del legislador,
para adaptarla a un caso particular, para identificarse con el espíritu del que la hizo. Se supone que cualquier
legislación no puede cubrir todos los casos que se presentan, y ha sido hecha con una intención que en el
caso concreto que se está tratando pide una modificación de la letra de la ley.

La epiqueya no se aplica a la ley moral natural ni a la revelada. Si campo de acción son las leyes positivas,
hechas por los hombres (tanto las civiles como las eclesiásticas).

La epiqueya debe ser aplicada con prudencia, e incluso es bueno consultar el caso con personas de criterio,
para no ser víctimas de engaño, que conduciría a favorecer inclinaciones subjetivas o conveniencias
inmediatas.

Un caso sencillo sería el de que se exigiesen varias firmas para poder realizar una gestión sin mucha
importancia. De no poder conseguir dichas firmas por motivos razonables, puede prescindir de algunas.
Naturalmente esto exige comprensión de los jefe, y unos empleados con criterios y capacidad de tomar
decisiones. Esto no es fácil cuando los empleados actúan al pie de la letra, para no complicarse la vida, o
cuando temen sanciones aplicadas en forma automática y sin discernimiento.

2.5 Suposición de razonable acuerdo.

En principio, las leyes positivas no obligan cuando hay grave incómodo al cumplirlas. Porque se puede
suponer razonablemente el legislador no ha querido ese incómodo.

En muchos casos de conflicto de intereses se puede hacer una suposición de razonable acuerdo similar.
Cuando hay urgencia muy grande de alimentos, por ejemplo, para conservar la vida, puede suponer que
quien los tiene estaría de acuerdo, si fuera razonable, en sederlos. Y pueden tomarse sin que sea hurto.

2.6 La conciencia ilustrada, último juez.

El hombre juzga en cada caso la moralidad de sus actos, mediante su inteligencia iluminada por la ética o la
moral religiosa teóricas. A este juicio se la llama la conciencia, y es realmente el último juez de nuestros
actos,antes de realizarlos.

Pero esa conciencia,si bien es libre, no puede ser arbitraria, o meramente subjetiva, no puede actuar en
forma moral sino está convenientemente ilustrada, es decir, si por negligencia o presunción no tiene los
elementos de juicios necesarios ni compara los actos con las leyes Morales subjetivas.